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Tema: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil

  1. #41
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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil

    El pueblo del Primero de Mayo

    4-III-1937

    Cuando se habla del pueblo del 2 de mayo, nadie ignora que se habla de Madrid. Los menos versados en Historia recuerdan la fecha como un día glorioso y un día gozoso de Madrid. Durante un siglo, se celebró la efemérides con una gran parada militar, como si se temiera la resurrección de Napoleón. Era el 2 de mayo un día muy madrileño. En la calle de Alcalá y la Castellana se estrenaban las galas de primavera. El desfile militar, con aquellos uniformes tan distintos y tan distintivos de cada Arma –tan españoles, que acaso conviniera volver a ellos- era un derroche de colores y luces de sables. Era un día muy madrileño, en el que se celebraba alegremente le tragedia, precursor del grito: ¡Viva la muerte!

    Hasta que un día se suprimió la fiesta del 2 de mayo. Alguien, no recordamos quién, seguramente un hombre liberal, amigo de Francia –esto de amigo de Francia se llevaba mucho entre los liberales de principios de siglo-, creyó que la efemérides podría mortificar a Francia, y arrancó la hoja del calendario madrileño. Era preferible que el pueblo de Madrid olvidara sus virtudes de independencia y heroísmo. A la par que se mataba la tradición se cuidaba de un nacimiento. Se olvidó el 2 de mayo y se empezó a dar importancia –importada- al I de mayo. Del I de mayo al 2 de mayo, aparentemente no hay más que la distancia de un día, y sin embargo hay la distancia de lo tradicional a lo copiado, de los que hicieron la Historia a los que han tratado de romperla, de lo imperial a lo plebeyo.

    Nació al borde del 2 de mayo esa fiesta del trabajo callejera, rencorosa, de odio de clases. No era la fiesta del trabajo la exaltación alegre del trabajo, sino que era el odio al trabajo. Y así como un 2 de mayo se rompieron las cadenas, un I de mayo se empezaron a ver las primeras cadenas de Madrid. En la manifestación iban los hombres encadenados por los brazos, era una cadena humana que quería ser de independencia y ahora se ve que ya empezaba a ser de esclavitud. En ella empezaban a formar ciertos intelectuales que sin duda lo encontraban divertido, en la que agarrados a la manga sin brazo de aquel D. Ramón de las barbas de chivo, iba uno que se llamaba intelectual porque hacía pareados con ripios de Tapia, y a su lado un novelista, que descubrió que difamando a la Compañía de Jesús se podía ser embajador en Londres con todos los Gobiernos de la gobernada República. Estas cadenas de intelectuales, después de pasear su disimulada ambición con la grosería de los analfabetos, por la calle de Alcalá y la Castellana –los mismos lugares del 2 de mayo- solía, después de entregar las conclusiones, pretexto de la manifestación sucia y provocadora, ir a disolverse frente a la estatua de Castelar, y al pasar por A B C, desataban sus iras y sus amenazas, porque al A B C no podían llegar para encadenarle, ni siquiera como intelectuales para colaborar.

    Y este I de mayo fue esclavizando a Madrid, con sus impertinencias primero, con sus atropellos después, hasta paralizar la vida, porque ellos querían, hasta arrinconarnos en nuestras casas por falta de medios de comunicación y de lugares de asistencia, y ese día ellos solos podían vivir. Y Madrid, aquel pueblo alegre, imperialista, tradicional del 2 de mayo, se convirtió por obra de esos intelectuales y dirigentes, en el Madrid triste, esclavizador, rencoroso del I de mayo. Y así llegó el 18 de julio, y así llegó la llamada Brigada Internacional, que entró en Madrid por la puerta del I de mayo, que por la del 2 de mayo no hubiera entrado jamás. Y con una desfachatez ignorante, a este pueblo de Madrid, invadido otra vez por el francés del Frente Popular, rusos, judíos y masones, se le habla que su guerra es de independencia contra italianos y alemanes que no están en Madrid. Y se les recuerda el 2 de mayo. Exacto. Solamente que el 2 de mayo lo tiene dentro de Madrid, no hay que salir a buscarle en las trincheras.

    Madrid es víctima de una invasión extranjera, de la peor clase, y de la que no se puede libertar, porque está cogido por las cadenas humanas del I de mayo. Por desgracia para Madrid, no es el pueblo del 2 de mayo, sino del I de mayo. Si fuera el pueblo del 2 de mayo se libertaría él solo. Como el 2 de mayo lo sentimos nosotros, los que estamos fuera de Madrid, a nosotros nos toca libertarle. Y borrar del calendario español el I de mayo.

    Pedro SEVILLA

    Última edición por ALACRAN; 28/04/2021 a las 17:27
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



  2. #42
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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil

    “¡No pasarán!”

    7-III-1937

    Es plebeya esa frase como todos los que la pronuncian con esa soberbia infrahumana, que tiene ecos malditos de Satán. No ese gesto triunfal, vindicatorio, como el eterno de aquel ángel que mandó el Señor al Paraíso Terrenal, cuando la serpiente del mal causó la caída del hombre; espada de fuego del ángel hermoso, cercado, valladar para el hombre, sujeto ya a la miseria, a la enfermedad, al copioso sudar de la frente, que ha de ganar el pan de cada aurora y el descanso de cada crepúsculo.

    Este “No pasarán” es jactancia de matón, argot de rufián, bravuconería de asesino; manos en sangre crispadas por el odio oponen valladar de puños a la lealtad, la religión, la cultura, al noble esfuerzo, al amor al prójimo, a la honradez, al patriotismo. Manos venales que no quieren posarse sobre el arado prefieren hundirse en el oro robado, en la sangre humana, enarbolar el látigo de las siete colas, del Oriente simbólico, que amenaza la civilización con su aurora roja de exterminio y desolación, como fieros caballos del Apocalipsis.

    El odio, un afán destructor, jamás puede ser muro de contención; la mano no nos fue dada por el Creador para rechazar sino para tomar de la Naturaleza aquello que alimenta el cuerpo y fortalece el alma, es decir, el pan material y el pan del espíritu; el arte y la idea. Catedrales, lienzos, libros, surgieron de un abrir y cerrar de manos rítmico, tan rítmico como la Poesía, que tanto acerca al hombre al Hacedor. Fue la Espada, que es Cruz, noble prolongación de la mano, la que trazó soberbios valladares de contención, remansos de quietud, oasis de cristiandad llenos de ventura, prósperos y eternos. Fue un Covadonga que se alzó en los riscos astures, sin jactancia, pero con dignidad; fue una Cruz en Granada sobre los níveos picos de la Sierra; fueron las quillas del primer don Juan de Austria, por Felipe II; fue un Concilio de Trento, pleno de Teología; fueron los Ejércitos de Ignacio; fueron los éxtasis de Teresa y los sueños místicos de Juan de la Cruz. Oraciones y Espadas que llenaron los ámbitos del mundo fueron los que, sin decirlo, opusieron un dique a la herejía secular, siempre con distintos nombres, pero con el mismo corazón; monstruo policéfico, mas de entrañas débiles.

    “Laissez faire”, “laissez passer”, dijo el liberalismo trasnochado; ahora aspira este error, elevado al solio de la tiranía, in hablar ya de libertad, que no la necesita para sus horrendos crímenes, a erigirse en muro de contención, y exclama fanfarrón: “No pasarán”. Mas el eco mismo se burla de sus acentos. Ese valladar que pretende poner es como las olas del Mar Rojo, que supieron convertirse en sepultura de los perseguidores, hundiendo la soberbia del tirano.

    Porque es el negro destino del error morir herido por la Verdad que odia, ¡quererse elevar, pretender un gesto de autoridad, él, que es gusanera de larvas, antro de muertes! La actitud gallarda de detención no la puede ostentar más que la Justicia, con su áurea vara de rectitud y energía.

    ¡Ved! En el Ejército Azul, en los Tercios inmortales del Caudillo se musita una palabra con acento de oración, con rumores de Espadas; parece que el amplio viento de la Hispanidad ha dicho: “¡No importa!”, aquel “no importa” que comenzó en Numancia y en Sagunto, llegando a la Imperial Toledo; aquel “no importa” que abatió las águilas más imperiales de Europa cuando Napoleón, y que hoy, luego de cortar ese imperial vuelo, se cuela por el portillo de las murallas de Mérida; aquel “no importa” de la imperial Sevilla de Queipo; aquel “no importa” de Canarias Azul, de Cádiz, el menudo pañuelo flameante que saluda nuevas victorias en Marruecos, que trae el hermano moro que viene a darnos el abrazo de acción de gracias por haberle ungido con la civilización occidental; aquel “no importa” de Navarra, campo de amapolas rojas –sangre y boinas-, de Castilla, serena, arisca, mas noble y señora; de Galicia, donde Dios puso sus Cinco Dedos, hija predilecta de España, donde galopa eternamente el Caballo Blanco de Santiago. Frente al “No pasarán” gálico del grasiento y ordinario Prieto, ese “No importa”, alado, como frase griega de la Ilíada, con que el azul caudillo tiene sueños de vuelos imperiales; allá en el Sur, con que Mola pone la muralla de carne de los hijos de España contra los hijos de nadie del Madrid marxista; con que Queipo lanza palabras como jabalinas al espacio, que se tornan Iris de Esperanzas y se adentran triunfalmente en los campos edénicos de Andalucía.

    Ante el “No pasarán”, que trae ecos de afuera, el “No importa”, que ha pronunciado España a través de los siglos, como una oración, como lo hubiéramos aprendido de aquellos maternales labios que una noche nos enseñaron con paciencia y amor sobrehumano la santa palabra del Ave María.

    CARLOS MARTEL
    Última edición por ALACRAN; 07/05/2021 a las 14:46
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil


    LA ANTI ESPAÑA Y LA ESPAÑA IMPERIAL

    10 Marzo 1937

    Consideramos necesario aclarar estos conceptos en su origen y formación, para poder demostrar que la anti-España, que agoniza entre el fango de su vida criminal, no podía resolver los problemas del trabajo, porque ella los creó, y poco a poco los fue agravando, para aumentar el desorden, el hambre y el engaño en las clases obreras, y que la España Imperial, que renace y vuelve por la grandeza de su origen y la estructuración de su vida, los está resolviendo ya y los resolverá por completo en las normas eternas del Derecho y de la Justicia.

    La anti-España trae viejo origen y tuvo larga gestación en la decadencia de España, como cansancio o agotamiento de las grandezas pasadas. En nuestros tiempos dieron vida a la anti-España una falsa y absurda democracia, con el socialismo internacional y el coro de nuestros intelectuales institucionistas, que fueron entre todos desarticulando poco a poco la vida nacional, relajando las familias y las costumbres con el veneno materialista, que se fue vertiendo en todas las clases y grados de la enseñanza y se extendió en criminales propagandas en las masas obreras, ayunas de cultura y de preparación cristiana. La vida administrativa se orientó al servicio de la política de partidos; y los organismos y entidades del Estado perdieron su armonía y coordinación, disminuyendo y a veces anulando los beneficios de su acción. Ayuntamientos, Diputaciones y Estado aparecían como entidades ajenas y separadas, puestas al servicio, todas, de una política de bandería, en el absurdo del sufragio universal.

    Así se fue preparando poco a poco la lucha de clases y se puso en marcha la revolución social, que empezó en Cataluña con crímenes de odio y venganzas, y por ley del destino allí terminará esta guerra de la civilización cristiana contra el comunismo mundial.

    Aquella anarquía de Barcelona, que ya se extendía a otras regiones, fue detenida por la Dictadura del glorioso general Primo de Rivera, que abrió un paréntesis de paz y de esperanza, que desgraciadamente desembocó en lo imprevisto, para caer después, fatalmente, en una República sin republicanos, en manos de hombres sin patria y sin Dios, que formaron el Frente Popular de la anti-España, que agoniza y muere en el fango de su vida criminal.

    El concepto de Imperio no se define tanto por la extensión a donde alcanza su poder, como por la coordinación total del esfuerzo ciudadano al bien común de la Humanidad. Y este concepto espiritual del Imperio es mayor que el material, porque se extiende a donde alcance el beneficio del bien que se realiza.

    Portugal es Imperio desde que sus grandes navegantes marcharon por nuevos caminos en los mares, descubriendo nuevas tierras en las Indias Orientales: y aun habiendo disminuido su grande Imperio colonial, ha crecido su imperialismo en estos tiempos de Oliveira Salazar, que en unión espiritual con su pueblo tuvo la clara comprensión de que la guerra en España es problema universal, que a Portugal interesa más por comunidad de origen y por razón de vecindad; y en el concierto internacional ha conquistado Portugal el plano superior desde donde los beneficios de su actuación se extienden más allá de toda su frontera, aumentando así su grandeza imperial.

