Todo lo anterior va referido, como es obvio, a que no reunificaron toda la Península... porque faltaba Portugal.
Bueno, pues los Reyes Católicos sí reunificaron el 80% de la Península Ibérica(Castilla y Aragón), sólo con su matrimonio; y una vez unidos incorporaron, además, el reino moro de Granada y, por fin, Navarra. Si eso no es “reunificar” España que venga Dios y lo vea
Y la unión de Portugal también la intentaron, que por ellos no quedó. El proceso de reunificación se puede leer en muchísimos textos, como por ejemplo, el siguiente texto (tomado de Juan Beneyto: “España y el problema de Europa”):
“En la Crónica de los Reyes Católicos de Hernando del Pulgar hay un pasaje que bien vale la pena de ser transcrito y meditado: “Platicóse asimismo en el Consejo del Rey e de la Reyna –dice- cómo se debían intitular; e como quiera que algunos de su consejo eran en voto que se intitulasen Reyes de España, pues sucediendo en aquellos Reynos e señoríos de Aragón, eran señores de la mayor parte della; pero determinaron de lo no facer, e intituláronse en todas sus cartas en esta manera: D. Fernando e Da. Isabel, por la gracia de Dios, Rey e Reyna de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar; Conde e Condesa de Barcelona; Señores de Vizcaya e de Molina, Duques de Atenas e de Neopatria, Condes de Ruisellon e de Cerdania, Marqueses de Oristán e de Gociano, etc.”
El testimonio del cronista tiene un valor excepcional, porque expresa de un lado el ambiente de unidad española que querían hacer reflejar en el título algunos Consejeros, y de otro la ocasión frustrada. No pudo, pues, exteriorizarse entonces aquella unidad, generalmente sentida.
Y conviene advertir que –como otrora sucedió en Roma- donde más se sintió esa unidad fue en la periferia. Así, en Cataluña, como escribe Jaime Vicens, el núcleo catedralicio de Gerona, con su obispo Juan Margarit, a la cabeza –un Obispo que había sido Vicecanciller del Rey D. Juan de Aragón-, “se distingue por la percepción aguda de la importancia del reinado de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla”. en 1473, un canónigo gerundense, Andrés Alfonsello, había escrito, refiriéndose a un éxito parcial alcanzado por D. Fernando en la lucha contra los franceses por el Rosellón, que ese éxito representaba el principio “sui imperii Hispaniarum”.
Posteriormente, aquel mismo Obispo Margarit dedicaba a los Reyes Católicos su Paralipomenon Hispaniae, porque –según afirma- nadie sino ellos hicieron la unión de las Españas citerior y ulterior. La doctrina se había afincado de tal manera que, en 1483, el mismo Cabildo gerundense se dirigía a D. Fernando llamándole “Rey de España”, al comunicarle la elección de nuevo Obispo.
Resumiendo estos hechos, -que no son únicos ni aislados- y agregando el expresivo de que también los Concelleres de Barcelona llamaron, en 1493, “Rey de España” a Fernando, concluye Vicéns que, trabajosa pero firmemente, se restablecía, en los documentos oficiales y en las concepciones ideológicas, “la noción de mancomunidad política, polarizada, de momento, en las personas reales, pero capaz de evolucionar, en el futuro, con independencia de ellas”.
Título y tarea
No nace el título de Rey de España en esa coyuntura; y, en su lugar, nos queda el de “Reyes Católicos”, concesión oportunista de los Pontífices, pero popular e históricamente vigente como propia de nuestros Monarcas desde mucho atrás.
La titulación de Rey Católico se ha remontado a las épocas visigoda y de la Reconquista. Lo recuerdan así los autores: Saavedra Fajardo la adscribe a Recaredo, por decisión conciliar, y el Obispo Guevara recoge la atribución a Alfonso I (de Asturias), por acuerdo de su Curia. Documentalmente, aparece en Ordoño reconocida.
Y como podría hacerse vano al convertirse en fórmula de cancillería, ya Guevara recuerda que el título obliga a una tarea. “Paréceme –dice- que, pues los Reyes de España se precian de heredarle el nombre, se preciasen también de imitarle la vida; es, a saber, en hacer la guerra a la morisma y ser Padres y Defensores de la Iglesia”. Al propio Alfonso XI se le había dado el título de católico precisamente por eso, más en relación a las obras que a los ritos. Juan I de Castilla dice de él: “el Rey D. Alfonso, nuestro avuelo, que Dios perdone, como Príncipe católico y christianísimo Rey”. Y las Cortes, a las que se dirige, comprenden que es la acción lo que le trae esa calidad.
Para gloria de España y de la Cristiandad, a esas obras ha ido siempre unida la consideración de nuestros Reyes, titulada o no. Un pasaje de la Crónica de Pedro I, refiriéndose a la visita del Cardenal Guido de Bolonia para gestionar la paz entre los Reyes de Aragón y de Castilla, cuenta que, según el enviado, “el Papa tenía al Rey de Castilla por escudo e defendimiento de la Christiandad, por quanto sostenía guerra con los moros de allén mar e de aquén mar; e por esta razon fueron siempre sus antecesores muy presciados entre los otros Reyes de la Christiandad...” Tarea en la que estuvo hecha un haz toda España, hasta el punto de que, precisamente en la minoría de Alfonso XI, cuando Castilla no pudo proseguir la guerra contra los moros, Aragón pretende reconquistar el Reino granadino.
