Ahora que farisaicamente algunos derechistas se echan las manos a la cabeza con ocasión de los desmanes del gobierno de ocupación mahometano-socialista de ZP no está de más recordar que hace tres años, en pleno gobierno gringo-sionista de Aznar, comenzó la campaña institucionalizada contra el 18 de julio. Viene bien recordar un comunicado de aquellas fechas. Y actualizar y renovar las razones que justificar un legítimo levantamiento.
67 AÑOS DESPUÉS: FIDELIDAD AL 18 DE JULIO
Se está llevando a cabo una campaña institucionalizada
de desprestigio, calumnias e injurias contra el
Alzamiento religioso y patriótico del pueblo y el
ejército español contra la amenaza del estalinismo
soviético que dio comienzo el 18 de julio de 1936.
Desde que el PP aumento sus cotas de poder las ofensas
y las mentiras se han multiplicado. No se atrevió la
vesania socialista a una condena unánime en las Cortes
españolas como la que tuvo lugar el pasado día 20 de
noviembre de 2002. Paralelamente en multitud de
municipios se han retirado los símbolos que recuerdan
aquella magna fecha, con unas actitudes que poco
tienen que envidiar a las de los talibán.
Al mismo tiempo el parlamento navarro lanzó una
condena contra los supuestamente 3000 fusilamientos
durante la guerra. El Arzobispo Sebastián no fue capaz
de llevar hasta sus últimas consecuencias la oposición
a un párrafo claramente irreverente contra la Iglesia
Católica. Ni UPN supo tampoco realizar una eficaz
oposición a ese texto votando en contra en lugar de
abstenerse. ¿Cabe mayor ignominia? Y es que el texto
navarro apunta cuál es el último de los objetivos de
esta supuesta recuperación de la memoria histórica,
orquestada desde la fundación Pablo Iglesias
(controlada por el infame guerrismo), alabada por toda
la constelación de grupúsculos de la constelación
izquierdosa, y financiada por las arcas del Partido
Popular: que la Iglesia Católica se retracte de su
apoyo moral y físico al Alzamiento. Pedimos a nuestros
obispos no caigan en la trampa, y que en honor a la
verdad, al Magisterio de la Iglesia sobre la guerra
justa y en homenaje y recuerdo a las miles de víctimas
del comunismo expresen su adhesión al espíritu de la
lucha de los combatientes del 18 de julio.
La conmemoración y la reafirmación de las dos premisas
fundamentales del 18 de julio (fue una Cruzada y el
Requeté salvó a España) no son una actitud nostálgica,
sino una reivindicación política de primer orden. Los
partidos políticos quieren que la Iglesia pida perdón
por la Cruzada para que la orfandad política de los
católicos aumente, para que cualquier reacción ante la
inmoralidad reinante sea deslegitimada y para que la
estrategia postconciliar suicida de reducir la
religión al ámbito de lo privado y de las sacristías
(sacristías e iglesias que en 1936 no recibieron el
respeto de los criminales de la izquierda) llegue a
sus últimas consecuencias con el total desarme
doctrinal e ideológico de los católicos en la
política.
