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Tema: «Las Brigadas Internacionales de Franco»

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    Avatar de Miquelet Chaira
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    «Las Brigadas Internacionales de Franco»

    Prepublicación / «Las Brigadas Internacionales de Franco» Los irlandeses al mando de Franco Ofrecemos un extracto de «Las Brigadas Internacionales de Franco», sobre el apoyo extranjero que recibió


    El padre Alex McCabe, rector de un colegio irlandés en Salamanca, había visitado en diversas ocasiones a la Brigada en España. McCabe creía que muchos voluntarios «eran idealistas que habían venido a luchar por España y por la religión. Algunos eran aventureros, que en los viejos tiempos se hubieran cortado el pelo y se hubieran alistado en el ejército británico para ver mundo. Representaban un cambio, no se quedaban en una esquina mirándose los zapatos». Los voluntarios provenían sobre todo del suroeste rural de Irlanda, de las ciudades y pueblos pequeños y conservadores. Su principal motivación era la religión, no la política.

    El voluntario Ivan O’Reilly expresó lo que muchos pensaban cuando afirmó que le gustaba la idea de «luchar por la fe de uno». Los irlandeses se horrorizaron con las atrocidades que se cometieron contra la Iglesia durante la República. El estímulo provino de los párrocos, el periódico «The Irish Independent» y panfletos como «Por Dios y por España», de Aodh de Blacam, un periodista afecto a De Valera. Se rumoreaba que algunos sacerdotes habían llegado a sugerir a jóvenes en el confesionario que se unieran a la Brigada Irlandesa para expiar sus pecados.

    El escritor John Quinn, que ha tratado las repercusiones que la guerra civil española ha tenido en Irlanda, cree que «muchos de los que se unieron a Eoin O’Duffy (…) eran católicos devotos, e hicieron lo que la Iglesia les dijo». Otros voluntarios tenían razones personales para ir a España. Sam McCaughey, que hizo de artificiero en la Brigada, el tercer hombre más grande de Europa se alistó para escapar de las consecuencias legales de un matrimonio bígamo. Otro voluntario se alistó pensando que el sol de España sería positivo para su tuberculosis; murió en un hospital nacional unos meses después, a causa de la enfermedad. El IRA prohibió a sus miembros que fueran a España, independientemente del bando al que apoyasen, pero la organización estaba comprometida a ojos de los partidarios de los nacionales, debido al coqueteo de sus líderes con el comunismo. (...)

    O’Duffy estaba ansioso por llevar a sus hombres hasta España lo antes posible, porque pensaba que la guerra se acabaría pronto, y pretendía sacar toda la ventaja política posible. Imaginaba a sus soldados irlandeses yendo orgullosos a España, arrasando con lo que quedara de resistencia republicana y volviendo al cabo de unos meses, para desfilar y salir en todos los periódicos. En la concepción simplista del general, eso bastaría para superar estratégicamente al Fianna Fáil y al Fine Gael y auparle al frente de la política irlandesa. En octubre, el NCP había tramitado la primera quinta de 700 reclutas, que debían zarpar para España el 16 de octubre, en un barco fletado por Mola. El viaje se canceló en el último minuto, y los voluntarios, que habían abandonado sus trabajos, sus casas y sus familias, se quedaron temblando de frío en el muelle. O’Duffy volvió impetuosamente a España para averiguar qué había sucedido. Fue hasta Salamanca con la intención de ver a Franco, pero la entrevista no cuajó.

    Reticencias franquistas
    Franco había sido designado caudillo supremo de las Fuerzas Armadas nacionales el 1 de octubre de 1936, gracias en parte a la importancia de su ejército. Mola fue arrinconado. Aunque la promesa de recibir voluntarios irlandeses había ayudado a consolidar el apoyo carlista, Franco era reacio a aceptar en ese momento una cantidad elevada de soldados extranjeros, y le dijo a O’Duffy que el barco no había zarpado porque no quería atraer la atención del Comité de No Intervención de Londres. (...)

    Franco no se dejaba convencer por los vínculos románticos entre España e Irlanda, pero sabía que los carlistas esperaban que los hombres de O’Duffy se unieran a ellos. Como dudaba sobre la fuerza política de los carlistas y no quería que hubiesen desavenencias en la coalición tan pronto en su mandato, tomó una decisión de compromiso. Los irlandeses irían entrando en España por sus propios medios y en pequeños grupos, lo que limitaría el número de voluntarios. No se alistarían en los requetés, sino en la Legión Extranjera, para asegurarse de no fortalecer a sus rivales políticos. En diciembre, el caudillo español prohibió que los extranjeros se alistaran tanto en la Falange como en los requetés. Cuando O’Duffy volvió de su viaje organizado, Franco le informó de la decisión de los nacionales. El irlandés se disgustó al enterarse de los nuevos planes, aunque estuvo de acuerdo en que no se debía provocar al Comité de No Intervención. Franco le prometió, sin mucho entusiasmo, que ordenaría el flete de un barco de transporte cuando la situación fuera más favorable. Juntos hicieron planes sobre los 5.000 irlandeses que se esperaba que se alistasen, aunque, en privado, Franco tenía pocas esperanzas de que llegasen. Se los dividiría en ocho banderas de la Legión Extranjera, y contarían con oficiales, médicos y sacerdotes irlandeses. O’Duffy sería nombrado inspector general.

    De camino al frente
    De vuelta en Irlanda y durante los dos meses siguientes, O’Duffy fue enviando a España hasta un total de 200 voluntarios, la mayoría oficiales, a través de Portugal. En noviembre, y después de mucha insistencia por parte de O’Duffy, los nacionales accedieron a regañadientes a enviar otro barco de transporte, pero esto tampoco se materializó. El general amenazó con volver a hacer una visita, pero los nacionales le dijeron que no serviría de nada. En lugar de eso, envió representantes a la Alemania nazi con el objetivo de fletar un buque, e informó a Franco de que sus hombres estaban en camino hacia España. (...)

    Franco creía que era peligroso que las cinco banderas de voluntarios irlandeses bajo el mando de O’Duffy decidiesen comportarse con igual independencia. El 19 de febrero de 1937, la Brigada Irlandesa partió hacia la línea del frente de Ciempozuelos, en el frente del Jarama, al sur de Madrid. La marcha los dejó exhaustos. El padre McCabe señaló sarcásticamente que los irlandeses parecían «blandos», y que los peores entre ellos eran «débiles y sin carácter, sin ningún valor». El trayecto fue trágico. Una unidad falangista fascista que se aproximaba confundió a la Brigada Irlandesa, que avanzaba a través de un valle poco profundo, con tropas enemigas. Después de más de una hora de tiroteo, los irlandeses perdieron a cuatro de los suyos, y los falangistas a trece soldados. Los falangistas tenían la culpa de lo sucedido, por lo que la unidad fue disuelta al cabo de un tiempo. Franco expresó su adhesión a O’Duffy debido al incidente, pero muchos nacionales se valieron de estereotipos sobre los irlandeses para explicar lo sucedido. Marcelo Gaya y Delrue, un oficial del ejército regular, oyó que «el whisky, que se usaba para estimular el coraje en caso de ataque se les subió a la cabeza, hasta el punto de desencadenar un desconcertante tiroteo sobre nuestras tropas». Los sorprendidos irlandeses marcharon hacia Ciempozuelos y se atrincheraron en las afueras de la ciudad. Allí comprobaron que todas las iglesias habían sido profanadas. El voluntario Leo McCloskey escribió posteriormente una carta dirigida a los suyos: «Deberíais haber visto las capillas, con los altares demolidos y quemados; los cráneos de las monjas desperdigados por el suelo. Es horrible. Os haría hervir la sangre». En el centro de Ciempozuelos había un hospital psiquiátrico, cuyos pacientes aún eran cuidados por monjas. Algunos de los irlandeses más ingenuos, como el voluntario Joseph Cunningham, pensaban que los pacientes se habían vuelto locos como resultado de la «literatura lasciva» que había circulado en España durante el régimen del Frente Popular.

    En el frente del Jarama
    Desde sus trincheras, los irlandeses contemplaban la pantanosa tierra de nadie. El general, que nunca había entrado en combate, sólo visitó a sus hombres en contadas ocasiones. A pesar de mostrar un considerable valor físico en la lucha contra los británicos, como una vez que entró sin perder la calma en una estación de policía a través de un agujero recién volado en la pared para aceptar la rendición de sus sorprendidos ocupantes, O’Duffy prefería limitarse a planear operaciones. Además, sus problemas con el alcohol requerían su asidua presencia en el bar del hotel. O’Duffy pasaba el tiempo asistiendo a recepciones organizadas por españoles agradecidos y concediendo entrevistas promocionales. Se rumoreaba que había preparado discursos victoriosos para el momento en que descendiera del barco, a su regreso a Irlanda. Thomas Gunning, un fascista comprometido que había seguido a O’Duffy desde los tiempos de las Camisas Azules hasta la Brigada, tenía un trabajo extra como corresponsal del periódico «The Irish Independent», en el que no dejó de publicar historias para que su jefe no dejara de estar en primer plano en Irlanda.

    La prueba para la Brigada como unidad de combate llegó el 13 de marzo de 1937. Debían jugar un papel en la batalla del Jarama, un intento de los nacionales de desplazarse hacia el este y hacerse con el control de la carretera de Valencia a la capital, cuyo propósito era aislar Madrid. El papel de la Brigada Irlandesa en la ofensiva se ceñía a tomar el pueblo de Titulcia. El ataque se llevó a cabo bajo una lluvia torrencial. Los hombres se debatían en la cenagosa tierra de nadie y arrastraban sus pertrechos por el barro, mientras el fuego de artillería enemigo caía sobre ellos. Un proyectil explotó muy cerca del voluntario inglés Noel Fitzpatrick, en el mismo momento en que se tiraba al suelo para ponerse a cubierto. La metralla destrozó su uniforme de legionario y, aunque quedó algo aturdido, resultó ileso. Desde unas vías que provenían de la base del acantilado apareció un tren blindado republicano disparando sus cañones. Los irlandeses se arrojaron al fango en el mismo momento en que los proyectiles pasaban por encima de sus cabezas. El tren tuvo que retroceder a toda máquina cuando un brigada hizo detonar una mina en los raíles, lo que hizo un boquete en las vías. El ataque irlandés hizo aguas bajo el copioso fuego enemigo y se atascó en mitad de la tierra de nadie. Al caer la noche, los irlandeses, empapados y llenos de barro, se arrastraron hacia sus líneas. El «The Irish Independent» describió posteriormente el ataque como un «trabajo heroico». De vuelta en las trincheras, el recuento reveló que la Brigada sólo había perdido dos hombres, y que nueve sufrían heridas. En los términos de la guerra civil española, esas bajas eran insignificantes. Los oficiales de enlace españoles se preguntaban con recelo si los irlandeses habían intentado llegar a Titulcia con todas sus fuerzas.

    Intento de motín
    Había otro ataque planeado para la mañana siguiente, pero los desmoralizados irlandeses se negaron a volver al valle, lo que casi llevó a un motín. El capitán Thomas Cahill, comandante de la compañía A, fue claro en su oposición a llevar a cabo más ataques, pues los describió como «fútiles». Creía que sólo había sido cuestión de suerte que hubiera habido tan pocas bajas, y afirmó que el siguiente ataque sería una masacre. Los oficiales de enlace españoles instaron a O’Duffy a obedecer sus órdenes, pero Cahill tenía el apoyo de la mayoría de la Brigada. Los voluntarios irlandeses se negaron a volver a combatir.
    O’Duffy no tuvo más remedio que humillarse y pedirle al oficial español de rango superior, el general Andrés Saliquet, que cancelara el ataque. Franco enfureció. Cahill fue enviado de vuelta a su país, y el 23 de abril de 1937 la Decimoquinta Bandera recibió la orden de desplazarse al pequeño pueblo de La Marañosa, para cumplir funciones estrictamente defensivas. Poco antes de que la Brigada dejara Ciempozuelos, los irlandeses se consolaron un poco cuando el voluntario británico Gilbert Nangle interrogó a un desertor republicano. Cuando Nangle se presentó en castellano como oficial de la Decimoquinta Bandera, el desertor no le creyó, y le contestó que era imposible que la Brigada Irlandesa hubiera podido sobrevivir al fuego de artillería republicano durante su ataque a Titulcia.

    Ese mes de marzo de 1937, la fe de Franco en sus tropas extranjeras se resquebrajó. No sólo los irlandeses habían fracasado en su intento de probar su valía, sino que la catástrofe militar al norte de Madrid de las nuevas divisiones de Mussolini había revelado al mundo entero hasta qué punto estaban incumpliendo los italianos el Tratado de No Intervención.

    Christopher OTHEN

    - Título: «Las Brigadas Internacionales de Franco».
    - Autor: Chistopher Othen.
    - Edita: Destino.
    - Sinopsis: La Legión Viriato portuguesa, fascistas rumanos, monárquicos franceses, poetas peruanos... y una brigada irlandesa al mando del general O’Duffy. Franco también tuvo sus propias «Brigadas Internacionales», además de los contingentes que enviaron Alemania e Italia para combatir al lado de los militares alzados. Franco dejó a estos extranjeros fuera de los libros de historia. Othen ha recuperado sus testimonios para ofrecer sus convicciones para participar en la guerra civil, al tiempo que muestra la otra cara, llena de contradicciones, del heroísmo romántico que les movía.



    http://www.larazon.es/noticias/noti_viv14751.htm

  2. #2
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    Re: «Las Brigadas Internacionales de Franco»

    En www.requetes.com hay buena documentación sobre la presencia rusa, francesa o irlandesa en el carlismo durante la Cruzada. Yo en el pueblo, empezando por mi abuelo, siempre escuchaba hablar de alemanes, italianos y moros. Pero hubo más. Sobre la presencia rumana también hay documentación, en la web de Codreanu en español.

  3. #3
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    Re: «Las Brigadas Internacionales de Franco»

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Si mal no recuerdo, o'Duffy se unió al bando nacional con la condición de que Franco no les mandase a luchar contra los nacionalistas vascos, porque el PNV era un partido autodenominado católico en aquel entonces y veía un paralelismo entre la causa irlandesa y el independentismo vasco (curiosamente el PNV condenó el alzamiento de Pascua de 1916, no hay más que ver el diseño del trapo llamado ikurriña para adivinar de qué lado estaban los jeltzales, que de Jaungoicoa eta Legizarra tenían más bien poco)
    Última edición por ReynoDeGranada; 24/09/2015 a las 14:38
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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