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Tema: Apología triunfal de la cultura española: “Adserenda Hispanorum eruditione” (s. XVI)

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    Apología triunfal de la cultura española: “Adserenda Hispanorum eruditione” (s. XVI)

    Entre la extensa obra humanística de Alfonso García Matamoros destaca su famosa apología de la nación española (lengua latina) Laus Hispaniae (De adserenda Hispanorum eruditione, sive De viris Hispaniae doctis narratio apologetica) escrita en Alcalá de Henares en 1553, con el patriótico fin de acabar con el desprecio que tenían algunas naciones de Europa a los humanistas españoles, fruto de ligerezas e injusticias. Este opúsculo es una mezcla de leyendas, fábulas, anécdotas y literatura culta y popular, para dar amenidad a la exposición de lo que han supuesto las letras españolas a lo largo de la historia.

    El autor demuestra un buen conocimiento de Cicerón, Virgilio, Plauto y Tácito entre los escritores romanos, y entre los griegos cita también a Homero, Aristóteles y Platón, y a los Padres de la Iglesia.

    Alfonso García Matamoros nació en Villarrasa, Huelva, en 1490, aunque fue llamado "Hispalense", por haberse naturalizado en la capital andaluza. Después de cursar estudios primarios en Sevilla y superiores en Valencia, fue requerido para dirigir el estudio de gramática en Játiva desde 1531 hasta 1540.

    Desde 1542, y durante veintidós años, estuvo a cargo de la cátedra de Retórica de la Universidad de Alcalá de Henares, uno de los principales focos humanistas españoles de su época. Entre sus alumnos estuvo, por ejemplo, Benito Arias Montano. Posteriormente, fue canónigo de la Catedral de Sevilla. Murió en 1572.




    El humanismo de Alfonso García Matamoros participó del patriotismo de obras como Generaciones y semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán, o Claros varones de Castilla de Hernando del Pulgar. Consideraba que el saber distingue al ser humano de los animales, aproximando la vida especulativa a la activa, y buscando virtudes morales e intelectuales, con apego a la antigüedad hebrea y a la Biblia.

    Fue un ferviente seguidor de Erasmo de Rotterdam y mantuvo estrechas relaciones con los humanistas de su siglo. Entre sus amistades figuró Juan Téllez Girón, conde de Ureña, a quien está dedicada su principal apología. (...)

    https://spainillustrated.blogspot.co...matamoros.html




    ****


    Esto escribe el profesor José Antonio Maravall de dicha obra:

    (…) Nos referiremos a la famosa apología en lengua latina del maestro Alfonso García Matamoros (m. 1572), profesor de humanidades en varias ciudades españolas y finalmente en Alcalá, De adserenda Hispanorum eruditione, magna exaltación del saber de los españoles, a la que Menéndez Pelayo llamó rindiéndose al gusto por la hinchazón oratoria de su época, “Himno triunfal del humanismo español”, tiene presente nombres de cuántos en cualquier tiempo escribieron en tierras españolas, desde los hispano-romanos hasta el siglo XVI y aunque habla de la gothica lues, que deja reducida poco menos que a la estricta fase de invasión de los bárbaros, en sus páginas, aparece la Edad Media con Alfonso El Sabio, San Raimundo de Peñafort, Pedro Hispano, San Vicente Ferrer, Pablo de Santa María, Alfonso el Tostado, etc.

    Matamoros, como español y como letrado, se siente heredero en línea directa, ininterrumpida, de toda la cultura española medieval. Latinista y encomiástico, no renuncia, sin embargo, a los que le han precedido y lejos de estimarlos bárbaros los tiene por muy suyos, en la doble acepción que cabe sobre ello -en cuanto que no los tiene por extraños y en cuanto que no los tiene por incultos. (…)

    (J. A. Maravall, “Naturaleza e historia en el Renacimiento español”)

    ***********

    El tema guarda relación con este hilo enviado hace algún tiempo:

    Textos históricos de alabanzas a España



    Última edición por ALACRAN; Hace 3 semanas a las 20:39
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Apología triunfal de la cultura española: “Adserenda Hispanorum eruditione” (s. X

    PRO ADSERENDA HISPANORUM ERUDITIONE

    “Narración apologética en defensa de la cultura de los españoles”.

    Alfonso García Matamoros (m. 1572)

    Traducción del texto original en latín por G. del Toro (año 1943)

    1. Las hazañas de los hispanos, llevadas a cabo, tanto en la paz como en la guerra, quedaron plasmadas en muchos escritos de los nuestros y en no pocos de entre los griegos y latinos. Todos parecían escribir con el increíble deseo de propagar la fama de nuestra nación, para que no pasasen inadvertidos en obscuro silencio, hechos tan grandes que habían de dar a España nombre sempiterno, y a la posteridad un gran documento de valor. Con la narración de las memorables victorias, nobles triunfos y empresas -ni menores en número que las de los griegos, ni inferiores en magnitud que las de los romanos- consagraron la indómita fiereza, el ánimo invencible, el valor bélico de los españoles, dándolos al pregón inmortal de la fama.

    2. No hubiera resultado manca su obra, si de la misma manera que con sus escritos ilustraron los asuntos guerreros, también hubieran incorporado a la historia los testimonios del ingenio, artes y disciplinas por las que a nuestra nación podían redundar no menor alabanza, que gloria le proporcionaron sus guerras.

    3. Pero entre tanta abundancia de escritores, no hubo uno siquiera después de tantos siglos que se atreviese a hermanar con aquella dureza militar el culto de la ciencia, con la ferocidad la erudición, con los afanes de la guerra el reposo de la paz; pensando tal vez que hacían bastante por el nombre de España, si mostraban a sus hijos como fuertes e invictos, y no en el mismo grado humanos y doctos.

    4. Al calor de esta pereza y negligencia fue naciendo el prejuicio tan desfavorable a la gente más sobresaliente de todo el orbe, y la inveterada opinión de la barbarie de los españoles -que los relegaba entre los crueles y fieros escitas- arraigada en el ánimo de los extranjeros, cada día más, tomó carta de naturaleza entre ellos, hasta el punto de que ni el repetido paso de muchos siglos borró de sobre nosotros está feísima mancha.

    5. Aumentaba esta persuasión el que ya, desde los tiempos heroicos, ocupada en continuas guerras, España -hacia la cual, por diversas vicisitudes de la fortuna y con los más variados propósitos, casi todas las naciones del orbe se habían desplazado-, no pudo ni cultivar las letras, ni aspirar a la consecución de una vida espiritual brillante. Fue en otro tiempo España, campo de encarnizadas guerras y público teatro de contiendas originadas, no por la discusión acerca de Elena -durante tanto tiempo y con tan infatigable ardor reclamada por griegos y troyanos-, sino acerca de la posesión del bellísimo país ocupado sucesivamente por los íberos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, vándalos, alanos y godos, quienes con sumo empeño cayeron sobre ella, parte atraídos por la esperanza de su dominio por medio de las guerras, parte cautivados por la fertilidad y belleza del suelo, que, interpretando erróneamente las fábulas homéricas, suponían ser las venturosas regiones de los Campos Elíseos.

    6. Muchos, imposibilitados para negar la evidencia de nuestras glorias bélicas, ponían en duda, bajo las apariencias de alabanza, nuestra cultura y tomaron pie de aquí para sacarnos el pecado de barbarie, diciendo que si España no hubiera tenido guerras, sus hijos, por su presencia de ánimo, sagacidad natural y despierto, ingenio, podrían, indudablemente compararse con los autores griegos y latinos. Por donde concediéndonos nativa facilidad para asimilarnos las ciencias, movidos por el odio y la envidia, nos privan de la posibilidad de su consecución para no aparecer inferiores a nosotros en el talento, prudencia y demás adornos del alma, ya que lo son en las virtudes del cuerpo.

    7. De ser verdad todas estas ligerezas e impertinencias que tan presuntuosa y falsamente nos echan en cara, los españoles seríamos ciertamente los más desgraciados de todos los mortales, porque no se rebajan más allá del plano en que el hombre debe considerarse como tal.

    ***
    Conceden a los Egipcios sus Profetas; los Caldeos a los Asirios; los Magos a los Persas; los Gymnosofistas a los Indios; los Druidas a los Galos; los Samaneos a los Bactrianos; los Esenos, Cabaleos y Talmúdicos, a los Hebreos; Anacarsis a los Escitas; Zalmoxis a los Tracios; y, en cambio, fuera de la variedad de sus metales, la fertilidad de su suelo, sus caballos tan ligeros como el viento y sus ovejas apacentadas en las doradas riberas del Betis, no atribuyen ninguna facultad artística ni científica a los españoles, de entre los que ellos afirman no sale ningún hombre docto, teniendo la base de su felicidad, más en la riqueza de la tierra que en los bienes del espíritu.

    8. Mientras rumiaba estos pensamientos y, mirando hacia atrás, mediaba en el Estado y suerte de nuestra nación, me vino a las mientes contra los vituperadores de la cultura hispana, esta especie de reivindicación suya, tal cual ni la rechazan los italianos, ni la desprecian los germanos, ni dejen de recibirla los franceses, todos los cuales a porfía intentaron arrebatarnos pérfidamente nuestro principal y más preciado blasón -basado, según mi criterio, en la inmarcesible gloria de las letras- tal vez ignorantes del pasado, o (lo que es más creíble) envidiosos de los méritos ajenos. ¡Qué gran crimen de envidia fue este de querer que los demás mortales gozasen de los verdaderos bienes del alma y de la felicidad de la cultura y que sólo los españoles fueran desposeídos malignamente de este derecho de gentes y privados de esta antigua herencia de sus antepasados!

    ***

    9. Hay que establecer, por tanto, alguna división en las épocas de España, supuesto que desde el comienzo de los primeros tiempos con nuestros más remotos ascendientes, su continuación con nuestros abuelos y su repetición en los que los siguieron en el largo transcurso de las edades, entre tantas mudanzas y vaivenes del imperio, en ninguno de ellos el árbol de su erudición dejó de dar fruto.

    Distribuiremos, pues un asunto tan extenso en estos tiempos o fases: cuándo nacieron las letras en España; cuándo crecieron, y cuándo llegaron a florecer en la misma cumbre del ingenio humano. Y así, no con la pesada aridez de un estudio triste y serio, sino con la desenvoltura y alegría de las fiestas populares, irán desfilando ante nuestros ojos todos aquellos astros que dieron alguna luz en el cielo de nuestras letras.

