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Tema: Leyendas de Toledo

  1. #1
    Avatar de Hyeronimus
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    Leyendas de Toledo

    El Cristo de la Vega

    "Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Habían mantenido relaciones prematrimoniales y ella, ante el conocimiento que de tal hecho tenía su padre, exige a su joven enamorado que reponga su honor contrayendo matrimonio..."

    "A buen juez, mejor Testigo" o "El Cristo de la Vega"

    Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Habían mantenido relaciones prematrimoniales y ella, ante el conocimiento que de tal hecho tenía su padre, exige a su joven enamorado que reponga su honor contrayendo matrimonio. Él le contesta que debe partir para Flandes, pero que a su vuelta, dentro de un mes, la llevará a los altares.

    Inés, no muy segura de las intenciones de¡ mozo, le pide que se lo jure. Diego se resiste hasta que ella consigue llevarlo ante la imagen de¡ Cristo de la Vega y que en voz alta y tocando sus pies jure que al volver de la guerra la desposará.

    «Pasó un día y otro día, un mes y otro mes y un año pasado había, mas de Flandes no volvía Diego, que a Flandes partió".

    Mientras, Inés se marchitaba de tanto llorar, ahogándose en su desesperanza y desconsuelo, desesperando sin acabar de esperar, aguardando en vano la vuelta de¡ galán. Todos los días rezaba ante el Cristo, testigo de su juramento, pidiendo la vuelta de Diego, pues en nadie más encontraba apoyo y consuelo.
    Dos años pasaron y las guerras en Flandes acabaron; pero Diego no volvía. Sin embargo, Inés nunca desesperó, siempre aguardaba con fe y paciencia la vuelta de su amado para que le devolviera la honra que con él se había llevado. Todos los días acudía al Miradero en espera de ver aparecer al que a Flandes partió. Uno de esos días, después de haber pasado tres años, vio a lo lejos un tropel de hombres que se acercaba a las murallas de la ciudad y se encaminaba hacia la puerta de¡ Cambrón. El corazón le palpitaba con fuerza a causa de la zozobra que la embargaba mientras se iba acercando a la puerta. Al tiempo que a ella llegó, la atravesaba el grupo de jinetes. Un vuelco le dio el corazón cuando reconoció a Diego, pues él era el caballero que, acompañado de siete lanceros y diez peones, encabezaba el grupo. Dio un grito, en el que se mezclaba el dolor y la alegría, llamándole; pero el joven la rechazó aparentando no conocerla y, mientras ella caía desmayada, él, con palabras y gesto despectivos, dio espuelas a su caballo y se perdió por las estrechas y oscuras callejuelas de Toledo.

    ¿Qué había hecho cambiar a Diego Martínez? Posiblemente fuera su encumbramiento, pues de simple soldado, fue ascendido a capitán y a su vuelta el rey le nombró caballero y lo tomó a su servicio. El orgullo le había transformado y le había hecho olvidar su juramento de amor, negando en todas partes que él prometiera casamiento a esa mujer.

    "¡Tanto mudan a los hombres fortuna, poder y tiempo!».

    Inés no cesaba de acudir ante Diego, unas veces con ruegos, otras con amenazas y muchas más con llanto; pero el corazón de¡ joven capitán de lanceros era una dura piedra y continuamente la rechazaba.


    En su desesperación, sólo vio un camino para salir de la situación en que se encontraba, aunque podía ser un peligro, pues era dar a luz pública su conflicto y deshonor; pero en realidad las murmuraciones en la ciudad no cesaban y todo el mundo hablaba de su caso. Tomada la decisión acudió al Gobernador de Toledo, que a la sazón lo era don Pedro Ruiz de Alarcón, y le pidió justicia. Después de escuchar sus quejas, el viejo dignatario le pidió algún testigo que corroborase su afirmación, mas ella ninguno tenía. Don Pedro hizo acudir ante su tribunal a Diego Martínez y al preguntarle, éste negó haber jurado casamiento a Inés. Ella porfiaba y él negaba. No había testigos y nada podía hacer el gobernador. Era la palabra de¡ uno contra la de¡ otro.

