Francisco Pacheco, alumno de todos y maestro del pintor Diego Velázquez

ANTONIO MARROCO / SEVILLA






Este sevillano de adopción rivalizó con Zurbarán y Herrera el Viejo por ser uno de los artistas más relevantes de su tiempo


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Los desposorios de Santa Inés, obra de Francisco Pacheco fechada en 1628. Museo de Bellas Artes de Sevilla


Francisco Pérez del Río, hijo de Juan Pérez y de Leonor del Río, nació en 1564 en el seno de una familia con tradición marinera de Sanlúcar de Barrameda. Aunque no se conoce el día exacto de su alumbramiento, su partida de bautismo data del 3 de noviembre de ese año. Poco se sabe también acerca de sus primeros años de vida. Tan sólo que pese a criarse junto a las playas de la Bahía de Cádiz el joven no se vio atraído por las labores del mar, sino que dedicaba sus horas al estudio de la literatura y las artes.
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Francisco Pacheco, por Velázquez

Antes de cumplir los 16 años, Francisco quedó huérfano, y hubo de viajar a Sevilla para quedar tutelado por su tío, el licenciado Francisco Pacheco. Era este hombre erudito de pensamiento humanista que por aquel entonces ostentaba el cargo de canónigo de la catedral hispalense. A su llegada a Sevilla, en torno a 1580, el joven Francisco adoptó el apellido del tío y ya como Francisco Pachecho comenzó su aprendizaje artístico en el taller del poco conocido pintor sevillano Luis Fernández. La primera referencia documental del paso de Pachecho por Sevilla data de 1583, al ingresar en la Hermandad de Nazarenos de Santa Cruz en Jerusalén. Contaba entonces con 19 añ os y debí estar ultimando su formación, marcada sin duda por su enorme curiosidad, su genio inquieto y su constante estudio de tratados y grabados tanto italianos como flamencos.
Ya como maestro pintor, y con tan sólo 21 años, arrendó una casa en la calle de los Limones en la cuál estableció su propio taller de pintura. Alli vivió durante ocho años hasta que en 1593 se instaló en la calle San Miguel, donde permaneció durante el resto de sus días. Su obra estaría marcada en gran medida por la corriente manierista en la que se formó. Pero también se aprecia la cuidada educación humanista que le facilitó su tío y protector, lo cual le permitió sobresalir entre sus colegas no sólo por sus pinturas sino porque pudo firmar sus propios tratados y ensayos sobre arte.
Ascenso como primer pintor de Sevilla

El 17 enero de 1594 contrajo matrimonio con María Ruiz de Páramo. A partir de esta fecha, y en plena madurez personal y artística, Pacheco lograría consolidar su figura y su taller. Lo haría apoyado en sus buenas relaciones con el clero, la aristocracia y el poder local, entre los que se fraguó una amplia clientela. De este modo, merced a una pintura de factura seca y lisa en que primaba el dibujo sobre el color, Pacheco pasó a estar considerado como el primer pintor de la barroca Sevilla de comienzos del XVII.
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Santa Inés, de Pacheco (1608)

Si embargo los prósperos años de Pacheco se verían pronto eclipsados por las figuras de artistas de mayor talento. El primero de los pintores emergentes que haría sombra a Pacheco en Sevilla sería el artista de origen flamenco Juan de Roelas. Este protegido del Conde-Duque de Olivares comenzó a acaparar la atención de los ambientes artísticos sevillanos en 1604 y recibió los encargos artísticos más relevantes hasta 1616. En este año se trasladó a la Corte con la intención de ser nombrado pintor del Rey, labor que finalmente nunca llegó a ejercer. Hubo Juan de Roelas de volver a Olivares, pero lo hizo para dedicarse al oficio religioso como canónigo de la Colegiata de Olivares.
Viaje por España y nombramientos

En el ecuador del periodo de dominio de Roelas en Sevilla, en 1610, Francisco Pacheco decidió emprender un viaje que lo llevaron a recorrer Madrid, El Escorial y Toledo para conocer las colecciones reales, las pintura de El Greco y la obra del teórico italiano Vicente Carducho. Volvería a Sevilla en octubre de 1611 con nuevos conocimientos adquiridos que se reflejaron en su obra, permitiéndole una significativa mejoría del tratamiento del colorido y el modelado.
Gracias a ello, y en parte al abandono de la pintura por parte de Juan de Roelas, Pacheco consiguió que su obra fuera recuperando preponderancia en la Sevilla de la época. Pero su nombre no se hizo notable sólo por su pintura. Lo hizo también a tenor de acumular cargos y títulos que incrementaron su estatus social en la ciudad. Significativos fueron los títulos como «veedor del oficio de la pintura», por el cual el Ayuntamiento sevillano lo convertía en una especia de inspector municipal del gremio de pintores. Además le fue concedido el título de «veedor de pinturas sagradas», por el cual la Santa Inquisición lo convertía, a sus 42 años de edad, en su censor oficial.
Pero si hay un acontecimiento que marcaría el recuerdo histórico de Pacheco ese fue, sin duda, el de haber acogido como aprendices en su taller de Sevilla a algunos de los más reconocidos artistas españoles de todos los tiempos: Alonso Cano y Diego Velázquez. Especialmente significativo fue el caso del segundo.
Francisco Pacheco, mentor de Diego Velázquez

