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Tema: Las Memorias de Alfonso Carlos

  1. #1
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    Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Inicio

    La protección de Napoleón III mantuvo segura Roma durante dos décadas. Pero la caída del Segundo Imperio provocó un cambio de guardia: las tropas de Víctor Manuel II.

    MIS MEMORIAS SOBRE LA INVASION Y TOMA DE ROMA POR LAS TROPAS ITALIANAS, EL 20 DE SEPTIEMBRE DE 1870, ESPECIALMENTE LO QUE TOCO A MI COMPAÑIA, LA 6ª, DEL 2º BATALLON DE ZUAVOS DE PIO IX




    Después que las tropas francesas marcharan de Roma a primeros de agosto de 1870[1], nunca dudé ya de que las tropas italianas vendrían a atacarnos. Luego que los últimos franceses se embarcaron en Civitá Vecchia, los italianos, bajo pretexto de proteger el Estado de Su Santidad, fueron reuniendo tropas en la frontera, y especialmente en Orvieto y Foligno. Los zuavos siempre estábamos deseando tener una ocasión de batirnos, y estábamos impacientes por marchar a la frontera. El Teniente Coronel de Zuavos, Charette[2], fue con un batallón y medio de Zuavos a ocupar la provincia de Viterbo, que acababan de abandonar los franceses.


    Desde entonces quedó en Roma muy poca tropa, y a pesar del servicio extraordinariamente pesado, no vi nunca a ningún zuavo quejarse de esto; antes al contrario, todo lo sufrían con paciencia y con alegría. Cada semana iban llegando a Civitá Vecchia muchísimos reclutas para los Zuavos; pero como el invierno último habían marchado unos 1.500 zuavos a sus respectivos países, así quedábamos todavía pocos para el mucho servicio que había. Desde los primeros días de septiembre de 1870 siempre estábamos esperando algo que nos diese que hacer.



    [1] Por orden de Luis Napoleón, tropas francesas protegían los Estados pontificios. Aunque el mismo Emperador francés auspició el risorgimiento, se opuso a la conquista de Roma, ya fuera por tratados o por las armas, como fue en Aspromonte (1862) o Mentana (1867). En julio de 1870, Franca declaraba la guerra a Prusia. Napoleón se veía obligado a trasladar sus tropas a la frontera francesa, desguarneciendo Roma. Ocasión que aprovecharon las tropas italianas para conquistar el último reducto de los Estados pontificios: Roma.

    [2] Charette, descendiente del general vandeano del mismo nombre, se distinguió en la defensa de Roma.

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  2. #2
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: domingo 4 de septiembre de 1870

    DOMINGO 4 DE SEPTIEMBRE DE 1870






    Estando yo de servicio de semana y llevando la compañía a la Misa militar en Chiesa Nuova, recibí la orden de volver al cuartel, a hacer preparar las mochilas de mis soldados y quedar consignados en el mismo para estar prontos a cualquier orden. Se creía que las tropas italianas pasarían entonces la frontera; pero nada hubo todavía.

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  3. #3
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Lunes 5 de septiembre de 1870.

    Tras la retirada francesa, las tropas italianas sitiaron Roma.


    LUNES 5 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Supimos los movimientos republicanos[1] de Francia y todos creíamos que los italianos se iban a aprovechar de ellos para empezar sus infamias.


    [1] El dos de septiembre era derrotado el ejército francés en Sedán. Dos días más tarde, los republicanos daban un golpe de estado en París proclamando la III República.

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  4. #4
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Miércoles 7 de septiembre de 1870.


    MIERCOLES 7 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Un oficial de Dragones[1] pontificios, con unos veinte hombres, fue a la frontera para hacer un reconocimiento y dijo que los italianos habían construido un puente sobre el Tíber, al lado del pueblecito de Fiano.




    [1] Los dragones son soldados que hacen el servicio alternativamente a pie o a caballo

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  5. #5
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Jueves 8 de septiembre de 1870.

    Fiesta de la Natividad de la Virgen (De Zouaves Pontificaux)

    JUEVES 8 DE SEPTIEMBRE DE 1870

    Fiesta de la Natividad de la Virgen. S.S. el Santo Padre fue a Santa María del Pópolo; yo estuve todo el tiempo de servicio en la plaza del Pópolo, donde había un batallón de Zuavos. Al marchar nos dieron la noticia de que los italianos habían pasado la frontera. Nosotros, los oficiales, nos alegramos muchísimo; hicimos un almuerzo muy alegre en la pensión San Silvestre, pensando que ya nos batiríamos por la tarde. Pero luego se supo que no era verdad y que nada había de nuevo. Desde muchos días toda la tropa estaba consignada en los cuarteles con las mochilas hechas. No podían salir para corvés[1] menos de cuatro soldados juntos y siempre llevando sus carabinas.


    La Plaza de Santa María del Pópolo





    [1]Los corvés son trabajos duros y costosos.

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  6. #6
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Carta de Víctor Manuel a Pío IX

    Víctor Manuel II


    (Entregada a S.S. por el Conde Ponza di S. Martino)

    “Beatísimo Padre: con afecto de hijo, con fe de católico, con lealtad de rey, con espíritu de italiano, me dirijo de nuevo, como lo he hecho ya otras veces, al corazón de Vuestra Santidad.

    Una peligrosa tormenta amenaza a Europa. Aprovechándose de la guerra que está asolando el centro del continente, el partido revolucionario cosmopolita cobra bríos y audacia, y prepara, especialmente en Italia y en las provincias gobernadas por Vuestra Santidad, sus últimos ataques a la Monarquía y al Pontificado.

    Pío IX
    Ya sé, Beatísimo Padre, que la grandeza de vuestro ánimo estaría siempre a la altura de los grandes acontecimientos que ocurriesen; pero siendo, como soy, católico y rey italiano, y en calidad de tal custodio y garante, por disposición de la Divina Providencia y por la voluntad de la nación, del destino de todos los italianos, siento el deber de tomar, a la faz de Europa y del catolicismo, la responsabilidad de la conservación del orden en la península y de la seguridad de la Santa Sede.

    Pues bien, Beatísimo Padre: el estado de los ánimos en los pueblos gobernados por Vuestra Santidad y la permanencia en ellos de tropas extranjeras, venidas con distintos fines de diferentes países, son un foco de agitación y de peligros que nadie desconoce. La casualidad o la efervescencia de las pasiones pueden conducir a violencias y a una efusión de sangre, que en mi deber y en el vuestro, Padre Santo, está el evitarlas de todos modos.

    Ya veo la indeclinable necesidad, para seguridad de Italia y de la Santa Sede, que mis tropas, acantonadas ya en las fronteras, se internen a fin de ocupar las posiciones indispensables para la seguridad de Vuestra Santidad y el mantenimiento del orden.

    Vuestra Santidad no ha de ver en esta precaución un acto hostil. Mi gobierno y mis fuerzas se limitarán absolutamente a ejercer una acción conservadora y tutelar de los derechos fácilmente conciliables de las poblaciones romanas con la inviolabilidad del Sumo Pontífice y su autoridad espiritual, y con la independencia de la Santa Sede.
    El Conde Ponza di San Martino

    Si Vuestra Santidad, como no lo dudo, y como su sagrado carácter y la benignidad de su corazón me dan derecho a esperarlo, se halla inspirado de un deseo igual al mío de evitar todo conflicto y el peligro de un acto de violencia, podrá tomar con el Conde Ponza di San Martino (que entregará a Vuestra Santidad esta carta y que tiene las instrucciones oportunas de mi Gobierno), los acuerdos que se crean más conducentes para conseguir el objeto apetecido.

    Su Santidad me permitirá esperar, además, que en los momentos actuales, tan solemnes para Italia como para la Iglesia y el Pontificado, aumentará la intensidad del espíritu de benevolencia, que nunca podrá extinguirse en vuestro pecho hacia este país, que es vuestra patria, y los sentimientos de conciliación que me he esforzado siempre con incansable perseverancia a traducir en actos, a fin de que satisfaciendo las aspiraciones nacionales, la cabeza del catolicismo, rodeado del afecto de los pueblos italianos, conserve en las orillas del Tíber una Sede gloriosa e independiente de toda soberanía humana.

    Vuestra Santidad, librando a Roma de tropas extranjeras y sacándola del continuo peligro de ser campo de batalla de los partidos subversivos, habrá dado cima a una maravillosa obra, restituido la paz a la Iglesia y demostrado a la Europa, asustada de los horrores de las guerras, que pueden ganarse grandes batallas y alcanzarse triunfos inmortales con un acto de justicia y con una sola palabra de afecto.

    Ruego a Vuestra Beatitud que se digne dispensarme su bendición apostólica, y reitero a Vuestra Santidad los sentimientos de mi profundo respeto.

    Florencia, 8 de septiembre de 1870.

    De Vuestra Santidad muy humilde, obediente y afectuoso hijo,

    Víctor Manuel”

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos


  7. #7
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Contestación de S.S. Pío IX a la carta de Víctor Manuel

    "bendigo a Dios que me ha permitido que Vuestra Majestad colme de amargura el último período de mi vida"


    “Al Rey Víctor Manuel II,


    Majestad:


    El conde Ponza di San Martino me ha entregado una carta que V.M. ha tenido a bien dirigirme; no es digna de un hijo afectuoso que tiene a gloria profesar la fe Católica. No entro en los detalles de la carta misma, por no renovar el dolor que su primera lectura me ha causado.


    Yo bendigo a Dios que me ha permitido que Vuestra Majestad colme de amargura el último período de mi vida. Por lo demás, no puedo admitir las exigencias expresadas en vuestra carta ni asociarme a los principios que contiene. Invoco de nuevo a Dios, y pongo en sus manos mi causa, que es enteramente la suya, y le ruego que conceda a V.M. gracias abundantes, le libre de todo peligro y tenga con vos la misericordia que os es necesaria.


    En el Vaticano, el 11 de septiembre de 1870.


    Pío Papa IX.”

    http://elcaballerodeltristedestino.b...&by-date=false

  8. #8
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Sábado 10 de septiembre de 1870.

    SABADO 10 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    El Conde Ponza di San Martino llega a Roma con una carta infame de Víctor Manuel a S.S. en la que con la mayor hipocresía quería engañar al Papa para que dejase que sus tropas entrasen libremente en Roma. Su Santidad le recibió a mediodía y le contestó lo que debía decirle. Lo cierto es que el Sr. Ponza salió de los cuartos de Su Santidad sin colores y casi no encontraba la puerta, según me dijeron personas que le vieron.


    General Kanzler (ZP)
    Al mismo tiempo, S.S. dio orden al General Kanzler, proministro de las armas, de empezar a prepararse para la defensa de Roma. S.S. estaba firme en no ceder más que a la fuerza. Al despedirle, dijo S.S. a Ponza que, aunque no era profeta, él creía, sin embargo, que los italianos no entrarían en Roma, o a lo menos quedarían poco tiempo. A la una vino a verme en mi casa el Cap. Baumont del Estado Mayor, para decirme que S.S. no había querido ceder en nada, y que al contrario, había ordenado al General Kanzler preparar una buena defensa. El consuelo que me produjo esta noticia fue inmenso; pues siempre temía yo que llegasen a persuadir a S.S. de que no hiciese resistencia, para evitar derramamiento de sangre; y mucho más, que en la ciudad habían hecho correr estas voces.


    A las cuatro y media de la tarde S.S. fue a Termini para asistir a la apertura de la fuente del Acqua Pía, que venía desde Arsoli en conductos de piedra y de hierro que acababan de concluirse entonces. El gentío fue extraordinario. Yo asistí también con otros oficiales; soldados no había, pues estaban consignados en los cuarteles. Al llegar y al marchar S.S es increíble las manifestaciones que todos le hicieron y, entonces pensamos nosotros: “Dios quiera que no sea esto como la entrada de Jesucristo en Jerusalén pocos días antes de su Pasión”. Y, desgraciadamente, casi sucedió así.


    El castillo de San Ángelo, la ciudad leonina.
    A las siete de la tarde, desde Termini fui a la pensión de los oficiales, para comer, pero tuve que marchar enseguida, pues me mandaron ir al fuerte S. Ángelo para vigilar cuarenta hombres de corvés. Al momento llegue al fuerte, y vi trabajar esos cuarenta hombres. El trabajo consistía en cargar balas de cañones, bombas y granadas en carros y enviarlos a diferentes puntos de la ciudad y a las puertas. Además hubo que vaciar muchos almacenes de pólvora, pues estaban hechos de madera y con un bombardeo podían volar. Esa pólvora la llevaron de lo alto del fuerte a almacenes más seguros. Toda la noche se trabajó: y éste era muy pesado, pues había que subir y bajar escaleras, y por faltas de instrumentos, los pobres zuavos debían llevar las balas de cañón en las manos. Sin embargo, nadie se quejaba y, al contrario, estaban alegres y decía: “Travailler, volontiers, pour le Pape

    http://elcaballerodeltristedestino.b...&by-date=false

  9. #9
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Domingo 11 de septiembre de 1870.

    DOMINGO 11 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Las puertas de Roma aumentaban sus defensas.

    A las dos de la mañana, poco más o menos, llegaron otros cuarenta hombres de cazadores indígenas para relevarnos y nosotros nos marchamos. Este fue el primer servicio de campaña que tuve, aunque muy ligero. Toda la noche no se hizo más que trabajar en las puertas de Roma; las unas para cerrarlas del todo y en las otras hacer delante un terraplén y unas aspilleras para poder poner piezas de artillería y soldados.


    Las tropas italianas preparan el asedio.

    Yo empiezo mi semana de servicio en la Compañía y no dudo ya que pronto tendremos algo que hacer. Por la tarde, a las nueve, fui al casino militar de Piazza Colonia, como de costumbre, y allí se recibió la noticia por telégrafo de que las tropas italianas, ya se habían puesto en movimiento hacia la frontera, y que en Orte había entrado buen número de ellos. Allí no había más guarnición pontifica que ocho o diez gendarmes; éstos, sin embargo, dispararon algunos tiros, pero los italianos los cogieron luego prisioneros y un gendarme pontificio quedó muerto. Esto fue el principio de la invasión italiana.

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  10. #10
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Lunes 12 de septiembre de 1870.

    LUNES 12 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Mapa de Roma. Clica para aumentar.

    En este día en que cumplí mis 21 años, hice mis devociones en el Jesús; y ya preveía que me faltaría el tiempo para hacerlas otro día. Recibí hoy la primera carta de María de las Nieves, la que me causó la mayor alegría. Casi toda mi Compañía tuvo que ir a la Puerta del Pópolo para trabajar en las barricadas y no la relevaron hasta el siguiente día por la mañana. Los trabajos se hacían con toda prisa, pues se creía que íbamos a ser atacados muy pronto.


    Yo di ayer una vuelta en coche con el Teniente Derely, saliendo de Puerta del Pópolo y entrando por Puerta de San Juan Laterano. La puerta Salara estaba cerrada y llenada de tierra por dentro. Delante de la Puerta Pía, la que quedó del todo abierta, se estaban concluyendo los terraplenes y las barricadas. Puertas San Lorenzo y Puerta Maggiore estaba ya cerradas y llenadas de tierra.


    Encontramos a varios paisanos que se veía que no eran romanos, sino oficiales italianos disfrazados que iban examinando las murallas por fuera. Fue la última vez que di un paseo. Por la noche supimos que todo el día habían estado pasando la frontera tropas italianas en gran número y en varios puntos. El Coronel Allet, que mandaba el Regimiento de Zuavos, recibió un parte telegráfico del Teniente Coronel de Charette, desde Viterbo, en el que le anunciaba que gran número de italianos marchaban sobre Viterbo, y decía que el Subteniente de zuavos de Kervin, que se hallaba con veinte zuavos en Bagnorea, había quedado prisionero de los italianos.


    El Subteniente Kervin tenía orden de no abandonar ese punto más que cuando estuviesen ya allí los italianos: y habiendo él cumplido la orden, se encontró rodeado por 15.000 hombres; se defendió por un poco de tiempo, pero al fin tuvo que rendirse, y creo que quedaron heridos algunos zuavos. Esta noticia nos dio mucha lástima y ya empezamos a temer que le sucediese lo mismo también a Charette, el que tenía orden de esperar que llegasen los italianos y sólo entonces retirarse sin hacer resistencia.


