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Tema: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

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    Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Un repaso a las más famosas leyendas históricas españolas

    *****

    Gala Placidia (año 390-450 d. C)

    (Leyenda layetana)


    Gala Placidia, alma piadosa, cultivada, refinada y artista era hija de un emperador romano, Teodosio el Grande, hermana de dos Emperadores, Arcadio y Honorio, primera reina de la nueva monarquía gótico española, amada apasionadamente por cuántos la rodearon, parecía destinada a una vida feliz, brillante y placentera. Y sin embargo… Su figura, nimbada por la belleza y el dolor, llega hasta nosotros como un hálito de tristeza y melancolía, envuelta en atroz tragedia de odio, envidia y crueldad bárbaras…

    ***
    El más importante tributo que España dio a Roma fue, según la expresión de un poeta latino, el gran número de emperadores españoles, ilustres regidores del Imperio. Así el excelso Trajano, el celoso Adriano, Marco Aurelio, el filósofo y su hermano adoptivo, asociado por él al mando Lucio Aurelio Vero, pertenecientes a la dinastía Antonina, de los buenos días de esplendor. Y cuando el poderío romano vacilante se desmoronaba ante el empuje de los pueblos bárbaros, que desbordaban ya por las fronteras, fue también un español ilustre el que con mano firme le sostiene: Teodosio el Grande contuvo durante su mando la invasión de los bárbaros del Norte. Tenía condiciones de gobierno excepcionales. Pero desgraciadamente para Roma murió cuando más falta hacía, dejando dividió el Imperio entre sus hijos Arcadio y Honorio.

    A Arcadio cupo en suerte el Oriente; a Honorio el Occidente, bajo la tutela del general vándalo Estilicón. La muerte de Teodosio fue como la señal esperada por los pueblos bárbaros para las invasiones. Los godos bajaron a las campiñas de Italia. Derrotados por Estilicón se contuvieron, de momento. Radagasio, caudillo de varias hordas, sufre la misma suerte y sus gentes se refugian en las Galias (Francia) y en España. Es cuando saltan el Pirineo los suevos, vándalos y alanos. Estilicón ha muerto víctima de la traición y cobardía de Honorio y ya nadie puede contener las invasiones.

    Alarico I lanza, otra vez, a los godos sobre Italia; asalta y saquea Roma y “como si su destino hubiera sido tan solo clavar su espada en las puertas del Capitolio”, muere al poco tiempo. Otro miembro de la familia Balta, sagrada entre los godos, Ataúlfo, le sucede en el mando. Y Honorio para alejar aquel peligro constante, pacta con Ataúlfo. Los godos, al servicio de Roma, lucharán contra los otros invasores de las provincias imperiales. La prenda de este pacto será Gala Placidia, la hermosa hermana del emperador, de quien prendióse Ataúlfo.

    Y Gala Placidia se sacrificó por la Patria. Acaso renunció a algún amor juvenil ilusionador. Se casó con el jefe godo. La boda tuvo mezcla del refinamiento decadente del Imperio y de la bárbara pompa de los pueblos nuevos recién enriquecidos. Ataúlfo se presentó vestido a la romana y seguido de cincuenta mancebos que ofrecían a la bella desposada azafates llenos de joyas y pedrerías preciosas procedentes del saqueo de Roma... Y fue así como los godos, guiados por Ataúlfo -que tal vez sintió, igual que Alarico, una voz interior que le gritaba: Anda a dominar a los otros bárbaros invasores de España y funda allí una monarquía poderosa- pasaron el Pirineo, y fue así también como el jefe godo, con su mujer Gala Placidia, estableció su corte en Barcelona.

    ***
    Los visigodos estaban más civilizados que los otros invasores del Imperio. Los prolongados años de contacto con los romanos, el haber sido tropas auxiliares de varios emperadores, y, sobre todo el cristianismo -aunque herético- que profesaban, dulcificaron un tanto sus costumbres, romanizándolos superficialmente. En el fondo quedaba, no obstante, el espíritu belicoso, acostumbrado a imponer su ley por el hierro y el fuego y mal avenido con la paz, la tranquilidad y el sosiego.

    Ataúlfo eran más culto que los otros de su raza. Tenía espíritu de gran señor. El amor a su esposa, romana espiritual y artista, la convivencia con ella, le transformaron en un hombre refinado y pacífico, más amante del progreso y de las dulzuras de la paz que del torbellino, los atropellos y las crueldades. de la guerra. Siete hijos le había dado Gala Placidia; había muerto el hijo primogénito y el dolor de esta pérdida unió más a los dos esposos. Ataúlfo -el que quiso antes borrar de la tierra el nombre romano- se romanizó totalmente. Pero ya no fue el monarca sagrado -el Balta- en quien su pueblo confiaba; perdió el amor de su gente; la traición hizo lo demás. Una conjuración de nobles, acaudillados por el ambicioso Sigerico, le quitaba el trono y la vida, asesinándolo en su propio palacio.

    ***
    Sigerico no solo representaba el espíritu intransigente y belicoso de los godos, estaba poseído por un odio furioso a todo lo romano y por una envidia vil de su antecesor; los seis hijos de Ataúlfo y Placidia -el mayor contaba doce años- cayeron por el puñal de los sicarios del nuevo monarca. La hermosa romana sufrió asimismo vejaciones atroces. Arrastrada a presencia de Sigerico y obligada a besar la sandalia del bárbaro, el mismo rey, asesino de su esposo y de sus hijos, le anunció la terrible humillación que la preparaba: formaría en el cortejo que recorrería las calles de la ciudad para la proclamación del nuevo soberano, e iría desnuda totalmente, montada en un caballo negro delante del carro de combate del triunfador. -Así quedará memoria eterna de mi venganza -agregó Sigerico- y Roma recibirá a la vez la noticia de la muerte de tu marido y la de tu vergüenza al ser expuesta en público a la ciudad de Laye (Barcelona).

    Ni las lágrimas ni los ruegos de la bella Placidia conmovieron el duro corazón de Sigerico. El bárbaro ultraje se verificó: Gala Placidia, apenas cubierto su hermoso cuerpo con una larga cabellera de oro, fue paseada por las calles de Barcelona sobre un caballo negro. Detrás iba en su carro de guerra el nuevo rey visigodo; seguía el cortejo real fastuoso y bárbaro. Al final del recorrido, el caballo que conducía a la infeliz ex reina, fustigado furiosamente, fue abandonado con la preciosa carga en las calles solitarias, ahora temerosas las gentes de provocar la cólera del nuevo e injusto rey.

