El bueno de Stephen vs la mala de Jane.
Es lo que parece que algunos deducen de la película "La teoría del todo" que se acaba de estrenar. Pero lo que no se dice es que no hay UNA teoría del todo, sino MUCHAS teorías del todo, pues en ninguna se encuentra solución posible para fundir la física clásica con la física de partículas. Y aun así, resulta que el argumento de la película sólo tiene esa teoría como fondo, porque en realidad el argumento versa sobre el matrimonio de Stephen Hawking y su primera mujer Jane Wilde. La mujer que se ocupó de él hasta que apareció la enfermerita "robamaridos" y se lo llevó para ella. Uno lee el siguiente artículo y casi, casi, llega a la conclusión de que Jane Wilde fue una bruja y además, cristiana. Lo cierto es que no hay una "Jane mala", sino una católica que soportó todas las miserias de un hombre que si bien en Física es un genio (equivocado, por cierto), en lo personal se portó como un miserable con su mujer.
Las miserias del científico Stephen Hawking
“La teoría del todo”, un film pobre con una muy buena actuación de Redmayn
Por: Iván Gallo | enero 22, 2015
Las miserias del científico Stephen Hawking
Hallmark es un canal para señoras grandes y adolescentes confundidas, que se dedica a hacer películas con la misma ternura y sensibilidad con la que hace sus postales y el helado de vainilla. La mayoría de sus historias tienen como protagonistas a gente muy especial, inteligente y hermosa, que lamentablemente tiene algún tipo de impedimento físico. A pesar de todas las adversidades que pueden traer nimiedades como una cuadriplejia, el síndrome de Down o una simple castración, el personaje logra reponerse a todo, llevándose de paso a la chica más linda del barrio, dejándonos claro que la única razón por la que estás solo, deprimido, pobre y desempleado es por tus malditos genes latinos.
Resulta insultante que la esperada película sobre el más grande astrofísico de nuestra era, tenga este tufillo a postal de San Valentín. Seguro que muchos habrán salidos enternecidos ante la historia de la pobre Jane quien tuvo que padecer el tormento de cargar con su marido en una silla de ruedas, lavarlo, peinarlo y vestirlo. Cualquiera se hubiera reventado, de eso no cabe duda. Pero Stephen Hawking es mucho más que un discapacitado. Me parece inadmisible que el hombre que más cerca ha estado de crear una ecuación que nos permita viajar en el tiempo, tenga un biopic en donde le sean expuestas todas sus miserias.
De todos los aspectos gloriosos que puede tener la vida de un científico de la talla de Galileo, James Marsh elige adaptar el libro Viaje al infinito: Mi vida con Stephen, en donde Jane, en un ataque de despecho absoluto, intenta sacudirse la frustración de no haber podido ser la autora que había soñado, banalizando a su marido, el mismo que la dejó por una enfermera con la cual si podía reírse de su propia desgracia.
Lo que vemos en el biopic es a Stephen tras los ojos de su exesposa, una mirada de la que poquitos hombres podrían quedar bien parados. Después de un comienzo auspicioso, donde gracias a la acertada actuación de Eddie Redmayne vislumbramos al autor de Una breve historia del tiempo, aparece la enfermedad que lo condenaría a la inmovilidad absoluta y la película, a la vez, parece empezar a sufrir la misma parálisis.
Los lugares comunes prevalecen, un baile, un beso, juegos pirotécnicos, profesores entogados de apariencia sublime, el amor, el desamor, la desilusión. La teoría del todo tiene todos los elementos menos el más importante en una película sobre Hawking: el universo. A James Marsh le faltó jugársela, arriesgarse. Seguro hubiera tenido menos nominaciones al Óscar pero a cambio hubiera hecho una película memorable.
