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Tema: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

  1. #1
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    Fuente: ¿Qué Pasa?, Números 694-695, 1-31 Diciembre de 1980, páginas 14 – 15.



    ORTEGA Y GASSET Y JOSÉ ANTONIO

    Por Julián Gil de Sagredo


    Para trazar un paralelo entre estas dos figuras representativas, tomo como puntos de referencia dos aspectos cualificativos: el religioso y el patriótico.


    ASPECTO RELIGIOSO

    «Yo, Señores –dice Ortega y Gasset– no soy católico, y desde mi mocedad he procurado que hasta los humildes detalles de mi vida privada queden formalizados acatólicamente» (Lira. O. C., pág. 212).

    A confesión de parte, sobran pruebas. En confirmación, sin embargo, de su ateísmo, reproduzco algunos de sus textos:

    «El ser más auténtico de Dios es la arbitrariedad» (La idea de Principio en Leibniz).

    «Hay en mí una antipatía y una suspicacia radicales hacia el misticismo». Califica de mixtificador a San Juan de la Cruz (Arte de este mundo y del otro).

    «Lo que nos dicen los místicos es de una trivialidad y monotonía insuperables» (Defensa del teólogo frente el místico).

    «Los dogmas y los mandamientos son absurdos, pero son un hecho bruto con el que tenemos que contar» (En torno a Galileo).

    «El mundo en que vivimos no se compone de cosas, ni materiales, ni espirituales, por la sencilla razón de que no hay materia ni hay espíritu» (Pasado y porvenir del hombre actual).

    «Dios es un ingrediente del cosmos» (En torno a Galileo).

    Ortega y Gasset niega a Dios como causa final del hombre en «Ideas y creencias».

    El sentido fundamental de su doctrina, es radicalmente incompatible con la Fe católica. Niega el concepto de un Dios Personal, niega la creación, niega nuestra dependencia respecto a Dios, niega Su soberanía sobre la sociedad. (En torno a Galileo).

    Ortega, frente a lo sobrenatural, se altera, pierde la calma, y trata de desprestigiar al Catolicismo, de demostrar que constituye un obstáculo para el progreso científico.

    Hacia los valores del Catolicismo –que son innegables–, adopta un tono de despreocupación elegante, mezclada de velado menosprecio. En todas sus obras procura sembrar el descrédito sobre aquellos valores que, de un modo o de otro, sobrepasan los límites del mundo natural. En su desdén hacia lo sobrenatural, es donde aparece su incompatibilidad fundamental con las verdades del Catolicismo, pues, para él, el fin de esta vida reside en ella.

    Ortega y Gasset, defensor de la escuela laica, de Pablo Iglesias y de Giner de los Ríos, amigo de todos los enemigos de la Iglesia Católica, se dedicó a vaciar mentalmente, a la juventud universitaria, de fe religiosa y de sentido patrio. Es la figura cumbre de la Institución Libre de Enseñanza, que le aupó como ídolo de las juventudes universitarias y le envolvió con la aureola de la leyenda. Ortega y Gasset murió como había vivido, sin Fe y sin sacramentos. ¡Dios le haya perdonado!

    JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA es el reverso de la medalla. Profesa la Fe católica, practica la Religión católica, y muere por la Fe católica y por España, acribillado a balazos entre un falangista y un requeté, después de haberse confesado.

    Ortega y Gasset y José Antonio son la antítesis en el aspecto religioso. Veamos ahora el


    ASPECTO PATRIÓTICO

    En el desdén que siente Ortega y Gasset contra la España católica y mística, reside su visión de España.

    El caso más claro de infidelidad a los principios hermenéuticos que él mismo formuló, es su actitud sistemática y permanente ante la realidad española, tanto pasada como presente. Sus juicios sobre España son siempre despectivos, especialmente cuando recaen sobre su época más esplendorosa de los siglos XVI y XVII. Desprecia a una de nuestras glorias más preclaras: Santa Teresa y sus Moradas. La Mística especulativa doctrinal, que España presenta como una de las dimensiones fundamentales de su cultura, es combatida por Ortega. Desconoce y ataca la Teología profunda y opulenta de la España del siglo XVI, a pesar de superar en amplitud y profundidad a la cultura teológica de todas las naciones. Desconoce y menosprecia la conquista, colonización y civilización de América, el hecho más grandioso de la Historia Universal.