    Empezaron luego a llegar noticas de Civitá Castellana, donde había la quinta Compañía del cuarto Batallón de Zuavos (Capitán de Resimont) y la Compañía de disciplina, mandada por el Capitán Rufini, de línea indígena.


    Civitá Castellana
    Los telégrafos de Roma a Civitá Castellana ya estaban cortados; de suerte que nada de fijo pudimos saber entonces. Los italianos, según oímos después de muchos días, bombardearon el pequeño fuerte de Civitá Castellana por más de una hora y le rodearon con 20.000 hombres a lo menos. El comandante del fuerte resistió todo lo que pudo, causando bastantes pérdidas al enemigo, pero a lo último viendo que la población iba a ser destruida y sin provecho, y después, sabiendo positivamente que de Roma nadie iría a ayudarle y que toda resistencia sería inútil, se decidió a capitular por la tarde. La Compañía de Zuavos y la otra salieron del fuerte y entregaron las armas según todas las formalidades acostumbradas. Los zuavos tuvieron algunos hombres heridos y creo que algún muerto también. Muchos pensamos en Civitá Castellana, pues en Roma se contaban toda suerte de noticias, y no se podía saber la verdad.

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  11. #11
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Martes 13 de septiembre.

    MARTES 13 DE SEPTIEMBRE DE 1870



    Llegó un parte telegráfico desde Viterbo, en el que se decía que el Teniente Coronel Charette había marchado de Viterbo por la mañana y que las tropas italianas ocupaban dicha ciudad. Por la tarde llegó un telegrama del mismo Charette, en que decía que, marchando sobre Viterbo un gran número de italianos, había tenido que abandonar la ciudad, pero tenía consigo todas las Compañías de Zuavos en la provincia de Viterbo, exceptuando la de Valentano, que no había podido alcanzarle con una marcha forzada y gracias a una niebla muy espesa que les ocultó al enemigo; sin embargo, fueron atacados durante la retirada varias veces por lanceros italianos.


    Los zuavos que estaban de guardia en los diferentes puestos de Viterbo habían quedado prisioneros de los italianos; serían éstos unos 15 ó 20 zuavos. Charette envió este parte desde Vetralla, pueblecito a unas ocho o diez millas de Viterbo sobre el camino de Civitá Vecchia. Allí se encontraba con siete Compañías de Zuavos, dos piezas de artillería, una ametralladora y unos cincuenta dragones a caballo. La Compañía de Zuavos que estaba en Subiaco (la primera del primero Cap. De Moncuit), había llegado ya a Roma por la mañana.


    Por la noche llegaron también, aunque con bastante trabajo, la quinta Compañía del primero de Zuavos (Capitán Goutpagnon), que estaba en Tívoli, y la sexta del primero (Cap. Joubert), que estaba en Mentana. Todo el día se estuvo trabajando para concluir las barricadas de Roma. Un oficial de cada Compañía debía quedar en el cuartel toda la noche y el día. Yo, como estaba de semana, tuve que quedar gran parte del tiempo, y únicamente a las seis de la tarde me fui a comer a la pensión de los oficiales, y (lo que nunca hubiera creído) fue esa la última vez que estuve allí. Mucho se habló esa noche del Teniente Coronel Charette, pues creíamos imposible ya que pudiera retirarse hasta Civitá Vecchia o que viniese a Roma por Baccano, pues estaba rodeado de todos lados por fuerzas italianas considerables. Luego de comer volví a mi cuartel de San Agustín.


    Por la noche los soldados estaban muy alegres, pues ya comprendían que pronto irían a batirse. Hicieron un altarito en el cuartel, encendieron muchas luces y se opusieron a cantar canciones a la Virgen, y, por último, el himno de Pío IX, y dieron muchos vivas. En otro tiempo no se hubiera permitido tanto ruido, pero en estos momentos no se podía impedir. Hasta los frailes del convento vinieron allí y se alegraban en ver tan buenos soldados y tan animados del espíritu católico. A las diez, hora del silencio, todos fueron a acostarse, pero vestidos, pues ya desde algún tiempo las tropas debían dormir vestidas. La alegría de esa noche parecía que preveía lo que iba a suceder.


    ZP
    Poco después de las diez llegó al cuartel el Teniente Derely y me dijo que se había recibido orden para que la sexta del segundo marchase la misma noche al encuentro del enemigo, que venía por los caminos de Viterbo y Civitá Castellana. Fue mucha suerte y honor para mi Compañía el ser la primera elegida para marchar al frente, y fue indescriptible el consuelo que nos produjo esta noticia a todos nosotros. Enseguida fui al casino militar a tomar todas las órdenes de mi Capitán Mr. Gastebois.


    La hora de marcha fue fijada para la una y media de la noche. Yo volvía al cuartel. Allí estaba ya Mgr. Daniel, Capellán mayor de zuavos; todos querían confesarse con él (los que hablaban francés) y apenas logré yo hacerlo también. Nuestra Compañía parecía una Compañía de cruzados, pues llevábamos todos, cosidas sobre nuestros chalecos, unas cruces rojas, de paño, bendecido por Su Santidad. Después, todos los zuavos y demás soldados se las pusieron, pero hasta entonces nadie las tenía todavía y mi Compañía fue casi la primera que se las puso. Todos los soldados se pusieron a preparar sus cosas. A las diez y tres cuartos marché a mi casa, número 300, del Corso, con mi asistente Sánchez, preparé todas mis cosas y me eché sobre la cama para descansar una hora.

    Simancas tradicionalista: Alfonso Carlos

  12. #12
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Miércoles 14 de septiembre de 1870.

    MIERCOLES 14 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    A las doce y media de la noche ya estaba yo en pie, tomé mi revólver, mi manta y mis cositas, me despedí del buen Manuel Echarri, que estaba triste mientras yo estaba muy alegre, y marché al cuartel de San Agustín. A la una y cuarto de la mañana se tocó el “rappel sac au dos”, y a la una y media, el “rappel” en el patio del cuartel.


    En las caras de todos los soldados se veía la alegría. Todos llevaban la mochila, con capote, manta y tienda de campaña, bidones y 100 cartuchos por cada hombre. Teníamos allí 40 filas, es decir, 80 hombres y cuatro clarines. A la una y tres cuartos llegaron al cuartel el Capitán Gastebois y el Teniente Derely. El Capitán hizo un pequeño discurso, recomendando mucha obediencia a sus órdenes, mucho silencio durante la marcha y mucho ánimo, el que no nos hacía falta, a Dios gracias. Enseguida salimos del cuartel de San Agustín por el flanco, como siempre.


    Puerta del Pópolo
    A la Puerta del Pópolo esperamos algunos minutos para que nos dejasen salir. Allí estaba la tercera Compañía del tercer Batallón (donde yo había servido como soldado el año 1868). Supimos también que a la misma hora, por Puerta Angélica había salido la sexta Compañía del tercero de Zuavos (Capitán de Fabry), para ir al encuentro de los italianos por el Monte Mario. Salimos de Puerta del Pópolo en buen orden la sexta del segundo. La otra Compañía quedaba para defender la puerta. A las dos y tres cuartos de la mañana ya estábamos delante de la venta del Puerto Molle, al otro lado del Tíber. El Capitán envió enseguida al Teniente Derely con los 25 primeros hombres de la Compañía y un clarín, por el camino de Viterbo, y a mí (que era subteniente) me envío por el camino de Civitá Castellana con los siguientes 25 hombres (de los que doce eran españoles).


    El Capitán se quedó allí, cerca del puente, con lo restante de la Compañía. A cada uno de nosotros nos mandó marchar adelante por espacio de un cuarto de hora o poco más, y hallando un buen punto para dominar los caminos, debíamos pararnos, quedar allí en atención, como puestos avanzados, y en cuanto viésemos legar a las tropas italianas debíamos retirarnos al puente, sin tirar ni un tiro. Nos dio a cada uno de los oficiales un dragón a caballo para que después de parados se lo enviásemos a él para darle cuenta de lo que hubiésemos hecho y visto.


    Yo marche al momento con 25 hombres, el sargento Blevenac y el sargento Boissoreil. La noche era bastante oscura, y como yo casi no conocía ese camino me estaba siempre con un poco de cuidado. El camino era bastante accidentado, y en varios puntos encerrado por los lados, de modo que se veía muy poco adelante. Pasé a los diez minutos delante de un caminito que venía desde el camino de Viterbo, según parecía, y como sospeché que sería peligroso, dejé allí al cabo Hofmann, con seis hombres para que lo vigilase y guardase. Seguí adelante con los demás zuavos pero nunca se llegaba a un punto de donde se dominase el camino, y como yo me hallaba ya demasiado lejos del Capitán y en caso de apuro era fácil rodearme y cogerme prisionero, anduve pocos minutos más, y luego me paré.


    Envié adelante al dragón a caballo para ver dónde concluía la subida del camino. Éste fue al galope y volvió diciendo que todavía había mucho que andar; por lo cual, para seguir las órdenes recibidas, volví atrás unos cuantos minutos, y reuniéndome a los seis hombres que había dejado atrás, me paré. Puse un centinela avanzado sobre la carretera, a unos cien pasos, y luego, subiendo una pequeña altura al lado del camino, coloqué dos centinelas allí arriba con orden de mirar atentamente el camino y avisarle por cualquier cosa que viesen. Envié luego el dragón al Capitán para decirle que no había nada de nuevo y que ya había encontrado un punto para pararme.


    El Teniente había andado un poco más que yo sobre el camino de Viterbo, pero yo no sabía dónde estaba, pues los dos caminos estaban muy separados el uno del otro. Por buena dicha teníamos un poco de luna, de manera que se veía algo delante de nosotros. Los demás soldados se echaron en el suelo para descansar, pues las mochilas les pesaban bastante. Yo no paré ni un momento, pues de noche y sin conocer el terreno ni los movimientos de los italianos, no quedaba tranquilo. Todos los que pasaban por el camino los paraba y les hacía preguntas, pero los más venían de cerca. Después, a cada momento, subía yo sobre la altura para dominar la carretera. También había trabajo para impedir que los soldados durmiesen y no hablasen, pues debíamos escuchar atentamente todo ruido, y varias veces me puse al suelo para oír mejor.


    Mucho gusto me dio cuando, a las cinco y media, vimos el principio de la aurora. Sin embargo, entonces empezó a hacer bastante frío y una humedad terrible. Nos decidimos a cortar ramas y hacer un buen fuego, y allí al lado estuvimos todos muy agradablemente. Los soldados no podían ponerse el capote, pues había que tener las mochilas hechas. Sin embargo, viendo que no había nada nuevo, les permití quitárselas. Siempre quedaban tres zuavos de centinela, adelantados, como dije antes.


    Entonces encontramos un buen aldeano que nos trajo uvas, que comimos con gusto, juntamente con un poco de pan que teníamos en nuestros bolsillos. A las seis llegó un zuavo de los que estaban con el Capitán y nos trajo café para todos, que habían hecho en la venta de Puente Molle. Lo tomamos con gusto; luego oyeron un par de tiros que nos llamaron la atención, pues venían de la parte donde estaba el Teniente. Y yo tenía orden de replegarme adonde estaba el Capitán si oía un tiro en la dirección donde había ido el Teniente. Sin embargo, como no oí nada más, quedé allí y sólo envié al sargento Boissoreil con el zuavo Zimmermann, adonde estaba el Capitán. Después de algún tiempo volvió el sargento diciendo que no había nada, que todo estaba tranquilo y que quedase donde estaba. Entonces, con un poco de trabajo, logré poner un centinela en un punto elevado, desde donde podía ver el camino nuestro y al mismo tiempo oír si el Teniente disparaba un tiro. Ahí quedamos tranquilamente hasta las ocho y media, y creíamos ya tener que quedar allá todo el día, cuando vimos llegar a un dragón a todo escape, el cual apenas se paró un momento para decirnos que ya estaban allí cerca las tropas italianas y que apenas tendríamos tiempo para replegarnos.


    Puente Molle
    Entonces yo hice bajar y reunir los centinelas, tomamos las mochilas y a paso ligero volvimos al Puente Molle para cumplir con las órdenes recibidas. Llegamos allá bastante cansados. Pocos minutos después llegó el Teniente con sus hombres, también cansados, y dijo que se veían ya las tropas italianas. Desgraciadamente ya estaba cociendo la carne para la sopa y tuvimos que tirarlo todo al aire para recoger los bidones. El Capitán tomó el mando de la Compañía y pasamos el Puente Molle, al lado izquierdo del Tíber. Allí nos paramos, y como se creía que el enemigo llegaría de un momento a otro por el camino de Viterbo y de sorpresa, pues la venta cubría el camino, el Capitán hizo poner una media sección sobre el mismo puente, con bayonetas al cañón, bajo las órdenes del sargento mayor de Kersabieck. Lo restante de la Compañía quedó detrás del puente, como de reserva.


    En este tiempo el Capitán quería hacer saltar el puente, pues así le habían mandado la víspera; pero se habían olvidado de minar el puente, de suerte que nosotros hubiéramos debido hacerle saltar con fósforos, lo cual no era factible, como puede comprenderse. El sargento mayor Kersabieck y la media sección se condujeron admirablemente, con una serenidad inmensa y mucho valor, pues allí estaban seguros de morir todos si venían a ser atacados. En las primeras filas se encontraban muchos españoles y se condujeron muy bien. El primer rango tenía rodilla en tierra, el otro estaba de pie. El Capitán, el Teniente y yo íbamos de cuando en cuando sobre el puente para examinar la carretera, y aseguro que necesitaba valor para quedar parado allí. El Capitán de Gastebois había escrito un billetito, y lo había enviado a Roma por medio de un dragón, para pedir que le diesen órdenes fijas para defender el puente hasta lo último o para replegarse a Roma.


    A las nueve y media nada había llegado todavía, y el Capitán y todos nosotros, viendo que nos olvidaban, empezamos a perder la paciencia. Nuestra posición era muy peligrosa, pues en caso de que nos atacasen no teníamos más retirada que la carretera que va de Puente Molle a Porta del Pópolo, entre dos murallas y toda derecha, y si los italianos ponían un cañón al otro lado del puente destruirían muy fácilmente nuestra Compañía, sin que los artilleros pontificios pudiesen hacer fuego desde Puerta del Pópolo por causa nuestra. Este camino tenía cerca de tres cuartos de hora de largo, a pie. A las diez, viendo el Capitán que no le enviaban ninguna orden y juzgando imposible e inútil ya el defender un puente como ése, hizo reunir toda la Compañía y marcharnos hacia Roma por medias secciones en columna, con bayonetas al cañón, para poder, en caso de que la Caballería nos atacase, hacer media vuelta, parándonos, y resistir fuertemente.


    El Capitán estaba muy disgustado de no recibir órdenes y se puso sentado en el suelo, dejándonos retirar a nosotros, de modo que ya apenas le veíamos. Entonces vimos de lejos mucho polvo, y creyendo que fuese Caballería enemiga, ya temimos que el Capitán fuese prisionero; pero, el pobre, corriendo y cansándose mucho, logró alcanzar la Compañía nuestra, que estaba parada para aguardarlo. En lugar de enemigos eran dragones que venían desde el puente Molle, y nos dijeron que los italianos venían con artillería para hacer fuego.


    Osteria di Papa Giulio
    Entonces nos dividimos a los dos lados del camino, marchando uno detrás de otro, para dejar el camino libre a las balas. Fuimos marchando así hasta unos 200 metros de la Puerta del Pópolo. Los soldados, tan cargados como estaban y cansados por la marcha de la noche, no podían casi seguir. Sin embargo, el Capitán se arrepintió de lo que había hecho y mando hacer media vuelta y marchar otra vez hacia el enemigo. Llegamos así hasta la mitad del camino, cerca de la Osteria di Papa Giulio, de donde va un pequeño camino hasta La Fontana dell´ Acqua Accelosa. Allí no había nada para comer y los soldados tenían hambre. Quedamos esperando un ataque de un minuto a otro; pero los soldados estaban cansados, que poco hubieran podido defenderse ya. Los pobres habían tenido trabajos muy fuertes desde unos cuantos días y ya iban muchas noches que casi no podían dormir.