    ***
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Apología triunfal de la cultura española: “Adserenda Hispanorum eruditione” (s. X

    2

    10. Cunde la fama -confirmada por el unánime consentimiento y testimonio de todos los antiguos autores, y no por un vago e incierto rumor- de que Túbal, quinto nieto de Noé, por la línea de Jafet, fue el primero que vino a España, cuyo imperio -antes que nada organizado sobre leyes santísimas y después propagado por la religión, las ciencias y las demás artes- llegó a extenderse principalmente hacia aquella parte que trescientos años después, o algo más, tomó su nombre del rey Beto. Al llegar, después de una larga y penosa navegación, al litoral de la Bética y encontrarse con una tierra rica por su suelo, feliz por su cielo y cercana al mar, en cuyas orillas, a todo lo largo, se estableció con su familia, fue el primer cuidado de este excelente varón el infiltrar en aquellas nuevas colonias, deformadas por la rudeza e incultura de tiempos primitivos, las primeras nociones de la civilización, para perfeccionarlas más tarde en el ejercicio de las artes y de las ciencias.

    11. El siempre despierto ingenio de los béticos, pronta y profundamente asimiló estos rudimentos de cultura; creció con el tiempo su imperio; con el imperio florecieron las letras, y éstas consigo trajeron su gran cortejo de ventajas y bienes, circunstancia que, advertida por nuestros mayores, dio pie para que comenzaran a colmar de honores a los estudiosos y se hicieron nuevas aportaciones al cultivo de las humanidades. Y en modo tan porfiado todos se consagraron a la poesía, filosofía y demás nobles y preclaras disciplinas, que Maya, la hija del Rey Atlante, era honrada por todas las mujeres como una divinidad a causa de su sobresaliente talento artístico. No se puede tachar de fábula lo que yo más de una vez recuerdo haber leído en graves autores. Refierennos que cada año se le dedicaban honoríficas solemnidades para festejar el gran portento de su sabiduría; ceremonias que todavía admiramos subsistentes en nuestras costumbres, pues vemos que se reviste de múltiples y maravillosas modalidades, este antiguo culto de España hacia una joven de bellas formas, a la que los nuestros denominan Maya.

    Fieles a la tradición familiar, sientan a la joven, personificación de la antigua amazona, en un trono un poco más elevado que el de las otras vírgenes, igualmente hermosas, y éstas, durante treinta días del mes de mayo, como a su reina, gustosamente la obedecen.

    12. Por esta época, cuando Palamedes no había introducido aún las letras en Grecia, florecían filósofos y poetas en la Bética, donde, después de que el célebre emporio de cultura de los fenicios -según Jenofonte, el primero fundado en el mundo-, hubo una insigne Academia, en la que, conforme nos lo refiere Estrabón, dio sus enseñanzas Asclepíades Myrleano.
    13. Tras larguísimos intervalos de tiempo, llegamos hasta los primeros Escipiones, portadores, con el ejército romano, de la lengua latina a España. Durante doscientos años, hasta César Augusto, en tal forma prosperó este idioma, y, una vez expulsados los cartagineses, tanto se difundió por la Bética, que los mismos turdetanos, que tenían no pocas tierras junto al Betis -olvidados de su propia lengua-, casi se transformaron en romanos, y la mayoría, latinizados, adquirieron carta de ciudadanía; y poco faltó en tiempos de Augusto (como Estrabón lo testimonia) para que todos se creyesen romanos.

    14. Sabemos que Quinto Metelo oyó muchas veces con suma complacencia los versos de los poetas cordobeses, que en gran número y calidad allí sobresalieron, pocos años antes de Augusto. Sin embargo, a Cicerón le suenan a algo tosco y extraño, a causa de la rudeza y escaso afinamiento de aquella edad.

    15. En efecto; no sólo antes que Livio Andrónico (quien, cerca de cuatrocientos diez años después de la fundación de Roma, fue el primero que dio a los romanos un poema -un año antes de nacer Ennio, anterior a Plauto y a Nevio-), sino aún antes que el mismo Homero, y con prioridad de ocho centurias a Hesíodo, existieron en España esclarecidos y divinos poetas, cuyas memorables y antiguas composiciones asegura Estrabón que llegaron hasta los tiempos de Augusto. Prueba de ello es que los túrdulos, la gente más instruida de entre los españoles, tenían leyes de seis mil años de antigüedad, cómputo que arroja dos mil años, que son precisamente el tiempo que media entre Túbal, nuestro fundador, y Augusto; con tal que (conforme a las instrucciones que Jenofonte nos da en los Equívocos) hagamos bien la cuenta por años de cuatro meses, según la costumbre ibérica.

    16. A Augusto siguió una época abundante en nombres famosos, pero fatal para el Imperio, y más desdichada y amarga aun para la lengua romana. Pues, muerto Cicerón, las letras latinas sufrieron un gran quebranto, y la libertad del Imperio sucumbió con los últimos resplandores de aquella luz de la elocuencia que iluminaba el Foro y el Senado con sus discursos. La suprema potestad de la República en manos de un solo individuo, fue la llave que cerró los labios de todos los oradores, el último golpe dado a la elocuencia y la rúbrica de muerte para los aficionados a las humanidades. Y si España no hubiera cogido a tiempo de las manos trémulas por el dolor y la indignación del agonizante Lacio, la gloriosa bandera de su cultura, hoy día no quedaría rastro alguno de la primitiva grandeza y resplandor de la lengua romana. España, con la incorporación de sus hijos de la Bética a las ya quebrantadas y débiles fuerzas del Imperio, que, cada vez más corría hacia la ruina, le infundió nuevas energías y ella sola reintegró a su lugar las letras tránsfugas, no solo de Roma, sino de toda Italia.

