EL REINO DE LEÓN TRAS EL AÑO 1230
Muchos historiadores de todas las épocas y lugares coinciden en un punto cuando
tratan del Reino de León: éste desaparece sin dejar rastro en 1230, año en el que, por
una serie de casualidades, las Coronas de León y Castilla recaen en Fernando III. Esta
súbita desaparición resulta cuando menos sospechosa, ya que la Corona Leonesa
englobaba diversos reinos y territorios a los que hoy nadie osa a negar su identidad
(Reino de Galicia, Asturias y Extremadura). Sin embargo, y paradójicamente, no ocurre
lo mismo con el Reino de León, núcleo de la Corona. ¿A qué se debe este
contrasentido? Sin duda, la ignorancia y el desconocimiento son los principales
culpables. Pero es indudable que hoy en día gran parte de la culpa recae en los
historiadores al servicio de la Junta, cuya principal intención es hacernos creer que el
Reino de León se fundió totalmente con Castilla, e inmediatamente perdió su identidad
y personalidad en favor de un presunto e inexistente “Reino de Castilla y León” que se
uniformó con bases castellanas. La intención del presente artículo es hacer un somero
repaso por una serie de aspectos históricos que demuestran que la realidad fue muy
diferente.
-Las Cortes: Tras la desaparición de sus monarcas, serán las Cortes de la Corona
Leonesa las que ostentarán la representación de los territorios que ésta englobaba.
Durante todo el siglo XIII, leoneses y castellanos celebran sus respectivas Cortes por
separado. En ocasiones se convocan en la misma ciudad, pero los representantes de cada
Corona se reúnen y deliberan en dependencias diferentes: por ejemplo, esto fue lo que
ocurrió con las que se celebraron en Valladolid en 1293. Las relaciones entre unos y
otros no debían de ser muy cordiales, ya que Fernando IV justifica la separación “por
evitar peleas y reyertas que pudieran ocurrir”. Los temas a tratar a veces eran similares
en ambas Cortes, pero también abundan las peculiaridades: así, los leoneses hicieron
hincapié en que el Fuero Juzgo tenía que continuar siendo la principal guía en sus
pleitos, y exigieron que los naturales de sus reinos sólo pudieran ser juzgados en los
tribunales leoneses. Estos aspectos fueron magistralmente estudiados por el
recientemente fallecido José Luis Martín, catedrático de Historia de la Edad Media en
Salamanca.
La unidad de la Corona leonesa con la castellana corrió grave peligro en varias
ocasiones en los convulsos años de finales del siglo XIII: el infante Juan llegó a
pretender reinar sobre Galicia y León (que incluía a Asturias), y la situación
prácticamente se volvió a repetir en 1319, lo que demuestra que las dos Coronas estaban
prendidas con alfileres. En el siglo XIV comienzan a imponerse las Cortes conjuntas,
pero se continuó dando ordenamientos a los concejos de León muy distintos de los de
Castilla. De todas formas, se siguieron convocando Cortes por separado de forma
esporádica, y así parece que ocurrió en las de los años 1302, 1305, 1318, 1322, etc.,
cuando ya hacía más de un siglo de la unión de los reinos. Como muestra de esta
diversidad, hasta 1348 el rey contaba con el asesoramiento directo de cuatro consejeros
de León y Galicia, cuatro de Castilla, cuatro de las Extremaduras, y cuatro de Toledo y
Andalucía. Pero, por desgracia, la vía de la pluralidad fracasó, ya que a mediados del
siglo XIV se impuso el rodillo castellano, y a partir de entonces las leyes serán las
mismas para todos los reinos.
-La Hermandad del Reino de León: En un nivel más popular, durante el caos y las
guerras civiles de finales del siglo XIII y comienzos del XIV, las ciudades comenzaron
a organizarse en hermandades. Esta situación fue legalizada en 1295, y cada reino creó
su propia hermandad. La de los reinos de Galicia y León (que, insistimos, incluía a
Asturias) se reunía anualmente en la ciudad legionense, y estaba integrada por los
concejos de 31 ciudades y villas (Salamanca, Zamora, León, Astorga, Oviedo, etc.). El
sello de esta hermandad incluía la figura del león del reino, y una representación del
apóstol Santiago a caballo. Sus principales atribuciones fueron la administración de
justicia y el mantenimiento del orden, llegando en ocasiones a usurpar las funciones de
los oficiales reales. En 1315 se intentó crear una Hermandad General que englobara a
las de los distintos reinos, pero las desavenencias fueron constantes, y ésta tuvo que ser
disuelta en 1318 ante la negativa de leoneses, toledanos y extremeños a reunirse con los
castellanos, por lo que la división de las hermandades por reinos continuó durante
muchos años. Herederos de estas agrupaciones fueron los irmandiños gallegos, que
provocaron fortísimas revueltas sociales en la segunda mitad del siglo XV.
