La tabarra del libro electrónico
La tabarra del libro electrónico
JUAN MANUEL DE PRADA
Lunes, 04-05-09
LLEVAN algo así como quince años dándonos la tabarra con el libro electrónico; y para finales de este año se anuncia una ofensiva en toda regla de los mercaderes, empeñados en convencernos de las ventajas del cacharrito de marras. Ventajas que se resumen en una: por fin, nos aseguran, «el saber no ocupará lugar»; por fin, mediante la posesión del cacharrito, podremos descargarnos de forma casi instantánea cuantos libros deseemos, evitándonos la invasión de papel impreso que amenaza con expulsarnos de casa. Aquí se demuestra, una vez más, que los mercaderes olvidan ese mecanismo psicológico irreductible llamado «factor humano»; y es que si los libros nos gustan es, precisamente, porque ocupan lugar, porque hacen de nuestra existencia un lugar, porque son el nido en el que se empolla nuestra vida. Si dejasen de ocupar lugar dejarían de interesarnos, pues habrían perdido su condición de «abrigo del espíritu». Porque en los libros que uno ha leído se refugian los hombres que hemos sido; y cuando llega el invierno, cuando la vida nos araña de secretas melancolías, la permanencia sigilosa de los libros nos vincula con el pasado y garantiza nuestro porvenir.
Con los libros ocurre lo mismo que con los paisajes que habitaron nuestra infancia. Tal vez los senderos que acogieron nuestras huellas se hayan borrado, invadidos por las zarzas y los arbustos, pero basta que volvamos a poner el pie en ellos para que, como por un milagro retrospectivo, recuperemos emociones que creíamos abolidas. Todo lector verdadero sabe a lo que me refiero: basta con que tomemos en nuestras manos un libro que en algún pasaje de nuestra existencia anterior nos cautivó, para que al contacto con sus páginas amarillentas, con sus lomos abrumados de arrugas, se abra, entre las ruinas de nuestra memoria, un pasadizo de claridad que nos conduce hasta el lugar exacto de nuestro pasado en el que hiberna aquella felicidad que ya creíamos irrecuperable, aquellas zozobras e inquietudes que en otro tiempo nos ensombrecieron o exaltaron, todo un mundo de delicadezas espirituales que creíamos asfixiado bajo paletadas de olvido y que, en realidad, estaba esperando su resurrección. Como aquella voz que desafió la muerte de Lázaro -«Levántate y anda»-, los libros que amueblan nuestras bibliotecas, al conjuro de una mirada curiosa que vuelve a posarse sobre ellos, contagian con unas décimas de bendita fiebre continentes de vida que yacían, cadavéricos y exangües, en los devanes del olvido. Y, al favorecer este ejercicio de introspección, los libros ensanchan nuestro horizonte vital, nos hacen dueños de nuestra duración en la tierra, nos permiten -como aquel prodigioso aleph borgiano- otear desde una pacífica atalaya el atlas completo de nuestros días. Ni siquiera hace falta que recordemos con precisión el asunto de aquel libro que tantos años atrás nos cautivó; basta que aspiremos el aroma exhausto de sus páginas, basta que acariciemos su portada, para que vuelva sobre nosotros, con un sabor de ola repetida y sin embargo fresca, la sal que sazonó nuestra juventud, aquel estado de ánimo o clima espiritual que la lectura de aquel libro promovió en nosotros.
Este sutilísimo consuelo espiritual que nos procuran los libros, vinculándonos con nuestro propio pasado y abrigando nuestro futuro contra las asechanzas de la edad, los convierte en el objeto más formidablemente reparador que haya concebido el hombre. Los libros son dioses penates o vigías del tiempo que acompañen nuestra andadura por la tierra; y esta condición jamás la podrá suplantar un artilugio electrónico. Entre los libros y el cacharrito de marras que nos pretenden imponer existe, en fin, la misma diferencia elemental que entre la mujer amada y la muñeca hinchable que reproduce al dedillo sus facciones.
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Hermano Hyeronimus, yo creo que como un buen libro de papel una buena ventana, música clásica de fondo y un sillón confortable, no hay nada que le supere.
