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Tema: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

  1. #101
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Artículo posteado por Mexispano, corrección de enlace:

    LuxDomini-Expulsin de los judos de Espaa



    Imperium Hispaniae

    "En el imperio se ofrece y se comparte cultura, conocimiento y espiritualidad. En el imperialismo solo sometimiento y dominio económico-militar. Defendemos el IMPERIO, nos alejamos de todos los IMPERIALISMOS."







  2. #102
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Los musulmanes de la organización Nation of Islam también se dedicaron a investigar sobre la participación de los “hermanos mayores” en la trata esclavista, y aunque tampoco se pueden negar las andanzas de los mahometanos en esto; sacaron un libro que parece interesante.

    Aquí pongo la traducción que hice de un texto donde se da una visión general del contenido de la obra. Disculpen la traducción no es al pie de la letra; solo traté de hacer un poco más comprensible el artículo; aunque a decir verdad, hubo algunas cosas que no me convencieron al 100%; de todas formas se aceptan correcciones y críticas.




    Análisis Bibliográfico TEI

    Judíos Vendiendo Negros: Anuncios para Venta de Esclavos Hechos por Judíos Estadounidenses


    Portada Jews selling blacks.jpg


    Jews Selling Blacks: Slave Sale Advertising by American Jews
    Historical Research Department
    144 páginas, ISBN 978-0963687722
    Copyright 2010 por Latimer Associates
    Encuadernado




    Ya no hay más debate posible. Se ha demostrado de manera categórica que los judíos jugaron un papel clave en la industria transatlántica de la trata de esclavos y en el desarrollo de una sociedad de tipo Apartheid en los Estados Unidos de América.

    A diferencia de sus anteriores publicaciones, “The Secret Relationship Between Blacks and Jews” (La relación secreta entre judíos y negros) Volúmenes 1 y 2, obras cargadas de notas al pie de página; el Historical Research Department of the Nation of Islam (Departamento de Investigaciones Históricas de la Nación del Islam) ha lanzado una publicación de 144 páginas que contienen 283 anuncios hechos por judíos para promocionar la venta de esclavos. “Jews selling blacks” (Judíos vendiendo negros) presenta carteles, anuncios clasificados y volantes, que demuestran que los judíos compraron y vendieron plantaciones enteras y comercializaron esclavos clasificándolos de acuerdo a su edad, desde niños hasta ancianos. Además, los mercaderes judíos fijaban el financiamiento bancario y otras formas de pago que, en esencia, equivalían a las condiciones del sistema de apartado de su cargamento humano que posteriormente se volvía mano de obra esclava.

    Los apologistas judíos a menudo exponen el vergonzoso argumento de que de acuerdo al total de la población, solo una “modesta” cantidad de judíos poseían esclavos. ¿Comparado con qué? Las cifras de los censos no dicen toda la historia. Naturalmente, un solo individuo o familia -especialmente cuando posee una enorme riqueza - puede ser responsable de una enorme cantidad de maldad.

    Esto es evidente en sitios como la esclavista Carolina del Sur. Un lugar que sentó las bases para el mercantilismo y la trata de esclavos y que fue el primer estado en declarar su secesión, encabezando la formación de los Estados Confederados de América, hecho que culminó con la Guerra civil. El libro muestra a los lectores que antes de que Nueva York se volviera el centro de la población judía estadounidense; durante la era esclavista, Charleston, Carolina del Sur fue el centro de la comunidad y de sus explotaciones mercantiles.

    Por ejemplo, en diciembre de 1839, Maurice Barnett, un tratante ubicado en Baton Rouge, Lousiana, ponía en venta a un esclavo de 26 años llamado Osborn. Él era descrito como “un mulato, buen cochero y camarero, activo y hábil para cualquier cosa que se le ponga a hacer”. Su esposa Lucinda de 22 años también era ofrecida. Descrita como “muy inteligente, sabe cocinar, lavar y planchar.” Tal vez la parte más desconcertante del anuncio era que los niños, Commodore de 6 años; Josephine de 4; Henry “de 2 años de edad aproximadamente” y Osborn Jr. “de 1 aproximadamente” también estaban en venta (p. 9). Piénselo bien, en muchas ocasiones las familias negras pudieron ser desgarradas y sus miembros vendidos a diferentes dueños de plantaciones. A menudo, los hombres fueron separados de sus esposas, las madres de sus hijos y los niños de sus hermanos.

    Un anuncio en la Charleston City Gazette con fecha del 24 de junio de 1805 hecho por la empresa Cohen & Moses ofrecía “Veinte ESCLAVOS AFRICANOS de primera calidad. Condiciones, pago contra entrega.” (p. 11) De hecho, durante muchos años, numerosas páginas fueron dedicadas a esta clase de anuncios hechos por la Cohen & Moses. Jacob Cohen, otro subastador judío, notable tratante de esclavos que dirigía la empresa Cohen & Co. también se anunciaba de manera cuantiosa. Más tarde, la compañía Jacob Cohen & Son, tomando como base la enorme cantidad de anuncios, que incluso forman parte de un record histórico, continuaron este legado genocida de tráfico humano, amasando una gran fortuna en aquel entonces. ¿Será que la actual empresa Cohen & Co. con base en Filadelfia, que de acuerdo al artículo de Bloomberg del 30 de julio de 2010 “se estableció como el segundo administrador más grande de obligaciones de deuda garantizada”, esté relacionada de alguna forma con aquellas compañías de nombre parecido y dedicadas a la trata que prosperaron en el sur anterior a la Guerra de secesión?

    Otros dato interesante muestra que el intermediario en venta de esclavos y subastador Thomas W. Mordecai, de Charleston, fue un miembro fundador de la Reform Society of Israelites, el primer movimiento reformista judío de Estados Unidos. Después se convirtió en un prominente religioso y notable hombre de medios de comunicación.

    El lenguaje denigrante en muchos de estos anuncios, usado a menudo por pilares respetados de la comunidad judía, como Isaiah Isaacs, dueño de esclavos de Richmond Virginia, fundador de la Congregation Beth Shalome (p.112) manifiesta el evidente desprecio hacia la humanidad de sus esclavos negros, que eran vendidos junto con animales de granja, muebles, licor y frecuentemente como “elementos adicionales” cuando era transferida la propiedad de la tierra.

    Los judíos se han señalado a sí mismos como la excelentísima y prototípica clase comerciante de la sociedad estadounidense. En aquello relacionado especialmente con la esclavitud, ese dominio llevó a la Enciclopedia Judía a asentar que “las plantaciones de algodón en varias regiones del sur estaban completamente en manos de judíos y como consecuencia, la esclavitud encontró en ellos a sus defensores.”

    Estaban tan integrados profundamente en la realidad cultural del sur segregacionista que en 1813 el guardia judío Moses Levy le recordaba a los residentes la ordenanza que disponía que “Todos los negros u otros esclavos que se encuentren en alquiler” usen un distintivo “sobre sus personas y que sea visible” algo comparable a la estrella amarilla del periodo nazi que se volvió símbolo de la disolución de los judíos casi un siglo después.

    No fue sino hasta que se reveló la importante participación de los judíos en esto que sus sabios (y sus bribones lacayos negros y portavoces) buscaron resaltar las acciones de otros (por ejemplo, jefes tribales africanos, tratantes árabes, los llamados negros “libres”, etc.) en un intento por cambiar el centro de la discusión y de la investigación documentada.

    Es curioso ver como antes de la investigación hecha por la Nation of Islam aquellos que estudiaron la historia y lo grave que fue el impacto de la trata de esclavos transatlántica en la sociedad estadounidense, se quedaron perfectamente contentos permitiendo que la culpa cayera justo en los hombros de los protestantes blancos anglosajones del sur.

    Aquellos que continúan siendo engañados por la mitología de intereses creados y la historia revisionista, pueden ser intelectualmente indiferentes o intencionalmente perezosos y no han utilizado debidamente esta información meticulosamente documentada por el Historical Research Department.

    Como se ha dicho anteriormente, ya no hay más debate posible. La evidencia es abrumadora. Las mentiras han sido desmontadas.

    Este libro es un importante aporte a cualquier colección, y en los próximos años será considerada una de tantas publicaciones responsables de establecer un nuevo paradigma en el estudio de la historia estadounidense y que llevará hacía una correcta contextualización y entendimiento de la trata de esclavos transatlántica.



    Fuente (en inglés):

    TEI Book Analysis - Jews Selling Blacks: Slave Sale Advertising by American Jews

  3. #103
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Aquí un video que promociona el libro y en cuya introducción se habla de Louis Farrakhan quien es justamente el líder de este grupo Nation of Islam.







    En estos enlaces pueden leer algunas frases del individuo que ya figuran en el sitio de la Liga Antidifamación.

    http://archive.adl.org/special_reports/farrakhan_own_words2/on_jews.html#.U44zFWeI5Ms

    http://archive.adl.org/special_repor...l#.U45h-WeI5Ms

    Farrakhan on the Holocaust


  4. #104
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Otros dato interesante muestra que el intermediario en venta de esclavos y subastador Thomas W. Mordecai, de Charleston, fue un miembro fundador de la Reform Society of Israelites, el primer movimiento reformista judío de Estados Unidos. Después se convirtió en un prominente religioso y notable hombre de medios de comunicación.

    Mmmm…



    ¿Habrá sido algún pariente de este sujeto?







    El camarada Kissel tampoco era muy amigo de los morenazos.

    "El Marx del que nadie habla", por Fernando Díaz Villanueva


  5. #105
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?


    EL COMPLEJO HISTÓRICO DE LA EXPULSIÓN DE LOS JUDIOS


    Sefarad.jpg

    Que por qué los Reyes Católicos expulsaron a los judíos, yo me he hecho mil veces esa pregunta y la única forma de responderla sería haber andado por las calles de la España de 1492 y ver cuál era el pulso, qué es lo que se respiraba, porque la historia la tenemos que contextualizar. Ahora mismo un judío es tan español como cualquiera, no se discute si es más español o menos español; en nuestro edificio, vecinos nuestros pueden ser unos judíos, pueden trabajar con nosotros y desarrollar un trabajo profesional perfectamente reconocido. Sin embargo en esa época no es así.

    En esa época los judíos se auto-aíslan, es decir, viven aislados, tiene una serie de normas muy rígidas directamente heredadas del Antiguo Testamento como que no se pueden relacionar con un cristiano, no pueden entrar en casa de un cristiano porque si no se infectan… es decir una serie de preceptos que las caracterizaba muy en la línea del Antiguo Testamento. Y además la parte monetaria influía; tengamos en cuenta que son judíos los que pactan con Witiza, rey de la Hispania visigoda, la entrada de los musulmanes en el 711, la entrada musulmana en gran medida se ve influida por la financiación y los contactos de los judíos. Eso deja una huella traumática en la sociedad española que va perdurando a lo largo de esos 800 años de Reconquista, pero en esos años los judíos financian guerras de unos y de otros, es decir, los judíos cuando les interesa financian a los musulmanes, cuando les interesa financian a los cristianos, entonces eso unido a esa forma de entender la vida del judío que se auto-aislaba desgraciadamente lleva a una situación de incomprensión por parte de unos y de otros.

    Pero llegados a este punto hay que aclarar sobre la expulsión de los judíos en España, que como digo, hay que ser muy delicado e intentar ver cuál era el pulso de la sociedad en aquel entonces, que es la última nación de Europa que expulsa a los judíos. Estamos acostumbrados a creer que en el mundo los únicos que han maltratado a los judíos han sido los nazis y los españoles cuando los expulsaron los Reyes Católicos, sin embargo los judíos que expulsan los Reyes Católicos son los judíos que ya antes habían sido expulsados de Francia, de Inglaterra, de Alemania, de Austria… es decir, toda Europa había expulsado a los judíos antes que España, con una salvedad; cuando los Reyes Católicos finalmente deciden expulsarlos, se les expulsa con todo tipo de garantías y con sus propiedades. Las propiedades judías siguen siendo de ellos y el estado en ningún momento se queda con nada de ellos, cosa que no pasa en el resto de Europa.

    En el resto de Europa muchas veces son auténticas escabechinas; asesinatos de judíos después de haberles expropiado. En Inglaterra por ejemplo les expropian todo, y una vez expropiados les embargan prometiéndoles que les llevan a Palestina, y en el canal de la Mancha les tiran por la borda para que se ahoguen, concretamente a 16.000 judíos diciéndoles; ¡Qué venga Moisés a rescataros!

    Sin embargo es España un poco quien se ha llevado la palma histórica de la intransigencia y de la expulsión.

    Éste es el gran complejo histórico que ha hecho que el gobierno español dé automáticamente nacionalidad a los que acrediten descender de algún judío que vivió en España, o en Sefarad como ellos la denominaron.

    Los judíos sefardíes tendrán la nacionalidad española con sólo acreditar su condición

    Fuente:

    http://m2.facebook.com/photo.php?fbi...08841&refid=17

  6. #106
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?


    sábado, 14 de mayo de 2011

    Federico Rivanera Carlés





    “[…] el análisis objetivo de los hechos históricos permite aseverar que fue el movimiento protestante, de manera especial la tendencia calvinista en sus distintas variantes, una de las herramientas fundamentales que posibilitaron al judaísmo imponer el sistema capitalista.

    Los judíos, que apoyaron y fomentaron la judaica herejía calvinista, obtuvieron el doble resultado de siempre: subversión y ganancias. Calvino les permitió esquilmar legalmente al pueblo aboliendo la prohibición católica de la usura. Esta no es una interpretación arbitraria: la legalización del préstamo a interés, ¿a quiénes iba a beneficiar sino a los judíos, los banqueros por antonomasia?”


    Fuente: "LA JUDAIZACIÓN DEL CRISTIANISMO Y LA RUINA DE LA CIVILIZACIÓN", Tomo I, pág. 235-6, edición: Diciembre de 2004, editorial: Instituto de Historia S. S. Paulo IV.



    Federico Rivanera Carlés




    Fuente:

    Los Genios Opinan: Federico Rivanera Carlés

    Última edición por Mexispano; 10/06/2014 a las 07:30

  7. #107
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Citas sociopolíticas:
    Judíos contra España


    Domingo, 30 septiembre 2007 por qbit


    De la crítica que Jorge Álvarez realiza al libro de César Vidal España frente al Islam. De Mahoma a Ben Laden. (La esfera de los libros, 2004), (que se puede leer en la biblioteca Nueva Derecha), he extraído varias citas que el autor de dicha crítica realiza de reconocidos historiadores.

    En esa crítica, muy recomendable de leer, expone la intención manipuladora de César Vidal de simplificar el mundo en buenos y malos. Los buenos, Estados Unidos e Israel, y los malos, el islam, y lo hace para atraer el sentimiento patriótico español hacia el bando judeoyanqui, tergiversando la historia.
    * * * * * * *
    No menciona la presencia de los judíos en los campos de batalla para comprar a los moros a los cristianos derrotados y traficar con ellos como esclavos. Cuando denuncia las connivencias de los moriscos españoles con los piratas turcos, pasa por alto que los judíos exiliados y los marranos que permanecían en la península conspiraban contra España, no sólo con el sultán otomano, sino también con la monarquía inglesa, o la holandesa” (Jorge Álvarez).

    Algo que en cambio, afronta con un valor desbordante Claudio Sánchez Albornoz cuando califica a los judíos de nuestra Edad Media como:

    Aquella terrible plaga pública que secaba día a día la riqueza nacional”.


    “Queda dicho y probado que los judíos no creaban riqueza, la secaban”.

    “No crearon ninguna industria, no financiaron la formación de una marina nacional, ni siquiera se arriesgaron de ordinario en el comercio marítimo, siempre expuesto a imprevisibles pérdidas. Hacían sus fortunas como usureros, como revendedores o como publicanos”.
    “Creo por todo ello –y no he de callar mi opinión aún a riesgo de escandalizar a muchos y de incurrir en la excomunión mayor de otros- que la expulsión de los judíos hispanos fue tardía. Realizada un siglo y medio antes de 1492, habría cambiado la psiquis de los españoles y la faz económica de España”. “Allí donde emigraron los judíos y los “marranos”, unos y otros fueron naturalmente, terribles enemigos del pueblo que los había odiado. El día que se examinen al por menor los daños que en todas las actividades a su alcance –desde el espionaje a la financiación de empresas militares- hicieron a España en momentos dramáticos y decisivos de su historia moderna, y se registre su persistencia en la violenta hostilidad hacia lo hispánico a través de los siglos –algo sabemos ya sobre tales daños y sobre tal hostilidad, pero es tema que merece un libro-, se comprenderá con qué razón he hablado de cuentas saldadas”.
    Claudio Sánchez Albornoz fue exiliado republicano, y asumió durante once años la presidencia de la República en el exilio.

    En El tercer templo, Ricardo de la Cierva escribe:

    “Durante siglos, desde la derrota de los invasores musulmanes, nuestros más tenaces enemigos han sido siempre otras naciones cristianas, las más de las veces protestantes. Franceses, holandeses, pero sobre todo ingleses, se emplearon en cuerpo y alma en destruir el poderío español en todos los rincones del mundo, y fueron los norteamericanos los encargados precisamente de darle la puntilla. Y los descendientes de los judíos expulsados participaron en esta tenaz labor de acoso al Imperio español. Los medios económicos que las finanzas judías nunca pusieron al servicio de la Corona Católica en España, fluyeron a raudales hacia las naciones que saqueaban nuestros puertos y nuestros barcos colapsando nuestra economía”.


    Cito de nuevo a Ricardo de la Cierva:

    Con sus tres cabezas de puente en Ámsterdam, Londres y Nueva York, los judíos de Ámsterdam, en buena parte descendientes de los expulsados de España por los Reyes Católicos, meditaron y planificaron durante décadas su venganza contra España. Éste es un importantísimo acto del drama estratégico mundial en la Edad Moderna que no ha sido estudiado aún pese a su enorme interés…”.


    Otro ilustre historiador liberal, Salvador de Madariaga, analiza con rigor este fenómeno que Vidal ignora. En su celebradísimo ensayo El auge y el ocaso del imperio español en América, afirma:


    Los judíos tomaron parte importante en la desintegración del Imperio Español”. “Este secreto y disimulo de hombres que se sabían siempre vigilados, esta movilidad, esta capacidad para arraigar en todas las tierras y, sin embargo, guardar contacto a través de todas las fronteras, y su superioridad sobre todos sus correligionarios amén de muchos cristianos también, hizo de los judíos españoles los enemigos más peligrosos, pertinaces e inteligentes del Imperio Español”. “Su actividad se polarizó contra España en los dos campos más importantes de la vida española: el religioso y el imperial. Fueron los judíos asiduos diseminadores de la Reforma; no tanto por sincero interés en la Reforma en sí como porque implicaba cisma y división en la fe rival”. “Desterrados o perseguidos, los judíos se disfrazaron de cristianos pero siguieron fieles a la fe de su pueblo con admirable constancia. La Reforma fue para ellos maná del cielo. La fomentaron porque al hacerlo quebrantaban la fortaleza cristiana entre cuyos muros habían padecido tanto”. “Los conversos portugueses de Amberes dieron poderoso estímulo al luteranismo desde sus primeros días”. “En 1521 tenían ya un fondo para imprimir las obras de Lutero en castellano”. “otra familia sefardita trabajaba en Flandes contra España con no menos persistencia; la de los Pérez, judíos portugueses de Amberes, luteranos primero, más tarde calvinistas, lo que les valió no poca popularidad en las provincias de los Países Bajos”. “Marco Pérez era el centro de un círculo de información y de influencia política, y puede considerársele como uno de los causantes de la guerra de los ochenta años entre los Países Bajos y España. A su impulso se debió la impresión de 30.000 ejemplares de la Institución de la Religión Cristiana de Calvino en castellano, y su introducción de contrabando en España dentro de barriles que venían también forrados con otros impresos de propaganda protestante. También fomentó la impresión de biblias, catecismos y otros libros calvinistas en castellano para la exportación, y mandó a España predicadores calvinistas. Estaba en correspondencia con William Cecil, el poderoso ministro de la Reina Isabel, y en contacto estrecho con Thomas Gresham, el agente de Cecil en Amberes.” “Pero ellos, aún colaborando con los monarcas españoles siempre que necesitaban su protección, seguían trabajando como enemigos políticos de España tanto en Europa como en las Indias”. “Los judíos de España ayudaban a Drake en sus incursiones sobre las costas españolas. En el siglo siguiente, el judío Simón de Cáceres colaboró a la conquista de Jamaica por los ingleses…”


    De este personaje escribe el periodista judeomallorquín Pere Bonnín, en su libro Sangre judía:

    Simón de Cáceres, un judío español, ayudó a los ingleses en la conquista de Jamaica (…) Fue auxiliado en el asunto de Jamaica por Campoe Sabbatha y un hombre llamado Acosta. Este último era criptojudío, y se cree que Sabbatha también lo era. Cáceres sugirió formar una fuerza judía que pelearía bajo la bandera inglesa para conquistar Chile
    .

    Todo esto lo corrobora una interesante y poco conocida obra de la época, Execración contra los judíos, en la que Francisco de Quevedo escribe al rey Felipe IV:

    Lo segundo, afirmo que sus socorros y letras antes son espías, contra las órdenes de V.M., a sus enemigos, que socorros. Siendo verdad infalible que todos los judíos de España consisten para los asientos en dos cosas, que son caudal pronto y crédito puntual: con el caudal trajinan y negocian, con el crédito socorren. El caudal, como siempre le tienen sus pecados temeroso del Santo Oficio y amenazado de confiscaciones, consiste en moneda y mercancías portátiles y siempre dispuestas a la fuga. El crédito le tienen en Raguza, en Salónique, en Ruán, en Ámsterdam; de manera que dependen para toda la puntualidad y aceptación de sus letras de los que son enemigos de V.M. Pues si son para Flandes, contra los herejes rebeldes, depende dellos propios la paga; si contra los turcos, depende de los propios turcos; si contra los franceses, depende de los franceses; si contra los herejes de Alemania, depende de los mismos herejes la judería de Praga; y si se encendiese guerra en Italia, dependerá de las sinagogas de Roma y Ligorna y Venecia. V.M. sabe si será necesario prevenir esto, pues si se presumiesen rumores entre las armas de V.M. y algunos potentados, podrían estos asentistas judíos ser desde Vuestra corte la mejor parte de sus ejércitos”.


    Más testimonios que demuestran quién fue durante siglos el más tenaz enemigo de España se pueden hallar en la documentadísima y voluminosa obra Los judíos en la España Moderna y Contemporánea, del reputado antropólogo Julio Caro Baroja:

    “Y puede decirse que de las (familias judías españolas y portuguesas) que se afincaron en Holanda, Inglaterra y otras partes, de mediados del siglo XVII a mediados del XVIII, surgió, en gran parte, el cuerpo de doctrina que en punto a la Inquisición, la monarquía española, etc, se admitió como bueno en la Europa protestante hasta nuestros días: el “marrano” tomó fuerte y justificada venganza de su país de origen en cuantas ocasiones pudo”. “Si los judíos fueron aliados de los árabes contra los visigodos, sus descendientes lo fueron contra la monarquía española, ora de los turcos, ora de los holandeses, ora de los ingleses y aun en tiempo de Richelieu, de manera más privada, de los franceses. Los hechos son conocidos y no hay que recurrir a los textos hostiles, ni a las justificaciones de los apologistas de Israel para conocerlos en toda su extensión. Ya se ha indicado antes que en ciertas combinaciones diplomáticas de los turcos contra España intervinieron judíos escapados de la Península a mediados del siglo XVI. Posteriormente, los conversos del Brasil, en relación con los judíos asentados en Ámsterdam secundaron los planes de los holandeses en sus ataques a los puertos de aquel país defendidos por portugueses y españoles. Se saben incluso los nombres de los que actuaron como espías y expertos cuando el ataque de Bahía (1623), la toma de Pernambuco, etc.”


    Más datos de este conflicto del que la gran mayoría de los españoles no ha oído ni hablar, los aporta el catedrático de Historia norteamericano Philip W. Powell, profesor emérito de la Universidad de California, Santa Bárbara, en su interesantísimo estudio Árbol de odio: La Leyenda Negra y sus consecuencias en las relaciones entre Estados Unidos y el mundo hispánico:

    Al salir de España, muchos judíos se fueron a Italia, los dominios musulmanes, los Países Bajos, Alemania y Francia, lugares donde iba aumentando la receptividad a la propaganda y acción antiespañola. En sus nuevos lares, los judíos hicieron afanosamente cuanto estuvo a su alcance para dañar el comercio español, y dieron ayuda a los proyectos musulmanes de desquite por la derrota de Granada. Y la erudición judía y dialéctica reconocida en materias teológicas, fueron puestas a veces al servicio de la Revolución Protestante, que proporcionó a España tanta angustia”. “Una extensión de este espionaje fue la estrecha relación entre los sefarditas holandeses y el establecimiento de su gente en Inglaterra, hacia mediados de siglo (XVII) y en vísperas de la ofensiva cromwelliana contra las Indias Occidentales españolas. Cromwell supo aprovechar, como en la época isabelina lo hiciera Cecil, los servicios de espías judíos que conocían las lenguas y tenían contactos secretos tan valiosos para hacer efectivos los ataques”. “Antes de finales del siglo XVII, la acción hebrea contra España se había proyectado a lo largo de tres líneas principales:

    1. Extensa y muy influyente actividad por medio de publicaciones con fuertes características antiespañolas.


    2. Acción en el comercio y en el espionaje para ayudar a los enemigos de España en la guerra y en la diplomacia.



    3. Intensiva promoción de la mezcla de anti-Roma con anti-España, para hacer sinónimos ambos canales de concepto y acción. Esta última faceta no fue un monopolio judío en modo alguno, pero el sefardita tenía especiales fundamentos para ello, y la fusión del odio papista y el odio español, en la atmósfera anglo-holandesa, fue altamente atractiva para los judíos”.

    Que este odio antiespañol ha perdurado en el corazón de los judíos más allá de lo que podríamos imaginar resulta difícil de creer pero cierto. Todos los historiadores judíos que han escrito sobre el pueblo de Israel, han seguido cargando las tintas sistemáticamente contra España a la menor ocasión. Como ejemplo, una pincelada recogida de la obra de Werner Keller Historia del Pueblo Judío, tal vez el manual de historia judía más internacionalmente conocido.

    Cuando en 1898 estalló la guerra de América contra España a causa de la isla de Cuba, muchos judíos se presentaron voluntarios. Constituyeron la mayoría de los soldados pertenecientes al regimiento de voluntarios reclutados en Nueva York, y en Filadelfia formaron una legión judía. Cuatro siglos después de que, en 1492, año de la expulsión de los judíos de España, Luis de Torres fuera el primero en pisar el suelo de las Indias Occidentales, el destino quiso que los judíos lucharan al lado de la potencia que expulsó para siempre a España del Nuevo Mundo: perdió la isla de Cuba y el resto de sus posesiones en las Indias Occidentales.”




    Bibliografía.









    Fuente:
    Citas sociopolíticas: Judíos contra España | qbitácora
    Última edición por Mexispano; 22/06/2014 a las 01:09

  8. #108
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Justamente en esta semana estuve viendo este reportaje:

    Repor - Volver a Sefarad, Repor - RTVE.es A la Carta


    Pues sí, como dice la señora en el minuto 6:25:

    "Estamos aquí"





    Pongo este otro artículo, que a mi parecer, explica de manera formidable el por qué existe ese odio histórico en contra de España.


    Judíos y españoles

    Philip W. Powell


    En el curso del siglo anterior al choque anglo-español, se había producido un significativo grado de odio como resultado del conflicto entre cristianos y judíos en la misma España. La inquina de estos contra los españoles se mezcló con la de los musulmanes e italianos, y la combinación protestante de alemanes y holandeses. Y sus palabras y acciones contra España llegaron a ser una faceta de la posterior Leyenda Negra holandesa-inglesa-americana. Las inmediatas y mejor conocidas causas de esta antipatía fueron, por supuesto, la Inquisición española (1480) y el edicto de expulsión (1492). Sin embargo, la historia es mucho más compleja, aunque la mayoría de los escritores judíos y una sostenida creencia popular, han hecho perdurar una imagen antiespañola relativamente simple.

    Admitamos que el asunto es delicado. El término «antisemitismo», engañoso de por sí, se emplea y agita en nuestros días tan arbitraria o tendenciosamente, que casi no tiene otro significado que el de ser una piedra adecuada para lanzar con rabia —pero que, como buena piedra, puede hacer bastante daño. Añadamos que el antagonismo judío contra España se ha agudizado recientemente por ciertos aspectos de la Guerra Civil española y de sus ecos a través de la Segunda Guerra Mundial. La llamada «culpabilidad-por-asociación » de España con Alemania e Italia antes y durante la Segunda Guerra Mundial, y el uso de este argumento por Israel para justificar su voto contra la entrada española en las Naciones Unidas, en 1950, forma una parte reveladora de esta historia [14].

    Todo esto es perfectamente comprensible a la luz de las atrocidades cometidas contra el pueblo judío, pero sus propias apasionadas opiniones estorban el que la justicia y la imparcialidad presidan sus relatos sobre España. La emoción judaica cuando se la despierta con memorias históricas de la Inquisición española y la expulsión, exagera y deforma y hecha con cajas destempladas cualquier simpatía hacia la causa hispano-cristiana. En este aspecto, los escritores judíos están apoyados por una opinión popular, en gran parte creada por ellos mismos, sobre la que, durante siglos, han ejercido su influencia escribiendo sobre estos temas. Tales autores, en especial en época reciente, han tenido mucha ventaja en el mundo occidental en la difusión de sus puntos de vista sobre la historia judeo-española.

    Delicado o no, este tema debe ser estudiado y comentado, porque constituye una parte fundamental en el crecimiento y diseminación de la Leyenda Negra.

    Mucho antes de que España intentase expulsar a sus judíos, y aún antes de que hubiera apreciables demostraciones antijudías, otros países, particularmente Inglaterra (1290) y Francia (1306), habían ya seguido tal camino. Esta persecución había empezado a ser fenómeno común y popular en Europa, y a ello debe agregarse y tenerse en cuenta el hecho de que el poder judío, su influencia y su número, eran en España, durante la Edad Media, muy superiores a los de cualquiera otra parte del continente. Ante tal situación, la España cristiana tiene derecho a cierto grado de reconocimiento por su singular moderación ante lo que otros europeos veían, sin duda, como una fuerte provocación. Durante los siglos medievales, los judíos residentes en la Península alcanzaron un nivel cultural, una prosperidad material y una influencia política, económica y religiosa, muy superiores, y que jamás podrían compararse a sus posibilidades de haberlos logrado en cualquier otra región de Europa. En suma, los judíos originaron una verdadera Edad de Oro durante el Medioevo en España. El decreto de expulsión, publicado doce años después de que la Inquisición comenzara la búsqueda y castigo de los cripto- judíos, significó el término oficial de la época de mayor poder y bienestar conocido por ellos desde la Diáspora.

    Califico solamente de «oficial» esta expulsión, pues debe recalcarse que muchos judíos continuaron viviendo en España y sus dominios, bien como auténticos cristianos o como cripto-judíos. Estos llamados «conversos», alcanzaron posiciones de importancia hasta cerca del mismo trono; se ocuparon de asuntos comerciales y financieros; y fueron hasta miembros de la Inquisición, tratantes de esclavos, sacerdotes, etc. [15]. Es un grave error ignorar esta continuidad hebrea en España, pues esta significativa característica de la historia española es, a menudo, ignorada en aras de concentrar la atención sobre las más sensacionales historias de torturas inquisitoriales o expulsiones en masa. Los judíos y otros escritores de tendencias antiespañolas, han preferido poner de relieve estos crímenes españoles como medio de demostrar su singular crueldad y fanatismo. El común denominador de estos criterios, estriba en aplicar ética moderna para medir y enjuiciar la moralidad de hechos acaecidos en los siglos XV y XVI, sin aplicar ese sentido de la justicia que es tan importante para la interpretación histórica. O, en algunos casos, puede venir, sencillamente, de la bien conocida propensión judía a la renovación cultural en las cenizas del martirio.

    Aun el más superficial conocimiento de la influencia hebraica durante el siglo XV —y del modo como los cristianos europeos de aquel tiempo veían estas cosas— nos lleva a la conclusión inevitable de que el lado español en esta historia es respetable en alto grado.

    Escritores judíos, tales como Cecil Roth y el influyente y abiertamente hispanofóbico Heinrich Graetz, exaltan con orgullo el singular poderío y prosperidad de su raza en la España de entonces. Otros muchos escritores, desde entonces hasta ahora, han dado testimonio de este hecho histórico [16]. [Equivalente aproximado en tiempos posteriores podría ser el poderío material y fuerza cultural de los judíos en Holanda durante el siglo XVII, cuando Ámsterdam vino a ser conocido como la «Jerusalén holandesa», en Inglaterra, durante el XIX y el XX, y en los Estados Unidos y Alemania, en el siglo actual.]

    Las palabras de Cecil Roth, en su Historia de los Marranos, ilustran este punto y acertadamente indican la necesidad, desde el punto de visto hispano-cristiano, que justifica la firmeza con que se intentó resolver el problema judío:

    «[Los Conversos] formaban en el organismo de la nación un extenso cuerpo extraño, imposible de asimilar y muy difícil de abandonar … Fue, sin embargo, notorio que [los Conversos] eran cristianos sólo de nombre, observando en público un mínimo de la nueva fe y en privado un máximo de la antigua … De la misma manera, hubo una gran masa de Conversos dentro de la grey de la Iglesia Cristiana, trabajando insidiosamente por su propia causa dentro de las diversas ramas del cuerpo político y eclesiástico, condenando en forma abierta muchas veces la doctrina de la Iglesia y contaminando con sus influencias la masa total de los creyentes. El bautismo apenas hizo poco más que convertir a una considerable porción de judíos, de infieles fuera de la Iglesia, a herejes dentro de la misma. Era lógico y aun justificado, que desde todos los púlpitos se oyeran apasionados sermones llamando la atención sobre la mala conducta de los nuevos cristianos [es decir, cripto-judíos] y apremiando a la toma de medidas para desenmascararlos» [17].

    Y Louis Israel Newman, en su obra Jewish Influence…, muestra la labor hebrea en este aspecto, que ciertamente inquietaría a la piadosa Isabel: «… los apóstatas y Marranos, solapadamente 'judaizaron' las doctrinas de la Iglesia desde dentro» [18].

    La fuerza del judaísmo en la España del siglo XV fue una importante base para las críticas antiespañolas en otras partes de Europa, como ya se ha visto al comentar las actitudes italiana y alemana. Los ingleses, holandeses, franceses y el propio Vaticano se dieron cuenta de este fenómeno y lo utilizaron como apoyo racial y religioso de su desconfianza hacia España[19]. Un paralelo semejante en nuestros días se presenta con las bien conocidas críticas extranjeras acerca de la influencia cultural, política y comercial de los judíos en los Estados Unidos, críticas éstas que debieran ayudarnos a comprender mejor la similar situación española del siglo XV.

    Los monarcas medievales, luego Fernando e Isabel y aún algunos reyes posteriores, dieron muy claras pruebas de su favoritismo hacia los judíos y conversos, incluso cuando el cristianismo de los últimos era sospechoso[20]. Sin embargo, la mayoría de los españoles consideraban la situación con alarma, pues fueron testigos, día tras día, de su influencia: su empleo como recaudadores de impuestos; su abierta ostentación de riquezas; blasfemias y mofas de las prácticas cristianas; el ofensivo epíteto de «marrano» lanzado por extranjeros a los españoles; el indeleble recuerdo histórico de que fueron los judíos los que contribuyeron de manera significativa al éxito de la invasión islamita y de que frecuentemente se ligaban a este enemigo tradicional de España y de la Cristiandad; la acerba literatura y oratoria antijudaica de algunos de los nuevos cristianos; y su aumento de población, apreciable a simple vista. En ocasiones, esta alarma llegó a convertirse en ataques del pueblo contra ellos. Si hubo algo singularmente español en todo esto, no fue intolerancia ni fanatismo, sino más bien una notable paciencia en comparación con la forma en que fue tratado el problema judío en otras partes de Europa.

    La Inquisición que Isabel estableció en Castilla en 1480, a pesar de todas las críticas —incluyendo censuras papales— contra dicha institución, pareció ser una necesaria y acertada solución, aunque la soberana la hubiese de establecer con repugnancia. Cualquier otro monarca en la Europa de aquel tiempo, enfrentado con similares condiciones, hubiera utilizado medidas mucho más duras [21]. La Inquisición castellana, tuvo entre sus objetivos eliminar la posibilidad o probabilidad de un «estado judío dentro del Estado» y, en este aspecto, la Inquisición fue un brazo de la monarquía y una defensa contra la traición. Con similares fines, la Inglaterra de los siglos XVI y XVII capturó, torturó y asesinó jesuitas y otros católicos; y monarcas del siglo XVIII, incluyendo los de España y Portugal, expulsaron a los jesuitas con la aprobación de muchos de los que formaban los prestigiosos círculos intelectuales. Los intentos de conspiración judaica contra el establecimiento de la Inquisición, tanto en Castilla como en Aragón, son el más elocuente testimonio de la necesidad de tal paso. La cristiandad europea aprobó de corazón la decisión de Fernando e Isabel y puso de relieve el hecho de que por fin se estaba haciendo algo positivo para extirpar la perniciosa influencia del judaísmo[22].

    La Inquisición se creó para acabar con la subversión de la moral cristiana y de las costumbres religiosas por judíos ocultos que estaban presentes virtualmente en todos los niveles de la vida nacional. El Santo Oficio no fue creado para procesar o castigar a aquellos judíos que, en forma abierta, fueran fieles a su religión, o a los que aceptaran el cristianismo con sinceridad. Las secretas prácticas hebreas, bajo una falsa fachada de cristianismo, acompañadas de subversión, se consideró traición de una minoría contra la mayoría y oposición a las leyes vigentes. Este concepto de la acción de una minoría subversiva, sigue siendo respetable y legal en nuestro propio siglo y país [23]. No había nada extraño en la expulsión de los judíos o en el castigo de los cripto-judíos; la única diferencia estribaba en que el problema de España era mayor que el del resto del continente. De paso, anotemos que, el proceder de España en la resolución del problema fue jurídicamente más ajustado a derecho que el que seguramente se hubiera empleado en cualquier otra parte de Europa.

    Una de las tragedias de los judíos es que, con frecuencia, sus mayores injurias han procedido de su propia gente, y esto es lo que sucedió en la España del Santo Oficio. Hombres de sangre hebrea eran no sólo miembros de la Inquisición misma, sino también activos al fomentar por todas partes el odio antijudío, y ocupaban puestos de poder en el reino, tanto cuando la Inquisición fue creada, como durante las épocas de su mayor actividad e influencia. Se ha dicho, con considerable lógica, que cualquier «singular» intolerancia de los españoles (una fama a menudo basada en la historia de su trato a los judíos) fue primordialmente un acaecimiento del siglo XV que, al menos en parte, se debió a la intransigencia de los judíos mismos.

    En este aspecto, nótense las palabras perspicaces de Salvador de Madariaga, uno de los más cultivados intelectuales de España, que difícilmente podría ser tildado de «antisemitismo».

    «Para muchos judíos y no judíos, la afirmación de que la intolerancia española pudo muy bien ser en parte de origen judaico parecerá, sin duda alguna, paradójica; ¿a qué entonces la Inquisición? se preguntarán. Y si la respuesta fuera que la Inquisición española fue en gran parte de inspiración judía, la paradoja sería completa. Que la intolerancia, sin duda, no fue una típica característica española antes del siglo XV puede probarse fácilmente. El español de entre los años 800 al 1400 no era intolerante.

    «No, a lo menos, en el grado que más tarde había de distinguirlo. La intolerancia no llega a ser general o persistente hasta el siglo XV. Y estas dos características las toma de los judíos.

    «Pues lo que de hecho los judíos aportaron al carácter español, durante ese siglo, cuando empezaron a influirlo profundamente, fue una 'consistencia' y 'perseverancia' que jamás había tenido… El español no necesitó influencia judía para su agresividad o propensión a las luchas civiles. Sin embargo, pese a ideas tradicionales, quizás copió de los judíos su dogmática motivación, y desde luego, la persistente necesidad de mantener firmes instituciones a tal fin» [24].

    Al aproximarse el término de la resistencia político-militar musulmana, a fines de la década de 1480, Isabel empezó a darse cuenta, cada vez con más claridad, de que le sería necesario intervenir en el problema del judaísmo ortodoxo, así como con los cripto-judíos. La afinidad de judíos y musulmanes era demasiado estrecha y tradicional y ponía en peligro la seguridad española; la caída de Granada, probablemente sería seguida por intentos musulmanes de una nueva invasión (de hecho hubo incursiones de represalia en la costa) y los judíos, con seguridad, servirían de espías y colaboradores de los ataques musulmanes, cosa que, asimismo, ocurrió. Y hubo en todo momento un clamor popular contra los israelitas, sin olvidar la constante preocupación de la piadosísima Isabel, quien desde hacía mucho tiempo se sentía afligida por el gran número de los seguidores de la Ley Mosaica en sus dominios. Este estado de cosas dio lugar, en 1492, al Edicto de Expulsión de todos los judíos que se negasen a recibir las aguas del bautismo.

    Una infinidad de inexactitudes y exaltadas exageraciones, se han escrito y comentado sobre este tema de la expulsión de los judíos de España. De un lado, el número de los que fueron expulsados es, con frecuencia, exagerado[25]. De otro, se agranda demasiado este hecho, calificándolo de causa principal del declive de España[26]. En tercer lugar, la expulsión ha sido a menudo explotada como evidencia de un insólito fanatismo e intolerancia española, sin molestarse en estudiar las condiciones de la Península en ese momento histórico, o en hacer comparaciones con las opiniones y hechos acaecidos antes y después en otros territorios europeos. Aun una escasa objetividad en el estudio y valoración de este asunto, nos lleva inevitablemente a un prudente enjuiciamiento de esta actuación española y, hasta una cierta simpatía hacia la misma, aunque bajo el prisma humanitario del siglo XX no sea fácil justificar y menos perdonar ciertas injusticias originadas por esta orden de expulsión. Pero un juez del siglo XX, debe también analizar los crímenes de su propio tiempo con similar perspectiva. En este mismo aspecto, no hace falta en ningún caso recordar horrores tales como las acciones genocídicas rusas y alemanas. Recordemos únicamente nuestro estado de ánimo y mentalidad al enjuiciar la supuesta existencia de una «quinta columna japonesa» (la Nisei) cuando entramos en la Segunda Guerra Mundial. Algo parecido y con tonalidades bien irónicas, se encuentra en una noticia publicada con fecha 7 de noviembre de 1961: «No a los árabes, el Parlamento israelí ha rechazado de nuevo el retorno de los refugiados árabes de la guerra de 1948 como impracticable y como equivalente a la readmisión de una posible Quinta Columna» [27]. Este fue precisamente el peligro que los españoles vieron en los judíos y la simple historia del trato israelí a los árabes palestinos puede conducirnos a la conclusión de que España se comportó con sus judíos de manera más moderna que medieval.