    ***
    Por fortuna, Sigerico sólo reinó ocho días. Cayó víctima del acero de los mismos caudillos que le ayudaron a asesinar a Ataúlfo y a los cuales había horrorizado la crueldad y sed de venganza del que ellos elevado al solio. Las legiones romanas empezaron a moverse desde las Galias contra los godos. Las guiaba un buen general, Constancio, movido por el estímulo de libertar a Gala Placidia y vengar el atroz ultraje. Constancio adoraba a Gala desde la juventud y Honorio, el Emperador, le hizo la promesa de casarle con su hermana, si la libertaba, y de asociarle al mando con el título de Augusto. Walia, el sucesor de Sigerico, comprendió que le convenía pactar con los romanos. Devolvió la libertad a Gala Placidia, entregándola a Constancio. Recibió en cambio la Aquitania y continuó guerreando con los otros pueblos bárbaros invasores de España, por cuenta de Roma.

    ***
    La hermosa viuda de Ataúlfo, recibida con ternura por Honorio, casó de nuevo con Constancio, el amor de su juventud, asociado por su cuñado al Imperio como Augusto. Más tarde ocupó el solio imperial durante la minoridad de su hijo -habido en el matrimonio con Constancio- Valentiniano III. Heredera de las altas cualidades del gran Teodosio, dotada de una firmeza de ánimo que sus desgracias y las del Imperio habían fortalecido, Placidia poseyó el arte de escoger buenos generales y rodearse de ministros hábiles. Sostuvo así durante su mando el edificio en ruinas del Imperio Romano y logró desviar el peligro de la invasión de Atila.

    Pero ni la ternura de su nuevo esposo, ni el cariño de sus hijos, ni los cuidados del gobierno lograron borrar del todo el recuerdo de la bárbara tragedia. De vez en cuando, una sombra de tristeza y de dolor nublaba la clara mirada de sus ojos garzos… Recordaba los horribles días del final de su reinado sobre los visigodos, el terrible camino recorrido por las calles de Barcelona una tarde de agosto del año 415. Tragedia amasada por el odio, la envidia y la crueldad, episodio doloroso que, rebotando de siglo en siglo, recogido por el pincel de los artistas e inmortalizado en lienzos famosos ha llegado hasta nosotros, nimbando la hermosa figura de la hija de Teodosio de un aire de simpatía al par que de melancolía dulce y atrayente…






    Última edición por ALACRAN; 22/11/2021 a las 18:04
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Un rey nada puede

    (Leyenda leonesa de la bella Jacober)

    Alfonso I, llamado después el Católico, ocupó el trono de la recién nacida monarquía asturiana el año 739, al morir trágicamente Favila -hijo del fundador D. Pelayo- destrozado en una cacería por un oso. Alfonso era hijo de Pedro, Duque de Cantabria, y estaba casado con la hermosísima Ormesinda, hermana de Favila.

    Afluían constantemente al entonces exiguo reino fugitivos cristianos, de lugares más o menos lejanos, ansiosos de encontrar en las montañas de Asturias y Cantabria, al amparo del poder de sus reyes, asilo seguro donde librarse de las vejaciones que les hacían sufrir los musulmanes.

    Alfonso, belicoso de suyo, saturado de los santos ideales de reconquista que animaron a su suegro Pelayo, viendo, además, aumentarse de día en día el número de sus súbditos, se lanzó a poco de ocupar el trono a la lucha contra los moros invasores, emprendiendo campañas sucesivas y afortunadas. Abandonó las montañas, cruzó los puertos y descendió a la meseta, llevando a las poblaciones oprimidas la buena nueva del resurgir de España.

    Fueron en realidad, expediciones de aceifas o razzias que dieron a Alfonso I el sobrenombre de “el Temido”. Quedó desde entonces entre los dominios cordobeses y los asturianos una comarca poco. Poblada, sujeta a las correrías de unos y otros, vasto desierto estratégico, en los llamados “Campos Góticos” o tierras de Toro y de Campos.

    Astorga había caído en poder del monarca cristiano. Era plaza fuerte e importante. El botín fue cuantioso. Los prisioneros en número extraordinario. Los cristianos de la comarca, liberados, acudían a acudir a rendir pleitesía al rey astur, quien escuchaba, según costumbre de aquel tiempo, sus quejas a fin de vengar afrentas recibidas de la morisma.

    A la derecha del improvisado trono, levantado en una extensa pradera de las cercanías para celebrar la ceremonia, se alineaban largas cadenas de moros prisioneros, cuya suerte estaba decidida de antemano: serían reducidos a la servidumbre o caerían bajo el hacha del verdugo. Muy cerca del trono, en una de las cadenas de prisioneros, acertó a quedar colocado un hermoso mancebo, de pura raza árabe, que miraba al monarca vencedor con ojos fieros, fulgurantes como brasas.

    Transcurría el desfile de gentes cristianas, como en tantos otros casos semejantes: besaban la orla del manto real en señal de sumisión y acatamiento, y exponían sus quejas o sus agravios, que el monarca, tras informarse rápidamente, mandaba remediar a los capitanes del séquito. De improviso, el cordón formado por los soldados de la guardia, fuertes y aguerridos, armados de largas lanzas, fue roto por una hermosa muchacha mora.

    Jacober-Al-Mufita, que así se llamaba la joven, dijo, en el lenguaje vulgar, mezcla de latín y godo con palabras árabes, en uso por entonces, a los soldados:

    -¡Perdonad; quiero pedir una gracia a vuestro señor! ¡Dejadme acercar a él!

    Alfonso I, a quien llamó la atención el incidente, informado por uno de los capitanes, dio orden de permitir que la hermosa mora cumpliera su deseo.

    - ¡Señor! -dijo Jacober, hincando las rodillas y sonriendo con inocente desenvoltura que cautivó al monarca-, vengo a pediros una gracia, con la seguridad de lograrla de vos.

    -Habla y dime qué quieres- concedió el rey.

    -¡Os pido la vida de mi prometido; ese árabe de barba negra, que está ahí, a vuestra diestra!

    La voz recia y varonil del prisionero se elevó, antes de que el rey hubiera tenido tiempo de mirar.

    -¡No quiero la vida! No quiero deberla un rey enemigo. Cúmplase en mí la ley del vencedor. ¡Soy prisionero y deseo la muerte! ¡Véte, Jacober!

    Alfonso, interesado por el incidente, volvió la cabeza y examinó con rápida mirada al prisionero. En verdad era gallardo el mozo.