¿Libros digitales que ocupan poco espacio? Ya están los lápices de memoria que almacenana la información y te las decargas en el Pc que deseas, y los portátiles, que permiten leer esos mismos libros donde uno quiere y cuando quiere; pero la experiencia demuestra que mucha gente, aún teniendo los escritos en formato digital, los imprime en fotocopiadora o impresora, porque es incapaz de estudiar o leer de otra manera. (Yo soy uno de esos inadaptados para la técnica)
Esto será otro saca-cuartos como los teléfonos móviles, los Mp3, Mp4 y derivados.
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Personalmente, para ahorrar espacio, papel, bedeles, coches oficiales, escoltas, desplazamientos en avión y ese chorreo sin fondo con cargo a la economía de los españoles, propongo el Parlamento electrónico. Total para la cantidad de sandeces que se dicen los unos a los otros, bien pudieran utilizar el messenger.
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¡Apoyo la moción de Aranu Jara!. :)
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"...yo creo que como un buen libro de papel una buena ventana, música clásica de fondo y un sillón confortable, no hay nada que le supere."
Aquilífero.
No podría estar más de acuerdo.
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Cita:
Iniciado por
CRISTIÁN YÁÑEZ DURÁN
"...yo creo que como un buen libro de papel una buena ventana, música clásica de fondo y un sillón confortable, no hay nada que le supere."
Aquilífero.
No podría estar más de acuerdo.
Estoy con Aquilífero y Cristián. Sólo añadiría una copita de porto viejo y una pipa, con tabaco medio "cavendish"...ahora que dejé los cigarillos:D
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Hermano Irmao, ..., tu lo que eres es un sibarita (quien pudiera tener de lo que mencionas ahora mismo sobre la mesa, pero dejé el tabaco por 2ª vez y no quiero volver nunca más, ni en pipa ni masticado, lo del porto viejo, me ha llegdo al alma) :barretina:
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Aquilífero, tienes mi más sencilla admiración...:lareverencia: por lo de dejar lo tabaco de una vez. Despues de caer en tentación más que muchas, para mi la pipa es el mal menor... me da tanto trabajo y requiere tanto tiempo que sólo cuando no puedo evitarlo fumo una. Así que más por conveniencia que por real convicción, he reducido inmenso lo que fumo... en el bolsillo lo puedo ver ya.
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Hermano Irmao, me costó tiempo el tomar la determinación, pero una vez que dije,: "mañana dejo de fumar", pasé el primer día sin fumar, luego otro y otro. Todavía hoy, (llevo casi cuatro años desde la segunda vez que lo dejé) me acuerdo del tabaco.
Engordé varios kilos (de diez en diez lo de varios kilos), y es verdad que ahorré bastante. Pero el otro día, subiendo una escalera, y debido al sobrepeso me noté asfixiado y con falta de resuello, igual que cuando fumaba, el dinero que me gastaba en tabaco me lo gasto en ropa nueva, porque la que tenía no me vale, y entonces pensé, ¡¡carajo, que no le veo yo el gusto a esto de quitarse de fumar!!, pero aún así y todo sigo sin probar tabaco (ya es sólo por vegüenza torera):)
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El libro electrónico no esta tan mal, si se tiene en cuenta los libros raros que se encuentran por Internet que no te los encuentras por las librerias.Otro plus es que para un menda con el l electrónico no me tengo que gastar un duro y eso para alguien que no goza de capital es un puntazo.
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Estimados Contertulios:
Complementando a Irmao Y Aquilífero.
Música de cámara, lluvia copiosa (nevando mejor aún) y frío intenso; instalado en el escritorio de mi abuelo frente a la chimenea crepitante, y acompañando la lectura con té y alguna que otra engañifa. Es la gloria.
El “hombres masa” es incapaz de hojear el aroma de un libro viejo; desconoce la indescriptible satisfacción de alcanzar la sophrosyne abstrayendo lo inteligible de lo bello. Lo concreto, contingente y particular constituyen su universo que, en definitiva, es el mismo que atribuye la metafísica a un animal.
LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI