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Tema: No fue exagerado hablar de una teología de los Principios del 18 de Julio

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    No fue exagerado hablar de una teología de los Principios del 18 de Julio

    No fue exagerado hablar de una teología de los Principios políticos del 18 de Julio. Pero claro, tan fantástica teología "franquista" que no hacía sino obedecer las directrices de Pío IX, León XIII, Pío XI etc. y elogiada por Pío XII, molestaba a los nuevos pastores del rebaño al servicio de la ONU (Pablo VI, a Tarancón, a obispos y curas proetarras etc.)Así que, una vez muerto el que hoy llaman "dictador", la mandaron a la porra, y de paso se fue a la porra la España cristiana (y también la no cristiana).

    Revista FUERZA NUEVA, nº 430, 5-Abr-1975

    NO ES EXAGERADO HABLAR DE UNA TEOLOGÍA DE LOS PRINCIPIOS DEL MOVIMIENTO NACIONAL

    Escribe: Fray Antonio de Lugo, OSH

    Es indiscutible que el orden temporal y sus concretas realizaciones gozan de una legítima autonomía, querida por el mismo Dios, Creador y Conservador de cuanto existe. Sin embargo, dicha autonomía no libera a la sociedad, como tal, de la obligación grave que le incumbe -lo mismo que a los individuos- de dar a Dios el culto debido. Esta doctrina que el Concilio Vaticano II ha mantenido íntegra, ha sido ampliamente expuesta por varios pontífices. No está de más transcribir un texto muy expresivo de León XIII, que dice: “No pueden las sociedades políticas obrar en conciencia como si Dios no existiese ni volver la espalda a la religión como si les fuese extraña... Es obligación grave de los príncipes honrar el santo nombre de Dios, así como favorecer con benevolencia y amparar con eficacia a la religión, poniéndola bajo el escudo y vigilante autoridad de la ley”. El Concilio Vaticano II, fiel a la doctrina tradicional, en nada la ha modificado.

    Ha sido probado hasta la saciedad que el Alzamiento Nacional Español ofrece todas las garantías de haber sido una auténtica Cruzada en defensa de la fe católica y de los valores espirituales de España. La documentación es abundante. De aquel hecho magnífico que regó el suelo español con sangre de mártires y héroes que a su robusta fe católica añadieron el amor patrio más depurado, nace el nuevo Estado que se asienta sobre los principios inmutables de la fe y la moral, e inspirándose en la doctrina de la Iglesia católica va elaborando sus fundamentos legales, alguno de los cuales (como es el Fuero de los Españoles, promulgado el 17 de julio de 1945) “es un fiel anticipo de la doctrina social católica, puesta al día por el Concilio Vaticano II”, según expresión del Jefe del Estado.

    Efectivamente, el Fuero de los Españoles ampara y garantiza los derechos y deberes de los ciudadanos, según la doctrina de la Iglesia, que “habrá de inspirar la legislación española”. La Ley Orgánica del Estado [1967] introdujo una ligera modificación en relación con la Declaración conciliar sobre la libertad religiosa, previo referéndum de la Nación. El artículo primero impresiona por su espiritual trascendencia. Dice así: El Estado español proclama como principio rector de sus actos el respeto a la dignidad, la integridad y la libertad de la persona humana, reconociendo al hombre, en cuanto portador de valores eternos y miembro de una comunidad nacional, titular de deberes y derechos, cuyo ejercicio garantiza en orden al bien común”.

    Derechos

    Del Fuero de los Españoles se habla menos que de otras cartas de Derechos Humanos. Sin embargo, creo que en nada les va a la zaga; más aún, los derechos que proclama y ampara la ley española miran siempre a la regla suprema de toda moralidad: la Santa Ley de Dios, natural y positiva, considera al hombre como miembro de la comunidad social, pero con un destino sobrenatural y eterno. Quizá sea lo que lo hace distinto en relación a otros estatutos en que los diversos pueblos reconocen los derechos de sus miembros. Es lamentable que seamos los mismos españoles quienes tiremos las piedras contra nuestro propio tejado, y más teniendo unos Principios, fundamento de nuestra legislación, que responden a las mejores tradiciones de España, con el renuevo de la doctrina joseantoniana en lo que tiene de genial, profunda y siempre joven, tengamos en poco tales valores y pretendamos sustituirlos por otros importados.

    Es posible que muchos de los que sesean que el Régimen que nació de la cruzada sea jubilado con todos los honores, después de haberle agradecido los servicios prestados, apenas conozcan los magníficos principios que rigen la vida ciudadana. ¿Los conocían quienes han acusado de no ser cristiano al Estado español, o los que piensan que aquéllos están en pugna con la misma ley natural?

    El Fuero del Trabajo, promulgado en plena cruzada, el año 1938, es sin duda una “avanzadísima carta de derechos sociales”, como afirmó el señor Fraga Iribarne en 1963, siendo ministro de Información y Turismo. Realmente así es, sobre todo si se tiene en cuenta la fecha de su promulgación, la circunstancia de hallarse España en plena guerra y la difícil situación socio-económica a que la República había conducido al país. A través de todo el articulado del Fuero del trabajo, podemos apreciar cómo la doctrina de la Iglesia ha inspirado una ley que, como queda dicho, persona muy cualificada juzgó “avanzadísima” (ciertamente en su tiempo lo era, y hoy no está desfasada, sino muy actual). ¿Por qué no seguir avanzando sin salirse de esa línea? ¿Se ha profundizado bastante en la doctrina de los Principios del Movimiento? ¿Es precisamente esa dirección la que la apertura debiera tomar? ¿Se han logrado ya las metas ambiciosas, pero posibles a que tales Principios apuntan?

    La primera de las Leyes Fundamentales del Reino es la Ley de Principios del Movimiento Nacional, promulgada el 17 de mayo de 1958. Comienza con una definición de lo que es España, tal y como la había concebido José Antonio: “España es una unidad de destino en lo universal”; definición espiritualista, sacada de la entraña misma de un pueblo que cayó de su grandeza cuando perdió la conciencia de su unidad. Teniendo en cuenta que el mismo José Antonio dejó escrito: “nuestro Movimiento incorpora el sentido católico, de gloriosa tradición y predominante en España, a la reconstrucción nacional”, es lógico que en su reflexión y ahondando en el concepto de Patria con sentido cristiano y por tanto espiritual, trascendente, haya llegado a una concepción tan elevada como original. Su validez es innegable; su fecundidad está a la vista si nos fijamos en la situación caótica de España antes de la Cruzada y en el estado en que quedó, social, política y económicamente. Lo hecho ha sido mucho y bueno, aunque, como todo lo humano, imperfecto, limitado y, por tanto perfectible.

    La Ley de Dios

    Con un trasfondo teológico bien definido, es comprensible que la Ley de los Principios del Movimiento Nacional proclame con cierta unción: “La nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación”. Es el juicio que todo hombre debe hacer sobre su actuación pública y privada: es la confrontación de la conducta con la norma moral objetiva; cualquier opción, antes de ser incorporada a nuestro sentir y proceder, supone un juicio de valor; es el caso del Estado cuando expone el porqué “la religión católica, que es la del Estado español, gozará de la protección oficial” (Fuero de los Españoles). Hay un hecho cierto, y es que, además de ser la religión católica la verdadera, es, como decía José Antonio y demuestra la historia, la española. Dos factores mueven al Estado a proclamarse católico: una razón o motivo teológico; otro, sociológico, y ambos los tiene en cuenta la legislación. Ese sentido teológico y trascendente que informa las Leyes Fundamentales del Estado, permite, y no es exagerado, hablar de una “teología de los Principios del Movimiento Nacional“.

    Obligación del Estado

    El Estado español, al definirse católico, cumple la obligación de dar culto públicamente a Dios, como enseñan los Papas León XIII (entre otros documentos: Encíclica «Immortale Dei» y Pío XI (Encíclica «Quas Primas»), a la vez que, por la misma razón, protege la religión católica, apostólica y romana. De acuerdo con la doctrina de la Iglesia, trata de cumplir las enseñanzas del Vaticano II en el ya citado documento «Apostolicam auctuositatem», enseñando que de tal forma se debe instaurar el orden temporal que se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana (sin menoscabo, claro está, de la autonomía que le es propia), habida cuenta de las circunstancias de lugar, tiempo y nación.