Como no soy sino un vulgar opinador, tengo el derecho a pecar y a plantear una posibilidad de la cual fue desechada por el guionista Anthony Mc Carten y fue hablarnos un poco más de la silla que aún le permite comunicarse con el mundo al físico. Creada por el ingeniero Dennis Klatt, desarrollada por Intel, este aparato es un milagro de la tecnología: posee algoritmos que predicen textos avanzados e intuyen las palabras, infrarrojos que detectan el movimiento de la mejilla, único músculo que por ahora puede mover Hawking, medidores de la tensión y navegación por internet. Y claro, de ahí sale la famosa voz que tanto ha sido celebrada, y parodiada, en The big bang theory y Los Simpsons. En la película la escena en la que le entregan la silla no tiene ningún tipo de importancia. El tipo que la entrega pareciera que fuera un fontanero que fue a la casa de un cliente a arreglar el inodoro. La explicación que nos da no nos satisface. El fontanero-ingeniero no es más que otro de los recuerdos de Jane.
Si se gana o no el Óscar Eddie Redmayne me tiene sin cuidado. Esa estatuilla no tiene ningún mérito artístico, o si no recuerden que ya lo han ganado en el pasado nulidades como Cuba Gooding jr, Sandra Bullock, Jean Dujardin o Russell Crowe. Redmayne está pasable pero tampoco es la actuación sublime de la que hablan todos. Eso sí, es lo más destacado en una película pobre, miserabilista, moralista y hasta cristiana. La visión de la creyente Jane es la que se impone, el otro es un pobre ateo postrado en la silla de ruedas más inteligente que hombre alguno haya creado.
Si ya te cansaste de ver con tu abuelita los programas de Hallmark y necesitan un entretenimiento saludable que deja moraleja y reparta moralina, La teoría del todo es la solución ideal para una tarde de domingo. Tus creencias religiosas, quien lo diría, saldrán reforzadas.
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Re: El bueno de Stephen vs la mala de Jane.
Jane Hawking: «Estuve a punto de suicidarme durante mi matrimonio»
INÉS MARTÍN RODRIGOIMARTINRODRIGO / MADRID
Día 23/01/2015 - 09.15h
La primera mujer de Stephen Hawking narra en un libro de memorias su vida junto al científico, del que se separó en 1991
Jane Hawking: «Estuve a punto de suicidarme durante mi matrimonio»
IGNACIO GIL
Jane Wilde conoció a Stephen Hawking en Cambridge, a principios de los 60. Tras un encuentro fugaz en una fiesta, a través de un amigo común, los jóvenes se hicieron inseparables y en 1965 el noviazgo terminó en boda. Tuvieron tres hijos en común y estuvieron casados hasta 1991. Un largo periplo vital que Jane Hawking comenzó a narrar en «Music to move the stars», las primeras memorias sobre su matrimonio, y ha cerrado con «Hacia el infinito», libro en el que se basa el filme «La teoría del todo» y que Lumen ha publicado en España coincidiendo con el estreno de la película
—¿Por qué se puso a escribir?
—Cuando nos separamos, estaba tan dolida, tan agotada, que no podía hacer nada. Si me hubiera puesto a escribir entonces, hubiera sido algo rencoroso. Tarde o temprano tendría que escribir algo, porque siendo Stephen tan famoso toda la familia se vería afectada. Sabía que, algún día, alguien investigaría y escribiría algo que podría ser exacto o una invención. Quería escribir la historia definitiva de nuestro matrimonio.
—¿Qué fue lo primero que pensó al conocer a Stephen?
—Me atrajo su sentido del humor y su inteligencia. La primera vez que estuvimos juntos reímos todo el tiempo.
—¿Tuvo alguna duda a la hora de casarse? Porque a Stephen ya le habían diagnosticado.
—No, porque soy optimista. Era muy joven, y la juventud y el optimismo van de la mano. Además, los médicos le habían dado dos años de vida y me dije: bueno, puedo dedicarme a Stephen durante dos años, tengo el resto de mi vida por delante. Además, la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética estaba en su plenitud, y teníamos la sensación de que en cualquier momento podía estallar sobre nuestras cabezas una bomba nuclear y acabar con todo. Decidí que no me importaba.
