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Tema: Teólogos progresistas subversivos (hoy “santificados”) en la raíz del Vaticano II

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    Teólogos progresistas subversivos (hoy “santificados”) en la raíz del Vaticano II

    Teilhard de Chardin, Rahner, Congar, Chenu, y Schillebeeckx en una crítica profunda del argentino P. Julio Meinvielle, principal teólogo tradicionalista contemporáneo en su libro “LA IGLESIA Y EL MUNDO MODERNO”.

    Añadir que, de estos cinco heterodoxos bigardos (hubo más en su línea, como Lubac, kung, Ratzinger, etc), los dos primeros eran "jesuitas" (o sea, supuestos seguidores de San Ignacio(¿?) y los otros tres se decían "dominicos", (es decir, supuestos seguidores de Sto Tomás de Aquino (¿?)). Obviamente falso, pero por cinismo que no quedara.

    Escribían sus disparates sin ninguna censura, envalentonados, con la total pasividad de sus superiores jesuitas y dominicos y el aplauso fervoroso de Juan XXIIi y Pablo VI, así como del cardenalato y el episcopado.


    Revista
    FUERZA NUEVA, nº 109, 8-2-1969

    SOBRE EL PROGRESISMO

    Teilhard de Chardin, Congar, Rahner, Chenu, en una crítica profunda del padre Meinvielle

    Hay una gran tendencia hoy (1969) en muchos sacerdotes, sobre todo jóvenes, a acortar distancias entre el estado laical y el estado clerical, y como la corriente histórica que sopla, al menos con fuerza, es una corriente clasista, proletaria, filomarxista, estos sacerdotes quisieran nivelar a los sacerdotes con esos grupos sociales, haciendo una doble argumentación. Engranar a los sacerdotes en ese mundo para remediar la “marcada sensación de frustración que cristaliza en forma aguda de tensión, angustia y desorientación” en muchos de ellos.

    Es este un tema vivo que toca los problemas religiosos del momento. La adhesión al mundo moderno, o de rechazo, determina una actitud fundamental ante el hombre: es que al haberse perdido la visión intelectual de la vida y de sus problemas, se mueve primeramente por motivos emocionales de agrado o desagrado. Julio Meinvielle, en la “La Iglesia y el mundo moderno”, ataca y desvalija estas influencias hegelianas de la concepción progresista y, dando un paso más adelante, afirma que el “progresismo católico” intenta convencer al pueblo de Dios para que abrace al comunismo en un acercamiento sobre la base de un “marxismo cristiano” como hace años Lamennais invitaba al “liberalismo católico” y como dentro de poco se puede invitar al mundo a integrarse en la marcha triunfal del Anticristo.

    Ocho prietos capítulos recogen las principales corrientes de su pensamiento. Después de un acercado estudio del misterio de la Iglesia en el Vaticano II, así como el papel del laico en la obra salvífica y en la liturgia de la Iglesia, donde se cuida de señalar las graves desviaciones de los clérigos progresistas, estudia el mundo en sus múltiples significados, la Iglesia y el mundo en algunos teólogos de esta tendencia, el mundo moderno utilizando al hombre en la construcción de la tecnocracia y lo que el autor llama la “satanocracia”. También estudia el poder judeo-masónico contra la Iglesia, la revolución anticristiana y la pasión que ésta sufre, para finalizar el libro con dos apéndices donde recoge los peligros de un posible cristianismo reencarnado y los recientes documentos del Concilio Vaticano II.

    Fronteras entre la Iglesia y el mundo

    Es indudable que el máximo interés del libro reside en la desarticulación que realiza de los teólogos progresistas. Schillebeeckx O. P. sostiene que las fronteras entre la Iglesia y la humanidad se desvanecen por cuanto aquélla se seculariza al ejercer una acción anónima o de “incógnito” en el mundo o en la humanidad y, en cambio, ésta se “eclesializa”, al practicar cada vez más la fraternidad… Pero esta tesis es artificiosa en todas sus partes, ya que lejos de ser cierta la conclusión del autor sobre el desvanecimiento de las fronteras entre Iglesia y humanidad, es cierta la tesis contraria de que por la apostasía de la humanidad frente a la Iglesia, se hace cada vez más pronunciada la separación entre la Iglesia y la humanidad.

