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Tema: El enemigo verdadero

  1. #1
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    El enemigo verdadero

    EL ENEMIGO VERDADERO



    Salgan Uds. por estas calles y plazas diciendo que esta sociedad tiene las entrañas enfermas y que por esto se está disolviendo, y el que le oiga se tentará el cuerpo y seguirá su camino diciendo:—¡Pse!.... ¡que le hemos de hacer!


    Pero digan Uds.:—¡Esto está mal, no se gana un cuarto!—y ya tienen Uds. conversación para rato, con caras largas y exclamaciones interminables.


    Es que hemos llegado á un tiempo en que se prefiere estar enfermo de alma y cuerpo que de bolsillo. Aunque este achaque es ya antiguo, pues se contrajo cuando el liberalismo vendió su alma y su cuerpo para llenarse los bolsones; esto es, desde su origen y nacimiento, desde que empezó á perderse la fe.


    Lo malo es que hoy, después de tantas bajezas, crímenes é indignidades como ha cometido el liberalismo para lograr esto último, repartir el dinero, despojando á los legítimos poseedores de sus bienes, trastornando las leyes morales de la riqueza y alterando las relaciones ordenadas de las clases sociales, se encuentra enfermo y miserable; porque todo su trabajo ha dado por resultado único empobrecer á la clase alta y media, envilecer á la proletaria y crear un feudalismo del dinero, en cuyo obsequio ha redundado todo el provecho material de la revolución.


    Cuantos extremos se hacen hoy en esta lucha por la vida, esto es, por llenar los bolsillos, se estrellan ante la impotencia. El árbol de las manzanas de oro que plantó la revolución está ya esterilizado por el público; los frutos que, aun cuando menguados, sigue dando, los cogen los jardineros que lo cultivan y tienen cerrada la verja del jardín, y se los reparten amigable ó violentamente.


    Quiere el ciudadano trabajar, y no puede vender lo que produce ó no encuentra en qué emplearse; quiere vivir del producto de sus rentas ó del sudor de su rostro, y se encuentra con que el dios Estado, ó los ministros liberales en su nombre, le exige la mayor parte de lo que gana, y con lo que le resta no puede vivir; quiere dedicarse á una industria ó comercio, y un tratado internacional, una ley ó real orden, que con tanta frecuencia vienen á trastornar los intereses creados, le arruinan; quiere lanzarse á este nuevo mercado abierto por la civilización moderna á los valores fiduciarios y á esa riqueza más ó menos ficticia representada por hojas de papel, y viene el agio, la inmoralidad, lo imprevisto á derribar las fortunas con la misma rapidez con que se levantaron.


    Hoy el pueblo económico viene reduciendo sus términos; para el que tiene consiste en preguntarse: ¿cómo conservaré lo que tengo de modo que pueda vivir con ello?; y para el que no tiene en esta otra: ¿dónde hallaré la manera de vivir? Y no decimos vivir honradamente, porque hasta la manera de vivir deshonradamente se va agotando por el gran número de los que se hacen la competencia en este terreno.


    Un día es la cuestión obrera representada por el anarquismo; otro día es la cuestión de los cambios, otro la de los tratados, otro la de la Bolsa, otro la de los empréstitos, y otro la de los impuestos, las que tienen el privilegio de inquietar los ánimos, porque todas vienen á traducirse por una crisis doble: la del Tesoro público y la de los bolsillos españoles.


    ¿No sería ya hora de empezar á buscar la causa de esta mortal enfermedad para llegar á su destrucción y emprender los únicos caminos de salvación que quedan, si es que los hay practicables?


    Porque nosotros barruntamos que no hay más que uno; precisamente el que á todos causa espanto: la revolución social; pero no una revolución de mentirijillas, sino una revolución radical, profunda, que no deje nada del funesto edificio creado por el error moderno, por el liberalismo. La razón de esto es fácil de comprender.


    ¿Quién ha introducido y entronizado este error en los pueblos? El judaísmo, por medio de la masonería.


    El judaísmo, en su guerra tradicional contra Jesucristo, fué vencido por la civilización cristiana. Para triunfar tenía que destruir esta civilización y crear otra que satisficiera su inflexible anhelo.


    Porque el judaísmo tiene una idea constante: la de poseer la tierra. Pero tiene que luchar contra la maldición del cielo que recibió al cometer el Deicidio; de ahí que sus triunfos no puedan ser definitivos, y en esto está nuestra única esperanza. Hoy se ha hecho demasiado fuerte contra Dios para que no tenga que sentir el poder de su brazo el día en que haya de dejar de ser el castigo de los pueblos que han caído bajo su yugo por haber cedido á sus halagos.


    El judaísmo es enemigo del nombre cristiano; pero no sólo del alma, sino del bolsillo de los cristianos. Quiere perder sus almas y arrebatarles sus riquezas.


    Para lograr lo primero empezó haciendo escribir contra la Religión y halagando al hombre, recordándole sus derechos y entusiasmándole por la libertad. Poco á poco fueron así perdiendo almas; y como en este mundo no se ve lo que es perder el alma, el frenesí ciego de las generaciones arrebatadas por la libertad fué subiendo de grado hasta llegar al ateísmo, al materialismo y á la licencia de todos los vicios.


    Como las redes tendidas por el judaísmo á todas las naciones que aceptaron la revolución por ellos pérfidamente preparada para completar su obra no estaban á la vista de todos, la sociedad no se alarmaba mientras la enfermedad económica no atacaba á los bolsillos de la mayoría.


    No sabemos si todavía lo ven muchos; pero ya irán viendo con claridad que nuestras fortunas están por completo á merced del judaísmo. Nos ha prestado todo el dinero que han necesitado los Gobiernos liberales para pagar sus despilfarros; nos ha ofrecido ferrocarriles, Bancos, fábricas, armamentos y buques; nos ha rodeado de esplendores materiales; explota nuestras minas, juega en nuestras Bolsas, posee nuestras vías férreas, y, por consiguiente, es dueño de nuestro capital y de nuestras rentas.


    Con una jugada de Bolsa arruina ó enriquece, según conviene á sus intereses; se aumentan las contribuciones lo necesario para pagarle los réditos de lo mucho que acredita, y nuestras fincas serán vendidas en su provecho si se retrasan en el pago del impuesto, por exorbitante que sea. Sin el judaísmo no pueden hacer los Gobiernos de España empréstitos de alguna importancia. Con reclamar sus créditos pone en quiebra á cualquier nación, y con echar al mercado sus valores archivados arruina á todo un pueblo.


    ¡Para esto son liberales los que reniegan del nombre de tradicionalistas y odian la antigua legislación cristiana, la independencia gloriosa de la España católica!


    ¡Y todavía no lo ven ó no quieren confesarlo los que hoy son víctimas y esclavos del judaísmo, al que han prestado su concurso con llamarse liberales, ó con su indiferencia han dejado á los Gobiernos entregarnos al judaísmo!


    Conocido, pues, el origen de la enfermedad que nos aqueja, fácil es resumir la situación actual de España diciendo: Estamos bajo el poder del judaísmo, que tras la fe nos quitará el dinero.


    Para librarnos de esta esclavitud no hay más que un medio: adquirir una fuerza de que hoy carecemos, á fin de vencer al Faraón que nos esclaviza.


    Y esta fuerza vendrá, y no faltará el Moisés, que Dios enviará cuando suene la hora de humillar al judaísmo y libertar al pueblo de Dios, como demostraremos otro día.


    El Correo Español (26 de febrero de 1892). «El enemigo verdadero», Luis María de Llauder
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  2. #2
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    Re: El enemigo verdadero

    ¿QUIÉN LO VENCERÁ?

    Sí; ¿quién vencerá al judaísmo, que tiene hoy esclavizado al pueblo de Dios?


    El judaísmo representa una idea; no puede vencerlo, pues, más que otra idea. Es, además, una fuerza; no puede dominarlo, pues, más que otra fuerza. Así es cómo se ha de presentar la cuestión.


    La idea que el judaísmo representa es la idea anticatólica; la idea, pues, que ha de luchar contra él no puede ser otra que, la idea católica.




    Que esta idea católica hoy está vencida en el orden del derecho público de las naciones, en las costumbres, en casi todas las manifestaciones de la vida social; sea. Pero téngase en cuenta que cuanto dure este vencimiento, tanto durará el poder y la tiranía del judaísmo.


