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Tema: “La Epopeya Vandeana”

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    Exclamation “La Epopeya Vandeana”

    “La Epopeya Vandeana”

    “Primera Cruzada Contra los "Sin Dios Jacobinos”
    “Primer Genocidio de la Modernidad»


    Lic. Gustavo Carrère Cadirant
    República Argentina
    gcc03@fibertel.com.ar


    «Mitis depone colla, Sicamber, adora quod incendisti, incende quod adorasti»
    Remigio, Obispo de Reims


    1. INTRODUCCIÓN
    En la Santa Navidad de 496, durante el bautismo solemne del Rey de los Francos—Clodoveo— y tres mil de sus súbditos en la Catedral de Reims, el obispo Remigio pronunció las siguientes palabras: "Doblega tu cabeza, oh Sicambro; venera lo que hasta ahora perseguías, y persigue lo que adorabas". Cuenta una leyenda que como el sacerdote que debía llevar el óleo sagrado de la consagración no podía atravesar la ciudad por la multitud, una paloma blanca llevó en el pico la botellita de óleo —ampulla— y un ángel trajo una bandera bordada con flores de lis, símbolo que sería enseña de los Reyes de Francia.

    No obstante su pasado católico, hace doscientos catorce años que Francia dejó de reconocerse a sí misma como La fille aînée de l’Eglise (La hija primogénita de la Iglesia). No era injusto ese título, ni mucho menos, porque la nación más extensa, más moderna y la más culta del continente europeo tenía una sociedad católica. De los 26 millones de franceses, sólo 40.000 eran judíos y 500.000 protestantes. Sí, se sabían parte de la Iglesia universal, pero conscientes de su peso específico: 139 diócesis y 40.000 parroquias, en 1789; 135 obispos, alrededor de 70.000 sacerdotes seculares —un sacerdote por cada 364 feligreses—, unos 30.000 religiosos y 40.000 religiosas. Con razón escribió François Furet que Francia, en vísperas de la Revolución Francesa, "tenía un paisaje católico, pues iglesias, ermitas, santuarios y monasterios integraban y, no pocas veces, modelaban pueblos y ciudades".

    El estallido, el 14 de julio de 1789, de la Revolución Francesa —de neto contenido Liberal y Masónico— como nueva etapa del proceso histórico del alejamiento del hombre de Dios, lleva a la creación de un nuevo concepto de Estado y sociedad, bajo el lema: "Libertad, igualdad, fraternidad, o la muerte", verdadera parodia de la tolerancia democrática, uno de los valores más cotizados y pregonados en el mercado revolucionario; en la teoría, todo se puede tolerar, pero en la práctica no se tolera que se pongan límites a la «libertad». No se tolera el orden, ni la autoridad, ni la jerarquía, ni nada que ponga obstáculos a la «libertad». Todos gritan a coro que el valor absoluto a defender es la «libertad»; y olvidan que ésta, para ser verdadera, debe estar cimentada en la Verdad y ordenada al Bien.

    La Ilustración —difundida por los enciclopedistas franceses— consigue hacerse con los resortes del poder político, sobre todo a través de la masonería y a partir de la Revolución francesa, extendiendo poco a poco su influjo mediante el liberalismo; error que lleva a la afirmación de la voluntad (de la libertad) del hombre por sí misma, por encima de la voluntad de Dios o incluso frente a ella. Es, pues, el rechazo de la soberanía de Dios sobre el hombre y el mundo, dando lugar a la revolución como proceso histórico del alejamiento del hombre de Dios. Por ello, en el nuevo régimen, los estamentos propios del orden natural deben desaparecer en beneficio de la nación francesa, ente subversivo.

    La Iglesia Católica, Apostólica y Romana en Francia, institución vital en la sociedad gala y pilar fundamental para el sostenimiento de la Monarquía, sufrió desde los inicios un ataque sistemático y perverso; surgieron los adoradores de la diosa Razón, de la diosa Libertad y de la diosa Humanidad, que buscaban reemplazar la fe católica.

    Comienza así la descristianización de Francia, signada por una verdadera apostasía de sus hombres, religiosos y laicos.

    El mundo moderno liberal —en el pensamiento y las instituciones, las leyes y las costumbres— se va, pues, constituyendo ya en Occidente como una contra-Iglesia, pues quiere vivir sin–Dios y sin–Cristo. Y es apóstata, pues todo él procede del cristianismo: rechazando la guía de Cristo, en realidad se va configurando contra– Cristo. Este mundo liberal cree que «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del
    mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (San Pío X, Syllabus, 1864, 3).

    Así, con la finalidad de desmantelar la Iglesia Católica, Apostólica y Romana — ya que la revolución se caracteriza por la idea de la rebelión del hombre frente a Dios— se van sucediendo cronológicamente una serie de disposiciones revolucionarias:

    • 4 de agosto de 1789: Abolición de los derechos feudales por la Asamblea
    • nacional.
    • 24 de agosto de 1789: Votación por la supresión de los diezmos.
    • 2 de noviembre de 1789: Nacionalización de los bienes del clero y su conversión en bienes nacionales para su posterior venta en beneficio del Estado.

    Estas medidas, que anulan en definitiva el poder de la Iglesia Católica en Francia, tienen diversas consecuencias, tales como: la separación Iglesia-Estado y la formación del primer Estado aconfesional, la desaparición del patrimonio artístico francés, la asunción por el Estado de la educación y la asistencia social por el desmantelamiento de la red educativa, y asistencia de la Iglesia y la manutención del clero por el Estado.

    Esta última consecuencia —la desamortización de los bienes de la Iglesia— la lleva a la pérdida de su independencia económica.

    • Febrero de 1790: Primer juramento de obediencia a la Constitución; se trataba de una simple declaración de fidelidad a la nación, al monarca y a las decisiones de la Asamblea Constituyente. La totalidad del clero prestó su juramento, con la excepción del obispo de Narbona, Mons. Dillon
    • 13 de febrero de 1790: Abolición de los votos religiosos, lo que significa la supresión de las órdenes regulares. Se exclaustra a monjas y frailes, se incautan o incendian muchos conventos.
    • 18 de agosto de 1791: Supresión de las congregaciones seculares. Estas medidas reducen los efectivos de la Iglesia Católica a los sacerdotes diocesanos; y para ellos también hay una medida de reorganización, que les pondrá a las órdenes directas del Estado.
    • 12 de julio de 1790: Aprobación de la Constitución Civil del Clero, que es la base angular de la instauración de una nueva iglesia y la destrucción total de la vigente hasta entonces. Esta reordenación consiste en diseñar de nuevo las diócesis, que deben coincidir con los límites de los departamentos. Sin embargo, esta medida significa la supresión de 53 diócesis. Al mismo tiempo que la reordenación parroquial, en realidad, consiste en la supresión de cuatro mil parroquias.