    -¿En qué te fundas, Jacober, para pedirme la vida de ese hombre? ¿Ha hecho algún mérito? ¿Lo has hecho tú, acaso?... Levántate.

    Sonrió la muchacha y repuso sin levantarse:

    -¡Señor!, no hay mérito ninguno; pero le adoro con toda mi alma y, si él muere, yo moriré también. Os pido su vida en nombre de mi amor. ¡Salvad a mi Yusuf, Señor!

    Los hermosos ojos de Jacober, negrísimos y enormes, se llenaron de lágrimas. El rey, conmovido por tanta belleza y tanto amor, tuvo un gesto magnánimo. Y pronunció estas palabras que después se han hecho proverbiales:

    -¡Bien, sea! Yusuf no quiere que yo, su vencedor, le perdone la vida; pero no seré yo; será tu amor. Un rey nada puede contra el amor verdadero.

    Yusuf y Jacober se casaron aquella misma tarde. Alfonso les permitió conservar sus bienes. Y de esta gentil y enamorada pareja mora tuvieron origen las célebres familias de los Xifras-Al Mufita y de los Abbas-ben-Seffás. Así al menos lo cuenta la viejísima conseja.


    Última edición por ALACRAN; 22/11/2021 a las 20:51
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Las Fervencias

    (Leyenda castellana)

    Buen monarca y buen guerrero, pero rudo cruel, astuto, feroz y sanguinario; tal era el Rey de Aragón, Alfonso I el Batallador. Tuvo el gran pensamiento político de reunir todos los reinos cristianos españoles -al menos Castilla, unida entonces a León, con Aragón- en una monarquía única y fuerte. Mas su matrimonio con Dª Urraca, reina de Castilla, a causa del carácter ligero y liviano de ella y de la dureza y brusquedad de él, lejos de producir la ansiada unión de ambos Estados, fue un semillero de disgustos, discordias intestinas y guerras civiles.

    Complicaron la situación al intervenir en las contiendas los partidarios del príncipe heredero de Castilla -el que luego se llamó Alfonso VII el Emperador-, hijo del primer matrimonio de Dª Urraca con Raimundo de Borgoña, la actitud del obispo Gelmírez y la de los condes de Portugal. Fue uno de los períodos de mayor anarquía, más tristes y desgraciados del reino castellano.

    Episodio de estas luchas es el dramático suceso que se conoce con el nombre de las “Fervencias”, impregnado del ambiente de la tierra castellana con sus hondas virtudes raciales de lealtad, honor, decisión y arrojo.

    ****
    Allá por el año 1113, los caballeros de Ávila, deseosos de poner término a las luchas que originaba el desdichado reinado de Dª Urraca y valladar a las ambiciones del Batallador, abrigaban el propósito de trasladar a su ciudad desde Simancas, donde estaba, al príncipe Alfonso Raimúndez con el fin de proclamarle rey.

    Alfonso I de Aragón, al tanto de estos propósitos, envió un embajador a Ávila, pidiendo le recibiesen en la ciudad con obediencia de súbditos. Blasco Jimeno, alcaide a la sazón, contestó al mensaje del aragonés, haciéndole saber que los caballeros abulenses le recibirían cordialmente e incluso le ayudarían en la guerra contra el moro; pero que se opondrían con todas sus fuerzas y se le mostrarían enemigos, si intentaba apoderarse del príncipe niño, jurado y reconocido por ellos como heredero de Castilla.

    Decidido el monarca aragonés a llevar adelante sus proyectos, acampó en las cercanías de la ciudad con poderoso ejército, cuando ya estaba el príncipe dentro de sus muros. En seguida envió nuevo mensaje a Blasco Jimeno. Era el mensajero uno de los mejores capitanes de su séquito y el alcaide le recibió rodeado de los más destacados caballeros.

    -Castellano -dijo el embajador-: mi rey y señor me envía a manifestaros que corren rumores por el reino de que el infante D. Alfonso ha muerto; si es así, os pide le franqueéis las puertas de la ciudad, y le reconozcáis como soberano. En otro caso os ruega que os dignéis mostrárselo y promete y empeña su palabra real de, cerciorado de la falsedad del rumor, levantar el campamento y alejarse de Ávila.

    -Decid a vuestro soberano -contestóle Jimeno- que el rey de Castilla, mi señor D. Alfonso, se encuentra sano y bueno y que todos los caballeros avileses estamos juramentados para dar la vida en su defensa, si fuera necesario. No nos negamos a que el rey de Aragón penetre en Ávila a condición de que lo haga con sólo seis acompañantes, aunque vengan armados.

    Y como el mensajero iniciara un gesto, acaso desconfianza, añadió el leal alcaide:

    -Escuchad todavía: los abulenses ofrecemos sesenta personas, escogidas entre las principales familias, en rehenes. Permanecerán en vuestro campamento hasta que retorne a él el rey con su séquito. Pero ha de obligarse, so pena de ser tenido por perjuro, felón y fementido, a devolvernos los rehenes intactos y sin agravio alguno.

    El mensajero se mostró conforme; las dos partes -el capitán en nombre y con autorización de su rey- juraron fidelidad a lo pactado.

    Poco después, mientras el monarca aragonés se acercaba a las murallas de Ávila, acompañado de sus mejores guerreros, dejaban la ciudad los rehenes y se encaminaban, en derechura, al campamento.

    ****
    Blasco Jimeno salió al encuentro del soberano aragonés:

    -Yo creo, buen Blasco -dijo éste, tras las obligadas cortesías- que vuestro rey es vivo y sano. Conque no es menester entrar en la ciudad. Bastará le traigáis para mostrármele o, al menos, que lo hagáis desde lo alto de la muralla.

    Recelaron los de Ávila alguna celada y subieron al rey niño al cimborrio de la catedral, no queriendo mostrarle desde muy cerca. Vióle el aragonés; a caballo, como estaba, hizo al joven príncipe respetuoso saludo, que el niño contestó con igual comedimiento, y, tras despedirse de los caballeros avileses, retornó al campamento.

    El Batallador iba ciego de cólera. Habían fracasado sus planes ante el tesón y la lealtad de aquellos castellanos. Sin pensarlo más, por una de las reacciones brutales propias de su carácter, mandó degollar a todos los rehenes La ira lo llevó hasta el punto de hacer hervir las cabezas de aquellos infelices, confiados a su lealtad y a su palabra, para enviarlas, como escarmiento, a las poblaciones del reino.