    Del mismo modo y en mayor extensión de espacio y de tiempo, España fue Imperio, desde el estrecho valle y pequeña cueva de Covadonga, a la rendición de Granada, y su grandeza imperial se agrandó sin ejemplo en la Historia con las carabelas de los Pinzones, descubriendo un nuevo Mundo, para incorporarlo a la civilización cristiana. Y si en Lepanto España no hubiera sido ya un gran Imperio bastaría para serlo aquella victoria y ahora al final de una decadencia histórica dominada por marxistas, que parecía inminente la ruina y desaparición de España, surge en gritos de protesta y de vida, con el vigor y el temple de la raza en África y en Sevilla, en Navarra y Aragón , y en Oviedo y en Castilla, como nuevas Covadongas de nuestro glorioso Ejército, y de nuestra valiente juventud, que en unidad de sentimientos, de esfuerzos y de sacrificios, lucha y vence; confirma, rehace y supera nuestras glorias pasadas. Es la Nueva España, que renace y vuelve poderosa e invencible para salvar al Mundo del comunismo salvaje y criminal. No hubo caso en la Historia de mayor grandeza imperial.

    Y por ser Imperio, la Nueva España tiene unidad de mando y coordinación de todas sus actividades al bien común en la vida nacional, y por ello está resolviendo ya y resolverá por completo todos los problemas que la España decadente fue creando hasta caer en la anti-España, que por ley providencial agoniza y muere en el fango de sus crímenes para que su muerte no tenga posible resurrección.

    J. SUAREZ SOMONTE

    Última edición por ALACRAN; 07/05/2021 a las 14:57
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil


    Nuestros amigos y nuestros enemigos


    13 - Marzo - 1937

    Uno se limita en estos momentos a ser un observador, y a confiar, como es justo, que los hombres que asumen la alta responsabilidad saben lo que se debe y cómo se debe hacer. Pero más allá de nuestras fronteras se forman ciertos equívocos que no pueden menos que preocuparnos. Nos dicen que existen dos Francias: la izquierdista y la derechista. El mal que nos está haciendo la Francia del Frente Popular no necesita grandes explicaciones, pues sus efectos saltan a la vista; la implantación de la República en España fue aconsejada y favorecida por Francia y nadie ignora que su embajador intervenía directamente cerca del Gobierno español, era el camarada asiduo de todos los políticos de izquierda y su influencia personal superaba a la de cualquier primate azañista o socialista. Recuérdese aquel viaje de Herriot a Madrid, el famoso posseur de la pipa bonachona y la caricia paternal al niño transeúnte. Aquel viaje significaba un pacto entre las dos Repúblicas; más que un pacto, la subordinación de la España republicana a la voluntad francesa. En cuanto a los males que en esta guerra nos ocasiona Francia, son indudablemente los más terribles, los más perseverantes, los más descarados y dañosos.

    La Francia derechista, descontando algunas serias veleidades, se halla a nuestro lado. ¿Pero en qué forma? ¿En qué peligrosa forma, a veces? Es preciso no olvidar que los derechistas y nacionalistas franceses odian a Alemania con un aborrecimiento que linda con lo monstruoso, y sería absurdo olvidar al mismo tiempo que Alemania es nuestra amiga, nuestra resuelta y valiente amiga, a la que debemos por ley de justicia y de honor una adhesión profunda. Y aquí es donde surge el más difícil equívoco, la más comprometida situación. Porque, es claro, la amistad de la Francia derechista y nacionalista no puede llegar a nosotros sino con graves condiciones; en cuanto se interpone, por ejemplo, Alemania, y tan pronto ven que Alemania gana prestigio entre nosotros, se les despierta a esos franceses su insuperable rencor y son entonces capaces de comprometerlo todo, como más de una vez, en efecto, lo han hecho. (…)

    Ciertamente, las izquierdas francesas aborrecen mucho a Alemania; la aborrecen por ser fascista y por instigación de los judíos, que tan fuerte influencia alcanza en todos los sectores de Francia; pero las derechas acaso la odian más y su odio es más consciente y perseverante.

    Nosotros no tenemos derecho a mezclarnos en su vida pasional ni a juzgar los motivos de sus rencores y temores. Pero es que las derechas francesas, actuando de agentes patriotas, quieren aprovechar su simpatía hacia nuestra causa para reclamarnos un tanto de favor para con Francia. Todo francés, en cuestión de patriotismo, barre siempre para adentro. Ahora les preocupa el rumbo que tomará la política española al terminar la guerra, con respecto a otras naciones; quisieran lograr para Francia ventajas económicas y financieras, tratados diplomáticos favorables, y que nos alejásemos de Alemania… Pero esto sería sencillamente delictuoso, además de irrazonable. Alemania se ha puesto valientemente a nuestro lado en la hora más trágica; Francia se ha puesto enfrente de nosotros con todas sus fuerzas, con toda la agresividad y eficacia de su enorme poder. De ningún modo podríamos olvidar este antagonismo entre dos conductas. Lo impide el espíritu de justicia, además de la natural conveniencia.

    Y ya que hablamos de conveniencia, hay quienes sacan a relucir la simpleza de la vecindad. Se habla de pueblos vecinos como de un invencible argumento, sin mirar que es precisamente un argumento al revés. Las naciones vecinas son las que más riñen. Francia y España han competido y guerreado siempre, y sin temor a exagerar podemos decir que, histórica y acaso biológicamente, nuestro enemigo natural es Francia. En cambio, el momento más glorioso e imperial de nuestra Historia coincide con una dinastía de origen alemán.

    También le gusta a Francia sacar a relucir el santo del latinismo. Pero invocado de esa manera, el latinismo es, en el mejor de los casos, una pamplina; en el caso peor y más frecuente, es una añagaza. Porque lo peligroso e inaguantable consiste en que Francia se adjudica la presidencia o jefatura del latinismo, y entonces pasamos a ser los españoles unos latinos de segunda fila. Así es como ha insistido y conspirado tanto para que la América de lengua castellana se llame América Latina, y no América Española o Hispano América, como es lo justo. Lo que le interesa a Francia es anular a España, política y culturalmente y hacer de nosotros un pueblo subordinado que viva a expensas del favor francés. Pero esto no volverá a suceder más, mientras no nos falle la profunda conciencia de nuestro destino

    CAPITÁN NEMO



    Última edición por ALACRAN; 17/05/2021 a las 13:18
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil


    Manuel Machado

    “Un Estado: la España de Franco”

    13-3-1937

    “Una Patria, un Estado, un Caudillo”. He aquí el lema. Y, en perfecta unanimidad añadimos todos: Una Patria, España. Un caudillo, Franco. Y en esto no hay la menor duda ni vacilación.

    Una Patria, España. La que dio Emperadores a Roma; descubrió, conquistó y civilizó un Mundo; la que ya salvó por dos veces –Granada, Lepanto- la civilización occidental de la barbarie asiática; la que, plena siempre de un ideal católico, es decir, universal y humano, se ha levantado ahora, en nombre del mundo entero, ¡aun de los que callan y la niegan!, contra el terrible peligro bolchevique, espantosa amenaza de predominio de los más sobre los mejores. Una Patria, España.

    Y un caudillo, Franco. En esto no cabe tampoco la sombra de una duda. Este hombre, verdaderamente grande, sin hinchazón; natural en lo extraordinario; habitual de la hazaña sin afectación ninguna; perfecto equilibrio de corazón y mente; fuerte y diestro en la acción; alto y claro en la idea, que sabe vencer y sonreír y convertir en tierras de pan el campo de la batalla acabada de ganar; apto para conducir, no sólo ejércitos, sino pueblos, es de tal modo consustancial con España –con nuestra España de hoy, más que militar militante toda en su moderna Cruzada del ideal-, que a nadie le ha ocurrido dudar de que Franco fuera el indiscutible caudillo de la nueva Reconquista. Y todos decimos unánimes: un caudillo, Franco.

    … Ahora bien, el lema, completo, tiene tres miembros. Y de uno de ellos no damos explicación ninguna. Decimos simplemente: “un Estado”, sin añadirle, como a los otros, la réplica correspondiente. Con lo cual dejamos en cierto modo claudicante o manca la exposición del trilema… ¿Prudente reserva ante la variedad de posibilidades, de modalidades, para la estructuración de ese Estado? ¿Indefinición íntima y general de “cómo” ha de ser, nacional o internacionalmente, la España que renace?... Pero nosotros sabemos ya muy bien que ese Estado ha de ser por el pronto necesariamente una cosa: el resultado de la conjugación de esa Patria, España, y ese Caudillo, Franco. ¿Por qué, pues, no decirlo así? ¿Por qué no declarar paladinamente: “Un Estado, la España de Franco”?

    Notad que ello no prejuzga una estructura política, social, nacional ni internacional determinada (aunque algo pudiera columbrarse a través de muchas frases luminosas del Generalísimo). Y tampoco es cosa que introduzca ningún uso extraño, ni novedad caprichosa… Ahora mismo, lo que son, como Estados, Alemania e Italia, no se expresa mejor que diciendo: la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini.

    Decididamente, invirtiendo un poco los términos, aquí habría que decir: “Una Patria, España. Un caudillo, Franco. Un Estado, la España de Franco”.

    Y el lema quedaría perfecto. Y la verdad “completamente” en su punto.

    MANUEL MACHADO



    Última edición por ALACRAN; 17/05/2021 a las 13:23
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil

    14-Marzo-1937


    Generosidad fascista

    14- Marzo-1937

    He aquí un título simple y peligroso como el tema que sugiere. Un título que me parece tiene también para España su máxima actualidad en polémica de criterios.

    Con motivo del nacimiento del Príncipe de Nápoles, el que en su día quiera Dios que sea, como quieren los italianos, Víctor Manuel IV, se ha concedido en Italia una amnistía, cuya generosa amplitud lleva en sí muy escasas excepciones. La bondad del Rey coincide plenamente con la comprensión y aun la ternura característica de todo régimen fuerte y seguro de sí mismo. No necesita, ciertamente, el fascismo italiano –ni ningún fascismo- del terror en un estilo que, precisamente ha venido a salvar del terror al pueblo. (…)

    La amnistía concedida ahora en Italia es total para todas aquellas penas inferiores a tres años y para todas las penas pecuniarias, reduciendo las superiores en una proporcionalidad equitativa, según sean superiores o inferiores a diez años.

    Pero esta amnistía –y he aquí el punto interesante- se extiende a los delitos políticos. Medítese un momento lo que en un régimen como el régimen fascista italiano supone una amnistía política. ¿Qué puede ser para todos los fascistas, para todos los nacionalistas, para todos los patriotas que en el mundo han luchado o luchan, como nosotros los españoles, por salvar a la nación del negocio, de la vileza, del terror, de la esclavitud de los delincuentes profesionales de la política, de los rebeldes del orden, de los asalariados de la revuelta, de los traidores al gran servicio de la nación, de los criminales de la lucha de clases, etc.; qué puede ser un delincuente político? Un delincuente político no puede ser sino lo que es: un reo de lesa Patria, que con su pecado hace -o intenta hacer al menos- un daño infinitamente superior, imponderablemente superior al que puedan hacer a la sociedad todos los reos comunes juntos.

    Y aun para éstos, sin que la Justicia se quebrante por ello, mejor aún, afirmándose así la fuerza de la Justicia, el régimen italiano -Monarquía y fascismo integral, fascismo madre de todos los fascismos- tiene la generosidad del perdón y dicta una amnistía más al iniciarse el año quince de su advenimiento; esto es: cuando la injusticia, la perversión o el error de los delincuentes políticos no tiene siquiera la disculpa de la vacilación de los primeros momentos, de la falta de perspectiva para convencerse de la excelencia de un sistema y las ventajas de su obra.

    La intención que a España lleva este artículo; la intención y la pequeña moraleja que yo quisiera servir principalmente a aquellos elementos más jóvenes y por lo tanto más intransigentemente exaltados que han dado su sangre por la causa de España en la gran revolución mundial, es muy otra de la que seguramente han imaginado todos los que hasta aquí me fueran leyendo.

    Porque el ejemplo que trae esta nueva página de la grandeza del régimen fascista es muy distinto también.

    He leído hace unos días, un artículo publicado en Unidad, el diario que la Falange Española edita en San Sebastián, y por desgracia mía leo muy de tarde en tarde en Roma, adonde llegan algunos números nada más.

    Se trata de un artículo generoso, debido a una pluma sin duda juvenil. Es un cable que se tira desde la Falange -o desde el espíritu de un sector de la Falange- a los intelectuales huidos, a los desertores, que merecen, a juicio del firmante, una consideración intelectual, y en honor a ella, un olvido de sus pecados. Pecados -según el articulista- de error político. España necesita de sus intelectuales -se dice poco más o menos-, que vuelvan a la España nacional, que les espera generosamente con los brazos abiertos perdonándoles sus equivocaciones políticas.