    En cuanto al personal de la nueva iglesia, la elección de los obispos y párrocos por una asamblea de electores (ciudadanos activos), pero que por el censo censitario está reducido a las clases más acomodadas de la sociedad. Además, la ordenación de los sacerdotes será por los obispos, pero estos serán por el metropolitano y no por el Papa: es la ruptura con Roma. Se reorganiza la Iglesia Francesa sin contar con Roma. Se introduce el culto a la Diosa Razón. Se obliga a jurar la Constitución a obispos, sacerdotes y religiosos, con lo cual se origina un cisma (juramentados y refractarios). Se persigue (muerte o deportación) a quienes no juran. La enseñanza, antes muy dirigida por la Iglesia, ahora es pública y laica. La Primaria queda abandonada.

    Como el nuevo clero depende del Estado en su organización y manutención y cumple una función pública como el resto de los funcionarios del Estado, sus miembros deben jurar ser fieles a la nación y apoyar con todo su poder la constitución decretada por la asamblea nacional. Empero, estas medidas que eliminan a la Iglesia Católica francesa cuentan con la total oposición del Papa Pío VI, con lo que se da comienzo al cisma de una iglesia galicana subordinada al poder civil, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma. Entre los miembros del episcopado únicamente cuatro renegarán
    de la fidelidad a Roma: Talleyrand, obispo de Autun; Loménie de Brieme, Cardenal arzobispo de Sens; Jarente, obispo de Orleans; y Lafont, obispo de Viviers. Entre los miembros del clero se calcula en un 53% los refractarios al juramento y reconocimiento de la ruptura con Roma. En cuanto al pueblo creyente, éste se suma a la oposición al clero oficial y asiste a ceremonias clandestinas. El Papa Pío VI prohibió el juramento y excomulgó, el 12 de marzo de 1791, a los sacerdotes que lo prestaran.

    El rechazo a la reorganización eclesial es respondida por las autoridades civiles revolucionarias con fuertes medidas:

    • 29 de noviembre de 1791: el clérigo que no jure en ocho días será puesto bajo vigilancia.
    • 27 de mayo de 1792: se vota un decreto que sometía a la deportación más allá de las fronteras a cualquier eclesiástico al que veinte ciudadanos denunciaran como no juramentado y al que el distrito reconociera como tal.
    • 10 de agosto de 1792: se aprueba la famosa ley de sospechosos, donde el clero refractario forma uno de los colectivos considerados enemigos declarados de la revolución.
    • 26 de agosto de 1792: se redacta la ley de deportación general de todos los miembros del clero que se hayan opuesto al juramento.
    • 2 de septiembre de 1792: una banda de revolucionarios sacó del carruaje en que se conducía a la prisión a tres sacerdotes refractarios y los colgó; comienzan así las Matanzas de Septiembre. Más de mil monárquicos —aproximadamente unos doscientos cincuenta sacerdotes— y presuntos traidores apresados en diversos lugares de Francia, fueron sometidos a juicio y ejecutados; es el primer asesinato colectivo.
    • 3 de septiembre de 1792: se redacta un nuevo juramento en el cual se debe comprometer el juramentado a mantener la libertad, la igualdad y la seguridad de las personas y propiedades.
    • Marzo de 1793: los sacerdotes subsistentes en territorio francés que se negaron a jurar la Constitución Civil del Clero —llamados curas refractarios— quedan condenados a muerte. Estas medidas causan la salida de más de cuarenta mil exiliados de condición religiosa, seis mil de los cuales recalan en España y ayudarán a acrecentar desde el catolicismo español un sentimiento contrario al revolucionario francés, que se materializará en 1808 en la lucha contra Napoleón.



    2. EPOPEYA VENDEANA

    a) Antecedentes

    La política religiosa del nuevo régimen y las medidas de excepción contra los sacerdotes no juramentados trajeron una consecuencia cuya trascendencia iba a ser considerable: la sublevación del oeste de Francia, no solamente La Vendée, sino más o menos todo el país que se extiende desde el norte del Poitu hasta la Bretaña y a los confines de Normandía, en los territorios actuales de los obispados de Poitiers, Angers, Lucon y Nantes. Si bien la adhesión a la causa realista intervendría también en su estallido, la fidelidad a la Fe Católica y a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana constituyó sin duda el móvil mayor de aquella epopeya.

    La "Epopeya de La Vendée" refiere a la gesta católica emprendida por campesinos y sus familias —acompañados por nobles y sacerdotes— que llevaban prendidos escarapelas del Sagrado Corazón y se autodenominaban como ejército católico y real; se resistían a que la presencia social de Cristo Rey fuera desterrada de sus pueblos, de gran mayoría cristiana.

    Esta región, evangelizada un siglo atrás por San Luis María Grignion de Montfort, terciario dominico —que insistía en la devoción filial a Nuestra Señora— fue tan inmunizada contra el virus de la Revolución, que se levantó en armas contra el gobierno republicano y anticatólico de Paris.

    San Luis María Grignion de Montfort tenía a la Santísima Virgen la devoción más ardiente, y hasta compuso en su alabanza el "Tratado de la Verdadera Devoción", que constituye hoy el fundamento más fuerte de toda la piedad mariana profunda.

    Por otro lado, con sus misiones aproximaba al pueblo a los sacramentos y lo enfervorizaba en la devoción al Rosario. También la sagrada insignia difundida por el santo —el Sagrado Corazón en tela roja, encuadrado por las iniciales de Jesús y María— fue colocado por los combatientes sobre sus chalecos, blusas, o dispuesto como escarapela en los sombreros de amplias alas. El día de la beatificación de este apasionado apóstol, el ilustre obispo de Angers, Mons. Freppel, lo proclamaba solemnemente ante 20.000 vendeanos en St. Laurent-Sur-Sèvre, lugar donde reposan
    los restos del extraordinario conmovedor de almas : «fue por Montfort y sus hijos espirituales, los Misioneros de San Lorenzo, por quienes corrió el flujo fecundo de savia cristiana en los campos del Oeste durante todo el siglo XVIII. Si ese siglo fue en otros lugares un tiempo de decadencia moral, en el Oeste, por el contrario, salvo en las grandes ciudades, fue una época de vivificación cristiana durante la cual el pueblo de esta región —dice Mgr. Freppel— estuvo como lleno de dos sentimientos igualmente apropiados para engendrar el heroísmo: la Fe religiosa y la fidelidad al poder legítimo. Por ello es que, cuando en un día de odio y de obcecación se llegó a atacar a los ungidos del Señor, a todo lo que representaba Cristo en el estado y en la Iglesia, este pueblo se estremeció y se levantó para defender todo lo que amaba y todo lo que respetaba».

    b) 1er. levantamiento en La Vendée: 1792

    El 27 de noviembre de 1791 la Asamblea decreta "que enviaba a la cabeza de partido a los curas refractarios", alejándolos de su comuna, de su centro de actividad pastoral; los trasladaba a la gran ciudad, sometidos a la inspección, a la inquieta vigilancia de las sociedades patrióticas. Imposible referir todos los clamores que suscitó este decreto; el aldeano estaba unido al sacerdote por una razón muy natural: el sacerdote era el mismo aldeano, su hijo, su hermano o su primo.

