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Tema: Camino de Esclavitud

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    Avatar de donjaime
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    Camino de Esclavitud

    SERIE : CAMINO DE LA ESCLAVITUD


    1ª Parte : INTRODUCCIÓN.


    La serie pretende afrontar la tarea más ardua descrita por Platón: tratar de convencer a un pueblo de esclavos de que efectivamente lo es.

    La argumentación se basa en que se ha producido una transformación social de tal magnitud que ha generado un pueblo de hombres que NO AMAN LA LIBERTAD.
    En definitiva, un pueblo que ha dejado de ser libre, que ha perdido su TRADICIÓN, sus COSTUMBRES y sus INSTITUCIONES
    .

    Desde un enfoque original y osado se asumen las posiciones clásicas de pensadores como Aristóteles, Santo Tomás, Tocqueville, Burke, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo y Ortega y Gasset a las que el autor añade intuiciones geniales.

    Actualmente es frecuente encontrar el HASTÍO POLITICO de los que NO VEN ALTERNATIVA y que se hunden en la frustración al no encontrar UNA SOLUCIÓN IMAGINATIVA.
    Entonces, la sociedad, empujada por los socialistas, desatendida por un conservadurismo sin prespectiva y condenada por la falta de imaginación de los derrotados, cae, sin freno, por la vertiginosa pendiente de la REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA
    .

    El primer objetivo del hombre preocupado por su entorno es realizar un diagnóstico de la situación presente, algo no fácil cuando se trata de un objeto de estudio tan poco dócil como el hombre. Después hay que pensar qué debe hacerse y cómo lograrlo.

    El revolucionario, según su mentalidad “racionalista” diseñará unos fines sin tener en cuenta que la sociedad es difícil de reparar pero muy fácil de derribar.

    Como decía el genial Chesterton: “los revolucionarios me tienen harto porque aunque no disponen del mínimo diseño de cómo empezaría su revolución, no dudaba en cómo acabaría”.

    No es justo acusar al autor de no tener claro el resultado de su reforma, aunque la obra carece de un resultado concreto; en boca de Chesterton: “es tan estrictamente científico como un mapa militar es militar. No tiene nada de romántico ni de travieso, ni siquiera nada particularmente divertido”.

    El ensayo es una lucha cuerpo a cuerpo con los hechos. No es el intento de una restauración, no es el diseño de un dorado futuro, sino una aguda CRÍTICA POLÍTICA acudiendo a las causas, si no primeras, desde luego inmediatas.

    La obra da por sentado que la libertad política se asienta sobre una verdadera aristocracia, una amplia clase media libre y propietaria, un gobierno fuerte y participativo y en el respeto por las instituciones inveteradas.
    El autor entiende perfectamente que se está produciendo un cambio mucho más allá de la forma de poder, o de una política económica coyuntural.
    Comprende que hay en marcha una auténtica REVOLUCIÓN SOCIAL y CULTURAL desde hace mucho tiempo, y que el único correctivo eficaz es la REINSTAURACIÓN DE LA PROPIEDAD.

    En el paso de la sociedad campesina a la industrial están en juego muchas más cosas que la simple implantación de unas fábricas.
    El autor no es contrario a la introducción de la maquinaria aunque conoce el precio a pagar por ello.
    No se opone a las fábricas, aunque sabía que no debían ser abusivas.
    No es contrario al bienestar económico aunque admiraba la pobreza cristiana.
    Tampoco se oponía a la técnica aunque sabía que ésta poco podía decir de las verdades del hombre.

    El autor sí se opone a la COLECTIVIZACIÓN y la nueva “religión” Socialista que veía implantarse con culpalbe silencio de la mayoría.
    Así dirá: “el experimento colectivista se adapta completamente a la sociedad capitalista a la cual se propone sustituir” pues trabaja con la maquinaria disponible del capitalismo, habla y piensa con los mimos términos del capitalismo, recurre a los apetitos despertados por el capitalismo, y ridiculiza, calificándolas de fantásticas e inauditas, aquellas cosas de la sociedad cuya memoria mató el capitalismo en el alma de los hombres donde quiera que llegó su flagelo.

    Con su cruzada distributiva repondía a los socialistas, los únicos que parecían entender los resortes que había que accionar para poner el artefacto colectivista en marcha.
    Mientras los conservadores seguían ajustando la maquinaria parlamentaria, perdidos en discusiones formales, la revolución colectivista y el sacerdote socialista sabían lo que el resto del mundo (excepto el autor y unos pocos más) parecían haber olvidado: la forma parlamentaria de gobierno es muy preferible a todas las otras; pero no es más que una FORMA, y la CONSTITUCIÓN DE LA PROPIEDAD es el FONDO; pues es esta CONSTITUCIÓN la que sirve, realmente, de base del edificio social (Saint-Simon, Del Estado Actual de la Civilización, II, I. Citado en Ghita Ionescu, el pensamiento político de Saint-Simon, FCE, México, 1983, pg. 129).

    Es un hecho que en la batalla contra la civilización occidental hay una manifiesta desproporción de fuerzas, y que el bando revolucionario se muestra mucho más inteligente e imaginativo que la retaguardia conservadora.

    Dependiendo de si amamos el “edificio social” como el autor y otros, o lo odiamos, como los socialistas, cuidaremos la propiedad inmueble o la despreciaremos, pero en ningún caso negaremos que ella es la piedra angular del edificio, es el FONDO.

    Negarla, como recordaba Donoso Cortés en su Ensayo equivale a eliminarla, y su eliminación traerá consigo la EXPROPIACIÓN UNIVERSAL (Juan Donoso Cortés, Ensayo sobre el Catolicismo, el liberalismo y el Socialismo considerados en sus principios fundamentales, Espasa-Calpe, Madrid, 1973, pg. 177).



    ¿QUÉ ENTENDEMOS POR PROPIEDAD?
    No es el uso o o disfrute incondicionado de algo. El autor se refire principalmente a la propiedad inmueble. La propiedad, en su sentido tradicional, no es individualista y, por ello, está ligada a la familia y a la sociedad.

    Según Donoso Cortés “la institución de la propiedad es absurda sin la institución de la familia: en ella o en otra que se le asemeje, como los institutos religiosos, está la razón de su existencia” así Donoso argumenta:
    La tierra, cosa que nunca muere, no puede caer sino en la propiedad de una asociación religiosa o familiar que nunca pasa; luego suprimida implícitamente la asociación doméstica, y explícitamente la asociación religiosa, a lo menos la monástica, por la escuela liberal, procede la supresión de la propiedad de la tierra, como consecuencia lógica de sus principios. Esta supresión de tal manera va embebida en los principios de la escuela liberal, que ha comenzado siempre el periodo de su dominación por apoderarse de los bienes de la Iglesia, por la supresión de los institutos religioos y por la de los mayorazgos, sin advertir que apoderándose de los unos y suprimiendo los otros, bajo el punto de vista de sus principios, hacía poco; bajo el punto de vista de sus intereses, en calidad de propietaria, hacía demasiado.

    La escuela liberal, que de todo tiene menos de docta, no ha comprendido jamás que siendo necesario para que la tierra sea susceptible de apropiación, que caiga en manos de quien pueda conservar su propiedad permanentemente, la supresión de los mayorazgos y la expropiación de la Iglesia con la cláusula de que no pueda adquirir, es lo mismo que condenar a la propiedad con una condenación irrevocable.
    Esa escuela no ha comprendido jamás que la tierra, hablando en rigor lógico, no puede ser objeto de individualidad, sino social, y que no puede serlo, por lo mismo, sino bajo la forma monástica, o bajo la forma familiar del mayorazgo, las cuales, bajo el punto de vista de la perpetuidad, vienen a ser una misma forma, pues ambas subsisten perpetuamente.

    La desamortización eclesiástica y civil, proclamada por el liberalismo en tumulto traerá la expropiación universal. Entonces se sabrá lo que ahora se ignora, que la propiedad no tiene razón de existir sino estando en manos muertas, comoquiera que la tierra, perpetua de suyo, no puede ser materia de apropiación para los vivos que pasan, sino para esos muertos que siempre viven … cuando después de haber suprimido la propiedad individual el comunismo proclama el Estado propietario universal y absoluto de todas las tierras, aunque es evidentemente absurdo por otros conceptos, no lo es si se le considera bajo nuestro actual punto de vista” (Ob. Cit. Pgs. 176-177).

    El autor dialoga con los colectivistas y con los individualistas de corte burgués y es capaz de ponerse en otro punto de la discusión porque sabe la importancia que tienen las instituciones y que gran parte del combate cuerpo a cuerpo consiste en la defensa de la tierra.
    Sabe que hay que deshacer el camino iniciado y que la revolución empezó hace mucho tiempo con la expropiación de los bienes en manos muertas (Inglaterra con Enrique VIII, en Francia con la Revolución “francesa” y en España con el judío Mendizábal y su desamortización en el XIX).

    En este sentido Tocqueville descubre la íntima ligazón entre la materialidad de la tierra y la libertad, eje del problema distribucionista: “cuando el derecho sucesorio permite, y con mayor motivo cuando ordena, el reparto legal de los bienes del padre entre los hijos, sus efectos son de dos clases, aunque tiendan al mismo fin.
    En virtud de la ley de sucesión, la muerte de cada propietario trae consigo una revolución en la propiedad; no sólo los bienes cambian de dueño, sino también, por así decirlo, de naturaleza, ya que se fraccionan sin cesar en porciones cada vez más pequeñas … Pero la ley del reparto por igual no ejerce únicamente su influencia sobre el destino de los bienes, sino que actúa sobre el alma misma de los propietarios y llama a sus pasiones en su ayuda. Son estos los efectos indirectos que destruyen rápidamente las grandes fortunas, y sobre todo, los latifundios.

    Entre los pueblos donde la ley de sucesión se funda en el derecho de la primogenitura, las posesiones territoriales suelen pasar de generación en generación sin división. De ello resulta que el espíritu de familia viene a materializarse, en cierto modo, en la tierra. La familia representa la tierra y la tierra a la familia, perpetuando su nombre, su origen, su gloria, su poderío, sus virtudes. Es un testigo imperecedero del pasado y una prenda preciosa de la existencia futura.

    Cuando la ley de sucesión establece el reparto por igual, destruye el nexo íntimo entre el espíritu de familia y la conservación de la tierra. La tierra deja de representar a la familia, pues debiendo forzosamente repartirse, al cabo de una o dos generaciones es evidente se irá reduciendo hasta acabar por desaparecer enteramente …
    Desde el momento en que se priva a los grandes terratenientes de las fuentes de interés como los sentimientos, los recuerdos, el orgullo, la ambición de conservar la tierra, es seguro que más pronto o más tarde acabarán vendiéndola a causa del interés pecuniario de la venta, pues los capitales mobiliarios producen a mayor interés que los otros y se prestan más fácilmente a satisfacer las pasiones del momento.

    Una vez divididas, las grandes propiedades rústicas no se rehacen jamás … Allá donde acaba el espíritu de familia, empieza a mostrar sus verdaderas tendencias el egoísmo individual. Como la familia ya no se presenta al espíritu más que como una cosa vaga, indeterminada e incierta, cada uno se concentra en la comodidad del presente. Se piensa en la próxima generación, pero no más allá” (La Democracia en América, II, Madrid, Alianza Editorial, 2006, pgs. 89 y 90).

    Por eso no basta con un programa político formal basado únicamente en el equilibrio de poderes, la revolución transcurre por otros derroteros. El autor sabía que el monopolio y la concentración de la propiedad sólo son posibles con el intervencionismo Estatal y la reforma de la propiedad que propugnan los socialistas.

    La batalla distribucionista se centra en el paso de la sociedad campesina a la sociedad industrial, que ello supone una transformación social hacia el individualismo, y que el correctivo eficaz a la masificación se encuentra en la institución jurídica de la propiedad, entendida en su vínculo estrecho con la tierra.

    Tocqueville lo intuyó y la realidad ha constatado que “en la economía industrial la riqueza ya no está ligada a un bien tangible e indestructible como la tierra, sino a esa nueva “propiedad” que es inmaterial e intercambiable denomiada CRÉDITO: la economía industrial es una ECONOMÍA DE CRÉDITO" (Henri Lapage, Pourquoi la propieté, Propiedad y Libertad, FCE, Madrid, 2002, pg. 332).

    Así quedan definidos, de una vez por todas, los términos del conflicto: propiedad inmueble ante el crédito, lo permanente ante lo cambiante. Tradición contra socialismo.

    El autor se percata de que el individualismo burgués es el aliado perfecto del colectivismo: “El Estado Capitalista engendra una teoría colectivista que, al aplicarse, produce algo completamente distintos del colectivismo: el ESTADO SERVIL

    Por esta razón, que en gran medida es una cuestión moral, la propiedad inmueble juega un papel tan importante en el tema de fondo de la libertad política. La sociedad campesina tiene su base material en la tierra, mientras que la sociedad industrial se asienta sobre la volatilidad de los bienes muebles.

    Cierto que la sociedad campesina es menos productiva que la industrial, porque los bienes inmuebles producen menos renta que los mobiliarios, y esa es precisamente la razón que animó a los primeros socialistas a ensalzar la producción como el dogma de fe de la nueva religión.

    Mill fue uno de los primeros liberales en acercarse al socialismo al afirmar la importancia de una distribución equitativa de la riqueza productiva, confundiendo el fin social de la propiedad con la nuda producción.
    La política, que en la sociedad tradicional campesina había perseguido la libertad, en la sociedad industrial, al poner como fin la producción, se había convertido en política económica.



    LA IGLESIA Y LA PROPIEDAD.
    Sobre la opinión de la Iglesia respecto a la propiedad hay muchas discusiones, muchas sin objeto, pues la afirmación elemental es clara en toda su tradición.
    La Biblia autoriza la idea según la cual los hombres deberían de disponer de los recursos naturales necesarios para obtener un fruto proporcional a su esfuerzo. La distribución de la tierra está prevista cuando dice: (Números 33, 54) que la tierra debe estar repartida en lotes y que cualquier diferencia resultante debe ser corregida en el jubileo, que en definitiva es un nuevo comienzo, al devolvérsele a todo antiguo propietario las tierras que hubiera vendido. Con este retorno a la posición original se evitaba la formación de latifundios y se restablecía una equidad material entre las familias (Levítico, 25-28).

    Más recientemente con la Doctrina Social de la Iglesia, papas contemporáneos al autor se pronunciaron en términos claros sobre el asunto: sobre la forma de la propiedad, la doctrina de la Iglesia se remite al ordenamiento jurídico de cada comunidad política. Pero con la perspectiva de la revolución industrial y ante la amenaza de la colectivización socialista, León XIII señalaba que “es injusto que el individuo y la familia sena absorbidos por el Estado. Lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño al bien común y sin injuria a nadie” (Rerum Novarum, 26).

    Así, y por las mismas razones que el autor, según las cuales familia y propiedad son inseparables, el papa afirmaba como principio que “el poseer algo en privado como propio es un derecho dado al hombre por la naturaleza”.

    La interpretación sobre la propiedad suele ir encaminada a hacerla culpable de las diferencias sociales y de la injusticia en el mundo, razón por la cual se propone como solución la expropiación masiva y convertir al Estado en único “propietario”.

    Por tanto, la tendencia a querer evitar la pobreza eliminando la propiedad, aunque contradictoria, es muy fuerte y muestra gran influencia en muchos medios.
    Poner la solución en el Estado, convirtiéndolo en el único propietario es la opción colectivista que el autor rechaza.

    En ese mismo sentido se expresó el papa León XIII cuando escribió que “el que Dios haya dado la tierra para usufructarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada. Pues se dice que Dios do la tierra común al género humano no porque quisiera que su posesión fuera indivisa para todos, sino porque no asignó a nadie la parte que habría de poseer, dejando la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos” (Rerum Novarum, 6).

    También Pío XI escribió (1931): “ahora bien, está claro que al Estado no le es lícito desempeñar este cometido de una manera arbitraria, pues es necesario que el derecho natural de poseer en privado y de transmitir los bienes por herencia permanezca siempre intactoe e inviolable, no pudiendo quitarlo el Estado, porque “el hombre es anterior al Estado” y también “la familia es lógica y realmente anterior a la sociedad civil” (Quadragesimo Anno, 49).

    En la confusión generalizada que se produce sobre la función social de la propiedad el autor sigue la tradición sin perder de vista que si realmente se quiere solucionar el problema social por excelencia, desde que Aristóteles lo enunciara para siempre, que es la ausencia de clases medias, tiene que haber una amplia clase proletaria.

    En este sentido, “el destino universal de los bienes” hace referencia a una extensión de la propiedad al mayor número de familias, y también a una extensión de la propiedad en el tiempo, remontándose a la tradicción y proyectándose en el futuro.

    La verdad sobre la propiedad, al menos en la tradición clásica defendida por el autor se ha mantenido indeleble en el magisterio, enuniciado una vez más por Juan XXIII en la Encíclica Mater et Magistra en la que se recuerda lo que es el principio general en la doctrina de la Iglesia católica: “el derecho de propiedad privada sobre los bienes se basa en el propio derecho natural” (Mater et Magistra, 43).



    EL SIERVO.
    El gran problema del hombre moderno es “la soledad del alma” o lo que Tocqueville definió como “individualismo” o “sentimiento reposado y tranquilo que dispone a cada ciudadano a aislarse de la masa de sus semejantes y retirarse a distancia con su familia y con sus amigos, de tal mantera que, después de haber creado así una pequeña sociedad para su uso, abandona con gusto el reto de la sociedad a ella misma”

    El hombre queda aislado en sus pequeños goces y cree liberarse al alejarse del sacrificio que exige la defensa del patrimonio material y espiritual. Todos sabemos lo que cuesta mantener la casa del pueblo, la finca improductiva, o los viejos libros y cuadros de nuestros abuelos. La diferencia entre el siervo y el hombre libre es sutil.

    El rumbo que ha tomado nuestra civilización es el que marca la producción, y eso sabemos, desde que nos lo explicaron los socialistas, que implica la eficiencia y la planificación, es decir, un Estado potente capaz de organizar las energías productivas, de explotar los recursos humanos.
    De ahí que profetizase que “el futuro de la sociedad industrial si se deja librado a su propia dirección, es un futuro en que el proletariado tendrá garantizadas la subsistencia y la seguridad, pero garantizadas a expensas de la anterior libertad política y mediante la instauración de ese proletariado en un estatus, aunque no nominalmente, de hecho servil”.

    Es un hecho que en la sociedad democrática, industrial o de masas, la gran masa de asalariados en que se asienta la sociedad miran como un bien actual todo lo que aumente sus ingresos presentes, aunque sea en pequeña proporción, y todo lo que los ponga a cubierto de los peligros de la inseguridad que los acechan constantemente.
    Entienden y acogen con satisfacción un bien de esta clase, y están enteramente dispuestos a pagar por el mismo el precio correspondiente de regulación y regimentación, que llevarán a cabo por grados y en medida creciente sus patrones.

    Una amenaza, relativamente leve, basta ya para dominar a los hombres de la sociedad industrial, cuya masa proletaria se ha acostumbrado a vivir semana tras semana bajo el peligro del despido, y se ha vuelto sumisa y dispuesta ante la amenaza de la menor reducción de sus salarios, de esos salarios que apenas alcanzan, justamente, para subsistir.

    No se ve en el hombre masa a un culpable, porque en realidad no hay masas, sino personas concretas. Piensa que los que sufren, los que viven asfixiados por sus hipotecas, sus precarios trabajos, falta de unidad y al calor de la comunidad.
    ¿Es posible devolver la seguridad a un hombre que se siente permanentemente amenazado?



    EL PADRE DE FAMILIA.
    Si los millones de familias que hoy viven de un salario se les propone un contrato vitalicio de trabajo que les garantice la perpetuidad del empleo, con el salario íntegro que cada uno considere que gana normalmente ¿Cuántos lo rechazarían?

    Tal contrato implicaría una PÉRDIDA DE LIBERTAD; para ser exactos, un contrato vitalicio de esa clase no es un contrato en absoluto.
    Si nos preguntamos cuántos hombres, o mejor, cuántas familias, preferirían la libertad (con su séquito de inseguridad indefectibles y de posible penuria) a ese contrato vitalicio, nadie puede negar que la respuesta será “muy pocos lo rechazarían”. Y ahí está la clave de todo el asunto
    .

    Para el autor es evidente, como lo era para Platón y toda la tradición política occidental hasta la modernidad, que una sociedad sólo puede ser libre cuando sus ciudadanos aman la libertad, aún a costa de pagar un el alto precio que ello supone.

    El campesino es más libre que el asalariado, el campesino libre de deudas que disfruta de un predio suficiente, es el hombre más libre e independiente entre nosotros; nunca le preocupará que le falte el alimento o el trabajo, y su sumisión a los caprichos de la naturaleza, en lugar de sufrir los del mercado y la coyuntura, es de las que lejos de amargar la naturaleza humana contribuyen a ennoblecerla.

    La sociedad de tipo campesino, compuesta por una amplia clase de propietarios de bienes inmuebles, educa al hombre en rigor de la naturaleza y en la la libertad de la responsabilidad ante las decisiones presentes y futuras, evitando que caiga en el fenómeno de la MASIFICACIÓN.

    Como decía Chesterton: “el hombre sencillo sigue soñando por las nocehs con su vieja idea de tener una casa normal. ¡Pedía tan poco y le han ofrecido tanto! Le han ofrecido fragmentos de mundos y sistemas, le han ofrecido el Edén y la Utopía, y la Nueva Jerusalén, y él solo quería una casa; que se le ha negado … los ricos echaron literalmente a los pobres de la vieja casa a la carretera, diciéndoles escuetamente que era el camino hacia el progreso. Les obligaron, literalmente, a entrar en fábricas y en el moderno sistema de ESCLAVISMO ASALARIADO, asegurándoles todos el tiempo que era el único camino hacia la riqueza y la civilización.
    Igual que habían apartado a los rústicos de la comida y la cerveza del convento diciendo que las calles del cielo estaban pavimentadas con oro, ahora les apartaron de la comida y de la cerveza del pueblo diciéndoles que las calles de las ciudades estaban pavimentadas con oro.


    El autor, en su defensa de las clases medias y la libertad no elabora un programa que garantice más derechos a más personas. No quiere una sociedad más cómoda ni más rica, quiere UN PUEBLO LIBRE, RESPONSABLE DE SUS ACTOS Y SU DESTINO.

    La solución, una vez más, se encuentra en recuperar la naturaleza de la vida familiar y social.

    Se encuentra, como escribía Chesterton, en la casa: “para un hombre corriente y trabajador, la casa no es el único lugar tranquilo en un mundo de aventura. Es el único lugar salvaje en un mundo de reglas y tareas establecidas. El hogar es el único lugar en el que puede poner la alfombra en el techo o las tejas en el suelo si quiere hacerlo. Cuando un hombre pasa cada noche dando tumbos de bar en bar y de sala de fiestas en sala de fiestas, decimos que está llevando una vida irregular. Pero no es así, está llevando una vida sumamente regular bajo las aburridas y a menudo opresivas, leyes de esos lugares … Un tren no es una casa, porque es una casa sobre ruedas. Y un poiso no es una casa, porque es una casa sobre pilotes. Una idea de contacto terrenal y cimientos, así como una idea de separación e independencia es parte de este instructivo cuadro humano …

    Como todo hombre normal desea tener una mujer, e hijos nacidos de una mujer, todo hombre normal desea tener una casa propia donde meterlos. No desea tener simplemente un techo sobre sí y una silla debajo: quiere un reino visible y objetivo.


    En resumen, ¿En qué educa la relación con la tierra?
    En la virtud, nacida de la virilidad de los hombres que se relacionan libremente con la naturaleza.
    ¿Qué es lo que más teme la mayoría de los hombres en un Estado Capitalista?
    No la pena que les aplique un tribunal, sino el DESPIDO.

    El campesino vive sujeto a los caprichos de la naturaleza, el industrial a los de la legislación. El campesino mira al cielo, el industrial al Boletín Oficial.
    Educar esa mirada es el fin del autor, la recuperación de la propiedad, en su sentido estricto, su prouesta.




    2ª Parte : OBJETO DEL ENSAYO Y DEFINICIONES.


    OBJETO DEL ENSAYO.
    Este Ensayo pretende sostener y probar la siguiente verdad: que nuestra sociedad moderna, en la que sólo unos pocos poseen los medios de producción, hallándose necesariamente en un equilibrio inestable, atiende a alcanzar una condición de equilibrio estable mediante la implantación del trabajo obligatorio, legalmente exigible a los que no poseen los medios de producción, para beneficio de los que poseen tales medios.

    Con este principio de compulsión aplicado contra los desposeídos, tiene que producirse también una diferencia en su estatus; y a los ojos de la sociedad y de la ley positiva, los hombres serán divididos en dos clases:
    primera: económica y políticamente libre, con posesión, ratificada y garantizada, de los medios de producción.
    segunda: sin libertad, económica o política, pero a la cual, por su misma falta de libertad, se le asegurará al principio la satisfacción de ciertas necesidades vitales y un nivel mínimo de bienestar, por debajo del cual no caerán sus miembros.

    Una vez alcanzada tal condición, la sociedad se verá libre de sus actuales tensiones internas y adquirirá una forma estable, susceptible de prolongarse indefinidamente sin cambio. En ella se resolverán los factores de inestabilidad que perturban cada vez más la forma de sociedad llamada capitalista, y los hombres estarán conformes en aceptar ese orden de cosas y seguir viviendo en él.
    Siguiendo las definiciones y razones que se expondrán, a tal sociedad se la denominará el ESTADO SERVIL.

    El autor no juzgará si esta próxima organización social moderna es buena o mala. Sólo se ocupará de mostrar la inevitable tendencia hacia ella, que empezó a manifestarse hace tiempo, y las disposiciones sociales recientes, que evidencian su aparición, son un hecho.

    Este nuevo Estado Servil resultará aceptable para los que deseen, por una u otra razón, el restablecimiento de la diferencia de estatus entre poseedores y desposeídos, y resultará desagradable a los que contemplan tal distinción con malos ojos o con temor.
    El autor no pretende terciar en tal discusión, sino hacer ver a cada uno de ellos que lo que los unos preconizan y los otros quieren evitar ya lo tienen encima.
    Se probará la tesis, en particular, con el ejemplo de la sociedad industrial de Gran Bretaña, incluyendo Irlanda.

    Abordaré la demostración como sigue:
    1º.- formularé algunas definiciones.
    2º.- describiré la situación de la esclavitud y el Estado Servil, del que constituyen la base como en la Antigüedad.
    3º.- esbozaré, sumariamente, el proceso por el que esa institución milenaria de la esclavitud fue disuelta paulatinamente durante los siglos cristianos, y el sistema medieval resultante, fundado en la propiedad sumamente dividida de los medios de producción.
    4º.- mostraré cómo fue desmontado en algunas zonas de Europa cuando se acercaba a su plenitud, y fue sustituido, en los hechos aunque no en la teoría jurídica, por una sociedad fundada en el Capitalismo.
    5º.- mostraré cómo el capitalismo era inestable por su propia naturaleza, a causa de que sus realidades sociales se hallaban en pugna con todos los sistemas jurídicos vigentes o posibles, y porque sus resultados, al negar el necesario sustento y la seguridad, eran insoportables a los hombres. Por su inestabilidad suscitaba un problema que exigía solución, la implantación de alguna forma estable de sociedad donde hubiera correspondencia entre su sistema legal y su sistema social, y cuyos resultados económicos, al conceder el necesario sustento y la seguridad fueran tolerables a la naturaleza humana.
    6º.- presentaré las tres únicas soluciones posibles:
    a) el colectivismo, que pone los medios de producción en manos de los agentes políticos comunitarios.
    b) la propiedad o restablecimiento de un Estado Distributivo, en que todos los ciudadanos poseen individualmente los medios de producción.
    c) la Esclavitud o Estado Servil, en el que los desposeídos de medios de producción se verán compelidos, legalmente, a trabajar para los que los poseen a cambio de asegurarse la subsistencia.
    Considerando la repugnancia a preconizar directamente la tercera solución y sostener intrépidamente el restablecimiento de la esclavitud que los restos de nuestra larga tradición cristiana suscitarían en nosotros; sólo las dos primeras se encuentras a disposición de los reformadores: la reacción orientada a un régimen de propiedad bien repartida, o Estado Distributivo, o una tentativa a restablecer el Estado Colectivista Ideal.
    Es fácil demostrar que esta segunda solución atrae de forma más natural y sencilla a una sociedad ya capitalista, a causa de la dificultad en que se ve ésta de encontrar la energía, la voluntad y la visión que requiere la primera.
    7º.- mostraré cómo los esfuerzos en pos de este Estado Colectivista Ideal, hijo del capitalismo, lleva a los hombres que actúan en una sociedad capitalista, no al Estado Colectivista ni a nada parecido, sino a otra cosa completamente diferente: el Estado Servil.Mostraré cómo la tentativa de implantar el Colectivismo gradualmente por medio de la adquisición pública de los medios de producción se basa en una ilusión.
    8º.- reconociendo que un argumento teórico de este género, aunque, intelectualmente persuasivo, no basta para dejar sentada mi tesis, terminaré suministrando ejemplos de la legislación británica moderna que prueban que el Estado Servil lo tenemos ya realmente con nosotros.



    DEFINICIONES.
    El hombre como cualquier organismo sólo puede vivir mediante la transformación de su ambiente para su propio uso, y debe transformarlo desde unas condiciones en que satisface menos sus necesidades, hasta otras en las que las satisface más.

    A esta transformación inteligente, consciente y específica del medio, propia de la particular inteligencia y la facultad creadora del hombre se le denomina PRODUCCIÓN DE RIQUEZA.
    Así la riqueza es materia deliberada e inteligentemente transformada de una condición en que sirve menos a la necesidad humana a otra en que sirve más.

    El hombre no puede existir sin la riqueza, su creación es una necesidad para él, incluso allí donde se produce lo menos necesario, donde ya es posible fabricar objetos de lujo.
    En toda sociedad hay cierta una cierta cantidad de riqueza sin la cual no puede sostenerse la vida humana (prendas de vestir, combustibles, vivienda, alimentos de complicada elaboración, etc.)
    Por tanto regular la producción de la riqueza es regular la vida humana misma. Negar la producción de riqueza es negarle al hombre la oportunidad de vivir, en general, sólo en la medida en que las leyes permiten la producción de riqueza pueden exisitir legalmente los ciudadanos.

    Sólo puede producirse riqueza aplicando la energía humana, mental y física, a las materias y las fuerzas naturales que nos rodean.

    Denominaremos
    - TRABAJO a la energía humana que puede aplicarse al mundo material y sus fuerzas, y
    - TIERRA a la materia y fuerzas naturales.

    Aunque pareciera que todos los problemas y discusiones referentes a la producción de riqueza implican sólo dos factores originales principales: Trabajo y Tierra sucede que la acción deliberada, artificial e inteligente del hombre sobre la naturaleza introduce un tercer factor de suma importancia.
    El hombre se dedica a crear riqueza conforme a métodos ingeniosos de complejidad variable, a menudo creciente, y se ayuda construyendo enseres que en cada nuevo sector de producción se hacen pronto tan necesarios como el trabajo y la tierra.

    Además, todo proceso de producción, requiere algún tiempo, durante el mismo el productor debe ser alimentado, vestido, alojado, etc. es decir, se precisa una acumulación de riqueza producida en el pasado y reservada para mantener el proceso de trabajo mientras étes produce para el futuro.
    El trabajo aplicado a la tierra no produce sólo riqueza de consumo inmediato sino que una parte se reserva por ser necesaria para la producción de más riqueza, su grado varía según la sencillez (complejidad) de la sociedad económica de que se trate.

    A esa riqueza reservada, para la producción futura, se le denomina CAPITAL.

    Así surgen los tres factores de la producción de toda la riqueza humana que, convencionalmente, denominaremos: Tierra, Capital y Trabajo.
    Cuando se habla de medios de producción nos referimos a la conjugación de Tierra y Capital.

    Un hombre políticamente libre, que goza del derecho legal de emplear, o no, sus energías cuando le convenga o decida, pero carente de medios de producción (dominio legal sobre una proporción útil de los mismos) lo podemos denominar PROLETARIO, y la clase numerosa compuesta de tales hombres PROLETARIADO.

    Usaremos el término PROPIEDAD para designar el régimen de convivencia en virtud del que se entrega a una persona o corporación el dominio de la tierra y de la riqueza hecha mediante la tierra, incluyendo todos los medios de producción.
    Así cuando decimos que un edificio (incluyendo la tierra en que se asienta) es “propiedad” de tal ciudadano, familia, corporación o Estado queremos significar que los que “poseen” tal propiedad tienen garantizado, por ley, el derecho a usarla o negarse a su uso.