    El sitio donde tuvo lugar la tragedia se llamó, desde entonces, las Ferventias, por haber sido fervidas -como se decía a hervir en el viejo idioma de Castilla- allí las cabezas.



    ****
    Apenas se supo en Ávila la terrible nueva, Blasco Jimeno, al frente de más de dos mil caballeros, seguida de una hueste de guerreros muy numerosa, salió de la ciudad para retar al rey de Aragón. Le alcanzó en Fontiveros. Blasco se adelantó hasta colocar su caballo frente al de Alfonso I de Aragón. Y le retó por cruel, infame, alevoso y perjuro. En su furor, llevó las cosas tal vez demasiado lejos. Los mismos caballeros avileses estaban espantados y llenos de estupor por la dureza de las palabras de Blasco.

    De pronto, Alfonso dijo en voz baja algo a uno de los capitanes y éste desenvainando la espada lanzó su brioso corcel sobre el valiente alcaide, descargándole furiosa estocada. Blasco Jimeno se defendió: atravesó al agresor con la lanza, hirió a unos cuántos más; al fin, cayó acribillado a estocadas y lanzazos. Las dos huestes se aprestaban a embestirse, pero la intervención de varones prudentes logró que se apartaran sin combatir.

    ***
    En el lugar donde ocurrió esta segunda tragedia se levantó humilde ermita. Cuando después aquel príncipe niño llegó a ser un gran rey de Castilla y León, Alfonso VII el Emperador; cuando con la espada ganó tierras y laureles, premió la lealtad de los abulenses con grandes exenciones y privilegios. Desde entonces, Ávila se llamó “de los caballeros” y ostenta en su escudo la figura del rey-niño asomado a una almena.

    Última edición por ALACRAN; 22/11/2021 a las 14:21
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    La "Campana de Huesca"

    (Leyenda del rey aragonés Ramiro II el Monje, 1086-1157)

    Le sacaron del convento donde, “ni envidiado ni envidioso” vivía retirado hacía cuarenta años y le sentaron en el trono de Aragón. Alfonso I el Batallador había muerto sin sucesión (año 1134) y los nobles aragoneses, en quienes prendieran las ideas del feudalismo al uso de Francia, pensaron que ningún rey sería más adecuado para consentirles la vida libre y semiindependiente a que aspiraban que aquel hermano del Batallador, monje benedictino, al cual suponían débil de carácter.

    Así subió Ramiro II, ya casi sexagenario, desde el claustro al trono de sus mayores. Y, efectivamente, la tolerancia y liberalidad que mostró el nuevo monarca en los primeros pasos fue interpretada como falta de energía; los nobles empezaron a dar señales de inquietud y desobediencia. Se burlaban -sobre todo después de las derrotas que les infligieron castellanos y navarros- de aquel monarca, más amigo de la paz y del sosiego que de cabalgar e ir a la guerra. Le llamaban Rey Cogulla y era objeto de ludibrio y mofa. Ramiro II, probo y recto, bondadoso y pacífico, pero a la vez autoritario, duro y severo, esperó pacientemente algún tiempo, confiando en que los señores feudales del reino acabarían por reconocer su error y depondrían la actitud levantisca. No logró nada: los nobles se mostraban cada día más altivos, agresivos e intransigentes. Las burlas arreciaban: la anarquía en la nobleza llegaba al paroxismo.

    ****

    Fray Frotardo, abad de Tomares, paseábase aquella tarde en el claustro del monasterio, salmodiando los latines de su breviario. El rezo fue interrumpido por la llegada de dos caballeros aragoneses de la Casa del Rey. Ramiro II había sido monje en Tomares y fray Frotardo dirigió como confesor durante muchos años la conciencia del ahora monarca de Aragón. Los caballeros, llegados a matacaballo, eran portadores de una carta sellada para el abad. Leyóla éste en silencio. Contaba en ella Ramiro sus apuros y pedía el consejo del que sabía era prudente y talentudo.

    -Seguidme -dijo el Abad a los mensajeros. Y descendió con ellos, sin hablar más palabras, al huerto del convento. Macizos de flores le exornaban y en un bancal crecían soberbias coles rematadas por frondoso penacho de anchas hojas.

    El abad tomó en sus manos una vara y empezó a golpear las cabezuelas de las flores que se elevan sobre sus pies. Caían tronchadas las coronas más altas y orgullosas. Después con una hoz, y siempre en silencio, comenzó a cortar los tallos y la parte superior de las coles frondosas.

    -Id y contad al Rey lo que habéis visto; es mi respuesta -dijo el abad, sonriente, al terminar la extraña tarea.

    Partieron los mensajeros al galope de los caballos, sin explicarse aquella misteriosa embajada y contaron a su señor lo sucedido.

    ***

    En Huesca, capital a la sazón del reino aragonés, el Rey había convocado Cortes. Acudieron al llamamiento acaso con el propósito de acabar con el anciano Monarca y, sobre todo, con el de mofarse del proyecto extravagante que el Rey Cogulla les había anunciado pensaba realizar: construir una campana, cuyo tañido se oyese en todo el reino. “Cosas del viejo fraile que era el Rey”, comentaban entre ellos con desprecio.

    Tan poseídos estaban del poder propio; tan seguros de la falta de energías del Rey Monje que aquellos quince nobles -los más ricos e influyentes- y el famoso e inquieto caballero D. Ordas no se recelaron de acudir uno a uno, cuando a medida que entraban en el palacio, eran llamados por el Rey para consultarles privadamente negocios importantes. El Rey Cogulla les conducía con misterio a una cámara secreta donde -decía- guardaba el tesoro con el cual pensaba fundir la colosal y monstruosa campana, cuyo tañido había de congregar a la nobleza, sumisa a la voz del Monarca. Sonreían con petulancia los llamados ante la extravagancia del anciano y, con aire de superioridad, bajaban a la cámara.

    *****

    Hervía en los salones del palacio real la multitud de nobles aragoneses que asistía a las Cortes. Estaban convidados a suntuosa fiesta. Un cortesano dijo unas palabras al oído de Ramiro el Monje.

    -¡Vais a ver -exclamó el Rey- la campana que he mandado fundir en los subterráneos del palacio para que pregone la gloria y la fortaleza del rey D. Ramiro¡ Estoy seguro que su tañido os hará prudentes y comedidos, serviciales y solícitos a mi voz.

    Y los condujo a la cámara misteriosa. Abrió por sí mismo la puerta de la estancia e invitó a todos a que fueran bajando a contemplar la campana.
    Los primeros que descendieron a la cripta retrocedieron espantados: el terror se pintó en los semblantes y un grito de horror se escapó de todas las gargantas.

