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Tema: Ramiro Ledesma, José Antonio y Franco vistos por Giménez Caballero

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    Ramiro Ledesma, José Antonio y Franco vistos por Giménez Caballero

    Murales

    (Ernesto Giménez Caballero, 1985)


    MURAL HEROICO

    Ramiro, el Precursor

    Un día de 1927, apenas fundada La Gaceta Literaria, César Muñoz Arconada, crítico musical y colaborador, me demandó con su voz de adenoide:

    —¿Puedo presentarte a un amigo y vecino mío de Cuatro Caminos, empleado de Correos? Tiene mucho interés en conocerte y hablarte.

    —¿Cómo se llama? —Ramiro Ledesma Ramos. Sabe mucho de filosofía y literatura y ha escrito algo.
    Al día siguiente por la tarde se presentó con él en nuestra imprenta de Canarias, 41, fundada y dirigida por mi padre y donde yo con mi mono de paño azul y cremallera argéntea, componía y distribuía La Gaceta y recibía a los colaboradores sentado en resmas de papel y ofreciéndoles otras como acomodo. El paso de los obreros y el ruido de las máquinas hacía no fácil el entendimiento; pero creaba en cambio un ambiente «porverínista» como lo calificara el secretario, Guillermo de Torre, y entusiasmara a Marinetti cuando irrumpió allí cierta mañana, acompañado de Benedetta, declamando uno de sus, ya entonces, viejos poemas maquinísticos:

    Pistón chaudiére, pistón chaudiére pissssstton, pissstton, pisston...

    Ramiro Ledesma: media estatura, cuerpo enjuto, traje gris, pantalones rodilleados, flexible de alas bajas protegiendo un rostro celtíbero y enérgico y cubriendo un peinado de mechón caído. La voz, buena. Pronunciación defectuosa en la vibrante velar haciendo las r r r graseadas a la francesa.

    —Me llamo Ramiro Ledesma Ramos y soy zamorano, sayagués.

    —¿Sayagués?

    Me atrajo el sayagués desde que leí El Sayagués de Puebla de Sanabria de Fritz Krüger y su influjo dialectal en el teatro salmantino de Juan del Encina. Simpatizamos en el acto, y le invité a colaborar sin necesidad de una carta de Ortega en que me lo pedía y que me mostró después.

    ¿Cuándo comenzó a escribir en La Gaceta? Tanto yo como sus biógrafos Tomás Borras y José María Sánchez Diana situábamos su primer trabajo el 15 de mayo de 1928:

    «Un transeúnte eximio: el matemático Rey Pastor.»

    Pero mi asombro ha sido, al revisar la nueva edición de La Gaceta Literaria (Vaduz, Liechtenstein, Ed. Turner, 1980), encontrar en su índice de autores el nombre de Ramiro Ledesma Ramos en dos colaboraciones de 1927 que sólo tienen, en el original impreso, por firma una R. La primera: «Libros italianos: Benedetto Croce Filosofía práctica» (1 de marzo de 1927). Y dos meses después (1 de mayo) otra aportación: «Necrología de un suicida.» También con la simple inicial R. Esa designación colaboradora debió ser hecha por Enrique Montero, representante español de la editorial Topos, cultísimo y redactor del índice.

    La reseña de R. es sucinta y como para satisfacer al presentador de la Filosofía práctica crociana en España, Edmundo González Blanco, que debió ser contertulio de Ramiro en el Ateneo. A don Benedetto le denomina: «genial profesor italiano». Y exalta su obra. Por lo que todavía en ese momento, no advierte Ramiro que estaba glorificando al máximo pensador antifascista de Italia. El lenguaje de tal nota es un tanto retórico y circunstancial. La otra reseña, «Necrología de un suicida», lleva dentro un problema personal. Presenta a un amigo suyo, León Tejedor y Lomas, asistente a veces a nuestras tertulias (yo no lo recuerdo), que le entrega el artículo «Toledo nuevamente» y que le publicamos a continuación. Y el cual, según Ramiro «cohibido ante la vida» y «con una voz fuerte pero llena de gallos», cumplió con su «Necrología» y se suicidó de un tiro. Pero lo interesante del comentario de Ledesma: la preocupación por la madre de ese amigo. «Ante la madre de un suicida empieza nuestra sensibilidad a oscilar», «si se tiene vocación al suicidio hay que esperar que la madre muera», «sólo se deben suicidar los huérfanos de madre». ¿Es lo que le impidió a él suicidarse? Ya que tuvo tal vocación desde su primer cuento en La Esfera: «El Vacío», escrito a los 17 años. Y en otros cuentos: «Suicidio» y «El sello de la muerte», dedicado a Unamuno. Ésos fueron sus primeros escritos.

    ¿Era Ramiro religioso? Ninguno de sus biógrafos lo confirma. Fue monaguillo en Torrefrades. Pero sus lecturas precoces, sobre todo en filosofía germánica y especialmente de Nietzsche, debieron de llevarle al existencialísmo de un Heidegger que conoció bien. Esa atracción y repulsa del suicidio fueron sin duda la raíz de su heroísmo. Y por eso murió atacando, queriendo matar antes a sus asesinos, al subir al camión que desde la cárcel madrileña de Ventas le llevaría con otro Ramiro (Maeztu) y otros mártires al paredón de Aravaca, en Madrid. Días antes, el 17 de julio, preguntaba por teléfono a la casa de mi madre (Plaza de las Cortes, 9, donde radicaba «Acción Española» y vivía don Juan March) si yo estaba bien. ¡Querido y admirado Ramiro! ¡Inolvidable Ramiro sobre el que voy a escribir sin rumbo fijo!

