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Tema: Ramón de Campoamor (1817-1901): poesía prosaica y filosofía grotesca

  1. #1
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    Ramón de Campoamor (1817-1901): poesía prosaica y filosofía grotesca

    En primer lugar, una visión de la pobre poesía de Campoamor:


    RAMÓN DE CAMPOAMOR, INICIADOR DE UNA MANERA POÉTICA



    ...juntó su candor de niño
    con su experiencia de anciano...
    (Rubén Darío)

    ***
    ...poesía filosófica o pseudo-filosófica, que la mayor parte de las veces es lógica rimada... (Angel del Río)

    ***


    ¿Cabe, hoy, a estas alturas, intentar una objetiva estimación, desde el ángulo de nuestras actitudes estéticas, de este poeta Ramón de Campoamor, popularísimo en su tiempo, con adeptos todavía hoy, cuya figura venerable perpetuada en piedra, entre umbríos verdores, puede verse en el Retiro de Madrid?

    Un poco de calma; pese a que hemos sido, unos y otros, formados en un clima de anatema para con su obra poética, hijos de directrices en absoluto diversas; sustancialmente en las derivaciones de la brecha del Romanticismo, movimiento contra el que precisamente él se alzaba, acabándose el siglo XIX, el asturiano Ramón de Campoamor (1817-1901), del partido moderado, gobernador civil, diputado: son los tiempos de Romero Robledo. Su actitud antirromántica pudiera cifrarse en estas palabras suyas, declaración de principios contenida en su «Poética»: «...en lugar del arte por la emoción y la forma, el arte por la idea...». Un poco de calma.

    Recordemos que al hablar de poesía romántica, en los fines del siglo XIX, en España, es menester recordar dos posiciones; dos caminos: el que representan Zorrilla y Núñez de Arce (retoricismo, sonoros temas históricos, religiosos, etcétera...) y el que siguen los entrañables nombres de Bécquer o Carolina Coronado (intimismo, autenticidad sentimental; sencillez formal: no «poesía magnífica y sonora” sino —son palabras de Gustavo Adolfo Bécquer—: ...«natural, breve, seca, que brota del alma...»).

    Recordemos que, en la época que estamos contemplando, después de los ensueños románticos, se opta por la realidad («...un peu de realité...») en todos los géneros literarios; de nuevo la razón pugna por sus fueros, indagando en lo real, en disconformidad con las subjetivas confidencias sin límites y los paisajes «orientales»: se trata de un hecho. En España se manifiesta la oposición a lo romántico y sus continuaciones mediante dos actitudes poéticas, realistas ambas: una que para simbolizarla, sin entrar en detalles, sería —entre otros— la de Gabriel y Galán (el campo, la tierra, los blancos amores, el canto de la pequeña realidad entrañable del terruño — Cáceres, Salamanca...); la otra, con más empaque, con voluntad de «filosofar»—entre el escepticismo y la ironía, con ayuda de la experiencia— sobre las tristes y sabidas cosas de! mundo; el iniciador de esta manera poética, sin arraigos anteriores, que sepamos, en la historia de nuestra poesía, es sin duda alguna, Ramón de Campoamor, creador también de las tres nomenclaturas que a todos nos enseñaron, un día lejano, en la escuela: «Humoradas» («...¿qué es humorada? Un rasgo Intencionado...»), «Doloras» (...«¿Y dolora? Una humorada convertida en drama...») y «Pequeños poemas» (...«¿Y un pequeño poema? Una dolora amplificada...»); las definiciones, del propio Campoamor, la verdad sea dicha, no nos proporcionan luz alguna sobre esos pretendidos «géneros»; para aclarar su textura diríamos que la «Humorada» es breve, mucho más que la «Dolora» y —sobre todo—- el «Pequeño poema» que ya tienen, para decirlo de algún modo, «argumento» —con cabida para narración y diálogo; la «Humorada» tiende, por ser más apropiada para ello, a la expresión de pequeñas reflexiones, pensamientos— la verdad, de no muy altos vuelos:

    Hay quien es, aunque alegra y casquivana,
    por cálculo más casta que Diana.