    En el centro de la sala y pendientes del techo estaban las cabezas de los quince magnates decapitados, formando círculo perfecto, y en medio de ellas, sobresaliendo de las demás, la del caballero D. Ordas, como si fuera el badajo de la horrorosa y terrible campana.



    ***

    Y los tañidos de la famosa campana -que aún, según la tradición, se escucha de noche en el antiguo palacio real de Huesca con sonido congojoso-, recogidos por la leyenda, la literatura y el arte, se han perpetuado a través de los siglos y han llegado hasta nosotros con un eco trágico y espeluznante.


    .
    Última edición por ALACRAN; 22/11/2021 a las 17:53
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Los Siete Infantes de Lara

    (La más trágica leyenda de Castilla)


    En los tres primeros siglos de la Reconquista, la necesidad de la lucha contra el invasor es lo que da carácter a la organización y a la vida de los Estados cristianos, apenas alejados de las breñas y riscos originarios. Sobre todo en Castilla, tierra avanzada, constantemente en pie de guerra, la rudeza militar es distintivo de una nobleza poco culta y refinada, pero varonil y decidida, cuyas pasiones personales se desbordan con facilidad.

    Uno de estos sucesos, en el cual se mezclan, desembocando en atroz tragedia, las gallardías y las emulaciones, el orgullo y los odios, la crueldad y la venganza, es el que, recogido por la más espeluznante leyenda castellano, transmitido entre los balbuceos de nuestro idioma literario en sus comienzos, por los cantares de gesta y las crónicas, han popularizado el romancero y el teatro: “La historia de los Siete Infantes de Lara”. “Aquí vos diremos -dice la Crónica General, transcribiendo el cantar primitivo- de los Siete Inffantes de Salas, de cuemo fueron traydos et muertos en el tiempo del rey don Ramiro et de Garci Fernández, cuende de Castiella”. “Es una historia lastimera. De un pequeño agravio se levanta gran discordia, mortal enemiga y una fiera venganza; la venganza alimenta largos odios que envejecen el corazón, los odios viejos engendran nueva vida, y la nueva generación crece para el odio y para la venganza (1).

    ***
    Famoso era en Castilla el linaje de los Laras. Famoso por sangre y estirpe, por valor y por gallardía; flor del linaje, los siete jóvenes Infantes, hijos de Gonzalo Gustios y de Dª Sancha de Lara, conocidos por los Infantes de Salas, los primeros en todo. Émulos suyos en valor arrogancias, los caballeros de la Bureba.

    Ruy Velázquez de Lara, hermano de Dª Sancha, se ha prendado de la linda Dª Lambra de Bureba, prima hermana del conde Garci Fernández. Ruy es buen caballero, valeroso y fuerte. En la entrada por tierras de Calatrava mató muchos cientos de moros con los trescientos hombres de su casa. Un escaño de oro y rica tienda de Arabia, ganados en la empresa, son presentes que envía el de Lara al conde Garci Fernández. Y el conde por contentar a tan buen guerrero concierta el casamiento de éste con su prima cormana Dª Lambra.

    Las bodas se celebran espléndidamente en Burgos. Duran cinco semanas. Banquetes, regocijos, bofardar, quebrar tablados, correr toros, jugar tablas. Los juglares cantarán en sus versos las magnificencias del enlace. Han acudido gentes nobles de toda Castilla, de León y de Navarra. En Salas, las tornabodas. Dos semanas de fiestas. Pero si las bodas fueron buenas, las tornabodas son malas. En ellas nació la terrible, tragedia doméstica, cuyo relato impresionó a los siglos.

    ***
    En el arenal del río la fantasía de Dª Lambra ha hecho levantar altos y famosos tablados. Varios caballeros han tirado sus bohordos. Ninguna acertó a derribar las tablas. Alvar Sánchez, primo de Dª Lambra, reta con palabras jactanciosas a los de Lara, sobre la destreza en el bohordar. Gonzalvico Gustios, el menor de los Infantes, le derrota y sobre el lance trábase disputa que degenera en pelea entre los opuestos bandos. Han de intervenir el Conde y Gonzalo Gustios para separarlos. Pero Dª Lambra ha sentido humillado su amor propio y su orgullo de rica-hembra por el triunfo del Lara. Se considera afrentada en sus bodas y se dispone a devolver a los Infantes una afrenta mayor. Al día siguiente un criado suyo arroja al pecho de Gonzalvico un cohombro (especie de pepino) empapado en sangre. Era la mayor ofensa que podía hacerse a un caballero. Los Laras reaccionaron violentamente y, aunque el osado corre a refugiarse bajo el mantode Dª Lambra, no respetan este signo de su protección y allí mismo le matan, salpicando de sangre las tocas y los paños de la señora.

    Nada iguala al odio y desesperación de Dª Lambra. Acude a su marido con las mayores muestras de dolor, llamándose viuda y sin esposo en tanto no reciba satisfacción cumplida del agravio. Acallóla Ruy Velázquez, ofreciéndola un desquite de tal clase que quedaría indeleble entre las gentes…

    Y así el orgullo creó la rivalidad, la rivalidad dio vida al odio y el odio tramo la tela de la más atroz de las venganzas…

    ***
    Bien supo disimular sus propósitos Ruy Velázquez de Lara. Y bien urdió con falsedad y mentira, dando más oídos al odio de su esposa que a la razón y aun a la sangre, la traición contra todos sus parientes.

    Fingió perdonarles el agravio. Halagó a sus sobrinos con palabras y ofrecimientos engañosos. Logra la confianza del buen Gonzalo Gustios y consigue que vaya a Córdoba a cobrar un dinero del Háchib Almanzor, a fin de nivelar su hacienda quebrantada por los gastos enormes de la boda.

    D. Gonzalo, padre de los siete infantes partió para Córdoba. Llevaba una carta en arábigo destinada a Almanzor. La carta era engañosa: pedíale en ella descabezase al mensajero y enviase una hueste potente a la frontera de Castilla, donde el propio Ruy esperaría para entregarle a los siete infantes, hijos de Gonzalo. Porque -añadía, según la Crónica- éstos son los hombres que más contrarios os son acá entre los cristianos y los que más mal os buscan, y así que los hayáis muerto tendréis la tierra a vuestra voluntad, pues muy gran esfuerzo y mucha ayuda tiene en ellos el conde Garci Fernández.