    Los sacerdotes refractarios, reunidos en la cabeza del partido, conocían perfectamente el estado de las campiñas, el dolor profundo de las familias y la sombría indignación de los hombres. Esto les infundió una gran esperanza, y se propusieron comunicárselo al rey. En una multitud de cartas que le escribieron en la primavera de 1792, le animaban para que se mantuviera firme, que no tuviera miedo a la Revolución y que la paralizara valiéndose del derecho constitucional: el veto. El 9 de febrero de 1792, sacerdotes refractarios reunidos en Angers, redactaron una carta para el
    Rey, que puede considerarse como el "Acta originaria de la Epopeya de La Vendée", ya que la anuncia y predice: "(...) Señor, sois un hombre piadoso, no lo ignoramos. Haréis lo que podáis ... Pero sabedlo, al fin, el pueblo está cansado de la Revolución. Su espíritu ha cambiado; le ha vuelto el fervor, frecuenta los sacramentos. A las canciones han sucedido los cánticos... El pueblo está con nosotros..." "(...) ¿Se dice que excitamos a las poblaciones?... Pero es todo lo contrario. ¿Qué sería del reino si no contuviéramos al pueblo? Vuestro trono no se apoyaría más que en un montón de cadáveres y ruinas... Ya sabéis, demasiado sabéis, señor, lo que puede hacer un pueblo que se cree patriota. Pero no sabéis de lo que sería capaz un pueblo que se ve arrebatar su culto, sus templos y sus altares".

    Las dificultades comenzaron con la Constitución del Clero y su juramento: apenas uno de entre cuatro o cinco sacerdotes estuvo dispuesto a jurar. La resuelta hostilidad de los paisanos de La Vendée para con el clero constitucional se empezó a manifestar: en mayo de 1792 los alcaldes y oficiales municipales de treinta y cuatro comunas de las Mauges se reunieron para tratar esta situación.

    El 12 de julio de 1792, la Asamblea Nacional proclamó la "Patria en peligro"; decretó la leva de nuevos batallones de voluntarios. En cumplimiento de dicha ley, el Director del Departamento de Deux-Sèvres ordenó a todos los municipios, por resolución del 22 de julio, confeccionar dos listas de ciudadanos: una con aquellos que se alisten y otra con aquellos que se nieguen. Esta novedad causó una profunda agitación en la región. El domingo 19 de agosto la noticia de la inscripción de voluntarios y de las persecuciones religiosas provocó la "primera explosión". Los jóvenes de doce municipios vecinos, armados de guadañas y horquillas para recoger paja, se reunieron en Moncoutant; se agruparon alrededor del alcalde de Bressuire, Adrien Joseph Delouche y llamaron a todos los hombres para que acudieran a las armas con ellos contra un gobierno de tiranos al que se negaban servir, pidiendo el restablecimiento del Rey en su plena autoridad como único medio de retorno al orden social y a la libertad religiosa. Los campesinos se dirigieron hacia el castillo de Pugny, residencia del Marqués de Mouroy, antiguo coronel del regimiento de Mèdoc, para constituir a éste en jefe y fortificarse en sus tierras; no lo encontraron allí, pero obtuvieron de su regidor la bandera de su antiguo regimiento: de seda blanca sembrada de flores de lis en oro, con las armas reales en el centro; fue el primer estandarte de la guerra de La Vendèe.

    De Pugny, los campesinos se dirigieron a la morada de Brachain, a casa de un noble de la región, antiguo oficial, M. Gabriel Baudry d‘Asson, quien, después de haber titubeado, aceptó el mando de los casi dos mil hombres presentes y lanzó un llamado a las armas. El 22 de agosto, en Chantillón, hubo una revuelta de unos seis a diez mil hombres. La población de la villa, siempre hostil a los principios revolucionarios, no opuso resistencia al ejército de M. Baudry d‘Asson, que entró vigilante y triunfante al son de tambores y pífanos. Se dirigieron a la sede de la administración del distrito, quemando los archivos. El 23 de agosto, Bressuire opuso sus viejos muros a los sublevados, mechados no obstante por los fusiles de caza y las guadañas de los aldeanos. El 24 de agosto, día de San Bartolomé, se dio un último combate, en el lugar llamado "les Moulins de Cornet". Los aldeanos, en número de seis mil y a órdenes del M. Baudry d‘Asson, seguido por M. Richeteau de la Coindrie, M. Calais de Puylouet y M. de Feu, armados con algunas escopetas de caza, barras de hierros, picas, largas horcas, y otras armas improvisadas, hicieron frente a las fuerzas republicanas, reforzadas con las tropas enviadas por el director del departamento de Deux-Sévres: dos compañías de infantería de marina de Rochefort con dos piezas de artillería, las guardias nacionales de Niort, La Mothe-Sain-Héraye, San Maixent y Parthenay, bien armadas con fusiles. Éstas hicieron fuego sobre los campesinos y los dispersaron. Más de cien perecieron, cerca de quinientos fueron apresados y el resto corrió huyendo a través del campo. El "Journal des Deux-Sèvres" escribió que ciento dieciocho sublevados se quedaron allí y añade que "estaban cubiertos de cruces y rosarios". Los soldados republicanos, llenos de cólera, se ensañaron con los cadáveres: cortaron las orejas para hacer escarapelas para los sombreros, que serían exhibidas en la villa de Bressuire. Los prisioneros fueron llevados ante el tribunal criminal de Niort; este consideró que debía ser !
    indulgen
    te y los puso en libertad. Así, el primer levantamiento en La Vendée se frustró.

