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Tema: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

  1. #1
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Fuente: Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco

    [Las partes subrayadas no son mías, sino que aparecen así en el documento original]





    Escrito de los Cardenales Pla y Deniel, de Arriba y Castro y Quiroga Palacios al Jefe del Estado con comentarios sobre el proyecto de leyes fundamentales de Arrese. (12 de Diciembre de 1956).



    A su Excelencia Don Francisco Franco Bahamonde

    Jefe del Estado Español y Generalísimo de los Ejércitos

    El Pardo





    A su Excelencia Don Francisco Franco Bahamonde

    Jefe del Estado Español



    Excelencia:

    Los tres Cardenales Españoles que suscriben (el cuarto y más antiguo tiene actualmente en su sede Administrador Apostólico) ante la suma trascendencia de las proyectadas Leyes Fundamentales, creen un deber llegar a Vuestra Excelencia para manifestarle qué siente la Jerarquía de la Iglesia ante los proyectos presentados de tales leyes.

    La Iglesia en todas las naciones sin descender nunca al terreno partidista se interesa sumamente por el bien común de la Patria en todos los aspectos. En nuestra España, por la catolicidad de la misma, está tan ligada la acción de la Iglesia a toda la historia patria desde la época de los Concilios Toledanos que vinieron a forjar la nacionalidad española, pasando por la Reconquista, Cruzada de siete siglos en la que actuó España como vanguardia de Europa ante la invasión musulmana, espada de Roma ante el protestantismo, que señaló el ocaso de Napoleón en vencerle en su invasión a España y que en nuestros días ha sido la única nación que en su Cruzada y guerra de liberación ha vencido al Comunismo, que la Iglesia no puede desinteresarse ante leyes fundamentales que estructuren el régimen y el gobierno de España en lo futuro.

    Se necesitan leyes fundamentales. La necesidad de leyes fundamentales, de leyes institucionales, en el nuevo Estado surgido de la Cruzada y guerra de liberación, uno de los firmantes del presente escrito lo señaló apenas terminada la última guerra mundial en el año 1945; y en el 1947 se aprobó por plebiscito nacional la Ley de sucesión de la Jefatura del Estado, en cuyo artículo primero establece: “España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, que de acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino”.

    El proyecto de leyes fundamentales está en desacuerdo con las doctrinas pontificias. La iglesia acepta todas las formas legítimas de gobierno, dejando a cada nación que tenga sus leyes fundamentales, pero con tal que se respeten los derechos de la persona humana, de los cuales es siempre defensora. Ahora bien: en los proyectos de las dos leyes fundamentales Ley Orgánica del Movimiento y Ley de Ordenación del Gobierno se pone como poder supremo del Estado un partido único, aun cuando sea con el nombre de Movimiento, pues el Consejo Nacional de este partido o Movimiento está por encima del Gobierno y de las Cortes, cuyas actividades juzga y limita, quedando aún muy mermada la autoridad del Jefe del Estado. No es misión nuestra entrar en detalles del articulado de los proyectos de estas dos leyes, pero según ellas la forma de Gobierno en España no es ni monárquica, ni republicana, ni de democracia orgánica o inorgánica, sino una verdadera dictadura de partido único, como fue el fascismo en Italia, el nacional socialismo en Alemania, o el peronismo en la república Argentina, sistemas todos que dieron mucho que deplorar a la Iglesia como puede verse en las Encíclicas de Pío XI Non abbiamo Bisogno y la Mit Bremndez [sic] Sorge y como ha habido que lamentar en nuestros mismos días en la República Argentina. Por otra parte Su Santidad Pío XII en múltiples de sus alocuciones y especialmente en su Radiomensaje de Navidad del año 1944 combate el absolutismo del Estado y enseña que la verdadera democracia puede tener lugar lo mismo en monarquías que en repúblicas, con tal que coloque “al ciudadano en condiciones cada vez mejores de tener su propia opinión personal, y de expresarla y hacerla valer de manera conducente al bien común”, distinguiendo entre pueblo y masa; el pueblo “vive y se mueve por su propia vida, la masa es inerte y no puede ser movida sino desde fuera; el pueblo vive de la plenitud de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales –en su propio puesto y en su propio modo– es una persona consciente de su propia responsabilidad y de sus propias convicciones; por lo contrario la masa espera el impulso del exterior… el mismo Estado puede con apoyo de la masa, reducida ya a no ser sino una simple máquina, imponer su voluntad a la parte mejor del pueblo; el interés común queda así gravemente herido por largo tiempo, y la herida muy frecuentemente es difícil de curar”.

    En el proyecto de Ley Orgánica del Movimiento Nacional, en las relaciones entre la Sociedad y el Movimiento, atribuye a éste, como una de sus funciones primordiales, la orientación e información política de la opinión pública. Recuérdese en contraposición a tales disposiciones la doctrina enseñada por su Santidad Pío XII en su alocución de 18 de febrero de 1950 a los periodistas católicos: “Allí donde no apareciera ninguna manifestación de la opinión pública, allí sobre todo donde se hubiera de registrar su real inexistencia, por cualquier razón que se explique su mutismo o inexistencia, se debería ver un vicio, una enfermedad, una irregularidad en la vida social. Dejamos aparte evidentemente el caso de que la opinión pública se calla en un mundo en donde aún la justa libertad está desterrada y donde sólo la opinión de los partidos en el poder, la opinión de los jefes o de los dictadores está autorizada a dejar oír su voz. Ahogar la de los ciudadanos, reducirla a un silencio forzado, es a los ojos de todo cristiano, un atentado contra el derecho natural del hombre, una violación del orden del mundo, tal y como ha sido establecido por Dios”.