    PROPIEDAD PRIVADA es la riqueza (incluyendo los medios de producción) que por convenio social se hayan bajo el dominio de personas o corporaciones que no son los órganos políticos de los cuales son miembros esas personas.
    Lo que distingue la Propiedad Privada no es que el poseedor sea menos que el Estado, o sólo un aparte del Estado (pues la propiedad municipal entonces se entendería privada) sino que el propietario pueda ejercer su dominio sobre ella en su propio provecho y no como un fideicomiso de la sociedad ni en nombre de la jerarquía de instituciones políticas.
    Así el Sr. X, vecino de Y, no tiene sus propiedades privadas en calidad de vecino de Y, sino como Sr. X. Si la propiedad aledaña a la suya es propiedad municipal de Y, ésta la posee solamente porque es un cuerpo político que representa a la comunidad de la ciudad entera.
    Mientras el Sr. X podrá desplazarse a Z y conservar siempre su propiedad o traspasarla a un vecino de Z, la municipalidad de Y sólo puede tener su propiedad en relación a la vida política corporativa de la ciudad Y.

    Llamamos COLECTIVISTA o genéricamente SOCIALISTA a una sociedad ideal enq ue los medios de producción se encuentran en poder de los agentes políticos de la comunidad.
    Y CAPITALISTA a una sociedad en que la propiedad de tierra y capital, (posesión y dominio de los medios de producción) está limitada a ciertos ciudadanos libres no lo suficientemente grande como para conformar la masa social del Estado, mientras que los restantes carecen de de tal propiedad y son, por tanto, los Proletarios.

    El procedimiento mediante el cual se produce la riqueza en una sociedad de este tipo sólo puede ser la aplicación del trabajo, cuya masa determinante ha de ser necesariamente proletaria, a la tierra y capital, de modo que el proletario que trabaja no recibe más que una parte de la riqueza total producida.

    Así el Estado Capitalista tiene dos características: sus ciudadanos son políticamente libres, pueden usar o no, según su voluntad sus bienes y/o trabajo.
    Hay individuos capitalistas y proletarios en proporciones tales que el Estado, en conjunto, no está caracterizado por la difusión de la propiedad entre ciudadanos libres, sino por la limitación de la propiedad a un sector menor que la totalidad, incluso una pequeña minoría.
    Tal Estado Capitalista se divide, esencialmente, en dos clases de ciudadanos libres: unos los capitalistas o poseedores, otros, los desposeídos o proletarios.

    El Estado Servil: régimen social en que las familias e individuos están obligados, por ley, a trabajar en beneficio de otras familias e individuos, en número tan considerable que imprimen sobre toda la comunidad la marca de tal género de trabajo.

    Aclaremos y acotemos el término de ESTADO SERVIL.
    No es Servil una sociedad en que los hombres se sientan impulsados a trabajar por el entusiasmo, el credo religioso o, indirectamente, por el miedo a la miseria, o por avidez de lucro, o por aumentar los bienes propios.
    Hay una neta línea divisoria entre el régimen servil y el no servil del trabajo, y las condiciones que se dan a uno y otro lado de esa línea difieren entre sí en grado sumo.

    Donde se lleva a los hombres a un determinado estatus en virtud de la legislación positiva, la cual puede, en último extremo, ser ejercida por los poderes de que dispone el Estado, tenemos la institución de la Esclavitud.
    Si esa institución está suficientemente extendida puede decirse que todo el Estado se asienta sobre un fundamento servil, que es un Estado Servil.

    Si falta ese estatus formalizado, legalizado, las condiciones no son serviles; y la diferencia entre servidumbre y libertad, perceptible en mil detalles de la vida real, se muestra más evidente en que el hombre libre puede negarse a trabajar y valerse de esa negativa como instrumento para negociar, mientras que el esclavo carece de tal facultad y depende, para su bienestar, de las costumbres sociales sostenidas por leyes susceptibles de protegerlo y darle garantías.

    Entonces el Estado no es Servil porque la mera institución de la esclavitud se encuentre en algún punto dentro de sus límites, el Estado únicamente es Servil cuando el impulso de la ley positiva afecta a una masa tan considerable de trabajo obligatorio que impirme su carácter a la sociedad entera.
    Análogamente, no es Servil un Estado en que todos los ciudadanos están obligados a someter sus energías a la imposición de la ley positiva y deben trabajar al arbitrio de los funcionarios del Estado.

    Por inconsistencia metafórica, o retóricamente, los que detestan el colectivismo o la disciplina dentro de un regimiento pueden hablar del régimen servil que impera en tales organizaciones, pero hay que recordar que un régimen Servil sólo existe por contraste con un régimen Libre. El régimen Servil sólo aparece en la sociedad cuando aparecen también el ciudadano libre en cuyo beneficio trabaja el esclavo bajo la coacción de la ley positiva.
    La palabra “Servil” no implica el peor de los regímenes sociales, ni siquiera uno necesariamente malo.
    La discusión sobre si la institución de la esclavitud es buena o mala, o relativamente mejor o peor que otras instituciones, no tiene nada que ver con la definición exacta de la misma.

    Si imaginamos a un romano del I ensalzando el nuevo poder imperial, pero también, jurando, en virtud de una confusa tradición contra los “reyes” que jamás habrá de tolerar una “monarquía”, vemos que sería un crítico bastante fútil de los asuntos públicos en la época de Trajano, pero no más fútil que el hombre actual que jura que nada le hará “esclavo” y empero está dispuesto a aceptar leyes que lo obligan a trabajar sin su consentimiento, por imperio de la ley pública, y conforme a condiciones dictadas por otros.
    Es posible alegar que alguien empujado de tal forma a trabajar, asegurado ontra la incertidumbre y la pobreza, con la promesa de ser mantenido en caso de enfermedad y vejez, y ventajas para su posteridad, está en mejor situación que un hombre libre sin tales garantías. Pero el argumento no afecta la definición relativa de la palabra “servil”.
    Un cristiano de vida y fe intachable que flotase en un témpano si víveres ni abrigo no está en circunstancias tan cómodas como un califa, pero sería un destino recurrir a las palabras “cristiano” y “mahometano” para tomar en consideración tal contraste.

    A lo largo de la obra nos atendremos, estrictamente, al aspecto económico del asunto. Sólo cuando se ponga en limpio ese aspecto y se muestre la tendencia moderna al restablecimiento de la esclavitud, tendremos libertad para dicutir las ventajas y desventajas de la revoución.

    También hay que comprender que el carácter esencial de la institución servil no depende de la posesión del esclavo por un amo particular. Es bastante probable que la institución de al esclavitud tienda a esa forma cediendo a las distintas fuerzas que componen la naturaleza y la sociedad humanas.
    Si la esclavitud se restableciese, o cuando se restablezca, no será extraño que un hombre determinado aparezca con el tiempo como esclavo, no del capitalismo en general, sino, por ejemplo, de un trust petrolero particular, por ejemplo. Y las sociedades sonde la institución tenía una antigüedad inmemorial, esa posesión directa del esclavo por el hombre libre o una corporación de hombres libres era la regla. Tal nota no es esencial al carácter de la esclavitud.
    El contraste final establecido entre el esclavo y el libre puede mantenerlo el Estado garantizando al que carece de libertad la seguridad de sus subsistencia, y al libre, la seguridad de su propiedad y sus ganancias, rentas e intereses.
    Lo que caracterizaría al esclavo en una sociedad de este tipo sería el pertenecer al grupo clase llevada, no importa en base a qué definición, al trabajo, y separada así del otro grupo o clase no compelida a trabajar, sino libre de hacerlo o no a su albedrío.

    Además, el Estado Servil existiría aunque un hombre, compelido sólo a trabajar durante una parte de su tiempo, se hallara en libertad de negociar, incluso ganar dinero, en sus horas “libres”.
    Los juristas antiguos distinguían entre siervo “personal” y siervo “real” o “solariego”.
    Un siervo “real” lo era a todas horas y en todo lugar, no respecto a un determinado señor.
    Un siervo “personal” lo era solamente en su obligación de servir a un señor determinado, respecto a los demás hombres, era libre.
    Así podría haber esclavos que fueran “personales” respecto a un determinado tipo de empleo durante un número de horas determinado, no por eso dejarían de ser esclavos. Y el Estado Servil.

    El régimen servil es una institución del Estado cuando se une permanente e irrevocablemente, en cualquier tiempo, a un sector dado de seres humanos, como cuando afecta a una clase particular para toda la vida. Así, las leyes del paganismo permitían que el esclavo fuera emancipado por su amo, y permitían que los hijos y los prisioneros fueran vendidos como esclavos.
    Pero aunque la institución servil cambie constantemente sus miembros, seguiría siendo, un factor invariable dentro del Estado. Análogamente aunque el Estado sometiera a la esclavitud, sólo a los que tuviesen rentas por debajo de un determinado nivel, dejando además a los hombres la libertad de salir de la esclavitud en virtud de una herencia u otra eventualidad, y viceversa, la de caer en ella por empobrecimiento, tal clase de esclavos, pese a fluctuaciones en su composición, seguirían existiendo de forma permanente.

    Así, si el Estado Industrial Moderno dicta una ley por la cual las condiciones de servidumbre no comprenden a aquellos que son capaces de ganar con su propio trabajo por encima de cierta suma, sino a los que ganan por debajo de la misma; o bien, si el Estado Industrial Moderno define de una forma determinada el trabajo manual, haciéndolo obligatorio durante un plazo fijado aunque dejando la libertad de dedicarse después a otras ocupaciones si así lo quieren, entonces, tales distinciones, aunque se refieren a condiciones, y no a una clase, bastan para determinar la institución servil.

    Por definición, cierto número de individuos deben ser obreros manuales, y mientras sean así definidos, serán esclavos. Fluctuaría la composición del grupo servil, pero la institución quedaría asentada y en medida suficiente para caracterizar a toda la sociedad. Y tal condición, una vez establecida tiende a perpetuarse en la mayor parte de los que la soportan, y los individuos que cen en la servidumbre o salen de ella tienden a constituir un reducido número en relación a la masa total.

    Puesto que una sociedad libre debe imponer el cumplimiento de un contrato (una sociedad libre consiste en la obligatoriedad de cumplir con los contratos libremente concluidos) ¿hasta qué punto puede llamase condición servil a la que resulta de un cotnrato nominal o realmente libre?
    En otros términos, un contrato de trabajo, aun cuando libremente concluido, ¿no es servil por naturaleza cuando el Estado IMPONE su cumplimiento?
    Si carezco de alimento y ropa y no poseo los medios de producción para generar una riqueza susceptible de ser cambiada por lo que me falta estaré en unas condiciones que permitirán a un poseedor de los medios de producción no impedirme que acceda a ellos a menos que firme un contrato por el que le sirva durante un tiempo a cambio de la simple manutención ¿me convierte el Estado en un esclavo mediante ese tiempo imponiéndome el cumplimiento del contrato?
    Evidentemente NO, pues la institución de la esclavitud preupone una determinada mentalidad en los hombres libres y en los esclavos, un régimen de vida en ambos, y l amarca de aquellos dos regímenes sobre la sociedad.

    Un contrato exigible durante un plazo determinado no produce tales efectos. Tomando en cuenta la duración de la vida huamana y la perspectiva de la posteridad, el cumplimiento de tal contrato no vulnera, en modo alguno, el sentido de la libertad y de la opción.
    ¿y si se tratase de un año? ¿diez? ¿la vida entera?
    Veamos un caso extremo: un hombre en la miseria firma un contrato que le obliga, a él y a todos sus hijos, menores en esa época, a trabajar a cambio de manutención hasta la muerte, o la mayoría de edad de loshijos, suceda lo que sucediera ulteriormente.
    Convertiría el Estado a dichos hombres en esclavos, SI, sin duda.

    El sentido común establece los límites reales de las cosas, incluidos los de la libertad. Lo que es, o no, la libertad en tanto se la considere como simple medida de tiempo (si bien tiene más ingredientes que el temporal) lo determina el hábito humano; pero la obligatoriedad de cumplir un contrato de trabajo que deje, con certeza o probablemente, libertad de opción a su vencimiento es compatible con la libertad.
    La obligatoriedad de cumplir un contrato que, según toda la probabilidad, ate de por vida no es compatible con la libertad.
    En cuanto que se obligue a servir a los herederos naturales de un hombre, es intolerable desde el punto de vista de la libertad.

    Veamos un caso inverso. Un hombre se obligaría a trabajar toda su vida, y después de él, todos sus hijos, en la medida en que la ley le permita comprometerlos en una sociedad determinada, pero no sólo por la manutención sino también por un salario tan elevado que lo enriquecería en pocos años, y más su descendencia cuando venza el contrato.
    Si el Estado impone el cumplimiento de tal contrato ¿convierte al afortunado trabajador en un esclavo? NO pues está en la esencia de la esclavitud que no debe asegurarse al esclavo sino la subsistencia o poco más.
    La esclavitud existe a fin de que el libre se beneficie con su existencia, y determina una condición en la cual los hombres sujetos a ella sólo pueden reclamar que se les asegure la existencia o poco más.

    Tratar de delimitar una línea precisa, diciendo que un contrato vitalicio de observación forzosa por la ley es esclavitud si contempla tal salario, pero deja de serlo pasando dicho límite, constituye una insensatez. Pero en toda sociedad hay un nivel de subsistencia: garantizar este, o un poco más, con la obligación de trabajar obligatoriamente, es esclavitud; garantizar mucho más no lo es.

    Olvidando la dialéctica siempre sería posible plantear indiscutibles objeciones de grado haciendo un corte transversal en un conjunto de definiciones, pero eso no invalida nunca la sustancia de la discusión. Sabemos lo que significa la tortura cuando un código legal la establece o prohíbe. Y ninguna objeción imaginaria que establezca diferencias de grado entre tirar del pelo a un hombre y arrancarle el cuero cabelludo preocuparía al reformador que se proponga extirpar la tortura de un código penal.
    Igualmente sabemos qué es y qué no es el trabajo obligatorio, lo que es y no es la condición servil. Prueban su existencia, lo repito, el hecho de que se prive a un hombre de su libre opción a trabajar o no trabajar, acá o allá, por tal o cual cosa, y el hecho de obligarlo en virtud de la ley positiva a trabajar en beneficio de otros a quienes no afecta la misma obligación.

    Cuando esto se presenta hay esclavitud, con todas las múltiples consecuencias, espirituales y políticas, que se derivan de esa antigua institución.
    Cuando la esclavitud afecta a una clase tan numerosa que imprime su sello al Estado y determina su carácter, entonces tenemos el Estado Servil.

    En resumen, Estado Servil es aquel que presenta un número considerable de familias e individuos diferenciados de los ciudadanos libres por la marca del trabajo obligatorio, que imprimen un sello general sobre dicha sociedad, que aparece entonces impregnada por todos los caracteres principales, malos o buenos, anexos a la institución de la esclavitud, lo mismo da que los esclavos estén directa o personalmente ligados a sus amos, o sólo indirectamente por medio del Estado, o incluso atados de una tercera forma, por su subordinación a corporaciones o determinadas industrias.
    El esclavo así empujado a trabajar carecerá de los medios de producción, y será obligado por la ley a trabajar en beneficio de todos los que los posean o de algunos de ellos.
    La marca distintiva del esclavo deriva de la acción especial que ejerce sobre él una ley positiva que, dentro del cuerpo general de la comunidad, separa a un sector de hombres, los menos libres, de otro, los más libres, en función de un contrato.

    Los europeos, aunque procedentes de una concepción puramente servil de la producción y del régimen social, tenemos un pasado inmemorial servil. Durante algunos siglos, cultivados, penetrados y edificados por la Iglesia Católica, Europa se fue liberando gradualmente de esta concepción inmemorial y básica de la esclavitud.
    Y es a esta concepción, a esta institución, a lo que estamos volviendo ahora con nuestra sociedad industrial o capitalista; lo que significa, dicho en otras palabras, que estamos creando de nuevo al esclavo.


    Antes de demostrar dicha afirmación analizaremos someramente el proceso por el cual la ESCLAVITUD PAGANA ANTIGUA fue transformada hace algunos siglos, en una SOCIEDAD LIBRE.
    Luego veremos el proceso ulterior mediante el cual fue desbaratada la nueva sociedad no servil con la REFORMA en algunas zonas de Europa, particularmente en Inglaterra, para instituirse, en su lugar, la transitoria fase de la sociedad llamada Capitalismo o Estado Capitalista.

    Podría demostrarse la tendencia al Estado Servil de la Inglaterra moderna a un ignorante del pasado de Europa; pero a tal hombre dicha tendencia le parecería mucho más razonable, más experimental que deductivo, cuando sepa lo que nuestra sociedad fue durante un tiempo y cómo vino a dar en lo que vemos hoy en día.




    3ª Parte : NACIMIENTO DEL CAPITALISTA Y DEL PROLETARIADO : DEL ESTADO SERVIL AL DISTRIBUTIVO Y AL CAPITALISTA.

    En cualquier campo de nuestro pasado europeo que investiguemos hallaremos, desde hace 2.000 años, una institución fundamental sobre la que se asienta la sociedad entera: LA ESCLAVITUD.
    No hay aquí diferencias entre las altamente civilizadas ciudades mediterráneas, con sus letras, artes plásticas, su cuerpo de leyes, con todo lo que determina una civilización, y las sociedades nórdicas y occidentales de tribus célticas, o las hordas germánicas. Todas estas organizaciones sociales, indistintamente, estaban asentadas sobre la esclavitud, que era una concepción fundamental de la sociedad y se encontraba en todas partes, sin que en ninguna se la discutiese.

    Nuestros antecesores europeos, aquellos hombres de los que descendemos y cuya sangre, con poca mezcla, corre aún por nuestras venas, dieron la esclavitud por supuesta, la convirtieron en el eje económico en torno del cual tenían que girar la producción de la riqueza, y jamás dudaron de que fuer normal en toda sociedad humana.

    Un régimen semejante no hubiera sido tolerado, sin interrupción ni discusión, durante muchos siglos. Ni hubieran aparecido, emergiendo en plena madurez de ese lapso del que no quedan testimonios y durante el cual barbarie y civilización florecieron una al lado de otra en Europa, si no hubiera habido en él algo, bueno o malo, consustancial a nuestra sangre.

    En las sociedades antiguas de la que procedemos no se trataba de esclavizar a los pueblos vencidos bajo el poder de los conquistadores. Eso es solo conjetura, carecemos de pruebas al respecto y las pruebas disponibles indican lo contrario. El griego tenía esclavos griegos, el latino esclavos latinos, el gemano esclavos germanos, el celta esclavo celtas.
    La teoría de que las “razas superiores” al invadir una comarca, desplazaban a sus habitantes o los esclavizaban, no tiene asidero alguno ni en nuestros conocimientos ni en evidencias históricas.
    La característica más notable del fundamento servil en que se asentaba el paganismo era la igualdad humana que se reconocía entre amo y esclavo. El amo podía matar al esclavo, pero ambos pertenecían a la misma raza y cada uno era hombre para el otro.
    Este valor espiritual no fue, como tienden a soñar perniciosas teorías especulativas, un “crecimiento” o un “progreso”.
    La doctrina de la igualdad humana era inherente a la sustancia misma de la Antigüedad, como lo sigue siendo aún a las sociedades que no han perdido la tradición.

    La Europa pagana no pensaba solamente que la existencia de los esclavos era una necesidad natural de la sociedad, sino también que, al dar la libertad a un esclavo, el liberto ingresaría naturalmente, aunque tal vez al cabo de algunas generaciones, en las filas de la sociedad libre.
    Año tras año existía un reclutamiento constante en la institución servil, tal como había una emancipación permanente de ella; y el método natural o normal de reclutamiento era la POBREZA. El esclavo nació de la pobreza.

    Los prisioneros de guerra proporcionaban una forma de reclutamiento, y también había rapto de hombres en zonas periféricas, y secuestros de piratas que luego vendían en mercados de esclavos, pero la causa del reclutamiento y el sostén permanente de la institución de la esclavitud fue la indigencia del hombre que se vendía como esclavo, o nacía como tal, pues constituía regla de esclavitud pagana que el esclavo engendrara esclavos, y que, aunque uno de los padres fuese libre, el producto de la unión fuera esclavo.

    La sociedad antigua estaba dividida, como la de todo Estado Servil, en sectores separados:
    ciudadano con voz en el gobierno del Estado, que si trabajaba lo hacía por propia voluntad y en su poder tenía la propiedad, y
    una multitud, carente de medios de producción, y obligada, por ley positiva, a trabajar a disposición de otro.

    Cierto que evoluciones posteriores de la sociedad permitieron a los esclavos acumular sus ahorros particulares y los más favorecidos pudieron comprar su libertad.
    También, en la confusión de las últimas generaciones del paganismo surgió, en algunas ciudades, una clase numerosa de hombres que, aunque libres, carecían de medios de producción, pero esta clase nunca imprimió en todo el Estado, en la sociedad, su carácter proletario.
    Las características del Estado Servil originario del que procedemos son:
    1ª.- aunque hogaño se contrapone esclavitud a libertad, en beneficio de ésta, entonces se aceptaba libremente la esclavitud como único medio de evitar la indigencia.
    2ª.- en todos esos siglos no hay traza de esfuerzo organizado, ni de rebelión de la conciencia contra la institución que condenaba a la mayor parte de las personas al trabajo forzado.

    A nadie, libre o esclavo, se le ocurre la idea de abolir dicha institución, al menos de modificarla. No hay mártires de la causa de la “libertad” contra la “esclavitud” y las llamadas guerras serviles simplemente fueron resistencia de los esclavos fugitivos a las tentativas de volverlos a prender, y no estuvieron acompañadas de afirmaciones reconocidas de que la servidumbre fuera intolerable, algo que sucede desde el origen de la humanidad hasta las postrimerías Católicas del mundo pagano.
    Aunque la esclavitud es vejatoria, indigna, dolorosa, pero para ellos estaba en la naturaleza de las cosas. Este régimen social constituía la atmósfera corriente que respiraba la Antigüedad pagana.

    Sus grandes obras, su holganza, y su vida doméstica, su humor y todo dependía del hecho de que la sociedad estaba conformada por el Estado Servil.
    Los hombres eran felices con ese régimen, al menos, tan felices como pueden serlo los hombres.
    Las tentativas de evadirse de la condición servil por esfuerzo personal, ahorro, riesgo o la lisonja al amo nunca tuvo, ni de lejos, la fuerza propulsora de la que llevan a cabo muchos hoy para ascender de la categoría de los asalariados a la de patrones.
    La servidumbre no les parecía un infierno que hiciera preferible la muerte, para salir del cual no se escatimarían sacrificios. Era una condición tan aceptada por los que la soportaban como por los que la disfrutaban, y una parte absolutamente necesaria de cuanto los hombres hacían y pensaban.

    No se conoce ningún bárbaro procedente de un lugar libre que se asombre de la institución de la esclavitud, ni de ningún esclavo que hable de una sociedad más feliz en que la esclavitud sea desconocida.
    Así, para nuestros antepasados, de forma inmemorial, la división de la sociedad en aquellos que deben trabajar bajo coacción y los que se benefician con su trabajo constituía la estructura misma del Estado, fuera de la cual apenas podían concebir que existiera sociedad alguna.

    La esclavitud no es una experiencia novedosa en la historia de Europa; ni se halla bajo la acción de un sueño estrafalario cuando oye hablar de la esclavitud como de una cosa aceptable para los hombres europeos. La esclavitud integró la sustancia misma de Europa, durante miles y miles de años, hasta que ésta emprendió ese importante experimento moral que se llama FE, al cual tienen muchos por concluido y descartado hoy día, y a raíz de cuya quiebra parecería que debiera volver la antigua y primitiva institución de la esclavitud.

    Porque, al cabo de todos aquellos siglos y siglos de un orden social establecido, que se alzaba sobre la esclavitud como sobre un cimiento seguro, adivino sobre nosotros, los europeos, el experimento llamado IGLESIA DE CRISTO.
    Entre los subproductos de este experimento, que emergió lentamente del antiguo mundo pagano, y que llegó a su término poco antes de que la cristiandad misma se descalabrara, se encuentra la transformación sumamente lenta del Estado Servil en algo distitno: una sociedad de propietarios.
    Cómo surgió el Estado Servil pagano es algo distinto.



    DISOLUCIÓN TEMPORAL DEL ESTADO SERVIL.
    El proceso mediante el cual desapareció la esclavitud de la sociedad cristiana, aunque lento en su desarrollo (un milenio) y complicado en el detalle, puede ser entendido fácil y rápidamente en sus líneas principales.
    La vasta revolución por la que atravesó la inteligencia europea entre los siglos I al IV, la CONVERSIÓN AL CRISTIANISMO, pero que más exactamente fue el crecimiento de la Iglesia no trajo consigo ataque alguno a la institución servil.
    Ningún dogma de la Iglesia declaró que la esclavitud fuera inmoral, o la compra y venta de hombre un pecado, ni la imposición del trabajo obligatorio a un cristiano una contravención de derecho natural alguno.
    Ciertamente los fieles consideraban la emancipación de los esclavos una buena obra, pero también lo hacían loa paganos. Se trataba de un servicio hecho a un semejante. La venta de cristianos a señores paganos resultaba detestable durante el Imperio posterior, el de las invasiones bárbaras no por ser la esclavitud condenada per se, sino por considerarse una especie de traición a la civilización el expulsar a los hombres de ella arrojándolos a la barbarie.
    En general no hay declaraciones contra la esclavitud como institución, ni definición moral alguna que la atacara a lo largo de esos primeros siglos cristianos, durante los cuales, empero, desapareció de manera efectiva.

    Es interesante analizar cómo desapareció. El principio fue el establecimiento, como unidad básica de producción en el Occidente europeo, de grandes haciendas territoriales que pertenecían a un único propietario: las villae.

    Había otras formas de aglomeración humana: pequeñas fincas rurales poseídas en propiedad absoluta por modestos dueños; agrupaciones de hombres libres asociados en vicus, talleres industriales en que se organizaban grupos de esclavos en beneficio de su amo, y rigiendo las comarcas circundantes las ciudades romanas.
    De entre todas, las villas, fueron el tipo dominante; y, a medida que la sociedad pasaba de la elevada civilización de los cuatro primeros siglos a la sencillez de la Edad Media, la villa, unidad de producción agraria, se fue convirtiendo en el modelo de toda la sociedad.
    La villa empezó en la forma de una extensión considerable de tierra, que contenía, como un fundo: tierras de pastoreo, sembradíos, agua, montes y brezales o pantanos. Su propiedad absoluta era de un dominus (señor) quien podía venderla, abandonarla o proceder con ella a voluntad. Se cultivaba en su provecho por esclavos a los que no debía nada en pago, y cuya manutención era para él una simple cuestión de interés, como también su reproducción para que perpetuaran su riqueza.

    Cuando el Imperio romano se estaba inclinando hacia la sociedad medieval, surgieron otros elementos sociales en las villas (libertos que debían al señor un servicio regular, e incluso ciudadanos independientes, etc.) pero la sociedad aún estaba caracterizada por la esclavitud.

    Así, en su origen, la villa romana fue un ejemplo de propiedad absoluta, en la cual se producía la riqueza en virtud de la aplicación del trabajo del esclavo a los recursos naturales locales, y todo pertenecía al amo.
    La primera modificación que este régimen introdujo en la nueva sociedad, acompañando al crecimiento y consolidación de la Iglesia en el mundo romano fue una especie de norma consuetudinaria que modificó la antigua situación arbitraria del esclavo.
    El esclavo seguía siéndolo, pero era más conveniente por el declive de las comunicaciones y del poder público, y más acorde con el espíritu social de la época asegurarse la producción del esclavo al no imponerle más que determinados tributos sancionados por la costumbre. El esclavo y sus descendientes quedaron arraigados en un sitio. Todavía algunos eran comprados y vendidos, pero cada vez menos. Con el paso de las generaciones, proporciones cada vez más amplias de individuos vivían en el lugar y tal como habían hecho sus padres, y el producto (riqueza obtenida) se fue fijando cada vez más en un monto determinado que el señor recibía conforme, sin pedir más.

    El régimen se hizo viable mediante la cesión al esclavo de todo el producto remanente de su trabajo y se produjo una especie de convenio virtual, al no haber poder público y con el antiguo sistema en decadencia que garantizaba al amo el producto íntegro de la actividad del esclavo.
    El convenio virtual era que, si la comunidad de esclavos de la villa producía para su amo no menos de una determinada cantidad el amo podía contar con que ellos seguirían ejerciendo siempre tal actividad si se les cedía el remanente, que podían acrecentar, si querían, casi indefinidamente.

    En el IX cuando este proceso había estado consumándose durante varios siglos, comenzó a manifestarse, en la cristiandad occidental, una forma estable de unidad productiva.
    La antigua hacienda determinada por el principio de la propiedad absoluta terminó dividiéndose en tres porciones:
    1.- la tierra de pastoreo y sembradío, reservada particularmente al señor, denominada: domain (tierra del señor).
    2.- otra ocupada y ya poseída, de hecho, no legalmente, por los que habían sido esclavos.
    3.- el terreno común en el que tanto el señor como el escalvo ejercían, cada uno por su parte, sus diversos derechos consagrados por la costumbre.

    Si en una aldea había extensiones de hayas como para alimentar 300 cerdos, el señor podía disponer solamente de 50, los 250 restantes eran los derechos del village (aldea).
    En la primera porción, la riqueza se producía por la obediente actividad del esclavo durante ciertas horas fijas. El esclavo debía presentarse tantos días a la semana, en tales ocasiones (todo fijado y consuetudinario) y todo el producto era del señor que pagaba un salario diario (en especie para que pudieran sobrevivir).
    En la segunda porción (tierra en servidumbre) que solía ser la mayor parte de las tierras de pastoreo y labrantía los esclavos trabajaban según normas y costumbres que ellos mismos habían fijado, bajo la dirección de un funcionario de su propia clase, en ocasiones designado, a veces elegido, alguien que les convenía y de su gusto. Este trabajo cooperativo sobre el antiguo suelo de los esclavos se regulaba por costumbres generales de la aldea, comunes al señor y esclavo juntamente, y el funcionario principal en ambas porciones era el mayordomo del señor.
    De la riqueza aquí producida una parte determinada (en especie) era del señor.
    En la tercera porción (el erial, los montes, los matorrales y campos comunes de pastoreo) la riqueza producida se dividía en porciones consuetudinarias entre los esclavos y el amo (en ciert pradera se podían soltar tantos bueyes, número fijado rígidamente, y de ellos tantos del señor, tantos del villano, etc.).

    Este sistema cristalizó en los VIII, IX y X y se volvió tan natural a los ojos de los hombres que se olvidó el carácter originariamente servil del trabajador popular en la villa. La compra venta de hombres era ya algo excepcional en el inicio de este período y desaparecería totalmente antes de finalizar esta época.
    Aparte de los esclavos domésticos, ligados a trabajos de la casa, la esclavitud en el sentido de la Antigüedad pagana, se había transformado tanto que era ya irreconocible.
    Cuando en el XI la verdadera Edad Media comienza a alzar una nueva civilización, y pese a usarse el viejo término: servus (esclavo) para designar al que cultivaba el suelo, su estatus social había variado radicalmente, ya no vale traducirlo por esclavo sino por siervo.
    El siervo de la Edad Media, del XI e inicios del XII, de las cruzadas y conquista normanda, es un labriego. Jurídicamente aún está ligado al suelo en que nació, pero la realidad social, todo lo que se le exige, es que su familia cultive la parte de la tierra servil que le corresponde, y que los tributos al señor no dejen de pagarse por defecto de trabajo. Satisfechas estas obligaciones los siervos pueden acceder a profesiones, la Iglesia, o industrias de las ciudades.
    Con cada generación se desdibuja más la vieja concepción servil del status del trabajador, y los tribunales y la costumbre social lo tratan más como a un hombre sometido a determinados tributos, estrictos, y determinada faena periódica dentro de su unidad industrial, pero al resto de efectos libre.

    A medida que se desarrolla la civilización de la Edad Media, se acrecienta la riqueza y florecen las artes, se acentúa el carácter de libertad. A despecho de las tentativas realizadas en épocas de escasez (tras la peste, por ejemplo) en que los antiguos propietarios insisten en trabajos obligatorios, pero también se extiende la práctica de conmutar tales derechos por pagos en metálico e impuestos, la fuerza y robustez de los siervos es tal que ya no pueden oponerse los señores.



    EL ESTADO DISTRIBUTIVO.
    A finales del XIV e inicios XV se hubiera visitado a algún caballero, en su fundo (Francia, o Gran Bretaña) hubiera dicho, señalando su totalidad: estas son mis tierras. Pero el labriego hubiera dicho también a su heredad: esta es mi tierra, pues en efecto contra el derecho de ligazón a la misma esgrimiría el de no poder ser desalojado de la misma. Y los tributos que debía satisfacer eran una parte de la producción total.
    Cierto que no podía vender esa “su” tierra pero podía transferirla en herencia a sus descendientes, con su derecho a no poder desalojado de la misma.
    Tras unos mil años el esclavo era un hombre libre en todo cuanto se refería a las actividades ordinarias de la sociedad. Compraba y vendía en el mercado, ahorraba, invertía, edificaba, y podía introducir mejoras en la tierra para su propio beneficio.