    17. Córdoba, Colonia Patricia y madre fecundísima de ingenios, fue quien primero envió a Roma los hombres que necesitaban el actual ocaso de las letras, la amarga ruina de la elocuencia y la mísera suerte de los oradores. A Roma fue enviado, después que Gneo Domitio Ahenobardo tomó a Córdoba, Anneo Séneca, con los hermanos Galión y Mela y con su sobrino Lucano. ¡Eran los vencidos, que marchaban a mandar a los vencedores!

    18. Fue noble la prosapia de los Anneos; y como en árbol de muchas ramas, sus vástagos dieron espontáneos frutos de iluminada doctrina.

    Los españoles Julio Hygino, liberto de Augusto y prefecto de su biblioteca, y Sextilio Hena, compatriota de Lucano y poeta, de quien decía Séneca que tenía más ingenio que erudición, pertenecen a esta época.

    Corren parejas el otro Séneca -el Trágico- y Porcio Latron, el ínclito declamador, a quien más tarde Séneca llama su compañero.

    Con estos hombres divinos empieza, a mi entender, el siglo segundo, portavoz de las alabanzas de los españoles, que llega hasta el imperial trono de los Antoninos.


    (continúa)
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Apología triunfal de la cultura española: “Adserenda Hispanorum eruditione” (s. X

    3

    19. No sin razón, abrimos la marcha de los varones ilustres con el nombre de Séneca. Por la agudeza de su ingenio, por su múltiple ciencia, por la abundancia de sus escritos y además por su dignidad y riquezas -que le acarrearon muchas envidias criminales y lo hacían aun sospechoso de aspiraciones al reino-, jamás puse en duda la ventaja que a sus iguales llevaba este hombre, de memoria tan feliz que salía de lo corriente y llegaba a lo increíble y milagroso. Al momento, y sin vacilación alguna, en el mismo orden que se los dijesen, recitaba dos mil nombres; y él mismo nos asegura que repitió desde el último hasta el primero (y eran más de doscientos) todos los versos que al preceptor Márulo llevaron sus compañeros de Academia.

    Uno de los testimonios más fehacientes de la casi eterna y divina memoria de Lucio Séneca, nos lo suministra el hecho de que, en la avanzada edad de más de ciento veinte años, sin alterar el orden de las controversias, recopiló todas las sentencias de los oradores de su tiempo, las que, a pesar de ser tan numerosas, él perfectamente recordaba y como perpetuo monumento de tan grandes dotes legóselas a sus hijos Novato y Mela, y a todos los estudiosos del mundo.

    Entre tantas y tan excelsas cualidades de este varón, una sola cosa echaba de menos el agudo crítico Quintiliano: que hablaba más por cuenta de los otros que por la suya propia.

    20. Por el camino de la oratoria quiso hacer carrera Julio Galion, al igual que su nieto Lucano por el de la poesía; pero una prematura muerte nos lo arrebató, y no hay duda de que, si hubiera vivido más, la belleza que campea por toda su Farsalia, hubiera movido a envidia a los gloriosos manes del mismo Virgilio. Ocultando en vano el despecho que en su ánimo despertaba la sublimidad de sus versos, quiso Claudio Nerón atajar la fama del poeta, que se dilataba por todas partes, y le prohibió mostrarse en público. Llevó tan a mal el poeta esta determinación, que, solamente por ello, no vaciló en conspirar con otros principales varones en el asesinato del emperador.

    Séneca no cesa jamás en su admiración hacia Porcio Latron, ni interrumpe su éxtasis junto a la dorada corriente del río de su elocuencia.

    Creo que si a favor de su larga vida hubiera llegado a oírlo recitar versos en alguna parte -al menos en aquel atrio en donde él mismo Séneca nos cuenta que acostumbraban declamar con él, los dos pretextados-, no hubiera tenido en más aprecio la divina voz de Cicerón.

    21. La rica fluidez tan característica de Latron, que a la sombra de las escuelas, en inútiles escaramuzas y con una falsa visión de las cosas, se empleaba tan sólo en la educación de los jóvenes, carecía de la amplitud de horizontes lograda con los ejercicios en público; y tanto se encerró entre cuatro paredes para sus enseñanzas privadas, que cuando tuvo necesidad de defender la causa de su pariente Rústico Porcio reo en España, fue tanta su turbación y desconcierto, que empezó el discurso por un solecismo y no pudo llegar a las pruebas, hasta que los jueces accedieron a su petición del traslado de los escaños y del tribunal a un lugar cerrado. Las prácticas escolásticas crían demasiado delicadamente los ingenios para que puedan soportar el ruido, el silencio, la risa o un nuevo ambiente.

    22. Por la edad y casi por igual aureola de oradores, estaban unidos con éste Víctor Estatorio, paisano de Anneo Séneca; Cornelio Hispano y el calagurritano Quintiliano, el viejo -venturoso padre del otro que escribió las Instituciones Oratorias-, y cuya fama, si hemos de creer a Lucio Séneca, no duró más que su vida. De aquí proviene el justo odio sentido por el hijo del célebre orador, contra Séneca y que -pese a su empeño en disimularlo- no lo pudo ocultar en el juicio que después dio sobre los oradores. Aunque se traten con familiaridad y se establezcan entre ellos lazos de unión a tiempo en que el emperador Galba, de regreso de la Península a Roma, allí consigo llevó a Quintiliano desde Calahorra, noble ciudad de España -como no existe concordancia ni con la época de Séneca, ni con el recuerdo del uno y del otro-, no creo ni equivocado ni temerario el convencimiento de que el Afranio borrado por Séneca del número de los oradores es el Quintiliano de referencia, quien con Lucano y con otros próceres, conjuró en la muerte de Nerón.

