del el brigante El brigante


El fusilamiento de un sacerdote es algo horrendo


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Como dijo el Cardenal Gomá, “el fusilamiento de un sacerdote es algo horrendo, porque lo es de un ungido del Señor, situado, por este hecho, en un plano sobrehumano”, por eso la muerte de los sacerdotes nacionalistas durante la cruzada es un episodio particularmente espinoso. Como apoyo documental al reciente escrito de don Ángel David Martín Rubio en que aclara aquellos sucesos y disipa los equívocos suscitados por el escrito de los obispos vascos sobre los sacerdotes nacionalistas muertos durante la cruzada, ofrecemos un amplio extracto del libro “El Clero y los católicos vasco-separatistas”, publicado tres años después de aquellas ejecuciones y que demuestra que ninguna relación guardan aquellas muertes con las martiriales de los sacerdotes inmolados por los rojo-separatistas durante la guerra. En todos los casos la razón de las ejecuciones fue un delito civil y siempre se siguió un proceso penal de guerra, con mayor o menor escrúpulo. Eso no obstante, dado el particularmente odioso carácter de esas muertes, una vez terminada la sangrienta campaña de Guipúzcoa, no se volvió a realizar ninguna ejecución, conmutándose las penas en todos los casos. A pesar de la triste ocurrencia de los obispos vascos, no vendrá mal refrescar la memoria de cómo sucedieron aquellos tristes hechos.


“Dos épocas deben distinguirse en el proceso judicial con los sacerdotes nacionalistas, que automáticamente se diferencian y circunscriben: la ocupación de Guipúzcoa por los nacionales, y la de Vizcaya; o séase, más claro: la de los días de lucha violenta, primeriza, con los aceros recién desenvainados y las almas en ebullición, y la que regula sus pasos, ordena su actitud, desarrolla su vida militar y civil en la calma de quien camina seguro y, por ello, calmoso.
La primera va marcada con hitos rojos; la segunda, limpia de horrores, tiene únicamente penas de cárcel o destierro.
Los sacerdotes fusilados por separatistas son dieciséis, número exiguo al lado de los miles de sacerdotes y Religiosos víctimas de los rojos: consideración de fuerza contra los gubernamentales, que hacen hincapié, hipócritamente, en ese charco de sangre y no reparan en los torrentes de la otra. Para los nacionalistas, tampoco estorba la comparación, y más la ceñida a su tierra, donde sus amigos asesinaron casi cuatro veces más sacerdotes, únicamente por serlo, por odio a la cristiandad; y ellos callaron, o se oyeron muy apagadas las protestas que, al tratarse de los suyos, se encabritan hasta las nubes.
Pero el caso es gravísimo. Dice bien el Cardenal Goma en su carta a Aguirre: "El fusilamiento de un sacerdote es algo horrendo, porque lo es de un ungido del Señor, situado, por este hecho, en un plano sobrehumano, adonde no debiesen llegar ni el crimen, cuando lo hay, ni las sanciones de la justicia humana, que suponen el crimen." Y es más horrendo el caso cuando la justicia, en el sentido de ejecución, la hacen católicos: los que debieran acercarse al sacerdote sólo de rodillas para recibir de sus manos los Sacramentos, y de su boca la Verdad Eterna. "Pero también lamentaríamos profundamente — prosigue el Sr. Cardenal— la aberración que llevara a unos sacerdotes ante el pelotón que debiera fusilarlos, porque el sacerdote no debe apearse de aquel plano de santidad ontológica y moral en que le situó su consagración para altísimos misterios."

Recuérdense las circunstancias: los sacerdotes no murieron —como infinitos, en la zona roja, incluso Vizcaya— a manos de los bandidos que los cazasen y diesen el paseíto, o los rematasen en las cubiertas de los barcos o galerías de las prisiones: fueron sentenciados y ejecutados, en el sentido estricto de la palabra.
