Fuente: Misión, Número 344, 18 Mayo 1946. Páginas 3 y 14.
“EL y su CIRCUNSTANCIA”
Por Luis Ortiz y Estrada
Cuando Ortega y Gasset se define diciendo “yo y mi circunstancia”, como había dicho Husserl: “yo y mi mundo circundante”, indudablemente las circunstancias que determinan “su circunstancia” tienen un gran valor como medio de conocimiento del famoso escritor, y no se pierde el tiempo echando un vistazo siquiera a algunas de ellas escogidas entre las más aparentes. Con tanta mayor razón por cuanto evidentemente ha sabido flotar en el revuelto mar de las circunstancias de nuestra España, cuyas olas se han visto hinchadas por la sangre de un millón de españoles inmolados y por las torturas físicas y morales de muchos millones.
UNA CIRCUNSTANCIA: CATEDRÁTICO
Ortega y Gasset es catedrático de metafísica de la Universidad Central. He aquí una circunstancia que le es propia porque quiso tenerla y el Estado accedió a ello. La nación cree que ello supone otra circunstancia muy principal: que el catedrático Ortega y Gasset enseñe metafísica a los discípulos cuya obligación es aprenderla. La circunstancia de enseñar es razón de la circunstancia de que el catedrático cobre sus emolumentos, la nación pague su nómina y los discípulos sus matrículas y derechos de examen. Todo esto no es metafísico ni filosófico, sino crematístico, pero muy real para la nación y los discípulos cuando han de echar mano a la bolsa.
Para que se dé la circunstancia de enseñar, el sentido común entiende que en el maestro se han de dar dos nuevas circunstancias: ciencia, aptitud y deseos de comunicarla a los discípulos. Nosotros, que, a Dios gracias, no hemos sido discípulos suyos, sabemos que Ortega es catedrático, pero no maestro, puesto que no enseña. Lo sabemos muy bien, a ciencia cierta, sin género alguno de duda, por el más fidedigno de los testimonios en la materia. Nos lo ha dicho él mismo con palabras inequívocas en diversos pasajes de sus obras. Por ejemplo: “Ni siquiera los más próximos tienen una noción remota de lo que yo he pensado o escrito”. ¿Se quiere más claro? ¿Habrá alguien más cercano a un catedrático que sus discípulos? Pues ni los más próximos tienen la más ligera idea de lo que él enseña. Ni siquiera han llegado a saber “si soy filósofo o poeta”. Poco ha de importarle a Ortega cuando añade con aire triunfante: “Esa es mi ironía”. No es de creer que les importe demasiado a quienes sin el compromiso de leerlo compran el mamotreto de sus obras completas para darse aire de intelectuales luciéndolo en sus bibliotecas. Pero a los discípulos a quienes les cuesta dinero la obligación de oírle, resulta una circunstancia muy enojosa perder el tiempo sin más fruto que descifrar el enigma de si asisten a un recital de mera poesía o a una lección de filosofía amena.
¿No se han convencido nuestros lectores? Recojamos un texto más claro: él mismo se confiesa “profesor in partibus infidelium”, y ya es sabido que los Obispos de tal condición son aquéllos cuyas diócesis están en países infieles en los que ni siquiera residen. Pero él no se queda sin enseñar lo que nadie quiere aprender: “Quien quiera crear algo –y toda creación es aristocracia– tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho mi obra en la plazuela intelectual que es el periódico”. Pudo “crear” en la cátedra; a ello estaba obligado por su compromiso con la nación y con los discípulos, pero entre ser aristócrata de cátedra universitaria y serlo de plazuela, a la plazuela se atuvo. Y se ha quedado sin aristocracia alguna puesto que nada ha creado, ya que ni remotamente nadie ha llegado a entenderle. Pero ha cobrado los emolumentos de su cátedra in partibus infidelium y las lecciones estériles de la plazuela.
