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Tema: Discursos de Blas Piñar (durante y contra la "transición")

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    Re: Discursos de Blas Piñar (durante y contra la "transición")

    Blas Piñar, en Molina de Segura (Murcia)



    Revista FUERZA NUEVA, nº 513, 6-Nov-1976

    Blas Piñar, en Molina de Segura (Murcia)

    EL ESPÍRITU DE LA REFORMA

    (Discurso pronunciado por Blas Piñar en el cine Consu, de Molina de Segura (Murcia), el 24 de octubre de
    1976.)

    “ES éste, amigos y camaradas, el primer acto político de FUERZA NUEVA después de su inscripción en el registro correspondiente del Ministerio de la Gobernación. Y que conste que fue preciso acudir a los más altos niveles para lograrlo, con un argumento irrebatible: si para la Reforma política, tan grave por lo que supone de cambio constitucional, se utilizaba el trámite de urgencia, resultaba incomprensible que para lograr el reconocimiento de FUERZA NUEVA como partido, no obstante el cumplimiento meticuloso de, todas las exigencias legales, se aplicara un trámite lento. Pero al fin se salvaron todas las dificultades, y al amparo de la nueva normativa, que ciertamente no nos agrada, aquí estamos, para luchar, como lo hemos venido haciendo hasta ahora, por la unidad, la grandeza y la libertad de la Patria. (Ensordecedor aplauso.)

    Hace once años tuve el honor de hacer uso de la palabra en este mismo local. La víspera hablé en la Casa de la Cultura de Murcia. En aquella ocasión el tema del discurso se centraba en torno a las banderas que comenzaban a arriarse y que ahora se arrían con descaro por los que han vivido, no para ellas, sino de ellas, bajo su manto suave y protector. Pero no importa; esas banderas, las banderas gloriosas del 18 de Julio, continuarán erguidas y en alto, mantenidas por quienes, al igual que nosotros, combaten por las ideas que simbolizan, al margen de toda ambición o propósito de lucro y, como decía José Antonio a sus jóvenes escuadristas de la Falange, a la intemperie, cara al sol o bajo el púlpito luminoso y nocturno de las estrellas. (Se repite el aplauso.)

    • • •

    El pasado primero de octubre, FUERZA NUEVA quiso conmemorar el cuarenta aniversario de la exaltación a la Jefatura del Estado de Francisco Franco. Quizá fue el único acto que se celebró en Madrid con dicho objeto. En nuestra aula de conferencias, rebosante de un público fervoroso que la desbordaba, tuve ocasión de exponer la postura de FUERZA NUEVA ante el momento político de España. Después, en un Madrid que se va transformando, otra vez, de corte en checa, como diría Agustín de Foxá, nuestros jóvenes, en la calle, molesta y entristecida por la jomada de lucha que habla organizado la subversión, hicieron patente, con sus voces y su estilo, la lealtad a Franco, a su pensamiento y a su obra.

    Unos días más tarde se celebró el pleno del Consejo Nacional del Movimiento. Todos sabéis la frialdad con que fue acogida la presencia de su presidente y el silencio que siguió a su brevísimo discurso. Pero no eran ni la frialdad ni el silencio los que iban a decidir la cuestión que iba a plantearse. Los votos, que son tan importantes en una democracia, demostrarían que, a pesar del silencio y de la frialdad, la mayoría aceptaba la tesis reformista del Gobierno, dando, con pequeñas modificaciones de la ponencia y la aceptación mitigada de algunas correcciones, un «sí» al cambio sustantivo constitucional, a la desaparición del propio Consejo y a la disolución del Movimiento, y, por lo tanto, un «sí» al suicidio. Al espíritu del 12 de febrero, de tan triste recordación, ha sucedido, con acogida mayoritaria, el espíritu de la Reforma.

    Y es lógico y congruente que así sea. Los que eligieron a Suárez para ocupar un escaño de consejero nacional, debían apoyarle en su propósito reformista. Lo que me cuesta, sin embargo, mucho esfuerzo llegar a entender, salvo que la crisis de hidalguía que alguien ha detectado y denunciado sea evidente, es que también la mayoría de los llamados cuarenta de Ayete, con olvido o, quizá a mi modo de ver, erróneo entendimiento de la misión que por el Caudillo les fuera encomendada, no sólo dejaran de velar por la subsistencia del Movimiento que Franco puso en marcha, sino que contribuyeran con sus votos a desmentir a Franco, que aseguró que la continuidad del Movimiento estaba en el Movimiento mismo. (Aplauso de gran duración y gritos de /Franco/ ¡Franco!)

    • • •

    En una época como la nuestra, cargada de confusión, urge esclarecer el sentido auténtico de las palabras en uso. Dulce María Loynaz, poetisa cubana, pedía a Dios, en unos versos admirables, que no nos dejara caer en la tentación de las palabras vacías, del cascabel de las palabras, y Agatha Christie, la famosa novelista inglesa, que acaba de fallecer, refiriéndose a los políticos, escribe que para ellos las palabras no son vehículo de las ideas, sino instrumento hábil para velarlas o desfigurarlas.

    Pues bien, nosotros vamos a intentar que las palabras sean un reflejo fidelísimo de las ideas, esclareciendo su contenido, evitando, a todo trance, el falseamiento, la duda o la oscuridad.

    Son muchas, naturalmente, las palabras que deberíamos someter a observación y análisis. Basta por hoy considerar tres vocablos cuyo uso, de tan frecuente, nos anonada: inmovilismo, reforma y ruptura.

    La palabra inmovilismo es fruto de una creación artificial y maniquea. Con él se pretenden dos cosas: justificar la existencia de un extremismo maximalista, que actúa sin freno en toda la nación y que se manifiesta con un signo disolvente del orden recibido, y promover las posturas llamadas de centro, moderación, serenidad y equilibrio.

    ¿Pero dónde están los inmovilistas y el inmovilismo? ¿Cómo demostrar con argumentos eficaces e incontrovertibles que lo son aquellos a los que con arrogante frivolidad se les moteja de tales?

    Porque inmóviles sólo se quedan los muertos, y afectados de inmovilismo lo están los seres de por sí inanimados. Y Dios, de algún modo, siendo la fuente y raíz de todo movimiento vital, es el gran inmóvil, pues, teniendo en Si mismo la perfección, no ha de moverse ni salir de Sí mismo para alcanzarla.

    En cualquier caso, si a alguien se le pudiera imputar el inmovilismo, no sería a nosotros, que hace diez años salimos a la vida pública con una actitud crítica, y a la vez constructiva y responsable, supliendo, en la medida en que nos fue posible, a un «Movimiento» que se reducía, cada vez más, a burocracia y nómina.

    Análisis de una palabra

    La palabra reforma requiere más atención. Reforma es una palabra casi mágica, y por ello hueca, vacía, que puede llenarse con ideas muy diferentes y hasta contrarias. Y así: hay una Reforma para conformar y otra para deformar; hay una Reforma para rematar una Constitución y otra para cambiarla; hay una reforma, con minúscula, para depurar de incrustaciones y perfeccionar la obra realizada, y hay una Reforma, con mayúscula, que aspira, aunque lo oculte, a sustituir un Régimen por otro Régimen distinto, hay unas reformas para hacer coincidir la empresa con los planos ideales del comienzo, y una Reforma para destruir lo edificado, y sobre el solar o sobre parte del solar, si algo queda del mismo después de la tarea demoledora, construir un edificio diferente del primitivo; hay, en definitiva, unas reformas que pretenden adaptar mejor las leyes fundamentales, el ordenamiento jurídico de rango inferior y hasta los hábitos sociales, a los Principios que configuran el alma nacional, y hay una Reforma que lleva consigo el desconocimiento fáctico y la denegación subsiguiente de tales Principios.