    Almanzor, más generoso que su pérfido amigo, se contentó con poner Gustios en prisión no muy dura, donde fue atendido por una mora noble, hermana del mismo Almanzor.

    ***
    Partieron los siete infantes con doscientos caballeros de su casa. Ruy Velázquez ha invitado a sus sobrinos y les espera en el valle de Arabiana para hacer una entrada por tierras de moros. En el pinar de Canicosa, al salir del alfoz de Lara, Nuño Salido, el ayo que los criara, ha visto malos agüeros e intenta detenerlos. Los infantes no hacen caso de los avisos del ayo. Siguen adelante. En la vega de Febros se les incorpora con los suyos Ruy Velázquez. Van a Almenar -sudeste de Soria- y, en tanto Ruy queda en celada con toda la mesnada propia, manda que los infantes se adelanten a correr el campo.

    De improviso les sale al encuentro una numerosísima hueste de moros. Comprenden, aunque tarde, la traición de su tío. No pueden escapar. Diez mil moros los cercan, y se disponen a vender caras sus vidas. Encomiéndanse a Dios y al apóstol Santiago, y pelean heroicamente. Los moros “caen espesos como lluvia” sobre ellos. La batalla es muy cruda. Matan muchedumbre de moros. Nuño Salido ha caído el primero; se arrojó contra los enemigos buscando la muerte, por no ver el fin de los infantes. Cayeron también los doscientos caballeros. Ruy Velázquez se niega a participar en la batalla y recuerda el mensajero que le envían los agravios recibidos de sus sobrinos. Ya los siete hermanos, cansados, apenas pueden sostener las armas. El mismo moro Alicante, caudillo de los mahometanos, admirado del valor de los infantes y condolido de verles en tal aprieto, les concede una tregua y aún les lleva a su tienda y repara las cansadas fuerzas de los valientes mancebos con viandas y vino. Mas Velázquez se acerca hasta la tienda, recrimina al moro, aquella piedad y se opone, usando toda suerte de amenazas, a que queden con vida.

    Vuelven al campo los infantes y en la desigual y porfiada lucha, cercados por todas partes, rotas o pérdidas las armas, cubiertos de heridas y golpes, van cayendo en poder de los infieles y son decapitados, uno a uno, en presencia del hermano de su madre. Y así fue como este “alto ome del alfoz de Lara”, por satisfacer el odio de Dª Lambra, consumó la más negra traición contra su propia sangre.

    ***
    Almanzor mismo se conmovió ante el dolor del buen Gonzalo Gustios.

    La víspera de San Cebrián llegó a Córdoba el moro Alicante con ocho cabezas, trofeo del combate. Muchos hombres perdió en el encuentro, pero aquellas cabezas de gente tan nombrada le compensan de sobra. Almanzor hizo lavarlas bien con vino por quitarles la sangre; colócalas sobre un paño blanquísimo en el centro de su cámara. Y llamó al prisionero por si las conocía.

    Gonzalo, al verlas, lanzó un grito espantoso. Retrocedió un paso horrorizado y, en seguida, avanzó enloquecido hacia las cabezas cortadas de sus hijos, gimiendo con gemidos inenarrables.

    Fue cogiendo una a una las testas amadas; las besaba apasionadamente; sus lágrimas bañaban los queridos rostros; llamaba a cada Infante por su nombre; enumeraba las prendas y virtudes de cada uno; mesábase los cabellos; le doblaba el dolor.

    -¡Sálveos Dios, Nuño Salido, el mi compadre leal! No vos demando mis hijos, ca muerto sois, como buen ayo, como hombre de fiar, con ellos.

    Diego González, el heredero, alférez principal del Conde Garci Fernández; Martín, el segundo, mesurado y fuerte caballero; Suero, famoso cazador, estimado de todo; Fernán, ahijado del buen conde, montero sin igual, amigo de la gente noble y de buenas compañías; Gustios, el de la formidable espada, el que jamás dijo ni consintió mentira.

    -Hijo Gonzalo González, el menor, el predilecto de Dª Sancha. ¡Quién osará llevarle tan triste nueva a vuestra madre! Apuesto de persona, generoso, aventajado en la lanza, decidor bueno entre las damas… ¡Mejor fuera haberme dado muerte que presenciar esta jornada desgraciada y fatal!

    No pudo más; el infeliz anciano rodó por el suelo sin sentido.

    El dolor y en el llanto le acompañaron todos los presentes. Almanzor le llevó consigo a su palacio. La dama mora, hermana del rey, cuidó de él con esmero; restañó las heridas de su alma amorosamente. Y del dolor nació el amor. Y fue el fruto un niño, que había de ser el vengador de sus hermanos.






    ***
    Almanzor, compadecido, dejó al fin en libertad a D. Gonzalo. Volvió a Burgos con las cabezas de sus hijos y les dio sepultura en la iglesia de Salas.

    Desde entonces, él y doña Sancha llevaban una vida apenada y pobre, perseguidos siempre por el poderoso Ruy Velázquez. Todas las mañanas, Dª Lambra hacía que sus hombres tirasen siete piedras a las ventanas de los cuitados, para que recordasen la horrible tragedia y la venganza implacable de la orgullosa rica-hembra.

    ***
    Pasaron los años. Un buen día llegó a Salas, donde en su casa señorial vivía Gonzalo Gustios, “ciego de llorar desdichas”, un apuesto mancebo, acompañado de brillante cortejo de escuderos. Venía de Córdoba y buscaba a Gustios.

    El buen viejo, curtido en el dolor, recibió al caballero.

    -Soy de Córdoba -dijo el gallardo doncel- mi madre fue una mora principal; mi padre un noble castellano.

    Y puso en manos del anciano una cadena que llevaba al cuello y de la cual pendía medio anillo de oro.

    Gonzalo Gustios lo reconoció enseguida. Se abrazaron estrechamente.

    -¡Hijo, hijo mío! -decía el buen viejo con emoción incontenible.

    -Vengo a vengar a mis siete hermanos muertos y a asistiros en la vejez…

    ***
    Y el bastardo Mudarra González cumplió lo prometido. Busco a Ruy Velázquez. Le halló cazando y le mató en desafío, atravesándole con su espada. Y aún cuentan las crónicas que, muerto el conde Garci Fernández, primo de ella, se apoderó de Dª Lambra y la hizo quemar viva en castigo de su crueldad y de su odio implacable.
    Sobre el cuerpo de Ruy Velázquez, los castellanos lanzaron más de diez carradas de piedra. “Y aún hoy día cuantos por aquella gran pedrera pasan, en lugar de rezar Pater Noster, lanzan al montón una piedra más diciendo: “¡Mal siglo haya el alma del traidor! ¡Amén!” (2)

    ***

    (1) R. Menéndez Pidal “Flor nueva de Romances viejos”.
    (2) R. Menéndez Pidal, obra citada.