    Hoy domina éste por medio de la masonería y del liberalismo. Pues mientras dure esta dominación durarán los males sociales que produce.


    Pero como los males no pueden permanecer estacionarios, siquiera porque la resistencia del enfermo va agotándose, tienen forzosamente que disminuir ó aumentar. Disminuir, los hechos demuestran que esto no es ni puede ser; tienen, por consiguiente, que aumentar.


    Y como á una acción social corresponde una reacción, siempre que aquélla sea violenta, de aquí que la acción deletérea y corrosiva del liberalismo ha de producir una reacción tanto más fuerte cuanto más nociva aquélla sea.


    Esta reacción toma dos formas: una es la reacción hija de la acción, y otra la reacción opuesta á la acción. O sea la anarquista y la católica. Y he aquí cómo hoy se nos presenta otra vez la lucha en el terreno religioso como el alma, el fondo de la cuestión social.


    El Catolicismo fué arrojado de la sociedad por el liberalismo, y ahora se nos presenta otra vez el Catolicismo en lucha contra todos los enemigos de la sociedad, como única salvación que le queda.


    De esto resulta que hoy el judaísmo se encuentra entre dos enemigos que quieren destruirlo: el anarquismo, por él creado, y el Catolicismo, superior y no aplastado, aunque aherrojado por él.


    El primero es enemigo según la carne, esto es, según la lógica y orden natural de los hechos; el otro es enemigo según Dios, esto es, enemigo superior. Desde el momento en que el judaísmo ha separado á los hombres de la obediencia al Evangelio, dejándoles sin esperanzas en una vida mejor, y no ha podido darles la felicidad sobre la tierra que otros poseen y única que les han enseñado á buscar, ha debido crearse enemigos envidiosos y desesperados en el pueblo y en los ambiciosos sin freno.


    A este pueblo le ha tomado hasta aquí por instrumento; ahora el instrumento quiere trabajar por su cuenta; quiere lograr por si mismo lo que halagándole y engañándole le habían prometido los que gobiernan el mundo en nombre de las conquistas de la razón humana libre é independiente.


    La anarquía era imposible que dejara de salir del liberalismo. Los explotados y degradados por el judaísmo, con auxilio de la falsa libertad ó del libertinaje que les concedió, no podían dejar de ser anarquistas.


    Y por más que los perspicaces hubieran de adivinarlo,no por esto se detuvieron, creyendo que esto tardaría en suceder y que no les faltarían medios para ir dominando la explosión del anarquismo.


    Pero el otro enemigo del judaísmo, que es enemigo según Dios, es decir, suscitado por Jesucristo, que ha dicho que la Iglesia triunfaría de todos sus perseguidores, éste va desarrollándose y preparándose para salvar á la sociedad después que el otro enemigo haya ejercido sus funciones de venganza y exterminio.


    No sabemos si habrá todavía quien diga que esto del anarquismo no es temible, y que á lo más puede producir sólo conflictos y explosiones pasajeras. Para los que tan escasos de raciocinio se hallan es inútil escribir.


    Nosotros decimos, y la historia consignará el valor de nuestros juicios, que si el anarquismo no hubiera venido por generación natural del liberalismo y del satanismo, vendría por obra de Dios, quien suscitaría la fuerza humana que ha de destruir la obra del judaísmo.


    Cuando llegó la hora de poner fin al degradado Imperio romano, no había anarquismo con fuerzas suficientes para obrar esta destrucción; y en falta de él la Providencia suscitó á los bárbaros del Norte, que por la fuerza destruyeron la obra del paganismo romano.


    Cuando la Providencia quiso acabar más tarde con el Imperio de Oriente, á falta de enemigos naturales con poder suficiente para derribarlo, consintió que este enemigo fuera el mahometismo, que todavía conserva las conquistas que entonces hizo.


    A un pueblo degradado por el paganismo lo hizo dominar por un pueblo bárbaro. Y porque este pueblo bárbaro abrió los ojos y el corazón á la ley del Catolicismo, civilizó á Europa y la hizo grande hasta darle el imperio del mundo.