    Me hubiera gustado conocer las relaciones con su madre. Era el cuarto hijo, delicado y distinto a los demás hermanos. Físicamente, de niño rubiáceo y con ojos claros, un celtíbero viriatesco (galaico-luso-zamorano). Romancesco: heroicidad y ensueño. Un rebelde fracasado como Viriato; pero un Viriato a su modo, un caudillo malogrado. Por eso le quise levantar un monumento en Zamora, y la Falange (sin las JONS) creo que lo prohibió. Yo viví esa tensión entre sus Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista y la Falange de José Antonio. Si hubiera vivido Ramiro habría dado su voto a la otra unificación con el Tradicionalismo, en ese Movimiento político tricefálico (él, José Antonio y Franco) y que fue clave de nuestro movimiento, efectivamente y no un fascismo, contentando así a Ramiro que lo rechazó (y a mí de La Conquista del Estado, ¡por fascista!, no obstante haberle yo aportado nada menos que el título de esa publicación y alguna doctrina). Pero comprendí que quien quería erigir una política «nacionalista» evitara cualquier otro nacionalismo, ya que el Fascismo era italiano con un denominador «socialista» común a toda nuestra época y proveniente de su triunfo en Rusia con Lenin. Por eso, también José Antonio esquivaría de modo elegante, noble e inteligente tal sambenito (no en vano se llamaba Benito, aunque sin santidad, su inventor). Y lo mismo ocurriría con Franco. Tan nacionalista era la médula del Fascismo que el propio Duce proclamó que «non era merce di sportazione». Y sin embargo: la palabra «fascista» se haría universal y antitética de «comunista». Y por eso ahora se la sigue huyendo ocultándola bajo el tapabocas de «ultraderecha» y el comunismo «ultraizquierda». Invenciones del centrismo y de la democracia cristiana que han querido quitar al fascismo su gran secreto.

    La victoria, aparte de la genialidad militar de Franco, consistió en que España, por vez primera desde el XVIII, recobró sus aliados naturales: los «vecinos de nuestros vecinos»: Roma y Germania. La clave de oro de toda política internacional revelada desde la Ley de Manu: «Tu enemigo, tu vecino y tu amigo, el vecino de tu vecino.» Viejo secreto que puse al día en mi Genio de España combatiendo la tesis orteguiana sobre la carencia de suficiente «fermento rubio» en el español. Y que por esto estábamos «invertebrados».

    Yo había entregado a Ramiro otras inspiraciones. No sólo mi manifiesto inicial y fundador, de la «Carta a un compañero de la Joven España», el 15 de febrero de 1929, publicado en La Gaceta Literaria, donde no sólo se planteaba la doctrina nacional-sindicalista, sino hasta los emblemas como la bandera roja y negra con el haz y el yugo de los Reyes Católicos y el saludo de la mano abierta o sin armas. Otras inspiraciones: como las contenidas en mi libro Hércules jugando a los dados, en el que Ramiro ya vio lo que otros ni sospecharon en aquellas páginas deportivistas, heraclidas y vanguardistas: la idea cesárea.

    En La Gaceta del 11 de agosto de 1929 escribía Ramiro: «Giménez Caballero y su Hércules.» «Es admirable en medio de estos temas. Yo insistiría mucho en que la gente advierta la presencia de este hombre: porque es providencial en esta hora de España. ¡Alerta, jóvenes! G. C. es flor rara en la cultura. Hombres así suelen tener asignados, en honra a su vigor, los puestos más difíciles. Recíprocamente: también les corresponden las mejores victorias.»

    Cuando yo le entregué a Ramiro estas sugestiones, tuve que decirle lo que Ortega a mí poco antes, cuando le solicité ¡luz!, ¡más luz!: «A usted, Giménez Caballero, hay que dejarle solo ya.» Y eso es lo que, sin decírselo, realicé con Ramiro: dejarle ya solo, aunque siempre con mi mirada vigilante y mi corazón alerta. Y una amistad que duró hasta su muerte y que en mí sigue hecha devoción.

    La obra de Ramiro anterior a sus colaboraciones en La Gaceta yo no la conozco sino por referencias de Juan Aparicio, Sánchez Diana y Tomás Borras: «El sello de la muerte, «El Vacío», «El Quijote y nuestro tiempo», «El lago Castañeda y sus alrededores». E inéditos (1924-1925): «El escepticismo y la vida», «El joven suicida», «La hora romántica», «Las hijas de Eva», «El anticopernicano de Kant» y sus colaboraciones en la Revista de Occidente fueron: «Bertrand Russell. Análisis de la materia», «Un libro francés sobre Hegel», «El causalismo de Meyerson», «Introducción a la Filosofía matemática de Walter Brand y Marie Deutchlein», «De Ricker a la fenomenología», «El mundo de las sensaciones táctiles», «Keyserling y el sentido», «Esquemas de Nicolai Hartmann». Y «Sobre la filosofía del Renacimiento». Y en el diario El Sol, «La filosofía, disciplina imperial. Notas para una fenomenología del conocimiento filosófico».

    En cuanto a sus publicaciones periódicas: La Conquista del Estado, de la que fui titulador y fundador con él y con Juan Aparicio, apareció el 14 de marzo de 1931. Con otros ocho colaboradores. Y con vicisitudes, duró hasta el 26 de octubre. Pero dejando en marcha no sólo una fe, sino también una acción como indicara Ortega en su vaticinio de Leipzig por 1905. Y esa «acción» se denominó «Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista» que crearon una revista, JONS, flanqueada en Valladolid por Libertad de Onésimo Redondo. Por cierto que en 1984 Antonio Izquierdo, director de El Alcázar, intentó unas nuevas Juntas nacionales, pues la palabra Falange se ha ido desvirtuando en un tradicionalismo sin rigor revolucionario. Y un único número promovido por el director de La Nación, Manuel Delgado Barreto, de El Fascio (16-3-1933) donde junto a nosotros apareció sin firma José Antonio Primo de Rivera, quien iría a iniciar su propio movimiento con una publicación titulada FE (siglas de Falange Española). En 1934, se unen jonsistas y falangistas con un triunvirato y un famoso mitin en Valladolid (4-3-1934). Se fundan las CONS (Central Obrera Nacional Sindicalista). Pero entretanto, ya ha brotado la «Sangre» vertebrando otra vez a España, aunque esa sangre no fuera toda rubia. Pero sí española y de siglos. Hay un primer Consejo Nacional de FE de las JONS en el que intervengo bastante decisivamente mientras gano mi cátedra de Literatura votado por Unamuno, Presidente de la Liga antifascista. El 15 de enero, viene la ruptura de FE de las JONS separándose Ramiro y José Antonio, Ramiro publica otro periódico: La Patria Libre, y dos libros: Discurso a las Juventudes de España y ¿Fascismo en España?