    Paralelamente a estos acontecimientos los sacerdotes juramentados, muy mal recibidos, debían apelar a la guardia nacional para mantenerse; la mayoría de los feligreses deseaban y preferían quedarse sin sacerdote que tener a un constitucional al que no conocían. Ante estos hechos, las autoridades departamentales dejan estallar su resentimiento contra los sacerdotes refractarios. Comienza la deportación: cerca de cuatrocientos padres de Maine-et-Loires de la Sarthe, atados de a dos, son conducidos bajo guardia a Paimboeuf o son embarcados para España. Otros, cerca de doscientos cuarenta, parten de Saint-Gilles-sur-Vie o de Sables-d‘Olonne.


    c) 2do. levantamiento en La Vendée: 1793

    1) Introducción:

    La ejecución de Luis XVI, el 21 de enero de 1793, conmocionó a toda Europa. Ello, unido a la política anexionista de la Convención, hizo que la hostilidad exterior contra la Revolución aumentara. La Francia, entusiasmada, declaró la guerra a Inglaterra y Holanda (1 de febrero de 1793), a España (7 de marzo) y a los Estados italianos. La Francia revolucionaria estaba en guerra contra toda Europa (excepto Suiza y los países escandinavos); por ello decreta el 24 de febrero de 1793 la movilización de 300.000 hombres.

    Las primeras proscripciones de sacerdotes habían comenzado en otoño, y la noticia de las matanzas de septiembre llegó hasta las más apartadas aldeas; a fines de enero, la de la ejecución del Rey causó peor impresión. El incendio finalmente estalló en marzo de 1793.

    El 3 de marzo, en el mercado de Cholet, se supo que los funcionarios de Paris habían decidido que los jóvenes entre dieciocho y veinticinco años fueran alistados y enviados al ejército; aproximadamente unos quinientos jóvenes juraron públicamente no aceptar jamás la milicia revolucionaria. Las autoridades locales, desoyendo el clima que se vivía, ordenaron el sorteo de los alistados en los centros de distrito, lo que suponía la reunión de ellos en grandes grupos; en muchísimos lugares estallaron incidentes. El 11 de marzo, en Machecoul, los guardias nacionales intentaron imponer el sorteo, lo que costó la vida a treinta de ellos. El 12 de marzo, en Saint- Florent, se realizó la convocatoria de los conscriptos; estos exigieron la rendición de las fuerzas republicanas, que si bien eran inferiores en número, contaban con sesenta armas de fuego y soldados de oficio. Los vendeanos declararon: "Han matado a nuestro Rey, expulsaron a nuestros sacerdotes, robaron los bienes de nuestra Iglesia, comieron todo lo que teníamos, y ahora quieren nuestros cuerpos. ¡No los tendrán!". Ante la negativa de los republicanos, se lanzaron sobre ellos; los cañonearon sin éxito y tuvieron que replegarse; los paisanos quemaron las listas de conscripción. El 13 de marzo, Jacques Cathelineau —de profesión carretero, conocido y respetado por su devoción religiosa, de tan solo 34 años, casado y con cinco hijos— es anoticiado por su cuñado Jean Blon de lo sucedido en Saint-Florent; al poco tiempo entran preocupados en su casa varios vecinos: el sastre, el carpintero, el herrero, el zapatero y labradores en número de veintisiete, para consultarlo. Entonces se armó de una pistola, ató a la cintura el santo rosario y fijando sobre el pecho la imagen del sagrado Corazón de Jesús, salió a la plaza pública para hablar con sus paisanos; antes de llegar al extremo del pueblo, quinientos hombre lo seguían: toda la población de Pin-en-Mauges. Marcharon al castillo de Jallais, donde había un pequeño destacamento de la guardia nacional con un ca!
    ñón y lo
    tomaron; luego cayó la población de Chemillé. El 14 de marzo, el abate Barbotin, vicario de Gardes dio una misa de campaña, en latín y de cara a Dios, al incipiente ejército paisano y católico de aproximadamente unos quince mil hombres; cantaron el Te Deum, se repartieron escapularios y todos tenían cosidos en sus ropas los Sagrados Corazones, y habiendo recibido del sacerdote la absolución de sus faltas, se lanzaron a las órdenes de Cathelineau sobre la ciudad de Cholet. Ni un solo campesino, frente a la cruz que se elevaba en aquella plaza, quedó sin arrodillarse y descubrirse, mostrando una fe inquebrantable.

    A veinte pasos de la cruz, bajo las balas enemigas, los vandeanos rezaban con la misma tranquilidad que si estuvieran en sus iglesias. Cholet fue la primera villa importante que cayó dentro de la escarcela realista. Así, al grito de "¡Viva la Religión!", se levantaba en armas toda La Vendée.

    2) Desarrollo:

    El clima de los ejércitos vendeanos fue profundamente religioso: las columnas avanzaban rezando el santo rosario; no podían pasar frente a una cruz sin arrodillarse y rezar, aunque muy rápidamente, un Pater Noster; lanzábanse al asalto cantando el Vexilla Regis; los capellanes impartían la absolución antes de que se trabara el combate.

    Ese espíritu religioso se daba también entre aquellos jefes salidos del pueblo, como el buhonero Jacques Cathelineau, llamado el "Santo de Anjou" y el ex-soldado y leñador Jean Nicolas Stofflet. Entre los nobles, a quienes los campesinos buscaron en sus propias mansiones y castillos para ponerlos al frente de sus fuerzas, esa religiosidad fue menos espontánea al principio; pero una vez tomada la decisión, todos ellos: Maurice Louis Joseph Gigost d‘Elbée; Louis-Marie de Salgues, Marquis de Lescure; Charles Melchior Artus, Marquis de Bonchamps; Bernard de Marigny; Louis Celestin de Sapinaud; François Athanase Charette de la Contrie; Henri du Vergier, Marquis de La Rochejaquelein y Antoine Philippe de La Tremoille, Prince de Talmont,
    se mostraron dignos de la fe sólida y simple de sus hombres.

    En forma general se puede dividir la Guerra de Vendée en los siguientes períodos:

    • La Primer Guerra: marzo a octubre de 1793.
    • El Gran Viraje: octubre a diciembre de 1793.
    • Las Columnas Infernales: enero a marzo de 1794.
    • El Camino a la Paz: abril de 1794 a febrero de 1795.
    • La Segunda Guerra: junio de 1795 a marzo de 1796.

