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Tema: “El judío en el misterio de la Historia” (1936), del P. Julio Meinvielle

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    “El judío en el misterio de la Historia” (1936), del P. Julio Meinvielle

    “El judío en el misterio de la Historia” (1936), del P. Julio Meinvielle


    Para descargar la obra: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/jud_min.pdf






    PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN (1936)


    "No es posible disimular que el tema del presente libro es sumamente difícil y sumamente apasionante.

    Difícil, porque el pueblo judío llena toda la historia de Dios y de los hombres. ¿Qué período de la historia se puede escribir sin mencionar a este pueblo? Sin mencionar a este pueblo glorificándolo o condenándolo, pero es forzoso hacer mención de él. Dos son los misterios de la historia, ha dicho un escritor judío (Ed. Fleg, JESUS RACCONTÉ PAR LE JUIF ERRANT, p. 177): ¡Jesús es un misterio como Israel es un misterio! Y cuando ponéis juntos estos dos misterios, ¿queréis que os diga lo que pasa? iHay un tercer misterio más misterioso, él solo, que los otros dos!

    Apasionante, porque ¿quién puede ocuparse del judío sin un sentimiento de admiración o de desprecio, o de ambos a la vez? Pueblo que un día nos trajo a Cristo, pueblo que le rechazó, pueblo que se infiltra en medio de otros pueblos, no para convivir con ellos, sino para devorar insensiblemente su sustancia; pueblo siempre dominado, pero pueblo lleno siempre de un deseo insolente de dominación.

    Más apasionante aún ahora, porque la dominación de este pueblo, aquí y en todas partes, va cada día siendo más efectiva. Porque los judíos dominan a nuestros gobiernos como los acreedores a sus deudores. Y esta dominación se hace sentir en la política internacional de los pueblos, en la política interna de los partidos, en la orientación económica de los países; esta dominación se hace sentir en los ministerios de Instrucción Pública, en los planes de enseñanza, en la formación de los maestros, en la mentalidad de los universitarios; el dominio judío se ejerce sobre la banca y sobre los consorcios financieros, y todo el complicado mecanismo del oro, de las divisas, de los pagos, se desenvuelve irremediablemente bajo este poderoso dominio; los judíos dominan las agencias de información mundial, los rotativos, las revistas, los folletos, de suerte que la masa de gente va forjando su mentalidad de acuerdo a moldes judaicos; los judíos dominan en el amplio sector de las diversiones, y así ellos imponen las modas, controlan los lupanares, monopolizan el cine y las estaciones de radio, de modo que las costumbres de los cristianos se van modelando de acuerdo a sus imposiciones.

    ¿Dónde no domina el judío? Aquí, en nuestro país, ¿qué punto vital hay de nuestra zona donde el judío no se esté beneficiando con lo mejor de nuestra riqueza al mismo tiempo que está envenenando nuestro pueblo con lo más nefasto de las ideas y diversiones? Buenos Aires, esta gran Babilonia, nos ofrece un ejemplo típico. Cada día es mayor su progreso, cada día es mayor también en ella el poder judaico. Los judíos controlan aquí nuestro dinero, nuestro trigo, nuestro maíz, nuestro lino, nuestras carnes, nuestro pan, nuestra le che, nuestras incipientes industrias, todo cuanto puede re portar utilidad, y al mismo tiempo son ellos quienes siembran y fomentan las ideas disolventes contra nuestra Religión, contra nuestra Patria y contra nuestros Hogares; son ellos quienes fomentan el odio entre patrones y obreros cristianos, entre burgueses y proletarios; son ellos los más apasionados agentes del socialismo y comunismo; son ellos los más poderosos capitalistas de cuanto dancing y cabaret infecta la ciudad. Diríase que todo el dinero que nos arrebatan los judíos de la fertilidad de nuestro suelo y del trabajo de nuestros brazos será luego invertido en envenenar nuestras inteligencias Y lo que aquí observamos se observa en todo lugar y tiempo. Siempre el judío, llevado por el frenesí de la dominación mundial, arrebata las riquezas de los pueblos y siembra la desolación. Dos mil años lleva en esta tarea la tenacidad de su raza, y ahora está a punto de lograr una efectiva dominación universal.