    El interrogante título de ¿Fascismo en España? anunciaría su negación por carecer de características universales, frente a libros como mi Nueva catolicidad que las reconoce y hasta reconoce que ese libro las había anticipado. Sin embargo, señala dos factores que influyeron en su universalización: «un Estado nuevo» y su «Victoria sobre el marxismo». Sin embargo, según Ramiro, no podía crearse una Internacional fascista por ser lo «nacional» su dimensión más profunda, el genio de cada pueblo. Y sin embargo, esa universalidad se la otorgó la oposición marxista. (...)

    Última edición por ALACRAN; Hace 5 días a las 19:31
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Ramiro Ledesma, José Antonio y Franco vistos por Giménez Caballero


    (...) Para Ramiro, las afirmaciones centrales y determinantes del fascismo serían éstas:


    1. La Patria, como categoría histórica y social.
    2. La negación del Estado liberal-parlamentario.
    3. La oposición a la democracia burguesa y parlamentaria.
    4. Sus grandes transformaciones revolucionarias.
    5. Su nuevo sentido de la autoridad, la disciplina y la violencia.

    En cuanto al problema del fascismo en España, que empezaba a trascender del suelo italiano, lo esencial es que no debía haber mimetismo. Puesto que su inmediata raíz estuvo en el fracaso de la II República. Y otra más honda, en el patriotismo de los españoles, que despertó en las juventudes nuevas un ansia de revolución nacional frente a las derechas y frente a las izquierdas que se reveló hasta en figuras como la del marxista Joaquín Maurín en su libro La Segunda República (Barcelona, 1935). Él mismo es, ante todo, un «nacionalsindicalista». Y para explicarlo recurre a recordar su propia trayectoria con La Conquista del Estado el 14 de marzo de 1931, sin más precedentes que la campaña «de Giménez Caballero en 1929 que postuló por primera vez en España una doctrina nacionalista moderna, social y vital desenmascarando con eficacia lo que en el liberalismo demo-burgués había de podrido, reaccionario y antisocial».

    El año 1933 fue el de la expansión jonsista con publicaciones, mítines y acciones como el asalto a los Amigos de Rusia. Pero también el del penal de Ocaña para varios de los jonsistas y del que yo me libré por un aviso a tiempo del sereno de mi calle.

    Sin embargo, habían ido apareciendo focos jonsistas peninsulares. Además de Madrid y Valladolid. En Barcelona, Bilbao, Zaragoza, Valencia y Galicia donde se sumó un gran talento que pasó del Comunismo al jonsismo: Santiago Montero Díaz, que escribió un magistral ensayo sobre Ramiro.

    El 29 de octubre de 1933 hizo su aparición política José Antonio en el mitin de la Comedia fundando Falange Española. Ramiro, en su libro, examina los componentes de tal organización y sus directivas ideales, basadas en el antecedente inmediato e inexcusable del jonsismo. Cerca de Ramiro y de José Antonio, yo intervine para la unificación de ambos movimientos, lográndola. Como también lo haría luego en Salamanca con la Falange Española de las JONS y los Tradicionalistas. Esas unificaciones fueron el secreto del triunfo franquista y por no lograrlas el enemigo (fraccionado políticamente) perdió la guerra. La unión culminaría en el importante mitin de Valladolid, el 4 de marzo de 1934. Después, violencias y caídos. Los chibiris o rojos atacaron. Se nombra a José Antonio Jefe nacional. Y comienza la crisis y la secesión de Ramiro y La Patria Libre y su idea de marchar a Barcelona y la afirmación final de que le vendría mejor «la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini». Eso fue en noviembre. Pero ya antes, en mayo, había redactado otra publicación: su fichteano Discurso a las Juventudes de España.

    ¿Qué figuras europeas pudieran emparejarse con aquella del español Ramiro Ledesma Ramos?

    En Italia, no se dio el caso Ramiro. El precursor de Mussolini, Gabriele D'Annunzio, fue ante todo un poeta y después un combatiente, bien recompensada su vanidad por el Duce, haciéndole «Príncipe di Monte Nevoso». En Alemania hay figuras algo semejantes en fundadores que se unifican con el Führer, pero que su disidencia posterior les lleva a la muerte. Fue el caso de Gottfried Feder que tras su gran servicio de escritor anticapitalista y su influjo sobre Hitler murió arrinconado. Más trágico fue el destino de Ernst Rohm. Colaborador de primera hora, disidente y emigrado a Bolivia, figura con Hitler como Jefe del Estado Mayor en las SA. Ministro sin cartera y asesinado en 1934. Como Gregor Strasser, inicial colaborador del Führer y con buenos servicios al Partido.
    Pero donde se dieron figuras más parecidas a la de Ramiro —intelectuales y revolucionarias—, fue en Francia. Roberto Brasillach, crítico de L'Action Française, nacional socialista, colaboracionista en la guerra y fusilado en 1944. Marcel Bucard, fusilado también (1946) en Fort de Chátillon, creador del «Francismo» y de la Internacional fascista. Marcel Deat, socialista y antifascista, pero después director de L'Oeuvre, propugnó la colaboración con el Eje. Condenado a muerte en rebeldía. Jacques Doriot, comunista y antifascista rival de Thorez; pero después fundador de la «Legión de los voluntarios franceses», muriendo al lado de los alemanes. Drieu la Rochelle que vio en el fascismo el rejuvenecimiento del mundo y murió suicidado...

