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Tema: Eugenio D'Ors

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    Eugenio D'Ors

    Breve biografía del genio catalán en el programa "La Estrella Polar"

    http://www.cope.es/copealo.php5?nomA...=Eugenio+D+Ors'

  2. #2
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    Re: Eugenio D'Ors

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Semblanza de Eugenio d'Ors por Ernesto Giménez Caballero, 1985

    Eugenio ´D'Ors (1881-1954), coloso intelectual ante cuya comparación todos los juntaletras actuales son enanos (cuando no microbios) es sometido a silenciamiento pertinaz y al olvido, por no perdonársele su condición de "españolista" y "franquista". Pero, la razón principal es que su profundísimo pensamiento y filosofía, no pueden ser juzgados, ni aun olfateados por los incompetentes críticos actuales.

    Eugenio d'Ors


    Don Eugenio (d'Ors y Rovira) significó el bien plantado o bien engendrado (su filosofía debía llamarse Eugenesia). Pero don Eugenio, nacido en Barcelona un 28 de septiembre, 1881 como «Eugeni d'Ors» —y «Xénius» como escritor y Glossari su obra fundamental y su bien amada: «Catalunya»—, un día descubre que, en lugar de iniciador de una catalanidad independiente y hasta imperial, es el último eslabón del romanticismo llemosí, iniciado en 1833 por un empleado de Banca, Buenaventura Carlos Aribau, cuando del «mugró matern la dolça llet bevia».

    Y entonces con decisión heroica de precursor vierte su trilogía política de «Imperio», «Sindicato» y «Misión» ¡a lengua castellana! Desde el centro de España: Madrid. Y el «Xénius» lo transforma en «Eugenio». El Glossari en Glosario. El «'Ors» nos hace recordar que proviene de «Ursus», con sus ursinas cejas. Y del Institut d'Estudis Catalans pasa a la Real Academia Española. Y de maestro de catalanes, a mentor de españoles y americanos. Y aun europeos.

    Y, por tanto, de bien plantado a trasplantado. Hasta que un día de 1954 siente de nuevo la llamada natal y, en su ermita de Villanueva y Geltrú, muere. Mientras comienza a caer sobre esa Tumba un silencio implacable. De coterráneos catalanes por creerle traidor. Y de peninsulares autonomizantes al recordar su Franquismo. De modo que tras pasar a trasplantado tiene que ser, hoy, replanteado.

    Tal como yo lo iniciara por 1942 en mi Amor a Cataluña cuando le abordé en un banquillo, no de los acusados, sino de los defendidos, ante rústica mesa de su casa, calle madrileña del Sacramento y sede del Instituto de España por él creado. Y un hispaniquísimo almuerzo de tortilla española, merluza rojigualda por la mahonesa y el tomate, carnero asado meseteño y vino de tonel. Su pelo era blanco. No aquel negrísimo retratado por Le Serrec, 1910, y Ramón Casas, 1923.

    —Don Eugenio, desde este Instituto de España, ¿añora el de Estudis Catalans?

    —Este Instituto se irá conmigo y no por mi abandono, sino para transformarse en otro de Cultura Hispánica o Iberoamericano.

    —¿Y usted qué haría entonces? ¿Se iría a Francia, donde he visto que torna usted a viajar y con tanto halago le acogen los «amigos de Carlomagno»?

    —Yo llamo así a los que esperan el fracaso del Eje romano-germánico para que Francia, una vez más, recoja la función rectora de Europa.

    (Y como entonces no podía preguntarle si admiraría a un De Gaulle y a un Mitterrand, le demandé por Carlomagno.)

    —¿Y usted no lo admira? —exclamó.

    —A mí, como español, es un nombre que me estremece. Fue el fundador de la marca hispánica, de la primera autonomía catalana anexada a Francia...

    —¡Oh! Carlomagno representaba entonces a Roma, al Ecúmene, a lo universal, a lo católico y cupular.

    —Yo admiro a la auténtica Roma, no a la cismática de un Aviñón.

    —Pero eso que usted afirma tiene posos nacionalistas y pulgas de Viriato...

    Peores fueron las de Indíbil y Mandonio, primeros separatistas. Pero usted no se irá otra vez por esos caminos —dije con cariño, estrechándole la mano—, aunque en Occitania le halaguen más que aquí nosotros.