    Como bien nos señala Daniel Rops: «A decir verdad, dos Francias se enfrentaron en aquella lucha fraticida. La una, católica y tradicionalista, en la que se confundían convicciones cristianas y realistas hasta el punto de borrar en ella el sentido de la comunidad nacional y aceptar el lanzarse a una revuelta en el instante en que la Patria era invadida por todas partes»; al tomar las armas contra un gobierno al que consideraban ilegítimo y tiránico, no pensaban en absoluto en "traicionar a Francia". «La otra, la Francia "de la montaña", vagamente deísta, violentamente anticlerical, que no tenía en el fondo otra religión que lade la Patria».

    3) Consecuencias

    La Vendée fue un levantamiento popular, que forzó a los titubeantes clérigos a tomar partido y produjo la salida de incógnito de muchos nobles temerosos de comprometerse: nada de aristócratas y clero que incitaban al pueblo a defender sus privilegios.

    Rebelión religiosa frente al feroz volterianismo ideológico que se imponía a sangre y fuego desde París. Una insurrección en defensa del cristianismo, que constituye un hecho único en la historia por sus proporciones y el alcance de su brutal represión y exterminio, siendo sin duda el "Primer Genocidio de la Modernidad".

    Las cifras más conservadoras —en relación con el programa de exterminio establecido en París y realizado por los oficiales revolucionarios— llevan a los siguientes resultados: en dieciocho meses, en un territorio de sólo 10.000 km2 , fueron eliminadas 120.000 personas, por lo menos el 15% de la población total; diez mil edificios fueron completamente destruidos, el 20% de los de La Vendée.

    En tal sentido resultan muy ilustrativas las siguientes expresiones:

    • • "La destrucción de La Vendée, el castigo de los traidores, la extirpación del monarquismo, he aquí nuestras necesidades...". Ideas del diputado Barreré, en nombre de la Comisión de Bien Público.

    • • "¡Soldados de la libertad! Los ladrones de La Vendée han de ser exterminados antes del fin de octubre. (...)". Arenga del General L´Echelle a sus tropas.

    • • "¡Valientes defensores que lleváis el nombre de columnas infernales! ¡Os conjuro en nombre de la ley: pegad fuego en todas partes, y no perdonéis a nadie, ni siquiera mujeres y niños, fusilad a todos, incendiad todo!". Arenga del General Westerman a sus tropas.

    • • «La Vendée, compatriotas republicanos, ya no existe. Murió bajo nuestros sables, con sus mujeres y niños. Yo la enterré en los pantanos y selvas de Savenay. Siguiendo las órdenes que vosotros me disteis, he pisoteado a muerte a los niños con nuestros caballos. Y he masacrado a las mujeres: no alumbrarán más bandoleros. No pueden acusarme de tomar un sólo prisionero: los he exterminado a todos ... los caminos están cubiertos de cadáveres, y abundan en varios sitios formando pirámides. Pero los pelotones de fusilamiento aún trabajan incesantemente en Savenay, porque a cada momento llegan bandoleros que pretenden rendirse como prisioneros. ¡Y ya no más prisioneros! Estaríamos obligados a alimentarlos con el pan de la libertad, mas la compasión no es una virtud revolucionaria". Carta del General Westerman al Comité de Salud Pública.

    • • «Tenemos que convertir La Vendée en un cementerio nacional». Expresión pública del General Turreau.

    • • "... los saqueos no son, con todo, lo peor. En todos los rincones se veían violaciones y barbarie. Republicanos han violado mujeres en las carreteras y luego las han fusilado o degollado. Otros llevaban niños de pecho en la punta de sus bayonetas o de las picas...". Informe de Lequinio, integrante de la Convención.

    • • "El Gobierno ha calculado el número de los habitantes y hallado que es imposible mantener tanta gente; por lo tanto hay que tomar medidas para disminuir la población". Nota de Juan Bautista Carrier al gobierno revolucionario.

    • • "Un suceso de género enteramente nuevo ha venido a disminuir el número de los curas". Carta de Carrier a la Convención.



    3. MÁRTIRES DE LA FE

    Señalaba S.S. Benedicto XIV, en el «Tratado de Canonización de los Santos»: "Hay martirio cuando el perseguidor, movido de hecho por su odio a la fe, inflige la muerte, aunque se vanaglorie de hacerlo por otra causa".

    La llamada «Humanista, gloriosa y liberadora Revolución Francesa», costó a la Cristiandad más de tres mil sacerdotes asesinados, una multitud de religiosas profanadas, violadas y torturadas hasta la muerte, pueblos enteros destruidos y miles de mártires fusilados, guillotinados, descuartizados, ahogados, incendiados vivos, torturados, por oponerse a la Revolución Liberal y Masónica por fidelidad a la Religión Católica, Apostólica y Romana; entre los beatificados figuran:

    • Beatas Mártires de Compiègne. Dieciséis carmelitas son detenidas y encarceladas en junio de 1794; posteriormente guillotinadas el 17 de julio. En el trayecto cantaron el Miserere y luego el Salve, Regina. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creator. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión; subieron a su pequeño calvario cantando el Laudate con uncida compenetración, no sin antes perdonar con el corazón y la verdad a sus despiadados e inmisericordes asesinos. El 16 de diciembre de 1902 su S.S. León XIII declaraba venerables a las dieciséis carmelitas. Se sucedieron los milagros, como una garantía de su santidad, y el 13 de mayo de 1906 el Papa San Pío X declaraba beatas a aquellas "que, después de su expulsión, continuaron viviendo como religiosas y honrando devotamente al Sagrado Corazón".

    • Beatas Mártires de Valenciennes. Once hermanas ursulinas recluidas en arresto domiciliario el 3 de septiembre de 1794 y condenadas a muerte el 23 de octubre por "haber enseñado la Religión Católica Apostólica". Esa tarde en la plaza de la ciudad subieron a la guillotina cantando. Beatificadas por S.S. Benedicto XV, el 13 de junio de 1920.

    • Beatas Mártires de Cambrai. Cuatro Hijas de la Caridad, pertenecientes a la comunidad de Arrás, guillotinadas el 26 de junio de 1794, por negarse a jurar la Constitución Civil del Clero. Beatificadas por S.S. Benedicto XV, el 13 de junio de 1920.

    • Beatas Mártires de Orange. Ifigenia Gaillar, Teotisa Pélissier, Andrea Minutte, Mariana De Rocher, Mariana Béguine-Royal y 27 Religiosas más, guillotinadas entre el 6 y el 26 de julio de 1794; subieron al cadalso riendo, cantando, orando por sus verdugos. Beatificadas por S.S. Pío XI, el 10 de mayo de 1925.