    ¡Y pensar que este pueblo proscrito, que sin asimilarse vive mezclado en medio de todos los pueblos, a través de las vicisitudes más diversas, siempre y en todas partes intacto, incorruptible, inconfundible, conspirando contra todos, es el linaje más grande de la tierra!

    El linaje más grande, porque este linaje tiene una historia indestructible de 6.000 años. El linaje más grande porque de él tomó carnes el Cristo, Hijo de Dios vivo.

    Y bien, este pueblo que aquí y en todas partes, ahora y en los veinte siglos de civilización cristiana, llena todo a pesar de ser una infinitesimal minoría, ¿qué origen tiene?, ¿cómo y por qué se perpetúa?, ¿qué suerte le cabe en la historia?, ¿qué actitud hay que tomar frente a él? He aquí lo que espero explicar en los capítulos siguientes.

    Explicar, digo, porque estas páginas pretenden ser una explicación del judío, y en este caso, la única posible, una explicación teológica. La Teología es la ciencia de los misterios de Dios. Los misterios de Dios son los juicios inescrutables del Altísimo que nos son conocidos cuando Él se digna manifestárnoslos. Sin su manifestación jamás podríamos ni vislumbrarlos.

    Ahora bien, el judío, como enseña la Teología católica, es objeto de una especialísima vocación de Dios. Sólo a la luz teológica puede explicarse el judío. Ni la sicología, ni las ciencias biológicas, ni aun las puras ciencias históricas pueden explicar este problema del judío, problema universal eterno, que llena la historia por sus tres dimensiones; problema que por su misma condición requiere una explicación universal y eterna, que valga hoy, ayer y siempre. Explicación que, como Dios, debe ser eterna; es decir, teológica.

    ¿Será menester advertir que estas lecciones, que tocan al vivo un problema candente, no están de suyo destinadas a justificar la acción semita ni la antisemita? Ambos términos tienden a empequeñecer un problema más hondo y universal. En el problema judaico no es Sem contra Jafet quien lucha, sino Lucifer contra Jehová, el viejo Adán contra el nuevo Adán, la Serpiente contra la Virgen, Caín contra Abel, Ismael contra Isaac, Esaú contra Jacob, el Dragón contra Cristo. La Teología Católica, al mismo tiempo que derramará la luz sobre “el misterio ambulante” que es todo judío, indicará las condiciones de convivencia entre judíos y cristianos, de pueblos hermanos que han de vivir separados hasta que la misericordia de Dios: disponga su reconciliación."

    BUENOS AIRES, 1936
    Última edición por ALACRAN; 18/06/2023 a las 12:25
    Beatrix dio el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: “El judío en el misterio de la Historia” (1936), del P. Julio Meinvielle

    Un enlace en este foro sobre el perfil biográfico, pensamiento y obras del argentino P. Meinvielle

    http://hispanismo.org/hispanoamerica...einvielle.html



    .
    Última edición por ALACRAN; 18/06/2023 a las 12:31
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: “El judío en el misterio de la Historia” (1936), del P. Julio Meinvielle

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    PRÓLOGO A LA SEXTA EDICIÓN (1982)

    (Antonio Caponetto)


    I. He aquí un libro profundamente serio. Y si la afirmación resulta obvia dada la eximia capacidad del autor, no lo es en cambio por la naturaleza del tema tratado.

    Tanto se ha dicho y escrito sobre la persecución a los judíos; tanto se han sensibilizado los pensamientos con el fantasma del totalitarismo; tanto se ha condicionado a la opinión pública con la acechanza *supuestamente constante *del antisemitismo; y tanto se ha fantaseado en torno del presunto resurgimiento del Tercer Reich, que es imposible encarar críticamente el problema judaico sin ser acusados con repetidos apriorismos.

    El de “nazi” es el primero e insoslayable, y al parecer sólo preocupa el nazismo en lo que tiene de antihebraico. Jamás se recuerda a la hora de las admoniciones, su odio a Cristo y al Catolicismo (1); como jamás invocan los que tanto gustan de ostentar repudio al Nacionalsocialismo, su manifiesto rechazo por la Cruz y por la Iglesia, rechazo cuya paradojal similitud con ciertas prescripciones rabínicas, no ha dejado de llamar la atención de algunos observadores. Pero además, quien objete, cuestione o enjuicie al judaísmo, será un “panfletario” y si es posible, un demente. Nadie osará nunca concederle los rangos de la cordura y del saber científico.

    Así las cosas *e incluimos expresamente a la Argentina y a esta obra en la situación descripta *valga nuestra observación inicial: He aquí, efectivamente, un libro serio. Escrito con el rigor metodológico de las ciencias, con la lucidez del servicio a la Verdad y con la necesaria caridad por aquello de San Agustín: “matar al error, amar al que yerra”. Cada tesis tiene una acabada fundamentación y un sólido respaldo. No encontrará el lector ni sesgo de heterodoxia, ni vanos apasionamientos, ni planteos antojadizos o fantásticos.

    No se encontrarán tampoco, actitudes rencorosas o agresivas, de las que obnubilan el entendimiento y tuercen la conducta.

    Meinvielle sabía muy bien lo que decía. Su sabiduría teológica era el fruto de un esfuerzo y de un don de la inteligencia. Con ella tornaba inteligible todo el curso de los tiempos. Su rigurosa información política y social lo proveía de los elementos necesarios para mostrar la realidad con todas sus desgarradoras miserias, pero también, con sus recónditas esperanzas.

    Pudo correr entonces, implacablemente, el velo de las nuevas y viejas “fábulas doctas” (2. Ped. 1, 16); y como los mejores apologistas, escribió con Fe, que aún perseguida y acechada, la historia culminará con el triunfo de la Fe; pero precisamente en el misterio de la Historia – de la historia teológicamente entendida, que es la única manera de entenderla halló la razón y la clave del judío.

    II. El libro consta de cuatro partes fundamentales.

    En la primera “El judío según la teología católica”, Meinvielle comienza por centrar el análisis en su punto exacto; esto es, en y desde el ámbito teológico. Se equivocan los que ven en el judaísmo una cuestión política, económica, racial o cultural. Siéndolo sin duda, no se reduce a ello, ni deben confundirse los accidentes con la esencia. El judaísmo es, ante todo, una cuestión teológica. Sólo la teología puede develarnos el drama y el enigma del linaje más grande y más miserable de la tierra. El que fue elegido y el que prevaricó; el de la fidelidad de Abraham y la traición de Judas; el de Ismael e Isaac, el de Esaú y Jacob; el linaje que engendró a María y el que mató al Redentor.

    Desde entonces, desde el crimen inefable del Calvario, no quedan más que dos caminos opuestos: el cristiano y el judío. Pero también, desde entonces, los judíos son “enemigos teológicos”, con una enemistad “universal, inevitable y terrible” de la que los cristianos han de precaverse y defenderse. Es más, están obligados a ello “hasta que la misericordia de Dios disponga el tiempo de la reconciliación”. Reconciliación que únicamente tendrá lugar *conviene recordarlo en esta época de eclecticismos inauditos *cuando los judíos reconozcan, acaten y amen fervorosamente a Nuestro Señor Jesucristo.

    Coadyuvar a este reconocimiento, a este acatamiento penitencial y a este amor arrepentido, debe ser seguramente la razón principal por la que la Iglesia viene fomentando los vínculos con los judíos. Mas si este propósito no significa para los cristianos una misión inabdicable, tales vínculos, no sólo les serán inconducentes, sino riesgosos para la integridad espiritual, como en algunos casos viene sucediendo.

    En la segunda parte: “El judío y los pueblos cristianos”, se formulan cuatro acusaciones tremendamente graves y ciertas: “1. cómo los judíos, llevados por un odio satánico, buscan la destrucción del Cristianismo; 2. cómo conspiran contra los estados cristianos que les dan albergue; 3. cómo se apropian de los bienes de los cristianos; y 4. cómo los exterminan, arrebatándoles las vidas, cuando pueden”.

    Inútil aclarar a quien no se disponga a una lectura receptiva y serena, que estas formulaciones no son inventos, ni es tán motivadas por el odio; ni constituyen una incitación al antisemitismo, al que el autor condena expresa y categóricamente con la autoridad de la Iglesia.

    Meinvielle no hace más que citar, por un lado, al Talmud y a representativos autores judíos, aclarando los ardides de que han intentado valerse para evitar su genuina lectura y difusión; tal el caso del Sínodo Israelita reunido en Polonia en 1631 o la conspiración contra la obra del Padre Pranaitis, finalmente asesinado (2). Pero, por otro lado, el Padre Meinvielle, funda sus acusaciones en la misma palabra del Evangelio y de la Iglesia; en aquellos documentos inequívocos en los que el Magisterio señaló la perfidia y la peligrosidad judía, la necesidad imperiosa de procurar su conversión, al par que preservarse de sus influencias negativas.

    La tercera parte: “El judío y los pueblos descristianizados”, podría servir de respuesta a un interrogante básico, formulado a veces con sospechosa candidez: ¿qué han hecho los judíos?; ¿cuáles son en el tiempo sus obras y sus frutos? La verdadera respuesta nos lleva al misterio de la iniquidad. Porque indagando el acontecer humano, detrás de la iniquidad, asoma siempre el judío.

    No nos estamos refiriendo a casos personales; no es este o aquel israelita que pueda señalársenos *meritorio, abnegado o pecador como cualquier ser contingente *el destinatario de semejantes afirmaciones. Es el espíritu judaico, la cosmovisión y el programa judío que viene desarrollándose implacablemente.

    Desde las primeras persecuciones a los cristianos *frecuéntense los Hechos de los Apóstoles, las Actas de los Mártires, las confesiones de los apologistas *hasta los actuales embistes del Sionismo, es una constante comprobada que judaico es el sentido de la Revolución Mundial Anticristiana, como judaicos son sus planes, principios y protagonistas.

    Judío fue el espíritu triunfante del Renacimiento y la Reforma, judía la inspiración que alienta a la Masonería; creaciones judías el Capitalismo y el Comunismo, y maquinación judía la crisis que asuela hoy a la Iglesia por las fuerzas combinadas del Progresismo y todas las corrientes desacralizantes (3).

    No vendrá ahora la sensiblería periodística a recordarnos tal o cual invento o éste u otro benefactor de origen hebreo. No es a eso a lo que apuntaba nuestra pregunta, ni es tampoco *como vimos *la contestación esencial que objetivamente nos da la historia.

    La verdad es que se ha absolutizado lo fáctico, pero los mismos que han optado por este rumbo le vuelven las espaldas a determinados hechos, cuando ellos no sintonizan con sus propios artificios ideológicos.

    La cuarta parte: “Los judíos en el misterio de la historia y de la escatología”, nos reúne nuevamente *en feliz culminación y síntesis *con los primeros principios teológicos. La historia no se entiende sin Dios, porque él es el Señor, el Autor y el Eje de los siglos. El sentido del transcurrir no está dado *como quieren los historicismos *por la supuesta distancia entre un origen simiesco y un porvenir de progreso continuo, sino por “el tiempo que se necesita para que los pueblos abracen la fe cristiana”. Sólo en la convergencia en Cristo encuentran los hombres y las naciones su significado histórico. Y esto vale de un modo particularísimo para los judíos.

    Se convertirán sin duda al final del camino; pero ese camino lo recorrerán *lo vienen recorriendo *sembrando los gérmenes de la subversi6n y la ruina, corrompiéndolo todo. Irán errantes por los senderos del mundo *humillados y humillando *hasta que adoren a Aquél a quien no quisieron conceder ni un instante de reposo.