    Habría que recordar al belga Léon Degrelle con su movimiento «Rex», refugiado luego en España. Dos ingleses: Arnold Spencer Leese y Sir Oswald Mosley. El primero veterinario y sobrino de un barón, fundó en 1929 la «Imperial Fascist League» y la revista The Fascist, siendo su símbolo un haz lictorio. Y en cuanto a Mosley, noble, combatiente, laborista, Canciller con Mac Donald y fundador en 1932 de la «British Union of Fascist». Encarcelado, tornó tras la guerra con sus ideas corporativistas. Joris van Severen, flamenco y caudillo del movimiento nacionalista de Flandes. Y asesinado. Hay que recordar a los rumanos: Codreanu, fundador de la Guardia de Hierro, asesinado con trece de sus seguidores; Horia Sima, que asumió el mando de la Guardia de Hierro tras la muerte de Codreanu, condenado a muerte en rebeldía; Ion Motza y su amigo Marin, muertos peleando en España contra el comunismo. De Hungría habría que recordar a Zoltan Bozormeny y a Mesko. Al suizo Rolf Henne, fundador de un Frente Nacional. A los eslovacos Taka y Alexander Mach. Al ruso Larki. Al holandés Antón Adriaan Mussart. Al croata Pavelich. Al eslovaco Tiso. Al yanqui Ezra Pound.

    El final de Ramiro tuvo algo de poema que no puedo olvidar. Para terminar su ¿Fascismo en España? regresó a sus orígenes natales, a su sayaguesa Puebla de Sanabria (*), en cuyo lago, como un joven Nietzsche en la Engadina, hace las que serán sus últimas meditaciones sosegadas en libertad. Porque retorna a Madrid, donde tiene la familia de padres y hermanos, a su calle Santa Juliana en el atroz Cuatro Caminos. José Antonio, desde la cárcel de Alicante, dio la orden de cooperar con Ramiro a los camaradas que estuvieran aún en libertad. El 11 de julio, logró sacar el primer número de Nuestra Revolución, y quedó cesante como empleado de Correos. Era el 2 de agosto, mi cumpleaños. El día anterior había preguntado de nuevo telefónicamente por mí a casa de mi madre. Había cenado con su hermano en la glorieta de la Iglesia. No pudieron llegar a casa. Un coche les siguió, les detuvo y se los llevó a la Dirección General de Seguridad en la calle de Víctor Hugo. De allí pasaría a la prisión de Ventas, donde estaba el otro Ramiro, Maeztu. El mismo Ledesma se había identificado rechazando documentos que le pudieran salvar. Entre miserias y sufrimientos, pero con una serenidad de predestinado, Ramiro soportó su cautiverio. En la madrugada del 29 de octubre, por fin le sacaron al camión. Su muerte fue allí mismo; iba de la mano de Maeztu, de pronto, se soltó exclamando: «A mí me matáis donde yo quiera, no donde vosotros queráis.» Y abalanzándose al fusil más cercano quiso arrebatarlo; pero un miliciano disparó el suyo sobre su cráneo que saltó en pedazos. Maeztu se tapó la cara exclamando: «¡Jesús!» El cadáver de Ramiro lo tiraron dentro del camión a los pies de los otros condenados. Marcharon al cementerio de Aravaca donde abrieron una fosa a la que fueron arrojando fusilado tras fusilado.

    Para terminar esta evocación, me fui una tarde a Santa Juliana, 3, en Cuatro Caminos. La casa estaba repintada, una casa de modern style, a lo principios de siglo. Sin embargo, en su fachada baja había una pintada con una consigna ledesmiana «PATRIA, PAN Y JUSTICIA» y una cruz gamada. Allá, a la izquierda, el Cine Europa donde hablara José Antonio. En la calle una pajarería, un herbolario, una sastrería y dos bares. Creo que en su piso aún habitado por su familia todo sigue igual que él lo dejara, mesa, sillas funcionales.

    De allí, aquella misma tarde marché a Aravaca con mi esposa que tanto le estimaba. Nos hubiera gustado llevarnos a Juan Aparicio. Y aun recoger en su chalet de Fuente del Rey a José María de Areilza que le protegió. El camposanto estaba cerrado; pero entre las verjas vimos el altar y la cruz sobre la fosa común donde cayeron acribillados los demás. Era una tarde dulcísima, otoñal y, allí, descampada. Rastrojos. Soledad. En el suelo, ¡oh!, cartuchos (de escopeta). Y recordé que cuando a nuestro común maestro Ortega le comunicaron la muerte de Ramiro dijo: «No han matado a un hombre, han matado a un entendimiento.» No sólo un entendimiento, querido Ortega, también a un corazón de héroe.

    ((((* NOTA : Aunque en la misma provincia de Zamora, Puebla de Sanabria está muy lejos de la comarca de Sayago
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    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Ramiro Ledesma, José Antonio y Franco vistos por Giménez Caballero



    José Antonio, el Mártir


    Revivo el momento cuando le agarré del brazo, le abracé, por la vieja calle de Santiago, en Valladolid, yendo con Ramiro, Julio, Onésimo, entre otros, 4 de marzo de 1934, camino de su discurso. Precisamente vengo ahora de Valladolid, tras proclamar lo que esa ciudad significa —corazón de España—, frente al Madrid sucedáneo, burocrático y capitalero, bueno para «alzar bandera» el 29 de octubre de 1933, en el orteguiano Teatro de la Comedia, y anunciar «un Movimiento con irrevocable unidad de destino», «en vigilancia tensa», y mientras los demás —ayer como hoy— «sigan con sus festines».

    Porque fue en sus palabras de Valladolid, bañadas ya con sangre, donde de veras el Movimiento comenzó, al exigir «que nadie es nadie» «sino una pieza y un soldado», y por eso no éramos un partido, «sino una milicia», «aspirando a ser los primeros en el peligro».

    Yo había estado cerca de José Antonio plurales ocasiones, desde que nos abrazamos una noche del 32 (me abrazó como premio a mi Genio de España que acababa de aparecer). Luego, en su despacho o bufete, junto a la Presidencia, desde donde parecía pedir paso a ella en la vacancia de su padre. Y aquella noche imborrable cuando nos sorteó en Riscal para represaliar a los chibiris. Y en almuerzos y cenas con camaradas. Y en mi propio hogar, a solas, varias veces, donde le descubrí ya su destino en su rostro de «Agnus Dei qui tollis peccata Hispaniae» y no se lo quise decir, pero sí a mi esposa (¡Le van a matar! ¡Le crucificarán! ¡Lo lleva en la cara!). Yo no sabía entonces que cuando los pueblos quieren salvarse, desde las más remotas culturas, se busca «un arquetipo o héroe» «para un "asesinato primordial" que regenere lo que se estaba muriendo». Por eso las juventudes no se mueven con discursos, sino con sangre y ejemplaridad. «¡Ecce José Antonio!» Le tenía tan cerca aquella mañana que casi bajo su brazo sentía palpitarle el corazón.