    A un Imperio cismático lo hizo destruir por otro pueblo herético; y porque este pueblo no ha querido abrigar la verdad del Evangelio, continúa todavía en la degradación y en el embrutecimiento.


    Pues bien: de esta misma manera, á una sociedad como la actual, paganizada por el judaísmo, la Providencia le prepara la invasión de masas aún más paganizadas y más revolucionarias que las que crearon al liberalismo, para que destruya á éste y tras él desaparezca el judaísmo. Esto está ya en ejecución, y por consiguiente debe estar á la vista de todos.


    La reacción católica, que se manifiesta por la importancia cada vez mayor que adquiere el Pontificado romano, por el eco cada día más fuerte que responde á la voz de la Iglesia y por la actividad que se nota en su vida social, indica claramente que la Providencia no quiere dejar á la raza latina en poder del anarquismo, sino que prepara su obra de regeneración para cuando éste haya concluido su tarea demoledora.


    Si el anarquismo no destruyera las fortalezas del judaísmo, ¿quién podría destruirlas sin la intervención directa de la Providencia?


    El carlismo, única fuerza que queda en Europa contraria á la revolución creada por el judaísmo, ha intentado varias veces darle la batalla y ha acometido la empresa de vencerle; pero no pudo conseguirlo porque el mismo judaísmo proporcionó todos los elementos necesarios para rechazarlo, desde el dinero, que es el nervio de la guerra y el dominador de las conciencias enfermas, hasta las influencias diplomáticas, el auxilio de la prensa y las simpatías y las ceguedades de gentes que se creen de orden.


    Libre de este enemigo, quedó de nuevo dominante el judaísmo. Mas hoy se presenta otro enemigo enfrente de él; enemigo que no se dirige expresamente contra el judaísmo, sino contra esa masa inmensa de burgueses que rodean el Trono donde impera el judaísmo y donde reparte sus beneficios sobre los que le sirven y defienden. Con lo que se encuentran todos esos burgueses, enemigos jurados del carlismo, con una cosa que no esperaban: con que estos otros enemigos de los carlistas, llamados el socialismo y el anarquismo, en lugar de agradecerles el habernos impedido el triunfo, se vuelven contra ellos, y puñal y cartucho de dinamita en mano les piden el reparto de cuanto poseen y además su sangre para saciar en ella sus rencorosas venganzas.


    ¿Con qué fuerzas cuentan los burgueses para defender á los judíos que les han esclavizado y para defenderse ellos mismos?


    ¿Con la fuerza material?


    ¡Bah! Los anarquistas cuentan contra ellos con tres fuerzas, y bien valen más tres fuerzas que una.


    Estas son: la fuerza moral, que les asiste contra los que los han engañado, corrompido y dado el ejemplo que quieren seguir; la fuerza del número, que es una fuerza material de alto poder, y la fuerza que reciben de Dios, que les hace instrumentos de sus venganzas.


    Duerman, pues, tranquilos los burgueses, y sigan odiando á los carlistas, sin pensar en quién les defenderá; que los que gobiernan, cuando se vean impotentes, con echar á correr al Extranjero ya procurarán salvarse.....


    Por hoy no decimos más.


    El Correo Español (2 de marzo de 1892). «¿Quién lo vencerá?», Luis María de Llauder
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: El enemigo verdadero

    ¿CÓMO PUEDE SER VENCIDO?



    Nos referimos al judaísmo, en cuyo estudio hemos de continuar hoy, pues tiene importancia tal, que de él depende la suerte definitiva del mundo moderno.


    El judaísmo, por medio del liberalismo, se ha apoderado de los pueblos, sustituyendo á la civilización cristiana la civilización materialista, con lo cual se ha hecho dueño de las conciencias y de los bolsillos de las generaciones presentes y futuras.


    Este poder lo ha conseguido y lo sostiene por medio de la prensa racionalista, impía, radical y pornográfica, de la cual son fomentadores y directores; por medio de la masonería, que constituye una fuerza política y social que les hace superiores á los Gobiernos, y por medio del parlamentarismo, que le da los empréstitos y los negocios, con los cuales tiene encadenada á su voluntad la suerte económica de los pueblos, su Hacienda pública, su Bolsa, sus especulaciones y su capital.


