Biografía del General Yagüe
BIOGRAFÍA DEL GENERAL YAGÜE
por I. García Escalera (1953)
1-NACIMIENTO, FAMILIA E INFANCIA
El 9 de noviembre de 1891 vino al mundo, en el pueblecito soriano de San Leonardo, casi en la
raya de Burgos, un niño llamado Juan Yagüe Blanco. Por pura vocación brotada en el alma,
quiso ser militar, sin que en su decisión influyeran ejemplos militares ni ambiciones de gloria,
ya que por aquel tiempo, reciente todavía la amargura del 98, no parece que la milicia brinde
un gran porvenir a la juventud española.
En 1907, Yagüe se traslada de Burgos a Toledo para presentarse a los exámenes de ingreso en
la Academia de Infantería, aprobando todos sus ejercicios. En la impaciente espera de la
calificación definitiva, conoce a otro joven aspirante que se llama Francisco Franco
Bahamonde. Al fin, puede dar a su madre la noticia de que es caballero cadete de Infantería.
2-LA ESTRELLA DE ALFÉREZ
En el patio renacentista del Alcázar, la promoción entera en posición de firmes, aguarda el
instante de tomar en sus manos los Reales Despachos que les confieren el título honrosísimo
que abre las puertas del heroísmo y la inmortalidad. (Entre sus compañeros de promoción
figuran Francisco Franco, Camilo Alonso Vega, Emilio Esteban Infantes, Ricardo Villalba y otros
muchos que serán gloria del Ejército español. Hablan elocuentes el cardenal Aguirre y el
coronel Villalba, director de la Academia).
3-DESTINADO A MARRUECOS
El destino quiere que Juan Yagüe tenga el primer mando de su vida militar en Burgos; en el
regimiento de Infantería número 30 que lleva el nombre de la Lealtad, de guarnición en la vieja
ciudad cabeza de Castilla. En julio de 1912 es ascendido a teniente. En marzo de 1914, el Diario
oficial del Ministerio de la Guerra publica la orden por la que pasa a prestar sus servicios en el
regimiento de Infantería de Saboya, número 6, en Tetuán.
Sus compañeros de promoción le reciben efusivos en África. Aquellos oficiales de Marruecos,
curtidos por el sol africano le producen admiración y pasmo. El teniente solicita en seguida el
paso a uno de los tabores de Regulares. Muy pronto recibirá el bautismo de fuego.
En los casinillos se comenta el revuelo producido por una carta del general Burguete atacando
a Maura por su manera de conducir la campaña de 1909 y la respuesta que en una conferencia
pronunciada en el Círculo Maurista ha dado al general el señor Maura y Gamazo (don Gabriel).
Se comenta el mitin de los socialistas en el salón Lux Edén de Madrid, en el que Besteiro y
Pablo Iglesias censuraron violentamente al Gobierno Dato por la cuestión de los soldados “de
cuota”, se manifestaron contra la guerra de Marruecos y profirieron una vez más sus
amenazas. Se comenta que es muy posible que si los moros vuelven a atacar, se utilice la
escuadrilla de aeroplanos que por aquellos días ha volado sobre el campo marroquí.
4-OFICIAL DE REGULARES
Un día de agosto de 1914 el Diario Oficial le concede el anhelado pase a las fuerzas de choque
de la Zona Oriental: el Grupo de Regulares número 2, de melilla, al que se incorpora
rápidamente y en el cual continúa prestando servicios de campaña: guarniciones en los
blocaos instalados en los áridos campos rifeños; cercos, ataques nocturnos, sed y desaliento;
llamadas desesperadas por el heliógrafo; convoyes que se abren camino entre balazos; frío,
calor, aburrimiento, desesperanza. De todo conocen aquellos hombres de Marruecos. Pero
todo ello contribuye a hacer fuertes sus espíritus y tal vez a minar sus recios organismos. (Tal
vez, la lejana causa de las lloradas muertes prematuras de Varela, García Escámez y Yagüe se
incubara en las noches del blocao apartado del mundo, en las marchas y contramarchas
fatigosas sobre los secos matojos del Rif o de Yebala).
Audaz y valentísimo, ejemplo y estímulo de subordinados y a dmiración de jefes, adquiere
pronto Yagüe el mismo convencimiento de sus compañeros de que “las balas traen tarjeta”,
por lo cual no hay que temerlas. Al frente de sus regulares, ni una sola vez se arroja al suelo ni
busca refugio tras un saco terrero o un parapeto, complaciéndose en desafiar a la muerte
cuando los “máuser” y los “lebel” de los rifeños afinan su prodigiosa puntería para lograr
acertar su corpachón, erguido siempre en medio del diluvio de proyectiles. Hay una absoluta
seguridad en el joven teniente de que es inmune al plomo, como si supiera que el Destino le
tiene elegido para llenar de gloria muchos días de la historia de su Patria, combatiendo y
venciendo a otro enemigo más feroz, más numeroso y mejor pertrechado que aquellos
cabileños a quienes venden sus armas, proporcionadas por el partido colonial francés,
contrabandistas nacidos en España.
Su actuación despierta admiraciones que acaban por cuajar en una propuesta de ascenso para
capitán por los méritos de guerra contraídos durante el periodo comprendido entre mayo de
1915 y junio de 1916.
5-CAPITÁN POR MÉRITOS DE GUERRA
El 30 de diciembre de 1916 el ministro de la Guerra firma la orden que pone la tercera estrella
de seis puntas en las mangas de la guerrera del brillantísimo oficial, que ya, a sus veinticinco
años, es uno de los más expertos y veteranos del ejército español. Como en Marruecos sigue la
lucha, el capitán Yagüe no piensa en volver a la vida plácida de una guarnición y se queda en
África.
Ahora ha cambiado de Grupo, pasando a Regulares de Tetuán. En 1917, 1918, 1919 y 1920, la
zona oriental está más tranquila, y es en la occidental-Tetuán, Larache, Arcila- donde se bate
más el cobre contra las huestes moras, fanatizadas por el prestigio del astuto cabecilla El
Raisuni.
En cuantas operaciones se llevan a cabo para cercarle, perseguirle y someterle, interviene con
su valor acostumbrado el capitán Yagüe. Valor que le trae por tres veces la satisfacción de
derramar su sangre por España, llenándole la piel de cicatrices y el ancho pecho de cruces rojas
del Mérito Militar de todas las clases y con todos los distintivos; la medalla militar de
Marruecos con los pasadores de Tetuán y Larache; la de Sufrimientos por la Patria, y otras
muchas más condecoraciones y distintivos que constituyen un verdadero testimonio en
esmalte y seda de los merecimientos de los grandes soldados.
Las heridas que Yagüe sufre en este tiempo son de carácter leve o menos grave, y ninguna de
ellas, por cierto, en hechos de armas brillantes, sino en oscuros episodios que realzan el
abnegado sacrificio diario de aquellos militares de África. Así, su bautismo de sangre tuvo lugar
el 25 de enero de 1919, en una operación de tan escasa importancia que ni siquiera se
menciona en los comunicados oficiales del Alto Mando. La segunda herida-leve-se la causa una
bala enemiga el 25 de junio de 1920, en la ocupación de la posición de Kudia-Tahar, que años
más tarde se haría famosa en la crónica heroica de nuestro ejército de África por la gloriosa
resistencia de sus defensores.
La última vez que el plomo enemigo penetra en la carne de Yagüe es el 28 de diciembre de
1920 al atacar el enemigo un convoy en la línea de Xauen. En el duro combate cae por tercera
vez, cuando ya está propuesto desde hace meses para un nuevo ascenso por méritos de guerra
a comandante.
6-LA ESTRELLA DE OCHO PUNTAS
Por fin, el día 11 de junio de 1921, el Diario Oficial número 130 del Ministerio de la Guerra
publica el Real Decreto con que termina la vida de oficial de Yagüe al promoverle al empleo de
comandante con la antigüedad de 3 de febrero de 1919. Es decir, ha llegado a la categoría de
jefe a los 27 años de edad. Pero, como en tantos otros de sus camaradas de África, cada uno
de sus años de campaña es una suma de experiencias que hacen precozmente madura la
juventud de aquellos hombres.
Tres heridas, dos ascensos, docenas de cicatrices y condecoraciones, y un prestigio solidísimo
de oficial extraordinario, hubieran sido razones suficientes para justificar la vuelta a la
Península. Pero precisamente en junio de 1921 no es el momento de abandonar Marruecos.
Durante meses, en África-y sobre todo en España, en los corrillos políticos y en las redacciones
de los periódicos-se ha venido hablando de futuras grandes operaciones que han de culminar
en la bahía de Alhucemas, cuya ocupación llevaría implícito el dominio militar de la Zona de
Protectorado asignada a España por los Tratados internacionales vigentes, que permitiría el
desarme de las cabilas y la inauguración de una época de pacificación de todo el territorio.
Pero los buenos conocedores del problema no pueden forjarse sobre ello demasiadas
ilusiones.
