PARA LOS QUE PRESUMEN DE LIBERALES
"Y mientras no arranquemos esa cuña (el liberalismo), no habrá unidad nacional ni Patria española, sino un rebaño de siervos dirigidos por el látigo de los tiranuelos parlamentarios y las plumas de los rotativos."
Juan Vázquez de Mella
Desde que las ideas liberales se asentaron en España tras la Constitución de 1812, la división ideológica y política ha echado raíces en la piel de toro. Durante los siglos XIX y buena parte del XX la división entre carlistas-tradicionalistas y liberales trajo consigo tres guerras carlistas y la Guerra Civil, además de la pérdida de los territorios de ultramar, siempre con gobiernos liberales.
Después, durante el franquismo y en el actual autonomismo centralista constitucional, la división aparentemente ha desaparecido. Y digo aparentemente porque en la realidad sigue estando ahí. Lo que ocurre es que el liberalismo ha conseguido apartar de la escena pública al tradicionalismo. Desde el liberalismo se tachó a los tradicionalistas de ser de extrema derecha, de intolerantes y de integristas, para luego utilizar su base social, católica y tradicionalista, y crear un movimiento falsamente heredero de la Tradición. Es más, ahora presumen de ser liberales. Están encantados de ser el mal menor de esta España agonizante. Encantados y forrados mientras sus medios de comunicación les arengan como salvadores de una patria a la que están estrangulando. En eso están el PP y otros falsos regionalistas "españoles de derechas".
Una vez más, Vázquez de Mella sigue vigente en su discurso, más de cien años después. Convendría tenerlo presente a aquellos que se atrevan a trabajar por la refundación de España en estos tiempos convulsos social y políticamente. Dejo este interesante artículo que escribió para El Correo Español en septiembre de 1896. Y seguimos en las mismas.
"A propósito del movimiento de Solidaridad que se difunde cada vez más por todas las regiones y empieza a resonar con acentos vibrantes en Valencia y en Galicia, y la de las justas protestas con que Vizcaya se yergue contra el bárbaro centralismo que adula a la muchedumbre obrera, arrojada por obra de la economía liberal en el mercado de la concurrencia, mientras, por otro lado, atenta contra su riqueza y su industria no repuesta de la crisis reciente, algunos periódicos vuelven a hablar del regionalismo con esa frivolidad que parece característica de la que llaman gran prensa.
Todos los que escriben contra el sistema tienen una particularidad: la de inventar otro regionalismo para poder combatir el verdadero. Es lo que hacen los impíos con la Iglesia: inventan un catolicismo que es una colección de herejías, y le atacan con furia, haciendo creer a la multitud estulta que el desfigurado y auténtico son una misma doctrina. Confunden, por ignorancia o por hipocresía, el regionalismo con el separatismo, y sacan a reducir estos supremos recursos retóricos, que en labios de los liberales son dos sarcasmos: la unidad nacional y la integridad de la Patria.
La unidad nacional en España la formaron la Iglesia y la Monarquía tradicional, que representan las dos grandes unidades, interna y externa, que han originado, sin amasarlas ni confundirlas, la federación de las regiones que constituyen la patria común. La unidad nacional estaba fundada sobre la unidad de creencias, que producía la de los sentimientos, costumbres y aspiraciones fundamentales, dejando ancho cauce a una opulenta variedad que se desarrollaba sobre ellas como una vegetación espléndida.
¿Y que hicieron con esa unidad los centralistas del liberalismo? El absolutismo de Gabinete, la oligarquía parlamentaria, rompió la unidad de creencias, separó a los españoles por abismos de ideas contradictorias y por ríos de odio. Separó lo que estaba unido. Estableció el divorcio donde brillaba la unión indisoluble. Pero, en cambio, mientras se rompía todo el vínculo religioso y moral, se apretaba con cadenas y grilletes a todas las personas colectivas sujetándolas con cadenas administrativas y económicas al carro del Estado omnipotente. Centralización administrativa, centralización económica, centralización militar, centralización docente, centralización legislativa, y, como expresión de todas las tiranías, una burocracia que tiene por cabeza a unas tertulias de sultanes que nos gobiernan a la otomana...