    En paralelo a esta emancipación, sobrevivieron en la Edad Media una multitud de instituciones, que promovieron la distribución de la propiedad y la destrucción de los últimos residuos del Estado Servil, ya entonces olvidado.
    Las industrias de todas clases en las ciudades, en los transportes, en los oficios, en el comercio, se hallaban organizadas en forma de gremios o corporaciones. Un gremio era una sociedad parcialmente cooperativa aunque en lo sustancial eran poseedores particulares de capital, el gremio gozaba de autonomía y su objeto era impedir la competencia, vigilando con celo la división de la propiedad para que en sus filas no se formaran ni proletarios ni capitalistas.
    Se ingresaba como aprendiz, tras unos años se volvía patrón. La existencia de los gremios como unidades normales de producción (industrial, comercial, transporte) prueba lo que era el espíritu social que había emancipado al trabajador de la tierra.
    Mientras prosperaban estas instituciones, paralelamente a las comunidades aldeanas, libres ya de servidumbre, aumentaba el feudo franco (posesión absoluta del suelo y distinta del dominio del señor sobre el esclavo).

    Estas tres formas de ejercer el trabajo:
    siervo: asegurado en su posición y gravado con determinadas prestaciones, una porción del total.
    propietario absoluto: independiente pero que debía pagar contribuciones (más impuesto que arrendamiento),
    gremio: trabajador cooperativo del capital (bien repartido).

    Juntas promovían una sociedad que se fundaría en el PRINCIPIO DE LA PROPIEDAD. Todos, o la mayor parte, debían ser propietarios. Y sobre la propiedad se asentaría la LIBERTAD DEL ESTADO.

    Al final el Estado era una aglomeración de familias de riqueza variada, la inmensa mayoría propietarias de los medios de producción. Aglomeración que garantizaba la estabilidad del SISTEMA DISTRIBUTIVO mediante cuerpos cooperativos que unían entre sí a los hombres del mismo oficio, o de la misma aldea, y aseguraban al pequeño propietario contra la pérdida de su independencia económica asegurando, a la vez, a la sociedad contra el desarrollo de una clase proletaria y/o capitalista.
    La restricción a la compra-venta, hipotecas, herencias, etc. obedecía a un fin social: impedir el desarrollo de una oligarquía económica capaz de explotar al resto de la comunidad.

    Las restricciones a estas libertades tenian por objeto preservarla; y toda la acción de la sociedad medieval, desde su florecimiento hasta su colapso, estuvo dirigida al establecimiento de un Estado en el que los hombres fueran económicamente libres por la posesión del capital y la tierra.

    La institución servil, salvo en fórmulas legales esporádicas, había desaparecido totalmente, pero no fue sustituida por ningún colectivismo.
    Había tierras comunes pero estaban celosamente custodiadas por hombres que poseían a su vez otras tierras. La propiedad común en la aldea era una de las formas de propiedad y se usaba como volante para mantener la regularidad del funcionamiento de la máquina cooperativa
    Los gremios tenían propiedades comunes, pero eran las necesarias para su vida cooperativa (sedes, cajas de socorro, fundaciones religiosas, etc.). Los instrumentos del oficio eran de propiedad particular de sus miembros, no gremiales, salvo que fueran tan costosos que precisaran un dominio corporativo
    .

    Tal fue la transformación de la sociedad europea tras un milenio de cristianismo: la esclavitud desaparecida, surgiendo en su lugar el establecimiento de la posesión libre, tan normal a los hombres y tan apropiada para una vida feliz: EL ESTADO DISTRIBUTIVO.

    Este gran logro de la sociedad humana ocurrió pero fue destruido en algunos lugares de Europa, aunque en ninguna tanto como en Gran Bretaña.
    A una sociedad en la que la mayoría determinante de las familias poseía capital y tierra, en que la producción se hallaba regulada por corporaciones autárquicas de pequeños propietarios, en que no se conocía la miseria ni la inseguridad del proletariado, vino a sustituirla una pavorosa ANARQUÍA MORAL contra la cual se dirigen hoy todos los esfuerzos morales: EL CAPITALISMO.

    ¿Cómo sobrevino semejante catástrofe? ¿Cómo pudo ocurrir? ¿De qué procesos históricos se valió este mal para imponerse? ¿Qué convirtió a una Inglaterra económicamente libre en la actual, cuya tercera parte al menos está en la indigencia, cuyo 95% carece de capital y tierra? ¿cuya industria y vida nacional están dominadas enteramente en su aspecto económico por una minoría aleatoria de hombres que manejan miles de millones, por una minoría de dueños irresponsables y antisociales monopolios?

    La respuesta más usual a estas cuestiones fundamentales de la historia, y la que es más fácilmente aceptada, es que tales desgracias sobrevinieron a raíz de un proceso material conocido por la REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.
    Se imagina así, que el empleo de maquinarias costosas y la concentración de la industria y de sus enseres ESCLAVIZARON, en virtud de un proceso ciego, impersonal, ajeno a la voluntad humana, la actividad de la sociedad británica.

    FALSO. Ninguna causa material de tal género determinó la degradación padecida y que aún padecemos. Fue acción DELIBERADA de los hombres, Voluntad perversa de unos pocos y la falta de voluntad en la mayoría lo que produjo la catástrofe, tan humana en sus causas y principios, como en sus viles efectos.

    El CAPITALISMO no fue causa ni del desarrollo lógico del movimiento industrial, ni de descubrimiento materiales aleatorios, basta para probarlo un somero conocimiento histórico y un poco de probidad al enseñarla.

    El SISTEMA INDUSTRIAL fue un producto derivado del capitalismo, no su causa. El capitalismo estaba ya en Inglaterra antes de que naciera el sistema industrial; antes de que se usara la hulla y las nuevas y costosas máquinas, y se produjera la concentración de los instrumentos de producción en las grandes ciudades.
    Si el capitalismo no hubiera existido previamente a la Revolución Industrial ésta hubiera sido benéfica para los ingleses en la misma medida que así les resultó dañina. Pero el CAPITALISMO, es decir, la apropiación por unos pocos de las fuentes de la vida, estaba presente mucho antes de que sobrevinieran los grandes descubrimientos y torció el efecto de los mismos y las nuevas invenciones, convirtiéndolas, así, de algo bueno en algo dañino.
    No fueron las máquinas las que acabaron con la LIBERTAD, sino la pérdida de un PENSAMIENTO LIBRE.




    COMO SE MALOGRÓ EL ESTADO DISTRIBUTIVO.
    Al expirar la Edad Media, las sociedades cristianas de Occidente, Gran Bretaña entre ellas, se encontraban económicamente libres.
    La propiedad era una institución inherente al Estado y la mayoría de sus ciudadanos disfrutaban de ella. Las instituciones cooperativas y las regulaciones voluntarias del trabajo sólo restringían el absoluto uso independiente de la propiedad para mantener la institución intacta e impedir la absorción de la pequeña propiedad por las grandes.
    Este excelente orden social se había logrado tras muchas centurias de evolución cristiana, y en él la antigua institución de la esclavitud había sido eliminada totalmente.

    Los gérmenes del desastre se sembraron en el XVI y empezó a manifestarse en el XVII. Durante el XVIII, Inglaterra vino, al fin, aunque inseguramente, a establecerse sobre una base proletaria, con una sociedad de hombres ricos posesionados de los medios de producción, mientras la mayoría era desposeída de tales medios.

    En el XIX el mal llega a la madurez e Inglaterra, antes de cerrar el siglo ya era un Estado puramente capitalista, prototipo y modelo capitalista de todo el mundo. Con los medios de producción dominados férreamente por una minoría mientras la gran masa, la determinante de la nación, era desposeída de capital y tierras, es decir, desposeída de seguridad y de sustento.
    La mayoría de ingleses si bien aún conservaban nominalmente una “libertad” política carecían de la económica, estando en la peor situación en que llegaron jamás a verse antes los ciudadanos libres en la historia de Europa.



    ¿CUÁLES FUERON LAS FASES DE ESTA ENORME CATÁSTROFE?
    Primeramente el mal uso de una gran revolución económica, la del XVI, en que tierras y riquezas acumuladas de los monasterios fueron arrebatadas a sus antiguos y legítimos dueños para transferirlas a la corona; pero no pasaron a manos de los reyes, sino a las de un sector, ya rico, el cual una vez consumado el cambio se convirtió, en los siglos sucesivos, en el verdadero soberano de Inglaterra.

    En la Inglaterra de inicios del XVI, la heredada por Enrique VIII, la mayoría poseían la tierra que labraban, y las casas que habitaban, y las herramientas y útiles de trabajo. Los bienes ampliamente distribuidos lo estaban de forma desigual.
    El suelo y lo adherido a él eran la base de la riqueza, pero la proporción entre el valor del suelo y sus adherencias y el valor de otros medios de producción (enseres, almacenes, alimentos, ropas, etc.) difería de la actual.
    La tierra y sus adherencias representaban, entonces, una fracción mucho mayor de la totalidad de los medios de producción; hoy, en cambio, no representan ni la mitad pese a constituir el fundamento necesario de toda producción de riqueza. Sin embargo las grandes máquinas, almacenes, barcos y demás superan el valor verdadero de la tierra, casas, muelles, etc.
    A inicios del XVI la tierra y anexos importaban mucho más que todas las demás formas de producción de riquezas juntas.
    A fines de la Edad Media, esta forma de riqueza se encontraba ya aquí más que en cualquier otro país europeo occidental en manos de una opulenta clase terrateniente. Entre la cuarta y tercera parte del valor total de la tierra y anexos ya estaba concentrada en pocas manos opulentas.
    Era una Inglaterra agraria, con unos cinco millones de habitantes. En la comunidad agraria estaba el Lord (señor) con posesiones más grandes que en cualquier otro país. Con casi la tercera parte de las tierras en posesión absoluta, que también administraba la justicia y cobraba tributos.
    No hay razón alguna que impidiera que este orden de cosas condujera a la elevación del labriego y la decadencia del señor, como ocurrió en Francia.
    Una clase rústica ansiosa de comprar hubiera podido extender gradualmente sus dominios a expensas de la tierra solariega y a la distribución de la propiedad. Pero ese proceso de adquisición gradual de las propiedades del grande por los pequeños, como nos es natural a los europeos, y como se produjo desde entonces en casi todas las partes en que hubo países libres de proceder según el interés general, fue interrumpido en Inglaterra por una REVOLUCIÓN ATRIFICIAL realizada con los medios más violentos: la incautación de las tierras monásticas por la corona.

    De esta “operación” derivará el futuro de la economía británica. De las tierras solariegas y el privilegio de administración local anexo, casi un cuarto estaban en manos de la Iglesia; la Iglesia era el “lord” de un 25% de las comunidades agrarias británicas, y el superintendente de una proporción similar de la producción agraria. De igual modo la Iglesia era la recaudadora de un porcentaje similar de tributos consituedinarios pagados por los propietarios menores a los mayores. Todo ese poder económico estaba, hasta 1535, en manos de los cabildos metropolitanos (comunidades religiosas), establecimientos de educación dirigidos por el clero y similares.
    Tras la confiscación de Enrique VIII la vasta influencia económica empezó su declive. El clero secular conservó sus bienes, y la mayor parte de los establecimientos educacionales, aunque saqueados, retuvieron algunas rentas; pero más del 20% del total (más de un 80% de las propiedades de la Iglesia) fue confiscado y la revolución consumada por esta enorme “operación” fue sin comparación alguna la más radical, súbita y trascendental de las que se ejecutaron en la historia económica de todos los pueblos de Europa.

    La idea inicial era que la corona conservara la mayor parte de esa enorme masa de medios de producción, algo que deben recordar los que estudien las fortunas de Inglaterra y los que se maravillan del contraste entre la vieja y la nueva Inglaterra.
    De haber mantenido el propósito el Estado británico y su gobierno hubieran sido los más poderosos de Europa. El ejecutivo (el rey) hubiera tenido una mayor oportunidad de aplastar la resistencia de los ricos, respaldar su poder político con el económico, y ordenar la vida social como ningún otro ejecutivo del mundo cristiano.
    Pero ni Enrique VIII ni sus sucesores conservaron las tierras confiscadas, de hacerlo hubieran conseguido una Inglaterra muy distinta de la que conocemos. Pero el rey no conservó las tierras incautadas, los grandes terratenientes ya dominaban un tercio de los valores agrarios ingleses, era ya demasiado tarde para que la monarquía pudiera detenerlos. Y consiguieron las tierras confiscadas a título gratuito o a cambio de sumas irrisorias y con su poder político (Parlamento) y económico consiguieron sus objetivos. De todo lo que la corona cedió nada volvió a su poder, y así, año tras año, lo que había sido de la Iglesia se fue convirtiendo más y más en PROPIEDAD ABSOLUTA de los mayores terratenientes.
    Así los poseedores de un tercio de todas las tierras obtuvieron en pocos años una cantidad casi similar con sus arados y graneros e inclinaron, definitivamente, la balanza a su favor. Casi de golpe eran dueños de más de la mitad de las tierras (riquezas) británicas. En muchos centros y distritos tenían más de la mitad de la tierra, en algunos eran los amos económicos del resto de la comunidad.

    Procedieron estrictamente según el principio de la competencia, cobrando hasta el último centavo de los tributos y arriendos donde los antiguos señores clericales se habían atenido a la costumbre, dejando sus buenas partes a los arrendatarios. Coparon los estrados judiciales y las universidades.
    La corona, cada vez podía dirigir menos los pleitos entre gigantes y chicos, los grandes dirimían todos en su favor. Así se apropiaron de la inmensa mayoría de los medios de producción y empezaron a absorber a los modestos independientes constituyendo gigantescas haciendas que, en pocas generaciones, se identificaron con la aldea misma.
    Es fácil comprobar como dichas gigantescas haciendas británicas datan todas de fechas similares (o posteriores) a la revolución (confiscación). Salvo la excepción de los grandes castillos (no de la corona, pero sí ocupados por ella) los hidalgos rurales de antes de la reforma vivían como hombres que el resto de los labriegos, pero no como sus amos.
    Tras la Reforma se elevaron en toda Inglaterra esas enormes “mansiones rurales” que se convirtieron en el centro típico de la vida agraria británica.

    Para desgracia de Inglaterra, Enrique VIII dejó como heredero un niño enfermizo que reinó 6 años (1547-1553) y el saqueo prosiguió a gran escala. Cuando murió y ascendió al trono María, el proceso estaba ya consumado. Habían surgido un gran número de nuevas familias, incomparablemente más ricas que cuanto había conocido anteriormente Inglaterra, ligadas por un interés común.

    Cada uno de los individuos que representaba una localidad en el Parlamento fijó su precio para votar la disolución de los monasterios y todos se les pagó. Basta ver las nóminas de los miembros del Parlamento de la disolución para comprobarlo. Aparte de su poder parlamentario esta clase tenía otras cien maneras de presionar.

    Los Howard, los Cavendish, los Cecil, los Russel, y 50 familias nuevas más surgieron así sobre las ruinas de la religión; y el proceso continuó incesante hasta que, al siglo más o menos de su inicio, toda la faz de Inglaterra había cambiado para siempre.
    En vez de una corona poderosa, dueña de rentas mucho mayores que las de cualquier súbdito, hubo una corona que no sabía qué hacer para conseguir dinero, y bajo el dominio de sus súbditos, algunos de los cuales le igualaban en riqueza, tales súbditos con poder parlamentario (donde dominaban) podían y hacían lo que les venía en gana con el gobierno.

    Así, a inicios del XVII (1630-1640) se consumó finalmente la Revolución económica y la nueva realidad económica se impuso a las antiguas tradiciones inglesas, una poderosa oligarquía de grandes terratenientes tomaba el poder ante una empobrecida y decadente monarquía.
    Además el cambio de valor de la moneda (sufrió una depreciación del 65%) y como los ingresos de la corona estaban fijados por la costumbre pero los gastos por la competencia, seguía ingresando lo mismo pero sus gastos se triplicaban.

    Pero la causa primera, decisiva y trascendente fue la confiscación y transferencia de las tierras eclesiásticas a los terratenientes que desequilibró, ya para siempre, la balanza a favor de estos y contra el pueblo. La corona, decadente y empobrecida, dirigió contra la nueva riqueza el esfuerzo de las guerras civiles, pero fue completamente derrotada y cuando se llegó a un arreglo (1660) el poder real estaba en las manos de una poderosa clase de hombres ricos, muy ricos, mientras que el rey, aún rodeado de las formas y tradiciones de su antiguo poder, no era más que un títere asalariado.

    Y en ese mundo social, sustrato de todas las manifestaciones políticas, la nota dominante fue que unas cuantas familias inmensamente ricas se habían apoderado de la mayor parte de los medios de producción, el poder político y el judicial, la educación superior y hasta de la nueva Iglesia.

    Ya en 1700 más de la mitad de los ingleses se hallaban desposeídos de capital y tierra. Ni siquiera uno de cada dos, incluso computando los propietarios insignificantes, vivía en una casa de la que fuera el dueño, o labrara un terreno del que no pudiera ser desalojado. Nacían los proletarios.
    En esa fecha aún no había concluido la concentración pero Inglaterra ya se había vuelto capitalista. Ya había padecido que un vasto sector de su población se proletarizase, y es esto, no la posterior Revolución Industrial es la causa de las terribles condiciones sociales en que se hayan desde entonces.

    En una Inglaterra ya castigada con una numerosa clase proletaria gobernada por una clase capitalista dominante, dueña de los medios de producción, la economía, el poder político, la educación y la justicia, sobrevino un gran desarrollo industrial.
    Si dicha revolución industrial hubiera sobrevenido en un pueblo económicamente libre habría adoptado una forma corporativa. Sobreviniendo en un pueblo que había perdido gran parte de su libertad económica, tomó desde el comienzo, una forma capitalista que mantuvo y expandió y perfeccionó a lo largo de dos siglos.

    El sistema industrial surgió en Inglaterra, en Inglaterra se formaron sus tradiciones y hábitos, y, puesto que la Inglaterra donde surgió era ya capitalista, el industrialismo moderno, dondequiera que aparezca con vigor posteriormente, se desenvolverá bajo modelo capitalista.

    Fue en 1705 cuando se hizo funcionar la máquina de vapor práctica, pero hasta 60 años después en que aparece el condensador de Watt no transformó la industria. Pero es en esos 60 años en los que hay que buscar todos los principios del sistema industrial.
    ¿Cuál es la característica de esas décadas?
    ¿Por qué las nuevas invenciones diron la forma a la sociedad industrial?
    ¿Por qué el enorme incrmento de la productividad, de población y acumulación de riqueza convirtió a la gran mayoría en un proletariado indigente segregando a los ricos del resto de ingleses?
    ¿Por qué desarrolló todos los males inherentes al Estado Capitalista?

    Las respuestas están generalizadas pero son FALSAS.
    Las respuestas incesantemente repetida en textos, universidades, etc. dice que los nuevos métodos de producción (maquinaria y herramientas nuevas) causaron per se y fatalmente el desarrollo de un Estado Capitalista en que unos pocos debían poseer los medios de producción y la masa ser proletaria. Esto fue así, dicen, porque la maquinaria nueva, muy ventajosa, era muy costosa y el individuo de pocos recursos no podía acceder a ella pero sí el rico que así liquidó la competencia del rival insuficientemente equipado reduciéndolo a la condición de asalariado.


    Con argumentos falsos (como la concentración en los ricos de las máquinas de vapor y nuevos instrumentos) nos enseñan a creer que los horrores del sistema industrial eran u ciego y necesario producto de fuerzas impersonales y materiales. Doquiera que la máquina de vapor, el telar mecánico, el alto horno, etc. se introdujeran, pronto debían aparecer, fatalmente, un grupo pequeño de poseedores explotando a una gran mayoría de desposeídos.
    Asombra que una tesis tan contraria a los hechos y la historia haya logrado tanto crédito en todos lados.


    Si en los colegios y universidades se enseñaran las verdades capitales de la historia inglesa, si se educara familiarizando con los factores principales y determinantes del pasado jamás habrían arraigado semejantes despropósitos.
    El gran crecimiento del proletariado, la concentración de la propiedad en manos de unos pocos, y la explotación de la masa de la comunidad por dichos poseedores, no tenían conexión fatal o necesaria, en modo alguno, con el descubrimiento de métodos de producción nuevos y en progreso.
    El mal se desarrolló, en modo notorio y demostrable, partiendo de que Inglaterra, semillero del sistema industrial, se hallaba ya en poder de una oligarquía opulenta antes de que se iniciara la serie de los grandes descubrimientos industriales.

    Al analizar el sistema industrial según la directiva capitalista:
    ¿Por qué unos pocos ricos entraron con tanta facilidad en posesión de los nuevos métodos?
    ¿Por qué fue algo natural a sus ojos y los de la sociedad contemporánea que los que producían la nueva riqueza con las nuevas máquinas debían ser hombres desposeídos y proletarios?

    Porque Inglaterra ya era del dominio (territorial, económico, jurídico, educacional, …) de unos pocos mientras más de la mitad de la población eran proletarios desposeídos, un medio fácil de explotar.

    Si la propiedad hubiera estado bien distribuida, protegida con gremios cooperativos, cercada y defendida por la costumbre y la autonomía de los gremios, la acumulación de riqueza precisa para iniciar un nuevo método de producción se hubiera podido conseguir el capital preciso para iniciarlo con la masa de pequeños propietarios. Sus corporaciones y pequeñas porciones de riqueza habrían provisto el capital requerido por el nuevo procedimiento y los hombres, ya propietarios, a medida que las invenciones fueran sucediéndose, habrían incrementado la riqueza total de la comunidad sin perturbar el equilibrio y distribución de la misma.
    No hay en la razón, ni experiencia, eslabón imaginable alguno que asocie la constitución de capital para un procedimiento nuevo a la idea de unos pocos poseedores empresarios y a una muchedumbre de proletarios desposeídos que trabajan por un salario.

    De haber surgido esos descubrimientos en una sociedad como la de la Edad Media del XIII, la humanidad hubiera sido mucho más rica y feliz, sobreviniendo en medio de las morbosas condiciones morales del XVIII británico acabaron siendo una maldición.

    En el XVIII el pequeño propietario y las corporaciones habían desaparecido por acción de rodillo de los grandes ricos, no quedaba ninguna otra fuente de capital que éstos. La masa era ignorante porque esos mismos le habían arrebatado sus escuelas y cerrado la puerta de las universidades. No fue el desarrollo económico sino la acción deliberada de los ricos.
    Ignorancia que aumentó al haber desaparecido la vida comunitaria que alimentó otrora su sentido social y los sistemas cooperativos que antaño los defendían.

    Pero esto no fue todo, conseguidos los abastecimientos la masa de proletarios estaban al alcance de la mano, indefensos, ignorantes, susceptibles a la explotación indefinida por su desesperada necesidad, dispuestos a producir para cualquiera bajo cualquiere condición, contenta de que se les mantuviera con vida, proletariado creado por la nueva plutocracia que monopolizó la riqueza con la Reforma despojando al pueblo de la posesión de sus tierras, casas, herramientas, …
    Los ricos adoptando procedimientos nuevos de producción en su beneficio particular aplicaron el régimen de mera competencia, establecido por su avaricia, la tradición cooperativa había muerto. El proletario se quedó sin nada que dejar a su descendencia, y a medida que este proletariado abultaba las ganancias del capitalista también lo habilitaba con un poder mayor que le permitía absorber al pequeño propietario y mandarlo, por otro conducto, a engrosar las masas proletarias.

    Así es como la denominada Revolución Industrial cobró en su mismo origen la forma que la convirtió en una maldición lisa y llana para la desventurada sociedad en que floreció. El rico dueño de las acumulaciones que permitían el cambio industrial heredó todas las acumulaciones sucesivas de enseres y todas las acumulaciones crecientes de artículos de consumo deparadas por éste. El sistema fabril, al asentarse en una base de capitalistas y proletariado, se desarrolló en el molde que conformó su nacimiento.
    Todas las características de esta sociedad, la forma dada a las leyes que regían la propiedad y la ganancia, las obligaciones de los socios, las relaciones patrón-servidor, fomentaban, directamente, la expansión indefinida de una clase sometida, amorfa, asalariada, bajo el dominio de un pequeño grupo de poseedores que tendía a reducirse y enriquecerse aún más consiguiendo un poder cada vez mayor, a medida que el desgraciado asunto seguía su curso.

    La expansión de la oligarquía económica se ejerció en todos los sectores, no solamente en la industria. Los grandes terratenientes destruyeron, deliberadamente, con toda intención y en su beneficio, los derechos comunes que regían sobre las tierras comunes. La reducida plutocracia con la que se había asociado encauzó todas las cosas hacia sus propios fines.
    El fuerte poder central que hubiera debido proteger a la comunidad contra la rapacidad de unos pocos había desaparecido generaciones antes. El capitalismo, triunfante, manejaba todo el mecanismo legal, y la información. Aún hoy lo hace y no hay un caso de la llamada “reforma social” actual que no se pueda demostrar como dirigido (aunque a muchos subconscientemente) a la defensa y confirmación de ulteriores de una sociedad industrial en que se da por supuesto que unos pocos deben poseer, la gran mayoría debe vivir asalariada, debajo de ellos y que todo lo que el pueblo puede esperar es el mejoramiento de su condición mediante regulaciones e intervenciones venidas de lo alto, pero no mediante la propiedad, no mediante la libertad.

    La sociedad capitalista que se inició hace unos 500 años con la apropiación de la tierra ha llegado a su término. No puede perdurar en la forma en que la han conocido las últimas generaciones y, es evidente, que hay que hallar una solución a la intolerable y creciente inestabilidad con que ha emponzoñado nuestra vida.
    No tengas miedo al fracaso porque el que nunca ha fracasado es porque tampoco nunca ha intentado nada

  2. #2
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    Re: Camino de Esclavitud

    4ª Parte : EL ESTADO CAPITALISTA Y SUS SOLUCIONES.
    El Estado Capitalista es inestable y más que un Estado propiamente dicho constituye una fase transitoria entre dos estados permanentes y estables de la sociedad.
    Por definición sabemos que una sociedad es capitalista cuando la posesión de los medios de producción está limitada a cierto número de ciudadanos libres, no lo suficientemente grande como para hacer de la propiedad el carácter general de la misma, mientras que los restantes carecen de tales medios de producción y son, por consiguiente, desposeídos o proletarios.

    Hay Propiedad privada, pero no está distribuida en muchas manos, y por tanto, no es familiar como institución al conjunto de desposeídos, que son al mismo tiempo, ciudadanos, es decir, hombres políticamente libres aunque sin poder económico alguno.
    Una inferencia de la definición también es que bajo el capitalismo haya una EXPLOTACIÓN consciente, directa y planificada de la mayoría (ciudadanos libres desposeídos económicamente) por la minoría de poseedores.

    Como la riqueza tiene que ser producida, la comunidad íntegra debe vivir, y los poseedores pueden convenir tales condiciones con los no poseedores asegurándose que una parte de lo que éstos produzcan vaya a sus manos.
    Una sociedad así constituida no puede perdurar, y no puede porque está sujeta a tensiones muy severas que aumentan a medida que dicha sociedad se hace más y más capitalista.
    La primera nace de la diferencia entre las teorías morales en que se asienta el Estado y los hechos sociales que esas teorías morales tratan de regir.
    La segunda surge de la inseguridad a que el capitalismo condena a la gran masa de la sociedad y de la sensación general de ansiedad y zozobra que produce en los ciudadanos pero singularmente en la mayoría de desposeídos.

    No es fácil saber cuál de ambas tensiones es más grave, cualquiera de ellas bastaría para destruir un régimen social en que se prolongara en el tiempo, la conjugación de ambas hace de la destrucción una certeza. No hay duda de que la sociedad capitalista debe transformarse en algún otro régimen más estable.

    Hay una fuerte tensión moral intolerablemente dura que se endurece a medida que se integra el capitalismo. Esta tensión moral proviene de una contradicción entre la realidad de la sociedad capitalista y el fundamento moral de nuestras leyes y tradiciones.

    El fundamento moral conforme al cual se administran todavía nuestras leyes y se establecen nuestras convenciones presupone un Estado compuesto de CIUDADANOS LIBRES, y así, nuestras leyes defienden:
    la propiedad como una institución normal con la que todos los ciudadanos están familiarizados y que todos respetan
    castiga el robo como incidente anormal que sólo ocurre cuando, por motivos perversos, un ciudadano libre adquiere la propiedad de otro sin su conocimiento y contra su voluntad.
    castiga la defraudación como otro accidente anormal en que por motivos malignos, un ciudadano libre induce a otro a ceder su propiedad en virtud de falsas manifestaciones.
    impone el cumplimiento de los contratos basados moralmente en la libertad de ambas partes con la facultad de ambos de no cerrarlo si no quiere, pero una vez cerrado debe cumplirse.
    testamento se concede a un propietario la facultad de dejar a otro su propiedad, entendiendo tal transferencia es una operación normal.
    imputa daños y perjuicios a los ciudadanos que deliberadamente causan pérdidas a otro.

    La sanción sobre la que se asienta la vida social es, en nuestra teoría moral, el castigo de ley susceptible de aplicarse mediante los tribunales, y la base preestablecida para la seguridad y felicidad material de los ciudadanos es la POSESIÓN DE BIENES que nos aseguren contra la zozobra y nos permitan actuar libremente en medio de nuestros semejantes.

    Si se confronta toda esta teoría moral según la cual es gobernada la sociedad, y a la cual hasta el capitalismo recurre en procura de auxilio cuando se ve atacado, con la realidad social de un Estado Capitalista como la Inglaterra de hoy en día.
    Aunque la propiedad perdura quizás como instinto en la mayor parte de los ciudadanos, pero como experiencia y como realidad es desconocida para el 95% de la población.
    No se castiga, o no pueden castigarse, las cien formas de fraude que se producen como consecuencia necesaria de la competencia desenfrenada entre unos pocos; por una parte, y de la desenfrenada avaricia (motivo regulador de la producción) por otra.
    Las leyes pueden entender en los casos de pequeños hurtos acompañados de violencia, y fraudes realizados con mayor o menor astucia, pero sólo en estos.

    El mecanismo legal se ha convertido una máquina de protección de los pocos poseedores contra las necesidades, exigencias, incluso odio de la masa de ciudadanos desposeídos.

    La inmensa mayoría de los contratos “libres” son hoy contratos leoninos: convenios que uno es libre de contraer o cancelar, pero el otro no, pues no tiene alternativa a perecer de hambre.

    Lo más importante de todo, el hecho social en que se funda nuestro movimiento, mucho más importante que cualquier seguridad legal o cualquier mecanismo estatal, es que los medios de vida se hallan librados al albedrío de los poseedores que pueden ser proporcionados, o no, a los desposeídos.
    La verdadera sanción que hay en nuestra sociedad respecto a las disposiciones por las que se rige no es la pena que hagan efectiva los tribunales, sino la decisión de los poseedores de negar la subsistencia a los desposeídos.
    Hogaño la mayoría teme más la pérdida de empleo que las penalidades de la ley, y la disciplina que los mantiene quietos en sus formas modernas de actividad en Inglaterra es el temor al despido. Quien realmente manda hoy en día en Inglaterra no es el soberano, ni los funcionarios del Estado, ni, salvo indirectamente, la ley, sino el capitalista.

    Todos conocemos estas verdades capitales. Si se pregunta por qué las cosas llegaron tan tarde a una crisis (el capitalismo se desarrolló durante mucho tiempo) podría decirse que ni siquiera en Inglaterra, aún hoy el Estado Capitalista más neto del mundo moderno, se convirtió en un estado capitalista puro hasta la generación presente.
    Los hombres actuales recuerdan que Inglaterra era un 50% agraria y las relaciones entre los diversos factores humanos de la población estaban más regidas por la tradición local que por la competencia.

    La tensión moral producida por la divergencia entre lo que proclaman las leyes y máximas morales, y lo que realmente es la sociedad, convierten a ésta en algo absolutamente inestable.
    Esta tesis espiritual es mucho más grave de lo que puede imaginar el estrecho materialismo de una generación El conflicto espiritual es más fecundo en inestabilidad dentro del Estado que cualquier otra clase de conflicto, y existe un agudo conflicto espiritual, un conflicto dentro de la conciencia de cada uno y un malestar extendido por toda la colectividad, cuando la vida real de la sociedad se divorcia del fundamento moral de sus instituciones.

    La segunda tensión interna del capitalismo, su segundo elemento de inestabilidad, consiste en que el capitalismo destruye la seguridad.
    El efecto principal del capitalismo sobre la vida del hombre es la destrucción de su seguridad. Al conjugar los dos elementos: posesión de los medios de producción por unos pocos y la libertad política de poseedores y desposeídos, la consecuencia inmediata es la formación de un mercado regido por la competencia, en que el trabajo de los desposeídos sólo reclama su valor, no como totalidad de la fuerza productiva, sino como fuerza productiva que debe dejar un excedente al capitalista; mercado en que nada se reclama cuando el obrero aumenta el rendimiento, y nada se ofrece cuando no puede trabajar. Se le da menos en la vejez que en la madurez, nada en la enfermedad y/o desesperación.

    Un hombre capaz de atesorar (consecuencia normal del trabajo humano) establecido sobre la propiedad en medida suficiente y de manera legal, no es más productivo en sus momentos improductivos que un proletario; pero su vida está equilibrada y regulada por las rentas e intereses así como por los salarios que recibe. Puede apropiarse de los excedentes, factor que equilibra los ritmos extremos de su vida y le permiten superar las malas épocas. Eso no le es permitido al proletario.