En la zona todavía insumisa de la región oriental-el Rif-las cabilas de Tensaman y Beni Urriaguel
tienen como jefe indiscutible a un hombre hábil y astuto llamado Mohamed Abd-el
Krim, poco guerrero, y que ha convivido con los cristianos. Ambicioso y alentado por
elementos políticos extranjeros, que le suministran hombres, armas y dinero, aspira a erigirse
en caudillo del Rif arrojando a los españoles.
El avance que planean el alto comisario y el comandante general de Melilla-Fernández
Silvestre-es una empresa llena de dificultades “casi insuperables”: “Estamos en un macizo
montañoso comparable a Gredos, agazapadas en los pliegues de las vertientes, atrincheradas
en las cumbres hay una docena de cabilas con miles de hombre valientes, fanáticos que nos
opondrán resistencia”.
Tremendo anuncio de una catástrofe cercana es la ocupación y pérdida del Monte Abarán, el 1
de junio, que crea dificultades a otras posiciones-Annual, Sidi Dris, Beni-Arós-. ¿Puede
marcharse de África un buen soldado? No y cien veces no. Yagüe se quedará con su tabor de
regulares uno, dos, tres años más. Y compartirá con sus compañeros de armas todo el horror
del desastre, la épica dureza de la reconquista, la trágica retirada de Xauen… En los breves
descansos de la pelea, quizá sea más desconsolador y dramático saber cómo la política de
Madrid juega suciamente con cuanto para ellos hay de sagrado en la profesión. Ninguno de
aquellos jefes y oficiales pensó jamás que sus largos años de sacrificio por la Patria en África
llegarían a ser chalaneados indecentemente en el Congreso y que la turbia marea de las
responsabilidades trataría de dejar la limpia fama del Ejército español a merced de cualquier
matón marxista. El ambiente de la Península reflejado en los periódicos que llegaban a
Marruecos era denso y corrompido, y en las mismas ciudades de soberanía o protectorado las
logias y las organizaciones subversivas trataban de relajar la disciplina y crear un clima
revolucionario.
Es entonces cuando aquellos patriotas que visten el uniforme militar se dan cuenta que el día
de mañana habrán de tomar las armas nuevamente para encauzar la vida total de España; que
necesitarán saltar por encima de eso llamado “legalidad constitucional” para salvar el cuerpo y
alma de la Patria y devolverle la unidad y la fe en sus destinos eternos.
7-EN LA PENÍNSULA
El Destino no quiera que el comandante Yagüe participe en los gloriosos hechos de armas que
culminan en el desembarco de Alhucemas, dirigido por los generales Primo de Rivera y
Sanjurjo y el coronel Franco. Su salud resentida le ha obligado-contra su voluntad-a abandonar
Marruecos antes de tiempo. En febrero de 1924, a los cinco meses del golpe de Estado de
primo de Rivera, Yagüe vuelve a su queridísima ciudad de Burgos para ocupar el puesto de
ayudante de campo del capitán general de la Sexta Región, don Ricardo Burguete, con quien
pasa a la Capitanía General de Madrid. Poco más tarde-en enero de 1925-es nombrado
ayudante a las órdenes del general Menéndez Martínez, jefe de la primera brigada de la
segunda división. Aquel paréntesis de Marruecos ha servido para convertir al bizarro oficial en
el gran jefe que más adelante necesitará España para arduas misiones de guerra y de paz.
8-EL TENIENTE CORONEL YAGÜE
Asciende Yagüe a teniente coronel en enero de 1928 y toma el mando del primer batallón en
armas del regimiento de la Lealtad, siempre de guarnición en Burgos. Los sufrimientos
personales y por la Patria han marcado huellas en su rostro, blanqueando antes de tiempo su
pelo sobre las sienes curtidas por soles africanos.
A los dos meses del ascenso, Yagüe tiene la alegría de un nuevo traslado a Marruecos. Primero
se le concede el mando del batallón de Cazadores de África, número 17, donde permanece
hasta el 28 de agosto de 1928, en que se le concede el mando del Grupo de Fuerzas Regulares
Indígenas de Larache, número 4. La paz reina en Marruecos. Si antes el mando de fuerzas
indígenas significaba el máximo riesgo, ahora significa la máxima responsabilidad. Yagüe y los
otros jefes-veteranos de la guerra-comprenden mejor que nadie la ruda psicología del
marroquí y la encauzan fervorosamente hacia la causa de la total pacificación de los espíritus.
9-LA SEGUNDA REPÚBLICA
El teniente coronel Yagüe ha de necesitar de todo su temple y autoridad para evitar el
derrumbamiento de la moral de sus huestes cuando, en abril de 1931, desaparece la vieja
Monarquía española y una República-de dudoso origen y más dudoso rumbo todavía-ocupa el
Poder y pone de manifiesto sus odios y rencores a todo lo entrañablemente hispánico. Pronto,
cada uno de sus ministros descubre los siniestros propósitos de sus inspiradores de las
internacionales comunistas y masónicas. Uno trata de “triturar” el Ejército; otro, la Enseñanza;
otro, la organización del trabajo nacional; otro, la Religión…
La mayoría de los jefes y oficiales del Ejército comprende los riesgos de aquel sectarismo
republicano. La existencia de España como nación soberana e independiente está más en
peligro que si un poderoso invasor amenazara sus fronteras; frente a la turbia conjura interna
sólo cabe una resistencia pasiva, discreta y silenciosa. Los militares, ante las irritantes leyes de
Azaña, continúan firmes e inconmovibles. Franco-disuelta la Academia General que dirigía-manda
una brigada en La Coruña. Mola, Varela, Yagüe, García Escámez, Asensio, Castejón y
tantos otros héroes de Marruecos permanecen en sus puestos de África o España. Bajo una u
otra forma de Gobierno, una u otra bandera, la Patria necesita que sus mejores hombres la
amen y sirvan con abnegación a prueba de ultrajes, con la gallardía del silencio y la aparente
mansedumbre ante provocaciones desvergonzadas.
En abril de 1932, Yagüe deje el mando de los Regulares en Larache para tomar en comisión el
del Grupo número 3 de Ceuta, los de González Tablas y Varela. La República sabe que el gran
soldado no es adicto suyo, pero-como le pasa con otros muchos- cree más conveniente para
ella mantenerle en Marruecos; afortunada ceguera ésta de los “estadistas” republicanos,
incapaces de comprender la psicología de los militares de África, que permitirá la plena
subsistencia en África de unos soldados valerosos, patriotas y aguerridos.
10-LA VOZ DE LA FALANGE
En Ceuta, Yagüe lee, en noviembre de 1933, el discurso que el día 29 de octubre ha
pronunciado en el teatro de la Comedia, José Antonio Primo de Rivera. Es fácil comprender la
impresión que aquellas palabras llenas de claridad y laconismo militar, de poesía que promete,
de alegría y ascetismo, de lógica y espíritu causarían en su cabeza y corazón: servir a la unidad
de tierras, hombres y clases que constituyen la eterna metafísica de España no es luchar por
esta u otra ambición parcial de derecha o izquierda, de monarquía o república, de capitalismo
o proletariado, sino cumplir íntegramente en lo civil la misión que en lo castrense viene
sirviendo desde su ingreso en la Academia.
En los labios de Yagüe palpita ya el caliente “Arriba España” falangista, cuando las denuncias y
soplonerías de los masones de Marruecos, que han llegado hasta el Ministerio de la Guerra,
señalándole como poco adicto y peligroso para la República, inducen al titular de la cartera a
despojarle del mando de sus regulares, destinándole al batallón de Montaña número 8, de
guarnición en Vitoria.
Desde Vitoria, el teniente coronel Yagüe entabla contactos con ese grupo juvenil y heroico y
habla y escribe con admiración de sus muchachos y de su doctrina a amigos y compañeros de
armas, en los cuales se ha hecho evidencia la necesidad de emprender alguna acción para
atajar el cáncer revolucionario que mina la salud de España, cáncer que algunos ilusos tratan
de contener con paños calientes.
El intenso trabajo se refleja en su salud, ya quebrantada en Marruecos obligándole a solicitar
una licencia de dos meses que se le concede. Antes de agotarse la licencia solicita pasar a la
situación de disponible voluntario con residencia en San Leonardo, desde donde continúa
comunicándose con sus mejores camaradas de armas, especialmente con el general Franco, a
quien en 1933 ha enviado a las Baleares el “triturador” Azaña, “para seguridad de la
República”...
Re: Biografía del General Yagüe
ASTURIAS...
11-YAGÜE ENTRA EN LA HISTORIA
Durante el verano de 1934 los síntomas de una poderosa subversión roja se hacen visibles en
la prensa, el mitin y en el mismo parlamento, donde los marxistas vociferan, amenazan y
bravuconean, convencidos de que las medidas trituradoras de su sicario Azaña han reducido a
la impotencia al Ejército. Necesitan un pretexto para lanzarse a un desenfreno de sangre y
fuego, y se lo sirve en bandeja el presidente de la República al formar en 4 de octubre su
enésimo Gobierno radical, en el que, constitucionalmente, da entrada a los hombres de la
CEDA.