    No tratan las Leyes Fundamentales del Estado español moderar la vida religiosa de los ciudadanos, no es su misión; son leyes que miran a la doctrina revelada por Dios para mejor promover la vida temporal de los españoles, de acuerdo con su fe. También tienen en cuenta la condición de los pocos españoles que no profesan la religión católica y de los extranjeros que, viviendo en España, profesan otra confesión religiosa. El artículo sexto del Fuero de los Españoles dice que “el Estado asumirá la protección religiosa, que será garantizada por una eficaz tutela jurídica que, a la vez, salvaguarde la moral y el orden público”.

    Cauces de participación

    Los cauces legales de participación del pueblo en las tareas legislativas y demás funciones de interés general corresponden a los cauces naturales que todos conocemos: la familia, el municipio y el sindicato. Con mucha gracia y no menos razón, decía José Antonio que “todos nacemos en una familia; vivimos en un municipio y nos asociamos por motivos profesionales en un gremio o sindicato, pero ciertamente ninguno nace en un partido político”. Leemos en el texto de la Ley de Principios del Movimiento Nacional: “Todos tienen derecho: a una justicia independiente...; a una educación general y profesional...; a los beneficios de la asistencia y seguridad sociales, y a una equitativa distribución de la renta nacional...; se reconoce al trabajo como origen de jerarquía, deber y honor de los españoles, y a la propiedad privada, en todas sus formas, como derecho condicionado a su función social... El Estado ha de procurar por todos los medios a su alcance perfeccionar la salud física y moral de los españoles y asegurarles las más dignas condiciones de trabajo...”

    El Fuero de los Españoles reconoce en los ciudadanos: “el derecho de derecho a recibir educación e instrucción y el deber de adquirirlas, bien en el seno de su familia o en centros privados o públicos, a su libre elección... El Estado velará para que ningún talento se malogre por falta de medios económicos.... todos los españoles podrán expresar libremente sus ideas mientras no atenten a los principios fundamentales del Estado... el Estado garantiza dentro del territorio nacional, la libertad y el secreto de la correspondencia...; tienen derecho a fijar libremente su residencia dentro del territorio nacional...; nadie puede entrar en el domicilio de un español ni efectuar registros en él sin su consentimiento, a no ser con mandato de la autoridad competente y en los casos y en la forma que establezcan las Leyes...; pueden reunirse y asociarse libremente para fines lícitos y de acuerdo con lo establecido por las leyes...; todos los españoles tienen derecho a la seguridad jurídica...; ninguno podrá ser detenido sino en los casos y en la forma que prescriben las leyes...; no ser condenado sino en virtud de ley anterior al delito, ni ser privado de su nacionalidad sino por delito de traición, definido en las Leyes penales... El Estado reconoce y ampara a la familia como institución natural y fundamento de la sociedad...; el matrimonio será uno e indisoluble...;
    protegerá las familias numerosas...; reconoce en los padres la obligación de alimentar, educar e instruir a sus hijos...; todos tienen derecho al trabajo y el deber de ocuparse en alguna actividad socialmente útil...; el trabajo, por su condición esencialmente humana, no puede ser relegado al concepto material de mercancía...; todos los trabajadores serán amparados por el Estado en su derecho a una retribución justa y suficiente, cuando menos, para proporcionar a ellos y a sus familias el bienestar que les permita una vida moral y digna..., y les reconoce el derecho a la asistencia en los casos de vejez, muerte, enfermedad, maternidad, accidentes del trabajo, invalidez, paro forzoso y demás riesgos que pueden ser objeto de seguro social... El Estado mantendrá instituciones de asistencia y amparará y propulsará las creadas por la Iglesia... El Estado facilitará a todos los españoles el acceso a las formas de propiedad más íntimamente ligadas a la persona humana: hogar familiar, heredad, útiles de trabajo y bienes de uso cotidiano...”