    Es su castigo y su culpa. Y es el acicate para que los cristianos ejercitemos el bien y libremos el buen combate. Porque acertadamente dice el Padre Meinvielle que “hay que sacudir con energía viril esta dominación mortífera afirmando y consolidando la vida cristiana en los pueblos y reprimiendo directamente las acechanzas judaicas con la táctica franca y resuelta de la espada”. Esto es, protegiendo y afianzando el Orden Natural con los recursos legítimos y responsables de la Justicia.

    III. Entre nosotros la reedición de este libro no podía ser más oportuna. En el momento de escribir las presentes líneas, la Argentina ya ha sido vapuleada ante diversos foros internacionales por supuestas actividades antisemitas. En nombre de los derechos del hombre, se violan impunemente los deberes para con la Verdad, para con la soberanía de las naciones y hasta para con Dios.

    No es la primera vez que esto ocurre, pero hoy la paradoja resulta intolerable. Y decimos paradoja porque en rigor, es nuestro país el invadido, copado y elegido por el Poder Judío buscando sus propios beneficios y conveniencias estratégicas. Para afirmar esto no necesitamos acudir a ningún esotérico plan patagónico ni a discutidos protocolos. Son los mismos judíos quienes lo han sostenido con más o menos sutileza (4). Son los mismos judíos los que evidencian a diario *medios de comunicación, industrias, bancos, negocios, profesionales, oficios, empresas, logias, consorcios y un larguísimo etcétera *la imbricada red de ocupación que han tendido sobre la Nación.

    Tampoco necesitamos apoyarnos en la autoridad de pensadores “reaccionarios”; léanse ciertos escritos de Sarmiento y hasta de La Nación de Mitre (5) y se comprenderá la vigencia de sus severas prevenciones y reparos por la presencia judía en nuestra tierra.

    La Patria ha sabido librar una dura guerra contra el Marxismo. Las Fuerzas Armadas destruyeron sus formaciones en heroicos enfrentamientos, pero deben vencerse aún, tanto las fuentes nutricias de los males como sus tóxicos frutos. Y es aquí cuando se impone conocer al Judaísmo, pues dos errores deben ser cuidadosamente evitados en toda la apreciación que se haga del Marxismo.

    Consiste el primero en explicarlo como un fenómeno social, político y económico; y el segundo, en creer que dicho fenómeno se halla en abierta oposición con el Capitalismo. Nada más ajeno a la verdad. Reducir el Marxismo a una expresión cultural, por real que esta afirmación resulte, es limitarse a señalar sus consecuencias, pero negarse a buscar la causa. Y la causa del Marxismo no es otra cosa que la apostasía orgullosa de la creatura frente al Creador, la impía claudicación del alma ante la materia, la deserción de la Eternidad, la huida errante de la Cruz buscando los treinta dineros. El Marxismo es la locura deicida que después de entonar el criminal “Requiem aeternam Deo” culmina con el “homo homini Deus”. Muerto Dios, el hombre es el único dios para el hombre. Por eso el Marxismo -que también se entiende teológicamente o no se entiende- no podía sino ser una creación judaica. Porque el judío encarna como misión insoslayable la pérfida voluntad de subvertir. Es el crimen de Caín, la libertad de Barrabás, y la traición de Judas; es el ciego “non serviam” de Luzbel.

    Esas mentes de postguerra, tan amantes de las estadísticas, los sondeos, y tan prontas a simplificarlo todo, nos adeuda una explicación, porque desde Marx hasta Timerman, la larga, interminable lista de revolucionarios comunistas está constituida substancialmente por judíos. No se pretenderá balbucear una razón causal en esta época de las razones mensurables.

    Queda aceptar, pues, y con valor de confesión, la tesis que tantos judíos defienden: “el judaísmo es el padre del marxismo y del comunismo” (6).