    Me dio mucho que pensar este artículo. ¡Cuidado con las generosidades, compañeros míos, leones jóvenes y bravos, que ponéis hoy en práctica el sueño y la teoría que yo fui -como sabéis- uno de los primeros en propalar con mi pluma día a día, desde España, desde Alemania, desde Italia. Desde A B C con mi nombre; desde F. E. sin mi nombre, y desde aquel despacho de José Antonio Primo de Rivera, donde antes de que inventásemos vuestras flechas queríamos clavar los dardos de la buena libertad fascista sobre la bestia roja que esclavizaba España, y aun sobre la pobre bestia negra que no sabía defenderla!

    Entre las excepciones de esta amnistía generosa italiana, aprended bien esta: la de los reos de traición y espionaje. Para estos puede haber compasión moral no clemencia práctica, ni mucho menos perdón de su crimen.

    Pedís algunos, cadetes de la juventud que lucháis por España, el perdón de ciertos intelectuales huidos, que por sus errores políticos no se atreven a volver a España. ¡Estableced una aduana escrupulosa, amigos míos! Medid cada talla y pesar sus pecados. Sed generosos con el cobarde, que bastante es el dolor de quien es ciego para ver la belleza del sacrificio. Sed generosos con el hombre iluso y vagamente liberal, con el romántico de unas supuestas libertades que la realidad ha negado, con el inocente de una rebeldía puramente artística y literaria. Sed con todos esos generosos, pero, ¡cuidado, por Dios, con los traidores y los espías!

    No dejéis pasar a aquellos que, después de haber envenenado a la juventud, volverían ahora -del extranjero o la España roja- para clavar el escepticismo en nuestra victoria, para sembrar la discordia, aprovechando la diversidad de estilos políticos aliados en un solo fin nacional. Aplastad a los emisarios embozados, a los espías de aquellos hombres funestos que, acaso, trabajan junto a vosotros y cantan vuestros mismos himnos.

    ¡Cuidado, por Dios, compañeros míos! Sean bienvenidos los equivocados, los que tardaron más en verlo que vosotros, por intuición de poesía y de verdad, visteis de un golpe. Perdonad al tímido, al honesto, que no supo llegar a tiempo por no ser sospechoso de granjería, al iluso y al cobarde inclusive, que si la Religión no obliga al martirio tampoco podéis pedir a todos heroísmo. Pero a traidores y a espías, no. A esos, ¡a muerte! Y a los envenenadores de la juventud, tenedlos lejos, España lo necesita así.

    CESAR GONZALEZ-RUANO



    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



  7. #47
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    La Alhambra bajo el dominio rojo

    16- Marzo-1937

    En la galería de monstruos de la Alhambra tendrán puesto señalado, por su propio derecho, aquellos cenetistas de cierta capital vecina, que vinieron a Granada en un botijo pocos días antes del movimiento salvador.

    Conscientes de hallarse en terreno conquistado, los infames abusaron de su capacidad de injuria. Primero, apenas entrados en el bosque frondoso, que sirve de marco al Alcázar de ensueño, la emprendieron con unas señoras, que tras la misa matinal paseaban bajo la fronda incomparable, llevando a la vista el devocionario y la mantilla. ¡Qué de insultos! ¡Qué de groserías! ¡Qué de blasfemias! Luego las mujeres que formaban parte como monstruos haldudos de la desarrapada expedición, hicieron objeto de sus burlas a una joven niñera, que empujaba por las alamedas y placetas el cochecito, donde tendido al sol convalecía de grave dolencia un pobre chico, cuyo padre ¡era un burgués!

    Llegados a la puerta del palacio halláronla cerrada. El reglamento de la Alhambra dictado, precisamente, por un directivo de izquierdas, fijaba para las horas de visita un horario compatible con la jornada legal de los guardianes. Los de turno abrieron la mirilla para rogar a los importunos visitantes que aguardaran hasta las nueve de la mañana, a cuya hora hacíanse cargo del Alcázar los vigilantes diurnos, a quienes correspondía el cargo de enseñarlo.

    Surgió dura discusión que fue subiendo de tono; y como a pesar de los insultos y amenazas los guardias no quisieron franquear el paso, arremolinóse la fétida muchedumbre frente a la entrada de la Alhambra, y la puerta maravillosa, que es preciado exponente de la carpintería arábigo-española, cayó hecha pedazos, dejando libre el paso a la barbarie roja.

    Derramóse por camarines y salones aquella turba de harapientos; y recorrió todo el palacio con una osadía que iba creciendo en relación directa con su impunidad, ante el estupor que aun a los espíritus no ciertamente derechistas de los cicerones producían su irreverencia y su cinismo.

    Los empleados del recinto sintiéronse humillados en su condición de funcionarios, y heridos en sus sentimientos de admiración por el Alcázar. Aquello era una marca infamante, como un sello de dominio, que el moscovismo harapiento pretendía imponerles, y no obstante pertenecer a una sociedad obrera afecta a la C.N.T., protestaron enojados, aunque el miedo a que alimañas de esta índole pudieran atentar contra sus vidas, como acababan de atentar contra su puerta centenaria, limitó la protesta a un gesto de impotencia y a una llamada telefónica al gobernador de la ciudad, en demanda de la Guardia civil.

    La cual no fue enviada, ordenándose por la autoridad que se dejara en libertad a la chusma, esperando que una vez saciada su curiosidad marcharíase tan tumultuosamente como había llegado.

    Palidecieron de cólera los empleados de la Alhambra, y encerrados en los desvanes del edificio, a donde llegaron por ocultos pasadizos que ellos solos conocían, vieron que aquellos eres sórdidos, cuya sola presencia era como un baldón de ignominia para la mansión sagrada de Alhamar, realizaron tranquilamente todas sus hazañas, desde escribir procacidades y desvergüenzas en los sagrados muros legendarios, hasta llevarse los azulejos, arañar los arabescos y zambullirse en las marmóreas pilas de abluciones, ¡ellos, que no se habían lavado nunca!

    Que la hospitalidad generosa de la Alhambra se pagase así y que hubiera masa de españoles dispuesta a realizar tal abyección, era indignante; como resultaba para los granadinos vejatorio que esos forasteros despreciables hubieran venido a profanar nuestro más preciado monumento, a maltratar al personal que lo guarda, a ofender a nuestras mujeres, a destruir nuestro mayor prestigio artístico, a burlarse de nuestra ciudad, sirviendo los designios del sovietismo internacional.

    Los marxistas, por su parte, como en terreno conquistado, anduvieron por los salones y jardines, donde a medida que se convencían de su impunidad criminosa, se exacerbaba su procacidad; montaron en los leones del famosísimo patio de este nombre; tendiéronse con lujuriosas alharacas en el camarín del reposo y en los aposentos del harén; enturbiaron la límpida transparencia del estanque de los Arrayanes; jugaron a esconder en los subterráneos del cuarto de los Secretos, y se quedaron tan frescos, como el que ingiere una limonada tras de arrancar todas las rosas, y las madreselvas y las dalias de los jardines que hacen de Lindaraja un nombre de resonancia universal.

    Ya a mediodía el hambre les sacó fuera del palacio. Repartiéronse entonces por los bancos de las alamedas y glorietas; utilizaron como “res nulius” las butaconas de mimbre con que puebla su jardín particular el hotel Wáshington, y tras de convertir en estercolero las calzadas, dejando en ellas los restos de la comida, los envoltorios y papeles, y hasta las superfluidades de la digestión, desparecieron de la Alhambra, llevándose de paso las perillas eléctricas del alumbrado y hasta los vasos que robaron del Alcázar y de un pequeño aguaducho, que era todo el caudal de un pobre anciano.

    Quizá sea un poco tarde y tal vez parezca cobardía comentar estos hechos a los varios meses de ocurridos. Por lo que me concierne no estará de más recordar que escribí sobre el mismo tema en periodo menos cómodo, en plena época constituyente, cuando mi artículo “Los iconoclastas de Granada”, publicado en las columnas acogedoras del ABC madrileño, movió a Indalecio Prieto a ocuparse de mi persona en “El Liberal” de Bilbao, con un engendro cuyo título importa poco en relación con el daño que pretendió hacerme, en una época en que atacar a los marxistas era hacer oposiciones al atentado personal.

    La vida tiene sus compensaciones, y no es pequeña para mí la de ocupar ahora un cargo directivo en la Alhambra y tener bajo mis órdenes, para que la adecenten y la limpien, bajo la mirada vigilante de los carceleros, aquellos mismos cenetistas que tan a su sabor la profanaron en los días luctuosos que precedieron al movimiento salvador.

    Fidel FERNÁNDEZ



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    LA ESPAÑA TRADICIONAL

    LIBERTAS

    17-Marzo 1937

    No hace muchos días desfilaron por las calles de Ávila, para visitar los hospitales, los niños de las escuelas. Fué un espectáculo emocionante. Centenares de niños con banderitas bicolores formaron un conjunto atrayente en ofrenda de caridad al combatiente herido por la Patria. Eran algunos de los niños los mismos que hace un año aparecían como antipatriotas, levantando el puñito en un aspecto repulsivo de odio en manifestaciones y mítines comunistas. Inocentes corazones que laten al compás del sentimiento que se les inspira y desdeñaban el de Patria. Recordé en este orden lo que, ajeno á misiones docentes, observé con pobrísimas explicaciones mías sobre la ciudad amurallada y mística, al enseñársela hace algunos años a una excursión escolar de Barcelona. Los niños, siguiendo áridamente el conocimiento de un pasado patriótico que palpitaba en las viejas piedras, acabaron por sentirle hondamente. Fué un fruto que aproveché con éxito cuando, por encargo del Ayuntamiento de Ávila, acompañé a las colonias escolares de Santander a El Escorial.

    ¿Qué habrá sido del maravilloso Monasterio, en manos tanto tiempo de los que a los niños quisieron inculcar otras doctrinas, empezando por Azaña que estudió en él ? Ganosos de esas buenas doctrinas, de las que en mala hora el gran estadista renegara, en Ávila han celebrado con una velada la niñez y la juventud escolar católicas la festividad del Ángel de las Escuelas. Engalanado profusamente el teatro, con asistencia de numerosos profesores y figurando en la presidencia el Ilmo. prelado Dr. Moro Briz, la niñez y la juventud afirmaron en discursos y poesías, en cánticos regionales, en himnos, sus ideales católicos, básicos de los de Patria. Y el prelado, al final, pronunció unas elocuentes palabras que fueron en síntesis: No queremos privilegio. Nos basta con la virtualidad de nuestra enseñanza en la formación social, patriótica y profesional. "Libertas". Y era toda una premisa incontrovertible.

    El "Libertas" del prelado, que se ostentaba en grandes caracteres entre los lemas Fides, Scientia en el testero, era la historia de los siglos XV y XVI de Avila y de la España tradicional. Los siglos que quiere restablecer con su gesta gloriosa S. E. el Generalísimo. Cuando era Avila una población de moros, judíos y cristianos, después de la epopeya de la Reconquista. Y los frutos de la enseñanza cristiana en Avila se tradujeron en tantas pequeñeces para orgullo de nuestra Patria. Isabel la Católica, educada en el convento de Santa Ana; Teresa de Cepeda, en el de Nuestra Señora de Gracia; Tomás Luis de Victoria, el músico genial; Sancho Dávila, El Rayo de la Guerra, que aseguró con la toma de 36 banderas y tres estandartes en la batalla de Moken, los Estados de Flandes a Felipe II... A Felipe II, niño, también en el convento de Santa Ana, el de la niña que fué Isabel I de Castilla, se le vistió por primera vez de hombre. Y, en fin, focos de irradiación luminosa fueron para la Patria, bajo el Libertas, las escuelas de Ávila, que tuvieron en gran parte a su cargo los teatinos, la Compañía de Jesús, acusada de no haber contribuido a la cultura de la Patria, de la España tradicional, por los que no hicieron más con la suya que concitar la ira del pueblo por el odio y el fanatismo que enseñaron.

    Por lo menos en Ávila está históricamente el testimonio con los judíos del siglo XV. No tuvo animadversión el pueblo en este siglo a los moros que fueron excelentes labradores y auxiliares poderosos de las fábricas de tejidos. La tuvo continuamente a los judíos, a quienes protegió, conteniendo esa animosidad popular, nada menos que la propia Isabel I, la intransigente católica, educada en el convento de Santa Ana. Hasta que no se pudo más. Las madres, enfurecidas, pidieron inexorable justicia contra la superstición y la barbarie de dos judíos detenidos en Ávila. Cerrilmente embaucados por una hechicera que les aseguró la extinción de todos los cristianos, si en una hostia consagrada, robada al descuido de un sacristán, impregnaban la sangre de un niño de las escuelas cristianas, llevaron a cabo su diabólico plan con un parvulito de La Guardia (Toledo). Le sacaron el corazón, le crucificaron, le sometieron a los mismos martirios que al Redentor del mundo. El fanatismo y la barbarie que llegan hasta los secuaces de Fernando de los Ríos. La España tradicional se alzó indignada en las madres, y con la expiación que lograron ellas de los asesinos, vino el decreto de expulsión de todos los judíos de España. A los enemigos de la Patria les dejaron justamente sin ella.

    Quería vivir la Patria española su tradición, como tal, asentada en la escuela que con la virtualidad de su enseñanza eminentemente católica, contribuyó a una formación profesional y social, fundamento de la Patria grande. El Libertas que ha pronunciado el señor obispo de Ávila en la velada de los estudiantes católicos, celebrando la festividad de Santo Tomás de Aquino. El que promulgó Isabel de Castilla, Protectora de una casta que no supo conocer jamás , ni la transigencia de la Reina, ni el Libertas. Sólo supo de éste para imponer un cerril sectarismo, originario de antipatria, de crímenes, de atrocidades. ¡Libertas! El que quiere en la enseñanza el Generalísimo Franco para su España liberada, la España tradicional, la Patria grande, después de la segunda Reconquista.-

    J. MAYORAL FERNANDEZ.





    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    ANTE EL NAUFRAGIO DE LAS TEORÍAS

    17-III-1937


    En Madrid se ha llegado a ordenar oficialmente la ejecución de determinados escritores, por enemigos de la democracia, por contribuir a la formación de la juventud fascista. Esta ejecución no se refiere a las vidas de las personas; dejemos ahora esta triste cuestión de los fusilamientos imperdonables. Son los libros los que han sido juzgados, condenados y ejecutados por el antiguo sistema de las llamas. Quemados, en una palabra. Y es cuando acude a la memoria aquel estruendo de indignaciones y apostrofes que aturdió al mundo el día en que a los nazis se les ocurrió hacer un público auto de fe con las obras de los literatos indeseables.

    ¿Todo es lo mismo? No; todos no pueden hacer lo mismo. El hombre que se proclama defensor de la democracia y la libertad, no puede legalmente quemar los libros que le molestan; su fuerza doctrinaria y la razón de ser de su existencia ideológica, se fundan precisamente en la libre expresión del pensamiento, y desde el instante en que comete coacción, automáticamente se convierte en un déspota. "Es que, se oye decir, una democracia tiene el deber de defenderse; necesita, para su propia salvación, recurrir a la violencia dictatorial en momentos eventuales." Pero todos los que no somos excesivamente cándidos sabemos que una democracia, cuando se ve impulsada a suprimir la libertad, no la restablece ya nunca. Al contrario, una democracia revolucionaria que cae en la dictadura, le toma mucho más gusto al despotismo que cualquier tirano oriental. Los ejemplos de esto se los sabe de memoria el último chico de la escuela, y ahí tenemos, además, el dato recientísimo de Rusia.

    Se queman públicamente los libros en nombre de la democracia y la libertad, y no podía esperarse un fracaso mayor de una idea que alguna vez ha iluminado el mundo con su aureola. Quienes saben ver a la distancia no ignoraban que esa idea había declinado, que había cesado de vivir con vida real; pero la hoguera que rabiosamente devora los libros adversarios presta al fracaso de la libertad una propaganda de trágico resplandor que lo delata a la faz del mundo.

    Debe tenerse en cuenta que para la perfecta visión de la crisis de la democracia no es suficiente examinar el fenómeno desde fuera; hay que estar dentro del mismo fenómeno, vivirlo y padecerlo en toda su interioridad estremecedora. Sólo entonces se llega a comprender bien que lo que está ocurriendo alrededor tiene las exactas proporciones de un cataclismo social. Un cataclismo que por momentos puede quedar disimulado, y hasta fingir una apariencia de normalidad. Los meses que precedieron a la guerra, bajo el régimen del Frente Popular, había ocasiones en que Madrid mostraba su típico rostro de "ciudad alegre y confiada", con sus guardias en las esquinas y los cafés y cines llenos de gente. Parecía que todo funcionaba como en los mejores tiempos de libertad. Pero no era más que una apariencia. Los periódicos eran suprimidos sin explicaciones; la Justicia se hallaba en manos de magistrados serviles; en el Parlamento se ahogaba a gritos, ultrajes y golpes toda voz disidente; las manifestaciones pacíficas eran disueltas a tiros, como aquella vez que desde una casa en construcción en la Castellana empezaron a disparar sobre la multitud inerme. Y si un hombre como Calvo Sotelo molestaba, las mismas autoridades, actuando de gangsters, lo mataban como a un perro.

    Cuando estas cosas ocurren a la luz del día y como si dijéramos normalmente, es que el sentido de la libertad ha muerto en absoluto. Y sin embargo, como por una vibración maquinal, las viejas palabras siguen emitiendo su peculiar sonido. Democracia y libertad son voces que suenan con igual énfasis que antes, y hasta existen personas de aparente ilustración que creen en la autenticidad de su antiguo sonido. Pero todo se ha reducido a resonancias inútiles que sólo engañan a los ilusos. Entre tanto, en su estertor, la democracia liberal aboca en el Frente Popular, ese remedio heroico que la medicina curandera brinda a los moribundos. El Frente Popular no es otra cosa que la cataplasma en que se mezclan todas las fuerzas del autoritarismo izquierdista en beneficio exclusivo del despotismo proletario.

    Nos encontramos, pues, ante la ruina de un régimen. Sin embargo, nuestro estupor no tiene que prolongarse; el hecho fatal que se consuma ante nosotros, el acontecimiento inexorable del fin de la democracia liberal, nos propone perentoriamente la necesidad de elegir entre las dos dictaduras en pugna: la que conserva las reliquias culturales del mundo occidental y la del comunismo. A un lado o a otro, puesto que, como hemos visto, ya no hay lugar para los términos medios ni para las actitudes expectantes. Ha pasado la hora de las beaterías sociales y obreristas. No hay más sensiblerías ni beaterías, sino una realidad imperiosa e impaciente que llama a nuestras puertas morales y nos obliga a decidirnos. Es necesario escoger. A un lado está la tradición histórica y biológica de las jerarquías sociales fundada en el Gobierno de los mejores; al otro lado está la terrible conjetura del Gobierno despótico de los inferiores. Es indispensables elegir. Y en este trance de suprema opción, no se trata de escoger entre la democracia y la tiranía; hay que elegir, entre dos no democracias.

    ¿ Elegir ? ¿ Pero en qué forma ? ¿ Por medio del raciocinio lógico y pesando el pro y el contra de las conveniencias puramente cerebrales? Pero ante un cataclismo como éste del que somos contemporáneos, ¿es posible elegir fría y cerebralmente? No. Hay que dejar hablar a las fuerzas profundas de nuestro ser; a lo más íntimo de nuestra naturaleza personal; en una palabra, a nuestro instinto. A nuestro sentimiento y simpatía. A la fatalidad de nuestra conformación espiritual y emocional. Y pronunciarse entonces categóricamente: me aterra la conjetura del Gobierno de los inferiores; me repugna el estilo ideológico y los procedimientos brutales de quienes están inspirados por el resentimiento y por la envidia de lo superior. Por tanto, necesito obedecer al destino de mi ser y aceptar sin titubeos la teoría opuesta.

    —CAPITÁN NEMO.



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    EL MILAGRO DE ESTA GUERRA

    18-III-1937


    —Ya sabe usted que los hechos histórico? requieren tiempo para su perspectiva. Los contemporáneos juzgan mal porque están influidos por el sentimiento de adhesión o del odio. Cuando desaparecen las pequeñas pasiones, al correr de los años, la verdad vuelve por sus fueros y resplandece de tal modo que no hay poder humano que la desfigure o la tuerza. Y así sucederá con esta lucha, en la que estamos empeñados.

    Suenan con gravedad estas palabras en el despacho donde nos encontramos. Mi amigo conoce, por el cargo que ocupa, el panorama actual, y sus reflexiones tienen un valor positivo.

    —Lo asombroso es que de nuestro lado— continúa —todas las energías de la nación se han puesto de pie y han conseguido un ambiente de paz en la guerra. Yo llamo a esto el milagro de España. Mantenida y tal vez aumentada nuestra exportación, las divisas extranjeras sirven para los gastos de guerra, que no alcanzaron, hasta ahora, "ni a los dos millones de libras", cifra insignificante si se atiende a la magnitud de la obra que realizamos. No se han establecido impuestos de guerra, ni hemos acudido a los empréstitos interiores y exteriores como en las luchas civiles del siglo pasado, ni la propiedad privada ha sentido, en sus intereses, la implacable garra del fisco. Al término de la lucha, y por lo que a ella se refiere, no tendremos deuda exterior. Y hay un hecho bien significativo. No hemos tocado al oro en pasta que poseemos. Nuestro crédito, que se cimenta en el trabajo ordenado y fecundo de los españoles, nos basta, y por eso el signo de cambio de la España liberada y tradicional se cotiza en alza. Esta situación es un reflejo de la vida ciudadana. Su nivel es el anterior al día 18 de julio de 1936. Ni hay encarecimiento de productos, ni carestía, por tanto. El intercambio se verifica sin dificultades. Cualquiera puede comprobar que las ciudades y los pueblos están bien abastecidos y que el comercio —ese gran exponente de la prosperidad de un país— es activísimo, y además, remunerador. Tenemos carne, trigo, aceite, legumbres, huevos, pescado, que llega al interior rápidamente, y gasolina en abundancia. Un sistema de transportes recorre el país hasta los últimos rincones e irradia las actividades de la colectividad... Hace pocos días una personalidad extranjera se extrañaba de estos signos de paz en medio de los horrores de una guerra sin precedentes.

    ¿ Cree usted —le dije— que esto se hubiera conseguido sin un gran sacudimiento de la conciencia nacional y sin una proyección decidida de los españoles, estrechamente unidos, hacia la salvación de su Patria?

    Pues, además —sigue diciéndonos—, esta guerra, en la España nacional, es digna y austera. Vuelven las viejas virtudes de la raza. El hombre de guerra, acuciado por el peligro, quiere gozar apresuradamente de su vida, por si en un instante próximo llega a faltarle. Se mezclan el dolor y el placer, y éste, aun con regusto de amargura, se apodera del ambiente y lo envilece. Fíjese usted en nuestras ciudades más populosas y advertirá que el lujo y los lugares de placer han desaparecido y que Castilla —la casta y recia Castilla— ha impuesto sus costumbres, templadas al calor del hogar. Esa juventud que vuelve de las líneas de fuego tiene ya un sentido casi ascético de la vida. Ha logrado ese equilibrio físico y espiritual que se necesita para el triunfo definitivo. Cuando los futuros historiadores se adentren en este sangriento episodio de España, tendrán que reconocer todas estas verdades.

    Mi amigo no dice más, y es bastante. Sus juicios —un poquito, de "filosofía de la guerra", como él dice— son precisos y claros. Responden, sobre todo, a una realidad que está en todas las conciencias, aunque sean muy pocos los que se detengan a contemplarla. Realidad que florece cada día, como un milagro de España.

    —JUAN DE CÓRDOBA
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    CUANDO EL TERRIBLE SOÑADOR DESPIERTE

    19-Mar-1937


    Pronto llegará la hora terrible; la hora del despertar. Se aproxima el instante en que el temible durmiente habrá de despertar de ese sueño de grandezas, de poderío, de ferocidades, en que durante varios años ha vivido una existencia de sombría actividad, y el desenlace y solución de la fantástica pesadilla es lo que ahora tiene que preocuparnos. Pues la peripecia de estos últimos años recuerda directamente a La vida es sueño, cuando el áspero y brutal Segismundo se erige en príncipe y comete todas las barbaridades que su naturaleza primitiva le aconseja; hasta que lo reducen por la fuerza, se duerme, y al despertar considera melancólicamente que todo ha sido un sueño.

    ¿ Lo tomará con semejante filosofía la turba que se había erigido en rey absoluto? Aceptará resignadamente el fracaso de su sueño, cuando se vea vencido y maniatado ? He aquí el arduo trabajo que nos espera. La turba, que otros llaman el pueblo consciente, era la bestia arisca y feroz, soberbia y sanguinaria, que se había desencadenado, y ahora el domador tendrá que reducirla: y amarrarla. Con lo cual bien claro queremos decir que no se trata del pueblo en su acepción más limpia y noble, sino de su caricatura y su deformación; la masa, la plebe. La misma plebe que ha imperado sobre los españoles durante mucho tiempo con una especie de delirio de soberbia.

    Ha usado de la libertad para dar suelta a sus instintos más impronunciables, a sus resentimientos más obscuros, a sus deseos y envidias; le ha gustado ser libre y señor, dueño de sus caprichos y turbios anhelos. Y lo ha experimentado todo, hasta la mojiganga de la República vasca. Siempre con un tono de extravagancia que unas veces se caracteriza por un cierto infantilismo y otras veces adopta un aire trágico-grotesco. Como en esa escena alucinante que ocurre en un campo de batalla de Asturias y que los informadores refieren así:

    "En uno de los últimos ataques rojos, nuestras tropas pudieron ver al frente de los asaltantes un individuo vestido de impecable etiqueta: levita flamante, sombrero de copa, zapatos de charol y guantes blancos. Este individuo, que sin duda se proveyó de tales prendas en el saqueo de alguna sastrería elegante, fué, como es natural, el blanco preferente de nuestros tiradores. Muy pronto la chistera voló por los aires, y al poco la levita y quien la vestía se hundían en el barro. Efímeros fueron los afanes de elegancia del pobre loco..."

    Loco, ebrio o alucinado, lo cierto es que él satisfizo, siquiera por una vez y por el camino de la extravagancia, sus complejos anhelos de grandeza. Como ese pobre desatinado que halla una muerte digna de un CarnavaL absurdo, otros muchos se han apresurado a engalanarse con los vestidos y los títulos más inverosímiles. Les hemos visto vestirse el uniforme de embajador, con espadín y medias de seda; otros han sido ministros de la Guerra; otros capitanes generales. Han sido todo cuanto se puede ser. menos príncipes de la Iglesia.

    El sueño ha durado demasiado tiempo. En un espacio de seis años, la turba ha ejercido la realeza en forma absoluta, ha cumplido todos sus caprichos, ha hecho los mayores disparates y extravagancias. Se aproxima el día en que Segismundo tendrá que despertar. Y eso es lo grave; que la turba ha usado demasiado tiempo de su libertad, su mando y su capricho; la turba le ha tomado gusto a su realeza y ahora no se resignará fácilmente al papel subordinado que le corresponde, después de ser el desaforado protagonista en la escena española.

    Se acerca, pues, el momento de enfrentarse con el fenomenal energúmeno, y desde luego hay que pensar en las medidas heroicas que suelen aplicarse a los locos, como la camisa de fuerza. Otros países la han empleado con sus locos, con resultado infalible. Pero existen además otros remedios más humanos y más prácticos para cuando la locura de grandezas vaya amortiguándose. También debe considerarse que entre la turba hay muchos elementos aprovechables y capaces de curación y redención. Del arte, la prudencia y el talento con que se emprenda esta obra, dependerá la rapidez de la renovación nacional.

    Habrá que seleccionar a las muchedumbres en un cernido escrupuloso, para expulsar las materias indeseables e incorregibles y hacer que quede el pueblo útil, el pueblo sano que forma el gran fondo de la raza. Atraerlo, pacificarlo. Convencerle de que ya no es rey, ni que jamás podrá volver a las andadas. Y asociarlo, incorporarlo, en fin, a la obra común y a la gloriosa empresa que el destino histórico nos ha reservado a todos.

    CAPITÁN NEMO.




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    LA HORA DE LA VERDAD

    19- Marzo-1937


    "Todo el constitucionalismo de un cuarto de siglo arranca de la idea artificial de un Rey y un pueblo que pleitean por el Poder."
    (José M.ª Pemán: "Cartas a un escéptico en materia do formas de gobierno.")

    Releyendo el libro de Pemán en que figuran las palabras transcritas, he sentido una terrible melancolía: la de haber acertado con mis amigos de Acción Española, y la de haber comprado el acierto al precio de la vida de muchos de ellos y del dolor y la ruina de España. Y es preciso,—todo propósito de vanidad aparte—, es preciso decir a los cuatro vientos que hemos acertado, y que fuimos los únicos que acertamos, para no correr el riesgo de iniciar una aventura nueva, de adentrarnos como si nada hubiese pasado en una nueva ruta peligrosa o estéril.

    La República, en su segunda experiencia, ha sido lo que fatalmente tenía que ser, lo que fué en su primera encarnación española, y ha sido siempre a lo largo de los siglos XIX y XX, en todos los países que cayeron en la superstición rusoniana, con los inevitables remansos engañosos en que su corriente parece amansarse y no hace sino ocultar traidoramente sus reservas destructoras: la religión de la envidia. Por eso su padre, Juan Jacobo, al llegar a la última consecuencia de su construcción políticosocial, con la definición de la ley, como suma de las voluntades particulares de los ciudadanos, dio a los envidiosos su arma definitiva: aquella con la cual podrían conquistar el Poder público, valiéndose de los votos de los más, las minorías ilustradas que, en frase de Louis Madelin, odiaban más que a los privilegios, a los privilegiados.

    Ya, desde entonces, la conquista de la igualdad,—los humildes la querían ante la justicia y el reparto de los impuestos, pero como concesión real—, sirvió de pretexto para tratar de alcanzar la libertad, con que habrían un día de desalojar la Realeza de su Trono para sustituirla en la gerencia de los negocios del Estado. El instinto popular seguía viendo en la Corona la única protección a su alcance contra los desmanes de los poderosos, pero la burguesía liberal de las profesiones científicas y literarias ya proyectaba su traición al pueblo, porque rotos los diques de la conciencia y erigida la razón individual en brújula de la verdad, no había sino falsear la aritmética electoral para poder llegar a sustituir el calumniado absolutismo de los príncipes, por lo que Pemán llama "el absolutismo de la irresponsabilidad moral". Y este reinado entregaba el país atado de pies y manos a los voceros de la democracia y de la República.

    Tuvo que venir, en primer lugar, la campaña de descrédito del principio hereditario, medula de la Monarquía, para poder así pasar de la concepción—tan anclada en la conciencia popular—del poder unitario y continuo, a la otra concepción del poder disperso y electivo, pasando por el intermedio de las Monarquías constitucionales—de las que decía Veuillot: "Monarquía, una cabeza para mandar, y constitucional, un lazo para estrangular el mando"—, en que se conserva la herencia, pero adulterada por el sistema electoral, que imprime su desconcierto y su inmoralidad al régimen en que Rey y Pueblo aparecen como contrincantes que pleiteasen eternamente por el Poder. Del mundo anglosajón llegaron los primeros y certeros disparos. Fué la Masonería inglesa, pasando a Francia en alas de la moda, y, fué Benjamín Franklin, quien en París hizo el elogio y creó el mito de la "buena revolución", y combatiendo en la Sociedad de Cincinnatus el designio de crear entre los antiguos combatientes de la guerra de la independencia americana una aristocracia militar, dio lugar a Mirabeau para lanzar, en 1784, el primer ataque al principio de la herencia y el primer elogio del falso dogma de la igualdad.

    Cuatro años después, Francia estaba ya dispuesta para la experiencia de los Estados generales y Luis XVI, concediendo doble número de, diputados al Tercero, y tolerando más tarde la deliberación conjunta de los tres órdenes y el voto por "cabeza", abrió las esclusas de la Revolución. La paz de Europa, sacudida más tarde de nuevo por el vendaval del Imperio, ya no volvería a ser una realidad. Las naciones disfrutarían, sí, de lo que Spengler había de llamar con frase feliz "anarquía hecha costumbre", de aquello que designado como 'democracia, parlamentarismo o self-government de los pueblos, no era de hecho sino la inexistencia de una autoridad consciente de su responsabilidad, de un Gobierno, y con ello de un verdadero Estado".

    ¿Sería ocioso recordar en este momento, como evocación del máximo sentido de responsabilidad política, esta frase de José María Pemán: "'La Monarquía hereditaria es la única forma de gobierno que ha logrado instaurar en las cimas del Estado un magistrado que lleva fatalmente sobre sí, como en seráfica imprimación, las llagas y los dolores de la Patria"?

    Y llegó para España su 14 de abril, aquella feria de envidiosos, aquel día triste en que un consejero del Rey pudo decir en público': "Resulta que España era republicana", y otro: "Aquí sobramos el Gobierno y el Monarca", y a pesar de lo que esto representaba de inmoralidad política y de indigencia de principios, frente a los enemigos de la familia, de la propiedad y el orden, se creó el partido de la accidentalidad de las formas de Gobierno [CEDA, Gil-Robles]. "Hubiera sido preferible, frente a la catástrofe—escribe el autor de las "Cartas a un escéptico"—el crear un partido de héroes. Pero no había tiempo que perder, y hubo que formar con lo que había a mano, un partido de indiferentes..." Un dualismo de forma y fondo, viejo resabio luterano, llenó de frialdad los ámbitos de una lucha que nacía así, con perspectivas largas y frías.

    Pemán, en la más bella de sus Cartas, en la primera, aduce una serie de razonamientos para demostrar que la forma es lo que imprime a las cosas un destello de divinidad, y que considerar accidental lo que precisamente sella con su beso anímico y hace humanas abstracciones de la materia, del fondo de las cosas, es algo tan absurdo como combatir a los enemigos de la Religión, la Patria, la Familia, la Propiedad y el Orden, desde el terreno movedizo del instinto. Y así tuvimos los templos incendiados y la escuelas sin Cristo; la familia, atacada por el divorcio y la casa por los malhechores, el orden trocado en anarquía, y la Patria invadida por el extranjero. ¡Inconvenientes de asignar la misma consideración moral a la estatua y a la piedra lanzada contra ella y de pensar que, roto el vaso que la moldeaba, el agua puede ser otra cosa que un charco en el suelo!

    Había la superstición de la buena República, y también, el mito de la deificación del Estado, como una meta capaz de unir a todos los fracasados. Es lo que Tardieu llama la alianza "del hecho electoral y la doctrina estadista". El hecho mantiene al ciudadano, al envidioso, en calidad perpetua de candidato; la doctrina reaviva la esperanza de los que vieron nacer y morir todos los programas, con el señuelo de un Estado hiperbólico y todopoderoso. El hecho exige que se conceda al elector un derecho indiscutible sobre el Erario público, por medio del elegido; y la doctrina aconseja la multiplicación de los poderes del Estado, a fin de que pueda ser una fuente inagotable para la sed del cuerpo electoral. “'Y así,—termina el ilustre evadido de la III República—se realizan bajo las especies del estatismo las exigencias del electoralismo, ya que la encarnación viva del Estado soberano es la mayoría parlamentaria." ¿Se puede pintar con mano más firme y precisa las delicias del régimen republicano?

    Mientras la Monarquía es la amiga de los humildes, y no conoce en su afán de justicia de categorías de súbditos, rige con talento y reprime con dulzura, la República es, por el contrario, solapada y cruel. "La fatalidad de la República,—ha escrito Renán—es provocar la anarquía, y al mismo tiempo, reprimirla duramente." Renán no olvidaba el terror que siguió a la ejecución de Luis XVI, ni la sublevación socialista del 48, ahogada en sangre por Cavaignac, ni la Commune, en que Thiers, copiando a su colega de la segunda República, no dejó títere con cabeza. Y la Tercera, aprobada por el voto de un católico, ante la inhibición de un mariscal del Imperio, ¿qué iba a ser, sino "una perpetua agitación en la calle, una caída ininterrumpida de Ministerios, una explosión constante de escándalos formidables, una descomposición lenta y progresiva de la nación, que la llevará más de una vez, al borde del abismo" ? Así la describe Henri Robert Petit en su obra La Dictadura de las Logias.

    ¿No parece una pintura exacta de estos cinco años últimos de nuestra España? Ni Robespierre, ni Bonaparte, ni Napoleón I, ni Lafayette, ni Cavaignac, ni Thiers, ni toda esa teoría de masones enlevitados, dignos camaradas de nuestros Alcalá Zamora y nuestros Azaña, fueron la solución. Cuando Blum lleve a Francia al abismo, a cuyo borde llevaron a España los republicanos y los indiferentes, no faltará alguna espada que, con añoranzas de otro 18 brumario, salve a su país como a nosotros nos salvaron un 18 de julio, las espadas de forja alfonsina y carlista, hechas lumbre en Marruecos y silbido en las montañas de Navarra... A esta hora, nuestras tropas atacan a Madrid por el Norte, por el Oeste y por el Sur. El combate ruge en llanuras y montañas. La alta noche campesina en que escribo, se puebla de un jadear de aviones. España vuelve a la vida por el esfuerzo de capitanes gloriosos. Es la hora del sacrificio, la hora en que se forja el porvenir, la hora de la verdad. Si tienes vagar para ello, lector, lee o relee las Cartas a un escéptico en materia de Gobierno.

    EL MARQUES DE QUINTANAR



    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    CONTROL DE ARCHIVO PARA EL FRENTE ROJO

    19-III-1937

    Ni Mauricio Karl, genio de la investigación biográfica de los revolucionarios españoles y sus enlaces, controlando a Ángel Pestaña, dio con él verdadero origen de este facineroso de la República. Mauricio Karl los estudia rectilíneamente, y hay que definirlo en la tortuosidad lejana de su nacimiento, anticristiano. Quien lo sitúa bien, cronológicamente, soy yo.

    Ángel Pestaña tiene sus antecedentes personales en el barrio semítico y cumple una misión racial de lucha contra España. Los habitantes de los ghettos extranjeros, desde Leningrado a Perpignan, y él, no se pueden decir ni en broma la buenaventura. ¿Entre gitanos, caracoles?

    Pertenece—control de archivo para el frente rojo—a una familia judía que, últimamente, según los datos oficiales, se amparó en el refugio de la gran Sevilla, y fué sancionada por la Inquisición; noticiario documental que yo he visto en la Biblioteca Capitular Metropolitana, manuscrito referente en uno de sus pliegos a la celebración pública de un auto de fe en el año de mil seiscientos y pico, y que podrá consultar con detención el que quiera, porque yo escribo a prisa y distante de los antiguos legajos procesales, pero de cosas que tengo; bien averiguadas. Debieron de ser israelitas los Pestañas de mi descubrimiento o memoria, huidos, secularmente amenazados, por sus dobles tratos y malas fechorías, de Portugal a África, y después a nuestra hospitalaria y espaciosa ciudad; de aquellos ladrones y traidores que buscaron, hipócritamente sumisos, ante la guerra poderosa de conquista imperial al Rey don Manuel para entregarle la plaza mora de Azamor, en las partes de la África y allende. De los que escaparon del castigo popular en Lisboa, cuenta Andrés Bernáldez que en abril de 1506 los portugueses se alzaron indignados contra los hebreos y mataron a más de tres mil.

    La conquista de Azamor por el Monarca lusitano fué el año de 1513. Por este tiempo, desdichadamente, ya teníamos de vuelta otra vez en España a los de la caravana talmúdica, de regreso acelerado de la humanitaria Europa, que no los quiso recibir entonces y nos los devolvió plenamente batidos, como dicen hoy los partes telefónicos de guerra, sin oro y sin ropas.

    i Y volvieron muchos judíos y nunca fueron leales!

    El refrán completo será éste en las páginas del historiador extremeño-andaluz de los Reyes Católicos. Cuando lo leí me pareció la estrofa última de un romance viejo titulado: ¡La agonía de España!

    Las raíces de Ángel Pestaña están, por, consiguiente, sin duda, en la caverna de la herejía masónica y judaica, según frase del estilo antiguo. Es, en fin, un cavernícola de Israel. No puede llamársele una víctima de la sociedad, sino un enemigo de ella, que logró su clima de raza en el desorden y el resentimiento. Anduvo siempre entre masones y sindicalistas, viajó de África a Cataluña y de Barcelona a Madrid, cumpliendo fielmente un misterioso destino de preparación segura y enlace amañado para desembocar, el día de las citaciones del éxodo, en un trágico impulso de, destrucción anticatólica y antiespañola, como señal tiránica de los acuerdos del Sanhedrín.

    En sus juveniles andanzas político-sociales hay un disimulo especial, una búsqueda sospechosa, de agente de los Protocolos. Es curioso el atavismo temprano de su exclusión de aprendizaje, forzada por la necesidad, a las tierras de Argelia, donde los primos de sangre y los hermanos de logia lo prepararon para la futura actuación bíblica y donde ya el sindicalista cultivó anárquicamente, discípulo de unos profetas locales, el odio a España y a la civilización occidental.

    ¡ Cuando lo necesitaron las fuerzas secretas, cómo se enroló en el Frente Popular, para la revolución próxima del comunismo, llevando a los obreros adonde querían los poderes ocultos de la secta infame, el supergobierno, la cábala internacional de Moscú!

    Tiene su parte legítima en los grandes sacrilegios del Frente rojo y en las venganzas horribles del separatismo feroz, "en la selección sistemática de los mejores ciudadanos para enviarlos al suplicio, en la supresión metódica de cuantos cumplían en la nación los cargos superiores de la función civil, la garantía, el lujo y el adorno de un pueblo", como dice tratando de los crímenes en Bilbao el ilustre escritor que firma "Un vasco español".

    Ángel Pestaña pudo engañar como farsante de su descendencia aun a los más sagaces críticos de la vida nacional, en sus turbios manejos sionistas, pero ya se ve claramente que cuando lucha por arrasar hasta los cimientos de España lucha por un ideal constante de su tribu en la lejanía procelosa del tiempo. Es un esbirro de Judá.

    ¡ Su apellido es neto o falso portugués, pero su sangre es propiamente de la antigua Caldea!

    F. CORTINES MURUBE.



    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Salamanca al día

    23- III-1937

    Me he encontrado a Gabrielillo... Gabrielillo, aquel muchacho simpático y patriota que Pérez Galdós retrata de manera admirable en Arapiles, y que sabe llegar al corazón de los lectores.

    Gabrielillo no cumplía esta vez en Salamanca misión investigadora encomendada por Wellington para conocer en lo posible las defensas artilleras de las fuerzas napoleónicas; tampoco seguía, enamorado, los pasos de Inesilla. Acababa de recorrer el Arapil grande y no amplió la visita al pequeño porque en el primero era en el que más recuerdos tenía que evocar y más Padrenuestros que musitar.

    Renacieron impetuosos sus resquemores contra los franceses, al saber que también ahora guerrean contra España, con la circunstancias agravante de pelear en ayuda de indeseables españoles y más indeseables aún, súbditos rusos, esclavos unos y otros de masones y judíos.

    Obra de hispanismo y hasta de caridad considero apartar de tristezas y malos pensamientos a hombres de la bondad y el patiotismo de Gabrielillo, y le aconsejé que se dejase influir por el extranjerismo dominante en Salamanca; extranjerismo sano, desinteresado, noble, en fin, cuyo móvil esencial es la admiración a las obras de arte y de la naturaleza y del sentimentalismo que fué siempre preciada gala del alma de Castilla.

    Por lo mismo que consecuencia de las circunstancias que hacen de Salamanca residencia del Generalísimo, la colonia de allende las fronteras es muy copiosa, la vida se acomoda a diversas sensaciones. Mucho hay que ver y admirar en la capital, pero es también, mucho lo admirable en los rincones de la provincia. No se olvide que es ya universal el predominio del turismo.

    La gente que a diario da vueltas y más vueltas en la monumental Plaza Mayor, porque también hay que dar algo a la rutina, emprende expediciones en cuyo término hay emociones de estética que sentir y atractivos de curiosidad qué saborear. La colonia extranjera, especialmente rinde culto a ese fervor turístico. Las distancias que recorrer no son largas ni penosas, los medios de locomoción, muchos y de los mejores y más modernos.

    No lejos está Ciudad Rodrigo con su bellísima Catedral, sus castellanísimas calles, en las que casi todas las casas son pétreas ejecutorias dé nobleza, de la que es cuna la vieja Miróbrigo; Alba de Tormes con su convento carmelitano, en el que reposan los restos, mortales de la que fué inmortal por su espíritu glorioso y su españolismo ejemplar, Santa Teresa de Jesús; Béjar con sus fábricas y talleres de tejidos; Peñaranda con su profusión de industrias agrícolas; Candelario, aparente nido de águilas por su situación que puede jactarse de una administración municipal modelo, de hacer de cada casa un centro productor de excelentes embutidos y que conserva en toda su clásica pureza el vistoso traje charro femenino...

    Para embelesarse en la contemplación de la naturaleza abrupta y chillona se dirige la masa observadora hacia la parte de Sequeros, por donde se alza imponente y majestuosa la Peña de Francia, todavía coronada de nieve, y eso que la primavera, esa amable y bella mentira de los poetas, está al llegar, y al pie uno de los caminos hada las Batuecas, antesala de las Jurdes, con sus árboles gigantes, algunos según la leyenda, con vivienda dentro de su tronco para un religioso penitente, sus seculares ruinas, su hospedería relativamente moderna para deleite de gastrónomos, vulgo tragones, bajo la dirección técnica de un gran cocinero de Galinduste, el carmelita fray Joaquín, cicerone extraordinario, para caminar sobre ese pedazo de España que empezaba a conocerse y remediarse, merced a una feliz iniciativa regia, se va borrando esa ignominia, que en forma de abrupta zona se extiende entre las provincias de Salamanca y la de Cáceres.

    El propio Gabrielillo lo reconocía así al regreso de una de esas expediciones a las que va en tropel y a diario la población flotante de Salamanca, convencida de que no todo debe ser dar vueltas en la plaza, asistir al relevo de la guardia en el Palacio Episcopal, residencia del Generalísimo cuando se halla aquí, y ahora lleva diez días de prolongada visita a diferentes frentes, ni concurrir por las tardes a la hora del té al hotel donde se reúne el mundillo elegante y el elemento diplomático o, en fin, dar un paseo por las alamedas abiertas sobre La Flecha, el viejo retiro donde fray Luis de León admiraba la descansada vida del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido...

    Práctica de la buena sociedad salmantina en estos días son los ejercicios espirituales que se celebran en diversos templos, con asistencia numerosa de damas, damiselas y caballeros. Además, y según es bien sabido, el luto se ha ensañado en, las clases altas, como en las medias y en las bajas como consecuencia de la sangrienta guerra provocada por el marxismo. Es reciente el duelo por haberse conocido ahora los detalles de la tremenda desgracia ocurrida en agosto a una de las familias más consideradas en la principalía charra: la de D. Argimiro Pérez Tabernero, de la que fueron víctimas de la barbarie roja de Málaga el propio D. Argimiro y tres de sus hijos, que buscaron en la bella ciudad reparación de fuerzas para uno de los hijos, delicado de salud, y hallaron el martirio ordenado por el salvajismo rojo.

    Entre la buena sociedad es nuevo huésped el ministro plenipotenciario de Irlanda, que acaba de llegar para entenderse con el Gobierno de Franco.

    El elemento escolar, la juventud, divino tesoro de Rubén Darío, alegría de las ciudades que tiene Universidad, forma el gorgeo de esa plaza, jaula ideal de muchachos y muchachas en las horas del flirteo. En esos risueños grupos figuran de seguro Inés, si la deja Amaranta, y Gabrielillo. Eso sí, los múltiples bares restan aquí, como en todas partes donde los hay, paseantes y cortejantes.

    Luego la juventud desfila cuando es de noche por angostas calles hacia sus hogares. Una de aquellas vías va en dirección a la Catedral vieja y su nombre lo reza una lápida cuya inscripción dice: "Calle de Tente Necio." No es necesario un estudio etimológico para deducir que no alude a ninguno de los actuales gobernantes, aunque parezca que sí; que el "Tente Necio" pudiera referirse a uno de los ministros. Por ejemplo, a Largo Caballero...

    —AEMECE.



    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil


    LA DISOLUCIÓN DE LA MASONERÍA RUMANA



    27-3-1937

    A partir del 14 de abril de 1931, fecha desgraciada para España, era frecuente escuchar en los pasillos del Congreso, en los entreactos de los espectáculos públicos, en los casinos y en las tertulias de los cafés, esta pregunta formulada con cierto misterio :

    —¿Por qué no se hace usted masón?

    Y, seguidamente, si el interpelado respondía con un gesto dubitativo, el echadizo insinuaba las ventajas de la filiación en las relaciones de la vida social.

    —Verá usted—decía—. Hoy, para caminar por la vida, son necesarios los poderes ocultos. ¿ No le ha sorprendido a usted el rápido encumbramiento de personas oscurecidas, faltas de ilustración o incapaces? Si tiende usted la vista por los bancos de la mayoría parlamentaria, advertirá que en ellos hay un verdadero complejo de inferioridad. Pues, bien; quienes se sientan alli tienen en sus manos todos los resortes de la gobernación del país. Las finanzas, la función docente, la ordenación del trabajo y de las obras públicas, el rumbo político... son masones. ¿Esto no le dice nada? En ninguna organización encontrará usted, como en esta, mayor capacidad de abnegación y sacrificio cuando se trata de la ayuda mutua. No se vacila nunca. Como venga la orden de los sagrados supremos se cumple, sea como sea. ¡Hágase usted masón!

    Caía a veces la semilla en campo propicio y el oyente se dejaba convencer, entreviendo harturas sin cuento. En ocasiones, se objetaba :

    —i Pero si yo soy católico ! ¡Si soy monárquico! ¡Si tengo ideales nacionalistas!

    —¿ Y qué ? La Masonería convive con la religión, no es incompatible con las dinastías, y hasta aplaude las aspiraciones del imperialismo. ¿ No sabe usted que en Inglaterra, y en Rumania, por ejemplo, las clases directoras, fíjese usted bien, las clases directoras, pertenecen a la Orden?

    Y allá iban el ingenuo o el pícaro, a engrosar las filas de la organización, iban encadenados a servir los designios de Francia o de Rusia.

    Creo que en adelante será difícil emplear ciertos razonamientos en la catequesis masónica.

    A mis manos llega un informe interesantísimo, completamente auténtico, en el que se da cuenta de la disolución de la Masonería rumana de rito escocés. Y la cosa fué así: Era comendador del Supremo Consejo el ex ministro Jean Pangal, personalidad relevante de la política de Rumanía, Caballero Gran Cruz de la Orden de Malta, monárquico y creyente. Un buen día, allá por el mes de diciembre del pasado año, recibió determinados documentos de la Masonería española, avalados por el Gran Oriente de Francia. En ellos se pedía una ayuda incondicional al Gobierno rojo de Valencia. El señor Pangal, que había seguido con profunda atención los acontecimientos de España, y poseía noticias exactas de la zona marxista, lo que quiere decir que no ignoraba la abolición del culto católico, la destrucción de las iglesias, los asesinatos de religiosos y los fusilamientos, sin proceso, de miles de ciudadanos acusados de profesar ideas monárquicas o simplemente de orden, reunió a los vocales del Consejo y les sometió su decisión de disolver la Masonería. Todos estuvieron conformes. Y el señor Pangal visitó al Rey y le participó el acuerdo.