    Trabajo

    El Fuero del Trabajo declara que “el Estado se compromete a ejercer una acción constante y eficaz en defensa del trabajador, su vida y su trabajo. Limitará convenientemente la duración de la jornada para que no sea excesiva y otorgará al trabajo toda suerte de garantías de orden defensivo y humanitario; en especial prohibirá el trabajo nocturno de las mujeres y niños; regulará el trabajo a domicilio y liberará a la mujer casada del taller y de la fábrica...; mantendrá el descanso dominical como condición sagrada en la prestación del trabajo...; el trabajador tendrá derecho a vacaciones anuales retribuidas, organizándose al efecto las instituciones que aseguren el mejor cumplimiento de esta disposición... El artesanado, herencia viva de un glorioso pasado gremial, será fomentado y eficazmente protegido por ser proyección completa de la persona humana... Se tenderá a dotar a cada familia campesina de una pequeña parcela, el huerto familiar, que le sirva para atender a sus necesidades elementales y ocupar su actividad en los días de paro...; perfeccionamiento de la vivienda campesina: mejora de las condiciones higiénicas de los pueblos y caseríos de España. El Estado cuidará especialmente de la educación técnica del productor agrícola...; asegurará a los arrendatarios la estabilidad en el cultivo de la tierra por medio de contratos a largo plazo... El Estado atenderá con máxima solicitud a los trabajadores del mar... Se incrementarán los seguros sociales de: vejez, invalidez, maternidad, accidentes del trabajo, enfermedades profesionales, tuberculosis y paro forzoso, tendiéndose a la implantación de un seguro total. De modo primordial se atenderá a dotar a los trabajadores ancianos de un retiro suficiente... En la fecha en que esta carta se promulga, España está empeñada en una heroica tarea militar, en la que salva los valores del espíritu y la cultura del mundo a costa de perder buena parte de sus riquezas materiales...

    Sentido democrático y orgánico

    La Ley del Referéndum Nacional fija los casos en que ha de ser consultado todo el pueblo... Como las demás Leyes Fundamentales, tiene un sentido democrático y orgánico, regula convenientemente la intervención de todos los españoles en la cosa pública y en casos graves, evitando toda discriminación o marginación odiosa; contribuye eficazmente al sostenimiento de la paz interior y del bien común a que todas estas leyes se ordenan. Además de la Ley de Principios del Movimiento Nacional, la Ley del Fuero de los Españoles, la Ley del Fuero del Trabajo y la Ley de Referéndum Nacional, completan el número de Leyes Fundamentales del Reino la Ley Constitutiva de las Cortes, la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado y la Ley Orgánica del Estado. Estas siete Leyes Fundamentales encierran en sí una doctrina social, política y nacional cuyas aplicaciones han transformado la vida interna de España.

    Es verdad que queda mucho por hacer, pero ese quehacer se presenta como una empresa a la que son convocadas las generaciones jóvenes y debe ser realizada de acuerdo con los Principios que sacaron al país del caos, a la vez que le proporcionaron días de paz y prosperidad en todos los sentidos. Hoy se aprecia un afán de sustituir los Principios Básicos del Movimiento, que, aunque muy de pasada, hemos podido comprobar su inspiración netamente cristiana, por otros en los que las influencias marxistas, rousseaunianas y freudianas son bien claras, y ello para situar a España a nivel europeo. Si ha de ser a ese precio, es preferible conservar el nivel español, y así, desde sus niveles, España, fiel a sí misma, estará en condiciones de cumplir su misión, que, como en siglos pasados, es universal.

    Actitud conservadora

    Es posible que esta actitud conservadora de unos principios que no han perdido validez parezca a algunos demasiado lenta en el rápido caminar histórico. Es todo lo contrario, ya que si bien se deben mantener los Principios firmes e inmutables, en cambio se deben profundizar y desarrollar; de esa manera el desarrollo no será una amenaza que ponga en peligro los más altos valores del espíritu, que se verían suplantados por una interpretación de la historia materialista y aséptica en materia religiosa y moral, y que sin duda conducirían a España al triste estado en que vemos otros países. No se puede negar que, en la difícil tarea de reconstrucción de España, el balance es altamente positivo, aunque haya también fracasos que son inevitables en todas las cosas en que intervienen los hombres; tales fallos comienzan a notarse con más intensidad en la medida en que se trata de encontrar otros cauces que lleven al país a una mayor prosperidad. Una vez más, será muy conveniente recordar lo que con insistencia repetía José Antonio y nuestros Principios del Movimiento Nacional recogen como preciosa herencia y destacan en repetidas ocasiones: “La unidad de España”, pero no una unidad cualquiera, sino “unidad de destino”, y siempre al servicio de empresas universales.