OTRA CIRCUNSTANCIA: SU FILOSOFIA
Aunque ninguno de los discípulos de la cátedra o la plazuela sepan a punto fijo si se trata de un filósofo o de un poeta, ni tengan la más remota idea de sus lecciones, es lo cierto que Ortega es catedrático de metafísica, la quinta esencia de la filosofía. Quien ha abandonado la cátedra por la plazuela poco o ningún caso hace de la disciplina que está obligado a enseñar. Quien ha estudiado a fondo la colección de sus obras nos dice que no aparece en ellas lo que para él es esta disciplina, tan poco propicia a las lecciones de plazuela. En 1929 dio un curso extrauniversitario de diez conferencias con el título “¿Qué es la Filosofía?”, ampliamente extractado en “El Sol”, al parecer por el mismo conferenciante, pero no recogido en sus obras ni en publicación aparte, sospecha el P. Iriarte que porque en su parte fundamental no hace más que seguir a Heidegger, que dos años antes había publicado “Ser y tiempo”.
Si el más palurdo de los palurdos tiene su filosofía, claro es que Ortega tiene la suya, más o menos confusamente transparente en los miles de páginas que ha escrito. Es muy de notar esta circunstancia de un “yo” que irrumpió en el mundo hispánico con la orgullosa pretensión de adoctrinarlo y llevárselo de reata, haciendo circunstancias del suyo a los “yos” de millones de españoles.
Aunque nos duela decirlo, Ortega no es católico. Peor aún: es un renegado, un apóstata. Criado en un hogar cristiano, se educó en el colegio de jesuitas de Miraflores del Palo. En una sonada conferencia del año 31 dijo estas horrendas palabras: “Yo, señores, no soy católico, y desde mi mocedad he procurado que hasta los más humildes detalles oficiales de mi vida privada queden formalizados acatólicamente…” Aunque de ella se olviden tantos en las ocasiones en que más debiera recordarse, ¿es o no de bulto esta circunstancia del “yo” de Ortega? No estuvo acertado el P. Iriarte al calificar la extensión de la obra orteguiana de ““catolicidad” de Ortega”, añadiendo además el epíteto de “ecuménica”, aunque es claro el sentido de “universalidad” que el buen Padre les da. Pero, sobre no ser propia la aplicación a la obra de un autor que él mismo confiesa no ser entendida por nadie, que nadie tan siquiera ha intentado entenderla, que nadie ha leído a fondo, queden las palabras catolicidad y ecuménica para la Iglesia, que lo es con toda propiedad por razón de su doctrina, por razón del tiempo, por razón de las personas y por razón del espacio. No son escrúpulos nuestros; es el Papa Pío XI quien dijo en la encíclica sobre el Reich: “Venerables Hermanos: Ejerced particular vigilancia cuando conceptos religiosos se vacían de su contenido genuino y se aplican a significados profanos.” ¿A qué llamar católica y ecuménica una obra calificada de “BABELIZADA” por su propio autor? Este sí que es calificativo apropiado, porque Babel quiere decir confusión y castigo de Dios a los soberbios.
“Mi ética –dice Ortega–, que tal vez explique en otro curso, se diferencia de las corrientes en que el deber no ocupa en ella el primer papel, sino uno secundario, como sustitutivo de la ilusión, cuando ésta falta.” “Vida espiritual no es otra cosa que ese repertorio de funciones vitales, cuyos productos o resultados tienen una consistencia transvital. Por ejemplo: entre los varios modos de comportarnos con el prójimo, nuestro sentimiento destaca uno donde encuentra la peculiar calidad llamada justicia. Esta capacidad de sentir, de pensar la justicia y de preferir lo justo a lo injusto, es, por lo pronto, una facultad de que el organismo está dotado para subvenir a su propia conveniencia. Si el sentimiento de la justicia fuera pernicioso al ser viviente, o, cuando menos, superfluo, habría significado tal carga biológica que la especie humana hubiera sucumbido. Nace, pues, la justicia como simple conveniencia vital y subjetiva; la sensibilidad jurídica no tiene orgánicamente más ni menos valor que la secreción pancreática.” No es raro, pues, oírle decir: “El pensamiento es una función vital, como la digestión, o la circulación de la sangre”, “¿Qué es la cultura sino un convencionalismo?” y “Dios es el símbolo del torrente vital”.