    La faz bajo la que el capital ve al ser humano cuyo trabajo se propone comprar divide justamente por la mitad la faz normal de la vida humana bajo la que contemplamos todos nuestros propios afectos, deberes y carácter. Un hombre piensa en sí mismo, en sus probabilidades y en su seguridad durante su existencia individual, desde su nacimiento hasta su muerte.
    El capital que compra su trabajo (y no al hombre mismo) sólo compra un sector cortado en su vida: sus momentos de actividad, el resto debe defenderse por sí mismo cuando no se tiene nada es sinónimo a muerte por hambre.

    Está comprobado que dónde unos pocos poseen los medios de producción, no pueden existir condiciones políticas perfectamente libres.
    El Estado Capitalista perfecto NO puede existir aunque Inglaterra se ha aproximado bastante más de lo que otras afortunadas naciones hubieran creído posible.

    En el Estado Capitalista Perfecto el proletario (desposeído) no tendría a su disposición alimentos más que durante las épocas en que tenga trabajo, algo absurdo, que acabaría rápidamente con la vida de todos los hombres excepto los capitalistas y que pondría fin a tal régimen.
    Si se dejara a los hombres enteramente libres en un sistema capitalista, se produciría tal mortalidad por inanición que en breve plazo quedarían agotadas las fuentes de trabajo. El capitalista que buscaría comprar el trabajo lo más barato posible haría derrumbarse el sistema por la muerte de los niños, los parados y las mujeres. No sería un Estado decadente como el actual sino un Estado en curso de extinción.

    De hecho el capitalismo no puede avanzar hasta sus últimas consecuencias lógicas. En un régimen que otorgara la libertad política a todos los ciudadanos (libertad de los poseedores de dispensar alimentos o no, de los desposeídos de cerrar cualquier trato por miedo al hambre) el ejercicio pleno de tal libertad equivaldría a hacer morir de hambre a la población menos productiva: niños, ancianos, inválidos, parados, enfermos, …

    El capitalismo debe conservar, mediante procedimientos no capitalistas, la vida de la gran masa de la población, que de lo contrario moriría de hambre, algo que el capitalismo ha hecho de forma creciente hasta lograr un dominio cada vez más fuerte sobre el pueblo británico.

    Ejemplos claros son: las leyes sobre los pobres: de Isabel, y la de 1834, cuando casi la mitad de Inglaterra había pasado a manos de capitalistas son ejemplos claros de los que hoy tenemos centenares.

    Aunque esta causa de inseguridad (que los poseedores no tienen incentivo alguno que los lleve a asegurar la vida de sus semejantes) es la más obvia y más constante de un sistema capitalista, hay otra, aún más punzante en sus efectos sobre la vida de los hombres, es la anarquía producida por la COMPETENCIA EN LA PRODUCCIÓN que restringió la propiedad con sus principios anexos de libertad.
    Considerando solamente lo que implica el mero proceso de la producción, con los enseres y tierras en manos de unos pocos, el motivo para hacer producir a los proletarios no es el uso de la riqueza creada, sino el usufructo por los poseedores del valor excedente (ganancia).

    Si se concede amplia libertad política a dos cualesquiera de tales poseedores cada uno cuidará su mercado, tratará de vender a menor precio que el otro, tendrá que producir en exceso a término de una temporada de demanda excepcional inundando el mercado sólo para aguantar cualquier depresión futura, y así sucesivamente.
    El capitalista, director libre y personal de la producción, errará los cálculos; eventualmente quebrará. Los esfuerzos concurrentes de gran número de empresas aisladas, imperfectamente dirigidas y en competencia entre sí, no pueden conducir sino a un enorme despilfarro que tendrá sus oscilaciones.
    La mayor parte de las comisiones de la publicidad y propaganda son ejemplos de tal despilfarro. Si esa dilapidación de esfuerzos fuera constante, también sería constante la ocupación que suministra, pero por naturaleza es algo inconstante, y la ocupación que suministra es precaria, así se genera una gran inseguridad para el viajante de comercio, el agente de publicidad, el corredor de seguros y todas esas formas de lograr clientela y embaucar que acompañana al régimen de competencia capitalista.

    Como en el caso de la inseguridad causada por la vejez y enfermedad, en éste tampoco puede el capitalismo ser llevado a su conclusión lógica y el que resulta vulnerado es el elemento de libertad.

    La competencia es restringida en proporción creciente por medio de un entendimiento entre los competidores, al cual sigue, especialmente en Inglaterra, la ruina del competidor menor por los acuerdos secretos entre los grandes, bajo la protección de las fuerzas políticas secretas del Estado.

    Así antes de establecer un monopolio británico, lo primero que hay que hacer es “interesar” a un político.
    Ejemplos hay muchos: teléfonos, monopolio carbón de Gales del Sur, el felizmente frustrado monopolio del jabón, los de la soda, de la pesca, de la fruta, etc.

    En resumen, el capitalismo, al manifestarse casi tan inestable al capitalista como al proletario tiende hacia la estabilidad despojándose de su carácter esencial de libertad política. No podría darse mejor prueba de la inestabilidad del capitalismo como sistema.

    Consideremos cualquiera de los numerosos monopolios que dominan hoy la industria británica y que han hecho de la Inglaterra moderna el PROTOTIPO de los MONOPOLIOS ARTIFICIALES.

    Si los tribunales y gobernantes aceptaran la fórmula capitalista íntegramente, cualquiera podría instalar un negocio rival, vender más barato que esos monopolios y hacer trizas la relativa seguridad que proporcionan a la industria en sus sectores.
    La razón por la que eso no ocurre es que la LIBERTAD POLÍTICA no está amparada aquí por los tribunales en el plano de los asuntos comerciales. El que trate de competir con uno de estos grandes monopolios ingleses se hallará, inmediatamente, con que están vendiendo más barato que él.

    Amparándose en todo el espíritu del Derecho europeo, formado durante siglos, podrá iniciar juicio contra los que lo arruinan, acusándolos de conspirar en perjuicio de la libertad de comercio; más no tardará en descubrir que jueces y políticos apoyan con la mayor sinceridad a tales conspiradores.

    Pero ha de reconocerse que estas conspiraciones para trabar el libre comercio, que caracterizan a la Inglaterra moderna, constituyen por sí mismas un signo de la transición de la fase capitalista verdadera a otra.

    Bajo las condiciones esenciales del capitalismo (en régimen de perfecta libertad política) tales conspiraciones serían penadas por la justicia en virtud de su propia naturaleza, por contravenir la doctrina fundamental de la libertad política. Pues esa doctrina que otorga a todos los hombres el derecho de celebrar el contrato que quieran con cualquier trabajador y ofrecer el producto al precio que crean conveniente, también implica la protección de dicha libertad mediante el castigo de toda conspiración que busque el monopolio.
    Si no se tiende a esa libertad perfecta, si los monopolios son permitidos y aún fomentados, es porque la tensión aberrante que origina la libertad, conjugada con la propiedad limitada, más la inseguridad de su pura competencia y la anarquía de sus métodos de producción, han terminado por ser intolerables.

    Todas estas causas son las que hacen inestable el Estado Capitalista. Algo evidente es que el capitalismo está sentenciado y el Estado Capitalista ha entrado en una fase de transición.

    Es visible que ya no poseemos esa absoluta libertad política que el auténtico capitalismo exige por naturaleza. La inseguridad inherente más el divorcio de las normas éticas tradicionales y la realidad social han introducido ya características novedosas como: el permiso de conspirar otorgado a la vez a poseedores y desposeídos, el otorgamiento obligatorio de la seguridad estatal y otras muchas reformas, explícitas o implícitas.



    LAS SOLUCIONES ESTABLES DEL CAPITALISMO.
    El Estado Capitalista, inestable por naturaleza, tenderá a la estabilidad por un medio u otro pues cualquier posición o equilibrio inestable busca la estabilidad.

    Que el Estado Capitalista esté en equilibrio inestable quiere decir que buscará un estado de equilibrio estable, y el capitalismo sólo puede transformarse en otro régimen que permita a la sociedad estar en reposo.

    Sólo hay tres regímenes sociales que pueden reemplazar al capitalismo: Esclavitud, Socialismo, y Propiedad.

    Evidentemente puede haber mezclas de dos de esos ingredientes, incluso de los tres, pero cada uno constituye un tipo dominante y en virtud de la misma naturaleza del problema no es posible idear un cuarto régimen.

    El problema gira en torno al DOMINIO DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN Y LA LIBERTAD.

    Capitalismo es que este dominio se confiere a una minoría pero todos tienen libertad política. Por su inestabilidad inherente y su propia contradicción en su fundamento moral, debe producirse la transformación de uno u otro de los dos elementos, cuya conjugación está demostrada que no es viable.

    Los dos factores son: la propiedad de los medios de producción y la libertad de todos.

    Para dar una solución al capitalismo hay que eliminar la limitación de la propiedad o la libertad, o ambas a la vez.

    Respecto a la libertad no hay más que un término alternativo: su negación. Un hombre o es libre de trabajar (o no) a su gusto, o bien puede estar sujeto a una obligación legal de trabajar, respaldada por el Estado (esclavo).
    En el primer caso el hombre será libre, en el segundo un esclavo, por definición.
    Con este factor sólo hay dos posibilidades o libre o esclavo.

    Esta solución de restablecer de forma directa, inmediata y consciente la esclavitud sería una solución auténtica a los problemas del capitalismo, pues garantizaría a los desposeídos, mediante regulaciones viables, la seguridad y el necesario sustento.

    Como se demostrará esta es la meta más probable a la cual se encamina nuestra sociedad aunque hay un obstáculo que impide su aceptación general, inmediata y consciente de la misma: lo que sobrevive de la TRADICIÓN CRISTIANA en nuestra civilización, todavía sigue teniendo tal fuerza y vigencia que ningún reformador la preconizará, nadie osa, aún, darla como un hecho irremediable.

    Todas las teorías de una sociedad reformada tratarán, por tanto, primero de no tocar el factor de la LIBERTAD constitutivo de los elementos del capitalismo por lo que se dedicarán a introducir algún cambio en el otro factor: LA PROPIEDAD (de los medios de producción).

    Ahora bien tratar de remediar los males del capitalismo remediando el factor que consiste en una mala redistribución de la propiedad se encuentran dos, y solo dos, caminos:
    Si lo que ofende es la limitación de la propiedad a unos pocos podría modificarse poniendo la propiedad en manos de muchos o no poniéndola en manos de nadie. No hay más posibilidades.

    En la realidad no poner la propiedad en manos de alguien sería entregarla en fideicomiso en manos de funcionarios políticos. Si los males derivados del capitalismo se deben a la institución misma de la propiedad, y no a la desposesión de muchos por unos pocos, entonces debe prohibirse la posesión privada de los medios de producción por cualquier miembro particular y privado de la comunidad; pero alguien debe manejar esos medios de producción; si no, no tendremos con qué comer, ni vestirnos, etc.

    Por tanto, en la práctica, esa doctrina significa la administración de los medios de producción por los agentes públicos de la comunidad. La cuestión de si esos funcionarios públicos son, a su vez, fiscalizados o no por la comunidad, nada tiene que ver con el aspecto económico de esta solución.
    El punto esencial a tener en cuenta es que la única alternativa que deja la propiedad privada es la propiedad pública. Alguien tiene que atender esos medios de producción o no se producirá nada.

    Es obvio que si concluimos que el mal no está en la propiedad en sí misma, sino en el exiguo número de propietarios, entonces el remedio radica en aumentar dicho número de propietarios.

    En resumen, una sociedad como la nuestra, que detesta el término “esclavitud” y evita su restablecimiento directo y consciente del estatus del esclavo, tendrá necesariamente que contemplar la reforma de su mal distribuida propiedad según uno de los dos modelos siguientes:

    El primero: es la negación de la propiedad privada y la instauración del COLECTIVISMO, es decir, la administración de los medios de producción por agentes públicos, políticos, de la comunidad.

    El segundo: es la distribución más amplia de la propiedad, hasta que esta institución grabe su sello en todo el Estado y los ciudadanos libres se hallen en posesión de capital o de tierra, o ambos a la vez.

    Se denomina SOCIALISMO o ESTADO COLECTIVISTA al primer modelo, y ESTADO DISTRIBUTIVO o DE PROPIETARIOS al segundo.

    Veremos por qué el segundo modelo, que implica la REDISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD, es rechazado como inaplicable por la sociedad capitalista actual, y, en consecuencia, los reformadores escogen el primero o SOCIALISMO.

    También mostraremos cómo toda reforma colectivista, en su comienzo, se desvía necesariamente y produce, en lugar de lo buscado, otra cosa: una sociedad en que los propietarios continúan siendo unos pocos y una masa proletaria que acepta la seguridad a cambio de la servidumbre.

    Repetimos, una vez más la tesis: el Estado Capitalista engendra una teoría colectivista, socialista, que, al aplicarse, produce algo completamente distinto del colectivismo: EL ESTADO SERVIL.






    5ª Parte : EL SOCIALISMO.

    El SOCIALISMO es la más fácil de las aparentes soluciones al arduo problema capitalista.
    Si se sigue la línea de menor resistencia el Estado Capitalista se transforma en un ESTADO SERVIL. Es así porque el Estado Capitalista se inclina a una solución COLECTIVISTA (Socialista) por ser la más fácil, y no a una solución DISTRIBUTIVA más justa.
    Basta la simple tentativa de establecer el SOCIALISMO para determinar la aparición, no del colectivismo buscado, sino de la SERVIDUMBRE de la mayoría y la confirmación de una minoría con privilegios totales, es decir, del Estado Servil.

    Los hombres que detestan la institución de la Esclavitud proponen como remedio del capitalismo una de las dos soluciones.
    O quieren la propiedad en manos de la mayoría de los ciudadanos, dividiendo el capital y la tierra de forma que un número decisivo de familias en el Estado sean propietarias de los medios de producción;
    O quieren poner tales medios en manos de agentes políticos comunitarios para que los administren como fideicomisarios en beneficio de todos.

    La primera solución es el ESTADO DISTRIBUTIVO, la segunda es el SOCIALISMO.

    Los conservadores y tradicionalistas preconizan la Distribución. Son hombres que respetan y, de ser ellos los propietarios, conservarían las viejas formas de la civilización cristiana europea. Saben que la propiedad estuvo distribuida de esa forma en todo el Estado en los períodos más felices de nuestra historia. También saben que donde la propiedad de los medios de producción se distribuya de forma debida, hoy día, la sociedad gozará de una holgura y salud superiores a las de cualquier otra parte.
    En general los que querrían restablecer el Estado Distributivo, para reemplazar y remediar los vicios y la inquietud capitalista son los que trabajan con realidades conocidas y que tienen por objeto un régimen social cuyas características de estabilidad y bondad fueron puestas a prueba y confirmadas por la experiencia.
    De los reformadores son los más prácticos pues manejan, en mayor medida que los socialistas (colectivistas) cosas que tienen o han tenido una existencia real.
    Pero son menos prácticos en el sentido de que la enfermedad que tratan se encuentra en una época en que no se inclina, fácilmente, hacia la reacción que aconsejan.

    El socialista propone colocar la tierra y el capital en manos de agentes políticos de la comunidad, dando por entendido que éstos admitirán la tierra y el capital como fideicomisarios de la comunidad y en beneficio de ésta. Cuando hacían esta propuesta hacían cálculos sobre supuestos imaginarios y su ideal no había sido puesto a prueba por la experiencia y no había antecedentes.
    Eran los menos prácticos de los reformadores, su ideal no había sido aplicado a nuestra sociedad por lo que se desconocían sus resultados.
    Pero eran más prácticos porque su propuesta aparentemente provocaría una reacción menos violenta que la buena distribución de la propiedad.

    Hoy son corrientes los ejemplos aislados de empresas organizadas sobre una base capitalista (aguas, electricidad, gas, tranvías, ferrocarriles, etc.) que fueron transformadas en empresas de base colectivista sin que el cambio perturbase ningún mecanismo fundamental de la sociedad. Cuando una ciudad adquiere una compañía particular de agua, tranvías, etc. y la administra conforme a los intereses públicos, la transacción no genera fricciones perceptibles que alteren la vida ciudadana, y se presenta como una operación normal.
    Por el contrario, intentar constituir un gran número de accionistas en tales empresas y reemplazar artificialmente con muchos socios a los pocos poseedores capitalistas anteriores, resultará largo y suscitará oposición continuada, generará tensiones y estará amenazado por la facultad de los numerosos dueños nuevos de vender nuevamente la empresa a unos pocos.

    Es decir, la sociedad capitalista se opone a la restauración de la propiedad como una institución de normal usufructo por parte de la mayoría de los ciudadanos, mientras que el que desea instaurar el socialismo procede según la tendencia imperante en tal sociedad.



    DIFICULTADES DEL REFORMADOR DISTRIBUTIVO.
    ¿Cómo proceder para reemplazar con una gran cantidad de pequeños propietarios a unos pocos grandes propeitarios?
    Una forma audaz sería confiscando y redistribuyendo sin más. Pero ¿Cómo se elegirían los nuevos propietarios?
    Aún suponiendo que hubiera un mecanismo que asegurase la justicia de la redistribución ¿Cómo se evitarían los atroces e innumerables actos de injusticia de la redistribución general?
    Decir: “nadie será propietario, y confiscar” es una cosa. Decir “todos deben ser propietarios” y prorratear la propiedad es otra distinta.
    Una acción tal perturbaría todas las relaciones económicas provocando la ruina inmediata de todo el cuerpo político, y en particular de los intereses menores indirectamente afectados.
    En una sociedad como la nuestra, una catástrofe que sobreviniera desde el exterior podría ser indirectamente beneficiosa al posibilitar la redistribución, pero ningún movimiento desde el interior del Estado podría provocar esa catástrofe sin perderse a sí mismo.

    Si se procede más lenta y racionalmente, y se encauza la vida económica de la sociedad de forma que la pequeña propiedad vaya constituyéndose gradualmente habrá de afrontar innumerables obstáculos por la inercia de la costumbre de la sociedad capitalista.
    Para favorecer a los pequeños ahorradores a expensas de los grandes, habrá que dar la vuelta a todo el sistema económico actual en cuya virtud los depósitos devengan interés. Es más fácil ahorrar 100 libras con ingresos de 1.000 que ahorrar 10 con ingresos de 100, y aún es más difícil ahorrrar 5 con ingresos de 50.

    Es casi imposible instituir la pequeña propiedad mediante el ahorro cuando la masa de la población ha caído en el proletariado excepto que se subvencione, deliberadamente, a los pequeños ahorradores, ofreciéndoles un premio que nunca podrían obtener en un régimen normal de competencia; y en este caso, debe darse marcha atrás en todo el vasto sistema del crédito.

    O se emprende una política que penalice a las empresas con pocos dueños, grave con altos impuestos los grandes paquetes de acciones y aplique el margen producido a subvencionar a los pequeños accionistas en proporción a la exigüidad de su parte, y otra vez nos encontramos con la dificultad de una vasta mayoría que ni siquiera puede hacer una oferta para conseguir la mínima acción.

    El obstáculo más poderoso que se opone a la redistribución de la propiedad en una sociedad impregnada de mentalidad capitalista es el moral: ¿querrán ser propietarios los hombres? ¿podrán los funcionarios, administradores y legisladores sustraerse al poder que bajo el sistema capitalista parece inherente a la riqueza?

    Si se adquiere la fábrica de un gran monopolio con fondos públicos y se otorga (aunque sea obsequiándolas) las acciones a sus obreros ¿podemos contar con que poseen una tradición de propiedad que les impida dilapidar tal riqueza? ¿queda algún instinto cooperativo en tales hombres? ¿habrá administradores y organizadores que tomen en serio a un grupo de pobres hombres o les sirvan como a los ricos?

    Toda la psicología de la sociedad capitalista está dividida entre una masa proletaria que piensa en términos, no de propiedad, sino de “ocupación” (empleo asalariado) y unos pocos propietarios que son los único familiarizados con e mecanismo de la administración.

    Evidentemente con voluntad y vitalidad social suficiente podría restaurarse la propiedad, pero también es evidente que los esfuerzos por restaurarla presentan, en una sociedad capitalista, un carácter de rareza, de experimento dudoso, de incoherencia con las demás realidades sociales que denota una gran desventaja con que deben contar los reformadores distributivos.

    Por otra parte el experimento socialista se adapta completamente (en apariencia) a la sociedad capitalista a la que propone sustituir. Trabaja con las inercias disponibles de éste, habla y piensa con los mismos términos del capitalismo, recurre a los apetitos despertados por el capitalismo y ridiculiza calificándolas de fantásticas e inauditas aquellas cosas de la sociedad cuya memoria mató el capitalismo en el alma de los hombres dondequiera que llegó su flagelo.

    Es tan cierto que los colectivistas de la clase más estúpida hablan, con frecuencia, de una “fase capitalista” de la sociedad como antecedente necesario del socialismo.
    Se aplaude el monopolio porque suministra una forma de transición de la propiedad privada a la pública. El colectivismo PROMETE
    - empleo a la muchedumbre que sólo piensa en la producción con términos de empleo y
    salario.
    - la seguridad de la explotación capitalista grande y bien organizada (pensiones,
    escalafón, etc.) pues es el propio Estado quien lo garantiza, no una parte de él.
    El socialismo administraría, pagaría salarios, organizaría empresas, jubilaría, multaría igual que hace ahora el Estado Capitalista.
    El obrero ante el Estado Socialista no precibe nada en el nuevo cuadro, salvo alguna que otra mejora en su situación presente, que ante el cuadro capitalista.
    El plan socialista no ofrece a los proletarios de un Estado Capitalista nada que no sea conocido, excepto una PROMESA de elevación de sus salarios y una certeza de tranquilidad mayor.

    En todo el plan que se propone transformar el Estado Capitalista en Socialista no hay elemento alguno de reacción, no se usa término alguno con que no estén familiarizados los integrantes de una sociedad capitalista, ni se recurre a instinto alguno (cobardía, codicia, apatía u obsesión) a que no esté habituada la sociedad capitalista.
    Por el contrario si por obra de un milagro una sociedad capitalista fuera redistribuida en pequeños propietarios todos sufrirían una enorme revolución, y se admiraría la insolencia del pobre, de la holgazanería del satisfecho, de las curiosas variedades de tareas, de las personalidades rebeldes y vigorosas que surgirían por doquier.
    Pero si esa sociedad capitalista se transformara lentamente (permitiendo el reajuste de los intereses individuales) en socialismo el cambio al final de la transición no se revelaría a la inmensa mayoría de sus componentes.
    Los pocos elementos reacios, inseguros y desahuciados de trabajadores regularmente pagados habrían ido a explotaciones aisladas penales, y ni se les echaría en falta.
    Muchas rentas que hoy pagan impuestos considerables al Estado serían reemplazadas por rentas semejantes, sujetas a los mismos gravámenes o mayores, con la única diferencia de que recibirían el nombre más moderno de sueldos. La clase de pequeños comerciantes estaría en parte absorbida por planes oficiales a cambio de sueldos, y los pequeños propietarios (barcos, granjas, máquinas) que quedaran no se darían cuenta del nuevo orden de cosas en el que sobrevirían excepto por la novedad de algún incremento, irritante, de las inspecciones y onerosas mezquindades dispositivas a las que ya están no obstante bastante acostumbrados.

    Pero los colectivistas más sinceros y rectos advierten que el efecto práctico de su propaganda no es en absoluto una aproximación al Estado Colectivista, sino a algo muy diferente.
    Cada vez es más evidente que con cada nueva reforma (iniciadas por socialistas) surge otro tipo de Estado.
    Con el tiempo se impuso la certeza de que la tentativa de transformar el Estado Capitalista en un Socialismo no desemboca, en modo alguno, en el COLECTIVISMO, sino en algo distinto, en que ni el colectivista ni el capitalista soñaron jamás. Y ese algo distinto es EL ESTADO SERVIL, es decir, un Estado en que la mayoría serán FORZADOS POR LEY a trabajar en provecho de una minoría, beneficiándose empero, como precio de tal obligación, con una seguridad que el viejo capitalismo no supo otorgarles: la institución de LA ESCLAVITUD
    .

    ¿Cómo la acción reformadora socialista, tan sencilla e inmediata en apariencia deriva en un cauce tan inesperado? ¿En qué leyes e instituciones nuevas se demuestra, en la Inglaterra moderna, en particular en la Sociedad Industrial, que esta nueva forma de Estado ha comenzado ya a regirnos?



    TANTO REFORMADORES COMO REFORMADOS PROMUEVEN EL ESTADO SERVIL.
    Los tres intereses que explican conjuntamente casi todas las fuerzas que luchan por el cambio social en la Inglaterra moderna se deslizan, necesariamente, hacia el Estado Servil: la Esclavitud.

    De estos tres intereses, dos son reformadores, y otro al pueblo que se va a reformar.

    Interés SOCIALISTA, teórico reformador, que actúa sobre la línea de menor resistencia.
    Interés del Hombre Práctico, como todo reformador práctico, tiene la ventaja de su miopía, y es hoy el factor más poderoso.
    Interés de la gran masa proletaria para quien se hace el cambio y se el impone. Lo que acepte esta masa, cómo reacciones ante las nuevas instituciones es el más importante de los factores al ser el material con el cual y sobre el que se trabaja.



    REFORMADOR SOCIALISTA.
    Los reformadores socialistas de los males del capitalismo están encaminados, lo sepan o no, hacia el Estado Servil, la esclavitud, no hacia el Estado Colectivista.

    El movimiento socialista está compuesto de dos clases de hombres:
    a) los que consideran la propiedad pública de los medios de producción (y la obligada tendencia consecuente de todos a trabajar bajo la dirección del Estado) como única solución factible del malestar social moderno.

    b) el que siente afición al ideal colectivista per se, y no lo persigue tanto por ser la solución al capitalismo moderno como por constituir una forma regular y ordenada de sociedad.
    Le gusta acariciar el ideal de un Estado en que la tierra y capital se hallan en posesión de funcionarios públicos que dirijan a los demás individuos y los preserven así de las consecuencias de sus vicios, su ignorancia e insensatez.
    Estos tipos son distintos, en aspectos antagónicos, y constituyen la totalidad del movimiento socialista.
    Si imaginamos a ambos enfrentados al actual Estado Capitalista con ánimo de transformarlo ¿en qué línea de menor resistencia actuarán uno y otro?

    El primero a) comenzarán exigiendo la confiscación de los medios de producción y su transferencia de los poseedores actuales al poder del Estado. Pero esto es algo muy difícil de ejecutar, entre los propietarios actuales y la confiscación se interpone una pétrea muralla moral: el fundamento moral de la propiedad (instinto de que la propiedad es un derecho) una tradición profundamente arraigada, deben afrontar las innumerables complicaciones de la propiedad moderna.
    Veamos un ejemplo sencillo: se decreta que todas las tierras comunes de Inglaterra, cercadas a partir de 1760 deben volver a dominio público. Es un caso moderado y hasta defendible.
    Aún así tal disposición causaría la ruina a numerosas haciendas, alteraría la red de obligaciones y beneficios que se extiende sobre millones de personas, a miles de intercambios, a todas las adquisiciones hechas con el sacrificio de pequeños ahorradores.

    Si bien en el plano moral puede excusarse diciendo que la sociedad puede hacer cualquier cosa a la sociedad, pero también se provocaría el derrumbe de una riqueza veinte veces mayor a la confiscada y todo el crédito firme de la comunidad.
    Sería algo imposible. De modo que el mejor tipo de reformador socialista se ve forzado a recurrir a un expediente de comprar la parte del actual propietario (to buy out).
    La tentativa de comprar la parte de los propietarios sin confiscación se funda en un error económico. Es decir, no confisca, adquiere (o trata de adquirir) algunas partes e los medios de producción.
    Pero esto no constituye todo su móvil, por definición, busca curar los males inmediatos de la sociedad capitalista, para remediar la miseria que produce en la multitud y la inseguridad que impone a todos, quiere sustituir la sociedad capitalista por una en que todos dispongan de sustento, ropa y techo, y en que los hombres no tengan que vivir más en un riesgo continuo de perderlo todo.

    Hay un medio de conseguirlo sin confiscación. El reformador de este tipo, cree, con razón, que la propiedad de los medios de producción por unos pocos causó los males que le indignan y su piedad.
    Pero tales males se produjeron en virtud de una combinación de esa propiedad limitada a unos pocos con la libertad universal. Es la combinación de ambos factores la verdadera definición del Estdo Capitalista y el origen de sus males.

    Ciertamente no es fácil desposeer a los poseedores, pero no lo es tanto, en absoluto, modificar el factor de la libertad.

    Se puede decir al capitalista: “mi deseo es despojarle de su propiedad, pero mientras tanto estoy resuelto a que sus empleados tengan un nivel de vida tolerable”, pero el capitalista responderá: “me niego a ser despojado de mi propiedad, a menos que se produzca una catástrofe, eso es imposible. Pero si usted quiere determinar la relación entre mis empleados y yo, tendré que asumir responsabilidades especiales en virtud de mi posición. Sujete al proletariado, como proletario, y por ser proletario, a leyes especiales. Confiérame a mí, el capitalista, como capitalista, y por ser capitalista, especiales obligaciones recíprocas en virtud de las mismas leyes. Yo me ocuparé de que se cumplan y obligaré a mis empleados a cumplirlas asumiendo el nuevo papel que me impone el Estado. Más aún, me ocuparé de que, por obra de ese nuevo régimen, mis ganancias sean quizás mayores y ciertamente más seguras”.

    Así el reformador socialista ve ya canalizado el curso de su exigencia. Por lo que se refiere a una de sus partes, la confiscación queda contenida y represada; en cuanto a la otra, la concesión garantizada de condiciones humanas de vida al proletariado, tiene la compuerta abierta.
    La mitad del río está contenida por una fuerte represa, pero hay una compuerta, y puede levantarse. Y una vez levantada el caudal ser precipitará con toda la fuerza de su corriente por esa brecha, la corriente principal profundizará en su lecho y aprenderá a correr en regla.

    En resumen, TODAS LAS REIVINDICACIONES SOCIALISTAS SON COMPATIBLES Y PUEDEN REALIZARSE CON EL ESTADO SERVIL .

    Ya se han dado los primeros pasos en ese sentido y son de tal naturaleza que procede poner el pie en ellos para seguir avanzando en la misma dirección para que el Estado Capitalista, en su totalidad, pueda transformarse fácil y rápidamente en el Estado Servil satisfaciendo así en su transformación las reivindicaciones más inmediatas y exigencias más apremiosas del reformador socialista, cuyo objetivo final, ciertamente, puede ser la propiedad pública del capital y la tierra, pero cuyo móvil determinante es una compasión ardiente ante la miseria y zozobra en que viven las masas.

    Consumada la transformación, ya no habrá motivo, ni reivindicación, ni necesidad que exijan la propiedad pública de los medios de producción. El reformador socialista la pedía para asegurar el sustento de los proletarios y eliminar la inseguridad y ya ha conseguido lo que pedía.

    Consigue satisfacer ambas reivindicaciones mediante un procedimiento distinto y más fácil, conforme a la fase capitalista que lo precede inmediatamente y del cual procede: no hay necesidad de proseguir.

    Así el socialista cuyo móvil es el bien de la humanidad y no la mera organización, se ve apartado aunque no quiera de su ideal colectivista y conducido a una sociedad en que los poseedores conservan sus propiedades, los desposeídos siguen desposeídos, la mayoría seguirá trabajando en beneficio de unos pocos, y esa minoría seguirá usufructuando los excedentes producidos. Una sociedad en que los males específicos de la inseguridad y penuira capitalista, frutos de la libertad, habrán desaparecido con ésta.

    Al término del proceso habrá dos clases de hombres: los poseedores, económicamente libres, y los desposeídos carentes de toda libertad económica y gobernados por aquéllos para el bien de su tranquilidad y garantía de sustento. Es decir, el Estado Servil.

    El segundo, b) reformador socialista no se indigna ante la explotación del hombre por el hombre. Los cuadros, las estadísticas, todo lo que constituye una armazón exacta de la vida le satisface su apetito moral, su ocupación más genuina es el “manejo” de los hombres como se hace con las máquinas.
    Es a estos a quienes atrae, especialmente, el ideal colectivista.
    Es el orden llevado al extremo, el colorido de toda comunidad vital le ofende con su complejidad, sólo halla satisfación con una amplia burocracia donde la totalidad de la vida esté fichada y encuadrada en algunos planes sencillos, derivados de la labor de empleados públicos dirigidos por poderosos jefes.
    Estos socialistas, como los otros, prefieren empezar estatalizando la propiedad y la tierra, para montar sobre esta base formal que concuerda con su temperamento. Aunque prefiere empezar con un plan colectivista ya hecho, en la práctica se encuentra con que no puede proceder así. Tendría que recurrir a la confiscación, tal como la mayoría de socialistas sinceros, y eso le resulta muy difícil al motivarle simplemente una mecánica de regulación.
    No puede confiscar ni empezar a confiscar, lo más que hará será comprar la parte del capitalista. Pero el sistema de comprar la parte del capitalista es un sistema de aplicación general imposible.
    Pero las cosas que le preocupan más que la socialización de los medios de producción (tabulación, estadísticas, administración detallada de hombres, etc.) puede conseguirlas de forma inmediata sin perturbar el orden social instituido.
    Como los otros socialistas puede obtener lo que quiere sin necesidad de desposeer a los capitalistas, le basta con procurar el registro general del proletariado, asegurarse de que ni proletarios ni patrones puedan provocar inseguridad y penuria, quedando así satisfecho
    .
    Establecerá leyes que harán recaer sobre la clase poseedora la obligación de proveer en forma adecuada de alojamiento, alimentación y vestido a la masa proletaria, y se logrará todo lo que le interesa.
    Ven el Estado Servil, al que se dirigen, como una alternativa tolerable de su Estado Colectivista ideal, alternativa que acepta enteramente y a la cual ve con buenos ojos.
    Estos reformadores se sienten menos preocupados por plan alguno de socializacion del capital y la tierra que por los innumerables planes, algunos ya con fuerza de ley, que ya existen actualmente para regular “manejar” y alinear al proletariado, sin cercenar ni una pizca los privilegios de la reducida clase capitalista.
    Este tipo de socialista no cae en el Estado Servil por error de cálculo, sino que lo prohijó y saludó en su nacimiento previendo que lo tendrá bajo su dominio en el porvenir.