    A las once vino allí, en coche, Mgneur. Daniel (capellán mayor) para vernos. Nos dijo que Charette estaba salvo, pues había telegrafiado por la mañana, muy temprano, desde Civitá Vecchia, adonde había llegado sin perder un solo hombre, a pesar de ser perseguido todo el tiempo por numerosísimas fuerzas italianas, y esperaba legar cuanto antes a Roma por ferrocarril. Esta noticia nos animó muchísimo, pues ya creíamos a Charette y sus zuavos prisioneros, suponiendo que aquél viniese desde Vetralla a Baccano para tomar el camino de Roma a Viterbo, y nosotros ya sabíamos que los italianos acababan de llegar a ese mismo camino. El capellán volvió a marchar a Roma. A cada momento llegaba un dragón y nos daba otras noticias, que generalmente no eran exactas. Algunos lanceros italianos habían pasado el puente, y viendo que no había nada habían vuelto otra vez atrás.


    Quedamos así, siempre andando arriba y abajo por el camino, sin saber nada hasta las doce y media (después de medianoche). Entonces llegó para relevarnos la tercera Compañía del tercer Batallón (Cap. Du Reau, francés; Subteniente Taillefer, canadiense; Subten. Tucimei, napolitano). Quedamos juntos allí, pues creíamos ser atacados por los dos caminos: el del puente Molle y el Acqua Accetosa; pero viendo que nadie llegaba, nos marchamos, y a la una y media entramos en Roma por Puerta del Pópolo. Allí formamos los pabellones y nos pusimos a descansar. Nos alcanzaron allí unos diez zuavos de nuestra Compañía, que habían quedado la víspera de guardia, sin haberlos podido relevar; con ellos llegó el cabo Monginoux y el zuavo Hendrix, que salió del hospital para alcanzar a su Compañía sin estar todavía curado del todo. El zuavo español Ortiz, de mi Compañía, por el cansancio, cayó enfermo bastante gravemente y fue preciso enviarle luego al hospital.


    Allí, en la plaza del Pópolo, nos acostamos sobre las piedras y descansamos muy bien. La plaza no se reconocía; estaba llena de piezas de artillería y furgones militares y había centinelas en las embocaduras de las calles de Ripetta, del Corso y de Vía Babuino, para impedir a la gente pasar adelante. Todas las tiendas de Roma quedaron cerradas ese día, pues se creía sucedería algo fuerte. A las dos de la tarde, la Cuarta Compañía del tercer Batallón (Cap. Du Bourg, Subten. Pavy, Subten. Bouden), que estaba de guardia en Puerta del Pópolo, recibió la orden de salir para proteger a la Compañía de Mr. Du Reau. Entonces yo quedé de guardia a la puerta con treinta y cinco hombres, en lugar del Subteniente Boulen, y el Teniente fue de guardia allí al lado, con otros treinta y cinco, al Abatoire, donde habían hecho una barricada al lado del Tíber. Los soldados comieron un poco de carne fría, y nosotros, los Oficiales, nos hicimos traer alguna comida. Siempre estábamos con el anteojo para ver desde lejos las dos Compañías de Zuavos, que creíamos se batirían de un momento a otro.


    Ningún paisano ni militar podía entrar ni salir por la puerta, aunque llevase permiso escrito; ésa era la consigna que me dieron. Había dos piezas de artillería detrás del terraplén, delante de la puerta, que estaba abierta, y contra el terraplén, cubierto de sacos con tierra, estaban siempre unos quince zuavos, pronto a hacer fuego. Allí supe que, por la mañana, la sexta Compañía del tercer Batallón (Cap. De Fabry, Ten. Du Ribert y Subteniente Gasconi), que estaba de avanzada en el monte Mario, había visto las tropas italianas. La vanguardia de esta Compañía, que consistía en un sargento (inglés) y ocho zuavos, fue atacada por un regimiento de Lanceros italianos. El sargento se defendió con mucho valor, causó muchas pérdidas a los Lanceros, pero recibió dos heridas él mismo, y otros tres o cuatro zuavos fueron heridos y uno muerto; tuvieron que quedar prisioneros. Después supimos que había muerto el sargento a causa de las heridas. La Compañía también disparó algunos tiros y un Capitán italiano quedó muerto. Pero después, la misma sexta Compañía del tercer Batallón tuvo que retirarse por Puerta Angélica a la Plaza de San Pedro donde estaba destinada.


    A las tres de la tarde tuve el gusto de ver llegar en un coche, con M. Kanzler, al Teniente Coronel Charette, que, después de una magnífica y brillante retirada, había llegado a Roma a la una. Los italianos le habían perseguido hasta Vetralla, adonde llegó Charette por la noche. Los italianos le rodearon en ese pueblo, creyendo que dormiría allí, y hasta hicieron publicar en los diarios italianos que Charette, con toda su gente, estaban prisioneros suyos. Pero Charette fue más listo que ellos, y en lugar de irse por la carretera, como ellos creían, tomó pequeños caminos de campo y hasta veredas por medio de las montañas, de modo que los mismos zuavos tuvieron que llevar a veces a hombros los dos cañones, para subirlos por puntos muy montañosos, y así también para llevar la ametralladora, habiéndose roto una rueda de ésta. Pero llegó, por fin, feliz y gloriosamente a Civitá Vecchia. Y tomando un tren especial, aunque le dijesen que era muy peligroso volver a Roma porque los italianos por varios puntos venían para cortar el ferrocarril, él no tuvo miedo, se marchó y llegó felizmente a Roma, enteramente negro, pues quiso hacer todo el viaje de pie, sobre la locomotora, para dominar el camino, y en su caso, hacer parar el tren y defenderse contra las tropas que pudiesen atacarle. Como no había puesto en el tren, así dejó Civitá Vecchia el pelotón de Dragones a caballo y las dos piezas de artillería, que eran las mejores. La ametralladora llegó a Roma.


    La Compañía de Valentano (con el Cap. Kermoal, Ten. Van der Straten y Subten. Artz), no pudiendo alcanzar a Charette, sin mochilas ni estorbos, vino directamente a Civitá Vecchia por las montañas, y llegó pocas horas después de la marcha de Charette; pero esta Compañía ya no pudo volver a Roma, pues los italianos ocuparon el ferrocarril. Este mismo Capitán había enviado todas las mochilas directamente a Civitá Vecchia, sin escolta, por medio de un aldeano, en un carro cubierto de paja, y el buen hombre le entregó todo en dicha población, con mucha exactitud. Nosotros felicitamos muchísimo a Charette por su dichosa llegada a Roma, y en seguida de examinar los trabajos de la Puerta se marchó el Teniente coronel, pues estaba cansadísimo. Con la llegada de Charette teníamos ya 700 zuavos más en Roma, lo cual nos alegró mucho.


    Villa Ludovisi
    Luego hubo que poner de guardia a nuestro sargento Bossonil con 15 hombres a mitad de la subida del Pincio. A las cuatro y media de la tarde el Capitán Gastebois tuvo que marchar con la mitad de la Compañía a la Villa Ludovisi, donde debía pasar la noche sobre paja. El Teniente y yo quedamos allí con orden de alcanzar al Capitán con la otra mitad de la Compañía en cuanto llegasen las dos Compañías de Zuavos que estaban en el puente Molle. A las cinco los soldados lograron comer una sopa y se envió una parte a la otra mitad de la Compañía en la Villa Ludovisi. Yo tomé un pedazo de carne mala en la cantina de la caserna de gendarmes, allí al lado. Por la noche, a las ocho, el Teniente marchó a comer a la ciudad y me encargó a mí llevar la media Compañía a Villa Ludovisi. A las nueve y media de la noche la cuarta Compañía del tercer Batallón volvió desde puente Molle. Entonces me relevó, yo pasé la consigna de la Puerta del Pópolo al Subteniente Boulen, reuní los hombres de mi Compañía y marché, atravesando la plaza Barberini y la ciudad, a la Villa Ludovisi. Fue mucha casualidad el acertar yo el camino, pues nunca había sabido dónde estaba la Villa. Sin embargo, llegué felizmente a la Puerta y allí me alcanzó el Teniente Derely; entramos juntos en aquel inmenso jardín.


    La noche era muy oscura y empezaba a llover un poquito. Atravesamos gran parte del jardín por caminos desconocidos y oscuros; por último llegamos a una especie de casa o salón lleno de paja, en donde hallé a nuestro Capitán Gastebois con lo restante de la Compañía. Como llovía un poco hicimos entrar allí a todos nuestros hombres, aunque algo apretados, cada uno con su fusil y mochila, para pasar la noche. Dejamos unos veinte hombres con dos cabos y un sargento de guardia contra las murallas de la ciudad, pues la Villa Ludovisi, que ocupa muchísimo terreno, desde más allá de la antigua Puerta Pinciana hasta la Puerta Salara, está junto a las murallas de Roma. A las diez y media nos echamos sobre la paja; los Oficiales juntos en un rincón, y como si fuese la mejor cama del mundo, nos dormimos a los pocos minutos.


    Pero a las once y media me desperté al ruido de unos clarines, que parecían los de Puerta Pía, y que tocaban “De bout”, y luego “Garde a Vous”. Yo desperté al Capitán, que oyó la misma cosa, y mandó levantarse a toda la Compañía. Con mucho trabajo llegamos a despertar a los zuavos, ya cansados, y formamos la Compañía sobre dos rangos para estar prontos a marchar. Enviamos al cabo Almela, sobrino de Aparisi y Guijarro, valenciano, con el americano Torral y otros tres zuavos, a la entrada del jardín para que quedasen allí toda la noche, y el Teniente se paseó por el inmenso jardín, al lado de las murallas, para ver si oía o descubría algo. En el jardín había muchos obreros con hachas encendidas que estaban haciendo un largo foso y un terraplén detrás de las murallas, que eran tan débiles que hubieran caído a los primeros cañonazos. Luego volvió el Teniente diciendo que nada había y que en Puerta Pía todo estaba tranquilo. La noche era muy oscura y nosotros no conocíamos nada de todo aquel terreno, de modo que hubiera sido muy fastidioso tener que hacer algo así, a ciegas…

    Simancas tradicionalista: Memorias de Alfonso Carlos

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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Oración a María Santísima

    ORACION A MARIA SANTISIMA





    Recitada en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, delante de la Santísima Virgen de la Columna, en el triduo que allí hizo S. S. Los días 12,13 y 14 de septiembre de 1870, y que se cree redactada por Su Santidad.


    Gloriosísima Reina del Cielo, María Madre de Dios, a Vos, que sois vida y esperanza, recurrimos. Vos, desde vuestra inmaculada concepción, aplastasteis la cabeza a la infernal serpiente, principalísimo enemigo de la Iglesia. Vos fuisteis por Dios establecida para perpetuo auxilio de los cristianos, y como fuerte campo de ejército, puesto en orden de batalla, cien veces libraste a los fieles que a Vos recurrieron de agresiones hostiles, contra todo cálculo de humana providencia. Volved, pues hoy vuestras piadosas miradas sobre nosotros, que formando un solo corazón os invocamos para nuestra defensa y protección. Salvad de la inicua opresión a la Iglesia; poned a cubierto de las armas sacrílegas al Vicario de Vuestro divino Hijo; libertad de todo peligro a este vuestro pueblo; bendecid a aquellos valerosos que exponen la vida por la defensa de la Santa Sede, e infundid en todos los cristianos sentimientos de paz, de justicia, de caridad.


    Si nuestros pecados han excitado contra nosotros la Divina Justicia, a la par de nuestro arrepentimiento, ofreced Vos misma vuestros méritos a Vuestro misericordiosísimo Hijo, y dad fuerza con vuestra potentísima mediación a las humildes súplicas de nuestros corazones. Todo el poder del infierno, todos los esfuerzos de los impíos caerán a la primera mirada de misericordia que el Señor dirija sobre nosotros, y esta misericordia, Vos sola, ¡oh Madre nuestra clementísima!, podéis obtenerla con vuestra intercesión. Rogad, pues, por nosotros, ¡oh María!, y seremos salvos, y publicaremos por el mundo esta nueva gloria de vuestro poderosísimo y santo auxilio. Así sea.


    (Su Santidad concede 7 años de indulgencia a todos los fieles que concurran una vez a este triduo, e indulgencia plenaria a los que asistan tres veces.)

    Simancas tradicionalista: Memorias de Alfonso Carlos

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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Jueves 15 de septiembre de 1870.

    JUEVES 15 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Quedamos allí fuera, sin poder casi estar de pie por el sueño. Se oían algunos tiros de cuando en cuando, y sobre todo silbar el ferrocarril toda la noche, lo que indicaba que los italianos reunían sus tropas cerca de Roma. A la una de la noche, viendo que nada había, entramos en el mencionado salón, nos echamos a dormir sobre paja, y después me dijeron que toda la noche estuve moviéndome, dando puntapiés y hablando, sin duda creyendo estar delante del enemigo. Todo esto no debió ser agradable para mis vecinos, pues estábamos muy cerca unos de otros. Por la mañana, a las cinco y media, nos despertamos con el día y tomamos un poco de café. Aquí vinieron a vernos algunos Oficiales. Supimos que ya estaban cortadas todas las comunicaciones con Roma desde la víspera y todos los ferrocarriles también, y por consiguiente, desde ayer estábamos completamente sitiados.


    Supimos que antes de llegar Charette a Roma había logrado llegar también a Roma el Coronel Azzanesi con el regimiento de línea indígena desde Velletri, por ferrocarril, y que además habían llegado 2.000 squadriglieri (voluntarios montañeses de las provincias) y la mayor parte de los gendarmes. Ayer mañana, en un pequeño combate que tuvo lugar en el monte Mario, la sexta Compañía del tercero de Zuavos (Capitán Fabry) contra Lanceros italianos, quedó prisionero un Teniente de Lanceros italianos (Conde Crotti, primo del C. de Maistre, Capitán de Estado Mayor pontificio). Le trajeron a Roma en coche, con unos dragones de escolta, y yo le vi llegar hallándome de guardia en Puerta del Pópolo. Pero en cuanto S.S. lo supo ordenó que se le pusiese inmediatamente en libertad, lo que se hizo ayer mismo; pero los periódicos italianos nada hablaron de este acto generoso de Su Santidad. Ayer fue el último día del triduo solemne celebrado en San Pedro por Su Santidad mismo para implorar el auxilio divino en las actuales circunstancias. Yo no pude asistir más que el primer día. El concurso fue inmenso; me dijeron que había unas 40.000 personas en la Basílica.


    Esta mañana, la Escuadra italiana, muy numerosa, por mar, y el Ejército italiano, por tierra, cercaron a Civitá Vecchia, y el Comandante de la fortaleza, Coronel Serra, tal vez por miedo (pero, según parece, por traición), capituló sin tirar un tiro, y toda la guarnición quedó prisionera de las tropas italianas. En Civitá Vecchia había de guarnición dos Compañías de Cazadores indígenas y cuatro Compañías de Zuavos (es decir, la segunda Compañía del cuarto Batallón, Cap. Kermoal; la segunda Compañía de Depósito, Cap. Martini; la tercera de Depósito, Cap. Guerin, y la cuarta de Depósito, Cap. La Torquenays). Además había dos pelotones de Dragones y un pequeño número de artilleros. Mucho tiempo no podían resistir, pero sí algunas horas habiéndose batido. Por algunos días no supimos nada de seguro de Civitá Vecchia, y hoy supimos únicamente que desde la mañana habían entrado en la ciudad los italianos, sin saber cómo.