El Carlismo, traicionado tras la Victoria, sin ninguna
clase de hipotecas ni componendas se reafirma
coherente con su trayectoria histórica de 1936 y
proclama un año más su orgullo por el sacrificio para
la derrota del marxismo. Aquel 18 de julio se produjo
una legítima sublevación contra un poder tiránico,
sectario y antiespañol. Es una asignatura pendiente el
saber distinguir entre lo legal y lo moral. Y es moral
y acorde con nuestra santa Fe católica el tiranicidio
y el alzamiento contra los poderes ilegítimos. La
República, nacida paradójicamente de unas elecciones
municipales en las que los republicanos no obtuvieron
ni siquiera la mayoría, fue consecuencia de la
cobardía de una dinastía usurpadora que se desentendió
del futuro de España. Las mismas izquierdas que tanto
decían defender la legalidad republicana no tuvieron
reparo en alzarse sangrientamente contra ella en 1934
ante el resultado adverso de las urnas. Pero hoy día,
por culpa de las derechas burguesas, la izquierda ha
elevado a dogma democrático que los levantamientos
armados de las izquierdas son revoluciones populares y
si esos levantamientos son de signo patriótico y
religioso son golpes de Estado. Para el Carlismo el 18
de julio fue ni más ni menos que la culminación
gloriosa de muchos años de preparación para un
enfrentamiento que se entendía inevitable. Durante la
República el Carlismo fue duramente perseguido. Se
cerraban periódicos y círculos y se secuestraban
libros. Destacados dirigentes de la Comunión sufrieron
cárcel. Pero en ningún momento esas medidas
disuadieron a las bravas Juventudes de aquel entonces,
de las que don Manuel Fal Conde decía que se tendía un
puente entre ellas y los voluntarios de la ultima
guerra. Y así era, pues el mismo espíritu guerrero que
interrumpía los mítines carlistas al grito de “¡Vengan
fusiles!” era el que había animado a nuestro pueblo a
luchar y a morir por nuestros legítimos reyes a lo
largo de tres levantamientos en el siglo XIX, a luchar
contra el invasor revolucionario francés, a oponerse a
la reimplantación de la constitución de 1812 con los
cuerpos de Voluntarios Realistas o a coger las armas
para defender los Estados Pontificios.
En este 18 de julio las Juventudes Tradicionalistas
quieren hacer una reflexión serena sobre las causas
que condujeron al enfrentamiento armado. La República
había entrado en una etapa de inestabilidad que se
adivinaba desde sus inicios. Los más fervientes
republicanos rechazaron el estallido revolucionario
subsiguiente a las elecciones de febrero de 1936. La
Iglesia, que en ningún momento conspiró contra el
poder político, veía como una tenaz persecución se
ceñía contra ella. Los más nobles sentimientos
religiosos y patrióticos del pueblo español eran
sistemáticamente pisoteados. Después de muy arduas
negociaciones, Don Javier de Borbón, en nombre de
S.M.C. Don Alfonso Carlos I, dio orden al Requeté de
unirse a la sublevación. En el camino hubo que exigir
mucho. Que se restituyera la bandera roja y gualda,
pues no pocos alzados no querían mas que una vuelta al
orden dentro de la República. Que se volviese a
nuestra tradicional Unidad Católica, enfrentándose
incluso a una intervención pública del mismo Francisco
Franco que el 1 de octubre de 1936 señaló que el
Estado futuro sería aconfesional. Y una vez ganada la
guerra dio comienzo una etapa amarga y llena de
sinsabores para el Carlismo. En muy poco se benefició
el Carlismo de su participación, lo que
inevitablemente le llevó a ocupar un puesto de
oposición doméstica al régimen de Franco (oposición
que nada tenia que ver con la de los advenedizos
demócratas de los 60). Asimismo, el concurso del
Carlismo durante la guerra no estuvo guiado ni por el
rencor ni por la venganza. Así se ha recordado en días
atrás ante el ofensivo texto firmado por el Parlamento
Navarro. La Junta Carlista de Guerra desde los
primeros días de la Cruzada se opuso con documentos
públicos y actitudes decididas a cualquier actitud de
represalia. Don Joaquín Baleztena lo puso de
manifiesto en cartas dirigidas a todos los carlistas.
Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica tampoco amparó
ningún tipo de acto de represalia. Y contribuyó
decididamente a una reconciliación que se dio mucho
antes de 1975. ¿Podríamos decir lo mismo en el caso de
que los rojos hubiesen triunfado? A la vista de las
criminales repúblicas soviéticas que se implantaron
tras la II Guerra Mundial podemos afirmar que no sin
temor a equivocarnos. Ahora toca no olvidar la
legitimidad de ese Alzamiento, certificado por la
elevación a los altares de tantos mártires de una de
las persecuciones religiosas más crueles de la
historia.
(...)
Juventudes Tradicionalistas
Julio 2003
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