    Una visión ingenua e infantil

    Por lo que toca al padre Congar O. P., su visión de la Iglesia y del mundo es totalmente ingenua e infantil, eco y repetición de la propaganda de la sociedad moderna, la que al estar afectada de un profundo divorcio entre el espíritu y la vida, a los efectos de la propaganda arma un revuelo puramente ideológico y con fines de dominación política de unos grupos sobre otros, pero que, en la realidad de los hechos, no se traducen en ventajas y libertades reales. Al contrario, terminan en un desarrollo y desamparo del hombre y de grupos humanos concretos. El planteamiento del padre Congar, O. P. es pernicioso e increíble. Al ver su optimismo sobre la sociedad contemporánea creíamos estar leyendo los sueños de los materialistas dialécticos sobre el “hombre total”.

    Chenu O. P. es uno de los teólogos más renombrados de las nuevas corrientes y de los que ejercen influencia más decisiva. Exhibe, sin embargo, exagerada y peligrosa complacencia para las ideas y movimientos nuevos, considerando con demasiado optimismo el progreso de la técnica para el bienestar del hombre y formulando apreciaciones benévolas sobre movimientos sociales como el marxismo. Todos su registro de ideas, imágenes y perspectivas con que presenta al mundo moderno en su relación con la Iglesia crea en la imaginación, sobre todo de los jóvenes ardorosos, un espejismo que no puede resistir a la realidad. Chenu O. P. jamás ha intentado un análisis del mundo actual y de las causas por qué este mundo segrega ateísmo y por qué produce el degradado hombre moderno. En consecuencia, aunque pretende dar marco histórico a su reflexiones teológicas, al moverse éstas sobre un fondo que no responde a la verdad, producen una imagen también desajustada de la realidad, la que ha de alentar experiencias pastorales ruidosas, como fue, por ejemplo, la de los curas obreros, iniciativas en la cual tuvo gran parte y responsabilidad el mismo padre Chenu O. P..

    El “cristianismo invisible”, a juicio

    El autor piensa que Karl Rahner, S. J., ha sistematizado, quizá con excesiva fuerza, lo que él llama un “cristianismo invisible” que sería efecto de una “consagración” de la humanidad por la encarnación del Verbo. Esta opinión de Rahner S. J. sobre un cristianismo invisible, que podría justificar a un infiel, aunque no ponga ningún acto de contenido propiamente sobrenatural, es, sin duda, atrevida, y aunque pudiera ser defendida legítimamente, no debe debilitar verdades fundamentales con una forma destacada.

    Hacia la ciencia del mañana

    Teilhard de Chardin S. J., en el juicio de Meinvielle, pretende darnos un esbozo de la gran ciencia del mañana, la ciencia del hombre por excelencia, y que él llama “Energética Humana”. Esta organización y totalización “total” de la energía humana, operada “científicamente” a los ojos del creyente, presenta la historia del mundo como una inmensa cosmogénesis, en el curso de la cual todas las fibras de lo real convergen, sin confundirse, en un Cristo a la vez personal y universal. Teilhard de Chardin S. J. corona con “Cristo” su totalitaria tecnocracia. Ya veremos cómo los verdaderos autores del movimiento novísimo de la promoción de la tecnocracia en marcha, que a través de Jean Coutrot lograron interesar al teólogo, tenían una visión menos ingenua y más realista de aquel punto Omega verdadero hacia el cual marcharía la dominación del mundo.

    “La Iglesia y el mundo moderno” es no sólo una gran especulación teológica, sino una profunda revisión de las ideas progresistas. A nadie escapa que en torno al Concilio Vaticano II se ha desatado una aguda polémica entre los grupos que, actuando en la Iglesia, intentan imponer a ésta una u otra manera de pensar, de hacer, de mostrarse a los hombres. El autor de este libro separa perfectamente los dos grupos filosófico-teológicos: el progresismo, cuyo mentor máximo en Europa parece ser el P. Congar O. P., y el tradicionalismo que cuenta con figuras relevantes como la del P. Julio Meinvielle.