    Pero lo cierto fue que algunos días antes el Ministro de la Guerra, General Kanzler, por sospechas contra el Coronel Serra, quiso quitarle el mando para dárselo al excelente Comandante D´ Albins, de Zuavos, que estaba en Civitá Vecchia. Pero el Coronel Serra lo supo y escribió al General Kanzler que él defendería la plaza de Civitá Vecchia hasta lo último y no caería más que con honor. Y, al contrario, parece que había firmado la entrega de la plaza, y dicen que a precio de dinero que le habían prometido los habitantes de la ciudad para que evitase el bombardeo. Estas noticias, que supimos poco a poco y muchos días después, nos dieron mucha pena, pues con esto nosotros habíamos perdido unos 500 zuavos, que cayeron prisioneros, y entre los que había quedado en Civitá Castellana, Bagnoera, Viterbo, etc., serían en todo 750 zuavos prisioneros. Así no quedábamos en Roma más que 2.250 zuavos, y con todas las demás tropas pontificias para defender la ciudad de Roma, había en total unos 8.000 hombres y 120 cañones, que, repartidos en la enorme extensión de las murallas de Roma, casi no eran suficientes.


    La tropa pontificia estaba bien repartida en toda la extensión de las murallas de Roma, las cuales estaban divididas en varias zonas, cada una bajo las órdenes de un oficial superior. La zona donde siempre me encontré estaba primero bajo las órdenes del Comandante Troussures, de Zuavos, que mandaba mi Batallón, mientras nuestro Coronel Allet tenía bajo su mando la zona de San Pedro, Puerta Angélica, Puerta Cavaleggiere y hasta San Pancracio. Pero desde que volvió a Roma el Coronel Azzanesi, éste tomó el mando de la zona de San Pedro y el Coronel Allet fue a mandar la zona que tenía antes el Comandante Troussures, quedando éste bajo las órdenes de Allet. Esta zona iba desde Porta del Pópolo, Porta Pinciana y Porta Salara hasta la Porta Pía. A las ocho y media de la mañana, mientras estaba mi Compañía haciendo la sopa, llegó el Comandante Troussures y nos la hizo suspender, mandándonos tomar alguna comida fría y prepararnos para marchar cuanto antes al puente Molle, sin mochilas ni capotes, para andar más ligeros. En ese intervalo nos reunimos todos los zuavos españoles bajo un árbol y rezamos el rosario, pues creíamos que en puente Molle tendríamos que batirnos fuertemente.


    Vista desde la Academia de Francia
    A las nueve ya estaba formada nuestra Compañía (teníamos 95 hombres); fuimos antes a Villa Médici, la Academia de Francia, al lado del Pincio; dejamos allí todas nuestras mochilas y sacos y los dos cocineros para preparar la comida para la tarde; fuimos por el Pincio a la puerta del Pópolo, en donde estaba de guardia la cuarta Compañía del tercero, y al pasar nos miraron con envidia por ir al puesto avanzado. Nosotros íbamos muy contentos y alegres, convencidos que nos batiríamos con fuerzas muchísimo mayores, y que, por consiguiente, pocos volveríamos a Roma. En el camino hizo muchísimo calor y había mucho polvo; pero anduvimos muy deprisa, de modo que a las diez y media o poco más llegamos al puente Molle, el que pasamos. Allí estaba la tercera Compañía del tercer Batallón (Cap. Du Reau) desde la noche anterior, y en cuanto llegamos con nuestra Compañía el Capitán Du Reau volvió a Roma con la suya.


    Enseguida el Capitán Gastebois repartió la Compañía en dos secciones, quedando él mismo con el Teniente y la segunda sección a la derecha y a la izquierda del puente Molle y enviándome a mí con la primera sección al lado izquierdo del río (al de Roma.). Allí repartí mi sección en dos medias secciones, poniéndolas a la derecha y a la izquierda del río, de frente a la segunda sección y hacer fuego mientras la otra sección iba pasando el puente. Estábamos todos muy bien colocados. Únicamente, en caso de ataque, la retirada por la carretera hasta puerta del Pópolo era peligrosísima para nosotros y casi imposible de efectuar. Entonces pensamos que tal vez habría medio de llegar hasta Roma atravesando unas grandes viñas que están al lado izquierdo de la carretera, saliendo de Roma, y por lo mismo, tomamos a un aldeano para que llevase a Roma al cabo Monginoux y al zuavo Gagné para que estos dos aprendiesen el camino.



    Así sucedió, y al mismo tiempo yo hice trabajar a los soldados de la media sección a la izquierda para hacer dos agujeros en el cercado de espinas que cerraba la viña, de modo que la compañía podía pasar por ellos, retirándose. Además hice traer piedras a algunos pasos delante de esos agujeros, de modo que se hubiera podido retirar la segunda sección sin peligro, pues la primera, detrás, desde las piedras, hubiera podido seguir tirando, y además, siendo pequeños los agujeros, no hubiera podido perseguirnos la Caballería, y una vez dentro de las viñas ya estábamos casi seguros. En caso de ataque, yo, con, mi sección, hubiera sido el último en retirarme de las viñas. Volvieron de Roma los dos zuavos diciendo que el camino por las viñas, aunque algo difícil, podría practicarse bastante bien y que se llegaba hasta al lado de la Puerta del Pópolo sin ser percibidos.


    Enseguida envió el Capitán a Roma a un dragón (pues teníamos siempre dos con nosotros) para avisar que en caso de ataque nos retiraríamos por la viña, y no por la carretera, y que, por consiguiente, los artilleros de Puerta del Pópolo podrían disparar los cañones en cuanto viesen a alguien en la carretera. Al principio del campo de maniobras de la Farnesina (a unos 200 metros del puente) había puesto el Capitán a un centinela para vigilar la montaña de frente y la carretera de Viterbo, porque delante del puente había una venta que hacía un recodo bastante grande en el camino y, por consiguiente, no dejaba ver a los del puente más que a unos cien pasos delante de sí. A la una, después de mediodía, el centinela de la Farnesina (un piamontés, zuavo Biliet) disparó un tiro de fusil, y poco a poco, según tenía orden, fue replegándose con mucha calma hacia la segunda sección. Tanto esa sección, al otro lado del río, como la mía a éste, se prepararon para el ataque, que creíamos indudable; cargaron los fusiles y pusieron bayoneta al cañón. Los dragones pontificios que estaban con nosotros, al ver esto, perdieron la cabeza, y sin reflexionar en nada ni esperar se escaparon a Roma a la carrera para decir que el enemigo estaba en el puente y que nosotros nos batíamos. Y esta alarma corrió de tal manera, que ya contaban en Roma que la sexta del segundo había sido atacada por el enemigo y destruida y no quedaban en pie más que el Teniente y tres o cuatro soldados. Medio minuto antes del tiro de fusil habíamos oído el toque del clarín de los italianos, que, sin conocerle, creíamos era la señal del ataque.


    Sin embargo, toda mi Compañía se condujo admirablemente y con la más grande sangre fría y orden. Yo me puse delante de la sección para impedir que mis soldados tirasen antes de mi orden y pusiesen matar a los de la segunda sección, que estaban al otro lado del puente. Al momento que se oyó el tiro yo me había sentado en un coche (que había traído un señor del Comité belga para traernos cigarros), y después de varios días que dormía y me sentaba en el suelo, me parecía delicioso descansar sobre los colchones del coche. Desde que se oyó el tiro no pasaron tres minutos hasta que se vieron aparecer al galope en el recodo de la carretera, delante de la venta, unos doce lanceros italianos a caballo.


    En ese momento se conoció la sangre fría y la grande disciplina de nuestros zuavos, que a pesar de estar ya en la mira, con los fusiles cargados, estuvieron aguardando la orden del Capitán para disparar. En el instante mismo se vio que el primer lancero llevaba en lo alto de su lanza un pañuelito blanco. Por eso el centinela de la Farnesina, siendo piamontés, conoció el toque parlamentario, y en lugar de disparar sobre el grupo de lanceros que veía correr hacia nosotros, disparó sólo un tiro al aire para ponernos en guardia. Con todo esto y con la sangre fría y valor de nuestros zuavos se evitó una catástrofe, que podía haber sido muy mala para nosotros y para las demás tropas.


    Delante de la venta se paró la escolta de Lanceros, y al mismo tiempo mi Capitán mandó descargar los fusiles y quitar las bayonetas, lo cual se hizo en el acto; lo mismo mandé hacer yo a mi sección, al otro lado del río, pues miraba lo que hacía nuestro Capitán. Entonces se adelantó solo, a caballo, hacia nosotros el coronel italiano Caccialupi (lombardo), Ayudante de campo del General Cadorna, Comandante de las tropas italianas, después de haberse adelantado solo, hacia él nuestro Capitán y haber puesto en la vaina el sable. Muy sorprendidos quedamos, pues nunca creímos que llegase un parlamentario.


    El Sr. Caccialupi se apeó al momento del caballo pidiendo poder ir a Roma como parlamentario para ver al General Kanzler. El Capitán le dijo que era preciso ir a pie hasta Roma para avisar que viniesen a buscar al parlamentario con un coche. Si hubiese estado allí un dragón hubiera sido muy cómodo. En su lugar el Capitán mandó al Teniente para avisar al General Kanzler. Este Teniente tuvo que ir a pie por las viñas, corriendo, con un calor muy fuerte. Entretanto, el Capitán se paseaba sobre el puente con el Coronel italiano. El Capitán me mandó (diciéndome “Monseigneur” expresamente, para que lo oyese el otro) que reemplazase al Teniente en la segunda sección, que estaba al otro lado del puente. Entonces vi que, a pesar de estar el parlamentario allí, las avanzadas de los italianos tomaban puestos sobre una altura a unos 300 metros delante y de frente al puente, y hasta cerca de una casa había trazas de que colocasen unos cañones. Yo fui a decirlo al Capitán, que pidió razón al parlamentario, y éste dijo que prometía, bajo palabra de honor, de que mientras él estuviera en Roma no atacarían; pero, con todo, envió a un lancero a prevenir que guardasen todas las posiciones que antes tenían, sin adelantar.


    El lancero fue despacio, y, a pesar de todo, al cabo de un cuarto de hora ya estaba de vuelta, lo cual nos probó que el Ejercito italiano estaba muy cerca de nosotros. Yo quedé con la segunda sección y no hablé al Coronel Caccialupi; pero mi Capitán habló bastante con él. El Coronel manifestó su admiración al Capitán por la disciplina de los soldados, que no tiraron sobre él, y dijo que no nos creía tan cerca del puente; si no, hubiese venido con más precauciones. A esto le contestó mi Capitán: “Mis soldados no tiran más que cuando les manda su Capitán.” El Capitán se sentó al lado del puente, en el suelo, con el Coronel, que hablaba muy bien el francés, y hablaron de la guerra de Francia y de otras cosas por ese estilo, pero nada de lo que se iba a hacer. Sin embargo, ya pensábamos nosotros lo que él pediría, y estábamos deseosos de saber que le hubiesen dado respuesta negativa a lo que iba a pedir. Dos lanceros con el caballo del Coronel pasaron el puente Molle y allí quedaron todo el tiempo hablando con nuestros zuavos. Dijeron que ellos venían a Roma porque se lo mandaban y sólo cumplían con su deber. Los caballos eran flacos y muy mal entretenidos. Entretanto, unos Oficiales italianos iban bajando de la altura, y el sargento nuestro, Serio, fue para ver lo que hacían, y ellos entonces se retiraron.


    El Capitán Gastebois hizo traer desde la venta un fiaschetto de vino de Viterbo y lo bebió con el Coronel italiano. También se dio a beber a los lanceros italianos. A las dos llegó por la carretera de Porta del Pópolo un coche cerrado con unos dragones para escolta, y dentro el Comandante de Estado Mayor pontificio Rivalta. Mi Capitán tenía preparado un pañuelo limpio; pero el Sr. Rivalta sacó otro que no lo era demasiado y con él cubrió los ojos del Coronel Caccialupi, que subió en el coche con el Comandante Rivalta, y fueron a Roma por Porta del Pópolo, a la casa del General Kanzler (creo fue al Ministerio de la Guerra, a la Pilotta) Nosotros quedamos allí esperando y descansado, pues teníamos confianza en la palabra del Coronel italiano. Poco después volvió nuestro Teniente Derely con el caballo de un dragón. El pobre estaba cansado, pues había corrido mucho para llegar a Roma y su traje estaba empapado de sudor. Dijo que la noticia del parlamentario había puesto mucho movimiento en Roma y que todos le preguntaban noticias de cómo se había pasado en puente cuando llegó. Querían enviar a buscarle por un oficial de Zuavos, como debía ser, habiéndole recibido los Zuavos; pero, por último, no lo hicieron. Después de haber visto al General Kanzler y haberle pedido, en nombre de S. M. el Rey Víctor Manuel, que en el término de veinticuatro horas sus tropas tuvieran libre entrada en Roma, porque sólo vendrían para tener guarnición en ella y asegurar el orden público, volvió a marcharse el Sr. Caccialupi, llevando la siguiente carta para el General Cadorna:


    He recibido la invitación de dejar entrar las tropas bajo el mando de V. E. Su Santidad desea ver Roma ocupada por sus propias tropas y no por las de otro Soberano. Por tanto, tengo el honor de responder que me hallo dispuesto a resistir con los medios que están a mi disposición y según me imponen el deber y el honor.” Firmado por el General Kanzler.


    A las tres de la tarde ya estaba de vuelta en coche el Coronel Caccialupi, acompañado por el Comandante Rivalta y el Capital Baumont, de Estado Mayor pontificio, y además el Teniente Franquinet, de Zuavos, y una escolta de dragones. El coche pasó el puente y se paró delante de la venta. Allí se apeó del coche el Coronel Caccialupi; le descubrieron los ojos y estuvimos un ratito juntos bebiendo vino de Viterbo. Luego el Coronel italiano se despidió de nosotros, nos dio las gracias por todo dándonos un apretón de mano, subió a caballo y marchó al galope por el camino de Viterbo.


    Los Oficiales pontificios nos dijeron entonces todo lo que había pasado en Roma y cómo Su Santidad mismo no quería ceder a todas esas amenazas. Este fue un momento de verdadero gozo para nosotros, pues así estábamos seguros de que tendríamos que batirnos. Nos mandaron estar prontos y dispuestos, porque ya de un momento a otro podían avanzar las tropas italianas, Entretanto, el Teniente Franquinet, de Zuavos, fue adelante a caballo para ver si había movimiento en el campo italiano. Al mismo tiempo volvieron a Roma los dos Oficiales de Estado Mayor. A las cuatro mi Capitán mandó al sargento mayor Kersabieck para que hiciese un reconocimiento. Éste marchó con los con los cuatro zuavos españoles Sánchez, Gutiérrez, Martí y Escribá, y además el francés de Gardonne, y Biliet. Este sargento mayor, que siempre se distinguió por su valor y sangre fría, se adelantó con estos seis hombres hasta cerca del campamento italiano, siempre andando por los campos y montes, entre el camino de Viterbo y el de Civitá Castellana. Fueron tan lejos, que ya no se distinguían casi, y yo, que estaba al otro lado del río, viendo sobre lo alto, a muchísima distancia, algunos puntitos negros que se movían, creía que fuesen ya los italianos, que se adelantaban.


    Entretanto, vinieron desde Roma unos cuantos soldados de Ingenieros para hacer una barricada delante del puente y cortaron uno o dos árboles; pero al momento se les figuró que llegarían los italianos y se escaparon a Roma sin haber hecho nada. Entonces, nuestros zuavos siguieron cortando algún otro árbol, y poniéndolos delante del puente formaron una especie de barricada. En estas operaciones se rompió el hilo del telégrafo, cayendo sobre él un gran árbol. El Capitán sintió mucho este percance; pero yo me convencí de que era una gracia de Dios, porque el telégrafo ya no servía para nosotros y únicamente podía hacernos daño si los italianos lograban comunicar con Roma. A las seis y media de la tarde volvió el Teniente Franquinet, diciéndonos que había encontrado allí cerca dos hombres sospechosos y los había entregado a los zuavos que iban de reconocimiento, y que cuando llegasen los guardásemos con nosotros. El Teniente Franquinet volvió a Roma. Y a la siete llegó el sargento Kersabieck con los seis zuavos y los dos espías. Dijeron que en el campamento enemigo se movían, pero parecía que no adelantaban. Dos dragones volvieron también y quedaron al lado izquierdo del río, a nuestra disposición. Todo el día lo pasamos sin comer y sólo tomamos algunas uvas y un poco de vino.



