VESTIDO PROPIO, TRAJE TRADICIONAL Y VERDAD DEL SER
En un artículo muy viejo, el polifacético brasileño Doctor Plinio Correa de Oliveira -"El traje, espejo de una época"- reflexionaba sobre la pérdida de la dignidad en el vestir, como seña externa de una pérdida más profunda. Bajo esta fotografía de época -dos niños de Ansó (Jaca)- queremos traer las palabras del Doctor Plinio, para pensar con él no sólo en la pérdida, sino en la forma de restaurar lo que ha sido dañado por las modas ridículas, cuando no abiertamente inmorales, en el vestir.
El traje tradicional, de cada región, era distintivo y expresión de la diferencia en la unidad. Hoy, cuando se exalta la diferencia, vivimos paradójicamente en el "uniforme": más o menos desenfadado, más o menos informal, el hombre y la mujer modernos se visten como payasos o ha incorporado un traje global contra el que hay que elevar una enérgica protesta: teniendo el coraje de volvernos a vestir como antes.
Miremos a estos dos niños ansotanos, engalanados con sus trajes típicos. No están disfrazados, visten por que son. El hombre moderno no entraría en un traje tradicional... Su cara desalmada nos lo desarmaría, dejando patente que el hombre moderno no es, sino que se disfraza. No es de extrañar que el arquetipo de nuestros contemporáneos sea el "travestido", figura esperpéntica indicio de la degeneración contra-natura de nuestra época.
EL TRAJE, ESPEJO DE UNA ÉPOCA
Desde el punto de vista meramente material, es decir, como servicio que presta al cuerpo, el traje es un mero abrigo. Se le puede reconocer, como mucho, la función de proteger un cierto pudor que brota de las profundidades del instinto.
Pero quien reconoce que el hombre no es únicamente materia, sabe también que el traje no es sólo un abrigo, sino que, según el orden natural las cosas, debe prestar un servicio al espíritu.
¿Qué servicio? Por una propiedad que no es simplemente convencional o imaginativa, sino que tiene sus raíces en la médula de la realidad, ciertas formas, ciertos colores, las cualidades de ciertos tejidos, producen en el hombre determinadas impresiones, que son más o menos las mismas para todos. Impresiones y, por tanto, estados de espíritu, actitudes mentales, en ciertos casos toda una inclinación de la personalidad. Precisamente éste es uno de los fundamentos del arte. Así, puede el hombre, por medio de un traje, expresar hasta cierto punto su personalidad moral, lo que fácilmente se puede apreciar en el vestuario femenino, tan propio a reflejar la psicología de la mujer.
El traje profesional tiende a expresar, más que la forma de ser de un individuo, la psicología propia de la profesión: será sobrio como una sotana de sacerdote, grave como la toga de un juez, imponente como un manto real, etc.
Cuando una época se preocupa en elevar al hombre, y tiene sed de dignidad, de grandeza, de seriedad, dispone el vestuario —personal o profesional— de manera a acentuar en cada persona la impresión de esos valores. Será o tenderá a ser noble, digno, varonil, el traje de todo hombre, desde el soberano hasta el último plebeyo. Es lo que se puede apreciar en los trajes de antaño
[El Doctor Plinio nos recomienda que pensemos en la vestimenta, tan a las veces ridícula, de nuestros contemporáneos. Y termina diciéndose...]
La respuesta es obvia.
"Dime cómo te vistes y te diré quien eres". Esta máxima, tantas veces falsa si la fuésemos a aplicar a cada persona individualmente considerada, resulta del todo verdadera para las diversas épocas de la Historia.
Dos tipos de vestuario, dos mentalidades, dos estilos de vida.
¡Qué diferencia! ¡Y quién se atreverá a decir que fue un buen cambio!
Maestro Gelimer
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