    O la sabiduría que la experiencia proporciona, en este serventesio:

    Que no pidas, Manuela, te suplico,
    a mi edad madrigales ni consejos,
    porque sé que detrás del abanico
    os burláis las mujeres de los viejos.


    ¿Una muestra de «Dolora»?:

    Esas flores con que ufana
    tu frente se diviniza,
    ya verás
    cual son ceniza mañana,
    —¿Nada más son que ceniza?
    —Nada más.


    «Pequeños poemas» son el conocidísimo «¡Quién supiera escribir!» («Escribidme una carta, señor cura...»), «El gaitero de Gijón», y «El tren expreso», que nuestros padres, y los suyos, se sabían de memoria, con aquel arranque del canto primero (La noche) que bien pudiera ser un ejemplo de lo que precisamente no es la poesía:

    ...Habiéndome robado el albedrío
    un amor tan infausto como mío,
    ya recobrada la inquietud y el seso,
    volvía de París en tren expreso.
    Y cuando estaba ajeno de cuidado,
    como un pobre viajero fatigado,
    para pasar bien cómoda la noche,
    muellemente acostado,
    al arrancar el tren subió a mi coche,
    seguida de una anciana,
    una joven hermosa,
    alta, rubia, delgada y muy graciosa,
    digna de ser morena y sevillana...

    Cualquier examen a que la obra poética de Ramón Campoamor se someta, será, con nuestra mentalidad, de negativos resultados; ninguna emoción, ningún misterio asoman por unos versos como los suyos, escritos con voluntad de casera «filosofía» de lo diario; los tratados, los manuales, los textos literarios, las antologías se despachan duramente con Ramón de Campoamor. Pero es evidente que habrá que ahondar en el hecho de su amplísima popularidad en la época, que no justificaría solamente sus momentos de ingenio; que es el creador, en su tiempo, de una manera personal, sin continuadores de calidad; y qué tiene un extraordinario interés su «Poética»; lo que ocurre es que de sus ideas sobre la obra literaria y su devoto amor por la expresión poética no derivaron resultados positivos al pasar de la teoría a la práctica.

    Campoamor, pues, denostado, popular en su tiempo, acusado de prosaísmo hasta la fecha —y creemos que para siempre—, es una figura que requiere revisión —magistralmente iniciada por Vicente Gaos— en su «La Poética de Campoamor», libro equilibrado y clarísimo que abre fecundos caminos para el asedio de la figura del autor de «El tren expreso», en la actualidad, sin más interés que el que pueda causar esa búsqueda de las vertientes positivas que, pese a que las tiene, no creo puedan llegar a causar nuestra admiración por su poesía, alejada del todo de nuestra sensibilidad.


    José CRUSET (1970)

    Última edición por ALACRAN; 21/10/2021 a las 17:31
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Ramón de Campoamor (1817-1901): poesía prosaica y filosofía grotesca

    Hasta el moderadísimo Azorín se escandalizó del "segundo Campoamor": el filósofo, por su frivolidad, enormidades y chocarrerías.


    EL SEGUNDO CAMPOAMOR

    (Azorín, 1913)

    En Navia se va a levantar un monumento a don Ramón de Campoamor. Merecen un caluroso aplauso los vecinos y naturales de aquel hermoso pueblo asturiano que han tomado tan noble y culta iniciativa. Campoamor nació en Navia en 1817; en 1840, cuando el poeta tenía veintitrés años, publicó su primer libro de versos; se imprimió a expensas del Liceo Artístico y Literario. Una de las poesías de esa breve colección está dedicado a la patria del poeta. Sus primeros versos -si no recordamos mal- son estos:

    Tú el primer canto de mi amor oíste;
    al nacer, su saludo fue el primero;
    tú mi primer vagido recogiste;
    recogerás también, ¡ay! el postrero.