    El plan salvífico de Dios es la empresa universalísima a la que está llamada toda la Humanidad, y dentro de ese plan divino España tiene una misión, un destino, cuyo cumplimiento llevará a cabo. Pero ha de ser no sólo Una, sino, además, Grande y Libre. Es desde la unidad de Dios desde donde España contempla su grandeza y su unidad y desde donde cobra conciencia de su misión y de su destino, dentro de ese plan universal que mira al hombre como José Antonio lo miraba y nuestros Principios no lo pierden de vista: “como portador de valores eternos”.

    ¡Qué grande aparece así España, aunque geográficamente sea pequeña y económicamente débil! Hay otros valores que engrandecen al hombre y que no son, por cierto, los del dinero, ni siquiera los del poder; son los valores del espíritu. Nuestras Leyes Fundamentales tratan de conservar la jerarquía de esos valores, y por eso los colocan en su base y en la cumbre, aunque desgraciadamente en la bolsa mundial hoy se coticen poco. Pero no olvidemos que ¡España es diferente!


    Fray Antonio de Lugo, OSH
    Última edición por ALACRAN; 14/04/2020 a las 20:03
    DOBLE AGUILA dio el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  2. #2
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    Re: No fue exagerado hablar de una teología de los Principios del 18 de Julio

    ...El problema de fondo no era tanto "desprenderse del franquismo y pasar a la democracia" (que sonaba muy bonito); sino el terrible asunto de suprimir un Estado católico basado en el Reinado Social de Cristo para enfangarse en un Estado ateo, sumiso a los muñidores de una demagogia populachera y cretina


    Revista FUERZA NUEVA, nº 494, 26-Jun-1976


    Los Principios del Movimiento y algo de Teología

    INVOCAR hoy la Teología, tras el naufragio progresista, no constituye la mejor credencial para convencer.

    Sin embargo, por ser la Teología la ciencia que trata de Dios, no ha perdido ni puede perder del todo sus destellos, a pesar de las embestidas de los llamados «teólogos de asalto».

    En estos momentos se habla de un posible perjurio a causa de los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional y de la permanencia o reforma de los mismos, a la luz de la religión.

    • • •

    En la hora de «destapes», retornos de varias clases y revanchas mal disimuladas, algunos se atreven a decir que los Principios del Movimiento pueden reformarse y hasta suprimirse. Y, lo que es más grave, se ha atribuido a tal posición reformista y abolicionista nada menos que la categoría de «posición contundente», cuando en realidad es sólo un error más en las aguas revueltas para provecho de algunos pescadores.

    Porque, evidentemente, no es cierto que «sólo Dios en el Sinaí pudo dictar principios inamovibles».

    Aquellos principios —mejor diríamos aquellos preceptos— son la formulación de unas normas, anteriores a Moisés y al Sinaí, que contienen como en síntesis toda la Ley natural con sus derivaciones y concreciones necesarias, válidas para todos los tiempos e independientes de la voluntad de los hombres.

    Por lo mismo, aunque no se formularon en el Sinaí las prohibiciones respectivas, nadie negará el carácter permanente e inderogable de la condenación, por ejemplo, del aborto, del duelo, del divorcio, de la traición, de la infidelidad, de la falta de honradez, de la injusticia en sus más variadas formas, etc.

    Y esto, sin referirnos a otros preceptos que, más que al Derecho divino natural, pertenecen al divino positivo y que nada tienen que ver con el Sinaí y, sin embargo, son, igualmente, inderogables y permanentes, como sucede, también por vía de ejemplo, con la obligación de recibir ciertos sacramentos «in re vel in voto», de adscribirse a la Iglesia de una u otra forma y de permanecer en estado de gracia, si uno quiere salvarse.

    El militar, que sigue su vocación, ha jurado algo distinto y más grave que el simple contenido de estos Principios del Movimiento. Y el sacerdote, cuando se ordena, firma también con juramento expreso y formal la profesión de fe católica en su integridad y cuyos artículos son irreformables para siempre, a pesar de no haberse promulgado en el Sinaí.