    Este movimiento socialista, que hace una generación proponía transformar nuestra sociedad capitalista en otra en que la comunidad sería la propietaria universal y todos los hombre económicamente libres en igual medida, pero bajo su tutela. Hoy ese ideal está quebrado, y las dos fuentes de las que extraía su fuerza aceptan, una de mala gana, la otra con júbilo, el advenimiento de una sociedad que no es socialista en absoluto sino servil.



    REFORMADOR PRÁCTICO.
    Es el reformador orgulloso de no ser socialista aunque promueva, con su acción, el Estado Servil.
    Es un tipo necio que por su gran número incide decisivamente en la legislación.
    Se dice: “pese a todo lo que podáis opinar vosotros, teóricos y doctrinarios, sobre mi proposición, aún cuando pueda lesionar a alguno de vuestros dogmas abstractos, sin embargo en el terreno práctico tenéis que admitir que nos beneficia. Si conocieráis de forma práctica la miseria de la familia X o Y, o hubiŕrais trabajado en Z veríais que un hombre práctico ...”

    No es difícil advertir que “el hombre práctico” de la reforma social es el mismo “hombre práctico” de las demás parcelas de la actividad humana y padece la misma doble incapacidad que lo caracteriza donde quiera que se encuentre: la incapacidad de definir sus propios principios fundamentales y la de seguir las consecuencias de su acción. Ambas incapacidades proceden de una forma sencilla y deplorable de impotencia: su incapacidad de pensar.
    Suplamos su debilidad y pensemos un poco por él. Como reformador social tiene, aunque lo desconozca, principios fundamentales y dogmas, lo mismo que los demás, y sus principios fundamentales y dogmas son los mismos que mantienen sus superiores intelectuales en reforma social.
    Las dos cosas que le resultan intolerables en su calidad de ciudadano decente son la inseguridad y la penuria. Le horrorizan el paro, la miseria, especialmente la de casos concretos.

    Si bien el socialista tiene clara la idea de lo que se propone, y aunque se ve desviado de su ideal y arrastrado al Estado Servil por la fuerza del moderno orden de cosas vigentes en la sociedad capitalista, ¿cuánto más fácilmente será arrastrado el hombre práctico a ese mismo Estado Servil?

    La solución inmediata que ofrece dicho Estado Servil aún en sus comienzos es para estos cegatos y miopes la solución. No sabe, ni le interesa nada sobre sociedades históricas en que los hombres libres eran propietarios, ni de instituciones cooperativas e instintivas que una sociedad de esa clase engendra para proteger la propiedad.

    En consecuencia, mientras los hombres capaces pueden admitir, con mayor o menor repugnancia, el Estado Servil, él, un hombre práctico, goza positivamente con todo nuevo detalle que descubre es la rección de esa forma de sociedad. Y la destrucción de la libertad, pulgada a pulgada (aunque él no lo ve como destrucción de la libertad) es la única panacea, de tal modo evidente, que se admira de los adoctrinarios que se oponen al proceso o lo miran con desconfianza.
    A estos individuos se les confiere un poder singular, un hombre así disfruta de grandes ventajas dentro de las condiciones de intercambio moderno, se encuentra, como nunca en ninguna sociedad anterior, dueño de la riqueza y metido en la política, no sabe nada de historia y de sus lecciones, de los grandes sistemas filosóficos y religiosos, ni de la misma naturaleza humana.

    El hombre práctico, en libertad de acción, no produciría el Estado Servil, en realidad no produciría nada que no fuera una barahúnda de restricciones anárquicas que conducirían a la larga a un tipo u otro de revuelta.
    Pero no se le deja en libertad de obrar, es un simple aliado o una de las alas de grandes fuerzas, contra las que no hace nada, son los hombres singulares, capaces y dispuestos, los que los usan con gratitud y desprecio.
    El consuelo es que el advenimiento del Estado Servil, con su poderosa organización y la necesidad de pensamiento lúcido que se impondrá a los gobernantes, no tendrá más remedio que eliminarlo.

    En resumen, los reformadores, tanto los que piensan en ello como los que no, los que tienen conciencia del proceso como los que carecen de ella, están contribuyendo directamente a la instauración del Estado Servil.



    PUEBLO QUE VA A SER REFORMADO.
    ¿Qué decir de los millones de individuos sobre los que están trabajando los reformadores, y que son los sujetos sobre los cuales se efectúa el gran experimento?
    ¿Son propensos como agentes pasivos, a aceptar o rechazar esa transformación de proletarios libres en siervos?

    Es importante dilucidar la cuestión, pues el éxito de todo experimento que lleve al Estado Servil depende de que tal material sea apropiado o no para el trabajo al que se le somete.

    La gran masa de hombres en el Estado Capitalista es proletaria, la definición del número efectivo de proletarios y su proporción respecto al número total de familias del Estado puede variar, pero han de ser siempre lo suficientemente numerosos para determinar el carácter general del Estado antes de que se pueda denominar a éste capitalista.

    Pero el Estado Capitalista es una sociedad inestable. Ha demostrado ser efímero y por eso el proletariado de cualquier Estado Capitalista conserva, en menor o mayor grado, recuerdos de un régimen social en que sus antepasados eran propietarios y económicamente libres.
    El vigor de ese recuerdo o tradición es el primer elemento que hay que considerar al examinar hasta qué punto un proletariado cualquiera está dispuesto a aceptar el Estado Servil que le condenaría, perpetuamente, a la pérdida de la propiedad y de todo hábito de libertad que aquélla engendra.

    En un régimen de libertad, los individuos más hábiles o más afortunados de los proletarios pueden entrar en la capitalista. Esto fue bastante frecuente al principio del capitalismo, era un rasgo prominente de la sociedad e impresionaba la imaginación de la gente. Esto aún es posible.

    El segundo factor del problema es la proporción de los mismos respecto a la suma total del proletariado, por la probabilidad que cada proletario tiene de evadirse de su condición.

    El tercer factor, y mayor, es la apetencia por los desposeídos de esa seguridad y necesario sustento de que los despojó el capitalismo, con su régimen esencial de libertad.

    Esos tres factores en el proletariado actual, que constituye la gran masa del Estado, representa en Inglaterra el 95% de la población.
    Respecto al primer factor ha cambiado rápidamente el recuerdo de los que hoy viven, los tradicionales derechos de propiedad aún se mantienen con fuerza en la conciencia de los ingleses pobres, y todas las connotaciones morales del mismo les son familiares.
    Están acostumbrados a considerar el robo como algo malo, y se aferran a cualquier migaja de propiedad que les caiga, eventualmente, en las manos. Cualquiera puede explicar lo que signfican los términos propiedad, herencia, trueque, donación e incluso contrato. Todos pueden colocarse, mentalmente, en posición de propietarios.
    Aunque la experiencia efectiva de propiedad y el efecto de tal experiencia en el carácter y la concepción del Estado son cosas diferentes.

    Pero las leyes de educación del último siglo hizo que las últimas generaciones se desarrollaran como generaciones, irremediablemente, proletarias y el instinto, el uso, la significación de la propiedad se han perdido actualmente para ella, lo que ha causado dos efectos muy poderosos en el proletariado y cada uno de ellos crea en los modernos asalariados la propensión a ignorar las viejas barreras que separan un régimen de servidumbre de uno de libertad.
    El primero es que ya no buscan la propiedad, ni tan siquiera la consideran asequible.
    El segundo que miran a los dueños de la propiedad como una clase aparte, a la que deben obedecer en última instancia, frecuentemente envidiar y en ocasiones odiar. Y el derecho moral a ocupar una posición tan singular sería negado vigorosamente por muchos de ellos. Aceptan su posición como un hecho social notorio y permanente, cuyos orígenes han olvidado y cuyo fundamento tienen por inmemorial.


    En resumen, la actitud actual del proletariado en Inglaterra, es decir, la inmensa mayoría de familias inglesas tienen una actitud, respecto de la propiedad y aquella libertad que concedía, que ha dejado de ser una actitud de experiencia o expectación. Se consideran a sí mismos como asalariados y el aumento del estipendio semanal de los asalariados es un objetivo que aprecian y persiguen intensamente, en cambio, el de la liberación de su condición de asalariados les parecería enteramente al margen de la realidad y practicidad de la vida.

    ¿Qué diremos del factor segundo, de la probabilidad aleatoria que el sistema capitalista, con su régimen necesario de libertad, de capacidad legal para negociar sin limitaciones, etc. otorga al proletario de evadirse de su medio?
    Pues que si bien no ha desaparecido, en cambio ha perdido mucha de su fuerza en las últimas décadas. Los hombres dicen, refiriéndose a ella, a favor o en contra del sistema capitalista, que esa posibilidad de cambiar de clase ciega al proletariado eliminando toda conciencia común de clase. Aún hay ejemplos de proletarios, que ellos conocieron, que se encumbraron (generalmente mediante diversas formas de la infamia) a posición capitalista.

    La conciencia de cambio de los obreros actuales es sumamente remota, millones de hombres, especialmente en minas y transporte, han renunciado completamente a tal esperanza. Por insignificante o exagerada que sea la probabilidad la opinión general de los obreros es que se ha vuelto insignificante.
    El proletario actual se considera definitivamente proletario, y destinado a no ser otra cosa.

    Estos dos factores, recuerdo de un régimen anterior de libertad económica y los efectos de una esperanza que pudiera concebirse por el proletariado para cambiar de clase, los dos factores que podrían actuar como frenos más eficaces de la aceptación del Estado Servil se han desvalorizado en tal medida que no ofrecen más que una ínfima resistencia al tercer factor en juego y que tanto favorece el advenimiento del Estado Servil, la necesidad de seguridad y medios de subsistencia.

    Hogaño el único que requiere una consideración seria es el tercer factor, nos preguntamos hasta qué punto pueden estar dispuestos a admitir el cambio el material sobre el que actúa la reforma social: la masa del pueblo.
    La cuestión puede plantearse de varias formas, una sería si a los millones de familias que hoy viven de un salario se les propusiera un contrato vitalicio de tabajo que les garantizase la perpetuidad del empleo, con el salario íntegro que cada uno considere que gana normalmente ¿Cuántos lo rechazarían?
    Tal contrato implicaría una pérdida de libertad, en realidad no sería un contrato sino la negación del mismo abrazando un estatus. El hombre al que comprometiera se hallaría sujeto a una obligación de trabajar, quiéralo o no, de acuerdo con su máxima capacidad. Significaría la renuncia permanente de su derecho a los excedentes generados por su trabajo.
    Si nos preguntamos cuántos hombres, cuántas familias preferirían la libertad con la inseguridad que conlleva y su posible penuria, la respuesta es que habría pocos rechazos a tal contrato. Y esta es la clave de todo el asunto.

    Desde otro ángulo ¿Qué es lo que temen los hombres en un Estado Capitalista?: el despido, al preguntarse por qué se resisten infamias, multas y deducciones contra las que lo protegen, teóricamente, las leyes, por qué no pueden hacer valer su opinión en tal o cual asunto, etc.
    La respuesta es siempre la misma, el temor a perder el trabajo.
    Por segunda vez en la historia de Europa la ley privada se impone a la pública y las sanciones de que pueden echar mano el capitalista para imponer su norma particular, por obra de su voluntad particular, son más fuertes que las que pueden infringir los tribunales públicos.
    Desde otro ángulo, si se sanciona una ley que eleva la remuneración total de un obrero, o le ofrece garantías contra la inseguridad. La aplicación de dicha ley requiere, una investigación de las condiciones de vida de cada uno de los trabajadores a cargo de funcionarios públicos, y por otra, la administración de sus beneficios por el capitalista particular (o grupo de ellos) a los que enriquece el obrero con su trabajo.
    Las condiciones serviles que acompañan a ese beneficio material ¿impiden hoy a un proletario preferirlo a la libertad?, es notorio que no.

    Independientemente del ángulo desde el que se observe, la conclusión es la misma, la gran masa de asalariados en la que se asienta la sociedad actual miran como un bien todo lo que aumente sus ingresos presentes y le pongan a cubierto de la inseguridad. Entienden y acogen bien estas medidas, y están dispuestos a pagar por el mismo el precio correspondiente de regulación que llevarán sus patrones.

    Si sustituyéramos el término empleado por el de “siervo” y el de empleador por “amo” la simple grosería de los términos podría originar una revuelta.
    Si se impusieran de golpe e íntegramente en la Inglaterra moderna las condiciones anexas a un Estado Servil también se originaría una revuelta.
    Pero no hay revuelta alguna cuando tienen que echarse los cimientos del régimen y dar los primeros pasos en gran escala, al contrario, los pobres asienten y hasta, en su mayor parte, se muestran agradecidos.

    Tras el período de terror por el que pasaron (por una libertad no acompañada por la propiedad), divisan, a expensas de la pérdida de una libertad meramente legal, la perspectiva nada ficticia de tener lo suficiente y no perderlo.

    Todas las fuerzas contribuyen en esta fase final de la perversa sociedad capitalista a favorecer el advenimiento del Estado Servil.

    El reformador generoso es encauzado hacia él, también el desprovisto de generosidad, la grey de hombres “prácticos” halla en cada etapa de su instauración las medidas “prácticas” que esperaba y reclamaba; y la masa proletaria que soporta en carne propia el experimento, ha perdido la tradición de la propiedad y de una libertad capaz de resistir los cambios, y se siente inclinada con gran fuerza a aceptarlo en virtud de los positivos beneficios que confiere.

    Aunque muchos piensan que todo eso es cierto, objetan, no obstante, que en virtud de tales razones teóricas, nadie piensa que estemos cerca del Estado Servil. No tenemos que creer en su advenimiento mientras no se vean los primeros efectos de su acción.
    Pues bien, ya se pueden percibir tales efectos, en la Inglaterra industrial de nuestros días, el Estado Servil ha dejado de ser una amenaza para cobrar existencia positiva. Se halla en curso de instauración y sus primeros rasgos básicos ya están trazados, y su piedra fundamental colocada.







    6ª Parte : LA ESCLAVITUD YA ESTÁ VIGENTE Y SIGUE IMPONIÉNDOSE.
    La aparición efectiva del Estado Servil es ya un hecho en algunas leyes y proyectos que son muy familiares a la sociedad industrial de nuestra moderna Inglaterra.

    Estas leyes y proyectos de las mismas son datos patentes que abonan el argumento y muestran que está fundado, no en meras deducciones teóricas, sino en la observación de los hechos.
    Hay dos formas de esta prueba evidentes:
    Primera: las leyes y proyectos que someten al proletariado a un régimen servil.
    Segunda: el hecho de que el capitalista, lejos de ser atacado por los experimentos “socialistas” modernos se ve confirmado en su poder.

    Se examinan estas dos formas en su orden y empezamos preguntando en qué leyes o proyectos se manifestó primero entre nosotros el Estado Servil.

    Una falsa concepción del tema podría inducir a fijar los orígenes del Estado Servil en las restricciones impuestas a determinadas formas de industria manufacturera y en las correspondientes obligaciones impuestas al capitalista en favor de sus obreros. Las leyes industriales, como las vigentes en este país, parecerían suministrar un punto de partida a esta visión errónea y superficial de las cosas.
    No hay tal, la visión es errónea y superficial por dejar de lado los elementos fundamentales del hecho.

    Lo que distingue al Estado Servil no es la interferencia de las leyes e la actividad de un ciudadano cualquiera, aunque sea en relación a las cuestiones industriales, pues tal interferencia puede indicar, (como no hacerlo), la presencia del Estado Servil.
    Así no indica de ninguna forma la presencia de ese estatus cuando se prohíbe que una especie determinada de actividad humana sea emprendida por el ciudadano en cuanto ciudadano.
    Así, si dice el legislador “se permite cortar rosas; pero en cuanto sepa que alguien se ha lastimado alguna vez con las espinas, lo meteré preso, a no ser que las corte con tijeras de 122 mms de largo por lo menos; y nombraré mil inspectores para que recorran el país observando si se cumple con la ley. Mi cuñado estará al frente de la inspección con 2.000 libras de sueldo al año
    Todos estamos habituados a este tipo de leyes, y también a los argumentos en contra y a favor que se presentan en cada caso particular. Podemos considerarlas gravosas, fútiles o beneficiosas, lo que sea; según los diversos temperamentos. Pero no entran en la categoría de leyes serviles porque no establecen distinción entre dos clases de ciudadanos, caracterizando a una y otra como legalmente distintas de acuerdo con un criterio de trabajo manual o de réditos.

    Y esto se aplica incluso al tipo de reglamentaciones como las que obligan a una hilandería de algodón, por ejemplo, a disponer de no menos de tantos metros cúbicos por cada operario, y a establecer tales y cuales dispositivos de protección en las máquinas peligrosas. Estas leyes no se ocupan de la naturaleza, ni del monto, ni siquiera de la existencia de un contrato de trabajo.
    Así, por ejemplo, la finalidad de una ley que obliga a rodear de una barandilla determinadas máquinas es sencillamente de protección de la vida, con abstracción de que el hombre protegido sea rico o pobre, capitalista o proletario.
    Estas leyes pueden tener por consecuencia, en la realidad, que el capitalista sea responsable del proletariado, pero no responsable en cuanto capitalista, así como tampoco es protegido el proletario en cuanto proletario.
    Lo establecido de esta forma sería meramente accidental, la finalidad y la forma de aplicación de la ley no toman en cuanta distinción alguna entre los ciudadanos.

    Aunque en las leyes industriales pueden descubrirse, en cambio, algunos puntos, detalles y frases, que implican en el fondo la existencia de una clase capitalista y otra proletaria. Pero si consideramos tales leyes en su conjunto y el orden en que fueron sancionadas, sobre todo los móviles generales y los términos que determinan cada ley principal, a fin de decidir si tales casos de interferencia constituyen o no un punto de origen del Estado Servil.
    La conclusión es negativa. Esa legislación puede ser en cualquier grado opresiva o necesaria, pero al no instaurar el estatus en lugar del contrato, no es servil.

    Tampoco serán serviles esas leyes que en la práctica se aplican a los pobres y no a los ricos. La ley exige, en teoría, que todo ciudadano haga impartir a sus hijos la instrucción obligatoria. La mentalidad vigente en la plutocracia, naturalemente, exime del cumplimiento de esta ley a los que sobrepasan cierto nivel de riqueza. Pero la ley comprende a la generalidad de la nación, y todas las familias que vivan en Gran Bretaña están sujetas a sus estipulaciones.

    Estos no son los orígenes. Un origen verdadero de la legislación servil (que atañe al estatus) lo encontramos más tarde.
    El primer caso de legislación servil que se encuentra en el Registro de Leyes es el establecimiento de la responsabilidades personales en su forma actual.
    No decimos que esta ley haya sido sancionada, como comienzan a serlo las leyes modernas, con el fin directo de establecer un nuevo estatus, aun cuando fue sancionada con cierta consciencia por parte del legislador de que ese nuevo estatus se encontraba ya en vigor como hecho social. Sus móviles fueron meramente humanos, y el alivio que produjo pareció estrictamente necesario entonces; pero constituye también un ejemplo aleccionador del modo en que una ligera omisión de la doctrina estricta y una leve tolerancia de lo anómalo hacen posible la producción de grandes cambios en el Estado.

    En toda comunidad ha existido siempre, fundada en el sentido común, la doctrina legal de que si un ciudadano, en virtud de un contrato, se encontraba respecto a otro en posición tal que debía efectuar determinados trabajos para cumplirlo, y si tales trabajos irrogaba perjuicios a un tercero, el responsable no era el autor directo, sino el que indicó la realización del trabajo causante de los mismos.
    La cuestión es sutil, pero también, fundamental. Por lo pronto, no implicaba distinción alguna de estatus entre empleador y empleado.
    El ciudadano A ofrecía al B una bolsa de trigo si éste le araba un terreno que podía producir más, o no, de una bolsa de trigo. Naturalmente A confiaba en que produjera más, y esperaba el excedente, si no, no hubiera hecho el contrato con B. Pero, de cualquier manera, B firmó el convenio y, en su calidad de hombre libre, capaz de contratar, estaba obligado (desde que acepta) a cumplir su parte.
    Mientras B trabaja cumpliendo su parte, el arado que maneja destruye un tubo que, según convenio, conduce agua a C a través del campo de A. Aquél sufre un perjuicio y para recupear el equivalente del mismo sólo puede actuar, conforme a la justicia y el sentido común contra A, pues B trabajaba bajo plan e instrucciones de A.
    C es un tercero que nada tenía hacer con tal contrato y, posiblemente, no podía obtener justicia sino de acuerdo con las probabilidades de que lo indemnizara A, verdadero autor del daño involuntariamente causado, puesto que trazó el plan de trabajo de B.
    Pero cuando el perjuicio recae sobre C, en absoluto, sino sobre B, que está haciendo un trabajo cuyos riesgos conoce y asume voluntariamente, la cuestión cambia totalmente.

    A contrata con B que éste labrará un terreno por una bolsa de trigo. Tal operación implica determinados riesgos, que son conocidos. B, si es un hombre libre, asume tales riesgos con plena consciencia. Puede, por ejemplo, torcerse la muñeca al girar el arado, o recibir una coz del caballo. Si, en virtud de tal accidente, A es obligado a indemnizar a B, una diferencia de estatus queda de inmediato reconocida.
    B se comprometió a efectuar un trabajo que, según todas las teorías del contrato libre, representaba con sus riesgos y su desgaste de energías, a los ojos de B, el equivalente de una bolsa de trigo; sin embargo, se sanciona una ley que dice que B puede obtener más que esa bolsa si se hace daño.

    No hay un derecho correlativo de A contra B. Si el empleador sufre un perjuicio por tal accidente ocurrido a su empleado, no está autorizado a cercenar la bolsa de trigo, aunque ésta se consideró en el contrato como el equivalente de cierta cantidad de trabajo por realizar y el cual no se ha realizado.
    A no tiene acción legal alguna contra B, a menos que éste sea culpable de negligencia o descuido. En otro términos, el mero hecho de que un hombre trabaje, y el otro no, es el principio básico en que se funda la ley, y ésta dice: “Ud. no es un hombre libre que celebra un contrato libre con todas sus consecuencias. Ud. es un obrero, y por consiguiente, un inferior: Ud. es un empleado; y tal estatus le confiere una posición especial que no sería reconocida en el otro contratante”.

    Aún se extrema más el principio cuando se responsabiliza al empleador de un accidente que le ocurre a uno de sus empleados por causa de otro empleado.
    A dará a B y D un saco de trigo a cada uno si le cavan un pozo. Las tres partes conocen los riesgos y los aceptan en el contrato. B deja escapar la cuerda por la que bajaba D.
    Si los tres hombres tuvieran el mismo estatus, D tendría que actuar, evidentemente, contra B. Pero en la Inglaterra de hoy no tienen el mismo estatus pues B y D son empleados, y se hallan, por tanto, en una posición especial e inferiro ante la ley, si se los compara con el empleador A.
    La acción de D, en virtud de este nuevo principio, no se dirigirá contra B, que lo hirió accidentalmente mediante un acto personal (por involuntario que fuera) del que tendría que responder si fuera un hombre libre. Sino contra A, que es totalmente inocente del percance.

    En todo caso se muestra que A tiene obligaciones específicas, no porque sea un ciudadano, sino porque es algo más: un empleador; y B y D tienen derechos especiales contra A, no porque sean ciudadanos, sino porque son algo menos: empleados. Pueden reclamar protección de A, como los inferiores reclaman a un superior en un Estado que admite tales distinciones y el patronato.

    El lector pensará enseguida que en nuestro régimen social vigente el empleado quedaría muy agradecido a tal legislación. Un obrero no puede ser indemnizado por otro, sencillamente porque el otro no tiene con qué responder de los perjuicios causados ¡Qué sea el rico el cargue con el fardo!

    Estupendo, pero no se trata de eso. Tal argumentación equivale a decir que las leyes serviles son necesarias para resolver los problemas suscitados por el capitalismo; no por eso, empero, dejarán aquéllas de ser leyes serviles, las cuales no podrían existir en una sociedad en que la propiedad estuviera bien repartida y en que un ciudadano pudiera indemnizar normalmente los daños que hubiera causado él mismo.

    Estas leyes se asientan sobre el concepto de estatus considerando dos casos paralelos, uno se refiere a los obreros, el otro a la clase de los profesionales. Si yo me comprometo con un editor, en virtud de un contrato, a escribir una historia completa del condado de Rutland, y en la ejecución de tal labor, mientras examino algunos objetos de interés histórico, caigo en un pozo, no tengo acción alguna posible contra el editor.
    Pero si me pongo un mono de trabajo, y el mismo editor, cándidamente, me contrata durante un mes para que limpie sus estanques, y durante la faena me hiere un pez carnívoro, tendrá que abonar una cantidad a mi favor.

    Este primer hilo, aunque de interés histórico como punto de partida, no es de importancia definida para el estudio de la implantación del Estado Servil, en comparación con la gran cantidad de proyectos posteriores, algunos de los cuales son ya leyes y otros que están a punto de serlo, y que reconocen de modo definido el Estado Servil:
    - el restablecimiento del estatus en lugar del contrato, y
    - la división universal de los ciudadanos en dos categorías: empleadores y empleados.


    Estos fenómenos merecen una consideración muy distinta, pues representarán para la historia la introducción CONSCIENTE y DELIBERADA de las instituciones serviles en el viejo ESTADO CRISTIANO.
    No son orígenes, pequeñas señales de un cambio futuro que el historiador descubrirá sino los CIMIENTOS ACEPTADOS DE UN NUEVO ORDEN, planeado deliberadamente por unos pocos y confusamente admitidos por la mayoría, como la base sobre la cual se levantará UNA SOCIEDAD NUEVA Y ESTABLE en reemplazo de la inestable y pasajera etapa CAPITALISTA.

    Estos hechos se pueden dividir genéricamente en tres categorías:

    Primera: disposiciones en virtud de las que se mitigará la inseguridad del proletario por obra de la patronal, o del proletariado mismo, que actuará bajo coacción.

    Segunda: disposiciones en virtud de las que el empleador será obligado a abonar no menos de cierta cantidad mínima por todo trabajo que pueda comprar.

    Tercera: disposiciones que obliguen a trabajar al hombre que no posea medios de producción, aunque no haya celebrado ningún contrato en tal sentido.

    Los hechos de las dos últimas clases son complementarios. Los de la primera (disposiciones paliativas de la inseguridad del proletariado) ya hay ejemplos en la legislación vigente actualmente (Ley de Seguros que sigue las directivas de un Estado Servil en todos sus detalles):

    a) su criterio fundamental es el empleo. En otros términos, estoy obligado a afiliarme a un plan que me proteja de los accidentes de enfermedad y desempleo, no porque sea ciudadano, sino sólo:
    * si cambio trabajo por bienes,
    * si recibo menos de una cantidad determinada de bienes por dicho trabajo,
    * si soy un individuo común que trabaja con sus manos.

    La ley excluye, cuidadosamente, de sus estipulaciones las formas de trabajo a que se dedican las clases educadas y, por tanto, poderosas, y además excluye de la obligación de trabajar a todos los que por el momento ganan lo suficiente para constituir una clase susceptible de ser considerada económicamente libre.
    Si soy un escritor que, en caso de enfermar, dejaría en la mayor penuria a la familia que sostengo. Si el legislador tuviera en cuenta las costumbres de los ciudadanos, tendría que estar comprendido en la ley, puesto que existía un seguro obligatorio que pagaría con mis impuestos. Pero el legislador no toma en cuenta a la gente así, sino solamente a un nuevo ESTATUS cuya presencia reconoce en el Estado: los PROLETARIOS. Se representa al proletario, no muy exactamente, como hombre pobre, o si no pobre, de todos modos como una gente vulgar que trabaja con sus manos, y legisla de acuerdo a eso.

    b) impone a la clase capitalista la obligación de fiscalizar al proletariado y cuidar que la ley se cumpla. Es un punto de gran importancia. El futuro historiador, sea cual sea su interés en los primeros signos de la profunda revolución pro la cual estamos pasando tan rápidamente, se detendrá en este punto, hito cardinal de nuestros tiempos.
    El legislador que examina el Estado Capitalista propone, para remediar algunos de sus males, el establecimiento de dos categorías de ciudadanos en el Estado, empujo a los que están abajo a registrarse, pagar un impuesto, etc. y además fuerza a los que están arriba a que sirvan de agentes para hacer cumplir tal registro y recaudar tal impuesto.
    Nadie que conozca la manera en que ocurrieron todos los grandes cambios del pasado (sustitución del derecho del proletariado romano a la tierra por la posesión, o la del siervo de la Alta Edad Media por el labriego medieval) puede equivocarse sobre el significado de ese punto decisivo en nuestra historia.
    Que llegue a su pleno desarrollo o que una reacción lo destruya, es otro asunto. El mero hecho de que sea propuesto es de la máxima importancia en el estudio que hacemos.


    De los puntos siguientes, la fijación de un salario mínimo y la obligación de trabajar (actos complementarios) ninguno se ha presentado, aún, en la legislación positiva, pero ambos están en proyecto, ambos elucidados, ambos tienen poderosos abogados y ambos se encuentran a punto de convertirse en leyes.

    La fijación de un SALARIO MÍNIMO, con una suma establecida precisamente por ley (aún no se había incorporado a la legislación: septiembre 1912) pero ya se ha dado el primer paso en tal sentido con la sanción legal de algunos hipotéticos salarios mínimos a que llegarán.
    La ley no dice “ningún capitalista pagará a un obrero menos de tantos chelines por tantas horas de trabajo” sino “habiendo llegado las comisiones locales a fijar cifras, todos obrero que trabaje en la jurisdicción de cada comisión puede exigir, fundado en la ley, la suma mínima establecida en tales comisiones”
    El paso siguiente, natural y fácil, determinará una escala variable de remuneración del trabajo según los precios y el rendimiento del capital. Ambas partes obtendrán así lo que reclaman: el capital, una garantía de que no se producirán disturbios; el trabajo: seguridad y sustento.
    Todo el asunto constituye en pequeña escala una lección práctica de este movimiento general, característico de nuestro tiempo, que lleva del contrato libre al estatus y del Estado Capitalista al Servil:
    - el menosprecio de antiguos principios, tachados de abstractos y doctrinarios,
    - la necesidad de que ambas partes queden, inmediatamente, satisfechas,
    - la consecuencia imprevista pero evitable de que tales necesidades son satisfechas en tal forma.
    Estos fenómenos visibles en el régimen iniciado y constituyen las fuerzas típicas que originan el Estado Servil.


    Examinemos la naturaleza de tal régimen en su aspecto más considerable.
    El proletario acepta una posición en que produce para el capitalista un total determinado de valores económicos, y de este total sólo retiene una parte, dejando al capitalista todo el excedente.
    El capitalista, a su vez, ve garantizada contra todos los peligros de la envida social su permanente y segura expectativa de tales excedentes; mientras el proletariado ve garantizada su subsistencia diaria y la seguridad de que ésta no le faltará en el futuro; pero por el propio efecto de esa garantía se ve despojado de la facultad de negarse a trabajar y de aspirar a poder apropiarse de los medios de producción.

    Estos planes dividen a los ciudadanos en dos clases: Capitalistas y Proletarios, imposibilitando a estos para combatir los privilegios de aquellos e introduciendo en la legislación positiva de la sociedad un reconocimiento de los hechos sociales que dividen ya a los ingleses en dos grupos: los económicamente libres y los menos libres económicamente. E imponen, con la autoridad del Estado, una nueva institución en la sociedad.
    Se reconoce que ésta no consta ya de hombres libres que pactan libremente en materia de trabajo o en lo relativo a cualquier otro bien que se halla en posesión, sino de dos estatus que contrastan: poseedores y desposeídos.
    A los primeros no se les debe permitir que dejen sin subsistencia a los segundos; pero a éstos no se les permite que obtengan el dominio de los medios de producción, privilegio de los primeros.