    El núcleo del error del “progresismo cristiano” es que nos quiere convencer hoy, con los “signos de los tiempos”, a través de los cuales nos hablaría Dios en la historia, para que abracemos el comunismo en un acercamiento sobre la base de un marxismo cristiano. Meinvielle resplandece aquí tanto por su acertada crítica como por su ortodoxia. El libro, por lo tanto, nos parece fundamental.

    “LA IGLESIA Y EL MUNDO MODERNO”. - Julio Meinvielle. Ediciones Theoria. 1966. Buenos Aires.





    Última edición por ALACRAN; 21/03/2024 a las 21:33
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Teólogos progresistas subversivos (hoy “santificados”) en la raíz del Vaticano II

    La Teología, ciencia de Dios, arrastrada por los suelos y a merced de los espontáneos...


    Revista FUERZA NUEVA, nº 117, 5-4-1969

    “Teólogos” y Teología

    Fray Miguel OLTRA, O. F. M. (*)


    Desde hace unos años (1969) los “teólogos” proliferan como las setas. Todos hablan de Dios y de religión, queriendo imponer su criterio más o menos heterodoxo. Los teólogos auténticos parece hayan pasado mejor vida, aunque existen gloriosos excepciones.

    Si en el ramo de la Medicina aparece un curandero, los médicos, con mucha razón, le dan el alto y lo denuncian a la autoridad competente. Si alguien intentara levantar un rascacielos sin ser arquitecto y sin la venia del Colegio, los gritos de protesta se oirían en la luna. En cambio, cuando se trata de temas teológicos se pueden decir todos los disparates, hablar de lo que se ignora. La teología católica tiene sus exigencias que no se pueden, bonitamente, saltar “a la torera”.

    Hay un reverendo padre por mis tierras levantinas que se dedica a informar al público “auctoritate qua fungor”, sobre los “mejores” teólogos actuales y sus altisonantes obras. Según el artículo de “Levante”, estos señores han puesto una “pica en Flandes” y suenan mucho: Schillebeeckx, Rahner, Häring, Chenu, Evely, etc. Ignoro si catalogará entre las celebridades a Teilhard de Chardin. Los “teólogos” de segunda línea son innumerables y sus escritos, de un racionalismo procaz y sin freno, se regalan hasta en las delegaciones turísticas. Total, la “ciencia de Dios” tirada por los suelos y a merced de los espontáneos. (…)

    El conocimiento teológico tiene una estructura íntima, específicamente distinta del conocimiento científico o filosófico. Los grandes teólogos, como San Pablo, San Agustín, Buenaventura, etcétera, fueron hombres que, más que entender la revelación, estaban poseídos de la misma.

    La investigación científica es problemática en el punto de arranque y en el resultado. El científico escoge, entre las muchas posibilidades, la que él cree que conduce al fin preconcebido. La crítica que hace del punto de partida y del camino recorrido le deja en libertad para colocarse en puntos de vista opuestos. Pero la teología niega lo problemático y crítico en el principio y fin: el principio es Dios y la revelación divina; el fin es el mismo Dios. O sea, el teólogo tiene que ser creyente, y en sus investigaciones nunca prescindir de la fe.

    Lutero y Kierkegaard abogaron apasionadamente por el dogma. Pero su abogar no era obediencia. Por eso su teología sólo es literatura, porque se acercaron a la teología desde afuera y ésta empieza desde adentro; sólo por la obediencia y, partiendo de ella, se hará también literaria.

    La teología debe empezar con el gran silencio, con la actitud reverente que produce en corazones agradecidos la dádiva recibida, la de la fe. La ciencia sagrada es esencialmente “intelectus fidei”. Por eso K. Adam llama a la teología católica muy acertadamente “sabiduría de los misterios”. (…)

    De ahí que el santo Papa Pío X, en el juramento antimodernista, exija a los teólogos no tratar cuestiones que pertenecen a la tradición de la Iglesia, “solis scientiae principiis”, olvidándose de esa conciencia vital de la Iglesia que tiene expresión infalible en el Magisterio. Por tanto, la característica de la teología católica es el ser teología eclesiástica, en contraposición a la protestante que es escriturística.

