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Tema: Mons. Zacarías de Vizcarra y Arana, apóstol de la Hispanidad vasca

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    Mons. Zacarías de Vizcarra y Arana, apóstol de la Hispanidad vasca

    Zacarías de Vizcarra Arana 1880-1963
    Obispo católico español y primer ideólogo de la «Hispanidad», nacido el 4 de noviembre de 1880 en Abadiano, «anteiglesia y república en la provincia de Vizcaya a 5½ leguas de Bilbao, diócesis de Calahorra, audiencia territorial de Burgos» (escribía Madoz en 1845), desde 1861 diócesis de Vitoria. En septiembre de 1891 se difundió el Prospecto primero destinado a captar la primera promoción de alumnos becarios, de entre doce y catorce años, que debían inaugurar el Seminario Pontificio de Comillas, y Zacarías de Vizcarra fue uno de los más de quinientos candidatos que fueron examinados y reconocidos en las casas de la Compañía de Jesús más cercanas a sus domicilios, teniendo la suerte de ser seleccionado, formando parte de aquellos primeros cincuenta y cuatro jóvenes españoles que dieron vida a la nueva institución, y que se incorporaron a Comillas a principios de enero de 1892. Aquella primera promoción, nombrada de «San Antonio» (por Antonio López), culminó sus estudios en 1906, una vez reconocido en 1904 el Seminario como Universidad Pontificia de Comillas, tras permanecer los alumnos más de catorce años allí internos, incluso los periodos de vacaciones, siendo Vizcarra ordenado presbítero el 31 de marzo de 1906, y manteniéndose a partir de entonces vinculado a Comillas a través de Unión Fraternal y su revista. Tal como preveía el régimen especial de Comillas, al terminar sus estudios hubo de servir como voluntario durante cuatro años en su diócesis.
    «Visitas. Al comienzo de las vacaciones de este año [1908], a los que teníamos la suerte o la desgracia de no poder ir a nuestras casas, nos cupo la dicha de estrechar las manos de varios sacerdotes que, una vez terminada la carrera, fueron a trabajar con celo en la viña del Señor. Entre ellos estaba mi, nunca bien ponderado, primo Zacarías Vizcarra, que era prefecto de disciplina en el Seminario Conciliar de Vitoria, profesor de griego y suplente universal de todas las asignaturas. Se les dedicó a todos ellos una velada literario-musical, familiar, en el salón de estudio de los pequeños. Yo también, en aquel momento de efusión, me sentí inspirado y canté los loores de mi primo, en esta forma:
    A don Zacarías de Vizcarra
    Salud, honor y gloria,
    Doctor heleno, insigne Zacarías.
    Si supiera tu historia
    Y viviera estos días;
    Tus glorias en cantar fuera el primero
    De Ulises el cantor, el gran Homero.
    Tú te remontas con tu bello ingenio
    Hasta la Grecia culta
    Y nada se te oculta
    De lo que puede descubrir su genio.
    Por eso pasmará al linaje humano
    La gran obra que traes entre manos. [La antología griega.]
    Te debe mil favores
    El mismo Homero y aun la Grecia entera.
    Porque, ¡quién lo dijera!
    Cantaste sus loores
    En espléndido himno a clericales.
    Al par que a diputados liberales.
    Que eras una eminencia
    En la sacra escritura y teología,
    ¿Quién negar osaría,
    Si todos dicen que te sobra ciencia?
    Pasemos adelante,
    Porque en esto tan sólo eres pasante.
    Y cuentan que en su trato
    No era, no, Zacarías, un cualquiera;
    (Reclama tú, si en algo disparato);
    Mas a fe que no andabas en chiquitas
    Diría quien supiera
    En dónde recibías las visitas.
    Diz que del Seminario
    En la gran biblioteca, rodeado
    A guisa de anticuario,
    De tanto pergamino apolillado.
    Contar fuera mi intento
    Tus percances, descuidos, en Vitoria;
    Mas, como es de esto sólo Dios testigo,
    Adiós, mi caro amigo;
    Me despido cual tú me despedías
    En una de las cartas que escribías
    'Al dulce primo de cerúleos ojos'.»(Dionisio Domínguez S. J., «Relatos de Cielo. Capítulo XVI, continua el estudio de la Teología», Unión Fraternal (Comillas), año XLIII, nº 171, noviembre 1952, págs. 287-289.)
    En 1911 publicó un breve catecismo en vascuence (Cristiñavaren Jaquinbide Labustua, 24 págs) del que apareció al año siguiente versión en español (Catecismo breve de la doctrina cristiana, 20 págs). El joven sacerdote Vizcarra se trasladó pronto a la Argentina, como capellán de la potentada familia Pereyra Iraola, república donde había de permanecer durante veinticinco años, regresando a España en 1937. Allí formó parte de un activo grupo de católicos, entre los que se encontraba el arquitecto Rómulo Ayerza (1855-1948), quien había intervenido en la construcción de la Basílica de Luján, tuvo a su cargo la erección de la Basílica del Sagrado Corazón en Buenos Aires, financiada por la familia Pereyra Iraola (se culminó en 1908), fue de los propulsores de los Cursos de Cultura Católica que se iniciaron en 1922, y de la Sociedad Editorial Surgo y de la revista Criterio. Zacarías de Vizcarra fue profesor de los Cursos de Cultura Católica, en los que reemplazó en 1923 al padre jesuita José Ubach en el curso de Filosofía e inició la explicación de «Dogma y moral para la catequesis»; en 1925 fue Vizcarra reemplazado en el curso de Filosofía por el padre jesuita José María Blanco, y ese año dictó tres lecciones especiales sobre el «Patriotismo». También colaboró Vizcarra en Criterio, de la que fue asesor y censor eclesiástico (junto con el presbítero Restituto Pruneda).
    «En un lindo y microscópico fascículo publicó Vizcarra una poesía con ocasión de una velada que celebró en Buenos Aires la sociedad española de la Virgen del Pilar, en honor del Cardenal Juan B. Benlloch, el 29 de septiembre de 1923. No es la inspiración ni siquiera la dicción poética el mérito de esta obrita, sino el ingenio y la intencionada ironía con que el autor describe el carácter e historia de las Naciones que han hecho y hacen la guerra a la influencia de España en América. Por la solemne ocasión en que la poesía se leyó y por ser de un autor, que a pesar de sus múltiples ocupaciones intelectuales y organizadoras, aun encuentra tiempo para versificar y hacer himnos a la Hispanidad, he querido mencionarla como una muestra de la educación poética de los comilleses antiguos.» (Nemesio González Caminero, La Pontificia Universidad de Comillas. Semblanza histórica, Comillas 1942, pág. 67.)
    En 1926 publicó Zacarías de Vizcarra en Buenos Aires un artículo que se haría famoso, «La Hispanidad y su verbo», en el que propone utilizar el término «Hispanidad» para sustituir al de «Raza», en el sentido de Día de la Raza o Fiesta de la Raza, rótulo extendido desde que Faustino Rodríguez San Pedro lo propusiera en 1913, celebrado ya entonces como fiesta nacional en varios Estados:
    «Por las razones que luego indicaré no me satisfacía el nombre de Día de la Raza, que iba adquiriendo cada vez mayor difusión. Era necesario encontrar otro nombre que pudiera reemplazarlo con ventaja. Y no hallé otro mejor que el de 'Hispanidad', prescindiendo de su anticuada significación gramatical y remozándola con dos acepciones nuevas, que describía yo así en una revista de Buenos Aires que no tengo a mano ahora en Madrid, pero que encuentro citada en la mencionada revista Hispanidad de Madrid, en el número de 1 de febrero de 1936: «Estoy convencido –decía en ella– de que no existe palabra que pueda sustituir a 'Hispanidad'... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra 'Hispanidad' y otras dos voces que usamos corrientemente: 'Humanidad' y 'Cristiandad'. Llamamos 'Humanidad' al conjunto de todos los hombres, y 'humanidad' (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos 'Cristiandad' al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de 'cristiandad' (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra 'Hispanidad': significa, en primer, lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.» Estas dos acepciones nuevas de la palabra «Hispanidad» nos podían permitir reemplazar ventajosamente el vocablo «raza» que, como escribía yo en la mima revista, me parecía «poco feliz y algo impropio»; pero no figuraban todavía en los diccionarios. Por eso, en un escrito que publiqué en Buenos Aires en 1926 bajo el título 'La Hispanidad y su verbo', y obtuvo amplia difusión en los ambientes hispanistas, elevaba a la Real Academia de la Lengua esta modesta súplica: 'Si tuviéramos personalidad para ello, pediríamos a la Real Academia que adoptara estas dos acepciones de la palabra 'Hispanidad' que no figuran en su Diccionario'.» (Zacarías de Vizcarra, «Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad», El Español, 7 de octubre de 1944.)
    Entre 1928 y 1930 ejerció Ramiro de Maeztu, a instancias del General dictador Primo de Rivera, como embajador de España en Argentina, estableciéndose una relación de amistad con Zacarías de Vizcarra que sería determinante para la difusión de la Idea de «Hispanidad» en España: el mismo año en el que se proclamó la República, el primer número de la revista católica y monárquica Acción Española (Madrid, 15 de diciembre de 1931) se abría con un artículo de Ramiro de Maeztu titulado «La Hispanidad» (páginas 8-16) –luego refundido en su Defensa de la Hispanidad– que comienza:
    «'El 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad.' Con estas palabras encabezaba su extraordinario del 12 de octubre último un modesto semanario de Buenos Aires, El Eco de España. La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como ésta de Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos hispánicos?» (Ramiro de Maeztu, «La Hispanidad», Acción Española, tomo 1, nº 1, 15 de diciembre de 1931, página 8.)