    • Noel Pinot. Sacerdote diocesano. Detenido en la noche del 9 de febrero de 1794, cuando se preparaba para celebrar la Santa Misa. El 21 de febrero de 1794 se abrió en Angers el proceso contra él. Las acusaciones fueron: presunta colaboración con los insurrectos de La Vendée, negación de juramento a la constitución civil, presunta cooperación para la reposición de la monarquía y, sobre todo, el prohibido ejercicio de la profesión de sacerdote. Condenado a muerte, subió al patíbulo vestido con alba y casulla. Momentos antes de su decapitación tuvo que quitarse la casulla, pero los fieles le pusieron más tarde el ornamento después de la consumación del sacrificio. Beatificado por S.S. Pío XI, el 21 de octubre de 1926, quién expresó: "Noel Pinot atestiguó, llevando hasta el momento de su ejecución la casulla, que la tarea primordial, más importante y más sagrada del sacerdote es la celebración de la Santa Eucaristía según el encargo del Señor: «Haced esto en memoria mía»".

    • Luis José François y Juan Enrique Gruyer. Sacerdotes pertenecientes a la Congregación de la Misión. Por negarse ambos a jurar la Constitución Civil del Clero, fueron asesinados. El primero fue lanzado por la ventana y el segundo atravesado por una espada, el 3 de septiembre de 1792. Beatificados por S.S. Pío XI, el 17 de octubre de 1926.

    • Pedro Renato Rogue. Sacerdote de la Congregación de la Misión. Tras unos meses de cárcel y malos tratos, sobrellevados con paciencia y buen ánimo sirviendo de apoyo a otros fieles, murió decapitado el 3 de marzo de 1796. Beatificado el 10 de mayo de 1934.

    • Beatos Mártires de Angers. El Terror desatado por la Revolución Francesa ha producido miles de víctimas en Anjou; el Padre Gruget estima que 2000 vendeanos, fieles a la fe, fueron fusilados. La Causa de Beatificación, introducida en 1905, comprendía a 99 personas: 15 que fueron guillotinadas en Angers, y 84 que fueron fusiladas en Champ-des-Martyrs d’Avrillé, entre el 30 de octubre de 1793 y el 14 de octubre de 1794. "Nos, acogiendo el deseo de nuestros hermanos Jean Orchampt, obispo de Angers,(...), así como de otros muchos hermanos en el Episcopado y de numerosos fieles cristianos, después de haber escuchado el parecer de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, con nuestra Autoridad Apostólica establecemos que los venerables Siervos de Dios Guillermo Repin y compañeros (...), de ahora en adelante llamados Beatos y que su fiesta pueda celebrarse todos los años en los lugares y del modo establecido por el derecho, el día del tránsito para el cielo: el 1 de febrero para los Beatos Guillermo Repin y compañeros (...). En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Con esta fórmula S.S. Juan Pablo II declaró Beatos al R.P. Guillaume Repin y 98 mártires franceses (11 sacerdotes, 3 religiosas y 84 seglares —4 varones y 80 mujeres— que murieron por la Fe en Angers en 1793-94, durante la Revolución Francesa). La ceremonia tuvo lugar en la basílica de San Pedro, Roma, el domingo 19 de febrero de 1984. La homilía del Papa el día de su beatificación tiene puntos que esclarecen mucho este y otros martirios: "Son, en primer lugar, los numerosos mártires que, en la diócesis de Angers, en los tiempos de la Revolución Francesa, aceptaron la muerte, porque como dijo Guillaume Repin, quisieron «conservar su fe y su religión», con firme adhesión a la Iglesia católica y romana; sacerdotes que se negaron a prestar un juramento que consideraban cismático, y que no quisieron abandonar su cargo pastoral; laicos que permanecieron fieles a estos sacerdotes, a la Misa celebrada por ellos y a las manife!
    stacione
    s de culto a María y a los santos. Sin duda, en un contexto de fuertes tensiones ideológicas, políticas y militares, se pudo hacer pesar sobre ellos sospechas de infidelidad a la patria; se les acusó, en las actas de las sentencias, de compromiso con las «fuerzas antirrevolucionarias». Así sucede en casi todas las persecuciones, de ayer y de hoy. (...) "Nos admiran sus respuestas decididas, tranquilas, breves, francas, humildes, que no tienen nada de provocación; y que son tajantes y firmes en lo esencial: la fidelidad a la Iglesia. Así hablan los sacerdotes, todos guillotinados como su venerable decano Guillaume Repin, las religiosas que se negaban incluso a dejar creer que habían prestado juramento, los cuatro hombres laicos". ( L’Osservatore Romano, pág.2 (118) - 16 de febrero de 1984 ).

    4. GENOCIDIO

    La Revolución Francesa y sus armas republicanas no se pueden librar de todos los excesos cometidos en nombre de la fraternidad, de la libertad, de la patria, por la aplicación de ese famoso adagio: "Pas de liberté pour les ennemis de la liberté".

    Aquella bestial represión de los católicos de La Vendée fue, como ha dicho Pierre Chaunu, "la más cruel entre todas las hasta entonces conocidas, y el primer gran genocidio sistemático por motivo religioso". Y quizá lo más lamentable fuera que —también por primera vez en la historia— esta masacre se llevó a cabo bajo la bandera de la tolerancia.

    Según la definición de politicólogos reconocidos, la esencia del "genocidio" no reside en un método particular de exterminio —siempre relativo al nivel de desarrollo técnico— ni a los resultados efectivos, igualmente contingentes, sino más bien sobre "la intención de los responsables". La voluntad de exterminar totalmente una comunidad humana suficientemente grande a identificar, si está acompañada de una racionalización de los medios disponibles.

    Como señala Hans Graf Huyn: "fueron violadas las monjas; cuerpos vivos de muchachas soportaron el descuartizamiento; se formaron hileras con los niños para ahogarlos en estanques y pantanos; mujeres embarazadas se vieron pisoteadas en lagares hasta morir, y en aldeas enteras los vecinos perecieron por beber agua que había sido envenenada. Casi ciento veinte mil habitantes de La Vendée fueron asesinados, y arrasadas decenas de miles de viviendas".

    En tal sentido, Jean Meyer observa: "La cuestión de fondo de aquel enfrentamiento no estuvo en la disyuntiva entre monarquía o república, ni fue un conflicto entre estamentos, sino que consistió más bien en la decidida intención de extirpar esas creencias sin reparar en medios".