    Han podido más en Ortega, sus prejuicios antirreligiosos, que su cultura histórica. Para él, España ha vivido en una permanente decadencia, no tiene categoría de nación (personas, obras y cosas), y, acentuando su desvío, añade:

    «España no posee una enfermedad, sino que es una enfermedad» (España invertebrada).

    «Los disparates de Ortega, la explicación que da a la Historia de España –dice Claudio Sánchez Albornoz (Lira. C. c. t. 11, pág. 341)– no pueden comprenderse sino como fruto amargo de una crisis psicológica, que algún día habrá de ser investigada».

    José Antonio es considerado, con cierta razón, como el símbolo de amor a la Patria. Deslumbrado por el barroquismo literario de Ortega, fue en su primera juventud víctima de algunos de sus errores: entre otros, su postura frente a las relaciones entre la Moral y el Derecho, que equivocadamente desvincula y encierra en órbitas diversas (Discurso a los universitarios); así como la afirmación que atribuye al Estado (como misión propia y específica): la de educar a la infancia y juventud española.

    Pero José Antonio era, ante todo, católico, español y poeta, y por esos tres conceptos reaccionó esencialmente de la visión de Ortega, se apartó de su magisterio, y encaminó su rumbo hacia la Tradición española, cuyos valores adivinó y asimiló de modo sustancial, aunque careció de tiempo para penetrarlos en su integridad y reproducir con ellos la única estructura político-social que, por ser connatural a la esencia misma de España, tiene la garantía de su autenticidad y de su permanencia.

    Ortega y Gasset y José Antonio, son igualmente la antítesis en el aspecto patriótico.

    En este artículo sólo he tratado de poner de relieve la contradicción religiosa y patriótica que existe entre dos figuras: la de José Antonio, realzada por su sentido católico y patriótico; y la de Ortega, caracterizada por su espíritu acatólico y extranjerizante.

    Por ello, no comprendo que la Falange tribute un homenaje al maestro que, desde su cátedra universitaria, influyó mentalmente en nuestra juventud para vaciarla de espíritu religioso y de sentido patriótico. Y mucho menos comprendo todavía, que pueda hallarse en él la raíz intelectual de la Falange, que es católica y española.
    Kontrapoder dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    Fuente: ¿Qué Pasa?, Número 696, 1-15 de Enero de 1981, página 2.



    ORTEGA Y JOSÉ ANTONIO

    Réplica de José M.ª Alonso Collar

    Jefe Provincial de F. E. de las J.O.N.S. de Madrid.


    Sin acritud, y con ánimo de conciliar opiniones encontradas, quiero comentar el artículo de Don Julián Gil de Sagredo, que, con el título «Ortega y Gasset y José Antonio», publica la Revista en su último número.

    Vaya por delante mi respeto y consideración al autor del artículo, a quien, a mi pesar, no conozco, y mi admiración por esa Revista, que, en estos momentos trágicos para la existencia de España, ofrece un importante servicio a nuestros ideales comunes. Creo [que es bueno] que en ocasiones concretas, como la presente, quienes nos encuadramos en el amplio espectro de las Fuerzas Nacionales, dialoguemos serenamente sobre aquellas cuestiones en las que pudiéramos tener opiniones diferentes, siempre dentro de la cordialidad y afán constructivo que debe caracterizarnos a quienes mantenemos estos ideales superiores.

    Efectivamente, tal como manifiesta el Sr. Gil de Sagredo, la Falange de Madrid ofreció recientemente un homenaje a la figura intelectual de José Ortega y Gasset. Y lo hizo porque la Falange siempre consideró que su difícil misión en la sociedad española, es la de servir de puente entre las diferentes opiniones culturales, sociales y políticas, que, aunque encontradas circunstancialmente, pero unidas en una labor de síntesis, pueden ofrecer los mejores logros a la grandeza de la Patria y al pueblo español. Por ello la Falange hace suyos, y no renuncia, a Ortega, a Unamuno, a Ganivet, a Balmes ni a Menéndez Pelayo. Porque todos estos auténticos valores de la vida española, deben ser elementos válidos para un quehacer común y una proyección de futuro.

    La Falange, desde sus orígenes, nunca fue dogmática. Siempre pensó que el dogma le iba más a la Iglesia que a una filosofía política. Y si algo puede encontrarse que salga del terreno de lo opinable, para entrar en el terreno de lo permanente, ello se refiere exclusivamente al hombre como ser supremo de la Creación, a la Patria como unidad de destino, y a la Justicia como revolución constructiva para la corrección de las estructuras vigentes.