    «Hubo dos circunstancias que provocaron su aproximación [de Ramiro de Maeztu, en Argentina] a los nacionalistas. En primer lugar, la impresión favorable que le causó la lectura de dos artículos del joven ensayista Ernesto Palacio, de «La Nueva República», (1927-1931), periódico nacionalista que editaban los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta. En segundo lugar, su relación con el sacerdote español, Zacarías de Vizcarra, muy vinculado a la colectividad y activísimo en la propagación y polémica en favor del catolicismo y del tradicionalismo. El P. Vizcarra fue uno de los primeros en difundir en Buenos Aires un concepto de la cultura hispánica estrechamente vinculado al catolicismo y la idea de que la hispanidad, como él la designaba, debía ser el principal lazo de unión entre España, las naciones hispanoamericanas y, en particular, la Argentina. Era profesor de los «Cursos de Cultura Católica», creados en 1922 dentro del programa de renovación del pensamiento católico que tenía lugar en Buenos Aires e integró el elenco editorial de la revista «Criterio», dirigida en 1928 por Atilio Dell'Oro Maini, también bajo el patrocinio del episcopado de Buenos Aires. Las relaciones intelectuales y religiosas entre Vizcarra y Maeztu fueron muy estrechas, pues éste se replanteaba su posición religiosa, y el sacerdote le aconsejaba con enseñanzas y orientaciones teológicas. Por otra parte. Vizcarra conocía muy bien a los nacionalistas, quienes participaban de las actividades culturales católicas. Sobre todo César Pico, un biólogo con una fuerte vocación filosófica y sociológica, y dos filósofos del derecho: Tomás Casares y Faustino Legón. En el grupo también estaban el médico y ensayista político Juan D. Carulla, el poeta Lisardo Zía, el historiador Alberto Ezcurra Medrano y los ensayistas Alfonso de Laferrère y Mario Lassaga.» (Enrique Zuleta Álvarez, «Maeztu en Buenos Aires», Razón Española, nº 83, mayo-junio 1997, págs. 319-325.)
    «En los primeros años del 30 anduvo por Buenos Aires un sacerdote español, el padre Zacarías de Vizcarra, alejado de su patria por las turbulencias de la época. Era un espíritu inquieto y deseoso de fundar su fe religiosa en conocimientos sólidos y acordes con las demandas del siglo en que debía proclamar su ministerio. De su paso entre nosotros quedan rastros a raíz de su colaboración en el surgimiento de los Cursos de Cultura Católica, parcial antecedente de la actual Universidad Católica Argentina, del Ateneo de la Juventud, de la desaparecida Radio Ultra y, en especial, del Instituto Grafotécnico. Vizcarra tenía un interés preciso y bien meditado en crear un lugar de formación cristiana para quienes tuviesen que trabajar en los medios de comunicación. La opción del sacerdote fue clara: él quería un establecimiento cristiano y no confesional, entendido lo primero como una cátedra inspirada en la jerarquía de valores que entraña el cristianismo como visión de las cosas, y lo segundo como un rechazo a las posiciones que denoten sectarismo y que amenacen la unidad del cuerpo comunitario. Fue Vizcarra el hombre que ideó las funciones del Grafotécnico, dispuso los resortes que lo pusieron en marcha y convocó a las personalidades que se hicieron cargo de la dirección y la docencia en la primera sede, ubicada en Carlos Pellegrini 1535. El primer Consejo Superior –organismo tutor del Instituto en los primeros 20 años– fue presidido por el doctor Vicente C. Gallo, rector de la Universidad de Buenos Aires; lo secundaban, entre otros, el arquitecto Alejandro Christophersen, los historiadores Rómulo Carbia, Carlos Ibarguren y Salvador Oría; los novelistas Manuel Gálvez y Gustavo Martínez Zuviría; y los críticos y ensayistas Juan Pablo Echagüe y Juan B. Terán. Antes de regresar a España, en 1936, el padre Vizcarra le pidió al padre Ercole Gallone, de la compañía de San Pablo, que la Obra Cardenal Ferrari se hiciera cargo de la Escuela de Periodismo. Vizcarra fue el primer director del Instituto; en los siguientes años se sucedieron en el cargo Alfonso Raffaelli, Hugo Parpagnoli, Luis Gil Montoya, Basilio Uribe, Guillermo Meque, Francisco Papini, Antonio Díaz Funes, Alcibíades Manuel Córdova Alsina, Pedro Siwak, Emilio Díaz, José María Poirier, Susana Rosso, Teresita Rottgardt, Pedro Siwak y el Lic. Carlos Massa, quien es el actual rector.» (Los orígenes del Instituto Grafotécnico de Buenos Aires, de su página de internet, julio 2004.)
    En el número 16 de Acción Española (1º agosto 1932) reprodujeron los «principales fragmentos del estudio publicado en Buenos Aires por Don Zacarías de Vizcarra, honra de nuestro sacerdocio, para animar, durante las presentes tribulaciones, a los católicos españoles, con la visión de las pasadas misiones y de los destinos futuros de España y de la Hispanidad», bajo el título «El apóstol Santiago y el mundo hispano», donde Zacarías de Vizcarra expresa con claridad meridiana, y además un par de veces, los destinos futuros que se esperan de España y de la Hispanidad:
    «...tenemos que España y su estirpe, es decir, toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la Cristiandad, para salvar a la Humanidad en su más terrible crisis: 1.º Debe derrotar al Anticristo y a toda su corte de judíos, con el signo de la Cruz (...), 2.º Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, Las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía, en Constantinopla. (...) Porque Santiago y España tienen que cumplir todavía dos misiones a cual más gloriosas: Santiago y España tienen que defender un día a la Iglesia de San Pedro, combatiendo y derrotando al Anticristo y a su corte de judíos; Santiago y España tienen que cantar un día el Credo de Nicea en la mezquita de Santa Sofía, después de haber rasgado en su pórtico, entre los aplausos de la Morisma bautizada, los falsos mandamientos de Mahoma.» (Zacarías de Vizcarra, «El apóstol Santiago y el mundo hispano», Acción Española, tomo 3, nº 16, 1º agosto 1932, páginas 394 y 400.)
    En 1934 fue Zacarías de Vizcarra uno de los principales organizadores del Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, al que asistió el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Isidro Gomá Tomás, a quién encargaron pronunciar, el 12 de octubre de 1934, en el Teatro Colón, el discurso principal de la celebración oficial argentina de la Fiesta de la Raza, ocasión que la máxima autoridad de la iglesia católica española aprovechó para asumir y consolidar, de forma bien explícita, la idea que Vizcarra había introducido ocho años antes: «Apología de la Hispanidad.»
    En 1937, en plena guerra civil, volvió Vizcarra a España, convirtiéndose en fiel colaborador del Cardenal Gomá en la reorganización de la Acción Católica Española, dependiente de la Sede primada.
    Zacarías de Vizcarra, cuya primera publicación había sido un breve catecismo en vascuence, publicó en 1939, en la Editorial Tradicionalista de San Sebastián, un libro cuyo título no deja lugar a dudas: Vasconia españolísima. Datos para comprobar que Vasconia es reliquia preciosa de lo más español de España, donde asegura que el vascuence fue la lengua de buena parte de la España indígena prerromana, que los vascos son herederos directos del pueblo cántabro, cómo los vascos fundaron la primera de las colonias españolas en el sur de Francia (vasconia francesa), cómo Castilla fue fundada y poblada por los vascos, que la primera dinastía castellana (Fernando I el Magno) fue vasca, que Aragón nació en Vasconia, y su primer rey, Ramiro I, fue también vasco; que el primero que escribió en lengua castellana fue un vasco, explica la cooperación necesaria de los vascos en las empresas universales más gloriosas de la historia de España, el origen burgués y en último término extranjero (el malvado francés) del nacionalismo vasco, detecta ya la utilización política de este nacionalismo por parte de cierto marxismo y ofrece, además, hasta cuatro letras para el himno nacional español: una religiosa, otra española y dos hispanoamericanas.
    Desempeñó Vizcarra un papel protagonista en la articulación de Acción Católica Española tras la guerra civil, y su Curso de acción católica (Instituto de Cultura Religiosa Superior, Madrid 1942, varias reediciones) se convirtió en la obra de referencia para la agitprop católica de aquellos años. Fue nombrado Consiliario General de Acción Católica Española (y primer consiliario de los Cursillos de Cristiandad), y como tal formó parte del Patronato de Honor del XIX Congreso Mundial de Pax Romana celebrado en 1946, en el que intervino en más de una ocasión (ver en las Actas: 61-62, 81-83, 86-90, 96-99 y 132-146). Desde las angustias de 1932 habían cambiado bastante las cosas: los judíos, aunque diezmados tras la shoah, consolidaban el naciente Estado de Israel; y, antes que preparar sermones destinados a la morisma bautizada de Santa Sofía, era más urgente frenar el avance del comunismo ateo en tierras de la hispanidad, detener la expansión entre nosotros del que se presentaba como inexpugnable imperio soviético.
    Electo el 2 de abril de 1947 como Obispo Auxiliar de Toledo y Obispo de la sede virtual de Eressus, tomo posesión el 22 de junio de 1947 (el Arzobispo de Toledo desde 1941 hasta 1968 fue Enrique Pla y Deniel, cardenal desde 1946), continuó incansable su activismo de inteligente luchador católico. Prueba magnífica de los avances que iban logrando con las prudentes estrategias que seguían para cercenar al comunismo, la encontramos en la mención nominal que mereció Vizcarra en 1956 en uno de los documentos más significativos del Partido Comunista de España, la organización clandestina más perseguida entonces en el interior:
    «La ideología de la democracia cristiana es opuesta a la ideología del comunismo. Pero en los artículos publicados por Monseñor Zacarías de Vizcarra en «Ecclesia» y en algunas actitudes de jerarquías o católicos destacados hay un tono conciliante, civil, al hablar del Partido Comunista, que contrasta con los llamamientos a nuestro exterminio físico hechos por otros católicos en otros períodos. En dichos artículos no se plantea la lucha en el terreno de la guerra civil, sino en el terreno ideológico. Nosotros pensamos igualmente, que la discusión, la polémica, la lucha de ideas, y no la violencia física, son las formas que deben utilizarse para dirimir las diferencias políticas e ideológicas.» (Declaración del Partido Comunista de España, Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español,</B> Junio de 1956.)
    ¡Qué regocijo tendría Vizcarra –y el jesuita padre Llanos, por ejemplo, que ese mismo año trasladaba su activismo al Pozo del Tío Raimundo– al comprobar la efectividad de la acción católica entre aquellos ingenuos marxistas cristo dialogantes, a los que con paciencia se podría ir trocando de feroces lobos comunistas en inocuos corderos pacifistas! Falleció Zacarías de Vizcarra el 18 de septiembre de 1963, tras más de 57 años de sacerdocio y más de dieciséis como Obispo.