Y todos los fusilamientos, menos uno, se ordenaron en Guipúzcoa, es decir, en los principios de la campaña del Norte, cuando, por necesidad de guerra, las atribuciones de los comandantes de columna eran casi omnímodas y la rapidez de la justicia —o de lo que tal se creyera— se imponía, como se impone siempre en los avances de un ejército por territorio enemigo, donde la previsión y el escarmiento son normas poco menos que obligadas. No pueden dejarse atrás personas que con su influjo siembren o cultiven la malquerencia y los consiguientes ataques por la espalda. Los cabezas de la traición, si traición es la que se combate, han de sentir el peso de la ley.
Pues así fue allí. Los militares, como los españoles generalmente, estaban persuadidos de que al Clero separatista se debía, más que a nadie, la actitud de los dirigentes y de los gudaris; que sin ellos, sin su declaración de que la guerra era lícita por su parte, de que la Pastoral del Obispo propio no obligaba, el territorio vasco estaría por España. Su influjo fue decisivo: de poco hubieran aprovechado las voces de los muñidores políticos, si el párroco, o confesor, o consiliario, o amigo de sotana, no las aprobara y robusteciera. Fácilmente, en tal supuesto, habían de mirarlos como fautores de la guerra, como traidores a la Patria española. Bastaba, pues, que una acusación señalase en la persona de un clérigo la culpa y se le probase, con más o menos escrupulosidad legalista, para que la pena dura, como en campaña viva, cayese sobre los denunciados. Ni se les ocurrió, seguramente, que el fuero eclesiástico exige trámites propios largos de andar.
Aguirre, en su discurso del 22 de diciembre de 1936, asentó el principio que, muy atenuado, aplicaron los militares: "El carácter religioso no podrá eximir de las responsabilidades derivadas de actuaciones políticas contrarias a la ley."
[...]

Es verdad que no siempre se atuvieron a los trámites ordinarios; pero a todos se abrió expediente: la denuncia firmada, el informe a base de ella, los descargos del supuesto reo, etc. Ante el Tribunal o ante el juez. Probablemente, por querer más seguridad, debida al carácter del acusado, los sacerdotes estaban en la cárcel más tiempo que los seglares, en quienes la sentencia se cumplía rápidamente.
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Pero, en fin de cuentas, ¿hubo motivos suficientes para condenar a última pena a los dieciséis sacerdotes fusilados? Pregunta difícil de contestar a satisfacción de todos, sin tener delante los expedientes.
Han corrido voces sobre clérigos vascos sorprendidos en actos que las leyes de campaña sancionan con el máximo rigor y la máxima rapidez: nos impide recogerlos la falta de pruebas, aunque, a veces, lo que hay pasa de indicios. Por ejemplo, el Arzobispo de Santiago escribe, en carta a D. Alejo Aleta, haber oído a un teniente, herido en Asturias, que entre los prisioneros hechos en aquel frente se contaban algunos sacerdotes vascos, a quienes se aprehendió mientras hacían fuego en compañía de los milicianos de Bilbao.
[...]
El Tebid-Arrumi cuenta su conversación con otro, que se entregó prisionero cuando se le acabaron las municiones de la ametralladora que manejaba (1). A otro se le acusó—y por ello lo fusilaron—de que por los montes de Salinas de Léniz se pasaba al campo rojo-separatista, con los informes sobre las fuerzas y posiciones de los nacionales. Peor fue lo de Rentería: los requetés avisaron al cura y coadjutor (Sres. Lecuona y Albizu) que a las diez del día siguiente irían a Misa. Los rojos les prepararon una emboscada, y como no lo habían dicho los requetés sino a los sacerdotes, a ellos les echaron la culpa y se la castigaron. A otro (o a un seminarista, no lo recuerda quien lo oyó al general Vigón) lo sorprendieron en una torre acaudillando a un grupo de mozos que desde ella disparaban: fue en el Valle de Tolosa.
Del célebre (por sus andanzas propagandistas en el extranjero) D. Ramón Laborda asegura el secretario del Juzgado especial de San Sebastián, D. Agustín Prado, haberlo visto en aquella ciudad, al estallar el Movimiento, recorrer las calles, pistola en mano, acompañando a las milicias nacionalistas. Y suya fue la frase, en San Juan de Luz, al oír a unas señoras que Franco y Mola iban a salvar a España: "¡Lástima que Cristo escogiera, para salvar al mundo, a los doce apóstoles, teniendo a los generales.....!"