Por lo demás, y en cuanto a los conceptos, la protección de la Iglesia no era, en el Rey Católico D. Fernando, simple sometimiento a sus normas, sino alta guardia, que no influye en menoscabo de la preeminencia real. Un texto del Ordenamiento de Prelados de las Cortes de Madrigal, de 1476, es bien expresivo: “Ca, por mi yntincion e voluntad, es segun que a mi oficio real pertenesce, de defender la Yglesia como protector della e que le sea guardada su jurisdicion, los perlados e ministros e juez della deven ser con esto contentos, e non pasar allende nin exceder sus términos; mas deven e son tenudos de guardar a mí como a su Rey e soverano Sennor, mi preeminencia e soverana jurisdicion real, e no se entremeter della en cosa alguna.”
De la pluralidad a la unidad
Tomando cuenta de un texto del Victorial, ha escrito exactamente Carriazo: “Siete siglos de particularismo, de pluralidad de Estados peninsulares, no han conseguido borrar, en el siglo XV, la idea de España. Cuando las galeras de Pedro Niño corren el temporal en las islas Habidas, cerca de Orán, el deseo de todos es “tornar en España”; no a este o aquel puerto de Castilla o Aragón. Y así, “hacer la vía de España” es lo que se decide por consejo de Juan Bueno, cómitre de Sevilla...”
Tan de España se era realmente que en las mismas acciones particulares de los diversos Estados se mezclaban gentes de los demás. En la lucha por Cerdeña, entre venecianos y catalanes y genoveses y sardos, figuraban navíos castellanos.
Sobre este ambiente actúan los Reyes Católicos para dotarlo de vigencia estatal. Tratan, como empresa esencial interna que ha de permitirles llevar a cabo una política exterior, de la unificación de España. Y lo hacen sobre tres territorios, en tres distintas maneras. Militarmente, sobre Granada; por negociaciones y familia, en Portugal, y con intervención del Pontífice, en Navarra, país hispánico con dinastía francesa.
La triple tarea se considera tan conseguida cuando apenas se propone, que si en la titulación no se logra que figure el solo Rey de España, de hecho se le conoce así, pues se habla por doquier de los ejércitos o de las galeras de España, y no de Castilla o de Aragón.
Y desde fuera se veía tan vigorosa esta unidad, completa y terminante en lo político, que Pedro Mártir de Anglería viene a nuestros Reinos porque los reconoce unidos frente a la anarquía italiana: la “Hispania in unum redacta” no es sólo el motivo sino la afirmación del gran hombre de letras.
De 1474 a 1516 va verificándose un cambio decisivo en el sistema. De una pluralidad se llega a una unidad –al menos esencialmente-, y de tal manera, que la expresión popular y geográfica se va haciendo oficial y política. Al centro y al frente de esta obra se encuentra Castilla, como anteriormente, bajo Alfonso VII, había procedido León. Lo castellano se hace núcleo y actúa sobre los tres referidos elementos.
El problema de Granada tuvo carácter puramente militar. Si se había detenido últimamente la Reconquista fue por las luchas interiores y por falta de una milicia poderosa. Al organizar su ejército de la manera rotunda como lo hizo Fernando el Católico, preludiando ya la obra cisneriana, se había resuelto la expulsión de los últimos musulmanes.
La cuestión de Portugal era más difícil. No se trataba tampoco de anexionarlo, sino de incluirlo en la órbita funcional de la política española. Para esto bastaba una alianza familiar. Y a ello dedicó sus esfuerzos el político Fernando. El marqués de Villena acude a requerir al rey de Portugal para que se case con su sobrina, y el rey oye la embajada –dice el cronista- “con alegre voluntad”, porque “los caminos para ir a las cosas deseadas se facen ligeros”. Pero este enlace dio lugar a discordias desde que el portugués empezó a titularse Rey de Castilla. A la muerte de Alfonso el Africano (1481), se transmitió la misma obsesión a D. Juan, “el Príncipe perfecto”.
Que también desde Portugal se buscaba la unidad de la Península con armas pariguales. Y tan tenazmente que, apenas fracasados unos proyectos, surgían otros. En efecto: D. Juan de Portugal casó a su primogénito con la Infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos.
Muerto D. Juan (1495), D. Manuel el Afortunado prosigue la idea, y consigue tener el consentimiento de la Infanta viuda: así D. Manuel y Da. Isabel, Reyes de Portugal, son jurados en Toledo como Príncipes de Castilla. Su hijo, D. Miguel, nació en Zaragoza el mismo año de 1500 (aunque murió ese mismo año, tal como la madre había muerto poco antes), año en que viene al mundo precisamente también en Gante, el futuro César.
El problema de Portugal no pudo ser resuelto porque el Destino se cruzaba siempre.
La situación de Navarra se presentaba de modo semejante y con no menor importancia, bien entendido que la dinastía francesa reinante disponía allí de una preciosa cabeza de puente para su política. La incorporación de Navarra a la unidad española es uno de los más tardíos, bien que madurados, frutos de la política de los Reyes Católicos. Fue solamente en 1512 cuando, el día de Santiago, entraba D. Fadrique con su comitiva militar, con motivo de tener que cuidar atenciones estratégicas en relación de la empresa de la Guyena.
Aprovechando esta oportunidad, se pudo realizar lo que tan reiteradamente había fallado antes, cuando Magdalena, tutora de Francisco Febo, solicitó la protección de Fernando, y cuando muerto Francisco Febo de sólo trece años, le sucede Catalina y se interesa su matrimonio con el príncipe D. Juan.
La ocupación de Navarra se consolidó jurídicamente en relación con el Tratado de Blois y tras la excomunión de sus Príncipes por el Papa. Fernando ciñó la corona, y proclamó la incorporación en las Cortes celebradas en Burgos, cabeza de Castilla, el 15 de junio de 1515”.
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