—El trabajo de Stephen, su talento, ¿cambió su modo de ver la vida?
—Sí, porque me interesé mucho más por la ciencia y me entusiasmé, sin saber mucho, por la física y el estudio del universo. En aquella época, Stephen era tan importante para mí que yo quería saber todo lo que hacía, quería apoyarle, animarle a lograr todo lo que se proponía, a superar su enfermedad.
—¿Cómo es el día a día con la mente más privilegiada del mundo?
—Tenía que prepararle por la mañana, llevarle a su despacho, que estaba muy cerca de nuestra casa, prepararle la comida, luego la cena… Stephen necesitaba tres grandes comidas al día. Cuando tuvimos niños, había fines de semana en los que estaba sentado, en su silla de ruedas, y pasaba un día tras otro sin decir nada; me preocupaba y le preguntaba si le dolía algo, si se sentía mal con los niños o conmigo… Al final, el lunes, sin venir a cuento, sonreía. Resulta que había logrado descifrar un problema de Física.
—Esa es la vida junto a un genio.
—Sí, exacto. Los genios son así. No prestan atención a nada más, sólo a la idea que les ronda la cabeza.
—¿Le cambió la fama?
—Mucho, sobre todo con el paso de los años, con la publicación de «Breve historia del tiempo». Tuvimos que emplear a mucha gente en casa porque Stephen necesitaba muchos cuidados. En ese momento, tanto los niños como yo nos sentimos arrinconados, desplazados. Él se convirtió en el centro de todo. Su carácter cambió mucho debido a la influencia de ciertas personas que estaban en casa… Es decir, por su enfermedad y lo que había sufrido.
—¿Por qué acabó su matrimonio?
—Sencillamente se fue sin decir palabra con una de sus cuidadoras (Elaine Mason, de la que se separó en 2006, tras una acusación de malos tratos).
—¿Y qué sintió en aquel momento, después de haberlo dado todo por él?
—Francamente, estaba tan agotada, tan rendida, que no tenía sentido mi vida.
—Sin embargo, con el tiempo ha logrado perdonar.
—Uno siempre tiene que perdonar a Stephen, porque sufre tanto… Hubo ciertas cosas que fueron una falta de consideración hacia mí, pero me dije: Yo lo tengo todo y él no tiene nada, no puede moverse, no puede hablar, le resulta difícil comer… No tengo derecho a quejarme. Siempre era así, y continúa siéndolo, porque todavía me queda el sentimiento de deber hacia él, de tener que estar allí para protegerle, para asegurarme de que todo está bien.
—¿Qué piensa Stephen del libro?
—No lo sé, no lo ha leído, pero ha visto la película y le ha gustado mucho. Ahora es mucho más amable conmigo y con mi marido, porque se ha dado cuenta de lo que intentamos hacer por él.
—¿Y a usted le ha gustado el filme?
—Sí, muchísimo. Es un privilegio que haya una película de nuestra vida juntos. Creo que Stephen también piensa así. Tengo mis quejas, porque han camuflado caracteres, han condensado el tiempo, han cambiado acontecimientos… Pero aún así es una maravilla.
—Después de leer el libro, es imposible no sentirse orgullosa de usted. Todo lo que luchó por su vida...
—Te encuentras en una situación y lo haces lo mejor posible. Tenía muchísima responsabilidad, con Stephen y mis hijos. A veces me sentí reducida hasta tal punto que consideré suicidarme.
—¿Durante su matrimonio?
—Sí. La vida era tan dura… pero seguí adelante. Si no llega a ser por Jonathan (Hellyer Jones, su segundo marido) me hubiera suicidado. Apareció en mi vida en un momento en que no podía más.
—Teniendo en cuenta cómo le conoce, ¿cómo cree que le gustaría ser recordado a Stephen Hawking?