    Los proyectos de Ley Orgánica del Movimiento Nacional y Ley de Ordenación del Gobierno no tienen raíces en la tradición española, sino en los regímenes totalitarios de algunos pueblos después de la primera guerra mundial, cuyas doctrinas o prácticas recibieron severas amonestaciones de los Romanos Pontífices.

    Cuando tanta trascendencia tienen las Leyes Fundamentales que se establezcan para el nuevo Estado surgido de la Cruzada y de la guerra de liberación, entendemos que sería un gravísimo error que tales leyes no se enraizaran en la tradición española de los mejores tiempos de nuestra historia, sino en los sistemas que después de la primera guerra y como una extrema reacción contra los avances socialistas producidos como secuela de la primera guerra mundial, se establecieron en algunas naciones. Creemos sinceramente que lejos de asegurar esto la pervivencia del espíritu del 18 de julio de 1936 expone a muy grave peligro la continuidad de la España Nacional que surgió de la Cruzada, sobre todo el día que llegue a faltar Vuestra Excelencia, cuya vida pedimos al Señor conserve muchos años. Tampoco creemos que facilitasen tales leyes las actividades internacionales de España, hoy en feliz coyuntura.

    El proyecto de las leyes fundamentales que ahora se propone, está en discordancia con las leyes principales fundamentales hasta ahora dictadas y que a nuestro parecer salvaguardan mejor los derechos de la persona humana que la Iglesia propugna.

    No se comprende como en un mismo Estado pueden a la vez regir la Ley de la Creación de las Cortes de 1947 [sic] y el Fuero de los Españoles de 1945 y por otra parte la Ley Orgánica del Movimiento Nacional que ahora se propone. Fijándonos sólo en el Fuero de los Españoles, establece en su artículo 12: “Todo español podrá expresar libremente sus ideas, mientras no atenten a los principios fundamentales del Estado”. El art. 22 de la Ley Orgánica del Movimiento Nacional establece que el “Movimiento asume la orientación e información política de la opinión pública”.- El art. 16 del Fuero de los Españoles establece: “Los Españoles podrán reunirse y asociarse libremente para fines lícitos y de acuerdo con lo establecido por las leyes. El Estado podrá crear y mantener las organizaciones que estime necesarias para el cumplimiento de sus fines. Las normas fundamentales que revestirán forma de Ley, coordinarán el ejercicio de este derecho con el reconocido en el párrafo anterior”. El art. 24 de la Ley Orgánica del Movimiento Nacional establece: “La organización sindical estará integrada en el Movimiento Nacional y sometida a su dirección política basada en el principio de unidad sindical. El Estado no admitirá la existencia de ninguna otra entidad que pretenda asumir la representación o tutelar los intereses de los elementos productores de la Nación”.

    La Ley de Creación de las Cortes Españolas de 1942 en su art. 1 establece: “Las Cortes son el Órgano superior de participación del pueblo español en las tareas del Estado”. El proyecto de Ley Orgánica del Movimiento Nacional sujeta la acción legislativa de las Cortes al Consejo Nacional del Movimiento y aún a la sola Comisión de Acción Legislativa del mismo.

    Los proyectos de Leyes fundamentales lejos de favorecer la unión nacional con la base del espíritu del 18 de julio, producirían una peligrosísima división entre los ciudadanos españoles, siendo así que la Iglesia procura siempre la unidad y la concordia.

    Para asegurar la continuación del espíritu del Movimiento Nacional es necesario ni recaer en el liberalismo de una democracia inorgánica, ni pretender una dictadura de partido único, sino promover una actuación y verdadera representación orgánica.

    Nadie más que la Iglesia desea que en España perdure y se afiance definitivamente el espíritu del Movimiento Nacional, en el cual, los que fueron mártires de la Fe y los que murieron en los campos de batalla murieron por Dios y por España. Pero ello no se logrará con excesivas leyes fundamentales, sobre todo si son entre sí contradictorias o promulgadas no se llevan con lealtad a la práctica. Tenemos el Fuero de los Españoles, cuidadosamente elaborado, de pleno equilibrio, conforme al derecho natural y al de la Iglesia, que excluye los errores del liberalismo y que defiende todos los verdaderos derechos de la persona humana. Por ello entendemos que no hace falta una nueva Ley de principios, como se nos dice a última hora que se trata también de promulgar. Lo que sí entendemos es que urge llevar a la práctica el Fuero de los Españoles, que sólo se ha cumplimentado en lo judicial y penal, que ya no necesitaba ninguna Ley suplementaria, pero en cambio al cabo de once años de su promulgación no se ha cumplido el artículo 34 del mismo: “Las Cortes votarán las leyes necesarias para el ejercicio de los derechos reconocidos en este Fuero”. Ni una sola Ley complementaria se ha dictado; y por el contrario sí muchas disposiciones contrarias a los derechos reconocidos en este Fuero, como en materia de Prensa y de Asociaciones.

    El criterio de los Prelados españoles, Excelentísimo Señor, es el mismo que el 3 de noviembre último expresó Su Santidad Pío XII al referirse a España, que tanto ama el Sumo Pontífice: “La España Católica conoce lo que son ciertos horrores y puede ser que esta experiencia haya sido una gracia especial de lo alto para mantenerla apartada de no leves peligros. Nuestro ferviente deseo es que ella sepa aprovechar tan señalado bien, progresando continuamente en la reorganización de sus medios de producción, en la estructuración de sus instituciones fundamentales, en la regulación práctica de principios que ha aceptado y reconocido siempre, en la inserción de sus ricas esencias nacionales dentro de la armonía general de los pueblos, y, sobre todo, en la plena pacificación de los espíritus, como consecuencia principal de una auténtica proyección de sus altos ideales cristianos sobre todos los aspectos de su vida económica, cultural y social”.