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    No es, por tanto, cierto que sólo Dios, en aquel monte, pudo dictar principios inamovibles Si estas elementales normas las aplicamos a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, vemos que cada uno de ellos y todos a su vez son derivaciones o aplicaciones concretas de la Ley divina natural y de la Ley divina positiva y por lo mismo inalterables por su naturaleza.

    Tales son el servicio a la Patria, enraizado en la virtud natural de la piedad, entendida ésta en su sentido teológico más estricto. El mismo Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno, tuvo que exhortar a los hombres para el culto a la Patria.

    El acatamiento a la Ley de Dios según la doctrina de la Iglesia católica, única verdadera, es otro de los Principios del Movimiento donde confluyen vigorosamente el Derecho divino natural y el Derecho divino positivo.

    La hermandad de España con los demás pueblos, para la instauración de la justicia y de la paz entre las naciones, es un afán dimanante del Derecho divino en el orden internacional.

    La unidad de los hombres y de las tierras de un país es, igualmente, virtud natural y cristiana, en la vida nacional.

    La proclamación de los valores eternos del hombre expresa el destino trascendente, al que nadie puede renunciar en ningún momento.

    La familia como base natural de la sociedad, las entidades también naturales en la convivencia humana, el Estado de Derecho con las prerrogativas que comporta, la exigencia de una Justicia independiente de cualquier otro poder, el honor y el deber del trabajo, la lealtad en la empresa, la preocupación por la salud física y moral del pueblo, etc., son elementos esenciales de un orden justo que, por su propia exigencia, no pueden eliminarse ni cambiar en su pureza más germina y perfectamente formulada.

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    Todos estos principios, que son los que constituyen, por el orden de su enunciación, los del Movimiento, no hay duda que vienen a ser una derivación necesaria de la Ley divina, natural y positiva, y por lo mismo son irrenunciables no menos para la sociedad que para el individuo, a no ser que se caiga en el ateísmo o en el relativismo moral, hoy de moda.


    Doctor Santiago CASTILLO HERNÁNDEZ
    Presbítero

    Última edición por ALACRAN; 02/10/2020 a las 22:35
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  3. #3
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    Re: No fue exagerado hablar de una teología de los Principios del 18 de Julio

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    Análisis teológico del “hombre portador de valores eternos”:


    Revista FUERZA NUEVA, nº 498, 24-Jul-1976


    CONTRA LA APOSTASÍA SOCIAL

    (Análisis teológico del “hombre portador de valores eternos”)

    Por Fray Antonio de LUGO, O. S. H.

    Es un hecho cierto, aunque lamentable, que pueblos creyentes, al menos en teoría, incluso cristianos y hasta de tradición católica, consciente e inconscientemente colaboran con poderes ocultos que tratan de echar por tierra lo que todavía queda en pie de nuestra civilización cristiana.

    La divina Ley ha sido en la Cristiandad, el fundamento de su legislación, la cual, aunque imperfecta, como todo aquello en que el hombre pone las manos, es evidente que hizo posible una sociedad más humana, con una jerarquía de valores, en armoniosa subordinación de los materiales a los espirituales y de éstos a los de orden sobrenatural. Hoy contemplamos con estupor cómo bastantes países, de espaldas a Dios, y muy cara al materialismo ateo, “renuevan” sus códigos legales y establecen en sustitución de las normas que respetaban y aun se fundaban en la Ley de Dios, natural o revelada, unas leyes en abierta oposición a los principios morales más elementales; los pecados más nefandos son erigidos en norma legal para la vida ciudadana en no pocos países.

    Apostasía social

    No sólo es un mal para el individuo apartarse de Dios en su vida personal; los pueblos experimentan también las funestas consecuencias de su apostasía social. La sociedad, como tal, no tiene un alma espiritual colectiva, con un destino eterno feliz o desgraciado; los pecados de la sociedad acostumbra el Señor a castigarlos en esta vida; para la otra queda el juicio final, con el subsiguiente premio o castigo para el hombre, quien habrá de ser juzgado según sus obras. El Santo Evangelio así lo afirma y la Iglesia es constante en proclamar la doctrina del Juicio, del Cielo y del Infierno como verdades reveladas por Dios; son dogmas que forman parte del Sagrado Depósito de la Fe. En la medida que los pueblos se apartan de Dios, ellos mismos se labran su propia ruina, aunque por algún tiempo, aparentemente, parezca lo contrario.