    No murió Campoamor en Navia; el pueblo donde nació no pudo recoger, como el poeta deseaba, su postrer suspiro. Ahora Navia quiere conmemorar en mármol y bronce el amor que hacía aquel bello pedazo de tierra sintiera Campoamor; con ello no hace más que corresponder delicadamente al gran poeta.

    La obra de Campoamor va siendo poco a poco estudiada; no hace mucho se ha publicado un volumen de Andrés González-Blanco dedicado al poeta. Si no tanta atención como la obra poética, algún interés ha de merecer en el estudio de Campoamor la labor filosófica realizada por nuestro autor. No podrá comprenderse bien, aparte de esto, a Campoamor poeta si no se examina y estudia al Campoamor filósofo. Comenzaremos por decir que a pocas figuras de nuestra historia literaria habrá de acercarse el crítico con más precauciones, con más escrúpulos que a la de Campoamor. Ningún espíritu contemporáneo más difícil y contradictorio que éste; ninguno que ponga más en peligro a un crítico de formular un juicio superficial o de incurrir en una injusticia, o de cometer una grosera inexactitud.

    Ante todo, consideremos la idea corriente, generalizada, que hay sobre Campoamor. Campoamor -se dice- era un escéptico. Se toma aquí al escepticismo en el sentido de incredulidad, de pirronismo amable, irónico y eutrapélico. Pero el escepticismo, en su acepción verdadera -como es sabido- no significa sino examen atento y escrupuloso, disociación de ideas, crítica de prejuicios, sentimientos e instituciones, realzado todo para, a través del examen, inquirir la verdad y poder adoptar una actitud espiritual de acuerdo con lo que reputemos verdadero, exacto. ¿Cuánto tenía Campoamor de escéptico en el sentido corriente y cuánto de escéptico en el sentido filosófico?

    El espíritu de nuestro poeta siguió a lo largo de la vida un camino ondulado. Arduo es sujetar a normas fijas un entendimiento como el de Campoamor. Leamos las Semblanzas de las Cortes reformadoras de 1845 y la Filosofía de las leyes, publicada en 1846. De esos dos libros se desprende que Campoamor es un analizador audaz, intrépido. Ante nada se detiene su humorismo y su examen libérrimo. Del segundo de estos libros dijo, la censura eclesiástica que está “saturado de errores filosóficos, políticos, morales y religiosos”; en el otro, en las “Semblanzas”, escribió Campoamor cosas que no podríamos reproducir en estas páginas.

    Andando el tiempo, nuestro poeta publicó dos libros más de filosofía: El personalismo y Lo absoluto. El último de estos dos volúmenes dio lugar a polémicas apasionadas; contra él escribió un interesante folleto un malogrado ingenio: Julián Sánchez Ruano. En una de las notas a su folleto nos dice Ruano, hablando de los dos libros citados que, examinados atentamente, se ve que, "a pesar de sus variaciones, propende siempre su autor al materialismo y a la chocarrería y a la burla de lo más serio y grave de la filosofía”.

    Dos afirmaciones capitales hay en este juicio de Sánchez Ruano: una, la de Campoamor materialista; otro, la de Campoamor haciendo objeto de burla y pasatiempo las cosas graves de la filosofía. En cuanto a la primera de las dos aseveraciones, se necesitaría, para comprobarla, un estudio muy largo y minucioso de las obras filosóficas de Campoamor (obras verdaderamente áridas y abstrusas); la segunda afirmación es más fácil de comprobar.