    Pedimos al Señor que ilumine y que asista a Vuestra Excelencia y que así como obtuvo la victoria para bien de España en la Cruzada Nacional y ha vencido también al injusto bloqueo diplomático de España después de la segunda guerra mundial, obtenga la última y definitiva victoria preparando a España para una pacificación completa, para una vida normal ciudadana, con participación activa de todos los elementos sanos de todas las clases sociales, que evite movimientos pendulares y reacciones extremas en el futuro, que tantas veces, aún en pasados próximos, ha sufrido nuestra España.

    Se reiteran de Vuestra Excelencia leales servidores en Cristo.

    Madrid, 12 de diciembre de 1956.

    † Enrique, Cardenal Pla y Deniel
    Arzobispo de Toledo [Firmado]

    † Benjamín, Card. de Arriba y Castro
    Arzobispo de Tarragona [Firmado]

    † Fernando, Card. Quiroga Palacios
    Arzobispo de Santiago [Firmado]
    Donoso dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Cita Iniciado por Martin Ant Ver mensaje
    una verdadera dictadura de partido único, como fue el fascismo en Italia, el nacional socialismo en Alemania, o el peronismo en la república Argentina
    El justicialismo nunca fue una dictadura de partido único.
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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  3. #3
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Plá y Deniel, Arriba y Castro y Quiroga Palacios, los tres cardenales arzobispos, nada menos... y dando consejos en materia política ¡y sin miedo a las iras del dictador! (un Carlos III los hubiera enchironado ipso facto...)

    Oye, pues digo yo, que cuando estos fueron al Vaticano II (seis años más tarde) ya podían haber dado algún consejete al papa bonachón y a su sucesor ("dialogantes" a más no poder...) para avisarles de que los principios liberal-masónicos que allí aprobaban y ensalzaban contradecía la unidad católica de España, los principios de la Cruzada, el "Fuero de los Españoles", el espíritu del 18 de julio...
    Pero tengo entendido que no abrieron el pico para criticar absolutamente nada. Y con el agravante que eran cardenales y por tanto tenían más peso y capacidad de maniobra... pero claro: allí solo se atrevían a reírle las gracias al Santo Padre.

    Y es que la cosa tiene guasa: al "dictador" Franco los cardenales le cantan las cuarenta sobre minucias; en cambio, ante los destrozos del "dialogantísimo" Papa bonachón que arrasarán el catolicismo en España ... ¡los tres cardenales, callados como muertos!...

    Y por lo demás, agradecer a Martin Ant que nos aporte otro texto no muy fácil de encontrar y que demuestra como los tres principales jerarcas eclesiásticos de España, estaban (hasta 1956 por lo menos) totalmente conformes con el desarrollo político franquista y su repertorio legislativo. Se echa de menos que el señor Martin Ant aporte alguna vez alguna de las incontables alabanzas episcopales directas al Régimen (que, por cierto, estoy recopilando); pero bueno, ese no es cometido suyo.
    Última edición por ALACRAN; 30/09/2015 a las 11:37
    DOBLE AGUILA, raolbo y Trifón dieron el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  4. #4
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    que demuestra como los tres principales jerarcas eclesiásticos de España, estaban (hasta 1956 por lo menos) totalmente conformes con el desarrollo político franquista y su repertorio legislativo.

    Precisamente lo que demuestra este texto es que no existía por parte de la Jerarquía preconciliar, tomada en su conjunto, esa conformidad o apoyo total con el desarrollo político de la dictadura, sino que esa conformidad o apoyo era condicional.

    ¿Condicional a qué? Obviamente a que ese desarrollo político (no solamente en lo puramente teórico o nominal, sino también en lo práctico o efectivo) se adecuara real y verdaderamente a los genuinos ideales del 18 de Julio, que los cardenales resumen correctamente en el texto a través del rechazo conjunto tanto del totalitarismo de partido único como del liberalismo "democratista", y el fomento, en su lugar, de la restauración orgánica de la sociedad (en conformidad con el régimen de Cristiandad o Tradicional español, propio del –mal llamado– Antiguo Régimen).

    Curiosamente esto es exactamente lo mismo que defendía la Comunión Legitimista: la efectiva adecuación política con lo que realmente representaba el 18 de Julio. El aviso o advertencia de los cardenales (como también ocurrió con todos los avisos y avertencias de la Comunión legitimista desde, como mínimo, el 10 de marzo de 1939), para desgracia de los españoles, cayó en saco roto.


    Se echa de menos que el señor Martin Ant aporte alguna vez alguna de las incontables alabanzas episcopales directas al Régimen (que, por cierto, estoy recopilando); pero bueno, ese no es cometido suyo.
    Yo, personalmente, no tengo ningún problema con las declaraciones que a título individual o privado hayan podido hacer obispos españoles en favor de la figura de Franco o de su política (empezando por las homilías de casi todos los obispos posconciliares con motivo de la muerte de Franco). También existen, por supuesto, declaraciones a título individual o privado por parte de otros obispos -no solamente posconciliares sino también preconciliares, empezando por ese famoso cuarto cardenal que se menciona al principio de la carta, con Administrador Apostólico en su sede- críticos contra ese mismo régimen.