    En el momento en que Diego iba a marcharse con gesto altanero, satisfecho después de que don Pedro le diera permiso para ello, Inés pidió que lo detuvieran, pues recordaba tener un testigo. Cuando la joven dijo quién era ese testigo, todos quedaron paralizados por el asombro. El silencio se hizo profundo en el tribunal y, tras un momento de vacilación y de una breve consulta de don Pedro con los jueces que le acompañaban en la administración de justicia, decidió acudir al Cristo de la Vega a pedirle declaración.

    Al caer el sol se acercaron todos a la vega donde se halla la ermita. Un confuso tropel de gente acompañaba al cortejo, pues la noticia de¡ suceso se había extendido como la pólvora por la ciudad. Delante iban don Pedro Ruiz de Alarcón, don lván de Vargas, su hija Inés, los escribanos, los corchetes, los guardias, monjes, hidalgos y el pueblo llano. «Otra turba de curiosos en la vega aguarda", entre los que se encontraba Diego Martínez «en apostura bizarra".

    Entraron todos en el claustro, "encendieron ante el Cristo cuatro cirios y una lámpara" y se postraron de hinojos a rezar en voz baja. A continuación un notario se adelantó hacia la imagen y teniendo a los dos jóvenes a ambos lados, en voz alta, después de leer "la acusación entablada” demandó a Jesucristo como testigo:

    "¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?"

    Tras unos instantes de expectación y silencio, el Cristo bajó su mano derecha, desclavándola del madero y poniéndola sobre los autos, abrió los labios y exclamó: -Sí, juro».

    Ante este hecho prodigioso ambos jóvenes renunciaron a las vanidades de este mundo y entraron en sendos conventos.



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  2. #2
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    Re: Leyendas de Toledo

    Por cierto, recomiendo encarecidamente leer la versión que escribó Zorrilla en verso sobre esta hermosa leyenda.

  3. #3
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    Re: Leyendas de Toledo

    El Palacio Encantado de Toledo

    Una Leyenda sobre la Cueva de Hércules.



    A principios del siglo VIII, era conocido por todo Toledano la existencia de un “Palacio Encantado” a poco más de media legua de la población, en un lugar agreste y sombrío cercano al Tajo. Un viejo lugar que se asemejaba al más árido desierto, en el que por las noches, apenas las sombras cubrían el espacio, ruidos extraños de metales, lejanas caídas de aguas, ecos de un martillo cayendo sobre un yunque tal vez manejado por un Titán, gritos estridentes y alaridos que brotaban de lo más profundo de la tierra se unían con el viento formando un tétrico coro infernal.
    Cuando el alba daba paso a la oscuridad, los ruidos cesaban, y hubiérase dicho que sólo existían en la imaginación de los crédulos habitantes de los contornos.
    En aquel lugar se alzaba esbelto un palacio maravilloso, cuya descripción nos han dejado los cronistas: “alto hasta el punto de no haber hombre alguno que, con toda la fuerza de su brazo, pudiese lanzar una piedra hasta su torre, estaba construido de pequeños pedazos de ricos jaspes y pintados mármoles, tan relucientes que, visto de lejos, brillaba como si fuese de cristal; y tan sutilmente habían unido los millones de pequeñas piedras que le constituían, que todas ellas parecían formar una sola y única piedra de varios matices. Cuatro enormes leones de metal sostenían, como aplastados por su peso, la airosa torre, que orgullosamente se levantaba hasta las nubes.”
    Aquél palacio perteneció a Hércules, sabio que conocía los secretos del cielo y de la tierra, gran adivino, que construyó el palacio ocultando en su interior las desgracias que amenazarían a España, si un rey curioso, descuidado y avaro osaba a profanar este imponente edificio. Mientras no hubiera rey que profanara y rompiera el acceso al Palacio, la fatalidad sobre la península estaría pospuesta.
    Por esta razón, terminada su obra, Hércules puso un gran candado a la puerta, ordenando que cuantos monarcas le sucediesen en el trono siguieran su ejemplo, sin atreverse a profanar el secreto tan espantoso que guardaba, y cumpliendo esta prescripción, todos los reyes, pocos días tras su coronación, se trasladaban con toda su corte al misterioso palacio y ponían un nuevo candado en su mágica puerta, cuyos goznes no habían girado desde la época de su construcción.
    Treinta candados habían puesto ya los reyes godos cuando llegó al trono Don Rodrigo que, ocupado en los primeros meses de su reinado en la tarea de reprimir a los inquietos partidarios de Witiza, no se cuidó de cumplir el tradicional mandato de Hércules. Liberado de sus opositores, se interesó por el mágico Palacio, y preguntó cuantos datos sus más cercanos conocían de la tradición del candado. Pero no con el motivo de añadir uno más. La curiosidad había mordido su corazón, y descreído, tendiendo poco respeto a la tradición, ansiaba descubrir el misterio tras las puertas que nunca habían abierto sus antecesores.
    En vano intentaron sus consejeros hacerle desistir de su designio. Y una luminosa mañana de agosto parte a galope raudo desde la Vega Baja de Toledo hacia el Palacio. En poco tiempo, sus hombres rompen delante de su codiciosa mirada los candados de la gran puerta, para a continuación penetrar audazmente en su silencioso y oscuro recinto.