El Padre Miguel García Alonso, Superior de los Redentoristas de Barcelona, asegura, in verbo sacerdotis, al Sr. Cardenal lo siguiente:
"El lunes 22 de febrero del año corriente (1937), viniendo yo de Burgos a Pamplona, coincidí, en el mismo departamento del tren, con muchachos del Requeté, que volvían del frente de Madrid con días de licencia. Mientras yo rezaba en mi Breviario, ellos departían amistosamente, contándose sus azares de guerra. Uno de ellos, con voz natural y acento de sinceridad, decía a sus compañeros: "Chicos: yo, el peor rato que he pasado lo pasé aquí, en el frente de Vizcaya, el día que me tocó fusilar a un sacerdote» Y eso que se lo tenía bien merecido; porque estábamos en el puesto más avanzado, y varias noches nos cortaron el teléfono de comunicación con el pueblo. Montamos guardia y pescamos cortando el hilo a un hombre joven, que resultó ser el cura. Lo llevamos a los jefes, y ni siquiera intentó defenderse: dijo que lo había hecho porque tenia que defender a los suyos. Lo condenaron, y me tocó fusilarlo: él estuvo sereno; pero nosotros, muy mal rato." Al oír esto, yo intenté llamar aparte al muchacho para precisar y autentificar el hecho; pero, en esto, llegamos a Alsasua, y, en el cambio de tren, lo perdí de vista. Por lo que pude deducir, el chico era de Añorve." (Carta de Pamplona, 9 de abril de 1937.)
[... ]
Del arcipreste de Mondragón, arriba se copió algo. Contra D. José Aristimuño se acumularon sus campañas antiespañolas en Euzkadi y El Día, del que era inspirador, y en multitud de mítines y conferencias nacionalistas, donde actuaba contra la prohibición del Sr. Obispo; haber instigado a los dirigentes vascos a recoger y repartir un depósito de armas que había en la parroquia del Buen Pastor, a la que estaba él adscrito.
El párroco y coadjutor de Rentería tuvieron por causa lo dicho antes sobre la denuncia de los requetés. Además, la comunicación oficial del comandante de ese pueblo al Gobernador militar de Guipúzcoa dice: "Tengo el honor de poner en conocimiento de V. E. que, por denuncias recibidas en esta Comandancia, se ha detenido en esta villa a los sacerdotes de la misma D. Gervasio Albizu Vidaur y D. Martín Lecuona, acusados de ser nacionalistas exaltados: el primero, fundador del Partido en ésta, y que siempre ha manifestado públicamente su desprecio a todo lo español, no ocultando sus simpatías por el Frente Popular, resaltando el hecho de que en octubre del 34, cuando el movimiento catalán, se vanagloriaba de este levantamiento y manifestaba sus deseos de que lo imitasen los vascos. Ha sido el brazo derecho y consejero de un tal Loidi, último teniente-alcaide y presidente de la Comisión de Abastos y Finanzas del Frente Popular de Rentería.
"El segundo, además de su exaltado nacionalismo, hacía pública propaganda en la escuela de una Sociedad que, con el matiz de social-católica, era vergonzante nacionalista, hasta el extremo que, alguna vez, los padres de familia han protestado, porque, entre otras cosas, imponía multas por hablar español. En cierta ocasión, sugirió al párroco ayudar económicamente al Frente Popular. También era íntimo amigo del tal Loidi."
D. Jorge Iturricastillo, de la parroquia de Marín: El comandante de Salinas de Léniz comunica al de Mondragón, para que 10 pase al juez especial de San Sebastián, que dicho sacerdote era dirigente del Partido, y tenía a su cargo el servicio de espionaje, antes de que los nacionales se apoderasen del pueblo. Aconsejaba a los mozos se alistaran en las filas de los rojos.
D. Celestino Onaindía y D. Ignacio Peñagalicano: El primero, según el comandante de Elgóibar, era propagandista acérrimo, reclutador de gudaris, organizador de entidades separatistas, incluso entre mujeres, que han ayudado moral y materialmente al Frente Popular; interponía informes falsos en favor de personas presas por su actuación en el Movimiento. El segundo, colaborador de Onaindía y su encubridor: lo tenía escondido en su casa.