    Campoamor, en efecto, es un humorista. Pero el fondo del humorismo en los grandes humoristas (un Carlyle, un Clarín, por ejemplo) lo constituye una preocupación, un ansia por algo ideal y trascendente. En la poesía de Campoamor encontramos, en efecto, ese fondo de idealidad; pero cuando penetramos por las páginas de sus trabajos filosóficos, nos sentimos desorientados. ¿Es éste -nos preguntamos- el mismo Campoamor de los versos? ¿Cómo quién ha escrito aquellos versos puede aquí adoptar esa singularísima actitud mental? En el folleto citado de Sánchez Ruano se indigna el escritor salmantino de la eutrapelia -digámoslo así- con que Campoamor habla de grandes pensadores y de gravísimas cuestiones filosóficas. “Si me dijesen -escribe-: tal autorcillo de supuesta filosofía trata de ignaro a Platón, de ridículo a Descartes, de impío a Bossuet, a Kant de vacío y a Proudhon de necio, no seré yo quien le califique”. Aludía Ruano a Campoamor en esas palabras, según se desprende de otras precedentes y de lo que luego añade. No crea el lector temerarias, infundadas, las imputaciones que en este pasaje de su opúsculo hace Ruano a Campoamor. El escritor salmantino tenía motivos para indignarse, porque nada menos que eso que él nos cuenta hacía Campoamor.

    En 1883, público nuestro poeta, un libro de filosofía: El ideísmo. (Entre paréntesis: el ejemplar que poseemos lleva la siguiente dedicatoria, con la letra grande y femenina del poeta: Al más sabio de mis amigos, el señor don Francisco, Pi y Margall, su constante admirador, Campoamor). Pues en la segunda página de El ideísmo, Campoamor, hablando con Cánovas, le pregunta: “¿Le parece que a esta brillante juventud del Ateneo la debemos dejar que siga viviendo intelectualmente en compañía de esos sabios de temporada llamados Comte, Moleschot, Bernard, Buchner, Spencer y otros, dignos todos de que los despoje de la dictadura intelectual que ejercen la majestad del estilo del señor Cánovas, que sería mucho más eficaz que las burlas de mis veras y las veras de mis burlas?”

    ¿Qué hubiera dicho Sánchez Ruano de este pasaje? De él se deduce que Comte, Spencer y Claudio Bernard son sabios de temporada; que a un pensador se le puede quitar su prestigio con la majestad de un estilo; que esa majestad del estilo pudo emplearla Cánovas contra Spencer, Comte y Bernard; que el estilo de Cánovas era portentoso; que, en fin, si Cánovas hubiera querido, hubiera deshecho a esos pensadores extranjeros. (Otro paréntesis: Cánovas, que era un hombre culto, amigo de las especulaciones mentales, serio, no debió de agradecer a Campoamor esa tan enorme lisonja.)

    La singular modalidad espiritual que acabamos de esbozar -nada más que esbozar- no era privativa de Campoamor. Diríase que de 1870 a 1890 ha dominado en la literatura en la política. Falta de seriedad, ligereza, despreocupación, ausencia de interés por los problemas del espíritu y por el movimiento intelectual europeo: esas son las características de ese período. Siguen siendo aun ésas; pero ya hay en la política y la literatura un núcleo de gentes que toman en serio la vida y el espectáculo del mundo.

    Si Campoamor llevó hasta donde hemos visto su ligereza, no le fue en zaga don Juan Valera. Causa asombro leer, por ejemplo, lo que Valera dice de Nietzsche y su filosofía en su crítica de un libro de Pompeyo Gener, y más que asombro, tristeza, lo que se le ocurre, en el prólogo de su Florilegio de poesías castellanas, acerca de las doctrinas evolucionistas. Prevenimos al lector de que no se trata -conviene repetirlo- de que, tanto en el caso de Campoamor como en el de Valera, se haga oposición a una tendencia o a un pensador, sino de que, representando esa tendencia o ese pensador un Estado serio, sólido, del pensamiento, reconocido así en el mundo intelectual, se los tome a broma y si les haga motivo de chanza y desdén.