    Seguramente sería una equivocación argüir solo de los excesos del Terror para condenar toda la obra de la Revolución; como asimismo sería injusto querer limpiar a los criminales y los asesinos no considerando más que el momento erigido por la Convención, ya que en ella se habla expresamente, refiriéndose al catolicismo, de "fanatisme outre", de "fanatisme invincible", y de "crimen de fanatismo" al hecho de profesar la fe católica. La Revolución Francesa no es sino una versión histórica más de la "Revolución", que es sola y única —en verdad su causa verdadera y profunda la comprobamos en el espíritu de rebelión y soberbia que caracterizó el pecado de Lucifer y de sus ángeles, en primer lugar, y en el de nuestros primeros padres en el paraíso terrenal, en segundo lugar— . Por ello, la Revolución Francesa no puede juzgarse como un proceso situado en el plano de abstractos ideales sin relación a sus supuestos ideológicos o a los hechos nefastos por ellos desencadenados; un juez revolucionario sentenció a un sacerdote refractario, que se negó a suscribir el juramento constitucional por deber de conciencia, diciendo: "Cuando la ley habla, la conciencia debe callar".

    Sin embargo, a través de la "historia oficial francesa", el estado francés sigue reivindicando públicamente las "obras de la Revolución" como ápice de humanidad y, paralelamente, continúa silenciando el "Genocidio de La Vendée", como crimen de lesa humanidad.

    ¡Qué importante sería que algún día no muy lejano, el Estado Francés reconozca y asuma públicamente ante el mundo los excesos cometidos en su nombre por la Revolución Francesa bajo el lema "Libertad, Igualdad, Fraternidad o la muerte" y pida perdón por el "Primer Genocidio de la Modernidad", en La Vendée!

    Un forcejeo incesante entre la Iglesia de Cristo y el mundo liberal moderno, que quiere construirse sin Dios, al margen de Dios y, a veces, contra Dios. Por ello, mientras los cristianos católicos afirmamos que "es preciso que reine Cristo" sobre nuestros pueblos (1Cor. XV, 25), los modernos, liberales y derivados, siguen queriendo lo contrario: "no queremos que éste reine sobre nosotros" (Lc. XIX, 14).

    Nos corresponde, pues, a los católicos, a la Iglesia, todo el peso histórico en esta durísima lucha para mantener a Dios como fundamento de las leyes y del orden cultural y social, y para afirmar que no hay salvación para los hombres y para los pueblos y sociedades sino en la medida en que se acepta a Cristo como Rey (Hch. IV,12), a quien, después de su victoria en la cruz, ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt. XXVIII, 18).


    Se iniciaba así hace doscientos trece años La Epopeya de La Vendée:
    “Primera Cruzada contra los "sin Dios jacobinos y Primer Genocidio de la Modernidad”.
    Aquí corresponde hablar de aquella horrible y nunca bastante execrada y detestable libertad de la prensa, [...] la cual tienen algunos el atrevimiento de pedir y promover con gran clamoreo. Nos horrorizamos, Venerables Hermanos, al considerar cuánta extravagancia de doctrinas, o mejor, cuán estupenda monstruosidad de errores se difunden y siembran en todas partes por medio de innumerable muchedumbre de libros, opúsculos y escritos pequeños en verdad por razón del tamaño, pero grandes por su enormísima maldad, de los cuales vemos no sin muchas lágrimas que sale la maldición y que inunda toda la faz de la tierra.

    Encíclica Mirari Vos, Gregorio XVI


  2. #2
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    vascongado está desconectado Primus Hispaniae
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    Re: “La Epopeya Vandeana”

    Muy interesante el artículo, Donoso.

    Si alguien desea saber mas sobre las Guerra Vandeanas, hay un artículo muy bueno en el libro titulado Identidad y Nacionalismo en la España contemporánea: el Carlismo 1833-1975 publicado por la Editorial Actas en la colección de temas tradicionalistas Luis Hernando de Larramendi y dirigido por Stanley G. Payne.

    Más información: http://www.larramendi.es/proyecto_co...larramendi.htm

    No hay mucho mas que yo sepa en Castellano sobre las Guerras Vandeanas. De todos modos, si alguien está interesado, le puedo facilitar algunas referencias en frances, tanto escritas como en página web.

  3. #3
    Avatar de Ulibarri
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    Re: “La Epopeya Vandeana”

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Ya que mencionáis la Fundación Larramendi os pongo un enlace sobre uno de los muchos proyectos que esta fundación privada está acometiendo (principalmente obras en favor de la beneficiencia, Iglesia Católica y Carlismo, ejemplo práctico clarísimo de como desde la sociedad se puede hacer mucho bien).