El Padre José Otaño, del Corazón de María: Se le acusó de sostener que la justicia estaba por los rojos, y que de buena gana se iría con ellos.
Repetimos que no copiamos de las actuaciones judiciales; no cabe, pues, deducir que la sentencia se fundó únicamente en los cargos aquí recogidos. Éstos se adujeron; con otros, muy posiblemente.
Sea de ello lo que fuere, Euzkadi falta a la verdad, cuando escribe (5 de agosto de 1938): "¿De qué se acusa a los sacerdotes vascos detenidos? De nada. Sencillamente, son perseguidos porque profesaban de corazón la ley de Dios." Sí, la profesaban generalmente, y esto prueban los testimonios que por su virtud se traen, los que han corrido en extrañas tierras gracias a la autoridad de su origen. Pero la causa de la persecución es muy otra: la buena fe casaba en ellos la ley de Dios y la pureza de su ministerio con la malquerencia a España.
El Religioso poco ha citado, continúa refiriéndose ya a los sacerdotes: "A todos se les formó proceso. En lo que ciertamente había deficiencias es en el modo de la ejecución. La justicia se hacía, en aquellos días, segura, pero prontamente, y no había, al principio, ni abundancia de vehículos para conducirlos al lugar de la ejecución (por eso, algunos fueron mezclados, en el coche, con los demás reos), ni sobra de fusileros ni de enterradores; por eso cayeron y fueron enterrados mezclados con los rojos y nacionalistas, permitiendo así Dios que sus cuerpos cayeran en la misma fosa con los que iban o aconsejaban estar unidos en la guerra. Pero soy testigo de la pena con que actuaron siempre los mismos ejecutores, y lo vieron los sacerdotes también; que por eso, viendo tan conmovido al que mandaba el pelotón de los fusileros, uno de los sacerdotes le dio un abrazo. Y, cuando pudieron, los llevaron en coche aparte. Y, finalmente, los mismos ejecutores retrasaban, si podían, de un día para otro, la ejecución, y destacaban sus jefes hacia las alturas, para poner un remedio, que, se lo aseguro, ha sido definitivo. Termino este punto con una sola idea, fruto de las informaciones serias que he recibido: todos los sacerdotes fusilados incurrieron en un delito que la ley española —como la de todos los países— castiga con la muerte: traidores o desertores de España, incurrieron en el delito de lesa patria."
Que siempre las sentencias no estuviesen tan justificadas, que en la sustancia y en el modo hubiese precipitación, en algunos, sinceramente lo creemos. Y debieron creerlo también arriba, puesto que a rajatabla se dio orden de cortar las ejecuciones sacerdotales.
Han acusado, con ligereza o mala fe, a la Jerarquía eclesiástica española de haber callado ante lo que califican de crimen sacrílego. Aguirre, entre otros, en su célebre mensaje radiado. Ossorio y Gallardo fue más lejos: estampó en La Vanguardia, de Barcelona, que se habían aplaudido esas muertes. Falso de toda falsedad: el Emmo. Sr. Cardenal de Toledo, no bien se enteró de las circunstancias en que se ejecutaban los fusilamientos, tomó el coche, se presentó al Generalísimo, y le oyó la promesa formal de que no se repetirían. El prolijo Cardenal escribe al Vaticano: "He de consignar con Satisfacción que las autoridades militares superiores, particularmente el Generalísimo Franco, Jefe del Estado, quedaron desagradablemente sorprendidos por la noticia del hecho, que desconocían y reprobaron, diciéndome textualmente el Jefe del Estado: "Tenga Su Eminencia la seguridad, de que esto queda cortado terminantemente."
Sobre el fusilamiento de sacerdotes se ha tejido una leyenda, no sólo en lo sustancial de negar en todos toda culpabilidad, sino en las circunstancias de su prisión y muerte. Imposible detenernos en analizarlas: una sola, la del Sr. Aristimuüo (Aitzol), servirá de muestra.