    —José Antonio, ¿no notas que tu presencia hace nuevas estas calles viejísimas de Valladolid?

    José Antonio se sonrió y yo proseguí:

    —Nunca sabrán en América ni en Rusia lo que una milenaria ciudad de Europa con solera conserva de juventud inagotable. Y siempre se engañan respecto a Europa, jamás vencida cuando más vencida parece.

    José Antonio se detuvo un instante. Me miró soltándose de mi brazo. Pero en seguida me volvió a coger, ordenándome con gran dulzura, mientras reanudábamos la marcha:

    —Sigue. Me interesa lo que dices.


    Y yo seguí:

    —Mira. Ése es Santiago, el símbolo de todos los resucitamientos españoles. En esa parroquia hay un Cristo que se llama de la Luz. Pero con tal luz de juventud que más que muerto parece resucitado, como si su sacrificio no fuera morir... ¡Quién de nosotros pudiera imitarle! ¡Sabiendo que la muerte es la salvación de todos los demás, de todos los cobardes y viles y los débiles, de los que no se atrevieron, de los que no sospecharon la existencia de un sábado de gloria!

    Sentí a José Antonio estremecerse. Y proseguí:

    —Creo que en la iglesia hubo también un Della Robbia, el florentino. Esta ciudad es muy romana, muy renacentista dentro de su goticismo ario. Esta ciudad es más tuya que Madrid, José Antonio... Tu figura la veo encuadrada en esta ciudad como en ninguna otra de España. Es la ciudad de la unidad, del imperio, y también de los caudillos como aquel gran don Alvaro de Luna, el precursor, que murió traicionado como tu padre...

    Alguien vino por José Antonio. Y ya no me le acerqué hasta después del mitin en el Calderón, junto a Alvargonzález, que le habían dado un balazo en el muslo. Mientras sonaban los tiros a la salida del mitin, yo miraba arder de resurrección a Valladolid. No me había engañado. Bastaron unas palabras de José Antonio, con dureza de arado que rotura la tierra seca, para que creciera el grano de que hablara fray Luis «y se aumentase a millares el fruto deseado».

    Era el milagro presentido. Los desconchones de Valladolid en los muros desaparecieron y se veía brotar haces de rosas, y las torres derruidas se irguieron como brazos levantados y un olor de primavera inundaba el alma y cantos de juventud estallaban en ese aire florecido y marcial de marzo. Desde ese mismo momento surgía la futura victoria española. Se abría la salvación. Perdido Madrid el 18 de julio de 1936, Valladolid —abnegado, paterno, sublime— recuperaba la capitalidad que su hijo el vallisoletano Felipe II le quitara en 1605 para dársela a Madrid. Los indolentes paseantes de cafés y soportales empuñaron un fusil. Corrían en camiones, a pie, como podían camino de la muralla serrana que de Madrid les separaba. Era el rugido del león que le roban su cachorro. Y salta al alto, al «Alto de los Leones». (Sin imaginar que un día esos leones hechos Lion's Club los sustituirían en Madrid.)

    José Antonio miraría a lo lejos su Madrid perdido. Y su Valladolid ¡renacido! (Y el Cristo de la Luz en Santiago el Viejo ofreciendo su Cuerpo joven —los mismos años de José Antonio— al sacrificio redentor.) Había caído ya Onésimo. Y Ramiro. Y Julio. Y, al fin, José.

    ¿Sabe Valladolid hoy lo que se cierne sobre España? ¿Y que no es una catástrofe a lo 36, sino que el Pisuerga pueda convertirse en el Leteo, el río del olvido? En que se vaya poco a poco borrando el nombre de España. Por eso la otra mañana me fui a Valladolid a la vieja calle de Santiago. Y quise de nuevo ¡agarrarme a José Antonio! Para sentirle cerca, angustiadamente cerca, ¡José Antonio el Mártir!

    ¿Qué hubiera acaecido si José Antonio liberado se presenta en la Salamanca del 36? ¿Su lucha contra Franco? ¿La derrota de la España llamada nacional?

    Quizá no. Pero desde luego quienes fusilaron a José Antonio prestaron un máximo servicio a algo más allá de José Antonio y de Franco: a una España nueva y trascendental que reveló su entierro a hombros de millares y millares de juventudes españolas desde Alicante a El Escorial. Para ser sepultado bajo el altar mayor del templo y sobre el panteón de los pasados dinastas españoles. ¿Pudo darse mayor revolución?

    José Antonio llegó con ese entierro escurialense a Mártir de su pueblo. Y no por proceder, como sus coetáneos fascistas, de lo social, de lo marxista —tal el Duce, tal el Führer y hoy un Walesa en Polonia—, ¡sino por encarnar la saga heroica de una «nobleza obliga» como vengador de su padre ante la monarquía que lo liquidó, política y físicamente, en el destierro!

    ¡Aquel entierro de José Antonio! Que la España del 20 de noviembre de 1981 contempló hipnotizada en La Clave de TVE, resultando, así, la clave de todo cuanto se vio y discutió tal noche.

    La de entronizar una nueva dinastía social, juvenil, revolucionaria, en aquel Escorial de las estirpes ya consuntas, obligando a que el Victorioso de la guerra: Franco, le saludara con un ¡presente! como a un héroe que ya no podía morir, entrando en la eternidad. Al mismo tiempo que le ofrecía levantar otro nuevo Escorial revolucionario y social, donde el propio Franco, como colaborador suyo, se le uniría en una sola tumba emblemática de todos los caídos, y que vendría a ser para España lo que aquella de un Lenin, en Moscú, frente a las periclitadas de los antiguos zares.