    El primer tipo de reforma se llama, sin tapujos, continuidad perfectiva, evolución y desarrollo homogéneo del Sistema, Régimen, en fin, de Constitución Abierta. El segundo tipo de Reforma, aun utilizando las mismas letras e idéntico vocablo, no es más que la ruptura; el regreso a las posiciones de partida, a las que estamos, por desgracia, retrocediendo; liquidación de la obra de Franco y del esfuerzo de la guerra y de la paz. (Gran aplauso.)

    Lo que se esconde detrás

    Las reformas, con minúscula, las que nosotros hemos postulado siempre, son un corolario de la dinámica interna de una comunidad política que aspira a la perfección. Equivale, en cierto modo, al «Ecclesia semper reformanda» de la comunidad espiritual y puede asimilarse, refiriéndonos al hombre individualmente contemplado, que se examina, arrepiente y enmienda. La Reforma, con mayúscula, conlleva un comportamiento negativo, una conversión al revés, un reconocimiento explícito de la inutilidad, ineficacia o arcaísmo de las instituciones y la proclamación de una apremiante y urgente necesidad de reemplazo; la salida de la Iglesia —para poner un ejemplo elocuente—, como ocurrió con la Reforma de Lutero, para fundar una Iglesia distinta.

    La ruptura es lo que en realidad, y por mucho que se edulcore o almidone, se enmascara y trata de vehiculizarse con el término Reforma. Si el cambio fue la consigna del gabinete Arias, la rúbrica genérica y la perspectiva del gabinete Suárez se dan cita en la apertura de un período constituyente. Y un período constituyente lo es en tanto en cuanto durante el mismo se pone a debate, a discusión y en tela de juicio todo lo que afecta a la subsistencia de la comunidad, a sus ingredientes constitutivos; algo así como una reelaboración morbosa de las propias razones de existir.

    El preámbulo del proyecto de ley de Reforma política no deja lugar a dudas acerca de las líneas doctrinales en que el Gobierno la hace descansar, ni sobre su propósito. De ahora en adelante, si el proyecto prospera, no habrá dogmas políticos, verdades objetivas. La ley no encuentra el fundamento de su fuerza coercitiva en la concordancia con la razón, con el Derecho natural y con la ley divina, sino, fruto de un voluntarismo trasnochado, que hace del hombre su propio demiurgo, encontrará en la decisión mayoritaria su poder imperativo.

    Muchas cosas pueden ser lícitas así

    Con esa carga antiteológica, que ha conducido al más absoluto desorden, el divorcio, la anticoncepción, el aborto, la eutanasia, las corrientes doctrinales que destruyen la dignidad y la libertad del hombre, serán lícitos en función de lo que acuerde la mayoría. Pues bien, así como hay verdades matemáticas y leyes físicas que la voluntad mayoritaria no puede cambiar, así también hay baremos morales, principios filosóficos y verdades políticas, que el hombre puede negar, pero sin que su negativa haga desaparecer lo evidente y sin que la evidencia fluya, con tono penitencial, a través de las crisis personales y comunitarias a que hoy asistimos.

    Sentado el principio de la plena soberanía de la voluntad mayoritaria y la inexistencia de todo ordenamiento objetivo, es inútil el escamoteo, como última salvaguarda, de un elenco más o menos reducido de temas, que se sitúan, como inalcanzables, en una egregia y distante torre de marfil. Recluir en ella la unidad de España, el Ejército y la Monarquía, estimándolos fuera de discusión, es tanto como construir castillos en el aire. Si el pueblo es soberano, y su voluntad mayoritaria decide, ¿por qué no reconocerle el derecho a decidir que España se fragmente en las nacionalidades que la autodeterminación desee?, ¿por qué no aceptar su voto favorable a la desaparición de las Fuerzas Armadas?, ¿por qué, en resumen, no acatar el sufragio que sustituye la Monarquía
    por la República?

    ¡Triste misión la de afirmar un principio y abominar luego de sus consecuencias! ¡Flaco servicio el que el Gobierno Suárez, con su periodo constituyente, está haciendo a España, al Ejército y a la Monarquía! (Fuerte y prolongado aplauso.)

    ¿No veis cómo cada día se agravan los problemas, cómo se tambalea el orden jurídico, el moral, el económico y hasta el orden público?; ¿cómo no hay seguridad ni confianza?; ¿cómo se asesina sin piedad?; ¿cómo no se respeta el derecho al trabajo, que es mucho más importante que el derecho a la huelga? De seguir por este camino no habrá sino dos opciones: el caos o la dictadura; y nosotros, que no queremos el caos, so pretexto de democracia, y que no creemos en la dictadura como solución, si llega el momento límite, preferimos la dictadura al caos. (Ensordecedor aplauso.)

    • • •

    Un excelente escritor, examinada la actitud política de los españoles en el momento de la muerte de Franco, los distribuía, sin perjuicio de matizaciones ulteriores, en dos grandes grupos: los que creían y los que no creían en la continuidad del Régimen del 18 de Julio.

    Los primeros son los que entendían, y a mi juicio entienden, que las fundaciones no se extinguen cuando fallece el fundador, ni las sociedades cuando se mueren sus promotores, y que los edificios no se hunden o se derriban por el simple hecho de que el arquitecto que los construyó fallezca.

    La necesidad de unos Principios básicos, animadores de la sociedad y del Estado; la participación del pueblo en las tareas legislativas, a través de los cauces naturales de representación; las pruebas exhaustivas y clamorosas de los éxitos logrados; la existencia de un consenso popular abrumador, eran argumentos, entre muchos, más que suficientes para justificar la actitud de tantos millones de ciudadanos que creían y creen en la continuidad y en el perfeccionamiento del Régimen de Franco.

    Más aún, y por si todo eso no bastara para justificar esa postura, la viabilidad del franquismo como Sistema, es decir, del franquismo sin Franco, lo comprobó el pueblo, al producirse, con su muerte, la entrada en juego del mecanismo sucesorio. No hubo un solo fallo, porque el engranaje, sin maniobras ajenas, funcionó tal y como se hallaba previsto.

    El pueblo, de un lado, en aquellas colas interminables, tributó al Caudillo un homenaje silencioso y emocionado de lealtad y de gratitud, poniendo a su vez sus ojos y sus esperanzas en un Príncipe joven que Franco quiso formar para España y que juró lealtades ante la nación y sobre los Evangelios, en la mañana de Santa Cecilia de 1975.

    Nace la Monarquía del 18 de Julio

    Se culminaba con aquel juramento la Monarquía de la Ley Orgánica del Estado, la del referéndum de Fraga de 1966, la vestidura coronada y en cierto modo sacramentada del Régimen que nació del 18 de Julio. Se remató con la Corona la hechura que Franco consideró más apta, por lo que la Monarquía auténtica tiene de unidad de poder, para garantizar en el tiempo futuro la permanencia del Estado nacional, que tuvo su origen en el gran plebiscito de la sangre vertida en la guerra de liberación, y su fortaleza en el constante refrendo, moralmente unánime, de un pueblo que hasta ahora había trabajado con alegría y en paz.

    ¿Cuál ha sido la conducta de los gobiernos de la Monarquía frente a estos dos grupos de españoles?

    En primer término, presentar a la Corona como instrumento agilizador del cambio y por ello de la liquidación del franquismo.

    En segundo lugar, entenderse, dialogar, alentar y legalizar «de facto» y «de iure» a los enemigos del Régimen.