-La Cancillería y la Notaría del Reino de León: La Cancillería fue creada como
tal por el emperador leonés Alfonso VII, y tal cargo recaía en el arzobispo de Santiago,
sobre quien recaía así la responsabilidad de emitir los documentos regios. Cuando
Castilla contó con un rey propio, creó una nueva cancillería en la persona del arzobispo
de Toledo. Tras la unificación de las dos coronas llevada a cabo por Fernando III,
durante siglos continuó habiendo un canciller de León, y otro de Castilla, aunque
acabarían convirtiéndose en meros títulos honoríficos. Alfonso X y Sancho IV
intentaron acabar con esta duplicidad, pero sus sucesores la conservaron.
Con Alfonso X surgen las Notarías de León, Castilla y Andalucía, y, algo más tarde,
la de Toledo. Cada una de estas Notarías se encargaba de elaborar y tratar los
documentos que hacían referencia a sus respectivos territorios. En las Cortes de 1295
los procuradores exigieron que los notarios sólo fueran dos, el de León y el de Castilla,
y así se hizo.
-El Tribunal del Libro: Este tribunal especial, netamente leonés, sentenciaba los
pleitos utilizando el Liber Iudiciorium o Fuero Juzgo, del que se sabe que existieron
copias romanceadas en leonés y en gallego. Era una reminiscencia del Derecho
visigodo, pero continuó teniendo vigencia en León más allá de Alfonso X. Las
reuniones de este tribunal tuvieron lugar casi con seguridad en el Locus Apellationis de
la Catedral. Estaba presidido por un eclesiástico asistido por varios jueces ordinarios:
atendía pleitos en primera instancia, y en apelación de la corte regia, lo que le dotaba de
una extraordinaria importancia.
-La Merindad Mayor del Reino de León: los merinos mayores eran oficiales
públicos de categoría superior en cuyas personas delegaba el rey gran parte de su
autoridad. Tuvieron competencias muy amplias sobre todo el reino leonés. Ya aparecen
documentados en el siglo XII, y Fernando III los estableció por separado en León y en
Castilla, y, más tarde, en Galicia y en Murcia.
-El Adelantamiento Mayor del Reino de León: sustituyó a la anterior institución,
aunque poco a poco vio cómo se iba reduciendo el territorio sometido a su jurisdicción,
hasta que en el siglo XV quedó limitado a los límites de la actual provincia de León, y
algo más de la mitad de la de Zamora. Asturias fue desgajada del Adelantamiento del
Reino en el año 1402. Durante muchísimo tiempo no tuvo una sede fija, ya que
constituía un tribunal itinerante, aunque a mediados del siglo XVII acabó
estableciéndose en la ciudad de León. Su cárcel y su archivo se localizaban en La
Bañeza. Esta institución tuvo amplísimas competencias de justicia y de gobierno, y con
el nombre de Alcaldía Mayor del Reino de León perduró al menos hasta el año 1799.
Entre sus atribuciones estaba el mantenimiento de bosques y de infraestructuras viarias.
Al ser un tribunal de carácter regio, sirvió de freno a la justicia señorial, por lo que era
visto con simpatía por las clases populares. En Castilla tenían sus propios adelantados, y
no les estaba permitido entrar en el Reino de León.
-El Defensor del Reino de León, o Procurador General del Adelantamiento:
prácticamente fueron la misma institución con distinto nombre según la época.
Aparecen en la documentación a partir del siglo XVII, y su función consistía en prestar
ayuda y defensa a los pobres y a los lugares que así se lo pidieran. Su ámbito de
actuación era el Adelantamiento del Reino, y podían “apelar todas las cosas que
hicieren contra las Leyes del Reino”.Esta institución existió al menos hasta finales del
siglo XVIII.