    Como hemos dicho otras veces, esta opresión se hace ya intolerable. Se rebelan contra ella las conciencias rectas, los espíritus nobles, que sienten el vacío de la idea católica y que echan á menos aquel lazo sublime que une amorosamente al hombre con Dios, y que de la insuficiencia de lo natural lo eleva, consolándolo, á lo sobrenatural y eterno.


    Y se rebelan contra la obra del judaísmo los que han perdido las riquezas que el judaísmo ha acaparado, y se ahogan en la necesidad que empiezan á sentir. A este número pertenecen clases enteras, como el proletariado, la clase media y las clases altas que no han hecho alianza con el judaísmo poniéndose á su servicio.


    De aquí el doble camino emprendido por las corrientes modernas: una corriente hacía Dios y los principios tradicionales destruídos por el judaísmo para lograr su entronizamiento, y otra contra Dios, extremando la idea sembrada por el judaísmo en busca del remedio en las teorías antisociales y ateas, corriente encarnada en el anarquismo, el socialismo, el nihilismo y todo cuanto puede saciar el odio, la envidia, la codicia y la sed de goce sembrados en todos los descontentos y desdeñados del festín de la civilización moderna.


    Hé aquí las dos corrientes que han de ahogar al judaísmo y poner fin á su explotación social.


    La corriente católica, por su naturaleza, será más lenta en su acción, porque sus armas son pacíficas y no cuenta con la fuerza externa que tiene el judaísmo para debilitar su acción. Verdad es que la Gracia de Dios puede en un instante cambiar los corazones y producir mudanzas que favorezcan la rapidez de su acción. Bien deseamos que así suceda, y las oraciones del pueblo cristiano pueden conseguirlo; pero esto entra en las esferas de lo sobrenatural, y no nos es dado entrar en los secretos de la Providencia.


    Humanamente hablando, tardará más tiempo en producirse una corriente católica de fuerza tal que se imponga á la fuerza del judaísmo y la destruya ó la neutralice, del que puede esperar esta otra fuerza social que perece de necesidad moral y material y exige un pronto remedio.


    Todas las señales dicen que la acción revolucionaria se anticipará á la acción católica.


    Los pueblos más dominados por el judaísmo están en vísperas de la bancarrota, de no poder pagar sus deudas, ni siquiera los intereses de ellas; los presupuestos desequilibrados es imposible que se equilibren de una manera estable y fecunda, porque igualarlos suprimiendo obligaciones y atenciones necesarias es vivir artificialmente y sostener una mentira que no puede durar.


    El anarquismo se extiende, se organiza, se manifiesta, sin que ningún Gobierno se atreva á impedirlo, y apresura la explosión de su terrible venganza.


    Preguntándonos ahora: ¿cómo puede ser vencido el judaismo?, encontramos una respuesta doble: por el anarquismo y por el Catolicismo. Uno y otro pueden darle el golpe de muerte.


    El socialismo, que es una forma templada, y hasta puede ser gubernamental del anarquismo, tiene una doble misión que que nadie más que él puede desempeñar: la de destruir y la de castigar.


    Para poner fin á la funesta obra del judaísmo es preciso derribar las fortalezas desde las que impera; y para ello es preciso que venga un periodo revolucionario, violento, en que un poder imperante diga:


    —¿Por qué hemos de pagar nosotros los despilfarres de la burguesía, y reconocer mansamente los empréstitos y las deudas contraídas á nuestro nombre, es decir, á cargo de las generaciones venideras, extenuándonos para satisfacer intereses de cantidades que no se han empleado en nuestro beneficio ni en el de la nación, sino en agios y especulaciones de burgueses políticos y de banqueros enriquecidos con la sangre de la nación?


    Esto, que han de decir un día las generaciones presentes ó futuras, no hay quien en una situación normal lo diga; es preciso que venga un huracán social que lo haga, y éste ¿no lo vemos venir en el ciclón anarquista?


    Pero además de la abolición de las deudas son necesarias economías radicales y supresión de gastos y obligaciones creadas por el parlamentarismo, que tampoco puede hacer un Gobierno normal, y que sólo una situación violenta y revolucionaria puede realizar.


