ESOS LINDOS LIBERALES DEL SIGLO XIX



LA OTRA HISTORIA DEL LIBERALISMO ESPAÑOL


Proclamación de la Pepa, en Cádiz, 1812.


Reivindicados por intelectuales de la derecha española -Federico Jiménez Losantos, por ejemplo- tanto como por otros de la izquierda (derecha e izquierda son hermanas gemelas, aunque cainitas), los liberales del siglo XIX gozan de un prestigio inmerecido. Hasta los más conspicuos personajes de la izquierda gubernamental que nos ha tocado sufrir -dígase María Teresa Fernández de la Vega, por ejemplo- los exhibe como precursores de las libertades. Se cantan sus gestas, ellos, los liberales -se nos dice- luchaban contra el oscurantismo de los rancios "apostólicos", partidarios del sórdido Santo Oficio de la Inquisición. Ellos eran hombres de "ideas avanzadas". Sería interesante un estudio exhaustivo de los perjuicios ocasionados a España a lo largo de todo el siglo XIX por los liberales, pero eso no puede ser objeto de este artículo.

Conformémonos con presentar, en algunos episodios, su auténtica faz y veremos lo poco que tiene que ver con la realidad histórica ese idílico mito que han acuñado nuestros actuales liberales; mito al que apelan. Y cada cual por sus motivos... Tanto monta Jiménez Losantos como María Teresa Fernández de la Vega, pues a la hora de conmemorar "Pepas" ninguno de los dos se va a poner en contra. Y, en efecto, siempre parece mejor fundar mitos como la Constitución de 1812, para no cerrar los ojos y mientras se celebra y tira cohetes, y se declama discursos laudatorios... Olvidarse de la verdadera catadura moral de aquellos liberales constitucionalistas del XIX.

Por eso, será bueno recordar que fueron ellos los que iniciaron la persecución violenta del clero. En 1834 asistimos a la matanza de frailes que tiene lugar en Madrid, y en 1835 se producen los incendios de conventos en Barcelona y provincia Se iniciaba así la violencia contra la Iglesia -espoleada por masones y otras familias clandestinas de feroz radicalismo: la francmasonería indígena de los Hijos de Padilla o la Carbonaria que nos vino de Italia. La persecución contra el clero, su matanza y el incendio de conventos e iglesias nos acompañará hasta 1936-1939. El marco en que se producen esos crímenes en Madrid lo cuenta maravillosamente Pérez Galdós: el cólera sembraba la muerte, y unos sujetos hicieron circular el bulo de que la mortandad se debía a que los frailes habían envenenado las aguas: el día 17 de julio de 1834 sectores desesperados de la población fueron lanzados a matar frailes. Fue el populacho exaltado, pero hasta el republicano Pi y Margall vendría a decir: "forzoso sería reconocer que obedeció la plebe a extrañas sugestiones" y la razón de esos exterminios es que en "Madrid como en Cataluña la verdadera causa de los acontecimientos fue el odio [a los frailes por] ser hostiles al movimiento liberal".

Pero antes incluso podemos vislumbrar los síntomas del radicalismo político de los liberales o constitucionalistas. Durante el Trienio Liberal se cometieron barbaridades, con la firma de los liberales. Eran comunes las rondas nocturnas con las que los liberales hostigaban los domicilios de los vecinos reputados de "absolutistas". El Trienio Liberal fue, en efecto, la tiranía liberal: pero como bien ha aprendido la izquierda más tiránica, los "tiranos" siempre eran los otros, no ellos que obligaban a los pueblos a venerar las lápidas constitucionales como fetiches del liberalismo rampante. El cura Vinuesa, asesinado a martillazos, por los "Hijos de Padilla". Terrorismo por doquier: se funda la Sociedad Landaburiana para vengar a Mamerto Landáburu. Sus conmilitones, miembros de este grupo terrorista, secuestran a Teodoro Goiffeux, un oficial francés que nada tiene que ver con la muerte de Landáburu, y es ahorcado sin juicio ni compasión.














La Sargentada de La Granja: el ala radical de los liberales impone su ley -o, mejor dicho, su falta de Ley.


George Borrow, en "La Biblia en España" también nos ofrece algunos episodios dignos de reseñar, en cuanto a las actividades y el talante de los liberales. El protestante George Borrow vino a España con el propósito de imprimir y propagar la Biblia, algún día nos ocuparemos de él. Pero, para lo que ahora hace al caso, digamos que es un testigo neutral, en tanto que extranjero ajeno a los problemas de España. En Madrid, Borrow conocerá al hijo de la señora que lo hospeda en su casa, un tal Baltasar, miembro de la Milicia Nacional de corte liberal.El tal Baltasar comenta, con franqueza, al caballero inglés las actividades que desarrollan los milicianos nacionales, y entre otras cosas dice a Borrow:

"Estamos de servicio una vez cada quince días y luego suele haber alguna revista de poca duración. Las obligaciones son ligeras y los privilegios grandes. Por ejemplo, yo he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado, armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos. Más aún: tenemos la costumbre de rondar la noche por las calles, y cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él y, a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo revolcándose en su propia sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer tales cosas" (George Borrow, La Biblia en España, capítulo 12.)


















D. Vicente G. de Quesada, Marqués del Moncayo: represor de los carlistas castellanos y muerto a manos de los liberales exaltados.



Poco después, cuando Sargentada de La Granja, D. Vicente Genaro de Quesada plantará cara a los insurrectos. Pero la revuelta triunfa, pues según Borrow: "los moderados no tuvieron confianza; aquella misma noche sus corazones desfallecieron y huyeron en varias direcciones: Istúriz y Galiano, a Francia; el duque de Rivas, a Gibraltar". Quesada también tiene que vestirse de paisano y huir de Madrid, con tan mala fortuna que es detenido en el pueblo de Hortaleza, allí es linchado por los milicianos nacionales.

Borrow se encontraba en el Café Nuevo de la calle Alcalá de Madrid, cuando entraron cantando los milicianos que venían de dar muerte a Quesada y, horrorizado, cuenta la siguiente anécdota:

"Pidieron después un gran cuenco de café y, colocándolo sobre una mesa, los nacionales se sentaron en torno. Hubo un momento de silencio, interrumpido por una voz tonante: "¡El pañuelo!". Sacaron un pañuelo azul, en el que llevaban algo envuelto; lo desataron y aparecieron una mano ensangrentada y tres o cuatro dedos seccionados, con los que revolvían el contenido del cuenco. "¡Tazas, tazas!", gritaron los nacionales..." (La Biblia en España, capítulo 14.)

Este episodio bordea la antropofagia más execrable.

La violencia callejera de signo político fue, como vemos, obra de los liberales (y, por desgracia, no faltan ejemplos en la actualidad: jóvenes violentos que practican el atentado callejero contra útiles públicos, contra extranjeros, mendigos y otros ciudadanos.) El terrorismo... También los liberales fueron pioneros en ello. La persecución implacable contra el clero y la Iglesia forma parte de su patrimonio...

¿Cómo se les puede reivindicar todavía?

¿Cómo se les puede imaginar hombres de "ideas avanzadas" y precursores de no sé qué libertades?

Increíble.

Maestro Gelimer

LIBRO DE HORAS Y HORA DE LIBROS