    Por último, marginar, silenciar, atacar o tolerar campañas de difamación contra las instituciones y los hombres que permanecen leales, en la medida que su lealtad descansa en el mantenimiento a otro rango de lealtades repetidamente juradas.

    Las tres actitudes referidas se ponen de manifiesto apenas se recuerde:

    • la afirmación rotunda, eliminadora de compromisos, de que la Corona era el motor del cambio; equivalente a un traslado de responsabilidades —impropio de quien se proclama liberal— desde la propia órbita a una órbita superior, que debió siempre respetarse;

    • la admisión en la práctica de las agrupaciones políticas adversas al 18 de Julio. Desde el famoso almuerzo de Fraga Iribarne, anterior ministro de la Gobernación y vicepresidente del Gobierno, con Tierno Galván, líder de un partido marxista, hasta los diálogos placenteros del señor De la Mata con las Comisiones Obreras, o del señor Suárez con Felipe González, no hay más que un paso en idéntica línea;

    • la tolerancia al separatismo, que comenzó con las frases cariñosas para el Partido Nacionalista Vasco y termina con las exhibiciones desafiantes de la bandera que lo simboliza; la «Diada de Catalunya», la marcha de la libertad y la inauguración de una placa homenaje a Luis Companys, el hombre que, al frente de la Generalidad, se sublevó contra España, primero, y entregó Cataluña, después, a la anarquía y al crimen. (Aplausos.)

    • la aniquilación permitida de los Sindicatos verticales y únicos, y la invitación a reconstituirse de las sindicales obreras, empezando por la U.G.T., cuyo congreso se celebró en Madrid no hace muchos meses, autorizado por Fraga Iribarne, el mismo que ahora se escandaliza de las «excesivas concesiones a actitudes revanchistas, erosionadoras de la paz y el orden, y disgregadoras de la integridad nacional»;

    • el aumento creciente del terrorismo, casi siempre impune, que nos arroja con reto las nuevas víctimas de los asesinados en San Sebastián;

    • el regreso triunfante de exiliados de toda condición, antecedentes y responsabilidades, desde Madariaga y Sánchez Albornoz, cuyos insultos a Franco son muy difíciles de olvidar, hasta las familias de Prieto, Casares Quiroga y Santiago Carrillo; así como el retorno de un antiguo miembro de la guerrilla asturiana, al que se aclamó en Madrid, entre puños en alto y las estrofas de «La Internacional»;

    • la apología más o menos encubierta de los militares de la U.D.M., recientemente amnistiados, y el intento fallido, pero notorio por su significación, del pase a la reserva de dos ilustres soldados, los tenientes generales De Santiago e Iniesta Cano;

    • la negativa a un homenaje popular de gratitud a Franco y la autorización de un homenaje póstumo a Mao Tse-tung.

    De este modo, progresivamente acelerado, los Gobiernos de la Monarquía han dimitido de sus funciones fundamentales, accediendo a todas las exigencias de la oposición al Régimen, es decir, de los partidarios de la ruptura.

    Enumeración de hechos

    En este orden de cosas, quedó abolida, sin que su derecho penal sustantivo se aplicase, la ley antiterrorismo; se concedió la amnistía, prometiendo ampliarla; se abrieron las fronteras para el regreso de muchos que no venían a hacer precisamente ejercicios espirituales, sino ejercicios más peligrosos para la seguridad del Estado; se neutraliza y despolitiza al Ejército; se toleran los ataques a la policía y a las fuerzas de Orden Público; se admite la avalancha de una pornografía brutal, que ni siquiera fue posible durante la República; aumenta, en fin, por momentos, la crisis económica, la crisis laboral y, sobre todo, la crisis de confianza.

    Por ello es inútil pedir ahorro al pueblo, cuando el pueblo observa cómo se dilapida la reserva de divisas, acudiendo a importaciones que compensen la falta de rendimiento, motivada por las huelgas, y la abstención lógica de los empresarios al borde de la ruina.

    El Gobierno, al insistir en la vía iniciada, puede convertirse en el peor enemigo de la Corona. Y es natural que así sea, porque si, en última instancia, la Monarquía no responde a su única razón legitimadora de ser, la continuidad del Régimen del 18 de Julio, y no permanece fiel a sus raíces políticas, jurídicas y morales, arrastrará una vida precaria, fruto de su propia contradicción, es decir, de su cambio de signo y de la negación de su origen y fundamento. Transformada la Monarquía, como algunos quieren, de continuadora en demoledora, una vez cumplida la misión asignada, quedará inútil, haciendo tránsito a la República. (Aplausos.)

    Del motor del cambio, pasaremos de este modo a un cambio de motor, requerido con amenaza no sólo por los que, protegidos por la fuerza pública, gritan «¡Monarquía asesina!», sino por los que repiten el eslogan «España, mañana, será republicana», y por los que, como el P.S.O.E. y Felipe González, como dirigente del mismo, quieren —sin que ello sea obstáculo para recibir los elogios públicos del jefe del Gobierno de la Corona— una República federal de las nacionalidades del Estado español. (Gran aplauso.)

    iNo os engañéis! Los únicos hombres leales a la Monarquía pueden —y no quisiéramos decir que han podido— ser los hombres leales a Francisco Franco.

    • • •

    Pues bien, a la altura de este año de gracias, pero también de desgracias, tenemos que contemplar y examinar un hecho político importante: la aparición en escena de la opción democrática y reformista que nos proponen las personas y grupos vinculados por la «Alianza Popular».

    Permitidme, porque el tema es grave, que exponga, con la misma diáfana claridad que constituye una de nuestras características, la opinión que nos merece el nuevo ente político.

    Vaya por delante que en una contextura liberal, como la iniciada, los pactos y convenios para los periodos electorales pueden ser no sólo convenientes, sino necesarios: hay que sumar votos, encauzar estados de opinión, eliminar escisiones dispersadoras, luchar con las máximas posibilidades de éxito contra un adversario inteligente, con experiencia y medios muy abundantes de financiación y de presión psicológica. Pero de esta realidad no puede seguirse que, quienes forman el pacto por razones electorales y tácticas, abominen de su equipaje doctrinal o lo escondan. La elaboración y edificación de un programa común excede de la táctica y afecta a la ideología, y en ese programa común, que cuenta de 14 puntos, observamos:

    1.°) Se acepta «la necesidad de una Reforma constitucional» y «el proceso abierto por el Gobierno», lo que supone, por mucha mitigación correctora que pueda lograrse, el abandono de la continuidad perfectiva y la entrada en el juego liberal, repitiendo el ciclo histórico del mal menor, de Maura y de Gil Robles, aceptando, el primero, la Monarquía de Sagunto, y el jefe de la CEDA, la República del 14 de abril. (Aplausos.)

    2.°) El propósito de aclimatación al sufragio universal, a la democracia inorgánica, al sistema de partidos y a las autonomías regionales, se halla de manifiesto en el programa de la «Alianza Popular»; y, siendo esto así, habrá que preguntarse: si el Régimen anterior era bueno, puesto que reconocéis el valor de la obra realizada, ¿por qué os unís a su Reforma con mayúscula?; si, por el contrario, queréis su Reforma, porque ese Régimen dejaba mucho que desear, ¿no se os ocurre que tales defectos serían imputables a vosotros, toda vez que en el mismo ocupasteis puestos de la máxima responsabilidad? (Aplausos.)

    3.°) En ninguno de los 14 puntos se menciona a Franco. A pesar de ello, se escribe: «los franquistas al asalto»; como se seguirá hablando, pese a tales silencios que no me explico, de los «espectros del pasado» y de los «perros azules».