Aquella misma noche, los jefes socialistas dan la orden de huelga general revolucionaria en
toda España. Los separatistas catalanes aprovechan el momento para proclamar un Estat
Catalá trágicamente cómico. En Asturias se levantan en armas con ferocidad salvaje todas las
organizaciones de extrema izquierda, marxistas, sindicalistas y anarquistas, dispuestas a la más
bárbara revolución libertaria.
San Leonardo (Soria), alejado de las rutas principales, queda aislado. Yagüe se muere de
impaciencia y rabia escuchando los alaridos de las radios de Barcelona y de Madrid. Maldice su
enfermedad, que le ha apartado de los sitios donde haría falta su presencia… España arde por
los cuatro costados y él no puede hacer nada. No hay un coche en el que trasladarse a Madrid,
de enviar un mensaje…
Pero no se le ha olvidado. Quien tiene que aconsejar y decidir sabe de sobra que, aun
moribundo, Yagüe sería capaz de acudir al puesto de mayor peligro. Y quien lo sabe mejor que
nadie es Francisco Franco, su compañero de promoción, su camarada de armas, su amigo de
siempre.
Providencialmente, Franco está en Madrid, y al anochecer del 6 de octubre ha sido llamado al
Ministerio de la Guerra, donde se le ha dado a conocer la terrible situación de España. El
historial de Franco le acredita de único hombre capaz de resolver las más insolubles
“papeletas” militares.
El ministro le expone la dificilísima situación, sobre todo en Asturias, cuyas guarniciones son
escasas y a las que es casi imposible socorrer; las comunicaciones están cortadas por la horda
rebelde que avanza sobre Gijón y Oviedo como alimaña hambrienta. Franco recuerda la
geografía de Asturias, calcula y acaba por decidir como única solución la de enviar allá al
Ejército de África: la Legión-su Legión; los Regulares-sus Regulares-. Se acepta la propuesta,
pero descartando del mando al propio Franco, que ha de quedar en Madrid, en el Ministerio,
para organizar la movilización ¿quién podrá ponerse al frente de las fuerzas expedicionarias de
África? El general Franco responde: “El teniente coronel Yagüe”.
Con estas palabras, el futuro Caudillo de España abría las puertas de la Historia a su gran
amigo.
12-YAGÜE EN ASTURIAS
El 8 de octubre llega a San Leonardo un automóvil militar del que desciende un capitán
preguntando cuál es la casa del teniente coronel Yagüe. El capitán desconocido viene de Soria
con un pliego del comandante militar ordenando a Yagüe en nombre del ministro de la Guerra
presentarse en la ciudad. Apenas llegado a Soria habla por teléfono con el general Franco,
quien le pide con urgencia presentarse en el Palacio de Buenavista. No fue fácil el viaje porque
la huelga general interceptaba las comunicaciones y hubo de requisarse un coche en el que
Yagüe, con la pistola montada y sin escolta marchaba a toda velocidad.
En el Ministerio de la Guerra recibe información de la tragedia asturiana. Los mineros se han
apoderado de toda la cuenca y de la Fábrica de Armas de Trubia, proclamando la república
libertaria, y avanzan sobre Oviedo al mando de Belarmino Tomás, Amador Fernández y
González Peña, como una horda de forajidos. Dentro de Oviedo hay gran cantidad de jóvenes
socialistas y comunistas combatiendo ya contra una exigua guarnición, que resiste heroica y
desesperadamente.
Yagüe se entera del plan de operaciones para auxiliar a Oviedo y restablecer el orden en el
Principado: de Lugo y León han salido dos columnas no muy numerosas al mando de los
generales López Ochoa y Bosch, que tropiezan con encarnizada resistencia, puentes volados,
caminos interceptados. Se organiza en Navarra una tercera columna que mandará Solchaga, y
están a punto de llegar a Gijón por vía marítima un batallón de Infantería procedente de El
Ferrol y algunas fuerzas de Marruecos, más un batallón de Cazadores de África, número 8, y la
Sexta Bandera de la Legión, que se unirán a las escasas tropas de la guarnición. En total
vendrán a ser unos dos mil hombres. Esta columna es la que Yagüe debe mandar para realizar
con rapidez fulgurante el movimiento que se le señala sobre el mapa.
Yagüe ha de partir sin dilación en un avión militar que le conducirá a León, desde donde se
trasladará a Gijón en un autogiro, ya que en dicha ciudad no hay aeródromo donde poder
aterrizar.
Así lo hace en la madrugada del día 10. Después de transbordar en León, toma tierra en la
carretera del Musel y ordena al piloto que lo ha llevado-el teniente de navío Guitián-regresar a
su base. Sólo, a pie y pistola en mano-pues por todas partes suenan disparos y se advierten
huellas de combates recientes-, el teniente coronel “caído del cielo” se dirige hacia el Musel.
En el camino tropieza con una camioneta en la que va un teniente del Tercio y dos legionarios
que se asombran al reconocerle. Monta con ellos, se presenta al comandante militar de la
plaza, y antes de una hora toma por vez primera el mando de los legionarios y contacto con los
rojos que hostilizan el Llano. Durante todo el día, las tropas de Yagüe-electrizadas por su
presencia y la breve arenga que les ha pronunciado-desalojan a los rebeldes de los edificios
que ocupan-el Club de Regatas, la Comandancia de Marina, la Fábrica de Tabacos y el Palacio
de Revillagigedo-, así como de las barriadas de Cimadevilla y el Llano, que dominan.
Sin tomarse más que un ligero descanso, a las cinco y media de la mañana del día 11
emprende el avance con su columna hacia Oviedo por la carretera y a toda marcha. El espíritu
de la tropa es excelente y Yagüe se siente optimista, aunque consciente de su enorme
responsabilidad.
Ya de noche entra en Lugones y sigue avanzando hasta la Cobertería, sin sospechar que la
columna de López Ochoa está muy próxima, atrincherada en el arrabal ovetense de la
Corredoira. El combate violentísimo que se libra en las calles de Oviedo, los estampidos de la
dinamita y el resplandor de los incendios enardecen a los legionarios deseosos de entrar a la
bayoneta en la ciudad mártir. Pero Yagüe logra contenerlos hasta el mediodía del día 12, en
que levanta la niebla y se incorporan a su hueste otra Bandera del Tercio y un tabor de
Regulares, también desembarcados en Gijón. Una vez reunidas todas las fuerzas de que
dispone, las despliega en línea de ataque. Su objetivo es ocupar el Manicomio e impedir que el
enemigo continúe descendiendo del Naranco sobre la ciudad. El ataque tiene éxito. A las dos,
el manicomio es de España. Poco más tarde, vienen en ayuda de Yagüe-que ha identificado
como nacionales a las fuerzas de López Ochoa que ha roto el cerco rojo a la Corredoira y
avanza hacia el cuartel de Pelayo-seis aviones. Comienza el asalto a la Fábrica de Armas de la
Vega, operación durísima que trae a la memoria de los más curtidos veteranos de la Legión y
los regulares las más arriesgadas operaciones marroquíes. Yagüe da ejemplo de bravura a sus
soldados, revelándose al mismo tiempo como un habilísimo táctico. Entre los rojos,
atemorizados por la presencia de las tropas de choque africanas, que jamás pensaron llegarían
con tanta celeridad, empieza a cuajarse un sentimiento de odio contra el jefe que tan
brillantemente las conduce.
A media tarde, López Ochoa ha entrado en Oviedo, desgarrado por las explosiones y los
incendios que destruyen sus bellezas artísticas y culturales-la Catedral, la Universidad, la
Audiencia, el teatro Campoamor-y manda llamar a Yagüe al Gobierno civil. La entrevista de los
dos jefes militares pone de manifiesto las incompatibilidades ideológicas del general y del
teniente coronel, que repercuten en sus ideas estratégicas. Yagüe, comprendiendo muchas
cosas, obedece por disciplina y durante toda una semana procede a la conquista de la ciudad,
barrio por barrio, casi casa por casa. El enemigo es muy superior en número y ardorosamente
fanático. Prefiere morir matando y destruyendo con la dinamita mejor que rendirse. Pero para
el heroísmo de las tropas de Yagüe-arengada por su jefe- no hay obstáculo.
Día tras día se lanzan a la bayoneta contra los objetivos señalados, despreciando la muerte.
Así, sin descanso, ocupan sucesivamente la cárcel, las ruinas del Instituto volado por los
dinamiteros; la estación del Norte-donde hacen prisioneros a muchos rojos que trataban de
huir-, la iglesia de San Pedro de los Arcos, el depósito de aguas, el Hospital, el cementerio, el
barrio de San Lázaro… Por todas partes el espectáculo de ruina, desolación, barbarie, ferocidad
es dantesco. Los rojos han superado todas las marcas de odios, crueldad y falta de respeto a
los sentimientos humanos. Guardias civiles y de Asalto, clérigos, seminaristas y paisanos han
sido asesinados con idéntica saña a la empleada en volar, incendiar y saquear edificios
religiosos o culturales.
El día 16 de octubre la batalla de Oviedo ha terminado. Y el clamor del pueblo que tanto horror
ha padecido estalla delirante en el desfile de las fuerzas marroquíes, a cuyo frente marcha un
hombre hasta la víspera sólo conocido de sus compañeros de armas y desde ahora respetado,
admirado y ensalzado por España entera: el teniente coronel Yagüe, que ha entrado, bajo el
arco triunfal del fuego y el heroísmo, en la Historia y en el Mito.