    Bibliografía de Zacarías de Vizcarra Arana:
    • Cristiñavaren Jaquinbide Labustua, Florentino Elosuren, Durango 1911, 24 págs.
    • Catecismo breve de la doctrina cristiana, Florentino Elosuren, Durango 1912, 20 págs.
    • La vocación de América: finalidad y carácter de la nueva fiesta litúrgica del 12 de octubre instituida por el Episcopado argentino en 1933, Librería de A. García Santos, Buenos Aires 1933, 139 págs. • Gladius, Buenos Aires 1995.
    • Vasconia españolísima. Datos para comprobar que Vasconia es reliquia preciosa de lo más español de España, Prólogo de José Artero, Editorial Tradicionalista, San Sebastián 1939, XI+254 págs. • Segunda edición, Publicaciones Españolas (Claves de España 8), Madrid 1971, VIII+206 págs.
    • Curso de acción católica, Instituto de Cultura Religiosa Superior, Madrid 1942, 515 págs. Segunda edición: Madrid 1943, 560 págs. Cuarta edición revisada y completada, Acción Católica Española, Madrid 1953, 662 págs.
    • Idea justa de la Acción Católica, Acción Católica Española, Madrid 1952, 64 págs. Segunda edición, ACE, Madrid 1954, 80 págs.
    • Los ideales de la Unión Española de Hermandades Profesionales a la luz del pensamiento social pontificio, Revista Eclesiástica, Madrid 1960, 15 págs.
    Sobre Zacarías de Vizcarra Arana:
    • 1964 Monseñor Vizcarra (sesión necrológica), Instituto Central de Cultura Religiosa Superior, Madrid 1964, 47 págs.
    • 1965 Francisco Gutiérrez Lasanta, Pbro., Tres cardenales hispánicos: Gomá, Benlloch, Tedeschini, y un obispo hispanizante: Zacarías de Vizcarra, Talleres Editoriales de «El Noticiero», Zaragoza 1965, 323 págs.
    • 2002 Jorge Lombardero Álvarez, «La Hispanidad según Zacarías», El Catoblepas, nº 5, pág. 19, julio 2002.
    Sobre Zacarías de Vizcarra Arana en el Proyecto filosofía en español:
    Textos de Zacarías de Vizcarra en el Proyecto filosofía en español:

  2. #2
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    Respuesta: Mons. Zacarías de Vizcarra y Arana, apóstol de la Hispanidad vasca