    4.°) Hay una obsesión morbosa por Europa, casi equivalente a la obsesión de otro signo de los grupos antifranquistas de reconocido corte liberal. Todos quieren ser europeos de una u otra línea, pero fundamentalmente europeos; aunque la verdad es que el Acuerdo que ahora se nos propone por el Mercado Común es más oneroso para España que el de la época de Franco, y que el Gobierno de corte derechista de Francia sigue arropando y protegiendo a los asesinos de E.T.A. Por eso me permito elevar desde aquí mi protesta respetuosa por el viaje del Rey a Francia. (Aplauso ensordecedor.)

    Y de Hispanoamérica, donde el Rey fue recibido con entusiasmo y donde está nuestro corazón y nuestro futuro, ni una sola palabra.

    5.°) Se afirma la identificación o asimilación de los grupos vinculados a «Alianza Popular» con los partidos populistas, conservadores y de centro, de los países occidentales de Europa, con lo que se asignan un cometido semejante: el de luchar a la defensiva, cediendo posiciones, como la democracia-cristiana de Italia, o legalizando la píldora y el aborto, como la derecha gubernamental francesa.

    6.°) Existe la posibilidad de una adscripción directa a «Alianza Popular», no pasando por ninguno de sus cauces, lo que supone, si nos atenemos a lo que han dicho, escrito o hecho quienes los representan, que al mismo tiempo se dirá que sí al matrimonio indisoluble y al divorcio moderado; a la no legalización del Partido Comunista y a su legalización demorada y «a posteriori»; al homenaje popular a Franco y a la negativa a ese homenaje; a la oposición al revanchismo y a la vía libre para quienes lo predican; a la creación de un Frente Nacional y a la exclusión apriorística de aquellos cuya definición nacional no puede discutirse.

    Lo grave, para mí, de la «Alianza Popular» no es que haya constituido un tremendo error político, sino el daño posible que pueda suponer para España, en una hora difícil como la presente, en la que toda concesión en lo fundamental es irreparable.

    Por mucho que se nos diga, la verdad es que la aceptación del periodo abierto, es decir, de un periodo constituyente, supone la aceptación de la Ruptura, que eso es, y no otra cosa, la Reforma. Quienes sigan el programa de la «Alianza Popular» deben saber que abandonan su campo propio, logrado con sangre y dedicación, para entrar en un campo —el del liberalismo— que Franco condenó reiteradas veces, y que dio origen al trauma más doloroso de nuestra historia reciente. En el fondo, y aunque se reitere que se trata de salvar cuanto sea posible del franquismo, se abjura de unas posiciones doctrinales y de la obra realizada bajo su inspiración. Si se trata de salvar lo que se pueda del Régimen de Franco, se está reconociendo que acaba de naufragar.

    La subversión se identifica con al olvido

    El reformismo, con enmiendas o sin ellas, en cuanto acepta la Reforma, con mayúscula, se une al proyecto de sustituir el Sistema recibido y se traslada, quizá sin saberlo, al terreno de la subversión, porque la subversión no se identifica y confunde con la violencia en la calle, sino con el olvido, primero, y la sustitución, después, de una Constitución por otra de signo contrario.

    Más aún; el reformismo, en este momento, y aunque no lo parezca, es más peligroso que la Ruptura clamorosa, porque ésta sobresalta y produce un movimiento casi instintivo de rechazo, mientras que la Reforma, aceptada con alguna mitigación consoladora y limosnera por ministros de Franco y personas reputadas de orden, allana y facilita el camino, tranquiliza a los miedosos y calma a los que, derrotados desde ahora, sólo piensan en el mal menor y en una paz aparente y furtiva, con lo que no hacen otra cosa, como ocurrió con la CE.DA., que preparar y acunar; lo mismo que sucedió entonces. (Aplausos.)

    Y no es, bien lo sabe Dios, que nos parezca mal que se unan los afines. Pero la unión ha debido ser para oponerse a la Reforma, y no para aceptarla.

    • • •

    Para FUERZA NUEVA, la cuestión vital que tenemos a la vista no es la electoral, que a muchos absorbe pensando en concejales, diputados y senadores. Todo esto es importante y no se debe descuidar. Pero el problema de fondo afecta al hombre y a la comunidad política, a todos y cada uno de los españoles y a España como nación. Algo metafísico, trascendental se halla en juego, y no hay razones electorales de peso que, a la vista del debate, nos permitan la entrega de jirones de verdad. Como nos decía un sacerdote no hace mucho: «la vida podemos entregarla; la verdad no», porque sólo la verdad, la verdad entera, nos salva. ¿Y acaso Cristo, el Maestro, no nos enseñó a dar con la vida el supremo testimonio de la Verdad?

    Para nosotros, el esquema doctrinal del 18 de Julio, con todas las imperfecciones que queráis y con todas las deslealtades que conocéis, sobrepasa a una propuesta utópica. Es una realidad positiva y en marcha, que ha deparado a la nación una época envidiable de paz y de progreso, que salta a la vista.

    El Régimen de Franco cuenta con el aval, no de las urnas, sino del dolor y la sangre de los que murieron para edificarlo. ¡Ay de las familias y de las naciones que olvidan a sus héroes y a sus mártires! ¡Cómo nos insistía el cardenal Gomá para que los recordásemos! Vaya desde aquí mi cariñosa felicitación a Joaquín Barquero, consejero local de Murcia, por su preciosa carta de queja por la supresión del funeral del 13 de septiembre.

    Y, por si fuera poco, la continuidad perfectiva del Estado nacional la exige la fidelidad a un juramento prestado; y, que yo sepa, no hay una valoración moral distinta para el juramento que se presta a un orden constitucional y el que se demanda en otras esferas.

    Por último, si la Tradición y la Revolución nacional se hermanan, la primera como manantial y la segunda como su fruto, está claro que sólo en la permanencia de un Régimen en el que ambas se dieron cita España puede mantener su modernidad y su identidad.

    Para defender y robustecer todo ello, con la conciencia tranquila del deber cumplido, con fe en la capacidad creadora de nuestro pueblo, iremos, si es necesario, acompañados o solos, a las elecciones que puedan celebrarse, pero sin ceder, como decíamos, un sólo pedazo de la verdad. La unión, contra lo que se dice y propala, no hace siempre la fuerza. Depende ello de muchos factores. Alemania se debilitó, sin duda, al unirse a Italia durante la última contienda, como se debilitaron los aliados al unirse a la URSS, a la que entregaron, so pretexto de liberar a Polonia, no sólo Polonia, sino la mitad del viejo continente. El parche nuevo, nos dice el texto sagrado, rasga y rompe el tejido deteriorado y viejo al que se zurce.

    Nosotros no aspiramos a ser la derecha turnante de un Régimen liberal, luego de haber repetido con machacona insistencia que no éramos liberales. Nosotros no deseamos convertirnos en el contrapeso de la izquierda.

    Nosotros, señor Fraga, no estamos a su derecha, y nadie puede señalarnos con ese calificativo en la mesa que presidió la rueda periodística de la «Alianza Popular». No estábamos ni a su derecha, ni tampoco a su izquierda. Estábamos fuera del hotel donde la «Alianza Popular» proponía un programa que no compartíamos. (Aplauso atronador con el público enardecido y puesto en pie.)