    Así como el liberalismo hizo por medio de revoluciones, antes que por medios ordenados, la destrucción del edificio social antiguo y cristiano, de la misma manera sólo una gran sacudida social puede destruir el edificio de la civilización moderna, en el cual se guarece el judaísmo.


    Los que temen, y con razón, este sacudimiento social, esta gran revolución que ha de preceder á la regeneración cristiana de la sociedad, única que puede salvarla, háganse cargo de que es necesaria é inevitable para el día en que la Providencia deje de consentir la rebelión moderna, representada y sostenida por el liberalismo y quiera volver á imperar en el mundo civilizado, como tiene derecho á ello y lo ha realizado hasta hace poco, habiéndole redimido con la sangre de Jesucristo.


    Y tengan en cuenta que si viene esta revolución como un hecho necesario es por culpa y voluntad de los católicos. Si se encargaran ellos de dar esta batalla y destruir la obra del judaísmo no dejaría la Providencia á los terribles ejecutores de esta obra el hacerse al mismo tiempo los instrumentos de la Justicia divina, castigando á los unos por el daño que han hecho, á los otros por el que han dejado hacer, y á los demás por no querer hacer los sacrificios que son necesarios para dar la batalla á los enemigos de Dios y de la patria.


    ¿Podrían los católicos dar y ganar esta batalla?



    Lo examinaremos otro día.


    El Correo Español (14 de marzo de 1892). «¿Cómo puede ser vencido?», Luis María de Llauder
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  4. #4
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    Re: El enemigo verdadero

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    ¿PUEDEN LOS CATÓLICOS?
    La Francia católica atacada por los masones, dibujo de Achille Lemot
    para el periódico Le Pèlerin, 12 de octubre de 1902.

    Sentado que la funesta acción social del judaísmo no puede ser destruída por la revolución violenta, por la reacción de las clases proletarias perjudicadas por esta acción ó por obra del Catolicismo; demostrado que el anarquismo se prepara para llevarla á cabo, pero temerosos de la sangre y ruinas que ha de ocasionar tan fuerte sacudida social, nos preguntamos: ¿puede la acción católica poner fin al imperio del judaísmo, evitando así la tremenda crisis revolucionaria? A darle respuesta vamos á dedicar este artículo.


    Esta, en principio, es. decididamente afirmativa. La acción católica tiene fuerza y virtud para lograr este triunfo contra su pérfido enemigo, que lo es al mismo tiempo de la sociedad, la cual no puede sufrir por más tiempo su pesado yugo.


    Si no fuera posible no se esforzaría tanto la voz de la Iglesia por excitar á los católicos á que luchen por conseguirlo. De tal suerte, que sólo con obedecer á las enseñanzas de la Iglesia y poner en práctica sus amonestaciones, quedarían resueltas todas las cuestiones religiosas, políticas y sociales planteadas por el judaísmo, y que han destruido el orden moral y material de los pueblos.


    Toda la cuestión está, pues, en saber si el remedio será puesto en ejecución ó no, y si se encontrarán los elementos necesarios para crear con ellos una fuerza efectiva, práctica, que produzca el cambio que ha de realizarse en cada nación para conseguir el triunfo.


    Dejando por hoy la situación en que, respecto á este punto, se hallan los demás pueblos amenazados ó perturbados, vamos á fijarnos solamente en nuestra patria.


    Es indudable que España es la nación de Europa que cuenta con mayor número de católicos, donde la fe y el sentimiento religioso conservan más hondas raíces, aun en medio del espantoso indiferentismo que se ha producido en ella.


    Por esta razón debería ser el pueblo donde menos elementos revolucionarios habría de encontrarse; y así es. Lo que hay es que cada anarquista, cada revolucionario vale por dos ó tres, comparados con los de otras naciones. La razón es fácil de comprender.


    En España el que no teme á Dios, el que no encuentra un freno en su conciencia, no teme á la ley ni á la fuerza, porque ve que á la primera no la respeta nadie, y á la segunda le gusta hacerle frente, por efecto de los hábitos de lucha que han quedado después de ocho siglos de guerrear contra los moros, contra los invasores de nuestra patria y contra los enemigos de su honra ó de sus tradiciones, dentro y fuera de la Península.