    Con respecto al segundo error enunciado, su rectificación exige la misma perspectiva teológica. El Capitalismo, el Poder del Dinero, el sórdido afán de poseer el oro, no es sino el otro rasgo innegable de la naturaleza judaica.

    Desde la noche desértica de la Fe, que los movió a adorar a un becerro de oro (Éxodo 32, 4) hasta la conspiración del Sanedrín, la imagen más cabal del judío sigue siendo el Iscariote: por dinero, hasta se es capaz de crucificar al Amor.

    Desde entonces, la subversión y el dinero han marchado en íntima unión. “Estiércol de Satán”, llama Papini al dinero, y se entiende que las heces del diablo sólo pueden conformar a sus hijos, los judíos, según olvidada enseñanza de Cristo (Juan, 8, 44).

    La historia verdadera derrumba silenciosamente todas las ficciones, y el mito del Comunismo en las antípodas de los poseedores y los poderosos, cede desplazado ante el hecho innegable de que todas las revoluciones marxistas han sido y son financiadas por la plutocracia judía. La Argentina no fue en esto una excepción, y el famoso “caso Graiver” sólo se explica dentro de este contexto universal y teológico. Es el milenario ayuntamiento judío *subversión y dinero *que una vez más se ha cumplido triunfante.

    Y restaría por enmendar un tercer error, tal vez el más contagioso. La necia suposición de que la Democracia liberal es la antítesis del Comunismo, y de que éste se combate con más democracia. Nos hablan tan claro en esto los ejemplos concretos que pueden obviarse los conceptos teóricos.

    Basta volver los ojos hacia Europa, donde el Comunismo se ha enseñoreado en ella precisamente cuando dejó de ser una Pasión *como noto Gómez Tello *para convertirse en un mercado sufragista: Basta volver los ojos hacia América o hacia nosotros mismos.

    Entiéndase de una vez por todas que la democracia es la Celestina ramplona del Comunismo Internacional. Ella es la vía natural, inevitable, obligada que conduce al terror bolchevique; ella es el puente lógico que necesita el Marxismo para cruzar e instalarse. Así, lo han afirmado con total naturalidad Marx y Engels, Lenin y Trotzky, Mao y Stalin, Castro y Allende y cuanta internacional, congreso o partido comunista se haya reunido hasta hoy. “El primer paso de la Revolución Obrera es la conquista de la Democracia”, dice el “Manifiesto”. “La República Democrática es el acceso más próximo a la Dictadura del proletariado”, explica Lenin en “El Estado y la Revolución”. Y así se ha cumplido con una precisión que muchos han olvidado.

    ¿O no fueron acaso los “grandes demócratas occidentales” los que entregaron en Yalta y Potsdam la mitad del mundo a la barbarie roja?, ¿o no fue la democracia la que permitió y contemplo alegremente en Rusia, Polonia, Hungría, Eslovaquia, Vietnam o América el triunfo sangriento de la hoz y el martillo?, ¿o no fue el demócrata Lanusse quien convocó al Poder al Gran Responsable de la subversión, cuyos cuadros de criminales escupieron a nuestros soldados, mientras *por obra y gracia del “fallo inapelable del pueblo soberano” *se entregaba el bastón presidencial al “hombre alfombra” del verdadero vencedor? Creemos necesario recordar ante la posibilidad de que se reiteren los mismos errores, lo que hizo el Marxismo en los años del gobierno más votado, más aplaudido, más democrático de cuantos se jactó conocer el país.

    Nadie puede negar esta aserción terrible: la guerrilla marxista clavó sus garras en nuestra Patria bajo el patrocinio de la más pura demo*cracia liberal. Y a la hora del “festín de los corruptos”, la Democracia los convocó a todos y la Sinagoga no faltó a la tenebrosa cita.

    Detrás de la iniquidad está el judío. Y estará también, cuando así lo disponga Dios, detrás de la Gloria y de la Gracia.

    Pero en tanto, nos asiste el deber de combatir, de no dejarnos engañar, de conocer y saber, de velar v vigilar, de resistir con coraje y sabiduría.