    Yo lo que quería traer aquí era una declaración pública u oficial representativa de todo el Episcopado preconciliar, en donde se refleja claramente cuál es su posición en materia política: conformidad y apoyo total e incondicional con respecto al genuino y verdadero significado político del 18 de Julio; y conformidad y apoyo condicional con respecto a Franco y su sistema en tanto en cuanto se adecúe efectivamente (no solamente en lo puramente nominal o verbal, sino también en la práctica efectiva) a dicho 18 de Julio.
    Última edición por Martin Ant; 30/09/2015 a las 11:55

  5. #5
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Las leyes que proponía Arrese fueron el último intento por rescatar los principios del 18 de Julio y hacer que perdurase el Régimen, en vez de limitarse a ser una dictadura transitoria. Esta carta lo único que demuestra es que los cardenales, en plena sintonía con el propio Régimen de Franco, no estaban por la continuidad del 18 de Julio y hacían todo lo posible por que el Régimen desembocase en una democracia occidental, como finalmente sucedió. Por supuesto, Franco recibió la carta de los cardenales como agua de mayo, ansioso como estaba por desembarazarse del "pesado" de Arrese, que no le creaba más que problemas con sus ideas locas de articular un Régimen independiente basado en el 18 de Julio (carlistas y falangistas exclusivamente, sin la escoria alfonsina y democristiana que se había adueñado de todos sus entresijos). En su libro "Una etapa constituyente" Arrese cuenta cómo el único apoyo que recibió fue de los carlistas no oficialistas, al margen de que no comulgasen con algunos detalles de su proyecto.
    Donoso y ReynoDeGranada dieron el Víctor.
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

  6. #6
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Lo que yo veo en este escrito, es que estos tres cardenales, aprovechando que en esa fecha España está saliendo del aislamiento internacional, le reprochan a Franco veladamente y con la excusa de que según ellos "están en desacuerdo con las doctrinas pontificias" tres cuestiones fundamentales de las nuevas leyes:

    1) Que no existan más partidos políticos que el oficial (o lo que es lo mismo, vuelta al sistema liberal).
    2) Libertad de prensa (cuestión CONDENADA por Gregorio XVI en "Mirari Vos" 1836)
    3) Representación sindical al margen de la oficial (y ya sabemos que sindicatos eran lo alternativos)

    En la mejor tradición de Richelieu o Mazarino, de forma muy SIBILINA, estos Príncipes de la Iglesia demostrando un dominio de la psicología y el legalismo, además de curándose en salud, alaban el anterior "Fuero de los Españoles" que les parece plenamente católico; pero en realidad lo hacen porque se trata de una Ley General que no entra a legislar en detalle todos los diversos aspectos de la ordenación política. No obstante, para el ojo avezado, existe una pequeña incongruencia:

    En la época del Fuero de los Españoles (1945), ya existe el Partido Único, no se reconoce la libertad de prensa, ni tampoco otro modelo sindical que no sean los Sindicatos Verticales. ¿Protestaron entonces dichos Príncipes porque el ordenamiento jurídico español no se ajustaba a las enseñanzas y el Magisterio de la Iglesia? ¿En algún momento el Sumo Pontífice SS Pío XII CONDENÓ por incompatible con el cristianismo la estructura política del Estado Español salido de 1939?.

    Estas cuestiones habrían de ser contestadas "ipso facto" y de manera definitiva, o de lo contrario se entendería que no se trata más que de una maniobra más por parte de unos cardenales, que como muy bien ha afirmado el maestro Alacrán, no se distinguieron precisamente en defender la ortodoxia durante el Concilio Vaticano II.
    Última edición por DOBLE AGUILA; 01/10/2015 a las 16:32
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  7. #7
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Cita Iniciado por DOBLE AGUILA Ver mensaje
    Lo que yo veo en este escrito, es que estos tres cardenales, aprovechando que en esa fecha España está saliendo del aislamiento internacional, le reprochan a Franco veladamente y con la excusa de que según ellos "están en desacuerdo con las doctrinas pontificias" tres cuestiones fundamentales de las nuevas leyes:

    1) Que no existan más partidos políticos que el oficial (o lo que es lo mismo, vuelta al sistema liberal).
    2) Libertad de prensa (cuestión CONDENADA por Gregorio XVI en "Mirari Vos" 1836)
    3) Representación sindical al margen de la oficial (y ya sabemos que sindicatos eran lo alternativos)

    En la mejor tradición de Richelieu o Mazarino, de forma muy SIBILINA, estos Príncipes de la Iglesia demostrando un dominio de la psicología y el legalismo, además de curándose en salud, alaban el anterior "Fuero de los Españoles" que les parece plenamente católico; pero en realidad lo hacen porque se trata de una Ley General que no entra a legislar en detalle todos los diversos aspectos de la ordenación política. No obstante, para el ojo avezado, existe una pequeña incongruencia:

    En la época del Fuero de los Españoles (1945), ya existe el Partido Único, no se reconoce la libertad de prensa, ni tampoco otro modelo sindical que no sean los Sindicatos Verticales. ¿Protestaron entonces dichos Príncipes porque el ordenamiento jurídico español no se ajustaba a las enseñanzas y el Magisterio de la Iglesia? ¿En algún momento el Sumo Pontífice SS Pío XII CONDENÓ por incompatible con el cristianismo la estructura política del Estado Español salido de 1939?.