    El español se apasiona por sus ideales; cuando penetran en su inteligencia, en seguida se apoderan de su corazón y arde en deseos de reducirlos á la práctica, sin discurrir, sin temer, sólo aprovechando la oportunidad que se le presente de obrar.


    En lo cual se distingue de los demás pueblos, en los cuales el respeto á la ley se ha infiltrado en las costumbres públicas por efecto de la seguridad de que su acción no puede burlarse, en los cuales la cabeza discurre con frialdad y la acción es calculada, y por consiguiente no siempre efectiva.


    Por esto en España es imposible la República ordenada y todo Gobierno popular dentro de la revolución, porque falta esta calma que contiene y este freno que evita los desbordamientos irreflexivos.


    Pues bien: en España existen mejores disposiciones para trabar la batalla definitiva que en ninguna otra nación, porque aquí todos los elementos de acción viven siempre con el fusil cargado y el gatillo levantado; los demagogos dispuestos alanzarse á la menor debilidad en el poder, y los católicos á salvar las tradiciones y los intereses patrios.


    ¿Quién diría que en el fondo todos aspiran á lo mismo? Pues es la verdad, porque todos se proponen matar lo que es causa de su desgracia, de los males de la nación, y sólo se distinguen en el fin, que para unos es de destrucción social contra toda autoridad, y en los otros de regeneración social por medio de la autoridad divina y humana.


    En las demás naciones los campos opuestos se hallan en muy distintas condiciones. Los anarquistas no encuentran en frente de sí un principio contrario; el Catolicismo no representa en ellas una fuerza social; los católicos son individualidades, grupos parlamentarios á lo más, pero no una comunión organizada, dirigida, armada y aguerrida. En esas naciones la demagogia no encuentra más que la fuerza material que la contenga, pero no una afirmación contraria radicalmente; luchan liberales contra liberales, nunca revolucionarios contra católicos. El vencedor, pues, no puede salvar nada.


    En España el parlamentarismo organiza y produce más daño que en ninguna otra nación, porque se implantó en terreno que le era adverso; ha vivido por la violencia, con la tiranía de sus explotadores, y no puede resistir á la hostilidad y repugnancia que encuentra en la masa de la nación. Muere y no dejará sucesión, porque no vivirá ninguno de los retoños que se reproduzcan, pues no los podrá resistir la nación; á la sombra de este árbol funesto no nacerá la hierba siquiera; no podrán vivir ni las almas ni los cuerpos.


    En las demás naciones el liberalismo ha nacido y crecido espontáneamente, porque el terreno se estaba preparando desde hace siglos para recibirlo; por esto cuando muere en una forma se reproduce en otra, y vive y vivirá, porque el suelo, que es poco católico, no le rechaza mientras conserve la prosperidad material y sea posible la vida siquiera del cuerpo á su sombra; lo cual también concluirá en su día, aunque más lejano.


    Y hemos entrado en este orden de consideraciones antes de estudiar cómo la acción católica puede lograr el triunfo sobre la obra del judaísmo prescindiendo de la acción del anarquismo, para demostrar que el problema que en otras naciones ofrece largas, porque ni el liberalismo está pereciendo en ellas, ni hay que pensar en que la acción católica tenga fuerzas todavía para dar la batalla definitiva, en España es problema de urgente resolución, que se desenvolverá por sí mismo y nos lo encontraremos el mejor día en mitad de la calle hablando por boca de la anarquía y de la crisis social.


    Dado que en España el problema es completo, pues abarca el orden moral y el material, ya que ha dejado á la sociedad sin creencias y sin dinero, y la salvación consiste en devolverle uno y otro, dándole virtudes, sin las cuales es imposible la moralidad en ningún terreno, y prosperidad, sin la cual no puede vivir; dado que el problema tiene tales condiciones que sólo el Catolicismo puede resolverlo, queda dicho con esto que sólo con establecer un Gobierno católico que viviera coa principios opuestos á los del liberalismo, siguiendo la tradición española, es decir, plantando el árbol gubernamental que el suelo de nuestra España apetece, por ser el natural suyo, quedaría destruida la obra del judaísmo en nuestra patria, como se seca el estanque al que se cortan las corrientes que lo alimentan.


    Y esto se comprenderá fácilmente desde el momento en que se estudie lo que sería un Gobierno de esta clase.