    Por la noche el Capitán envió un dragón a Roma para pedir que nos relevasen o, a lo menos, nos enviasen algo para comer y los capotes para cubrirnos, pues no teníamos ningún abrigo, y estando al lado del río, después de los calores del día además de padecer el frío, la humedad podía darnos calenturas. ¡Fue verdaderamente extraordinario cómo desdeque hicimos esta vida agitada no tuvimos casi ningún enfermo en la Compañía, mientras antes teníamos siempre muchos! Los dos espías los pusimos entre cuatro soldados, al lado izquierdo del río. Ellos no tenían tampoco capotes y se quejaban del frío y además tenían hambre. Esos dos iban a Roma para ser sometidos a un Consejo de guerra y probablemente ser fusilados, porque tenían verdaderamente trazas de espías. Uno era joven y otro viejo. Pero preguntándoles por separado a cada uno de ellos lo que había hecho, visto y cuándo se habían juntado los dos, cada uno contestaba de otro modo y se veía que querían engañar.



    A las nueve y media de la noche el Capitán, juzgando muy expuesto dejar el puente abierto con sólo una barricada por delante, mandó traer la barricada sobre el mismo puente, y así se hizo, empezando por poner debajo un coche volcado hacia tierra, y por encima los árboles cortados. Después pusimos dos soldados de centinela, y los demás, sobre las piedras del puente, descansábamos al fresco. Siempre quedó la segunda sección delante y contra la barricada, y la mía en lugar detrás del puente. A las diez, el sargento mayor se fue solo con Sánchez, sin armas, hasta la hostería, exponiéndose bastante al ir solos tan lejos y saltando por encima de la barricada. Yo le dije que no se expusiese tanto; y él me contestó: “Es preciso que alguno se exponga, para el bien de los demás ”. Y allá ordenó se hiciera café para todos, que tomamos con mucho gusto y que nos hizo mucho bien, para despertarnos un poco. Él Capitán dormía en el suelo; el Teniente, echado en el carro que formaba la barricada; pero yo no quise dormir, porque estábamos demasiado expuestos a que nos sorprendiese el enemigo. A pesar de lo que el Capitán había mandado decir a Roma, no llegó nada y ya adelantaba la noche oscura.

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  15. #15
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Viernes 16 de septiembre de 1870.

    VIERNES 16 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Villa Médici
    Poco después de media noche salió un poco de luna, lo cual nos vino muy bien, para ver lo que pasaba delante de nosotros. Ya estábamos dispuestos a pasar toda la noche sobre el Puente Molle, cuando vino un dragón a anunciarnos que nos iban a relevar. Efectivamente, a la una y media de la mañana llegó la cuarta Compañía del primer Batallón, con el Capitán Desclée y el Teniente Mauduit, para relevarnos. Esta Compañía, que fue una de las que se salvaron con la retirada de Charette, perdió veinte hombres y el Subteniente, prisionero en Bagnorea, y así ya estaba reducida a unos setenta hombres apenas. En cuanto llegó esta Compañía, mi Capitán hizo reunir la suya y marchamos a Roma, llevando entre las dos secciones los espías cogidos.


    Llegando a Puerta del Pópolo entregamos los dos espías a otras tropas, de los que no supimos nada más; subimos a Villa Médici, cerca del Pincio, donde habíamos dejado nuestras mochilas y capotes la víspera por la mañana. Los soldados hallaron por toda comida una sopa, que los esperaba desde diez horas y que ya estaba más que fría. La tomaron muy bien, y enseguida se acostaron en la entrada de la Academia de Francia (Villa Médici), sobre un poco de paja, donde ya había otros zuavos. En esta Villa estaban el Coronel Allet, el Comandante Troussures y el Comandante Lambilly, y desde allí el Coronel Allet mandaba las Compañías que estaban en su zona militar. Como tenía hambre, y a esa hora no sabía donde ir a comer, aproveché del convite de un ataché de la Embajada francesa, M. d´ Emoy, y juntamente con el Capitán y el Teniente fui a comer a su casa, allí cerca. Aunque era una hora muy intempestiva (cerca de las tres de la mañana), el buen señor nos dio excelente comida. Enseguida volvimos a subir hasta la Academia de Francia, y las pobres rodillas, que no habían gozado con la comida, como el estómago, se quejaban del peso que llevaban.


    En fin: llegamos arriba y con mucho trabajo encontré un puesto que estuviese libre: me eché sobre la paja y, abrigándome con mi capote, enseguida me dormí. Me desperté cuando ya era completamente de día, y sufrí bastante frío, pues llevaba poco abrigo durante la noche. Vi a nuestro querido Coronel Allet, que me dijo que no había nada de nuevo por ese día. Por lo mismo, en cuanto tuvimos comida la sopa, a las nueve, el Coronel dio orden para que la sexta del segundo fuese a su cuartel para limpiarse y descansar un poco, pues había venido allí, en lugar suyo, otra Compañía. Recibimos esta noticia con mucho disgusto, y los mismos soldados decían: “El cuartel es una prisión.” Y especialmente temíamos que, una vez en el cuartel, no seríamos ya de los primeros en batirnos. Y además, estábamos ya acostumbrados a vivir al aire libre y nos gustaba mucho.


    Hube de obedecer, y las nueve y media, atravesando por la Plaza de España, el Corso y Ripetta, llegamos a nuestro cuartel de San Agustín, que habíamos dejado en la noche desde el 13 al 14.


    Marqués de Villadarias
    Pasando por las calles vimos que casi cada casa llevaba su bandera, y todo esto por miedo del bombardeo o de un saqueo. En el cuartel se mandó que todos quedaran consignados y que nadie pudiera salir. Además, un Oficial debía quedar, a lo menos, siempre en el cuartel. Como yo estaba de semana quedé en el cuartel. Entretanto los soldados se lavaron, mudaron de ropa y se arreglaron un poco. Yo me hice traer un almuerzo allí. El Marqués de Villadarias vino a visitarme en el cuartel, y también Manuel Echarri, que me trajo cosas que necesitaba. A las cuatro y media de la tarde vino al cuartel el Teniente Derely, y yo marché a mi casa, al número 300 al Corso, con mucho gusto. Allí me lavé y limpié, después de muchos días que no tocaba el agua, y me pareció renacer y quedar como si no hubiese hecho nada hasta entonces.



    A las cinco comí en casa con mucho gusto, y a las siete volví otra vez al cuartel. Entonces se marchó el Teniente. Por la noche, en el cuartel, los zuavos, casi todos holandeses, iluminaron un altarito delante de la Virgen, y hasta las diez no hicieron más que cantar. Después me puse yo sobre una cama para descansar; pero las muchas pulgas que había en el cuartel no me dejaban dormir, a pesar del sueño que tenía, y ya echaba de menos la cama del Puente Molle, sobre las piedras, y por cabecera, la acera del puente. Pero a las once y media el buen Teniente Derely vino al cuartel y dijo que iba a dormir allí y que yo me fuese cómodamente a mi casa, dejando a mi asistente Sánchez en el cuartel, con orden de llamarme si ocurría algo.


    En las calles no había nadie, y la ciudad estaba tan tranquila como siempre. En la plaza Colonna estaban acampadas dos compañías de zuavos y bastante artillería. Fui a casa, la que encontré cerrada; me abrieron y subí a mi cuarto, en donde estaba Manuel; me acosté en mi buena cama, lo cual me pareció delicioso, y dormí perfectamente.

    Simancas tradicionalista: Memorias de Alfonso Carlos

  16. #16
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Sábado 17 de septiembre de 1870

    SABADO 17 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Vistas desde Villa Médici
    Antes de las tres de la mañana vino a casa Sánchez a despertarme, pues la Compañía había recibido orden de ir inmediatamente a Villa Médici. Me desperté y levanté enseguida y me fui a mi cuartel de San Agustín; pero ya había marchado la Compañía y sólo quedaban de guardia allí el cabo Hofmann y tres zuavos. Fui lo más pronto que pude a la Villa Médici, pasando por Ripetta, Corso y Plaza de España, y todo estaba tan tranquilo como siempre. En la Villa Médici encontré a mi Compañía. Allí estaban otras de Zuavos; es decir, la tercera del tercero y la cuarta del primero.


    Se creía que los italianos iban a atacar al amanecer, y por eso se tomaron todas las debidas precauciones. Yo estuve un buen rato en cuarto del Coronel, allí en la Academia de Francia. Amaneció el día, sin que los italianos atacasen. A las nueve de la mañana los soldados de mi Compañía tomaron la sopa, y yo también con ellos. Todo el día se pasó muy alegremente. Estuve con varios zuavos españoles echado sobre la paja, y desde allí escribí a mi mamá(sin que la carta pudiese marchar en ese día, como era natural, por el sitio).


    Subí varias veces sobre una pequeña glorieta del jardín, y desde allí se veían muy bien las tropas italianas. Se veía un campamento al lado de la Storta, pueblecito cerca de Roma, en el camino de Viterbo. Otro campamento estaba en el camino de Civitá Castellana. Durante el día levantaron el campamento y llegaron hasta cerca del Monte Mario, y después marcharon a la izquierda, hacia la Villa Albani (delante Puerta Pía).


    El carlista Obispo de Daulia
    Nuestros soldados tenían formados los pabellones delante la Villa Médici, en el mismo jardín, y aquí nos paseamos todo el día muy alegres, con esperanzas de obtener lo que no pudimos lograr. A las cuatro de la tarde con el permiso del Coronel Allet, pude ir a comer a mi casa. A las cinco volví a Villa Médici. Vino entonces la música de los zuavos y tocó en el jardín hasta las seis y media. Allí cerca, varios zuavos y yo nos pusimos a bailar y estuvimos muy alegres. Vinieron a verme el señor Obispo de Daulia y el Marqués de Villadarias, y después los dos Capellanes de zuavos españoles, D. Silvestres Rongier y D. ...; también vino allí Manuel Echarri.


    Por la noche los zuavos cantaron, y un zuavo holandés hizo allí un discurso a todos los demás, gritando, con cuanta voz tenía, no sé qué. Por la noche vino también el Padre Dussan, dominico, capellán de los zuavos franceses. Era muy edificante el ver en el jardín, al anochecer, muchísimos zuavos que se confesaban de rodillas en el suelo y con muchísima devoción.


    Aquella noche reuní a los zuavos españoles de mi Compañía les hice cantar canciones y nos divertimos mucho; esto se concluyó con rezar el rosario. Y a las nueve de la noche nos echamos a dormir sobre paja en un partazco o especie de cuarto abierto, que había en el jardín. Yo me puse allí para estar al lado de mis soldados, por si acaso ocurriese cualquier cosa. Me acosté sobre la paja, detrás de una estatua que me preservaba un poco del aire; sobre mí tenía una manta y un capote. Alrededor del jardín y en el mismo jardín había centinelas que vigilaban toda la noche. Al acostarnos creímos que, seguramente, los italianos nos atacarían el siguiente día, pues el 18 de septiembre era el décimo aniversario de la batalla de Castel Fidardo. Dormimos perfectamente. Por la noche llegó allí una Compañía de zuavos que estaba en el Puente Molle, en la avanzada, y no enviaron ya ninguna otra allí, juzgándolo demasiado peligroso, por ser tan pocos contra tantos.

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  17. #17
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Domingo 18 de septiembre de 1870

    DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    Al amanecer nos hicieron trasladar las armas que allí teníamos, delante la casa, a un caminito del mismo jardín que, por tener una muralla delante y por su posición, era muy abrigado, aunque los italianos bombardeasen la ciudad. Aquí se formaron los pabellones; se dejaron en la casa de la Academia de Francia todas las mochilas, y cada soldado tomó consigo únicamente el capote y la manta rollada. Al amanecer, que creíamos oiríamos cañonazos, nada se oyó. Sin embargo, como era el aniversario de Castel Fidardo, yo creía todavía que lo escogerían los italianos para atacarnos.


    A las seis y media, el Padre Gerlache (jesuita, capellán de zuavos) nos dijo la Misa, por ser domingo en el mismo jardín, sobre un altar formado con algunas piedras. Todos los zuavos oímos esa Misa con mucha devoción, y siempre se creía que empezarían los cañonazos. Hubo zuavos que comulgaron en esa Misa, a pesar de las malas noches que acababan de pasar. La ceremonia concluyó sin novedad. A las nueve de la mañana, al momento que los zuavos iban a comer la sopa, se oyó un tiro de cañón en la dirección del Macao. No es posible exprimir el gozo que este golpe produjo entre nosotros. Y los zuavos, sin que nadie les mandase, dejaron la sopa y, corriendo a las armas (que estaban un poco lejos del punto donde se hizo la comida), daban vivas a Pío IX y cantaban.



    Estuvimos casi una hora formados bajo las armas en ese mismo camino. Se oyeron varios cañonazos y tiros, pero se supo luego que no había nada todavía para nosotros. Únicamente algunos batallones italianos se aproximaban a Roma en la dirección del Macao, y la artillería pontificia ensayaba las piezas con bastante acierto y causando pérdidas al enemigo. Luego formamos otra vez los pabellones. Entonces, unos zuavos franceses (de grandes familias), que habían hecho traer al jardín un magnífico almuerzo, me convidaron a comer con ellos.


    Allí estuvimos muy alegres, sentados en el suelo entre los árboles, y a cada momento se oía otro cañonazo, que, por poco, temíamos nos hiciese interrumpir el buen almuerzo; y si hubiesen llegado las balas allí hubiesen roto muchas botellas de vino que teníamos. Todo el día lo pasé muy alegremente. Vinieron allí a verme el Marqués y la Marquesa de Villadarias, la cual distribuyó pan y fruta a los zuavos. La Marquesa estuvo un rato allí con los zuavos españoles.


    Villa Borghese
    Se veían las tropas italianas, que cada día adelantaban hacia Roma y ya estaban muy cerca, de modo que se distinguían los regimientos de Infantería y los de Caballería y se veía cada movimiento que hacían. Por la tarde, con permiso de mis jefes, logré ir a mi casa para mudarme y comer. Allí vi al Padre Martín (Padre General de los Trinitarios españoles), que pedía noticias mías. Y enseguida, deprisa, volví al campamento, en la Villa Médici, pues no quería alejarme de mis zuavos. Todos los oficiales recibían permisos para ir a comer a la ciudad, pues el ataque no era tan inminente. Los soldados no podían nunca salir fuera del jardín aquel, y allí se les hacía su comida. Por la noche, como de costumbre, rezamos el Rosario juntos los zuavos españoles, y a las nueve me acosté con mis zuavos en ese camino del jardín, sobre paja, al aire libre, de manera que podía ver libremente las estrellas estando en mi cama.



    Por la noche se oían cortar árboles en la Villa Borghese y otras, alrededor de Roma; eran los italianos, que colocaban sus baterías. La noche era hermosísima.

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  18. #18
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Las Memorias de Alfonso Carlos: Lunes 19 de septiembre de 1870.

    LUNES 19 DE SEPTIEMBRE DE 1870


    El Conde de Caserta
    Por la mañana me desperté, después de haber dormido sin interrupción nueve horas y media, mejor que si hubiese estado en mi cama. A las nueve de la mañana dieron la sopa a mi Compañía, y yo comí también en mi cazuela. A las doce vino a la Villa Ludovisi el General Kanzler y se paseó con nosotros en el jardín. Poco después llegaron también los Condes de Caserta y de Bari, pero luego marcharon todos. De cuando en cuando se oían tiros, especialmente en la dirección de Macao, pero sin resultados para el momento. A las dos de la tarde la ametralladora fue llevada desde la Villa Médici (en donde se hallaba desde unos días) a la puerta de San Juan Laterano, donde quedó. Con ella estaban, para manejarla, cuatro o seis zuavos, es decir, el sargento Du Puget (antiguo secretario del Coronel), el Duque de Sabran, el hermano de Charette (rubio, soltero) y el Doctor de Oer, propietario de la ametralladora. Esta ametralladora tenía doce fusiles Remington y tiraba quince disparos por minuto.


    Por la tarde, a las cuatro y media, fui a casa para comer. Pasé en coche por el Corso y Plaza Colonna, y fue la última vez que fui de paseo por Roma y que estuve en casa. El Corso estaba tan lleno de coches elegantes, casi como siempre, a pesar de estar la ciudad sitiada desde varios días y amenazada de un bombardeo. En Plaza Colonna se veía mucha tropa acampada.


    Por las calles habían echado tierra para que los dragones, que llevaban órdenes al galope, no cayesen; por esto había mucho polvo en la ciudad. Desde varios días se leían sobre las murallas los anuncios del estado de sitio declarado en Roma y firmado por el Ministro, General Kanzler.


    Todas las calles estaban llenas de patrullas numerosísimas de gendarmes y de squadriglieri, pues siempre se temía una revolución dentro de Roma, para lo cual el Gobierno italiano había pagado muchísimo, pero los romanos no se atrevieron a sublevarse. Por la tarde Su Santidad fue en coche hasta la Escala Santa, pasando por toda la ciudad, donde se le hicieron inmensas demostraciones de afecto; todos corrían a verle pasar. Su Santidad subió de rodillas toda la Escala Santa y rezó allí durante mucho tiempo, volviendo después al Vaticano. Este paseo de Su Santidad, en momentos tan terribles, produjo una impresión extraordinaria. Yo comí deprisa en casa, saludé a Manuel, pasé al Jesús para ver allí a mi confesor, el P. Gil (pero como él estaba ocupado y yo tenía prisa, no pude verle), y enseguida, en compañía del buen Coronel Redondo (antiguo guardia de Corps de Fernando VII), fui a nuestro campamento de Villa Médici.


    Desde la torre de la casa de la Academia de Francia se veían muy bien los italianos. Hubo un momento de alarma, pues el Coronel creía que había soldados italianos ya cerca de las murallas en la Villa Borghese, pero luego se averiguó que no había nada. Varios capellanes nuestros vinieron allí por la tarde y distribuyeron a los zuavos medallas y escapularios, y muchos zuavos pusieron los escapularios por encima del uniforme. Además llevábamos todos esas pequeñas cruces rojas bendecidas por Su Santidad y otra estampa de tela que tenía impreso el Nombre de Jesús, también hechas distribuir a los soldados por Su Santidad.


    Puerta de San Juan de Letrán
    Por la tarde, a las seis, empezó a amenazar de llover, y entonces el Coronel mandó a nuestra Compañía entrar otra vez en el atrio de la casa, para estar a cubierto durante la noche; y yo fui a llamar a la Compañía al camino donde habíamos dormido la noche antes, y la traje aquí al atrio, donde tuvieron que estar muy apretados los hombres. Al anochecer, la cuarta Compañía del primero, que estaba allí, recibió orden de marchar a la Puerta Pía como refuerzo. En la Puerta Pía estaba desde cuatros días antes la quinta Compañía del segundo Batallón (Cap. De la Hoyde; Ten. Montcabrier; Subten. Tortora; Subteniente de la Borde). La tercera del primero fue también allí al lado, en la Villa Bonaparte.


    En la Puerta Salara estaba la sexta del primero (Capitán Joubert). Además estaba en la Villa Ludovisi la cuarta Compañía del segundo Batallón (Capitán Berger; Ten. Rabé des Ordons; Sub. Ten. Bouquet des Chaux). En la Villa Médici estaba fija la Compañía de Subsistencia, que llegaba hasta todo el Pincio; ésta estaba formada por 150 reclutas de Zuavos, que a lo más llevaban ocho días de servicio, y tenía por oficiales el Teniente Brondois, el Ten. Niel y el Sub. Ten. Menetrier. También estaban en la Villa Médici, a disposición del Coronel Allet, la sexta del segundo (mi Compañía, la tercera del tercero y el pelotón de gastadores mandado por el ayudante.


    Los reclutas hacían su servicio bastante bien, a pesar de no comprender el francés, por ser casi todos holandeses, y de que no conocían todavía casi nada del servicio militar. Por la noche un centinela no quería dejar pasar a unos zuavos que volvían al jardín, y por poco dispara un tiro o les atraviesa con la bayoneta. Yo quise persuadirle; pero el centinela, que no hablaba más que holandés y a quien habían ordenado que no dejara pasar a nadie, no me hacía caso. Por fin hubo que llamar al oficial de su Compañía, y le persuadió. Fue también milagroso que no sucediesen desgracias con gente que no sabía lo que era un fusil; pero la buena voluntad suplió a la falta de instrucción.



    También esta noche los españoles rezamos juntos nuestro Rosario. Se creía que nos atacarían el 20, porque en esos días, desde la llegada del primer parlamentario, habían venido a Roma otros dos, un General y un oficial italianos, y ambos habían recibido las mismas contestaciones que el primero, por el General Kanzler, en nombre de Su Santidad. Esta noche, nosotros, los oficiales, dormimos en un cuartito de la casa de la Academia de Francia, junto al atrio, en donde dormía nuestros soldados. La noche fue buena y no llovió. Nosotros dormimos perfectamente.

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  19. #19
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Capitulación de Roma

    CAPITULACIÓN DE ROMA, FIRMADA POR EL GENERAL EN JEFE DE LAS TROPAS ITALIANAS Y POR EL GENERAL EN JEFE DE LAS TROPAS PONTIFICIAS


    “Villa Albani, 20 de septiembre de1870.


    1._ La ciudad de Roma (excepto la parte que está limitada al Sur por los bastiones de Santo Espíritu, y comprende el Monte Vaticano y el castillo de San Ángelo, y constituye la Roma Leonina), su armamento completo, banderas, armas, polvorines, todos los objetos pertenecientes al Gobierno serán entregados a las tropas de Su Majestad el Rey de Italia.


    2._ Toda la guarnición de la plaza saldrá con honores de guerra, con banderas, armas y bagajes. Terminados los honores militares, depondrán las banderas y armas, excepto los oficiales, que conservarán sus espadas, caballos y todo lo que les pertenezca. Saldrán primero las tropas extranjeras y, después, las otras, según su orden de batalla, con la izquierda en cabeza. La salida de la guarnición se verificará mañana, a las siete de la mañana.


    3._ Todas las tropas extranjeras serán despedidas, e inmediatamente vueltas a su patria por medio del Gobierno italiano, empezando desde mañana a enviarlas en ferrocarril a las fronteras de sus países.


    El Gobierno queda en libertad de tomar o no en consideración los derechos de pensión que pudieran haber estipulado con el Gobierno Pontificio.


    4._ Las tropas indígenas serán constituidas en depósitos, sin armas, con el haber que tienen actualmente, mientras determine el Gobierno del Rey sobre su posición futura.


    5._Durante el día de mañana serán enviados a Civitá Vecchia.


    6._ Será nombrado entre ambas partes una Comisión, compuesta de un oficial de Artillería, uno de Ingenieros y un funcionario de la Intendencia; para el cumplimiento del artículo 1.º


    Por el Ejército italiano, el Jefe de Estado Mayor, F. D. Primerano.


    Por el Ejército italiano, el Jefe de Estado Mayor, F. Rivalta.


    Visto, rectificado y aprobado, el Comandante las armas en Roma, H. Kanzler.


    El Teniente General, Comandante del 4.º Cuerpo de Ejército, R. Cadorna.”

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  20. #20
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    Re: Las Memorias de Alfonso Carlos

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Las Memorias de Alfonso Carlos: Martes 20 de septiembre de 1870.

    MARTES 20 DE SEPTIEMBRE DE 1870





    A las cuatro y tres cuartos de la mañana empezamos a oír cañonazos. Yo dormía tan bien, que no podía despertarme, y fueron los otros oficiales los que me dijeron que ya se oía el cañón. A las cinco los cañonazos eran más frecuentes, siempre en la dirección de Puerta Salara y Puerta Pía. Pocos minutos después de los primeros cañonazos, ya estaba mi Compañía formada en el pequeño camino donde habíamos dormido la noche anterior.


    Mi Compañía estaba de reserva, a las órdenes del Coronel, para ser enviada al punto de mayor peligro por donde atacasen los italianos. Entretanto, todas las Compañías de Zuavos de que hablé antes, y que ocupaban la zona mandada por nuestro Coronel, desde la Puerta Pía hasta la Puerta del Pópolo, estaban en guerrillas sobre las murallas, y a las cinco, o poco más, empezaron los nuestros a hacer fuego contra la Villa Borghese y la Villa Albani. Pero todas estas Villas estaban rodeadas de árboles y los italianos se escondían detrás de ellos, haciendo fuego sin que los zuavos pudiésemos verlos.


    La Villa Borghese llega hasta las murallas de Roma, pero está fuera de la ciudad. En la Puerta del Pópolo estaba la cuarta del tercero de Zuavos, y creo que también la tercera del tercero; pero por allá no atacaron los italianos. Ya se oían también las balas delante de la Villa Médici; nosotros nos paseábamos por allí para ver lo que sucedía. Yo subí sobre las murallas para observar mejor la Villa Borghese; pero apenas se distinguía que había gente, sin ver a nadie a causa de los muchos árboles; sin embargo, los zuavos tiraban con mucho empeño y es probable que alguno de los italianos haya quedado herido. Nosotros tuvimos tiempo de tomar nuestro café con el acompañamiento de la música de los cañones.

    Estábamos muy impacientes por ir al fuego. A las cinco y cuarto pasó a caballo el Comandante de nuestro Batallón, Troussures, con el ayudante mayor, Capitán De Ferron, y fueron, por la Villa Ludovisi y Bonaparte, hasta la Puerta Pía, para ver lo que sucedía y lo que había que hacer. A las cinco y tres cuartos ya volvió el Comandante Troussures, diciendo que el bombardeo era muy fuerte, que los dos cañones de Puerta Pía hacían tanto fuego como podían, y que las Compañías de Zuavos de dicha Puerta, especialmente la quinta, hacían una gran defensa. El ejército italiano ya estaba en vista y hacía mucho fuego. En fin, dijo que parecía que el ataque empezaba de veras. Y enseguida, con el consentimiento del Coronel, mandó que la sexta del segundo (mi Compañía) marchase a la Villa Ludovisi. Esta noticia fue recibida por mi Compañía con un gozo extraordinario y se veía la alegría en las caras de todos los soldados.


    En un momento llegamos (antes de las seis) a la Villa Ludovisi y nos paramos en el centro del jardín, contra las murallas, quedando prontos para acudir a cualquier punto. Allí se oían mejor los cañonazos, y ya iban pasando sobre nuestras cabezas balas y granadas. Nosotros estábamos esperando y nos sentamos en el suelo; yo recomendé a mis soldados que se sentasen hacia delante, par que si les tocaba una bala no quedasen heridos por la espalda. En las murallas, detrás de las aspilleras, había zuavos de la cuarta del segundo y tiraban contra la Villa Borghese. A poca distancia de nosotros quedó herido un zuavo en una pierna, y supimos luego que el primer muerto pontificio había sido un médico de los Suizos, así como que el pobre Doctor Vincenti (Médico mayor de Zuavos) había sido herido de gravedad en una pierna.



    Poco tiempo después pasó delante de nosotros, a caballo, nuestro Coronel Allet, tan sereno como si fuese a paso. Marchó a la Puerta Salara para ver allí lo que pasaba. Luego vimos a varios soldados de Ingenieros que corrían hacia la ciudad y los paramos; pero ellos dijeron que no querían quedar allí, porque el enemigo hacía fuego, y se sirvieron de sus piernas para escaparse. Nosotros no les hicimos nada, pero les tratamos de cobardes, como merecían. Venían de concluir los trabajos cerca de la Puerta Salara.


    El fuego se hacía más lleno. A las seis y media, o poco más, vino el Comandante Troussures y nos mandó a la Puerta Salara. Fuimos allá, atravesando toda la Villa Ludovisi, y pasando por un punto donde había 12 barricas de petróleo, por si acaso abriesen allí la brecha los italianos, al entrar ellos prender fuego al petróleo. En ese punto hicimos tirar a los zuavos todos los cigarros que iban fumando, pues era peligroso. Llegamos A Puerta Salara; pero como allí estaba la sexta del primero, nos mandaron entrar en el jardín de la Villa Bonaparte, que está al lado derecho de Puerta Salara. Llegamos allí cuando ya empezaba a abrirse la brecha, que (según los mismos italianos nos dijeron después) fue abierta por el fuego de 90 cañones, puestos, primero a 1.000 metros, y después, a 800, de las murallas. En este punto fue donde más peligro tuvimos, y puedo decir que resultó milagroso que ninguno de nosotros fuera herido en ese tiempo. El ruido de las bombas, granadas y schrapnels que caían contra la muralla, y en el jardín contra los árboles de Villa Bonaparte, era terrible, pues las granadas caían como una lluvia, rompiendo grandes árboles y haciendo caer las murallas.


    El Coronel Allet mandó enseguida que nuestra Compañía adelantase un poco más, hasta cerca del punto donde iba abriéndose la brecha, para estar más prontos en cuanto concluyeran los cañonazos y llegaran al asalto los italianos, para ir nosotros a la bayoneta a defender la brecha. Después hizo poner la primera sección (que yo mandaba) casi frente a la brecha, a unos 80 pasos, desplegados en guerrilla detrás de los árboles. Yo hice poner a todos mis soldados de rodillas para que tuviesen menos peligro; pero yo debía vigilar la sección, y por eso me paseaba delante de mis zuavos.



    La brecha iba abriéndose delante de nosotros, a poca distancia, a la derecha de Puerta Salara. Las murallas eran del tiempo de Belisario y caían muy fácilmente. Junto a nosotros caían granadas y reventaban a pocos pasos, sin que los pedazos que saltaban en el aire nos tocasen. La segunda sección había quedado junto a la muralla, con el Capitán y el Teniente. El Coronel, que no conoce el miedo, se ponía delante de todos a caballo, por lo cual estaba en un peligro terrible, y miraba la brecha que se abría con admirable serenidad


    Poco después de las siete llegó el Comandante Troussures y persuadió al Coronel de que era inútil exponer la Compañía de esa manera, porque aunque no estuviésemos delante de la brecha, siempre teníamos tiempo de correr a ella en cuanto cesara el fuego de los cañones. Entonces me mandaron reunirme a la otra sección y yo hice salir a mis soldados de detrás de los árboles, y reunimos la Compañía cerca de la Puerta Salara, en la misma Villa Bonaparte, a unos 100 metros de donde había empezado la brecha.


    Desde aquí se veía muy bien la repetida brecha, que ya tenía una achura de 20 metros. Estando aquí, una granada vino a caer a unos tres pasos de mí, después de pasar sobre las cabezas de todos los de mi Compañía. Por gracia de Dios no reventó, pues si no, hubiéramos quedado muertos muchos. La brecha seguía ensanchándose y las balas y granadas se cruzaban, pues recibimos algunas por delante de nosotros y otras de costado. Paramos nuestra Compañía enteramente contra las murallas, pero tampoco allí había seguridad, y a cada lado veíamos venir en el aire hacia nosotros, teniendo tiempo para echarnos al suelo, a fin de que al reventar no nos tocasen los pedazos, que generalmente saltan hacia arriba.


    El Comandante Troussures volvió allí a las siete y cuarto, y viendo cómo todavía estábamos muy expuestos sin necesidad, nos mandó salir del jardín, y pusimos nuestra Compañía en una especie de patio que se hallaba entre la Puerta Salara y el jardín Bonaparte. Allí cerca, detrás de una pared, estaba la cuarta Compañía del segundo Batallón (Cap. Berger, Ten. Rabé, S. T. Bouquet). Mi Compañía se puso al abrigo, detrás de una muralla del jardín. Dejamos un zuavo en el punto donde estábamos antes para vigilar la abertura de la brecha y ver si adelantaba. Yo fui varias veces a ver la brecha, a pesar de las granadas que barrían el camino. A las siete y media vino adonde estábamos el capellán inglés de Zuavos Monseigneur Stohner, y habiéndose puesto de rodillas todos los de mi Compañía, nos dio la absolución “in articulo mortis”. En ese momento, como yo había ido a ver la brecha y llegué un momento más tarde, me puse de rodillas en medio del camino por donde pasaban las granadas, y si la absolución dura un poco más me alcanza alguna de ellas. Nos levantamos entonces más animados que antes, si era posible estarlo, y cubiertos como íbamos de medallas, cruces y escapularios, confiábamos que el Señor nos ayudaría, como lo había hecho hasta entonces, pues era extraordinario que nadie de mi Compañía estuviese todavía herido.


    Algunos españoles de mi Compañía se juntaron entonces a rezar el Rosario, entre ellos Martí, Sánchez, Gutiérrez y mientras rezaban, Martí, un valenciano, recibió un pedazo de granada en la nariz, que no le hizo más que una pequeña rascadura en la piel, y así le dejó un pequeño recuerdo. A otro zuavo de mi Compañía le cayó un pedazo de granada (que había reventado al lado) dentro del saco de pan, sin hacerle la más pequeña herida. Era éste el zuavo Clavero (de Málaga), quien me enseñó el casco de Granada, que todavía estaba muy caliente. Estas y otras casualidades por el estilo nos llamaban mucho la atención. Nuestros zuavos rezaban con la mayor devoción, a pesar del ruido que oíamos por todas partes.


    A las siete y tres cuartos el Comandante Troussures nos mandó cambiar de posición, y pusimos nuestra Compañía al lado de la Puerta Salara, sobre el camino que va desde la Puerta Pía a la Puerta Salara, colocándonos contra una muralla del mismo camino que cercaba la Villa Bonaparte. En este tiempo el Capitán Ayudante, Mayor de Fumel, fue a pie por en medio del jardín Bonaparte hasta la Puerta Pía, por orden del Comandante Troussures, para ver lo que sucedía allí, y fue con grande peligro de su vida.


    En la Puerta Salara, que estaba llena de tierra hasta la mitad y barricadeada por dentro, se encontraba, como ya dije, la sexta del primero (Cap. Joubert).


    A las ocho, el Comandante Troussures nos mandó retirar de este punto y ponernos al principio de la Villa Ludovisi, a pocos pasos de la Puerta Salara, contra una pequeña casita. Apenas habíamos concluido este movimiento cuando llegó una granada contra la pared debajo de la cual habíamos estado unos dos minutos antes, y echó a tierra buena parte de la muralla en el mismo punto de donde acababa de marchar mi Compañía. Todos quedamos parados al ver esto, y dimos gracias a Dios por habernos tan visiblemente librado de semejante peligro, pues si no hubiésemos marchado de allí seguramente habríamos tenido varios muertos y heridos en ese punto. A las ocho y cuarto llegó allí, al lado de nosotros, la primera Compañía del tercer Batallón (Cap. Thomalé, Subteniente Garnier y Scarsez) como refuerzo, y también se paró en la Villa Ludovisi. El fuego no cesaba nunca ni un momento, y era tanto el ruido, que nos habíamos vuelto sordos. ¡Ya pensábamos lo que sería el sitio de Estrasburgo! Al lado de la Puerta Salara, sobre las murallas estaban los zuavos de la sexta del primero, y a cada granada que caía junto a ellos gritaban: “¡Viva Pío IX!” de modo que a los primeros gritos creíamos era un herido que llamaba, porque no podían distinguirse las palabras. Un sargento de la misma Compañía estaba con tres o cuatro zuavos sobre las murallas en un punto donde caían tantas granadas y balas que temblaba el muro y corría mucho riesgo de caerse con él; pero este sargento, con muchísimo valor, siguió allí apuntando al enemigo, muy tranquilamente.


    Al lado derecho de Puerta Salara, sobre las murallas, un zuavo francés (Estourbillon) tiraba sobre el enemigo, y con gran atrevimiento levantaba la cabeza por encima de la muralla para apuntar mejor. Pero una bala enemiga le entró por la frente, saliendo por detrás de su cabeza. El pobre zuavo, sin pronunciar una palabra, cayó al suelo al instante. Un sargento de Zuavos tuvo el calor de tomarle sobre sus espaldas y bajarle de las murallas; pasó por delante de nosotros con el muerto, que tenía los sesos por fuera de la cabeza y le caía la sangre por todo su cuerpo, y le llevó hasta la entrada de la Villa Ludovisi (cerca de la primera del tercero), donde estaba la ambulancia. A todos produjo mucha impresión el ver esta primera víctima, pensando que lo mismo podía sucedernos a nosotros. Yo me fui detrás del cadáver e hice bajarle del coche en donde los zuavos le colocaron, pues me parecía inútil poner en él a un muerto, mientras se podía necesitar luego para los heridos. El coche era un ómnibus de una fonda, con caballos del tren, pero allí no había médico ni capellán. Pusieron al zuavo Estourbillon en el suelo, sobre la hierba, y todavía el pobre torció los ojos e hizo gestos, abriendo la boca, pero seguramente había muerto. Pensé que ése iría directamente al Cielo como un mártir.


    El Sr. De Cristen (Oficial de Estado Mayor), que estaba en la Puerta Salara cogió luego el fusil de este pobre zuavo para servirse de él; pero tuvo que limpiarle todo con su pañuelo, pues estaba cubierto de sangre y con partículas de sesos del pobre muerto. Los oficiales de las tres Compañías que estábamos allí nos sentamos contra el terraplén, delante de la Puerta Salara, y a cada momento teníamos que sacudirnos, pues saltaban sobre nosotros pedazos de piedras y cal de la puerta. Gracias a Dios, nadie fue herido.


    Las balas de los cañones italianos caían muy bien en el punto que querían sus artilleros, y la brecha se había abierto de tal manera, que ya tenía 40 metros de anchura. No se puede explicar el destrozo que estaba haciéndose en el jardín y en la casa de Bonaparte después de una lluvia de granadas tan abundante y por tantas horas. El Capitán de Fumel volvió allí sin la más pequeña herida, pasando por delante de la brecha, y nos alegramos mucho de verle, pues ya le creíamos muerto. Él nos dijo que en Puerta Pía se batían muy fuertemente y que los italianos iban avanzando ya en masas enormes por diversos puntos. Ya tenían sus cañones a unos 800 metros de la ciudad.


    En estos momentos llegó en coche un ayudante de Zuavos con muchas municiones para nosotros, y las pusimos dentro de la casita que estaba al lado de la Puerta; pero, desgraciadamente, no nos sirvieron. Este ayudante nos dio la noticia de que en el Pincio habían quedado heridos dos Oficiales de Zuavos; el Teniente Brondois, que mandaba allí la Compañía de Subsistencia, y el Teniente Niel, a quien iban a cortar a pierna, pues estaba muy mal herido. Muchos sentimos esta noticia.


    A las nueve y cuarto el Comandante Troussures envió al ayudante Nini a la Puerta Pía para traer noticias de lo que pasaba allí. Poco después volvió el ayudante diciendo que no había nadie para defender aquel punto y que las dos piezas de artillería estaban desmontadas y sin tener quien las sirviera. Al saber esto el Comandante Troussures quiso enviar allá a la primera del tercero; pero luego vio que la sexta del segundo estaba muy cerca, y dio orden a mi Capitán M. Gastebois, para que fuese con su Compañía lo más pronto posible a defender la Puerta Pía. Éste fue otro momento de grande gozo para mi Compañía, viendo que íbamos a batirnos cuanto antes cuerpo a cuerpo.


    Atravesamos todo el jardín de la Villa Bonaparte, y no es posible decir el estado de destrucción en que se encontraba. Trabajo tuvimos para pasarle, pues los caminos estaban llenos de grandes ramas y pedazos de árboles, y además, todo el suelo cubierto de cascos de granadas y otras sin estallar. Yo llevé una de éstas un buen rato; pero luego la tiré, pues pesaba demasiado. Llegamos a la reja de hierro del jardín y estaba rota, como si fuese de madera. Atravesamos la Vía Pía y entramos en la Villa Torlonia. El Capitán hizo quedar al principio del jardín al Teniente Derely con la segunda sección, yo seguí con el Capitán y la primera sección hasta las murallas, en el mismo jardín, a unos 60 metros de la Puerta Pía, donde nos paramos. Todo el camino desde Puerta Salara hasta Puerta Pía lo anduvimos mientras caía una lluvia de granadas a nuestro lado y estábamos al descubierto. Pero fue milagroso que en toda mi Compañía no tuviésemos ni un herido, lo que reconocimos todos nosotros, dando gracias a Dios por su visible protección.


    Junto a las murallas encontramos un cabo y diez hombres de la tercera del primero, que estaban allí destacados, mientras estaba la fuerza restante al lado izquierdo de Puerta Pía, también sobre las murallas, y fue una de las Compañías que más fuego hizo; tenía por jefes al Capitán de Coessin, Teniente Van der Kerkowe y Subteniente Bonvalet.


    Pocos minutos después llegó allí a caballo el Teniente Van der Kerkowe y nos dio noticias; dijo que los italianos adelantaban mucho hacia la Puerta. Nosotros quisimos subir sobre las murallas para poder tirar sobre el enemigo; pero no fue posible, pues como Roma no está hecha para defenderse, tampoco había aspilleras allí, ni puesto para poner gente. El Capitán se expuso para subir sobre las murallas, pero luego se convenció que no era factible. También aquí volaban por el aire las granadas y hacían destrozos al caer y reventar. La Villa Torlonia padeció mucho; pero la Villa Bonaparte tenía el tejado destruido enteramente y la casa estaba ardiendo.


    Un poco antes de las diez vino el Comandante Troussures, pasando con mucho atrevimiento por la Vía Pía, y mandó llegar hasta la Puerta a nuestra Compañía. Yo hice marchar adelante a mi sección (siendo ésta la última orden que di a mi tropa), y la coloqué al lado derecho de la Puerta, mirando hacia la misma. Llegó enseguida el Teniente Derely con la segunda sección, y colocándose al otro lado (es decir, al lado izquierdo), puso allí su fuerza, mirando a la Puerta, y cruzando contra la misma nuestros fuegos.


    Pasando ahora a lo que sucedió al mismo tiempo en toda Roma, empezaré por el Macao, donde el primer Depósito de Zuavos (Cap. La Begassiere, Teniente Tarabini y el Alférez de Rigau) hizo muchísimo fuego toda la mañana, colocado junto a una casa de los Jesuitas, y causó muchísimo daño al enemigo, porque dominaba un camino por el cual los italianos debían pasar de todos modos. Además, allí cerca se encontraban varias Compañías de Carabinero suizos bajo el mando del Teniente Coronel Castella, y en San Juan Laterano había otras Compañías de Zuavos bajo las órdenes del Teniente Coronel Charette, con la ametralladora, que no llegó a hacer fuego porque por este lado el ataque no fue tan fuerte como por el de Puerta Pía. En Puerta San Sebastiano y Puerta San Pablo también había zuavos, bajo las órdenes del Comandante de Saisy. También bombardearon mucho por este lado los italianos, los que tenían un número inmenso de cañones excelentes. En el fuerte San Ángelo había tres Compañías de Zuavos, una en San Pedro y creo que otra en San Pancracio; pero por este lado la mayor parte eran tropas indígenas.


    Muchas granadas cayeron en el centro de Roma, en varios puntos; delante del Palacio Del Quirinal mataron a dos o tres personas que por allí paseaban; varias casas fueron quemadas en el Trastevere, y padecieron mucha la fachada de San Juan Laterano y la Escala Santa. Estas cosas sucedieron en Roma antes de las diez de la mañana del 20 de septiembre.


    Volviendo a hablar ahora de la Puerta Pía, a las diez estaban todavía allí el Comandante Troussures, cuando llegó un dragón pontificio, al galope, con una bandera blanca, diciendo que venía de orden del General Zappi. Como no llevaba ninguna orden escrita y podía ser un traidor (y que no era más que un simple soldado), el Comandante y mi Capitán le hicieron volver atrás, y el Comandante se fue a recibir órdenes del General. Al marcharse nos mandó que empezásemos el fuego en cuanto los italianos llegasen cerca de la Puerta, y que enseguida la defendiésemos con las bayonetas. Entretanto, a nuestro lado, sobre las murallas, la tercera del primero tiraba continuamente y hacia mucho daño al enemigo.


    A las diez y media, poco más o menos, mi Compañía empezó el fuego, lo cual fue para mis zuavos un verdadero júbilo, pues desde mucho tiempo estaban impacientes por disparar sus fusiles. Ya estaban los italianos a pocos pasos de nosotros, contra el terraplén y la primera barricada de Puerta Pía, y el fuego se hacía muy animado. Un Coronel de los italianos (un emigrado romano), al querer entrar en la Puerta cayó muerto, y creó que fue mi Compañía la que tuvo el honor de matarle. Además de éste, otros Oficiales italianos cayeron en la Puerta. También entonces fue milagroso que nadie de mi Compañía quedase herido, estando en tanto peligro. Hubo uno de mis zuavos a quien una bala atravesó de parte a parte el cañón del fusil, sin hacerle nada a él; otro tuvo la empuñadura del sable rota, y él resultó ileso, y además las balas silbaban sobre y al lado de nuestras cabezas.





    Ya eran cerca de las once. Cuando íbamos a defendernos con las bayonetas cuerpo a cuerpo vimos llegar a nuestro Comandante Troussures que nos mandó cesar elfuego y poner bandera blanca. El toque del clarín no bastó para poner fin al fuego, y nosotros, los Oficiales, con toda nuestra voz, tuvimos que mandar cesar el fuego, pues esto era un demasiado grande sacrificio para nuestros zuavos. También la tercera del primero cesó entonces el fuego.


    Desde media hora, a nuestra derecha, en dirección al Macao, y en otros puntos, no se oía ningún ruido, y era que allí las tropas pontificias habían recibido orden de cesar el fuego y de retirarse. En el acto, el valiente cabo Monginoux, de mi Compañía (tercera escuadra), puso un pañuelo en lo alto de la bayoneta y subió sobre la barricada, de un metro y medio de alta (hecha con sacos de tierra), que cerraba la entrada a la Puerta Pía.


    Ya estaban los italianos debajo de la misma Puerta y los primeros soldados tomaban por asalto esta barricada, y a la fuerza querían desarmar al Cabo Monginoux, cuando nuestro Comandante Troussures, con una serenidad extraordinaria, sin sable, pero sólo con su látigo en la mano, subió sobre la barricada para contener el ímpetu de las tropas italianas, defendiendo al mismo tiempo sobre esa barricada al cabo Monginoux, y aunque atacados por muchos italianos, con gran valor y fuerza supo defenderse contra siete u ocho bayonetas, y bajó de la barricada sin novedad. Yo estaba al lado de mi sección, y en ese momento vi llegar por detrás de nosotros varios paisanos romanos por la Vía Pía, desde Termini, quienes gritaban “ ¡Viva Víctor Manuel!”, “¡Viva Italia!”. Y como tenían que pasar una pequeña barricada para llegar a nosotros, yo les hice retroceder amenazándoles con la espada. Ellos ya veían llegar los primeros soldados italianos.


    En aquel momento (eran las once) los italianos estaban en gran número debajo de la Puerta Pía y subían sobre la segunda barricada, detrás de la cual estábamos nosotros; yo, al ver esas caras endiabladas, no pude detenerme y me adelanté uno o dos o tres pasos frente a ellos, amenazándoles con mi espada en la mano. Hasta ese momento yo no podía creer de ninguna manera que Dios permitiese que entrasen las tropas italianas en Roma, pues confiaba en un milagro, fijándome en la serenidad que todos decían tenía Su Santidad.



    Mi Capitán, poco antes, me preguntó si en caso de quedar nosotros prisioneros quería yo darme a conocer o guardar el incógnito; pero yo estaba tan lejos de pensar; en caer prisionero, que no le contesté nada de esto, y sí que debíamos triunfar, aunque muriésemos todos.


    Ni las palabras de nuestro valeroso Comandante Troussures, ni un poco de honor militar detuvo a los italianos, y a pesar de la bandera blanca puesta en la Puerta y en muchos otros puntos, las tropas enemigas, saltando por encima de la barricada, fueron entrando como hormigas por la Puerta Pía, dentro de Roma. Los regimientos que estaban por este punto eran el 39 y 40 (la brigada Bolegna), de línea.