—Como el científico más importante desde Einstein, sin duda.
http://www.abc.es/cultura/libros/201...501201850.html
Re: El bueno de Stephen vs la mala de Jane.
TEORÍA DEL TODO
LUIS VENTOSO
Un filósofo brasileño y un físico neoyorquino, contra el chiringuito teórico de Hawking
LA película «Teoría del todo» relata con elegancia y emoción el noviazgo y matrimonio de Stephen Hawking y Jane Wilde y cómo supo el físico que padecía la aterradora esclerosis. La interpretación de Eddie Redmayne resulta asombrosa, no se puede ir más allá. Hawking, de 73 años, además de un científico superdotado es un héroe de la humanidad, por el cuajo y hasta sentido del humor con que ha encarado la enfermedad más cruel, que te entierra en tu cuerpo.
Una confesión preliminar obligada: uno sabe de física lo que le cayó en el bachillerato, pero el debate que se ha suscitado en el mundo anglosajón sobre si a los físicos teóricos se les ha ido la pinza es apasionante y el profano puede seguirlo en sus líneas generales. El filósofo y político brasileño Roberto Mangabeira, de 67 años, y el físico neoyorquino Lee Smolin, de 59 años, ambos hijos de Harvard, acaban de publicar un tocho titulado «El universo singular y la realidad del tiempo», en el que sin mentarlo demasiado le zumban claramente la badana a las teorías de Hawking. Vienen a decir que a partir de los años setenta la física teórica se separó de la física experimental y se lanzó a idear hipótesis matemáticas cada vez más alambicadas y audaces, brillantísimas, pero un poco onanistas, sin principio de realidad probado. Mangabeira y Smolin creen que Hawking y los de su estirpe abordan la ciencia bajo la premisa «podría darse el caso...», y a partir de ahí comienzan a elucubrar en el vacío. Es decir: que se encargue la realidad de avenirse a mi hipótesis. Pero ellos replican que nones, que la ciencia no es eso, sino que debe establecer sus principios de manera concluyente basándose en argumentos racionales testados en la naturaleza. Lamentan que se estén sacralizando construcciones matemáticas nunca probadas.
Este debate, que puede parecer abstruso y lejano, ha llegado incluso al cine comercial. La película de ciencia-ficción «Interstellar», del inteligente Christopher Nolan, bebe por ejemplo de los hallazgos de la física teórica: no hay presente pasado ni futuro, todo ocurre al mismo tiempo. El resultado es que nuestras vidas son meras líneas en un bloque, lo cual lleva al determinismo, a la negación del libre albedrío y hasta del propio yo. Una alegoría circular en la que tampoco cabe Dios, negado con un ateísmo hostil por sabios como Hawking.
Mangabeira y Smolin denuncian que al no saberse cómo comenzó el universo, han inventado un «Big-Bang», sin el que el resto de las teorías carecerían de sentido, y replican que el tiempo sí existe. Frente al «multi universo» de los físicos teóricos, responden que solo hay un universo. Les bajan los humos a las matemáticas. Vuelven a abrir un huequecillo para Dios y para la filosofía natural, frente al callejón sin salida de Hawking, cuyo universo vendría a ser la broma amarga de un genio.
¿Tienen razón? Quién sabe. En un debate con Popper en Cambridge, en 1946, el divino Wittgenstein estaba dando un recital con una ardorosa negación del principio de realidad. Entonces Popper agarró el atizador de la chimenea y le vino a decir lo siguiente: cómo la realidad no existe, le voy a atizar con esto y usted ya me cuenta... Sobra decir quién ganó.
Fuente: ABC.ES
Re: El bueno de Stephen vs la mala de Jane.
Solo un pequeña corrección sobre la anécdota mencionada al final del artículo. Fue Wittgenstein quien tomó un atizador, aparentemente con toda la intención de usarlo contra Popper.