-La Iglesia leonesa tras 1230: en general conservó su propia idiosincrasia y
organización, pero, a pesar de la reunión de las dos Coronas en una sola, durante casi un
siglo los obispos de cada reino se reunieron en sínodos separados. Por ejemplo, en 1302
tuvo lugar un sínodo en Peñafiel al que sólo acudieron los obispos castellanos, mientras
que en 1310 hubo otro en Salamanca convocado únicamente por los obispos leoneses.
Al desaparecer el Estudio General de Palencia, se llegó al acuerdo de que el rector de la
Universidad de Salamanca fuera un año de origen leonés, y al siguiente, castellano,
estableciéndose así una alternancia anual que duró siglos. En cuanto a las órdenes
militares, la de Santiago continuó manteniendo la Encomienda del Reino de León.
-Los concejos abiertos: esta noble institución tiene sus orígenes en la Alta Edad
Media, y ha sobrevivido hasta el día de hoy en algunos pueblos de la región. Son uno de
los más claros ejemplos de democracia popular, ya que pueden participar todos los
vecinos. Solían reunirse alrededor de un árbol, en los soportales de la iglesia, en una
plaza o en una casa de concejo a la salida de la misa. Atendían los asuntos comunales,
y todo lo que podía afectar al pueblo de forma más inmediata. Han sido muy bien
estudiados por el catedrático de Historia Moderna Laureano Rubio.
-La moneda de la Corona Leonesa: Con Fernando II, a León le correspondió la
gloria de acuñar las primeras monedas de oro cristianas de la Península y de toda
Europa occidental. Como es lógico, las monedas leonesas eran totalmente diferentes de
las castellanas tanto en su aspecto externo como en su sistema de valores. Cuando se
unen ambas Coronas, cada una mantuvo su propia moneda hasta las reformas del año
1265 de Alfonso X. Aún así, el maravedí leonés (o “longo”) continuó teniendo un valor
distinto al del maravedí castellano (o “curto”) hasta el siglo XIV. Por si fuera poco, en
la Corona de León la moneda portuguesa circulaba con valor legal, y lo mismo ocurría
en Portugal con la moneda leonesa, ya que ésta fue moneda oficial en varias regiones
lusas. Estos y otros aspectos de la moneda leonesa fueron estudiados por la fallecida
Mercedes Rueda Sabater, aunque en realidad todavía hoy está casi todo por hacer.
-Mapas: Como muy bien señaló el periodista Emilio Gancedo en la Revista del
Diario de León del 31 de octubre de 2004, no hay ni un solo mapa general de España
desde el siglo XV que no incluya al Reino de León de una u otra manera. La excepción
la podrían constituir algunos de los llamados portulanos, pero ello se debe a que su
principal interés estaba en trazar las costas, puertos y rutas marítimas de la manera más
exacta posible, por lo que prestaban poca atención a las zonas del interior. Los mapas
anteriores a la segunda mitad del siglo XVII constriñen el reino a la actual provincia de
León, y la mitad norte de Zamora, mientras que a partir de esa fecha prácticamente
todos lo extenderán a Salamanca, Zamora, León, y la mitad occidental de las provincias
de Valladolid y Palencia. Aunque que la división provincial de 1833 dejaba al margen a
estas últimas dos provincias, en muchos de los mapas del siglo XIX continúan
apareciendo.
-Los símbolos del Reino y la proclamación de los reyes: A pesar de la creación
del escudo cuartelado de castillos y leones, no será raro encontrárnoslo en diversos
lugares del Viejo Reino con el león situado en el primer cuartel, que es el predominante.
El símbolo de nuestro reino aparece esporádicamente en solitario en algunas
representaciones, como en la fachada Oeste de la Catedral, o en las plasmaciones
artísticas del cortejo fúnebre de Carlos I de España y V de Alemania. Por otra parte,
sabemos que se enarbolaba el pendón de la ciudad de León con ocasión de la
proclamación de los reyes hasta la época de Isabel II (s.XIX): cabe destacar esta
ceremonia, ya que dentro de la Corona de Castilla, tan sólo Galicia y León tenían el
privilegio de tremolar su propio pendón en lugar del real de Castilla.
León también dejó clara su personalidad en múltiples ocasiones tras la caída del
Antiguo Régimen, como en la Guerra de Independencia, en la I República, en la
división provincial llevada a cabo en 1833, en las guerras carlistas, etc., pero todo ello
será materia de otro artículo.
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