    Cuando el Parlamento debatió este primer experimento de salario mínimo ¿Cuál fue el resultado del debate? ¿En qué insistieron más fervientemente los reformadores?
    ¡No en que los obreros tuvieran abierto un camino que los llevara a la posesión de los medios de producción, ni siquiera que tal posesión fuera estatal, sino en que el salario mínimo se fijara en determinado nivel satisfactorio! Y ese fue el punto central de la disputa.
    El hecho de que ese punto sea el central del debate, es decir, meramente la seguridad y suficiencia del salario, y no la SOCIALIZACIÓN de los medios de producción ni el acceso del proletariado a los mismos, es significativo sobre las fuerzas, irresistibles, que se encaminan hacia el Estado Servil.

    No hubo intento alguno del capitalista de imponer condiciones serviles, ni del proletariado de resistirlas. Ambos estaban de acuerdo sobre ese cambio fundamental. La discusión no giró en torno al nivel mínimo de subsistencia que debía asegurarse, punto que se hizo pasar por alto, pues se dio por supuesto, el establecimiento de algún mínimo en cualquier caso.

    Juzgando los actos y palabras no hay nada parecido a un plan general de implantación de un salario mínimo a toda la comunidad. Un plan de esa índole equivaldría a la instauración del Estado Servil, pero el pricipio se extiende de forma fraccionada. Luego legisladores miopes, enfrascados más en resolver problemas inmediatos, aprobarán una tras otra medidas que irán generalizando el hecho. El principio se extenderá sector tras sector.

    El Estado dice al siervo: “me he preocupado de que reciba tanto cuando no tenga empleo, ahora veo que en algunos casos aislados mis providencias, dan por resultado que reciba más cuando está desempleado que cuando trabaja. Además en muchos casos aunque reciba más cuando trabaja, la diferencia no es bastante como para tentar a un holgazán a que busque empleo, encontraré remedio a esto”

    Y el pago de una cantidad establecida durante el desempleo conduce, inevitablemente, al estudio, la determinación, y la imposición de un salario mínimo.
    El hecho de que el Estado tenga estadísticas de salarios en amplios sectores (todos) industriales, no con finalidad meramente estadística, sino práctica, y que el Estado haya empezado a amalgamar la acción de la ley positiva y la coacción con el sistema anterior del libre contrato, significa que hoy su influencia gravita totalmente en favor de la regulación.

    ¿Cómo el principio del salario mínimo forma parte de la progresión hacia el Estado Servil?
    Porque el salario mínimo implica, en reciprocidad, el principio del trabajo obligatorio aunque la relación entre ambos puede no ser clara a primera vista
    por lo que debemos más que darla por sentada razonarlo.

    Hay dos vías en que la política global de imponer por ley el derecho del proletariado a la seguridad y el necesario sustento pueden deparar una política correspondiente de trabajo obligatorio.
    Primera: la presión de los tribunales sobre una de las partes involucradas en el pago y cobro del salario mínimo.
    Segunda: la necesidad de la sociedad, una vez se ha aceptado el principio del salario mínimo, anexo al principio de seguridad y necesario sustento, de fiscalizar a los que el salario mínimo excluye delárea de ocupación normal.

    En cuanto a la PRIMERA un grupo proletario ha celebrado un convenio con un grupo capitalista para producir para éstos diez unidades de valor en un año; está conforme en recibir en pago seis unidades de valor quedando cuatro para los capitalistas como excedentes.
    Se ratifica el convenio, los tribunales tienen facultades para exigir el cumplimiento.
    Si los capitalistas, mediante alguna artimaña (multas, quiebra de su palabra, etc.) pagan menos de seis unidades en salarios, los tribunales tienen que disponer de algún poder para controlarlos. Ha de haber alguna sanción anexa a la prescripción legal, una facultad de castigar (para obligar).
    Recíprocamente si los servidores quebrantan el convenio y dejan de trabajar exigiendo siete unidades (en vez de las seis pactadas) los tribunales han de disponer de algún poder para dominarlos y castigarlos.
    Si el convenio fuera por un plazo efímero o, rigiera solamente durante un tiempo razonable, sería exagerado decir que cada caso particular de coacción ejercida contra los obreros es un caso de trabajo obligatorio. Pero si el sistema se prolonga por años, que la industria lo acepte como algo normal y sea admitido como hábito en la concepción habitual de regular su vida, el asunto se transformaría, inmediatamente, en un sistema de TRABAJO OBLIGATORIO y ocurriría en las actividades en que el salario fluctúa poco

    Basta recordar cómo en nuestra sociedad industrial actual los hombres pueden dominarse con simples y leves amenazas pues la masa proletaria se ha acostumbrado a vivir semana tras semana bajo el peligro del despido por lo que se ha vuelto sumisa y dispuesta ante la amenaza de la menor reducción de salarios que apenas permiten subsistir.
    Y tampoco el que los tribunales impongan el cumplimiento de tales contratos (o cuasi contratos) constituye el único móvil.
    El obrero ha sido obligado, por ley, a deducir determinadas sumas de su salario en concepto de seguro contra el desempleo, pero ya ha dejado de ser el que decide sobre el modo como se usarán las mismas. No está en su poder, ni siquiera en el de alguna sociedad que pueda él fiscalizar realmente. Las sumas así descontadas están en poder de un funcionario del gobierno (“aquí hay un trabajo para Ud. a 25 chelines semanales, sin lo acepta, perderá indefectiblemente todo derecho al dinero que obligatoriamente se le dedujo. Si lo acepta, esa suma seguirá a su disposición, y cuando su paro no se deba, a mi parecer, a su negativa a trabajar, le permitiré recibir una parte de ese dinero, de otro modo no”)
    Y con estos mecanismos de coacción marcha todo ese cúmulo de registros y fichas personales del empleo y las bolsas de trabajo. El funcionario tendrá la facultad de hacer cumplir los contratos particulares, o de obligar a los individuos a trabajar bajo pena de multa, sino que también dispondrá de una serie de dossieres con los que sabrá los antecedentes de cada obrero. Nadie podrá escapar, todos estarán planificados y regulados.

    También hay el azote del recurso del “arbitraje obligatorio”, constituye una admisión franca a la servidumbre total y definitiva.

    Así comprobamos que el trabajo obligatorio es una consecuencia directa y necesaria de haberse establecido un salario mínimo y haberse catalogado el trabajo según una escala.

    En cuanto a la SEGUNDA es igual de clara. En la producción de trigo el hombre sano y diestro que puede producir diez medidas, está obligado a trabajar por seis. El capitalista está obligado a contentarse con cuatro.
    La ley lo castigará si paga menos.
    ¿Qué pasa con el obrero que no tiene fuerza o destreza bastante para producir seis medidas? ¿se verá forzado el capitalista a pagarle más de lo que realmente produce?
    No. La estructura íntegra de la producción, erigida en la etapa capitalista permanece intacta entre las nuevas leyes y costumbres. La ganancia sigue siendo una necesidad. Si se la destruye o si la ley impusiera una pérdida, estaría en contradicción con el espíritu que inspiró estas reformas que se emprendieron para implantar la estabilidad y “conciliar” los intereses del capitalismo y proletariado.
    Sería imposible obligar al capital a soportar pérdidas por un obrero que no merece ni el salario mínimo sin producir una ruina general. ¿Cómo se eliminará esa inseguridad e inestabilidad?
    Sostener al obrero gratuitamente, porque no puede ganar el salario mínimo, cuando el resto de la sociedad trabaja por un salario garantizado, significa premiar la incapacidad y la pereza. Hay que habilitar al obrero para trabajar. Hay que enseñársele (si es posible) a producir el nivel mínimo de subsistencia, mantenido en el trabajo aunque no produzca el mínimo para que su presencia, como trabajador libre, no ponga en peligro el plan integral del salario mínimo ni introduzca inestabilidad. De aquí que esté sujeto, necesariamente, al TRABAJO FORZADO. Esta forma de coacción aún no está establecida legalmente, pero es una consecuencia inevitable.
    Se fundará la “Colonia de Trabajo” (eufemismo, necesario en toda transición, de prisión forzada de trabajo) se fundará para absorber este sobrante, y como otra forma de compulsión.

    La verdad complementaria de que lo que debería ser la esencia misma de la reforma colectivista, o sea, la transferencia de los medios de producción de manos de los propietarios particulares a los funcionarios públicos, no se tiene en la mira en ninguna parte. Al contrario, todos los experimentos “socialistas” en materia de municipalización y nacionalización no hacen más que acrecentar la subrodinación de la comunidad a la clase capitalista.

    Para probarlo basta observar que cada uno de esos experimentos se lleva a cabo mediante un empréstito. Ahora bien, ¿qué significan en la realidad económica estos empréstitos municipales y nacionales emitidos para adquirir algunos pequeños sectores de los medios de producción?
    Determinados capitalistas poseen cierto número de medios de producción (rieles, vagones, etc.) Hacen trabajar con estos elementos a lagunos proletarios, y el resultado es una suma de valores económicos. Si los excedentes que obtienen los capitalistas, tras de aprovecharse de la subsistencia de los obreros, ascienden a 10.000 libras al año. Todos nosotros sabemos cómo se “municipaliza” un servicio de esa clase.
    Se emite un empréstito que devenga un “interés” y a cuyo pago se hace frente mediante un “fondo de amortización”
    Ahora bien ese empréstito no se ha efectuado en realida en dinero, si bien sus condiciones están expresadas en él, simplemente es un préstamo de los vagones, rieles, etc. de los capitalistas a la municipalidad. Y además los capitalistas exigen, antes de aceptar el trato, la garantía de que sus antiguas ganancias les serán pagadas, íntegramente, amén de otra suma anual, que al cabo de cierto tiempo representará el valor originario de la empresa cuando fue transferida. Esas sumas (fondos de amortización) y los antiguos excedentes cuyo pago continúa (interés).

    En teoría pueden adquirirse así algunos pequeños sectores de los medios de producción, que estarán, entonces, socializados.
    El fondo de amortización (pago a plazo de las instalaciones compradas a los capitalistas) podría cubrirse tomando los recursos del producto de los impuestos generales que paga la comunidad.
    Los intereses pueden cubrirse con las ganancias reales mediante la administración de los tranvías.
    Al cabo del período, la comunidad será dueña de los tranvías que dejarán de ser explotados por el capitalismo, por haberse comprado la parte del capitalismo con sus rentas comunes, y habrá llevado un pequeño acto de “socialización” pues el dinero pagado en la operación se habrá gastado y no guardado o invertido nuevamente por los capitalistas.
    Pero hay tres circunstancias que se oponen, incluso a estas minúsculas expropiaciones:
    · los materiales son vendidos siempre a mayor valor que el real.
    · la compra incluya material improductivo.
    · el préstamo siempre va más rápido que el reembolso.
    Estos tres factores adversos, en la práctica, remachan el dominio capitalista sobre el Estado. Y eso considerando inversiones productivas, pues también se hacen estas operaciones con bibliotecas, monumentos, etc. Casi todas estas operaciones acaban fracasando por ser elementos a punto de entrar en obsolescencia.

    El resultado, en toda Europa, de estos experimentos municipales y estatales, tuvieron como consecuencia un ENDEUDAMIENTO CRECIENTE al capital, a un ritmo equivalente al doble (sin llegar al triple) del coeficiente de reembolso.
    El interés que el capital exige, con una absoluta indiferencia por la productividad o improductividad del préstamo asciende a más del 1,5 % en exceso sobre lo producido por los diversos experimentos, incluyendo los más afortunados y lucrativos (ferrocarriles estatales de varias naciones).

    El capitalismo salió ganando con estas formas de seudosocialismo, como en cualquier otra operación. Y las mismas fuerzas que en la práctica impiden la confiscación proceden de forma que el intento de encubrir dicha confiscación mediante la expropiación fracase y se vuelva contra los que no tuvieron el valor de atacar de frente al privilegio.

    Estos y otros muchos ejemplos muestran como el COLECTIVISMO, al intentar realizarse sólo consigue robustecer la posición capitalista y cómo las leyes han comenzado a imponer el estatus servil al proletariado.

    El futuro de la sociedad industrial, en particular la británica, si se deja librado a su propia dirección, es un futuro en que el proletariado tendrá garantizada su subsistencia y la seguridad, pero a expensas de su anterior LIBERTAD POLÍTICA, y mediante la instauración de ese proletariado en un estatus servil, sino nominalmente sí de hecho.
    Al mismo tiempo los poseedores tendrán garantizadas sus ganancias, el mecanismo productivos y la regularidad de su funcionamiento, recuperando la estabilidad que habían perdido en la etapa capitalista.


    Las tensiones internas que amenazaban la sociedad capitalista irán relajándose y desaparecerán, y la comunidad se asentará en aquel principio servil que fue su fundamento antes de la llegada de la FE CRISTIANA, principio del cual esta FE LA EMANCIPÓ y al cual vuelve con la decadencia de ésta.
    No tengas miedo al fracaso porque el que nunca ha fracasado es porque tampoco nunca ha intentado nada

  3. #3
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    Re: Camino de Esclavitud

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    4ª Parte : EL ESTADO CAPITALISTA Y SUS SOLUCIONES.
    El Estado Capitalista es inestable y más que un Estado propiamente dicho constituye una fase transitoria entre dos estados permanentes y estables de la sociedad.
    Por definición sabemos que una sociedad es capitalista cuando la posesión de los medios de producción está limitada a cierto número de ciudadanos libres, no lo suficientemente grande como para hacer de la propiedad el carácter general de la misma, mientras que los restantes carecen de tales medios de producción y son, por consiguiente, desposeídos o proletarios.

    Hay Propiedad privada, pero no está distribuida en muchas manos, y por tanto, no es familiar como institución al conjunto de desposeídos, que son al mismo tiempo, ciudadanos, es decir, hombres políticamente libres aunque sin poder económico alguno.
    Una inferencia de la definición también es que bajo el capitalismo haya una EXPLOTACIÓN consciente, directa y planificada de la mayoría (ciudadanos libres desposeídos económicamente) por la minoría de poseedores.

    Como la riqueza tiene que ser producida, la comunidad íntegra debe vivir, y los poseedores pueden convenir tales condiciones con los no poseedores asegurándose que una parte de lo que éstos produzcan vaya a sus manos.
    Una sociedad así constituida no puede perdurar, y no puede porque está sujeta a tensiones muy severas que aumentan a medida que dicha sociedad se hace más y más capitalista.
    La primera nace de la diferencia entre las teorías morales en que se asienta el Estado y los hechos sociales que esas teorías morales tratan de regir.
    La segunda surge de la inseguridad a que el capitalismo condena a la gran masa de la sociedad y de la sensación general de ansiedad y zozobra que produce en los ciudadanos pero singularmente en la mayoría de desposeídos.

    No es fácil saber cuál de ambas tensiones es más grave, cualquiera de ellas bastaría para destruir un régimen social en que se prolongara en el tiempo, la conjugación de ambas hace de la destrucción una certeza. No hay duda de que la sociedad capitalista debe transformarse en algún otro régimen más estable.

    Hay una fuerte tensión moral intolerablemente dura que se endurece a medida que se integra el capitalismo. Esta tensión moral proviene de una contradicción entre la realidad de la sociedad capitalista y el fundamento moral de nuestras leyes y tradiciones.

    El fundamento moral conforme al cual se administran todavía nuestras leyes y se establecen nuestras convenciones presupone un Estado compuesto de CIUDADANOS LIBRES, y así, nuestras leyes defienden:
    la propiedad como una institución normal con la que todos los ciudadanos están familiarizados y que todos respetan
    castiga el robo como incidente anormal que sólo ocurre cuando, por motivos perversos, un ciudadano libre adquiere la propiedad de otro sin su conocimiento y contra su voluntad.
    castiga la defraudación como otro accidente anormal en que por motivos malignos, un ciudadano libre induce a otro a ceder su propiedad en virtud de falsas manifestaciones.
    impone el cumplimiento de los contratos basados moralmente en la libertad de ambas partes con la facultad de ambos de no cerrarlo si no quiere, pero una vez cerrado debe cumplirse.
    testamento se concede a un propietario la facultad de dejar a otro su propiedad, entendiendo tal transferencia es una operación normal.
    imputa daños y perjuicios a los ciudadanos que deliberadamente causan pérdidas a otro.

    La sanción sobre la que se asienta la vida social es, en nuestra teoría moral, el castigo de ley susceptible de aplicarse mediante los tribunales, y la base preestablecida para la seguridad y felicidad material de los ciudadanos es la POSESIÓN DE BIENES que nos aseguren contra la zozobra y nos permitan actuar libremente en medio de nuestros semejantes.

    Si se confronta toda esta teoría moral según la cual es gobernada la sociedad, y a la cual hasta el capitalismo recurre en procura de auxilio cuando se ve atacado, con la realidad social de un Estado Capitalista como la Inglaterra de hoy en día.
    Aunque la propiedad perdura quizás como instinto en la mayor parte de los ciudadanos, pero como experiencia y como realidad es desconocida para el 95% de la población.
    No se castiga, o no pueden castigarse, las cien formas de fraude que se producen como consecuencia necesaria de la competencia desenfrenada entre unos pocos; por una parte, y de la desenfrenada avaricia (motivo regulador de la producción) por otra.
    Las leyes pueden entender en los casos de pequeños hurtos acompañados de violencia, y fraudes realizados con mayor o menor astucia, pero sólo en estos.

    El mecanismo legal se ha convertido una máquina de protección de los pocos poseedores contra las necesidades, exigencias, incluso odio de la masa de ciudadanos desposeídos.

    La inmensa mayoría de los contratos “libres” son hoy contratos leoninos: convenios que uno es libre de contraer o cancelar, pero el otro no, pues no tiene alternativa a perecer de hambre.

    Lo más importante de todo, el hecho social en que se funda nuestro movimiento, mucho más importante que cualquier seguridad legal o cualquier mecanismo estatal, es que los medios de vida se hallan librados al albedrío de los poseedores que pueden ser proporcionados, o no, a los desposeídos.
    La verdadera sanción que hay en nuestra sociedad respecto a las disposiciones por las que se rige no es la pena que hagan efectiva los tribunales, sino la decisión de los poseedores de negar la subsistencia a los desposeídos.
    Hogaño la mayoría teme más la pérdida de empleo que las penalidades de la ley, y la disciplina que los mantiene quietos en sus formas modernas de actividad en Inglaterra es el temor al despido. Quien realmente manda hoy en día en Inglaterra no es el soberano, ni los funcionarios del Estado, ni, salvo indirectamente, la ley, sino el capitalista.

    Todos conocemos estas verdades capitales. Si se pregunta por qué las cosas llegaron tan tarde a una crisis (el capitalismo se desarrolló durante mucho tiempo) podría decirse que ni siquiera en Inglaterra, aún hoy el Estado Capitalista más neto del mundo moderno, se convirtió en un estado capitalista puro hasta la generación presente.
    Los hombres actuales recuerdan que Inglaterra era un 50% agraria y las relaciones entre los diversos factores humanos de la población estaban más regidas por la tradición local que por la competencia.

    La tensión moral producida por la divergencia entre lo que proclaman las leyes y máximas morales, y lo que realmente es la sociedad, convierten a ésta en algo absolutamente inestable.
    Esta tesis espiritual es mucho más grave de lo que puede imaginar el estrecho materialismo de una generación El conflicto espiritual es más fecundo en inestabilidad dentro del Estado que cualquier otra clase de conflicto, y existe un agudo conflicto espiritual, un conflicto dentro de la conciencia de cada uno y un malestar extendido por toda la colectividad, cuando la vida real de la sociedad se divorcia del fundamento moral de sus instituciones.

    La segunda tensión interna del capitalismo, su segundo elemento de inestabilidad, consiste en que el capitalismo destruye la seguridad.
    El efecto principal del capitalismo sobre la vida del hombre es la destrucción de su seguridad. Al conjugar los dos elementos: posesión de los medios de producción por unos pocos y la libertad política de poseedores y desposeídos, la consecuencia inmediata es la formación de un mercado regido por la competencia, en que el trabajo de los desposeídos sólo reclama su valor, no como totalidad de la fuerza productiva, sino como fuerza productiva que debe dejar un excedente al capitalista; mercado en que nada se reclama cuando el obrero aumenta el rendimiento, y nada se ofrece cuando no puede trabajar. Se le da menos en la vejez que en la madurez, nada en la enfermedad y/o desesperación.

    Un hombre capaz de atesorar (consecuencia normal del trabajo humano) establecido sobre la propiedad en medida suficiente y de manera legal, no es más productivo en sus momentos improductivos que un proletario; pero su vida está equilibrada y regulada por las rentas e intereses así como por los salarios que recibe. Puede apropiarse de los excedentes, factor que equilibra los ritmos extremos de su vida y le permiten superar las malas épocas. Eso no le es permitido al proletario.

    La faz bajo la que el capital ve al ser humano cuyo trabajo se propone comprar divide justamente por la mitad la faz normal de la vida humana bajo la que contemplamos todos nuestros propios afectos, deberes y carácter. Un hombre piensa en sí mismo, en sus probabilidades y en su seguridad durante su existencia individual, desde su nacimiento hasta su muerte.
    El capital que compra su trabajo (y no al hombre mismo) sólo compra un sector cortado en su vida: sus momentos de actividad, el resto debe defenderse por sí mismo cuando no se tiene nada es sinónimo a muerte por hambre.

    Está comprobado que dónde unos pocos poseen los medios de producción, no pueden existir condiciones políticas perfectamente libres.
    El Estado Capitalista perfecto NO puede existir aunque Inglaterra se ha aproximado bastante más de lo que otras afortunadas naciones hubieran creído posible.

    En el Estado Capitalista Perfecto el proletario (desposeído) no tendría a su disposición alimentos más que durante las épocas en que tenga trabajo, algo absurdo, que acabaría rápidamente con la vida de todos los hombres excepto los capitalistas y que pondría fin a tal régimen.
    Si se dejara a los hombres enteramente libres en un sistema capitalista, se produciría tal mortalidad por inanición que en breve plazo quedarían agotadas las fuentes de trabajo. El capitalista que buscaría comprar el trabajo lo más barato posible haría derrumbarse el sistema por la muerte de los niños, los parados y las mujeres. No sería un Estado decadente como el actual sino un Estado en curso de extinción.

    De hecho el capitalismo no puede avanzar hasta sus últimas consecuencias lógicas. En un régimen que otorgara la libertad política a todos los ciudadanos (libertad de los poseedores de dispensar alimentos o no, de los desposeídos de cerrar cualquier trato por miedo al hambre) el ejercicio pleno de tal libertad equivaldría a hacer morir de hambre a la población menos productiva: niños, ancianos, inválidos, parados, enfermos, …

    El capitalismo debe conservar, mediante procedimientos no capitalistas, la vida de la gran masa de la población, que de lo contrario moriría de hambre, algo que el capitalismo ha hecho de forma creciente hasta lograr un dominio cada vez más fuerte sobre el pueblo británico.

    Ejemplos claros son: las leyes sobre los pobres: de Isabel, y la de 1834, cuando casi la mitad de Inglaterra había pasado a manos de capitalistas son ejemplos claros de los que hoy tenemos centenares.

    Aunque esta causa de inseguridad (que los poseedores no tienen incentivo alguno que los lleve a asegurar la vida de sus semejantes) es la más obvia y más constante de un sistema capitalista, hay otra, aún más punzante en sus efectos sobre la vida de los hombres, es la anarquía producida por la COMPETENCIA EN LA PRODUCCIÓN que restringió la propiedad con sus principios anexos de libertad.
    Considerando solamente lo que implica el mero proceso de la producción, con los enseres y tierras en manos de unos pocos, el motivo para hacer producir a los proletarios no es el uso de la riqueza creada, sino el usufructo por los poseedores del valor excedente (ganancia).

    Si se concede amplia libertad política a dos cualesquiera de tales poseedores cada uno cuidará su mercado, tratará de vender a menor precio que el otro, tendrá que producir en exceso a término de una temporada de demanda excepcional inundando el mercado sólo para aguantar cualquier depresión futura, y así sucesivamente.
    El capitalista, director libre y personal de la producción, errará los cálculos; eventualmente quebrará. Los esfuerzos concurrentes de gran número de empresas aisladas, imperfectamente dirigidas y en competencia entre sí, no pueden conducir sino a un enorme despilfarro que tendrá sus oscilaciones.
    La mayor parte de las comisiones de la publicidad y propaganda son ejemplos de tal despilfarro. Si esa dilapidación de esfuerzos fuera constante, también sería constante la ocupación que suministra, pero por naturaleza es algo inconstante, y la ocupación que suministra es precaria, así se genera una gran inseguridad para el viajante de comercio, el agente de publicidad, el corredor de seguros y todas esas formas de lograr clientela y embaucar que acompañana al régimen de competencia capitalista.

    Como en el caso de la inseguridad causada por la vejez y enfermedad, en éste tampoco puede el capitalismo ser llevado a su conclusión lógica y el que resulta vulnerado es el elemento de libertad.

    La competencia es restringida en proporción creciente por medio de un entendimiento entre los competidores, al cual sigue, especialmente en Inglaterra, la ruina del competidor menor por los acuerdos secretos entre los grandes, bajo la protección de las fuerzas políticas secretas del Estado.

    Así antes de establecer un monopolio británico, lo primero que hay que hacer es “interesar” a un político.
    Ejemplos hay muchos: teléfonos, monopolio carbón de Gales del Sur, el felizmente frustrado monopolio del jabón, los de la soda, de la pesca, de la fruta, etc.

    En resumen, el capitalismo, al manifestarse casi tan inestable al capitalista como al proletario tiende hacia la estabilidad despojándose de su carácter esencial de libertad política. No podría darse mejor prueba de la inestabilidad del capitalismo como sistema.

    Consideremos cualquiera de los numerosos monopolios que dominan hoy la industria británica y que han hecho de la Inglaterra moderna el PROTOTIPO de los MONOPOLIOS ARTIFICIALES.

    Si los tribunales y gobernantes aceptaran la fórmula capitalista íntegramente, cualquiera podría instalar un negocio rival, vender más barato que esos monopolios y hacer trizas la relativa seguridad que proporcionan a la industria en sus sectores.
    La razón por la que eso no ocurre es que la LIBERTAD POLÍTICA no está amparada aquí por los tribunales en el plano de los asuntos comerciales. El que trate de competir con uno de estos grandes monopolios ingleses se hallará, inmediatamente, con que están vendiendo más barato que él.

    Amparándose en todo el espíritu del Derecho europeo, formado durante siglos, podrá iniciar juicio contra los que lo arruinan, acusándolos de conspirar en perjuicio de la libertad de comercio; más no tardará en descubrir que jueces y políticos apoyan con la mayor sinceridad a tales conspiradores.

    Pero ha de reconocerse que estas conspiraciones para trabar el libre comercio, que caracterizan a la Inglaterra moderna, constituyen por sí mismas un signo de la transición de la fase capitalista verdadera a otra.

    Bajo las condiciones esenciales del capitalismo (en régimen de perfecta libertad política) tales conspiraciones serían penadas por la justicia en virtud de su propia naturaleza, por contravenir la doctrina fundamental de la libertad política. Pues esa doctrina que otorga a todos los hombres el derecho de celebrar el contrato que quieran con cualquier trabajador y ofrecer el producto al precio que crean conveniente, también implica la protección de dicha libertad mediante el castigo de toda conspiración que busque el monopolio.
    Si no se tiende a esa libertad perfecta, si los monopolios son permitidos y aún fomentados, es porque la tensión aberrante que origina la libertad, conjugada con la propiedad limitada, más la inseguridad de su pura competencia y la anarquía de sus métodos de producción, han terminado por ser intolerables.

    Todas estas causas son las que hacen inestable el Estado Capitalista. Algo evidente es que el capitalismo está sentenciado y el Estado Capitalista ha entrado en una fase de transición.

    Es visible que ya no poseemos esa absoluta libertad política que el auténtico capitalismo exige por naturaleza. La inseguridad inherente más el divorcio de las normas éticas tradicionales y la realidad social han introducido ya características novedosas como: el permiso de conspirar otorgado a la vez a poseedores y desposeídos, el otorgamiento obligatorio de la seguridad estatal y otras muchas reformas, explícitas o implícitas.



    LAS SOLUCIONES ESTABLES DEL CAPITALISMO.
    El Estado Capitalista, inestable por naturaleza, tenderá a la estabilidad por un medio u otro pues cualquier posición o equilibrio inestable busca la estabilidad.

    Que el Estado Capitalista esté en equilibrio inestable quiere decir que buscará un estado de equilibrio estable, y el capitalismo sólo puede transformarse en otro régimen que permita a la sociedad estar en reposo.

    Sólo hay tres regímenes sociales que pueden reemplazar al capitalismo: Esclavitud, Socialismo, y Propiedad.

    Evidentemente puede haber mezclas de dos de esos ingredientes, incluso de los tres, pero cada uno constituye un tipo dominante y en virtud de la misma naturaleza del problema no es posible idear un cuarto régimen.

    El problema gira en torno al DOMINIO DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN Y LA LIBERTAD.

    Capitalismo es que este dominio se confiere a una minoría pero todos tienen libertad política. Por su inestabilidad inherente y su propia contradicción en su fundamento moral, debe producirse la transformación de uno u otro de los dos elementos, cuya conjugación está demostrada que no es viable.

    Los dos factores son: la propiedad de los medios de producción y la libertad de todos.

    Para dar una solución al capitalismo hay que eliminar la limitación de la propiedad o la libertad, o ambas a la vez.

    Respecto a la libertad no hay más que un término alternativo: su negación. Un hombre o es libre de trabajar (o no) a su gusto, o bien puede estar sujeto a una obligación legal de trabajar, respaldada por el Estado (esclavo).
    En el primer caso el hombre será libre, en el segundo un esclavo, por definición.
    Con este factor sólo hay dos posibilidades o libre o esclavo.

    Esta solución de restablecer de forma directa, inmediata y consciente la esclavitud sería una solución auténtica a los problemas del capitalismo, pues garantizaría a los desposeídos, mediante regulaciones viables, la seguridad y el necesario sustento.

    Como se demostrará esta es la meta más probable a la cual se encamina nuestra sociedad aunque hay un obstáculo que impide su aceptación general, inmediata y consciente de la misma: lo que sobrevive de la TRADICIÓN CRISTIANA en nuestra civilización, todavía sigue teniendo tal fuerza y vigencia que ningún reformador la preconizará, nadie osa, aún, darla como un hecho irremediable.

    Todas las teorías de una sociedad reformada tratarán, por tanto, primero de no tocar el factor de la LIBERTAD constitutivo de los elementos del capitalismo por lo que se dedicarán a introducir algún cambio en el otro factor: LA PROPIEDAD (de los medios de producción).

    Ahora bien tratar de remediar los males del capitalismo remediando el factor que consiste en una mala redistribución de la propiedad se encuentran dos, y solo dos, caminos:
    Si lo que ofende es la limitación de la propiedad a unos pocos podría modificarse poniendo la propiedad en manos de muchos o no poniéndola en manos de nadie. No hay más posibilidades.

    En la realidad no poner la propiedad en manos de alguien sería entregarla en fideicomiso en manos de funcionarios políticos. Si los males derivados del capitalismo se deben a la institución misma de la propiedad, y no a la desposesión de muchos por unos pocos, entonces debe prohibirse la posesión privada de los medios de producción por cualquier miembro particular y privado de la comunidad; pero alguien debe manejar esos medios de producción; si no, no tendremos con qué comer, ni vestirnos, etc.

    Por tanto, en la práctica, esa doctrina significa la administración de los medios de producción por los agentes públicos de la comunidad. La cuestión de si esos funcionarios públicos son, a su vez, fiscalizados o no por la comunidad, nada tiene que ver con el aspecto económico de esta solución.
    El punto esencial a tener en cuenta es que la única alternativa que deja la propiedad privada es la propiedad pública. Alguien tiene que atender esos medios de producción o no se producirá nada.

    Es obvio que si concluimos que el mal no está en la propiedad en sí misma, sino en el exiguo número de propietarios, entonces el remedio radica en aumentar dicho número de propietarios.

    En resumen, una sociedad como la nuestra, que detesta el término “esclavitud” y evita su restablecimiento directo y consciente del estatus del esclavo, tendrá necesariamente que contemplar la reforma de su mal distribuida propiedad según uno de los dos modelos siguientes:

    El primero: es la negación de la propiedad privada y la instauración del COLECTIVISMO, es decir, la administración de los medios de producción por agentes públicos, políticos, de la comunidad.

    El segundo: es la distribución más amplia de la propiedad, hasta que esta institución grabe su sello en todo el Estado y los ciudadanos libres se hallen en posesión de capital o de tierra, o ambos a la vez.

    Se denomina SOCIALISMO o ESTADO COLECTIVISTA al primer modelo, y ESTADO DISTRIBUTIVO o DE PROPIETARIOS al segundo.

    Veremos por qué el segundo modelo, que implica la REDISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD, es rechazado como inaplicable por la sociedad capitalista actual, y, en consecuencia, los reformadores escogen el primero o SOCIALISMO.

    También mostraremos cómo toda reforma colectivista, en su comienzo, se desvía necesariamente y produce, en lugar de lo buscado, otra cosa: una sociedad en que los propietarios continúan siendo unos pocos y una masa proletaria que acepta la seguridad a cambio de la servidumbre.