    Le dijo que "la Masonería rumana nada tenía de común con las logias judaicas o judaizantes que obedecen al Gran Oriente de Francia, y que sus miembros—todos, sin excepción alguna— no querían vivir más tiempo bajo la sospecha de ser anticlericales, anticristianos, antimonárquicos y antinacionales."

    Días después se celebró una curiosa ceremonia en el Patriarcado de Bucharest. El Patriarca, Mirón Cristea, rodeado del Primado Católico Romano, monseñor Cisar; el obispo de rito católico-oriental, monseñor Niculescu, y numerosos prelados de las tres Iglesias cristianas, recibió al señor Pangal, que iba acompañado de varias personalidades masónicas.

    El jefe supremo de la Orden declaró en un discurso que la Masonería rumana quedaba disuelta desde aquel instante, y que sus miembros deseaban hacer constar que no tuvieron la menor participación en los trágicos sucesos de la España roja.

    ***

    El episodio es revelador. Los ingenuos que se dejan arrastrar por palabras vacías, deben conocerlo y meditar lo que significa.

    J. de C.

    Salamanca, marzo.


    Última edición por ALACRAN; 03/07/2021 a las 10:06
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Textos de periodistas e intelectuales del bando nacional durante la Guerra Civil


    LA PREEMINENCIA DE ESPAÑA

    27-III-1937


    Ni una sombra que perjudique la preeminencia de España. Ningún aditamento en la bandera, trazo en el escudo y voz en el Himno que turben la señera libertad de los blasones de la jerarquía en la Patria: campo exento el de los símbolos del Estado, sin añadiduras ni matices de ajena invención, que la preeminencia de España es cosa de majestad antigua y su prestigio en la Historia no admite compañero. El dechado de su ejecutoria es único.

    Escribo esto con una sinceridad inmensa, y lo sostuve siempre con verdadera emoción de mi alma, que viene de una causa profunda en el renacer de la cohesión espiritual de España durante el tiempo de su mayor gloria.

    Porque el ejemplo clarísimo de esta manera de pensar unitario, sin la más leve nube en el resplandor de la soberanía, me lo ofreció entre los documentos de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, una carta fachada en Toledo el día 18 de julio del año 1502, que firman YO EL REY - YO LA REYNA, y donde le mandan eficazmente al Gran Capitán Gonzalo de Córdoba que deshaga el sello de Virrey de Nápoles por el abuso insospechado de haber puesto en él sus armas al lado de las reales. Delicadísimamente, para no herir con la fina reprensión de los Monarcas la sensibilidad del insigne militar español, se atribuye en la disposición el yerro al que hizo el dibujo, pero la voluntad de suprimir el aditamento es en el fondo terminante.

    Me parece que Gonzalo de Córdoba cedió en aquel diseño a la tentación de un halago de moda extranjera, usando su emblema propio, sin comprender en la lejanía y rodeado de la admiración del triunfo juvenil, la grave trascendencia de la reciente idea sugerida por los aduladores, que con Reyes como don Fernando y doña Isabel no cabe admitir descuidos de categoría nobiliaria, porque estaban siempre vigilando en todos sus detalles la magnífica obra de la unidad de mando, que era precisamente creación de sus genios... Fazed fuerte a España que con esto todo lo otro se remediará muy bien y muy cumplidamente con el ayuda de Nuestro Señor, pudiéramos decir glosando el pensamiento de otra carta real, auténticos papeles de la correspondencia del Monarca, en los que con tanto afecto y estimación verdadera trata siempre al héroe de las campañas de Italia. Considerad ingeniosamente lo que digo como fin del preámbulo : Era España una fortaleza y don Fernando de Aragón el castellano que la defendía, i Casi nadie! Pero lo curioso es también que firman la carta los dos, el matrimonio, Aragón y Castilla. ¡ Casi nada!

    La página oficial que yo reproduzco está redactada así: "Acá avemos visto en una provisión dada por vos el sello con que ahí se sellan las provisiones, dentro del qual estan vuestras armas y la forma de vuestro sello junto con las nuestras; y también en las letras no está puesto el nombre de mí el rey; y como quiera que dexar de poner el nombre parece yerro del que fizo el sello, pero débese mirar que en tal cosa no haya yerro; y así creemos que lo otro será porque por ventura lo hayan fecho así los franceses; pero porque acá no se acostumbra, debeys mandar facer luego un sello en que solamente haya nuestras armas reales y en las letras haya las letras de Nos ambos, como se acostumbra; y en esto y en otra cosa no consintays introducir semejante cosa nueva, mayormente que perjudique a nuestra preeminencia real.”

    La cita posee un valor admirable de esmero diplomático en la defensa del escudo monárquico, de las cifras individuales y motivos de heráldica personal, basado en el origen de la unidad de la Patria, conseguida por los Reyes Católicos como solos Magistrados de la nación. ¡Jefatura, territorio y estilo, militar y literariamente, debían estar de acuerdo, lo mismo en los hechos conquistadores que en las ideas políticas y las expresiones gráficas!

    Hoy la prohibición decorativa, que se le indicó con pronta diligencia y sin temores, pero con íntima alarma que obligaba, por interés nacional, a un correctivo del Poder, quedaría naturalizada, para ejemplo de capitanes y soldados, muy gentilmente, con las palabras modernas y sin vacilación, que sirvieron de norma a las reflexiones de mi artículo: Ni una sombra que perjudique la preeminencia de España! Y rubricar el documento ahora solamente de este modo enérgico, y creo que felicísimo... YO ESPAÑA. Después, recogiendo la misteriosa coincidencia, se pondría la fecha, que se parece algo a la de la escritura primitiva: Dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis.—


    F. CORTINES MURUBE.

    Última edición por ALACRAN; 26/07/2021 a las 13:43
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    LA TRANSFIGURACIÓN DEL ROSTRO DE MADRID

    27- marzo-1937


    Todos tenemos puesta la mirada en Madrid; hacia la ciudad de las no sé cuántas colinas se dirige toda nuestra preocupación en estos momentos. ¿ Pero es realmente por amor ? En otras palabras: ¿ qué es lo que nos queda actualmente de simpatía hacia Madrid, especie de clandestina capital de España ?

    Nadie se atreverá a ocultar que ha ocurrido entre los patriotas un fenómeno psicológico de calidad muy íntima, y que los sentimientos respecto a Madrid han variado bastante. Al principio se le imaginaba como la ciudad amable y amada que está padeciendo el suplicio del Gobierno rojo; las tropas, en jornadas victoriosas, se aproximaban a sus arrabales, y con ellas iba nuestro afán más entrañable; nos figurábamos que la población aguardaba con anhelo a los soldados que acudían a salvarla, y que saldría a recibirlos y a echarse en sus brazos libertadores. Otra bien diferente es su actitud. Y es también cuando la posición sentimental de los nacionales empieza a dar la vuelta. Puesto que la realidad nos dice que Madrid es un pueblo contumaz, un pueblo empapado en rojo.

    Es natural que los madrileños de nacimiento, los que tienen allí sus mejores recuerdos de infancia y juventud, sigan estimando a Madrid con filial simpatía; para los demás, aun tratándose de los que más admiraban y querían a la ciudad del cielo radiante, ahora aparece como el sujeto de una traición. Y en el fondo hay como la inconfesable idea de que, si estas cosas pudieran decretarse con la facilidad con que se imaginan, en cualquier otro sitio estaría mejor colocada la capital de España.

    ¿Pero es que desde hace mucho tiempo ha cumplido Madrid con sus deberes de capitalidad ? ¿ No hemos estado asistiendo a una continua dejación de todas las responsabilidades nacionales, y no hemos visto por, último a Madrid cooperar con la propia Barcelona en la labor de desintegración nacional, abandonándose al frívolo y estúpido placer de todas las concesiones autonómicas imaginables? Recuérdese que la buena intención patriótica del general Primo de Rivera tropezó con la frialdad primero, con la hostilidad incesante después, de la gente de Madrid, y esta falta de calor y de asistencia de los capitaleños de todas las clases sociales fué principalmente lo que malogró la obra de aquel grande hombre. En cambio, recuérdese el alborozo sainetero e inconsciente con que Madrid, en una lamentable tarde abrileña, asistió a la tremenda peripecia del cambio de un régimen multisecular y al escamoteo de una bandera gloriosa por, otra rayada con una franja intrusa y sectaria.

    Y el caso es que Madrid no era así. Era, al contrario, la ciudad apasionada que respondía con vehemencia e inmediatamente en cuanto se le tocaba al sentimiento nacional. El culto cívico marcial del 2 de mayo conservaba su fervor a través de los tiempos, y después de más de un siglo, todavía podía verse la tierna escena del artesano endomingado que llevaba a sus hijos, todos estrenando traje, a ver en la plaza del Obelisco la parada de las tropas de gran gala. Entonces tenía aún Madrid el aire como de episodio nacional de Pérez Galdós. Era la ciudad que se sentía pronta a ser cautivada por el juvenil y gallardo prestigio de Alfonso XII a la vuelta de su destierro. Tenía el fácil y generoso entusiasmo de un pueblo cordial. Pero más tarde, últimamente, no se sabe cómo, la faz de ese pueblo se hizo siniestra. Y ahí está ahora, aceptando la autoridad de los jefes extranjeros, luchando contra sus hermanos españoles en nombre de ideas extranjeras, aviniéndose a que España sea invadida y desmembrada en una porción de Repúblicas casi, o totalmente, independientes.

    Todo el talento político ha quedado anulado en Madrid; el último vestigio del sentido de responsabilidad, y hasta del instinto de conservación, se ha extinguido en él. Pero el mal venía de lejos. Hace bastantes años que el signo de la capital de España era la frivolidad, mezclada con un materialismo logrero, con un arribismo enchufista y con una negligencia de pueblo al que todo le sale por una friolera. No sólo no comprendió que Barcelona, foco de toda subversión y todo antiespañolismo, adquiría cada vez mayor predominio, sino que, olvidando sus deberes, Madrid se supeditó voluntariamente a Barcelona y aceptó su supremacía. Recuérdese el triste espectáculo que dieron aquellos escritores madrileños yendo a rendir pleitesía a Barcelona. La gente de Cambó pagaba los gastos, todo en coches de primera y en hoteles de lujo.

    Pero lo más característico del caso, lo más revelador y explicativo, es que Ossorio y Gallardo, producto el más representativo de esa renunciante sociedad madrileña, haya sido el agente de enlace, el interesado intermediario entre la frivolidad de Madrid y el despierto egoísmo de Barcelona. Y aún puede suceder, al fin de este juego dramático, que Madrid quede destrozado, arruinado, deshonrado, y que Barcelona, en el último acto del drama, levanté arriba los brazos y se quede tan campante, sin devastaciones ni mayores quebrantos.

    De todas maneras, las dos ciudades tendrán que ser vueltas del revés, si es que se quiere hacer algo grande en el porvenir.—

    CAPITÁN NEMO.


    Última edición por ALACRAN; 26/07/2021 a las 13:51
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    LO QUE SE DEBE DECIR A LA NACIÓN

    28-III-1937


    Hace algunas semanas, visitando en su cuartel de Navalcarnero a ese por tantos méritos ilustre soldado que se llama el general Orgaz, nos sorprendieron unos cuantos trofeos tomados al enemigo: uniformes con insignias y banderas de seda bordadas. ¿Qué significaba aquella aparición en las filas rojas, de todas estas cosas que la revolución obrerista de los primeros meses había considerado como superfluas y sólo necesarias en el bando opuesto: en el del capitalismo fascista? ¿Es que ya no bastan a los milicianos de Largo Caballero los trapos sucios pintarrajeados de letreros en que se aliaban el sentimiento de lo grotesco y el olvido de la ortografía? ¿Acaso resultaba ya insuficiente la autoridad del mono azul frente a la preparación artillera o el asalto de la Infantería española? Era, sencillamente, todo esto, y era también, que desde hacía algún tiempo el Generalísimo Franco tenía enfrente a un Ejército organizado, con disciplina férrea, con grados militares y hasta con banderas de verdad, si la frase es lícita. ¡ Qué lejanos los tiempos de los batallones de fontaneros y porteros, aquellos tiempos en que por la traición de la Escuadra y por el genio destructor de Azaña, que nos había dejado sin elementos militares con aquellas reformas tan elogiadas en la Cámara por el filósofo Ortega y Gasset, no pudimos arrollar una subversión que nacía potente, pero sin un serio respaldar castrense destinado a hacerla prevalecer ¡

    Hay dos cosas de que la revolución siempre tiene que echar mano: del sentimiento de Patria y del de la disciplina militar. Dará los rodeos que le sean precisos, acudirá a los más escandalosos sofismas, pero convencerá a sus gentes y a sus soldados de que su Patria está en peligro y que sin jerarquizarse, sin introducir en sus cuadros políticos, sociales, y, sobre todo, militares, una subordinación de hierro, no pueden triunfar. Así hablan los iniciados, los que manejan el cotarro democrático, los que integran la casta de sacerdotes de la nueva religión. Lo dijo Saint Just con palabras inolvidables: "La Voluntad general, no es la voluntad de la mayoría, sino la voluntad de los puros, que son quienes deben iluminar al resto de los nacionales y mostrarles el camino de la - felicidad". Es a la aristocracia revolucionaria a quien incumbe el papel de organizar, la guerra para luego poder sacrificarse y usufructuar la victoria. Pero esta aristocracia necesita una política y una fuerza militar. Y por ello, cuando José María Pemán habló hace poco a los rojos, desde nuestros parapetos madrileños, a su "¡Viva España!" contestó otro "¡Viva España!" del lado comunista. Se trataba evidentemente de dos Españas diferentes, o, mejor dicho, de la España auténtica y de una España deformada y esclavizada por los rusos: pero allí quedó en la noche como un eco del grito de Pemán, salido de una conciencia religiosa e histórica, el otro grito bolchevizado, construido para la propaganda de la mentira, opio de algunas otras conciencias que quisieran razonarse a sí mismas su monstruosa traición. Para ellos somos nosotros los vendidos al extranjero, a la internacional fascista, guadaña gigantesca de los trigales obreros del mundo; su España, la España del amor entre todos los hombres—del amor sin Dios—, la España hasta hoy adulterada por sus Reyes y por sus instituciones opresoras, es la que debe triunfar...