    —No... Eso no... Ya no —respondió inclinando su noble testa pensativa. Quizá evocando aquel «Xénius» o de genio de la nacionalidad catalana. Mesías esperado durante un siglo de romántica gestación. Ungido por Prat de la Riba —máximo sacerdote— de parabienes y viáticos. Quizá evocara cuando llegó al Madrid de Ortega con consecuencias tan eficaces como aquel histórico contacto de Boscán con Garcilaso. Ors aportaba, de ultrafrontera, novísimas «trovas» o hallazgos conceptivos. ¡Qué lenguaje literario el suyo! Desde Mosés Joan Boscá —siglo XVI— no había vuelto en Castilla a haber una conmoción lingüística y estilística semejante.

    Yo a mi vez recordaba que una de las primeras plumas en exaltar mi primera obra sobre Marruecos —mis Notas marruecas de un soldado— fue la suya. Y por eso un día en unos Juegos Florales de Elche, terminada la guerra, quise pagarle aquella primordial atención sobre mí. Señalé en un palco semiescondido a don Eugenio que había dado tres hijos ¡para la unidad de España! Víctor, Alvaro, Juan Pablo. La ovación duró mucho tiempo. Allí se terminaron los juegos. Y también la serenidad goethiana de don Eugenio, que levemente sollozaba.

    No sé cómo este centenario fue evocado en Cataluña. En Madrid: con algo más que literatura. Casi como una bandera que se alza de nuevo. Habrá quien le incrimine quizá. Y quien le incite —si pudiera— a contestarle. Como ocurrió, estando yo delante en el Café Lyon de Madrid. Excusándose de replicar al insultador «porque era el Día de la Madre». Aquí no sólo son ya sus hijos. He visto una evocación suya en 500 palabras de su nieto Carlos.

    Su cuerpo yace en tierra catalana. Pero su efigie: en el Prado madrileño. El Prado del Museo que él cifró en 3 horas de visita. El Prado del Botánico para compensar la deficiencia dieciochesca y cultural de España. Y el Prado de los Sindicatos cuya función salvadora y social anticipó antes que nadie. Ésa fue la obra de don Eugenio: la OBRA BIEN HECHA. Para evitar que Madrid torne a la Reconquista de Cataluña, otra vez (como en 1640 y 1936) por las armas.

    Don Eugenio ha tenido la fortuna de dejar unos hijos y nietos que siguen alimentando su fama, su no dejar que se le olvide. Últimamente Juan Pablo puso en acción —Casal Cátala de Madrid— «el licenciado Torralba», Y poco después inauguró un Museo d'orsiano en la calle madrileña de Quintana: cuadros, libros, cartas y pareceres de sus amigos sobre el noucentismo. Y reuniones para evocarlo. A mí me pidió estas palabras que enmarcó en el vestíbulo:
    «Eugenio d'Ors fue el supremo glosificador del Novecentismo. (O sea: la Revolución hecha Tradición.) En artes, ciencia, poesía, vida. (¿Quién lo será para el Dosmilcentismo?) Parece ser que comenzó en La Veu de Catalunya. Y culminó en 1938 cuando su Glosa se hizo Acción al investirse de falangista en Pamplona junto a nosotros los que habíamos marchado, sin saberlo, por las sendas que él trazara: Roma, Autoridad, Sindicalismo, la Vida como milicia. Profeta del Imperio (1906), Genealogía ideal del Imperialismo. Del Sindicato (1905), Posibilidad de una civilización sindicalista. Y Misión (1906), Una política de misión.

    Por lo cual se demostró una vez más que Cataluña, la Castilunya o tierra mediterránea de castillos, fue la generadora de unificaciones e imperialidades: la antigua Tarraconense romana, la Marca carolingia hispánica, el Condado barcelonés del Reino de Aragón y el Reino de Valencia. La Boda, al fin, con Isabel la castellana del interior.

    Cuando esto escribo está Cataluña en su ciclo ibérico, mediévico y romántico, en aquello que empezó con Bolívar en América por 1812 y seguiría aquí con la Renaixença del XIX y luego con Maciá y retorna hoy con Jordi Pujol. Pero la nueva Unidad de España y su nuevo ímpetu imperial saldrán de esa Castilunya invencible a la que glosó el Novecentismo de D'Ors y la hicieron combate sangre y victoria sus hijos Víctor, Alvaro y Juan Pablo, mis admirables camaradas. Mis inolvidables camaradas. (...)


    Ernesto Giménez Caballero

    Última edición por ALACRAN; 02/03/2021 a las 20:42
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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