    Origen del nombre, concepto
    y fiesta de la Hispanidad
    por Monseñor Zacarías de Vizcarra En varias oportunidades y en diversas revistas he aclarado conceptos inexactos o confusamente expresados que corren por los libros y la Prensa acerca de los orígenes históricos del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, por atribuírseme a mí equivocadamente la invención material de ese vocablo, al mismo tiempo que se pasan por alto interesantes circunstancias históricas que señalan el punto de arranque del hermoso movimiento que se distingue con dicho nombre.
    Fue mi gran amigo D. Ramiro de Maeztu uno de los primeros que me atribuyeron la creación del vocablo «Hispanidad» en su libro Defensa de la Hispanidad, publicado a principios de 1934. El ejemplar que me envió a mi residencia habitual de Buenos Aires lleva esta dedicatoria autógrafa: «Al Rev. P. Zacarías de Vizcarra, creador del vocablo 'Hispanidad' con la admiración y la amistad de Ramiro de Maeztu.» Y en la página 19 de la obra se lee: «La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra.»
    El inolvidable Cardenal Gomá, en su famoso discurso del teatro Colón, de Buenos Aires, se refirió en términos parecidos al origen del vocablo: «Ramiro de Maeztu –dijo– acaba de publicar un libro en 'Defensa de la Hispanidad', palabra que dice haber tomado del gran patriota Sr. Vizcarra y que ha merecido el 'placet' del académico D. Julio Casares.» (Juan Gil Prieto, O. S. A., «La Sección Española del XXIII Congreso Eucarístico Internacional», Buenos Aires, 1934, pág. 425.)
    En el número de febrero de 1936, la revista madrileña «Hispanidad» repetía la misma idea: «Mucho y bueno sabe D. Ramiro de Maeztu –escribía– de la fecunda labor que en la Argentina ha realizado y sigue realizando el autor de la palabra 'Hispanidad'.» Con frase más precavida, por recordar quizá alguna de mis aclaraciones anteriores, escribía así en su obra Ideas para una filosofía de la historia de España el docto catedrático D. Manuel García Morente: «¿Cómo designaremos eso que vamos a intentar definir y simbolizar?... Existe una palabra –lanzada desde hace poco a la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es 'Hispanidad'. Nuestro problema puede exactamente expresarse en los términos siguientes: ¿qué es la hispanidad?» (Signo, 23 enero de 1943).
    Veremos en estas líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las demás antes citadas, aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación satisfactoria.
    Antigüedad del vocablo material «Hispanidad»
    Basta hojear los viejos diccionarios castellanos para encontrar en ellos esta palabra, aunque con diversa significación de la que ha recibido actualmente y con la esquela mortuoria de «anticuada». Así, por ejemplo, la quinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1817, dice así: «Hispanidad, s. f., ant. Lo mismo que Hispanismo.» Y a continuación define así esta otra palabra: «Hispanismo, s. m. Modo de hablar peculiar de la lengua española, que se aparta de las reglas comunes de la Gramática. Idiotismus hispanicus.»
    Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año 1531 y conservado como preciosidad bibliográfica en la Biblioteca de la Real Academia de la Lengua. «De los oradores –dice Vanegas– M. Tull. y Quinti. son caudillos de la elocuencia, aunque no les faltó un Pollio que hallase hispanidad en Quintiliano», &c. (segunda parte, cap. V).
    Más aún: es probable que los romanos del siglo primero después de Cristo empleasen la palabra «hispanitas» (hispanidad) para designar los giros hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido que el propio Quintiliano usa la palabra «patavinitas» (paduanidad) al hablar del latín, de Tito Livio. «Pollio –dice– deprehendit in Livio patavinitatem», es decir: «Polión encontró patavinidad (paduanidad) en Livio.» (De Institutione Oratoria, libro I, cap. V).
    Pero date o no date del siglo primero la materialidad de la palabra «Hispanidad» lo cierto es que no tenía la significación que luego se le ha dado, y era además inusitada hasta en su acepción gramatical.
    ¿Cuándo y por qué se desenterró esta [13] la palabra y se le infundió vida nueva, para encarnar dos conceptos modernísimos?
    Esto es lo que tratan de aclarar las presentes líneas.
    Orígenes del «Día de la Raza»
    El poeta y periodista argentino Ernesto Mario Barreda, en un largo artículo publicado en La Nación de Buenos Aires el 12 de octubre de 1935, narra sus visitas al puerta de Palos y al convento de La Rábida en 1908, la entrega que hizo de un álbum que la Sociedad Colombina dedicó al presidente de la nación argentina, la fundación de la Casa Argentina de Palos, llevada a cabo por el cónsul de aquella república en Málaga, el entusiasta hispanófilo D. Enrique Martínez Ituño, y la celebrada el día 12 de octubre de 1915 por primera vez con el nombre de Día de la Raza en dicha Casa Argentina.
    El documento impreso que cita está encabezado así: «Casa Argentina. –Calle de las Naciones de Indias Occidentales. –Carretera de Palos a La Rábida. –Club Palósfilo. –Hijas de Isabel. –Día de la Raza, 12 de octubre de 1915.» Luego se copian unos versos del mismo poeta Barreda alusivos a las carabelas de Colón y se exponen las razones de la nueva festividad, epilogadas con este apóstrofe a España: «Reunidos en la Casa Argentina los Palósfilos y las Hijas de Isabel en este Día de la Raza, hacemos votos para que con tus hijas las Repúblicas del Nuevo Mundo formes una inteligencia cordial. Y un abrazo fraterno sea el lazo de unión de los defensores de la Ciencia, el Derecho y la Paz.»
    Esta iniciativa encontró eco en América, y sobre todo en Buenos Aires, aunque no todos los que allí aplaudíamos la sustancia de la fiesta estábamos de acuerdo con el nombre con que se la designaba.
    Con fecha 4 de octubre de 1917, el Gobierno de la nación argentina, con la firma del presidente y de todos los ministros, declaró fiesta nacional el 12 de octubre, dando estado oficial a la afortunada iniciativa particular nacida dos años antes en una Casa Argentina.
    Aunque en el texto del famoso y magnífico Decreto del Gobierno nacional no se habla de Día de la Raza ni se menciona siquiera la palabra «raza», sin embargo, la mayor parte de la Prensa se sirvió de aquella denominación, y se tituló «Himno a la Raza» el que compuso para el 12 de octubre del mismo año el patriota español don Félix Ortiz y San Pelayo, y fue cantado solemnemente en el teatro Colón por cinco masas corales reunidas.
    Por las razones que luego indicaré no me satisfacía el nombre de Día de la Raza, que iba adquiriendo cada vez mayor difusión. Era necesario encontrar otro nombre que pudiera reemplazarlo con ventaja. Y no hallé otro mejor que el de «Hispanidad», prescindiendo de su anticuada significación gramatical y remozándola con dos acepciones nuevas, que describía yo así en una revista de Buenos Aires que no tengo a mano ahora en Madrid, pero que encuentro citada en la mencionada revista Hispanidad de Madrid, en el número de 1 de febrero de 1936: «Estoy convencido –decía en ella– de que no existe palabra que pueda sustituir a 'Hispanidad'... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra 'Hispanidad' y otras dos voces que usamos corrientemente: 'Humanidad' y 'Cristiandad'. Llamamos 'Humanidad' al conjunto de todos los hombres, y 'humanidad' (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos 'Cristiandad' al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de 'cristiandad' (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra 'Hispanidad': significa, en primer, lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.»
    Estas dos acepciones nuevas de la palabra «Hispanidad» nos podían permitir reemplazar ventajosamente el vocablo «raza» que, como escribía yo en la mima revista, me parecía «poco feliz y algo impropio»; pero no figuraban todavía en los diccionarios. Por eso, en un escrito que publiqué en Buenos Aires en 1926 bajo el título «La Hispanidad y su verbo», y obtuvo amplia difusión en los ambientes hispanistas, elevaba a la Real Academia de la Lengua esta modesta súplica: «Si tuviéramos personalidad para ello, pediríamos a la Real Academia que adoptara estas dos acepciones de la palabra 'Hispanidad' que no figuran en su Diccionario.»
    En efecto: en la decimaquinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1925, seguía presentando la palabra «Hispanidad» como anticuada, con el sentido gramatical de siempre, en esta forma: «Hispanidad, f., ant. Hispanismo.»
    Hubo que esperar a la decimasexta edición, divulgada oficialmente en 1939, para encontrar una nueva definición oficial de esta palabra que supone un progreso en la materia, aunque no nos parece todavía suficiente clara ni completa. Dice así: «Hispanidad, f. Carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura española. 2. ant. Hispanismo.»
    Esperamos que el progreso iniciado se completará en sucesivas ediciones del Diccionario oficial.
    Impropiedad e inconvenientes de la denominación «Día de la Raza»
    Absolutamente hablando, puede darse explicación satisfactoria a la denominación Día de la Raza tomando esta palabra en un sentido metafórico, equivalente a «tipo moral» cualquiera que sea la raza fisiológica a que pertenezcan los que lo comparten.
    Pero como no se puede andar explicando continuamente a todo el mundo la significación impropia y translaticia del vocablo, asociamos instintivamente a la palabra su sentido fisiológico, y nos suena como cosa absurda hablar de «nuestra raza» a un conglomerado de pueblos integrados por individuos de muy diversas razas, desde las blancas de los europeos y criollos hasta las negras puras, pasando por los amarillos de Filipinas y los mestizos de todas las naciones hispánicas. En realidad, ni siquiera los habitantes de la Península Ibérica pertenecen a una sola raza. Desde los tiempos prehistóricos viven en España pueblos dolicocéfalos, braquicéfalos y mesocéfalos de las más diversas procedencias, que los historiadores no han sido capaces de fijar. A la variedad de las razas prehistóricas se añadió luego la mezcla de fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, suevos, árabes, &c., &c... que ha hecho cada vez más absurda la pretensión de catalogar racialmente a los mismos españoles peninsulares. Son, pues, inevitables las sonrisas cuando se habla de «nuestra raza» ante un auditorio de blancos, negros y amarillos y aceitunados, sobre todo si no es blanco el orador.
    Por otra parte, tiene algo de matiz peyorativo para las demás razas del mundo el que nuestra supuesta «raza» no se llame «esta» o «aquella» raza determinada, sino precisamente LA RAZA por antonomasia.
    No es necesario insistir más para ver las razones que me movieron a escribir que me parecía «poco feliz y algo impropio» el nombre puesto originariamente al Día de la Raza. Lo he podido comprobar experimentalmente en varias partes de América durante mi estadía de veinticinco años en ella.
    Ventajas de la denominación «Fiesta de la Hispanidad»
    El concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad» superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la 'Cristiandad' expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la 'Humanidad' abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla.
    Todas las naciones hispánicas han heredado un patrimonio común, transmitido por antepasados comunes, aunque luego cada una de ellas haya aumentado su herencia con nuevos bienes y nuevas glorias, que constituyen el patrimonio intangible y soberano de cada una de ellas. Pero así como en las varias familias procedentes de un tronco ilustre la existencia de distintos patrimonios privados no impide el amor y culto de las glorias que abrillantan la común prosapia, así también en las naciones, sin menoscabo de las glorias privativas de cada una, cabe el amor y culto del patrimonio común, sobre todo cuando es necesaria la colaboración de todos los herederos para conservarlo y defenderlo.
    La denominación «Fiesta de la Hispanidad» presenta a todos los pueblos hispánicos este aspecto agradable y simpático de nuestra gran familia de naciones y constituye una invitación para el estudio y cultivo del patrimonio común, que a todos enorgullece y a todos aprovecha.
    Cómo sienten la «Hispanidad» aun aquellos que no sienten la «Raza»
    El día 13 de octubre de 1935 se inauguró en Buenos Aires la estatua del Cid Campeador, levantada en el centro geográfico de la ciudad, en presencia del señor Presidente de la Nación, del señor embajador de España y de otras altas representaciones. Pronunciaron los obligados discursos oficiales dos oradores que no llevaban apellidos de origen español ni podían sentir el ideal de la Raza, pero que supieron sentir y proclamar el ideal de la Hispanidad.
    El historiador argentino Dr. Ricardo Levene, al explicar la significación de la presencia del Cid en América la encontró en el concepto espiritual de la «hispanidad», que es común a todos los hispánicos, aunque no hayan heredado sangre española. «El pueblo del Cid –dijo–, como entidad ética, fue el creador de una actitud acerca de la fidelidad, acerca de la defensa del desvalido, la dignidad del caballero y el honor del hombre; no sólo el honor exterior, diré así, que nace obligadamente en las relaciones con los demás, sino el honor íntimo o profundo, que tiene por juez supremo a la conciencia individual. Del Cid en adelante, los héroes españoles e hispanoamericanos son de su noble linaje. Es que en América transvasó la desbordante vitalidad de la Edad Medía española, corriéndose impetuosamente por el tronco y las ramas la savia de la raíz histórica... La hispanidad no fue nunca la concepción de la raza única e invariable, ni en la Península ni en América, sino, por el contrario, la mezcla de razas de los pueblos diversos que golpeaban en oleadas sobre el depósito subhistórico. La hispanidad ha dejado de ser el mito del imperio geográfico... La hispanidad no es forma que cambia, ni materia que muere, sino espíritu que renace, y es valor de eternidad: mundo moral que aumenta de volumen y se extiende con las edades, sector del universo en que sus hombres se sienten unidos por el lado del idioma y de la historia, que es el pasado. Y aspiran a ser solidarios en los ideales comunes a realizar, que es el porvenir.» (El Diario Español, Buenos Aires, 14 de octubre de 1935, página 2.)
    Después de este discurso, que tuve el gusto de escuchar al pie de la estatua del Cid, fue recibida ésta oficialmente, en nombre del Municipio de Buenos Aires, por el doctor Amílcar Razori, que con breves y sentidas palabras entregó «para la contemplación artística y enseñanza moral de los habitantes la figura legendaria del Cid Campeador, hijo de nuestra dilecta España, duro, recio e indómito como las llanuras de Castilla que le vieron nacer, bravío guerrero de las gestas más mentadas al través de los siglos en los campos de batalla y docto en las Cortes ciudadanas, defensor del débil, paladín de la honra, libertador de pueblos, sostén del derecho y de la justicia, paradigma y síntesis, en fin, de las nobles, de las grandes, de las profundamente humanas virtudes españolas.» (El Diario Español, página citada).
    Misión ecuménica de la Hispanidad en todas las razas del mundo futuro
    Este mundo nuestro que se derrumba, víctima de luchas raciales y apetitos materialistas, buscará un refugio de paz y fraternidad en las veinte naciones católicas de la Hispanidad, salvadas casi íntegramente del incendio de la guerra y relativamente inmunizadas contra las más peligrosas reacciones de la posguerra.
    La Hispanidad Católica tiene que prepararse para su futura misión de abnegada nodriza y caritativa samaritana de los infelices de todas las razas que se arrojarán a sus brazos generosos. La Providencia le depara a corto plazo enormes posibilidades para extender en gran escala su acción evangelizadora a todos los pueblos del orbe, poniendo una vez más a prueba su vocación católica y su misión histórica de brazo derecho de la Cristiandad.
    Por eso es necesario estrechar cada vez más los lazos de hermandad y colaboración entre los grupos más selectos de la Hispanidad Católica, prescindiendo de razas y colores mudables, para afianzar más las esencias inmutables del espíritu hispánico.
    Conclusión
    Creemos que estas líneas contribuirán a esclarecer más el origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, y a justificar el empleo cada vez más universal de la denominación «Fiesta de la Hispanidad» en sustitución de la anterior, menos expresiva y simpática, de «Día de la Raza».