    *************

    Como complemento , puede verse:
    http://hispanismo.org/literatura/27999-romances-sobre-los-infantes-de-lara.html
    Última edición por ALACRAN; 09/12/2021 a las 18:51
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Los cofres de arena

    (Leyenda del Cid)

    La mayor parte de España ha sido incorporada por el rey Fernando I a su corona. Parar ello guerreó incesantemente con moros y con reyes vecinos. Y en todas partes el pendón de Castilla, guiado por el Cid, ha salido triunfante y victorioso. Su voz pesa cual ninguna en los consejos y ha añadido al cognomen famoso otro timbre de gloria: le llaman Mío Cid Ruy Díaz, el Campeador.

    El rey Fernando, viejo de días, llegó a trance de muerte. Y en tal trance, el amor a sus hijos, más que el bien de sus reinos le impulsó a partir entre ellos los Estados ganados. Mucho siente el reparto el mayor, D. Sancho, el que hereda Castilla, quien jamás otorgó ni consintió semejante dislate. Y, en efecto, apenas muerto D. Fernando se niega a respetar el testamento paterno. El Cid le ha aconsejado cumpla la voluntad del difunto rey. No quiere alcance a su señor la maldición con que el padre del príncipe quiso asegurar el testamento.

    D. Sancho no hace caso y el Campeador, vasallo leal, cumple con su deber, acatando la decisión del soberano y conduciendo las tropas castellanas al triunfo. García pierde Galicia y Portugal; Alfonso se queda sin León y huye a Toledo; Elvira entrega a Toro. Pero Zamora, herencia de doña Urraca, el solo rincón que a falta al venturoso rey de Castilla para reunir de nuevo los Estados de su padre, exige un cerco en regla. Los días de D. Sancho, a pesar de todos estos éxitos están cumplidos y en el cerco de Zamora, famoso por los lances y peripecias, por el heroísmo de los defensores, encuentra el rey de Castilla la muerte en plena mocedad. Vellido Dolfos se finge desertor de la ciudad; logra la confianza de D. Sancho y le mata a traición, tirándole un venablo por la espalda. El Cid persigue al traidor a todo correr de Babieca, mas habíase olvidado calzarse las espuelas y Vellido llega salvo a los muros de Zamora, cuyas puertas se abren para acogerle. “¡Oh malhaya el caballero -dirá el Campeador, despechado- que sin espuelas cabalga!”

    ***

    Allá en Toledo, en la corte morisca de Alimenón el Grande, vivía el desterrado rey Alfonso. Un mensajero de doña Urraca voló a comunicarle la muerte de D. Sancho. Y Alfonso presentóse en Zamora a sentarse en los tronos vacantes por muerte de su hermano. Leoneses y asturianos, gallegos y portugueses recibiéronle sin obstáculos por señor. No así los castellanos. Juntáronse los nobles y acordaron no reconocerle sin que antes jurase “no haber sido ni consentido”, no haber tenido parte en la muerte de D. Sancho, hermano suyo. Mas ¿quién osaría tomarle el juramento? A la postre, ninguno se atrevió sino el Cid.

    En Santa Águeda de Burgos, en el altar donde juran los hijosdalgo, está el Rey de Castilla conjurado por Rodrigo. Las juras eran tan fuertes que Alfonso, espantado, no quería otorgarlas. Al fin juró, pero enojado por aquella decisión del Cid -y acaso recordando que era Rodrigo el autor de las derrotas sufridas por él cuando perdió el reino a manos de D. Sancho – le destierra de la corte. Rodrigo vive con doña Jimena en sus casas de Vivar. Es el “Señor de sus vasallos, padre y amigo de todos. Don Alfonso, como estaba sañudo y airado contra él, manda al héroe castellano abandonar el reino en el plazo perentorio de nueve días.

    ****

    El Cid abandonó sus palacios de Vivar y caminó hacia Burgos. Doña Jimena y sus hijas, chicas en años, están en el monasterio de San Pedro de Cardeña, bajo el amparo de la santa casa. Con el Campeador van doscientos caballeros de su alfoz. Todos son hidalgos y parientes y todos abandonan su hacienda por seguir a Mío Cid Ruy Díaz. La carta del rey conminando con grandes castigos a aquellos que le acojan, le ha precedido y cuando llega a Burgos halla cerradas todas las puertas. Varones y mujeres por las ventanas entornadas miran el paso de la comitiva, marcial y seria, y de todos los labios se escapa, con un suspiro, el justo comentario: “Dios qué buen vassallo si oviesse buen señor”.

    El Campeador se dirigió a su ordinaria posada. La encontró fuertemente cerrada. Nadie responde a las voces. Una niña de nueve años se asomó a la ventana: -Marchad, Campeador, el que en buena hora ciño espada. El rey lo ha vedado. Nos dará muerte y perderemos los haberes si osamos acogeros. Marchad, buen Cid, en nuestro mal no ganáis nada.

    -¡En marcha! -ordenó El Cid a su mesnada. Y atravesando Burgos puso sus tiendas a orillas del Arlanzón.
    Martín Antolínez, el burgalés de pro, no tiene en nada las amenazas del rey. Aquella noche abastecióles de vianda abundantemente, que en Burgos nadie atrevíase a venderles cosa alguna.

    ****

    Tan pobre marcha el Cid al destierro que no tenía haberes con que mantener a los suyos. Y, con consejo de Martín Antolínez, ideó una estratagema para proveerse de dineros. Llenó dos grandes arcas de arena; cubriólas de guadalmecí bermejo y fueron bien claveteadas, con clavos dorados. El burgalés trajo al campamento a Raquel y Vidas, dos judíos de la ciudad. Y sobre la fe de que las arcas contenían el tesoro del Cid, hicieron el trato. Los judíos dieron a Mío Cid tres mil marcos de plata y se quedaron en prenda con las arcas, a condición de que, si dentro de un año Ruy Díaz no devolvía el dinero, podían disponer a su antojo del tesoro…



    Y así, provisto de haberes por esta estratagema a que le forzó la necesidad, Rodrigo levantó las tiendas y caminó a San Pedro de Cardeña, donde estaba Jimena. “Confiaba el Cid en Dios y en su buena ventura que pronto podría devolver el préstamo, antes que se descubriese engaño de la prenda”.