    Cuando en su ordenamiento jurídico los pueblos miran a Dios y en la elaboración de sus leyes reconocen, al menos, la ley natural como expresión (la más primitiva) de la Ley divina, existe una garantía de respeto a los derechos del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, según enseña la Escritura Santa y proclama sin intermisión el Magisterio auténtico de la Iglesia. Así, la vida ciudadana, amparada por leyes dignas del hombre, discurre por cauces jurídicos que conducen al bienestar, a la paz y, como consecuencia, a la prosperidad, incluso en lo material. Vienen con oportunidad al respecto las siguientes palabras de San Agustín: “Pienso que nada hay justo y legítimo en la ley temporal que no lo hayan tomado los hombres de la ley eterna”. (De libero arbitrio).

    El nuevo Estado español, que nació de una Cruzada en defensa de su patrimonio nacional, integrado por valores espirituales, morales y religiosos que, de muchos siglos atrás, han configurado el propio ser de España, en su nuevo ordenamiento legal procedió mirando a Dios, a la vez que contempla al hombre, para quien legisla como “portador de valores eternos”. Esta frase feliz de José Antonio Primo de Rivera es la afirmación categórica del más puro humanismo, pero con sentido de espiritual trascendencia, que la hace genial; así la encontramos, hasta tres veces, en nuestras Leyes Fundamentales, que no consideran al hombre en su entidad biológica y social simplemente, sino en toda su plenitud, con un destino que va más allá del tiempo y del espacio; verdadero humanismo cristiano, afirmativo, trascendente, integrador; humanismo hispánico, como alguien le ha llamado, y no sin razón.

    Legado de la antigua Cristiandad

    Salta a la vista que quienes han intervenido en la tarea legislativa se han propuesto que la Ley eterna sirva de base a las Leyes Fundamentales del Reino, elaboradas de acuerdo con la doctrina de la Iglesia. España quiere conservar, como riquísimo tesoro, el legado de principios y costumbres recibidos de la antigua Cristiandad, y esta actitud no la toleran poderes extraños que, con espaciosos pretextos de conveniencias para España, lo que pretenden es destruir lo que todavía queda del orden social cristiano; esa es la raíz de la enemiga contra nuestra Patria. Ciertamente que las Leyes Fundamentales del Reino, como las cosas humanas, se pueden y se deben perfeccionar sin que ello requiera ruptura con la línea doctrinal de los Principios. La experiencia de 40 años es más que suficiente para recordar a quien lo haya olvidado la eficiencia de tales Principios para que España disfrute de paz, sosiego, respeto, libertad y bienestar no menos que de prestigio a la faz del mundo que nos contempla.

    Considerar al hombre “portador de valores eternos” nos sitúa frente a países que siguen filosofías materialistas y entienden la vida de acuerdo con principios ateos. España no tiene por qué aceptar tales filosofías cuando tiene que definirse como pueblo libre y soberano. El concepto cristiano del hombre, de la familia, del Estado y de la sociedad, enraizado en los Principios de la fe católica, que profesan los españoles en su inmensa mayoría ha inspirado tal legislación. Así comienza la Ley de principios del Movimiento: “La nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación.”

    Sentido social acusado

    La densidad teológica de nuestras Leyes Fundamentales no las priva de un acusado sentido social; van dirigidas al hombre, en su doble dimensión: social y personal, pero siempre como “portador de valores eternos”. La Ley del Fuero del Trabajo fue calificada, en tiempos, por el entonces ministro de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne (en 1963), de “avanzadísima carta de derechos sociales”, y la Ley del Fuero de los Españoles es un auténtico “código de derechos humanos”, que está bastante por encima de cuanto con más cartel circulan por el mundo. El hecho de que la Ley eterna sea el alma de nuestra Legislación le confiere solidez y firmeza; exige actuar de cara Dios, no sólo en el momento de legislar, sino también a la hora de convertir en realidades aquellas leyes que confieren derechos al individuo, a la familia, etc. Como españoles nos agrada que nuestras Leyes del 18 de Julio amparen y protejan aquellos valores permanentemente y vivos en la entraña nacional, y que respondan a nuestro peculiar modo de ser como hombres, como españoles y católicos.