    En su interior, ni el más leve rumor turbaba el impresionante silencio. Los soldados que acompañaban al Rey callaban ante lo desconocido, temerosos por las leyendas que de este recinto habían escuchado desde su niñez. No avanzaron demasiado para comprender que el edificio no había sido construido por la mano del hombre. Todo allí anunciaba una fuerza superior. Vieron delante de sí una puerta menos grande que la primera, y, penetrando por ella, exhalaron un grito de sorpresa al hallarse en una gran sala cuadrada, en medio de la que había un lecho muy lujoso, y acostado en él un hombre de atléticas formas, armado de gran manera, y con un brazo extendido sosteniendo una escritura que, uno de los caballeros, más osado, recogió entregándosela luego al Rey, el cual, tratando de disimular el terror que empezaba a apoderarse de él, leyó con voz poco segura lo siguiente:
    - Tú, tan osado que éste escrito leerás, mientes quién eres y cuánto mal vendrá por ti; que así como por mí fue poblada y conquistada España, así será por ti despoblada y perdida; y quiérote decir que yo fui Hércules el Fuerte, aquel que toda la mayor parte del mundo conquisté y a toda España.
    Don Rodrigo quedó en suspenso, pero haciendo un esfuerzo dijo a sus caballeros: “poco cuidado pueden darnos tales profecías, pues nadie sabe el secreto del porvenir. Prosigamos con nuestra visita.”
    El resto, impulsados por estas palabras, siguieron al monarca, que abriendo otra puerta penetró en otra estancia igual a la primera, donde otras maravillas le esperaban. Sobre un pilar, en un extremo de la habitación y alzado sobre el suelo, había una estatua de un gigante, con una pesada maza en la mano y en gesto de querer atacar hacia el suelo. Tras esta estatua, y en la pared, escrita con grandes letras rojas se leía:
    “Rey triste, por tu mal has entrado aquí.”
    En la pared de enfrente, se podía leer también:
    “Por extrañas naciones serás desposeído y tus gentes malamente castigadas”.
    Acercándose, observaron que en el pecho de la estatua había otro gran letrero: “A los árabes invoco” y en un su espalda “Mi oficio hago”.
    Al ver esto todos los caballeros desearon dar la vuelta y regresar, pero Don Rodrigo comprendió que mal quedaría como Rey si en este momento huía, por lo que abriendo una tercera puerta entró en otra sala hizo a todos olvidar pasados temores y gritar de admiración.
    Esta nueva sala era como el resto, de las mismas proporciones, y con el aspecto exterior del edificio. Miles de piedras de colores se engarzaban formando escenas de lo más variopinta naturaleza: amor a la orilla de un río; amorcillos jugando con la pesada armadura de Marte, despertado por Venus; batallas campales; instrumentos de música… A través de estas composiciones se filtraba una fina luz casi mágica, que iluminaba con una luz fantasmal e irreal toda la estancia. Cada pared era de un color, y a un lado había un gran poste de la altura de un hombre bajo una pequeña puerta encajada en la pared, y sobre esta un cartel en griego que rezaba:
    “Cuando Hércules hizo esta casa, andaba la era del hombre en 3006 años”.
    Abrió el rey esta puerta y encontró en un gran hueco del muro un arca de pequeño tamaño, dorada, cubierta de piedras preciosas y cerrada con un candado de oro. Sobre la tapa se podía leer:
    “El Rey en cuyo tiempo se abra este arca, no puede ser que no vea maravillas antes de su muerte.”
    Gran alegría causó este texto en Don Rodrigo, pues era el primero que no aludía a grandes catástrofes en su reino.
    Dio la vuelta y hacia sus caballeros dijo: “por fin encontramos un premio a nuestro atrevimiento. En mis manos tengo el tesoro del Rey Hércules”. Sacó un puñal y quebró el candado. Comenzó a abrir el arca, pero pronto se hizo atrás, sorprendido.
    Dentro de ella sólo había un paño blanco plegado y sujeto a dos tablas por medio de toscos alambres. Lo desplegó, y de nuevo se pintó el espanto en sus ojos, y la angustia invadió su alma.


    En aquel paño había pintada una inmensa muchedumbre de figuras con anchas túnicas, con tocados en sus cabezas, relucientes y grandes espadas con forma de media luna. Portaban numerosos estandartes y pendones, cabalgando raudos en sus blancos alquiceles, y las ballestas preparadas en la espalda. Sólo la imaginación atisbaba el ingente número de jinetes que se agitaban, se atropellaban, como un remolino; y sobre ellos, otra leyenda que decía en hebreo:
    “Cuando este paño fuere extendido y parecieren estas figuras, hombres que andarán así armados conquistarán a España y serán de ella señores”.
    Pálido y convulso el Rey, llenos de asombro los caballeros que no tuvieron valor para oponerse a su insensatez, permanecieron mudos todos de espanto. Entonces, y sólo entonces, comprendieron la verdad de la tradición conservada de siglo en siglo… Pero ya era tarde. Enmudecieron y permanecieron mirando una y otra vez el lienzo.
    Pero otro hecho sorprendente les sacó de su ensimismamiento: la estatua que había en la segunda sala, como movida por una fuerza invisible, empezó a golpear el suelo con su terrible maza de armas, y su potencia conmovió las paredes del palacio.
    Y al ver esto, Don Rodrigo y sus caballeros corrieron pasando lo más lejos posible de la estatua, que seguía golpeando furiosa el suelo. Cuando se vieron fuera del recinto alzaron los ojos al cielo para dar gracias, pero pronto los bajaron atemorizados por lo que vieron: densas nubes se cernían sobre ellos, oscuras, como jamás antes habían visto por estas tierras. Repentinamente, terribles relámpagos y truenos resquebrajaron el aire, y un gran lengua de fuego se desprendió de las nubes y se enlazó la encantada torre del Palacio, comenzando un terrible incendio.
    En breves minutos el edificio entero estaba envuelto en llamas y esto provocó que el súbitamente se viniera abajo, abriéndose en su lugar una ancha sima en la que se hundieron sus escombros calcinados.
    En medio de este estruendo de cascotes, aún se podía distinguir el ruido espantoso de la maza de armas manejada por el Titán, hiriendo con fuerza las entrañas de la roca…
    Don Rodrigo y los suyos, poseídos por un terror supersticioso que no podían contener, huyeron de aquel paraje, corriendo en sus corceles a buscar refugio en la protección de las murallas toledanas.
    Desde aquél día, huyó la sonrisa de los labios de Don Rodrigo.
    Nada hacía presagiar en su reino tan macabras profecías vividas en el Palacio Encantado, aunque muy bien todos las tenían muy presentes.
    Una tarde se hallaba en su alcázar contemplando las serenas aguas del Tajo, y teniendo ante sí el elegante Baño de la Cava, cuando le anunciaron que un enviado de Teodomiro, gobernador godo de Andalucía, traía un mensaje para él.
    Don Rodrigo corrió hacia su palacio para escuchar la viva voz del mensajero, y que le leyeran el mensaje que le traían:
    “Mi señor, malas nuevas le traigo del sur”, comenzó el nervioso mensajero.
    El Rey, temiéndose lo peor, apresuró a la lectura del mensaje, en el que Teodomiro solicitaba ayuda urgente ante el cruce del estrecho por una numerosa expedición árabe, que arrasaba tierras y gentes allá por donde pasaba, y conquistaba con extrema rapidez el territorio hasta ahora perteneciente a los Visigodos.
    Don Rodrigo llevó a su mente con un sudor frío las imágenes que había visto en el tejido encontrado en el Palacio de Hércules, sintiendo en lo más profundo de su alma cómo este mensajero había comunicado el principio del fin de su reinado.
    *****
    Todavía hoy algunos cronistas apuntan como un posible acceso de este “Palacio Encantado” las denominadas “Cuevas de Hércules”, situadas en la C/. San Ginés, del casco histórico. Las leyendas asignan a esta cueva numerosos hechos y sucesos fantásticos, y algunas citan que podría ser una puerta de entrada a los numerosos subterráneos que enlazarían el subsuelo de la ciudad, formando una “ciudad bajo la ciudad”.
    De entre estas tradiciones, destacamos aquella que dice que la “Cueva de Hércules” cruza Toledo, pasa por debajo del río Tajo y se extiende varios kilómetros fuera de las murallas, hasta un paraje inhóspito situado en una finca denominada hoy en día “Higares”, donde bien pudo situarse este misterioso palacio y que hoy en día tan sólo aloja unas grandes cuevas, con gran cantidad de escombros y aún inexploradas.

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  4. #4
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    Re: Leyendas de Toledo

    Galiana

    Cuentan que la infanta mora Galiana era una joven bellísima, de melancólico mirar, cabellos y ojos negros y brillantes como el azabache y cutis aterciopelado. De ella se decía:

    “Galiana de Toledo / muy hermosa a maravilla / la mora más celebrada / de toda la morería”

    Vivía en estos palacios de la alcazaba toledana rodeada de todos los refinamientos del lujo, de todas las comodidades y placeres que su padre, el rey Galafre, podía darle; sin embargo, le faltaba lo primordial: el auténtico amor.

    Una noche de verano, dos sombras se veían sentadas sobre la fresca hierba del jardín de palacio, las dos con blanca túnica flotante. Se trataba de Galiana, que no podía conciliar el sueño, y de su doncella Geloria. La joven princesa, de vez en cuando levantaba sus ojos al cielo cuajado de estrellas y suspiraba. Entonces, la doncella, sentada a su lado, le preguntaba por sus afliciones. ¿Cómo ella, que todo lo poseía, podía estar tan triste? Galiana respondía llena de melancolía que si bien era verdad que nada le faltaba, sentía dentro de su alma como un vacío que le impedía ser totalmente feliz.

    Geloria, más avezada a las lides de la vida, le respondió que ese vacío sólo podría llenarlo con «amor»; pero, ¿cómo ella que era querida y correspondía a Abenzaide, gobernador de Guadalajara, podía estar falta de amor? A esta reflexión la infanta miró con tristeza al lado contrario de su esclava para que no le viera las lágrimas que empezaban a deslizarse sobre sus mejillas y, al poco, abrió sus labios para sincerarse con su doncella y amiga y declararle que ella no amaba a Abenzaide. Reconocía su poder, fuerza y valentía; reconocía que élla amaba con delirio; pero ella, por el contrario, le aborrecía porque le sabía brusco, altivo y dominante. Y la princesa concluyó:

    -Sé que mañana llegará, pues ya ha anunciado su venida, y estoy dispuesta a decirle que no vuelva a venir a importunarme con sus halagos.

    Aún no se había extinguido el eco de estas palabras cuando, de detrás de unos arbustos, apareció la figura de un caballero vestido con traje cristiano que cayó a los pies de la infanta mora, la cual exhaló un grito de terror, estrechándose contra su esclava que se hallaba tan atemorizada como ella. Se trataba del joven príncipe Carlos, futuro Carlomagno, que hacía pocos días que había llegado a la corte del rey moro de Toledo.

    Decían que para traer una misión que le había encargado su padre el rey de Francia, Pipino el Breve, aunque él le confesó a Galiana aquella misma noche que había venido movido por la fama de su hermosura y que de ella se había enamorado tan loca como rápidamente. Siguió diciéndole que osaba ahora decirle todo esto, después de escuchar sus palabras, pues mientras él creyó que amaba a Abenzaide no se atrevió a mostrarle sus sentimientos por respeto a ella ya su padre, que tan bien le había acogido.

    Los fuertes latidos que por temor habían alterado el corazón de Galiana, ahora se trocaron en palpitaciones de gozo, pues ella también se había fijado en el guapo y aguerrido príncipe cristiano y, sin darse demasiada cuenta, el amor había empezado a anidar en su corazón. Pero mayor fue su alegría, que no pudieron disimular sus ojos, cuando éste le propuso cambiar los jardines de Toledo por los de Francia.

    A esta propuesta, la joven y bella princesa contestó con un débil sí, a la vez que ocultaba su rostro, teñido de rubor, en el pecho de su esclava favorita.

    Todo lo maravillosa y agradable que fue aquella noche para los amantes, lo fue de desgraciado y penoso el día siguiente. En ese día llegó Abenzaide, quien había venido con el único propósito de escuchar de Galiana y de su padre Galafre la fecha definitiva de su casamiento, pues con anterioridad sólo había recibido evasivas.

    Cuando Abenzaide quiso ver a la princesa, sólo se presentó ante él su esclava Geloria, quien le comunicó que su ama no deseaba verle y que le rogaba no volviera a molestarla ni a turbar la calma de sus jardines y aposentos, pues no le amaba.

    Mudo de sorpresa quedó el orgulloso gobernador de Guadalajara al escuchar aquellas palabras. No era posible, no podía creer que fueran dirigidas a él. Geloria desapareció en las habitaciones de la infanta mora cerrando la puerta tras de sí y Abenzaide quedó paralizado, permaneciendo largo rato en la misma posición, sombrío y pensativo. Mas de pronto, se rehízo, volvió en sí y lanzando un imponente grito de rabia y dolor, se alejó. Pasó a ver a Galafre a quien le dio sus quejas y después montó en su yegua y, acompañado de su lugarteniente Hassam, partió, iracundo y con grandes deseos de venganza, hacia Guadalajara.

    Cuando Galafre se halló con dos peticiones de boda para su hija, una de Abenzaide y otra de Carlomagno, se encontró con un grave dilema. Por una parte le era provechoso estar a bien con el poderoso rey de Francia y por otra no le convenía desairar al orgulloso gobernador de Guadalajara, quien además de ser de su raza, era vecino y con el matrimonio se podían ensanchar los límites del reino de Toledo y evitar enfrentamientos fronterizos. Consultó a los astrólogos y muftíes, los cuales, mirando las leyes antiguas, le aconsejaron que lo más conveniente era que los dos rivales se enfrentaran en un torneo a muerte, donde se disputarían la mano de su hija. Galafre se vio favorecido con esta solución, pues los dos enamorados de su hija también se lo pidieron así, ya que cada uno confiaba en su habilidad y destreza.

    En una explanada a las afueras de Toledo se preparó el campo. Se dispuso una tribuna para albergar a Galafre, su hija y los principales de la corte agarena y, en una una calurosa mañana del mes de julio, se produjo el enfrentamiento. La multitud ocupaba los alrededores desde muy temprano, llena de emoción, animación y alegría y, contra lo esperado, todas las simpatías estaban con el caballero cristiano. Abenzaide era aborrecido por cuantos le conocían, por su crueldad. Su feroz carácter le había granjeado el odio de sus vecinos y vasallos. Por el contrario, Carlos era joven, hermoso y, lo más importante, todos sabían que Galiana lo amaba y la princesa era muy querida en Toledo por su belleza y bondad, lo que hacía que todos deseasen el triunfo del príncipe francés.

    Subieron al estrado padre e hija. Ésta reflejaba en sus ojos el dolor y el miedo que le producía la posible muerte de su amado, que iba a combatir por librarla del aborrecido Abenzaide. Galafre, que conocía la inclinación de su hija, también se hallaba tremendamente preocupado.