    Ese Escorial (como tumba de dinastías, que se dio en todas las culturas desde las prehistóricas), y que en España, al fin definitivo, lo erige Felipe II para acabar con los enterramientos reales, dispersos por toda la Península en la Reconquista desde el de Pelayo, en Santa Eulalia de Abamia, hasta los de Isabel y Fernando en Granada.

    En mi documental de No-Do «Revelación del Escorial» mostré que ese Escorial felipeño significó la cima de nuestro poderío imperial, imitado por Les Invalides, de París; de Mafra, en Portugal, o de San Francisco, en Quito; empezando ya a dejar de ser entendido desde el XVIII por el liberalismo de un Schiller y un Quintana, y en el xix por las visiones sarcásticas de un Gautier o un De Amicis. Y que cuando retorna a recobrar su sentido originario es con Unamuno, que le restituye su «claridad». Y luego Ortega, el «Wille zur Macht», de Nietzsche, o voluntad de poderío, llamándole nuestra máxima piedra lírica, aunque debiera haber dicho «heroica». Y predijera un HAZ de juventudes. Y eso hizo posible que yo propusiera desde 1932, desde mi Genio de España, y en 1934, con mi Arte y Estado, el Escorial como resurgimiento. Aquel que encarnaría la saga, el romance de un José Antonio, llevado a hombros por muchedumbres juveniles y revolucionarias, esas que yo recojo y filmo en mi documental. Un nuevo Escorial, hecho ya sangre y esperanza. José Antonio, el Mártir.

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    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Franco, el Victorioso


    La primera vez que yo vi a Franco fue en 1921 y en Marruecos, Campamento de Uad Lau, donde yo llegué desde Estrasburgo (primer profesor de español en su Universidad), para defender el honor español ultrajado en la catástrofe bélica de Annual, recién jurada la bandera, en el Cuartel madrileño de la Montaña. Iba Franco al frente de un destacamento, creo que como Comandante —le llamaban el Comandantín— en marcha hacia Xaüen.

    La segunda vez que su nombre se unió a mi vida fue en 1933, cuando en mi libro La Nueva Catolicidad lo estampé como posible sublevado. Y la ocasión tercera, ya frente a frente: Palacio episcopal de Salamanca, 7 de noviembre de 1936: en su Cuartel General de insurrecto.

    Era el segundo piso —y último— su despacho. Al abrirse la puerta para «franquearme» el paso me encontré al General de espaldas al balcón que daba a la plaza frente a la Catedral y no lejos de Anaya, palacio dieciochesco, Instituto de 2.a Enseñanza y que yo convertiría en Ministerio de Propaganda, germen del actual de Cultura. Franco, vestido de uniforme caqui, pantalón largo, el fajín algo desceñido y papeles en las manos, se volvió para saludarme. Mi impresión quedó imborrable (y decisiva). Más que un militar a la española era una figura bíblica, ¡un rey David! Breve de estatura, pero con una cabeza entre el guerrero y el artista. Con ojos de inspirado. Como de músico. Y en vez de los papeles que tenía en la mano me pareció adivinar un arpa (aunque fuera el pincel y no la música su pasión). ¡David! ¡David! Mi conversación exacta la referí en mis Memorias de un dictador. Ahora sólo recordaré que como doctrina deberíamos renovar nuestro Catolicismo otra vez combatiente tal como yo lo había propuesto en mi Genio de España del que me hizo un elogio. Y me propuso que me ocupara de la Prensa y Propaganda, bajo el simbólico nombre del General Millán Astray dadas nuestras circunstancias bélicas. Añadiendo: «En cuanto a medios para esa tarea no los hay por el momento.»

    (Habíamos sellado el mismo pacto que Ockam con el Emperador bávaro en el XIV: «Tu me defendas gladio. Te defendam calamo.» Tú con la pluma y yo con la espada.)

    Al salir me dirigí hacia el río un tanto alucinado. (¡David! ¡David! Desafiando a un Goliat)... Y sin embargo David venció y dominó el Hebrón hasta conquistar todo Israel y entrar en Jerusalén que para nosotros sería Madrid. ¡David! Aquellos papeles de Franco en su mano, ¿serían Salmos? Pero los Salmos fueron los míos cuando recité unas «Exaltaciones» desde el pulpito de la Catedral para excitar a la conquista hierosolimitana de la Capital española.

    Le había solicitado un retrato y a los pocos días lo recibí. Era el local que le hiciera Jalón Ángel con una firma en la que envolvía su nombre como con ráfagas, para ocultarlo más que subrayarlo. Aun sin más dinero que mil pesetas aportadas por mi hermano Ángel recién liberado de Madrid y una paga del General Millán Astray (que me llamaba su Coronel), montamos un germen de Ministerio requisando varias máquinas de escribir y unas radios caseras y disponiendo como órgano La Gaceta Regional de Salamanca dirigida por Juan Aparicio, a quien me traje de Ávila donde le encontré. También incorporé a Víctor de la Serna, Antonio de Obregón, Ramón de Rato y Lucas de Oriol. El primer tropiezo fue cuando quiso hablar Franco por radio el último día del año mientras moría Unamuno y quizá yo, fusilado, porque aquello no funcionó.

    Pero donde estuve a punto de serlo: por el propio Millán Astray. A causa de que tampoco funcionó una emisora improvisada entre esterillas, Palacio de Anaya, nuestra sede, y le engañé diciendo que su alocución había sido magnífica, tras haberle presentado yo. Pero como a las pocas horas nos bombardearon los rojos, creyó que le habían localizado por mi culpa. Y tuve que ofrecerle mi cabeza.

    Todavía: otro incidente con los falangistas joseantonianos por no haber hablado yo en un mitin con los brazos remangados. Hedilla debió meterme, a petición mía, en el calabozo, de donde Millán Astray quiso sacarme a tiros con sus legionarios. Al fin llegó Ramón Serrano Suñer a Salamanca y pudimos formar un Secretariado político o primer Gobierno con el que abordamos la Unificación de los Tradicionalistas, haciendo yo el Discurso que leyó Franco. Por lo que los joseantonianos me quisieron matar —olvidando que ellos heredaron las JONS— y me salvaron Ridruejo y Foxá. Hube de marchar a Pamplona para hacerme Alférez Provisional y estar en el Frente más seguro que en Salamanca.

