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Tema: Cartas y artículos de Manuel Ignacio Hedilla sobre su padre

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    Cartas y artículos de Manuel Ignacio Hedilla sobre su padre

    Fuente: Posible, Número 55, 29 – 4 de Enero – Febrero de 1976. Páginas 3 y 4.




    CARTA DEL HIJO DE MANUEL HEDILLA


    Señor director de POSIBLE:

    Con motivo de la publicación en el núm. 53 de la revista que usted dirige de unas declaraciones de don Ramón Serrano Suñer, en la que se hace mención directa de la figura de mi padre, don Manuel Hedilla Larrey, de su estancia en prisión y posterior confinamiento, le adjunto a estas líneas una de las cartas dirigidas por mi padre (q.e.p.d.) a don Ramón Serrano Suñer, con fecha de 18 de junio de 1947, relacionada con lo anteriormente expuesto.

    Su interés histórico y humano, junto a la necesidad de buscar la verdad sin olvidar a una de las partes, me obligan a rogarle su publicación.

    Atentamente le saluda,

    Manuel Ignacio HEDILLA ROJAS




    Señor don Ramón Serrano Suñer.

    Muy señor mío:


    Contesto a su carta del 31 de mayo. Trataré de hacerlo serenamente para corresponder exactamente a ella, y exclusivamente lo haré desde el punto de vista político de la cuestión, para que se vea con gran claridad la injusticia premeditada y el despojo de que se me ha hecho objeto.

    Lo que más me asombra de su carta, como de su libro, es el saber que usted se siente víctima. ¿De qué y de quién? El parecer general es que debía usted sentirse muy satisfecho. No es cosa de que yo enumere sus méritos, porque esto ya lo hace usted en su libro casi en cada página. Pero quiero recordarle que el mérito principal es el que todos los españoles saben y usted se calla, pues es, el que le ha permitido ser, todo cuanto se puede ser en una nación, excepto Monarca o Jefe de Estado. Con humildad imagínese por un momento que el General Franco no hubiese sido elevado a la condición de Caudillo, ¿hubiera usted en ese caso podido ser lo que ha sido, ni escribir un libro como el que ha escrito? Me parece recordar que en el libro no dice usted con la debida claridad, como si sintiera en ello cierto temor, que hasta el 17 de julio de 1936 pertenecía a la CEDA, y era diputado de ese partido (cosa que no la considero deshonrosa ni mucho menos). Al llegar usted a Salamanca, en verdad que eran pocos los que allí le conocían. Luego llegó pronto a personaje omnipotente. ¿Cómo puede usted sentirse víctima? ¿Ha padecido usted cárcel en la zona nacional, o han pasado usted y los suyos hambre y sufrido despojos, o está usted social y económicamente peor de lo que estaba en 1936?

    Me dice usted que “pasa por alto” las ofensas que le infiero. Yo no le he inferido a usted ofensa ninguna, a no ser que el decir la verdad constituya para su criterio una ofensa. Yo puedo aludir a algunas que usted me ha hecho encontrándome yo en circunstancias bien adversas; por ejemplo: el decir que estaba loco; pero como me va usted a decir que es “porque estaba mal informado” me las callo, aunque me pregunto: Si estaba usted mal informado, ¿por qué lanzaba esa especie privada y públicamente?

    Era natural que le planteara precisamente a usted “la cuestión de lo que hubiera en el fondo de todo aquello”. Lo que de verdad importa para la historia, para la justicia y para conocer el proceder de los hombres es el “fondo” y no la superficie agitada con frivolidad. O es que usted quiere hacer historia diciéndome que “se limita a relatar unos hechos” cuando en realidad relata lo “que se decía”, lo “que se dijo”; bien sabe usted que no es lo mismo relatar hechos que recoger insidias. No olvide que por esta manera tan ligera de proceder ha habido varias condenas y, en mi caso, más de diez años de cárcel y confinamiento, teniendo todo ello como base (según usted me dice) “informaciones poco depuradas”, como son un “se dijo” o un “se sabía”, etcétera. Y en cuanto a que usted no tenía conocimiento, ni relación alguna con las diligencias del proceso, permítame decirle que eso no se lo cree nadie, y conste que son muchos de los que han colaborado y estado a su lado, que les he enseñado su carta por si yo estaba equivocado en mis apreciaciones. La falta de sinceridad de sus disculpas es tan evidente que no necesito insistir sobre esto.