    El Cid se despidió de Jimena y de sus hijas con el mismo dolor con que “la uña se arranca de la carne”.

    ***

    Ha llegado la hora. Martin Antolínez se le incorpora con cien caballeros burgaleses que voluntariamente quieren acompañar al Campeador. El Cid se arranca con dolor y esfuerzo de los brazos de Jimena. Da una orden. La mesnada, silenciosa y triste cabalga. Se alejan.

    Cabalgan ya de prisa. La mesnada va creciendo. Caballeros y peones se le juntan, orgullosos de ser mandados por el Campeador. Y así, por las artes de “malos mestureros” hubo de dejar Castilla el Mío Cid. Ruiz Díaz y marchar de la tierra para ganar su pan en las ajenas.

    Trabajosa y dura fue la vida del desterrado. Batallaba por necesidad, pero “una vez puesto en la silla”, Castilla se ensancha “al paso de su caballo”. Han probado el esfuerzo de su brazo los moros de Zaragoza y de Levante, el rey aragonés y hasta el Conde de Barcelona. Su fama crece y se agranda. La sola pisada de Babieca infunde favor a los enemigos. Y leal, con lealtad castellana envía a D. Alfonso, su señor natural, las llaves de las ciudades que conquista y hace poner en los castillos las armas del rey que le desterró. Nada de esto conmueve a Alfonso, que está en el culmen de la gloria: sus ejércitos han plantado las tiendas en las mismas puertas de Sevilla, ha bañado su caballo en las aguas de Tarifa; ha conquistado Toledo y ha hecho avanzar las fronteras del reino a la línea del Tajo...

    Pero pronto declina la fortuna de Alfonso. Los almorávides invaden España. El poder de los invasores es inmenso. Su imperio se extiende más allá del Sahara. “Siete meses de camino tenía a lo largo y más de cuatro meses a lo ancho, según contaban las caravanas que lo cruzaban. Alfonso VI no logró resistirlo. Cosecha fracaso tras fracaso. Es vencido en Sagrajas, en Jaén, en Consuegra, en Uclés...

    Solo el Cid sabe vencer a estos terribles invasores. Les arranca Valencia, la codiciada ciudad y, desde ella, contiene por el Este, el formidable empuje de los nuevos ejércitos africanos. Muchos pueblos y castillos más de los moros están en poder de sus mesnadas. Todos los que acompañaron al destierro se enriquecieron sobremanera. Y él era grande y rico más que cuántos señores había en España.

    El Cid, desde Valencia, envía a Alvar Fáñez con un presente de cien caballos enjaezados con sendas espadas pendiendo en los arzones para el rey de Castilla. Lleva encargo de solicitar permiso del rey y traer a Valencia, a fin de que gocen aquel bienestar, con tanto esfuerzo ganado, a Jimena y a las hijas del héroe, ya mozas garridas.
    Martín Antolínez, acompaña a Minaya. Ha de cumplir una misión, sagrada para el Campeador: rescatar unas arcas que, empeñadas quedaron allá en Burgos, bajo la fe de la palabra de Rodrigo.

    -"Andad, Martín Antolínez -dijo el que en buena hora ciño espada- y pagad a los honrados judíos Raquel y Vidas los tres mil marcos de plata que me prestaron. Les daréis mil marcos más de logrería. Y habéis de rogarles de mi parte perdonen el engaño de los cofres, pues lo hice acuciado de mi gran necesidad y, aunque contienen arena solamente, miren bien que “quedó soterrado en ellos el oro de mi verdad y la fe de mi palabra”.


    -
    Última edición por ALACRAN; 26/12/2021 a las 12:45
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

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    El Cid gana batallas después de muerto



    (…) El Cid ha cumplido ya su deber con España. Agotado de tan dura lucha –“agravios en pechos nobles pueden mucho más que el tiempo”-, de un batallar tan constante, esta doliente del mal postrero. Una noche, en el Alcázar de Valencia, vino a él en visión el Apóstol San Pedro. Le anuncia la gloria eterna en premio a sus virtudes y luchas por la Cruz; “pero le arranca amargamente su último y supremo afán terrenal, haciéndole saber que su mayor conquista (Valencia), una vez que había servido para contener la invasión almorávide no sería duradera”. A los treinta días descansaba el héroe en la paz del Señor, reclinado suavemente sobre el hombro de Jimena, la esposa tan querida y honrada, la gallarda cabeza, besada tantas veces por la victoria.

    El rey Búcar vuelve en demanda de Valencia. Ha puesto sitio de nuevo a la ciudad. Jimena se sostiene tras sus muros algún tiempo. Castilla está lejos y el rey Alfonso no puede socorrerla. El héroe invencido va a realizar aun una estupenda hazaña. Dios quiso otorgarle una última y extraordinaria gracia -la que la anunciaran el leproso y confirmara San Pedro-; “vencer después de morir”. La sola presencia de su cuerpo sin alma, pondrá en fuga al rey Búcar y a sus huestes, cuando los cristianos abandonen Valencia.

    ***
    Jimena ha decidido la jornada. Colocan el cadáver embalsamado del Cid sobre Babieca, bien sujeto por medio de tablas. Va aderezado según su costumbre para entrar en batalla, erguido a maravilla, con Tizona en la mano; parece que está vivo. Alvar Fáñez, el segundo del Cid, con un escuadrón de esforzados campeones; detrás Pero Bermúdez con la enseña triunfadora enarbolada y cuatrocientos hidalgos que le dan escolta; luego el cuerpo del Mío Cid y los cien valerosos caballeros de su guardia escogida; las últimas van Jimena y las damas; seiscientos aguerridos mesnaderos las rodean y defienden. A sus espaldas quedan las ruinas humeantes de Valencia.

    Los moros han huido aterrados ante la presencia del héroe que creyeron muerto y son quebrantados y desechos una vez más por las mesnadas del Campeador. Y el cadáver del Cid recorre así, entre lanzas victoriosas, en retorno a Castilla. los campos de Valencia y Aragón, para reposar eternamente en San Pedro de Cardeña, cabe el altar del Apóstol, de quien fue tan devoto.

    Pero el vencedor no vencido, sigue ganando batallas después de muerto: las batallas de la lealtad, del honor, del valor sin medida, del sacrificio heroico por la Patria… virtudes de la raza de las cuales es símbolo Mío Cid Ruy Díaz el Campeador.

    Última edición por ALACRAN; 26/01/2022 a las 19:57
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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