  3. #3
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    Respuesta: Mons. Zacarías de Vizcarra y Arana, apóstol de la Hispanidad vasca

    Fue gracias al amigo Ordóñez que conocí a la obra de Don Ramiro de Maetzu Whitney sobre la hispanidad:

    Acción Española / Madrid 1931-1937



    "No veo inconveniente en aceptar la distinción que hace el Sr. Raposo, y que debe agradecérsele, entre hispanidad, lusitanidad y castellanidad. Más aún, creo que será necesario complementarla con otra: la de hispanidad y españolidad, porque hay españoles, como los vascongados, que no nos sentimos incluidos en la castellanidad, pero sí en la españolidad y más aún en la hispanidad.

    De todos modos me parece difícil evitar del todo los equívocos, porque no hay, y debiera haber, una palabra que sólo designe la totalidad de los pueblos procedentes de España, otra que comprenda Portugal y el Brasil y otra, finalmente, que abarque la totalidad de los pueblos engendrados por Portugal y España. Habrá que suplirlas con estar siempre prevenidos de que hispanidad tiene dos sentidos: el más amplio, que abarca también los pueblos lusitanos, y el más restringido, que los excluye; pero esta precaución no es distinta que la impuesta por las mil palabras de varios significados que empleamos en el habla corriente."





    res eodem modo conservatur quo generantur
    SAGRADA HISPÂNIA
    HISPANIS OMNIS SVMVS

  4. #4
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  5. #5
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    Respuesta: Mons. Zacarías de Vizcarra y Arana, apóstol de la Hispanidad vasca

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Acción Española
    Madrid, 1 de agosto de 1932 tomo III, número 16
    páginas 385-400 Las ideas y los hechos
    Zacarías de Vizcarra