    Ya tienen su Patria los soldados del pueblo, del pueblo en armas; ahora necesitan unos jefes que implanten la disciplina tradicional en los Ejércitos eficientes. Es la hora en que el "Comité de Salud Pública" llama a los Carnot y a los Prieur, a todos aquellos oficiales de la Monarquía, deslumbrados por los falsos dogmas del 89, a todos aquellos adormecidos por el opio de los tópicos: "El militar no puede opinar", "el soldado no debe sino obedecer"...

    ... Y mientras se forma en el frente la muralla de los cañones y de los cuchillos, al amparo de la oratoria de los "puros", la retaguardia acentúa sus procedimientos de crueldad, el crimen y el robo descarado. El mecanismo militar, aún subversivo, encuentra lo que Gaxotte llama "las condiciones normales de la acción: unión, jerarquía y disciplina", y al amparo de una fuerza que se olvida de lo que ampara, nace el mito del honor militar revolucionario, del honor que lucha por salvar a su Patria de la influencia extranjera.

    No creo haya nada tan urgente para España como ganar la guerra. Enfrente tenemos, no un enemigo desmoralizado que huye a los primeros disparos, sino un enemigo organizado y fuerte. ¿Qué méritos tendrían nuestros generales y nuestras tropas en vencerlo si no fuese así ? La batalla de Madrid, por otra parte, no es un episodio aislado -que se pueda resolver desde las mesas de los cafés, sino la liquidación, forzosamente lenta y penosa, de todos los errores de siglo y medio. Para ganarla— ¡ y ya lo está !— es preciso la unión ciega en torno al caudillo de todos los españoles. Pero, precisamente, lo español es fuerte y no se contenta con vencer fontaneros envenenados ni porteros biliosos. España está venciendo la revolución en el mundo: la revolución organizada sabiamente y armada de los pies a la cabeza.

    —EL MARQUES DE QUINTANAR.




    Última edición por ALACRAN; 07/08/2021 a las 12:48
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    PELIGROS DEL REGIONALISMO

    28-III-1937

    Difusamente, pero con una tenacidad de mal agüero, viene infiltrándose desde hace meses en nuestra literatura periodística una sospechosa tendencia regionalista. No es un caso aislado el de ver en las páginas de algunos diarios los más viejos tópicos de la política desintegradora que, en el siglo pasado, se llamó federal, poco después regionalista, y en los años últimos, perdida ya la vergüenza y el miedo, nacionalista y separatista escuetamente. Tópicos de lo más nauseabundo, como aquel de "las variedades regionales dentro de la unidad"; como el de "la libertad de las regiones"; como aquel otro que puso en boga el catalanismo de que el amor a la Patria se siente en proporción inversa a los vínculos con que ésta nos liga.

    Todo falaces argucias para confiar a España, para adormecer su espíritu defensivo, para anestesiarla y poder operar en su cuerpo insensible mutilaciones bárbaras.

    Días pasados hablaba en Burgos con un muchacho falangista sobre las cuestiones—que no los problemas—del regionalismo. Y mi sorpresa fué inaudita al ver que aquel hombre de la España una, acordándose de que era catalán, había ya elaborado sobre el programa de Falange una doctrina singular, acomodaticia y hábil, que salvaba los principios más reprobables del catalanismo.

    —Pero eso—le dije—no es posible que lo suscriba nadie que sienta realmente los principios de Falange Española. Esa doctrina es pura heterodoxia.

    —Según—me replicó—. Yo los siento así y creo que no soy el único.

    Ilusiones, porque no es posible que partido alguno, pero mucho menos si tiene la ejecutoria ilustre de Falange, deje desnaturalizar tan fácilmente los principios más esenciales de su ideario, aquellos que por su vigor constituyen el pregón glorioso de sus anhelos imperiales: "España, una". Pero como síntoma de la tenacidad con que pretenden resucitar ciertas doctrinas execrables, el síntoma es revelador.

    Lo mismo está ocurriendo en otros muchos estamentos, organizaciones y periódicos. Se habla demasiado de la región y no nos extrañaría que pronto se pusiesen en circulación las frases consabidas: “problema catalán, problema vasco”.

    Inesperadamente, un elemento nuevo ha venido a hacer el juego a los regionalismos venenosos. El noble y leal regionalismo que la guerra ha despertado en Castilla, orgullosa de ser guión y cabeza del alzamiento nacional, y en Aragón, pilar recio e inconmovible de la cruzada gloriosa y heroica...
    —Ve usted—me decía días pasados un conocido de nebulosos antecedentes políticos—. Todas las regiones están despertando. La guerra civil, que parecía destinada a aplastarlos, va a resultar precisamente un revulsivo del regionalismo.

    Yo le dije que el regionalismo de Aragón, como el de Andalucía y el de Castilla, no entrañará, nunca riesgo para la seguridad ni la integridad de la Patria; que en esas regiones se siente a España por encima mismo del amor a la tierra nativa, con amor grande y generosa pasión que excluye la más remota idea de egoísmo. Y es verdad. La fuga regionalista, el orgullo de ser lo que son y de lo que están haciendo, que sienten esas regiones, no es sino la reacción de unos pueblos sumisos y leales, que nunca pensaron en otra cosa que en servir a España sin aspiración de recompensa, frente a la actitud y la conducta de otras regiones más favorecidas por la organización económica del Estado, y que han sido precisamente las más débiles en afirmar su fe española.

    Pero de todos modos hay que reputar como poco oportunos esos deseos de exaltación regionalista cuando tenemos pendiente una grande y gloriosa tarea común: la de reconstituir España. La España una y grande, por la que lanza al aire su pregón ambicioso Falange Española y por la que luchan con la misma fe e idéntico afán todos los partidos de alguna solera, que participan, bajo el caudillaje del general Franco, en esta dura, pero jubilosa guerra de reconquista nacional.

    El momento no es, ciertamente, favorable a los regionalismos. Ni siquiera aquellos de ambición elevada, porque desviarlos de su noble propósito, sembrando en ellos gérmenes de discordia, es tarea fácil. Con acierto magistral en la frase, hemos llamado nacional a este movimiento redentor que encabezó el Ejército y que lo más sano del pueblo español nutre con su sangre. Nacionalismo auténtico, amplio y absorbente, que excluye y repele esos nacionalismos de cabila que la Lliga Regionalista pretendió extender y prorrogar, no para hacer, sino para deshacer la España grande, y que luego ha sido la levadura de los males presentes.

    A. MARTÍNEZ TOMÁS.



    Última edición por ALACRAN; 07/08/2021 a las 23:50
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    31- Mar 1937


    Viene publicando en Roma estos días la autorizada letra de Virginio Gayda, pensamiento fuerte y acento oficioso del periodismo italiano, acaso los mejores y más bravos artículos de su bien templada pluma. La Prensa española haría bien en reproducir íntegramente esas bellas muestras de amor a la verdad y de amor a España publicadas en II Giornale d'Italia, como contestación noblemente airada y categórica a las patrañas y a la insoportable mala fe de los periódicos de la inmundicia puritana, que lanza contra la causa de la civilización la viuda inconsolable del sancionismo.

    Esa mala fe, que pasa ya la barra de lo tolerable, se ceba en una inexistente derrota de nuestras tropas nacionales en Guadalajara, para con un cinismo y una suicida estulticia fuera de razón, señalar nada menos que una victoria de las milicias internacionales sobre el Ejército italiano. Bien claro está visto serenamente, desde el extranjero, a través de todos los medios de información, que no dejan lugar a muchas dudas, lo sucedido en el frente de Guadalajara, último reducto rojo del último camino que, inexorablemente, lleva a nuestras tropas hacia la victoria irremediable de Madrid, la ciudad mártir, entregada al despojo y a la barbarie de las hordas extranjeras que la defienden, entre el desencanto y horror de la misma población revolucionaria que un día las llamó en su ayuda.

    El triunfo del Ejército nacional ha sido, a todas luces, tanto como un éxito de convicción moral y de arrojo, un éxito de disciplina y táctica. Ni el más imbécil —Ossorio y Gallardo por el ejemplo— puede ignorar que muchas veces, en la guerra, se avanza sin marchar adelante. El mando rojo, tomando en un supremo ímpetu todas las fuerzas de que disponía, hizo una contraofensiva en el frente de Guadalajara que hubiera sido absurdo, por táctica elemental, afrontar con el riesgo de las vidas de los soldados de la Patria, a quienes nuestros generales defienden, naturalmente, de los riesgos que no están en proporción con la victoria. Ordenada y serenamente, nuestras tropas rectificaron sus líneas de avanzada para hacerse fuertes en una línea de mayor unidad, en un frente sólido y a propósito para el momento. Durante la estratégica retirada se hicieron, como es ya sabido, muchas bajas al enemigo y centenares de prisioneros. He aquí la verdad de lo ocurrido, la verdad que ignora, desde luego, la Prensa inglesa.

    Pues bien: con esa verdad, la hidalguía tradicional de esos periodistas hijos de la Gran Bretaña, ha organizado el más violento y absurdo ataque contra... ¡el Ejército italiano!...

    Los continuos ejemplos de nuestra victoria permanente en todos los frentes; la toma de ciudades que consideraban ellos inexpugnables; la normalidad de la vida en la zona blanca, que contrasta bien elocuentemente con la anarquía que preside en pleno terror y revolución interna en el territorio todavía ocupado por los rojos, no dice absolutamente nada a estos señores de Inglaterra. El fondo de esta campaña monstruosa —como yo he denunciado en anteriores artículos— no es otro que el rencor contra la Italia de Mussolini, convertida, ante las rubias Islas decadentes, por la voluntad de un hombre y la voluntad de un pueblo admirable, en una potencia que puede tratar y trata a la Gran Bretaña con una igualdad desconcertante para la soberbia inglesa y mortificante para ese fondo derrotista de muchos de sus políticos, que simpatizan abiertamente con la causa soviética, olvidándose de que cavan su propia sepultura con una estulticia que solo en Inglaterra puede formar un estilo.

    Reirá mejor quien ría el último, y tiempo tendremos nosotros, los españoles y los italianos, a quienes nos une ahora el ataque insensato de esa Prensa sin honor, de recordar a los ingleses cuando les llegue su San Martin, la actitud que tuvieron contra un pueblo que, como el español, se desangraba generosamente por algo más aún que por la causa española: por la causa de la civilización europea, de la que Inglaterra se va saliendo y aislándose en sus Islas. Lástima que, igual que en la Francia del Frente Popular existe la buena Francia, en esta Inglaterra cínica e histérica sufra la vergüenza y la sandez de los que así se comportan la buena Inglaterra, oprimida y, vejada. Lástima, sí, pero hasta cierto punto nada más. Alemania e Italia, España luego, vivieron horas de deshonor colectivo por el solo pecado de unos cuantos alemanes, de unos cuantos italianos, de unos cuantos españoles. Pero ahí está su ejemplo y escrito en la Historia la decisión de sus pueblos.

    Ya, desgraciadamente, no es tiempo en la vieja Europa, amenazada de confiar a la evolución el remedio de sus males.

    Cuando una política estúpida o venal, suicida o criminosa, lleva a un pueblo a las ruina, ese país se levanta y amputa con sus cuchillos los brotes podridos del monstruo que roe sus entrañas.

    De lo contrario, en vez de hablar de civilizar a nadie, debe esperar un día en que vengan a civilizarle los otros.

    CESAR GONZALEZ-RUANO

    Última edición por ALACRAN; 16/08/2021 a las 13:47
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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