    Yo no me atrevería a afirmar, como hace el Sr. Gil de Sagredo, que Ortega fue un pensador anticatólico. Quizá la Religión católica no fuera exclusiva preocupación del maestro, pero en el momento de su muerte, ocurrida hace veinticinco años, se reconcilió con la Iglesia y fue enterrado en su seno [1]. En ello coincide con otros intelectuales tales como Ramiro de Maeztu, que, si bien en su juventud tuvieron un indiferentismo religioso, posteriormente, a lo largo de su vida, rectificaron esta conducta.

    Tampoco se puede afirmar rotundamente que Ortega fuese un intelectual antiespañol; yo creo que verdaderamente amaba a España, pero la amaba con un sentido crítico, y de este sentido recogió José Antonio su definición de que «amamos a España porque no nos gusta».

    Me hubiera gustado que el Sr. Gil de Sagredo hubiera asistido a este homenaje. En el mismo intervinieron catedráticos, universitarios, y también un sacerdote profesor de la Universidad y gran conocedor de Ortega y la Falange. Se pusieron de manifiesto aquellas aportaciones del filósofo que más pudieron incidir en nuestra ideología, y no aquellas otras que pudieran ser rechazadas.

    La Falange, indiscutiblemente, tiene una raíz doctrinal que se identifica con el humanismo cristiano; no excluye de su militancia a aquellas personas que, por diferentes motivaciones, no profesan o practican la doctrina católica, siempre y cuando mantengan un respeto y corrección con la doctrina que es mayoritaria en nosotros. Como también mantiene en su norma programática la total independencia entre la Iglesia y el Estado.








    [1]
    N. de la R.– Sobre este punto, tememos esté equivocado el Sr. Alonso Collar.

  3. #3
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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    Fuente: Iglesia-Mundo, Números 214-215, 2ª quincena de Febrero y 1ª quincena de Marzo de 1981, página 19.



    LA FALANGE, ORTEGA Y UNAMUNO


    Siempre he creído que hay que set realista y objetivo en la valoración de los defectos propios y ajenos. También he creído indiscutible que, al enjuiciar las influencias que sobre una ideología pesan, hay que discernir las positivas de las gravosas, para potenciar aquéllas y obviar éstas.

    Como consecuencia de esta doble convicción, he considerado también siempre perjudicial dedicarse a airear con jactancia los defectos propios –lo cual es distinto de reconocerlos con humildad– y a ensalzar las perversas influencias; defectos e influencias que debieran quedar reducidos a la intimidad «familiar» hasta ser definitivamente corregidos y extirpados.

    Pues bien, esto, que es altamente perjudicial, es lo que parece emprender Falange Española de las JONS con los recientes homenajes a Ortega y Gasset y Unamuno. Empresa ruinosa y destructiva.

    No nos atrevemos a poner en duda la influencia ejercida por Ortega en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera y la naciente Falange. Hay declaraciones explícitas en este sentido, y que no dejan lugar a dudas.

    La definición de España como «unidad de destino en lo universal» es la traducción del «proyecto sugestivo de vida en común» orteguiano; y es obvio que el «amamos a España porque no nos gusta» se halla emparentado directamente con el creador del raciovitalismo, quien gustaba de repetir que «España es como la inmensa polvareda que ha dejado un gran ejército a su paso por la Historia… Es un dolor enorme, difuso…».

    Quizá de Ortega –junto con una elevada dosis de mimetismo fascista– provenga la operatividad en la Falange de lo que Rafael Gambra ha llamado concepción de la nación como «protorrealidad histórica», como entidad metafísica subsistente.

    Y quizá –¿por qué no?– también haya que filiar de la influencia del «maestro» la inadecuada valoración que del hecho religioso evidencia la Falange, así como su configuración como partido aconfesional y la escasa atención que siempre ha prestado a la unidad religiosa como fundamento de la nación española –consideración que es básica, por ejemplo, en el tradicionalismo– y que la ha llevado a sostener –con poca claridad en ocasiones– la necesaria separación entre la Iglesia y el Estado, fórmula condenada por el Derecho Público Cristiano.

    Ortega, el liberal, el desacralizador, el sempiterno predicador de la coexistencia neutra de credos, el europeizador, efectivamente influyó en el pensamiento joseantoniano, que, no obstante ser en muchos latidos católico y español, no deja de tener quistes de heterodoxia y extranjerización. Pero esta influencia no es motivo de orgullo, sino ocasión de penitencia. No justifica el homenaje altivo, sino el confiteor contrito.

    Lo mismo cabe decir del anunciado homenaje a Unamuno. Un Unamuno del que podríamos exhumar un amplio catálogo de impiedades, catálogo acusatorio que no merece la pena recorrer detenidamente y que renunciamos a hacer.

    Sólo recordar que, si tuviésemos que escribir en una pizarra los nombres de sus panegiristas, y en otra los de sus detractores, veríamos entre aquéllos a todos los masones, liberales e impíos contra los que se realizó la Cruzada de 1936; y podríamos contar entre éstos a los Obispos íntegros, a los católicos firmes, y, destacadamente, a los tradicionalistas.

    Sin pretensiones de exhaustividad, podríamos señalar las censorías pastorales del Obispo de Bilbao, Pablo Gúrpide («En el centenario del nacimiento de Don Miguel de Unamuno», Junio 1964); del Obispo de Canarias, Antonio Pildain («Don Miguel de Unamuno, hereje máximo y maestro de herejías», 19-IX-1953); y del Cardenal Segura, Arzobispo de Sevilla («Admonición Pastoral sobre un enemigo de la Iglesia», 31-X-1953).

    Todas ellas duras, sin paliativos, y verdaderamente significativas por provenir de Pastores santos y sabios que cumplían admirablemente con su misión de advertir al rebaño de la presencia de los lobos enemigos. Lobos que los Señores de FE de la JONS, con buena voluntad, mas con error grueso, pretenden hacernos pasar por corderos.

    Quizá creen con ello remozar su fachada de tolerancia democrática, y purgarse de anteriores demasías totalitarias. Se equivocan. Lo más que consiguen es aumentar la probabilidad del derribo.

    Es de lamentar que sea necesario adular al enemigo y confraternizar con él. Esto, para que nos hagamos una idea de quiénes son los «afines».




    MIGUEL AYUSO

  4. #4
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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    Fuente: Iglesia-Mundo, Número 216, 2ª quincena de Marzo de 1981, página 5.



    Polémica constructiva

    ORTEGA, UNAMUNO Y LA FALANGE


    Permítame Miguel Ayuso que retoque el título de su artículo; porque, aunque el orden de factores no altera el producto, en pura dialéctica hasta una coma es vital. Ortega y Unamuno son anteriores y luego coetáneos de la Falange, y eso es determinante a la hora de valorar influencias, o coincidencias, que a veces es esto.

    Le ha molestado a Miguel Ayuso que la Falange rinda homenaje hoy a Ortega y Unamuno. No sólo a él, sino tal vez a algún falangista y a alguien más. Pero no puede argumentarse en contra que no haya una razón o unas razones objetivas que nada tienen que ver con «adular al enemigo y confraternizar con él». No hay tal, o no debe haberlo.

    En lo político –con todo el lastre que uno y otro llevaban por formación y desvío– y en lo religioso, ambos pensadores son distantes del pensamiento falangista: Ortega y Unamuno eran, a fin de cuentas, liberales, y, si uno indiferente religioso, el otro claramente heterodoxo con su «agonía», que dio título a una de sus más célebres y discutidas obras, y que él aplicaba en el sentido etimológico de lucha, en opinión de algunos. Pero ni Ortega ni Unamuno crearon una escuela filosófica, ni una doctrina política; trazos de sus obras y sus pensamientos [son] los que se comparten, y, sobre todo, su inquietud, con la que se ha identificado la Falange y otros españoles a la hora de apreciar sus figuras.

    No debe olvidarse que Unamuno se incorporó al Movimiento, aunque más por su mal carácter que por otra cosa diera lugar al conocido incidente de Salamanca. Y, en cuanto a Ortega, su regreso a España, en 1945, que entonces suponía ungir al Régimen, le costó el Premio Nobel y otras consideraciones internacionales, aunque él no se incorporase a las tareas oficiales, por razones más complejas de lo que parecen, pero más lógicas de lo que muchos suponen.

    Que Ortega influyó en José Antonio y los Jefes falangistas, es obvio. Ha sido públicamente reconocido. Como influyeron, sin duda, Vázquez de Mella y otros próceres del pensamiento tradicional y contemporáneo de aquellos tiempos: como Víctor Pradera, como Ramiro de Maeztu… Aunque tal vez fuera una coincidencia. Nunca se sabe de dónde parte el trasiego de ideas, y mucho menos cuando se trata de política.