    El apóstol Santiago
    y el mundo hispano


    Principales fragmentos del estudio publicado en Buenos Aires
    por Don Zacarías de Vizcarra, honra de nuestro sacerdocio,
    para animar, durante las presentes tribulaciones, a los
    católicos españoles, con la visión de las pasadas misiones
    y de los destinos futuros de España y de la Hispanidad.
    Las angustias presentes nos obligan a levantar nuestros ojos y nuestros corazones hacia la gran figura de Santiago el Mayor, Padre, Fundador y Patrono celestial de la Iglesia Española, en busca de aliento, consuelo, protección y esperanzas.
    Nuestro Apóstol, en el breve espacio de los nueve años que transcurrieron entre la muerte de Jesucristo (año 33) y su martirio en Jerusalén (año 42), supo hacer honor al sobrenombre que le había puesto su Divino Maestro, cuando le denominó «Hijo del Trueno».
    Caballero andante de Cristo, se alejó de la Palestina y de las regiones colindantes, mucho antes que ningún otro Apóstol, y, en una correría evangélica tan rápida como arrolladora, llegó hasta el confín del mundo entonces conocido, recorrió a lo largo y a lo ancho la Península Ibérica, y fundó en ella la Iglesia Española, que había de ser a su vez, con el tiempo, Madre fecunda de otras veinte Iglesias, en mundos desconocidos de América y Oceanía.
    Terminada esta gran obra, retornó a la Palestina, cuando aún no se habían alejado de ella los demás Apóstoles, y comenzó a [386] predicar públicamente, en Jerusalén, la doctrina de su Maestro, con tal brío y elocuencia, que mereció ser sacrificado por Herodes Agripa, como se narra en el sagrado libro de los Hechos de los Apóstoles (XII, 2), por haberse concentrado en su persona el odio de los judíos contra los discípulos de Cristo.
    Fue el primer Apóstol que selló con su sangre el Evangelio, entregando su cuello a la espada. Es también el que ha dado a la Iglesia Romana mayor número de hijos espirituales, en las veinte naciones por las que se extendió y consolidó la Iglesia española, fundada por él.
    La paternidad espiritual de Santiago nos impone deberes que fácilmente descuidamos y olvidamos, tanto en España como en América, porque: 1.º, cada Iglesia debe amar y venerar especialmente al Apóstol que la fundó, reconociendo en él a su Padre en Cristo; 2.º, los fieles de cada Iglesia deben imitar especialmente el carácter y virtudes de su propio Apóstol.
    La razón de este segundo deber está en que Jesucristo, con la sabiduría infinita de que estaba dotado, preveía las necesidades especiales de cada uno de los pueblos adonde se había de dirigir cada uno de sus Apóstoles, y destinó para ellos al Padre espiritual que más les convenía, sobre todo tratándose de pueblos como el español, que tenían reservadas altas misiones en su Providencia.
    Desde hace poco más de un siglo, las Iglesias de América han constituido Provincias desligadas de su antigua Metrópoli; pero, en los tres primeros siglos de su nacimiento, constitución y crecimiento, han sido mero desarrollo extensivo y parte integrante de la Iglesia española, que es la Iglesia de Santiago.
    Por consiguiente, su Padre en la fe, lo mismo que el de las restantes diócesis españolas, es Santiago el Mayor, y siguen siendo moralmente una parte integrante de la gran Iglesia Jacobea, extendida por todo el hemisferio occidental.
    Santiago, uno de los tres Apóstoles predilectos de Cristo
    Consta por los Santos Evangelios que Jesucristo distinguió con un amor especial a tres de sus Apóstoles: a Simón Pedro, a Santiago el Mayor y a su hermano Juan Evangelista.
    Sólo a estos tres distinguió Jesucristo con sobrenombres nuevos, [387] impuestos por El. A Simón le llamó Pedro (es decir, «Cefas», que significa «Piedra»), porque había de ser el Jefe Supremo y «Piedra fundamental» de su Iglesia futura. A Santiago y a Juan los llamó «Boanerges», que quiere decir «Hijos del trueno».
    Sólo a estos tres Apóstoles separó de los demás, en las ocasiones más solemnes, para darles muestra de su especial aprecio. Ellos sólo fueron elegidos para verle transfigurado en el Tabor; ellos solos presenciaron la resurrección de la hija de Jairo, porque Jesucristo, como dice San Marcos «no permitió que le siguiese ninguno, fuera de Pedro y Santiago y Juan el hermano de Santiago» (V, 37); ellos solos fueron testigos de su agonía en el Huerto de las Olivas.
    ¿Qué representaban estos tres Apóstoles? San Pedro representaba la cabeza del futuro cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia; Santiago y San Juan Evangelista representaban el brazo derecho y el brazo izquierdo de Jesucristo y de su representante San Pedro.
    La Iglesia Romana es indiscutiblemente el centro de la Iglesia de Cristo. A los dos lados de la Iglesia Romana se levantan la Iglesia Occidental fundada por Santiago, y la Iglesia Oriental que reconoce como su principal Apóstol a su hermano San Juan, el más joven de todos los Apóstoles.
    La Iglesia Oriental tuvo una brillantísima juventud; pero luego decayó lamentablemente, con tenaces herejías y con el funestísimo Cisma Oriental, que todavía dura. La Iglesia del joven San Juan, después de su juventud, fue más bien carga que apoyo para Pedro, y el mismo San Juan abandonó su sepultura del Oriente Cismático y se refugió en Roma, junto al sepulcro de Pedro. La Iglesia de Juan es desde hace siglos la izquierda de Pedro. Hasta en el mapa mundi físico, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de Roma. Porque la orientación normal es la del Sol. Y mirando a éste desde Roma, en su curso medio, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de la Iglesia Romana.
    En cambio, la Iglesia de Santiago, aun físicamente considerada, queda a la derecha de la Iglesia Romana, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo. Y mucho más si consideramos la derecha en su sentido moral. La Iglesia de Santiago es la que ha dado mayor número de fieles y de naciones enteras a la Iglesia Romana. Es la que ha mantenido siempre, en conjunto, mejores relaciones [388] y más leal adhesión a la Cátedra de Pedro. Es la que ha defendido a la Iglesia Católica más denodadamente, en las grandes crisis de la historia. Es la primera nación que reconoció prácticamente, desde el año 254, la suprema potestad judicial del Romano Pontífice, apelando a ella contra la sentencia pronunciada por un concilio nacional de la misma Península. (Marx, Historia de la Iglesia, pág. 99.)
    Vemos, pues, que se cumplió literalmente lo que había pedido para los dos primos de Jesucristo su madre Santa María Salomé, cuando ésta, postrada a los pies del divino Maestro, le dijo: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» (Evangelio de San Mateo, XX, 20.)
    Derrota del Arrianismo.– El arrianismo fue la primera herejía que desgarró a la Iglesia, después de su libertad, en el siglo IV, y también la más peligrosa de todas las que ha sufrido la Iglesia, hasta la rebelión protestante. Negaba solapadamente la divinidad de Cristo, y arrastró hacia el error a gran número de Obispos e Iglesias particulares, hasta llegar a dar la impresión de que todo el orbe se estaba convirtiendo en arriano.
    El brazo fuerte que tuvo a raya esta gran rebelión contra la Iglesia, fue el de Osio el Grande, secundado por el infatigable doctor alejandrino San Atanasio.
    Osio aconsejó la convocación del primer Concilio Universal de la Iglesia; Osio lo organizó en Nicea, con la ayuda de Constantino, enviando carros y viáticos a todos los Obispos del mundo, para trasladarse a aquella primera augusta asamblea; Osio la presidió en nombre del Romano Pontífice; Osio dictó solemnemente al secretario del Concilio el Símbolo de la Fe Ortodoxa, que fue aclamado y suscrito por la augusta asamblea y sigue rezándose y cantándose por toda la Iglesia, en las misas de los domingos y días solemnes, para proclamar a Jesucristo: «Dios verdadero procedente de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial con el Padre, &c.»).
    De tal manera se convirtió Osio en campeón de la fe católica, que llegó a ser presidente obligado de los concilios subsiguientes, como el de Milán y el de Sárdica, recibió el título de «Príncipe de los Concilios», y mereció que los arrianos, después de haber arrastrado a su bando al sucesor de Constantino, escribieran así al emperador arriano: «Todo es inútil mientras Osio de Córdoba esté [389] en pie... Basta la autoridad de su palabra para arrastrar a todo el mundo contra nosotros. El símbolo de Nicea es obra suya, y somos herejes porque él lo pregona.»
    Fue tal el odio de los arrianos contra Osio, que la tempestad de calumnias y libelos desatada contra él, en vida y después de muerto, llegó a impedir que fuera venerado en los altares por las Iglesias del Occidente, aunque recibe culto en las del Oriente, donde vindicó su memoria San Atanasio el Grande.
    Notemos finalmente que el triunfo decisivo contra el arrianismo tuvo también lugar en España, el año 589, cuando el Rey visigodo Recaredo, con todo el ejército y pueblo germánico arriano que había invadido a España, abjuró sus errores en el famoso Concilio III de Toledo, y abrazó la fe católica de los españoles.
    * * *
    Derrota del Mahometismo.– Nadie ignora que España fue el muro en que se estrelló la expansión arrolladora del imperio mahometano, que, desde el Africa, había invadido a Europa, a través del estrecho de Gibraltar.
    Siete siglos y medio luchó España sin tregua contra los feroces muslimes, cuya religión prometía el paraíso a todos los que muriesen guerreando con la espada contra los que no abrazasen la doctrina del Corán.
    Esta lucha titánica se terminó el mismo año 1492, en que las naves españolas descubrieron un nuevo mundo infiel, que había de ser convertido a la fe de Cristo.
    Tampoco es preciso recordar que el predominio creciente del imperio turco mahometano, en el Oriente de Europa, tuvo su tumba en las aguas de Lepanto, bajo el mando del príncipe español don Juan de Austria y por el valor de los marinos españoles, acompañados solamente por los soldados pontificios y venecianos.
    * * *
    Victoria del Universalismo Católico.– Dos tumbas, en los dos puntos extremos del mundo cristiano, fueron, como dice Guéranger {(1) L'anné liturgique, XXV juillet.}, en la Edad Media, los dos polos predestinados por Dios [390] para un movimiento absolutamente incomparable en la historia de las naciones.
    La tumba de Jesucristo en Jerusalén, y la tumba del Hijo del Trueno en Compostela fueron las que arrastraron hacia sí el corazón de la Europa medioeval, enviando a la primera ejércitos de guerreros y peregrinos, y a la otra ejércitos mucho mayores de solos peregrinos, en que iban confundidos en un solo ideal hombres de todas las razas y naciones, cantando en todas las lenguas las alabanzas de Jesucristo y de Santiago.
