Desde luego, para los seguidores de la hipótesis del evolucionismo darwinista, debe de ser complicado tener que admitir un hecho en el que se suele hurgar con frecuencia cada vez que se discute sobre sus planteamientos. Me refiero a la cuestión de los enormes agujeros existentes en la evolución que presentan las especies vivientes a la hora de establecerse una línea evolutiva que las conecte con éstos o aquéllos antecesores. Esos agujeros son de millones de años en numerosos casos y claro, resulta complicado establecer tales líneas. El conocimiento de los códigos genéticos está ayudando no poco a ir elaborando "redes" que irán estableciendo dichas conexiones, pero al tiempo la ciencia de la Genética está generando no pocos problemas también: un código por definición es algo que está pensado y programado; además, la propia existencia de las redes de interconexión precisan ser demostradas, es decir, dar resultados verificables que sean ciertos, y cuanto mayores sean las redes el grado de complejidad de las mismas tendrá un crecimiento exponencial.
En cambio, qué tranquilos pueden respirar sus homónimos que se dedican al estudio del Universo. La evolución de éste es algo casi cantado hoy en día, desde el "Big Bang" hasta algo tan familiar para nosotros como el Sol, la Luna o nuestro planeta, es posible recorrer todas las etapas, casi todos los hechos, ya sean cósmicos, estelares o planetarios, son predecibles, o lo que es igual, guardan una perfecta correlación, no hay otros agujeros que los negros, y las líneas de investigación giran alrededor de cuestiones cada vez más profundas, cada vez más próximas a la delgadísima línea roja que separan a la Cosmología, Metafísica, Ontología y Teología.
¿Dónde está el problema de la evolución si, evolución no? Si darwin hubiese planteado su hipótesis en otros términos --por ejemplo, no introduciendo directamente el origen del hombre--; si no se hubiesen forzado los argumentos que buscaban la eliminación de Dios para ser sustituido por un modo absurdo de contemplar el azar, con mucha probabilidad la hipótesis de la evolución de las especies vivientes hubiese tenido otras consecuencias más similares, o comparables en cierta medida, a los tratamientos que se dan al conocimiento del Universo. En Física también hay roces, chirridos, que provienen de la publicación de ensayos en los que además de Física como eje empírico del tema, se mezclan excursos pardos sobre Metafísica, --generalmente para rechazarla--, y sobre Teología para negar a Dios. Evidentemente, en estos casos el ensayista deja la careta de científico y se pone el pijama a rayas del aficionado a la especulación y, dado que no suelen ser especialistas en esos campos, suelen rozar el ridículo en muchas de sus afirmaciones.
Pues bien, admitiendo una evolución, o un devenir, cósmico, lo cierto es que tal proceso no resta en nada al hecho de la Creación. A la vista de la secuencia lógica y cuasi completa de los hechos observados, medidos y pesados, que cosnituyen el Universo, no queda otra que admitir que dichas condiciones generales para que semejante vastedad, tal como la vemos, tal como se nos presenta en todas sus dimensiones, frecuencias, etc., es obra de alguien --Dios--, y no de algo --azar y probabilidad--. A Dios le atribuimos una inteligencia suprema, pero el azar no es nada por si mismo; además, para que haya azar en un momento dado es totalmente necesario que exista algo antes, es decir, el azar no se da sobre la inexistencia, sobre la nada si se prefiere. Piensese en ello, medítese al respecto ¿qué azar puede haber sobre la no-existencia? Y es que para que el azar funcione, para que tenga una función, se tiene que dar primero la condición posible de la contingencia, es decir, o esto o aquéllo, pero si se plantea que todo surge por azar, tal y como sostienen los materialistas, ¿sobre qué actúa la contingencia? y es que si no existe ésta tampoco puede existir el azar, y es que la contingencia para ser posible exige un soporte sobre el cual pueda actuar el azar.
Supongamos que puedo hacerme millonario o me puedo arruinar. Pero para ello se han de dar unas premisas imprescindibles: una, que previamente yo disponga de una cierta cantidad de dinero, --la suficiente para poder multiplicarla o para que me pueda arruinar con facilidad si no cumplo con las leyes de una economía básica--. Pero también se han de dar las condiciones para que puedan darse ambas opciones. Por supuesto, también existe la posibilidad de que conservando el dinero inicial ni me haga millonario, ni me arruine.