    A todo esto y mucho más, nos insta, nos ayuda y nos orienta este formidable libro del Padre Julio Meinvielle que ningún argentino debe dejar de leer; máxime si se considera con orgullo, católico militante al servicio de Cristo Rey.

    ANTONIO CAPONNETTO

    Buenos Aires, 25 de marzo de 1982, Anunciación de Nuestra Señora.

    NOTAS:

    1 Justamente ha sido el Padre Meinvielle *tantas veces acusado de nazi con arbitrariedad y malicia*uno de los pocos que enjuició debidamente al Nacionalsocialismo. Véanse, entre otras, sus obras: Entre la Iglesia y el Reich, Ed. Adsum, Bs. As., 1937 y Hacia la Cristiandad, Ed. Adsum, Bs. As., 1940.

    2 Nos referimos obviamente a Monseñor I. B. Pranaitis y a su libro “Christianus in Talmude Judaeorum, sive Rabbinicae doctrinae de christianis secreta”, publicada originalmente en 1892, por la Academia de Ciencias de San Petersburgo. El padre Meinvielle utilizó la edición fotocopiada y traducida al italiano de Mario de Bagni (Ed. Tumminelli y Cia., Milán, Roma, 1939) Pranaitis fue asesinado durante la Revolución Bolchevique.

    3 Meinvielle se ocupó especialmente de este tema. Remitimos a su sólido trabajo “De la Cábala al Progresismo”, Editora Calchaquí, Salta, 1970.

    4 Los planes para la dominación judía de la República Argentina pueden seguirse desde la obra de León Pinsker: Autoemancipación (1892) hasta cualquier número suelto de La Luz, Mundo Israelita o Nueva Sión, sin olvidar El Estado Judío de T. Herzl (1895), los proyectos de Hirsch con la Jewish Colonization Association (1891), la Historia y destino de los judíos de Joseph Kastein (1945), las Páginas Escogidas de Sigfredo Krebs e Isaac Arcavi (1949), la Historia del Sionismo de Wolf Nijelsohn (1945), Serás siempre David de Arieh León Kubovy (1953), Abraham León y el pueblo judío latinoamericano de Carlos Etkin (1954) y un larguísimo etcétera, que abreviaremos aquí con la sola aclaración de que estas obras han sido editadas cuando no difundidas libremente en todo el país.

    5 Escribió Sarmiento: “Hay que perseguir a la raza semítica, que con Cahen, Rostchild, Baring y todos los sindicatos judíos de Londres y de París, nos dejan sin banca. Y los judíos Joachim y Jacob que pretenden dejarnos sin patria, declarando a la nuestra, articulo de ropa vieja negociable y materia de industria. ¡Fuera la raza semítica! ¿0 no tenemos tanto derecho para hacer salir del país a estos gitanos bohemios que han hecho del mundo su patria...?” (siguen otros conceptos similares). Véase: “Somos extranjeros”, artículo de Sarmiento publicado en El Censor en 1886 y recopilado junto con otros bajo el título “Condición del extranjero en América”. Lib. La Facultad. Biblioteca Argentina. Director Ricardo Rojas. Bs. As., 1928, pp. 260-261.

    En cuanto a La Nación refiriéndose al proyecto de venta de 1.300 leguas cuadradas al barón Mauricio de Hirsch, después de calificar de “vergonzoso, desventajoso e irregular esa venta de tierras fiscales”, aclara: “Todos los informes son desfavorables a la nueva población que ha de venir a incorporarse a nuestra vida. En todas partes donde los judíos se han reunido en número considerable han provocado cruzadas en su contra. Se afirma sobre hechos innegables que en general son sucios, indolentes, ineptos para las labores agrícolas” (Cit. por Terrera, G. A.: La Sinarquía. Bs. As., 1976, pp. 53*54; sin mención de editorial).

    6 La frase esta tomada del órgano sionista Le droit de vivre. Paris, 12-5-1933.
    Última edición por ALACRAN; 18/06/2023 a las 12:26
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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