    En teología católica, la luz de Dios sólo ilumina a aquél que ha sido hecho luz; demuestra la Ciencia Sagrada que el infinito amor de Dios, activo en la historia redentora, se manifiesta cogniscionalmente a aquél que ha sido antes purificado e inflamado por el mismo amor. (…)

    Sé que este lenguaje es completamente ajeno a la “moderna teología” progresista, cuyo único arranque es el hombre y las verdades llamadas “de situación”. Hasta se ha llegado a formular una “teología de la muerte de Dios”. Y es que todo aquel que prescinde del Orden Sobrenatural y de la Revelación deja de ser teólogo. Su teología, a lo más, será literatura.

    Todos los discursos de los hombres sin fe, a lo largo de la historia, no son más que penosos descensos de buzos al fondo pelágico del misterio del ser, y esos descensos, antes que conquistar la luz, logran tan solo constatar la existencia de un imperio de tinieblas. No es extraño que uno de estos “teólogos” sin fe dijera, en un momento de sinceridad: “Por mi rostro, aun en las horas de más intensa dicha, paréceme que pasa errante la sombra de Caín”.

    (*) Fundador de la Hermandad Sacerdotal Española
    Última edición por ALACRAN; 08/05/2024 a las 13:27
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Teólogos progresistas subversivos (hoy “santificados”) en la raíz del Vaticano II

    "Complot católico contra la Iglesia Católica"


    R
    evista FUERZA NUEVA, nº 119, 19-4-1969

    Complot católico contra la Iglesia Católica

    En la “National Review”, hará aproximadamente un año (1968), apareció con este nombre de “Complot católico contra la Iglesia Católica” uno de los artículos más importantes respecto al problema interior dentro de la Iglesia Católica, publicado bajo la firma de Joseph P. Boyle.

    Se plantea en él la existencia de un grupo de “teólogos revolucionarios”, entre ellos Kung, Congar, Davies, Rahner, Schillebeeckx, etc., con sus ideas y actuaciones, así como la de una serie de cardenales “de avanzada” que pueden considerarse como “revolucionarios” dentro de la Iglesia.

    El artículo citado ha sido recogido y glosado por Agustín Navarro y publicado recientemente (1969) en la revista mejicana “Vértice”.

    Por considerarlo de gran interés para nuestros lectores lo tenemos a las páginas de “Fuerza Nueva” con la seguridad de que les va a hacer reflexionar muy profundamente.

    ****
    Charles Davies (ex sacerdote) al que se le consideró como uno de los peritos conciliares de mayor significación y como el principal teólogo católico británico antes que abandonara la Iglesia, afirma: “sin dudar un momento, yo admito como un hecho evidente que hay fuerzas, dentro de la Iglesia Católica Romana, contrarias a su presente estructura, que están tendiendo a la disolución o eliminación de las instituciones existentes. Y, otra vez, la presente estructura institucional de la Iglesia Romana implica un particular concepto de la verdad. Si la nueva comprensión de la verdad cristiana triunfa en su esfuerzo por ser la dominante, ello originará, en mi opinión, la disolución de esa estructura. Desde este punto, yo creo que los temores de los conservadores están bien fundados”.

    En otra parte, dice textualmente el artículo: “Capítulo tras capítulo de volúmenes postconciliares y de discursos de Rahner, Kung, Schillebeeckx y otros peritos, claramente demuestran sus puntos de vista completamente anticatólicos y su disconformidad con los resultados actuales del Concilio Vaticano II, para no mencionar otras creencias oficiales católicas. En el número de enero 23, de la revista “Look”, por ejemplo, el p. Schillebeeckx dijo (con respecto al Papado): “En la situación feudal era natural forma de autoridad para tomarse en cuenta. En nuestra cultura, totalmente diferente, solamente conduce a cortocircuitos e incomprensiones. POR ESTO ES POR LO QUE YO LO ATACO (el énfasis es añadido)”.