    Estas cuestiones habrían de ser contestadas "ipso facto" y de manera definitiva, o de lo contrario se entendería que no se trata más que de una maniobra más por parte de unos cardenales, que como muy bien ha afirmado el maestro Alacrán, no se distinguieron precisamente en defender la ortodoxia durante el Concilio Vaticano II.
    De acuerdo contigo, salvo en un pequeño un matiz: no era un propiamente una ley, sino un proyecto de ley que presentó Arrese y que fue muy mal recibido por el propio Franco y en general por todo el Régimen. El reproche va dirigido a Arrese más que a Franco, que finalmente hizo caso a los cardenales democristianos y arrojó a la papelera el proyecto, como probablemente era su intención inicial.
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

  8. #8
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Si, se trata de un proyecto de ley; pero es que para el caso es lo mismo. Lo que subyace, y que después explotaría con toda su fuerza en el Concilio Vaticano II, es la adopción por gran parte de la jerarquía católica de los postulados liberales que, por otra parte, la Iglesia francesa y alemana habían hecho ya "oficiosos" en sus países ya a finales de los años 40:

    Sindicatos libres, libertad de prensa, juego democrático, dirección colegiada de la iglesia, ecumenismo, libertad de culto, relativismo ideológico, no condena expresa del comunismo etc etc. La loa al "Fuero de los Españoles" no es más que un artificio dialéctico, una trampa.
    Última edición por DOBLE AGUILA; 01/10/2015 a las 20:15
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  9. #9
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Las leyes que proponía Arrese fueron el último intento por rescatar los principios del 18 de Julio y hacer que perdurase el Régimen, en vez de limitarse a ser una dictadura transitoria. Esta carta lo único que demuestra es que los cardenales, en plena sintonía con el propio Régimen de Franco, no estaban por la continuidad del 18 de Julio y hacían todo lo posible por que el Régimen desembocase en una democracia occidental, como finalmente sucedió. Por supuesto, Franco recibió la carta de los cardenales como agua de mayo, ansioso como estaba por desembarazarse del "pesado" de Arrese, que no le creaba más que problemas con sus ideas locas de articular un Régimen independiente basado en el 18 de Julio (carlistas y falangistas exclusivamente, sin la escoria alfonsina y democristiana que se había adueñado de todos sus entresijos). En su libro "Una etapa constituyente" Arrese cuenta cómo el único apoyo que recibió fue de los carlistas no oficialistas, al margen de que no comulgasen con algunos detalles de su proyecto.
    Kontrapoder. Al leer esto que escribe usted, me he puesto ha repasar un poco por encima lo que sobre este asunto tiene recopilado M. de Santa Cruz en sus Apuntes. En los documentos carlistas de aquel entonces no veo más que críticas contra los mencionados anteproyectos, fundándose precisamente la mayoría de esas críticas en el "Derecho Público Cristiano" (como hacen los cardenales también). También aparece comentado lo que Arrese escribe en su libro sobre el documento que le enviaron Zamanillo y Valiente el 19 de octubre, aunque este documento no se reproduce (M. de Sta. Cruz no pudo encontrarlo en el archivo de Valiente) y sólo aparecen los extractos presentados por el propio Arrese en su libro.

    ¿Está seguro que los Anteproyectos de Arrese hubieran encauzado realmente al Régimen a una auténtica adecuación política con el 18 de julio? Yo, personalmente, suscribo este párrafo del documento:


    Para asegurar la continuación del espíritu del Movimiento Nacional es necesario ni recaer en el liberalismo de una democracia inorgánica, ni pretender una dictadura de partido único, sino promover una actuación y verdadera representación orgánica.



    No me parece descabellada ni mucho menos la hipótesis que señala usted de una Jerarquía subida ya al carro del demoliberalismo al que se iba dirigiendo la evolución política del franquismo. Pero, ¿podría ampliar -si tiene tiempo y ganas- esa hipotética mejor conformidad con el 18 Julio de los anteproyectos de Arrese? ¿Hubieran significado realmente una institucionalización política que habría frenado de manera efectiva esa evolución demoliberal de la dictadura? ¿No hubiera sido mejor -de hecho, la única solución- el fomento de la restauración de esa sociedad orgánica como única y verdadera limitación efectiva contra una futurible o eventual degeneración progresiva de la potestad política?

  10. #10
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Martin, atendiendo a su petición de ampliar mi tesis, he estado revisando el libro de Arrese, porque lo había leído hace bastantes años. Voy a transcribir algunos párrafos que creo que pueden resultar interesantes.

    En la página 46, Arrese comenta la buena relación que tiene con los carlistas que no tienen cargos oficiales (a estos se refiere habitualmente como integristas o javieristas, para distinguirlos de los tradicionalistas que colaboran con el régimen, como Iturmendi):

    La visita de Arauz de Robles, que pertenecía al triunvirato del grupo javierista, fue interesante porque versó además sobre aquella famosa entrevista celebrada en Villarreal e Álava con Hedilla para establecer entre la Falange y el tradicionalismo una línea de constante unidad. Me habló (y ello resultaba lo más interesante porque era versión de primera mano lo que yo conocía por muy terceras o cuartas) del escrito que en la primavera de 1937 presentaron al Caudillo firmado por él y por Hedilla, en el cual, entre otras cosas, se ponían dos cláusulas trascendentales; una, que el tradicionalismo aceptaba íntegramente la doctrina social de la Falange; otra, que la Falange apoyaría sin reservas la monarquía tradicionalista.

    Esto era lo que yo había sostenido siempre porque, en efecto, representaba el modo de entender la unificación de ambos grupos sin llegar a la mezcla de himnos y de uniformes que, como el aceite y el vinagre, se juntan pero no se unen.

    [...]