    Estas dos peregrinaciones dieron origen a las Ordenes caballerescas, destinadas primitivamente a proteger a los peregrinos.
    Cuentan los viejos cronistas de Carlomagno, que el emperador de la barba florida, en el atardecer de un día de recia labor guerrera, en los bordes del mar de Frisia, se quedó contemplando, en el cielo claro, la Vía Láctea, cuajada de innumerables estrellas; y, recordando con nostalgia, en aquellas lejanas riberas, a los peregrinos de Santiago, dijo a sus guerreros que aquella faja brillante que atravesaba el cielo azul de oriente a occidente, era la línea que señalaba a los peregrinos de todo el mundo la dirección que habían de seguir para encontrar la Casa del Señor Santiago.
    La tumba de Compostela fue cátedra sagrada de toda Europa.
    * * *
    Derrota de la Idolatría en el Nuevo Mundo.– El vasto hemisferio de América y Oceanía, esclavo de la idolatría, de la antropofagia y de la corrupción moral más degradante, fue puesto por la Providencia en manos de España, para que desterrase de él la idolatría y la barbarie.
    España cumplió con su misión de una manera tan rápida y asombrosa que, cincuenta años después del descubrimiento, apenas había sin bautizar más indios que los dispersos en los lugares más inaccesibles. Se cubrió toda América de parroquias, conventos, residencias misioneras, obispados, y arzobispados. Las listas de embarque de pasajeros para América, conservadas en el Archivo de Indias, demuestran que el diez por ciento de todos los que se embarcaban eran misioneros y sacerdotes. En 1649, había en América 840 conventos. Sólo en Méjico, llegaron a contarse, en el momento de la mayor actividad misionera, hasta 15.000 sacerdotes. [391]
    En presencia de estos datos, no es de extrañar lo que afirmaba un sacerdote francés especializado en cuestiones misioneras, el cual decía que España, durante solo el siglo XVI, había dado a la Iglesia mayor número de misioneros de infieles que todo el resto del mundo en todos los siglos de existencia del Cristianismo.
    Así logró España la victoria más grande que se ha conseguido sobre la idolatría, y agregó a la Iglesia Romana diez y ocho naciones soberanas, engendradas por ella con indecibles trabajos y heroísmo que hacen exclamar al protestante norteamericano Charles Lummis: «Ninguna otro nación madre dio jamás a luz cien Stanleys y cuatro Julios Césares en un siglo; pero eso es una parte de lo que hizo España para el Nuevo Mundo.» (Los exploradores españoles, pág. 51. Ed. Araluce, Barcelona.)
    * * *
    Derrota del protestantismo.– Nunca perdonarán los protestantes a España el celo con que se opuso a la difusión del Protestantismo, durante los reinados de Carlos V y Felipe II.
    La única fuerza humana que impidió el triunfo completo de los protestantes en toda Europa, ante los esfuerzos combinados de los luteranos de Alemania y Holanda, de los anglicanos y puritanos de Inglaterra, de los hugonotes de Francia, de los valdenses de Italia, &c., &c., fue la tenacidad con que España hizo frente simultáneamente a casi toda Europa, en los más distantes campos de batalla, desde Flandes hasta Sicilia, y desde Varsovia hasta París, que fue ocupada por las tropas españolas, hasta que Enrique IV abjuró el protestantismo en Saint Denis. Hubo momentos en que los únicos grandes Estados oficialmente católicos del mundo fueron España, Portugal y Roma, es decir, San Pedro y Santiago.
    Las regiones de Europa en que sobrevivió el catolicismo, después de la rebelión protestante, deben eterna gratitud a España, que se sacrificó, desangró y empobreció, por su tesón en conservar este tesoro para sí y para todas las demás naciones del continente,
    Tenían, pues, razón los Pontífices que, en documentos solemnes, llamaban entonces a España y a sus católicos monarcas «Brazo derecho de la Cristiandad». [392]
    España no hacía más que cumplir la misión de su Apóstol Santiago, brazo derecho de Jesucristo y de su Vicario en la tierra. El envió al caballero Iñigo de Loyola, para fundar la guardia de corps del Pontífice Romano y luchar sin tregua contra el protestantismo. El envió a Teresa de Jesús, a Juan de la Cruz y a la pléyade de santos y sabios españoles que apuntalaron a la Iglesia en aquella terrible crisis.
    Misiones que están reservadas a España para los tiempos venideros.
    Nuevos días de gloria para los hijos de Santiago
    Sin pecar de crédulos, podemos prestar piadoso asentimiento a lo que anunció Santa Brígida, en el siglo XIV, sobre las futuras misiones de España, tanto porque se cumplió ya la primera parte de aquellas predicciones, desde siglo y medio después que fueron escritas, como porque la Iglesia, en el Breviario, las mira con extraordinario respeto, al asegurar que «le fueron revelados por Dios muchos arcanos». (Breviario Romano, 8 de octubre.)
    La santa princesa sueca escribió en la primera mitad del siglo XIV sus famosas revelaciones, entre las cuales hay una, en que anuncia los sucesos principales que han de ocurrir antes de la venida del Anticristo y del fin del mundo. Comienza por anunciar que se convertirán al cristianismo algunas naciones desconocidas, lo cual se verificó siglo y medio más tarde con el descubrimiento y conversión del nuevo mundo:
    «...Antes que venga el Anticristo –dice– se abrirán las puertas de la fe a algunas naciones, en las cuales se cumplirán las palabras de la Escritura: 'Un pueblo que no sabe me glorificará, y los desiertos serán edificados para mí.'»
    La época que ha de seguir a la del descubrimiento del Nuevo Mundo, la describe de este modo:
    «Después serán muchos los cristianos amadores de herejías y los inicuos perseguidores del clero, y los enemigos de la justicia.»
    Tenemos aquí tres rasgos que retratan la historia religiosa del mundo, desde el descubrimiento de América hasta hoy: l.º, la aparición de numerosas herejías entre los cristianos; lo cual se verificó veinticinco años después del descubrimiento de América, cuando en 1517 se rebeló contra el Papa el monje alemán [393] Fray Martín Lutero, y, tras él, fueron apareciendo innumerables sectas de calvinistas, zuinglianos, anabaptistas, anglicanos, puritanos, socinianos, &c.; 2.º, el anticlericalismo, que sobre todo desde el siglo XVIII prevaleció en los gobiernos de las naciones católicas, multiplicándose en ellas las expulsiones de religiosos, desamortizaciones, despojos y atropellos de todas clases, llevados a cabo por los inicuos perseguidores del clero, y principalmente por los masones; 3.º, la lucha de clases, exacerbada por los enemigos de la justicia social, abusando los unos de su capital y los otros de su trabajo y su número. Este tercer período lo estamos recorriendo actualmente en casi todas las naciones del mundo, aunque en ninguna de ellas reviste un carácter más injusto y trágico que en Rusia, donde clases enteras de la sociedad han sido esclavizadas y despojadas de sus derechos más elementales.
    A continuación describe la Santa lo que sucederá después de la época de la injusticia, y dice:
    «Finalmente, vendrá el más criminal de los hombres, el cual, unido con los judíos, combatirá contra todo el mundo, y hará todo esfuerzo para borrar el nombre de los cristianos. Muchísimos serán muertos.»
    Una pequeña muestra de lo que ha de ser esta persecución la tenemos en lo que están haciendo los judíos en Rusia, con su guerra nunca vista contra el cristianismo y sus ocho millones de socios activos para la propaganda del ateísmo, primera etapa destructiva, según sus dirigentes, para construir en la segunda etapa, sobre las ruinas de todas las religiones, el monopolio del judaísmo.
    Pero, en esta terrible crisis, aparecerá, como en las demás grandes crisis de la Iglesia, el brazo de Santiago y de su pueblo, para defender a la Cristiandad, según lo dice a continuación la Vidente sueca:
    «Tendrá fin aquella funestísima guerra, cuando sea proclamado Emperador un hombre engendrado de la estirpe de España. Este vencerá maravillosamente, con el signo de la Cruz, y será el que ha de destruir la secta de Mahoma y restituirá el templo de Santa Sofía.» (Véanse las palabras de Santa Brígida, en la obra L'odierna guerra, de Ciuffa, págs. 181 y 184, ed. Roma. Tipografía Pontificia, nell'Istituto Pío IX, 1916.)
    Según esta predicción, abonada por el cumplimiento de lo [394] sucedido hasta hoy, y por la respetable autoridad de su origen, tenemos que España y su estirpe, es decir, toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la Cristiandad, para salvar a la Humanidad en su más terrible crisis:
    1.º Debe derrotar al Anticristo y a toda su corte de judíos, con el signo de la Cruz.
    (Bien podría ser la Cruz Roja flordelisada de Santiago, que ha sido suprimida por la actual República Española, juntamente con la Orden Militar que la ostentaba, cargada de glorias y recuerdos, y que nosotros, en desagravio, hemos colocado al frente de esté opúsculo, asociada con la Cruz Blanca de Covadonga, llamada también de la Victoria y de la Reconquista, porque lo que ahora esperamos de Santiago es especialmente «reconquista» y «victoria» contra los opresores de la Iglesia Española.)
    2.º Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, Las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía, en Constantinopla.
    ¡Qué hermoso ideal para enardecer el entusiasmo de las juventudes españolas e hispánicas, fraternalmente unidas bajo el signo de Santiago!
    Confirmación de las grandiosas
    misiones futuras de España y de la Hispanidad
    Coincide con lo que predijo en el siglo XIV la Vidente de Suecia, lo que escribió en su libro de Memorias, el año 1606 otro vidente y taumaturgo, residente entonces en Mallorca, San Alonso Rodríguez.
    Escribe este gran Santo, en el lugar citado, que uno de los días de aquel año caminaba muy triste por las costas de Mallorca, pensando en las dolorosas noticias que había recibido de Africa, sobre los sufrimientos de unos religiosos que habían sido cautivados por los moros, y de repente «sin darse cato de tal cosa –dice, según su costumbre, en tercera persona– vio a deshora una gran armada en los mares de Mallorca. Iba Jesús en la vanguardia, María en la retaguardia, muchos Angeles entre los soldados. La mandaba el Rey en su propia persona, con una gran ejército que había de conquistar toda la Morisma, y sujetarla, y ella [395] se convertiría con gran facilidad a la fe de Cristo Nuestro Señor.»