    Cuando dos de los más grandes y prestigiosos cerebros de la España contemporánea se producían de ese modo ante las nuevas generaciones, ¿cómo esas generaciones no habían de encontrarse desorientados y habían de hacer esfuerzos para encontrar su camino y disipar su energía en vanas, infructuosas tentativas? “Escritos de tal índole ¿pueden servir nunca de provechoso modelo a la juventud universitaria?”, preguntaba Sánchez Ruano refiriéndose a los libros filosóficos de Campoamor. Ni a la universitaria ni a ninguna.

    Pero éste es el segundo Campoamor, el Campoamor que debiera haber aprendido en la seriedad, la sinceridad y la escrupulosidad del “más sabio de sus amigos”, cómo él llamaba a Pi y Margall. El primer Campoamor es el poeta, delicado, generoso, innovador, progresivo, odiador de prejuicios y de rutinas. A este Campoamor debemos quererle y respetarle todos. Al Campoamor que cantaba al río Navia y deseaba expirar en sus márgenes van a elevarle sus paisanos un monumento. Merecen esos nobles asturianos un caluroso aplauso.

    AZORÍN


    Última edición por ALACRAN; 21/10/2021 a las 15:46
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Ramón de Campoamor (1817-1901): poesía prosaica y filosofía grotesca

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    En vida, ante sus contemporáneos, Campoamor gozó de una gran fama y prestigio. Aquí, una parte del estudio de su escéptica "filosofía" ("...nada hay ni verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira") que hizo un famoso crítico de la época:

    III
    Campoamor es un poeta sin ideal. Hijo fiel del presente siglo, la duda es su musa predilecta y la negación escéptica el alma de sus cantos. No hay poeta que con él compita en [528] pesimismo y desaliento, y el hecho de que poesías inspiradas en tales sentimientos logren popularidad tan extraordinaria, es sin duda elocuentísimo signo de los tiempos.

    El escepticismo poético no es nuevo en España. Casi todos nuestros poetas románticos, señaladamente Espronceda, en él se inspiraron; pero en Campoamor ofrece caracteres originales que merecen estudiarse. El escepticismo de Espronceda revela una época en que la duda era un tormento para él espíritu; el de Campoamor anuncia un estado social en que ya nos hemos connaturalizado con la duda. Aquel arranca del corazón, y es hijo de los desengaños; éste nace de la cabeza, y es fruto de serena y fría reflexión. El primero denuncia una existencia atormentada y dolorosa; el segundo la vida tranquila de un espíritu a quien no molesta gran cosa la falta de creencias.

    El escepticismo de Campoamor es más amargo, más desconsolador y más peligroso que el de Espronceda, por lo mismo que es más sereno y razonado. Los desesperados gritos de Espronceda conmueven y repelen a la vez; el estado psicológico que revelan pone miedo en el ánimo. El tranquilo escepticismo de Campoamor no produce iguales efectos; antes su plácida calma es señuelo que convida a reposar la cabeza sobre aquella almohada agradable al espíritu, como a la duda apellidaba Montaigne.

    Campoamor no tiene motivos personales para ser escéptico. La experiencia de la vida no ha podido causar profunda mella en su alma infantil y candorosa; su plácida y feliz existencia, antes que a la duda, debiera invitarle a la fe. En su serena fisonomía, en su constante buen humor, es imposible adivinar el escepticismo que le devora; nadie quizá tiene menos derecho que él a ser escéptico.

    Y sin embargo, lo es, con mayor universalidad y trascendencia que los escépticos románticos. No se limita a renegar de los hombres, sino que su duda alcanza a las ideas; no se circunscribe a negar el amor, la poesía y la amistad por virtud de añejos desengaños, sino que lo niega todo, inclusa la realidad del conocimiento. Y lo niega con imperturbable calma, con serenidad pasmosa, a veces nublada por ligero tinte de tristeza. Tranquilamente, sin los apasionados arrebatos de [529] Espronceda, los alaridos de dolor de Byron, o la desesperación intensa de Leopardi, afirma

    que humo las glorias de la vida son.

    se pregunta melancólicamente:

    La dicha que
    el hombre anhela,
    ¿dónde está?