    El usurero no tiene que hacer en una casa rica; donde hace su negocio es en la casa pobre, á la cual saca de ahogos hasta que le ha chupado toda su sustancia y la ha puesto á vivir de limosna ó en el caso de emigrar.


    Pues bien: un Gobierno no parlamentario ni liberal, sino verdaderamente representativo, en que los Gobiernos no vivan de las mayorías ni necesiten alimentar el caciquismo, ni enriquecer á los amigos, ni cubrir sus inmoralidades, puede hacer economías, reprimir irregularidades, evitar despilfarros, cosa que ningún Gobierno parlamentario puede lograr, siendo prueba de ello el que desde que existe el sistema no lo ha hecho, y cada día le es más imposible hacerlo.


    Un Gobierno de esta clase forzosamente ha de ser económico; lo cual han confesado siempre los liberales al decir que su sistema es mejor aunque es más caro. Siendo más económico, no sólo habría de saldar el presupuesto sin déficit, sino que habría de disminuir los impuestos, que reformaría moralizándolos, y habría de atender al fomento de la riqueza pública con la construcción de vías de comunicación, canales y tantas otras facilidades que exige el estado de adelanto en que se hallan las demás naciones.


    No teniendo que hacer empréstitos ¿no cerraríamos la puerta al judaismo, que es el usurero de las naciones? Nada tendría que hacer aquí. ¿Qué inportaría que quisiera hacer subir ó bajar a Bolsa, si el Gobierno la pondría al tipo más alto á que puede llegar, con la seguridad de que los intereses están asegurados con la prosperidad y desahogo de la Hacienda publica?


    Cuando el papel del Estado no diera, como en Inglaterra, ni el 3 por 100, ¿no quedaría resuelto por sí misiio el problema capital de la economía moderna, que es el desequilibrio entre la renta que producen la propiedad y la industria, y lo que se saca de los valores de la Bolsa, que ha hecho improductivos tantos capitales y arruinado las fuentes de riqueza pública y privada?


    ¿No tendríamos resuelta la cuestión de los cambios con el desarrollo que tendría la producción nacional auxiliada con los capitales que ahora huyen de ella, y que volverían desde el momento que rindiera más la propiedad y el trabajo que los valores públicos?


    ¿No tendríamos resuelta la cuestión obrera, es decir, aliviada la suerte del trabajador, que es la víctima de todos estos desequilibrios económicos, los cuales le dejan sin trabajo y, por consiguiente, sin lo que necesita para satisfacer sus racionales necesidades?


    Y que estas economía serían consecuencia natural y forzosa del cambio de sistema, se comprenderá, demás de lo dicho, con que muchas de las cargas que el Estado liberal ha acaparado para dominarlo todo, unas volverían á tener vida propia, y otras, con la descentralización, se satisfarían con menor gasto por las provincias y Municipios. ¿No se ha visto cómo las Provincias Vascongadas, las más pobres quizá de España, entregadas á sí mismas, estaban provistas de las mejores y más numerosas carreteras de España, la enseñanza pública era modelo, nada faltaba á las iglesias, la industria prosperaba y el bienestar las hacía unos oasis en medio de la aridez y penuria del resto de España?


    El Gobierno que consiguiera que entrase en las arcas del Tesoro lo que legalmente ha de entrar, esto es, que todos tributaran, que nada se ocultara por los caciques, que no hubiera arreglos y otros tratos, ni negocios escandalosos, ni otros agios, ¿no atraería á las arcas del Tesoro unos ingresos que le darían desahogo hasta para amortizar Deuda consolidada?


    Pues bien: un Gobierno católico, ajeno por completo al sistema liberal, rebajando las gabelas que harían gravosísimo el rigor en el cumplimiento de leyes tributarias tan gravosas como las actuales, que hiciera que no se defraudara en los ingresos ni en las salidas, ¡qué sobrantes más enormes no tendría!


    Resuelta la cuestión económica, ó sea la material, quedaría sólo la moral para destruir la acción del judaísmo... Pero como este punto no puede desarrollarse en este artículo, ya sobrado extenso, lo dejamos para otro día.



    El Correo Español (18 de marzo de 1892). «¿Pueden los católicos?», Luis María de Llauder
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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