    23. Pícame la oreja al llegar aquí y acude a mi memoria el agradable recuerdo de Pomponio Mela y Junio Moderato Columela, quienes durante el principado de Cayo César, sin desmerecer de los mencionados ha poco, escribieron en un estilo más culto y elegante que los demás. Uno, De re rústica, nada rústicamente; otro, intentando, como él dice, describir la Situación del Mundo, logró con la singular propiedad de su lenguaje, salvar las dificultades de una empresa tan embarazosa y tan escasa de recursos de expresión. Ambos fueron de la Bética; si bien la antigua colonia de los fenicios, la nobilísima Gades, crio para Roma al primero; mientras que el segundo nació fluyendo mieles de dulzura en el pueblo de Medina, actualmente de la jurisdicción de los Duques de Medina Sidonia.

    24. Sin apasionamiento en la crítica. Yo antepondría la elegancia y gracia de Columela en un asunto tan poco delicado y exquisito, no ya a la sencillez de Paladio, sino a los primitivos oráculos de Catón, a la majestad Pliniana y aun a las musas de Varrón.

    Me figuro desfilando por la mente del doctísimo Columela a los reyes y encumbrados emperadores que en otro tiempo sometieron la tierra al imperio sus arados, adornados de laurel; a los triunfadores y al mismo Senado romano, dueño del orbe, dispersos por los campos, donde los que fueron a ofrecerle los poderes encontraron sembrando a Serano: desde donde Quincio Cincinnato, que araba sus cuatro yugadas de tierra en el Vaticano, con la cabeza descubierta y el rostro todavía lleno de polvo, fue conducido directamente hasta la dictadura por un caminante… Y cautivada su imaginación por este cuadro, que los mismos reyes afanosamente hicieron realidad, nos da su interpretación justa y precisa en su elegante y espléndida obra.

    25. Muy a propósito y oportuna me parece la colocación de Pomponio Mela al lado de los más doctos geógrafos, hasta el punto de que su erudición no tiene nada que envidiar a la de Estrabón Cretense: su exactitud, a la de Plinio; su arte, a la de Tolomeo.

    A éste es al único a quien, puesto a exagerar sus alabanzas, no tengo inconveniente en concedérselo todo. Mas, si quiero contenerme dentro de los límites de la verdadera ponderación, recomiendo sobre todos los otros, su brevedad y elegancia.

    26. Poco después, en tiempo de Domiciano, abrió su casa como escuela para enseñar a toda la juventud de Italia -tal como lo hizo durante veinte años con singular aprobación- el grande orador, perfecto maestro y notable tribuno Fabio Quintiliano.

    El emperador Galba (como afirma San Jerónimo) lo trajo a Roma, con su padre, desde la antigua Calahorra, en la que, evacuada de tropas, quiso Julio César, poner a seguro su vida y afianzar el poder del Imperio, en un leal e inexpugnable refugio. Esta pequeña y pobre ciudad española (cuyo nombre no puedo pasar en silencio) fue la madre de los hombres que entonces sirvieron de sostén al Imperio romano y de salvación a la lengua latina.

    Por lo demás, no recuerdo que nadie tuviese el gran ingenio y memoria de Quintiliano. La prueba es que cuando declamaba, y por la llegada imprevista de algún noble personaje, se veía obligado (como es de rúbrica) a repetir las cosas desde el principio, lo hacía sin la menor alteración de voz, ni inmutación de rostro. Esta facultad, extemporánea por otra parte, por la fuerza y movilidad del entendimiento cuando están en su plenitud, le sirvió de mucho, ya en edad más provecta.

    Tuvo a su cargo algunas causas notables con otros oradores, a quienes se les imponía la obligación de hablar primero; del mismo modo que Hortensio, cuando compartía las causas con Cicerón, solía dejarle los epílogos para que allí tuviera más lucimiento su arrebatada elocuencia.

    27. Todavía no era demasiado viejo Quintiliano, cuando se labraron una reputación Silio Itálico -que de su tierra natal tomó el nombre y de su patria adoptiva el apellido- y el Bilbilitano Valerio Marcial, incluidos entre los divinos poetas por su nativa disposición, por el cultivo de sus dotes naturales y por la casi celestial inspiración que en ellos alentaba. A invitación de Virgilio, a cuyos manes todos los años ofrendaba sacrificios, Silio Itálico describió las guerras Púnicas. Marcial, en cambio, derramaba sal y gracia por todos sus amenos y elegantes escritos, en tal grado, que Elio Severo hizo cuidado suyo el bienestar del poeta favorito y lo designaba con el elogioso nombre de su Virgilio.

    Nadie, entre tantos, mereció como él la prodigalidad de las Musas. La finura, cortesanía y gracia que, a manos llenas, sobre él se derramaron, le dieron el cetro de los epigramáticos.