    Dice usted: “Desde entonces, no dejé de ocuparme de los falangistas presos”. Una vez hecho el daño no sé en qué les aliviaría usted. A los pocos que he visto, que son los principales, y a quienes usted conoce, me han dicho que salieron de la prisión al cabo de por lo menos tres años, completamente derrotados, llenos de problemas familiares, con grandes necesidades y habiendo padecido innumerables tribulaciones y calamidades de todo género. Me han manifestado que fueron trasladados algunos de ellos varias veces de un lado para otro, revueltos con otros presos, en vagones de transportar ganado y en condiciones inhumanas, así que el alivio a que usted se refiere que prestó a los presos, sería en cuestiones de detalle de estancia más o menos insignificante (que desde luego estando en prisión se agradecen). Como me gusta ir al fondo de todas las cuestiones, creo que no podrá usted sentirse satisfecho ni justificado con proceder tan poco generoso. Claro que no habrá pretendido usted en su carta hacerse pasar por ello, aunque no niego que lo haya usted sido con otros que expusieron muy poco en aquellos años difíciles y no tenían más méritos que el de ser amigos particulares suyos. También supongo que si en efecto fue usted generoso con aquellos falangistas sabría que eran tratados con poca piedad y que sus familias pasaban por necesidades perentorias de vestir, de comer, etcétera. Se ocupó usted, eso sí, de hablar, pero las palabras, sin el peso de las obras, se las lleva el viento.

    Dice que se puso en libertad a Arrese “de cuya inocencia le hablaba a diario su familia con la natural angustia”. Recordarme a mí eso constituye una imprudencia o una torpeza. Porque, señor Serrano: mi madre recorrió un calvario sin nombre por todas las antesalas de España proclamando mi inocencia; y los familiares de los demás hicieron lo mismo y en vez de hallar alivio eficaz, encontraban corazones endurecidos que hablaban con mucha educación, pero nada más. Lo que usted me dice que hizo por Arrese, quiere decir que si no lo hizo por mí fue porque no quiso; como se lo puedo demostrar por personas a quienes usted manifestó más de una vez que “entonces” no era amigo mío, pero que después se interesaba por mí… claro que a su manera. Mi madre, septuagenaria, visitó angustiada al Caudillo en Burgos, y el Caudillo la dijo ya entonces, conmovido, que “yo era una víctima inocente”. Luego si el Caudillo opinaba así, cualquier gestión un poco interesada hubiera hecho cambiar los acontecimientos en una de las cuestiones más feas y deshonrosas para el régimen. ¿Por qué no lo hizo usted? A lo mejor “por demostrar la independencia con que procedía la España de Franco en sus determinaciones políticas, frente a la acusación de servidumbre del exterior”. ¡Como si para demostrar independencia política fuera menester mantener en pie una injusticia y obrar vengativamente después de reconocida la “confusión”! Mi madre entregó informes concretos y firmados que probaban mi conducta y mi inocencia, pero no se hizo caso y eso que eran de personas de autoridad y solvencia. ¿Por qué me dice usted que auxilió a los falangistas presos?

    Habla usted de que la “discordia falangista costó la vida a Goya y a otro más”. ¿Sabe usted quién mató a Goya? Me alegro que me hable de esa muerte para poderle demostrar cuál fue mi intervención en aquel día, con testimonios de personas que no le dejarán lugar a dudas. (Le adjunto copias.)

    En cuanto a la resistencia a la unificación, por mi parte, desde el punto de vista personal, no la hubo. Y si no, recuerde usted la conversación que tuvimos el día 15 de abril después de los sucesos. Otra prueba de que yo no me oponía a la unificación es que yo di el nombre que todavía lleva la organización o partido. Lo que hice fue no querer aceptar cargo alguno del partido. Ustedes nombraron un secretariado político sin consultarme, aunque consultaron con otros que nada tenían que ver, ni nada representaban, y yo no acepté porque ni quería, ni me interesaba; y, además, porque me enteré por la prensa de la mañana. No creo vaya usted a decir que yo intervine en la formación de aquel secretariado. (Repase usted los párrafos de la carta que dirigí a don Luis Carrero Blanco y que le remití a usted copia de ellos en mi anterior, fecha 26 de mayo.)

    “Pasadas las cosas y transcurrido el tiempo, todos, desde Franco para abajo, todos, sin excepción, pensamos en la confusión”. No es así, cuando Su Excelencia dijo a mi madre en Burgos que yo “era una víctima inocente” no había confusión alguna en su ánimo, sino clarividencia. Después, no sé; luego entonces, otros serían los que tenían confusión. ¡Y así seguimos aún!

    Verdaderamente que en su “confusión” no ha demostrado prácticamente nadie el deseo de hacer justicia y de reparar un error, con sentimiento generoso y eficazmente cristiano y humano. Hay que notar que se diferencia mucho su manera de expresarse de su manera de proceder, porque precisamente no fue en los “primeros momentos” cuando peor trato he recibido, sino en los segundos y terceros, mientras se cabalgaba ofuscadamente sobre la “confusión”. Pues, a pesar de “que ni usted ni el mando nunca quisieron ofenderme ni molestarme”, y a pesar de la “confusión”, en que todos coincidieron pasados los primeros momentos, aquí me tiene usted todavía esperando a que las palabras afectuosas, de fondo engañoso, se conviertan en generosas de justicia y reparación.

    “Por un sentimiento más alto que el de la tranquilidad personal, he pensado muchas veces a lo que se refiere el párrafo tercero de su carta”. Un momento. Si usted hubiera procedido con rectitud, como era su obligación, moral y materialmente en los cargos tan relevantes que ha desempeñado y con la influencia y autoridad que éstos le daban, la hubiese empleado solamente para el bien, dejando a un lado el amor propio y ambición, sin duda hubiera usted alcanzado esa tranquilidad personal que viene de lo “alto”; y cuya causa no es otra que el estar en gracia, gracia que se refleja en la conciencia y es la que inspira los sentimientos nobles y mueve los corazones, pidiéndoles no humillaciones, sino humildad.

    Personalmente, dice usted que no tiene ningún motivo de reparación. Pero, ¿entonces,
    usted no era nadie en España? ¡A que va a resultar que nadie hizo nada de nada en mi asunto! ¡A que no tiene usted responsabilidad de nada! Usted precisamente es quien objetivamente debía haber sentido esa responsabilidad (sin ocuparse de la de los demás) cuando era personaje temido, pero no querido en España, por su proceder; en su mismo libro dice que en aquella época era usted secretario político del Caudillo, que entonces estaba ocupado y preocupado con la dirección y marcha de la guerra y por consiguiente usted era consejero y orientador de todas las cuestiones políticas; se ve que aquí también le falta sinceridad, no se siente generoso y le falla el corazón; ¿o es que se ha perdido el sentido de la responsabilidad?

    Dice usted que “no le cuesta ningún trabajo rectificar un error ni le cuesta mortificación, antes al contrario, es un deber de agradable cumplimiento”. Si le es agradable y no le cuesta mortificación, ¿por qué no rectifica ampliamente, con generosidad y con la debida claridad? Al menos, así cooperará a reparar el daño que se me ha hecho. De esta forma es como proceden los humildes y rectos de corazón.

    En su contestación a mi párrafo, que se refería a Von Fauppel, en relación con el que “se dijo” que usted dice de que me aconsejaba y apoyaba, observo que se sale usted por la tangente y contesta a lo que usted quiere contestar, pero no a mi réplica y a mi afirmación de que jamás me aconsejó, ni me alentó, ni me desalentó en nada. A mí no me interesa nada de cuanto usted dice que hizo este señor posteriormente, ni de la apreciación que usted hace acerca de él, y que nada tiene que ver con el fondo, ni con la forma, de cuanto se relaciona con este asunto.