Aparte de su personalidad pública, completamente innocua: "infatigable luchador por la idea de Dios y por la causa de la Patria, que las asociaba en una", nos lo pintan brutalmente apaleado en la cárcel, de manera que, al salir para la ejecución iba tambaleándose, con la cara hinchada de los golpes. Y lo aureolan más, para que la figura del mártir de la Patria perdure circundada de luces heroicas:
"Algunos periódicos extranjeros publican detalles acerca del fusilamiento del sacerdote vasco Dr. José de Aristimuño, facilitados por uno de los requetés que formaron el pelotón ejecutor, refugiado ahora en Francia.
"Según estas informaciones, el malogrado presbítero tolosano, destacada personalidad en las actividades de la cultura, rechazó con gran energía la retractación de sus "errores", a cambio de la cual ofrecíanle los facciosos la gracia de la vida. Estos "errores" consistían, sencillamente, en su adhesión al nacionalismo vasco. Lo único que pidió el Sr. Aristirnuño a los facciosos fue que se le permitiese dirigir la palabra a sus ejecutores. Y tales debieron ser los términos de exaltación patriótica y de fervor religioso que puso en sus frases, que los que formaban el piquete, hondamente conmovidos, rehusaron, por dos veces, obedecer a la voz de mando que ordenaba hacer fuego, y sólo ante la conminación y la amenaza del comandante hubieron de disparar. Y, aun así, la mayoría de ellos lo -hizo sin apuntar. Dos balas, no obstante, le hirieron mortalmente, y así se consumó el sacrificio de una de las figuras más ilustres de "Euzkadi".....
"De nada sirvió que se hubiese demostrado su abstención en cuanto afecta al movimiento rebelde y a sus consecuencias".
Pues todo ello es novela. Lo asistió, en sus últimas horas, el Padre Juan Urriza, S. J., y nos escribe: "Que lo golpearon se dijo al principio, y fue voz que llegó a nosotros.... Por eso tuve empeño en preguntárselo yo mismo al Sr. Aristimuño... Como sacerdote, se portó muy bien. Pero estaba persuadido de que moriría, y trataba las cosas con seriedad, con la gravedad que el momento requería. Le pregunté, expresamente: —¿Le han pegado a usted en el interrogatorio? —No, me contestó rotundamente; pero me han tratado muy mal. No había en él ninguna señal de golpes. El mal trato debió ser moral. Esta es la verdad, aunque no la creerán. Hablamos al jefe de Prisión, para que le pusieran una colchoneta (no había bastantes), y se le puso una cama. Yo, la última vez que le visité, le invité a que se sentara en ella; no quiso. Recé, junto con él, la oración de la aceptación de la muerte. Nunca habló de política. Rezaba en castellano. Lo de que murió gritando: "¡Gora Euzkadi!", es absolutamente falso. A la hora de morir, fue cristiano digno; fue más: fue sacerdote. Nada más. Tampoco es cierto que no pudiera tenerse de pie: de pie recibía, en su celda, grave, serio, pensativo. No revelaba ningún dolor físico. —Lo que en estos momentos le duele a uno, es haber ofendido al Señor. Así me dijo."
[... ]
Oigan, a este último propósito, las siguientes palabras del Excelentísimo Sr. Múgica, al Sr. Cardenal de Toledo: "Reconozco, gustosísimo y lleno de gratitud, el gran favor que, lo mismo a Su Excia. Rdma. como al Excmo. Sr. General Franco, debe la Diócesis de Vitoria —yo también hice diligencias, a ese efecto, donde me pareció necesario-.de que se haya cortado ese estado de angustia y zozobra en que, por dichas muertes, había quedado la Diócesis; favor que yo procuro todos los días, en mi pobreza, pagar con oraciones que, bien sabe el Señor, van dirigidas para gloria de la Santa Iglesia española y triunfo de los ejércitos que tan valientemente luchan por traer a España la seguridad de la Religión y todas las grandes virtudes que hagan de nuestra amada Patria una nación digna de su gloriosa historia." (Roma, 10 de febrero de 1937.)