    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Apología triunfal de la cultura española: “Adserenda Hispanorum eruditione” (s. X

    4

    (...) 28. Sin embargo, el entendimiento humano no puede avanzar más allá de los límites impuestos por la naturaleza, y por esto no pudo lograr una de sus principales ilusiones: brillar en el foro.

    Y es que por ley natural existe esta predeterminación y aptitud para las cosas en cada hombre; y sus cualidades están circunscritas por ciertos límites de expresión, para que así, por suerte suya, sin apresuramientos y por sus pasos contados, desde la juventud renueven sus anhelos de superación y conciban cada día mayores esperanzas. A Virgilio le faltó para la prosa la fácil disposición que tenía para los versos; a Cicerón le falló su elocuencia en las composiciones poéticas; las oraciones de Salustio han pasado al mundo de los recuerdos, y el escrito del elocuentísimo Platón en defensa de Sócrates no está a la altura ni del patrón ni del patrocinado.

    29. Compartieron igual suerte y fueron camaradas en las tareas literarias de aquella época los poetas (o como los llama Platón, nuncios e intérpretes de los dioses) Deciano, Liciano y el gaditano Canio Rufo. La comunidad de patria granjeo a Liciano la voluntad de Marcial, y trabóse entre ellos amistad estrechísima. Liciano provenía de Mérida, de la más antigua familia de los Túrdulos, cuyos dominios se extendían más allá del río Ana (hoy Guadiana).

    30. Con gran satisfacción por mi parte, el asunto distribuido por tiempos y por imperios, nos conduce hasta Elio Adriano, de estirpe itálica, y primo de Trajano, de quien, al escribir, no pudo por menos de experimentar cierta especie de estupor.

    Múltiple, polifacético, agudo y eficiente, era el talento de Adriano y (como ya antes de Cicerón había dicho Séneca) proporcionado a la grandeza del Imperio romano; a pesar de que su pariente Trajano, que subió al trono por la adopción de Nerva, jamás sintiese afición a las Musas y a las letras. Pero como decir se suele, los dioses derramaron sobre Adriano toda clase de bienes. Si buscamos un ejemplo de su arte oratoria, tal como Platón la exige a los príncipes, lo tenemos en las oraciones elegantes y floridas que pronunció frecuentemente ante el Senado, según refiere Gelio, en favor de sus munícipes italicenses. Sí queremos muestra de sus poesías, nos la ofrecen muy inspirada y fluida los finos y graciosos versos con que, según cuenta Elio Espartiano, se mofaba de Floro. Su pericia en todas las letras no entorpecía la facilidad para las matemáticas. Escultor, arquitecto y músico, era, en una palabra, oficina de todas las artes.

    31. Al palacio de este príncipe, como a un liceo, academia o a uno de los antiguos gimnasios, acudían para disputar de elevados asuntos, no sólo capitanes, sino también multitud de filósofos. Pues en aquellos antiguos y famosos siglos, en virtud de la costumbre nunca suficientemente alabada y que hoy quisiéramos con sumo afán ver restablecida entre nuestros príncipes, se sentaban a la mesa real los individuos más sobresalientes en la milicia, cultura, política y linaje; y todos ellos, como invitados a un banquete de los dioses, en presencia del rey trataban respetuosamente de todo aquello que por experiencia propia conocían en materia militar y literaria.

    32. Pero la soberbia, desconocedora de toda clase de sentimiento de humanidad, ahíta de sangre, primero con la invasión de los godos, y luego con la devastación de los bárbaros, más deseosa de ser temida que amada por los suyos, ni dio lugar en sus mesas a los fuertes guerreros, ni acomodó sus necios oídos a las sugerencias de los sabios.

    33. Recogiendo de nuevo el hilo de la narración, volvamos a los dos Antoninos que sucesivamente, en épocas distintas, heredaron el imperio de Adriano. La muerte de éstos asestó rudo golpe a las buenas letras y al Imperio romano; bien fuese o porque los príncipes que les sucedieron carecían de aquella viril entereza de los descendientes de Rómulo y del valor de los italos, que desde aquel tiempo puede decirse que se extinguió; o bien porque el honor, la gloria y majestad del nombre romano era ya impotente para propagarse -que fue lo más triste- y para detener su ruina, aun apoyada en los puntales, por un lado, del español Teodosio, y por otro, de Constantino el Grande, toda vez que el poderío del imperio se desplazó hacia Bizancio, adonde (como el buen poeta canta) con la tutela del orbe el fiero Júpiter trasladó todas las cosas.

    34. De aquí, de entre las ruinas de Roma, desmoralización de la república y derrumbamiento del Imperio, parece que empezó a despuntar un nuevo siglo más refulgente en religión y piedad, pero más obscuro en elocuencia y doctrina. Pues trescientos años más tarde, hasta la invasión de los godos, que, como rayo devastador de Júpiter, atravesaron casi toda la Europa, sólo hubo alguno que otro que silenciosamente, entre el fragor de las armas, cultivase las Musas encerradas, no ya en los amplios pórticos de las públicas Academias, sino en los sucios figones y profundas cavernas.

    35. De esta clase de hombres, aunque en distintas épocas, fueron Gregorio el Bético, varón tan santo como erudito, cuyos afanes y días acabaron en Granada, de donde era Obispo; Paciano, nacido en tiempos de Teodosio, en los montes del Pirineo, perseguidor acérrimo de los impíos Novacianos, y glorioso obispo de la Iglesia Barcinonense, y los béticos Matroniano y Tiberiano, poetas y oradores nada despreciables.