    Afirma usted que le llegaban noticias de que estaba enfermo y de que “mi estado de salud era inquietante”. Estaba sano; jamás, gracias a Dios, he estado enfermo ni he tomado una sola pócima. Lo que tenía era hambre. Porque a usted y a cuantos como usted dicen ahora que “se interesaban” por mí les puedo demostrar que jamás me llegó la menor muestra de ese interés. Lo “inquietante” de mi estado era que muchos días ni el rancho de la cárcel me daban; del exterior, ni pensar que me llegara la más mínima ayuda; no tenía jabón, ni ropa con qué vestir, ni nada con qué asearme. La crueldad de ustedes llegó al extremo de que cuando salí de la celda para ir al confinamiento, ¡y en qué condiciones me enviaban!, pesaba menos de cuarenta kilos; tuvieron que darme una camisa para cubrirme. Y no quiero descender a detalles espeluznantes porque me desagrada el exhibicionismo aunque sea para defenderme; y, además, para no avergonzarles a ustedes con el detalle del trato inhumano que se me dio. Y aún quiere usted decirme que no le cabe en esto ninguna responsabilidad al ministro de la Gobernación de aquel entonces y que trató de aliviar nuestra situación. Pues si llega a “tratar” de hacerlo, ¿qué hubiera ocurrido? A usted, concretamente a usted, era a quien correspondía ordenar y vigilar el trato que se debe a las personas que se hallaban injustamente perseguidas y que teníamos una personalidad bien conocida como para olvidarse hasta de nuestra existencia. Yo fui mucho peor tratado que los presos de delito común. ¿Quién ordenaba esto y quién lo toleraba? ¿El ministro de Agricultura?

    No sé por qué “renuncia usted” a decirme cuál fue su actitud al conocer mi situación. Supongo que no sería ninguna más que el de “saberlo con pena”, porque su reacción sólo fueron palabras y a esto no se le puede llamar siquiera “actitud”, si es que la palabra “actitud” tiene alguna relación con los “actos”.

    Usted mismo no está convencido de lo que dice a este respecto: “Traté de aliviar”, “traté de hacer”. Cuando usted, señor Serrano, trataba de hacer una cosa en España la hacía, por lo menos dentro del marco enorme en que usted se movía, y aun dentro de marcos que no le eran propios.

    Madrid, 18 de junio de 1947.


    Firmado:

    Manuel Hedilla Larrey

  2. #2
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    Re: Cartas y artículos de Manuel Ignacio Hedilla sobre su padre

    Fuente: Posible, Número 56, 5 – 11 de Febrero de 1976. Página 23.



    Hedilla, ¿un proceso al Régimen?



    Una etapa histórica toca a su fin con la reciente desaparición del General Franco, que durante casi cuarenta años ha regido los destinos del país con mano paternal y espíritu acorde con su excepcional caudillaje. El tiempo no perdona. Los acontecimientos se olvidan y, a veces, la verdad se va con ellos. La justicia se deteriora. ¿En favor de las razones de Estado? Y surge la víctima inocente.

    Una vez más serán los comienzos del Régimen los que centren mi interés, y entre ellos, el que supondría el primer paso conformador del poder, la primera piedra angular del autoritarismo personal: el ya histórico Decreto de Unificación de 19 de abril de 1937, dado en Salamanca con el número 255 por el Gobierno del Estado, con el que nacería el franquismo formalmente.

    Allí cayó la Falange, asistida de la mayoría de sus propios hijos alucinados ante el gigantesco mausoleo en el que campeaban sus banderas y emblemas, y con ella otros tres partidos: la Comunión Tradicionalista, Acción Popular y Renovación Española.

    Es ya historia. Así que, su defensa y reivindicación corresponde a sus receptores ideológicos, en base a los que no defraudaron a su conciencia.

    Yo defiendo y reivindico a la persona, a la víctima del atropello que así se cometiera, a MANUEL HEDILLA. Sin olvidar las circunstancias públicas en las que se desarrollaron los acontecimientos.

    No es revivir o alentar el “hedillismo”, si es que hubiera existido o exista. Tampoco monopolizarlo, sería inútil. Su nombre, como el de tantos otros, vivos y muertos, es ya patrimonio de la Historia.