    Desde esta línea de pensamiento y de acción, FUERZA NUEVA hace un llamamiento a las clases medias, a los profesionales y empleados, a los pequeños y medianos empresarios, que con su esfuerzo y sacrificio crean riqueza y proporcionan puestos laborales; a los trabajadores, que saben ya, por la experiencia que se inicia, lo que suponen las amenazas, las palizas y hasta el asesinato de los que no secundan las órdenes de los piquetes de
    huelga; a las mujeres españolas, que nos ayudarán con eficacia y sencillez, ocupando, si es preciso, los puestos arriesgados si los hombres los abandonan; a la juventud, en fin, que a pesar de los estupefacientes y del señuelo marxista, con que se trata de corromperla, siente a España en el corazón y en las venas.

    A la mística adversaria, oponemos la nuestra, y con ella nuestro orgullo, como dijo José Antonio, de ser españoles, de sabernos hijos y soldados de una nación que supo oponer al protestantismo, que hizo quiebra de la Cristiandad, las tesis de Trento y las guerras divinales; a la Revolución francesa, que las armas de Napoleón imponían en Europa, el Alzamiento popular de 1808; y al marxismo, que pretendió esclavizarnos, de igual modo que hoy subyuga a una gran parte de la humanidad, la Cruzada libertadora de 1936. (Aplauso prolongado.)

    Con esa mística, el Caudillo, en su testamento, que será para nosotros mensaje y orden, nos quería en estado de alerta contra los enemigos de España y de la civilización cristiana. Y para precisarlos, después de advertirnos que el adversario estaba dentro, los señaló en su breve discurso del 1 de octubre de 1975: la masonería y el comunismo. (Se reproduce el aplauso.)

    Para actualizar este mensaje, para poner de manifiesto nuestra lealtad y nuestra gratitud, para oponernos a la Reforma-Ruptura que pretende desmantelar al Régimen de Franco y arruinar España, nos concentraremos el próximo 20 de noviembre, al año de la muerte del Caudillo, al cumplirse un nuevo aniversario del fusilamiento de José Antonio, en la plaza de Oriente de Madrid.

    Allí, Dios mediante, nos encontraremos, unidos en el mismo amor y en el mismo espíritu de entrega a España. Hasta entonces.

    ¡ARRIBA ESPAÑA!

    Un aplauso del público, puesto en pie, que dura varios minutos, cierra el grito del fundador de FUERZA NUEVA, y el «Cara al Sol» que se canta en el cine y en la calle pone punto final al acto de afirmación nacional.


    Última edición por ALACRAN; 06/10/2021 a las 14:56
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Discursos de Blas Piñar (durante y contra la "transición")

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    El más importante discurso: en las Cortes, contra el proyecto de Ley de Reforma política de Adolfo Suárez


    Revista FUERZA NUEVA
    , nº 516, 27-Nov-1976

    Blas Piñar en las Cortes Españolas

    ENMIENDA A LA TOTALIDAD

    Blas Piñar López, procurador en Cortes, formula a la totalidad del proyecto de ley para la Reforma Política, publicada en el “Boletín de las Cortes Españolas, núm. 1532, correspondiente al 21 de octubre de 1976, lo siguiente:

    ENMIENDA A LA TOTALIDAD

    El proyecto de ley para la Reforma Política se halla en contradicción con la Ley de Principios del Movimiento Nacional.

    Toda reforma de nuestro ordenamiento jurídico debe encaminarse a la perfección del Sistema edificado sobre ellos y no a deteriorarlo, desmontarlo o sustituirlo por otro.

    El proyecto de reforma no sólo está en contradicción evidente con los “ideales que dieron vida a la Cruzada”, y que tales Principios recogen, sino que viola los señalados con los números II, IV, VII, VIII, IX y X.

    ***

    Conforme al artículo 1º de la Ley citada, todos y cada uno de los Principios que en la misma se enumeran y proclaman “son, por su propia naturaleza, permanentes e inalterables”.

    Por consiguiente: o se deroga la Ley de Principios, en cuyo caso se subvierte el orden constitucional y se cambia de Estado, o el proyecto de ley de Reforma Política es inviable.

    ***

    Conforme al artículo 2º de la Ley de Principios: “Todos los órganos y autoridades vendrán obligados a su más estricta observancia. El juramento que se exige para ser investido de cargos públicos habrá de referirse al texto de estos Principios Fundamentales”.

    Por consiguiente: no puede pedirse a las Cortes, como Cámara legislativa, ni a los procuradores en Cortes, que han prestado el juramento prescrito, que voten una ley que viola lo que se obligaron a cumplir con la más estricta observancia.

    ***

    Conforme al artículo 3º de la Ley de Principios: “Serán nulas las leyes y disposiciones de cualquier clase que vulneren o menoscaben los Principios proclamados en la presente Ley Fundamental del Reino”.

    Por consiguiente: tratándose de un proyecto de ley de Reforma Política que vulnera y menoscaba los Principios enunciados, procede, en razón de su manifiesta nulidad, su devolución al Gobierno.

    Madrid, 28 de octubre de 1976.

    ****************


    DEFENSA DE LA ENMIENDA ANTE EL PLENO DE LAS CORTES, EL 16 DE NOVIEMBRE DE 1976

    Señor Presidente, señores Procuradores:

    Subo a esta tribuna con una doble emoción: por primera vez hago uso de la palabra en un Pleno de las Cortes, y lo hago, además, en una sesión que es sin duda histórica, que será larga y que ha despertado una expectación lógica, porque de nuestro voto depende, sin duda, el futuro inmediato de nuestra Patria.

    Yo he presentado una enmienda a la totalidad del proyecto de Reforma Política pidiendo la devolución del mismo al Gobierno, con o sin mecanismos correctores, ya que, por importantes que sean, suponen la aceptación de la misma en sus, coordenadas esenciales.

    Para justificar mi enmienda a la totalidad utilizo tres argumentos: uno eminentemente político, otro moral y otro jurídico. Voy a ceñirme a los tres, haciendo notar que la Ponencia, embebiendo quizá, en su contestación los dos últimos, sólo da cumplida, pero insatisfactoria respuesta al primero.

    ***

    Mi enmienda arranca, en síntesis, de estas proposiciones: nuestro ordenamiento constitucional descansa en unos principios doctrinales. A partir de ellos puede modificarse o derogarse cualquiera de las leyes que integran ese ordenamiento constitucional. Es así que el proyecto de Reforma Política no perfecciona el ordenamiento constitucional vigente, sino que se halla en contradicción con los principios doctrinales básicos; luego procede su devolución al Gobierno.

    A esta proposición de partida se añade un argumento moral -valor del juramento prestado- y un argumento jurídico –el de contrafuero.

    PRIMER ARGUMENTO

    El proyecto de Reforma Política se halla en contradicción con la Ley de Principios, toda vez que en el artículo 1° de aquél se proclama que "la democracia en la organización política del Estado español se basa en la supremacía de la Ley, expresión de la voluntad soberana del pueblo', añadiendo -que la elección de diputados y senadores se hará "por sufragio universal, directo y secreto (artículo 2°, apartado 2, y Disposición transitoria primera).

    La ley, por tanto, y conforme al proyecto, no goza de fuerza coercitiva y vinculante porque se halle de acuerdo con el derecho natural y con la ley divina, sino porque es la expresión de la voluntad soberana del pueblo, decantada por mayoría de votos a través del sufragio universal.

    La concepción voluntarista de la ley, el sistema del sufragio universal como cauce de representación y la democracia inorgánica, no tienen nada en absoluto que ver con el ordenamiento constitucional que descansa en los Principios.

    Creo que fue José Antonio el que, hablando de la ley, dijo que la misma debería ser exponente de las "categorías permanentes de razón', y no tan sólo de las arbitrarias "decisiones de voluntad”; y creo que fue José Antonio el que afirmó que el liberalismo es "el más ruinoso sistema de derroche de energía”.