    Pero es evidente que, ni la Falange podía compartir el liberalismo de esas dos figuras, porque la Falange es intrínsecamente antiliberal, ni, mucho menos, las ideas religiosas de Ortega y Unamuno. Porque la Falange fue desde el principio, y lo ha sido siempre, esencialmente católica. Lo eran José Antonio y Onésimo Redondo; no lo era, ciertamente, Ramiro Ledesma Ramos, influido por su formación filosófica germana, aunque a última hora se convirtió, y, desde luego, hubo de pasar por las horcas caudinas del catolicismo estatutario del movimiento: «Nuestro movimiento incorpora el sentido católico –de gloriosa tradición y predominante en España– a la reconstrucción nacional». Y en los Puntos Iniciales se contiene esta precisión: «Aspecto preeminente de lo espiritual es lo religioso. Ningún hombre puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá. A esas preguntas no se puede contestar con evasivas, hay que contestar con la afirmación o la negación. España contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es, además, históricamente, la española» (F. E., 7 de Diciembre de 1933).

    Esa proclamación de catolicismo, reiterada varias veces, llevó a la Falange a hacerse incómoda o desligarla de otros movimientos afines en Europa, según una conferencia internacional a la que fueron convocadas las representaciones femeninas; luego, el tiempo demostró la práctica de esta religiosidad en los años subsiguientes a la Cruzada. La Falange fue siempre confesionalmente católica.

    Pero, aparte afinidades, influencias o coincidencias entre Unamuno, Ortega y la Falange, difíciles de precisar, y mucho menos en este corto espacio, ayer tal vez fueran inconveniente o impensable un homenaje falangista a esas figuras españolas. Hoy no tanto, y no en razón de que la Falange haya evolucionado hacia las posiciones laicistas o acatólicas de aquellos hombres, sino porque la perspectiva histórica lo permite con mayor propiedad; aparte de que siempre es válido lo que reconocía San Pablo de que existe un conocimiento natural de Dios que también poseen los gentiles (Rom. 1, 19), y él mismo, para explicar la doctrina cristiana, incluso citaba en su discurso del Areópago a filósofos griegos. Lo han hecho después con Aristóteles un San Alberto Magno y un Santo Tomás de Aquino, sin incurrir en sospechoso paganismo; como el homenajear hoy a Platón no significaría apostasía tácita.

    Sí se han de hacer precisiones a la hora de elegir un personaje como objeto de homenaje, y máxime hoy, en que la confusión política, social e intelectual es tanta, que en algunos podría presuponer tributo de admiración a toda su obra, y aun a sus actos. Y me imagino que tales connotaciones se habrán hecho. Por lo mismo, la simplificación valorativa de estos hechos resulta un tanto temeraria.




    PEDRO RODRIGO
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  5. #5
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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    ANEXO 1

    Tomado de: Universidad Autónoma de Madrid.


    Carta Pastoral Don Miguel de Unamuno, hereje máximo y maestro de herejías, Antonio Pildain, Obispo de Canarias, 19 de Septiembre de 1953.

    Miguel de Unamuno hereje (Pildain, 1953).pdf

  6. #6
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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    ANEXO 2

    Carta Pastoral En el Centenario del nacimiento de Don Miguel de Unamuno, Dr. D. Pablo Gúrpide Beope, Obispo de Flaviobriga por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica, Bilbao, Junio de 1964.

    Carta Pastoral sobre Unamuno (Obipo Gúrpide, 1964).pdf

  7. #7
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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    Autos de F. E.
    ——————
    Antifascistas en España
    Don José Ortega y Gasset


    El fascismo tiene sus enemigos agrupados en estos tres frentes: El social-comunista, el demoliberal-masónico y el populismo católico.

    El enemigo más claro –y, por tanto–, menos peligroso, es el comunista. O tú o yo. No hay equívoco, con el comunista. De mucho más peligro es el complejo de los otros grupos antifascistas. No terminan de estar enfrente sin por eso ponerse al lado. Y si se ponen al lado, es para destruir el fascismo desde dentro. Es muy varia la enorme especie de «los antifascistas». De tratarse de algo botánico o zoológico, ya habría surgido un nuevo Linneo que catalogase esas variedades. Pero se trata de algo moral, social, espiritual, de algo que no puede investigar –no ya el biólogo– sino ni siquiera la policía. Se trata de una inquisición. De una alta y grande inquisición. Santa tarea. Tarea santa y grave que vamos a asumir nosotros, en temporáneos, renovados, solemnes y flameantes Autos de F.E.