    Aquel mismo día (20 de junio), en el despacho ordinario con el Caudillo le di cuenta de esta visita, y como Franco tiene una memoria asombrosa, me contó que efectivamente recordaba el documento suscrito por Arauz de Robles y Hedilla, pero, lejos de ser importante, llevaba una cláusula «que le quitaba todo el valor de intento unificador, para presentarlo como un pastel electoral»; los dos partidos se comprometían a no participar en el Gobierno más que en determinadas condiciones. No le pregunté cuáles eran estas condiciones, pero me hizo la impresión de que encerraban una parte de la prisa en dictar el decreto de unificación por limitar los poderes del Caudillo. Sin embargo, y al margen de ellas, que ni Arauz ni Franco me descubrieron, no andaba del todo descaminado el propósito de aquellos hombres.

    Los que se presentaron en la Secretaría General con más abierto sentido de colaboración fueron los líderes del grupo integrista José Luis Zamanillo y José María Valiente.

    [...]

    Los dos, bandera y cerebro del grupo, me vinieron repetidas veces, y, como Valiente era muy preciso en sus conceptos, me trajeron un escrito de afirmaciones que coincidía completamente con los puntos de vista sustentados por la Secretaría General.

    Con estas visitas y con las de otros de la misma tendencia, Teodoro Aguilera, general Redondo, mi antiguo amigo y diputado navarro Amadeo Marco y los tradicionalistas donostiarras Olazábal y Arrúe, sobrino el primero de aquel que rezaba todos los días por la conversión del Papa, se podía lograr muy fácilmente la integración militante de la parte más sana del carlismo, y, como entonces estaba cociéndose la crisis del 18 de julio, aquella crisis non nata que tan graves consecuencias trajo, propuse al Caudillo la utilización de éstos en el Gobierno y hablamos muy seriamente de sustituir a Iturmendi por Valiente en el Ministerio de Justicia y a Vallellano por Bau en Obras Públicas.

    En la página 154 vuelve a trazar la distinción entre los carlistas oficialistas, que rechazan el proyecto con argumentos como el de los tres cardenales, y el de los carlistas intransigentes de Fal Conde, que en cambio se avienen a colaborar con Arrese y su proyecto:

    Era curioso ver que el grupo colaboracionista, como si quisiera hacerse perdonar el pecado de ocupar cargos, era el más avanzado, y, en cambio, el equipo integrista, que siempre había sido el más intransigente, había presentado, por medio de José María Valiente, unas observaciones muy estimables y atinadas.

    Seguidamente recuerda su apoyo a la opción de Carlos VIII,

    no sólo con intención de llevar a su cauce a los tradicionalistas que añoraban un Rey; sino, además y sobre todo, con la de llevar a la Falange y a la Tradición a un camino de unidad positiva en materia de monarquía, pues siempre había juzgado más próxima a la norma falangista un Rey auténticamente tradicionalista que un Rey sobrecargado por la herencia del liberalismo. La prueba la teníamos entonces que el grupo colaboracionista, por seguir las corrientes juanistas estrenadas por el conde de Rodezno, tenían que sentirse más enemigos que los integristas de unas leyes cuyo mayor defecto consistía en tratar de consolidar un régimen y presentar al futuro monárquico un camino ya trazado.

    Es importante este detalle de que los carlistas oficialistas, refractarios al proyecto, se estaban pasando al juanismo y algunos tenían un pie en Estoril, lo que explica por qué no querían un Movimiento fuerte, como también apunta en la página 172:

    Entonces, para justificar el despegue y sobre todo el acercamiento a la corte de Estoril, que muchos calificaban ya de segundo abrazo de Vergara, tuvieron que ignorar esta cercanía doctrinal y tuvieron que empezar a defender dos posiciones que luego pesarían como plomo sobre el criterio que habían de sustentar en las enmiendas presentadas a los anteproyectos. Una, consistente en otorgar a la figura del monarca una importancia sus tancial como símbolo unitario del poder; otra, encaminada, por el contrario, a dejar reducido el Movimiento a una organización de tipo misional sin proyección, desde luego, sobre el Estado, como instrumento político y de mando. Los integristas, en cambio, manteniendo sus preferencias ideológicas, sostuvieron el criterio opuesto.

    En resumen,

    los unionistas no querían un Movimiento más fuerte que el Rey; los integristas no querían un Rey más fuerte que el Movimiento.

    En la página 173:

    Para éstos [Nota: los partidarios de Fal Conde], la importancia del Movimiento era sustancial, porque, convencidos de la primacía del pensamiento sobre las actitudes, veían a aquél como una idea política mucho más afín a la suya que una hipotética conversión del Rey y desde luego como un instrumento necesario para obligar al soberano que andaban buscando, sobre todo si al final admitían al jefe de la dinastía liberal, a aceptar el cumplimiento de la doctrina y evitar que cayera en la tentación, una vez coronado, del borrón y de la cuenta nueva.

    [...]

    Lo curioso es que, a pesar de que consciente o inconscientemente, el grupo unionista se había convertido en el enemigo y el integrista en el partidario de dar trascendencia al Movimiento, todavía a la hora de comenzar el estudio de las leyes fundamentales existía la paradoja, muy repetida en nuestro régimen, de que era aquel grupo enemigo, y no éste, el que ocupaba los puestos oficiales en la vida pública. En consecuencia, la voz oficial del tradicionalismo dentro del Consejo Nacional estaba vinculada únicamente a los unionistas, y, como ya conocía qué clase de murallas los rodeaba, tenía el convencimiento de que oficialmente el tradicionalismo, por culpa de este grupo, se manifestaría en contra de las leyes, aunque también estaba convencido de que el otro grupo, el grupo de los apartados, sería absolutamente partidario de ellas.