    Los pros y contras del trato español a los judíos, son casi hipnóticamente fascinadores, tanto hoy como ayer. Existe una fuerte corriente de romanticismo en esta historia, como Cecil Roth acertadamente observa. Las relaciones entre los dos pueblos se caracterizaban por considerable pasión (ya que judíos y españoles son gente apasionada); con tensiones seculares entre ambos pueblos, resultado de haber vivido juntos durante tanto tiempo, de forma que cada uno influenció fuertemente la cultura del otro. Esta tensión es como el antagonismo entre hermanos o primos que, instintivamente, saben dónde los insultos son más dolorosos, circunstancia que sin duda mantiene vivo el interés judío en la cultura hispánica y en la nación española. También cuenta en la reiteración de sus prejuicios antiespañoles. El hecho de que la persistencia de los funcionarios inquisitoriales en la persecución y castigo de los enemigos judíos, puede ser atribuido a la explotación hispano-judía de conocimientos combinados sobre costumbres, creencias y hasta trucos (tales como el uso de nombres ficticios por los judíos), sin duda realza la congoja, la tragedia y el drama de esta historia.

    Lo más significativo de todo esto, en relación con el tema de la Leyenda Negra, es que en el siglo siguiente a 1480, se produjo o intensificó la hispanofobia entre el pueblo judío. Coincidió esta época, con la iniciación por el pueblo hebreo del uso y rápido desarrollo de la imprenta y de las industrias editoriales [28]. Al salir de España, muchos judíos se fueron a Italia, los dominios musulmanes, los Países Bajos, Alemania y Francia, lugares donde iba aumentando la receptividad a la propaganda y acción antiespañola. En sus nuevos lares, los judíos hicieron afanosamente cuanto estuvo a su alcance para dañar el comercio español, y dieron ayuda a los proyectos musulmanes de desquite por la derrota de Granada. Y la erudición judía y dialéctica reconocida en materias teológicas, fueron puestas a veces al servicio de la Revolución Protestante, que proporcionó a España tanta angustia [29].

    Este siglo de crisis en las relaciones hispano-judías, que dio lugar a importantes restricciones en el poder e influencia de estos, fue época en que España estaba creando el mayor imperio del mundo, con perspectivas comerciales virtualmente ilimitadas. Los judíos jamás han perdonado a España la imposición de estas restricciones a sus oportunidades. Fue ésta la razón principal de su animadversión, que se tradujo en tendenciosa literatura, poniendo de relieve la participación judía en el extraordinario auge del capitalismo holandés e inglés, competidores de España en el comercio. Y muestran una clara satisfacción en hacer resaltar las actividades de su pueblo (generalmente Marranos) en ayudar o estimular las campañas políticas, militares o comerciales con que los holandeses, franceses, ingleses y turcos atacaban a España [30].

    Es, desde luego, absolutamente inútil discutir si los judíos o los españoles estaban en lo cierto en cualquier momento dado de estos hechos. La Inquisición y expulsión fueron, sin duda, funestas para los judíos que rechazaron convertirse al cristianismo, pero no está nada claro si esta forma de resolver el problema fue, vistas las alternativas, perjudicial para España o factor serio en su declive. Es asimismo inútil entrar en semejantes disquisiciones sobre el origen y desarrollo de la Leyenda Negra en Italia y Alemania. Considerémoslos como simples sucesos históricos, acciones y reacciones de diverso signo, comprensibles de sobra, dentro del entramado de sus tiempos y que nos ayudan a explicar la existencia y fuerza de actitudes antiespañolas en diversas partes de Europa durante la segunda mitad del siglo XVI, cuando los holandeses e ingleses se lanzaron contra España.


    Notas

    [14] La declaración oficial de Israel, tal como apareció en nuestra prensa, fue más o menos así: «España misma no persiguió a los judíos, pero se asoció con naciones [por ejemplo Alemania e Italia] que sí lo hicieron». Cuán irónico es el reconocimiento dado más tarde por los judíos a España por la protección prestada a ellos para ayudarles a escapar de la persecución del Eje. Así, «Label A. Katz, presidente de la Jewish International B'nai B'rith Society, ayer le dio las gracias al Jefe del Estado, Generalísimo Franco, por el asilo que España brindó a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Actualmente hay 5.000 judíos en España» (Santa Bárbara News-Press[febrero 14, 1963]: A-2).Newsweek, marzo2,1970, publicó un interesante recuento de la investigación del Rabino Chaim. Lips- chitz, del Torah Vodrath y Mesivta Rabbinical Seminary de Brooklyn, acerca del auxilio que Franco prestó a los judíos durante la persecución del Eje.

    [15] Acerca de este tema hay una sustanciosa bibliografía, pero únicamente mencionaré unas cuantas obras que son fácilmente obtenibles. Cecil Roth, The History of the Marranos (hay una edición de bolsillo de 1959, publicada por Meridian Books y The Jewish Publication Society of America); José Amador de los Ríos, Historia de los judíos de España y Portugal(la edición de Buenos Aires en 1943); Américo Castro, The Structure of Spanish History(Princeton University Press, 1954) habla mucho acerca de las influencias judías en España, especialmente de naturaleza literaria; Salvador de Madariaga, «Spain and the Jews» (en su Essays with a Purpose, Londres, 1954) —-un corto ensayo intrigante de aguda perspicacia, que es un buen comienzo para los confundidos en estas materias.

    [16] William Thomas Walsh, en su Isabella of Spain, da un extenso sumario del poder y prosperidad judíos a finales del siglo XV en España; consultar también a Amador de los Ríos,

    [17] Cecil Roth, History of the Marranos, pp. 27, 30 y 31.

    [18] Newman, Jewish Influence, p. 392.

    [19] Por ejemplo, el Papa Adriano VI habló de la nación española como «los judíos» (Walsh, Philip II,p. 90). «… El poder, la riqueza, la libertad y el prestigio obtenidos por los judíos en la España cristiana entre los siglos X y XV, no tienen paralelo en la historia de Israel… Más de una vez el Papa amonestó a los monarcas españoles por su política a favor de los judíos… La tradición de los reyes, ya sea de Aragón-Cataluña o Castilla, fue definitivamente pro-judía» (Madariaga, «Spain and the Jews»,Essays with a Purpose,pp. 139-141).

    [20] Neuman, The Jews in Spain, especialmente la parte II, capítulo 2; Walsh, Philip II, pp. 89-90 y su Isabella, pp. 274-275.

    [21] Recordemos que en ese tiempo los judíos estaban expulsados de Inglaterra, y que cuando se les permitió volver, en pequeños grupos (siglos XVI y XVu), esta inmigración no era oficial (Hyamson, Sephardim of England,especialmente pp. 2-13). La History of the Jews in Russia and Polandde Dubnow, cuenta algunas de las tribulaciones judías que hacen parecer a la historia de España muy moderada. Y la historia completa de las persecuciones hebreas en Francia, sobre las cuales hay una extensa literatura, es interesante para cualquier persona que trate de formarse un juicio objetivo de la acción oficial española.

    [22] Jerome Münzer, después de sus viajes por España durante 1494-95, escribió que «los judíos y los marranos, fueron antiguamente los amos de España, porque ellos obtuvieron los principales empleos y explotaron a los cristianos», pero ahora Dios, a través de los Reyes Católicos, ha curado este mal. «Repetidamente, registra el servicio que el rey Fernando rindió a la cristiandad por la derrota de los infieles y demolición del ghetto judío de Granada… y castigando duramente a los cristianos renegados…» (citado en Arnoldsson, p. 113).

    Adviértase también este perspicaz comentario: «Mientras las víctimas de la Inquisición eran católicos de descendencia judía, a los cuales se les había comprobado que eran falsos cristianos, saboteadores clandestinos durante la cruzada pro-independencia contra los mahometanos, en Inglaterra o Alemania nunca hubo tanto alboroto contra la institución. Pero fue un gran golpe de suerte para los enemigos internacionales de España, cuando podían representar a alguno de sus propagandistas en la Península, como mártires del Luteranismo» (Walsh, Philip II,p. 237).

    [23] Obsérvese a Rousseau en el siglo XVIII, en su Contrato Social: «Hay una profesión de pura fe cívica, cuyos artículos son determinados por el soberano. El no puede forzar a nadie a creer en ellos, pero puede desterrar a todos aquellos que no lo hacen, Y después de publicar estos dogmas, si alguno se comportase como si no creyese en ellos, dejad que sea castigado con la muerte; ha cometido el peor de los crímenes: ha mentido ante las leyes» (citado por Madariaga, en su «Spain and the Jews», Essays,p. 153).

    Téngase presente que hoy día está establecida en los Estados Unidos la deportación por perjurio (al entrar al país); y conspirar por la caída de nuestro gobierno, puede ser castigado con el encarcelamiento. La ejecución de Julio y Ethel Rosenberg, el 19 de junio de 1953, es una advertencia de que la traición se castiga con la pena de muerte en nuestro país, de la misma manera que en siglo XVI se podía castigar la disidencia religiosa en España, Inglaterra y Francia, y en cualquier otro país de Europa.

    [24] Madariaga, «Spain and the Jews»,Essays, pp. 148-152.

    [25] Por ejemplo, en 1474, solamente había 12.000 familias judías en Castilla (Merriman, II, p. 91). «El número total entre desterrados, muertos y aquellos que obtuvieron el bautismo para escapar de la expulsión, era probablemente menor de 200.000» (Ibid II, p. 93; basado en Lea, I, p. 142). Véase también a Olagüe, I, capítulo 4.

    [26] Como ejemplo de erudición moderna concerniente a la decadencia de España, en términos mensurables más que generalizaciones no comprobadas, consultar a Earl J. Hamilton, «The Decline of Spain»,EconomicHistory Review,VIII (1937-1938), pp. 168-179. Consultar también los cuatro volúmenes de Olagüe,Decadencia.

    [27] Santa Bárbara News-Press,noviembre 7, 1961, A-2.

    [28] «Los judíos españoles, a pesar de la Inquisición, fueron un factor importante en el desarrollo de la imprenta en ese país» (MacMurtrie,The Book, p. 194).

    [29] Newman, especialmente los libros III y IV deJewish Influence. Consultar también mi capítulo IV.

    [30] Por ejemplo: Roth, Marranos, pp. 233-34 y 285-86. Los trabajos de Hyamson , Graetz, Wolf y otros historiadores judíos proporcionan muchos datos acerca de este tema. El de Madariaga, Fall of the Spanish Empire, pp. 245-254, es un accesible y valioso resumen de la acción internacional de los judíos contra España. Walsh,Philip II,también contiene gran cantidad de comentarios sobre el asunto. Véase también el Capítulo V, pp. 132-135 de este libro.




    Fuente:

    conoZe.com | Judos y espaoles

    Última edición por Mexispano; 22/06/2014 a las 02:00
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    La conspiración judía contra la monarquía visigoda: alianza con el Islam


    LA CONSPIRACIÓN JUDÍA CONTRA LA MONARQUÍA VISIGODA

    EDICIONES SAMIZDAT XXI




    Introducción.

    Este trabajo ha sido extraído y digitalizado por el editor a partir de los capítulos 11 al 18 del tomo II de Complot contra la Iglesia de Maurice Pinay. Ediciones Samizdat XXI tiene el placer de ofrecerles este magnífico trabajo que aunque sólo fuera por las fuentes citadas merece ser leído con gran atención. El uso de textos judíos para equilibrar el relato mostrará la certidumbre con la que ellos se pasean por una historia que a nosotros nos han dejado en tinieblas mediante la censura, la presión sobre historiadores y editoriales...

    Resulta un vano entretenimiento en horas agónicas como las que vivimos, en las que se decide el futuro de Occidente, del Islam y de los demás pueblos y civilizaciones trabajadoras y espirituales de la Humanidad, el convertir la Historia en algo que nos obligue a reflexionar y ver con ojos más claros el presente y lo que está por venir. “El pasado es prólogo”.



    Capítulo Undécimo

    EL CONCILIO III TOLEDANO ELIMINA A LOS JUDÍOS DE LOS PUESTOS PÚBLICOS

    Cuando el rey visigodo Recaredo se convirtió del arrianismo al catolicismo, la secta del hebreo Arrio recibió un golpe decisivo, ya que como se ha dicho, el Imperio Visigodo era el baluarte de la herejía.

    Todavía quedaban, a la sazón, tristes recuerdos y heridas abiertas por la sangrienta persecución desatada por el arriano Leovigildo en contra de los católicos, persecución en la que habían participado cruelmente los judíos, por lo que en la España gótica era general el resentimiento del pueblo católico en contra de la grey de Israel. Es explicable que al abjurar los jerarcas visigodos de la herejía arriana y adoptar el catolicismo, se tomaran una serie de medidas adecuadas para frenar la expansión dominadora de los judíos. El escritor filojudío, José Amador de los Ríos, reconoce al respecto que:


    Abiertas tenían, en efecto, los hebreos las puertas de los cargos públicos, a cuya posesión los habían subido los reyes arrianos: dado les era introducirse en la familia cristiana por medio del matrimonio, lo cual facilitaban grandemente su posición y sus riquezas, asegurándoles para lo futuro no escaso influjo en el estado: desvanecidos por su fortuna y su poder, habían tenido acaso alguna parte en la última y más dolorosa persecución ejecutada por los arrianos en los católicos, durante el reinado de Leovigildo. No era, por tanto, despreciable y pueril recelo el temor de los PP. Toledanos, conocidos el interés que al triunfar el catolicismo representaban y la causa que defendían; y apoyados en el ejemplo del Sínodo Iliberitano, propusiéronse refrenar en cierto modo a los israelitas, reduciéndolos a la impotencia contra los cristianos...” (71).

    Entre los cánones del Concilio III de Toledo aprobados con tal objeto, destaca por su importancia el canon XIV, que refiriéndose a los judíos, dice:


    Que no se les confieran cargos públicos en virtud de los cuales tengan que imponer penas a los cristianos” (72).

    Este ordenamiento de la Santa Iglesia Católica no podía estar más justificado, ya que los hebreos siempre han utilizado los puestos de gobierno conquistados por ellos –en los pueblos que les brindan hospitalidad- para causar perjuicios a los cristianos, en una u otra forma; siendo indudable que si los metropolitanos y obispos del Concilio III Toledano hubieran vivido en nuestros días, hubieran sido acusados de cruel antisemitismo por la quinta columna judía introducida en el clero católico.

    También ordenaban los prelados del Concilio III de Toledo que:

    “Si algunos cristianos hubieren sido manchados por ellos con el rito judaico, o circuncidados, sean restituidos en la libertad y religión cristiana, sin rescate alguno”.

    El mencionado historiador, J. Amador de los Ríos, comentando otras disposiciones antijudías del santo Concilio III Toledano, dice:

    “Aspiraban los PP., al aconsejar a Recaredo estas represivas disposiciones, como punto más principal y de mayor trascendencia, a segundar el propósito de los de Elbira, negando a los hebreos toda alianza y mezcla con la raza hispano-latina, dado que la visigoda habíase mantenido hasta entonces, y se mantuvo mucho tiempo después, inaccesible a las gentes por ella dominada” (73).

    Entre las disposiciones del referido Concilio Toledano figuran las de prohibir a los judíos comprar esclavos cristianos; disposiciones éstas congruentes con las órdenes dadas en igual sentido por S.S. el Papa San Gregorio el Magno, que al mismo tiempo que se oponía firmemente a las conversiones forzadas de judíos y a toda clase de opresiones que les obligaran a convertirse en falsos cristianos, les prohibía terminantemente poseer esclavos cristianos, y combatía con energía cualquier manifestación de judaísmo subterráneo practicado por quienes aparecían en público como cristianos. Es muy interesante al respecto un caso que nos cita el historiador israelita Graetz, quien dice del papa San Gregorio que:

    “Habiendo oído que un judío llamado Nasas había erigido un altar a Elijah, (probablemente una sinagoga conocida por ese nombre) en la isla de Sicilia, y que cristianos se reunían allí para celebrar el servicio divino (judío), Gregorio ordenó al prefecto Libertino derrumbar el edificio e imponer pena corporal a Nasas por esa ofensa. Gregorio persiguió vigorosamente a los judíos que compraban o poseían esclavos cristianos... En el Imperio de los francos, donde el fanatismo no había todavía arraigado, los judíos no tenían prohibido participar en el comercio de esclavos. Gregorio estaba indignado por esto y escribió al rey Teodorico (Dieterich) de Burgundia, a Teodoberto rey de Austrasia, y también a la reina Brunilda expresando su asombro de que ellos permitieran a los judíos poseer esclavos cristianos. El los exhortó con gran celo a que remediaran ese mal y a que liberaran a los verdaderos creyentes del poder de su enemigo. Recaredo, rey de los visigodos que se sometió a la Santa Sede, fue halagado en gran medida por Gregorio para que promulgara un edicto de intolerancia” (74).

    Se ve pues, que las medidas de encadenamiento de la bestia judaica aprobadas por el visigodo Recaredo fueron inspiradas, según afirma el judío Graetz, ni más ni menos que el por el Papa San Gregorio Magno, que durante algún tiempo trató, en vano, de ganarse a los judíos por medio de la bondad y de la tolerancia. Es interesante hacer notar que el Papa San Gregorio Magno, al mismo tiempo que rechazaba las conversiones forzadas, alimentó la esperanza de evangelizar a los hebreos por medios pacíficos. Pero sabedor de que las conversiones, por lo general, eran fingidas y falsas, esperaba que cuando menos los hijos de los conversos arraigaran sinceramente en el cristianismo. A este respecto dice claramente el mencionado historiador hebreo, refiriéndose a San Gregorio:

    Él, sin embargo, no se engañaba creyendo que los conversos que fueran obtenidos de esta manera fueran leales cristianos, pero él tomaba en cuenta a sus descendientes. `Si nosotros no los ganamos a ellos, al menos ganaremos a sus hijos” (75).

    Decía el citado escritor, que era muy digno de notar, que el propio Papa San Gregorio Magno –de tan ilustre memoria en la historia de la Iglesia- ya sabía que las conversiones de los judíos al cristianismo eran falsas y lo que pretendía con ellas era ganarse a los hijos educados ya cristianamente. Desgraciadamente la maldad y la perfidia del judaísmo hacen que fallen hasta los cálculos más lógicos en apariencia. Ya vimos en el capítulo II de esa Cuarta Parte cómo el historiador israelita Cecil Roth afirma que el marranismo, es decir, el judaísmo clandestino, se caracteriza por la transmisión de padres a hijos de la secreta religión judía, ocultada por las apariencias de un cristianismo practicado en público por los marranos. Por ello, los cálculos de todos los jerarcas de la iglesia y de los estados cristianos – basados en la idea de que aunque las conversiones fueran fingidas y falsas podría convertirse a los descendientes de los conversos en buenos cristianos- fallaron lamentablemente a lo largo de los siglos, como lo iremos analizando en su oportunidad.






    Capítulo Duodécimo


    EL CONCILIO IV TOLEDANO DECLARA SACRÍLEGOS Y EXCOMULGADOS A OBISPOS Y CLÉRIGOS QUE APOYEN A LOS JUDÍOS

    Una de las causas principales del triunfo lento pero progresivo del imperialismo judaico en los últimos mil novecientos años, ha sido la mala memoria de los cristianos y gentiles, prestos siempre a olvidar el pasado y a no tomar en cuenta que la historia es la maestra de la vida.

    Siempre que los judíos –valiéndose de su inmensa habilidad para engañar al prójimo- lograban la confianza de los magnates cristianos, de eclesiásticos y seglares, podían irse adueñando de los puestos de gobierno y adquiriendo gran influencia dentro de la sociedad cristiana.

    Este poder, adquirido de tal forma, era utilizado por ellos para causar perjuicios a los ingenuos que les habían abierto las puertas y para conspirar con mayores probabilidades de éxito en contra de la santa Iglesia o de los estados cristianos
    ; es entonces cuando surgía la reacción defensiva de los sectores amenazados por la bestia desencadenada, los cuales, tras difíciles luchas y después de vencer innumerables obstáculos, volvían a amarrarla para impedir que siguiera haciendo daño a la Iglesia, al Estado y a la Cristiandad.

    Así vemos que muerto Recaredo y olvidados los motivos que habían justificado la exclusión de los judíos de los puestos públicos, volvieron a ser admitidos en el desempeño de los mismos y a reincidir en sus malos hábitos, que habían provocado las acertadas sanciones del Concilio III Toledano. De esta forma, constituyeron nuevamente un grave problema en el Imperio Gótico.

    Por ello, lo primero que intentó Sisebuto al ser electo en el año 612 por el voto de los magnates visigodos y la sanción del episcopado, fue poner coto a los abusos de los hebreos, haciendo efectivos los cánones del Concilio III Toledano, que por negligencia o condescendencia de gobiernos anteriores se habían dejado de aplicar en gran parte, prohibiendo también, rigurosamente, que los judíos pudiesen comprar siervos cristianos. J. Amador de los Ríos afirma al respecto:

    Sisebuto, firme en su empeño de separar la raza hebrea de la cristiana, quitando a la primera todo poder sobre la segunda, mandaba que fuesen restituidas a la corona todas las rentas, beneficios o donaciones, obtenidas con engaño de los reyes que le habían precedido...

    Manifestando el citado historiador que con su afán de restablecer en todo su vigor las disposiciones de Recaredo, Sisebuto se “...ganaba para sí la aprobación del episcopado y el aplauso de los católicos...” y en cambio, la pertinaz oposición de los israelitas, “...ya calificados con el duro título de “pravedad judaica”....” (76).

    Por fin Sisebuto se resolvió a extirpar el mal de raíz, eliminando de su Imperio a esa comunidad de extranjeros perniciosos que no dejaba vivir en paz ni a la nación visigoda ni a la grey hispanolatina, ya que aquéllos constituían una constante amenaza para la Iglesia y el Estado. Pronunció fulminante edicto, expulsando de su Imperio a todos los descendientes de judíos, pero cometiendo el error gravísimo de exceptuar de esta medida a los que se convirtieran al catolicismo, ya que la mayoría prefirió quedarse, bautizándose; y como lo ha dicho el escritor hebreo Cecil Roth, semejantes conversiones fueron fingidas y tuvieron sólo por consecuencia sustituir el judaísmo que practicaban abiertamente como su religión, por un judaísmo oculto o clandestino que después ejercieron en secreto, con lo que se fortaleció su quinta columna, organización mucho más peligrosa que la pública.

    El historiador jesuita Mariana, hablando de esta conversión general de los hebreos ibéricos, dice que, publicado el edicto de Sisebuto “...gran número de judíos se bautizó, algunos de corazón, los más fingidamente...”; agregando después que los judíos que recibieron las aguas del bautismo para hurtarse del edicto de Sisebuto, al morir éste en 621 “...volvieron con mayor empeño a abrazar las creencias de sus mayores...” (77).

    La falta de memoria de los gobernantes cristianos, tan desastrosa en sus consecuencias para nosotros y tan útil para los hebreos, hizo que en el curso de la Historia, olvidándose los cristianos y gentiles de las lecciones del pasado, reincidieran al tratar de solucionar el terrible problema judío, ordenando la expulsión de la quinta columna pero dejándoles la válvula de escape de la conversión, con lo que solamente se logró empeorar las cosas, ya que la mayoría prefería quedarse, convirtiéndose falsamente al cristianismo y engrosar una quinta columna que se volvía cada vez más sutil, más secreta y, por lo tanto, muchísimo más peligrosa.

    La expulsión de todos los judíos del Imperio Gótico habría solucionado el problema si ésta hubiera sido total y si no se les hubiera dado a los hebreos la oportunidad de burlarla con las aparentes conversiones.

    Por otra parte, la expulsión era justificada, ya que el dueño de una casa tiene todo el derecho de despedir a un huésped si éste, lejos de agradecer la hospitalidad recibida, conspira para despojarlo de su propiedad, robarlo o crearle problemas. Es muy significativo al respecto el comentario que hace el judío Graetz en relación con el edicto de expulsión de Sisebuto, al decir que:

    “Con esta persecución fanática Sisebuto allanó el camino para la disolución del Imperio Visigodo” (78).

    Se refiere, indudablemente, al hecho de que la complicidad de los judíos facilitó el triunfo de los mahometanos invasores. La realidad es que desde la conversión de los visigodos al catolicismo y su abjuración del arrianismo, los hebreos no cesaron de conspirar contra el nuevo orden de cosas; si hubo algún error en Sisebuto o sus sucesores, fue el de no haber expulsado totalmente a los conspiradores extranjeros introducidos en su territorio, los cuales, en verdad, facilitaron desde dentro la conquista árabe. Sin hebreos en el territorio godo no se hubiera podido realizar la labor de espionaje, la entrega de plazas y las defecciones en el ejército de don Rodrigo, tal como sucedió. El error de los godos fue haber dejado que se quedaran los judíos en sus tierras, con el subterfugio de la falsa conversión. Siempre es peligroso dejar subsistente cualquier tipo de quinta columna.

    Es muy importante hacer notar que Sisebuto estaba consciente de la falta de firmeza por parte de los cristianos para seguir una política definitiva en contra de sus enemigos, y también de la mala memoria de la gente en relación con las lecciones que la Historia les había brindado en el pasado. Por eso hizo lo indecible para impedir que sus sucesores, cayendo presa de los hábiles engaños de la fina diplomacia judaica, fueran a revocar las leyes que en defensa de la Iglesia y del Estado habían promulgado. La legislación que dejó al respecto y que fue perpetuada en el Fuero Juzgo, fue muy especialmente recomendada a sus sucesores por el mismo Sisebuto, para que éstos empleasen todo rigor en la observancia de las leyes antijudías, so pena de verse difamados entre los hombres, y al morir ser lanzados de la grey de los fieles de Cristo y arrojados entre los hebreos para que ardiesen perpetuamente en rabiosas llamas del infierno (79).

    Y no andaba tan equivocado Sisebuto que bien conocía las pertinaces flaquezas de los jerarcas cristianos, ya que apenas murió éste, el nuevo rey Swintila sucumbió rápidamente ante esa hábil diplomacia de los hebreos, que tienen el don supremo de inspirar confianza a sus futuras víctimas a quienes envuelven con un trato en extremo cordial, fingiendo una amistad y una lealtad que encubre sus negros propósitos y haciéndose aparecer como víctimas de las más infames injusticias.

    Lograron con sus clásicos enredos ganarse a Swintila, quien haciendo a un lado las exhortaciones de Sisebuto a sus sucesores para que no modificaran las leyes antijudías de defensa del reino e ignorando las maldiciones lanzadas contra quienes las desacatasen, repudió toda la legislación antihebrea, y con ella el edicto de expulsión de los judíos, pudiendo los falsos conversos que así lo quisieron, volver a practicar en público su judaísmo y regresar al país del que habían sido expulsados. A este respecto, el judío Graetz, mejor informado que el Padre Mariana de los asuntos internos del judaísmo, dice que:

    A pesar del bautismo los judíos conversos no habían abandonado su religión”.

    Graetz no hace la insinuación que hace Mariana de que aunque la mayoría se hubiera convertido fingidamente, algunos lo hubiesen hecho de corazón. Por otra parte, sigue diciendo Graetz que en la época del filosemita Swintila,

    “El acto del bautismo era considerado suficiente en este período, pero nadie se preocupaba por investigar si los conversos todavía retenían sus antiguas costumbres y usos. El noble rey Swintila, fue sin embargo destronado por una conspiración de los nobles y del clero, que pusieron en su lugar a Sisenando, dócil instrumento de ellos” (80).

    Aquí el judío Graetz hace mención a un estado de cosas que es ideal para los falsos conversos del judaísmo, a cuya virtud se acepta que con el solo bautismo ya se convirtieron en sinceros cristianos, sin que nadie se preocupe de investigar si los conversos y sus descendientes practican el judaísmo en secreto. Esta es, precisamente, la situación actual de los descendientes de los falsos conversos que actúan libremente como poderosa quinta columna dentro de la Iglesia, causando daños catastróficos a la Cristiandad, sin que nadie abra una investigación efectiva para descubrir quienes judaízan en secreto, tanto porque de la gran mayoría ya se ha perdido el rastro de su origen judío, como porque no existe una policía especial encargada de investigarlo.

    En cambio, en otras épocas de la monarquía visigoda se vigilaba con cuidado a los conversos y a sus descendientes para descubrir quiénes practicaban ocultamente el rito judaico.

    Es natural que al amparo de la protección de Swintila, los judíos recuperaran gran poder en el reino, haciendo peligrar de nuevo las instituciones cristianas, lo que explica y justifica la conspiración del clero católico para derrocar al traidor monarca, elogiado –claro está- por los hebreos, como bondadoso liberal.

    San Isidoro de Sevilla, otro de los más ilustres Padres de la Iglesia, fue el caudillo de esta nueva lucha contra la Sinagoga de Satanás, quien después del derrocamiento del infidente Swintila y de la coronación de Sisenando, organizó y dirigió el Concilio IV Toledano, tan autorizado en doctrina eclesiástica.

    Lo más grave de esta situación era que los conversos del judaísmo y sus descendientes, siguiendo su tradicional costumbre, hacían ingresar a sus hijos al sacerdocio católico para que pudieran incluso escalar y obtener las sedes episcopales, empleándolas para ayudar a los judíos en sus conjuras contra la fe católica, caso típico de la actividad de la quinta columna hebrea introducida en la Iglesia, cuya acción destructora se ha seguido manifestando hasta nuestros días.

    En otros casos, los hebreos recurrían al sistema iniciado por su predecesor el judío Simón el Mago, comprando los favores de los clérigos, que aunque no eran judíos subterráneos, vendían su apoyo a la causa del demonio, al igual que su antecesor Judas Iscariote, uno de los doce elegidos.

    La traición, encumbrada en las altas esferas de la Santa Iglesia, provocó la indignación del Concilio IV Toledano y de su caudillo, San Isidoro de Sevilla, llevando a los metropolitanos y obispos reunidos a consignar en los sagrados cánones una serie de disposiciones no sólo tendientes a conjurar a tiempo la amenaza judaica, sino también a refrenar y castigar las traiciones en el alto clero, más peligrosas para la Santa Iglesia y para los estados cristianos que ningunas otras. Así, entre los cánones aprobados con tales fines, destacan los siguientes:

    Canon LVIII.- “De aquellos que prestan auxilio y favor a los judíos en contra de la fe de Cristo.- Es tal la codicia de algunos, que por ella se separan de la fe, conforme expresó el apóstol: como que muchos aun de entre los sacerdotes y legos, recibiendo dones de los judíos, fomentaban su perfidia patrocinándolos; los que no sin razón se conocen ser del cuerpo del Anticristo, puesto que obran en contra de Cristo. Cualquier obispo, presbítero, o seglar, que en adelante les prestare apoyo (a los judíos) contra la fe cristiana, bien sea por dádivas bien por favor, se considerará como verdaderamente profano y sacrílego, privándole de la comunión de la Iglesia Católica, y reputándole como extraño al reino de Dios, pues es digno que se separe del cuerpo de Cristo el que se hace patrono de los enemigos de este Señor” (81).

    Debe haber sido muy grave la amenaza nacida para la Iglesia y la sociedad cristiana por la complicidad de obispos y presbíteros con los judíos, enemigos capitales de la Cristiandad, para que el sabio y santísimo varón Isidoro de Sevilla, Padre de la Iglesia, que dirigió el Concilio y los metropolitanos y obispos que lo integraron hayan tenido que denunciar en el canon citado este mal, llamando profanos y sacrílegos a los obispos y presbíteros que ayudaran a los israelitas, sancionándolos al mismo tiempo con la pena de excomunión.

    Que tomen nota todos estos altos y altísimos dignatarios eclesiásticos, que más que servir a la Santa Iglesia están ayudando actualmente a los judíos –enemigos capitales de Cristo- o a las empresas judaicas como la masonería y el comunismo, y que se den cuenta de la grave responsabilidad en que están incurriendo y el gravísimo pecado que están cometiendo.

    Como es sabido, los concilios toledanos tienen gran autoridad en la Santa Iglesia Católica y sus disposiciones fueron incluso trasladadas a la legislación civil. Así, las ordenanzas y sanciones del canon acabado de transcribir fueron trasladadas al Fuero Juzgo, que se promulgó con la aprobación de la Santa Iglesia. En el artículo XV del título II, libro XII de la ley 15, se ordena:

    “Por lo que debemos siempre conseguir que el engaño de los judíos no haya manera de crecer en forma alguna, ni que hagan (practiquen) sus establecimientos (estatutos, leyes), (los cuales están) excomulgados. Por lo tanto establecemos en esta ley que ningún hombre que sea de cualquier religión, orden o dignidad, (o que pertenezca) a nuestra corte, ni ningún (hombre) pequeño o grande, ni ningún hombre de cualquier nación, o de cualquier linaje, ni ningún príncipe ni poderosos traten o deseen de corazón amparar a los judíos que no se quisieron bautizar porque siguen en su fe y en sus costumbres, ni a los que fueren bautizados y se tornaren a su perfidia y a sus malas costumbres. Que nadie ose defenderlos con su poder en cosa alguna ya que estarían (compartirían) en su maldad. Que nadie haga esfuerzos por ayudarlos, ni de razón, ni de hecho, ya que iría en contra de la santa fe de los cristianos, ni intente, ni diga, ni toque cosa contra ella (la fe) ni en secreto, ni abiertamente. Y si alguno deseare hacerlo y éste es obispo, clérigo, de orden o lego, que se le pruebe (la culpa), sea separado de la compañía de los cristianos, sea excomulgado por la Iglesia y pierda la cuarta parte de toda su hacienda, pasando ésta al rey” (82).

    En esta forma sancionaron en esos críticos tiempos la Santa Iglesia y el Estado católico, con la aprobación de la primera, a los cómplices del judaísmo en el seno de la Iglesia y en las altas jerarquías del propio clero.

    Volviendo al Concilio IV Toledano vamos a transcribir lo ordenado por el Canon LIX que se refiere directamente a los judíos que habiéndose convertido al cristianismo fueren después descubiertos en sus secretas prácticas del judaísmo. Al efecto, dice el canon citado:

    Muchos judíos admitieron la fe cristiana por algún tiempo y ahora blasfemando de Cristo, no sólo se entregan a los ritos judaicos, sino que hasta llegan a ejecutar la abominable circuncisión. Acerca de los cuales y a consulta del piadosísimo y religiosísimo príncipe señor nuestro Rey Sisenando, decretó este Santo Concilio, que semejantes transgresores corregidos por la autoridad pontificial, sean vueltos al culto del dogma cristiano, de modo que aquéllos a quienes no enmienda la voluntad propia, les refrene el castigo sacerdotal. Y respecto a las personas a quienes circuncidaron, se ordena que si son hijos suyos, sean separados de la compañía de sus padres; y su siervos, por la injuria que se cometió en su cuerpo, se les conceda la libertad” (83).

    Aunque tanto Cecil Roth como otros judíos afirman que las conversiones en sí mismas eran fingidas –coincidiendo en ello con el historiador jesuita Mariana y con lo asentado en diversos documentos medievales de fidelidad indiscutible_, para la Iglesia, mientras no se probara que el cristiano converso practicaba en secreto los ritos hebreos, era tenido por cristiano sincero; al menos en los primeros tiempos.

    Después se empezaron a considerar como sospechosos de criptojudaísmo a todos los israelitas convertidos al cristianismo y a sus descendientes, porque se pudo comprobar que, salvo algunas excepciones, todos se convertían fingidamente y transmitían su religión oculta de padres a hijos. No es, pues, extraño que en el Canon LIX acabado de citar, se tomaran medidas para evitar que los criptojudíos –falsos conversos- transmitieran a sus hijos el rito hebreo, separándolos de ellos con ese fin. Con el mismo objeto, el Santo Concilio IV Toledano aprobó su Canon LX, que, según el compilador Tejada y Ramiro, se refiere a los judíos llamados relapsos, es decir, a los cristianos que reincidían en el delito de practicar el judaísmo en secreto. Dicho canon dice:

    Decrétase que los hijos e hijas de los judíos, con objeto de que no sean en adelante envueltos en el error de sus padres, sean separados de su compañía, y entregados o a un monasterio o a hombres o mujeres cristianas que teman a Dios, a fin de que en su trato aprendan el culto de la fe; e instruidos mejor, progresen en adelante en costumbres y creencias” (84).

    Como se podrá ver, los anteriores cánones iban dirigidos principalmente a destruir la quinta columna judía introducida en la Santa Iglesia, ya sea castigando a los falsos cristianos o tratando de evitar que éstos transmitieran a sus hijos el clandestino rito. Para la Iglesia era y sigue siendo peligrosísimo tener en sus filas miembros de la secta judaica disfrazados de buenos católicos que aspiran a destruir al cristianismo, ya que eso significa tener el enemigo dentro, y nadie ha discutido el derecho que tiene toda sociedad humana de extirpar el espionaje de potencias enemigas, mucho menos al deshacerse de los saboteadores. Las medidas tomadas por la Santa Iglesia para defenderse de la infiltración judaica que trataba de desintegrarla por dentro, aunque pudieran parecer muy rígidas, estuvieron completamente justificadas, como lo están las que toman las naciones modernas en este sentido.

    La Historia comprobó que aun cuando el judaísmo público fue expulsado y proscrito en muchas naciones, el criptojudaísmo por sí solo siguió viviendo bajo la máscara del cristianismo; sin embargo, siempre se creyó muy lógico que el trato de los judíos convertidos con los que seguían practicando públicamente su rito era nocivo, ya que estos últimos podían inducir a judaizar a los primeros. En el canon LXII del santo Concilio mencionado se trata de conjurar este peligro:

    “De los judíos bautizados que se reúnen con los judíos infieles.- Si pues muchas veces la compañía de los malos, corrompe también a los buenos, ¿con cuánta más razón a aquéllos que son inclinados al vicio? No tengan pues en adelante trato alguno los hebreos convertidos al cristianismo, con los que aún conservan el rito antiguo, no suceda que sean pervertidos por ellos; y cualquiera que en lo sucesivo no evitara su compañía, será castigado del modo siguiente, si es hebreo bautizado, entregándolo a los cristianos, y si no es bautizado, azotándolo públicamente” (85).

    El Canon LXIV niega la validez al testimonio no ya del judío público, sino del cristiano criptojudío.

    Hasta estos momentos la legislación cristiana había venido negando la validez del testimonio de los judíos públicos contra los cristianos, pero el Canon LXIV constituye una innovación, pues niega validez también al testimonio del cristiano que practica en secreto el judaísmo:

    Canon LXIV “...No puede ser fiel para los hombres el que ha sido infiel para Dios, por lo tanto los judíos que se hicieron cristianos y prevaricaron contra la fe de Cristo, no deben ser admitidos como testigos aunque digan que son cristianos; porque así como son sospechosos en la fe de Cristo, también deben tenerse como dudosos en el testimonio humano...” (86).

    Más lógica no puede ser la argumentación de los padres del concilio, ya que si los judíos mienten en los asuntos de Dios, es lógico que mientan en los de los hombres.Por otra parte, se ve claro que tanto San Isidoro de Sevilla como los metropolitanos y obispos del concilio, ya conocían perfectamente las constantes simulaciones y fingimientos en que vivían los falsos católicos criptojudíos. Eso mismo podemos decir hoy en día de tantos que se dicen católicos pero que actúan como israelitas.

    A pesar de esta tremenda lucha defensiva de la Santa Iglesia y del estado cristiano en contra de las infiltraciones peligrosas de la quinta columna judaica, debe ésta haber seguido conquistando puestos en el gobierno, sobre todo durante el nefasto reinado del filosemita Swintila, en grado tan peligroso que tanto el monarca católico reinante como el santo Concilio IV Toledano se decidieron a poner fin a semejante situación, incluyendo en sus sagrados cánones la terminante prohibición de que los judíos pudieran obtener puestos públicos en la sociedad cristiana.

    Canon LXV. “...Por precepto del señor y excelentísimo rey Sisenando, estableció este Santo Concilio, que los judíos o los de su raza, no desempeñen cargos públicos, porque con este motivo injurian a los cristianos y por lo tanto, los jueces de las provincias, en unión de los sacerdotes, suspenderán sus engaños subrepticios, y no les permitirán que desempeñen en cargos públicos; y si algún juez lo consintiere, será excomulgado como sacrílego, y el reo del crimen de subrepción, será azotado públicamente”.

    El Canon LXVI llama textualmente a los judíos “ministros del Anticristo”(87). Como otro canon ya citado señalaba a los obispos y presbíteros que ayudaran a los hebreos, como formando parte del cuerpo del Anticristo.

    Es digno de notar que el Canon LXV introduce en las leyes de la Santa Iglesia católica una innovación: ya no sólo se prohíbe el ascenso a los puestos de gobierno de los judíos declarados, sino de todos los de su raza.Esto no debe interpretarse como una discriminación racial, ya que la Santa Iglesia considera a todos los hombres iguales ante Dios, sin distinción de raza, pero existiendo la convicción comprobada repetidamente por los hechos, de que los cristianos de raza judía –con rarísimas excepciones- practicaban en secreto el judaísmo, era lógico que se tratara de evitar la infiltración de los criptojudíos a los puestos públicos, como una medida defensiva vital del estado cristiano, ya que si éste llegaba a ser gobernado por sus enemigos mortales, enemigos capitales también de la Santa Iglesia, ambas instituciones peligrarían gravemente. Cerrar a los judíos militantes o conversos las puertas de la gobernación del Estado no sólo era prudente sino indispensable para salvaguardarlo de la poderosa quinta columna, que en un momento dado podía provocar su hundimiento. Así ocurrió en forma catastrófica cuando un gobernante imbécil, violando todas estas leyes eclesiásticas y las promulgadas por sus antecesores, dio de nuevo a los israelitas la posibilidad de que se adueñaran de los puestos directivos en el Imperio Gótico. Esta ley de seguridad pública es sin duda el precedente de otras más enérgicas y trascendentales que aprobó la Santa Iglesia muchos siglos después.

    Es justamente hacer notar que San Isidoro de Sevilla en su lucha contra el judaísmo escribió dos libros contra los hebreos, que según el judío Graetz fueron elaborados

    “...con esa falta de gusto y de sentido, que había sido empleada por los Padres (de la Iglesia), desde un principio en la polémica bélica contra el judaísmo” (88).

    Es muy natural que a los hebreos no les gusten los libros antijudíos de los Padres de la Iglesia, pero es necesario comprender que los israelitas oscurecen la verdad histórica tratando de desprestigiar a los que han combatido, aunque sean varones tan santos, doctos e ilustres como los Padres de la Santa Iglesia.