* * *
Vencida y arrojada de la capital asturiana, detenidos algunos de sus cabecillas y huidos otros,
la horda roja no se rinde y reagrupa sus fuerzas en la montañosa y áspera provincia. Hay que
perseguirla y reducirla, y a ello salen el 17 de octubre Yagüe y sus tropas. La columna Yagüe
que ya ha ganado fama legendaria por sus proezas-y la de Solchaga emplean poco menos de
un mes en ocupar y pacificar todos los pueblos de Asturias, a pesar de las sorprendentes
contradicciones del general López Ochoa, quien acepta parlamentar y negociar de igual a igual
con los mineros y los socialistas, sometiéndose incluso a algunas condiciones que éstos le
imponen. A la ocupación de Trubia siguen las de Sama de Langreo, La Felguera, Ciaño, Santana,
Sotondrio, Pola de Laviana y Mieres. Unas tras porfiados combates, otras sin casi disparar un
tiro. La marcha de la columna Yagüe coincide con los avances de Solchaga y Balmes.
La resistencia roja va decreciendo y la mirada aquilina del teniente coronel del pelo blanco y la
bravura indómita comienza a advertir las más turbias maniobras para cortar las alas a la gran
victoria militar. Algunos jefes de unidades combatientes, estupefactos ante las órdenes que
reciben de López Ochoa-sumamente sospechosas y las declaraciones de varios prisioneros
acuden a quejarse a Yagüe, a quien consideran el verdadero general en jefe, vista la tibieza, la
cautela y la parcialidad de López Ochoa, acusado por la voz popular de ser instrumento de la
masonería. Yagüe, después de observar mucho las actitudes del general, decide ponerlas en
conocimiento del general Franco y del Gobierno, a quien escribe largamente todas sus
sospechas. Mientras la carta va a Madrid a mano de un emisario de toda confianza, Yagüe
continúa operando con brillantez y convirtiéndose en el ídolo de la Asturias nacional, lo que
hace que los rojos empiecen a acumular acusaciones contra él.
Ante la lenidad y pasividad de López Ochoa en la substanciación de procesos, ante su
extremada deferencia con los cabecillas rojos y ante su espíritu de componendas y vacilaciones
que esterilizan el gran triunfo de las armas, Yagüe no puede callar. Aún no ha tenido respuesta
de Madrid y no ignora que la disciplina militar le impide tomar la actitud que le bulle en el
alma. Sin embargo, se decide a hablar al general con su rotunda claridad castellana. ¡Era la vida
de España la que estaba puesta en juego en aquellas horas, y un militar falangista como Yagüe
no podía consentir que los contubernios de López Ochoa escarnecieran la memoria y la sangre
de los mil y pico de asesinados o muertos en combate, pactando perdones, huidas y
componendas con los criminales!
En una violentísima entrevista-referida por el propio Yagüe y transcrita en la Historia de la
Cruzada-en la que el héroe de Oviedo “llegó a empuñar la pistola ya sin seguro”, se habló de la
traición que se fraguaba y del disgusto de los combatientes dispuestos a hacer cumplir la ley,
pensando sólo en el bien de la Patria. Yagüe, con su voz tempestuosa y vibrante de santa
cólera, conminó al general sujeto a las órdenes de las logias “a no salirse de la ley”, pues
cuantas fuerzas de África le obedecían ciegamente no estaban dispuestas a permitir que nadie
se burlara de ellas por compromisos políticos o de otra índole.
López Ochoa no reaccionó como debía arrestando a Yagüe. Se limitó a hacerle salir del
despacho. El teniente coronel, cuadrándose, saludó: -¡A sus órdenes! Mas, antes de salir
añadió solemnemente: -Pero no olvide que aquí no solo hemos venido a combatir, sino a velar
por las leyes que el Gobierno nos ha encargado defender.
13-DESTITUIDO
Junto a la gloria del triunfo, Yagüe ha de saborear la amargura de la injusticia. Pese a ser la
figura más destacada de la campaña de Asturias-que merced a sus tropas y a su mando ha
tenido un aire romántico de reconquista-los rojos y sus cómplices organizan y toleran que se
desate una feroz campaña contra él y sus soldados.
A pesar de que el ministro de la Guerra ha expresado su gratitud a cuantos en Asturias
cumplieron su deber venciendo “a los que pretenden convertir un estado de democracia, de
cultura y de paz en un sistema de violencia, de destrucción, de hambre y de dolor”, no sólo no
se adopta medida alguna contra el general López Ochoa-“porque la situación política no lo
permite”-, sino que éste intenta sumariar a Yagüe y privarle del mando de su columna. El
proceso militar no prospera, pero Yagüe, destituido el 27 de noviembre, es trasladado a
Madrid, y destinado al Regimiento de Infantería, número 1, de guarnición en Madrid.
Es entonces cuando, en vista del rumbo catastrófico de la política española, Yagüe se acerca
más y más a la Falange, única fuerza-escasa todavía-capaz de implantar revolucionariamente
un orden nuevo, salvando los valores esenciales del espíritu español. Yagüe sabe cómo han
combatido en Asturias, junto a los Regulares y los legionarios, los muchachos falangistas. Es
muy probable que, al despedir el 5 de marzo de 1935 al general Franco, que marcha una vez
más a Marruecos como general en jefe de sus fuerzas armadas, recibiera la misión de enlazar
con José Antonio Primo de Rivera.
Durante su mando en Madrid, Yagüe trabaja sin descanso con sus soldados, haciendo oír su
voz pletórica de autoridad y experiencia en los círculos militares. Siguen los atentados y las
provocaciones de los rojos, las zancadillas presidenciales y las crisis parlamentarias o de
camarilla.
14-PRIMERA MEDALLA MILITAR
Al fin, el nuevo gobierno de Lerroux, formado en mayo de 1935, designa a Gil Robles ministro
de la Guerra, y éste llama a Franco para encomendarle la Jefatura del Estado Mayor Central.
Esta designación, que alarma y encoleriza a los rojos, llena de júbilo a los buenos militares y a
los españoles patriotas, que adivinan en las primeras disposiciones tomadas por el general el
firme propósito de devolver al Ejército su condición de “columna vertebral de la Patria” de que
hablaba Calvo Sotelo, para lo cual las fuerzas armadas de tierra, mar y aire, habrán de ser como
dice el punto cuarto del programa falangista-tan capaces y numerosas como sea preciso
para asegurar a España en todo instante la competa independencia y la jerarquía mundial que
le corresponde.
Para lograrlo, Franco dicta disposiciones sobre organización y disciplina del Ejército, prepara un
proyecto de ley sobre ascensos militares, reglamentando las aptitudes y cursos necesarios para
adquirir capacidad de Mando y trazando un programa para organizar un Ejército eficaz y digno
en el orden moral y material. Separa de sus puestos a generales y jefes extremistas o masones
y crea un servicio de información anticomunista en los cuarteles. Vuelven a sus puestos los
mejores generales, jefes y oficiales destituidos en las etapas anteriores y se hace una revisión
de las condecoraciones concedidas por la campaña de Asturias. Yagüe, el ya legendario Yagüe,
obtiene al fin su primera Medalla Militar individual, ganada por su temple y su valor frente al
Oviedo crepitante del octubre rojo, y denegada una y otra vez por sus enemigos, que,
naturalmente, son los enemigos de España.
Yagüe, recuperada la salud, necesita la actividad de Marruecos. Sin embargo, Franco no accede
todavía a sus deseos. Aun le hace falta en Madrid para muchas misiones delicadas, de
confianza, que la lealtad acrisolada del compañero de Academia sabe cumplir como nadie.
Yagüe lo comprende y se queda, colaborando oscuramente en cuanto su amigo y general le
ordena...
Re: Biografía del General Yagüe
CRUZADA DE LIBERACIÓN...
15-HACIA EL FRENTE POPULAR
Desgraciadamente, el Gobierno-presidido por Lerroux, y en el que desempeña la cartera de
Gobernación el tenebroso y vacilante Portela Valladares-no está a la altura de las
circunstancias y claudica una y otra vez ante las imposiciones de Alcalá Zamora y las exigencias
de los revolucionarios amnistiados, indultados o absueltos, que, en su mayor parte, han vuelto
a sus puestos en la cátedra, los organismos sindicales y el Parlamento. Los esfuerzos titánicos
del general Franco no bastan para contener la ola revolucionaria. Todo es inútil, y ya no queda
otro recurso que elegir entre la revolución roja o la revolución nacional. Así lo da a entender
Franco, el 10 de noviembre, a 150 jefes y oficiales de su promoción, reunidos en Toledo en el
patio del Alcázar, “altar del Ejército, de España y de la Historia”, cuando expresa su emoción y
dice a sus queridos compañeros el coronel Manso y los tenientes coroneles Yagüe y Rueda:
“Con soldados como vosotros, la Patria sería grande.”