    Es más positivo traer a la actualidad la figura humana de este hombre que supo ser fiel a su conciencia por encima de toda ambición personal, lección para la que el tiempo no pasa y que tiene aún hoy máxima vigencia. Se podrá o no estar de acuerdo con lo que políticamente pueda representar, pero su personalidad, su manera de entender la política: honradez, lealtad y entrega en el servicio, merecerá el máximo respeto. Me he preguntado muchas veces si se puede condenar a un hombre a dos penas de muerte por ser fiel a su propia conciencia, si se puede orquestar un sinuoso proceso contra alguien por no aceptar un cargo, si se puede tolerar tan grave violación de la JUSTICIA y mantenerla en el más absoluto silencio. Si moralmente es intolerable, el realismo de estos supuestos es un hecho. Lo fue en la persona de MANUEL HEDILLA.

    Si, quizá, el acto unificador tenía una necesidad de fondo, la forma mediante la que se obtuvo tiene muy dudosa justificación, a no ser claro la ambición de poder de quienes la dispusieron. Y si no fue así, ¿por qué su autor real, pasados los años, lo consideraría inútil? ¿Para eso, sacrificar la vida de un hombre? ¿Por qué, por ejemplo, la Ley de Asociaciones que lo contradice? No me faltarían los por qué, aunque los para qué, sí que los conozco. Los conocemos todos.

    Años se ha tardado en dar la razón a HEDILLA: “La suma de elementos no homogéneos arroja siempre un resultado falso, no hay suma y sí destrucción de los sumandos”. Pero si la razón es suya, ¿por qué sigue sin aceptarse la monstruosidad jurídica de la que fue víctima? Ya nada pasaría. El ERROR se fue, ya no existe.

    Algún día, Dios quiera que pronto cuando el Proceso de Salamanca salga a la luz pública –hoy sigue siendo secreto de Estado–, se demostrará que lo único que MANUEL HEDILLA hizo fue rechazar el ofrecimiento imperativo para participar en la organización que se creaba, por considerar que la forma en que se realizó era golpista y suponía la desaparición de la Falange. Si era culpable, ¿por qué se le hizo objeto de nombramientos en la nueva Junta Política fruto de la Unificación, si los supuestos actos culposos que se le imputaban eran anteriores? Si era inocente, ¿por qué se le condenó? La contradicción es evidente, y aún lo es más si tenemos en cuenta que “el cese” oficial al nombramiento que ya era ejecutivo, llegaría bastantes fechas después de haber sido detenido. Y para colmo, después de pasar años en prisión y de camino al confinamiento, se le ofrece en nombre del entonces ministro de Asuntos Exteriores la Delegación Nacional de Sindicatos, que rehusaría terminantemente.

    Aquel rechazo –al que antes hice referencia–, no estaba previsto, ¿cómo un simple obrero, que llega a jefe nacional de la Falange sucediendo a José Antonio, no iba a aceptar tan importantes “honores”? Ni más, ni menos, que los del segundo personaje político de la España nacional.

    La reacción fue inmediata. A los pocos días estaba HEDILLA ante el Código de Justicia Militar. Nada le hubiera sido más fácil que haber salido del país hacia un cómodo exilio, lo que no se le podría haber luego reprochado. Otros lo hicieron. Supuso que al no sentirse culpable de nada, nada tenía que temer.

    Se equivocó. Hedilla definiría así sus años de prisión: “En lo material, soledad, hambre y vejaciones. En lo espiritual, oración y meditación”. Perdonó, ni la intriga ni el rencor eran su fuerte. Pero no olvidaría y las esperanzas de REPARACIÓN siempre le acompañaron.

    Soy consciente de que también muchos otros españoles no serían ajenos a tantos sufrimientos e injusticias a causa de sus posiciones políticas, por aquellas y otras fechas posteriores, prolongadas por una única presencia.

    El caso de MANUEL HEDILLA sigue siendo en la actualidad una vergüenza pública.


    Manuel Ignacio HEDILLA
    Kontrapoder dio el Víctor.

  3. #3
    Avatar de juan vergara
    juan vergara está desconectado Miembro Respetado
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    Re: Cartas y artículos de Manuel Ignacio Hedilla sobre su padre

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    Ya que se esta recordando a Manuel Hedilla, sería interesante que se agregara la carta que le remitiera en diciembre de 1967 a Fal Conde.

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