    Balmes, el gran filósofo catalán del siglo pasado, contrapuso la democracia social, que recogen los Principios, y la democracia liberal, que contempla la Reforma. Aquélla concibe a la sociedad civil tal y como es, respetando y vitalizando sus estructuras básicas, sus cauces naturales de representación. La última, atomizando y dislocando la realidad social, sometiéndola al juego artificioso de los partidos, es (recojo sus palabras en cuanto manifiestan el pensamiento de la tradición española) "errónea en sus principios, perversa en sus intenciones, violenta e injusta en sus actos”. Por eso "ha dejado siempre un reguero de sangre, y, lejos de proporcionar a los pueblos la verdadera libertad, sólo ha servido para quitarles la que tenían".

    Y Franco, al que si se califica de hombre irrepetible, debe ser para respetar su obra y no para deshacerla (porque en ese caso lo de irrepetible, lejos de ser un elogio, sería un desprecio, sería tanto como aceptar su herencia para despilfarrarla en seguida), afirmó con claridad meridiana, refiriéndose a la democracia del sufragio universal y de la ley fruto de la voluntad mayoritaria, que dicho Sistema había traído el "ocaso de España”, añadiendo con palabras que quiero recordar aquí y ahora, cuando hemos de adoptar una resolución trascendente: "Cada día se acusa con mayor claridad en el mundo la ineficacia y el contrasentido de la democracia inorgánica formalista, que engendra una permanente guerra fría dentro del propio país; que divide y enfrenta a los ciudadanos de una misma comunidad; que inevitablemente alimenta los gérmenes que, más tarde o más temprano, desencadenan la lucha de clases; que escinde la unidad nacional al disgregar en facciones beligerantes una parte de la Nación contra la otra ; que fatalmente provoca, con ritmo periódico, la colisión entre las organizaciones que se dicen cauces y mecanismos de representación pública; que, en lugar de constituir un sistema de frenos morales y auxiliares colaboradores del Gobierno, alimentan la posibilidad de socavar impunemente el principio de autoridad y el orden social" .

    ¿Acaso no preveía Franco con estas palabras las consecuencias ya visibles y alarmantes del abandono de los Principios durante el año transcurrido desde su muerte?

    ***

    El proyecto de Reforma se halla en conflicto con la filosofía política del Estado que surgió de la Cruzada. Si el proyecto prospera, por muchos y hábiles que sean los mecanismos correctores, lo que no podrá conseguirse, como no sea rechazándolo, es que el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, la unidad entre los hombres y las tierras, la subordinación al interés nacional de los intereses individuales y colectivos, la Monarquía tradicional, la representación orgánica, la justicia social, la función social del trabajo, la iniciativa privada, la concepción comunitaria -en intereses y propósitos- de la empresa, a que aluden los Principios que enumero en mi enmienda, sean respetados por las decisiones soberanas de una mayoría, cuya voluntad puede manipularse en el caldo de cultivo que es, para los grupos de presión, la democracia inorgánica.

    De la Patria, como fundación, y del Estado al servicio de la misma, pasaremos, si la Reforma se aprueba, a la comunidad política como fruto de un pacto social, y al Estado como espectador o como súbdito -aunque parezca paradoja- del partido más fuerte o de los partidos coaligados.

    ***

    Dice la Ponencia en su informe, al rechazar mi escrito, que doy "por supuesto que la Constitución española (conjunto de las Leyes Fundamentales) es de las llamadas "pétreas" que excluyen la posibilidad de toda modificación".

    Tal afirmación "petrificante" carece de fundamento y la reputo gratuita, aunque no me molesta, pues Cristo, al petrificar a Simón lo hizo piedra angular de la Iglesia; y nadie pondrá en duda la fuerza vitalizante y salvadora de semejante piedra. (Rumores.)

    Pero de petrificado, en el sentido en que usa el término la Ponencia, nada. El que os habla y la corriente de opinión que sin duda existe y que puedo interpretar ahora, no somos enemigos de la reforma de nuestro ordenamiento constitucional y jamás hemos dicho que tal ordenamiento sea inmodificable. Todo lo contrario. Por nuestra lealtad al juramento y a la obra de Franco, por nuestra inserción en la realidad española de nuestra época y por un entendimiento sin confusión de cuanto ese ordenamiento constitucional permite, no sólo admitimos, sino que deseamos y queremos las reformas; pero no precisamente esta Reforma, porque esta Reforma, tal y como la quiere el Gobierno y tal y como la defiende la Ponencia, no es de verdad una Reforma, es una Ruptura, aunque la ruptura quiera perfilarse sin violencia y desde la legalidad.

    Y es que, como teníamos, no hace mucho, ocasión de decir, la palabra "Reforma" es una palabra hueca, vacía, que puede llenarse con ideas muy diferentes y hasta contrarias. Y así: hay una Reforma para conformar y otra para deformar; hay una Reforma para rematar una Constitución y otra para cambiarla; hay una Reforma para depurar de incrustaciones y perfeccionar la obra realizada, y hay una Reforma que aspira a sustituir un Régimen por otro Régimen distinto; hay una Reforma para hacer coincidir la empresa con los planos ideales del comienzo y una Reforma para destruir lo edificado y, sobre el solar, si algo queda del mismo, construir un edificio diferente; hay una Reforma que pretende adaptar mejor las leyes fundamentales, el ordenamiento jurídico de rango inferior y hasta los hábitos sociales a los Principios que configuran el alma, nacional, y hay una Reforma que lleva consigo el desconocimiento fáctico y la denegación subsiguiente de tales Principios; hay una Reforma corolario de la dinámica interna de una comunidad política fiel a sí misma que aspira a la perfección, equivalente a lo que para la comunidad espiritual supone el “Ecclesia semper reformanda”, y una Reforma que implica un comportamiento negativo, una conversión al revés, una apostasía; hay, en suma, una Reforma, como la carmelitana de Teresa y Juan de la Cruz, o la franciscana de Pedro de Alcántara, que nacen del propósito de acabar con la relajación y de volver a la regla fundacional, y hay una Reforma, como la de Lutero o la de Calvino, que acabaron saliendo de la Iglesia para fundar otra Iglesia distinta.

    ***

    Nosotros admitimos la viabilidad y hasta la conveniencia de la Reforma en la línea de pensamiento que acabamos de exponer, pero, aun así, lo que no llegamos a entender es que este tipo deseable de reformas, y menos aún lo que se nos propone y que rechazamos, se quiera tramitar con urgencia y con trámite acelerado.

    Reformas que afectan tan profundamente al ordenamiento constitucional, que tienen tanta repercusión y alcance, no deben hacerse con la rapidez y premura que se exige. Al contrario, requieren tiempo, sosiego, reflexión, madurez de juicio, contrapeso en la serenidad que tanto se nos predica, de los pros y los contras. Con este método precipitado e incongruente se da la impresión: o bien de que el sistema recibido estaba profundamente tarado, lo que no es verdad, pues ha funcionado a la perfección en el momento difícil de ponerse en marcha el juego necesario, o bien de que presiones foráneas y fuerzas inconfesables obligan a que el cambio se produzca de esta forma, lo cual debe considerarse inadmisible.

