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Tema: El catolicismo tradicional español ante el 'caso Lefebvre' (1976-1978)

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    Re: El catolicismo tradicional español ante el 'caso Lefebvre' (1976-1978)

    "la cuestión del latín y la liturgia no es el problema principal con que se enfrenta mons. Lefebvre, aunque sí el pretexto para atacarle, reduciendo a una diferencia casi folclórica la denuncia que se hace contra la traición a Cristo por parte de quienes están especialmente obligados a mantener su mensaje".


    Revista FUERZA NUEVA, nº 553, 13-Ago-1977

    Sin voz

    Hacía tiempo que no hablábamos del arzobispo de Olinda y Recife (Brasil), monseñor Helder Cámara. Hubo una época en que, como punta de lanza del progresismo, el monseñor brasileño mojaba la oreja a su colega mejicano de Cuernavaca, Méndez Arceo. Luego, la marabunta se llevó los nombres de ambos, pues el desbarajuste en la Iglesia se hizo tan grande, que el hecho de que un hombre mordiera a un perro paso a ser noticia tan vulgar como la de que un perro mordiera a un hombre.

    Sin embargo, últimamente hemos vuelto a escuchar su autoriza la voz. En relación con las actividades de monseñor Lefebvre, ha asegurado que el obispo francés “estaba siendo utilizado con fines políticos”, observación a la que lo menos que se puede llamar es pintoresca, en boca de un prelado representante del “ala marchante” de la Iglesia, instrumentada a bombo y platillo por el marxismo en su asalto a la civilización cristiana.

    La cuestión del latín y la liturgia es, según Helder Cámara, “un pretexto utilizado por los que no admiten que la Iglesia supere los límites de la sacristía, se interese por los grandes problemas humanos y clame contra las injusticias, dando su voz a los sinvoz, a los sinvez”.

    En efecto, nosotros creemos quela cuestión del latín y la liturgia no es el problema principal con que se enfrenta mons. Lefebvre, aunque sí el pretexto para atacarle, reduciendo a una diferencia casi folclórica la denuncia que se hace contra la traición a Cristo por parte de quienes están especialmente obligados a mantener su mensaje. (…)

    Juan Nuevo

    Última edición por ALACRAN; 31/07/2023 a las 14:12
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: El catolicismo tradicional español ante el 'caso Lefebvre' (1976-1978)

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    Artículo del profesor Leopoldo Eulogio Palacios



    Revista FUERZA NUEVA, nº 568, 26-Nov-1977

    MONSEÑOR LEFEBVRE

    (Por Leopoldo Eulogio PALACIOS)

    La posición que sustenta Marcel Lefebvre podría ser calificada de catolicismo puro, en contraposición a otro catolicismo que acepta ingredientes extraños y que ya no es puro, sino mezclado de liberalismo: se le ha llamado catolicismo liberal. Para el concepto de catolicismo puro me remito al libro clásico de Karl Adam, «La esencia del catolicismo». Para el concepto de catolicismo liberal recuerdo la «Historia del catolicismo liberal», de Emmanuel Barbier, en cinco volúmenes.

    Lo que suele entenderse por catolicismo liberal es un movimiento que aspira a conciliar la Iglesia y la Revolución (con mayúscula), maridaje que correría a cargo de los que viven dentro de la ciudadela eclesiástica. No todos han mirado este movimiento con simpatía. Sus hombres pretendían dar un sesgo favorable a los principios revolucionarios opuestos al catolicismo, y trabajaban dentro de éste con la aspiración de trazar planes de poder, ganar adeptos entre el clero, captar la voluntad del episcopado y elegir un papa a su gusto, que, convocado un concilio, impusiera a todos los fieles, merced al firme aparato disciplinal de la Iglesia, la nueva concepción religiosa, coronando con la cruz de Cristo el gorro frigio de la Revolución.

    El liberalismo católico del siglo XIX halló en nuestro tiempo fervientes continuadores y paladines, entre cuyas manos se transformó en humanismo católico. Y con el advenimiento de Pablo VI esta tendencia doctrinal, que había sido en más de un punto discutidísima, comenzó a ejercer una influencia avasalladora. El Concilio Vaticano II no se hizo famoso por la exposición y defensa de innumerables verdades tradicionales, sino por el asombro que causaba en las gentes verle admitir ideas que se consideraron siempre enemigas de la tradición católica.

    Terminado el Concilio, el seguimiento de las ideas triunfadoras desconcertó la vida de la Iglesia de Cristo. Eran ideas diferentes de las que habían imperado hasta entonces, sobre todo en lo más característico de la nueva concepción: su manera de mirar al mundo y la modernidad. Desde la Revolución francesa, los grandes pontífices -Pío VI, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XII- habían enseñado sobre el mundo moderno todo lo contrario de lo que se enseñaba ahora. Pero no por eso variaba el tono autoritario de las enseñanzas, ni se evitaba desazonar a sacerdotes y fieles, como se vio en la imposición despótica de las reformas litúrgicas. No es maravilla que el descontento cundiera por doquier y que surgieran movimientos de resistencia católica. Uno de ellos -no el único- es el representado por el obispo Lefebvre, fundador del Seminario Internacional de Ecône (Suiza) y de la Hermandad Sacerdotal San Pío X.