Después de una y otra crisis parciales, el Parlamento, agitado por toda clase de escándalos, y el
nuevo gobierno, presidido por Chapaprieta, carecen de autoridad y eficiencia. Hay que tirar
por la calle de en medio, y eso es lo que hace Alcalá Zamora al rendirse y entregar la plaza. “En
ella entró-dice Joaquín Arrarás en su biografía del Caudillo-en el caballo masónico, nuevo
artilugio de Troya, la figura lacia, exangüe y maligna de Portela, ese hombre espectral, de
noche de ánimas, personaje señalado por el Destino para la más trágica de las funciones: para
abrir la puerta por donde habrían de entrar los jinetes del Apocalipsis.”
El 14 de diciembre, Portela es presidente del Consejo de ministros y ministro de la Guerra el
general Molero. Ambos, llenos de temores a un golpe de Estado conservan a Franco-ya
esperanza de España-en su puesto. Las Cortes se disuelven el 7 de enero del 36. La revolución
hierve mientras se inicia la campaña electoral. A pesar del optimismo jactancioso de ciertos
elementos de derechas, el triunfo del Frente Popular es inminente. Se avecinan nuevos días de
terror y, como en 1934, otra vez tendrá que ser el Ejército de África el que dé la clave para la
solución del drama. El glorioso Ejército de África al que ahora se insulta bárbaramente en los
periódicos rojos por su intervención en Asturias. Yagüe y sus legionarios llegan a ser calificados
de “cuadrilla de patibularios”.
Franco comprende la necesidad de enviar a Marruecos a un hombre de su absoluta confianza.
Nadie mejor que Juan Yagüe. Antes de que sea tarde, el Jefe de Estado Mayor propone al
nuevo ministro el nombre de Yagüe para el mando de la Segunda Legión del Tercio. Yagüe se
incorpora a su nuevo destino el día 4 de febrero, después de recibir instrucciones concretas del
que muy pronto será su Generalísimo, y el carnet de primera línea de la Falange de Marruecos,
que le entrega el propio José Antonio.
Poco más tarde, al triunfar el Frente Popular en las elecciones del día 16, Portela Valladares
dimite horrorizado y Alcalá Zamora entrega el poder a Azaña. Una de las primeras medidas de
éste es separar de sus cargos de jefe del Ejército de África y de jefe del Estado Mayor Central a
los generales Mola y Franco, a quienes destina, respectivamente, a Navarra y a la
Comandancia General de Canarias, a cuyos puestos deben incorporarse urgentemente.
El disciplinado general Franco obedece, no sin antes advertir con toda serenidad a Alcalá
Zamora y al propio Azaña de todos los peligros que amenazan a la Patria y de su firme
propósito de no consentir, dondequiera que se encontrase, la implantación del comunismo.
Tras de lo cual, y de celebrar una reunión con Mola y otros generales, hizo saber a José
Antonio Primo de Rivera su deseo de que la Falange continuara en relación constante con él
por el enlace de su hombre de confianza, el teniente coronel don Juan Yagüe.
16-MANIOBRAS DEL ‘LLANO AMARILLO’
Rápidamente se suceden los acontecimientos. Primo de Rivera ha sido encarcelado y disuelta
la Falange, a pesar de los fallos que acerca de su legitimidad han dictado los Tribunales de
Justicia. En un discurso en Cuenca, el socialista Indalecio Prieto ha hecho los máximos elogios
del general Franco, diciendo que “llega a la fórmula suprema del valor” y que “es hombre que
en un momento dado puede acaudillar, con el máximo de probabilidades, todas las que se
derivan de su prestigio personal, un movimiento de este género”. Alcalá Zamora ha sido
despedido violentamente de la presidencia de la República y en su lugar ha ocupado
interinamente el cargo Martínez Barrio y ahora se va a elegir a Azaña. Y el siniestro Casares
Quiroga, jefe del Gobierno y ministro de la Guerra, “al servicio de la blasfemia y la ordinariez”,
como decía José Antonio, se ha declarado “beligerante contra el fascismo” y se entrega con
frenesí a “depurar” al Ejército, destituyendo y apartando de sus mandos a numerosos jefes,
oficiales y clases desafectos.
Yagüe-cuya labor en África para evitar las infiltraciones marxistas y organizar unas juntas de
guarnición pone de manifiesto su firme oposición a los designios revolucionarios-es llamado a
Madrid a primeros de junio. Casares, temeroso de una reacción violenta de los legionarios y los
regulares, a quienes la figura del héroe de Asturias galvaniza, no se ha atrevido a destituirle
como a tantos otros. Después de Franco y Mola, Yagüe es el jefe militar más prestigioso entre
los buenos españoles y más aborrecido por los rojos, que llaman “la hiena de Asturias” a aquel
hombre todo nobleza, generosidad y bondad. Las hordas exigen “el encarcelamiento de ese
verdugo del pueblo, enemigo declarado del régimen republicano”, pero Casares Quiroga, aun
sabiendo el peligro que es conservarle en Marruecos, vacila y prefiere actuar con astucia,
empleando la adulación y el soborno con quien estaba inmunizado contra tales armas.
La Historia de la Cruzada relata así la entrevista del teniente coronel de corazón de león y el
viperino y siniestro jefe rojo, que, al recibirle en su despacho, empieza colmándole de elogios y
palabras de admiración y estima:
“-¿Cómo está el Ejército en Marruecos?-le pregunta cuando cree a su interlocutor propicio a
una conversación amistosa.
“-El malestar va en aumento, señor ministro: los principales mandos están en poder de
ineptos, indignos y adulones, lo cual desmoraliza al Ejército.
“La réplica violenta del jefe militar no desconcierta al ministro. Casares calla y queda
pensativo.
“-Le he llamado-dice luego-para ofrecerle un puesto que le sea grato en España o en el
extranjero… Yo supongo que usted debe sentirse ya un poco fatigado en África. No será difícil
encontrarle el cargo que se acomode a su vocación y a sus gustos…
“-Le agradezco, señor ministro, pero de verdad que no apetezco otro cargo que el de jefe de la
Segunda Legión.
“Insiste Casares, astuto, insinuante. La respuesta de Yagüe es tajante:
“-De tener que abandonar África sería para retirarme…
“Al día siguiente, el teniente coronel Yagüe recibe orden de incorporarse a África, para seguir
mandando la Segunda Legión”.
Vuelto a Marruecos, Yagüe refiere cuanto ha visto y oído en la Península y reparte entre sus
oficiales que aun no la conocen la magnífica carta de José Antonio a los militares fechada en 4
de mayo y los números del clandestino No Importa, boletín de los días de persecución con el
que la Falange mantiene tensa a España. Persecución que culmina en la orden del director
general de Seguridad, Alonso Mallol, de “no dejar vivo a un solo fascista”. Persecución inútil
porque en España “empieza a amanecer” y nada ni nadie será capaz de detener la salida del
sol.
Así que a preparar las maniobras que, quieran o no quieran Casares Quiroga y el alto comisario
accidental, Álvarez Buylla, se han de celebrar del 5 al 12 de julio en el Llano Amarillo, en las
que se reunirán las mejores fuerzas de Marruecos: seis Banderas de la Legión, diez tabores de
Regulares, seis de la Mejala, siete batallones de Infantería, diez escuadrones de Caballería, seis
baterías de Artillería… Casi veinte mil hombres disciplinados, entusiastas, bien adiestrados por
una oficialidad espléndida, llena de vocación castrense y patriotismo.
Álvarez Buylla teme no sabe qué, pero teme algo, y lo comunica a Madrid. Madrid también
teme algo y vacila. Pero, finalmente, ordena que se celebren las maniobras para que, así, los
militares “cambiando de aires, no se preocupen de política”.
Las maniobras del Llano Amarillo, al pie de los montes y los cedros de Ketama, habían sacado,
sí, de los cuartos de banderas a los oficiales. Pero al cambiar de aires no cambiaban de ideales.
Y, en efecto, no se preocupaban de política porque una Cruzada por Dios y por España era
mucho más que política.
La tienda de campaña de Yagüe en el Llano Amarillo es, entre los días 5 y 12 de julio, el
verdadero corazón de España. Y su palabra iluminada de profecías, la que ilusiona de glorias a
cuantos le rodean, que se llaman Soláns, Bautista Sánchez, Asensio, Bartomeu, Barrón, Zanón,
Castejón, Ríos Capapé, Mizzian, Gazapo, Medrano, Delgado, etc.
-¡Supongo que sabrán ustedes que vamos a sublevarnos!-les dice.
Todos lo sabían y todos estaban dispuestos a morir por España si era menester.
-Pero no para un pronunciamiento romántico y estéril, sino para realizar la Revolución
Nacional que España necesita, la Cruzada de salvación que la Patria espera de sus hijos
soldados…
Se van cumpliendo con precisión todos los supuestos tácticos por el día y perfilándose por la
noche en la tienda de Yagüe los detalles del Alzamiento.
El día 12 terminan las maniobras, que han puesto de manifiesto la perfecta preparación de
aquellas tropas. Hay un desfile marcialísimo y un banquete de gala, en el que
espontáneamente, y ante el asombro de los no conjurados, un grito ensordecedor atruena el
espacio: -¡Café! ¡Café! ¡Café! (Que quiere decir: “Camaradas, Arriba Falange Española.”)