    36. Trono de la diosa persuasión eran los labios de Idacio, de cuya elocuencia al poderoso y avasallador ímpetu no podía hacer frente el malvado hereje Prisciliano. Fue Idacio obispo de Lugo -ahora capital de Galicia-, de la jurisdicción de la ilustre familia de los Castros y no muy distante de Braganza, ciudad de la Lusitania, en donde (según por tradición supe) poco tiempo después en un concilio de cincuenta Obispos venidos de toda España, al primer encuentro de la controversia, fueron derrotados y puestos en evidencia y descrédito los Priscilianistas.

    37. Aprigio y Justiniano, por elección popular designados para regir las iglesias de Badajoz y Valencia, respectivamente, las gobernaron con doctos documentos literarios.

    38. Voló en tiempos de Diocleciano y Valentiniano, tanto por España como por todas las tierras del Imperio, llevado en alas de la fama, el nombre de los poetas Rufo Festo y Aquilio Severo.

    39. Anteriores a éstos fueron Osio de Córdoba y aquel satélite jeronimiano, Dámaso, de Madrid (si hemos de dar crédito -aparte escrúpulos- a Lucio Sículo que lo llama Carpetano), y juntamente con éstos su igual Orosio, compañero de Eutropio y discípulo de San Agustín, por quien fue enviado a Palestina a recibir las enseñanzas de San Jerónimo.

    40. Paso por alto al noble Juvenco y al cesaraugustano Aurelio Prudencio, a los que San Jerónimo concede un puesto entre los principales poetas. Omito también al cesaraugustano Máximo y al obispo valentino Eutropio, que sobrepasan toda alabanza.

    41. Más, como toda Edad lleva sus taras, en este tiempo se dio el triste y lastimoso caso -escollo en el que todos tropezaron- de que los hombres de talento corrían, más que hacia el abrazo de la verdadera elocuencia, al de una imaginaria sombra de ella, deformada por las circunstancias, pero no tanto que no hubiese esperanzas de reanimar su naturaleza primera.

    42. Si no llenan las condiciones requeridas en elocuencia de buena ley, no figurarán en mi catálogo de los escritores latinos, algunos que bajo el reinado de Teodosio se dedicaron a la literatura, alcanzando hasta los tiempos de San Jerónimo y San Agustín. Pero no quiero dar un paso más, sin hacer constar antes mi perplejidad sobre la preferencia en los motivos de las alabanzas de Orosio, decidiéndome por el candor de sus primitivas costumbres, la sinceridad de su vida, la integridad de su alma, la robustez de su fe y el incendio de su amor, o la sencilla y fluida abundancia que corre por toda su Historia.

    43. En realidad, nada puedo juzgar de los versos de Dámaso o de sus Anales de los Pontífices; porque no los he visto.

    44. En cambio (hablando con toda la libertad posible en esta materia, Prudencio y Juvenco me parecen mejores versificadores que poetas.

    45. El cordobés Osio –que asistió en Nicea de la Bitynia, en donde por entonces se celebraban unos grandes Concilios en favor de la libertad y de la religión cristiana- manchó, con la sucia nota de su fuga al campo de los arrianos, en el Concilio de Sirmio (de la Panonia), las profundas sentencias que en el Niceno, lo mismo que en el de Sardes, había pronunciado.

    En esta deserción -más bien condescendencia con la miseria y carácter descontentadizo de aquella época- no tuvo. parte alguna su voluntad? Consumido por los muchos años y muy quebrantado de salud, no pudo el desdichado viejo soportar los castigos y crueles tormentos a que los arrianos lo sometieron. Pero una vez rehecho y depuesto el miedo miserable de la muerte, corrió, arrepentido de su fingida defección, a unirse en la prisión con el Romano Pontífice Liberio, aceptando con él y con todos, incluso el destierro, tenido como una de las principales penalidades. Y ni con amenazas ni con sufrimientos consiguieron los arrianos que subscribiese con desdoro de la verdad cristiana, los sacrílegos decretos del Concilio Mediolanense. Con nadie ha sido la posteridad más olvidadiza e ingrata que con la memoria de este varón.
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    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    46. Durante el florecimiento de estos escritores murió Teodosio. La indolencia y desidia de su hijo y sucesor, Honorio (por no decir nada de su hermano Arcadio), acarreó el desmoronamiento del Imperio Romano.

    47. La peste gótica se desbordó de repente, y, al amparo de una perniciosa impunidad, extendida por Italia y las Españas, derribó, con bárbaro furor a la misma capital del mundo en el año 1164 de su fundación.

    48. El reinado de Isáurico dio nuevo pábulo al contagio de aquella cruelísima guerra; y tanto avivó su fuego, que las crepitantes llamas (para hablar como Virgilio), además de la gran parte de la ciudad que ya habían consumido, en un solo día, fatal y calamitoso para las letras, redujeron a cenizas ciento veinte mil libros; entre ellos pereció -y lo digo llorando- un poema del divino Homero, escrito con doradas letras en la piel de un dragón de ciento veinte pies.

    ¡Qué beneficioso hubiera sido el fuego para algunos libros, si es que hubiese tenido lugar en nuestros tiempos o en los de nuestros abuelos!