    Hay personas que no pueden vivir más que apoyadas moralmente por un jefe espiritual: si son católicas, este jefe es el Papa. Pero cabe la posibilidad, ya estudiada por los teólogos, de que este jefe pierda la confianza de sus fieles, por no defenderles de los enemigos de la Iglesia o por favorecer dentro de ella a un partido unilateral. ¿Qué hará entonces el católico ajeno a dicho partido? No le queda otra posición más digna que la de mons. Lefebvre, el cual se siente en perfecta comunión con el Papa, pero solamente cuando el Papa sigue en unión con sus predecesores y transmite el depósito de la fe. También acepta mons. Lefebvre las novedades íntimamente conformes a la tradición y a la fe, pero no se siente vinculado por la obediencia a novedades que van en contra de la tradición y que amenazan la fe. En lo que toca al Concilio, cuando le preguntan si no es un concilio como los demás, responde: «Por su ecumenicidad y su convocatoria, sí; por su objeto, y esto es lo esencial, no. Un concilio que no es dogmático puede no ser infalible; no lo es más que en la medida en que repite verdades dogmáticas tradicionales.»

    Monseñor Lefebvre advierte que los tres principios de la Revolución: Libertad, Igualdad, Fraternidad han tenido reciente entrada en la Iglesia. La libertad, con la suplantación de la tolerancia por la libertad religiosa, que otorga los mismos derechos a la verdad y al error. La igualdad, con la práctica de la colegialidad, que debilita la autoridad del obispo en cada diócesis y la del Romano Pontífice en toda la Iglesia, subordinando derechos de origen divino a la decisión de asambleas puramente humanas, reunidas para discutir y votar, y en las que triunfa la autoridad del número. La Fraternidad, con la idea del ecumenismo, que para agradar a los «hermanos separados» ha elaborado reformas litúrgicas de marcado sabor protestante, que no han unido a los cristianos y han desunido a los católicos. Con ninguna de estas tres cosas transige monseñor Lefebvre, porque al parecer la Iglesia conciliar no ha hecho un uso acertado ni de la libertad, ni de la igualdad, ni de la fraternidad. Y donde se trasluce mejor esta intransigencia es en la celebración de la misa. Rechaza las variaciones introducidas en la ceremonia por el nuevo rito de Pablo VI, y celebra castizamente, de cara a Dios y en latín, según el rito inmemorial que San Pío V legalizó para siempre.

    Es explicable que los prelados que simpatizan con las «ideas modernas», como las llamaba Nietzsche, obedezcan a las nuevas orientaciones posconciliares: es su inclinación y su gusto. Pero que también hagan lo mismo los prelados conservadores ya no es tan fácil de explicar. En religión, la obediencia a la autoridad puede convertirse en «obediencia indiscreta» cuando pone en peligro la supervivencia de la fe divina tradicional de los fieles. Ahora bien, esta fe católica tradicional está hoy muy debilitada por la atmósfera enervante del nuevo clima vaticano, que se refleja en la catequesis, en los seminarios, en la liturgia de la misa y de los sacramentos, en la noción del sacerdocio y hasta en la constitución de la Iglesia.

    Por eso se han vuelto tantos ojos hacia monseñor Lefebvre, el fundador del Seminario Internacional de Ecône, que da respuesta a un gravísimo problema. «Porque el problema de Ecône -afirmaba una vez monseñor Lefebvre- es el problema de millares y millones de conciencias cristianas destrozadas, divididas, trastornadas por este dilema martirizante: u obedecer arriesgándose a perder la fe, o desobedecer y conservar la fe; u obedecer y colaborar a la destrucción de la Iglesia, o desobedecer y trabajar por la preservación de la Iglesia; o aceptar la Iglesia reformada y liberal o mantener su pertenencia a la Iglesia católica.» Por eso, cuando el 29 de agosto de 1976 monseñor Lefebvre, dando testimonio de una fortaleza singular que después le ha asistido siempre, celebró contra viento y marea la histórica misa de Lille, se ensanchó el corazón de millares de católicos, que encontraban por fin un pastor que entendía sus problemas espirituales.

    Este gran galo que es monseñor Lefebvre, hijo de Francia, la primogénita de la Iglesia, es un «gallus» en el sentido cabal del término, que en latín significa, a la par, galo y gallo. Le vemos como un gallo valeroso al que han querido dar en la cresta; y le oímos hablar de la separación de la luz y las tinieblas que hoy se entremezclan en el catolicismo posconciliar como oímos al gallo cuando canta limpiamente esa disociación de la luz y las tinieblas que es el amanecer.

    Leopoldo Eulogio PALACIOS

    “ABC” (29-X-77)


    Última edición por ALACRAN; Hace 2 semanas a las 14:00
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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