    Y añade: «La victoria será tan grande cual, por ventura, rey cristiano haya tenido jamás, y resultará gran gloria de Dios y bien de las almas.» (Memorias de San Alonso Rodríguez, año 1606.)
    Si queremos apresurar la hora del triunfo de España
    y de la Hispanidad, imitemos las virtudes de Santiago
    Todos los Apóstoles murieron de muerte violenta, excepto San Juan. Pero el primero que regó con su sangre el Evangelio que predicaba, y el único cuyo martirio se narra en la Sagrada Escritura, fue el Apóstol Santiago.
    Consta también, por la misma Sagrada Escritura, el género de muerte que le dieron: le degollaron «con espada».
    Es la muerte más apropiada para un carácter tan caballeresco como el de Santiago.
    En recuerdo de esta muerte, la Cruz de Santiago termina en una espada.
    Y no sólo por esto, sino también porque, en varias batallas contra los invasores infieles, apareció Santiago confortando a los guerreros cristianos y hasta peleando a su lado, con su caballo y su espada.
    Así lo dice el himno del Breviario Romano, en el oficio propio de España: «Cuando por todas partes nos apretaban las guerras, fuiste visto Tú, en medio de la batalla, abatiendo brioso a los desaforados moros, con tu corcel y con tu espada.» (Oficio del 25 de julio.)
    Santiago fue el patrón y modelo de los esforzados caballeros de la Cruz, en los heroicos siglos de la Edad Media. El rey caballero San Luis, al morir lejos de Francia, en su tienda de campaña, bajo los muros enemigos de Túnez, en la octava Cruzada, balbuceaba agonizante la oración de la misa de Santiago: «Sed, Señor, para vuestro pueblo, santificador y custodio; a fin de que fortificado con el auxilio de vuestro Apóstol Santiago, os agrade con su conducta y os sirva con tranquilo corazón.» (Guéranger, L'année, liturgique, XXV, juillet.)
    Y en efecto, los rasgos morales del carácter de Santiago son [396] los de un caballero andante de Cristo. Por eso la Cruz de Santiago, además de la espada en que termina, tiene tres flores de lis, que son los símbolos heráldicos del honor sin mancha que profesaban los caballeros.
    Y hasta, si creemos a Alfonso el Sabio, en su Primera Crónica General, el mismo Santiago se mostró defensor de su título de caballero de Cristo.
    Cuenta el Rey Sabio que, en el siglo XI, reinando Fernando el Magno, fue en peregrinación a Santiago de Compostela el Obispo griego Estiano, y que, al oír que Santiago «parescíe como cavallero en las lides a los cristianos», les dijo con enojo y porfía: «Amigos, non le llamedes cavallero, mas pescador».
    Pero el Santo se encargó de desengañarle; porque aquella misma noche se le apareció Santiago «a guisa de cavallero muy bien garnido de todas armas claras et fermosas» y le dijo: «Estiano, tú tienes por escarnio, porque los romeros me llaman cavallero, et dizes que non lo so; ...nunqua iamás dubdes que yo non so cavallero de Cristo et ayudador de los cristianos contra los moros».
    En confirmación de ello, le dijo que al día siguiente a las nueve de la mañana, entregaría la ciudad de Coimbra al rey Fernando, que la tenía cercada hacía mucho tiempo. A la mañana siguiente comunicó el Obispo al pueblo, en la Catedral, que Santiago le había anunciado para aquel día la toma de Coimbra; y, en efecto, días más tarde llegó a la ciudad del Apóstol la noticia de la victoria, que tuvo lugar el mismo día y hora que había anunciado el Obispo. (Primera Crónica General, cap. 807.)
    Santiago, ferviente devoto de la Virgen María
    Los dos hijos del Zebedeo y de María Salomé se distinguieron por su amor a su augusta tía la Virgen Santísima, que había sido encomendada por Jesucristo, desde la Cruz, a los cuidados filiales del hermano menor de Santiago, en cuya casa tuvo desde entonces su residencia la Madre de Dios.
    Antes de que partiera Santiago para su audaz y remota expedición a España, refiere la tradición que se despidió de la Santísima Virgen (si es que no fue ella la inspiradora del viaje), y le [397] prometió visitarle en aquella ciudad de España en que iluminase a mayor número de fieles con la luz del Evangelio.
    En efecto, la Santísima Virgen vino un día maravillosamente en carne mortal a Zaragoza, visitó al Apóstol, le entregó una columna de mármol, que simbolizaba la firmeza de la fe sembrada por él en la Península Ibérica, le pidió que levantará allí una capilla donde ella fuese invocada (la primera que se erigió en el mundo, en honor de la que había dicho de sí misma en el «Magnificat»: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones), y le avisó que volviera después a Jerusalén, donde había de tener término su misión.
    La Iglesia de España, fundada por el caballeresco sobrino de María Santísima, y honrada por ella, antes de su muerte, con su visita corporal y con el regalo de su Pilar, no podía menos de ser devotísima de la celestial Señora, como en efecto lo ha sido, a través de todos los siglos.
    Santiago, amigo fidelísimo de San Pedro
    Santiago fue llamado por Jesucristo al Apostolado el mismo día y en el mismo sitio que San Pedro.
    Jesucristo quiso anudar una amistad especialísima entre San Pedro y Santiago, separándolos de los demás Apóstoles, y llevándolos en su más íntima compañía, junto con San Juan, en las ocasiones más solemnes.
    Santiago correspondió a esta amistad recibiendo en su cabeza la cuchillada que iba dirigida al jefe de la Iglesia cristiana, en la intención de Herodes y de los judíos.
    San Pedro correspondió a la amistad de Santiago, ordenando de Obispos a los Siete Varones Apostólicos, discípulos de Santiago, y enviándolos a fundar otras tantas Sedes en el Sur de España, donde Santiago no había dejado Obispos.
    La Iglesia española, a semejanza de su fundador, ha sido siempre muy adicta a la autoridad del Romano Pontífice, y seguirá siéndolo, por merecer el honor de desempeñar en los momentos críticos el oficio jacobeo de brazo derecho de San Pedro. [398]
    Santiago sabe cambiar su armamento según las necesidades de la época
    Nota muy bien Dom Guéranger, en el lugar antes citado, que Santiago, después de su temprana muerte, continuó su Apostolado en el mundo, por medio de la Iglesia española, y que, en cada época, adoptó las armas y los medios que reclamaban las circunstancias.
    Hubo una época en que no se podía defender a la Iglesia eficazmente con predicaciones, ni libros, ni discusiones; porque los mahometanos, por mandato de su ley, rechazaban toda discusión. Y entonces Santiago apoyaba a los guerreros de la Cruz, apareciendo entre ellos, como un rayo, tremolando con una mano su estandarte blanco adornado con la Cruz Roja, y blandiendo con la otra su espada reluciente.
    Pero, «cuando los Reyes Católicos arrojaron al otro lado de los mares a la turba infiel que nunca debió pasarlos –añade Guéranguer– el valiente jefe de los ejércitos de España, se despojó de su brillante armadura, y el terror de los moros se convirtió en mensajero de la fe.
    »Subiendo a su barca de pescador de hombres y rodeándose de las flotas de Cristóbal Colón, de Vasco de Gama o de Albuquerque, los guiará por mares desconocidos, en busca de playas a donde hasta entonces no había sido llevado el nombre del Señor.
    »Para traer su contribución a los trabajos de los Doce, Santiago acarreará del Occidente, del Oriente, del Mediodía, mundos nuevos que renovarán el estupor de Pedro, a la vista de tales presas.»
    Y aquél, cuyo apostolado, en tiempo del tercer Herodes, pudo creerse tronchado en flor, antes de haber dado sus frutos, podrá repetir aquellas palabras (de San Pablo): «No me creo inferior a los más grandes Apóstoles; porque por la gracia de Dios, he trabajado más que todos ellos.» (L'année liturgique, XXV juillet, págs. 226, 227).
    Las armas actuales de Santiago y de sus caballeros
    Hoy día, los hijos de Santiago, esparcidos por Europa, América, Oceanía y algunos también por las colonias españolas y [399] portuguesas de Africa y Asia, deben imitar a su Apóstol, con las armas que les impone la imperiosa necesidad del momento crítico en que nos encontramos.
    Las armas jacobeas de hoy son cuatro: enseñanza catequística; prensa, sobre todo diaria y periódica; cátedra, sobre todo la oficial; y organización obrera.
    Los modernos «caballeros de Santiago», deben adiestrarse y ejercitarse en el manejo de estas armas, sin descuidar, por supuesto, los demás medios de santificación y defensa que son eternos, y no necesitan cambios, sino reparaciones.
    Súplica de Dom Guéranguer por España
    El sabio escritor francés a quien acabamos de citar, conocía y penetraba, mejor que muchos españoles, el sentido de la Historia de España y su misión providencial en el mundo.
    España ha sido destinada por Dios para proseguir la misión del Hijo del Trueno, proclamando y defendiendo, en gran estilo, como lo hizo en Nicea, en Toledo y en Trento, las verdades católicas fundamentales; y su mayor desgracia sería la de inutilizarse para esa misión, por el debilitamiento, o como dice gráficamente el mismo escritor, por el achicamiento de esas grandes verdades en su espíritu público.
    Por eso dirige él a Santiago esta súplica, que gustosos reproducimos y repetimos:
    «¡Oh Patrón de las Españas! No os olvidéis del ilustre pueblo que os debe a Vos su nobleza espiritual y su prosperidad temporal. Protegedle contra el achicamiento de las verdades que hicieron de él, en sus días de gloria, la sal de la tierra. Haced que piense en la terrible sentencia de Jesucristo, en que se advierte que 'si la sal se vuelve insípida, no vale va para nada sino para ser arrojada y pisada por las gentes'.» (San Mateo, V, 13.)
    ¡No! ¡El espíritu de España no ha de tolerar mucho tiempo este achicamiento!
    ¡El espíritu de España se erguirá caballeresco y altivo contra el masonismo, laicismo y judaísmo que lo pisotea! [400]
    ¡El espíritu de España defenderá el tesoro de Santiago contra los moros modernos que han invadido su herencia sagrada!
    Porque Santiago y España tienen que cumplir todavía dos misiones a cual más gloriosas:
    Santiago y España tienen que defender un día a la Iglesia de San Pedro, combatiendo y derrotando al Anticristo y a su corte de judíos;
    Santiago y España tienen que cantar un día el Credo de Nicea en la mezquita de Santa Sofía, después de haber rasgado en su pórtico, entre los aplausos de la Morisma bautizada, los falsos mandamientos de Mahoma.
    Así sea.
    Zacarías de Vizcarra
    Proyecto Filosofía en español
    © 2004 www.filosofia.org Acción Española
    Zacarías de Vizcarra 1930-1939
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