    Nosotros ya no hicimos resistencia, para cumplir con la orden de Su Santidad; pero mucho nos costó a los Oficiales el contener a nuestros valientes zuavos. Reunimos luego la Compañía al lado derecho de la Puerta Pía, contra la casa Torlonia. Los italianos, en un instante, nos rodearon, sin que tuviésemos tiempo de retirarnos a Termini (como debía ser, si ellos hubiesen cumplido con la capitulación). Al entrar los italianos por la puerta no se puede explicar el furor de que estaban poseídos, y al vernos a nosotros, zuavos, empezaron a insultarnos, gritando: boya (verdugos), asessini, ladri, puzzoni, y diciendo además malas palabras contra Su Santidad. Llegaban a la bayoneta, como al asalto, mientras después de poner la bandera blanca nadie les hacía resistencia. Los italianos nos querían desarmar en el acto, a la fuerza; pero mi Capitán, con mucha energía, se opuso a esto, diciendo que no entregaría las armas más que con todas las formalidades acostumbradas. Y así se hizo.


    Mi Compañía tuvo la suerte de que los que entraron por Puerta Pía fueran soldados de línea, pues éstos eran menos malos, mientras que al lado de nosotros, en la brecha de Puerta Salara, por donde entraron muchísimos batallones de bersaglieri, la tercera y cuarta Compañía del primer Batallón de Zuavos, que la defendían, fueron tratados infamemente por las tropas italianas. También allí entraron casi al asalto, sin respetar la bandera blanca. Hicieron poner de rodillas a los zuavos, desarmándoles a la fuerza, como si fuesen brigantes[1]; quitaron a viva fuerza los sables a los oficiales, arrancándoles hasta las cruces y medallas militares, les robaron sus revólvers y todo lo que tenían. Y al Teniente Van der Kerkowe, que estaba a caballo, lo hicieron apear, robándole el caballo (que era suyo partícular y magnífico), y además de haberle robado todo y desarmado le dispararon un tiro de fusil a bout portant, quemándole, por gracia de Dios, solamente la piel del cuello. Al Teniente Manduit, que había subido con la bandera blanca sobre la brecha, los bersaglieri le rodearon, poniéndole las bayonetas al cuello y hasta le quisieron matar allí, después de estar ya prisionero, de tal modo, que los de su Compañía, que no le vieron más, creían había quedado muerto en la brecha.


    La rendición
    Cuando las tropas italianas, bajo las órdenes del General Cardona, entraban por Puerta Pía y por la brecha (de 50 metros de ancho) junto a Puerta Salara, ya habían entrado en Roma otras tropas italianas por diferentes puntos de la ciudad. El General Biscio venía a atacar a Roma por el Norte; pero empezó el ataque un poco más tarde que el General Cadorna. Las tropas de Biscio entraron en Roma por la Puerta de San Pancracio. En esta Puerta también se batieron un poco. El infame Biscio tuvo el atrevimiento de querer bombardear el palacio Vaticano, donde sabía que estaba Su Santidad, y a ese fin había establecido sus baterías en la Villa Pamfili, que domina todo el Transtevere. Lanzó varias granadas; pero como allí el fuego no empezó hasta las nueve, el General Biscio pudo hacer poco, teniendo que suspenderlo a las diez, cuando se pusieron en Roma las banderas blancas, entrando enseguida en la ciudad, sin ningún trabajo, después de haber hecho la mayor infamia exponiendo con sus cañonazos la misma persona del Papa.


    Al mismo tiempo que las tropas italianas entraban en Roma, iban entrando con ellos cerca de 10.000 paisanos, todos emigrados romanos, que los enemigos habían hecho venir allí en trenes especiales. Muchísimos de tales individuos entraron por Puerta Pía; nos insultaron terriblemente, gritando a los soldados italianos, indicándonos a nosotros: ¡Fucilate questi asessini!


    Con 15.000 hombres atacaron los italianos de asalto la Puerta Pía, en donde no quedaba ya para defenderla más que mi Compañía, es decir, 95 hombres; la mayor parte de éstos eran holandeses, doce españoles, varios canadienses, uno del Ecuador, etc.


    Eran las once y media de la mañana cuando, entre Puerta Pía y la Villa Torlonia, pusimos nuestra Compañía en columna, por secciones, hicimos formar los pabellones y retirarse a los soldados algunos pasos atrás, dejando delante las armas. Este momento fue terrible; los soldados lloraban como niños y decían: “¡Más hubiera valido haber muerto todos que entregar nuestras armas de este modo!” Hubo que quitar las cartucheras con todos los cartuchos. Entonces el Sargento mayor, De Kersabieck, no pudo contenerse; tomo su cartuchera y la tiró al suelo, a los pies de un oficial italiano, que se enfadó muchísimo contra él; pero Kersabieck, muy vivo de carácter, iba a decirle algo; el oficial italiano le mandó que levantase la cartuchera y la pusiese sobre los pabellones, como las demás; pero el otro no le hizo caso. Entonces mi Capitán, para evitar alguna desgracia, mandó al sargento mayor de hacerlo, quien levantó la cartuchera al momento, diciendo: “Ahora la levanto porque me lo manda mi Capitán, al que sólo yo obedezco”.


    En el acto de formar los pabellones, el sargento mayor primero y los demás zuavos después, rompieron sus fusiles de una patada o un golpe sobre el empedrado, o quitándoles algún pedazo del mecanismo, lo que se hizo a la vista de los italianos. Después de entregados los fusiles, nos rodeó un a Compañía de línea, con bayonetas, y nos hizo quedar allí, al principio de Villa Torlonia y junto al palacio. Muchos paisanos y soldados venían allí a insultarnos, hasta que, por fin, un oficial superior italiano les dijo que quería que se tuviesen las debidas consideraciones a los zuavos prisioneros. Los primeros dos regimientos de línea italianos se colocaron allí, en la plazuela, delante de la Puerta Pía, y había tantos soldados que apenas cabían. Cuando entraron los dos regimientos venían en tal confusión, que (según nos dijeron ellos mismos) estaban mezclados todos entre ellos, y no sólo entre batallones, sino entre regimientos.


    Los italianos confraternizan con la población.
    Los italianos tuvieron muchos oficiales muertos delante de la Puerta Pía, y, según lo que dijeron ellos, cerca de 2.000 hombres fuera de combate. Después de los de línea entraron también varios batallones de bersaglieri por dicha Puerta; pero éstos no se pararon, y pasando delante de nosotros fueron a ponerse formados en batalla sobre la Vía Pía, para vernos pasar, y eran tantos, que llegaban desde la repetida Puerta hasta cerca del Convento de Carmelitas de la Victoria. También a nosotros tres, oficiales de la sexta del segundo, nos querían quitar los sables; pero mi Capitán protestó con mucha energía, y los italianos se adaptaron. Me alegré mucho, pues yo llevaba un hermoso sable de Toledo que había pertenecido a mi abuelo Carlos V y a mi tío Carlos VI; pero, sobre todo, por quedar armado, aunque prisionero de guerra. Yo llevaba mi revólver en el cinturón del sable, y también quisieron quitármelo; pero yo me opuse fuertemente y logré guardarlo. Entonces pasé a animar a mis queridos zuavos y decirles que tuviesen paciencia y se condujesen noblemente, aunque prisioneros. Nos mandaron contar el número de los zuavos de nuestra Compañía, y vimos que no teníamos más que 80 hombres, porque 15 habían logrado escaparse antes de quedar prisioneros y rendir las armas; los pobres se fueron a reunir a otras Compañías que estaban libres todavía en la ciudad. Los doce españoles de mi Compañía todos quedaron allí conmigo, queriendo sufrir la misma suerte que yo. En esos momentos entró con las tropas italianas un corresponsal de un diario francés, vestido con sobrero de copa alta y con traje negro; era muy raro y estaba escribiendo la descripción de la entrada de los italianos por Puerta Pía, y vino a pedirnos datos particulares a nosotros, y a mi Capitán sólo le dijo que la sexta del segundo, la que defendió la Puerta Pía, no había tenido ni un solo hombre herido.


    En poco más de un cuarto de hora ya había entrado por la Puerta Pía y por las dos puertas laterales unos 15.000 italianos, habiendo sido el regimiento 39 de Infantería el primero que entró en Roma. Con ellos entraron los emigrados romanos, gritando vivas a Italia y abajo el Papa. Estos emigrados romanos eran revolucionarios que habían sido desterrados por el Gobierno pontificio por traidores o que habían huido por miedo a castigos del referido Gobierno por conspirar contra él. Muchos de éstos aprovecharon la confusión de aquel momento para apoderarse de las armas de los zuavos antes que los soldados italianos tuviesen tiempo de llevárselas. De este modo se armó gran parte de la población.


    Al día siguiente, el Comandante de la plaza de Roma (General italiano) dio una orden en la que decía que si dentro de 24 horas todos los paisanos no entregaban lar armas que tenían, al que se le encontrase, se le fusilaría en el acto. Estos emigrados armados corrían en el primer momento por toda la ciudad de Roma, y en varios puntos la tropa pontificia tuvo que hacer fuego contra ellos, pues venían a millares, juntos, alborotando. Después de esperar tanto tiempo, a las doce del día, entre la escolta de una Compañía de línea del 39 regimiento de Italianos, nos hicieron marchar de Puerta Pía, y andar por toda la Vía Pía hasta Termini. Mi Compañía marchó de cuatro en cuatro, y los oficiales marchamos a nuestros puestos de batalla, a pesar de ir nuestros soldados desarmados y entre las bayonetas enemigas.


    En cuanto salimos al jardín Torlonia y entramos en la Vía Pía, nos encontramos con los bersaglieri. Allí estaba rodeada por ellos la tercera Compañía del primero, también prisionera, pues fue ésta, con la nuestra, las dos solas Compañías que quedaron prisioneras de guerra a discreción sin capitular. Nos hicieron marchar adelante entre los silbidos de los bersaglieri y los mayores insultos. Muchos bersaglieri dieron golpes en las piernas de mis zuavos, con las culatas de los fusiles. La calle estaba llena de gente, y todos insultándonos; entre éstos también había mujeres; muchos paisanos nos escupieron en la cara, y los gritos eran tales como para volverse sordos.





    No se puede decir cuánto padecimos en este paseito y sólo teníamos paciencia para sufrirlos pensando que Nuestro Señor Jesucristo sufrió peores insultos que éstos. Pero creo que en ningún país se habrá visto, ni verá jamás, tratar peor a los prisioneros de guerra que a nosotros en Roma. En este camino encontré al escultor español Aguirre y le di un apretón de manos al pasar, pues era para mí un gran consuelo el ver a un español conocido. Un buen rato anduve fuera de la línea de los soldados italianos, sobre la acera, en medio de un gran gentío; pero como llevaba todavía mi espada y mi revólver, nadie se atrevió a tocarme. Durante el camino, un soldado italiano de línea tuvo la caridad de dejarme beber un poco de agua de su botella, y se lo agradecí bastante, pues no habíamos podido beber ni comer en todo el día.


    Llegamos a la plaza de Termini y nos hicieron volver hacia la estación del ferrocarril. Nos alegramos mucho con la esperanza de que nos harían marchar de Roma enseguida.


    En la plaza de Termini estaba todo el tercer Batallón de Zuavos, la Compañía del primer Depósito, en la cual vi a Tarabini, que me saludó, y además estaba allí un batallón de Carabineros suizos. Estas tropas estaban todavía armadas y esperaban allí para hacer la capitulación en toda regla. Al pasar delante de estos soldados del Papa, todavía armados, los zuavos de mi Compañía, aunque sin armas y entre bayonetas enemigas, prorrumpieron en entusiastas gritos de “¡Viva Pío IX Papa Rey!”, levantando en el aire los kepis. Estos gritos fueron repetidos por los otros soldados pontificios, especialmente los suizos, ante los cuales pasábamos. En ese momento se oyó un tiro de cerca, y fue que un artillero pontificio, habiéndose puesto a saludar a un oficial italiano, un soldado suizo se enfadó contra él, considerándole traidor a Su Santidad, y le disparó un tiro de fusil, que no tocó a nadie. Pasamos delante de la estación del ferrocarril, pero en lugar de entrar en ella nos hicieron seguir adelante hasta llegar al cuartel del Macao. Este cuartel está a pocos minutos de Puerta Pía; pero nos hicieron dar un rodeo de media hora, para que todo el mundo nos viese y pudiese insultarnos.


    A las doce y media entramos en el cuartel del Macao, que era el de los Dragones pontificios, pero entonces no había nadie. Allí rodaron el cuartel con centinelas y pusieron una Compañía del 39 regimiento de guardia. Esta Compañía había perdido a su Capitán entrando en la Puerta Pía. El Subteniente de la guardia fue bastante amable con nosotros, y nos dio su tarjeta por recuerdo: se llamaba Sandri. Allí estaban 80 hombres de mi Compañía; 15 habían logrado escaparse de Puerta Pía cuando nos desarmaron; 2 habían quedado en la Villa Médici, por la mañana, para hacernos la comida (Boulars y Schouten);
    3 estaban de guardia en el cuartel de San Agustín, y uno estaba enfermo en el hospital (Ortiz).


    A la una y media de la tarde vimos entrar en la gran pradera delante del cuartel a varios batallones de línea italiana, con su música, que iba tocando delante de ellos. Fue terrible la tristeza que nos causó ese momento y esa música. Quedamos allí encerrados e incomunicados, sin saber nada de lo que pasaba en Roma, y lo que más nos afligía era no saber lo que sucedería con Su Santidad, y si marcharía o quedaría prisionero.




    Nos dejaron allí encerrados, sin darnos nada para comer en todo el día, y eso que no habíamos comido desde la víspera. No nos dejaban salir ni siquiera delante de la puerta del cuartel. Por la tarde relevaron la guardia y vino allí todo el regimiento 40 de línea. A nosotros nada nos dijeron de lo que iban a hacernos; y viendo que nos dejaban a los de mi Compañía solos en ese cuartel separados de los demás prisioneros, creíamos que nos iban a fusilar, por haber seguido haciendo fuego bastante después que habían puesto bandera blanca en los demás puntos de Roma. De esto no teníamos culpa nosotros, pues únicamente habíamos cumplido con las órdenes que nos habían sido dadas con poco claridad. Aunque la idea de ser fusilados no fuese agradable para nosotros, sin embargo estábamos del todo conformes con ello, pensando que ya era lo mismo morir así, como si hubiésemos muerto en el combate. Toda la tarde la pasamos en estas conversaciones, y sin entristecernos la idea de que nos iban a fusilar. Mi Capitán no decía una palabra, y tenía razón, pues las apariencias eran tales. Mi Capitán, al momento de entregarnos en Puerta Pía, tenía las lagrimas en los ojos; yo al contrario, estaba sorprendido de tal manera al ver acabar todo tan mal, que me parecía un sueño y no llegaba a convencerme que fuese verdad. También el valiente Teniente Derely y el Sargento mayor Kersabieck tenían los ojos llenos de lágrimas, lo cual era muy natural, y mostraba cuánto sentían el triste final del Gobierno de Su Santidad.



    Por la tarde los oficiales italianos dijeron que nosotros, los oficiales, podríamos salir delante del cuartel para tomar aire, y nos aprovechamos de ello con gusto. Por todo el día no comimos más que una tortilla de un par de huevos entre seis o siete personas, y un poco de pan y queso. Los soldados no recibieron nada en todo el día. Por la noche logré hacerme traer unos panecillos, que repartí entre los 80 hombres de mi Compañía, dando a cada soldado una sexta parte de un pan.


    Así se pasó el triste día 20 de septiembre, que no olvidaré mientras viva. Los tres oficiales nos reunimos en un cuartillo del cuartel, y logramos tener un colchoncito para cada uno, en el suelo. Antes de dormir, comimos una especie de sopa que nos hicieron en la cantina del cuartel, y que no manchaba en el lugar donde caía. Por la noche vinieron un oficial y un ayudante de Artillería pontificia, y quedaron en nuestro cuarto, pues también eran prisioneros. Antes de las diez nos echamos a dormir vestidos.




    [1] Los brigantes eran las guerrillas apoyaron la monarquía de Francisco II frente a las tropas italianas. Algunos sucesos de pillaje ocasionaron una visión negativa aprovechada por los liberales para denigrar el fenómeno contrarrevolucionario y reducirlo al bandolerismo.

    Simancas tradicionalista

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