    Salí con el número 1 de la Promoción Navarra y Franco vino a la Jura de nuestra Bandera poniéndose la boina colorada que ya previamente yo me había encasquetado y retratado en el diario Arriba España de Yzurdiaga.

    Marché primero al Frente de Guadalajara con el Coronel Villalba (del Alcázar), y luego al de Teruel con Varela, y luego al de Alfambra con Yagüe, para terminar en la reconquista de Cataluña con la IV de Navarra mandada por Camilo Alonso. Pero en medio de este batallar (como hubiera dicho aquel Ortega y Rubio, catedrático de historia en la Universidad: «que sin cesar batallo / y una vez puesto en mi silla / se va ensanchando Castilla / delante de mi caballo») tuve oportunidad de ir a Italia para recibir el Premio de Roma por mi libro Roma Madre y llevar unos flechas y pelayos (juventudes) a conocer la Ciudad sacra y unirse a las organizaciones del Duce. Pero mis mejores escapadas eran al final de año a Burgos, donde ya estaba Franco, y seguir bebiendo una copa de champán con él y su familia. Gozando de esa intimidad excepcional hasta terminar la guerra y trasladarse el Caudillo a Madrid, donde mi hija Elena, amiga de la de Franco —«Nenuca»—, visitaba con frecuencia El Pardo.

    ¿Cuántas veces me pregunté quién era Franco? Un buen observatorio fue el de Salamanca cuando la Unificación de falangistas y requetés. Del modo como José Antonio asimiló las JONS de Ledesma Ramos con su FET de las JONS, así Franco con el Tradicionalismo en aquel tren de siglas «Falange Española Tradicionalista y de las JONS (y de los Grandes expresos europeos, como se le añadía en burla). Pero eso le llevó a la Victoria mientras el enemigo se dividió y perdió.

    En Salamanca tuvieron su primera derrota los hitlerianos. Ganaron los romanos con Serrano Suñer. Pero más los católicos que los fascistas del Duce. Fue una introducción a la histórica entrevista de Hendaya —1940— con el Führer.

    Mucha gente creía que el artífice de esa política cedista o democristiana era Ramón Serrano Suñer. Pero tras un incidente en Begoña con los Tradicionalistas, Franco prescindió de su cuñado, hasta entonces «Cuñadísimo». Cuyo mayor mérito consistió en asimilar al servicio del franquismo a intelectuales «izquierdosos» como los llamaban las viejas derechas (Laín, Tovar, Ridruejo, Torrente Ballester, Panero, Rosales, Vivanco, Aranguren, entre otros).

    ***

    Nuevo dato estremecedor para mí fue cuando en plena guerra y aún en Salamanca, sonó por vez primera la Marcha Real de los Borbones y se fue prescindiendo del maravilloso y revolucionario Himno de Tellería, el Cara al sol. ¿Iba Franco a una Restauración?

    Fue cuando yo me planteé, en mi celda del Palacio arzobispal de Salamanca, mi videncia sobre la «Motorización de la Historia», la teoría de la Relatividad aplicada a lo político. Que me inspiró un ensayo clarividente publicado en La Gaceta Regional de Salamanca. Afirmando que del modo como se había acelerado, acortado el Espacio con la Velocidad, así también el Tiempo y podía darse en un mismo sujeto histórico varias anteriores etapas seculares. Y es cuando ya planteé la gran cuestión. Franco se inició por 1936 como un Don Pelayo reconquistador. Victorioso un día (1939) asumía otro símbolo histórico español: el de Cisneros. Para dar paso a un nuevo César austríaco, un nuevo Carlos V, en este caso: a Hitler. Pero si no lo hiciera —como no lo hizo— se convertiría en el tercer símbolo histórico español: el de Cánovas o restaurador de la Monarquía borbónica y de la democracia parlamentaria a la inglesa, y, por tanto, con el peligro de pronunciamientos y rebeldías sociales y la vuelta al Separatismo regional. Don Pelayo-Cisneros-Cánovas: eso ¡en Salamanca en plena guerra aún! El secreto que inspiró a Franco: la reanudación de la Marcha Real.

    Pero la cosa era más complicada. Franco no restauró la Marcha Real para un nuevo Borbón, ¡sino para sí mismo! Y previendo enlaces dinásticos con la antigua Familia Real. (Como así lo procuró: alejando a Don Juan, directo Sucesor de Alfonso XIII, pero oficial británico, adoptando a su hijo Juan Carlos mientras casaba a su nieta con Don Alfonso de Borbón y por tanto instauraba su apellido Caudillal, el Franquismo, en la anterior Realeza borbónica. Y por tanto, la Marcha Real aquella de Salamanca sería para él.)

    Esto que parece una elucubración fue una realidad. Y una realidad mi previsión de que aquello naufragaría por la ley inexorable del sapientísimo y milenario Manu: «Tu vecino: tu enemigo. ¿Y tu amigo? El vecino de tu vecino.» No me cansaré de reiterarlo. Nosotros habíamos ganado la guerra que hizo de Franco EL VICTORIOSO, por haber recobrado nuestros aliados seculares e históricos: el romano y el germánico. Desde los Visigodos católicos a Carlos V y el final de los Austrias en el XVII. El Secreto del Escorial.

    Pero cuando entraron franceses vecinos del Pirineo e ingleses vecinos por el Mar de Gibraltar, nuestra decadencia se precipitó.

    Desesperado, intenté lo que he repetido en la prensa de todo el mundo: la vuelta de un austríaco (Hitler) catolizado por una goda española (aristócrata aria por los Primo de Rivera). Y que falló por la herida de Hitler de la primera guerra mundial, en un genital que le esterilizó. Pero de haber sido yo Embajador de Franco en Hendaya creo que hubiera esclarecido a Hitler. Cuando me quisieron proponer los alemanes como Embajador era ya tarde, la guerra casi perdida. Y por tanto Europa. Y por tanto España.

    Sin embargo, Franco hizo milagros con su Caudillaje «Victorioso» reconstruyendo España y poniéndola al día de la civilidad europea y americana.