    En el mismo número de “Look”, otros teólogos católicos holandeses muestran claramente sus puntos de vista completamente anticatólicos. Pero comparemos este pensamiento con el del Papa Juan XXIII en su encíclica “Aeterna Dei Sapientia”: “Es indispensable, sin embargo, para la unidad de la fe, que debe existir una unión entre los maestros de las divinas verdades, lo que está en armonía con los obispos entre ellos, en la comunión y en la sumisión al Romano Pontífice. Hemos decidido convocar el II Concilio Ecuménico Vaticano. Así lo hicimos confiando en que la impresionante realización de la jerarquía católica no solamente fortalezca los presupuestos de unidad y fe, trabajo y gobierno, que son las prerrogativas de la verdadera Iglesia, sino que también atraerá la atención de innumerables creyentes en Cristo y los invitará a participar con el Gran Pastor de las ovejas, quien ha confiado su perenne custodia a Pedro y sus sucesores”.

    El mismo artículo manifiesta que, bajo el papa Juan XXIII, “nada se aprobó para menguar la fuerza de la autoridad del Vaticano, es decir, aunque él personalmente era demócrata, sostenía la completa estructura monárquica del catolicismo romano. Mencionaba cómo en los tiempos de Pío XII, que fue el más fuerte de los pontífices, éste se oponía a todos los experimentos sociales y políticos que le urgían algunos monseñores. Él detuvo el movimiento de los sacerdotes obreros en Francia, cuando muchos de ellos se convirtieron en comunistas. Cuando los cardenales franceses fueron a Roma a pedirle que lo reconsiderara, él los hizo regresar bruscamente“.

    “El partido Católico Popular Republicano falló en las elecciones, e hizo a Pío XIII dudar si era adecuado y conveniente que los católicos lo apoyaran. La Curia le convenció gradualmente que esos experimentos eran peligrosos. Así, monseñor Montini (futuro Pablo VI) fue trasladado a Milán y el Papa Pío XII se convirtió en su propio Ministro del Exterior, sin confiar en nadie. Los intereses nacionales de las jerarquías del centro de Europa pasaron a ignorarse y Pío XII se convirtió en el único dirigente del Catolicismo Romano”.

    Sigue el artículo diciendo:

    “Pero cuando Pio XII murió (1958), los obispos franceses, encabezando a los centroeuropeos, formaron una alianza para impedir la elección papal de otro italiano autócrata. Pero como la llamada mayoría conservadora carecía de votos suficientes para imponer su candidato al trono papal, se arregló una transacción, y se escogió un Papa interino, bastante anciano y bondadoso, el cardenal Roncalli, quien se convirtió en el Papa Juan XXIII. Lo que los conservadores no pudieron comprender fue que Juan XXIII, aunque se le había considerado generalmente inocuo, personalmente no estaba muy contento con el círculo de poder cerrado en el Vaticano, en la Curia, y era el mejor amigo del cardenal Bea y de otros católicos liberales franceses. Así, una vez que fue electo, el Papa Juan XXIII empezó sus esfuerzos para corregir los supuestos “errores” del reinado de Pío XII. Su primer acto fue convertir al arzobispo Montini (futuro Pablo VI) en cardenal. Bajo la influencia de su “eminencia gris” el cardenal Bea y otros cardenales disidentes centroeuropeos, convocó el Concilio Vaticano II: para internacionalizar el gobierno de la Iglesia, para modificar la liturgia católica y las prácticas sociales”.