Lejos, en otras mesas de suboficiales y sargentos, hay vivas al Ejército rojo. Aquí cantan el
himno de Riego. Allí, el de la Academia de Infantería. Se barruntan la Internacional y el Cara al
Sol.
Aquella noche de domingo, mientras los oficiales y soldados descansan y Yagüe vela
escribiendo a Franco y a Mola para darles cuenta del Espíritu del Ejército de África y solicitar
las últimas consignas, muere en Madrid, cobardemente asesinado, José Calvo Sotelo.
El día 13 la noticia es conocida en el ancho campamento y solivianta los ánimos. A duras penas,
Yagüe contiene a sus oficiales, obligándoles a emprender el regreso de las unidades a sus
bases: Riffien, Río Martín, Drius, Tauima, Segangan, desde donde habrá que saltar sobre el
Estrecho a liberar a España de la cuadrilla de asesinos que la martiriza.
El 17, el principal enlace de Yagüe en Madrid recibe un telefonema procedente de Tetuán
conteniendo la felicitación por su santo a un hombre de nombre y apellidos vulgares, firmado
por otro de nombre no menos corriente. No hay que consultar clave alguna. El número de
letras de cada uno de los nombres indica rotundamente la hora H y el día D en que el Ejército
de África se ha sublevado. Se ha iniciado en Melilla por Yagüe a las cinco de la tarde. Con tanta
celeridad se han cumplido las órdenes, que a las autoridades gubernamentales no les ha dado
tiempo de reaccionar. A las once de la noche, Melilla es la primera ciudad de la España
Nacional. A las dos de la madrugada del 18, la guarnición de Tetuán se unía al Movimiento.
Yagüe se traslada a Ceuta, en cuya plaza –ya también de España-asume el cargo de
comandante general y la dirección del Alzamiento, designando a las personas que han de
hacerse cargo de los puestos ocupados por el Frente Popular, ordenando a todas las de
Tetuán, Larache, Alcazarquivir y Xauen, poner en práctica, en veinte horas, todas las
instrucciones recibidas.
17-EL MOVIMIENTO EN MARCHA
Yagüe es incansable. En realidad, puede decirse que apenas ha dormido desde que empezaron
las maniobras del Llano Amarillo. Ahora se ocupa del embarco de las primeras tropas que han
de enviarse a la Península, donde, a juzgar por las noticias que se reciben, no ha triunfado el
Movimiento en todas partes, por fallos inexplicables. La situación es difícil y son menester
energía y serenidad, virtudes que, a Dios gracias, no faltan al valentísimo soldado. Hace venir a
Ceuta la Quinta Bandera de la Legión mandada por Castejón y destacada en Zoco el Arbaa.
Organiza la primera expedición de un tabor y un escuadrón de Regulares a Cádiz, e
inmediatamente otra con destino a Algeciras. La escuadra y la aviación rojas amenazan los
puertos marroquíes.
Pero, poco a poco, las noticias que se van captando por la radio anuncian la alta fiebre
patriótica de España, despierta al fin de la horrorosa pesadilla frentepopulista. Suenan voces
amigas en Valladolid, Pamplona, Coruña, Salamanca, Oviedo, Burgos, Ávila, Segovia, Cáceres,
Zamora, Palma de Mallorca, Santa Cruz de Tenerife. Se desgañitan vociferando las gargantas
enemigas en los micrófonos de las de Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante, Málaga, Gijón,
Bilbao… Yagüe contempla con ansiedad los mapas: España aparece dividida en dos mitades
que costará un trabajo enorme limpiar, soldar y unificar. La victoria será de los creyentes. Dios
está con los que las radios rojas llaman rebeldes, facciosos, traidores y criminales. Sí; Dios está
con los que sufren en las cárceles y mueren en las calles gritando “¡Arriba España!”, pero el
corazón de Yagüe se acongoja esperando la llegada de Franco, que debe venir en avión desde
Canarias.
Al fin, llega el Caudillo al aeródromo tetuaní. Las fuerzas de la Legión presentan armas a su
capitán, a su comandante, a su teniente coronel, a su coronel y a su general, que-muy pronto s
erá también su Generalísimo. Saludos. Abrazos. Yagüe señala a aquellos hombres despechugados,
que esperan la voz de avanzar para lanzarse al combate vitoreando la muerte. Ahora están silenciosos,
erguidos, expectantes. Franco les mira como un padre a unos hijos de quienes está orgulloso. Ellos le ven
como los hijos al padre venerado. Yagüe se los ofrece, interpretando el golpear de sus
corazones: -“¡Aquí tienes a la Legión con cuyo mando me honraste! Son tus legionarios. Tú,
que tantas veces los has llevado a la victoria, condúcelos de nuevo al triunfo, por el honor de
España”.
Y a renglón seguido, pensando en que la noticia llevará un presagio de victoria a toda España:
-“Pero en seguida es necesario hacer saber a las fuerzas de tierra y mar que has llegado a
Tetuán y que eres el general en jefe de la Cruzada”.
El 26 de julio, y por orden de Franco, se hace cargo del mando de la Inspección del Tercio y el
día 29 de la Comandancia y Circunscripción militar de Ceuta, en los que cesa el 7 de agosto, en
que marcha a la Península para ponerse al frente de una Agrupación de columnas recién
organizadas, que tienen la misión de avanzar desde Sevilla hacia el Norte para liberar Toledo y
enlazar en Madrid con las de Navarra y Castilla, asentadas firmemente en Somosierra y el Alto
de los Leones.
18-EN LA PENÍNSULA, HACIA MADRID
El mismo día 7 inicia las operaciones, que constituirán una sucesión ininterrumpida de éxitos
hasta las mismas puertas de la capital, venciendo una tras otra, con su escasa y valerosa
hueste, a cuantas fuerzas rojas tratan de contener su impetuoso y arrollador avance. Durante
los meses de agosto, septiembre y octubre de 1936, el nombre de Yagüe llena el ámbito de las
dos Españas: la Nacional, que vibra jubilosa con sus conquistas, y la roja, en la que produce
estremecimientos de pánico. En una y en otra zona se mezclan lo real y lo fabuloso, rodeando
la figura del libertador de tantos pueblos de Sevilla, Huelva y Badajoz con ese hato de los
grandes capitanes de leyenda. De él se contaban, y las repetía el eco convirtiéndolas en clamor
de epopeya, hazañas dignas de un Gonzalo de Córdoba, un Diego García de Paredes, un
Hernán Cortés. Con su camisa azul y su gorro legionario, los caminos de media España le ven
cruzar infatigable en una guerra sin cuartel ni descanso, en la que es necesario ganar tiempo al
tiempo.
Las arengas de Yagüe electrizan a cuantos las oyen. Su laconismo escalofriante, impregnado de
emoción o teñido de ironía, repercute en los corazones como un romance de otros tiempos. En
vísperas del asalto a Badajoz, se le atribuía esta alocución estupenda:
-¡Caballeros legionarios! Los rojos afirman que no sois soldados, sino frailes disfrazados.
¡Entrad a Badajoz a decir misa!
Pero cuando, después de la tremenda batalla en la que de la famosa 16ª compañía de la
Cuarta Bandera de la Legión quedó tan solo un escaso puñado de hombres a quienes Franco
desde Tetuán ha concedido la Medalla Militar, Yagüe es incapaz de hablar. Formados en una
explanada, ennegrecidos por el sol, el sudor, el polvo y la sangre sus rostros y sus brazos,
desgarrados los calzones y las camisas, los pocos supervivientes de la gesta esperan firmes,
mientras redoblan los tambores, voltean las campanas y tremolan las banderas que ahora son
sí ya las de España. Yagüe avanza y se sitúa frente a ellos.
-¡Caballeros legionarios!-grita. Pero la voz se le quiebra de congoja y duda. ¿Les felicitará
porque viven todavía o les arengará para que se dispongan a morir tal vez mañana?... El
corazón se le desgarra mirándolos tan jóvenes y tan valientes. Hay que decir algo y no puede.
Una pausa larguísima. Todos los ojos clavados en él ven brillar en los suyos los cristales de las
lágrimas, que parecen clavársele en la garganta.
–Hijos míos… ¡Qué buenos sois!. Eso es todo, y basta para enardecer a los magníficos soldados
y al magnífico pueblo, que estalla en un clamor frenético.
* * *
La Agrupación de columnas que manda Yagüe-formada por tres que mandan Asensio, Castejón
y Barrón-continúa su avance fulgurante por tierras extremeñas hasta Talavera de la Reina, a la
que los rojos han convertido en Talavera del Tajo. Durísimas son las jornadas que culminan en
la toma de esta importante ciudad. La derrota roja se convierte en desastre. Los milicianos
huyen perseguidos por la Aviación y la Caballería nacional en una desbandada incontenible.
Las carreteras por las que avanza Yagüe presentan los síntomas de la confusión y el caos. De
seguir así, Madrid ha de caer por la fuerza.