    Todo estaba preparado y en orden. Los dos adversarios vestidos con sus más ricas armaduras, colocados uno frente al otro, montados en sus briosos corceles que caracoleaban nerviosos y blandiendo sus armas. A una señal de Galafre el combate dio comienzo a la vez que Galiana cerraba los ojos para no ver la feroz pelea.

    El primer choque fue tremendo. Las lanzas quedaron partidas y caballos y caballeros, fundidos en una masa, desaparecieron entre una espesa nube de polvo, mientras los gritos de ánimo de los espectadores atronaba el ambiente. Tras un período de tiempo que se hizo eterno, comenzó a disiparse la polvareda y se vislumbró la figura de uno de los contendientes de pie, portando una espada en su mano derecha. Era Carlos, que había vencido a su enemigo, que yacía a sus pies, al haberle atravesado, con un certero golpe, el corazón.

    Galiana, que permanecía con los ojos tapados, los abrió, al tiempo que su rostro reflejaba una gran alegría, cuando oyó ala multitud que aplaudía y coreaba el nombre de su amado, como señal de victoria.

    Pocos días después partieron hacia las Galias los dos enamorados, acompañados por el obispo Cixila, quien sería el que bautizase a la princesa mora, que se convirtió al cristianismo, y después celebraría los esponsales entre Carlomagno y Galiana en territorio francés.

    Cuando Pipino el Breve murió, heredó el trono su hijo Carlomagno, casado con la princesa toledana Galiana, los cuales tuvieron cinco hijos, fueron los fundadores del Imperio de Occidente y los primeros monarcas de la dinastía carolingia. Entre sus hijos, el más célebre fue Ludovico Pío, fundador del condado de Cataluña y heredero de la corona a la muerte de su padre.

    Algunos autores apuntan el final de esta leyenda de corte histórico a que una vez, Alfonso VI, antes de conquistar Toledo, visitó los palacios de Galiana y, dando paseos por el patio se le vió en compañía del fantasma de Abenzaide, que le sugirió cómo conquistar la ciudad... Esta fue la venganza del Gobernador de Guadalajara.

    Otra versión de esta leyenda nos dice que Carlomagno llegó a Toledo huyendo de sus perseguidores en Francia y se refugió en el reino de Galafre, quien le proporcinó refugio y le acogió gratamente. Que después se enamoró de Galiana, la cual le correspondió y ambos amantes decidieron, cuando había pasado el peligro en Francia, huir de Toledo de forma subrepticia y, a pesar de que el rey moro de Toledo mandó tropas a perseguirlos, no pudo impedir que llegasen a su destino. El que escribió esta historia reprocha a Carlomagno su mal comportamiento y el mal pago que dio a quien lo había acogido desinteresadamente.


    También se pueden ubicar en estos palacios, que no se encuentran, como muchos creen, en la zona actual, al lado del río, cerca de la actual estación de trenes, sino en la zona que ahora ocupa el museo de Santa Cruz, que va desde el “Arco de la Sangre” hasta el miradero. Eran unos bastos palacios que constituían parte del “alficén” árabe con el que contó la ciudad. Un conjunto de suntuosos palacios que poco a poco han sido perdidos.

    Bibliografía para este artículo:
    • Santos Vaquero A. y Vaquero Fernández-Prieto, E.: “Fantasía y realidad de Toledo” Ed. Azacanes, Toledo, 1997.
    • Moreno Nieto, L. “Leyendas de Toledo, Antología”. Ed. Serrano, Toledo, 1999.
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  5. #5
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    Re: Leyendas de Toledo

    Si os interesa el temas de las leyendas de Toledo, os recomiendo el siguiente link
    Fiestatoledana. Leyendas de Toledo

  6. #6
    Avatar de Mefistofeles
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    Re: Leyendas de Toledo

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    En este sentido yo recomiendo "Historias, Mitos y Leyendas de Toledo. La fusión entre la historia y la leyenda" de Ángel Santos Vaquero (Ediciones Covarrubias, Colección Toletum) . Trata de un ensayo histórico folclórico acerca de la historia de Toledo desde la Leyenda del Tajo , pasando por todos los períodos históricos hasta el siglo XIX con el romanticismo.

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    TU REGERE IMPERIO FLUCTUS HISPANE MEMENTO

    El Rincón de Don Rodrigo


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