    Repetimos, una vez más la tesis: el Estado Capitalista engendra una teoría colectivista, socialista, que, al aplicarse, produce algo completamente distinto del colectivismo: EL ESTADO SERVIL.






    5ª Parte : EL SOCIALISMO.

    El SOCIALISMO es la más fácil de las aparentes soluciones al arduo problema capitalista.
    Si se sigue la línea de menor resistencia el Estado Capitalista se transforma en un ESTADO SERVIL. Es así porque el Estado Capitalista se inclina a una solución COLECTIVISTA (Socialista) por ser la más fácil, y no a una solución DISTRIBUTIVA más justa.
    Basta la simple tentativa de establecer el SOCIALISMO para determinar la aparición, no del colectivismo buscado, sino de la SERVIDUMBRE de la mayoría y la confirmación de una minoría con privilegios totales, es decir, del Estado Servil.

    Los hombres que detestan la institución de la Esclavitud proponen como remedio del capitalismo una de las dos soluciones.
    O quieren la propiedad en manos de la mayoría de los ciudadanos, dividiendo el capital y la tierra de forma que un número decisivo de familias en el Estado sean propietarias de los medios de producción;
    O quieren poner tales medios en manos de agentes políticos comunitarios para que los administren como fideicomisarios en beneficio de todos.

    La primera solución es el ESTADO DISTRIBUTIVO, la segunda es el SOCIALISMO.

    Los conservadores y tradicionalistas preconizan la Distribución. Son hombres que respetan y, de ser ellos los propietarios, conservarían las viejas formas de la civilización cristiana europea. Saben que la propiedad estuvo distribuida de esa forma en todo el Estado en los períodos más felices de nuestra historia. También saben que donde la propiedad de los medios de producción se distribuya de forma debida, hoy día, la sociedad gozará de una holgura y salud superiores a las de cualquier otra parte.
    En general los que querrían restablecer el Estado Distributivo, para reemplazar y remediar los vicios y la inquietud capitalista son los que trabajan con realidades conocidas y que tienen por objeto un régimen social cuyas características de estabilidad y bondad fueron puestas a prueba y confirmadas por la experiencia.
    De los reformadores son los más prácticos pues manejan, en mayor medida que los socialistas (colectivistas) cosas que tienen o han tenido una existencia real.
    Pero son menos prácticos en el sentido de que la enfermedad que tratan se encuentra en una época en que no se inclina, fácilmente, hacia la reacción que aconsejan.

    El socialista propone colocar la tierra y el capital en manos de agentes políticos de la comunidad, dando por entendido que éstos admitirán la tierra y el capital como fideicomisarios de la comunidad y en beneficio de ésta. Cuando hacían esta propuesta hacían cálculos sobre supuestos imaginarios y su ideal no había sido puesto a prueba por la experiencia y no había antecedentes.
    Eran los menos prácticos de los reformadores, su ideal no había sido aplicado a nuestra sociedad por lo que se desconocían sus resultados.
    Pero eran más prácticos porque su propuesta aparentemente provocaría una reacción menos violenta que la buena distribución de la propiedad.

    Hoy son corrientes los ejemplos aislados de empresas organizadas sobre una base capitalista (aguas, electricidad, gas, tranvías, ferrocarriles, etc.) que fueron transformadas en empresas de base colectivista sin que el cambio perturbase ningún mecanismo fundamental de la sociedad. Cuando una ciudad adquiere una compañía particular de agua, tranvías, etc. y la administra conforme a los intereses públicos, la transacción no genera fricciones perceptibles que alteren la vida ciudadana, y se presenta como una operación normal.
    Por el contrario, intentar constituir un gran número de accionistas en tales empresas y reemplazar artificialmente con muchos socios a los pocos poseedores capitalistas anteriores, resultará largo y suscitará oposición continuada, generará tensiones y estará amenazado por la facultad de los numerosos dueños nuevos de vender nuevamente la empresa a unos pocos.

    Es decir, la sociedad capitalista se opone a la restauración de la propiedad como una institución de normal usufructo por parte de la mayoría de los ciudadanos, mientras que el que desea instaurar el socialismo procede según la tendencia imperante en tal sociedad.



    DIFICULTADES DEL REFORMADOR DISTRIBUTIVO.
    ¿Cómo proceder para reemplazar con una gran cantidad de pequeños propietarios a unos pocos grandes propeitarios?
    Una forma audaz sería confiscando y redistribuyendo sin más. Pero ¿Cómo se elegirían los nuevos propietarios?
    Aún suponiendo que hubiera un mecanismo que asegurase la justicia de la redistribución ¿Cómo se evitarían los atroces e innumerables actos de injusticia de la redistribución general?
    Decir: “nadie será propietario, y confiscar” es una cosa. Decir “todos deben ser propietarios” y prorratear la propiedad es otra distinta.
    Una acción tal perturbaría todas las relaciones económicas provocando la ruina inmediata de todo el cuerpo político, y en particular de los intereses menores indirectamente afectados.
    En una sociedad como la nuestra, una catástrofe que sobreviniera desde el exterior podría ser indirectamente beneficiosa al posibilitar la redistribución, pero ningún movimiento desde el interior del Estado podría provocar esa catástrofe sin perderse a sí mismo.

    Si se procede más lenta y racionalmente, y se encauza la vida económica de la sociedad de forma que la pequeña propiedad vaya constituyéndose gradualmente habrá de afrontar innumerables obstáculos por la inercia de la costumbre de la sociedad capitalista.
    Para favorecer a los pequeños ahorradores a expensas de los grandes, habrá que dar la vuelta a todo el sistema económico actual en cuya virtud los depósitos devengan interés. Es más fácil ahorrar 100 libras con ingresos de 1.000 que ahorrar 10 con ingresos de 100, y aún es más difícil ahorrrar 5 con ingresos de 50.

    Es casi imposible instituir la pequeña propiedad mediante el ahorro cuando la masa de la población ha caído en el proletariado excepto que se subvencione, deliberadamente, a los pequeños ahorradores, ofreciéndoles un premio que nunca podrían obtener en un régimen normal de competencia; y en este caso, debe darse marcha atrás en todo el vasto sistema del crédito.

    O se emprende una política que penalice a las empresas con pocos dueños, grave con altos impuestos los grandes paquetes de acciones y aplique el margen producido a subvencionar a los pequeños accionistas en proporción a la exigüidad de su parte, y otra vez nos encontramos con la dificultad de una vasta mayoría que ni siquiera puede hacer una oferta para conseguir la mínima acción.

    El obstáculo más poderoso que se opone a la redistribución de la propiedad en una sociedad impregnada de mentalidad capitalista es el moral: ¿querrán ser propietarios los hombres? ¿podrán los funcionarios, administradores y legisladores sustraerse al poder que bajo el sistema capitalista parece inherente a la riqueza?

    Si se adquiere la fábrica de un gran monopolio con fondos públicos y se otorga (aunque sea obsequiándolas) las acciones a sus obreros ¿podemos contar con que poseen una tradición de propiedad que les impida dilapidar tal riqueza? ¿queda algún instinto cooperativo en tales hombres? ¿habrá administradores y organizadores que tomen en serio a un grupo de pobres hombres o les sirvan como a los ricos?

    Toda la psicología de la sociedad capitalista está dividida entre una masa proletaria que piensa en términos, no de propiedad, sino de “ocupación” (empleo asalariado) y unos pocos propietarios que son los único familiarizados con e mecanismo de la administración.

    Evidentemente con voluntad y vitalidad social suficiente podría restaurarse la propiedad, pero también es evidente que los esfuerzos por restaurarla presentan, en una sociedad capitalista, un carácter de rareza, de experimento dudoso, de incoherencia con las demás realidades sociales que denota una gran desventaja con que deben contar los reformadores distributivos.

    Por otra parte el experimento socialista se adapta completamente (en apariencia) a la sociedad capitalista a la que propone sustituir. Trabaja con las inercias disponibles de éste, habla y piensa con los mismos términos del capitalismo, recurre a los apetitos despertados por el capitalismo y ridiculiza calificándolas de fantásticas e inauditas aquellas cosas de la sociedad cuya memoria mató el capitalismo en el alma de los hombres dondequiera que llegó su flagelo.

    Es tan cierto que los colectivistas de la clase más estúpida hablan, con frecuencia, de una “fase capitalista” de la sociedad como antecedente necesario del socialismo.
    Se aplaude el monopolio porque suministra una forma de transición de la propiedad privada a la pública. El colectivismo PROMETE
    - empleo a la muchedumbre que sólo piensa en la producción con términos de empleo y
    salario.
    - la seguridad de la explotación capitalista grande y bien organizada (pensiones,
    escalafón, etc.) pues es el propio Estado quien lo garantiza, no una parte de él.
    El socialismo administraría, pagaría salarios, organizaría empresas, jubilaría, multaría igual que hace ahora el Estado Capitalista.
    El obrero ante el Estado Socialista no precibe nada en el nuevo cuadro, salvo alguna que otra mejora en su situación presente, que ante el cuadro capitalista.
    El plan socialista no ofrece a los proletarios de un Estado Capitalista nada que no sea conocido, excepto una PROMESA de elevación de sus salarios y una certeza de tranquilidad mayor.

    En todo el plan que se propone transformar el Estado Capitalista en Socialista no hay elemento alguno de reacción, no se usa término alguno con que no estén familiarizados los integrantes de una sociedad capitalista, ni se recurre a instinto alguno (cobardía, codicia, apatía u obsesión) a que no esté habituada la sociedad capitalista.
    Por el contrario si por obra de un milagro una sociedad capitalista fuera redistribuida en pequeños propietarios todos sufrirían una enorme revolución, y se admiraría la insolencia del pobre, de la holgazanería del satisfecho, de las curiosas variedades de tareas, de las personalidades rebeldes y vigorosas que surgirían por doquier.
    Pero si esa sociedad capitalista se transformara lentamente (permitiendo el reajuste de los intereses individuales) en socialismo el cambio al final de la transición no se revelaría a la inmensa mayoría de sus componentes.
    Los pocos elementos reacios, inseguros y desahuciados de trabajadores regularmente pagados habrían ido a explotaciones aisladas penales, y ni se les echaría en falta.
    Muchas rentas que hoy pagan impuestos considerables al Estado serían reemplazadas por rentas semejantes, sujetas a los mismos gravámenes o mayores, con la única diferencia de que recibirían el nombre más moderno de sueldos. La clase de pequeños comerciantes estaría en parte absorbida por planes oficiales a cambio de sueldos, y los pequeños propietarios (barcos, granjas, máquinas) que quedaran no se darían cuenta del nuevo orden de cosas en el que sobrevirían excepto por la novedad de algún incremento, irritante, de las inspecciones y onerosas mezquindades dispositivas a las que ya están no obstante bastante acostumbrados.

    Pero los colectivistas más sinceros y rectos advierten que el efecto práctico de su propaganda no es en absoluto una aproximación al Estado Colectivista, sino a algo muy diferente.
    Cada vez es más evidente que con cada nueva reforma (iniciadas por socialistas) surge otro tipo de Estado.
    Con el tiempo se impuso la certeza de que la tentativa de transformar el Estado Capitalista en un Socialismo no desemboca, en modo alguno, en el COLECTIVISMO, sino en algo distinto, en que ni el colectivista ni el capitalista soñaron jamás. Y ese algo distinto es EL ESTADO SERVIL, es decir, un Estado en que la mayoría serán FORZADOS POR LEY a trabajar en provecho de una minoría, beneficiándose empero, como precio de tal obligación, con una seguridad que el viejo capitalismo no supo otorgarles: la institución de LA ESCLAVITUD
    .

    ¿Cómo la acción reformadora socialista, tan sencilla e inmediata en apariencia deriva en un cauce tan inesperado? ¿En qué leyes e instituciones nuevas se demuestra, en la Inglaterra moderna, en particular en la Sociedad Industrial, que esta nueva forma de Estado ha comenzado ya a regirnos?



    TANTO REFORMADORES COMO REFORMADOS PROMUEVEN EL ESTADO SERVIL.
    Los tres intereses que explican conjuntamente casi todas las fuerzas que luchan por el cambio social en la Inglaterra moderna se deslizan, necesariamente, hacia el Estado Servil: la Esclavitud.

    De estos tres intereses, dos son reformadores, y otro al pueblo que se va a reformar.

    Interés SOCIALISTA, teórico reformador, que actúa sobre la línea de menor resistencia.
    Interés del Hombre Práctico, como todo reformador práctico, tiene la ventaja de su miopía, y es hoy el factor más poderoso.
    Interés de la gran masa proletaria para quien se hace el cambio y se el impone. Lo que acepte esta masa, cómo reacciones ante las nuevas instituciones es el más importante de los factores al ser el material con el cual y sobre el que se trabaja.



    REFORMADOR SOCIALISTA.
    Los reformadores socialistas de los males del capitalismo están encaminados, lo sepan o no, hacia el Estado Servil, la esclavitud, no hacia el Estado Colectivista.

    El movimiento socialista está compuesto de dos clases de hombres:
    a) los que consideran la propiedad pública de los medios de producción (y la obligada tendencia consecuente de todos a trabajar bajo la dirección del Estado) como única solución factible del malestar social moderno.

    b) el que siente afición al ideal colectivista per se, y no lo persigue tanto por ser la solución al capitalismo moderno como por constituir una forma regular y ordenada de sociedad.
    Le gusta acariciar el ideal de un Estado en que la tierra y capital se hallan en posesión de funcionarios públicos que dirijan a los demás individuos y los preserven así de las consecuencias de sus vicios, su ignorancia e insensatez.
    Estos tipos son distintos, en aspectos antagónicos, y constituyen la totalidad del movimiento socialista.
    Si imaginamos a ambos enfrentados al actual Estado Capitalista con ánimo de transformarlo ¿en qué línea de menor resistencia actuarán uno y otro?

    El primero a) comenzarán exigiendo la confiscación de los medios de producción y su transferencia de los poseedores actuales al poder del Estado. Pero esto es algo muy difícil de ejecutar, entre los propietarios actuales y la confiscación se interpone una pétrea muralla moral: el fundamento moral de la propiedad (instinto de que la propiedad es un derecho) una tradición profundamente arraigada, deben afrontar las innumerables complicaciones de la propiedad moderna.
    Veamos un ejemplo sencillo: se decreta que todas las tierras comunes de Inglaterra, cercadas a partir de 1760 deben volver a dominio público. Es un caso moderado y hasta defendible.
    Aún así tal disposición causaría la ruina a numerosas haciendas, alteraría la red de obligaciones y beneficios que se extiende sobre millones de personas, a miles de intercambios, a todas las adquisiciones hechas con el sacrificio de pequeños ahorradores.

    Si bien en el plano moral puede excusarse diciendo que la sociedad puede hacer cualquier cosa a la sociedad, pero también se provocaría el derrumbe de una riqueza veinte veces mayor a la confiscada y todo el crédito firme de la comunidad.
    Sería algo imposible. De modo que el mejor tipo de reformador socialista se ve forzado a recurrir a un expediente de comprar la parte del actual propietario (to buy out).
    La tentativa de comprar la parte de los propietarios sin confiscación se funda en un error económico. Es decir, no confisca, adquiere (o trata de adquirir) algunas partes e los medios de producción.
    Pero esto no constituye todo su móvil, por definición, busca curar los males inmediatos de la sociedad capitalista, para remediar la miseria que produce en la multitud y la inseguridad que impone a todos, quiere sustituir la sociedad capitalista por una en que todos dispongan de sustento, ropa y techo, y en que los hombres no tengan que vivir más en un riesgo continuo de perderlo todo.

    Hay un medio de conseguirlo sin confiscación. El reformador de este tipo, cree, con razón, que la propiedad de los medios de producción por unos pocos causó los males que le indignan y su piedad.
    Pero tales males se produjeron en virtud de una combinación de esa propiedad limitada a unos pocos con la libertad universal. Es la combinación de ambos factores la verdadera definición del Estdo Capitalista y el origen de sus males.

    Ciertamente no es fácil desposeer a los poseedores, pero no lo es tanto, en absoluto, modificar el factor de la libertad.

    Se puede decir al capitalista: “mi deseo es despojarle de su propiedad, pero mientras tanto estoy resuelto a que sus empleados tengan un nivel de vida tolerable”, pero el capitalista responderá: “me niego a ser despojado de mi propiedad, a menos que se produzca una catástrofe, eso es imposible. Pero si usted quiere determinar la relación entre mis empleados y yo, tendré que asumir responsabilidades especiales en virtud de mi posición. Sujete al proletariado, como proletario, y por ser proletario, a leyes especiales. Confiérame a mí, el capitalista, como capitalista, y por ser capitalista, especiales obligaciones recíprocas en virtud de las mismas leyes. Yo me ocuparé de que se cumplan y obligaré a mis empleados a cumplirlas asumiendo el nuevo papel que me impone el Estado. Más aún, me ocuparé de que, por obra de ese nuevo régimen, mis ganancias sean quizás mayores y ciertamente más seguras”.

    Así el reformador socialista ve ya canalizado el curso de su exigencia. Por lo que se refiere a una de sus partes, la confiscación queda contenida y represada; en cuanto a la otra, la concesión garantizada de condiciones humanas de vida al proletariado, tiene la compuerta abierta.
    La mitad del río está contenida por una fuerte represa, pero hay una compuerta, y puede levantarse. Y una vez levantada el caudal ser precipitará con toda la fuerza de su corriente por esa brecha, la corriente principal profundizará en su lecho y aprenderá a correr en regla.

    En resumen, TODAS LAS REIVINDICACIONES SOCIALISTAS SON COMPATIBLES Y PUEDEN REALIZARSE CON EL ESTADO SERVIL .

    Ya se han dado los primeros pasos en ese sentido y son de tal naturaleza que procede poner el pie en ellos para seguir avanzando en la misma dirección para que el Estado Capitalista, en su totalidad, pueda transformarse fácil y rápidamente en el Estado Servil satisfaciendo así en su transformación las reivindicaciones más inmediatas y exigencias más apremiosas del reformador socialista, cuyo objetivo final, ciertamente, puede ser la propiedad pública del capital y la tierra, pero cuyo móvil determinante es una compasión ardiente ante la miseria y zozobra en que viven las masas.

    Consumada la transformación, ya no habrá motivo, ni reivindicación, ni necesidad que exijan la propiedad pública de los medios de producción. El reformador socialista la pedía para asegurar el sustento de los proletarios y eliminar la inseguridad y ya ha conseguido lo que pedía.

    Consigue satisfacer ambas reivindicaciones mediante un procedimiento distinto y más fácil, conforme a la fase capitalista que lo precede inmediatamente y del cual procede: no hay necesidad de proseguir.

    Así el socialista cuyo móvil es el bien de la humanidad y no la mera organización, se ve apartado aunque no quiera de su ideal colectivista y conducido a una sociedad en que los poseedores conservan sus propiedades, los desposeídos siguen desposeídos, la mayoría seguirá trabajando en beneficio de unos pocos, y esa minoría seguirá usufructuando los excedentes producidos. Una sociedad en que los males específicos de la inseguridad y penuira capitalista, frutos de la libertad, habrán desaparecido con ésta.

    Al término del proceso habrá dos clases de hombres: los poseedores, económicamente libres, y los desposeídos carentes de toda libertad económica y gobernados por aquéllos para el bien de su tranquilidad y garantía de sustento. Es decir, el Estado Servil.

    El segundo, b) reformador socialista no se indigna ante la explotación del hombre por el hombre. Los cuadros, las estadísticas, todo lo que constituye una armazón exacta de la vida le satisface su apetito moral, su ocupación más genuina es el “manejo” de los hombres como se hace con las máquinas.
    Es a estos a quienes atrae, especialmente, el ideal colectivista.
    Es el orden llevado al extremo, el colorido de toda comunidad vital le ofende con su complejidad, sólo halla satisfación con una amplia burocracia donde la totalidad de la vida esté fichada y encuadrada en algunos planes sencillos, derivados de la labor de empleados públicos dirigidos por poderosos jefes.
    Estos socialistas, como los otros, prefieren empezar estatalizando la propiedad y la tierra, para montar sobre esta base formal que concuerda con su temperamento. Aunque prefiere empezar con un plan colectivista ya hecho, en la práctica se encuentra con que no puede proceder así. Tendría que recurrir a la confiscación, tal como la mayoría de socialistas sinceros, y eso le resulta muy difícil al motivarle simplemente una mecánica de regulación.
    No puede confiscar ni empezar a confiscar, lo más que hará será comprar la parte del capitalista. Pero el sistema de comprar la parte del capitalista es un sistema de aplicación general imposible.
    Pero las cosas que le preocupan más que la socialización de los medios de producción (tabulación, estadísticas, administración detallada de hombres, etc.) puede conseguirlas de forma inmediata sin perturbar el orden social instituido.
    Como los otros socialistas puede obtener lo que quiere sin necesidad de desposeer a los capitalistas, le basta con procurar el registro general del proletariado, asegurarse de que ni proletarios ni patrones puedan provocar inseguridad y penuria, quedando así satisfecho
    .
    Establecerá leyes que harán recaer sobre la clase poseedora la obligación de proveer en forma adecuada de alojamiento, alimentación y vestido a la masa proletaria, y se logrará todo lo que le interesa.
    Ven el Estado Servil, al que se dirigen, como una alternativa tolerable de su Estado Colectivista ideal, alternativa que acepta enteramente y a la cual ve con buenos ojos.
    Estos reformadores se sienten menos preocupados por plan alguno de socializacion del capital y la tierra que por los innumerables planes, algunos ya con fuerza de ley, que ya existen actualmente para regular “manejar” y alinear al proletariado, sin cercenar ni una pizca los privilegios de la reducida clase capitalista.
    Este tipo de socialista no cae en el Estado Servil por error de cálculo, sino que lo prohijó y saludó en su nacimiento previendo que lo tendrá bajo su dominio en el porvenir.

    Este movimiento socialista, que hace una generación proponía transformar nuestra sociedad capitalista en otra en que la comunidad sería la propietaria universal y todos los hombre económicamente libres en igual medida, pero bajo su tutela. Hoy ese ideal está quebrado, y las dos fuentes de las que extraía su fuerza aceptan, una de mala gana, la otra con júbilo, el advenimiento de una sociedad que no es socialista en absoluto sino servil.



    REFORMADOR PRÁCTICO.
    Es el reformador orgulloso de no ser socialista aunque promueva, con su acción, el Estado Servil.
    Es un tipo necio que por su gran número incide decisivamente en la legislación.
    Se dice: “pese a todo lo que podáis opinar vosotros, teóricos y doctrinarios, sobre mi proposición, aún cuando pueda lesionar a alguno de vuestros dogmas abstractos, sin embargo en el terreno práctico tenéis que admitir que nos beneficia. Si conocieráis de forma práctica la miseria de la familia X o Y, o hubiŕrais trabajado en Z veríais que un hombre práctico ...”

    No es difícil advertir que “el hombre práctico” de la reforma social es el mismo “hombre práctico” de las demás parcelas de la actividad humana y padece la misma doble incapacidad que lo caracteriza donde quiera que se encuentre: la incapacidad de definir sus propios principios fundamentales y la de seguir las consecuencias de su acción. Ambas incapacidades proceden de una forma sencilla y deplorable de impotencia: su incapacidad de pensar.
    Suplamos su debilidad y pensemos un poco por él. Como reformador social tiene, aunque lo desconozca, principios fundamentales y dogmas, lo mismo que los demás, y sus principios fundamentales y dogmas son los mismos que mantienen sus superiores intelectuales en reforma social.
    Las dos cosas que le resultan intolerables en su calidad de ciudadano decente son la inseguridad y la penuria. Le horrorizan el paro, la miseria, especialmente la de casos concretos.

    Si bien el socialista tiene clara la idea de lo que se propone, y aunque se ve desviado de su ideal y arrastrado al Estado Servil por la fuerza del moderno orden de cosas vigentes en la sociedad capitalista, ¿cuánto más fácilmente será arrastrado el hombre práctico a ese mismo Estado Servil?

    La solución inmediata que ofrece dicho Estado Servil aún en sus comienzos es para estos cegatos y miopes la solución. No sabe, ni le interesa nada sobre sociedades históricas en que los hombres libres eran propietarios, ni de instituciones cooperativas e instintivas que una sociedad de esa clase engendra para proteger la propiedad.

    En consecuencia, mientras los hombres capaces pueden admitir, con mayor o menor repugnancia, el Estado Servil, él, un hombre práctico, goza positivamente con todo nuevo detalle que descubre es la rección de esa forma de sociedad. Y la destrucción de la libertad, pulgada a pulgada (aunque él no lo ve como destrucción de la libertad) es la única panacea, de tal modo evidente, que se admira de los adoctrinarios que se oponen al proceso o lo miran con desconfianza.
    A estos individuos se les confiere un poder singular, un hombre así disfruta de grandes ventajas dentro de las condiciones de intercambio moderno, se encuentra, como nunca en ninguna sociedad anterior, dueño de la riqueza y metido en la política, no sabe nada de historia y de sus lecciones, de los grandes sistemas filosóficos y religiosos, ni de la misma naturaleza humana.

    El hombre práctico, en libertad de acción, no produciría el Estado Servil, en realidad no produciría nada que no fuera una barahúnda de restricciones anárquicas que conducirían a la larga a un tipo u otro de revuelta.
    Pero no se le deja en libertad de obrar, es un simple aliado o una de las alas de grandes fuerzas, contra las que no hace nada, son los hombres singulares, capaces y dispuestos, los que los usan con gratitud y desprecio.
    El consuelo es que el advenimiento del Estado Servil, con su poderosa organización y la necesidad de pensamiento lúcido que se impondrá a los gobernantes, no tendrá más remedio que eliminarlo.

    En resumen, los reformadores, tanto los que piensan en ello como los que no, los que tienen conciencia del proceso como los que carecen de ella, están contribuyendo directamente a la instauración del Estado Servil.



    PUEBLO QUE VA A SER REFORMADO.
    ¿Qué decir de los millones de individuos sobre los que están trabajando los reformadores, y que son los sujetos sobre los cuales se efectúa el gran experimento?
    ¿Son propensos como agentes pasivos, a aceptar o rechazar esa transformación de proletarios libres en siervos?

    Es importante dilucidar la cuestión, pues el éxito de todo experimento que lleve al Estado Servil depende de que tal material sea apropiado o no para el trabajo al que se le somete.

    La gran masa de hombres en el Estado Capitalista es proletaria, la definición del número efectivo de proletarios y su proporción respecto al número total de familias del Estado puede variar, pero han de ser siempre lo suficientemente numerosos para determinar el carácter general del Estado antes de que se pueda denominar a éste capitalista.

    Pero el Estado Capitalista es una sociedad inestable. Ha demostrado ser efímero y por eso el proletariado de cualquier Estado Capitalista conserva, en menor o mayor grado, recuerdos de un régimen social en que sus antepasados eran propietarios y económicamente libres.
    El vigor de ese recuerdo o tradición es el primer elemento que hay que considerar al examinar hasta qué punto un proletariado cualquiera está dispuesto a aceptar el Estado Servil que le condenaría, perpetuamente, a la pérdida de la propiedad y de todo hábito de libertad que aquélla engendra.

    En un régimen de libertad, los individuos más hábiles o más afortunados de los proletarios pueden entrar en la capitalista. Esto fue bastante frecuente al principio del capitalismo, era un rasgo prominente de la sociedad e impresionaba la imaginación de la gente. Esto aún es posible.

    El segundo factor del problema es la proporción de los mismos respecto a la suma total del proletariado, por la probabilidad que cada proletario tiene de evadirse de su condición.

    El tercer factor, y mayor, es la apetencia por los desposeídos de esa seguridad y necesario sustento de que los despojó el capitalismo, con su régimen esencial de libertad.

    Esos tres factores en el proletariado actual, que constituye la gran masa del Estado, representa en Inglaterra el 95% de la población.
    Respecto al primer factor ha cambiado rápidamente el recuerdo de los que hoy viven, los tradicionales derechos de propiedad aún se mantienen con fuerza en la conciencia de los ingleses pobres, y todas las connotaciones morales del mismo les son familiares.
    Están acostumbrados a considerar el robo como algo malo, y se aferran a cualquier migaja de propiedad que les caiga, eventualmente, en las manos. Cualquiera puede explicar lo que signfican los términos propiedad, herencia, trueque, donación e incluso contrato. Todos pueden colocarse, mentalmente, en posición de propietarios.
    Aunque la experiencia efectiva de propiedad y el efecto de tal experiencia en el carácter y la concepción del Estado son cosas diferentes.

    Pero las leyes de educación del último siglo hizo que las últimas generaciones se desarrollaran como generaciones, irremediablemente, proletarias y el instinto, el uso, la significación de la propiedad se han perdido actualmente para ella, lo que ha causado dos efectos muy poderosos en el proletariado y cada uno de ellos crea en los modernos asalariados la propensión a ignorar las viejas barreras que separan un régimen de servidumbre de uno de libertad.
    El primero es que ya no buscan la propiedad, ni tan siquiera la consideran asequible.
    El segundo que miran a los dueños de la propiedad como una clase aparte, a la que deben obedecer en última instancia, frecuentemente envidiar y en ocasiones odiar. Y el derecho moral a ocupar una posición tan singular sería negado vigorosamente por muchos de ellos. Aceptan su posición como un hecho social notorio y permanente, cuyos orígenes han olvidado y cuyo fundamento tienen por inmemorial.


    En resumen, la actitud actual del proletariado en Inglaterra, es decir, la inmensa mayoría de familias inglesas tienen una actitud, respecto de la propiedad y aquella libertad que concedía, que ha dejado de ser una actitud de experiencia o expectación. Se consideran a sí mismos como asalariados y el aumento del estipendio semanal de los asalariados es un objetivo que aprecian y persiguen intensamente, en cambio, el de la liberación de su condición de asalariados les parecería enteramente al margen de la realidad y practicidad de la vida.

    ¿Qué diremos del factor segundo, de la probabilidad aleatoria que el sistema capitalista, con su régimen necesario de libertad, de capacidad legal para negociar sin limitaciones, etc. otorga al proletario de evadirse de su medio?
    Pues que si bien no ha desaparecido, en cambio ha perdido mucha de su fuerza en las últimas décadas. Los hombres dicen, refiriéndose a ella, a favor o en contra del sistema capitalista, que esa posibilidad de cambiar de clase ciega al proletariado eliminando toda conciencia común de clase. Aún hay ejemplos de proletarios, que ellos conocieron, que se encumbraron (generalmente mediante diversas formas de la infamia) a posición capitalista.

    La conciencia de cambio de los obreros actuales es sumamente remota, millones de hombres, especialmente en minas y transporte, han renunciado completamente a tal esperanza. Por insignificante o exagerada que sea la probabilidad la opinión general de los obreros es que se ha vuelto insignificante.
    El proletario actual se considera definitivamente proletario, y destinado a no ser otra cosa.

    Estos dos factores, recuerdo de un régimen anterior de libertad económica y los efectos de una esperanza que pudiera concebirse por el proletariado para cambiar de clase, los dos factores que podrían actuar como frenos más eficaces de la aceptación del Estado Servil se han desvalorizado en tal medida que no ofrecen más que una ínfima resistencia al tercer factor en juego y que tanto favorece el advenimiento del Estado Servil, la necesidad de seguridad y medios de subsistencia.

    Hogaño el único que requiere una consideración seria es el tercer factor, nos preguntamos hasta qué punto pueden estar dispuestos a admitir el cambio el material sobre el que actúa la reforma social: la masa del pueblo.
    La cuestión puede plantearse de varias formas, una sería si a los millones de familias que hoy viven de un salario se les propusiera un contrato vitalicio de tabajo que les garantizase la perpetuidad del empleo, con el salario íntegro que cada uno considere que gana normalmente ¿Cuántos lo rechazarían?
    Tal contrato implicaría una pérdida de libertad, en realidad no sería un contrato sino la negación del mismo abrazando un estatus. El hombre al que comprometiera se hallaría sujeto a una obligación de trabajar, quiéralo o no, de acuerdo con su máxima capacidad. Significaría la renuncia permanente de su derecho a los excedentes generados por su trabajo.
    Si nos preguntamos cuántos hombres, cuántas familias preferirían la libertad con la inseguridad que conlleva y su posible penuria, la respuesta es que habría pocos rechazos a tal contrato. Y esta es la clave de todo el asunto.

    Desde otro ángulo ¿Qué es lo que temen los hombres en un Estado Capitalista?: el despido, al preguntarse por qué se resisten infamias, multas y deducciones contra las que lo protegen, teóricamente, las leyes, por qué no pueden hacer valer su opinión en tal o cual asunto, etc.
    La respuesta es siempre la misma, el temor a perder el trabajo.
    Por segunda vez en la historia de Europa la ley privada se impone a la pública y las sanciones de que pueden echar mano el capitalista para imponer su norma particular, por obra de su voluntad particular, son más fuertes que las que pueden infringir los tribunales públicos.
    Desde otro ángulo, si se sanciona una ley que eleva la remuneración total de un obrero, o le ofrece garantías contra la inseguridad. La aplicación de dicha ley requiere, una investigación de las condiciones de vida de cada uno de los trabajadores a cargo de funcionarios públicos, y por otra, la administración de sus beneficios por el capitalista particular (o grupo de ellos) a los que enriquece el obrero con su trabajo.
    Las condiciones serviles que acompañan a ese beneficio material ¿impiden hoy a un proletario preferirlo a la libertad?, es notorio que no.