El 12 de octubre-a los dos años justos de la toma de Oviedo-, ya liberado el Alcázar de Toledo,
hay una reorganización de fuerzas dispuesta por Franco. El vencedor de Mérida, Badajoz,
Guadalupe, Navalmoral, Oropesa, Talavera y Maqueda recibe el mando del ala izquierda de
aquella gran unidad que ha de emprender la toma de Madrid, de cuya provincia va ocupando
uno a uno los pueblos desiertos, saqueados, semiderruidos. Va cayendo el otoño, y sobre la
camisa hay que ponerse cazadora. Yagüe tose, se fatiga, siente que le hierve el corazón y se le
rompen las entrañas. Pero no accede al descanso que le aconsejan los médicos y permanece
en pie horas y horas con sus soldados en la primera línea de fuego con el Estado Mayor en el
puesto de mando, combatiendo, estudiando, organizando. Madrid está a la vista, casi al
alcance de la mano. En Madrid están la victoria y la paz. Descansará en Madrid.
Continúa la batalla por la capital. La desilusión del 7 de noviembre es tan grande en los que
avanzaban sobre ella como en quienes dentro de ella sufren el martirio rojo. Se desiste del
asalto para organizar el cerco (las tropas nacionales son escasas y se sabe que en Albacete el
comunista francés Marty ha terminado el adiestramiento de unas brigadas internacionales de
ex presidiarios y asesinos, de los que muchos llegarán a ser jefes de Estado andando el
tiempo). El 16 de diciembre las tropas de Yagüe entran en la Ciudad Universitaria: la operación,
cruenta, cuesta muchas bajas. En su puesto de la Casa de Campo, Yagüe sufre un ataque al
corazón que pone en riesgo su vida. Sólo entonces consiente en entregar el mando y retirarse
a la retaguardia para ponerse en tratamiento. El mismo día se le concede el empleo de coronel
por méritos de guerra.
19-DE LA MARAÑOSA A BRUNETE
El coronel Yagüe, enflaquecido, demacrado, fatigoso, alejado de sus soldados por culpa de
aquella dolencia-de la que jamás se curaría-, se consume en la inacción de la retaguardia.
Sobre todo, las primaras Navidades de la guerra-las patéticas Navidades de 1936-son para él
días de tristeza y melancolía. ¿Por qué la Muerte ronda ahora su sillón y le despreció cuando
tanto la buscaba en África y Asturias?
Lentamente, su fuerte naturaleza de campesino pinariego va aplacando-que no venciendo-a la
traidora enfermedad. En febrero de 1937 Yagüe está en Salamanca, por cuya Plaza Mayor va
despertando admiraciones su figura.
La guerra es cada día más áspera y violenta. Yagüe pide volver al frente una y otra vez. Pero
sólo cuando los informes médicos son favorables, Franco, Generalísimo de los Ejércitos, accede
a sus deseos y le concede otro mando difícil y peligroso: el de la brigada que guarnece el sector
de La Marañosa en el frente de Madrid. La Marañosa, el Pingarrón, los olivares del Jarama,
donde el enemigo acaba de atacar con furiosa violencia y gran aparato bélico para impedir el
propósito de Franco de completar el cerco de Madrid. Yagüe recibe el mando de la división
número 4. Las unidades de Yagüe-banderas de la Legión y de Falange, Tercios de Requetés y
tabores de Regulares, batallones de soldados bisoños-resisten tenazmente las oleadas de
tanques y grandes masas de fanáticos internacionales.
A principios de mayo, un plan de operaciones en el sector de Toledo es aprobado por el
Cuartel General del Generalísimo, y Yagüe lleva a cabo una concentración de fuerzas que
emprenden un ataque por el sur del Tajo, ocupando importantes posiciones. Rápidamente, los
rojos organizan un contraataque en masa, en el que intervienen veintiún batallones y artillería,
tanques y aviación. Toledo vive unos instantes gravísimos en los días 9, 10 y 11, hasta que
Yagüe acude personalmente con sus mejores fuerzas, obligando al enemigo a retroceder.
Toledo aclama a Yagüe como un verdadero libertador. El coronel, que ha instalado su Cuartel
General en Yuncos, adquiere en Toledo inmensa popularidad. El 8 de junio se le confiere
accidentalmente el mando del glorioso primer Cuerpo de Ejército de Madrid, que parece
destinado por algún tiempo a la inmovilidad, por estar en su momento culminante en aquellos
días la ofensiva del Norte.
El 19 de junio, el coronel Yagüe en persona acude a Toledo para dar cuenta al pueblo desde el
balcón de la Jefatura Provincial, sito en la destrozada plaza de Zocodover, de la caída de Bilbao.
Pocas veces la elocuencia de Yagüe alcanzó mayores cimas de emoción que al comunicar a
legionarios y falangistas cual había de ser la conducta con los “rojillos que cayeran en su poder.
Al terminar su arenga de generosidad y hermandad española, los ojos de Yagüe estaban
húmedos. ¡La “hiena de Asturias”, “el verdugo de Badajoz”, como seguían llamándole los
marxistas, sólo pensaba en hacer de los pobres “rojillos” engañados hombres honrados para
una Patria decidida a proporcionar a todos sus hijos el pan y la justicia!
El 5 de julio, mientras las columnas del Norte prosiguen su avance hacia Santander, los rojos
desencadenan una tremenda ofensiva contra las posiciones del sector noroeste del frente de
Madrid entre El Escorial y la carretera de Toledo. En total, unos ciento cincuenta mil hombres
contando con las reservas de Madrid-, ciento ochenta carros, cien aviones y poderosa
artillería. Yagüe, nombrado en propiedad jefe del primer Cuerpo del ejército de Madrid, muy inferior en
número, se enfrenta con la formidable avalancha. El día 5 los rojos obligan a retroceder a los
nacionales, creando una bolsa-han aprendido la genial estrategia de Franco-que se detiene
incomprensiblemente-a cinco k¡lómetros de Navalcarnero. El 6 ocupan Brunete. Durante
cuatro o cinco días-de un espantoso calor-el frente es un verdadero infierno. Las tropas de
Yagüe-uno contra diez-se baten con un heroísmo desesperado que desconcierta al enemigo. El
propio Generalísimo acude al teatro de operaciones con su Estado Mayor y toma la dirección
de la batalla. A las fuerzas de Yagüe se han unido otras al mando de Varela, restadas a otro
frente.
La resistencia inverosímil de Yagüe ha desconcertado a los rojos. A partir del día 10 va
decreciendo el ímpetu de sus ataques, en los que no obtienen fruto posible. El 18 las tropas de
Franco emprenden la contraofensiva. El 24, Brunete-en ruinas-es reconquistado por los
nacionales, que cruzan el río Guadarrama. Los rojos, diezmados-se calculan en 30.000 sus
bajas-y desmoralizados, desisten de su sueño de romper el frente de Madrid. Cincuenta carros
de combate rusos han caído en poder de Franco.
Yagüe explicó acertadamente por qué el primer empujón rojo se detuvo a las puertas de
Navalcarnero, nudo principal de comunicaciones, desguarnecido y deshabitado:
-Han perdido la batalla de Brunete y perderán la guerra, porque de nada les servirán el
material ruso, los Estados mayores franceses, las Brigadas Internacionales y los soldados
“rojillos”, que son los mejores del mundo después de los nuestros, si no tienen eso que Franco
ha creado para nuestro Ejército: espíritu de audacia y mandos inferiores. Con tres secciones al
mando de tres de nuestros alféreces provisionales habrían ocupado Navalcarnero y ni tú ni yo
estaríamos ahora tomando café en Yuncos. Habrían llegado a Ávila y Toledo… Por eso te digo
que Dios está “descaradamente” con nosotros.
20-EL CUERPO DE EJÉRCITO MARROQUÍ
A finales de 1937, el frente Norte ha desaparecido. La victoria espera al Ejército nacional en las
playas de Levante.
Franco ha convertido en un poderoso Ejército a las escasas fuerzas con que comenzó la guerra.
Bajo sus banderas de unidad se agrupan casi un millón de muchachos de diecinueve a veintiún
años, llenos de ardor combativo con una oficialidad magnífica. Aparte de las unidades más
pequeñas que guarnecen los frentes estabilizados-Andalucía, Extremadura y Madrid-, se
organizan cinco grandes unidades con destino a la gran operación final. Estas unidades son: 1º,
el Cuerpo de ejército de Navarra, que manda Solchaga; 2º, el de Aragón, que manda
Moscardó; 3º, el de Castilla, al mando de Varela; 4º, el de Galicia, que lleva a su frente a
Aranda; y 5º, el Cuerpo de ejército marroquí, cuya dirección se encomienda a Yagüe el 3 de
noviembre de 1937.
El día 8 se hace cargo de su nueva unidad en Zaragoza, donde instala su Cuartel General, que
días más tarde-el 21-traslada a Daroca. El 7 de diciembre marcha a Atienza (Guadalajara) a
comenzar los preparativos de una gran operación a fin de asegurar ulteriores avances hacia el
mar.
Los rojos, sospechando alguna maniobra nacional desencadenan una fuerte operación sobre
Teruel, débilmente guarnecida, con varias divisiones de choque de anarcosindicalistas e
internacionales. Tras un momento de estupor, el Ejército nacional pasa a la ofensiva el 19 de
enero de 1938. Yagüe es encargado de ocupar por el sur el valle del Alfambra, lo que consigue
con sus aguerridas tropas el 7 de febrero, tras duras operaciones en las que el Cuerpo de
ejército marroquí se cubre de gloria. Tras setenta días de batalla, Teruel vuelve a ser nacional.