Alude Su Exc.a Rdma. a la intercesión del Sr. Cardenal, admitida sin demora por el Generalísimo, que puso fin a las sentencias capitales de sacerdotes. Los jueces siguieron actuando; sus veredictos se ajustaron al Código en tiempo de campaña; algunos, pocos, reos Se condenaron a muerte: tres en Vizcaya; pero ninguno sufrió la pena.
Otra intercesión nos declaran las dos cartas siguientes:
"Emmo. Sr. Doctor D. Isidro Gomá,
"Eminentísimo señor: Los abajo firmantes, el presbítero D. Francisco Errazti y el Padre León de Aranguren Astola, Carmelita, a V. E., con todo respeto y gratitud por sus desvelos en su favor, exponen: Que, vista la gravedad de la situación y los daños que de su ejecución habían de sucederse, hacen el ofrecimiento, que esperan será transmitido por V. E. al Generalísimo (q. D. g.), de morir voluntariamente y a perpetuidad a los asuntos políticos de España, pidiendo que su vida sea rescatada, única y exclusivamente, para servicio de la Iglesia en territorio de Misiones, donde no haya ninguna colectividad vasca, en la India Inglesa, Misiones Carmelitas de la misma o donde quiera señalarnos, para mayor seguridad. Juramos, in verbo sacerdotis, no dar cuenta a nadie de los asuntos que aquí hayan podido sucederse, ni admitir periodistas, ni dar referencia alguna de cosa que pueda perjudicar al Movimiento Nacional. Si alguna otra cosa quieren pedir, estamos dispuestos a aceptarla de grado. Dios guarde a V. E. muchos años.
"Carmelo de Begoña, 13 de septiembre de 1937.—Francisco de Errazti, León Aranguren."
El 5 de octubre vuelven a escribir al Sr. Cardenal, dándole las gracias por el favor alcanzado.

El segundo período de los procesos contra sacerdotes arranca desde la orden que recortó la jurisdicción extraordinaria de comandantes locales: coincide con la total conquista de Guipúzcoa. Sin la urgencia de los comienzos, que explican actitudes extremas, montóse el organismo ordinario de la justicia, principalmente en lo que a clérigos atañía. En Vizcaya, aun durante la conquista, no hubo otra autoridad que la de los Tribunales ajustados a la Ley.
Supuesta la fama de separatista o nacionalista, en el sentido político, que, antes y después del 18 de julio, señalaba a buena parte del Clero vasco, es lógico que las autoridades militares, encargadas de la depuración, pusieran sobre ellos sus ojos y su vigilancia.
Por otro lado, el carácter de los presuntos delincuentes exigía el máximo respeto y la máxima cautela: aún los culpados no habían de medirse por el rasero común, y las pruebas contra ellos habíanse de sopesar, afinándolas en el crisol de la justicia, removiendo las escorias que posiblemente mezclara la pasión; porque si con todos los reos ello es obligado, más con los sacerdotes, cuyo nombre ha de mantenerse sin tacha, para bien de su ministerio. Y así se hizo. Es absolutamente falso, o tendenciosamente exagerado, el rumor echado a volar por los separatistas contra los Tribunales de guerra.
Posible es un ex abrupto, una desconsideración; pero no las escenas que nos pinta y en que intervino D. Ignacio Azpiazu. Los jueces y militares españoles no son camaradas de la F. A. I.: son caballeros y católicos; y si el amor patrio, subido de punto en la contienda, puede dejar posos de aversión contra los que juzgan traidores, su religiosidad, su sentido práctico del aire que se respira en España, los modera. Con el sacerdote extreman la cortesía y el respeto. Al Delegado Apostólico Mons, Antoniutti, le oímos contar de un Tribunal en que los jueces se pusieron a rogar al sacerdote acusado no les obligara a condenarlo; que diera una señal cualquiera de amor a España, un ¡viva!, algo en que estribara la misericordia. Y el sacerdote se negó. Prefirió ser ¡mártir de su pueblo!"

[Del capítulo X, “Los Tribunales militares y el Clero separatista”, en “El Clero y los católicos vasco-separatistas. 1940]




Publicado por el brigante