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Autorretrato de Diego Velázquez

El sevillano Diego Velázquez entró en el taller de Pacheco en diciembre de 1610, con apenas 11 años de edad. Lo hizo después de haber probado suerte en el taller de Herrera el Viejo, que abandonó por el complicado carácter de éste. Juan Rodríguez, padre de Velázquez, firmó la «carta de aprendizaje» de su hijo Diego con Pacheco, obligándose con él por un periodo de seis años. Su llegada se produjo estando Pachecho en mitad de su viaje por España, antes mencionado, que lo tuvo lejos de Sevilla hasta finales de 1611. A su regreso, ya pudo volcarse en la formación del prometedor muchacho, al que como aprendiz estaba obligado además a dar comida, casa y cama, a vestirle y calzarle.
No obstante, Pacheco fue algo más de este compromiso. Y es que consciente del enorme talento que atesoraba su discípulo, el maestro decidió otorgar la mano de su hija Juana al que era su alumno más aventajado. Parece que lo hizo sin que mediara excesivo interés entre la pareja, a la cual Pachecho, como padre de ella y mentor de él, supo persuadir para conformar el matrimonio.
La boda llegaría en 1618, con un Velázquez de 19 años ya formado como experto pintor tal y como demuestra su «Vieja friendo huevos» fechada en ese mismo año. Es así como Velázquez se convertía además de en el protegido de Pacheco, en su yerno.
Los recién casados viajaron a Madrid en 1623, al entender que sería el primer paso para que Velázquez aspirase en un futuro al mejor puesto que un artista podría ocupar en su época; el de pintor de Cámara del Rey. Así se consumaría el prolífico y extenso catálogo barroco de Velázquez, entre cuyas obras destacan por su maestría y significado lienzos tan conocidos como La Rendición de Breda, Las Meninas o Las Hilanderas, entre muchas otras.

Toma de Sevilla por el Rey San Fernando, según el pincel de Francisco Pacheco

El declive artístico de Pacheco

Pero mientras en Madrid la labor de Velázquez se consagraba, la pintura de su suegro entraba en franca decadencia. A su avanzada edad, contaba en 1626 con 62 años, ya no le era posible competir con los nuevos pintores que dominaban la escena sevillana, como Francisco de Zurbarán o Herrera el Viejo, artistas pertenecientes a una generación más joven y que portaban unas ideas pictóricas renovadoras, más atractivas que las que Pacheco venía practicando.
Este declive artístico se haría patente a partir de 1630, al pasar sus obras a ser de un pequeño formato y una débil técnica, fruto evidente de su decaimiento físico. Ello lo empujaba a un segundo plano artístico motivado además porque sus desfasadas fórmulas manieristas contaban con el desinterés del mecenazgo de una época en que se valoraba un lenguaje renovador y vitalista.
Los últimos años de vida

Museo del prado


«El Arte de la Pintura», obra póstuma de Pacheco

Sabedor de que su concepción y sus habilidades artísticas no pasaban por su mejor momento, Pacheco decidió fomentar su perfil como teórico. Empezó pues a redactar en 1633 un tratado sobre arte que le procuraron ocho de los últimos años de su vida. Finalmente pudo finalizar el texto en 1641. La obra, llamada «El Arte de la Pintura» no era más que un compendio de su amplia experiencia artística. Sin embargo, Pacheco jamás llegó a ver publicada su obra, puesto que no fue editada hasta cinco años después de su muerte.
El último aliento exhalado por los octogenarios labios de Franciso Pacheco llegó el 27 de noviembre de 1644. Su cuerpo fue enterrado en San Miguel, una antigua e importante parroquia de estilo gótico-mudéjar que en 1356 fue levantada entre lo que hoy es la Plaza del Duque y las calles Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, Aponte y Trajano. Ya no existe, pues fue demolida en tiempos de la revolución de 1868, conocida como «La Gloriosa».
Francisco Pacheco visto por las grandes plumas del barroco español


La relevante personalidad de Pacheco suscitó en su momento la atención de importantes escritores y poetas, quienes elogiaron si persona con versos y ensalzaron su obra pictórica. Así Juan de la Cueva le denominó como «Apeles de nuestro tiempo, tan conocido por su pincel como por su piedad». Por su parte, Francisco de Rioja, menciona a Pacheco llamándole «nombre divino que el viento llevará sobre sus alas».
Pero hay nombres más ilustres que dedicaron palabras a Pacheco. Es el caso del insigne Francisco de Quevedo o del gran Lope de Vega, quién le dedicó estos versos:
«De Francisco Pacheco los pinceles
y la pluma famosa
igualan con la tabla el verso y prosa
y como rayo de su misma esfera
sea el planeta en que nacía Herrera
que viviendo con él y dentro de ella,
a donde Herrera es Sol, Pacheco Estrella»

Sin embargo no todo fueron alabanzas. Circulaba en la época una rima anónima que venía a criticar, bajo el sello de la «güasa» sevillana, una pintura suya de un Cristo Crucificado. Rezaba así:
«¿Quién te puso así, Señor,
tan desabrido y tan seco?
Vos me diréis que el amor
mas yo os digo que Pacheco»

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