Hay que explotar el éxito, rompiendo el frente rojo en dirección a Belchite. La difícil papeleta
es encomendada a Yagüe, que ocupa dicho pueblo tras tenaz resistencia. Continúa avanzando
y ocupa Caspe el 17. El 23, sus vanguardias cruzan el Ebro y baten a los rojos. Continúa su
arrollador avance y ocupa Bujaraloz, Candasnos y Fraga. El 24 rompe el frente enemigo y se
apodera de Pina y Velilla de Ebro, Alforque y Cinco Olivas.
Al conquistador de Badajoz y héroe de Brunete le va a corresponder clavar las primeras
banderas de España y de Falange en la región catalana que unos cuantos malvados o delirantes
quisieron desgajar de la Patria total. Días más tarde otras unidades llegan al mar por Tortosa y
Vinaroz. La guerra está virtualmente ganada.
El 25 de julio de 1938, día del Apóstol de España, los rojos hacen su último y gigantesco
esfuerzo para librarse de la derrota total, cruzando el Ebro por varios puntos en la gran curva
que el río describe alrededor de Gandesa. Sus vanguardias llegan hasta los suburbios de
Gandesa, poniendo en grave peligro las líneas nacionales. Como siempre, los rojos son
incapaces de aprovechar el éxito inicial, tal vez porque, en cuanto pasa el primer momento de
sorpresa la reacción de los nacionales es incontenible. A los tres o cuatro días el frente se ha
fijado, y el Cuerpo de ejército marroquí resiste a pesar de la enorme concentración artillera del
enemigo. Yagüe reorganiza las unidades de que dispone sin retroceder un palmo de terreno.
La resistencia durísima se prolonga todo el verano, desgastando enormemente al enemigo.
Quizá de todas las etapas de la guerra fuera aquella de resistir y no atacar la más amarga para
el temperamento de Yagüe. Más que nunca, entonces, Yagüe es padre de sus soldados y les
anima con su presencia, con su palabra, con su ejemplo. Nunca pareció tanto un semidiós a sus
hombres.
Por fin, el 30 de octubre empiezan las operaciones para arrojar al enemigo de sus posiciones.
El 7 de noviembre cae Mora de Ebro y el 16 no queda un soldado rojo en la orilla derecha del
Ebro. Nada detiene el torrente de fuego y decisión de las tropas nacionales, que el 17 pueden
cantar la victoria del Ebro al contar los veinte mil prisioneros rojos, los doscientos cincuenta
aviones derribados, los tanques del inmenso botín de un ejército aniquilado cuyas bajas se
calculan en ochenta y cinco mil muertos y heridos.
Recién nacido el Año de la Victoria, Yagüe-ya general de brigada-establece su cuartel general
en Bot (Tarragona) para comenzar la última etapa de la liberación de Cataluña. El enemigo,
quebrantadísimo en el Ebro, opone escasa resistencia a la marcha victoriosa del Cuerpo de
ejército marroquí hasta llegar a la ciudad de Barcelona, que conquista el 26 de enero.
Barcelona, rescatada del terror rojo y de las veleidades separatistas, tributa a Yagüe las más
clamorosas ovaciones.
Al invicto general le hubiese gustado continuar el paseo triunfal de sus banderas hasta la
misma frontera de la Francia inamistosa, pero el Mando supremo ordena al Cuerpo de ejército
marroquí acudir al frente de Extremadura, donde las fuerzas rojas copadas intentan un último
coletazo a la desesperada. Como un ciclón caen sobre Extremadura los soldados de Yagüe el 1
de marzo, pasando a una ofensiva irresistible. El 28 de marzo, coincidiendo con la entrada en
Madrid de otras unidades nacionales, toman Ciudad Real. El 1 de abril el Caudillo firma el
último parte de guerra...
Re: Biografía del General Yagüe
21-LA ETAPA FINAL
La pesadilla ha terminado. El Cuerpo de ejército marroquí se disloca, dejando a la Historia un
nombre capaz de rivalizar con el de los Tercios del duque de Alba o el conde de Fuentes, el
Ejército de Castaños, las guerrillas del Empecinado o las huestes de Zumalacárregui.
Yagüe continúa siendo su general hasta el 31 de agosto, en que la gran unidad queda disuelta.
Días antes, Franco le ha nombrado su ministro del Aire, en el primer Gobierno de la Paz. El 31
de octubre cesa en el mando e inspección de las Banderas Legionarias, de las que se despide
lleno de orgullo y emoción en una alocución tan vibrante como la mejor de sus arengas:
“Sabéis que al escribir esta orden para deciros adiós por dejar de mandaros me estoy
comiendo las lágrimas”.
Ministro de Aire y consejero nacional de Falange, Yagüe demuestra la misma energía, lealtad y
pericia para las misiones políticas que demostró en las lides castrenses. Su espíritu y entereza
frente a los arduos problemas de la reconstrucción de una Patria en ruinas justifican la
confianza que España y su Caudillo tienen en el ilustre soldado, cuya salud, debido a tantos
épicos trabajos, se debilita día a día.
Ascendido a general de división en noviembre de 1942, se le nombra jefe del Décimo Cuerpo
de ejército en Melilla y delegado del Gobierno en aquella plaza. El general mantiene alerta al
ejército en una región en peligro por las posibles consecuencias de la contienda europea.
Cesa en este cargo difícil en julio de 1943, y en septiembre asciende a teniente general por
elección, nombrándosele capitán general de la Sexta Región y jefe del cuerpo de Ejército de
Navarra. El 18 de octubre toma posesión de la Capitanía General en Burgos, la misma ciudad
castellana en la que nueve años y cuatro días después concluiría su existencia gloriosa.
Sin rendirse a su enfermedad agravada cada día, el capitán general de Burgos pudo realizar en
la ciudad que tanto amara sus antiguos sueños entre 1910 y 1914 cuando paseaba por sus
bellísimos alrededores. A lo largo de esos nueve años, Yagüe logró proporcionar a la
generación siguiente a la que viera antaño por los sucios arrabales burgaleses lo que tanto
deseara: un pedazo de pan ganado dignamente, un hogar limpio y decoroso, una escuela, unos
campos de juego… es decir, el pan, la Patria y la justicia prometidos por José Antonio y
logrados con la espada de Franco.
Yagüe supo ser constructor como había sido soldado y ganar fama de buen juez como aquellos
Laín Calvo y Nuño Rasura que inspiraron a Castilla el amor a la justicia. El resumen de la
ingente labor social de Yagüe lo dan estas cifras: viviendas construidas y en construcción el día
de su muerte, 1.807. Valor de las obras realizadas o por realizar, 271.062.003 pesetas.
Entre esas obras figuran la barriada “Juan Yagüe” constituida por 348 viviendas ultrabaratas, la
iglesia y casa rectoral, las escuelas, los preventorios y clínicas con residencia para los médicos,
el jardín infantil. Otra realización de Yagüe es la ciudad deportiva con pista hípica, piscina
cubierta, frontones de pelota, etc. Frente a la Ciudad Deportiva se construye la gran Academia
de Ingenieros Militares, que será una de las mejores del mundo en su género. Los viejos
cuarteles han sido sustituidos por otros limpios y modernos, con cien viviendas para jefes y
oficiales, etc.
Especial ternura dedicó el general a San Leonardo, el pueblecito soriano en que viera la luz y
donde ahora descansa eternamente.
Durante cuatro o cinco años, Yagüe luchó con la muerte, único enemigo capaz de vencerle, por
sorpresa y con alevosía. Le atacó al mediodía del 21 de octubre de 1952, en su puesto de
mando y con las botas puestas, como correspondía a su profesión castrense.
España le lloró conmovida. Y mientras doblaban fúnebres las campanas de Burgos, un viejo
amigo-¡cuarenta y cinco años de hermandad!-, el Caudillo Franco, le concedía la suprema
jerarquía militar ascendiéndole a capitán general como premio “a la extraordinaria obra
desarrollada en el curso de una vida consagrada por entero al servicio de la Patria, y en la que
con sacrificio y heroísmo alcanzó los más preciados laureles de todas nuestras campañas”, y
creaba para él un título de nobleza-el marquesado de San Leonardo de Yagüe-que perpetúe en
su descendencia el recuerdo de su vida heroica.
La carrera del excelentísimo señor don Juan Yagüe Blanco alcanzaba así la más alta cima de la
milicia y su noble temperamento castellano se incorporaba para siempre a la nobleza de
España. Al camarada Juan Yagüe Blanco, camisa vieja de la Falange, le concedía días después el
propio Franco, su Jefe Nacional, la Palma de Plata creada por José Antonio para recompensar
el valor, la abnegación y el heroísmo de sus mejores caídos en acto de servicio. Sobre el cielo
de Castilla brilla ahora, muy próximo al de José Antonio y al de los falangistas de la Bandera de
Marruecos, un lucero más.