En suma, el “yo” orteguiano, según resulta de cuanto nos dicen sus propias palabras ¿se distingue mucho de una fiera de los bosques, atenta a saciar los apetitos de su raciovitalismo? ¿Que “racio” quiere decir razón y ésta es propia de los hombres? Conformes cuando los hombres tienen un alma espiritual; no si el pensamiento es una función orgánica como la digestión y la ética una secreción como la pancreática. ¿Qué hay en todo ello de superior al instinto de los brutos?
OTRA CIRCUNSTANCIA: EL POLÍTICO
Milagro sería que quien va a la caza de la aristocracia de plazuela quedara al margen de la política. De hoz y de coz entró en la de plazuela Ortega y Gasset. Escribió en momento oportuno su artículo DELENDA EST MONARQUIA y con Marañón y López de Ayala firmó el manifiesto AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA. Vino la república de Azaña, Casares, Largo Caballero, Prieto, que no nos trajo Ortega, pero hizo cuanto en su mano estaba para allanarla el camino. Exultó Ortega de gozo. “Pónganse en las fronteras unos enormes cartelones: “Aquí se va a hacer un pueblo”. ¿No es la delicia mayor? ¡Hacer, construir una nación para generaciones!” Pronto frunció el ceño y advirtió: NO ES ESO; NO ES ESO. Pero eso era lo que Ortega había querido; esa era la obra de las formas y los hombres saludados por Ortega con alborozo. “La República española tiene a estas horas en su haber una hazaña enorme, fabulosa, inverosímil, única en el mundo, que debía haber bastado por sí sola para compensar cuantos otros errores menores puedan haberse cometido (por ejemplo, los incendios de mayo); esta hazaña es la de Azaña: la reducción radical del Ejército (su trituración, dijo con más exactitud el triturador). No hay en el mundo cosa parecida, cuando todos, conste así, todos sueñan con hacerlo.” “Si algo merece un homenaje nacional y espontáneo es la reforma del Ejército. Y este homenaje debe ir a Azaña…” ¡Azaña!, en quien “reconoce” “un hombre de gran talento, dotado, además, de condiciones magníficas para el gobierno”.
Nos sale ahora con que está sin discriminar cuál es la política buena y cuál la mala. ¿Por qué, entonces, su afán de adueñarse de la circunstancia política? ¿Cómo nos va a vertebrar a España? ¿No se ha convencido todavía de que la política que tan alborozadamente nos cantó, aquella por la que tanto se afanó, no sólo es mala, sino perversa? A España el ensayo apadrinado por Ortega le ha costado un millón de muertos y montones ingentes de ruinas. La circunstancia del “yo” de Ortega se benefició con un acta de diputado, llevar la voz de una minoría y un poco más de rebullicio alrededor de su nombre que extendió su nombradía por ciertas capas sociales.
Harta razón ha tenido el joven don Jaime Miralles Álvarez al recordárselo; ninguna tienen quienes públicamente propugnan echarlo al olvido. Es mucha la sangre, son muchas las torturas físicas y morales, son muchas las ruinas para cubrirlas con un velo, sin otro resultado que ayudar a Ortega a la conquista de su aristocracia de plazuela.
OTRA CIRCUNSTANCIA: LA FAMA
Porque no nos rendimos ante ella, estamos en situación de justipreciarla en su justo valor. Fama han tenido Hitler y Mussolini, la ha tenido Petiot y antes la tuvo Landrú, como también la han tenido Azaña y Marty, el carnicero de Albacete. Quien esto escribe se encontró en un casino de rango en ocasión que uno de los socios llevó a él al negro Johnson, por aquellas calendas en el pináculo de la fama por lo bien que recibía y daba los puñetazos. En cuanto entró, cuantos allí estaban menos uno se rindieron ante la fama de aquellos puños, levantándose reverentes contra los usos y costumbres de la casa.
Es innegable que tiene fama Ortega y Gasset, aunque será más preciso decir que anda en lenguas y en plumas. Pero es cosa ésta tan relativa que merece la atención de un ligero examen, con mayor razón por cuanto todas las circunstancias de Ortega parecen resumirse en la circunstancia de la fama.