Claro que ahora que lo pienso, ¿ese dinero de dónde ha salido? ¿quién o qué me lo ha dado? ¿es posible que me lo haya dado el azar? sí, dirán algunos, pues has jugado a la lotería, bingo, quinielas, etc., y te ha tocado !qué bien! ¡qué suerte! Pero también me lo puede haber dado alguien ¿verdad?: una herencia, una donación, un préstamo bancario, de un familiar, de un amigo...
Pero ¿qué pasa si no hay nadie ni nada de dónde obtenerla? No hay bingos, no existe la lotería, no tengo un tío millonario..., es decir, no hay, no existe, no hay de dónde sacar una cantidad que resulta obrar en mi poder. Está claro que ha de tener una procedencia ¿la habré fabricado yo? entonces, ¿para que lo quiero si no hay donde invertirlo o malgastarlo?
La última conclusión que me queda es que alguien a quien no conozco previamente, a quien no veo ni he visto, me ha dado una cantidad para que yo haga con eso tres cosas: invertirlo y ganar más; guardarlo para que no se pierda; derrocharlo hasta que se gaste.
Entonces, la segunda opción no tiene sentido porque si no lo arriesgo se queda estático, de ese acto nada va a pasar. Pero si lo invierto es cuando lo someto al azar: o me hago millonario o me arruino. Por supuesto, en la tercera opción tampoco interviene el azar por cuanto lo que hago es dilapidar el dinero voluntariamente.
Para hacer millones, o para arruinarme, necesito el medio adecuado: mercado de valores, empresas, bancos, negocios, en resumen, la pre-existencia que me permite ganar mucho o perderlo todo si no hago bien las inversiones.
Traslademos ahora este argumento dinerario a la Creación y el Universo, donde la Creación es el capital y el Universo el marco en el cual voy a hacer las inversiones:
-. Ya hemos visto que para que haya azar, tiene que haber posibilidad de contingencia: o si, o no.
-. Para que haya contingencia alguien o algo tiene que haber puesto las condiciones de que aquélla sea posible, es decir, no hay ninguna posibilidad previa sin la voluntad de alguien. Porque ¿qué posibilidad de surgir hubiese tenido el Universo sin una causa y condición previas? (quien me ha dado el dinero y para qué) , más todavía y ¿en relación a qué? (el escenario necesario para que se pueda producir todo el proceso). De modo que no usemos argumentos tipo "porque sí" o "porque lo digo yo", éstos no son válidos, sólo responde a deseos personales, a apreciaciones y valoraciones subjetivas.
-. Aplicándose el azar a los procesos, hay que tener en cuenta que para que se den alternativas (la contingencia) es totalmente necesario que éstas, las dos o más posibles, han de estar previstas (el Universo entero es portador de información). Pero no es posible que cada elemento constitutivo de cada proceso posible, deba su existencia al azar. Sin admitir este principio básico sólo podríamos ir directamente al caos, es decir, no habría ni causa ni efecto, sólo caos y sabemos que esto no es así. Pero incluso el caos necesita de algún sitio en el que estar, al tiempo que sobre él no cabe aplicar ningún tipo de azar, pues el azar sólo es la oportunidad de que algo se produzca o que no lo haga, pero en el caos no hay consecuencia posible.
-. Llegamos al punto en el que vemos que el azar está muy, pero que muy, limitado. ¿Cuáles son esos límites? Si el azar fuese infinito, tendría el límite de su no existencia, porque no habría contingencia. La conocida como ley de los grandes números nos demuestra que cuanto mayor sea la probabilidad, menor es la variabilidad. De hecho se llega al punto en el que las cosas son si o si, y en eso no hay azar.
-. Por tanto, si no queda sitio para el caos inerte (dinero guardadito y sin tocar); si no queda sitio para el caos al límite (el dinero tirado en juergas); si no hay opción de azar ni hay contingencia, sólo queda orden y predestinación, o lo que es lo mismo: diseño calculado hasta el mínimo cuántico.
-. Y ahora llegamos al punto de preguntarnos ¿y quien delimita el campo o escenario para el desarrollo de todo? No es posible ni imaginar que un azar previo al azar, pues dicho planteamiento es un absurdo en si mismo. Notemos que el azar puede ser constatable en pequeñas cantidades, por ejemplo en la lotería, ¿pero cómo se observarían los resultados de un azar que generase otro azar? es una idea imposible.
Por tanto, el azar sólo es contingencia, incluso Santo Tomás habla de la contingencia de todas las criaturas. Pero previamente para que se den dichas contingencias, tiene que haber un sustrato sobre el que producirse y ese sustrato proviene de alguien que lo ha creado antes.
"He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.
<<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>
Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.
Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."
En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47
Nada sin Dios
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