El "plan Terranova" para la Kutxa: Navarra puede ser comprada
Québec y su nacionalismo han sido un ejemplo fallido para los abertzales. Pero respecto a la Navarra presidida por Miguel Sanz su nuevo modelo podría ser la bancarrota de Terranova.
Los nacionalistas vascos han sentido desde final de los años 60 la atracción de Québec. Era lógico, dos regiones católicas, más bien clericales y de honda tradición conservadora se convirtieron casi a la vez en objetivos secesionistas de grupos radicales, armados y de extrema izquierda. Había importantes diferencias entre Canadá y España, pero el Vaticano II y el peso del marxismo en el nacionalismo acercó a Québec y el País Vasco.
Al menos tales eran los deseos de los nacionalistas. Luego, en realidad, la mayoría de los quebequeses (que sí tienen, por pertenecer a una confederación, un derecho a la autodeterminación imposible entre nosotros), han preferido seguir siendo canadienses. Y es que uno no se baja de un tren en marcha ni se va de una empresa que funciona. Además, ahora Canadá y también Québec colaboran activamente contra el terrorismo etarra, para desilusión de muchos ilusos indígenas. Lo cual no quiere decir que Canadá haya dejado de ser ejemplar para los abertzales. Pero por otras razones.
¿Qué pasa si una pequeña economía regional se hunde?
Terranova fue siempre una colonia de la Corona británica y reiteradamente se negó a pertenecer a Canadá. Tenían allí una identidad local, más británica que en ninguna parte de América del Norte; y tenían también una economía que funcionaba, basada en la navegación, la pesca y la madera. Sencillamente, eran británicos al otro lado del Atlántico y no querían ser canadienses.
A finales de los años 40, todo aquello se hizo insostenible. Las actividades económicas existentes dejaron de ser rentables o, en término moderno, se deslocalizaron. El Gobierno de Terranova, fiscalmente autónomo, se endeudó brutalmente, hasta la asfixia, en un intento de reflotar su economía. La renta per cápita se hundió hasta llegar a ser menos de la mitad que la canadiense, y los ciudadanos empezaron a emigrar en masa. Y entonces, como un hada madrina, apareció la solución.
Canadá estaba esperando a la puerta, y volvió a proponer la anexión de Terranova. Lo hizo ofreciendo las mejores garantías económicas, la fiabilidad de sus bancos, sus aportaciones de dinero público, la instalación de nuevas empresas o la salvación de las anteriores por firmas canadienses y el respeto formal de la identidad y el sentimiento británico de Terranova. Todo con una condición: que Terranova finalmente aceptase ser canadiense.
En 1949, con la inestimable ayuda de Joe Smallwood, los ciudadanos de Terranova votaron a favor de la anexión. Verdad es que en el primer referéndum la mayoría aún votó en contra, pero por decisión política se repitió hasta que un 52% de los votos fueron para la anexión. Por un poco de dinero (en realidad, por mucho dinero, pero qué es eso para un gran sueño político), Canadá anexionó para siempre una Terranova en crisis.
Euskadi tiene los instrumentos para hacer lo mismo
En tiempos de crisis, con bancos y especialmente cajas de ahorros en apuros, con empresas extranjeras que se deslocalizarán antes o después, con unas finanzas que pueden tener problemas, una anexión al estilo de Terranova no es un imposible en varios lugares de Europa. El País Vasco tiene, entre lo público, lo semipúblico, lo cooperativo y lo amistoso, una enorme capacidad de penetración concretamente en Navarra. La reciente fusión de las Cajas de Ahorros guipuzcoana y vizcaína crea una gran banca pública, y la potencia es equivalente en los sectores más delicados de la economía navarra, como la metalurgia ligera.
Navarra podría llegar a ser "terranovizada". Mientras la política sólo se mida en términos económicos (y los principios sean sustituidos por las inversiones), cualquier crisis económica se puede convertir en crisis de identidad. Si además hay partidarios internos de la anexión, importantes intereses que se mueven según se muevan los mercados y una demasiado larga tradición de explicar Navarra sólo en términos de riqueza y bienestar, no cabe duda de que no estamos ante el futuro más risueño. Esa discusión ya se dio en los años 60, y a largo plazo tenía razón Amadeo Marco aunque los desarrollistas Félix Huarte o Miguel Javier Urmeneta elevaron a los altares del franquismo la sensación de prosperidad que ahora nos pone en peligro. A Miguel Sanz le corresponde ahora hacer lo necesario para que Navarra, rica o pobre, nunca deje de ser ella misma y nunca tenga precio para ser comprada. Ni siquiera por la Kutxa.
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