    “A la muerte del Papa Juan XXIII, los bien preparados obispos franceses, holandeses, austriacos, belgas, alemanes, ayudados por las plumas de sus peritos de vanguardia habían convencido a la mayoría de los obispos a apoyar su plan para desplazar del poder a la Curia italiana. Los obispos y sus peritos hicieron efectivo uso de todas las armas de la prensa moderna y de la propaganda para ganarse al público en general. Hicieron aparecer que el problema era realmente de “conservadores” contra “modernistas”, italianos contra no italianos, buenos contra malos, y agentes de la propaganda de izquierda como “Xavier Rynne” (seudónimo de un padre Ryan, o tal vez de Mary Mac Carthy) escribieron reportajes internos desde el Concilio, aparentemente relatando la “lucha política” que se estaba realizando, pero en realidad dando una americanizada y desviada relación política. Sus “Cartas desde la Ciudad del Vaticano” son obras maestras de propaganda tendenciosa. “Times”, “Newsweek”, “Life” y otros medios de propaganda tomaron esa idea de los “malos contra los buenos” y jugaron con ella. Lo que no se había logrado por los revolucionarios en el Concilio, se hizo realidad mediante reportajes amañados. Se sugirió que el mariscal Mac Luhan estaba sentado a la derecha de los peritos, mientras Maquiavelo daba consejos desde la izquierda”.

    La elección del cardenal Montini como Supremo Pontífice (1963) se aseguró mediante las gestiones del cardenal Spellman, quien, según se dijo, convenció al cardenal Ottaviani y a otros cardenales conservadores, líderes entre los cardenales, de la afirmación de que mons. Montini detendría los cambios doctrinales, pero que seguiría adelante con experimentos en materias sociales, de organización y litúrgicos (aunque el papa Juan XXIII había creado algunos “liberales” como cardenales, la mayoría del Sagrado Colegio todavía lo constituían cardenales nombrados por Pío XII). Los liberales estuvieron, por tanto, muy jubilosos con la elevación de uno que creían de su círculo, al papado; pero como Pablo VI demostró que él no se había convertido en el primer Vicario de Dios para presidir la disolución de su Iglesia, muy pronto ellos dejaron de estar de acuerdo con él. Como Pablo VI desbarató una y otra de las maniobras para cambiar las doctrinas de la Iglesia, pronto cayó bajo el ataque de los cardenales “progresistas” y de los peritos, a tal grado que, al terminar la tercera sesión del Vaticano II, algunos de ellos volvieron la espalda al Papa cuando pasó por la nave central de la Basílica de San Pedro (“Life” publicó esa gravísima ofensa).

    El principal problema del Vaticano II era en realidad la colegialidad, o la idea de que los obispo de alguna manera manejaran juntos la Iglesia como un cuerpo colegiado. Los “liberales” sabían que, para destruir el poder del Papa y de la Curia, deberían difundir la idea del dominio de los obispos en forma colectiva. Así, esta maniobra vendría a estorbar la doctrina de la infalibilidad papal, tan rechazada por los protestantes. En una maniobra, lograron avanzar algo mediante una declaración de “colegialidad” que desenfatizaba la infalibilidad papal y, en forma anti-histórica, reconocía al Papa solamente como jefe de los obispos, en un “Colegio” de obispos (o sea, el “primero” pero entre “iguales”). Esto convertía en una burla todas las enseñanzas católicas previas y negaba las decisiones del Vaticano II como Paul Blanshard dice en su libro sobre el Vaticano II: “En toda la discusión sobre este asunto del poder y de la autoridad de la Iglesia, el recurso favorito verbal por los partidarios de la Reforma fue la frase “colegialidad de los obispos”. Sobre todo, los liberales querían definir el poder de los obispos más claramente, de manera que pudiera usarse como arma contra la Curia Romana”.

    “Pero el Papa Pablo VI actuando con su derecho legal para corregir, vetar, o alterar las deliberaciones del Concilio (el cual era solamente un cuerpo consejero, no un parlamento, a pesar de la propaganda liberal en contrario), hizo trece “inserciones” en el proyecto final del “Esquema sobre la Iglesia” (Lumen Gentium) concerniente a la colegialidad, entre otras cosas para corregir la doctrina completamente falsa creada por algunos obispos.Una de estas notas decía:
    Pero el Colegio o cuerpo de obispos no tiene autoridad, a menos de que sea simultáneamente concedida de acuerdo con su cabeza, el Romano Pontífice, el Sucesor de Pedro, y sin ninguna disminución de su poder de primacía sobre todos, tanto los pastores como los creyentes en general. Porque en virtud de este cargo que es el de Vicario de Jesucristo y Pastor de toda la Iglesia, el Pontífice Romano tiene un amplio y supremo poder universal sobre toda la Iglesia, y siempre puede ejercitar ese poder libremente” (Pág. 43, “Los documentos del Vaticano II”).

    “Usando la técnica de ridiculizar por medio de la propaganda, Hans Kung dijo poco después al papa Pablo que “tenía un exagerado punto de vista de su cargo”. Si eso fuera verdad, entonces todos los Papas habrían exagerado, y las enseñanzas católicas anteriores habían sido una mentira”. (...)

    ***

    “Los “peritos” europeos fundaron la más eficiente maquinaria para presionar en favor de las reformas del Concilio. Los “peritos” intelectuales, que realmente impusieron sus teorías sobre muchos obispos, tenían muchas ideas en común y fueron influenciados por distintas corrientes del pensamiento moderno:

    1º- La fenomenología existencialista. 2º- La teología protestante alemana, especialmente Bonhoeffer. 3º- Las ideas del jesuita Teilhard de Chardin”.

    Durante cerca de siete siglos, la teología católica romana se había basado en la filosofía de Santo Tomás de Aquino, el intérprete cristiano de Aristóteles, del siglo XIII. Sin embargo, el pensamiento moderno generalmente ignoró la filosofía de Santo Tomás y la validez de la filosofía “substancial” de Aristóteles, que se ha venido poniendo en duda en una era de “proceso” de la filosofía de la Ciencia.

    Reaccionando contra esa tendencia, los teólogos “de vanguardia católicos” encontraron un énfasis fenomenológico existencial sobre la “auténtica fe”, “la conciencia”, “la persona”, “amor humano”, etc., más de acuerdo con el modo de pensar actual. Más aun, el trabajo de Teilhard de Chardin presenta un proceso desde un punto de vista universal que impresiona el temperamento moderno. Teilhard considera la evolución como un hecho probado y predice, optimista, la evolución de la humanidad en una “noósfera” espiritual de un solo mundo”. “El problema es que su pensamiento pueda impresionar a un público más amplio que el tomismo (que tiene una terminología muy técnica). Teilhard de Chardin y otros teólogos han tratado de arrojar al católico fuera del tomismo.

    Es evidente que la vanguardia de estos teólogos “católicos” trata de apoderarse del Concilio como un medio de descatolizar a la Iglesia Católica Romana, mientras afirman pretender solamente “desromanizarla”.

    Tratando de dirigirse a todos las áreas del pensamiento actual (1968) (ahora hay una sociedad “Católico Marxista” en Londres, y el teólogo Leslie Dewart argumenta en favor de un entendimiento católico con el marxismo), los “liberales” han pretendido disolver lentamente a la Iglesia Católica. Torciendo el sentido de las palabras, usando terminologías e ideas protestantes modernas, los desviacionistas teológicos han triunfado al producir confusión entre los católicos laicos, sacerdotes y religiosos (…).

    Los llamados liberales trataron de racionalizar el daño que habían hecho, arguyendo que la mayoría de aquellos que abandonan la Barca de San Pedro lo hacían porque estaban desanimados por el “fracaso” de Pablo VI, al no adoptar todos los esquemas liberales en la doctrina católica.

    La realidad de los hechos es que la Iglesia, que siempre había pretendido hablar en nombre de Dios, está ahora “hablando en tantas lenguas” que muchos creyentes están confundidos y decepcionados. El deseo de los liberales de ganar a la juventud, ha dejado a los mayores en la angustia y desesperación con que observan la disolución de su fe. ¿Qué caridad y amor demuestra este fraude?”

    ***
    Hasta aquí el artículo de Joseph P. Boyle, aparecido en la “National Review”. Quedan los conceptos personales del autor al juicio maduro de los lectores. El tema es, a no dudar, de trascendental importancia y no puede ser soslayado.

    Nosotros, por nuestra parte, vemos, confortados, cómo sean cuales fueren los embates internos o externos que tenga que sufrir, la Barca de San Pedro sigue adelante –ahora bajo la guía providencial de S. S. Pablo VI- afrontando con valor los asaltos de la tempestad que la sacude, en su lento navegar a través de los siglos hacia el puerto a que la conduce el Espíritu de Dios.


    Última edición por ALACRAN; Hace 2 semanas a las 13:02
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Teólogos progresistas subversivos (hoy “santificados”) en la raíz del Vaticano II

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Sobre por qué los “teólogos” progresistas no abandonan la Iglesia, pese a criticarla continuamente


    Revista FUERZA NUEVA, nº 119, 19-4-1969

    Diario de un ingenuo

    (…) Muchas veces, cuando hemos visto la rebeldía de ciertos teólogos contra el dogma, contra la moral y contra el magisterio de la Iglesia, nos hemos preguntado: ¿Y por qué no se van? Si no creen en la doctrina de la Iglesia católica, tal cual es y tal cual ha sido configurada a lo largo de 2.000 años, ¿por qué no rompen con ella y crean otra, como hicieron en el pasado los apóstatas y los herejes?

    La respuesta la hemos encontrado en una reciente obra de Hans Kung, uno de los teólogos que más puntean entre el rebaño “profético” y “carismático” del progresismo. En el libro se refiere con todo afecto y admiración al teólogo inglés Charles Davies, célebre por haber sido uno de los teólogos conciliares del cardenal Heenan, redactor jefe de la revista internacional de teología “Concilio” y columna del progresismo en Inglaterra, pero, sobre todo, porque al poco tiempo apostató de una forma ruidosa, abandonó la Iglesia y ¿cómo no?, se casó, según es habitual entre los herejes, con una alumna suya de… teología.

    Hans Kung muestra gran comprensión hacia la conducta de Charles Davies, que no le merece la menor censura, pero que, sin embargo, le da ocasión de hacer la siguiente confesión, cuya gravedad valorará el lector por sí solo: “Buscábamos soluciones teológicas similares… Con una diferencia: en el fondo, Charles Davies busca la Iglesia de Jesucristo fuera de la Iglesia concreta… (En cambio) algunos teólogos católicos hemos avanzado en busca de una reforma práctica y teológica que era más radical que la de Davies (pero) que TODAVÍA CONSIDERAMOS TOTALMENTE REALIZABLE DESDE DENTRO”.

    ¿Está claro? Hans Kung piensa igual que Charles Davies, pero no se va de la Iglesia porque considera que esas ideas puede realizarlas desde DENTRO.

    Aún puede quedar otra duda: ¿Qué ventaja hay en seguir dentro? La respuesta es sencilla. La experiencia demuestra que, con excepción de algunos grandes heresiarcas, los apóstatas pierden toda autoridad e influencia sobre las masas en cuanto salen de la Iglesia. Al que abandona el sacerdocio, el pueblo católico le mira con una prevención difícil de vencer. Si además de abandonar el sacerdocio abandona la fe, la repulsa es mayor. POCO PUEDEN HACER YA DESDE “FUERA” para influir sobre ese pueblo cristiano que han abandonado. EN CAMBIO, DESDE “DENTRO”, JUGANDO CON LA CONFUSIÓN Y, SOBRE TODO, CON EL PRESTIGIO Y AUTORIDAD QUE LES PRESTA EL SACERDOCIO, su labor puede ser de graves consecuencias.

    En estos casos, le corresponde una GRAVE RESPONSABILIDAD A LA JERARQUÍA, ya que toda falta de acción es una aprobación tácita de los errores de los apóstatas de “dentro”. Hay tolerancias que no se pueden justificar con la caridad, porque la caridad hacia una persona no puede justificar la falta de caridad para todo un pueblo cristiano que supone el dejarle sin defensa ante el error. El pastor, por amor al lobo, no puede dejarle que devore las ovejas que le han sido confiadas. (…)

    Juan Nuevo


    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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