    Es indudable que si San Isidoro de Sevilla y los metropolitanos y obispos del Concilio IV Toledano hubieran vivido en nuestros aciagos días, habrían sido acusados de antisemitismo o de racismo criminal, no solamente por los judíos sino también por los clérigos que pasando por cristianos están realmente al servicio del judaísmo.



    Continúa...
    Última edición por Mexispano; 29/06/2014 a las 23:14
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Capítulo Decimotercero

    CONDENACIÓN DE REYES Y SACERDOTES CATÓLICOS NEGLIGENTES EN SU LUCHA CONTRA EL CRIPTOJUDAÍSMO



    Como habrá podido observarse, los sagrados cánones del Concilio IV Toledano tenían por objeto destruir definitivamente la quinta columna judaica introducida en la sociedad cristiana; y sus decisiones habrían resultado más efectivas si no hubiera sido por esa ancestral habilidad política y diplomática de los hebreos: simulaciones de perfecta lealtad, argumentaciones falsas y comedias inspiradoras de confianza. Además, han sido muy listos para sembrar la discordia entre los adversarios con el fin de poder prevalecer sobre todos, aliándose primero con unos para destruir a los otros y luego acabar con sus primeros aliados circunstanciales con el apoyo de los últimos, aniquilando finalmente a todos. Este ha sido uno de los grandes secretos de sus victorias; y es preciso que lo tomen muy en cuenta los jerarcas religiosos y políticos de toda la humanidad para que se cuiden de tan maquiavélicas maniobras.

    Asimismo es justo mencionar que otra de las causas de los triunfos judaicos ha sido su gran valor para enfrentarse a la adversidad, su resolución de jamás rendirse ante sus enemigos y de combatir a los cobardes en sus propias filas; estos factores son los que hacen que derrotas que pudieran ser momentáneas, se puedan convertir en definitivas.

    Cobardes como esos los hay en las altas jerarquías de la Cristiandad, y ellos han sido los causantes de tantas rendiciones y claudicaciones en los últimos tiempos e incluso tienen el cinismo de disfrazar su cobardía y su egoísmo con argumentos de pretendida prudencia o espíritu de conciliación, sin importarles que su conducta lleve a pueblos enteros a la esclavitud comunista, diciéndose a sí mismos: que la bestia nos deje vivir a gusto a nosotros, aunque los pueblos que dirigimos se hundan. ¡Esa es la suma ratio de sus falsas prudencias y de sus claudicaciones!

    Si los hebreos obraran como esos eclesiásticos cobardes, su derrota hubiera sido definitiva en el Imperio Gótico al venírseles encima el desastre que les causó el cristianismo triunfante en el Concilio IV Toledano. Pero lejos de rendirse –como quisieran hacerlo ahora los cobardes- siguieron luchando con ardor y fanatismo, preparando el momento de iniciar nueva batalla que les diera las posibilidades de triunfar. Empezaron con su perseverancia habitual por intentar burlar las leyes que para reducirlos a la impotencia aprobó el santo Concilio IV Toledano, apoyaron el espíritu de rebelión de los nobles contra el rey, lo agravaron con sus intrigas y cuando los ánimos estaban ya, bien exaltados, se presentaron como eficaces sostenedores de las pretensiones de la nobleza rebelde.

    Mientras el rey, la Santa Iglesia y la aristocracia visigoda permanecieran unidos, los judíos no podrían vencerlos; era, pues, preciso quebrantar esa unidad y dividir al enemigo para debilitarlo. La cosa no era difícil, dada la tendencia frecuente de los nobles a rebelarse contra el poder real. Los judíos explotaron esa tendencia, aprovecharon las fricciones ocurridas para agrandar las pugnas y fueron logrando progresivamente sus objetivos, empezando por obtener, antes que nada, la protección de ciertos aristócratas que les permitiera burlar la ejecución de los cánones toledanos y de las leyes promulgadas por el monarca, ya que los nobles engañados por la falsía judaica habían caído en la trampa al considerar a los hebreos como aliados muy útiles en su lucha contra el rey. Tal cosa la obtuvieron, sobre todo, los judíos conversos y sus descendientes que aparentaban ser fieles cristianos, pudiendo así ganarse más fácilmente la confianza de la aristocracia visigoda.

    El historiador hebreo Graetz comenta:

    “Estas resoluciones del Concilio IV de Toledo y la persecución de Sisenando contra los judíos conversos, no parece haberse llevado a cabo toda la severidad proyectada. Los nobles hispanovisigodos fueron tomando a los judíos más y más bajo su protección, y contra aquéllos la autoridad real carecía de fuerza” (89).

    Se ve pues, que los judíos conversos pudieron hábilmente encontrar el punto débil del Imperio Visigodo y explotarlo con gran eficacia, como supieron hacerlo mil años después en Inglaterra, donde se abrieron paso hacia la conquista de la nación, explotando y hasta agudizando las pugnas de los nobles parlamentarios en contra del monarca.

    En medio de crecientes luchas intestinas que empezaron a debilitar gravemente el heroico Imperio Visigodo, subió al poder Chintila, a principios de cuyo reinado se reunió el Concilio IV Toledano (90). La falta de perseverancia de los no judíos en su lucha contra el enemigo capital seguía siendo una enfermedad crónica, que facilitaba los progresos de este último, aun en el caso de los monarcas católicos visigodos, tan conscientes de la amenaza judía y deseosos de extirparla. Por eso fue necesario que los metropolitanos y obispos reunidos en el concilio trataran de poner remedio a estos males, expresando en su Canon III:

    “Parece que al fin, por la piedad y potencia superior, se reducirá la inflexible perfidia de los judíos, pues se sabe que por inspiración del Sumo Dios, el excelentísimo y cristianísimo príncipe, inflamado del ardor de la fe, en unión de los sacerdotes de su reino, ha determinado arrancar de raíz las prevaricaciones de aquellos, no permitiendo vivir en su reino al que nos sea católico...Mas debe decretarse por nuestro cuidado y con gran vigilancia, que su ardor y nuestro trabajo, adormecido algunas veces, no se resfríe en las posteriores, por lo cual promulgamos con él, de corazón y boca, sentencia concorde que ha de agradar a Dios y al mismo tiempo también sancionamos, con consentimiento y deliberación de sus próceres e ilustres, que cualquiera que en los tiempos venideros aspirare a la suprema potestad del reino, no suba a la regia sede, hasta tanto, que entre los demás sacramentos de las condiciones haya prometido, no permitir que los judíos violen esta católica fe (es decir, los judíos convertidos al cristianismo fingidamente), y que no favorecerá de ningún modo a su perfidia, ni llevado de ninguna negligencia o codicia (`neglectu aut cupiditate´) abrirá paso para la prevaricación, a los que caminan a los precipicios de la infidelidad, sino que hará que subsista firme para en adelante, lo que con gran trabajo se ha adquirido en nuestro tiempo, pues se hace un bien sin efecto, si no se provee con su perseverancia. Y si después de hecho esto, y de ascender al gobierno del reino, faltare a esta promesa, sea anatema maranatham, en la presencia del sempiterno Dios, y sirva de pábulo al fuego eterno, y en compañía de él, cualquiera sacerdotes o cristianos, que estuviesen envueltos en su error. Nosotros pues decretamos estas cosas presentes, confirmando las pasadas que acerca de los judíos se ordenaron en el Sínodo Universal (Concilio Ecuménico) porque sabemos que en éste se prescribieron las cosas necesarias que pudieron sancionarse por su salvación; por lo cual juzgamos que debe valer, lo que entonces se decretó” (91).

    Más dura no podía ser la catilinaria lanzada en contra de los reyes y de los clérigos católicos que desatendían la lucha ahora dirigida no ya contra los judíos públicos, sino en contra de la traición de los cristianos de origen judío, llamados judaizantes; siendo de notar que mientras hasta estos momentos las condenaciones y sanciones de los santos concilios de la Iglesia habían sido lanzadas en contra de los obispos y sacerdotes que ayudaban a los judíos, sirviéndoles de cómplices, ahora se lanza también fulminante excomunión en contra de los sacerdotes que simplemente carezcan de perseverancia y muestren negligencia en la lucha sin cuartel sostenida por la Santa Iglesia en contra del criptojudaísmo. Se ve, por tanto, que los metropolitanos y obispos del santo concilio, a la vez que conocían perfectamente la perfidia del enemigo judaico, sabían muy bien las debilidades y la falta de perseverancia de los jerarcas civiles y religiosos de la Cristiandad, para sostener tan justa lucha.

    Es curioso, sin embargo, hacer notar que todavía en este concilio se reducen a combatir la negligencia de los sacerdotes, sin mencionar la de los obispos, quizá debido a que siendo estos últimos quienes aprobaron estas disposiciones, no se atrevieron a incluirse ellos mismos entre los merecedores de tales sanciones; no obstante, en lo sucesivo debió haber sido tan grave la negligencia de los propios prelados que en el posterior concilio ellos mismos tronaron indignados contra los culpables, como antes habían declarado sacrílegos y excomulgados a los obispos que ayudaban a los judíos, en perjuicio del cristianismo.

    También es importante notar que este canon vuelve a hablar de los que por codicia abren paso a la prevaricación de los judíos conversos, siendo indudable que los sobornos simoníacos desempeñaron capital papel en las intrigas judaicas, lo cual parece confirmar precisamente el canon siguiente, que es el IV:

    “Por lo tanto, cualquiera que se hiciere imitador de Simón, autor de la herejía simoníaca, para obtener los grados de las órdenes eclesiásticas, no por la gravedad de costumbres, sino por dádivas y por ofertas, etc.” (92).

    Fue el judío Simón el Mago el que inició dentro de la Santa Iglesia esta política de soborno que, precisamente por él, fue denominada simonía. Y en el transcurso de los siglos pudo comprobarse que los conversos del judaísmo y sus descendientes, ya infiltrados en el orden sacerdotal y en las jerarquías de la Santa Iglesia, habían aprendido muy bien a su antecesor Simón el Mago, comprando dignidades eclesiásticas o vendiendo a su vez objetos de la Santa Iglesia, según lo denunciaron repetidamente la Santa Inquisición y las autoridades eclesiásticas.

    Es digno de notar el comentario que hace el historiador israelita Graetz en relación con la orden dada por el rey Chintila y aplaudida por el Concilio VI Toledano de no permitir que habitaran en el gótico reino quienes no fueran católicos, disposición dirigida manifiestamente contra los hebreos, diciendo:

    “Por segunda vez los judíos fueron obligados a emigrar, y los conversos, quienes eran fieles al judaísmo en el secreto de su corazón, fueron obligados a firmar una confesión, obligándose a observar y obedecer a la religión católica sin reservas. Pero la confesión así firmada por hombres cuyas sagradas convicciones eran ultrajadas, no fue ni podía ser sincera. Ellos esperaban resueltamente mejores tiempos, en que ellos pudieran estar en posibilidad de arrojar la máscara, y la constitución de la monarquía electiva del Imperio Visigodo, hizo eso posible. La situación presente sólo duró los cuatro años (638-442) del reinado de Chintila” (93).

    Más claro no podía hablar el historiador hebreo sobre el falso cristianismo de los judíos conversos y la nula validez de sus confesiones y promesas. Sigue diciendo Graetz quelos judíos convertidos al cristianismo y que violaron la promesa de no practicar el rito hebreo y de ser sinceros cristianos, fueron sancionados por Chintila “a ser muertos por medio del fuego o de pedradas”.

    El historiador J. Amador de los Ríos señala los resultados prácticos de todas estas medidas:

    “Llamar debe, no obstante, la atención que esta excesiva severidad de los legisladores no fue bastante a reprimir la impaciencia de los hebreos, cuando no andados aún quince años (reinando Recesvinto), se veían los PP. forzados a repetir el mandato que obligaba al rey electo a jurar que `defendería la fe contra la perfidia judaica´ “ (94).

    Este acuerdo fue tomado por el Concilio VIII de Toledo en su Canon X.

    Como dijo Graetz, al morir Chintila los hebreos lograron –merced al carácter electivo de la monarquía- un cambio favorable a sus intereses con el nuevo monarca electo, lo que prueba una vez más ese mal crónico que padecemos los cristianos, y también los gentiles, de ser incapaces de sostener una conducta firme y continuada frente al enemigo, a través de las distintas generaciones de gobernantes. Entre nosotros los cristianos y también entre los gentiles, hay tal afán de innovación entre los gobernantes, que lo que hace uno es desbaratado por el siguiente, no siendo posible que se continúe una política uniforme frente al judaísmo; y aunque es indudable que los hebreos influyen bastante en esos cambios de política, muchas veces es nuestra propia inconstancia y nuestra falta de perseverancia la principal culpable.

    Muy interesante resulta un memorial de tiempos de Recesvinto enviado a éste por los judíos conversos y sus descendientes toledanos, en el que pedían:

    “...que pues los reyes Sisebuto y Chintila les habían obligado a renunciar a su ley, y vivían ya en todo como cristianos, sin engaño ni dolo, se les eximiera de `comer carne de puerco´; y esto (decían), más porque su estómago no la llevaba, por no estar acostumbrado a tal vianda, que por escrúpulo de conciencia´” (95).

    Empero, es preciso anticipar que siglos después, cuando la persecución inquisitorial puso en peligro de muerte al criptojudaísmo, los cristianos que judaizaban en secreto tuvieron muy a su pesar que comer la carne de cerdo, ya que los inquisidores y en general todas las gentes, consideraban sospechoso de judaísmo secreto al cristiano que se abstuviera de comer carne de puerco, así juraba hacerlo sólo por repugnancia. Desde entonces hasta nuestros días se suprimió en el judaísmo subterráneo la prescripción religiosa de abstenerse de tal vianda, con el fin de ni inspirar sospechas a sus vecinos; por eso un judío clandestino en la actualidad come de todo y nadie sospecha que es hebreo por esta razón de alimentos; sólo uno que otro fanático entre los cristianos marranos sigue absteniéndose de comerla.

    Desgraciadamente, no se puso una barrera eficaz para impedir que los conversos del judaísmo y sus descendientes pudieran introducirse en el clero; y a medida que más se infiltraban, aumentaban los casos de simonía en un grado tan alarmante, que el Concilio VIII Toledano tuvo que combatir este vicio de origen judaico con toda energía, señalando en su Canon III que algunos han pretendido comprar

    “...la gracia del Espíritu Santo dando un vil precio, para recibir la sublime cumbre de la gracia pontifical, olvidándose de las palabras de San Pedro a Simón el mago: `tu dinero sea contigo en perdición, porque juzgaste poseer el don de Dios por dinero´” (96).

    Luego, adopta sanciones para los que incurran en tal delito.

    Dice el escritor israelita Graetz, que dándose cuenta el rey de que los nobles levantiscos del país otorgaban a los judíos su protección y que permitían a los conversos practicar el judaísmo,

    “...promulgó un decreto prohibiendo a todos los cristianos proteger a los judíos secretos...” imponiendo penas a los que violaran tal mandato; y concluye: “Pero estas medidas y precauciones no obtuvieron el resultado deseado”.

    Los judíos secretos, o como eran oficialmente llamados, los cristianos judaizantes, no podían arrancar el judaísmo de sus corazones. Los judíos españoles, rodeados como estaban por el peligro de muerte, de antaño aprendieron el arte de permanecer fieles a su religión en lo más recóndito de su corazón, y de escapar de las agudas miradas de sus enemigos. Ellos seguían celebrando las festividades judías en sus hogares, despreciando los días de fiesta instituidos por la Iglesia. Deseosos de poner fin a tal estado de cosas, los representantes de la Iglesia aprobaron un decreto (año 655), que tenía por objeto privar a esta infortunada gente de su vida hogareña; ellos fueron de allí en adelante obligados a pasar los días de fiesta judíos y cristianos bajo las miradas del clero, con el objeto de obligarlos a desatender los primeros y a observar los segundos” (97).

    Aquí el historiador israelita antes citado, olvida todo subterfugio y llama a los cristianos de raza judía por su verdadero nombre: judíos secretos o cristianos judaizantes; es decir, judíos que practican el judaísmo en secreto, dando muy interesantes detalles de cómo celebraban las fiestas hebreas en lo íntimo de sus hogares, ya que por ser cristianos en apariencia no podían hacerlo en sinagogas ordinarias. Al mismo tiempo, este ilustre historiador judío explica el por qué de la decisión del Concilio IX de Toledo, obligando a los conversos a pasar los días de fiesta judíos y cristianos bajo la vigilancia del clero católico.

    El Canon XVII del Concilio IX Toledano, al que visiblemente se refiere Graetz, dice textualmente:

    “Que los judíos bautizados celebren los días festivos con los obispos. Que los judíos bautizados en cualquier lugar o tiempo, puedan reunirse; pero mandamos que en las fiestas principales consagradas por el Nuevo Testamento y en aquellos días que en otro tiempo juzgaban ellos en observancia de la antigua ley, que eran solemnes, se congreguen en las ciudades y en las juntas públicas, en unión de los sumos sacerdotes de Dios, para que el pontífice conozca su vida y fe, y sea una verdad su conversión” (98).

    Este canon hace ver que los obispos del Concilio seguían –con fundamento- desconfiando de la sinceridad del cristianismo de los judíos convertidos a nuestra santa fe.

    Muerto Recesvinto, fue electo en su lugar Wamba; y los judíos aprovecharon de nuevo las discordias de la nobleza para tratar de cambiar a su favor el orden de cosas existentes. José Amador de los Ríos, refiriéndose a que el Concilio X Toledano casi no se había ocupado de los hebreos, comenta:

    “Creyeron tal vez los legisladores (eclesiásticos) en la sinceridad de la casi universal conversión de los hebreos, esperando que, reducidos todos al cristianismo, terminase felizmente la íntima lucha que con ellos mantenían; pero fue vana su esperanza. No bien había ocupado Wamba la silla de Recaredo, cuando la rebelión de Hilderico y de Paulo les dio ocasión de manifestar su no extinguida ojeriza, poniéndose abiertamente de parte de los amotinados. Tornaron con esto al Imperio Visigodo, principalmente a las comarcas de la Galia Gótica (en el sur de Francia) donde había tomado cuerpo la rebelión, muchas familias hebreas de las que habían sido lanzadas del reino desde los tiempos de Sisebuto; mas vencidos y aniquilados en Nimes los revoltosos, hiciéronse repetidos edictos para castigo y escarmiento de los judíos, quienes fueron nuevamente arrojados en masa de la referida Galia Gótica” (99).

    El padre jesuita Mariana también afirma que después de la derrota de los rebeldes:
    “Hiciéronse nuevos edictos contra los judíos, con que fueron echados de toda la Galia Gótica” (100).

    Pero el judío Graetz nos da más interesantes datos al respecto cuando nos informa que muerto Recesvinto,

    ...los judíos conversos tomaron parte en una revuelta contra su sucesor Wamba (672-680). El Conde Hilderico, Gobernador de Septimania, una provincia de España, habiéndose rehusado reconocer al recién electo rey, enarboló la bandera de la revuelta. Y con el fin de ganar partidarios y recursos, él prometió a los judíos conversos un lugar donde refugiarse con libertad religiosa, en su propia provincia, y ellos aprovechando la invitación acudieron en gran número. La insurrección de Hilderico de Nimes asumió grandes proporciones, y en principio abrigó esperanzas de una exitosa victoria, pero los insurgentes fueron finalmente derrotados. Wamba apareció con un ejército frente a Narbona (Francia), y expulsó a los judíos de esa ciudad (101).

    Por más que se la quiera vigilar, la quinta columna aprovecha siempre la primera oportunidad para echar abajo el régimen cuya existencia no le conviene, siendo evidente una vez más que las discordias y las ambiciones personales han brindado a los judíos la oportunidad de encumbrarse. Por fortuna en este caso el conde rebelde perdió la batalla, sin conseguir la modificación del orden de cosas imperante, lo cual hubiera sido fatal para la Iglesia.

    Gracias a esto logró el cristianismo un triunfo completo sobre el judaísmo y sus ocasionales y egoístas aliados. Sin embargo, al mismo tiempo que se lograba decisiva victoria sobre el enemigo visible y franco, se iba perdiendo lentamente terreno frente a la quinta columna, ya que a medida que más arraigaba la infiltración judía en el seno de la Santa Iglesia, más se agudizaba la simonía, vicio de origen judaico propagado por los falsos conversos del judaísmo y por sus descendientes infiltrados en el clero. El Concilio XI de Toledo, celebrado bajo el reinado de Wamba, en su Canon IX insiste en la represión de la simonía pugnando por impedir los ardides de que se valen los que “tratan de comprar la dignidad de obispo”, tan ambicionada por los judíos quintacolumnistas.





    Capítulo Decimocuarto

    LA IGLESIA COMBATE AL CRIPTOJUDAÍSMO. EXCOMUNIÓN DE OBISPOS NEGLIGENTES



    Hacía ya medio siglo que se había realizado la gran conversión al cristianismo de los judíos del Imperio Gótico y tres décadas de lo que el historiador Amador de los Ríos llama la casi universal conversión. No obstante, el reino de Recaredo estaba infestado y minado por doquier de falsos cristianos que practicaban el judaísmo en secreto y conspiraban en las sombras por aniquilar a la Iglesia y al estado. La situación era tan grave que en el año de 681 –primero del reinado de Ervigio-, de común acuerdo el respetable clero católico y el monarca, elaboraron una legislación civil a la vez que eclesiástica, con el fin de destruir la quinta columna introducida por el judaísmo en la Cristiandad. En ella se castigaba severamente a todo aquel que, siendo cristiano, practicara ocultamente los ritos y costumbres hebreas, así como a quienes apoyaran o encubrieran en alguna forma a estos falsos cristianos, sin exceptuar a los obispos que se hicieren culpables de tales faltas. Primero fue aprobada esta legislación por el monarca –con la colaboración de miembros destacados del clero- y posteriormente fue presentada a la consideración del Concilio XII de Toledo, en el que metropolitanos y obispos, con su autoridad eclesiástica, la aprobaron plenamente y la incluyeron en los cánones del referido santo Sínodo.

    Para poder comprender los fundamentos de los cánones de los concilios de la Santa Iglesia –tanto ecuménicos como provinciales- que trataron de solucionar el terrible problema judaico y el presentado en particular por la quinta columna introducida en la sociedad cristiana, es preciso tomar en cuenta que tanto en la antigüedad, como en nuestro días, ninguna nación ha tolerado que un grupo de extranjeros la traicionen, haciendo labor de espionaje y sabotaje en beneficio de potencias extrañas, y abusando de la hospitalidad que se les ha brindado generosamente en su territorio.

    En la antigüedad todos los pueblos, sin excepción, castigaban con la pena de muerte a tales espías y saboteadores, y en los tiempos modernos, por lo general, también. Si a ello añadimos que, la quinta columna judía introducida en las naciones cristianas y gentiles, además de hacer labor de espionaje y sabotaje, ha desplegado –a través de los siglos- un trabajo de conquista interna provocando guerras civiles que han costado millones de vidas y hasta ha asesinado, en su propia casa, a quienes generosamente les abrieron sus fronteras, robándolos o tratando de esclavizarlos, es por ello, indudable, que las llamadas colonias judías en los estados cristianos y gentiles sean mucho más peligrosas y más dañinas para los territorios en que están instaladas que las vulgares organizaciones de espionaje y sabotaje; y si a los miembros de éstas se les ha castigado con la pena de muerte sin distinción de raza, religión o nacionalidad, ¿por qué habría de hacerse una excepción en beneficio de los hebreos y del tipo de quinta columna más peligroso, dañino y criminal? ¿Qué privilegio tienen los israelitas para que cuando cometen un delito de alta traición, espionaje, sabotaje o conspiración contra el pueblo que les da albergue, se les perdone y no se les castigue como se hace con los espías de otras razas o nacionalidades?

    Todos los pueblos tienen derecho natural a la legítima defensa, y si unos inmigrantes extranjeros, haciendo mal uso de la hospitalidad que se les ha brindado, los ponen a esos pueblos en el terrible dilema de vida o muerte, dichos extranjeros perniciosos son los únicos responsables de las medidas que los pueblos traicionados y amenazados tomen en contra de los quintacolumnistas.

    Así lo comprendió la Santa Iglesia y así lo comprendieron los monarcas cristianos. En algunos concilios –como luego veremos- hasta se dijo claramente que los culpables de tales crímenes eran acreedores a la pena de muerte, pero, por lo general, en vez de aplicar tal sanción tan común y justificada en esos caos, la Santa Iglesia y los reyes cristianos hicieron una excepción con los hebreos, perdonándoles la vida una y centenares de veces, comprometiendo con ello peligrosamente su futuro y su derecho de vivir en paz y con libertad en su propio territorio. Y en uso de tan excepcional benevolencia, para evitar que las quintacolumnas judías pudieran hacer todo el daño que intentaban, en vez de suprimirlas radicalmente, recurrieron a una serie de medidas que, perdonándoles la existencia, les redujeran sin embargo, a la impotencia para que no pudieran causar daño al pueblo que les daba albergue, y con tal fin los diversos concilios de la Iglesia y las bulas de los Papas fueron aprobando una serie de cánones y leyes, tales como poner a los judíos una señal que los distinguiera de los miembros de la nación en cuyo territorio vivían, para que estos últimos se cuidaran de las actividades subversivas de los israelitas contra la Iglesia y el Estado, señales que variaron desde rayarles (raparles) la cabeza, hasta obligarlos a usar un gorro, un vestido o un distintivo especial (sambenito).

    En otros casos, la legislación canónica y los mandatos pontificios ordenaron que se les confinara en barrios especiales llamados guettos; que se les prohibiera adquirir puestos de gobierno o jerarquías dentro de la Iglesia para impedirles llevar adelante su labor de conquista y dominio del pueblo que por desgracia les había abierto sus fronteras.

    A los reincidentes alguna vez se les ejecutaba, pero en la mayor parte de los casos se les perdonaba la vida una vez más, reduciéndose a castigarlos con la confiscación de bienes, con la expulsión del país o con penas más leves como la de los azotes, ahora fuera de uso, pero en otros tiempos tan común en todos los pueblos de la Tierra.

    Como estas peligrosas quintacolumnas judías siguieron conspirando, una y otra vez, contra los pueblos cristianos y contra la Santa Iglesia, ésta, en vez de recurrir al expediente definitivo de aniquilarlas usando la pena de muerte –como todo pueblo lo hace con los espías y saboteadores profesionales-, trató de suprimirlas por medios más suaves, reduciendo a la impotencia a los adultos y tomando a los niños inocentes para que fueran educados en conventos o en casas de cristianos honrados, para, en esta forma, luego de dos o tres generaciones, quedara extirpada la amenazadora quinta columna judía, sin tener que recurrir a las ejecuciones en masa de esos maestros en el arte del espionaje, del sabotaje y de la traición.

    Sin embargo, es necesario reconocer que esta benevolencia excepcional que usaron, tanto la Santa Iglesia como los monarcas cristianos y los jerarcas del mundo islámico, no les dio resultado, ya que además que las medidas de represión que tomaron contra los quintacolumnistas parecieron odiosas, los judíos se valieron siempre de infinidad de ardides para burlar las medidas tendientes a maniatarlos e impedir que siguieran haciendo tanto mal. Se valieron del soborno –comprando a precio de oro a los malos jerarcas civiles y eclesiásticos- para que convirtieran en letra muerta los cánones y leyes vigentes o recurrieron a infinidad de intrigas para librarse de ese control tendiente a reducirlos a la impotencia, provocando nuevas revueltas, urdiendo cada vez más peligrosas conspiraciones, hasta que aprovechándose de la bondad de la Iglesia y de los pueblos cristianos, lograron en los tiempos modernos romper los frenos que les impedían causar mayor daño e irrumpir en la sociedad cristiana amenazándola con el total aniquilamiento.

    Para poder entender la justificación de todas las leyes canónicas (que estudiaremos en el curso de esta obra) y de todas las medidas tendientes a salvaguardar a los pueblos de la acción conspiradora de esos extranjeros dañinos, es preciso que tomemos en cuenta todo lo anterior, con lo cual entenderemos que la Santa Iglesia, lejos de ser cruel, como afirman los israelitas, fue en extremo benévola con ellos, y quizá fue esa extrema benevolencia la que permitió a los judíos hacer grandes progresos en su labor de conquistar y esclavizar a los pueblos, como está ocurriendo actualmente en los desgraciados países dominados por la dictadura totalitaria del socialismo judaico; situación catastrófica ésta, que hubiera ocurrido muchas centurias antes, si la Iglesia no hubiera tomado siquiera las medidas preventivas que estudiaremos en el resto de la presente obra.

    Hechas estas justas aclaraciones en defensa de la doctrina y de la política seguidas a través de los siglos por la Santa Iglesia, pasaremos a ocuparnos de lo aprobado al respecto en el Concilio XII de Toledo. En el pliego presentado por el rey Ervigio al santo Sínodo, se señala lo siguiente:

    “Reparad reverendísimos Padres y honorables Sacerdotes de los Ministerios celestes...por eso me presento con efusión de lágrimas en la venerable reunión de Vuestra Paternidad, para que con el celo de vuestro régimen, se purgue la tierra del contagio de la maldad. Levantaos os ruego, levantaos, desatad las ligaduras de los culpables, corregid las costumbres deshonestas de los transgresores, haced ver la disciplina de vuestro fervor contra los pérfidos y extinguid la mordacidad de los soberbios, aliviad el peso de los oprimidos y lo que es más que todo esto, extirpad de raíz la peste judaica, que cada día va creciendo con mayor furor (`et quod plus hic omnibus est, Iudaeorum pestem, quae in novam semper recrudescit insaniam, radicibus extirpate´). Examinad también con la mayor detención, las leyes que nuestra gloria promulgó hace poco contra la perfidia de los judíos, añadid a ellas vuestra sanción y reunidlas en un solo estatuto para refrenar los excesos de los mismos pérfidos” (102).

    Es interesante notar, que entre las calamidades que eran denunciadas al mencionado Sínodo, se considera como la más grave de todas la de la peste judaica, que cada día iba creciendo en proporción alarmante.

    En el Canon IX de dicho santo Concilio se consignó la legislación aprobada por éste en contra del criptojudaísmo, es decir, contra los hebreos que vivían cubiertos con la máscara de un falso cristianismo a quienes tanto el monarca como el Sínodo llaman ya judíos, a secas, dada la seguridad que se tenía que los descendientes de los conversos del judaísmo practicaban en secreto la religión hebrea, puesto que debe recordarse que para estas fechas estaba proscrito totalmente el judaísmo en el Imperio Gótico y que sólo podía existir clandestinamente. Del citado canon, que comprende toda la legislación antihebrea citada, tomaremos solamente las partes más importantes al tema que nos ocupa:

    Canon IX.- “Confirmación de las leyes promulgadas contra la maldad de los judíos (`De confirmatione legum, quae in judaeorum nequitiam promulgatae sunt´), siguiendo el orden de los distintos títulos en que se hallan, cuyo orden se enumera en este Canon.

    Hemos leído en títulos distintos las leyes que nuevamente ha promulgado el glorioso príncipe, acerca de la execrable perfidia de los judíos, y las hemos aprobado con examen severo, y, porque dadas con razón han sido aprobadas por el Sínodo, serán observadas en adelante irrevocablemente, en contra de sus excesos...” (103).

    A continuación se transcriben las leyes, que aprobadas, pasan a formar parte integrante del mencionado Canon IX, destacando por su interés las siguientes disposiciones.

    La ley I habla de que la gran perfidia de los judíos y sus oscuros errores “...se vuelven muy sutiles y se acrecientan en sus malas artes y engaños...” ya que fingían ser buenos cristianos y trataban siempre de eludir las leyes que prohibían su clandestino y subterráneo judaísmo.

    Las leyes IV y V castigan a los criptojudíos que celebran los ritos y festividades hebraicas y pretenden apartar a los cristianos de la fe en Cristo. No se trata aquí de castigar los ritos o ceremonias de una religión extraña, sino de castigar a los falsos cristianos que, a pesar de su simulación, en secreto practican el judaísmo. Las medidas represivas son, por lo tanto, tendientes a destruir la quinta columna hebrea introducida en el seno de la Santa Iglesia y del Estado cristiano.

    La ley VI prohíbe a los judíos cubiertos con la máscara del cristianismo practicar las costumbres religiosas hebreas en materia de carnes, pero aclaran que se permite a los conversos, que sean buenos cristianos, se abstengan de comer carne de puerco. Se ve que esos falsos católicos todavía seguían engañando al clero y al rey con su pretendida repugnancia por la carne de cerdo.

    La ley IX les prohíbe hacer labor subversiva en contra de la fe cristiana, imponiendo fuertes castigos a quienes lo hagan: además, este ordenamiento ya castiga a los cristianos que los encubran y ayuden. A este respecto, dice “...si algún (judío) ... enseñare a alguno de éstos (de los que ha hecho apartarse de la ley de Cristo) dónde esconderse y lo encubriere él (el judío) en su casa o bien si él (el judío) lo acogió (al que ha hecho apartarse de la ley de Cristo) ... reciba cada uno de ellos (el judío y el que huye) 100 azotes y el rey confisque sus bienes y sean desterrados para siempre...”.

    Terrible castigo contra los que ayudaban a los hebreos encubriéndolos, con los cual pensaban los obispos del Concilio y el mismo monarca terminar con aquéllos que ayudan a los judíos sirviéndoles de cómplices en su lucha contra la Cristiandad.

    Es evidente, que ahora más que nunca se necesita que se hagan efectivas las disposiciones de este sagrado canon, porque sólo así tendremos esperanzas de vencer a la bestia judaico-comunista, cuyos triunfos son posibles debido al entreguismo de quienes diciéndose cristianos, ayudan a judíos y comunistas, facilitando su victoria.

    La ley X sigue fulminando y sancionando a quienes ayuden al judaísmo, sin distinción de clase y jerarquía, diciendo entre otras cosas:

    “De ahí que, si algún cristiano, de cualquier linaje que sea, o de cualquier dignidad o de cualquier orden que sea, ya sea varón, o clérigo o lego, que tomare algo de comer o algún regalo por ayudar, contra la ley de Cristo a algún judío o a alguna judía, o bien recibiere de ellos, o de sus enviados cualquier regalo que sea, o empezare a no defender y sostener los preceptos de la ley de Cristo* [ *Simple delito de pasividad ante el enemigo] (a causa) de alguna cosa que haya recibido de ellos, todos aquellos que actuaren movidos por los regalos o dádivas o bien encubrieren la falta de algún judío si la saben, o si cesaren de escarmentar su maldad de alguna manera, que sufran (los que encubren) los mandamientos de los santos padres que están en los decretos y paguen a la tesorería del rey el doble de lo que recibieron del judío o de la judía, si les fuere probado (el yerro)” (104).

    Se ve, en efecto, que los judíos han sido siempre maestros en el arte de comprar, a precio de oro, la complicidad de los cristianos y gentiles, sacerdotes o seglares, y que éstos han padecido con frecuencia el mal crónico de venderse a la Sinagoga de Satanás.

    Las embajadas y legaciones de Israel en distintos países del mundo han estado haciendo sospechosas invitaciones a arzobispos y destacados dignatarios de la Iglesia Católica, a quienes han seducido con un interesante viaje a Tierra Santa, con todos los gastos pagados y un itinerario hábilmente confeccionado -como los de esos viajes a la Unión Soviética. Esto lo estaban haciendo en vísperas del actual Concilio Ecuménico Vaticano II; y con ello, según hemos sabido, tratan de comprar su adhesión a la ponencia de condenación del antisemitismo, que la judería internacional tiene preparada para que sus agentes quintacolumnistas en el Concilio la hagan aprobar. Esperamos que este tipo de soborno –viajes pagados a Palestina- fracase y que ningún sucesor de los apóstoles incurra en el pecado de Judas, de venderse por treinta monedas de plata.

    Siempre preocupó a las jerarquías de la Santa Iglesia encontrar las causas que encadenaban al criptojudaísmo, tanto a los conversos como a sus descendientes; una de ellas fue localizada en los libros judaicos que estos falsos cristianos leían en la clandestinidad y cuyas enseñanzas trasmitían de padres a hijos. La ley XI se propone castigar severamente este delito, ordenando entre otras cosas que:

    “Si algún judío leyere...los escritos de los judíos, los cuales (libros) contradicen la fe de Cristo o aquellos libros fueren hallados en casa de algún judío o los escondiera y se le descubrieran, que le rayen (rapen) la cabeza y reciba cien azotes y haga sobre ello un escrito con testigos (en el que mencione) que nunca más los volverá leer o tener...y si después de hecho el escrito señalado hiciere lo que nosotros defendemos (prohibimos) ... (además de las penas dichas) pierda toda su fortuna y sea echado de la tierra (de los dominios del Rey) por siempre; y si reincidiera, el Rey dará toda su fortuna a quien quisiere de sus varones ... Y si algún maestro fuere hallado enseñando tal error (judaizando) ... y si volviera a enseñar esto que nosotros defendemos (prohibimos) ... pierda toda su fortuna, en favor del Rey, y ráyenle (rápenle) la cabeza y reciba cien azotes y sea echado de la tierra por siempre ... quedarán libres (sus discípulos) de esas penas cuando fuere probado que son menores de doce años; y si tuvieran más de doce años y leyeran aquellos errores, sufran la pena, el tributo y los azotes que sus maestros han de padecer en esta nuestra constitución” (105).

    Se ve, por consiguiente, que con esto se hacía un esfuerzo supremo para impedir que los falsos cristianos transmitieran de padres a hijos su criptojudaísmo, por medio de la enseñanza de su doctrina y de los libros clandestinos. Al mismo tiempo se hace un vano intento de lograr que los culpables no reincidan, por medio de una promesa formal hecha por escrito ante testigos de que no lo harán, promesa inútil, ya que los hebreos en estas como en otras ocasiones nunca han cumplido sus promesas ni sus pactos solemnes, según lo demostraron los hechos en los años siguientes.

    La ley XII estableció que:

    “Si algún judío, por astucia y por engaño, o por miedo de perder sus bienes dijere que sostiene las costumbres de la ley de los cristianos y cumpliere –de dicho (de palabra) la ley de Cristo y dijere que no liberará a sus siervos cristianos porque es cristiano; nosotros ya hemos explicado de qué manera es conveniente que afirme lo que dice para que de allí en adelante no pueda engañar ni falsificar en lo que dice. Y por consiguiente, establecemos de común acuerdo, que todos los judíos que estén en las provincias de nuestro reino... puedan vender a sus siervos cristianos tal como les mandamos en la ley de arriba, la que está antes de ésta. Y si ellos (los judíos) quisieran tenerlos (a los cristianos) consigo, afirmen (los judíos) -de la manera que nosotros explicamos en este libro-, que se han hecho cristianos, ya que les dimos tiempo para que no caiga sospecha sobre ellos y para que se deshagan de todo engaño, y les dimos 60 días, desde el 1er. día de febrero hasta el 1º de abril de este año...y que nunca retornen a su antigua infidelidad y a todos sus otros pactos, tal como nosotros hemos explicado en este capítulo, bajo tal condición, que profesen y declaren de palabra (la fe cristiana) y que no tengan otra cosa en el corazón, sino sólo lo que dicen por la boca y que no tengan ninguna oportunidad de mostrar por fuera que no son cristianos y ocultar en sus corazones el judaísmo...Y el que de ellos se dijere cristiano, después de haber hecho el testimonio y después de haber jurado, y por sí mismo retornare a la ley de los judíos, y la creyere, y abandonare lo que juró, y no lo cumpliere, y jurare por el nombre de Dios en falso, y se tornare a la infidelidad del judaísmo, confísquenle todos sus bienes y que pasen al rey y reciba (el judío) 100 azotes y rápenle la cabeza y sea desterrado” (106).

    Con esta disposición, que formó parte de la citada legislación aprobada y confirmada por el Canon IX del santo Concilio XII Toledano, los metropolitanos y obispos del santo Sínodo trataban de evitar que los judíos –cubriéndose con la apariencia del cristianismo- pudieran tener bajo su dominio a siervos cristianos, dándoles la oportunidad de que vendieran sus siervos, sin siquiera expropiárselos.Sin embargo, dadas las precauciones extremas que tomaron tanto los prelados como el rey cristiano, se ve claramente que con tal de conservar sus siervos cristianos, los israelitas fingían ser leales a la fe de Cristo, mientras en secreto seguían siendo judíos y formando parte de esa destructora quinta columna judaica introducida en la Cristiandad. Por eso, se les amenazaba con severísimas penas al descubrirlos haciendo tal cosa, en un vano intento de asegurar la conversión sincera de los hebreos y de sus descendientes y el aniquilamiento de la peligrosa quinta columna.

    Desgraciadamente, ni la Santa Iglesia ni el monarca cristiano pudieron lograr ambos anhelos; lo único que ocurrió fue que con la experiencia que iban adquiriendo al darse cuenta de las imprudencias o indiscreciones que los descubrían, los falsos cristianos ocultaron en forma cada vez más eficaz su judaísmo subterráneo refinando los métodos de simulación a tal punto que, a través de los siglos, llegaron a la perfección posible en ese arte.

    Por otra parte, el santo Concilio XII de Toledo, ya se ocupa de un problema que habría de atraer la atención de los pueblos cristianos y también la de los musulmanes: el de obligar a los hebreos a llevar una señal especial, que los distinguiera del resto del pueblo, para que éste pudiera cuidarse de sus engaños y de su labor subversiva. Aquí el santo Concilio aprueba que se les “raye” la cabeza, con lo cual los señalaba como peligrosos criptojudíos, en forma quizá más eficaz que la que emplearon después otras instituciones cristianas y musulmanas y últimamente los nazis, con la famosa estrella judaica cosida en sus vestidos. Los gorros, los trajes especiales o las estrellas podrían quitárselas, pero la “rayada” de la cabeza, difícilmente. A todos nos espantaría, en el siglo XX, una semejante disposición aprobada por un santo Concilio de la Iglesia, pero quienes conozcan el peligro mortal que para el resto del mundo ha significado siempre y sigue significando esta cuadrilla de criminales judíos, se mostrarán más tolerantes y comprensivos. Estas señales, usadas en distintas épocas, fueron formas eficaces para que los falsos cristianos –quintacolumnistas del judaísmo- pudieran ser distinguidos y para que los verdaderos discípulos de Cristo pudieran cuidarse de sus venenosas actividades. Si en nuestros días hubiera una forma de reconocerlos a tiempo, estarían incapacitados para realizar tan eficazmente su labor de traición y engaño, que ha puesto a tantos pueblos en las garras del comunismo asesino.

    Volviendo al santo Concilio XII Toledano, señalaremos que entre las prescripciones aprobadas en su Canon IX, figuran las leyes XIV y XV, que establecen el texto de abjuración del judaísmo y a la vez, el texto del juramento de fidelidad al cristianismo, ambos fueron empleados en el que por desgracia fue un estéril intento de asegurar la sinceridad de esas falsas conversiones.

    A pesar de todas las medidas tomadas para evitarlo, el judío trata de ejercer actividades de dominio en todo pueblo que le abre sus puertas, o sea, sobre quienes le brindaron hospitalidad. La ley XVII trata, precisamente, de poner fin a una parte de esas actividades de dominio, prohibiendo a los israelitas, entre otras cosas, “...que no se atreva a apoderarse o mandar o coaccionar...o a mandar o vender o a tener poder sobre los cristianos, de ninguna manera...” ordenando castigos para los judíos que violaren esta ley y también para los nobles, varones con puesto público, que violándola dieren a los hebreos dominio sobre los cristianos.

    Desgraciadamente, los judíos azuzaron el espíritu rebelde de la aristocracia visigoda en contra del monarca para ganarse la protección de la primera, anulando en gran parte la eficacia de estas leyes.

    Otra medida aprobada por el santo Concilio para destruir a la quinta columna está incluida en la ley XVIII, que establecía un verdadero espionaje contra los cristianos descendientes de judío, en el seno mismo de su hogar, al obligar a sus siervos cristianos a que denunciaran sus prácticas judaicas, ofreciéndoles como premio de tal denuncia, su libertad de servidumbre.

    La citada ley, refiriéndose a los mencionados siervos, ordena:

    “...que en cualquier tiempo, cualquier tiempo, cualquiera que se proclamase, se reconociere y dijere y jurare que es cristiano, o que se ha hecho cristiano, y descubriere la infidelidad de sus señores (amos), y él negare su error, en aquella hora salga libre públicamente, con todo su peculio y tenga la posibilidad de legarlo ( a sus sucesores)”.

    Quizá de todas las medidas citadas hasta ahora, tendientes a destruir el criptojudaísmo en el seno de la sociedad cristiana, la acabada de mencionar fue la más eficaz, ya que era lógico que un siervo, que era casi un esclavo, tuviera siempre interés en recobrar su libertad a cambio de denunciar las prácticas judaicas clandestinas de sus amos, solamente cristianos en apariencia. Aquí, los prelados del santo Concilio Toledano dieron un paso decisivo, porque a partir de esa disposición, los quintacolumnistas iban a tener que cuidarse en su propio hogar de sus mismos siervos, que en cualquier momento podrían descubrir su judaísmo subterráneo y denunciarlo. Por desgracia, los falsos cristianos criptojudíos encontraron un medio para ocultar su judaísmo secreto, aun en el propio hogar, y la medida de los prelados fue insuficiente para destruir a la quinta columna, tornándose el criptojudaísmo cada vez más hermético y más oculto, como lo veremos en posteriores capítulos.



    DESTIERRO DE OBISPOS Y SACERDOTES QUE DEN PODER A LOS JUDÍOS


    Este santo Concilio XII de Toledo, se ocupó una vez más de condenar a los obispos y clérigos que entraban en nocivas complicidades con los hebreos; al efecto, en la ley XIX aprobada por el Canon IX, ordena:

    “...y si algún obispo, o sacerdote, o diácono o clérigo, o monje, diera poder a algún judío para supervisar alguna cosa de la Iglesia, o para despachar asuntos de los cristianos, que pague de su hacienda (bienes) la cantidad a que equivalgan aquellas cosas de la Iglesia sobre las cuales le dio poder, y si no tuviere de dónde pagar, que sea desterrado, para que por eso se le castigue con la pena de la penitencia, y que aprenda y entienda su mala acción...” (107).

    Los prelados del Concilio también aprobaron la legislación conducente a impedir que los cristianos de sangre judía aprovechasen los viajes de una población a otra para judaizar en secreto, al verse libres de la vigilancia de los clérigos del lugar donde radicaban. Así, la ley XX del mismo Canon, dice que:

    “...si fuere de un lugar a otro, debe ir (a ver) al obispo de aquel lugar, o al sacerdote, o al alcalde de esa tierra y no se aparte de aquel sacerdote para que el dicho sacerdote testimonie en verdad que se ha alejado de guardar los sábados y las costumbres y las pascuas de los judíos, para que otros como él no tengan modo, cuando vayan a otras tierras o lugares, de ocultar su error ni de esconderse en lugares ocultos para perseverar en su error antiguo y por eso (recomendamos) que guarden en aquellos días que estuvieren con los cristianos todas las leyes y preceptos de la cristiandad...”

    Después sigue diciendo que si se excusaren aduciendo que han de ir de un lugar a otro, que:

    “..no se vayan sin comisión (o alguna tarea) de los sacerdotes a quienes fueron a ver, hasta que pasen los sábados y sepan (los sacerdotes) con seguridad que ellos (los judíos) no los guardan, y escriba el sacerdote del lugar, una carta, de propia mano, (dirigida) a los sacerdotes (de los lugares) por donde han de pasar aquellos judíos, para que ya no caiga sobre ellos sospecha ni engaño, tanto si residen en algún lugar como si andan viajando y sean presionados para que hagan esto con derecho. Y si alguno de ellos no cumpliere esta orden nuestra, entonces el obispo del lugar, o el sacerdote, de acuerdo con el alcalde, pueden hacer que cada uno (de los que no cumplieren) reciba cien azotes, porque nosotros no permitimos que se vayan a sus casa si no es con cartas de los obispos o de los sacerdotes de aquellos lugares a donde fueren. Y que escriban en dichas cartas cuántos días permanecieron con el obispo de aquella ciudad y de cómo llegaron a ese lugar y en qué día salieron de allí y llegaron a sus casas” (108).

    Es indudable que la obligación impuesta a los siervos cristianos de denunciar a sus amos también cristianos, cuando estos últimos practicaban en secreto el judaísmo, puso a los criptojudíos en graves dificultades para celebrar los ritos del sábado y las festividades judaicas, incluso en el secreto de su hogar, no quedándoles otro recurso que fingir un viaje para realizarlos en lugar clandestino y no vigilado; pero una vez descubiertas tales tretas, el santo Concilio y el cristianísimo rey Ervigio buscaron los medios de controlar al detalle esos viajes de los criptojudíos, con el fin de evitar que con ellos siguieran practicando el judaísmo quienes oficialmente eran cristianos. A su vez, la ley XXI completa lo anterior renovando la antigua legislación tendiente a obligar a los hebreos a ir con el obispo, clérigo, o a falta de ellos, con buenos cristianos del lugar, los días de fiesta hebreos, “...con el fin de que allegándose (los judíos) a ellos (es decir, a los cristianos) testimonien con verdad que son cristianos y que viven rectamente”.

    El objeto era impedir que los cristianos de sangre judía tuvieran la menor posibilidad de observar los días hebreos para ver si con ello se convertían, a la larga, en sinceros cristianos, dejando de practicar subterráneamente el judaísmo.



    PROHIBICIÓN A LOS SACERDOTES DE QUE AMPAREN A LOS JUDÍOS

    La ley XXIII del Canon IX da poder a los sacerdotes para que hagan cumplir estas disposiciones, ordenando terminantemente a dichos clérigos:

    “...y que ninguno (sacerdote) ampare a ningún judío, ni razone con él aunque persevere en su error y en su ley”.

    Por lo visto el problema de los Judas, de los clérigos que ayudaban a los enemigos de la Iglesia era ya tan grave, que justificó también la aprobación de esta ley por el santo Sínodo.



    EXCOMUNIÓN DE OBISPOS NEGLIGENTES

    Pero la ley XXIV es todavía más explícita al respecto cuando ordena:

    “Los sacerdotes de la Iglesia de Dios deben pensar y evitar de no cometer el pecado de dejar a las gentes perseverar en su error...Y por tanto establecemos, para recordarles su negligencia, que si algún obispo fuere vencido de la codicia y de malos pensamientos y fuere débil de corazón para hacer cumplir a los judíos estas leyes, y después de saber sus yerros (de los judíos) y se le averiguare su necedad y no los presionare (a los judíos) y no los castigare, sea excomulgado (el sacerdote) por tres meses y pague al rey una libra de oro y si no tuviere de dónde pagarla, quede excomulgado seis meses para que se castigue por su negligencia y su flaqueza de corazón. Y damos poder a cualquier obispo que tenga celo de Dios, para que refrene y constriña el yerro de aquellos judíos y para que enmiende sus locuras, y (haga esto) en vez del obispo negligente y que acabe lo que el otro olvidó. Y si no se moviere gustosamente para hacerlo y fuere negligente y semejante al otro, y no tuviere celo de Dios, ni fuere membrado (cuidadoso), entonces el rey enmiende sus yerros y condénelos por el pecado. Esta misma ley que damos para los obispos que son negligentes en enmendar el yerro de los judíos, la aplicamos a los otros religiosos, tanto sacerdotes como diáconos y clérigos...” (109).

    Al aprobar el Concilio Toledano esta ley, en su Canon sagrado número IX, declaró que era pecado mortal ya no sólo el hecho de ayudar a los judíos, sino el de que el obispo, sacerdote o religioso fuera negligente en el cumplimiento de sus obligaciones en la lucha contra el judaísmo, sancionando ese pecado mortal con la excomunión del obispo culpable.Aquí cabría preguntar: ¿cuántos obispos y altos dignatarios de la Iglesia serían excomulgados en la actualidad si se aplicara lo sancionado por el Canon IX del mencionado santo Concilio, dado que está tan generalizada en el clero del siglo XX la comisión de este pecado mortal, de ayudar a los judíos en una forma o en otra?

    La ley XXVII establece algo muy importante al ordenar que la sinceridad del cristianismo en los católicos de origen judío sea comprobada, no solamente por el testimonio de los obispos, sacerdotes o alcaldes del lugar, sino también por las acciones de dicho cristiano. No basta, por lo tanto, el que ellos aseguren que se convirtieron sinceramente, sino que es preciso que con hechos lo demuestren. Esta ley se ocupa, en forma muy rigurosa, de aquellos cristianos que habiendo sido descubiertos como criptojudíos ya hayan sido perdonados por haber demostrado con palabras y obras su arrepentimiento, para luego ser descubiertos de nuevo practicando el judaísmo. Para estos reincidentes, dice la citada ley:

    “...que no merezcan jamás ser perdonados y sufran lo que merecen, ya sea pena de muerte o bien otra que sea menor, (pero) sin ninguna palabra falla y sin ninguna piedad de ninguna índole” (110).

    Al aprobar esta ley el santo Concilio XII de Toledo, estableció, una vez más, la doctrina de la Iglesia católica al respecto, ya que una cosa es que Dios Nuestro Señor esté dispuesto a perdonar a todo pecador antes de la muerte y otra que los judíos, que constituyen una amenaza constante para la Iglesia y la humanidad, deban ser castigados por la autoridad civil por sus delitos, no siendo lícito que puedan aducir, para evitar el justo castigo, la sublime doctrina del perdón a los enemigos, enseñada por Nuestro Divino Salvador, porque El se refería al perdón de los agravios que un particular le cause a otro particular, pero no a los delitos o crímenes cometidos por un delincuente en perjuicio de la sociedad o de la nación.

    Los clérigos que en nuestros días están al servicio del judaísmo forjan a este respecto sofisticadas conclusiones, tratando de utilizar en forma hasta sacrílega, las doctrinas sublimes de amor y de perdón de Nuestro Redentor Jesucristo, con el ánimo de impedir que los pueblos amenazados de esclavitud por el judaísmo, puedan hacer uso del derecho natural de legítima defensa, luchando contra los criminales conspiradores hebreos o propinándoles el justo castigo. No hay que olvidar, además, la gran autoridad que la Santa Iglesia ha concedido siempre a los citados Concilios toledanos, en lo que respecta a la definición de la doctrina eclesiástica y en cuanto a las medidas tomadas en contra de los judíos por el Concilio XII; su vigor, como doctrina, de la Santa Iglesia, es mayor en vista de que reunido en el año de 683 un nuevo concilio de Toledo, el número XIII, no sólo confirmó en su Canon IX las leyes aprobadas en el Sínodo anterior, sino que ordenó que tuvieran vigor y solidez eternamente, dándoles con ello el carácter perenne de Doctrina de la Iglesia. Al efecto, el citado Canon IX del Concilio XIII de Toledo, dice:

    “De la confirmación del Concilio XII, celebrado en el año primero del gloriosísimo rey Ervigio. Aunque las actas sinodales del Concilio Toledano XII, celebrado el año primero de nuestro príncipe glorioso Ervigio, fueron dispuestas y arregladas por el fallo unánime de nuestro consentimiento en esta ciudad real, sin embargo ahora reproducido este apoyo de nuestra firme decisión, decretamos que semejantes actas como se escribieron u ordenaron, tengan vigor y solidez eternamente” (111).


    Continúa...
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Capítulo Decimoquinto

    EL CONCILIO XVI DE TOLEDO CONSIDERA NECESARIA LA DESTRUCCIÓN DE LOS JUDÍOS QUINTACOLUMNISTAS.

    Como ya hemos dicho, en vista de la casi universal conversión de los judíos al cristianismo, el Imperio Visigodo se encontraba luchando tenazmente en contra de un tipo de judaísmo mucho más peligroso: el cubierto con la máscara del cristianismo. Los esfuerzos realizados por los santos Concilios XII y XIII de Toledo para destruir este poderoso bloque de hebreos introducidos en el seno de la Santa Iglesia, habían fracasado por completo. La minuciosa y enérgica legislación antijudía aprobada por ambos Concilios, fue incapaz de aniquilar la peligrosísima quinta columna, al impedir que los cristianos de sangre hebrea abandonaran sus clandestinas prácticas judaicas y se convirtieran en verdaderos cristianos. Prueba de ello es que diez años después, reinando ya Egica, el Concilio XVI Toledano volvió a ocuparse de este pavoroso asunto, precisamente en su Canon I, que dice:

    Canon I. “De la perfidia de los judíos.- Aunque en condenación de la perfidia de los judíos, hay infinitas sentencias de los Padres antiguos y brillan además muchas leyes nuevas; sin embargo como según el vaticinio profético relativo a su obstinación, el pecado de Judá está escrito con pluma de hierro y sobre uña de diamante, más duros que una piedra en su ceguera y terquedad. Es, por lo tanto, muy conveniente que el muro de su infidelidad debe ser combatido más estrechamente con las máquinas de la Iglesia Católica, de modo que, o lleguen a corregirse en contra de su voluntad, o sean destruidos de manera que perezcan para siempre por juicio del Señor” (112).

    Después de establecer claramente ese punto de doctrina, el santo Concilio en el canon citado, continúa enumerando medidas adicionales que debían de tomarse de inmediato contra los judíos.

    Esta definición de la doctrina de la Santa Iglesia en contra de los hebreos sirvió de base para que, siglos después, Papas y Concilios aprobaran la pena de muerte en contra de los criptojudíos infiltrados en el seno del catolicismo. En defensa de estas doctrinas y de la política de la Santa Iglesia, ya hemos dicho qué medidas similares han aprobado siempre –y aprueban todavía en la actualidad- la generalidad de los Estados del mundo cristiano y del mundo gentil en contra de los espías o saboteadores de naciones enemigas.

    Nadie ha pretendido nunca criticar a ningún gobierno porque ejecute a los quintacolumnistas o a los traidores a su patria. Sin embargo, toda la fuerza de la propaganda judaica, desde hace siglos, ha sido concentrada en contra de la Santa Iglesia, porque al igual que todas las naciones del mundo, consideró justificada la pena de muerte en contra de los judíos infiltrados en el seno de la Cristiandad con el ánimo de espiar, destruir o conquistar a la sociedad cristiana. Es verdad que es lamentable que se mate a cualquier ser humano, pero si las naciones tienen derecho a defenderse, también lo tuvo la Santa Iglesia, que al mismo tiempo que se defendía a sí misma, defendía a los pueblos que en ella habían depositado su fe y su confianza, máxime si se toma en cuenta que los judíos introducidos en el seno de la Santa Iglesia, además de constituir una vasta red de espías vulgares y saboteadores, constituyen la más destructora quinta columna en el seno mismo de la nación que por desgracia los tiene infiltrados dentro de sus instituciones. Así es que, por razón de estado y en defensa de la Iglesia, procedía, sin duda alguna, la acción contra ellos, acción que era precisamente dirigida tanto por la Santa iglesia, como por el estado cristiano, ambos firmemente unidos.

    Lo ideal sería que los judíos abandonaran voluntariamente la nación que bondadosamente les da albergue y se fueran a su patria, para que respetando el derecho a la independencia que todo pueblo tiene, no incurrieran en el crimen de espionaje y sabotaje de la peor especie, como miembros de las más peligrosas quintacolumnas que en el mundo hayan existido; de esa manera nadie los molestaría y ellos dejarían vivir en paz al resto de las naciones. Si ellos persisten en cometer delitos sancionados con las máximas penas, son los únicos responsables del justo castigo que, a través de la historia, han recibido por la comisión de tales delitos; sobre todo, ahora que tienen territorio propio que les fue asignado en la Unión Soviética y también en el Estado de Israel. Durante los siglos que no tuvieron patria, debieron haberse resignado a permanecer como el resto de los inmigrantes, viviendo en paz y respetando los derechos del pueblo que les dio albergue y de la religión que éste profesaba; de esta forma, nada les hubiera ocurrido. Lejos de hacer tal cosa, traicionaron a las naciones que les dieron hospitalidad, trataron de conquistarlas, robarlas o destruirlas e hicieron todo lo posible por aniquilar al cristianismo desde su nacimiento; se infiltraron en su seno, tratando de desintegrarlo por dentro mediante herejías; impulsaron y fomentaron las sangrientas persecuciones romanas, provocando con sus crímenes la repulsa universal, así como una reacción defensiva, no sólo de la Santa Iglesia y de los pueblos cristianos, sino también del Islam y de los pueblos a él sujetos.

    Los propios judíos, con su criminal, ingrata y traidora manera de proceder, fueron los que provocaron las sangrientas represiones organizadas contra ellos por los pueblos amenazados, ejercitando estos últimos su derecho de legítima defensa. Se lamentan de esas represiones, pero ocultan por completo las causas que las motivaron. Es como si los romanos, cuando pretendieron conquistar las Galias, al sufrir en la lucha millares de muertes, hubieran tenido el cinismo de acusar a los galos agredidos de ser asesinados y perseguidores de romanos. O como si los japoneses en la guerra pasada –cuando se lanzaron a conquistar China, sufriendo cientos de miles de bajas- hubieron tenido la desfachatez de acusar a los chinos de ser asesinos de japoneses; porque entonces podríamos decir: si los romanos no hubieran invadido las Galias no hubieran tenido que lamentar que los galos mataran a miles de romanos; y si los japoneses no hubieran invadido China, tampoco hubieran tenido que lamentar la muerte de sus nacionales.

    Pero mientras estos y otros pueblos jamás han incurrido en la hipocresía de quejarse de las bajas y perjuicios que sufren debido a sus guerras de conquista, los judíos, que desde hace siglos han emprendido la más cruel y totalitaria guerra de este tipo –oculta e hipócrita pero muy sanguinaria-, sí tienen el cinismo de poner el grito en el cielo cuando las religiones o los pueblos, en legítima defensa, matan judíos y los privan de la libertad para impedirles seguir causando tanto daño.

    Si los israelitas no quieren sufrir en lo sucesivo las consecuencias de su perseverante y cruel lucha de conquista universal, deben cesarla; y si no lo hacen, deben tener cuando menos el valor de afrontar con dignidad las consecuencias, como lo han hecho los demás pueblos conquistadores del mundo.






    Capítulo Decimosexto

    EL CONCILIO XVII TOLEDANO CASTIGA CON LA ESCLAVITUD LAS CONSPIRACIONES DE LOS JUDÍOS

    En el año 694, reinando todavía Egica, fue descubierta una vastísima conspiración de los falsos cristianos, practicantes en secreto del judaísmo. La conspiración constaba de grandes ramificaciones y varios objetivos tendientes, por una parte, a perturbar el estado de la Iglesia y a usurpar el trono y, por otra, a traicionar a la patria y a destruir a la nación visigoda.

    En esos tiempos, San Félix, Arzobispo de Toledo, había convocado a un nuevo concilio, al que asistieron todos los prelados del Imperio, incluyendo algunos de la Galia narbonense –ya que una peste impidió que todos los de esa región acudieran. Ya reunido, el santo Sínodo tuvo conocimiento y pruebas de la conspiración criptojudía que tramaba una revolución en todos los órdenes, de tan mortal peligro para el cristianismo y para el Estado cristiano, que se abocó a ella el Santo Concilio, congregado en la iglesia de Santa Leocadia de la Vega, en la ciudad de Toledo y presidido por el propio San Félix, quien en esta tremenda lucha fue el nuevo caudillo de la Cristiandad frente a los judíos.

    Las actas de este santo Sínodo constituyen uno de los más valiosos documentos ilustrativos de lo que es capaz, en un momento dado, la quinta columna hebrea introducida en el seno de la Iglesia e introducida también en el territorio de un pueblo cristiano o gentil. Creemos que el documento no sólo es de importancia para los católicos, sino también para los hombres de cualquier pueblo o religión que se enfrenten a la amenaza del imperialismo judaico.

    Lo más interesante de este Concilio en su Canon VIII, que ordena literalmente:

    “De la condenación de los judíos (Iudaeorum damnatione). Y porque se sabe que la plebe judía está manchada con una feísima nota de sacrilegio y cruenta efusión de sangre de Jesucristo, y contaminada además con la profanación del juramento (entre otras cosas porque habían jurado ser fieles cristianos y no judaizar en secreto), de manera que sus maldades son sin número; por eso es necesario que lloren haber incurrido en tan grave pecado de animadversión, aquéllos que a causa de sus maldades, no sólo han querido perturbar el estado de la Iglesia, sino que en atrevimiento tiránico han intentado arruinar la patria y la nación, tanto que alegrándose por creer que había ya llegado su tiempo, han causado diversos estragos a los católicos. Por cuyo motivo la presunción cruel y estupenda debe extirparse con un suplicio más cruel. De manera que el juicio debe ser contra ellos tanto más severo, cuanto en todas partes se castiga lo que se sabe haber sido definido perversamente. Caminando en este Santo Concilio con toda cautela, por la senda de otras causas, llegó a nuestros oídos la conspiración de los mismos, de manera que no sólo en contra de su promesa, por la observancia de sus sectas, mancharon la túnica de la fe, con que les había vestido la Santa Madre Iglesia al darles el agua del sagrado bautismo, sino que quisieron usurpar el trono real por medio de una conspiración, y habiendo llegado plenísimamente a nuestros oídos por confesión de ellos mismos esta infausta maldad mandamos que por sentencia de nuestro decreto sean castigados con irrevocable censura; a saber, que en observancia del mandato del piadosísimo y religiosísimo príncipe nuestro Egica, que encendido del celo del Señor e impelido de la santa fe, no sólo quiere vengar la injuria hecha a la Cruz de Cristo, sino también al exterminio proyectado de su gente y patria que ellos decretaron con muchísima crueldad, se trate de extirparlos con más rigor, privándolos de todas sus cosas y aplicándolas al fisco, quedando además sujetos a perpetua esclavitud en todas las provincias de España, las personas de los mismos pérfidos, sus mujeres, hijos y toda su descendencia, expelidos de sus propios lugares y dispersándolos, debiendo servir, a aquéllos a quienes la liberalidad real los cediere...Y respecto a sus hijos de ambos sexos, decretamos que tan luego como cumplan siete años, se les separe de la compañía de sus padres, sin permitirles ningún roce con ellos, debiendo entregarlos sus mismos señores, a cristianos fidelísimos, para que los eduquen, con objeto de que los varones lleguen a casarse con mujeres cristianas y viceversa, no teniendo licencia como ya hemos dicho, los padres ni tampoco los hijos, para celebrar bajo ningún concepto, las ceremonias de la superstición judaica, ni para volver en ninguna ocasión a la senda de la infidelidad” (113).

    Como primer comentario a este sagrado Canon VIII del santo Concilio XVII Toledano, podemos asegurar que de haberse celebrado este santo Sínodo de la Iglesia Católica en nuestros días, tanto el Arzobispo San Félix que lo presidió, como el Santo Concilio en pleno, hubieran sido condenados como antisemitas y criminales de guerra nazis. En efecto, es muy notorio, en la actualidad, cómo aquellos cardenales y obispos que más están al servicio de la Sinagoga de Satanás que de la Santa Iglesia, fulminan censuras y condenaciones contra los católicos que defienden de la amenaza judaica tanto a la Santa Iglesia como a su Patria. Estos jerarcas eclesiásticos lanzan condenaciones contra los verdaderos católicos y patriotas, reprobando los ataques que ellos hacen a los hebreos, muchísimo más leves éstos, sin embargo que los que les lanza el sagrado Concilio presidido por un tan preclaro santo canonizado por la Iglesia, como lo fue San Félix, Arzobispo de Toledo.

    Por otra parte, la peligrosa conspiración que los conversos del judaísmo y sus descendientes organizaron, demuestra la forma en que los falsos cristianos, criptojudíos, habían podido burlar con éxito toda la legislación promulgada contra ellos por los concilios anteriores, sintiéndose con fuerzas suficientes para realizar una conspiración de tan vastas proporciones. Ante la magnitud del peligro, tanto la santa Iglesia como el Estado cristiano se aprestaron a la defensa, recurriendo a las medidas extremas de reducir a todos los judíos a la esclavitud y arrancarles a sus hijos a los sita años de edad, para que apartados de sus padres y recibiendo educación cristiana, fueran liberados de toda posibilidad de ser atraídos a las organizaciones del judaísmo clandestino. Sin duda, se pretendía evitar con esto, que el judaísmo se transmitiera de padres a hijos –aunque los padres siguieran judaizando en secreto- y en esa forma lograr que en la siguiente generación quedara destruida la quinta columna de falsos cristianos adheridos en secreto a la Sinagoga de Satanás. El hecho de obligar a esos niños de la nueva generación, al llegar a mayores, a casarse con buenos cristianos o cristianas, tenía indudablemente por móvil establecer una garantía más para que en la tercera generación quedara completamente aniquilada la mencionada quinta columna, y los descendientes de los hebreos se convirtieran en cristianos sinceros. Sin embargo, como después veremos, este tipo de intentos fracasaron, ya que judíos clandestinos no identificados, pudieron siempre iniciar secretamente en el judaísmo a los niños cristianos de sangre judía.

    Por otra parte, la gran habilidad de los hebreos para la intriga trastornó todos los planes del santo Concilio e hizo fracasar, una vez más, las medidas extremas que tomaron la Santa Iglesia y la muy cristiana monarquía visigoda con el fin de defenderse de la amenaza judía.

    Hay un dato interesantísimo en las actas de este santo Concilio en donde se pone de manifiesto que ya en esos remotos tiempos, es decir, hace casi mil doscientos años, habían estallado varias rebeliones hebreas contra los reyes cristianos, hecho que hace constar el rey Egica en su pliego al santo Sínodo cuando manifiesta que

    ...en algunas partes del mundo se rebelaron (los hebreos) contra sus príncipes cristianos y que muchos perecieron a manos de éstos por justo juicio de Dios” (114).

    Es evidente que en estas rebeliones contra los príncipes cristianos sólo pudieron obtener buenos resultados los hebreos cuando –después de una experiencia de siglos- comprendiendo que para realizar las rebeliones con éxito, tendrían que convertir en sus aliados inconscientes a los propios pueblos cristianos, para lo cual los agitadores israelitas –cubiertos como de costumbre con la máscara del cristianismo- tendrían que aparecer como redentores de dichos pueblos y organizadores de movimientos liberales y democráticos, ofreciendo a las masas de la población la seductora promesa de que se gobernarían ellas mismas, librándose del yugo de los monarcas.

    Hay que tener presente que los terribles castigos aprobados contra los conspiradores criptojudíos por el Concilio XVII, se aplicaron en todos los dominios del Imperio Gótico, con excepción de la Galia narbonense, asolada por mortal epidemia y por otras causas, se encontraba, según lo aclara el pliego del soberano, “casi despoblada”. Por eso se permitiría vivir allí a los judíos como antes,

    “con todas sus cosas, sujetos al duque de aquella misma tierra para que aprovechen a las públicas debilidades” (115).

    Es, pues, muy posible, que el referido duque de la Galia gótica haya ejercido presión para lograr que se dejara a los hebreos de su región libres de los castigos acordados por el santo Concilio contra los del resto del Imperio, lo que no solamente salvó a esos falsos cristianos, sino que provocó la fuga de muchos otros de las regiones afectadas hacia la Galia narbonense, huyendo de la amenaza de esclavitud y demás castigos contra ellos decretados. Con esto empezó a crecer el porcentaje de la población criptojudía en el mediodía de Francia, hasta llegar a convertirse en una segunda Judea.

    Es cierto que esa tolerancia en la Galia narbonense, se sujetó a la condición de que los protegidos se convirtieran en sinceros cristianos y se abstuvieran de practicar en secreto el judaísmo, so pena –en caso contrario- de incurrir en las fuertes sanciones aprobadas por el santo Sínodo. Pero como pudo comprobarse en siglos posteriores, lejos de abandonar su judaísmo esos falsos cristianos, lo tornaron tan hermético, que el mediodía de Francia se hizo famoso durante la Edad Media por estar convertido en el más peligroso nido de judíos clandestinos, cubiertos habilísimamente con la máscara de un tan aparente como insincero cristianismo, estableciendo en esa región el verdadero cuartel general de las más destructoras herejías revolucionarias, las cuales estuvieron a punto de aniquilar a la Iglesia y a la Cristiandad entera en los siglos del medievo. Esto muestra con toda claridad los resultados desastrosos que se obtienen al tener contemplaciones y benevolencias con un enemigo tan tenaz y perverso como es el judaísmo.


    La rebelión judía contra el rey a que aluden las citadas actas sinodales y que fue sofocada a tiempo con todo rigor por Egica y por las enérgicas sanciones del Concilio XVII de Toledo, fue algo de tan grandes proporciones, que estuvo a punto de aniquilar al Estado cristiano y sustituirlo por un Estado judío. Para comprender esto, es necesario que examinemos algunos antecedentes.

    El escritor católico, don Ricardo C. Albanés, hablando de la situación de los hebreos en la monarquía visigoda, dice al respecto:

    Los judíos se habían multiplicado de manera asombrosa en la España gótica, como había acontecido antes en el antiguo Egipto, y como en éste adquirieron grande importancia y también riquezas, al extremo de hacerse necesarios a los conquistadores visigodos. Se dedicaron con preferencia al comercio, a las artes, a la industria, casi todos los médicos eran judíos e igualmente había muchos abogados; pero particularmente monopolizaban el tráfico mercantil con el Oriente, para lo cual les servían de maravilla sus relaciones de linaje e idioma. Dueños de importantes negocios, llegaron también a poseer gran número de esclavos cristianos a los que trataban duramente. Pero no sólo se iban enseñoreando los judíos del país de los godos, sino que no cejaban de minar cuanto podían la fe cristiana. Su ayuda solapaba a los herejes como a los arrianos primero y a los priscilianistas después, a la vez que la labor de los judaizantes agravó el conflicto que se desarrollaba en tierras hispánicas entre el cristianismo y el judaísmo, determinando que no sólo los concilios, sino también los mismos reyes dictasen muy pronto duras medidas antisemíticas” (116).

    Pero además de ese inmenso poderío que los judíos habían adquirido, la política seguida por la Santa Iglesia y los reyes cristianos de colmar de honores, de dar valiosas posiciones y hasta títulos de nobleza a los judíos que se convirtieran sinceramente al cristianismo, abriéndoles las puertas del sacerdocio y de las dignidades eclesiásticas, al mismo tiempo que se perseguía sin piedad a los falsos conversos, lejos de traer las consecuencias anheladas, logrando que todos se convirtieran sinceramente, produjo resultados muy contrarios a los deseados, ya que entonces fingían con mayor hipocresía haberse convertido lealmente para alcanzar los beneficios y valiosas posiciones con que se premiaba a los sinceros conversos, pudiendo así encumbrarse cada vez más en las instituciones religiosas y políticas de la sociedad cristiana y llegar a adquirir en ellas mayor poder.

    Esta situación les hizo abrigar la esperanza de poder hacer triunfar una bien preparada rebelión, que les permitiera aniquilar el Estado cristiano para sustituirlo por uno judío, para lo cual aseguraron, con tiempo, la ayuda militar de poderosos núcleos hebreos del norte de África que invadirían la Península Ibérica al estallar en ella la rebelión general de los falsos cristianos, practicantes en secreto del judaísmo.

    El ilustre historiador español Marcelino Menéndez y Pelayo explica lo siguiente:

    “Deseosos de acelerar la difusión del Cristianismo y la paz entre ambas razas, los Concilios XII y XIII de Toledo conceden inusitados privilegios a los judíos conversos de veras (plena mentis intentione), haciéndoles nobles y exentos de capitación. Pero todo fue en vano: los judaizantes (cristianos criptojudíos) que eran ricos y numerosos en tiempos de Egica, conspiraron contra la seguridad del Estado...El peligro era inminente. Aquel rey y el Concilio XVII de Toledo apelaron a un recurso extremo y durísimo, confiscando los bienes de los judíos, declarándolos siervos, y quitándoles los hijos, para que fueran educados en el Cristianismo” (117).

    Ya se puede ver cómo, desde hace doce siglos, los judíos se burlaron de la noble aspiración cristiana de establecer la paz y la armonía entre las distintas razas, sacando cruel provecho de tan evangélico anhelo y adquiriendo posiciones valiosas que les permitieran destruir la sociedad cristiana y sojuzgar al pueblo que ingenuamente les había abierto sus fronteras. En nuestros días, siguen utilizando con gran éxito el deseo nobilísimo de la unidad de los pueblos y la hermandad de las razas, con tan similares como perversos fines.

    El famosos historiador holandés Reinhart Dozy, da interesantes detalles sobre la conspiración judías que estamos analizando, los cuales son confirmados por la “Enciclopedia Judaica Castellana”, que es una voz autorizada del judaísmo. Dicho investigador, refiriéndose a los israelitas del Imperio Gótico, dice:

    “Hacia 694, diecisiete años antes de la conquista de España por los musulmanes, proyectaron una sublevación general, de acuerdo con sus correligionarios de allende el Estrecho, donde varias tribus bereberes profesaban el judaísmo y donde los judíos desterrados de España habían encontrado refugio. La rebelión probablemente debía estallar en varios lugares a la vez, en el momento en que los judíos de África hubiesen desembarcado en las costas de España; mas antes de llegar el momento convenido para la ejecución del plan, el gobierno fue puesto en conocimiento de la conspiración. El rey Egica tomó inmediatamente las medidas dictadas por la necesidad; luego, habiendo convocado un Concilio en Toledo, informó a sus guías espirituales y temporales de los culpables proyectos de los judíos y les pidió que castigaran severamente a esa `raza maldita´. Escuchadas las declaraciones de algunos israelitas, de las que resultó que el complot pretendía nada menos que convertir España en un Estado Judío, los obispos, estremeciéndose de ira e indignación, condenaron a todos los judíos a la pérdida de sus bienes y de su libertad. El rey los entregaría como esclavos a los cristianos y aun a quienes hasta entonces habían sido esclavos de los judíos y a los que el rey emancipaba” (118).

    Un caso típico de cómo actúa la quinta columna judía en contra de las naciones que le brindan albergue.






    Capítulo Decimoséptimo

    RECONCILIACIÓN CRISTIANO-JUDÍA: PRELUDIO DE RUINA

    Muerto Egica, ocurrió lo que con tanta frecuencia ha sucedido en los estados cristianos y gentiles: los nuevos gobernantes olvidan el arte de continuar la sabia política de sus antecesores y tratan de hacer toda clase de innovaciones, que en poco tiempo destruyen la labor de años de trabajo concienzudo, fruto de la experiencia. Una de las causas de la superioridad política de las instituciones judías –comparadas con las nuestras- ha sido la de haber sabido continuar, a través de siglos, una política uniforme y definida contra los que consideran sus enemigos, es decir, contra el resto de la humanidad. En cambio, ni nosotros los cristianos, ni los musulmanes y demás gentiles, hemos sido capaces de sostener una misma política continuada frente al judaísmo por más de dos o tres generaciones sucesivas, por muy adecuada que ésta haya sido y aunque haya estado inspirada en el más elemental derecho de propia defensa.

    Witiza, hijo de Egica, que fue llamado al trono al morir éste, empezó por desbaratar todo lo que había hecho su padre, tanto lo bueno como lo malo. Hombre de violentas pasiones –muy dado a los placeres mundanos- pero con buenas intenciones durante los primeros tiempos de su reinado, subió al trono con el magnífico deseo de perdonar a todos los enemigos de su padre y de lograr la unidad de sus súbditos. La Crónica del pacense nos muestra a Witiza como un individuo conciliador, amante de reparar injusticias pasadas, llegando al extremo de hacer quemar los documentos falsificados en favor del erario.

    Los falsos cristianos –sometidos a la sazón a dura esclavitud después de fracasada su monstruosa conspiración- vieron en las intenciones conciliadoras y en el justo anhelo de unificación del reino que inspiraban Witiza, el medio de librarse del tremendo castigo y de recordar su perdida influencia y obtener de él una disposición que los librara de la pesada servidumbre y los elevara, por el momento, a un rango de igualdad con los demás súbditos. Como otros, Witiza cayó en la trampa. Creyó que la solución del problema judío radicaba en la reconciliación cristiano-judía, la cual pondría fin a una larga lucha de siglos y consolidaría la paz interna del Imperio, bajo las bases de respeto mutuo, igualdad de derechos, mayor comprensión y hasta convivencia fraternal y amistosa entre cristianos e israelitas, lo que ahora llaman los hebreos y sus agentes en el clero “fraternidad judeo-cristiana”.

    Una reconciliación de este tipo puede ser una solución magnífica y deseable, pero sólo es posible cuando las dos partes la desean verdaderamente; mas cuando una de ellas obra de buena fe, y en aras de la reconciliación renuncia a su legítima defensa, destruye sus armas defensivas y se queda inerme, confiando en la buena fe de la otra parte, mientras ésta, en cambio, nada más aprovecha la generosa actitud de su antiguo adversario para buscar el momento para darle la puñalada mortal; entonces, la supuesta reconciliación, la naciente y falsa fraternidad, es sólo preludio de muerte o cuando menos de ruina.

    Eso es lo que ha ocurrido en todos los casos en que cristianos y gentiles, engañados por las hábiles maniobras diplomáticas de los judíos, han creído en la amistad y lealtad de éstos o en la reconciliación cristiano-israelita, debido a que, desgraciadamente, los hebreos usan esos tan nobles como hermosos postulados sólo como un medio para desarmar a quienes en el fondo de su corazón y secretamente, siguen considerando sus mortales enemigos. Todo ello con el fin de que, una vez desarmados y adormecidos los cristianos por el néctar aromático de la amistad y la fraternidad, puedan ser cómodamente esclavizados o aniquilados. Los hebreos han tenido siempre como norma –cuando están débiles o amenazados peligrosamente- fingirse amigos de sus enemigos para poderlos dominar más fácilmente. Desgraciadamente, la maniobra les ha dado resultado a través de los siglos y les sigue dando todavía.

    La diplomacia hebrea es clásica: pintan con negros colores las persecuciones, las servidumbres o las matanzas de que fueron víctimas para mover a compasión; ocultan, sin embargo, con todo cuidado, los motivos que ellos mismos dieron para provocar tales persecuciones. Una vez que logran inspirar compasión, tratan de convertirla hábilmente en simpatía, para después luchar sin descanso para obtener toda clase de ventajas al amparo de tales sentimientos. Esa compasión y simpatía son las que siempre tienden a destruir las defensas que contra ellos hayan levantado los jerarcas religiosos y civiles, cristianos o gentiles, y son, asimismo, las que facilitan a los judíos sus planes de dominio sobre el infeliz Estado, que en aras de esa compasión o de la reconciliación cristiano-judía, destruye ingenuamente las murallas que habían levantado gobernantes anteriores para defenderlo de la conquista judaica.

    A medida que los hebreos adquieren mayor influencia en el país que les brinda hospitalidad, al amparo de estas maniobras, se van convirtiendo, de perseguidos en perseguidores implacables de los verdaderos patriotas que intentan defender a la religión o a su país contra la acción dominadora o destructora de los extranjeros indeseables, hasta que los israelitas logran el dominio del Estado cristiano o gentil; o su destrucción, si así lo tienen planeado.

    No fue otra cosa lo que ocurrió durante el reinado de Witiza: primero, los hebreos lograron moverlo a compasión e inspirarle simpatía, logrando que los librara de la dura servidumbre decretada sobre ellos por el Concilio XVII de Toledo y por el rey Egica, quienes la promulgaron como defensa en contra de los judaicos planes de conquista. Las defensas que la Santa Iglesia y la monarquía visigoda hablan creado para protegerse del imperialismo judaico fueron, por lo tanto, demolidas. Witiza los elevó fraternalmente a la misma categoría de los cristianos. Incluso, cuando los hebreos se ganaron la simpatía del monarca, éste los amparó y protegió, llegando a otorgarles mayores honores que los otorgados a las iglesias y a los prelados. Todo esto nos lo demuestran las célebres crónicas del siglo XIII, “De Rebus Hispaniae” de Rodrigo Jiménez de rada, Arzobispo de Toledo, y el “Chronicon” del Obispo Lucas de Tuy (Lucas Tudensis).

    Como se ve, los hebreos lograron colocarse en posición superior a la de las iglesias y prelados, una vez que obtuvieron la liberación y la igualdad. Como es natural, todas estas medidas empezaron a sembrar el descontento entre los cristianos y entre los clérigos celosos defensores de la Santa Iglesia, siendo muy posible que tan creciente oposición haya inclinado a Witiza a reforzar la posición de sus nuevos aliados israelitas; y así, como afirma el Obispo Lucas de Tuy en su Crónica citada, Witiza abrió las puertas del reino a los judíos expulsados del Imperio Gótico por anteriores concilios y reyes. Volvieron aquéllos en gran número a su nueva tierra de promisión, para ampliar e intensificar el creciente poderío que iban adquiriendo en el reino de los visigodos (119).
    El historiador del siglo pasado José Amador de los Ríos, conocido por su hábil defensa en favor de los judíos, reconoce, sin embargo, que, respecto a los hebreos, Witiza hizo todo lo contrario de lo que habían hecho su padre y los reyes que le precedieron:

    “Revocando, pues, por medio de un nuevo Concilio nacional, los cánones de los anteriores y las leyes que había la nación recibido con entusiasmo, abrió Witiza las puertas del reino a los que habían huido a extrañas tierras por no abrazar la religión católica; relajó el juramento de los que habían recibido el agua del bautismo, y colocó, por último, en elevados puestos a muchos descendientes de aquella raza proscrita. No pudieron menos de producir estas precipitadas y poco discretas medidas los resultados que hubieran debido esperarse. Lograda en breve por los judíos una preponderancia verdaderamente peligrosa, convirtieron en provecho suyo todas las ocasiones que al efecto se les presentaban; y fraguando tal vez nuevos planes de venganza, preparándose en secreto a desquitarse de las ofensas recibidas bajo la dominación visigoda” (120).

    Este investigador, insospechable de antisemitismo y a quien los historiadores judíos toman, por lo general, como fuente digna de todo crédito, nos ha descrito en pocas palabras las terribles consecuencias que acarreó a los cristianos la política que inició el rey Witiza a principios de su reinado, con el señuelo de libertar a los hebreos oprimidos y de lograr después la reconciliación cristiano-judía y la pacificación de ambos pueblos.

    El padre jesuita Juan de Mariana, historiador del siglo XVI, dice lo siguiente respecto del tremendo cambio operado en Witiza:

    “Verdad es, que al principio Witiza dio muestra de buen Príncipe, de querer volver por la inocencia y reprimir la maldad. Alzó el destierro a los que su padre tenía fuera de sus casas y para que el beneficio fuese más colmado, los restituyó en todas sus haciendas, honras y cargos. Demás desto hizo quemar los papeles y procesos para que no quedase memoria de los delitos e infamias que les achacaron, y por los cuales fueron condenados en aquella revuelta de tiempos. Buenos principios eran estos, si continuara, y adelante no se trocara del todo y mudara. Es muy difícil refrenar la edad deleznable y el poder con la razón, virtud y templanza. El primer escalón para desbaratarle fue entregarse a los aduladores...”

    Sigue el historiador jesuita narrando todas las torpezas cometidas por Witiza y que hizo aprobar por ese conciliábulo de que habla Amador de los Ríos. Es curioso el comentario que hace el padre Mariana con respecto a las leyes que permitieron a los hebreos públicos regresar a España, señalando al efecto:

    “En particular contra lo que por leyes antiguas estaba dispuesto, se dio libertad a los judíos para que volviesen y morasen en España. Desde entonces se comenzó a revolver todo y a despeñarse” (121).

    Es muy natural que todo haya comenzado a revolverse y a despeñarse con la entrega a los judíos de puestos de gobierno y con el retorno de los hebreos expulsados. Esto es lo que ha ocurrido casi siempre a través de la historia cuando los cristianos y los gentiles, en forma generosa, han tendido la mano de la amistad a los judíos dándoles influencia y poder, ya que lejos de agradecer los israelitas estos gestos de magnanimidad, lo han “revuelto todo y lo han lanzado al despeñadero”, usando la atinada frase del padre Mariana.

    El historiador católico Ricardo C. Albanés, describe el cambio operado en Witiza de la siguiente manera:

    “La energía de Egica había sabido tener a raya la rebeldía de los judíos y las intentonas muslímicas, pero su hijo y sucesor Witiza (700-710), tras de un breve período en que siguió una conducta loable, se transformó en un monarca despótico y profundamente vicioso, echándose en brazos de los judíos, otorgándoles honores y cargos públicos...” (122).

    Con respecto a la corrupción lamentable de Witiza, la valiosa crónica del siglo IX conocida como “Chronicon Moissiacense”, hace una impresionante descripción del negro fango de vicios en que se sumiera Witiza y su corte, quien llegó al extremo de tener un harem en su palacio; y para dar valor legal a esta situación, estableció la poligamia en su reino, permitiendo incluso a los clérigos tener varias esposas, con escándalo general de toda la Cristiandad. Este hecho está también narrado por el “Chronicon” de Sebastián, Obispo de Salamanca, que además afirma que Witiza hostilizó en forma rabiosa a los clérigos que se oponían a sus desvaríos, llegando al extremo de disolver concilios e impedir por la fuerza que los sagrados cánones vigentes fueran ejecutados, colocándose en abierta rebeldía contra la Santa Iglesia (123).

    Pero Witiza no sólo disolvió un concilio que lo condenaba, sino que por medio de los clérigos que los seguían incondicionalmente, convocó otro que –según narran el ilustrísimo Obispo Lucas de Tuy en su crónica medieval, el famoso historiador jesuita Juan de Mariana y otros no menos ilustres cronistas e historiadores- se reunió en Toledo, en la Iglesia de San Pedro y San Pablo del Arrabal, donde a la sazón se encontraba un convento de monjas de San Benito. Dicho concilio aprobó tales aberraciones en contra de la doctrina tradicional de la Iglesia, y al hacerlo se tornó en verdadero conciliábulo, cuyos cánones carecieron de toda legalidad.

    Según afirman los cronistas e historiadores citados, el conciliábulo empezó a contradecir la doctrina y aquellos cánones de la Santa Iglesia que condenaban a los judíos y que ordenaban a los cristianos, y a los clérigos en particular, que no los ayudasen ni fuesen negligentes en su lucha contra los hebreos, bajo pena de excomunión. El conciliábulo, contradiciendo lo anterior, dictó medidas de protección para los judíos y aprobó el retorno de aquellos hebreos expulsados en reinados anteriores; además, suprimió la monogamia y estableció la poligamia, permitiendo incluso a los clérigos tener no sólo una, sino varias esposas. Las actas del conciliábulo, que fue convocado con el carácter de Concilio XVIII de Toledo, se perdieron; sólo se tiene noticia de algunos de los asuntos allí aprobados, a través de las crónicas mencionadas. Algunos cronistas medievales llegan a asegurar que enfurecido Witiza porque S.S. el Papa no aprobó sus desafueros, negó obediencia al pontífice, provocando escandaloso cisma; y que, para dar fuerza a tal separación, ésta fue aprobada por el citado conciliábulo (124).

    La persecución en contra de los clérigos fieles a la santa Iglesia fue tan dura que muchos, por cobardía o espíritu acomodaticio, llegaron a doblegarse al tirano. El padre Mariana, por ejemplo, consigna lo siguiente:

    “Era por este tiempo Arzobispo de Toledo Gunderico sucesor de Félix, persona de grandes prendas y partes, si tuviera el valor y ánimo para contrastar a males tan grandes; que hay personas a quienes aunque desplace la maldad, no tienen bastante ánimo para hacer rostro al que la comete. Quedaban otrosí algunos Sacerdotes, que como por la memoria del tiempo pasado se mantuviesen en su puridad, no aprobaban los desórdenes de Witiza: a éstos él persiguió y afligió de todas maneras hasta rendirlos a su voluntad, como lo hizo con Sinderedo sucesor de Gunderico, que se acomodó con los tiempos y se sujetó al Rey en tanto grado que vino que Oppas hermano de Witiza, o como otros dicen hijo, de la Iglesia de Sevilla cuyo Arzobispo era, fuese trasladado a Toledo. De que resultó otro nuevo desorden encadenado de los demás, que hubiese juntamente dos prelados en aquella ciudad contra lo que disponen las leyes Eclesiásticas” (125).

    En este, como en muchos otros casos, la compasión hacia los hebreos –convertida luego en simpatía- y el filosemitismo disfrazado de pretendida reconciliación o fraternidad cristiano-judía, permitió a los israelitas libertarse primero de la servidumbre y luego apoderarse del ánimo del monarca que quedó sujeto a su influencia, con la que lograron encumbrarse a los puestos de gobierno. En esta, como en otras ocasiones, coincidieron estos hechos con la desorganización y corrupción del Estado cristiano, el encumbramiento de los malos, y la persecución de los defensores de la Iglesia y su nación. Por desgracia, en tiempos de Witiza faltó un San Atanasio, un San Juan Crisósotomo o un San Félix que salvaran la situación. Por el contrario, los arzobispos y obispos –más deseosos de vivir cómodamente que de cumplir con su deber- acabaron por someterse al tirano, acomodándose con los tiempos. Una situación así no podía desembocar sino en espantosa catástrofe tanto para la sociedad cristiana como para la iglesia visigoda, que no tardaron en sucumbir sangrienta y devastadoramente.

    La situación que estamos analizando tiene especial importancia por su notable parecido con la situación actual. La santa iglesia se encuentra amenazada de muerte por el comunismo, la masonería y el judaísmo; y, por desgracia, no se ve surgir por ningún lado el nuevo San Atanasio, el nuevo San Cirilo de Alejandría o el nuevo San Félix que salven la situación. Los malos se aprestan a destruir las defensas de la Iglesia, a modificar sus ritos, a maniatar a los cristianos y entregarlos, como entonces, en las garras del imperialismo judaico. Los buenos se encuentran acobardados, porque hasta estos momentos no se ve claro cuáles cardenales o prelados tomarán en forma eficaz, ahora más que nunca, la defensa de la Santa Iglesia y de la humanidad amenazadas por el imperialismo hebreo y su revolución comunista.

    Nos encomendamos fervorosamente a Dios Nuestro Señor para que en este como en otros casos, haga surgir un nuevo San Atanasio o un nuevo San Bernardo que salven a la Santa Iglesia, a la Cristiandad y a la humanidad del horrible desastre que las amenaza.

    Los altos jerarcas de la Iglesia deben tener presente que si por acomodarse al tiempo claudican como claudicó el alto clero de los tiempos de Witiza, serán tan responsables como los propios israelitas. Serán tan culpables como lo fueron en gran parte esos prelados y clérigos, que en los últimos días del Imperio Visigodo facilitaron con su cobardía y su posición acomodaticia la cruel destrucción que luego sobrevino a la Cristiandad en los confines del ferozmente aniquilado Imperio, destrucción realizada por los musulmanes con la ayuda eficaz y decisiva de la quinta columna judía.

    El reinado de Witiza nos presenta otro ejemplo clásico de lo que ocurre con una nación que los judíos quieren hundir y que adormecida y engañada por un supuesto deseo de cimentar la reconciliación cristiano-judía, la unidad de los pueblos, la igualdad de los hombres y otros ideales por el estilo, hermosos si fueran sinceros, comete el error de permitir que los israelitas escalen posiciones elevadas en la nación que planean arruinar o conquistar. En tales casos, la historia nos demuestra que los judíos siembran por todos los medios a su alcance la inmoralidad y la corrupción, ya que es relativamente fácil arruinar a un pueblo debilitado por ambas plagas, porque así quedará incapacitado para defenderse adecuadamente.Es una extraña coincidencia que también en el caso del Imperio Gótico, cuando Witiza permitió que los hebreos adquirieran elevadas posiciones en su gobierno y en la sociedad cristiana, empezó a imperar y difundirse toda clase de corrupciones e inmoralidades, empezando por el rey y sus íntimos colaboradores; ese rey que se había entregado en manos de innobles consejeros y colaboradores judíos.

    La corrupción de costumbres que llegó a caracterizar los reinados de Witiza y el brevísimo de Rodrigo, es descrita con elocuentes palabras por el Padre Mariana S.J., quien dice:

    “Todo era convites, manjares delicados y vino, con que tenían estragadas las fuerzas, y con las deshonestidades de todo punto perdidas; y a ejemplo de los principales, los más del pueblo hacían una vida torpe e infame. Eran muy a propósito para levantar bullicios, para ser fieros y desgarros; pero muy inhábiles para acudir a las armas y venir a las puñadas con los enemigos. Finalmente el imperio y señorío ganado por valor y esfuerzo se perdió por la abundancia y deleites que de ordinario le acompañan. Todo aquel vigor y esfuerzo con que tan grandes cosas en guerra y en paz acabaron, los vicios le apagaron, y juntamente desbarataron toda la disciplina militar, de suerte que nos e pudiera hallar cosa en aquel tiempo más estragada que las costumbres de España, ni gente más curiosa en buscar todo género de regalo (126).

    El comentario que hace a estos renglones el diligente historiador José Amador de los Ríos es también interesante:

    “Imposible parece leer estas líneas, que trasladamos de un historiador muy digno de respeto, sin lograr el convencimiento de que un pueblo venido a tal estado, se hallaba al borde de una gran catástrofe. Ningún sentimiento noble y generoso, había logrado sobrenadar, en tan deshecha borrasca: todo era escarnecido y envuelto en el más afrentoso vilipendio. Aquellos crímenes, aquellas aberraciones habían menester de grandes expiaciones y castigos; y no corrieron muchos años sin que los `campos de placer´ humearan con la sangre visigoda, y sin que el fuego musulmán devorase los palacios que había levantado la molicie de los descendientes de Ataúlfo” (127).

    Urge hacer hincapié en dos significativas coincidencias. Primera: no había en esos tiempos en la Cristiandad sociedad más estragada por la corrupción que la del Imperio Godo, hecho que coincide con la circunstancia de que tampoco había en la Cristiandad reino en que los judíos hubiesen adquirido tanta influencia, ya que los demás, fieles a las doctrinas tradicionales de la Iglesia, seguían luchando en mayor o menor grado en contra del judaísmo. Segunda: tal estado de corrupción vino precisamente cuando los judíos, liberados de las cadenas que les impedían hacer el mal, lograron encumbrarse a posiciones elevadas en la sociedad visigoda.

    Después de mil doscientos años de ocurridos estos hechos, los sistemas judíos siguen siendo en esencia los mismos. Quieren aniquilar el poderío de Estados Unidos, de Inglaterra y de otros estados occidentales y están sembrando en ellos la corrupción y la inmoralidad. Son muchos los escritores patriotas que han denunciado a los judíos como los principales agentes en la trata de blancas, en el comercio de drogas, en la difusión del teatro y cine pornográfico y deprimente; cosas todas que están causando estragos en al juventud norteamericana, británica, francesa y de otros países, cuyo hundimiento está decretado por el judaísmo. Como podrá verse, los sistemas poco han cambiado en mil doscientos años.
    Continúa...
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Capítulo Decimoctavo

    LOS JUDÍOS TRAICIONAN A SUS MÁS FIELES AMIGOS

    Witiza, echado en brazos de los hebreos y rodeado de consejeros israelitas, llegó al colmo de los desatinos en una política que se nos antoja suicida. Mandó convertir las armas en arados y demoler las murallas de muchas ciudades con sus poderosas fortificaciones –que habrían dificultado enormemente la invasión musulmana-, según unos, so pretexto de su amor a la paz, y según otros, para poder reprimir más fácilmente a los opositores de su absurda política que cada día crecían en número y fuerza. Mientras, los judíos –traicionando a su leal amigo Witiza- estaban instigando la invasión musulmana a España desde el norte de África, con el fin de aniquilar para siempre al estado cristiano y de ser posible a toda la Cristiandad europea.


    El Arzobispo Rodrigo de Toledo y el Obispo Lucas de Tuy, en sus crónicas ya citadas, narran cómo el gobierno de Witiza mandó derrumbar los muros de las ciudades, destruir las fortificaciones y convertir las armas en arados (128).

    El célebre historiador español del siglo pasado, Marcelino Menéndez Pelayo, al hacer mención de la traición de los judíos, dice:

    La población indígena hubiera podido resistir al puñado de árabes que pasó el estrecho; pero Witiza les había desarmado, las torres estaban por tierra y las lanzas convertidas en rastrillos(129).

    Mientras el Imperio Visigodo, bajo la influencia de los judíos consejeros y amigos de Witiza, se desarmaba, destruía sus defensas y anulaba su poderío bélico, los hebreos alentaban a los musulmanes a realizar la invasión y destrucción del cristiano imperio, para lo cual hacían grandes preparativos en el norte de África.

    Los israelitas inculcaban el pacifismo en el país que deseaban arruinar y, en cambio, en el que iban a utilizar como instrumento para arruinar al anterior, predicaban el belicismo; táctica judaica clásica, utilizada a través de los siglos en diversos países y que en la actualidad practican con toda la perfección que les permite una experiencia de varios siglos.

    Es curioso notar que los hebreos en la actualidad predican el pacifismo y el desarme en el mundo libre, ya sea directamente o por medio de las organizaciones masónicas, teosóficas, partidos socialistas, comunistas, infiltraciones secretas que tienen en las diversas Iglesias cristianas, prensa que controlan, radio y televisión, etc., mientras que en la Unión Soviética y demás estados sujetos a la dictadura socialista totalitaria inculcan al pueblo el belicismo. Es también importante hacer notar que los judíos al término de la pasada guerra mundial, después de desarmar a los Estados Unidos y a Inglaterra en forma peligrosísima, han ido entregando al comunismo posiciones vitales y destruyendo, al mismo tiempo, las defensas básicas de esas dos grandes potencias, armando hasta los dientes a la URSS y a los demás países comunistas, incluso con gigantescos recursos bélicos sacados traidoramente de esos dos países por los hebreos quintacolumnistas que han controlado los gobiernos de Washington y Londres, incluyendo los secretos atómicos y de los proyectiles cohete. En sustancia, las tácticas son las mismas que hace mil doscientos años.

    Si los pueblos de Estados Unidos, de Inglaterra y otras naciones del mundo libre no abren los ojos a tiempo y reducen a la impotencia a la quinta columna judaica que tienen introducida, muy pronto verán a sus países arrasados y dominados por la horda judeo-bolchevique que los reducirá a la esclavitud, como pasó hace más de doce siglos con el cristiano Imperio Visigodo. Es curioso observar que hasta en detalles siguen practicando los hebreos tácticas similares.

    Nos ha tocado ver grabado en distintos lugares de los Estados Unidos el texto del pasaje bíblico relativo a que “las armas se convertirán en arados”, ideal sublime pero sólo factible de realización cuando todos los bandos contendientes lo practiquen por igual. Los hebreos lo utilizan ahora, como hace mil doscientos años, para inducir al pacifismo y al desarme a los pueblos que quieren hundir, es decir, a todos los pueblos del mundo que se encuentran todavía libres de su dictadura totalitaria y comunista, porque en los estados socialistas en donde ya la impusieron y que están siendo utilizados para esclavizar al mundo libre, lejos de convertirse las armas en arados, han creado la más gigantesca y destructora industria bélica de todos los tiempos. Así pues, por una parte los pueblos de la humanidad libre son adormecidos por las prédicas pacíficas, la corrupción y las discordias promovidas por la quinta columna hebrea introducida en ellos y, por otra parte, al otro lado del telón de acero, se prepara la demoledora invasión que en forma aplastante podrá triunfar si los pueblos libres dejan subsistir las traidoras quintacolumnas que entre ellos tienen los israelitas y que facilitarán el triunfo del comunismo en la hora precisa. Como facilitaron también, en la hora adecuada, la destrucción del Estado cristiano de los visigodos.

    Por el año de 709 el descontento de la nobleza y del pueblo contra Witiza había tomado proporciones tales que sus situación se tornaba insostenible; fue entonces cuando el judaísmo nos brindó una lección más de su alta política, empleando un sistema que después de doce siglos ha perfeccionado en forma eficacísima: cuando consideran perdida la causa que ellos sostienen, destacan elementos al bando rival antes de sobrevenir el derrumbe, para que si se hace inevitable su triunfo, al consumarse éste luchen esos judíos por quedar siempre arriba y de ser posible a la cabeza del nuevo régimen. En esta forma, triunfe un bando o el otro, ellos quedan siempre dominando la situación. Practican con científica maestría el principio de que la única manera segura de acertar una carta es apostando a todas a la vez.

    Este ha sido uno de los grandes secretos del triunfo progresivo del imperialismo judaico a través de los siglos que les ha permitido llegar al dominio universal; por eso, todos los dirigentes religiosos y políticos de la humanidad deben tomar muy en cuenta esta clásica maniobra de la alta política judaica, previniendo el engaño y evitando la trampa.

    Viendo prácticamente perdida la causa de su protector y leal amigo Witiza, no tuvieron los hebreos escrúpulos en traicionarlo, para poder a tiempo escalar posiciones decisivas en el bando contrario, posiciones que les permitieran dominarlo al obtenerse la victoria. El siguiente dato, que debemos a la acuciosa investigación de un docto historiador, Ricardo C. Albanés, es muy elocuente:

    “Esta degeneración y despotismo provocó un profundo descontento, por lo que desde principios del año 710 estaba condenada la dinastía de Witiza. El célebre Eudon, judío según se ha sostenido y cuya raza ocultaba, púsose al frente del partido español o romano, amenazado por la fatídica ley de razas derogada por Recesvinto, y mediante una rápida y hábil conspiración, aprehendió a Witiza. Constituidos los sublevados en junta (Senado romano), pensaron en nombrar rey a Rodrigo, nieto del gran Recesvinto, a cuyo rey tanto debían los españoles romanos por haber derogado los aborrecidos privilegios góticos (que tenían sojuzgada a la raza hispanolatina conquistada por los godos). Rodrigo, retirado a la vida del hogar, resistía ceñir la corona que le ofrecía el conspirador, pero cediendo a la postre ocupó el trono, recompensando enseguida a Eudon al nombrarle conde de los Notarios, esto es, ministro de estado y hombre de todas las confianzas reales” (130).

    Triunfante la conjura, el voto de la mayoría de los magnates visigodos, descontentos ya con Witiza, legalizó al parecer el reinado de Rodrigo.


    Por otra parte, después de su derrocamiento murió Witiza, según algunos, de muerte natural y según otros, cruelmente martirizado por Rodrigo que le mandó sacar los ojos. Esta última versión es verosímil, si se toma en cuenta que Witiza había asesinado años antes al padre de Rodrigo y le había también sacado los ojos, dejándolo cautivo y ciego. Era, pues, de esperarse que nada bueno había de ocurrir a Witiza al caer en manos del hijo de Teodofredo, martirizado en la forma que queda expuesta.

    Así pagó el judaísmo internacional los grandes beneficios que recibió de Witiza, quien no sólo liberó de la esclavitud a los cristianos criptojudíos del reino, sino que llamó del exilio a los judíos públicos, les permitió practicar a unos y a otros libremente el judaísmo, los encumbró a las más altas posiciones y les brindó su más absoluta confianza, en aras de la reconciliación cristiano-judía y de la hermandad de los pueblos. La historia nos brinda con frecuencia ejemplos trágicos de este tipo.

    Para el judío imperialista, la amistad del cristiano o gentil y la fraternidad cristiano-judía no es más que un simple medio para obtener ventajas que faciliten la tarea del judaísmo, tendiente a aniquilar a sus enemigos y a conquistar los demás pueblos mediante la destrucción de sus defensas internas; al fin de cuentas, si les conviene, acaban por traicionar también, en la forma más cruel, a los ingenuos que se entregan en sus brazos o que inconscientemente les hacen el juego. ¡Pobre del que se deja engañar por los alardes de amistad y por la hábil diplomacia de los hebreos imperialistas! La historia está llena de trágicos desenlaces para los que infantilmente creyeron en tal amistad y se dejaron envolver por tan experimentada diplomacia.

    Es fácil comprender la influencia decisiva que debe haber tenido el judío Eudon, ministro de estado del rey Rodrigo, sobre este hombre, que ni siquiera quería ser rey y que sólo accedió a serlo debido a las instancias repetidas del hebreo, pues en primer lugar, el artífice de esta nueva situación política necesariamente tuvo, sobre ella, influencia decisiva por lo menos durante algún tiempo y no existen indicios de que el débil Rodrigo, dado también a los vicios y a la lujuria, haya siquiera intentado sacudirse el poder de su ministro de Estado. Por otra parte, la política seguida por Rodrigo es, en sí, tan suicida que a las claras se ve que fue inspirada por quienes planearan su ruina y con ella la de la Cristiandad en el moribundo Imperio Gótico. La benéfica influencia que pudiera haber ejercido Pelayo, jefe de la Guardia Real, no se deja sentir, siendo evidente que fueron otros los que manejaron la política del débil monarca que entregó el mando de parte de sus ejércitos al Arzobispo Oppas, personaje que no sólo era pariente cercano de Witiza, sino brazo derecho de éste en la dirección de la desastrosa política eclesiástica del monarca. Además, en el preciso momento de estarse preparando los musulmanes a invadir el imperio por el sur, con la ayuda de los judíos, era inducido el rey Rodrigo a marchar hacia el norte con sus ejércitos para conquistar la Vasconia, que nunca habían podido dominar los godos.

    El historiador Ricardo C. Albanés, después de señalar que Tarik ben-Ziyad en esos días logró avanzar al frente de cuatro mil sarracenos hasta el norte del actual Marruecos, dice:

    ...fue entonces cuando el traidor conde don Julián, gobernador de Ceuta y uno de los conjurados, entregó a Tárik esa importantísima llave del estrecho de Gibraltar, excitándole en seguida a pasar a España y ofreciéndose de guía. En la corte de Toledo no se daba importancia a tales sucesos, calificándolas de intentonas que fácilmente podría dominar Teodomiro, duque de la Bética, induciéndose por el contrario a Rodrigo para que, al frente de su ejército, se trasladase al norte de España, a realizar la conquista de la Vasconia, que no habían logrado los más poderosos monarcas godos. Y para determinar esta movilización se rebeló Pamplona, movida por las intrigas y el oro de la poderosa y antigua judería de dicha ciudad.

    Mientras tanto Tárik al frente de sus berberiscos, franquea el estrecho y arrolla en la Bética las huestes del leal Teodomiro, escribiendo entonces este aguerrido general la célebre carta en la que angustiosamente pedía auxilio a Rodrigo, quien se encontraba en la Vasconia gótica” (131).

    Estando ya los hijos de Witiza y el traidor Arzobispo Oppas en secreto contubernio con los judíos y los musulmanes, Rodrigo comete el error mortal de entregarles el mando de importante parte del ejército, el cual debería librar la batalla decisiva contra los musulmanes invasores. La víspera de la batalla, que los españoles llaman del Guadalete, los hijos de Witiza conferenciaron con los nobles godos y judíos conjurados. Al efecto, la crónica árabe “Ajbar Machmuá” narra que dijeron:

    “Este malnacido, dijeron refiriéndose a Rodrigo, se ha hecho dueño de nuestro reino sin ser de nuestra estirpe real; antes bien, uno de nuestros inferiores; aquella gente que viene del África no pretende establecerse en nuestro país; lo único que desea es ganar botín: conseguido esto, se marchará y nos dejará. Emprendamos la fuga en el momento de la pelea, y ese miserable será derrotado” (132).

    Los doce mil musulmanes mandados por Tarik se enfrentaron al día siguiente con los cien mil cristianos comandados por Rodrigo, el Arzobispo Oppas y los dos hijos de Witiza. La batalla se desarrollaba como era natural en forma favorable para los visigodos, pero entonces el Arzobispo traidor y los dos hijos de Witiza, en el momento adecuado, lejos de huir y dejar solo a Rodrigo, se pasaron con sus ejércitos al bando islámico, haciendo pedazos al resto de la tropa que permanecía fiel al rey Rodrigo, según lo narra el cronista Al-Makkari (133).

    En esta batalla decisiva perdió la vida Rodrigo, según sostienen la mayoría de los historiadores. Todavía queda impreso el recuerdo, en distintas regiones de España, de la traición del ARZOBISPO Oppas, que como digno sucesor de Judas Iscariote traicionó a Cristo y a su Santa Iglesia, colaborando en forma decisiva con los enemigos de ésta en la destrucción de la Cristiandad en lo que fuera en otro tiempo esplendoroso Imperio de los visigodos. Gran amigo de los judíos (como su pariente Witiza), el Arzobispo Oppas acabó por traicionar en la forma más catastrófica a su patria y a su Iglesia, en combinación con los hebreos que utilizaban ahora, para destruir al cristianismo, la pujante fuerza del naciente Islam, al igual que otrora habían empleado el poder omnipotente de la Roma pagana.

    Desgraciadamente, en nuestros días, hay en el alto clero muchos imitadores del Arzobispo Oppas, que en oculto contubernio con el judaísmo facilitan los triunfos del comunismo y de la masonería, destrozando por la espalda tanto a los clérigos como a los caudillos seglares que defienden a la Santa Iglesia o a su patria, amenazadas por el imperialismo judío y sus revoluciones masónicas o comunistas, en la misma forma en que el Arzobispo Oppas atacó entonces por la espalda al ejército de Rodrigo, defensor de la Cristiandad en aquellos momentos decisivos.

    ¡Que Cristo Nuestro Señor ayude a la Santa Iglesia y a la humanidad contra las traiciones de los Oppas del siglo XX!

    La Enciclopedia española Espasa Calpe narra la traición del Arzobispo Oppas, tomando en cuenta crónicas cristianas, de la siguiente manera:

    “...reforzadas las tropas de éste (Tarik) por 5.000 berberiscos, enviados a su petición por muza, muchos judíos y los cristianos partidarios de Witiza (en total unos 25.000 hombres, contra 40.000) acepta la batalla. Esta duró dos días, llevando en el primero la ventaja los visigodos, gracias a su caballería, de que carecían los berberiscos. Entonces tuvo lugar la traición de Sisberto y Oppas, que se pasaron al enemigo, y aunque el centro del ejército, mandado por el rey, peleó con valor, fue derrotado (19 y 20 de julio de 711)” (134).

    Con respecto a la traición del Arzobispo Oppas, que hizo perder a la Cristiandad un vasto imperio, el historiador jesuita del siglo XVI, Juan de Mariana, narra cómo dicho prelado asistió primero a los hijos de Witiza en los preparativos de la negra conspiración, y después, refiriéndose al papel de Oppas en la batalla decisiva, dice:
    “La victoria estuvo hasta gran parte del día sin declararse: sólo los Moros daban alguna muestra de flaqueza, y parece querían ciar (retroceder) y aún volver las espaldas, cuando D. Oppas (¡oh, increíble maldad!, disimulada hasta entonces la traición) en lo más recio de la pelea según que de secreto lo tenía concertado, con un buen golpe de los suyos se pasó a los enemigos. Juntóse con D. Julián que tenía consigo gran número de los Godos, y de través por el costado más flaco acometió a los nuestros. Ellos atónitos con traición tan grande, y por estar cansados de pelear no pudieron sufrir aquel nuevo ímpetu, y sin dificultad fueron rotos y puestos en huída...” (135).

    Es natural que haya diferencias entre las cifras fijadas a ambos ejércitos por los historiadores cristianos y musulmanes, pero es evidente que en cualquier forma el ejército cristiano era superior en número al sarraceno y que sólo la traición del arzobispo y la conjura dirigida, principalmente, por la quinta columna judía hicieron posible que un imperio tan vasto haya podido ser conquistado tan rápidamente por un pequeño ejército. El rey Rodrigo tenía razón al restar importancia a la invasión islámica, dado el pequeño contingente de los ejércitos invasores, pero con lo que no contaba era con la traición que se estaba fraguando en secreto, ni con el terrible poder de la quinta columna judía, que como luego demostraremos, desempeñó un papel decisivo en la lucha. Quiera Dios que las naciones del mundo libre aprovechen las experiencias de la Historia; y que éstas –aunque se consideren más fuertes que las naciones dominadas por el comunismo- tengan siempre en cuenta que en una guerra pueden fallar catastrófica todos los cálculos si se permite a las quintacolumnas judías que sigan minando en secreto a los países libres, porque en un momento dado pueden éstas desarticular por completo sus defensas y dar un fácil triunfo al comunismo.

    Para completar el conjunto de pruebas que demuestran la destrucción de un Estado cristiano hace más de mil doscientos años y su entrega por la quinta columna judía a los enemigos de la Cristiandad, vamos a presentar diversos testimonios históricos de cristianos, musulmanes y judíos que dan por cierta la complicidad de los israelitas residentes en el Imperio Gótico y fuera de él, con la invasión de los musulmanes, a los cuales ayudaron en diversas formas. Las pruebas que vamos a presentar son, en conjunto, incontrovertibles, ya que además de la autoridad de los cronistas o historiadores citados, es inverosímil que en medio de esa enconada guerra de siglos, sostenida por cristianos y musulmanes, se hayan puesto de acuerdo las partes antagónicas para culpar a los judíos de la traición al Estado en que habitaban; aún más, los autores israelitas han coincidido con los anteriores, precisamente, en ese mismo hecho histórico.

    El famoso historiador católico Marcelino Menéndez y Pelayo, de gran reputación mundial, escribe lo siguiente:

    Averiguado está que la invasión de los árabes fue inicuamente patrocinada por los judíos que habitaban en España. Ellos les abrieron las puertas de las principales ciudades” (136).

    El historiador holandés, descendiente de hugonotes, Reinhart Dozy, que tanto prestigio adquirió en el siglo pasado, da en su obra maestra “Historia de los musulmanes de España”, una serie de datos que confirman la ayuda valiosísima que los hebreos prestaron a los sarracenos, facilitándoles la conquista del Imperio Gótico (137).

    El historiador judío norteamericano, doctor Abram León Sachar, que fue director nacional de las Fundaciones Hilel para las universidades en Estados Unidos, en su obra titulada “Historia de los judíos” asevera, entre otras cosas, que las huestes árabes cruzaron los estrechos que las separaban de España en 711 y se hicieron dueños del país, ayudadas por la condición decadente del reino visigodo y sin duda, por la actitud simpática de los judíos (138).

    “La Comisión de Sinagogas Unidas para la Educación Judía”, con domicilio en Nueva York, hizo una edición oficial de la obra titulada “El pueblo judío”, de Deborah Pessin, en donde se afirma:

    En el año 711, España fue conquistada por los musulmanes y los judíos saludaron su venida con júbilo. Ellos regresaron a España de los países a los que habían huido. Ellos salieron al encuentro de los conquistadores ayudándoles a tomar las ciudades de España” (139).

    En pocas palabras, esta publicación oficial hebrea resume la acción de los israelitas, que como se había visto, fue doble: por una parte, los judíos del norte de África que, en el siglo anterior habían emigrado de España, se unieron a los ejércitos musulmanes invasores; y, por otra parte, los israelitas habitantes del Imperio Gótico, la quinta columna, abrieron a los invasores las puertas del reino, quebrantando las defensas por dentro.

    El historiador judío alemán, Josef Kastein, en su obra “Historia y destino de los judíos” –dedicada con profundo respeto a Albert Einstein-, dice:

    Los berberiscos ayudaron al movimiento árabe a extenderse hasta España, mientras los judíos sostenían la empresa a la vez con hombres y con dinero. En 711 los berberiscos comandados por Tarik cruzaron el estrecho y ocuparon Andalucía. Los judíos aportaron piquetes de tropas y guarniciones para el distrito...” (140).

    Este historiador israelita nos aporta el valioso dato de que los hebreos sostuvieron también financieramente la invasión y conquista del Imperio Visigodo.

    El historiador hebreo Graetz, después de mencionar que en la conquista del Imperio Visigodo por los musulmanes intervinieron tanto los judíos del norte de África como los que residían en España, sigue narrando que:

    Después de la batalla de Jerez (julio 711) y la muerte de Rodrigo, el último rey visigodo, los árabes victoriosos siguieron avanzando, y en todas partes fueron apoyados por los judíos. En cada ciudad que conquistaban, los generales musulmanes no estaban en posibilidad de dejar sino una pequeña guarnición de sus propias tropas, ya que necesitaban de todos sus hombres para someter al país, por eso confiaban su custodia a los judíos. De esta manera los judíos, que hasta recientemente habían estado sometidos a la servidumbre, ahora se convertían en los amos de Córdoba, Granada, Málaga y muchas otras ciudades” (141).

    El rabino Jacob S. Raisin indica que la invasión de la España goda fue realizada por un ejército de “doce mil judíos y moros”, acaudillados por un judío converso al Islam, hijo de cahena, una heroína perteneciente a una tribu de berberiscos judaizantes y que fue la madre de Tarik-es-Said. Luego sigue:

    “En la batalla de Jerez (711) el rey visigodo Rodrigo fue derrotado por uno de los generales de Cahena, Tarif-es-Zaid `un judío de la tribu de Simeón´ debido al cual se dio el nombre de Tarifa a la isla. El fue el primer `moro´ que puso pie en el suelo de España” (142).

    Es curioso que el citado rabino, a pesar de indicar que Tarik-es-Said profesaba ya la religión musulmana, lo sigue llamando judío de la tribu de Simeón. Esto lo pueden comprender fácilmente quienes saben el nulo valor que tienen las conversiones de los judíos a otras religiones, ya que con rarísimas excepciones, son siempre fingidas.

    Entre los historiadores árabes y sus crónicas, se habla de la complicidad de los judíos en la invasión y conquista del Imperio Visigodo, entre otras, la crónica formada por una colección de tradiciones compiladas en el siglo XI y conocida como “Ajbar Machmuá”, que menciona la conspiración de los judíos para traicionar a Rodrigo.

    Estos judíos iban en el ejército visigodo con los hijos de Witiza y con los nobles godos descontentos, la víspera de la batalla decisiva. Hay también otros detalles sobre la complicidad de los hebreos que habitaban en España, pues según se narra, cuando hallaban los árabes muchos judíos en una ciudad, les dejaban la custodia de ésta junto con un destacamento de musulmanes, mientras el grueso de las tropas seguía avanzando. En otros casos, simplemente confiaron la custodia de las ciudades capturadas a los habitantes judíos sin dejar ningún destacamento islámico. Así, refiriéndose la mencionada crónica árabe a la captura de Córdoba, constata que:

    “Reunió Moguits en Córdoba a los judíos, a quienes encomendó la guarda de la ciudad”. Y refiriéndose a Sevilla, afirma: “Confió Muza la guarda de la ciudad a los judíos” (143).

    Lo mismo dice de Elbira (Granada) y de otras poblaciones.

    Datos no menos interesantes sobre este asunto presenta el historiador sarraceno Al-Makkari, quien refiriéndose a los musulmanes invasores dice:

    “...tenían por costumbre juntar a los judíos en las fortalezas con algunos pocos musulmanes, encargándoles la guarda de las ciudades, para que continuase la demás tropa su marcha a otros puntos” (144).

    El cronista islámico Ibn-el-Athir, en su famosa crónica “El Kamel”, dio diversos detalles sobre la invasión musulmana en el Imperio Gótico y sobre la complicidad judaica, datos que fueron también confirmados después por el historiador musulmán Ibn-Khaldoun, nacido en Túnez en 1332, en su célebre “Historia de los berberiscos”. De él tomamos el siguiente hecho, por ser de capital importancia, para ilustrarnos sobre lo que entienden los israelitas por reconciliación o fraternidad cristiano-judía.

    Ibn-Khaldoun, citando a Ibn-el-Athir, dice que después de tomada Toledo por los musulmanes:

    “...los otros destacamentos capturaron las ciudades contra las cuales se les había enviado y que Taric estableció en Toledo a los judíos, con uno que otro de sus compañeros, y se dirigió a...” (145).

    ¿Y qué fue lo que ocurrió a la población civil cristiana cuando quedó en las garras de los judíos?

    ¿Sería posible que esa reconciliación y amistad cristiano-judía que los hebreos traicionaron en forma ya de sobra demostrada, sirviera ahora que ya tenían aherrojadas a sus víctimas, para usar hacia ellas de clemencia y tolerancia?

    La Crónica del siglo XII del ilustrísimo Obispo Lucas de Tuy, nos brinda datos muy reveladores al respecto. Esta versión de los hechos es repetida después por casi todos los historiadores toledanos, al afirmar que sitiada la capital visigoda por el caudillo Tarik-ben-Zeyad,

    ...salieron los cristianos de la ciudad a celebrar en la próxima basílica de Santa Leocadia, la Pasión del Salvador, el domingo de Ramos de 712, y que aprovechándose los judíos de su ausencia, pusieron en manos de los musulmanes la silla de Leovigildo y de Recaredo, siendo los cristianos degollados, parte en la vega y parte en la misma basílica” (146).

    El historiador judío Graetz da una versión que coincide con la anterior, al decir que cuando Tarik llegó frente a Toledo ésta estaba custodiada por una pequeña guarnición, y que

    mientras los cristianos estaban en la iglesia rezando por la salvación de su país y de su religión, los judíos abrieron las puertas de la ciudad a los árabes victoriosos (el Domingo de Ramos de 712), recibiéndolos con aclamaciones y vengando así las muchas miserias que habían caído sobre ellos en el curso de un siglo desde los tiempos de Recaredo y Sisebuto” (147).

    Naturalmente que dicho historiador judío se abstiene de mencionar la matanza de cristianos que luego sobrevino y de que habla tanto la Crónica del Obispo don Lucas de Tuy, como la mayoría de los antiguos historiadores de Toledo.

    Es de citarse, al respecto, un precedente interesante: hacía más o menos un siglo que el emperador bizantino Heraclio había presionado a los monarcas visigodos para que expulsasen a los judíos de España, porque su estancia en los estados cristianos constituía un peligro para la vida de éstos, citando el hecho de que los israelitas habían

    “...comprado a Cosroes 80.000 cautivos cristianos, a los que degollaron sin piedad...” (148).

    Desgraciadamente, Sisebuto, lejos de extirpar de raíz la peligrosa y mortal quinta columna, puso a los hebreos ante la disyuntiva de expulsión o conversión, empujando con esto a la inmensa mayoría a convertirse fingidamente al cristianismo, tornando así a la quinta columna judía incrustada en el Estado cristiano, en una quinta columna dentro del seno de la misma Iglesia, aumentando con ello inmensamente su peligrosidad.

    Es evidente que en la matanza de los cristianos deben haber intervenido musulmanes y judíos; por una parte, hubo la benignidad y tolerancia de los conquistadores árabes en España que es reconocida hasta por los escritores judíos, y, por otra parte, los hechos nos han demostrado que los israelitas, siempre que pudieron saciar sus odios contra los cristianos, organizaron ellos mismos matanzas e incitaron después a los paganos de Roma a verificarlas. Además, siempre que ha triunfado alguna herejía o revolución dirigida por el judaísmo, ha degenerado con frecuencia en matanzas de cristianos; y ya no se diga de las revoluciones judeo-comunistas de nuestros días, en que los asesinatos masivos están a la orden del día.

    Ante la reconocida tolerancia de los árabes victoriosos en España y los hechos que estamos analizando, es fácil imaginar quiénes fueron los principales inspiradores de las degollinas de cristianos en el sojuzgado Imperio Gótico.

    Sea lo que fuere, una cosa es evidente: la política de reconciliación cristiano-judía, iniciada en el reino visigodo por Witiza, tuvo catastróficos resultados, ya que a la larga trajo la destrucción de un Estado cristiano, la pérdida de la independencia, patria y hasta la matanza cruel de innumerables cristianos.

    Para terminar este capítulo, insertaremos lo que dice al respecto el gran amigo de los judíos, el historiador José Amador de los Ríos, insospechable de antisemitismo, refiriéndose a la ya citada invasión musulmana:

    “Y ¿cuál fue entre tanto la conducta del pueblo hebreo?...¿Aprestóse acaso a la pelea en defensa de su patria adoptiva?...¿Ofreció al combatido imperio sus tesoros?...¿O bien permaneció neutral en medio de tanto estrago, ya que no le era dado resistir el ímpetu de los vencedores?...El amor a la patria, es decir, el amor al suelo en que se ha nacido, y la gratitud a las últimas disposiciones de los reyes godos, parecían exigir de aquel pueblo que reuniese sus fuerzas con las de la nación visigoda, para rechazar la invasión extranjera, abriendo al propio tiempo sus arcas para subvenir a las apremiantes necesidades del Estado. Pero, en contrapeso de estas razones existían los antiguos odios y los vivos recuerdos de pasados ultrajes: la condición de los judíos, como pueblo que tenía igualmente su morada en todos los ángulos de la tierra; sus intereses generales y particulares; sus costumbres, y el género de vida errante que a la continua llevaban, incitábanlos, por otra parte, a desear y solicitar cosas nuevas, mientras los impulsaba poderosamente el fanatismo religioso a declararse en contra de sus odiados huéspedes, como enemigos de su fe, para precipitar su perdición y su ruina.

    No de otro modo se fomenta y cunde en toda la Península Ibérica la conquista musulmana: poderosas fortalezas y nobles ciudades, donde prosperaba en número y riqueza la generación israelita, y que hubieran costado sin duda mucha sangre a los ejércitos de Tariq y de Muza, eran puestas en sus manos por los hebreos, quienes las reciban después en guarda, hermanados con los africanos” (149).

    Finalmente, daremos unos datos interesantísimos, proporcionados por una monumental obra oficial del judaísmo, la “Enciclopedia Judaica Castellana”, que en su vocablo España entre otras cosas dice:

    Es un hecho indiscutible que lo que determinó a Muza, indeciso pese a las persuasivas invitaciones del partido de Witiza, a lanzar sus huestes a España, fueron los informes secretos que recibió de los judíos españoles, quienes le revelaron al Emir la impotencia militar de la corona, el estado ruinoso de los castillos, el agotamiento del Tesoro Real y la exasperación tanto de la nobleza como del pueblo, ante una opresión que se había hecho general”. Y después afirma que: “El 19 de julio de 711, Tarik (150) aniquiló a los visigodos en la batalla del lago de Janda o del Guadalete, en la que Rodrigo, al parecer, encontró la muerte. En este histórico encuentro, se vio a muchos soldados judíos mogrebinos luchar al lado del vencedor. Inmediatamente, sus correligionarios españoles se sublevaron en todas partes y se pusieron a disposición de Tarik y de Muza...” (151).

    En este capítulo nos dimos una idea de la forma en que actuaba hace mil doscientos años el imperialismo judaico y su quinta columna en el seno de la Iglesia para destruir un Estado cristiano; sin embargo, podemos asegurar que la experiencia de doce siglos ha permitido, al imperialismo hebreo y a sus quintacolumnistas, perfeccionar los métodos en extremo.







    NOTAS

    [71] José Amador de los Ríos, Historia de los judíos en España y Portugal, tomo I, p. 82.

    [72] Juan Tejada y Ramiro, Colección de cánones de todos los concilios de la Iglesia de España y América. Madrid, 1859. Tomo II, p. 304.

    [73] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, p. 83.

    [74] San Gragorio Magno, citado por Graetz en History of the Jews, tomo III, pp. 33, 34.

    [75] Graetz, obra citada, tomo III, p. 33.

    [76] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, pp. 85, 87.

    [77] Juan de Mariana, S.J., Historia General de España. Valencia, 1785. Libro VI, Cap. II.

    [78] Graetz, obra citada, tomo III, p. 49.

    [79] Fuero Juzgo, Libro XII, Título II, Ley 14. La fórmula de maldición contra los reyes que no observaron la legislación antijudía, dice así: “Sit in hoc saeculo ignominiosior cunctis hominibus...Futuri etiam examinis terribile quum patuerit tempus, et metuendus Domini adventus fuerit reservatus, discretus a Chisti grege perspicuo, ad laevam cum hebraeis exuratur flammis atrocibus...” etcétera.

    [80] Graetz, obra citada, tomo III, p. 49.

    [81] Juan Tejada y Ramiro, Colección de cánones de todos los concilios de la Iglesia de España y América, tomo II, p. 305.

    [82] Fuero Juzgo (en latín y castellano), cotejado con los más antiguos y preciosos códices por la Real Academia Española. Madrid, 1815.

    [83] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, pp.305, 306.

    [84] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, p. 306.

    [85] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, pp. 306, 307.

    [86] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, pp. 307.

    [87] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, p. 308.

    [88] Graetz, History of the Jews, tomo III, p. 50.

    [89] Graetz, obra citada, tomo III, P. 51.

    [90] Respecto al año exacto en se reunió el Concilio, hay diferencia de opiniones. Algunos, como el Cardenal Aguirre, afirman que fue en el segundo año; en cambio, Tejada y Ramiro opina que la reunión se llevó a cabo en el tercero (del reinado de Chintila).

    [91] Juan Tejada y Ramiro, colección de cánones citada, tomo II, pp. 333, 334.

    [92] Juan Tejada y Ramiro, colección de cánones citada, tomo II, p. 334.

    [93] Gratez, obra citada, tomo III, pp. 51, 52.

    [94] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, p. 93.

    [95] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, p. 95.

    [96] Juan Tejada y Ramiro, colección de cánones citada, tomo II, p. 375.

    [97] Graetz, obra citada, tomo III, p. 104.

    [98] Juan Tejada y Ramiro, colección de cánones citada, tomo II, p. 404.

    [99] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, pp. 96, 97.

    [100] Juan de Mariana, obra citada, tomo I, Libro VI, Cap. XIII, p. 183.

    [101] Graetz, obra citada, tomo III, pp. 104, 105.

    [102] Juan Tejada y Ramiro, colección de cánones citada, tomo II, pp. 454, 455.

    [103] Juan Tejada y Ramiro, colección de cánones citada, tomo II, pp. 476, 477.

    [104] Fuero Juzgo. Madrid: Real Academia Española, 1815. pp. 186-192.

    [105] Fuero Juzgo, edición citada, pp. 192, 193.

    [106] Fuero Juzgo, edición citada, Ley 13, p. 194.

    [107] Fuero Juzgo, edición citada, p. 200.

    [108] Fuero Juzgo, edición citada, Libro XII, Título III, Ley 20.

    [109] Fuero Juzgo, edición citada, Libro XII, Título III, Ley 24.

    [110] Fuero Juzgo, edición citada, Libro XII, Título III, Ley 27.

    [111] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, p. 505.

    [112] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, pp. 563, 564.

    [113] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, pp. 602, 603.

    [114] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, p. 593.

    [115] Juan Tejada y Ramiro, compilación de cánones citada, tomo II, p. 594.

    [116] Ricardo C. Albanés, Los judíos a través de los siglos. México, D.F., 1939. pp. 167, 168.

    [117] Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles. Imprenta F. Maroto e hijos. Tomo I, p. 627.

    [118] Reinhart Dozy, Histoire des musulmans d´Espagne (Historia de los musulmanes de España), Leiden, 1932. p. 267 y Enciclopedia Judaica Castellana, vocablo España, tomo IV, p. 142, col. 2.

    [119] Rodrigo Jiménez de Rada, Arzobispo de Toledo, De Rebus Hispaniae, Libro III, Cap. XV, XVI; Isidoro Pacense, Chronicon; Lucas de Tuy, Chronicon in Hispania Ilustrata, tomo IV.

    [120] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, pp. 102, 103.

    [121] Juan de Mariana, S.J., obra citada, tomo II, Cap. XIX, pp. 369, 371.

    [122] Ricardo C. Albanés, obra citada, pp. 171, 172.

    [123] Chronicon Moissiacense y Chronicon Sebastiani, en España Sagrada, tomo XIII, p. 477.

    [124] Lucas de Tuy, obra citada, tomo IV; Juan de Mariana, S.J., obra citada, tomo II, Cap. XIX. Otros historiadores ponen en duda que las cosas hayan llegado hasta el extremo de segregar de Roma a la Iglesia Visigoda.

    [125] Juan de Mariana, S.J., obra citada, tomo II, Cap. XIX, pp. 372 y 373.

    [126] Juan de Mariana, S.J., obra citada, tomo II, Cap. XXI, p. 375.

    [127] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, p. 104.

    [128] Lucas de Tuy, Chronicon, era 733; Rodrigo Jiménez de rada, Arzobispo de Toledo, Rerum in Hispania gestarum, Libro III, Cap. XV y XVI.

    [129] Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1946. Tomo I, Cap. III, p. 373.

    [130] Ricardo C. Albanés, obra citada, p. 173.

    [131] Ricardo C. Albanés, obra citada, pp. 174, 175.

    [132] Ajbar Machmuá, traducción de don Emilio Lafuente y Alcántara. Madrid: Real Academia de la Historia. Tomo I (Col. de obras arábigas de Historia y Geografía).

    [133] Al-Makkari, citado por Ricardo C. Albanés en su obra citada, pp. 175, 176.

    [134] Enciclopedia Espasa Calpe, tomo XXI, vocablo España, p. 906.

    [135] Juan de Mariana, S.J., obra citada, tomo I, Cap. XXIII, p. 364.

    [136] Marcelino Menéndez y Pelayo, obra citada, tomo I, Cap. III, p. 373.

    [137] Reinhart Dozy, obra citada, pp. 267 y ss.

    [138] Abram León Sachar, Historia de los judíos. Santiago de Chile: Ediciones Ercilla, 1945. Cap. XIV, p. 227.

    [139] Deborah Pessin, The Jewish People (El pueblo judío). Nueva York: United Synagogue Commision on Jewish Education, 5712 (1952). Libro II, pp. 200, 201.

    [140] Josef Kastein, History and Destiny of the Jews (Historia y destino de los judíos), traducida del alemán por Huntley Paterson. Nueva York: Garden City Publishing Co., 1936. p. 239.

    [141] Graetz, obra citada, tomo III, p. 109.

    [142] Rabino Jacob S. Raisin, Gentile Reactions to Jewish Ideals (Reacciones de los gentiles al ideal judaico), Nueva York: Philosophical Library, 1953, p. 429.

    [143] Ajbar Machmuá citada en José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, p. 106.

    [144] Al-Makkari, en Vicente Risco, Historia de los judíos. Barcelona: Editorial Surco, 1960. p. 212.

    [145] Ibn-el Athir, Crónica El Kamel, e Ibn-Khaldoun, Histoire des Berbères, traducción del árabe al francés por el barón de Slane, edición de Argel, año 1852, tomo I.

    [146] Lucas de Tuy, Chronicon in Hispania Ilustrata, tomo IV.

    [147] Graetz, obra citada, tomo III, p. 109.

    [148] Enciclopedia Espasa Calpe, tomo XXI, vocablo España, p. 904.

    [149] José Amador de los Ríos, obra citada, tomo I, pp. 105, 106.

    [150] Las diferencias de ortografía, tanto en lo que respecta al vocablo “Tarif”, como “Tarik”, “Taric” y otros, se deben a las distintas fuentes citadas, cuyos textos se copian literalmente.

    [151] Enciclopedia Judaica Castellana, vocablo España, tomo IV, p. 144.












    Epílogo del Editor

    El lector sin prejuicios habrá podido comprobar, al margen de sus propias creencias religiosas y sus más o menos amplios conocimientos históricos sobre la época, el rigor documental del trabajo y las muchas reflexiones importantísimas que podemos aplicar tal cual a nuestra época, en la que percibimos cómo se acerca la catástrofe. La quintacolumna judía y criptojudía en todos los países y en España (los Botín, Koplowitz, Polanco, Rato, March, Matutes, Mascarenhas, Cohen, Benegas, Múgica, Maura, Tannenbaum y un larguísimo etcétera) preparan en España y en todo el mundo la ruina de nuestra civilización cristiana y blanca (al ritmo que vamos dejará de ser lo uno y lo otro). Lo mismo ocurre con el Islam y las demás civilizaciones basadas en la religión, la raza-etnia o la nación.

    La intención de recopilar estos capítulos en un sólo opúsculo es el mover al lector a reflexionar con mente abierta sobre las cuestiones políticas, religiosas e históricas que se nos dan hoy como algo ya inamovible, con numerosos fallos, falsedades y leyendas negras. Decía Ortega que cuanto más complejo parece un problema en el tiempo presente, más hay que profundizar en la historia para ver claro en el presente, incluso a profundidades abisales.

    Las masacres en el imperio persa, la decadencia atroz del mundo egipcio, la caída del Imperio romano, la destrucción de la monarquía visigoda, la maldición judía (herem) lanzada contra España tras la expulsión de los judíos en 1492 y su decadencia posterior provocada, la “revolución francesa” y la guerra contra Napoleón, la guerra civil americana y el asesinato de Lincoln, la primera guerra mundial, la destrucción del Imperio ruso, la segunda guerra mundial, el genocidio palestino, la infiltración del Concilio Vaticano II en la Iglesia Católica (anunciado en los Protocolos), el desmontaje del Bloque judeo-comunista, los auténticos genocidios de Armenia, Rusia, Ucrania, China, Tíbet, Camboya, etc., las “depuraciones” en Francia, Alemania, Italia, etc., al término de la SGM, la actual guerra contra un Islam que se les ha escapado de las manos y cuantas guerras, calamidades y conspiraciones sean necesarias para mayor gloria de Sión. El genocidio de miles de millones de niños no nacidos asesinados en el llamado aborto, la subversión de la moral privada y pública, la materialización de la vida y su reducción al ámbito económico, el pansexualismo hebreo, todo ello nos lleva al próximo matadero que han ideado para el siglo XXI.

    Esperamos que al menos una decenas de miles de hijos de Occidente sepan levantar el estandarte y empuñar la espada para la lucha final, en una nueva forma de lucha de la que empiezan a verse algunos destellos bajo la dominación del Imperio mundial judío a comienzos del siglo XXI. ¡Qué Dios bendiga nuestras fuerzas en la próxima batalla!





    Fuente:

    Consciencia-Verdad: La conspiración judía contra la monarquía visigoda: alianza con el Islam
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?


    Un foco de judaísmo en Cartagena de Indias durante el seiscientos
    In: Bulletin Hispanique. Tome 52, N°1-2, 1950. pp. 55-72.



    UN FOCO DE JUDAISMO EN CARTAGENA DE INDIAS DURANTE EL SEISCIENTOS


    Introducción

    La vida colonial americana o, por mejor decir, el periodo de gobierno español (aceptando la denominación que el I Congreso Hispanoamericano de Historia, celebrado en Madrid en Octubre de 1949, acordó dar a aquella época) es de una gran complejidad y de un interés cada vez más acuciante. La primera se debe a la infinidad de factores y de corrientes que se entrecruzan en su historia. El segundo, no sólo al auge alcanzado por el americanismo en los últimos tiempos — y esto, por sí mismo, ya justificaría sobradamente aquella inquietud, — sino también al afán de explicarse y comprender — en el genuino sentido en que Huizinga aplica esta palabra al campo de la historia y a la suprema aspiración del historiador — la historia americana que arranca de la independencia, objetivo que no puede alcanzarse cumplidamente sin el más exacto conocimiento de toda la problemática anterior.

    Uno de los grupos que da cierta nota de variedad a la, desde tantos puntos de vista, uniforme tipología americana del período español, es, sin duda, el formado por los judíos. Variedad que es, no ya solamente de carácter étnico — la cual no nos interesa ahora —, sino, sobre todo y fundamentalmente, ideológica. El judaísmo en América, que no conoció una edad dorada semejante a la del español o portugués, tiene, no obstante, para los que lo forman, la permanente atracción de lo prohibido y el estímulo y el fervor que engendran las persecuciones. Lo que no quiere decir que todos, pero ni siquiera la mayoría de los judaizantes en América lleguen a la altura del heroísmo religioso.

    Estas circunstancias, entre otras, han llamado la atención de los historiadores hacia el estudio de los judíos y su influencia en la historia de América, abarcando desde los mismos descubrimientos, como lo demuestran los trabajos de Fernández Duro (1), Kayserling (2) y Levin (3), hasta los intentos de estudios globales, entre los que se cuentan los de Argeu Guimaráis (4) y de José Monin (5). Pero, sin duda de ningún género, los grupos de judíos que más trabajos han suscitado han sido los de Nueva España, ejemplo de los cuales son los de Robert Ricard (6), Rafael Heliodoro Valle (7) y Pablo Martínez del Río (8), además de las notables publicaciones documentales realizadas por el Archivo General de la Nación, de México, tales como la Causa criminal contra Tomás Treviño de Sobremonte, por judaizante (9), la Acusación contra doña Juana Tinoco por hereje, judaizante, apóstata, impenitente, etc. 1640-1646 (10) y Los judíos en la Nueva España. Selección de documentos del s. XVI correspondientes al ramo de Inquisición (11). Tampoco faltan estudios sobre otros virreinatos, como lo demuestran los de Boleslao Lewin (12), entre otros.

    Como puede verse por las notas bibliográficas que anteceden, son escasos los trabajos que se ocupan del judaísmo en el territorio que será, ya en el último siglo del gobierno español, el virreinato de Nueva Granada. A acrecentar tales conocimientos tiende el presente artículo, mediante la aportación de piezas documentales inéditas.

    Las fuentes utilizadas son, exclusivamente, siete procesos seguidos por el Tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias, contra otros tantos judíos, durante la primera mitad del siglo XVII, época que es, también, la inicial de este tribunal inquisitorial, que no se creó hasta el 25 de Febrero de 1610, en virtud de Real Cédula de Felipe III dirigida al gobernador y capitán general de la provincia de Cartagena, don Diego Fernández de Velasco (13). Estos procesos se encuentran en el Archivo Histórico Nacional, de Madrid, en la Sección de Inquisición y legajo 1620 (14).

    No es el momento de discurrir acerca de las razones por las que se encuentran, no ya en el Archivo Histórico, sino en España estos procesos y otros muchos — aunque su número, para nuestra desgracia, no es excesivo —, pero sí el de indicar que la relación de los incoados por el Tribunal de Cartagena era conocida desde la obra de J. T. Medina, que acabamos de citar (15), y, por tanto, los que se han utilizado para este trabajo (16). Mas el citado autor no ha entrado a desmenuzar los procesos — ni tampoco se lo propuso, pues no era ese su objetivo —, con lo que, a pesar de ser conocidos en su nombre, podríamos decir, queda mucho por hacer para agotar su estudio. Porque, en verdad, las noticias que contienen son del más alto interés para coadyuvar al conocimiento del cultur complex de los siglos XVI al XVIII. No es solamente que por ellos desfilan, con frecuencia, aunque no con exclusividad, gentes de las más bajas clases sociales, sino que, además, reflejan sus preocupaciones, sus costumbres, su manera de pensar y de obrar y tantos otros datos menudos de la vida cotidiana, para cuyo estudio completo habrá que contar, sin lugar a dudas, como una de las fuentes primordiales, con los procesos de la Inquisición.

    Por lo que respecta a los judíos de que vamos a ocuparnos, hemos de advertir que sus nombres han pasado desapercibidos para la Historia y quizá sigan lo mismo en adelante, al menos mientras la Historia se haga pensando solamente en las personalidades relevantes. En efecto, no son figuras destacadas de la política, de la administración o de la economía. Ni alcanzan, tampoco, las altas cimas de fervor mosaico a que llegan, por ejemplo, los Carvajales de Méjico (17). Por el contrario, se trata de gentes, en su mayoría, vulgares, sin un acusado relieve social, religioso etc. Pero que, no obstante todo esto, tienen para nosotros un fundamental valor de contraste, al tiempo que nos permiten conocer la existencia de un foco de judaísmo en Cartagena de Indias durante la primera mitad del siglo XVII.



    LOS JUDÍOS PROCESADOS

    De no haber tropezado con la Inquisición, los nombres de estos judíos, como los de tantos otros, se hubieran perdido para la posteridad. Pero no ha ocurrido así y hoy podemos reconstruir, si bien esquemáticamente, sus biografías.


    a) Luis Franco y Pedro López.

    De los numerosos judíos que llegaron al Nuevo Reino de Granada y que tanto que hacer dieron a la Inquisición de Cartagena, los dos primeros, en orden cronológico, cuyos procesos se conservan en el Archivo Histórico Nacional son : Luis Franco Rodríguez « portugués, cristiano nuevo, vecino de Zaragoza en las Indias y natural de Lisboa en Portugal », procesado en el año 1624 (18); y Pedro López, también portugués y cristiano nuevo, « descendiente de hebreos, natural de la villa de Castelblanco, del obispado de La Guardia, Reino de Portugal (19) », en el año 1625.


    Portugueses, judíos y vecinos de Zaragoza ambos, Pedro López y Luis Franco entablaron, con tantos lazos comunes, una íntima amistad que les llevó, denunciados por los mismos testigos, y casi al mismo tiempo, a las cárceles de la Inquisición. Pero el destino de uno y otro fue totalmente diferente, como lo habían sido las historias de su vida anterior. Veámoslas.

    Luis Franco fue el mayor de los siete hijos que tuvo el matrimonio Gaspar de Lucena y Margarita Rodríguez, que vivía precariamente en Lisboa cuando, en 1598, nació aquél. Tantos eran sus apuros que, a poco de nacer, Luis fue recogido por Manuel de Matos, « hombre rico y principal » de la capital portuguesa. En casa de Matos aprendió Luis las primeras letras y bajo su protección estuvo hasta que, a los diez años, sus padres, sin duda acuciados por necesidades mayores y con la carga de nuevos hijos, decidieron regresar a su villa natal, San Vicente, llevando consigo al primogénito, quizá porque hubiese muerto ya su protector o porque pensaran que podría ser para ellos una buena ayuda. El traslado no debió resultar muy halagüeño para Luis, quien, hasta entonces, poco o nada sabría de estrecheces y apuros. Mas su resignación se agotaría pronto.

    A medida que crecía en años y en vigor, su alma iba alimentando fuertes deseos y profundas ilusiones que no cabían en el ámbito estrecho de la villa a que la necesidad y la voluntad de sus padres le habían llevado. De su mente, camino ya de la adolescencia, no se apartaban los recuerdos de una niñez cómoda y envidiable. San Vicente era para Luis un verdadero y estrecho cerco. Más allá, Lisboa, Sevilla, las Indias...: todo un ancho mundo lleno de sorpresas, incitando a la aventura, tras la que su despierta imaginación le arrastraba.

    No pudiendo contenerse más, un buen día, cuando contaba quince años, desapareció de su casa y, en lugar de dirigirse a Lisboa, donde tal vez hubieran podido encontrarle sus padres, encaminóse sin parar, antes que pudiera embargarle la tentación del regreso, a la ciudad de Sevilla, la opulenta metrópoli del comercio indiano y meta inicial de los que, como Luis Franco, tenían puestas sus esperanzas en las lejanas y atrayentes Indias. Pero todo no era tan fácil. En Sevilla transcurrieron muchos días, semanas y aún meses en la vigilancia de las entradas y salidas de buques, escuchando las conversaciones de los que llegaban e ingeniándose para poder acompañar a los que se iban. Por fin, al cabo de seis largos meses — que a Franco Rodríguez debieron parecerle años — embarcó en la flota de D. Luis Fajardo, como paje de un caballero sevillano. Descendió en Cartagena y entonces comenzó para Luis un trasiego prolongado, del uno al otro confín del Nuevo Mundo, en busca de un acomodo que tardó en encontrar: Nueva España, Panamá, Cartagena, Perú... sintieron sobre sus tierras los inquietos pasos del joven.

    En efecto, desde Cartagena marchó a Nueva España contratado por un mercader de negros ; a los seis meses regresó a Cartagena con un comerciante de telas ; dos meses después iba a Panamá, con un tal Villalta, también mercader de negros, al que acompañó por bastante tiempo en sus viajes, en el Perú y nuevamente de vuelta a Panamá. Por fin, cansado de viajar, quizá desanimado, fue por tercera vez a Cartagena, de dónde marchó a Zaragoza (Gobernación de Antioquía) y aquí se estableció definitivamente, con los dineros que había ahorrado, sentando plaza de comerciante.

    Pronto fue conocido de todos en Zaragoza: los negocios marcharon bien, el oro colmó sus arcas, al tiempo que su despierta inteligencia y su afición a los libros le convirtieron en la pesadilla de los doctos, pues no había predicador o teólogo al que Luis Franco no hiciese cavilar con dificultades y problemas religiosos. Era versado en cuestiones bíblicas, hablaba o conocía el hebreo y practicaba en secreto la religión de Moisés, aunque tapándose con la máscara de un cristianismo formulista y puramente externo.

    La acción de la Inquisición no tardó en ejercerse sobre la familia de Luis Franco: su madre, Margarita Rodríguez, sus hermanos Manuel Franco y Simona Lucena, así como su cuñada Juana Rodríguez (mujer de Manuel) fueron encarcelados por el Santo Oficio de Sevilla. El padre, con otros tres hijos (María y Beatriz Franco y Catalina Diez), por temor a seguir la misma suerte que el resto de su familia, abandonó la Península y marcharon a Flandes, donde era fama que gozaban todos de amplia libertad religiosa. Atemorizado por tales noticias, que no tardaron en ser conocidas de Luis, éste dejó pasar el tiempo entre el miedo a la Inquisición y los deseos de unirse en Flandes a su padre, cosa a que éste le instaba vivamente. Pero, ya fuese por lazos de sangre (tuvo, de una mulata, dos hijas naturales, Felipa y María) o ya porque no quería marcharse sin cobrar las cantidades numerosas que le debían, lo cierto es que Flandes se convirtió, desde entonces, en la tierra de promisión y de libertad a la que el errante Luis no pudo llegar.

    Y no pudo llegar, entre otras razones, porque, al fin, cayó en manos de la Inquisición, delatado por dos reos de judaísmo, Manuel Antonio de Paz y Baltasar Araujo — más adelante volveremos a encontrárnoslos — y por el testimonio de Beatriz Hernández, casada con Andrés de Sosa, tío de Luis Franco y penitenciado, también por judío, en Lima. El 8 de Octubre de 1624 entraba en las cárceles de la Inquisición, no sin antes haber logrado salvar parte de sus tesoros de la confiscación inquisitorial, con la complicidad de uno de los funcionarios del Tribunal (20).

    A pesar de que las acusaciones contra Luis Franco eran muy concretas, como procedentes de personas que le conocían muy bien, él negó rotundamente todos los delitos que se le imputaron y ni siquiera el tormento consiguió arrancarle más palabras que las continuas protestas de inocencia y el culpar de sus acusaciones a la mala voluntad de los delatores. Penas espirituales, destierro de Cartagena y Zaragoza por cinco años, pérdida de la tercera parte de sus bienes, fueron la condena del Tribunal.

    Mas las relaciones de éste con Luis Franco no acabaron ahí, pues inmediatamente después del auto de fe en que salió el propio Luis Franco, el 17 de junio de 1626, se le inició otro proceso y a trancas y barrancas andaba aún, por el año- de 1650, con la Inquisición y con el Consejo de ésta, en apelaciones y solicitudes.

    Veamos ahora cuál fue la historia y la suerte que le deparó el judaísmo al íntimo amigo y correligionario de Luis Franco, Pedro López.

    Nació éste último en la ciudad portuguesa de Castelo Branco, en 1569, hijo de Manuel de Lucena y Elena López, en cuya compañía vivió, sin oficio ni beneficio, hasta los treinta años en que, cansado de holgazanear y, probablemente, huyendo de cargar con la vejez de sus padres, marchó a Sevilla, donde se dedicó algún tiempo al comercio callejero de lencería, para pasar, después, como soldado circunstancial, a América. Una vez aquí anduvo de un sitio para otro, al igual que Luis Franco años después, de Cartagena a Panamá, de ésta al Perú, donde fue arriero y cobrador de diezmos, y luego sucesivamente a Cartagena, Nueva España, Cuba, Cartagena y Zaragoza, donde puso « tienda de ropa de Castilla »..., hasta que fue encarcelado por la Inquisición el 13 de Abril de 1625.

    Los mismos testigos, cuyas declaraciones habían servido para apresar a Luis Franco, unidas a las de éste, fueron causa de que Pedro López perdiera su libertad. Y, al igual que Franco, López negó todos los cargos que se le hicieron, protestó y contrarreplicó que no era judío..., y cuando su causa había sido conclusa y estaba lista para sentencia, no hubo lugar a pronunciarla, pues el reo murió en las cárceles de la Inquisición, sin haber dejado de declararse inocente.

    Como es de suponer, en torno a los nombres de Luis Franco y de Pedro López surgen otros muchos, también de judaizantes, encartados por el Santo Oficio, pero cuyos procesos no se encuentran en el Archivo Histórico Nacional, ni, con toda verosimilitud, en ningún otro español. No obstante, de sus declaraciones en los citados se deducen noticias claras, que procuraremos sintetizar. Uno de ellos es Manuel Antonio de Paz, natural de Oporto y vecino de Tenerife (gobernación y obispado de Santa Marta, en el Nuevo Reino), donde se había dedicado al comercio. Tendría unos sesenta y tres años cuando entró en las cárceles del Santo Oficio, el día 10 de mayo de 1624.

    Cristiano nuevo y descendiente de judíos, como todos los de su familia, el de Paz declaró que hubiese vivido ajeno a toda práctica que no fuera la de la religión católica, a no ser por las instancias de un su cuñado, de nombre también Manuel Antonio, cuando el reo contaba ya treinta años. De edad ya madura emigró a América, donde casó con una mestiza, a la que, con gran cuidado, ocultaba sus inclinaciones y prácticas judías. El matrimonio, los negocios y, por último, los achaques — al final llegó a quedarse ciego — le impidieron marcharse a Flandes, adonde habían ido huyendo de la Inquisición algunos de sus parientes. Uno de ellos, primo hermano suyo, Antonio Hernández (el cual, en unión de su hermana Blanca Rodríguez, había sido penitenciado por la Inquisición de Coímbra), aconsejó vivamente a Manuel Antonio de Paz que se refugiase también en Flandes. Pero el propio Hernández, que aconsejaba esto al de Paz y que le recriminó el haberse casado con una mestiza que le impedía abandonar las Indias, fue la causa de que a Manuel Antonio de Paz le denunciaran como judaizante ante la Inquisición. Veamos cómo.

    Al marchar a América un pariente de Hernández, éste le recomendó a Manuel Antonio de Paz, poniéndole en antecedentes de su ideología. El sobrino — que lo era, a la vez, de Hernández y de Manuel Antonio de Paz — sonsacó a éste y, cuando fue apresado por la Inquisición, con sus confesiones arrastró a su misma suerte al tío, ya sexagenario, Manuel Antonio de Paz. Y de las confesiones del de Paz se derivó la sospecha sobre Luis Franco, sospecha que vino a confirmar la declaración de otro judío, del que nos ocupamos seguidamente.

    Baltasar de Araujo nació en Bayona (Galicia) y toda su vida fue un verdadero peregrinar en busca de los lugares donde, libremente, poder practicar la religión de Moisés.

    Descendiente de hebreos y, por su madre — según tradición familiar — , de la tribu de Judá, cuando Araujo tenía sólo diez años se formó una verdadera caravana, compuesta por el abuelo, la madre y los ocho hermanos de nuestro Baltasar, que salió de su villa natal, huyendo de la Inquisición, en dirección a Salónica, pasando antes por Flandes y Venecia.

    Como buena judía y religiosa mujer, la madre de Baltasar empezó a instruir a éste, ya en la misma Bayona, haciéndole ayunar « el día grande que llaman Equipuz (21) ». En Venecia, donde la familia se detuvo algún tiempo, la madre hizo circuncidar a sus nueve hijos y allí aprendió Baltasar de Araujo a ser un buen judío y a observar todos los preceptos contenidos meticulosamente en la Mischna. A los cuatro meses de estancia en Venecia la caravana se encaminó a Salónica y Baltasar, aparte de continuar asistiendo a la sinagoga y a la escuela, para perfeccionar el hebreo, empezó a acompañar a su hermano mayor a las ferias, hasta que un buen día se marcharon los dos a Alejandría, donde murió el hermano de Baltasar, para el que empezó entonces, ya solo, una serie de viajes que iban a llevarle a América.

    Efectivamente, desde Alejandría vino a España, deseoso de volver a su villa natal, cosa que consiguió, aunque tuvo que abandonarla inmediatamente por miedo a la Inquisición. Regresó con su familia, que entonces estaba ya en Constantinopla, encargándose del cuidado de una tienda que su madre había puesto. Aquí entró en relaciones con un cautivo cristiano, quien, al decir del propio Araujo, instruyó a éste en su religión, y, siguiendo los consejos del cautivo, Araujo salió de Constantinopla, pasó por España y se embarcó para las Indias.

    Sin duda su conversión al cristianismo no fue sincera, pues en América entró en relaciones con los de su estirpe, declarándose judío y vanagloriándose de sus andanzas y conocimientos en la Ley de Moisés, lo que fue causa de que, al fin y después de tanto huir de ella, cayera en manos de la Inquisición, arrastrando con sus declaraciones a los personajes, entre otros, de quienes nos hemos ocupado anteriormente.


    b) Luis Gómez Bárrelo y otros.

    En este desfile de figuras encausadas por judaizantes, la que llegó a adquirir mayor relieve social en Cartagena es la de Luis Gómez Barreto (22), portugués como los anteriores, que contaba sesenta y cinco años cuando, en 1636, cayó en manos de la Inquisición; hombre previsor que ya en 1623 había ordenado su testamento temiendo no sobrevivir a los achaques que padecía, a pesar de lo cual gozó de prolongada longevidad, resistiendo las inquietudes de su proceso y los dolores del tormento, llegando a los ochenta y dos años, edad alcanzada cuando sobrevino la, para él inesperada, segunda causa.

    Hijo de Francisco Rodríguez Barreto e Isabel Gómez, nació en Viseo (Portugal), ciudad natal igualmente de sus padres. Cuando Luis contaba cinco años, la familia salió de Viseo, yendo a parar, los padres, a Santo Tomé donde murieron; y Luis, con sus hermanos Juan de Oliveira, Manuel Lira y Clara Gómez, a Lisboa. Dedicado al comercio de negros, azúcar y otros artículos, Juan de Oliveira se encargó de la educación de su hermano Luis y le inició en los negocios, que tenían sus escalas en Santo Tomé, Lisboa, Angola, Brasil y Santo Domingo. Emancipado más adelante Luis Gómez, se dedicó también a la trata de negros, que desde Angola llevaba al Brasil, a Santa Marta, a Cartagena y a Lima, hasta que, establecido definitivamente en Cartagena de Indias, donde casó con Bárbara Pereira, abandonó el negocio, que le había producido pingües ganancias, y compró el oficio de Depositario General de Cartagena, viviendo cómoda y solazadamente...hasta que lo prendió la Inquisición.

    Las denuncias contra Gómez Barreto partieron de otros judaizantes: el mercader Juan Rodríguez Mesa, natural de Estremoz, y Francisco Pinero, natural de Viseo también y que, como Gómez Barreto, en otro tiempo se había dedicado a « conprar negros en cacheo »; a las cuales se añadieron las de un cirujano nacido en Évora, Blas de Paz Pinto, y las de un mercader lisboeta de nombre Manuel de Fonseca Enríquez.

    Pero la causa de Gómez Barreto había de chocar — con ventajas para el reo — con la inexperiencia del secretario metido a fiscal del Santo Oficio, con la abundancia y elevada categoría social de los testigos de abono y con la influencia y pertinacia del procesado. Hasta el punto de que se absolvió de todos los cargos que se le habían hecho, aunque años después, en 1648, con motivo de la visita a la Inquisición de Cartagena del Inquisidor de Sevilla Dr. D. Pedro de Medina Rico, éste descubrió en la causa de Gómez Barreto tantas irregularidades que ordenó remitirla al Consejo y de aquí salió la orden de instruir un nuevo proceso. Luis Gómez entró nuevamente en las cárceles inquisitoriales y, sentenciado, se le condenó, entre otras cosas, a dos años de destierro de Cartagena y su término.

    A los ochenta y dos de su edad abandonaba Gómez Barreto por vez segunda y definitiva las cárceles del Santo Oficio y hemos de creer que, también para siempre, la ciudad de Cartagena. En ella había gozado, por mucho tiempo, de los honores y riquezas que aquellos sus primeros años de intenso vagar, del África a las Indias y a España, comerciando con esclavos, le habían proporcionado. Durante la mayor parte de su vida parecía haber olvidado el destino trágico de los de su raza. Pero ahora, casi a las puertas del más allá, cargado de años y vacío de esperanzas, renacía en Gómez Barreto el recuerdo de la maldición simbolizada en Ashaverus, el judío errante.

    Por efecto de las confesiones de los anteriormente citados Juan Rodríguez Mesa y Francisco Pinero, unidas, ahora, a las de Francisco Rodríguez de Solís, comerciante natural de Lisboa, fue encarcelado Luis Fernández Suárez, residente en Cartagena desde el año 1634 (23). Era hijo de Fernán Suárez Rivero (natural de Torres Nuevas, en Portugal) y de Leonor de Gramajo (de Lisboa). Fue acusado, no sólo de ser judaizante, sino también de haberse « assentado por cofrade en la cofradía de Olanda, contribuyendo (con) mucha cantidad de plata en favor de los erejes, para que, con armada que con ella se despachare, venga a estas partes, a Fernambuco (sic) contra su rrey y sseñor natural (24) ».

    Como todos, negó los cargos que se le hicieron y de la condena del Tribunal apeló al Consejo Supremo de la Inquisición, menester en el que transcurrió más tiempo del que el propio Fernández
    Suárez hubiera deseado.

    Otro de los judíos procesados es Sebastián Rodríguez (25), nacido en Villa Nueva de Famaliedo (Famalicâ?), anduvo por tierras de Castilla; fue estudiante en Coímbra; paje de don Fernando Dallo, hijo del caballero veinticuatro de Sevilla don Pedro Dallo; criado de don Andrés de Castro y Bobadilla, hijo del conde de Lemos; zapatero remendón de « zapatos viejos, por las calles », en su ciudad natal y en Sevilla... Hasta que, con doscientos reales que ahorró en un invierno, se embarcó para Nueva España, en cuya capital, México, según él mismo dijo en su primera declaración, « buscaba la vida remondando zapatos y, pasando un año, puso tienda de zapatero de obra prima, en compañía de Francisco González, natural de Jerez de la Frontera, en cuia compañía busco trescientos pessos de a ocho reales y, viéndose con ellos, se bolbio a España en la toda pobreza ».

    De España regresó nuevamente a Nueva España y de aquí marchó al Perú y luego a Panamá, estableciéndose definitivamente en la Villa de los Santos (del distrito inquisitorial de Cartagena de Indias), donde residía cuando fue encarcelado por el Santo Oficio.

    Para terminar, citaremos a otros dos judíos procesados, cuyas causas se conservan en el Archivo Histórico: Manuel Alvarez Prieto (26) y Luis Méndez Chaves (27). Ambos dos son, como todos los que hasta ahora hemos enumerado, portugueses de origen. El primero de ellos fue delatado por los ya citados varias veces Juan Rodríguez Mesa, Francisco Pinero, Manuel de Fonseca Enríquez, Blas de Paz Pinto y Francisco Rodríguez de Solís, además de Duarte López; pasó la mayor parte de su vida dedicado al comercio de esclavos y murió en las cárceles de la Inquisición, sin haber hecho ninguna declaración, fingiéndose loco o estándolo realmente. El segundo se confesó judaizante y fue condenado a tres años de cárcel, cumplidos los cuales había de salir desterrado de España y sus Indias, aparte de perder todos sus bienes.


    LA PRÁCTICA DEL JUDAÍSMO EN CARTAGENA DE INDIAS

    Salta a primera vista, como regla general, que la emigración de judíos a las Indias no se hizo en masa y pocas veces en grupos o familias. Llevóse a efecto, por el contrario, de manera aislada y sin gran frecuencia, pues no sin razón temían que en América continuasen las dificultades y cortapisas que en la Península. El trasplante de la Inquisición a aquellas latitudes era razón de más para que los conversos no afluyeran alegremente.

    Asimismo, podemos afirmar que no fue la libertad religiosa lo que, general y fundamentalmente, persiguieron los judíos portugueses (todos los que aquí hemos citado, a excepción de Araujo, son de esta nacionalidad) al establecerse en las Indias. Antes bien, el principal incentivo que les atrajo fue el dinero: conseguir una holgada posición económica que les permitiera, como en el caso de Luis Franco, unirse a sus hermanos de Holanda y, una vez allí, « judaizar » sin ningún reparo; o comprar algún oficio lucrativo, como Luis Gómez Barreto; o, en el último de los casos, vivir con mayor holgura que en su país natal. Dedicados algunos de ellos — como tuvimos ocasión de ver —, primeramente, al comercio de esclavos y, después, con las ganancias, establecidos en América, donde las acrecentaron en el mismo o en distintos negocios...; otros pasaron por un largo aprendizaje hasta conseguir «holgar» y muchos tuvieron en diversas localidades « encomiendas y representaciones » de comerciantes fuertes, seguramente de su misma ideología.

    A mediados del siglo XVII, los judíos portugueses dedicados al comercio contaban con una tupida red de factorías que tenían establecidas en los puntos vitales de la América española: en Perú, Nueva España, Panamá, Cartagena... Hasta que las respectivas Inquisiciones comenzaron a percatarse de que aquellos portugueses, a más de ricos comerciantes, eran malos cristianos. De su número y del peligro que representaban para la fe nos dan una idea estas palabras de Toribio Medina: « Apenas despachado el asunto de las brujas, se vieron — se refiere a los inquisidores de Cartagena — envueltos en otro más amplio: tratábase de hombres acaudalados y de posición, acusados de judíos (28). »

    A ese grupo pertenecen los hombres que hemos visto desfilar por estas páginas, aunque no destacan precisamente — como decíamos al principio — por su elevada posición o por un alto rango social. Pero, no obstante eso, practicaron determinados ritos de la religión mosaica y en su descripción y detalle abundan los procesos inquisitoriales. De su lectura se deduce que estos portugueses judaizantes, debido, por una parte, a la baja escala social de que procedían y, por otra, al ambiente hostil en que se habían formado y desenvuelto, olvidaron o no llegaron a aprender nunca la totalidad de los ritos de la Ley de Moisés. El conjunto de sus prácticas se reducía al ejercicio de muy escasos preceptos: la observancia del « Gran Ayuno »; la guarda del sábado como día festivo; ponerse ropa limpia los viernes por la noche y abstenerse de comer carne de cerdo... Además de esto aprovechaban cuantas ocasiones tenían para demostrar su odio a la religión cristiana, como tendremos ocasión de ver más adelante. Por último, practicaban la circuncisión, atendiendo a lo cual el Consejo Supremo de la Inquisición dio instrucciones concretas a todos los Tribunales para que hicieran examinar por personas competentes — médicos o cirujanos — a los reos acusados de judaísmo.

    Casi no es necesario decir que ni en Cartagena, ni, con seguridad, en parte alguna de América, contaron los judíos con barrios especiales para ellos, así como tampoco con sinagogas para el culto. Y ello no sólo porque no se les hubiera consentido, pero también porque su número fue relativamente escaso en cada localidad. Sin embargo, la falta de sinagogas la suplieron estos judaizantes portugueses con juntas o reuniones en la casa de alguno de ellos, a las que asistían los allegados y correligionarios conocidos, y en las que se practicaban la oración dialogada y la lectura de los libros sagrados.

    El mulato Diego López, que fue procesado por la Inquisición, acusado de brujería (29), persona por demás entrometida que tuvo relaciones con hechiceras, brujas, herejes y judíos, nos describe lo que pudo averiguar de las juntas que, en su tiempo, celebraban algunos portugueses en casa de Blas de Paz Pinto, en Cartagena. En cierta ocasión, cuando Blas de Paz vivía « en las cassas del capitán Diego de Rebolledo, pared en medio de las de Alonso Martin, hidalgo, que hazen frente a las que solian ser de don Martin Félix, difuncto », la mulata Rufina — perteneciente a la « cofradía » de las brujas de Cartagena — , que había descubierto a Diego « que en cassa de Blas de Paz... tenían los portugueses junta de sinagoga », tuvo deseos de que su amigo viese « algo de aquello que leyan en las Juntas que ella savia se hacian ocultamente en cassa de dicho Blas de Paz, unas vezes de noche y otras a la ora del mediodía ». Para este efecto, Rufina hizo llamar a el mulato « con un chino yndio de los que vivían en su cassa, de cuyo nombre no tiene noticia y, yendo este reo..., se anticipo la dicha mulata y entro en casa de dicho Blas de Paz y salió luego y dijo este : aora es buena ocassion ; entra y veras lo que hazen. Y al tiempo que este reo llegaba a la puerta de la sala, que estaba medio cerrada, la cerraron de golpe... por la parte de adentro (30)... », con lo que el mulato se quedó sin ver lo que pasaba en el interior, aunque tuvo la suficiente paciencia para esperar que saliesen reconociendo a dos de los diez que se reunieron : a Juan Rodríguez Mesa y a un tal Núñez. En otra ocasión, « como a las siete de la noche, viviendo el dicho Blas de Paz en las cassas... de la plazuela de los Jagüeyes (sic), llamo a este reo la dicha Rufina, que vino en cuerpo y sin tocador a llamarle y le dixo : ven acá y veras lo que pasa en cassa de Blas de Paz ; y pues sabes leer, arrímate a essa ventana y procura oyr lo que están leyendo ». Siguiendo sus indicaciones, el mulato Diego López « se arrimo a una ventana todo lo que pudo y oyó a una persona que hablaba haciendo pausas en baxa voz y nunca pudo entender ni percebir raçon alguna, mas de que algunas vezes paraba y dexaba de hablar la dicha persona y replicaban los demás, de forma que a este le pareció que el que hablaba haciendo pausas era como diciendo proposiciones, porque daba palmadas sobre el brazo de la silla reciamente y como lamentándose de lo que decía (31) ». Era, indudablemente, la forma de marcar el ritmo y la señal de turno en el rezo dialogado, así como entonación litúrgica lo que a Diego López pareciéronle lamentaciones.

    A pesar de sus posteriores intentos, esto fue todo lo que el mulato brujo pudo averiguar de las reuniones « de sinagoga » de los judíos portugueses de Cartagena; sin embargo, es lo suficiente para demostrarnos que, en la medida de sus posibilidades y conocimientos, permanecían fieles a las prácticas talmúdicas. Como claramente se deduce de lo transcrito, el más riguroso secreto rodeaba aquellas juntas que ni la curiosidad ni el « poder » de los brujos logró romper. Y si de alguien se guardaban con verdadero interés estos judíos portugueses, era de sus propios compatriotas, cuando sospechaban que no compartían la misma fe.

    En su vida privada, cada uno de estos judíos no desperdiciaba motivo ni ocasión para demostrar su inquina hacia la religión cristiana y, a este respecto, las confesiones del varias veces citado Diego López abundan en noticias de este tipo: unos que azotan el crucifijo o las imágenes de Jesucristo; otros que realizaban toda clase de suciedades, etc. Lo que demuestra que, tras un aparente cristianismo, los judíos ocultaban un incalculable y fanático odio a todo lo que se relacionase con la religión de Cristo.

    Sin duda alguna, podríamos pensar fundadamente que tales prácticas estuvieron en proporción inversa de los conocimientos acerca de los principios y preceptos de la Ley de Moisés: con aquellas trataban de suplir la ignorancia de éstos y se enfervorizaban manifestando tal odio. Y es que, en general, los judíos de que hemos hablado carecían de formación religiosa. El caso del instruido e inquieto Araujo, que fue aleccionado por doctos rabinos y bajo la vigilante mirada de su madre; que conoció los focos más importantes del judaísmo de su época: Flandes, Venecia, Salónica, Constantinopla...; que había visitado no pocas de las más brillantes sinagogas europeas; es muy poco frecuente.

    La estampa más típica nos la ofrece Luis Franco, quien, consciente de su ignorancia, aunque hombre aficionado a la lectura, llevado por un afán de superación, tuvo su espíritu siempre abierto a todas cuantas sugerencias pudieran venirle del exterior. Por ello trabó amistad con Araujo, a quien hacía frecuentes preguntas sobre la forma de « judaizar » en los países que había recorrido. Y puestos su pensamiento y su corazón en Holanda, donde libremente podría él ejercer su religión, debió quedar en América para siempre.

    Los demás — ya lo decíamos al principio — son gentes vulgares en su mayoría, pero que nos ofrecen un contraste digno de tenerse en cuenta, no sólo para el conocimiento del judaísmo en América, sino también para el completo conocimiento de la época.


    Manuel TEJADO FERNÁNDEZ.







    NOTAS

    1. Los hebreos en el descubrimiento de las Indias, Madrid, Bol. de la Acad. de la Historia, XX, p. 215-218.

    2. Chr. Columbas und der Anteil der Juden an den spanischen und portugiesischen Entdeekungen, Berlín, 1894.

    3. Les Juifs et les découvertes géographiques espagnoles et portugaises, Paris, « Cahiers juifs », n° 23, p. 481-487.

    4. Os judeus portuguezes e brasileiros na America hespanhola, Paris, 1926, Journal de la Soc. des Américanistes, XVIII.

    5. Los judíos en la América española, 1492-1810, Buenos Aires, 1939.

    6. Pour une étude du judaïsme portugais au Mexique pendant la période coloniale, Paris, 1939, Revue d'Histoire moderne, XIV, num. 39; Influences portugaises au Mexique durant la période coloniale, Lisboa, 1937, Rev. da Faculdade de Letras, IV; Fray Hernando de Ojea, apóstol de los judíos mexicanos, México, • Abside », 1937.

    7. Judíos en México, « Rev. chilena de Historia y Geografía », LXXXI, núm. 89, 1936.

    8. Alumbrado, México, Pomía, 1937. Refiere la vida de uno de los más conspicuos judíos de la Nueva España: Luis de Carvajal, el mozo.

    9. México, 1935-1937, vol. VI- VIII de las Publics, del Arch. Genl. de la Nación.

    10. México, 1937, vol. VIII de las Pub. del Arch. G. de la Nación.

    11. Recogidos y prologados por Alfonso Toro, México, 1932, vol. XX de las Pub. del Arch. G. de la Nación. Vid. C. Bayle, Razón y Fe, 1934, CIV, 91-93.

    12. El judío en la época colonial. Un aspecto de la historia rioplatense, Buenos Aires,
    1939.

    13. Cf. J. Toribio Medina, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Cartagena de Indias, Santiago de Chile, 1899.

    14. Como, repito, todas las referencias documentales proceden de este legajo, en lo sucesivo me limitaré a indicar el número de cuaderno y folio, sin necesidad de otra aclaración.

    15. Lo mismo puede decirse con respecto a todos los demás tribunales inquisitoriales de Ultramar y esta afirmación puede constatarse con sólo consultar las obras que el propio J. T. Medina ha dedicado a los de México, Lima, Chile, La Plata, etc.

    16. Aunque también es verdad que hemos manejado algún proceso que no cita J. T. Medina, a quien, sin embargo, no es achacable tal omisión, sino a falta en las Relaciones Sumarias o en la correspondencia de los inquisidores de América con el General y Supremo Consejo de la Inquisición.

    17. Cf., además de la obra, anteriormente citada, de Martínez del Rio, la muy meritoria de Julio Jiménez Rueda, Herejías y supersticiones en la Nueva España (Los heterodoxos en México), México, Imprenta Universitaria, 1946.

    18. Inquisición, leg. 1620, cuaderno núm. 5.

    19. Inquisición, leg. 1620, cuaderno núm. 6.

    20. Andrés Garcia, zapatero y compadre de Luis Franco, nos refiere ésto en la declaración que hizo en el proceso de Pedro López : regresaba el tal García de Cartagena a Zaragoza, cuando, al llegar a « la çabaneta, halló rancheado en ella a Luis Franco, que lo llebaban preso por el Sancto Officio de la Inquisición » ; trató de acercarse a él, pero no lo consiguió, pues Alonso de Cortinas se opuso ; siguió el zapatero su camino y, al final de la jornada, descargó sus caballerías y se acostó. No había transcurrido hora y media, cuando le despertó quién él menos esperaba: el propio Luis Franco, quien apresuradamente le encargó que, en cuanto llegase a Zaragoza, pidiese a Pedro López « un cintillo de esmeraldas que estaba en su poder, y otro de... piezas de oro y tres pedazos de oro fundido... y que lo guardase », pues era lo que había logrado hurtar a la confiscación con la ayuda de Alonso Moreno, cuya complicidad compró por ochenta pesos (Cuad. n° 5, fol. 15 à 18, y cuad. n° 6, fol. 15 y 16 r.).

    21. Es el Gran Ayuno del séptimo mes o Tischri (según el calendario judaico) llamado Kippur: se llamaba también día de la Expiación o del Gran Perdón.

    22. Contra él existen dos procesos, el segundo de 481 folios, en el cuaderno núm. 9, siempre del mismo legajo, 1620.

    23. Su proceso se encuentra en el cuaderno núm. 11 del citado legajo.

    24. Cuad. núm. 11, fol. 59 v.

    25. Cuaderno núm. 12.

    26. Cuad. núm. 15.

    27. Cuad. núm. 20.

    28. Ob. cit., cap. viii, pág. 221.

    29. Inquisición, legajo 1620, cuaderno núm. 7.

    30. Cuad. núm. 7, fol. 16 v. a 19 v. (sin numerar en el proceso).

    31. Cuad. núm. 7, fol. 16 v. a 19 v. (sin numerar en el proceso).

    Fuente:

    Persée











    Virreinato de Nueva Granada

    virreinato_mapa.jpg
    Última edición por Mexispano; 05/07/2014 a las 19:56

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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    March 11, 2009

    Alberto del Canto


    John Lord of Kent presentó sus servicios al Príncipe Eduardo a finales del siglo XIII para, juntos, ayudar al Rey Pedro en su tarea de expulsar a los moros de la península ibérica. Al arribar a lo que hoy es Portugal, John se enamoró de una mujer sefardí, y la desposó. Los hijos del matrimonio adaptaron el apellido a la versión portuguesa "do Canto". En ese entonces, ser "portugués" era prácticamente sinónimo de ser "judío", pues la mayoría de los sefardíes habían sido empujados a los confines de la península.

    En 1547 nació Alberto do Canto en una de las Islas Azores. Acaso para encubrir su origen judío, acaso simplemente para pasar como español una vez que se hubiera enrolado en la armada española, el caso es que muy joven prefirió castellanizar su apellido: "del Canto".

    Así, Alberto del Canto se embarcó a la Nueva España, donde aprendió a explotar minas e indios en Zacatecas, antes de partir más al noreste para fundar nuevas ciudades y centros mineros, como Saltillo, San Gregorio (Cerralvo) y la fallida Santa Lucía (hoy Monterrey). La Inquisición lo arrestó por practicar la esclavitud y otras razones, pero parece que pudo desmarcarse de la acusación de ser "judaizante". Logró escapar y se fue a vivir con los indios chichimecas, mientras no se calmaran las cosas. Mientras, la Inquisición se cebaba con los Carvajal...

    Alberto del Canto aprovechó la coyuntura para reaparecer, tomar gobierno de la zona del Golfo (sur de Texas, Tamaulipas) que había llamado Nueva Vizcaya, y astutamente se desembarazó de su enemigo más peligroso, Diego de Montemayor: Alberto se había enredado con la mujer de Diego, y éste, en un ataque, la mató, y juró matarlo también a él. Alberto, tranquilamente, se casó con Estefanía, hija de su amante asesinada, y la presencia de los nietos supo aplacar la ira de Diego.

    Diego volvió al pie del Cerro de la Silla --el último eslabón de una cordillera, bautizado así por Alberto del Canto--, refundó la ciudad, y se estableció allí. Pronto llegaron su hija y sus tres nietos, Diego, Miguel y Elvira, para acompañarlo, pero nunca el yerno. Los tres rechazaron el apellido paterno, tal vez por alguna razón entreverada con la ira del abuelo, y adoptaron el materno: "de Montemayor". Pasada una generación, toda la descendencia de Alberto del Canto habría perdido su apellido y había emparentado con la familia de Marcos Alonso de la Garza Falcón. Alberto del Canto murió solo en su Hacienda de Buena Vista, en Saltillo.


    Albertoc.jpg



    Fuente:

    Philosophisches & Literarisches SehLoft: Alberto del Canto

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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Cita Iniciado por Mexispano Ver mensaje
    El antisemitismo español perdura a través de los siglos XVI y XVII, influyendo no poco en la caída del conde-duque de Olivares, privado del rey Felipe IV, pues pretendía dicho favorito nada menos que trasladar a España a los judíos de Salónica, so pretexto de que con sus tesoros remediarían la penuria del erario. El célebre Quevedo denunció y satirizó tal proyecto en "La Isla de los Monopantanos", combatiéndolo también el nuncio apostólico, César Monti, y los consejos de estado y de Inquisición, por todo lo cual no pudo realizarse, como también fracasó la proposición de D. Manuel de Lira, ministro de Carlos II, quien pugnaba por la admisión de judíos y protestantes en las colonias de América. Los judíos no debían regresar sino hasta el siglo XIX, con la invasión de Napoleón Bonaparte.


    Una muestra:

    San Martín tuvo amigos de muy dudosa procedencia, como por ejemplo Alejandro María de Aguado, mayor del Ejército Español y compañero de aquél cuando prestaba servicios en la península ibérica. Era el amigo de San Martín miembro de la Masonería y, por lo mismo, cultor de Hiram[1]. Mencionado en su tiempo como de ascendencia sefardí, Aguado se mantuvo leal al ejército de España hasta la vil invasión napoleónica de 1808, ocasión que le permitió traicionar a su patria para pasarse al bando francés, donde combatió como un encarnizado ateo y jacobino (no olvidemos que las campañas de Napoleón Bonaparte tuvieron como finalidad la consolidación e institucionalización de lo acontecido en julio de 1789). Pese a tan indignante pasado, José de San Martín nombrará a Alejandro María de Aguado, años más tarde, como su albacea y tutor de sus hijos, de acuerdo a su Testamento.


    El título del artículo es este:

    SAN MARTÍN, LOS MASONES Y LOS INGLESES, FRENTE A ARTIGAS LOS GAUCHOS Y LOS ARGENTINOS



    Y se puede leer completo aquí:

    Hay “otro” bicentenario




    Aguado,_Alexandre.jpg
    Última edición por Mexispano; 12/07/2014 a las 19:28

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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    NAPOLEÓN, EL LIBERTADOR CASTIGADO DE LOS JUDÍOS
    Conferencia leída duante el primer Gran Congreso Napoleónico de Israel (mayo de 2007).

    franjuifs1.jpg
    Orgaización del culto israelita
    Napoleón fue el primer jefe de Estado de Europa en acordar la libertad del culto para todas las religiones. En esta litografía de la época, se la concede al pueblo judío, representado por la mujer que sostiene la ménorah, restableciendo el culto israelita el 30 de mayo de 1806. Estampa de la época.
    Por el General (2S)
    Michel Franceschi
    General de cuatro estrellas
    Comendador de la Legión de Honor

    Consultor Militar Especial del Instituto Napoleónico México-Francia

    Consejero Histórico Especial de la Sociedad Napoleónica Internacional
    franceschibiblio.jpg
    El General Franceschi
    Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
    Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
    « ¡Oh Israel, séanle dadas gracias al libertador de tu pueblo! »
    Rabino David Sinzheim, durante la apertura del Gran Sanedrín de 1807
    La obra ejemplar de Napoleón en favor de los judíos no apasiona a los historiadores.


    No obstante, este aspecto trata una de sus acciones más nobles. Napoleón debe ser considerado como el libertador de los judíos. En su calidad de auténtico hombre de las luces, se enfrentó a las más violentas oposiciones en detrimento de su carrera para imponer la tolerancia de su religión y restaurarlos en su dignidad de humanos. Se le hizo pagar el más alto precio…

    Al advenimiento de Napoleón, les judíos de Europa viven en situación de verdadero apartheid. Marcados desde la antigüedad de la inexpiable infamia de la crucifixión de Cristo, son considerados por doquier como parias, un pequeño número de ellos se complace de hecho en su marginalidad. Su rechazo es más o menos marcado según los países o las regiones. Se les prohíbe la propiedad y no pueden en principio ejercer más que la profesión del comercio. El abuso por algunos de ellos de la práctica de la usura agrava la desconsideración de todos. En ciertas ciudades, son obligados al porte de señas distintivas amarillas y se ven a veces confinados en ghettos. En fin, una situación intolerable tras la proclamación de los derechos del hombre.

    ¿Cuántos son ellos? En Francia, se enumeran menos de 50 000 de los cuales aproximadamente la mitad en Alsacia, en donde se les maltrata más, unos mil en París, 8000 en Lorena, 4500 en Burdeos, 2500 en Marsella y en el Condado. Aproximadamente 30 000 más viven en los países fronterizos, atraídos por la Francia de los derechos del hombre. El número de los que viven allende en Europa es difícil de apreciar pero permanece pobre.

    Cuando estalla la Revolución, la situación des Israelitas está en vías de una mejoría en Francia. Un edicto de Luis XVI de 1785, inspirado por Malesherbes, los ha colocado bajo la « protección » de las autoridades locales, y admitido entre los patentables. Bajo el impulso del abate Grégoire, la Asamblea Constituyente adopta el 27 de septiembre de 1791 un decreto que concede a los judíos la plena ciudadanía, en aplicación del artículo 10 de la Declaración de los Derechos del Hombre autorizando la libertad de culto. Pero a falta de toda decisión de aplicación, la medida queda en calidad de letra muerta. La Legislativa se desinteresa de la suerte de los israelitas. La intratable Convención relanza la persecución. El Directorio se muestra tolerante pero no hace avanzar la cuestión en nada.

    Es entonces cuando entra en escena Napoleón. A decir verdad, Napoleón no esperó su acceso al poder supremo para interesarse en los israelitas. A su manera de ver de humanista, una comunidad dispersa a los cuatros vientos y que conserva cueste lo cueste su poderosa identidad a pesar de cerca de dos milenarios de opresiones no puede sino inspirar el mayor respeto. De puede datar de la campaña de Italia su toma de conciencia de la cuestión judía. Al entrar a Ancona el 9 de febrero de 1797, queda indignado ante la existencia de un ghetto. Ordena inmediatamente su supresión. Posteriormente, hizo lo mismo en Roma, Venecia, Verona, y Padua, libertando con autoridad a los judíos de los estados pontificios. Al tomar posesión de Malta en junio de 1798, concede a los israelitas de la isla la autorización de construir una sinagoga y el derecho de practicar en ella su culto, prohibido por los caballeros de Malta. Durante la expedición de Egipto, enrola en el cuerpo expedicionario un contingente israelita. Frente a San Juan de Acre, concibe el proyecto revolucionario de la fundación de un estado judío en Palestina, 150 años antes de su realización. En una « Proclama a la nación judía », escribe estas palabras de una audacia inaudita para la época: « ¡Apresuraos! Es el momento que no volverá tal vez de aquí a mil años de reclamar la restauración de vuestros derechos civiles, de vuestro lugar entre los pueblos del mundo. Tendréis derecho a una existencia política en tanto Nación entre las naciones. Tendréis el derecho de adorar libremente al señor de vuestra religión ».
    Durante las negociaciones del Concordato, Napoleón se esfuerza en extender al culto israelita el beneficio de las medidas de tolerancia y de apaciguamiento concedidas a las religiones cristianas. Una infranqueable hostilidad le obliga a dejar para más tarde lo que considera como la coronación de su obra de reconciliación nacional. Este objetivo no podrá ser alcanzado hasta que los judíos de Francia hayan pasado de la posición de marginales completamente segregados a la de ciudadanos franceses de manera plena. Y el Emperador no separará más de esta idea. ¡Pero cuántas oposiciones que neutralizar y obstáculos a franquear!

    ¿Qué móvil anima a Napoleón en este asunto de lo más sensible? Para su confort político, Napoleón debería lavarse las manos de la suerte de un tan pequeño número de habitantes despreciados por todos, seguro de atraerse la hostilidad general al defenderlos, cuando de por sí se encuentra ya confrontado a tantas otras dificultades graves. Pero para él un principio moral no vale más que si es cumplido en su plenitud, cualquiera que sea el precio.

    No se trata de una preferencia religiosa cualquiera. Católico de tradición y de educación, Napoleón no es ateo, sin ser sin embargo un practicante asiduo. Altamente imbuido de las virtudes de la religión para toda sociedad, quiere hacer la práctica religiosa compatible con los nuevos valores de tolerancia y de libertad. A su manera de ver, todas las religiones deben ser admitidas sin excepción y coexistir pacíficamente, sin que ninguna imponga su voluntad a las demás, ni sobre todo al Estado. Es lo que se llama la laicidad, motivación primera de Napoleón, quien es el iniciador de este valor.

    Además, pertinazmente apegado a la gran obra de la fundación de la Francia nueva, el Emperador necesita movilizar todas las energías y los recursos del país, y las de los judíos no son de las menores, tanto más que son susceptibles de atraer a Francia buen número de sus correligionarios extranjeros.
    david_sintzheim.jpg
    David Sintzheim (1745-1812)
    Presidente del Gran Sanedrín, nombrado gran rabino del Consistorio central de los israelitas en el año 1808.

    A principios de 1805, animados por las buenas disposiciones del Emperador para con los judíos, un grupo de sus representantes dirigidos por el augusto Isaac Cerf-Berr, propone al ministro de los cultos, Portalis, un plan de integración civil y religiosa de los israelitas. Portalis no se opone a él pero hace ver al Emperador la implacable oposición que ha encontrado, especialmente en el este. Entonces en el campo de Boloña en donde se alista para enfrentarse a la tercera Coalición, Napoleón debe retrasar su decisión hasta después de la guerra que le es impuesta.

    Su autoridad, reforzada por la insuperable victoria de Austerlitz, el Emperador retoma el asunto durante la primavera de 1806, apoyado por el abate Grégoire e Isaac Cerf-Berr. Hace someter al Consejo de Estado un proyecto de integración de los judíos en la nación. Debe sobreponerse a una feroz resistencia de todos los bordes, insidiosamente conducida por Mathieu Molé. Tras múltiples peripecias, logra hacer que se adopte el decreto decisivo del 30 de mayo de 1806, que organiza « la reunión en París de una Asamblea de individuos de la religión judía (…) ¡de tal suerte que se establezcan las formas propias para conferir a los israelitas la calidad política y civil de los franceses! »

    Compuesta por ciento once laicos y rabinos, esta Asamblea se reúne en la capilla San Juan el 26 de julio de 1806. La convocación oficial va acompañada por una declaración solemne redactada de puño y letra por el Emperador: « Mi deseo es hacer de los judíos de Francia ciudadanos útiles, conciliar sus creencias con su deber de franceses y alejar los reproches que pudieron hacérseles. Quiero que todos los hombres que viven en Francia sean iguales y gocen del conjunto de nuestras leyes ».

    Los trabajos de la Asamblea se llevan a cabo en agosto y septiembre bajo la presidencia del honorable banquero Abraham Furtado y en presencia de tres comisarios del gobierno, entre los cuales Molé. Dos cuestiones son objeto de debates animados: los matrimonios mixtos y la práctica de la usura. Se acaba por ponerse de acuerdo sobre la tolerancia de los primeros y el encuadramiento legal de la segunda.

    Redactado por Molé, la relación conclusiva de los comisarios deja sin embargo vislumbrar una reticencia manifiesta de los rabinos, eclipsados en los debates por laicos brillantes. Napoleón toma conciencia de la fragilidad de los resultados obtenidos. Se da cuenta de que su futura perennidad necesita de una unción religiosa, a semejanza del Concordato algunos años antes. Trazo de genio, probablemente inspirado por Isaac Cerf-Berr, decide entonces resucitar el Gran Sanedrín, el antiguo Consejo Supremo de los judíos, caído en el olvido desde la destrucción del Templo de Jerusalén por Tito, en el año 70.

    Simbólicamente calcado de su ilustre ancestro, el Gran Sanedrín de 1807 se reúne en gran solemnidad el 9 de febrero en la capilla San Juan para una sesión de un mes. El venerable rabino Sinzheim, presidente electo, abre la primera sesión con la exhortación citada en el epígrafe. Prosigue con un loor vívido de Napoleón: « Ministro de la eterna justicia ante la cual todos los hombres son iguales y sus derechos inmutables »… Ponente designado, Abraham Furtado cierra la sesión con la deificación del Emperador: « ¡Bendito sea el Dios de Israel que ha puesto en el trono de Francia a un príncipe según su corazón! Ha escogido a Napoleón el Grande para ser el instrumento de su misericordia… ».

    Suerte de Concordato judío, el Gran Sanedrín de 1807 consagra el judaísmo como la tercera religión de Francia. En lo esencial, constituye todavía hoy su base en nuestros días.

    A la noticia de su éxito, un alborozo indescriptible se apodera de toda la comunidad israelita. Como testimonio de su infinita gratitud, compone a la gloria del Emperador la emotiva plegaria que figura en el anexo.

    La incensación de Napoleón por los judíos tiene como efecto la exacerbación las oposiciones. En el extranjero, la condena del Gran Sanedrín es general y virulenta. Confina al paroxismo en Rusia, en donde la iglesia ortodoxa designa a Napoleón como el « anticristo y el enemigo de Dios » por haber « fundado un nuevo Sanedrín hebreo que es el mismo tribunal que osó antaño condenar a la cruz al Señor Jesús ».

    ¡Listo! En Francia, la oposición antisemita se desata, principalmente en Alsacia. Es apoyada por espíritus elevados como el de Chateaubriand. Detrás de un silencio forzado, el clero católico no se queda atrás. Hasta el Cardinal Fesch, su tío, reprocha al Emperador « ignorar que las Escrituras anuncian el juicio final para el día en que los judíos sean reconocidos como cuerpo de la nación ».

    napmoisemonnaie.jpg
    Napoleón I da las tablas de la Ley a Moisés
    Pieza basada en un dibujo del barón Vivant Denon (1747-1825), hacia 1807. Obra de Nicolas-Guy-Antoine Brenet (1770-1846), Colección del museo de Israel.


    De cara a esta violenta oposición, Napoleón debe operar un repliegue elástico pero no una retirada. Es tanto más empujado a ello cuanto que después de Tilsit debe tratar con contemplaciones a Rusia para salvar la paz. El 17 de marzo de 1808, firma un decreto suspensivo, retrasando de diez años la aplicación de las medidas adoptadas, pero autorizando derogaciones locales antes del plazo. La oposición se calma, pero una inmensa decepción aflige a los judíos. Es de corta duración.

    El Emperador inicia las derogaciones de inmediato, luego hace acelerar el ritmo. Y es así como menos de tres años más tarde todos los judíos del Imperio vuelven a ser ciudadanos franceses de pleno ejercicio. El genio de maniobra de Napoleón no era sólo militar...

    Pero la caída del Imperio lo pondrá todo nuevamente en cuestión. Después de Waterloo, los judíos van a volver a encontrar por doquier sus humillantes condiciones de existencia. No recobrarán sus derechos hasta 1830 en Francia y en Holanda, en 1834 en Suecia, en 1838 en Suiza, en 1858 en Gran Bretaña, y mucho más tarde en el resto de Europa.

    Napoleón pagó un precio exorbitante por su noble voluntad de imponer la tolerancia religiosa y la laicidad contra viento y marea. Sospechoso de amistad con los verdugos putativos de Cristo, Napoleón fue presentado por los integristas de las iglesias cristianas como la encarnación de Satán. La indomable hostilidad engendrada ha constituido la levadura de todas las adversidades que acabaron por sumergir al Imperio. Su declive data en efecto del Gran Sanedrín.

    En Prusia, la iglesia luterana fomentó la emergencia del nacionalismo alemán, volviendo contra Francia el entusiasmo emancipador de la Revolución.

    En Rusia, el fundamentalismo de la iglesia ortodoxa dio barreno a la alianza franco-rusa sobre la cual reposaba la paz en Europa. El espectro del Gran Sanedrín no cesó de planear sobre las relaciones franco-rusas. Socavó insidiosamente la gran esperanza de paz de Tilsit. En 1811, el Santo Sínodo de Moscú hizo capotar bajo mano el matrimonio de Napoleón con una gran duquesa rusa, última oportunidad de paz.

    En cuanto a la iglesia católica, el Gran Sanedrín precipitó la ruptura total de Napoleón con el papado. En Francia, una minoría de prelados ilustrados conservó una actitud moderada y a veces incluso benévola en recuerdo del fabuloso Concordato. Pero una mayoría del clero alimentó hasta en la entorno del Emperador una sorda oposición interna de nefastas consecuencias.

    Pero fue en España en donde la hostilidad de la iglesia católica produjo sus efectos más devastadores. Ahí se convirtió en fanatismo guerrero. Un clero obscurantista aún bajo la influencia de la Inquisición inspiró, alimentó, y hasta condujo, una verdadera guerra santa oculta detrás de un levantamiento patriótico. Para exacerbar la agresividad de los fieles, un catecismo especial anti-napoleónico, que escurría de odio, fue incluso enseñado en las escuelas, ante la indiferencia, si no el fomento, de la Curia romana. Si se admite que la guerra de España constituyó de hecho la tumba del Imperio, nos es forzoso admitir que el sepulturero principal fue el clero católico español.

    En definitiva, nuevo Ciro, pero no adepto de Poncio Pilato, en la cuestión judía Napoleón subordinó su devenir político al estricto respeto de un derecho sagrado del hombre. Es sin duda en este afrontamiento inexpiable donde Napoleón fue moralmente el más grande.



    ANEXO

    Plegaria de los hijos de Israel
    Ciudadanos de Francia y de Italia
    por el éxito y la prosperidad de nuestro Amo
    el Emperador, el Rey Napoleón el Grande
    (Que su gloria centellee)

    Compuesta en el mes de Mar-Hechran, año 5567 (1807)
    Psalmos 20, 21, 27, 147


    Imploro al Eterno, creador del cielo, de la tierra y de todo lo que en ellos vive. Tu as establecido todas las fronteras del mundo y fijado a cada pueblo su lenguaje. Tu as dado a los reyes el cetro del poder para que gobiernen con equidad, justicia y rectitud a fin de que cada uno, en su lugar, pueda vivir en paz.

    Qué bienaventurados somos, cuan agradable es nuestra suerte desde que colocaste a Napoleón el Grande en los tronos de Francia y de Italia. Ningún otro hombre es tan digno de reinar, ni merece tantos honores y gratitud; él dirige a los pueblos con una autoridad benefactora y toda la bondad de su corazón.

    Cuando los reyes de la tierra le han librado batalla, tú, Dios, le has prodigado tus beneficios, lo has protegido, le has permitido someter a sus enemigos. Le han pedido misericordia y él, en su generosidad, se las ha acordado.

    Ahora, nuevamente, los reyes se han ligado para traicionar los tratados y remplazar la paz por la sangre de la guerra. Ejércitos se han juntado para combatir al Emperador; he aquí a los enemigos que avanzan y que nuestro amo con su poderosa armada se prepara a rechazar la agresión.

    ¡Oh Dios! Amo de la grandeza, de la fuerza, del poder y de la belleza, te imploramos mantenerte cerca de él. Ayúdale, sostenle, protégele y sálvale de todo mal. Dile « Yo soy tu salvador » y dale tu luz y tu verdad para guiarle.

    Por piedad, desbarata los complots de todos sus enemigos. Que en las decisiones del Emperador aparezca tu esplendor. Refuerza y consolida sus legiones y a sus aliados, que todos sus movimientos estén marcados de inteligencia y de éxito.

    Dale la victoria y obliga a sus enemigos a inclinarse ante él y a pedirle la paz. Esta paz, él se las concederá pues no desea sino la paz entre todas las naciones.

    Dios de clemencia, Amo de la paz, implanta en el corazón de los reyes de la tierra sentimientos pacíficos para el mayor bien de toda la humanidad. No permitas a la espada venir donde nosotros a derramar la sangre de nuestros hermanos. Haz que todas las naciones vivan en la paz y la prosperidad eterna.


    Amén.



    Fuente:

    Instituto Napoleónico México-Francia
    Última edición por Mexispano; 12/07/2014 a las 19:58

  17. #117
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Luego se daría cuenta el corso que clase de personas eran




    miércoles, 17 de octubre de 2012


    Napoleón Bonaparte I: el problema judio en la Francia napoleónica




    Emperador de los franceses. Junto con César, Carlo Magno y Hitler, constituye uno de los personajes históricos más admirados.

    Militar y político, se convirtió en pocos años en el hombre más importante de la historia de Francia.

    Nació en 1769 y falleció en 1821.





    "Debemos considerar a los judíos no sólo como una raza distinta, sino como un pueblo extranjero."

    Decidí mejorar a los judíos; pero ya no quiero ninguno más de ellos en mi Reino, ciertamente he hecho todo lo posible para probar mi menosprecio hacia la nación más vil del mundo.

    Los judíos habían provisto víveres a mi ejército en Polonia; quise recompensarlos y me pesó; pues he visto que no son buenos sino para vender vestidos viejos.


    La legislación tiene que ponerse en acción en todas partes donde el bienestar general está en peligro. El gobierno no puede mirar con indiferencia el modo en que una despreciable nación se adueña de los departamentos de Francia. Los judíos tienen que ser tratados como un pueblo especial. Son una nación dentro de una nación. Es descorazonador para la nación francesa acabar bajo el poder del más bajo de los pueblos. Los judíos son los maestros del robo de la edad nueva, son los cuervos de la humanidad. Los he visto, durante la batalla de Ulm, acudir desde Estrasburgo para llevar a cabo innoble razia. Deben ser tratados con el derecho político, no con el derecho civil. No son en absoluto auténticos ciudadanos.

    Los judíos han practicado la usura ya en tiempos de Moisés, y oprimido a otros pueblos, mientras que los cristianos son sólo excepcionalmente usureros, cayendo, en tal caso en el desprecio... Debe prohibirse a los judíos el comercio, porque con éste abusan... Lo que hacen de malo los judíos no deriva de los individuos, sino del modo de ser fundamental de este pueblo.

    Me he propuesto el expulsar a todos los judíos que no puedan probar su ciudadanía francesa y dar a los tribunales poderes ilimitados contra los usureros.

    "Todos se quejan de los judíos. Esto se debe al mal aportado al mundo por los judíos que no deriva de individuos, sino de la constitución espiritual de este pueblo. Los judíos son los potros que destrozan Francia".

    "Pensamiento", Discursos en las reuniones del Consejo de Estado de 7-3-1806, 30-4-1806 y 17-5-1806.




    (1). Todo gran y pequeño vendedor judío deberá renovar su licencia cada año.

    (2) Los cheques y otras obligaciones solo serán desempeñables si el judío puede probar que ha obtenido el dinero sin estafar/hacer trampas.

    (Ordenanza del 17 de Marzo de 1808. Codigo Napoleonico.)





    "Los debemos considerar no solamente como a una raza distinta, pero sí como a extranjeros; para la Nación Francesa será la mayor humillación llegar a estar gobernados algún día por la raza más baja del mundo."

    Duque de la Victoria: Israel Manda (Profecías cumplidas-Veracidad de los Protocolos). Editorial Época. Cuarta Edición. México D.F. 1977.




    Napoleón exigió que los judíos adoptaran nombres y apellidos fijos, bajo pena de expulsión; les obligó a que se empadronaran; fijó un "numerus clausus" que afectaba tanto a sus lugares de residencia como a determinadas actividades: y les prohibió terminantemente la usura. Además, al considerar que en Alsacia eran demasiado numerosos y provocaban las quejas de los habitantes de aquella región, ordenó la expulsión de más de la mitad de ellos, mandándolos a la Vendée, "en castigo de esa región, culpable de rebelión en favor del titulado Luís XVII". Pero, a parte de todas esas medidas, lo evidente era la animadversión del Primer Cónsul. Se cuenta que en una reunión del Consejo de Estado, Napoléon dijo: "Nadie se queja de los católicos ni de los protestantes como se queja de los judíos, lo que prueba que no se trata de una cuestión de religión, sino de raza. El mal que hacen los judíos no proviene de los individuos, sino de la propia idiosincracia de ese pueblo extraño. Son unas sabandijas, unos parásitos que quieren arruinar a mi Francia".

    E. Drumont: "La France Juive", pág. 259.



    Fuente:

    Chiwulltun: Napoleón Bonaparte I: el problema judio en la Francia napoleónica

  18. #118
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    San Martín tuvo amigos de muy dudosa procedencia, como por ejemplo Alejandro María de Aguado, mayor del Ejército Español y compañero de aquél cuando prestaba servicios en la península ibérica. Era el amigo de San Martín miembro de la Masonería y, por lo mismo, cultor de Hiram[1]. Mencionado en su tiempo como de ascendencia sefardí, Aguado se mantuvo leal al ejército de España hasta la vil invasión napoleónica de 1808, ocasión que le permitió traicionar a su patria para pasarse al bando francés, donde combatió como un encarnizado ateo y jacobino (no olvidemos que las campañas de Napoleón Bonaparte tuvieron como finalidad la consolidación e institucionalización de lo acontecido en julio de 1789). Pese a tan indignante pasado, José de San Martín nombrará a Alejandro María de Aguado, años más tarde, como su albacea y tutor de sus hijos, de acuerdo a su Testamento.




    San Martin no designó a Aguado albacea testamentario. Es más, no designó albacea en ninguno de sus testamentos conocidos (1844 y 1850), los que además son todos posteriores a la muerte de aquel (1842). Por otro lado, mal pudo nombrarlo "tutor de sus hijos", cuando San Martín tuvo una sola hija, Mercedes, casada con Mariano. Balcarce. Es cierto que eran amigos, y fue por esa razón que fue Aguado quien nombró albacea a San Martín y tutor de sus hijos, cumpliendo cabalmente su misión que concluyó en 1845. Si en su momento apoyó a José Napoleón, luego de se arrepintió renunciando al grado de coronel que obtuvo en el ejercito Francés y también a la designación como gobernador de la isla de Martinica. En todo caso, su indignidad le fue perdonada y tanto es así que en agradecimiento a las inversiones que realizó en su patria, el rey le concedió el título de marqués de las Marismas del Guadalquivir. Si tenía algún antepasado sefardí, no hay prueba de ello y tal ascendencia debe ser adjudicada a un "presentimiento" de Gregorio Marañon, como el mismo así lo califica. En todo caso su padre era noble, conde de Montelirios y Caballero de la orden de San Juan, y su abuelo paterno capitán general, por lo que es más que dudosa su ascendencia judía. A mi criterio no se lo puede calificar de "indigno", ya que si cometió una felonía, supo luego enmendarla como hacen los hombres de bien.

  19. #119
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Cita Iniciado por pancho Ver mensaje
    San Martin no designó a Aguado albacea testamentario. Es más, no designó albacea en ninguno de sus testamentos conocidos (1844 y 1850), los que además son todos posteriores a la muerte de aquel (1842). Por otro lado, mal pudo nombrarlo "tutor de sus hijos", cuando San Martín tuvo una sola hija, Mercedes, casada con Mariano. Balcarce. Es cierto que eran amigos, y fue por esa razón que fue Aguado quien nombró albacea a San Martín y tutor de sus hijos, cumpliendo cabalmente su misión que concluyó en 1845. Si en su momento apoyó a José Napoleón, luego de se arrepintió renunciando al grado de coronel que obtuvo en el ejercito Francés y también a la designación como gobernador de la isla de Martinica. En todo caso, su indignidad le fue perdonada y tanto es así que en agradecimiento a las inversiones que realizó en su patria, el rey le concedió el título de marqués de las Marismas del Guadalquivir. Si tenía algún antepasado sefardí, no hay prueba de ello y tal ascendencia debe ser adjudicada a un "presentimiento" de Gregorio Marañon, como el mismo así lo califica. En todo caso su padre era noble, conde de Montelirios y Caballero de la orden de San Juan, y su abuelo paterno capitán general, por lo que es más que dudosa su ascendencia judía. A mi criterio no se lo puede calificar de "indigno", ya que si cometió una felonía, supo luego enmendarla como hacen los hombres de bien.

    Tiene usted razón, en todo caso, la cuestión fue al revés: Aguado designa albacea y tutor de sus hijos a San Martín. El fragmento de ese texto lo saqué de una página en Facebook sobre revisionismo histórico uruguayo (página que por cierto, ya no existe) que a su vez lo obtiene de una fuente argentina.

    De todas formas, en el hilo donde puse esa información completa se encuentra otra nota que habla sobre Aguado también.


    Hay “otro” bicentenario


    Saludos

  20. #120
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    Re: Los marranos: ¿víctimas o victimarios de España?

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Etiquetas: Crónica, EE.UU., Información, Judaísmo, Traducción, Walter White


    Damos a conocer ahora un segundo escrito del editor señor Walter White Jr. (de quien ya publicamos su entrevista con un diablo) cuyo tema es el ya anunciado. Está incluido en diversas páginas en inglés (Who Brought the Slaves to America?), fechado como de 1968, y también existe en muchísimas páginas como un video en que con imágenes se va ilustrando la lectura del mismo. Según archive.org se trata de un panfleto (o folleto panfletario —aunque a nosotros nos parece más histórico que político) de 1977, mientras un conocido sitio de venta de textos se lo atribuye a un imposible autor de mediados del siglo XIX. Al menos dos sitios de nuestra confianza confirman la autoría que también le atribuimos.

    En ciertas discusiones sobre este texto muchos divagan en torno a la esclavitud en la Historia y sobre cómo también otras culturas son culpables de este infame comercio; pero el punto central es acerca de quién llevó los esclavos negros desde África al continente americano o a Norteamérica específicamente. Ése es el asunto central que no hay que perder de vista, y que es la única materia de este escrito, que ponemos en castellano para que se examine si hay verdad en él o no, y sirva como una referencia. De hecho hay verdad en él que puede ser refrendada por muchos datos históricos que han reconocido incluso autores que pertenecen a la especie que se ocupó mayormente de ese vil tráfico en Norteamérica.

    Sirva este breve escrito para aminorar la constante acusación que los negros norteamericanos y otras colectividades hacen, en cuanto a que toda la gente blanca estadounidense es culpable de dicha esclavitud y que debiese "pagar" por ello, pues ella existió sólo entre la mínima clase de los ricos (no en la clase media ni en la trabajadora: el europeo no llegó con esclavos a Norteamérica), que son los mismos que siguen detentando el poder y siguen siendo esclavistas y despreciadores de la raza humana en su conjunto.

    Las notas son de algún editor de la versión en inglés.







    ¿Quién Trajo los Esclavos a Norteamérica?

    Por Walter White Jr., 1968


    La historia de los esclavos en América comienza con Cristóbal Colón. Su viaje a América no fue financiado por la Reina Isabel, sino por Luis de Santángel, que le adelantó la suma de 17.000 ducados (aproximadamente 5.000 libras, equivalentes hoy a 50.000 libras) para financiar el viaje, que comenzó el 3 de Agosto de 1492. Colón fue acompañado por cinco "marranos" (judíos que habían abandonado su religión y supuestamente se hicieron católicos): Luis de Torres, intérprete; Marco, el cirujano; Bernal, el médico; Alonso de la Calle y Gabriel Sánchez (Cf. Henry Ford, El Judío Internacional).

    Gabriel Sánchez, instigado por los otros cuatro judíos, vendió a Colón la idea de capturar a 500 indios y venderlos como esclavos en Sevilla, España, lo que efectivamente fue hecho. Colón no recibió ningún dinero de la venta de los esclavos, pero llegó a ser víctima de una conspiración tramada por Bernal, el médico del barco. Colón sufrió la injusticia y el encarcelamiento como recompensa, traicionado por los cinco marranos (judíos) en que él había confiado y había ayudado. Este, irónicamente, fue el comienzo de la esclavitud en las Américas (Cf. Malcolm Cowley, Adventures of an African Slaver, 1928, p.11).

    Los judíos fueron expulsados de España el 2 de Agosto de 1492, y de Portugal en 1497. Muchos de estos judíos emigraron a Holanda, donde ellos establecieron la Compañía Holandesa de Indias Occidentales para explotar el nuevo mundo.

    En 1654, el primer judío, Jacob Barsimson, emigró de Holanda a Nueva Amsterdam (Nueva York) y en la década siguiente muchos más le siguieron, estableciéndose a lo largo de la Costa del Este, principalmente en Nueva Amsterdam y Newport, en Rhode Island. Ellos estaban impedidos, por ordenanzas publicadas por el Gobernador Peter Stuyvesant, de involucrarse en la economía nacional, de manera que rápidamente descubrieron que el territorio habitado por los indios sería un campo fértil. No había ninguna ley que impidiera a los judíos comerciar con los indios.

    El primer judío en empezar a comerciar con los indios fue Hayman Levy, quién importó cuentas de cristal barato, tejidos, pendientes, brazaletes y otras baratijas de Holanda que fueron cambiados por valiosas pieles de animales. Hayman Levy pronto se asoció con los judíos Nicholas Lowe y Joseph Simon. Lowe concibió la idea de comerciar ron y whisky con los indios y estableció una destilería en Newport, donde estos dos licores fueron producidos. Dentro de un breve tiempo había 22 destilerías en Newport, todos ellas poseídas por judíos, fabricando y distribuyendo el "aguardiente". La historia de la corrupción de los indios, con las consiguientes masacres por parte de los primeros colonos, es una historia dramática en sí misma.


    Es esencial comprender el puerto de Newport. Es importante a fin de reconocer la participación judía en el comercio de esclavos. Hubo un período en que fue comúnmente referido como el "Centro Mundial del Comercio Judío de Esclavos de Newport". En total en este tiempo había en Norteamérica seis comunidades judías: Newport, Charleston, Nueva York, Filadelfia, Richmond y Savannah. Había también muchos otros judíos dispersos sobre toda la costa Este. Aunque Nueva York tuviera el primer lugar en pobladores judíos en Norteamérica, Newport tenía el segundo lugar.

    Nueva York era también la principal fuente de carne kosher, proveyendo a los asentamientos norteamericanos, y luego a las Antillas y también a Sudamérica. ¡Actualmente Newport está a cargo! Newport también llegó a ser el gran puerto comercial de la costa Este de Norteamérica. Allí, los buques de otros puertos se reunían para intercambiar productos. Newport, como antes se dijo, representó el lugar principal en el comercio de ron, whisky y tráfico de licor. Y para concluir, finalmente llegó a ser el principal centro del tráfico de esclavos. Era desde este puerto que los barcos partían a través del océano a recolectar su carga humana negra y luego obtener grandes sumas de dinero a cambio de ellos.


    Un informe contemporáneo auténtico, basado en las autoridades, indica que de 128 barcos de esclavos, por ejemplo, que dejaron su "carga" en Charleston en un año, 120 de éstos estaban registrados por judíos de Newport y Charleston con sus propios nombres. De los restantes, uno puede conjeturar que, aunque ellos fueran ingresados como de Boston (1), Norfolk (2) y Baltimore (4), sus verdaderos dueños eran de manera similar los distribuidores judíos de esclavos de Newport y Charleston.


    Uno podría evaluar la participación judía en el negocio entero de Newport, si se considera la gestión de un solo judío, el portugués Aarón López, que tuvo un importante papel en la historia acerca de los judíos y la esclavitud. Acerca del comercio total de las Colonias, y el posterior Estado de Rhode Island (que incluía a Newport), las facturas de embarque, las concesiones, los recibos y las autorizaciones de puerto llevaban el nombre firmado del judío Aarón López. Todo esto ocurrió durante los años 1726 y 1774. Él tuvo por lo tanto más del 50% de todo el comercio bajo su control personal durante casi cincuenta años. Aparte de esto había otros barcos que él poseía, pero que navegaban bajo otros nombres.


    [Nota: Aarón López y su familia llegaron a Newport alrededor de 1750 desde Nueva York vía Lisboa, Portugal. López llegó al Nuevo Mundo como miembro de una familia "marrana" con el nombre cristiano de "Don Duarte López". López inmediatamente abandonó su nombre cristiano y tomó el nombre hebreo de Aarón y se sometió a la circuncisión ritual. En veinte años, López era propietario o tenía intereses en más de 80 barcos. López fue también uno de los fundadores originales y contribuyente de la sinagoga Touro, y hacia el final de su vida fue reconocido como uno de los "Príncipes Mercaderes" de la temprana Norteamérica. Los intereses de su comercio mercantil incluían ron, melaza, mercería y esclavos africanos].

    En el año 1749 fue establecida la primera logia masónica. El 90% de los miembros de esta primera logia, catorce en total, eran judíos. Y uno sabe que sólo los llamados individuos "prominentes" eran aceptados. Veinte años más tarde fue establecida la segunda logia masónica, "Rey David". Es un hecho que todos sus miembros eran judíos.

    Mientras tanto, la influencia judía en Newport había alcanzado tales proporciones que el Presidente George Washington decidió hacerles una visita. Sobre su presencia allí, de ambas logias masónicas enviaron un emisario –un judío llamado Moisés Seixas– para acercarse al Presidente con una petición, en la cual los judíos de Newport declaraban: "Si usted desea permitir a los hijos de Abraham acercarse a usted con una petición, para decirle que le honramos, y sentimos una alianza..." y luego: "Hasta el presente los valiosos derechos del ciudadano libre han sido retenidos. Sin embargo, ahora vemos nacer un nuevo gobierno basado en la Majestad del pueblo, un gobierno que no permite ninguna intolerancia ni persecución del judío, sino más bien concede la libertad de pensamiento, que cada uno comparte, cualquiera que sea su nación o lengua, como una parte de la gran máquina del Gobierno".



    [Nota: Las familias de Moses Levy y Moses Seixas vivieron en una de las enormes mansiones coloniales de Newport, en el 29 de la calle Touro. Seixas fue un miembro fundador de la más antigua logia masónica judía (Rey David, en Newport) y Gran Maestro de la Orden Masónica de Rhode Island. Seixas era conocido como el Cajero del Banco de Rhode Island. Presidente (Parnas) de la sinagoga Touro en el momento de la visita y carta de George Washington a la congregación, Seixas también realizó el Pacto de la Circuncisión (B’rith Milah). El prominente comerciante y mercader Moses Levy de Nueva York y Newport perteneció a una de las varias familias judías Ashkenazi en Newport entonces. Levy poseyó la Mansión de la calle Touro y legó la propiedad a Moses Seixas en 1792].

    Es necesario en este punto considerar las revelaciones en cuanto a quién en realidad obtuvo esta legendaria libertad en EE.UU. desde la fundación de la Unión. Desde luego la provincia se hizo independiente y separada de la jurisdicción inglesa. Sin embargo, podemos ver que en la petición que Moisés Seixas propuso al Presidente Washington en nombre de los judíos de Newport, no era en realidad este tipo de libertad la que ellos tenían en mente. Ellos estaban simplemente preocupados por ellos mismos, y sus "propios derechos civiles", que habían sido retenidos. Por lo tanto, después de la Guerra Revolucionaria, se acordó que los judíos tuvieran igualdad de derechos, y fueran liberados de todas las restricciones. ¿Y los Negros? No resistiéndose a la Guerra Revolucionaria, ellos siguieron siendo esclavos. En el año 1750, un sexto de la población en Nueva York era negroide, y proporcionalmente en las partes del Sur del país, ellos superaban en número a los demás, pero la proclamación de libertad no los tocó, sino mucho más tarde de esto.

    [Nota: Petición de Moses Seixas a Washington: "Señor: Permita a los hijos de la estirpe de Abraham acercarse a usted con el afecto más cordial y estima por su persona y mérito, y unirse con nuestros miembros-ciudadanos para dar la bienvenida a usted a Newport...

    Privados, como hasta ahora hemos estado, de los derechos inestimables de los ciudadanos libres, ahora –con un profundo sentido de gratitud hacia el Todopoderoso Establecedor de todos los acontecimientos– contemplamos un gobierno erigido por la majestad del pueblo, un gobierno que a la intolerancia no da ninguna aprobación, y a la persecución ninguna ayuda, sino generosamente permitiéndose a todos la libertad de conciencia y las inmunidades de la ciudadanía, considerando a cada uno, de cualquier nación o idioma, como partes iguales de la gran máquina gubernamental.

    Esta tan amplia y extensa Unión Federal, cuya base es la filantropía, la confianza mutua y la virtud pública, no podemos sino reconocer que es obra del gran Dios, que gobierna en los ejércitos del cielo y entre los habitantes de la tierra, pareciéndole a Él buena del todo.

    Para todas las bendiciones de la libertad civil y religiosa de la cual disfrutamos bajo una administración igualitaria y benigna, deseamos elevar nuestras gracias al Anciano de días, el gran Preservador de los hombres, suplicándole que los ángeles que condujeron a nuestros antepasados por el desierto hacia la tierra prometida puedan conducirle graciosamente por todas las dificultades y peligros de esta vida mortal; y cuando, como Josué, lleno de días y lleno de honores, usted se reúna con sus padres, pueda usted ser admitido en el paraíso celestial para participar del agua de la vida y del árbol de la inmortalidad.

    Hecho y firmado por orden de la Congregación Hebrea en Newport, Rhode Island, el 17 de Agosto de 1790. Moses Seixas, Director"].

    Escudriñemos de cerca este funesta labor de los judíos que les dio influencia y poder, para que podamos comprender la trata de esclavos; pues los celosos escritores judíos han escrito mucho desde esa época, de modo que actualmente, por haber sido este asunto desde hace mucho tiempo removido, podría parecer natural, ya que el elemento tiempo tiene una tendencia a hacer nebulosas las cosas.

    Sigamos el viaje de un barco, perteneciente a un traficante de esclavos, Aarón López, que había hecho muchos viajes a la costa africana. Por ejemplo, en el mes de Mayo de 1752, el barco "Abigail" fue equipado con aproximadamente 9.000 galones de ron, un gran suministro de grilletes de hierro para pies y manos, pistolas, pólvora, sables y muchos ornamentos de estaño sin valor, y al mando del capitán judío Freedman, navegó lejos hacia África. Había sólo dos oficiales y seis marineros integrando el equipo. Tres meses y medio más tarde ellos arribaron a la costa africana. Mientras tanto, allí había sido establecida una agencia africana por los traficantes judíos de esclavos, que los tenían a éstos acorralados y preparados para la venta. Esta organización se había internado profundamente en África y tenía muchas ramificaciones, incluidos jefes de tribus, de aldeas, etc. Este método de persuadir a estos líderes para la trata judía de esclavos, era similar al que los judíos habían empleado con los indios.

    Al principio, ellos les obsequiaban el ron, y dentro de poco tiempo los tenían sumidos en un delirio alcohólico. Cuando el oro en polvo y el suministro de marfil se agotaban, los inducían a vender a gente de su misma raza, inicialmente a sus mujeres y luego a sus jóvenes. Entonces los Negros comenzaban la guerra el uno contra el otro, trazado y desarrollado todo mayormente por los judíos, y si aquellos capturaban prisioneros, éstos también eran cambiados por ron, municiones y armas, para que los judíos los utilizaran en campañas ulteriores destinadas a capturar a más Negros.Los Negros capturados eran engarzados de dos en dos y conducidos por los sombríos bosques hacia la costa. Estos penosos y dificultosos viajes requerían semanas, y algunos de los apresados con frecuencia enfermaban y caían por el agotamiento, y muchos eran incapaces de levantarse aunque el látigo de cuero fuera aplicado como un incitador. Éstos eran abandonados para que murieran y fueran devorados por las bestias salvajes. Era bastante habitual ver los huesos de los muertos yaciendo bajo el sol tropical, un recordatorio triste y espantoso para aquellos que más tarde caminaran por este camino.

    Se ha calculado que por cada Negro que resistió los rigores de este deambular, teniendo aún que hacer el largo viaje a través del océano antes de que arribaran a tierras norteamericanas, nueve de cada diez morían. Y cuando uno considera que había una emigración anual de UN MILLÓN de esclavos Negros, entonces, y sólo entonces, puede uno evaluar el tremendo y extenso éxodo de la gente africana. En el presente África está escasamente poblada, no solo debido al millón anual literalmente sacado a la fuerza de sus chozas, sino debido a los cinco a nueve millones anuales que nunca alcanzaron su destino. Una vez que ellos alcanzaban la costa, los esclavos Negros eran conducidos juntos, y se les aplicaban restricciones para mantenerlos hasta que el siguiente barco de transporte atracara. Los agentes –muchos de ellos judíos– que representaban al jefe tribal, luego comenzaban el trato con el capitán. Cada Negro le era presentado personalmente. Pero los capitanes habían aprendido a desconfiar. El Negro debía mover sus dedos, brazos, piernas, y el cuerpo entero para asegurar que no había ninguna fractura. Incluso los dientes eran examinados. Si faltaba un diente, esto bajaba el precio. La mayor parte de los agentes judíos sabían cómo tratar a los Negros enfermos con productos químicos a fin de venderlos como si estuvieran sanos. Cada Negro era valorado en aproximadamente 100 galones de ron, 100 libras de pólvora, o en dinero en efectivo entre 18 y 20 dólares. Las anotaciones de un capitán nos informan que el 5 de Septiembre de 1763 un Negro fue tasado como en 200 galones de ron, debido a la puja entre los agentes, elevándose su precio. Las mujeres menores de 25 años, embarazadas o no, se tasaban en la misma medida si ellas estaban sanas y eran atractivas. Cualquiera mayor de 25 años perdía el 25% de su precio.

    Y aquí debiera manifestarse que aquellos Negros, comprados en la costa africana por 20 a 40 dólares, eran revendidos entonces por los mismos traficantes de esclavos en Norteamérica en 2.000 dólares. Esto le da a uno una idea de cómo los judíos lograron adquirir fortunas enormes. Después de la negociación, el capitán Freedman pagaba la cuenta, en mercancía o dinero efectivo. Él también recordaba algunos consejos que sus patrones judíos le dieron cuando él salió de Newport para África: "Vierta tanta agua en el ron como usted pueda". De esta manera los jefes Negros eran engañados dos veces por los judíos de Newport.

    El siguiente paso era rasurar el pelo de la cabeza de los esclavos adquiridos. Entonces ellos eran amarrados y marcados con un hierro caliente, en la espalda o en la cadera, identificándolos con sus propietarios. Ahora el esclavo Negro era en efecto propiedad del comprador judío. Si él huía podía ser identificado. Después de este procedimiento, había una celebración de despedida. Había casos en que familias enteras eran traídas desde el interior hacia la costa, y luego separadas por el comprador –el padre yendo en un barco, los hijos e hijas en otro. Estas celebraciones de despedida estaban frecuentemente colmadas por la emoción, lágrimas, drama y tristeza. Había muy poca alegría, si es que la hubo.

    Al día siguiente comenzaba el transporte desde la tierra hacia el barco. Se hacía tomando cuatro o seis Negros por vez en botes de remos al barco. Por supuesto los traficantes de esclavos estaban conscientes de cuánto el Negro amaba su patria sobre todo lo demás, y de que sólo podía ser inducido a abandonarla por medio de una gran violencia. De este modo, algunos Negros saltarían al agua. Pero aquí los capataces estaban listos con fieros perros y recuperaban a los hombres que huían. Otros Negros preferían ahogarse. Los que llegaban vivos a bordo eran inmediatamente desnudados. Aquí había otra oportunidad para saltar por la borda y alcanzar la tierra y la libertad. Pero los traficantes de esclavos eran despiadados y sanguinarios; ellos estaban simplemente preocupados por llevar su carga Negra a Norteamérica con la menor pérdida posible. Por lo tanto, a un evadido y luego recapturado, se le cortaban ambas piernas ante la mirada de los Negros restantes con el fin de restaurar el "orden".

    A bordo del barco los Negros eran separados en tres grupos. Los hombres eran colocados en una parte del barco y las mujeres en otro, por medio de lo cual el lujurioso capitán arreglaba el modo de que las mujeres Negras más jóvenes, sobre todo las más atractivas, fueran accesibles para él.

    Los niños permanecían en la cubierta, tapada con una tela cuando había mal tiempo. De esta manera el barco de esclavos procedía con su viaje a Norteamérica. Por lo general, los barcos eran demasiado pequeños y nada apropiados para transportar gente. Estaban apenas equipados para transportar animales, con los cuales los Negros eran comparados.En un espacio de un metro de alto estas criaturas desafortunadas eran colocadas en una posición horizontal, oprimidas unas contra otras. Por lo común ellos iban encadenados juntos. En esta posición ellos tenían que permanecer durante tres meses, hasta el final del viaje. Raramente había allí un capitán que se compadeciera de ellos o evidenciara algún sentimiento cualquiera hacia estas criaturas lastimosas. De vez en cuando ellos eran llevados en grupos a la cubierta para tomar aire fresco, encadenados con grilletes de hierro.

    De alguna manera estos Negros eran prescindibles, por lo que padecieron mucho. De vez en cuando uno de ellos se volvía loco, y mataba a otro ejerciendo presión sobre él apretándolo y asfixiándolo. A ellos también se les cortaban sus uñas de manera que no pudieran rasgar la carne de los otros. Las batallas más horribles ocurrieron entre los hombres, para adquirir un centímetro o dos para una posición menos incómoda. Precisamente entonces el capataz de esclavos intervenía con su látigo de cuero. El excremento humano inimaginable, horrible, en medio del cual estos esclavos tuvieron que soportar estos viajes es imposible de describir.

    En el sector de las mujeres prevalecían las mismas condiciones. Las mujeres daban a luz a sus niños yaciendo presionadas estrechamente juntas. Las mujeres Negras más jóvenes eran constantemente violadas por el capitán y la tripulación, resultando así un nuevo tipo de mulato cuando ellos vinieron a América.

    En Virginia, o en cualquiera de las otras ciudades portuarias del Sur, los esclavos eran transferidos a tierra e inmediatamente vendidos. Una subasta regular tenía lugar, siguiendo el método de compra en África. El mejor postor obtenía la "pieza". En muchos casos, debido a la suciedad indescriptible, algunos de los Negros se enfermaban durante el viaje por mar de África a Norteamérica. Ellos quedaban inutilizables para el trabajo. En tales casos el capitán aceptaba cualquier precio. Era raro que se dispusiera de ellos pues nadie quería comprar a un Negro enfermo. Por lo tanto, no es sorprendente que el inescrupuloso e inmoral doctor judío ideara una nueva forma de percibir ingresos. Ellos compraban al Negro enfermo por una pequeña suma; luego lo trataban, y lo vendían por una suma grande.En ocasiones, el capitán se quedaba con unos pocos Negros para quienes no se había encontrado un comprador. En este caso él volvía a Newport y los vendía a los judíos como ayudantes domésticos baratos. En otros casos, el propietario judío de los barcos se adueñaba de ellos. Esto explica por qué la ciudad de Newport y sus alrededores tenía 4.697 esclavos negros en el año 1756.

    La esclavitud no se extendió al Norte. Además, en muchas de las colonias norteamericanas la esclavitud estaba estrictamente prohibida. Georgia la puso bajo discusión; lo mismo se hizo en Filadelfia. Y nuevamente fueron los judíos los que ingeniaron algún resquicio legal, que les había dado la libertad después de la Guerra Revolucionaria [o de Independencia, 1775-1781], y así ellos urdieron formas para hacer legal el comercio de esclavos.

    Uno sólo tenía que leer los nombres de aquellas personas que vivían en Filadelfia que estaban solicitando la eliminación de las leyes existentes en cuanto al comercio de esclavos. Ellos eran los judíos Sandiford, Lay, Woolman, Solomon y Benezet. ¡Esto lo explicaba todo! Pero volvamos al barco de esclavos "Abigaíl". Su capitán –y estamos leyendo de los libros de su barco– hizo un negocio provechoso. Él vendió todos sus Negros en Virginia, invirtió un poco del dinero en tabaco, arroz, azúcar y algodón, y continuó a Newport donde él depositó sus mercaderías.

    Aprendemos de los libros del capitán Freedman que el "Abigaíl" era un pequeño barco y sólo podría acomodar a 56 personas. Él pudo, sin embargo, obtener en un viaje 6.621 dólares, que entregó al dueño del barco: un tal Aarón López.

    Las asombrosas cantidades de dinero adquiridas por los propietarios judíos de barcos y por los traficantes de esclavos son mejor ilustradas cuando enfatizamos en los muchos años durante los cuales esta compraventa de carne humana fue practicada. Antes de 1661, todas las colonias tenían leyes que prohibían la esclavitud. Fue en aquel año que los judíos se hicieron lo bastante poderosos para causar la derogación de estas leyes, y la esclavitud comenzó en serio.

    Los judíos habían descubierto que los colonos necesitaban mano de obra adicional como ayuda para limpiar sus campos para la plantación, para la construcción de viviendas, y en general ayuda en la cosecha de sus siembras. Esto era particularmente verdadero en los estados del Sur a los cuales nos hemos referido antes. Los sureños tenían extensiones enormes de tierra fértil apta para arroz, algodón, tabaco y azúcar de caña. Al principio fueron reclutados europeos empobrecidos. Las puertas de las prisiones inglesas fueron abiertas y posteriormente trajeron a presos de la guerra entre Inglaterra y Holanda a las colonias, y hechos trabajar hasta que ellos hubieran pagado el costo de su transporte en barco, y luego eran dejados en libertad.

    No le toma mucho tiempo a un judío descubrir lo que sus hermanos están haciendo, de modo que un grupo de judíos se asentó en Charleston, Carolina del Sur, donde ellos establecieron destilerías para hacer ron y whisky. Ellos también aprendieron que podían hacer comercio con el marfil con los nativos de la costa Oeste de África, por lo que varios barcos fueron comprados y enviados a África, cambiando los habituales abalorios de cristal y otros ornamentos baratos por marfil, el cual, sin embargo, ocupaba poco espacio a bordo del barco. Se les ocurrió a estos comerciantes judíos que ellos podrían abastecer las plantaciones del Sur con "marfil Negro", necesario en condiciones pantanosas y palúdicas que el trabajador europeo no podía tolerar sin enfermarse, y que no sólo llenaría el espacio de carga de sus barcos, sino que les reportaría ganancias enormes. (Este mismo grupo había tratado antes de vender a los indios norteamericanos como esclavos, pero los encontraron completamente insatisfactorios, por cuanto los indios no tolerarían este tipo de trabajo).Así, otro segmento del comercio de esclavos se había hecho activo y provechoso desde Charleston, Carolina del Sur. Varios cargamentos de esclavos Negros fueron enviados por la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales [el Caribe] a Manhattan.

    Durante este tiempo hubo varios dueños de plantaciones establecidos en las Antillas [West Indies], y dos judíos, Eyrger y SayUer, con fuertes conexiones con los Rothschild en España, formaron una agencia llamada ASIENTO, que más tarde funcionó en Holanda e Inglaterra. Era mediante estas conexiones que los judíos en Holanda e Inglaterra ejercían su influencia, y desde ambos lugares cooperaron para ayudar a los judíos a proporcionar esclavos Negros a los colonos.

    Con la captura anual y el transporte de un millón de esclavos Negros no es difícil calcular que desde 1661 hasta 1774 (ciento trece años) aproximadamente ciento diez millones de esclavos habían sido sacados de su tierra natal. Aproximadamente el diez por ciento de los esclavos Negros, unos ONCE MILLONES, llegaron vivos a las colonias.

    Hemos hablado del pequeño barco "Abigaíl" que pudiendo acomodar sólo a 56 personas aún así las ganancias que obtenía por cada viaje eran enormes, con poca o ninguna inversión. Había muchos otros barcos, pero nos concentraremos aquí sólo en unos cuantos, como "La Fortuna", "Hannah", "Sally" o el "Venue", que hizo muy grandes ganancias. "La Fortuna", a propósito, transportó a aproximadamente 217 esclavos por cada viaje. El dueño obtuvo no menos de 41.438 dólares por viaje. Éstos eran dólares que los traficantes de esclavos "podían conservar". Y éstos eran dólares valiosos que comprarían mucho a cambio.

    Cuando uno considera que los judíos de Newport eran propietarios de aproximadamente 300 barcos que transportaban esclavos, ininterrumpidamente activos, atracando en Newport, África, Charleston (o Virginia), uno puede aproximarse a las enormes ganancias que obtuvieron los propietarios judíos de barcos. En efecto, los judíos confiesan que de los 600 barcos que salían del puerto de Newport hacia todo el mundo, "al menos la mitad de ellos" se dirigía a África, y sabemos lo que estos barcos que iban a África "estaban buscando".

    Es bien conocido el hecho de que Aarón López tuvo el control de más de la mitad de los negocios realizados en las colonias de Rhode Island con Newport. El famoso rabino Morris A. Gutstein, en su libro La Historia de los Judíos en Newport, intenta dejar de lado estos hechos, manteniendo que no hay ninguna prueba de que los judíos estuvieron relacionados con el comercio de esclavos. Es por lo tanto imperativo demostrar que los judíos efectivamente estuvieron relacionados con dicho tráfico, sobre todo desde que este rabino insiste en que ellos habían hecho grandes contribuciones, y cuán "bendecida" fue la ciudad de Newport con la permanencia de ellos. Seguramente Morris A. Gutstein nos concederá permiso para presentar los hechos que él fue incapaz de encontrar.

    Volviendo a un informe de la Cámara de Comercio de la "Colonia Rhode Island" del año 1764, encontramos, por ejemplo, que en el año 1723 "unos pocos comerciantes en Newport" idearon la idea de enviar su ron de Newport a la costa de África. Se desarrolló una exportación tan grande, que en unos pocos años "varios miles (de cubas)" de ron siguieron aquel camino. ¿A qué propósito servía este ron?

    El Instituto Carnegie de Washington D.C. presenta y hace público documentos auténticos titulados "Documentos Ilustrativos de la Historia de la Trata de Esclavos en Norteamérica". Deseamos presentar unos cuantos hechos de esta colección particular de documentos originales y escudriñarlos de cerca, y no sólo para demostrar el error anterior del rabino Morris A. Gutstein. En esta colección del primer instituto norteamericano de aprendizaje, evaluamos la fundamental sección "Rhode Island", que aportó la parte principal de la documentación pública en cuanto al comercio de esclavos. Aquí encontramos documentados los destinatarios de las numerosas cartas de embarque, también cartas a los traficantes de esclavos, y correspondencia a los capitanes de barco, que eran judíos aproximadamente en un 15%, residentes en Newport. Entre éstos encontramos, por ejemplo, al judío Isaac Elizar. Él escribió una carta al capitán Christopher Champlin el 6 de Febrero de 1763, diciendo que le gustaría ser un agente para una carga de esclavos. Luego sigue el judío Abraham Pereira Méndez, y uno de los principales traficantes de esclavos, Jacob Rod Rivera, suegro de Aarón López. Y luego está el mismo Aarón López, y muchos, muchos otros judíos más. Aunque hayamos considerado a Aarón López varias veces, el tamaño de este documentado tratado nos limita, y no podemos describir a todos los escritores preocupados en la correspondencia sobre la trata de esclavos, sus nombres y las fechas específicas, sino más bien deseamos estudiar la documentación del "Carnegie Institute" mismo, teniendo a Aarón López en mente. Deseamos ver lo que por lo general este judío perseguía y cuál era su negocio. Esto se debe a que el rabino Gutstein lo presenta como un "noble y refinado ciudadano de Newport" que fue tan generoso e incluso "hizo contribuciones al bienestar público".

    En un gran número de imparciales escritos originales publicados en el Instituto Carnegie, encontramos que Aarón López se dedicó al comercio de ron en gran escala con la costa africana a cambio de esclavos. Estos hechos irrefutables son como sigue:

    El 22 de Junio de 1764, una carta del capitán Guillermo Stead a Aarón López.

    El 22 de Julio de 1765, una carta de Aarón López al capitán Nathaniel Briggs.

    El 22 de Julio de 1765, una carta al capitán Abraham All.

    El 4 de Febrero de 1766, una carta al capitán William Stead de Aarón López.

    El 7 de Marzo de 1766, una carta del capitán William Stead a Aarón López.

    El 20 de Febrero de 1766, una carta de Aarón López al capitán William Stead.

    El 8 de Octubre de 1766, una carta del capitán William Stead a Aarón López.

    El 9 de Febrero de 1767, una carta del capitán William Stead a Aarón López.

    Además de esto, hay declaraciones similares en otras cartas originales de Aarón López, que él dirigió a los capitanes Henry Cruger, David Mill, Henry White, Thomas Dolbeare y William Moore. En efecto, una carta del capitán William Moore a Aarón López y Compañía, es particularmente reveladora, y de especial mención en este punto. Deseamos recalcar los contenidos principales de esta carta en la cual el capitán Moore escribe: "Deseo informarle que su barco "Ann" atracó aquí anoche con 112 esclavos, consistentes en 35 hombres, 16 jóvenes grandes, 21 niños pequeños, 29 mujeres, 2 muchachas crecidas, 9 niñas pequeñas, y le aseguro que este es un rumcargo (esclavos a cambio de ron) que aún no he visto. Entre todo el grupo pudiera haber cinco de que uno pudiera hacer objeción". La fecha de la carta mencionada es el 27 de Noviembre de 1773.

    El 29 de Noviembre de 1767, el judío Abraham Pereira Méndez –quien había sido engañado por uno de los suyos– escribió desde Charleston, a donde él había viajado para controlar mejor su carga Negra, una carta a Aarón López, que estaba en Newport: "Estos Negros, que el capitán Abraham All me entregó, estaban en tan miserable condición debido al inadecuado transporte, que me vi obligado a vender a 8 muchachos y muchachas por sólo 27 (libras), otros 2 por 45 (libras) y dos mujeres cada una en 35 (libras)" (sin duda, moneda inglesa).

    Abraham Pereira Méndez estaba muy enojado y acusó a Aarón López de haberlo "trampeado". Esta carta nos muestra que este último, el ciudadano generoso y refinado de Newport, era insaciable en su avaricia del dinero. Esto es lo que motivó al rabino Gutstein a presentar a este noble hombre, Aarón López, al estudiar sus censurables métodos: los Negros para él sólo eran artículos de consumo.

    En todas las cartas que el "Instituto Carnegie" publicó, se recalca la carencia de simpatía humana hacia los pobres esclavos Negros. Esta carencia de sentimiento y compasión por los abusados y lastimeros Negros en las manos de sus traficantes judíos, puede ser leída en el diario de un capitán que tripuló un barco de Aarón López. Las anotaciones se refieren a un viaje desde la costa africana a Charleston. Además, son documentos auténticos, y llaman la atención sobre una organización de la cual antes se sabía poco o nada, y que no habían encontrado publicidad adicional en libros o periódicos. Por lo tanto, no debe sorprender el hecho de que la mayoría de judíos norteamericanos en la trata de esclavos pueda ser calificada como un monopolio, desconocido para los norteamericanos no-judíos, incluidas las grandes masas de personas de todo el mundo. Los otros, sin embargo, ya informados de los hechos, tenían buenas razones para permanecer en un miserable silencio.

    El capitán de otro barco, el "Otelo", entre otras cosas toma nota de lo siguiente en su diario:

    6 de Febrero: Un hombre se ahogó en el proceso de carga.

    18 de Marzo: Dos mujeres cayeron por la borda porque no habían sido encerradas.

    6 de Abril: Un hombre muerto de flujo excesivo (sin duda una enfermedad).

    13 de Abril: Una mujer muerta de flujo excesivo.

    7 de Mayo: Un hombre muerto de flujo excesivo.

    16 de Junio: Un hombre muerto por Kap Henry.

    21 de Junio: Un hombre muerto por James Fluss.

    5 de Julio: Una mujer muerta por fiebre.

    6 de Julio: Una muchacha, enferma durante dos meses, murió.

    Este buque hizo su travesía durante cinco meses. Qué sufrimiento terrible e indecible fue el de estos millones de Negros, que fueron desgarrados con fuerza brutal desde sus acogedoras chozas africanas, apretujados como animales debajo de la cubierta, y luego vendidos con menor consideración que la venta de cabezas de ganado. Es poca maravilla que diez de ellos murieran en este solo viaje del "Otelo", siendo comprados en África por sólo unos pocos dólares y luego vendidos en 2.000 dólares.

    Algunos Negros pudieron, mediante insurrecciones, ganar el control de uno u otro barco y lo dirigieron a toda vela hacia su hogar africano. La tripulación de un barco de esclavos, el "Three Friends" por ejemplo, torturó su carga Negra en tal manera que los Negros respondieron con una rebelión sangrienta. Ellos mataron al capitán y a toda la tripulación y lanzaron a los muertos por la borda. Ellos entonces navegaron de vuelta a África donde ellos se escabulleron hacia su esforzadamente ganada libertad.

    Un destino similar golpeó el barco de esclavos "Amistad". Entre los esclavos estaba el hijo de un jefe tribal. Una vez que el barco estuvo en curso, él tramó con sus compatriotas atacar a la tripulación del barco. Después de una batalla sangrienta, lograron capturar al capitán. El príncipe Negro le obligó a devolverse a África; luego por la tarde, al amparo de la oscuridad, el capitán cambió su curso, zigzagueando durante meses hasta que llegó cerca de la costa norteamericana, encontrando un barco del gobierno. Este ocurrió en el año 1839, cuando el comercio de esclavos ya estaba prohibido y era ilegal.

    Los esclavos Negros fueron liberados y el capitán fue castigado. Estos viajes por mar no eran sin peligro cuando ellos tenían cargamento Negro, lo que explica el hecho de que los judíos casi siempre contrataban a capitanes no-judíos.

    Los traficantes de esclavos preferían permanecer en sus oficinas contando las gruesas ganancias después de cada viaje, como Aarón López, que dejó a sus herederos una de las fortunas más grandes en la época de Nueva Inglaterra.

    Cuando se examinan los hechos documentados contenidos aquí, es importante que uno siempre recuerde que era un capitán afortunado el que no perdía más del 50% esclavos en el viaje de vuelta.

    Es igualmente importante recordar que estas pobres criaturas Negras tuvieron que yacer entre excrementos durante todo el viaje. ¡Piense en ello! No sorprende que las dolencias y las enfermedades cobraran una cuota tan alta. Recuerde las cifras: aproximadamente ciento diez millones de personas Negras fueron capturados y sacados de su patria en África. Sólo ONCE MILLONES de estos esclavos Negros llegaron vivos a las colonias.

    Y los judíos todavía hablan de los alemanes y de Hitler y de cómo seis millones de judíos fueron exterminados durante la Segunda Guerra Mundial. Ésta es la más grande MENTIRA alguna vez perpetrada sobre la gente del mundo –en tanto que la historia de los pobres esclavos Negros está documentada. Documentada con VERDAD. Las evidencias están todavía disponibles para que la gente del mundo las vea.

    Cuando este documento sea distribuido, alcanzando finalmente las manos del judío, las pruebas serán probablemente suprimidas y destruidas hasta que finalmente toda la documentación que sea perjudicial para el judío sea removida.Los judíos han estado involucrados en esta práctica durante siglos. Sin embargo, la verdad, la verdad que contiene hechos, no puede permanecer encubierta o escondida para siempre; y más verdades están siendo reveladas por aquellos de nosotros que tenemos la intención de liberar a EE.UU. de estos hijos del diablo, los judíos.

    La documentación publicada contenida aquí fue obtenida del Instituto Carnegie del Aprendizaje [Carnegie Institute of Learning], actualmente conocido como Instituto Carnegie de Tecnología [The Carnegie Institute of Technology], que está en Pittsburgh, Pennsylvania.


    La siguiente es una lista parcial de los barcos de esclavos cuyos propietarios eran judíos:

    "Abigail" de Aarón López, Moses Levy y Jacob Franks.

    "Crown" de Isaac Levy y Nathan Simpson.

    "Nassau" de Moses Levy.

    "Four Sisters" de Moses Levy.

    "Anne & Eliza" de Justus Bosch y John Abrams.

    "Prudent Betty" de Henry Cruger y Jacob Phoenix.

    "Hester" de Mordecai y David Gómez.

    "Elizabeth" de David y Mordecai Gómez.

    "Antigua" de Nathan Marston y Abram Lyell.

    "Betsy" de Wm. DeWoolf.

    "PoUy" de James DeWoolf.

    "White Horse" de Jan de Sweevts.

    "Expedición" de John y Jacob Rosevelt.

    "Charlotte" de Moses y Sam Levy y Jacob Franks.

    "Caracoa" de Moses y Sam Levy.

    Portadores de esclavos, también pertenecientes a judíos, fueron "La Fortuna", la "Hannah", la "Sally" y el "Venue".

    Algunos de los judíos de Newport y Charleston que fueron contratados en la destilería o el comercio de esclavitud, o ambos, fueron: Isaac Gómez, Hayman Levy, Jacob Malhado, Naphtaly Myers, David Hart, Joseph Jacobs, Moses Ben Franks, Moses Gómez, Isaac Días, Benjamin Levy, David Jeshuvum, Jacob Pinto, Jacob Turk, Daniel Gómez, James Lucana, Jan de Sweevts, Felix de Souza (conocido como "el Príncipe de los Esclavizadores", seguido sólo por Aarón López), Simeon Potter, Isaac Elizer, Jacob Rod, Jacob Itodrigues Rivera, Haym Isaac Carregal, Abraham Touro, Moses Hays, Moses López, Judah Touro, Abraham Méndes y Abraham All.

    De aproximadamente 600 barcos que salían del puerto de Newport, más de 300 estaban involucrados en la trata de esclavos. Una carga típica de un barco, "La Fortuna", era de 217 esclavos que costaban aproximadamente 4.300 dólares y eran vendidos en 41.438 dólares.

    Sólo aproximadamente el 10% de los capitanes de barcos de esclavos eran judíos, no queriendo someterse ellos mismos a los rigores del viaje de 6 meses. Ellos prefirieron quedarse en casa y seguir sus operaciones de destilería, que continuaron suministrando el ron y el whisky a los indios durante muchos años y obteniendo con ello enormes ganancias.





    DOCUMENTACIÓN DE REFERENCIAS

    Elizabeth Donnan, Documents Illustrative of the History of the Slave Trade to America, Washington D.C., 1930-1935, 4 vols.

    "Carnegie Institute of Technology", Pittsburgh, Pennsylvania.

    Adventures of an African Slaver, by Malcolm Cowley, New York, 1928.

    The Story of the Jews in Newport, by Rabbi Morris A. Gutstein.

    The Jew Discover America, by Cthmar Krainz.

    The International Jew, by Henry Ford.

    The Plot Against the Church, by Maurice Pinay.

    Protocol for World Conquest, 1956, by The Central Conference of American Rabbis.

    Behind Communism, by Frank L. Britton









    No podemos siquiera emprender esta breve historia del judío moderno sin tomar nota de un fenómeno que ha confundido a las sociedades de los no-judíos durante veinte siglos. Se trata de la capacidad del pueblo judío de conservar colectivamente su identidad a pesar de siglos de exposición a la civilización cristiana. Para cualquier estudiante del judaísmo, o para los judíos mismos, este fenómeno se explica en parte por el hecho de que el judaísmo no es ni principalmente una religión ni principalmente un asunto racial, y ni siquiera es simplemente un asunto de nacionalidad. Mejor dicho, son todos estos tres, es decir, una especie de trinidad. El judaísmo se describe mejor como una nacionalidad construida sobre los pilares gemelos de la raza y la religión.Todo esto está estrechamente relacionado con otro aspecto del judaísmo, a saber, el mito de su persecución. Desde que primero aparecieron en la Historia, encontramos a los judíos propagando la idea de que ellos son un pueblo abusado y perseguido, y esta idea es, y siempre ha sido, central en el pensamiento judío. El mito de la persecución es el adhesivo y el cemento del judaísmo: sin él, los judíos habrían dejado hace mucho tiempo de existir, no obstante su nacionalidad racial y religiosa.

    Es un hecho que el pueblo judío ha sufrido numerosas privaciones en el curso de su historia, pero esto es verdadero de otros pueblos también. La diferencia principal es que los judíos han conservado el recuento. Debemos repetir: ellos han conservado el recuento; ellos han hecho una tradición de la persecución.

    Una matanza ocasional de miles de cristianos no es recordada por nadie en 50 años, pero un menoscabo infligido sobre unos cuantos judíos es conservado para siempre en las historias judías. Y ellos cuentan sus infortunios no sólo entre ellos, sino también a un mundo compasivo.



    Fuente:

    Editorial Streicher: Walter White - ¿Quién Trajo los Esclavos a Norteamérica?
    Erasmus dio el Víctor.


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