    Elegimos para nuestra primera hoguera, la figura más noble, importante y peligrosa del heterodoxismo español antifascista, el filósofo don José Ortega y Gasset.

    Un amigo nuestro nos decía aún hace poco. «Ortega está muy cerca del Fascismo. Nos convendría mucho que el Fascismo en España lo lanzase Ortega.» Supusimos que al decir esto nuestro camarada tenía indicios de una posible y recientísima simpatía de Ortega por el Fascismo. Y ello nos contristó profundamente. No tanto por el Fascismo que hubiese quedado desvirtuado «ipso facto», sino por el propio Ortega. Hubiera sido la más grande deslealtad que Ortega se hubiese hecho a sí mismo: a su ideología tenazmente mantenida en años y libros, a su conducta de alma liberal y laica, cuyos polos morales son –congruentemente– la soberbia y el desdén, virtudes satánicas y ortodoxamente filosóficas. Virtudes heroicas del liberal, que condujeron a Prometeo al castigo celeste del vultúrido corroedor, a Sócrates al castigo ciudadano de beber la cicuta, a Galileo al martirio; a Fausto, al pacto con Mefistófeles, a Werther, al suicidio, a Adán, a la pérdida del Paraíso, y a Satanás, a caer despeñado en los infiernos.

    Nuestro fascismo –como el resto de los fascismos europeos– necesitaba y necesita el enemigo liberal. Si no existiese habría que inventarlo, como decía Voltaire de Dios. Necesitaba y necesita nuestro fascismo, un enemigo liberal en España de la fuerza y el talento de un Croce en Italia, de un Einstein o un Mann en Alemania.

    Ese papel magnífico y necesario –hoeresses oponiet esse– lo tiene asignado y ganado cumplidamente don José Ortega y Gasset. Le rogamos, con fervor y súplica, que no lo abandone, que no lo traicione ni lo pierda. ¡Qué sería entonces de nosotros! ¡Qué presa victimatoria íbamos a elegir para nuestra santa quema! ¡Tendríamos que declararnos cesantes en este oficio santo del Santo Oficio, con que venimos soñando largamente! Quiero defender a Ortega, contra los que le acusan de filofascismo. Nadie ha escrito y pensado en España contra el fascismo las maravillas heréticas que ha pensado y escrito Ortega. ¡Nadie las mueva, que están a prueba con él! Hasta tal punto es cruel y mortífero en sus ataques, que –si algún día triunfa nuestra F.E.– yo, en mi calidad de Gran Inquisidor, propondría al Gran Consejo Ejecutivo, no la quema o fusilamiento de este gran enemigo, sino su absoluta tolerancia. Precisamente, en su última Charla, García Sanchiz aludía al refinamiento de Mussolini para con Croce. Es la única pluma, la pluma más liberal de Italia, a quien permite escribir y despotricar contra el régimen cuanto le venga en gana. ¿Por qué no haríamos nosotros lo mismo con Ortega, cuando Ortega tiene –sobre Croce– el superior peligro de su seducción superior, de su estilo poético y mágico, de sus sofismas encandilantes, enternecedores y terribles? La grandeza de un alma y de una fe se prueba siempre en el modo de tratar al enemigo grande.

    Mi Auto de F. E. sobre Ortega, va a consistir hoy en aportar a su proceso una documentación exacta y sumaria de textos. No de acusaciones. Va a consistir en situarle en su frente liberal que representa egregiamente. Va a consistir –con mis acusaciones textuales– en que nadie pueda ya confundirle con nuestra fe. Su fe precisamente consiste en su escepticismo de la Fé. En creer –como buen filósofo– que hay muchas fés, y, por tanto, ninguna válida y verdadera. Su fe consiste en la Razón: un instrumento humano, que sólo vale para destruir la Fe. Por donde Ortega, al proclamar la supremacía de la Razón sobre la Fe, anula la esencia misma del fascismo, que es la Fe sobre la Razón. (La Razón en el fascismo sólo vale para articular y cimentar más la Fe. Para hacerla manejable, comunicable.)