    Lo que le lleva exclamar:

    me parecía insólito que, siendo aquéllos los más desafectos al Movimiento, ocuparan puestos de dirección, como si el Movimiento, en una maniobra angustiosa de captar voluntades, buscara refugiarse en los brazos de los menos afectos.

    El capítulo está dedicado a comentar las reacciones de los tradicionalistas al proyecto. La oposición de los carlistas oficialistas se basa en argumentos similares a los de los cardenales; básicamente en la manida acusación de "totalitarismo", que Arrese refuta mencionando sus libros en los que tempranamente repudia el Estado totalitario y lo considera ajeno a la Falange; y aquello del "partido único", que refuta diciendo que eso es cuestión del Decreto de Unificación y que precisamente él pretende distinguir entre Falange y Movimiento. Dice que que estos argumentos eran cortinas de humo para encubrir la adhesión a Don Juan:

    Yo creo que si hubieran dicho escuetamente que lo buscado era robustecer la figura real y adelgazar el Movimiento, le hubieran ahorrado a Iturmendi los catorce capítulos y las nueve conclusiones.

    El grupo integrista, probablemente porque no tenía que demostrar la firmeza de sus convicciones y porque nadie le podía traer a colación nuevos compromisos que cumplir y nuevas lealtades a ejercitar, se situó ante los anteproyectos con una actitud rotunda de colaboración.

    Sabían ellos que el Movimiento Nacional venía a ser, en lo teórico, como la Comunión Tradicionalista en el siglo pasado, un manojo de ideas, frente al manojo de libertades que implantó el liberalismo y que siendo, por tanto, necesario en lo práctico definir y mantener esas ideas mejor que el propio Movimiento para vigilar que el Estado no fuera el primero en sentir la tentación de convertirse en liberal y de hacer con ellas lo que le diera la gana.

    [...]

    Por otra parte, el grupo integrista hizo lo que no hicieron los otros, siéndoles más fácil: preguntar. También a ellos les asaltó la duda, y en lugar de ponerse a inventar mi pensamiento o de situarse ante los proyectos con una dosis tal de prejuicios que en el mejor de los casos les impediría comprender la novedad, vinieron repetidas veces por mi despacho y en pocas conversaciones llegamos a un acuerdo perfecto de fondo. De fondo digo, porque en la forma ni las leyes tenían aún el perfil necesario para coincidir, ni se podía pretender la uniformidad.

    Resultado de estas conversaciones fue el parecer que por escrito me vinieron a entregar un día (19 de octubre) José Luis Zamanillo y José María Valiente. Todo él era de ferviente colaboración, aunque discrepaba en muchas cosas y terminara con esta frase condicionada: «Ofrecemos aportar nuestro trabajo por medio de la presentación de enmiendas al articulado cuando este anteproyecto se convierta en proyecto. No hemos podido hacerlo ahora porque estimamos que la redacción de una ley tan importante y fundamental como ésta para la estructura política del país requiere un tiempo del que no se ha dispuesto. Pero no queremos terminar estas observaciones sin decir que el capítulo VI plantea graves problemas que deberían ser objeto de cuidadoso estudio.»

    [...]

    Evidentemente, las páginas finales descubren, mejor que todo lo dicho hasta ahora, la incongruencia de la política española; el tradicionalismo, en su apelativo más amplio, andaba dividido en grupo; pero mientras uno de ellos —aquel precisamente que condicionaba tanto su cercanía al Movimiento— recibía todas las complacencias del Estado; el otro, en cambio —aquel que admitía tan abiertamente los proyectos de nuestras leyes fundamentales— no obtenía la más pequeña sonrisa oficial y menos aún se le invitaba a colaborar.

    En cuanto a la opinión de los cardenales, cree Arrese que están muy influidos por los democristianos y cita especialmente a Martín Artajo, que ya en 1945 había intentando aprobar una ley que promulgaba la libertad de asociación.

    En cuanto al proyecto, en la página 150 dice que se propone "diferenciar de una vez y para siempre los dos conceptos radicalmente distintos de Movimiento y Falange", y en consecuencia se muestra contrario al "partido único":

    El Decreto de Unificación, al confundir estos dos conceptos, engendró la teoría del partido único, donde tal vez quiso decir Movimiento único, y esto había traído una serie de males gravísimos a la claridad política de nuestro régimen, pues no sólo inició una línea radicalmente distinta al pensamiento al modo de ser español, marcando un único paso, sino que, al elevar a la categoría de partido oficial y único al poseedor de aquellos 26 puntos, todos los que no llevaran sus simpatías por el camino de la Falange, tenían que sentirse excluidos del Movimiento.

    Desde el punto de vista doctrinario, esto hubiera sido siempre un error, pero desde el punto de vista práctico no nos hubiera perjudicado a los falangistas si se hubiera llevado a las últimas consecuencias; es decir, si aquel Decreto de Unificación, que oficialmente dividía a los cuatro partidos implicados en el alzamiento nacional en vencidos y en vencedores, hubiera sido consecuente consigo mismo dando el poder a los vencedores y borrando del mapa a los vencidos [Nota: por "vencidos" se refiere a los radical-cedistas y a los monárquicos alfonsinos]; pero sucedió precisamente todo lo contrario.

    Sucedió en primer lugar que los partidos excluidos decidieron por su cuenta mantenerse al margen de la unificación, aunque aceptando los cargos, como prueba de adhesión al Caudillo; y en segundo lugar sucedió que éste, tal vez creyendo que la adhesión a su persona era la adhesión a su obra, nunca dejó de tener Gobierno de concentración y nunca faltaron en ellos representantes de aquellos partidos oficialmente borrados.