    ***

    Entiende la Ponencia -y esto es lo grave, a mi juicio-, que el artículo 10 de la Ley de Sucesión al prever la posibilidad de reforma de nuestro sistema constitucional a través de un especial 'quórum' de votación en las Cortes y del referéndum de la nación, engloba en esa posibilidad modificativa a la Ley de Principios, y ello, según la Ponencia por las siguientes razones:

    Primera, porque la misma, a tenor de su artículo 3°, tiene el mismo rango fundamental que las otras leyes así calificadas (son, diríamos, leyes hermanas);

    Segunda, porque la permanencia e inalterabilidad que su artículo 1° predica, lo es en tanto en cuanto los Principios que en ella se recogen son, por su propia naturaleza, síntesis y resumen de los que informan las otras Leyes Fundamentales; por lo que, pudiendo modificarse éstas, podrían modificarse aquéllos, y

    Tercera, porque constituye un razonamiento “ad absurdum" tener que llevar el mismo traje jurídico "por los siglos de los siglos', a pesar de los cambios que se operen en la sociedad española.

    La argumentación esgrimida para el rechazo de la enmienda es inválida. Vayamos por partes.

    Primero: La Ley de Principios no es del mismo rango político que las Leyes Fundamentales, pues no se trata de leyes hermanas sujetas al mismo trato.

    La alusión que hace la Ponencia al artículo 10 de la Ley de Sucesión es incompleta. Efectivamente, dicho artículo, en su párrafo 2, dice que para derogar o modificar las Leyes Fundamentales será necesario, además del acuerdo de las Cortes, el referéndum nacional. Pero olvida la Ponencia que el párrafo 1 de dicho artículo enumera las Leyes Fundamentales que se pueden derogar o modificar por ese procedimiento extraordinario.

    Tal enumeración, exhaustiva, comprende: el Fuero de los Españoles, el Fuero del Trabajo, la Ley Constitutiva de las Cortes, la Ley de Sucesión y la del Referéndum Nacional y cualquier otra que en lo sucesivo se promulgue calificándola con tal rango.

    ¿Quién autoriza a la Ponencia a incluir la Ley de Principios en la enumeración del artículo 10 de la Ley de Sucesión? (1)

    El que las Leyes Fundamentales se puedan modificar y derogar y no los Principios, responde a la distinta naturaleza de aquéllas y de éstos. Los Principios y la ley que los recoge, son, algo así, como lo subyacente a la Constitución, o lo que los juristas alemanes llaman `Constitución de la Constitución'; es decir, la filosofía política de un sistema determinado, la expresión viva de las valencias que definen e identifican a una comunidad concreta, y en este caso a España; la base de lo permanente, que decía José Antonio, y que no puede ponerse en peligro.

    Por eso, Franco, previendo la argumentación de la Ponencia (risas) de que, desde el punto de vista legal, todas las Leyes Fundamentales tienen el mismo rango jurídico, aseguraba que la Ley de Principios "posee su propia singularidad", y con ella “un valor relevante". Y “esto es así" -añadía- no porque los principios contenidos en dicha Ley, se declaren por su propia naturaleza permanentes e inalterables", sino porque en ellos se perfila y descansa la estructura de nuestro sistema político" (28-XI-1967).

    Por eso, más allá de la Constitución francesa o de la Constitución soviética -por poner algunos ejemplos-, subyace una filosofía política inderogable (como no sea por medio de una sustitución del Estado) de signo liberal o marxista.

    Un ilustre soldado decía no hace mucho saludando oficialmente al Rey de España: "En la vida de las naciones hay unos principios consustanciales con su manera de ser, incrustados en su alma, que cuando se olvidan o simplemente se vulneran, la vida de la Nación se desarrolla en un estado de inquietud e intranquilidad y al final surgen el caos, la destrucción y la miseria" (Mateo Prada, 9-VI-1976).

    Quizá por eso: a) el artículo 9° de la propia Ley de Sucesión, distinguiendo el rango diferente de las normas en juego, establece que el Rey ha de "jurar las Leyes Fundamentales", así como lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional; b) el artículo 43 de la Ley Orgánica del Estado, con análogo carácter diferenciador, habla de que el juramento de fidelidad que han de prestar las autoridades y funcionarios públicos se refiere a "los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino" ; y c) el artículo 2.° de la propia ley de 17 de mayo de 1958 preceptúa, no un juramento genérico a todas las Leyes Fundamentales, sino a la de estos Principios.

    El juramento, pues, se presta a una Ley -la de Principios-, que no puede modificarse por su propia naturaleza porque es presupuesto de la Constitución, y a unas leyes que, por ser constitucionales, pueden modificarse y derogarse, según el procedimiento que la propia Constitución establece.

    Decir, como lo hace la Ponencia, que "la expresión por su propia naturaleza no puede referirse más que a su naturaleza constitucional", porque "las calificaciones legales sólo son relevantes en el mundo del Derecho", es una interpretación muy respetable, pero forzada y retorcida, que no puedo compartir. Que la inscripción de un derecho en un Registro público sea constitutiva o declarativa podría ser una calificación legal sólo relevante en el campo del Derecho, pero que la ley diga, por ejemplo, que el matrimonio es indisoluble, es una calificación que no sólo escapa al mundo del Derecho, sino que el Derecho positivo recoge de la naturaleza misma de la institución matrimonial.

    Segundo: Dice la Ponencia que la modificación o derogación de los Principios cabe, además, porque, según la propia Ley (artículo 1.°), son "la síntesis de los que inspiran las Leyes Fundamentales". Por tanto, si éstas pueden modificarse, de esta modificación no seguirá la de aquéllos.

    El argumento es muy pobre, porque entonces huelga que ese mismo artículo los declare "permanentes e inalterables". Ello supone una "contradictio in terminis", una falta absoluta de lógica, imperdonable en asuntos de tan vital importancia.

    Pero es que, además, las cosas no son así. Los Principios no son una síntesis extraída de las Leyes Fundamentales, obtenida por destilación meticulosa de éstas, de tal forma que si cambiamos los ingredientes de la infusión, el líquido resultante tendrá un color y un sabor distintos, no ; las cosas, como digo, no son así, sino que son todo lo contrario, pues tales Principios coinciden, como señala el breve preámbulo de la Ley, con "los ideales que dieron vida a la Cruzada"; Cruzada e ideales que son los únicos que históricamente legitiman el Estado actual, la Monarquía y la Constitución.

    Los Principios son "síntesis', es verdad, pero no como resultado, sino como savia, como fuente inspiradora y animadora de ese mismo Estado y de su ordenamiento jurídico. Los Principios, por serlo, son inmutables; es lo que permanece a pesar de los cambios. Más aún, partiendo de su fuerza genesíaca y creadora, los cambios han de producirse bebiendo de su manantial, acudiendo a las ideas que cobijan. De las Leyes Fundamentales no se obtienen los Principios, sino que tales Leyes son fruto y emanación de ellos.

    A partir de los Principios toda perfección es posible cara al futuro, como ahora se dice. Toda vulneración de ellos es un error incalculable y un regreso al pasado, porque, como dijo Franco, “no hemos configurado una doctrina para que esté sólo vigente en el momento en que vivimos, sino para que en el mañana siga proyectándose con ímpetu y vigor sobre las instituciones que hemos creado".

    Tercero: De aquí que el último argumento de la Ponencia, en línea con su propósito "petrificante" del que os hablé, sea no sólo poco elegante, sino también poco afortunado. Afirmar, rechazando la enmienda, que según nuestra tesis habría que seguir "per secula seculorum', con el mismo traje jurídico, "ya que nos oponemos a la Reforma", es un absurdo todavía mayor que su propio razonamiento "ab absurdum" ; porque una cosa es el traje, jurídico o no, y otra, como vulgarmente se dice, la percha; es decir, la persona, el ente político, la comunidad nacional que lo lleva; y la Reforma que se pretende, a mi juicio, no afecta al traje, que conviene cambiar según la estación, llevar al quitamanchas cuando se ensucia o reponer cuando quedó raído o fuera de moda, sino que afecta a los Principios, a lo permanente, al ser mismo de España, que se rescató a un precio excesivamente alto para que ahora, envueltos en la confusión y en la prisa, lo juguemos a cara o cruz en un procedimiento de urgencia.