    Pero ese mérito inolvidable tuvo la temible contrapartida de «aburguesar» y destruir a los antiguos combatientes victoriosos y hacerles pactar al fin, «consentir», ¡el consenso!, y putrefactarse al contacto de sus antiguos enemigos, sobre todo intelectualmente. Y hacer con ellos una España ni carne ni pescado ni del todo socialista y ya de ningún modo combatiente, mística, austera y «fanática», con el fanatismo sacro (fanatismo viene de «Fanum»: templo) que le otorgara la Victoria. Sustituyendo aquel misticismo religioso: por la droga, y la conquista guerrera; por los atracos, y, la Unidad recobrada por una nueva España de taifas, medievalizada, prehistorizada. Y pretendiendo colaborar con una Europa «inexistente», con un «fantástico» Mercado Común, un «retórico» Parlamento europeo en Estrasburgo y una invitación al baile de máscaras de la OTAN. (De caretas: las del genial lobby judío de Nueva York con su Banca para comprar barato con los norteamericanos los pueblos asustados por la Rusia marxista, la pobre e inocente Rusia marxista, pieza clave del capitalismo actual.) (*)

    El habernos Franco apartado de la guerra grande y haber enriquecido a España y el temor de que a su muerte tornara el país a un derrumbe, lo sintió el pueblo cuando murió (el mismo día 20 de noviembre que fusilaran —1936— a José Antonio), acudiendo a decirle adiós en su féretro expuesto en el Palacio Real con una afluencia que me hizo pensar en la tumba de un Lenin gallego. Y ese pueblo español no se equivocó. Su obra comenzó a derrumbarse y España a quedar sin más política de salvación que jugar con los vencedores, en un angustiado escapismo. En un lento e inexorable avance hacia el pasado decadencial, en un auténtico y definitivo 98 o liquidación de España misma.

    ***

    Mis relaciones con Franco fueron de admiración y gratitud. Me había definido como «un peso pluma» en el boxeo político. Me denominó delante de dos Ministros y un Embajador que yo no sólo tenía la mejor pluma de España en aquel momento sino además «corazón». Me había visto afrontar peligros internos, acudir a los frentes y marchar voluntario a Rusia de la que se me retiró dos veces. Y al protestar ante él me detuvo diciendo simplemente «he sido yo. A usted le necesito aquí». Lo que me impulsó a abrazarle en aquel Palacio de El Pardo, ese Pardo de mi niñez, en el de mi tío Agapito. Ese Pardo que yo profeticé en el final de mi Genio de España —1932— como el Monte Tabor de nuestro inmediato destino. También me abrazó otra vez cuando terminada la guerra mundial le felicité por ir «aterrizando sin un impacto en las alas». Al fin y al cabo, Franco conocía mejor que nadie nuestra aportación: una doctrina, combatientes falangistas, dinero, armas y voluntarios de dos poderosos aliados (Alemania e Italia). De no haber existido esta contribución su 18 de julio del 36 hubiera quedado en un Pronunciamiento más con algunos militares y unos conspiradores monárquicos.

    ***

    Pero mi visión inicial de un rey David, de un héroe semítico se fue afianzando según le fui tratando y conociendo. Ese semitismo del Franco y del Bahamonde, que en su hermano marino (Nicolás) se disimulaba con un ramalazo como céltico o ánglico, se convertía en belleza bíblica con su hija «Nenuca», y se acentuaba en Ramón, el heroico aviador del Plus Ultra, nuestro Lindbergh y con un típico fondo revolucionario que llevaba en su sangre la raza de Moisés, Cristo y Marx. Yo le conocí al proyectar en 1932 mi última película del Cineclub, El acorazado Potemkín, entre gritos y tiros y apagón de luces en el Cine del Callao, Madrid. Y luego en Roma casi al fin de la guerra civil como colaborador de su hermano desde Baleares. Nos dimos un gran paseo romano en una conversación alterada por largos silencios. Asimismo asistí ante Francisco Franco, su hermano, en su despacho de Burgos, estando a solas con él, cuando le comunicaron que Ramón había desaparecido en un vuelo de guerra desde su base balear. Franco no se inmutó. Sólo me pidió excusa para retirarse al antedespacho. No quería que le vieran llorar, él que tenía —como ciclotímico— la facilidad de las lágrimas, con lo que confundía a las gentes, creyéndole un débil y por tanto fácilmente dominable.

    ***

    Actualizado tal fondo faraónico y mesiánico, le llevó a la erección piramidálica de Cuelgamuros, la del Valle de los Caídos. La de un nuevo Escorial en memoria de todos los combatientes de la guerra civil y como símbolos históricos los restos de José Antonio y de él mismo. Quizá recordando un texto mío que le señalara, un día, de mi Genio de España. Y decía así: «En torno a las Tumbas de los Héroes griegos es donde nacieron los primeros oráculos. El alma o genio —la psique— de los Héroes vivía como una mariposa en lo hondo de la tierra. Al invocarla, ese alma aparecía y hablaba por la boca del Oráculo. Y transmitía el secreto de Continuidad a la nación en peligro. ¡Muertos vitales!»

    De ahí las peregrinaciones periódicas a ese Valle de los Caídos. Y las solitarias de alguien, como yo, que aspiraría a guardián de tales Muertos, si me quedara solo, al final de mi vida, si no como monje, al menos como oblato, buscando su inspiración para nuevos resurgimientos, en una España desintegrada y agónica... Tal como ya lograra en 1932 al invocar el Genio de España cuando ese genio parecía agonizante, en los estertores de una inminente guerra civil. Y así la vida tornaría a brotar de unas Tumbas. Y la Vida de la Muerte. (...)

    ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO (1985)
    (*) El “socialismo”, la “droga”, los “atracos”, las “taifas” (autonómicas), el “Mercado Común”, el “Parlamento Europeo” la “OTAN” y los“lobbys judíos” a que se refiere Giménez Caballero en 1985, sin discernir debidamente, pertenecen ya al reinado de Juan Carlos, y no hubieran existido en 1985 de haber seguido Franco con vida.


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    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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