    Así vino a ocurrir que el partido «vencedor» era sólo uno más en el Gobierno; pero como vencedor oficial, era el encargado de llevarse todas las bofetadas de la crítica, mientras que los partidos «vencidos», disfrutando el título de víctimas, se podían permitir el lujo de ocupar los ministerios sin cargar con la responsabilidad política que oficialmente debía recaer por entero en nosotros.

    El mismo tradicionalismo, que había sido, elevado con la Falange al título oficial, mantuvo desde el principio ese equívoco.

    Este decreto, por tanto, traía una posición política que, por un lado, resultaba antiespañola, por otro, falsa, y por otro, perjudicial: antiespañola porque si algún país del mundo no acepta el partido único, ni eso de recortar la actuación política por un solo patrón oficial, es el español, que a todas las razones filosóficas de los demás pueblos añade una frase de suprema rotundidad para decir hasta qué punto lleva adelante su individualismo, «porque me da la gana». Era falsa porque en ningún momento se llevó a la práctica y poco a poco los Gobiernos se fueron haciendo cada vez menos representantes de la Falange y más de la C.E.D.A. y de la monarquía. Era perjudicial porque, a pesar de esta composición gubernamental, seguía siendo la Falange el partido oficial y, por tanto, el encargado de llevarse todas las culpas.

    Por estas tres razones, pero sobre todo por la primera, se hacía preciso aprovechar la ocasión estructuradora para corregir el Decreto de Unificación y dar un perfil definido y estable al panorama político de España.

    En la página 167 abunda en esta idea:

    Había puesto el dedo en la llaga porque, efectivamente, éste era el contrasentido de la política española desde el Decreto de Unificación; por un lado, eliminar del mapa político de España a todos los partidos que no fueran la Falange y la Tradición y, por otro, conceder los más efectivos resortes del mando a los representantes de aquellos partidos teóricamente eliminados; y esto era también lo que yo había tratado de corregir en la propuesta de definición que hice a la ponencia (véase capítulo 10). O herrar o quitar el banco; o mantener la exclusiva proclamada en abril de 1937, con todas sus consecuencias de exclusión, o si esto nos parecía una fórmula totalitaria y queríamos seguir habilitando gobiernos de concentración y extendiendo partidas de fe de vida a los partidos enterrados, decirlo claramente y ajustar las definiciones a la realidad consagrada.

    En la página 265 recoge el "Anteproyecto de Ley Orgánica del Movimiento Nacional", aunque no me queda claro si incluye algunas enmiendas que le fueron solicitando los distintos grupos. Define los siguientes principios fundamentales:

    Artículo 2.º Son principios fundamentales que el Movimiento asume como propios para alcanzar con ellos la misión de devolver a España el sentido profundo de su unidad destino.
    a) La fe resuelta por la verdad católica.
    b) La unidad de la patria en los hombres y en las tierras de España.
    c) El respeto a la dignidad, la libertad y la integridad de la persona humana.
    d) La implantación de una economía capaz de superar los intereses del individuo, del grupo y de la clase, y de llevar adelante la justicia social hasta su meta más avanzada.
    e) La creación de un sistema de representación que, renunciando por igual a los partidos y a las castas sociales, armonice el interés de los españoles en el servicio permanente de la verdad, la justicia y la patria.

    No encuentro aquí inclinaciones totalitarias ni nada contrario a la religión católica; al contrario. El resto del anteproyecto es más bien retórica jurídico-administrativa que no me dice gran cosa. Ahora bien, algo que seguramente molestaría a los que querían realizar una transición a una democracia a occidental es el Artículo 6.º, donde atribuye al Consejo Nacional del Movimiento estas dos tareas (entre otras):

    c) Apelar ante el Tribunal de Garantías Nacionales, para que las leyes y los actos de gobierno se ajusten a los principios fundamentales del Estado Español, haciendo realidad los ideales de la Cruzada.
    d) Conocer de los problemas nacionales que le someta el jefe del Estado o el Gobierno y emitir su informe cuando fuera solicitado.

    Es decir, parece que concede al Consejo Nacional la función de vigilar que el Gobierno no se salga de los principios fundamentales del 18 de Julio, pudiendo apelar el Consejo ante un Tribunal de Garantías en caso de que se traicionen los ideales de la Cruzada, lo que naturalmente entorpecería mucho a los que ya tenían otros planes para el Régimen en el sentido de adecuarlo a la realidad internacional, como sugieren sibilinamente los tres cardenales.

    Si alguien desea que transcriba el anteproyecto completo, que me lo haga saber.
    Última edición por Kontrapoder; 03/10/2015 a las 00:36
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

  11. #11
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Kontrapoder. Antes de nada, muchas gracias por tomarse la molestia de atender mi petición.

    Ciertamente, éste es un tema que posee bastante enjundia. Ahora mismo me resulta imposible, pero más adelante -si Dios quiere- intentaré a ver si puedo dedicarle un buen estudio e investigación al asunto.

    He de reconocer que me sorprendió un poco en su día que usted diferenciara o discriminara, de manera favorable y positiva, a Arrese. Quizá todo esto que usted ha traído en el mensaje anterior es lo que explique o justifique esa apreciación.

  12. #12
    DOBLE AGUILA está desconectado Miembro Respetado
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    Re: Carta de los Cardenales españoles a Franco sobre los proyectos de Arrese (1956)

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Gran aporte este de Kontrapoder, donde se dan a conocer las interesantes propuestas para el futuro de Arrese, a quien siempre se le conoció como el falangista "católico"; porque también dentro de falange había muchas "familias".

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