    El pueblo, con una clara intuición, cuando habla del cambio de traje, de camisa o de chaqueta, cosa frecuente y llamativa ahora, no se refiere, claro es, a las mudanzas accidentales y perfectivas, sino a la "metanoia" interior, al cambio de ideología o táctica, al acomodo intrínseco a las situaciones en que ingresamos o que ya se vislumbran.

    ***

    Me quedan, señor Presidente y señores Procuradores, dos motivos breves para comentar de mi enmienda, a los que sólo de una forma implícita se me ha contestado.

    Uno, constituye, como decía de entrada, el argumento moral, y el otro, el argumento estrictamente jurídico.

    Argumento moral

    Se trata del valor y alcance que cada uno dé a su juramento. Si cuando juramos, de conformidad con lo prevenido en la ley, entendimos, como yo al menos lo entendí y lo entiendo, que juraba unos Principios inamovibles y un orden constitucional sólo modificable en función de aquéllos, la respuesta al proyecto de Reforma Política, debe ser un voto negativo; y negativo, claro es, será mi voto.

    Para los que con esta perspectiva nos enfrentamos con el tema, está claro que la modificación o derogación de los Principios permanentes e inalterables, sólo pueden realizarla aquellos que no los juraron, aquellos que, desde una posición distinta y adversaria, pero, a la postre, honesta y congruente, discrepan de ellos y tratan de suprimirlos. Pero los que hemos puesto a Dios como testigo de nuestra fidelidad, empeñando en ello nuestra palabra para conservarlos, no podemos quebrantar nuestro juramento sin gravar la conciencia y sin escándalo.

    Argumento jurídico

    "Serán nulas las leyes y disposiciones de cualquier rango que vulneren o menoscaben los Principios" (dice el art. 3° de la Ley en que se proclaman).

    Esta nulidad se declara y hace efectiva a través del recurso de contrafuero, vicio grave en el que incurre según el artículo 59 de la Ley Orgánica del Estado: "Todo acto legislativo o disposición general que vulnere los Principios del Movimiento Nacional o las demás Leyes Fundamentales del Reino".

    Ahora bien, ¿cómo determinar si una ley de rango constitucional, una de las Leyes Fundamentales -ésta, por ejemplo, que se nos ofrece- es contrafuero, si no se mantiene la permanencia e inalterabilidad de la Ley de Principios, a la luz de los cuales será preciso examinar si tal Ley se inspira en ellos o los desconoce, deteriora o conculca?

    El artículo 85 de la Ley Orgánica del Estado preceptúa que: "el Jefe del Estado, antes de someter a referéndum un proyecto o proposición de ley elaborados por las Cortes, interesará del Consejo Nacional que manifieste, en el plazo de quince días, si, a su juicio, existe en la misma motivo para promover el contrafuero". Pues bien, ¿qué esquema de normas habrá que traer a colación para formular ese juicio, como no sea la Ley que recoge los Principios, que son, por su propia naturaleza, permanentes e inalterables?

    Si esa ley, subyacente al orden constitucional, no se mantiene, el contrafuero de una ley que tenga ese rango sería inviable, y no puede suponerse, en materia como la que ahora nos ocupa, una disposición tan absolutamente ineficaz y vacua.

    ***

    La tesis final de la Ponencia de que lo importante es que "la reforma se haga desde la legalidad constitucional vigente", se vuelve, claro es, contra su propósito, ya que, como estimo haber demostrado, la Reforma Política que el Gobierno nos propone no se hace desde esa legalidad, sino en abierta contradicción con ella. No se nos invita a una ruptura desde la legalidad, bautizándola de Reforma, sino a una ruptura de la propia legalidad.

    Y en este caso, lo importante es el fin que se pretende -la sustitución del Estado nacional por el Estado liberal, y la liquidación de la obra de Franco-, aunque los medios para lograrlo sean distintos. Si un cambio en la identidad personal se acaba produciendo, a la postre es lo mismo que se consiga por medio de un tratamiento de hormonas o por medio de ablación y trasplante, a través de un internista o de un cirujano.

    Yo ruego al Presidente de las Cortes (Torcuato Fdez. Miranda) que no tome a mal lo que le voy a decir, que no se enfade, que no agite la campanilla y que no me aplique el aparato ortopédico. (Risas.) Pero la verdad es que el Presidente, a quien quiero y estimo hace muchos años, ha tomado postura en torno al tema que ahora nos reúne. Ha dicho, o así por lo menos lo recoge la prensa ("Ya" del 13 de noviembre de 1976), que "es evidente que el cambio que se va a producir es radical", y que este cambio le "parece extraordinariamente positivo". El Presidente ha hablado de "crear un supuesto político radicalmente distinto", y ha resuelto que la consideración de este cambio sustancial como ruptura "es, con todos los respetos, terquedad".

    ***

    Yo, señor Presidente, soy uno de los aquejados de terquedad. Por ello, con todos los respetos también para la Presidencia, para mí mismo y para esta Cámara, me atrevo a pedirle que, después de su toma anticipada de postura, añadida a la elaboración de un trámite de urgencia sin el concurso del Pleno, baje a su escaño para litigar sobre la legalidad o ilegalidad de la Reforma y hasta lo conveniencia o inconveniencia de los mecanismos correctores del proyecto, pasando la dirección de los debates a uno de los Vicepresidentes de las Cortes. (Aplausos.)

    Entre las últimas palabras, y termino, que Franco dirigió a su pueblo congregado en la Plaza de Oriente -que para mí no es sino la Plaza del Caudillo- el 1 de octubre de 1975, recordamos éstas: "El pueblo español no es un pueblo muerto". Pues bien, yo estoy seguro de que estas Cortes, que fueron elegidas viviendo Franco y que están nutridas por hombres del pueblo que veneran su pensamiento y su obra, responderán ante el proyecto de ley que se nos propone con lealtad al único imperativo exigible: el de su propia conciencia, debidamente ilustrada. Si el enmendante que se retira de la tribuna ha contribuido a ilustrarla y esclarecerla, se da, desde luego, por satisfecho.

    Muchas gracias. (Aplausos.)


    ***

    (1) Para aclarar toda duda que pudiera surgir se añade la siguiente aclaración, que no aparece en el texto de la defensa.

    La Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, de 26 de julio de 1947, fue modificada por la Ley Orgánica del Estado, de 10 de enero de 1967. Pues bien, si nos atenemos a la primera fecha, la Ley de Principios, de 17 de mayo de 1958, al ser posterior y declarar que tales Principios son “permanentes e inalterables”, los excluye, por derogatoria en este aspecto -a pesar de ser declarada fundamental- del procedimiento reformador del párrafo 2º del artículo 10 de la Ley Sucesoria.

    Si nos atenemos a la segunda fecha, es evidente que el mencionado artículo 10, de haber estimado el legislador que dicho procedimiento le era aplicable, habría enumerado y no excluido la Ley de Principios.

    Por añadidura, la propia Ley Orgánica del Estado (1967) -que modifica la Ley Sucesoria-, aprobada, además, por referéndum, establece en su artículo 3º, al enumerar los fines fundamentales del Estado. “Todo ello bajo la inspiración y la más estricta fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional, promulgados por la Ley Fundamental de 17 de mayo de 1958, que son por su propia naturaleza, permanentes e inalterables”.



    Última edición por ALACRAN; 24/10/2021 a las 01:30
    Pious dio el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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