La filosofía de Ortega nos dice él que es el “raciovitalismo”, o sea “la vida afirmada como principio ordenador del mundo”, que se completa con esta frase: “Siendo la vida en su substancia misma circunstancial, es evidente que, aunque creamos lo contrario, todo lo hacemos en vista de las circunstancias.” Ahora bien: como desde una cátedra de metafísica la fama sólo puede conquistarse a fuerza de mucha y no fácil ciencia y no ofrece los horizontes positivos del derecho y la medicina, no es raro que, “dócil a la circunstancia”, quedara Ortega en “profesor in partibus infidelium” con tiempo para la conquista “de la plazuela intelectual que es el periódico”.
En suma, que Ortega y Gasset no es maestro, aunque figure en la nómina de los catedráticos, y no es metafísico, por más que la nación le pague para enseñar metafísica, ni tiene fama de tal. El P. Iriarte, que lo ha estudiado a fondo, escribe: “… podría terminarse la lectura de sus escritos sin percatarse que tiene metafísica alguna. El hecho ha ocurrido a más de uno. Son varios y muy avezados a las lides metafísicas los que no han encontrado fundamentos metafísicos en él, o los han encontrado tan diluidos y dispersos que han pasado adelante sin tomarlos en serio ni concederles honores de metafísica.” Por ejemplo: en 1928 se publicó en Alemania la GESCHICHTE DER PHILOSOPHIE, cinco gruesos tomos, y en Italia la STORIA DELLA FILOSOFIA, de Ruggiero, ocho tomos de gran tamaño, y en 1932 salió a la luz la HISTOIRE DE LA PHILOSOPHIE, de Brehier, otros ocho grandes volúmenes, sin hacer de Ortega mención alguna.
En la “plazuela” del periódico sí se habla de Ortega. Pero también hay en ello sus más y sus menos. Crítica ha sido su labor, sin duda alguna, y como crítico le ha juzgado don Julio Casares, doctísimo secretario de la Academia, con las siguientes palabras: “Cuando ya íbamos renunciando a la esperanza de ver implantada por acá la crítica nueva, una oleada de expectación sacudió a nuestro pequeño mundo literario. Un joven catedrático, filósofo profundo y fundador de la España de mañana, preparaba un comentario interpretativo, sentimental, psicológico, etcétera, etc., nada menos que del QUIJOTE. La ansiedad fue intensa y prolongada. Por fin salió a luz un elegante tomito con muchas páginas en blanco y amplios márgenes. El Escorial, la tragedia, la cultura mediterránea, Mimo, madame Bovary, la crítica como patriotismo, etc., con más varios “fiambres” de un discurso político pronunciado por el autor en la Comedia. En este librito aprendimos con asombro que el QUIJOTE es “el libro escorzo por excelencia”, que “Dios es la última dimensión de la campiña” y que el autor, nuestro joven filósofo don José Ortega y Gasset, lleva en sus entrañas, junto al íbero, “con sus ásperas, hirsutas pasiones”, “un blondo germano meditativo y sentimental…”. Muchos lectores no sabían si reír o llorar; otros, los más prudentes, suspendieron su juicio en espera de las nuevas MEDITACIONES, ya que la parte publicada sólo contenía la MEDITACIÓN PRELIMINAR y la MEDITACIÓN PRIMERA. Pero llevamos varios años aguardando, y ya empezamos a dudar de la continuación de aquellas interesantes y profundas divagaciones, que son, según el autor, “anchos círculos de atención que traza el pensamiento –sin prisas, sin inminencia– fatalmente atraído por la obra inmortal”. Tal vez se haya descentrado la órbita y se haya convertido, de circular en elíptica o parabólica…”
Pero, en fin; él mismo reconoce que en la plazuela en que quiso abrir cátedra nada ha conseguido, puesto que nadie le entiende ni se toma el trabajo de leerle a fondo. Cuando le han entendido y la plazuela, movida por Ortega, nos trajo la maldita república, España estuvo a dos dedos de hundirse en el abismo, del que sólo pudo salvarse derramando la sangre a torrentes.
* * *
Este es Ortega y su circunstancia. Nada diríamos si, como uno de tantos, hubiera entrado en la España que abandonó. Pero es de notar que viene dócil a su circunstancia de maestro que no sabe enseñar, cuyos discípulos nos hundieron en una tremenda catástrofe que el maestro saludó con alborozo. Ortega ni es maestro ni debe serlo en la cátedra ni en la plazuela.
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