    Independientemente del ángulo desde el que se observe, la conclusión es la misma, la gran masa de asalariados en la que se asienta la sociedad actual miran como un bien todo lo que aumente sus ingresos presentes y le pongan a cubierto de la inseguridad. Entienden y acogen bien estas medidas, y están dispuestos a pagar por el mismo el precio correspondiente de regulación que llevarán sus patrones.

    Si sustituyéramos el término empleado por el de “siervo” y el de empleador por “amo” la simple grosería de los términos podría originar una revuelta.
    Si se impusieran de golpe e íntegramente en la Inglaterra moderna las condiciones anexas a un Estado Servil también se originaría una revuelta.
    Pero no hay revuelta alguna cuando tienen que echarse los cimientos del régimen y dar los primeros pasos en gran escala, al contrario, los pobres asienten y hasta, en su mayor parte, se muestran agradecidos.

    Tras el período de terror por el que pasaron (por una libertad no acompañada por la propiedad), divisan, a expensas de la pérdida de una libertad meramente legal, la perspectiva nada ficticia de tener lo suficiente y no perderlo.

    Todas las fuerzas contribuyen en esta fase final de la perversa sociedad capitalista a favorecer el advenimiento del Estado Servil.

    El reformador generoso es encauzado hacia él, también el desprovisto de generosidad, la grey de hombres “prácticos” halla en cada etapa de su instauración las medidas “prácticas” que esperaba y reclamaba; y la masa proletaria que soporta en carne propia el experimento, ha perdido la tradición de la propiedad y de una libertad capaz de resistir los cambios, y se siente inclinada con gran fuerza a aceptarlo en virtud de los positivos beneficios que confiere.

    Aunque muchos piensan que todo eso es cierto, objetan, no obstante, que en virtud de tales razones teóricas, nadie piensa que estemos cerca del Estado Servil. No tenemos que creer en su advenimiento mientras no se vean los primeros efectos de su acción.
    Pues bien, ya se pueden percibir tales efectos, en la Inglaterra industrial de nuestros días, el Estado Servil ha dejado de ser una amenaza para cobrar existencia positiva. Se halla en curso de instauración y sus primeros rasgos básicos ya están trazados, y su piedra fundamental colocada.







    6ª Parte : LA ESCLAVITUD YA ESTÁ VIGENTE Y SIGUE IMPONIÉNDOSE.
    La aparición efectiva del Estado Servil es ya un hecho en algunas leyes y proyectos que son muy familiares a la sociedad industrial de nuestra moderna Inglaterra.

    Estas leyes y proyectos de las mismas son datos patentes que abonan el argumento y muestran que está fundado, no en meras deducciones teóricas, sino en la observación de los hechos.
    Hay dos formas de esta prueba evidentes:
    Primera: las leyes y proyectos que someten al proletariado a un régimen servil.
    Segunda: el hecho de que el capitalista, lejos de ser atacado por los experimentos “socialistas” modernos se ve confirmado en su poder.

    Se examinan estas dos formas en su orden y empezamos preguntando en qué leyes o proyectos se manifestó primero entre nosotros el Estado Servil.

    Una falsa concepción del tema podría inducir a fijar los orígenes del Estado Servil en las restricciones impuestas a determinadas formas de industria manufacturera y en las correspondientes obligaciones impuestas al capitalista en favor de sus obreros. Las leyes industriales, como las vigentes en este país, parecerían suministrar un punto de partida a esta visión errónea y superficial de las cosas.
    No hay tal, la visión es errónea y superficial por dejar de lado los elementos fundamentales del hecho.

    Lo que distingue al Estado Servil no es la interferencia de las leyes e la actividad de un ciudadano cualquiera, aunque sea en relación a las cuestiones industriales, pues tal interferencia puede indicar, (como no hacerlo), la presencia del Estado Servil.
    Así no indica de ninguna forma la presencia de ese estatus cuando se prohíbe que una especie determinada de actividad humana sea emprendida por el ciudadano en cuanto ciudadano.
    Así, si dice el legislador “se permite cortar rosas; pero en cuanto sepa que alguien se ha lastimado alguna vez con las espinas, lo meteré preso, a no ser que las corte con tijeras de 122 mms de largo por lo menos; y nombraré mil inspectores para que recorran el país observando si se cumple con la ley. Mi cuñado estará al frente de la inspección con 2.000 libras de sueldo al año
    Todos estamos habituados a este tipo de leyes, y también a los argumentos en contra y a favor que se presentan en cada caso particular. Podemos considerarlas gravosas, fútiles o beneficiosas, lo que sea; según los diversos temperamentos. Pero no entran en la categoría de leyes serviles porque no establecen distinción entre dos clases de ciudadanos, caracterizando a una y otra como legalmente distintas de acuerdo con un criterio de trabajo manual o de réditos.

    Y esto se aplica incluso al tipo de reglamentaciones como las que obligan a una hilandería de algodón, por ejemplo, a disponer de no menos de tantos metros cúbicos por cada operario, y a establecer tales y cuales dispositivos de protección en las máquinas peligrosas. Estas leyes no se ocupan de la naturaleza, ni del monto, ni siquiera de la existencia de un contrato de trabajo.
    Así, por ejemplo, la finalidad de una ley que obliga a rodear de una barandilla determinadas máquinas es sencillamente de protección de la vida, con abstracción de que el hombre protegido sea rico o pobre, capitalista o proletario.
    Estas leyes pueden tener por consecuencia, en la realidad, que el capitalista sea responsable del proletariado, pero no responsable en cuanto capitalista, así como tampoco es protegido el proletario en cuanto proletario.
    Lo establecido de esta forma sería meramente accidental, la finalidad y la forma de aplicación de la ley no toman en cuanta distinción alguna entre los ciudadanos.

    Aunque en las leyes industriales pueden descubrirse, en cambio, algunos puntos, detalles y frases, que implican en el fondo la existencia de una clase capitalista y otra proletaria. Pero si consideramos tales leyes en su conjunto y el orden en que fueron sancionadas, sobre todo los móviles generales y los términos que determinan cada ley principal, a fin de decidir si tales casos de interferencia constituyen o no un punto de origen del Estado Servil.
    La conclusión es negativa. Esa legislación puede ser en cualquier grado opresiva o necesaria, pero al no instaurar el estatus en lugar del contrato, no es servil.

    Tampoco serán serviles esas leyes que en la práctica se aplican a los pobres y no a los ricos. La ley exige, en teoría, que todo ciudadano haga impartir a sus hijos la instrucción obligatoria. La mentalidad vigente en la plutocracia, naturalemente, exime del cumplimiento de esta ley a los que sobrepasan cierto nivel de riqueza. Pero la ley comprende a la generalidad de la nación, y todas las familias que vivan en Gran Bretaña están sujetas a sus estipulaciones.

    Estos no son los orígenes. Un origen verdadero de la legislación servil (que atañe al estatus) lo encontramos más tarde.
    El primer caso de legislación servil que se encuentra en el Registro de Leyes es el establecimiento de la responsabilidades personales en su forma actual.
    No decimos que esta ley haya sido sancionada, como comienzan a serlo las leyes modernas, con el fin directo de establecer un nuevo estatus, aun cuando fue sancionada con cierta consciencia por parte del legislador de que ese nuevo estatus se encontraba ya en vigor como hecho social. Sus móviles fueron meramente humanos, y el alivio que produjo pareció estrictamente necesario entonces; pero constituye también un ejemplo aleccionador del modo en que una ligera omisión de la doctrina estricta y una leve tolerancia de lo anómalo hacen posible la producción de grandes cambios en el Estado.

    En toda comunidad ha existido siempre, fundada en el sentido común, la doctrina legal de que si un ciudadano, en virtud de un contrato, se encontraba respecto a otro en posición tal que debía efectuar determinados trabajos para cumplirlo, y si tales trabajos irrogaba perjuicios a un tercero, el responsable no era el autor directo, sino el que indicó la realización del trabajo causante de los mismos.
    La cuestión es sutil, pero también, fundamental. Por lo pronto, no implicaba distinción alguna de estatus entre empleador y empleado.
    El ciudadano A ofrecía al B una bolsa de trigo si éste le araba un terreno que podía producir más, o no, de una bolsa de trigo. Naturalmente A confiaba en que produjera más, y esperaba el excedente, si no, no hubiera hecho el contrato con B. Pero, de cualquier manera, B firmó el convenio y, en su calidad de hombre libre, capaz de contratar, estaba obligado (desde que acepta) a cumplir su parte.
    Mientras B trabaja cumpliendo su parte, el arado que maneja destruye un tubo que, según convenio, conduce agua a C a través del campo de A. Aquél sufre un perjuicio y para recupear el equivalente del mismo sólo puede actuar, conforme a la justicia y el sentido común contra A, pues B trabajaba bajo plan e instrucciones de A.
    C es un tercero que nada tenía hacer con tal contrato y, posiblemente, no podía obtener justicia sino de acuerdo con las probabilidades de que lo indemnizara A, verdadero autor del daño involuntariamente causado, puesto que trazó el plan de trabajo de B.
    Pero cuando el perjuicio recae sobre C, en absoluto, sino sobre B, que está haciendo un trabajo cuyos riesgos conoce y asume voluntariamente, la cuestión cambia totalmente.

    A contrata con B que éste labrará un terreno por una bolsa de trigo. Tal operación implica determinados riesgos, que son conocidos. B, si es un hombre libre, asume tales riesgos con plena consciencia. Puede, por ejemplo, torcerse la muñeca al girar el arado, o recibir una coz del caballo. Si, en virtud de tal accidente, A es obligado a indemnizar a B, una diferencia de estatus queda de inmediato reconocida.
    B se comprometió a efectuar un trabajo que, según todas las teorías del contrato libre, representaba con sus riesgos y su desgaste de energías, a los ojos de B, el equivalente de una bolsa de trigo; sin embargo, se sanciona una ley que dice que B puede obtener más que esa bolsa si se hace daño.

    No hay un derecho correlativo de A contra B. Si el empleador sufre un perjuicio por tal accidente ocurrido a su empleado, no está autorizado a cercenar la bolsa de trigo, aunque ésta se consideró en el contrato como el equivalente de cierta cantidad de trabajo por realizar y el cual no se ha realizado.
    A no tiene acción legal alguna contra B, a menos que éste sea culpable de negligencia o descuido. En otro términos, el mero hecho de que un hombre trabaje, y el otro no, es el principio básico en que se funda la ley, y ésta dice: “Ud. no es un hombre libre que celebra un contrato libre con todas sus consecuencias. Ud. es un obrero, y por consiguiente, un inferior: Ud. es un empleado; y tal estatus le confiere una posición especial que no sería reconocida en el otro contratante”.

    Aún se extrema más el principio cuando se responsabiliza al empleador de un accidente que le ocurre a uno de sus empleados por causa de otro empleado.
    A dará a B y D un saco de trigo a cada uno si le cavan un pozo. Las tres partes conocen los riesgos y los aceptan en el contrato. B deja escapar la cuerda por la que bajaba D.
    Si los tres hombres tuvieran el mismo estatus, D tendría que actuar, evidentemente, contra B. Pero en la Inglaterra de hoy no tienen el mismo estatus pues B y D son empleados, y se hallan, por tanto, en una posición especial e inferiro ante la ley, si se los compara con el empleador A.
    La acción de D, en virtud de este nuevo principio, no se dirigirá contra B, que lo hirió accidentalmente mediante un acto personal (por involuntario que fuera) del que tendría que responder si fuera un hombre libre. Sino contra A, que es totalmente inocente del percance.

    En todo caso se muestra que A tiene obligaciones específicas, no porque sea un ciudadano, sino porque es algo más: un empleador; y B y D tienen derechos especiales contra A, no porque sean ciudadanos, sino porque son algo menos: empleados. Pueden reclamar protección de A, como los inferiores reclaman a un superior en un Estado que admite tales distinciones y el patronato.

    El lector pensará enseguida que en nuestro régimen social vigente el empleado quedaría muy agradecido a tal legislación. Un obrero no puede ser indemnizado por otro, sencillamente porque el otro no tiene con qué responder de los perjuicios causados ¡Qué sea el rico el cargue con el fardo!

    Estupendo, pero no se trata de eso. Tal argumentación equivale a decir que las leyes serviles son necesarias para resolver los problemas suscitados por el capitalismo; no por eso, empero, dejarán aquéllas de ser leyes serviles, las cuales no podrían existir en una sociedad en que la propiedad estuviera bien repartida y en que un ciudadano pudiera indemnizar normalmente los daños que hubiera causado él mismo.

    Estas leyes se asientan sobre el concepto de estatus considerando dos casos paralelos, uno se refiere a los obreros, el otro a la clase de los profesionales. Si yo me comprometo con un editor, en virtud de un contrato, a escribir una historia completa del condado de Rutland, y en la ejecución de tal labor, mientras examino algunos objetos de interés histórico, caigo en un pozo, no tengo acción alguna posible contra el editor.
    Pero si me pongo un mono de trabajo, y el mismo editor, cándidamente, me contrata durante un mes para que limpie sus estanques, y durante la faena me hiere un pez carnívoro, tendrá que abonar una cantidad a mi favor.

    Este primer hilo, aunque de interés histórico como punto de partida, no es de importancia definida para el estudio de la implantación del Estado Servil, en comparación con la gran cantidad de proyectos posteriores, algunos de los cuales son ya leyes y otros que están a punto de serlo, y que reconocen de modo definido el Estado Servil:
    - el restablecimiento del estatus en lugar del contrato, y
    - la división universal de los ciudadanos en dos categorías: empleadores y empleados.


    Estos fenómenos merecen una consideración muy distinta, pues representarán para la historia la introducción CONSCIENTE y DELIBERADA de las instituciones serviles en el viejo ESTADO CRISTIANO.
    No son orígenes, pequeñas señales de un cambio futuro que el historiador descubrirá sino los CIMIENTOS ACEPTADOS DE UN NUEVO ORDEN, planeado deliberadamente por unos pocos y confusamente admitidos por la mayoría, como la base sobre la cual se levantará UNA SOCIEDAD NUEVA Y ESTABLE en reemplazo de la inestable y pasajera etapa CAPITALISTA.

    Estos hechos se pueden dividir genéricamente en tres categorías:

    Primera: disposiciones en virtud de las que se mitigará la inseguridad del proletario por obra de la patronal, o del proletariado mismo, que actuará bajo coacción.

    Segunda: disposiciones en virtud de las que el empleador será obligado a abonar no menos de cierta cantidad mínima por todo trabajo que pueda comprar.

    Tercera: disposiciones que obliguen a trabajar al hombre que no posea medios de producción, aunque no haya celebrado ningún contrato en tal sentido.

    Los hechos de las dos últimas clases son complementarios. Los de la primera (disposiciones paliativas de la inseguridad del proletariado) ya hay ejemplos en la legislación vigente actualmente (Ley de Seguros que sigue las directivas de un Estado Servil en todos sus detalles):

    a) su criterio fundamental es el empleo. En otros términos, estoy obligado a afiliarme a un plan que me proteja de los accidentes de enfermedad y desempleo, no porque sea ciudadano, sino sólo:
    * si cambio trabajo por bienes,
    * si recibo menos de una cantidad determinada de bienes por dicho trabajo,
    * si soy un individuo común que trabaja con sus manos.

    La ley excluye, cuidadosamente, de sus estipulaciones las formas de trabajo a que se dedican las clases educadas y, por tanto, poderosas, y además excluye de la obligación de trabajar a todos los que por el momento ganan lo suficiente para constituir una clase susceptible de ser considerada económicamente libre.
    Si soy un escritor que, en caso de enfermar, dejaría en la mayor penuria a la familia que sostengo. Si el legislador tuviera en cuenta las costumbres de los ciudadanos, tendría que estar comprendido en la ley, puesto que existía un seguro obligatorio que pagaría con mis impuestos. Pero el legislador no toma en cuenta a la gente así, sino solamente a un nuevo ESTATUS cuya presencia reconoce en el Estado: los PROLETARIOS. Se representa al proletario, no muy exactamente, como hombre pobre, o si no pobre, de todos modos como una gente vulgar que trabaja con sus manos, y legisla de acuerdo a eso.

    b) impone a la clase capitalista la obligación de fiscalizar al proletariado y cuidar que la ley se cumpla. Es un punto de gran importancia. El futuro historiador, sea cual sea su interés en los primeros signos de la profunda revolución pro la cual estamos pasando tan rápidamente, se detendrá en este punto, hito cardinal de nuestros tiempos.
    El legislador que examina el Estado Capitalista propone, para remediar algunos de sus males, el establecimiento de dos categorías de ciudadanos en el Estado, empujo a los que están abajo a registrarse, pagar un impuesto, etc. y además fuerza a los que están arriba a que sirvan de agentes para hacer cumplir tal registro y recaudar tal impuesto.
    Nadie que conozca la manera en que ocurrieron todos los grandes cambios del pasado (sustitución del derecho del proletariado romano a la tierra por la posesión, o la del siervo de la Alta Edad Media por el labriego medieval) puede equivocarse sobre el significado de ese punto decisivo en nuestra historia.
    Que llegue a su pleno desarrollo o que una reacción lo destruya, es otro asunto. El mero hecho de que sea propuesto es de la máxima importancia en el estudio que hacemos.


    De los puntos siguientes, la fijación de un salario mínimo y la obligación de trabajar (actos complementarios) ninguno se ha presentado, aún, en la legislación positiva, pero ambos están en proyecto, ambos elucidados, ambos tienen poderosos abogados y ambos se encuentran a punto de convertirse en leyes.

    La fijación de un SALARIO MÍNIMO, con una suma establecida precisamente por ley (aún no se había incorporado a la legislación: septiembre 1912) pero ya se ha dado el primer paso en tal sentido con la sanción legal de algunos hipotéticos salarios mínimos a que llegarán.
    La ley no dice “ningún capitalista pagará a un obrero menos de tantos chelines por tantas horas de trabajo” sino “habiendo llegado las comisiones locales a fijar cifras, todos obrero que trabaje en la jurisdicción de cada comisión puede exigir, fundado en la ley, la suma mínima establecida en tales comisiones”
    El paso siguiente, natural y fácil, determinará una escala variable de remuneración del trabajo según los precios y el rendimiento del capital. Ambas partes obtendrán así lo que reclaman: el capital, una garantía de que no se producirán disturbios; el trabajo: seguridad y sustento.
    Todo el asunto constituye en pequeña escala una lección práctica de este movimiento general, característico de nuestro tiempo, que lleva del contrato libre al estatus y del Estado Capitalista al Servil:
    - el menosprecio de antiguos principios, tachados de abstractos y doctrinarios,
    - la necesidad de que ambas partes queden, inmediatamente, satisfechas,
    - la consecuencia imprevista pero evitable de que tales necesidades son satisfechas en tal forma.
    Estos fenómenos visibles en el régimen iniciado y constituyen las fuerzas típicas que originan el Estado Servil.


    Examinemos la naturaleza de tal régimen en su aspecto más considerable.
    El proletario acepta una posición en que produce para el capitalista un total determinado de valores económicos, y de este total sólo retiene una parte, dejando al capitalista todo el excedente.
    El capitalista, a su vez, ve garantizada contra todos los peligros de la envida social su permanente y segura expectativa de tales excedentes; mientras el proletariado ve garantizada su subsistencia diaria y la seguridad de que ésta no le faltará en el futuro; pero por el propio efecto de esa garantía se ve despojado de la facultad de negarse a trabajar y de aspirar a poder apropiarse de los medios de producción.

    Estos planes dividen a los ciudadanos en dos clases: Capitalistas y Proletarios, imposibilitando a estos para combatir los privilegios de aquellos e introduciendo en la legislación positiva de la sociedad un reconocimiento de los hechos sociales que dividen ya a los ingleses en dos grupos: los económicamente libres y los menos libres económicamente. E imponen, con la autoridad del Estado, una nueva institución en la sociedad.
    Se reconoce que ésta no consta ya de hombres libres que pactan libremente en materia de trabajo o en lo relativo a cualquier otro bien que se halla en posesión, sino de dos estatus que contrastan: poseedores y desposeídos.
    A los primeros no se les debe permitir que dejen sin subsistencia a los segundos; pero a éstos no se les permite que obtengan el dominio de los medios de producción, privilegio de los primeros.


    Cuando el Parlamento debatió este primer experimento de salario mínimo ¿Cuál fue el resultado del debate? ¿En qué insistieron más fervientemente los reformadores?
    ¡No en que los obreros tuvieran abierto un camino que los llevara a la posesión de los medios de producción, ni siquiera que tal posesión fuera estatal, sino en que el salario mínimo se fijara en determinado nivel satisfactorio! Y ese fue el punto central de la disputa.
    El hecho de que ese punto sea el central del debate, es decir, meramente la seguridad y suficiencia del salario, y no la SOCIALIZACIÓN de los medios de producción ni el acceso del proletariado a los mismos, es significativo sobre las fuerzas, irresistibles, que se encaminan hacia el Estado Servil.

    No hubo intento alguno del capitalista de imponer condiciones serviles, ni del proletariado de resistirlas. Ambos estaban de acuerdo sobre ese cambio fundamental. La discusión no giró en torno al nivel mínimo de subsistencia que debía asegurarse, punto que se hizo pasar por alto, pues se dio por supuesto, el establecimiento de algún mínimo en cualquier caso.

    Juzgando los actos y palabras no hay nada parecido a un plan general de implantación de un salario mínimo a toda la comunidad. Un plan de esa índole equivaldría a la instauración del Estado Servil, pero el pricipio se extiende de forma fraccionada. Luego legisladores miopes, enfrascados más en resolver problemas inmediatos, aprobarán una tras otra medidas que irán generalizando el hecho. El principio se extenderá sector tras sector.

    El Estado dice al siervo: “me he preocupado de que reciba tanto cuando no tenga empleo, ahora veo que en algunos casos aislados mis providencias, dan por resultado que reciba más cuando está desempleado que cuando trabaja. Además en muchos casos aunque reciba más cuando trabaja, la diferencia no es bastante como para tentar a un holgazán a que busque empleo, encontraré remedio a esto”

    Y el pago de una cantidad establecida durante el desempleo conduce, inevitablemente, al estudio, la determinación, y la imposición de un salario mínimo.
    El hecho de que el Estado tenga estadísticas de salarios en amplios sectores (todos) industriales, no con finalidad meramente estadística, sino práctica, y que el Estado haya empezado a amalgamar la acción de la ley positiva y la coacción con el sistema anterior del libre contrato, significa que hoy su influencia gravita totalmente en favor de la regulación.

    ¿Cómo el principio del salario mínimo forma parte de la progresión hacia el Estado Servil?
    Porque el salario mínimo implica, en reciprocidad, el principio del trabajo obligatorio aunque la relación entre ambos puede no ser clara a primera vista
    por lo que debemos más que darla por sentada razonarlo.

    Hay dos vías en que la política global de imponer por ley el derecho del proletariado a la seguridad y el necesario sustento pueden deparar una política correspondiente de trabajo obligatorio.
    Primera: la presión de los tribunales sobre una de las partes involucradas en el pago y cobro del salario mínimo.
    Segunda: la necesidad de la sociedad, una vez se ha aceptado el principio del salario mínimo, anexo al principio de seguridad y necesario sustento, de fiscalizar a los que el salario mínimo excluye delárea de ocupación normal.

    En cuanto a la PRIMERA un grupo proletario ha celebrado un convenio con un grupo capitalista para producir para éstos diez unidades de valor en un año; está conforme en recibir en pago seis unidades de valor quedando cuatro para los capitalistas como excedentes.
    Se ratifica el convenio, los tribunales tienen facultades para exigir el cumplimiento.
    Si los capitalistas, mediante alguna artimaña (multas, quiebra de su palabra, etc.) pagan menos de seis unidades en salarios, los tribunales tienen que disponer de algún poder para controlarlos. Ha de haber alguna sanción anexa a la prescripción legal, una facultad de castigar (para obligar).
    Recíprocamente si los servidores quebrantan el convenio y dejan de trabajar exigiendo siete unidades (en vez de las seis pactadas) los tribunales han de disponer de algún poder para dominarlos y castigarlos.
    Si el convenio fuera por un plazo efímero o, rigiera solamente durante un tiempo razonable, sería exagerado decir que cada caso particular de coacción ejercida contra los obreros es un caso de trabajo obligatorio. Pero si el sistema se prolonga por años, que la industria lo acepte como algo normal y sea admitido como hábito en la concepción habitual de regular su vida, el asunto se transformaría, inmediatamente, en un sistema de TRABAJO OBLIGATORIO y ocurriría en las actividades en que el salario fluctúa poco

    Basta recordar cómo en nuestra sociedad industrial actual los hombres pueden dominarse con simples y leves amenazas pues la masa proletaria se ha acostumbrado a vivir semana tras semana bajo el peligro del despido por lo que se ha vuelto sumisa y dispuesta ante la amenaza de la menor reducción de salarios que apenas permiten subsistir.
    Y tampoco el que los tribunales impongan el cumplimiento de tales contratos (o cuasi contratos) constituye el único móvil.
    El obrero ha sido obligado, por ley, a deducir determinadas sumas de su salario en concepto de seguro contra el desempleo, pero ya ha dejado de ser el que decide sobre el modo como se usarán las mismas. No está en su poder, ni siquiera en el de alguna sociedad que pueda él fiscalizar realmente. Las sumas así descontadas están en poder de un funcionario del gobierno (“aquí hay un trabajo para Ud. a 25 chelines semanales, sin lo acepta, perderá indefectiblemente todo derecho al dinero que obligatoriamente se le dedujo. Si lo acepta, esa suma seguirá a su disposición, y cuando su paro no se deba, a mi parecer, a su negativa a trabajar, le permitiré recibir una parte de ese dinero, de otro modo no”)
    Y con estos mecanismos de coacción marcha todo ese cúmulo de registros y fichas personales del empleo y las bolsas de trabajo. El funcionario tendrá la facultad de hacer cumplir los contratos particulares, o de obligar a los individuos a trabajar bajo pena de multa, sino que también dispondrá de una serie de dossieres con los que sabrá los antecedentes de cada obrero. Nadie podrá escapar, todos estarán planificados y regulados.

    También hay el azote del recurso del “arbitraje obligatorio”, constituye una admisión franca a la servidumbre total y definitiva.

    Así comprobamos que el trabajo obligatorio es una consecuencia directa y necesaria de haberse establecido un salario mínimo y haberse catalogado el trabajo según una escala.

    En cuanto a la SEGUNDA es igual de clara. En la producción de trigo el hombre sano y diestro que puede producir diez medidas, está obligado a trabajar por seis. El capitalista está obligado a contentarse con cuatro.
    La ley lo castigará si paga menos.
    ¿Qué pasa con el obrero que no tiene fuerza o destreza bastante para producir seis medidas? ¿se verá forzado el capitalista a pagarle más de lo que realmente produce?
    No. La estructura íntegra de la producción, erigida en la etapa capitalista permanece intacta entre las nuevas leyes y costumbres. La ganancia sigue siendo una necesidad. Si se la destruye o si la ley impusiera una pérdida, estaría en contradicción con el espíritu que inspiró estas reformas que se emprendieron para implantar la estabilidad y “conciliar” los intereses del capitalismo y proletariado.
    Sería imposible obligar al capital a soportar pérdidas por un obrero que no merece ni el salario mínimo sin producir una ruina general. ¿Cómo se eliminará esa inseguridad e inestabilidad?
    Sostener al obrero gratuitamente, porque no puede ganar el salario mínimo, cuando el resto de la sociedad trabaja por un salario garantizado, significa premiar la incapacidad y la pereza. Hay que habilitar al obrero para trabajar. Hay que enseñársele (si es posible) a producir el nivel mínimo de subsistencia, mantenido en el trabajo aunque no produzca el mínimo para que su presencia, como trabajador libre, no ponga en peligro el plan integral del salario mínimo ni introduzca inestabilidad. De aquí que esté sujeto, necesariamente, al TRABAJO FORZADO. Esta forma de coacción aún no está establecida legalmente, pero es una consecuencia inevitable.
    Se fundará la “Colonia de Trabajo” (eufemismo, necesario en toda transición, de prisión forzada de trabajo) se fundará para absorber este sobrante, y como otra forma de compulsión.

    La verdad complementaria de que lo que debería ser la esencia misma de la reforma colectivista, o sea, la transferencia de los medios de producción de manos de los propietarios particulares a los funcionarios públicos, no se tiene en la mira en ninguna parte. Al contrario, todos los experimentos “socialistas” en materia de municipalización y nacionalización no hacen más que acrecentar la subrodinación de la comunidad a la clase capitalista.

    Para probarlo basta observar que cada uno de esos experimentos se lleva a cabo mediante un empréstito. Ahora bien, ¿qué significan en la realidad económica estos empréstitos municipales y nacionales emitidos para adquirir algunos pequeños sectores de los medios de producción?
    Determinados capitalistas poseen cierto número de medios de producción (rieles, vagones, etc.) Hacen trabajar con estos elementos a lagunos proletarios, y el resultado es una suma de valores económicos. Si los excedentes que obtienen los capitalistas, tras de aprovecharse de la subsistencia de los obreros, ascienden a 10.000 libras al año. Todos nosotros sabemos cómo se “municipaliza” un servicio de esa clase.
    Se emite un empréstito que devenga un “interés” y a cuyo pago se hace frente mediante un “fondo de amortización”
    Ahora bien ese empréstito no se ha efectuado en realida en dinero, si bien sus condiciones están expresadas en él, simplemente es un préstamo de los vagones, rieles, etc. de los capitalistas a la municipalidad. Y además los capitalistas exigen, antes de aceptar el trato, la garantía de que sus antiguas ganancias les serán pagadas, íntegramente, amén de otra suma anual, que al cabo de cierto tiempo representará el valor originario de la empresa cuando fue transferida. Esas sumas (fondos de amortización) y los antiguos excedentes cuyo pago continúa (interés).

    En teoría pueden adquirirse así algunos pequeños sectores de los medios de producción, que estarán, entonces, socializados.
    El fondo de amortización (pago a plazo de las instalaciones compradas a los capitalistas) podría cubrirse tomando los recursos del producto de los impuestos generales que paga la comunidad.
    Los intereses pueden cubrirse con las ganancias reales mediante la administración de los tranvías.
    Al cabo del período, la comunidad será dueña de los tranvías que dejarán de ser explotados por el capitalismo, por haberse comprado la parte del capitalismo con sus rentas comunes, y habrá llevado un pequeño acto de “socialización” pues el dinero pagado en la operación se habrá gastado y no guardado o invertido nuevamente por los capitalistas.
    Pero hay tres circunstancias que se oponen, incluso a estas minúsculas expropiaciones:
    · los materiales son vendidos siempre a mayor valor que el real.
    · la compra incluya material improductivo.
    · el préstamo siempre va más rápido que el reembolso.
    Estos tres factores adversos, en la práctica, remachan el dominio capitalista sobre el Estado. Y eso considerando inversiones productivas, pues también se hacen estas operaciones con bibliotecas, monumentos, etc. Casi todas estas operaciones acaban fracasando por ser elementos a punto de entrar en obsolescencia.

    El resultado, en toda Europa, de estos experimentos municipales y estatales, tuvieron como consecuencia un ENDEUDAMIENTO CRECIENTE al capital, a un ritmo equivalente al doble (sin llegar al triple) del coeficiente de reembolso.
    El interés que el capital exige, con una absoluta indiferencia por la productividad o improductividad del préstamo asciende a más del 1,5 % en exceso sobre lo producido por los diversos experimentos, incluyendo los más afortunados y lucrativos (ferrocarriles estatales de varias naciones).

    El capitalismo salió ganando con estas formas de seudosocialismo, como en cualquier otra operación. Y las mismas fuerzas que en la práctica impiden la confiscación proceden de forma que el intento de encubrir dicha confiscación mediante la expropiación fracase y se vuelva contra los que no tuvieron el valor de atacar de frente al privilegio.

    Estos y otros muchos ejemplos muestran como el COLECTIVISMO, al intentar realizarse sólo consigue robustecer la posición capitalista y cómo las leyes han comenzado a imponer el estatus servil al proletariado.

    El futuro de la sociedad industrial, en particular la británica, si se deja librado a su propia dirección, es un futuro en que el proletariado tendrá garantizada su subsistencia y la seguridad, pero a expensas de su anterior LIBERTAD POLÍTICA, y mediante la instauración de ese proletariado en un estatus servil, sino nominalmente sí de hecho.
    Al mismo tiempo los poseedores tendrán garantizadas sus ganancias, el mecanismo productivos y la regularidad de su funcionamiento, recuperando la estabilidad que habían perdido en la etapa capitalista.


    Las tensiones internas que amenazaban la sociedad capitalista irán relajándose y desaparecerán, y la comunidad se asentará en aquel principio servil que fue su fundamento antes de la llegada de la FE CRISTIANA, principio del cual esta FE LA EMANCIPÓ y al cual vuelve con la decadencia de ésta.
    No tengas miedo al fracaso porque el que nunca ha fracasado es porque tampoco nunca ha intentado nada

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