    * * *

    Sería necesario transcribir la casi total obra de Ortega para corroborar lo que decimos. Esa labor la ha hecho recientemente una Editorial, y nos remitimos a la consulta de tales obras completas. Pero una Antología nos va a bastar.

    1) En realidad, Ortega sabe poco sobre el Fascismo y sus orígenes:

    «No he estado en Italia hace muchos años y poseo muy pocos datos sobre el Fascismo. Todo será que me equivoque una vez más.»


    2) Aunque Ortega –más que por honestidad, por coquetería intelectual- presume que va a equivocarse sobre el Fascismo, insiste y afirma que es un movimiento peyorante, anormal, vulgar y sin altura política.

    El fascismo no tiene programa. «Si se observa la vida pública de los países donde el triunfo de los más ha avanzado más –son los países mediterráneos– sorprende notar que en ellos se vive políticamente al día.» «El Poder público se halla en un representante de masas.» «Vive sin programa de vida, sin proyecto.»

    Esta idea, expresada hacia 1926, la había expresado ya anteriormente: «Tiene que vivir al día, y a nadie se le ocurra verlo proyectado sobre el futuro. No siquiera teóricamente conseguiremos imaginar una forma futura y estable de organización política desviándose de él.»

    «El fascismo es un resultado y no un comienzo.» «Es la debilidad de los demás.» «Es una seudoalborada: primitivismo.»

    «Es un modo anormal de gobierno impuesto por las circunstancias.»

    3) ¿Cómo ve Ortega a un Lenin en el bolchevismo y a un Mussolini en el fascismo?

    «Bolchevismo y fascismo: movimientos típicos de hombres-masas, dirigidos como todos los son, por HOMBRES MEDIOCRES.»

    «Bolchevismo y Fascismo no están «a la altura de los tiempos». Por eso no es interesante, históricamente, lo que acontece en Rusia.»

    «Cuanto más indómito vea el Fascismo ejercer la gobernación, peor pensaré de la salud política de Italia.»

    4) Fundamentalmente, ¿qué es el Fascismo para Ortega?

    «La acción directa, o sea la violencia. La Charta Magna de la barbarie.» Eso por un lado. Y por otro: «La Broma, el triunfo del Señorito Satisfecho.» (Ortega fue el inventor del apóstrofe «señorito» para lanzarlo en la revolución española. Hacia 1926. Téngase esto en cuenta para cuando se encuentre ese apóstrofe esgrimido con pistolas y vergajos por las masas, inconscientes y subvertidas.)

    «El Fascismo no quiere dar razones ni quiere tener razón. Sino imponer sus opiniones. Es el derecho de no tener razón. Es la razón de la sinrazón.» «El alma vulgar sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad.»

    5) Si el Fascismo es el triunfo de la masa, de lo vulgar, de lo mediocre, de lo horrendo, ¿dónde estará la felicidad política para Ortega? En el siglo XVIII, en el liberalismo, en el happy few de las minorías selectas. En el músico de Mallarmé, que toca para unos pocos.

    «La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Prototipo de la acción indirecta. Esto es, el Parlamento.»


    Lo cual llega a enternecer a Ortega: «semejante ternura, convivir con el enemigo.»

    «¡Trámites, normas, cortesía, usos intermediarios, justicia, razón!»


    «El liberalismo tenía una razón, y eso hay que dársela
    per sæcula sæculorum.»

    «En el sufragio universal no deciden las masas, sino que su papel consistió en adherir a la decisión de una u otra minoría. Estas presentaban sus «programas» –excelente vocablo–. Los programas eran, en efecto, programas de vida colectiva.»


    6) ¿Cuál es, pues, el mayor peligro para ese liberalismo, ese sufragio universal, ese siglo XVIII de minorías selectas, y para esa Razón, diosa de Ortega? El Estado. Ortega llega a decir esto sobre Mussolini y el Estado fascista:

    «El mayor peligro: el Estado. Mussolini se encontró con un Estado admirablemente constituido, no por el, sino precisamente por las fuerzas, e ideas que él combate; por la democracia liberal. El se limita a usarlo incontinentemente. Si algo ha conseguido, es tan menudo, poco visible y nada sustantivo.»


    En su afán de ir contra el sentido eterno y ecuménico de lo romano, llega a complicar nada menos que a Lucano y a Séneca, a quien inscribe en el «Servicio a la República española».

    «Lucano o Séneca –finos provinciales–»
    (obsérvese el característico adjetivo de finos) al llegar a Roma «sentían contraérseles el corazón por la melancolía de los edificios eternos.» «Ya nada nuevo podía pasar en el mundo.»