    49. No fue difícil para los godos expulsados de Italia, vencer la poca o ninguna resistencia de España, donde pronto comenzaron a resonar sus armas. Imposibilitados los españoles, por su innata soberbia, espíritu engreído y el hastío del Imperio romano, para someterse a un orden, seguir a un jefe, hacer leva de gentes y acudir a un llamamiento, resultábales vergonzoso obedecer los mandatos de los otros; y así, mientras rehúyen someterse a sus caudillos, caen en la servidumbre de los extraños.

    50. Secuela de circunstancias tan desfavorables y de la violencia de los inquietos godos, la inmensa noche de la barbarie obscureció el firmamento de las letras con manto tan impenetrable, que hasta la aparición en la Bética del salvador agüero de los hermanos Castores, no hubo estrella alguna que rompiese la negrura de la herejía arriana, que entre los godos había tomado carta de naturaleza. Fueron éstos los tres hermanos, luz y ornamento de nuestra república, Leandro, Fulgencio e Isidoro, esclarecidos por su nobleza, insignes por su erudición y venerables por su santidad; quienes, conocedores a fondo de la literatura griega y latina, y no ignorantes de la hebrea, fueron los maestros de la religión cristiana entre los godos inficionados por el sacrílego crimen del emperador Valente.

    51. Estaban entonces en todo su vigor las letras hebreas, introducidas en España por los judíos, que muchos siglos antes, sajo Tiberio César, por mandato del Senado, y pocos años después, expulsados de Roma y de Italia por órdenes de Claudio, aquí se refugiaron.

    El lenguaje delicado y jovial, afinado en el cultivo de la literatura griega y latina, que se practicaba en la región hispalense por aquel entonces, conducía, como de la mano, a nuestros hombres en el camino de la civilización y de la cultura.

    52. Nuestro Isidoro enseñaba aquí: precisamente donde después estudió el malvado Gilberto Galo, el que por artes del demonio y con pactos inconfesables, llegó al supremo poder en la Iglesia Romana con el nombre de Silvestre II.

    53. Armados estos tres caballeros de la Bética con el conocimiento de las tres lenguas, arremetieron contra el inoportuno y nunca oído monstruo infiltrado en las entrañas y costumbres de los godos; y parte por medio de los sínodos y concilios eclesiásticos celebrados en Toledo y Sevilla, parte por la docta y elocuente fuerza persuasiva de las exhortaciones, avisos y súplicas, lograron atraer al verdadero culto de Dios a aquellas fieras salvajes con forma de hombres.

    54. Asistieron los reyes godos a los concilios de Toledo y de Sevilla. Fue la principal gloria y resultado de éstos el haber transformado en mansedumbre y clemencia la fiera temeridad y el espíritu irascible y dominador de aquellos hombres bárbaros e insumisos a todo derecho, leyes y religión, que resolvían las cuestiones guiados sólo por los cánones de la violencia y la tiranía.

    55. El proceso gradual de la conversión de Recaredo -que escucha a Leandro disertando acerca de la fe y la religión, primero con sorpresa a causa de la poca costumbre, con creciente atención luego, y, por último, vencido por la fuerza del discurso, con afanoso interés- confirma la razón de estas mutaciones.

    56. Gozaba Leandro de tanta autoridad y tan justificada opinión de erudito, que aquel gran caballero Gregorio, primer Papa de la Iglesia Romana con este nombre, tuvo a gran honra dedicarle los Comentarios que compuso sobre Job.

    57. Una de las principales victorias conseguidas por la elocuencia de Isidoro tuvo lugar cuando el concilio reunido en la capital hispalense quebrantó las fuerzas de los acéfalos, engreídos con la protección del rey Sisebuto, el que expulso de su reino a los judíos.

    58. El godo Chintila admiró la doctrina de Eugenio; y Wamba y Ervigio quedaron estupefactos al oír la defensa de la virginidad y pureza de la Madre del Salvador, contra Elvidio, hecha por el Obispo Alfonso (*).

    59. La serie de obispos godos concedida al pueblo español, fue don providencial y beneficioso para que con él se consolidase o recobrase la libertad del nombre cristiano.

    Jamás en España se celebraron, ni pudieron celebrarse, ni celebrados, llevarse a más perfección, tantos concilios, si no hubiera sido merced a los profundos conocimientos de los españoles en las Sagradas Escrituras y en la lengua que Cristo consagró en la Cruz y que. no hace muchos años, introdujo en las escuelas públicas, asignando crecidos salarios, el Sínodo de Viena.

    60. Y no faltaron prelados españoles, preceptores de poderosos reyes y verdaderos maestros de la nobleza goda, que vieron el fruto de sus prudentes y piadosas enseñanzas en el solemne juramento -con que éstos ante los altares se comprometían- de combatir siempre a los enemigos del nombre cristiano. Promesa fiel y valerosamente cumplida desde el santo rey Pelayo hasta la última guerra contra los sarracenos en Granada, en las almenas de cuyos alcázares vimos por fin flamear la espada teñida en sangre y la bandera victoriosa del rey Fernando, quien mientras vivió no cesó de guerrear contra los hijos de la vecina Mauritania.

    61. No olvidando este juramento, el cristianísimo César Carlos V empeñóse en la doble empresa de sofocar la rebelión de los germanos -gente numerosa y bárbara- embriagados con la impiedad de Lutero, y en la otra de acabar de descubrir más allá del océano, las tierras ya presentadas en tiempos de Alejandro.


    (*) Obispo Alfonso: San Ildefonso
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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