    Por fuera soplan otros vientos… Parece increíble que cuando tanto se habla de derechos del hombre, sea precisamente el hombre el sujeto de leyes que lo degradan como tal; esto ocurre porque no se le considera “portador de valores eternos”, sino como un simple animal social. ¿Cómo, si no, legalizar hechos que contradicen la misma Ley natural? Esto ocurre en países que se dicen civilizados, adelantados, superdesarrollados. Los españoles, pese a sus defectos, tiene clara conciencia de la dignidad humana, y quieren que su vida privada, familiar, social, laboral, etc. se rija por unas normas que se ajusten a le ley divina, única forma de quedar a salvo los derechos concedidos al hombre por el mismo Dios. A tal fin es necesario que éste sea considerado como lo considera la legislación vigente: “portador de valores eternos” […]

    Lo que enseñan los Papas

    La autoridad civil no puede ignorar uno de los deberes del hombre impuestos por la misma Ley natural, y más explicitado en la Ley positiva; es la obligación de la sociedad, como tal, de dar culto a Dios y hacer posible que en público y en privado el hombre pueda cumplir tan sagrado deber. El gobernante católico debe serlo en público y en privado; a este respecto enseña el papa León XIII: “Tampoco es lícito cumplir los deberes de una manera en la esfera privada y de otra forma en la esfera pública, acatando la autoridad de la Iglesia en la vida particular y rechazándola en la vida pública” (Enc. Immortale Dei). Los Principios del Movimiento Nacional y todo el ordenamiento legal van destinados al hombre “portador de valores eternos”; como queda dicho; tales Principios no desconocen las exigencias de la fe católica, y han sido elaborados en actitud de fidelidad a la misma.

    Cobran actualidad las siguientes palabras del Papa León XIII: “Hay otros liberales algo más moderados, pero no por eso más consecuentes consigo mismos; estos liberales afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta de los Estados… De esta doble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre la Iglesia y el Estado. Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones… Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga… Por esta razón, los que en el gobierno de Estado pretenden desentenderse de las leyes divinas desvían el poder político de su propia institución y del orden impuesto por la misma naturaleza. Pero hay otro hecho importante, que Nos mismo hemos subrayado más de una vez en otras ocasiones: el poder político y el poder religioso, aunque tienen fines y medios específicamente distintos, deben, sin embargo, necesariamente, en el ejercicio de sus respectivas funciones, encontrarse algunas veces. Ambos poderes ejercen su autoridad sobre los mismos hombres, y no es raro que uno y otro poder legislen acerca de una misma materia, aunque por razones distintas. En esta convergencia de poderes, el conflicto sería absurdo y repugnaría abiertamente a la infinita sabiduría de la voluntad divina; es necesario, por tanto, que haya un medio, un procedimiento para evitar los motivos de disputas y luchas y para establecer un acuerdo en la práctica. Acertadamente ha sido comparado este acuerdo a la unión del alma con el cuerpo, unión igualmente provechosa para ambos, y cuya desunión, por el contrario, es perniciosa particularmente para el cuerpo, que con ella pierde la vida”. (Enc. Libertas. Art. 14)

    Los comentarios a las palabras del Pontífice están de más, dada la claridad con que expone la doctrina, que coincide con la de su predecesor, Gregorio XVI, y que posteriormente no han dejado de proponer loa papas en San Pío X, Pío XI y Pío XII, y que enseñan, como parte del patrimonio doctrinal de la Iglesia, los últimos Vicarios de Cristo. El actual Papa, felizmente reinante, Pablo VI, ha afirmado que, “la doctrina conciliar, hay que interpretarla en coherencia con la doctrina tradicional de la Iglesia”.

    Fray Antonio de LUGO, O. S. H.

    Última edición por ALACRAN; 31/01/2021 a las 20:34
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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