    7) Para Ortega, Fascismo es sinónimo de Servilismo. Su alma se queda desilusionada frente a esta época nuestra de serviles.

    «Incapaz el espíritu de mantenerse por sí mismo en pie, busca una tabla donde salvarse del naufragio y escruta en torno, con humilde mirada de can, alguien que le ampare... Es el can que busca un amo. El hombre, en un increíble afán de servidumbre, quiere servir ante todo. El nombre que mejor cuadra al espíritu que se inicia quizá sea el de espíritu servil.»


    8) Estos textos que he ido citando no son muy recientes. Pero Ortega los ha corroborado hasta última hora. Basta leer los editoriales y fondos de «El Sol» en esta su última fase, que él orienta u occidenta; allí están esas estimaciones suyas reiteradas y refundidas en mil modos. Basta aludir también a la acogida que tales opiniones tienen en Francia y en París, últimamente. André Therive, en la Revue Mondiale de 15 de septiembre, formaba una antología de honor al liberalismo con las conferencias y pareceres más últimos de Ortega. «Il n'a pas été touché par cette spéce de messianisme que professent, bien commodément, les champions du présent.» «Il n'y voit pas une victoire de la jeunesse, mais une offensive de la puerilité.» «Quand la Raison n'impose plus ses règles une servitude plus lourde s'installe vite á sa place.» «S'il y a une verité génerale d'époque, una verdad del Tiempo –dit Ortega– elle ressemble plutot a celle qu'on révérait a la fin du XIX siècle: réjouissons nous-en. C'etait le culte del l'homme, de la liberté, et ma foi, de la Raison.»

    * * *

    Ese es Ortega, como Croce, como Mann, como Einstein: culto del Humanismo, de lo Liberal, de la Razón. El siglo XIX, la burguesía selecta, la impiedad por los humildes, el desprecio del Estado –nuevo caballero andante– protector de los desvalidos, de las pobres masas. Ese es Ortega: soberbio, desdeñoso y satánico, frente al hombre auténticamente superior cuando toma la inconfundible forma del Héroe. Cuando este Héroe trasciende a piedad por los débiles, trasciende a cristianismo, a catolicidad, a eternidad.

    Nos hace mucha falta, camaradas, que Ortega siga manteniendo –con ese magistral talento– esas herejías e impiedades. Para tenerlas presentes a todas horas. Para no caer nosotros en su pecado. Esto os lo dice profunda y religiosamente,

    El Gran Inquisidor

    F. E., Madrid, 7 de diciembre de 1933, número 1, página 12.
    Última edición por Kontrapoder; 22/04/2021 a las 04:06
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    Pasajes de «Genio de España», de Ernesto Giménez Caballero, recomendado como libro de cabecera en las diversas publicaciones falangistas de la época.


    2) El tema de lo «franco»

    Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.

    Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una especie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.

    Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or*tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146).

    Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el último, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, recibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148).

    En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacunación perfecta y saludable. «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia vertiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149).

    «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engendrar otra célula» (p. 150).

    Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo consecuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desarrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal.

    Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se vertebrase definitivamente.

    Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Italia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.

    Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacional hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Ycuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.

    Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.

    Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingrediente mágico. La vertebración indómita.
    Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vitalismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo».

    No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamuno, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangermanismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Melquiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «intelectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alemanas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales.

    ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germánico, de lo franco», como el decisivo de lo español?

    Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas reminiscencias sonoras, donde —como en un caracol— perviven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sentimental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2).

    También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germánica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su historia no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva importancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana.

    La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error terapéutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pueblo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo.

    La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisamente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad superior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta.

    Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarriados españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias.


    * * *


    Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico.

    De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.

    [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64]



    España sólo podía admitir —y admitió y volverá a admitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta.

    Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerarquías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida.

    Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maestro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte.

    Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset.

    [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]
    Última edición por Kontrapoder; 22/04/2021 a las 04:25
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

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    Re: Distintas opiniones en torno a la influencia de Ortega y Unamuno en Falange

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    «No cabe duda que en Ortega están las raíces intelectuales de nuestra doctrina».
    José Antonio Primo de Rivera (En Bravo, F.: José Antonio. El hombre, el jefe, el camarada. Madrid, 1939)
    Última edición por ReynoDeGranada; Hace 3 semanas a las 13:39
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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