Integrado por almas nobles, ávidas de paz, orden y justicia, nacieron en Cataluña las gloriosas milicias, al devenir de los tiempos llamadas Somatén, que, sin pertenecer al Ejército, reuníanse a toque de campana para enmendar desmanes y fechorias.
Se desconoce la fecha de su primera actuación, si bien algunos vinculan su origen en el famoso Código conocido por los «Usatges de Barcelona» proclamado en tiempos de Ramón Berenguer I. Lo demostró durante su reinado. Entre otras importantes iniciativas convocó las Cortes de 1068, de las cuales emanó el primero de los Códigos, estableciendo el nuevo derecho de «Paz y tregua». Consecuencia de él fue, en la importante recopilación de leyes, el célebre «usatge»: «Princes namque», en virtud del cual el príncipe podía llamar a sus súbditos siempre que lo creyera necesario.
ORIGEN DEL SOMATÉN
En 1172, Alfonso I, que unió al título de Rey de Aragón el de Conde de Barcelona, convocó a príncipes, barones y señores del país a fin de que juraran la Constitución de Paz y Tregua; que, al igual que otra que se redactó más tarde en Barbastro, refleja indudable orientación hacia el Somatén vecinal.
También Pedro I promulgó varias Constituciones de Paz y Tregua; pero la que más concretamente revela el Somatén es la que consta en los anales de Jaime I el Conquistador. En efecto, el 15 de enero de 1257, el Rey con el obispo de Barcelona, Cabildo y demás prohombres de la ciudad, habida cuenta de los frecuentes robos y saqueos de que eran víctimas los labradores, ordenaron que todos los feligreses de las parroquias tuvieran en sus casas armas, ya fuesen ballestas, espadas, lanzas o cuchillos de grandes dimensiones, para defenderse de los malhechores.
Igualmente se ordenaba que todo perjudicado avisase a la vecindad emitiendo sonido, recayendo severas multas sobre aquel, que no acudiera a conjurar el peligro.
Tal pacto y otros merecieron el nombre de Sacramental, como los que establecieron los señores de castillos y terratenientes al armar a su gente para la defensa de sus propiedades y sus frutos. No obstante, estas Sacramentales no podían ser válidas sin la previa voluntad de los señores y el refrendo de la autoridad real. Tal se estableció en las Cortes de 1291, y así pasó a formar la Constitución II de «Sometent».
Notoriamente ventajoso resultó el benemérito pacto ya en tiempos de Jaime II, sobre todo en las regiones del Llobregat y del Valles. De ahí su progreso y que, perfectamente constituidos, se extendieran por todo Cataluña con juramento de la observancia de sus leyes, que prohibían emitir sonido contra el mismo señor o contra sus vasallos y labradores. En tal caso, ninguno era obligado a salir y sí a detener a su autor.
No se quería venganza de sangre, sino derecho de justicia, para la observancia de la cual se nombraron jefes con nombre de capitanes.
Tan magníficas organizaciones, fueron aprovechadas por algunos soberanos en defensa de la Patria. Así, Pedro IV, el Ceremonioso, levantó el Somatén contra Jaime de Mallorca, y el emperador Carlos V redactó una orden en virtud de la cual el Somatén debía seguirle no sólo contra los facinerosos, sino contra los enemigos de la nación.
Reglamentado poco a poco, llegó a su más sólida madurez en tiempos de Fernando I, quien, en las Cortes de Barcelona, de 1413, definió el Somatén diciendo que fue instituido «para ejecución de justicia, castigo de crímenes y captura de malhechores». Por lo mismo, podía detenerlos en sagrado sin incurrir en excomunión y también en los castillos feudales con o sin permiso de sus nobles moradores.
El marqués de Lombai, duque de Gandía, (más tarde San Francisco de Borja) en su Virreinato de Cataluña se quejaba al emperador Carlos V, en 1541, de las cuadrillas de bandoleros que infestaban la comarca, reduciéndola a desorden y pobreza con sus desmanes. El remedio lo obtuvo del Somatén, que a través de su larga historia contó épocas de esplendor y otras de decadencia, si bien siempre cumplió la misión impuesta rivalizando por mantener al país con dignidad y justicia.
EL TAMBOR DEL BRUCH
Cuando España sufría la ocupación napoleónica, Manresa, exasperada, dio el grito de independencia. En contestación, salió de Barcelona una división francesa compuesta de unos cuatro mil hombres, a fin de rendirla y castigarla.
No habían contado con el coraje de los somatenes manresanos e igualadinos, que provistos de escopetas de caza, utensilios de labranza y otros artefactos se lanzaron al monte. Desde allí lanzaban enormes piedras con tan certera precisión que causaron la más humillante derrota a los expedicionarios. Se habían reído de aquel puñado de valientes parapetados en los «Bruchs» a los que tal vez hubieran conseguido reducir de no habérsele ocurrido a Mauricio Garrió Serracanta, el conocidísimo redoble del tambor. Repetidos sus ecos por los riscos montserratinos, sobrecogió a las huestes francesas que hubieran emprendido la huida de no llegarles refuerzos. También los valientes Somatenes viéronse socorridos por los de Sampedor y Sallent, a cuyo común empuje la derrota fue cuestión de momentos. Aterrado el invasor, retiróse con graves pérdidas para volver sobre su intento a mediados del mismo mes de junio. Pero, también el Somatén, con más gente, mejor armada y con un jefe que fue el comandante de Somatenes del Llobregat, don Juan Baget y Pamies, supo vencer rotundamente a las tropas francesas de ocupación.
Los encuentros del Bruch aniquilaron las fuerzas del orgulloso general Chabran, que decía no haber vuelto la espalda a enemigo alguno. Y, por si todo ello fuera poco, al llegar al puente de Abrera, hacia San Feliu, el puente se hundió al enorme peso de la tropa, con la consiguiente merma de bajas en las ya descalabradas huestes extranjeras. Así terminó la memorable batalla de Bruch, cuyos valientes protagonistas supieron cubrir de imperecedera gloria al benemérito Somatén catalán.
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