La universidad y la escuela, dilataciones de la familia, y que en la patria potestad, delegada para la enseñanza en el maestro, tienen su origen, dependen de cualquier Jimeno (2) que lo mismo propaga los microbios de Ferrán por los pueblos, que el bacilo laico en los hogares. La constitución de la familia, anterior a la existencia del Estado nacional que depende de ella, y no ella del Estado, queda entregada al arbitrio de cualquier Romanones, que puede hollar el derecho natural y el canónico y hasta el civil que establece el Código, en el preámbulo de una circular modelo de estulticia progresista. El municipio, la provincia y la región, no se pueden administrar ni regir en su vida interior sin imposiciones extrañas, sino que dependen de cualquier Poncio amovible a voluntad de un Ministro de la Gobernación; y el capital y la industria y la paz social de las ciudades más florecientes de España dependen de la impertinencias de un Dávila (3), el hombre en cuya cabeza las ideas, si llegan a penetrar, mueren como los pájaros en la máquina neumática por falta de oxígeno.
(2) Amalio Jimeno, ministro liberal de Instrucción Pública
(3) Bernabé Dávila, ministro por entonces de Gobernación
¡Esa unidad de caciquismo, expedientes y engrudo es la unidad nacional que nos han dejado los liberales! Ese Estado que tiene la unidad de sus atribuciones robadas a la sociedad y a la Iglesia es la potestad civil de que hablan a todas horas nuestros anticlericales, la que hay que levantar contra la doble jerarquía eclesiástica y su vértice supremo el Pontificado, para que caiga como inmenso mandoble sobre las creencias cristianas, porque es ya lo único que le queda por aplastar.
¿Y la integridad de la Patria? Las Cortes de Bayona de Pepe Botella iniciaron el movimiento separatista con absurdos e inoportunos proyectos. Lo confirmaron las Cortes de Cádiz, llegando a propagarle con una especie de proclama en que se hablaba de la tiranía secular de España sobre pueblos a que había dado con monumentos legislativos toda la civilización que tenían; se completó con la obra de las logias, que prepararon los trece pronunciamientos que estallaron desde el 1814 al 1820, en relación con los movimientos filibusteros a que puso coronamiento la traición de Riego en Cabezas de San Juan, obligando a disolverse un ejército de treinta mil hombres preparado con grandes sacrificios para el embarque. Se salvaron los principios liberales y se perdieron las colonias. El Tratado de París ha sido el epitafio de la integridad de la Patria. Y ¿qué eran Rizal, Aguinaldo, Máximo Gómez, Maceo y Quintín Banderas (4), y los hombres del gabinetillo autonomista y sus congéneres, que vuelven a ensangrentar la Manigua? ¿Reaccionarios? ¿Tradicionalistas? Todos eran liberales, y laicistas, y francmasones, apuntados con tres puntos en los registros de Morayta (5), y en los de Filadelfia.
(4) Dirigentes y cabecillas de la separación de Cuba y Filipinas
(5) El ilustrado Morayta -Miguel Morayta- conocido republicano y masón de la época, que fue Catedrático de Historia Universal en la Universidad de Madrid.
Los liberales españoles no tienen derecho a hablar de la unidad nacional, que han disuelto, ni de la integridad de la Patria, que han mutilado. Y esto debiera abrir los ojos a muchos que parece que tienen miedo a la luz, para ver que en España no hay mas separatistas que los partidos liberales. El Estado monstruo que han fabricado con tantas rapiñas, es la enorme cuña que ha partido el territorio nacional, y ha escindido la unidad que antes imperaba, más por el amor que por la fuerza, en las regiones congregadas por la obra de los siglos en torno del mismo hogar. Y mientras no arranquemos esa cuña, no habrá unidad nacional ni Patria española, sino un rebaño de siervos dirigidos por el látigo de los tiranuelos parlamentarios y las plumas de los rotativos."
Juan Vázquez de Mella
(El Correo Español, 7 de Septiembre de 1896)
EL DIVÁN DE SANCHO PANZA
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