    Sostiene que vivir es olvidar; que tarde o temprano es infalible el mal; que todo es sombra, ceniza y viento; que vivir es dudar; que todo se pierde; que el bienestar del hombre es la muerte; que al hombre sólo le afectan el calor y el frío; que él es quien regula la conciencia; que no hay honor ni virtud más que en la lengua; que fuego es amor que en aire se convierte; que gloria y fe para el hombre son un sueño; que el placer es la fuente del hastío; que la belleza sólo está

    en los ojos del que mira;

    que

    todo espectáculo está
    dentro del espectador;

    que

    sobre arena y sobre viento
    lo ha fundado el cielo todo.

    que el variar de destino sólo es variar de dolor; y después de dudar si tendrá razón Cabanis, concluye afirmando

    que en este mundo traidor
    nada hay verdad ni mentira;
    todo es según el color
    del cristal con que se mira.

    No cabe escepticismo más universal y profundo, ni es posible exponerlo con mayor y más implacable impasibilidad.

    Y sin embargo, esta poesía escéptica en más alto grado que la de Espronceda es saboreada con deleite por una sociedad que de creyente se precia. Damas aristocráticas, que contribuyen al dinero de San Pedro y son enemigas del artículo II; gentes que se cuentan en el número de las personas sensatas que tienen qué perder; niñas románticas y llenas de ilusiones devoran con placer estas máximas que en otros labios les parecieran impías, escandalosas y dignas de anatema. ¿A qué se debe este singular fenómeno? ¿Cómo este poeta revolucionario y heterodoxo es el niño mimado de las altas clases? A nuestro juicio, a la perfidia de Campoamor, que semejante a la serpiente bíblica sabe revestir de bellos colores el fruto envenenado que entrega a las Evas y Adanes de esta generación.

    Un ligero toque de sentimentalismo, tal cual nota piadosa y mística, alguno que otro alarde de respeto a las creencias tradicionales, que recuerda involuntariamente las reservas de Montaigne, los distingos de Descartes y la devoción de Rabelais, bastan para que Campoamor pueda deslizar impunemente sus venenosas doctrinas. Il connait son public, ce gaillard-la y no le cuesta gran trabajo rociar con agua bendita sus audacias volterianas y sus arranques escépticos y pesimistas, dignos de Kant y de Schopenhauer.

    En tal concepto, Campoamor es a la vez reflejo exacto de su época y de su país. Esa poesía escéptica, pesimista, amarga e irónica, es la única propia de estos tiempos de crisis y de duda. El poeta de hoy no puede tener ideal, porque el siglo tampoco lo tiene; su canto ha de ser desconsolador y negativo, amargo y desesperado, o indiferente y frío, según su temperamento. Si su escepticismo lucha con el deseo de creer y de esperar, sus acentos serán protestas enérgicas y sollozos penetrantes y desesperados; si por el contrario, se aviene a no creer en nada, su canto reunirá a la impasibilidad del estoico la indiferencia del cínico, si por ventura no lanza la irónica carcajada de Mefistófeles. Y si vive en una sociedad descreída en el fondo, hipócrita en la forma como la nuestra, fácilmente se hará perdonar sus temeridades si sabe deslumbrar a los ignorantes con alardes místicos y hacerles creer que es posible tener fe en lo divino cuando se reniega de lo humano, y que en un mismo espíritu pueden reunirse la fe de Schopenhauer y la de Santa Teresa de Jesús. (...)

    (Manuel de la Revilla)

    Don Ramón de Campoamor, boceto literario por Manuel de la Revilla, 28 febrero 1877 (filosofia.org)




    Última edición por ALACRAN; 25/10/2021 a las 14:46
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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