    Comentario Preliminar
    Contenido de la Biblioteca Virtual
    Autores Tradicionalistas (Temario) Comentario Preliminar
    [Texto introductorio de Luis Hernando de Larramendi, Vicepresidente Ejecutivo de la Fundación Ignacio Larramendi y de Xavier Agenjo Bullón, Director de Proyectos de la Fundación Ignacio Larramendi]
    Por razones muy variadas debe la Fundación reconocer humildemente que este proyecto es, quizá, uno de los que tienen una más lenta gestación y desarrollo, y en donde los avances son menos perceptibles.
    Desde la última edición ningún cederrón se ha publicado, aunque está en proyecto la edición del cederrón que recoja la obra completa, en gran parte política y/o sociológica, de don Luis Hernando de Larramendi y de don Ignacio Hernando de Larramendi, homenaje en ambos casos, a su trayectoria y proyección. También otro que recoja la ingente obra de don Francisco Elías de Tejada, en colaboración con la Fundación que él mismo estableció.
    Los proyectos vinculados con la Biblioteca de Pensadores Tradicionalistas han necesitado de un replanteamiento que se asentara sobre bases sólidas. Se ha considerado que ninguna podría ser mejor que una tercera edición de la Bibliografía del siglo XIX. Guerras Carlistas. Luchas Políticas de Jaime del Burgo
    Para ello se tuvo una reunión con el ilustrísimo señor director del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que tenía como objeto principal presentar el proyecto de la creación de una base de datos titulada Bibliografía del siglo XIX y que tomaría como punto de partida la segunda edición del célebre manual del gran investigador Jaime del Burgo, con objeto tanto de servir de homenaje a su persona y a su labor investigadora, como el de disponer de un instrumento actualizado en soporte digital acerca de esa materia.
    El proyecto tal y como se acordó después de sucesivas intervenciones constaría de las siguientes fases.
    1. Elaboración de una base de datos homóloga en cuanto a sus contenidos a la Bibliografía del siglo xix> y realizada según las directrices y pautas técnicas del CINDOC, que ya ha realizado diversos trabajos de estas características, es decir, bibliografías temáticas, y que cuenta entre sus misiones la realización de bases de datos de todas las áreas del conocimiento basadas fundamentalmente en artículos de revista y monografías analíticas y que ofrece, generalmente, a través de la red.
    2. De forma simultánea Digibis, producciones digitales, empresa filial de la Fundación Ignacio Larramendi, llevaría a cabo la digitalización y posterior conversión del repertorio citado al principio en una base de datos.
    3. Merging o mezcla de los registros provenientes de la actividad, tanto del CINDOC como de la de Digibis, en una única base de datos que se estamparía en un cederrón o DVD según fuera más conveniente.
    4. Edición en papel de un repertorio bibliográfico continuación del que sirve de principio de este proyecto y que se podría denominar Adiciones a la Bibliografía del siglo XIX de Jaime del Burgo (1975-2005), pues aunque el libro está impreso en 1978 la recogida de datos cesó en el año que se dice (el que se necesitaran 3 años para componer el libro da una idea de la complejidad de su estructura, así como del cuidado con el que se elaboró el repertorio, que sin embargo carece de índices).
    5. Encartar la base de datos resultante de la mezcla de las dos anteriores en la publicación ya citada.
    Fundamental en este proyecto es la decidida participación del profesor doctor José Ramón Urquijo, Director del Insituto de Historia del CSIC, que ha promovido una Beca que se incorporaría al proyecto Paz en la guerra (negociaciones de paz y escisiones en los grupos políticos en el primer carlismo) HUM 2004-03184/HIST, en la cual la Fundación Igancio Larramendi ha manifestado su interés como ente promotor observador (EPO) dado que entre sus objetivos fundacionales está la promoción y el estudio de la influencia histórica de la acción del Carlismo en la sociedad española.
    Se puede considerar que este nuevo proyecto ha dado inicio a finales del 2004 con la concesión de la Beca. También es de destacar en este proyecto la importante aportación del destacadísimo historiador del carlismo y Rector Magnífico de la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia, Alfonso Bullón de Mendoza.
    La Fundación continúa con su participación, a través de apoyo económico y asesoramiento profesional, en relación con el proyectado Museo del Carlismo en Estella, donde las obras de remodelación del edificio que lo albergará continúan a buen ritmo.
    Quizá como piedra de toque de este ambicioso proyecto pueda señalarse la exposición comisariada por don Alfonso Bullón de Mendoza en el Museo de la Ciudad de Madrid, Las Guerras Carlistas, para la que se reunieron 250 piezas entre banderas, grabados, armas, mapas y otros documentos, organizada por la Dirección General de Bellas Artes, y que contó con una importante subvención del Ministerio de Defensa y el apoyo de la Fundación Larramendi.
    Además de este comentario preliminar, no queremos dejar de reproducir en este ejemplar la introducción con la que se encabezaba la segunda edición de nuestro proyecto, preparado con cariño y maestría por el Dr. Miguel Ayuso Torres, de la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid, que centra muy adecuadamente el contenido del proyecto y su impresionante ambición.
    Contenido de la Biblioteca Virtual
    [Texto del Doctor Miguel Ayuso Torres, Universidad Pontificia Comillas de Madrid]
    La Fundación Ignacio Larramendi ha querido iniciar en los albores de un nuevo siglo un proyecto intelectual que –en cuanto a los medios– se sitúa resueltamente en el futuro, mientras que en lo que hace a los fines no puede sino instalarse en la estela de la verdadera sabiduría, repetición distinta de lo mismo, esto es, tradición y progreso al tiempo. En este proyecto, mejor, en el haz de proyectos que la mentada Fundación pretende promover en vía virtual, se encuentra la preparación de una Biblioteca de Pensadores Tradicionalistas Hispanos que, Dios mediante, ha de acompañar a las otras colecciones.
    No es fácil acotar el rubro del pensamiento tradicional, siquiera contraído al radio hispánico o incluso español, que obligaría a incluir de pleno derecho –por poner algunos ejemplos– en su elenco a los juristas catalanes de los siglos XIV y XV, a los escritores antimaquiavélicos, a los teólogos-juristas de los siglos de oro e incluso a los antilustrados de finales del XVIII. Acepción amplísima que convertiría esta biblioteca en la entera (o casi) de la mayor parte de nuestra Historia, en una suerte de historia política de los ortodoxos españoles, que, como es bien sabido, hasta fecha bien reciente fueron nutrida mayoría. De ahí que, como a continuación se desmenuzará, pueda contraerse en cambio el título que abraza la colección a la edad conocida como contemporánea, esto es, la que se inicia propiamente con la introducción violenta de la revolución liberal y sus consiguientes reacciones. Cierto es que a esa conclusión sólo podría arribarse tras un cuidadoso esclarecimiento de hechos e ideas abordado con la regla y medida del pensamiento católico tal y como sobrevivió en nuestro solar tras lo que –usando el título de uno de esos nuestros clásicos, Saavedra Fajardo– podríamos denominar metafóricamente las locuras de Europa, esto es, los desvaríos de la modernidad y los sueños engendrados por los sueños de su razón racionalista.
    Y tal no ha de resultar fácil en ningún período, si bien la dificultad se presenta acrecida en los tiempos de confusión, por más que se pretendieran luminosos, resultando menos dificultoso el discernimiento –por grueso que fuere– cuando las posiciones exhiben todos sus ángulos acerados en sus perfiles enfrentados con el discurrir del combate. Y aunque siempre es medida prudente rastrear las ideas en problemas o en escritos concretos, evitando otorgar etiquetas ideológicas a los hombres, tal medida se muestra ciertamente en manera menos acuciante en unos momentos que en otros y en unos estudios que en otros. La difuminación de esa exigencia se justifica por dos razones, como método pedagógico elemental –que proporciona una primera visión esquemática desde la cual y sólo desde la cual es dado avanzar– y cuando, por aplicarse a épocas cristalizadas, es lícito encasillar a los hombres en aquellas celdas en que ellos voluntariamente se han colocado.
    Respecto de la primera de las razones, el pensamiento católico tradicional presenta a lo largo de la historia de las ideas un perfil suficientemente definido que permite prescindir en ocasiones de ulteriores distingos. Mientras que, en cuanto a la última, debe señalarse el pensamiento tradicional del siglo XVIII –que es cuando comienza a enfrentarse con su contrafigura que es el pensamiento ilustrado, germen del formalmente revolucionario–, o incluso de los comienzos del siglo XIX –en que propiamente asistimos a su lucha contra el liberalismo–, en que quien se ocupa del mismo se ve obligado a ir constantemente contrastando con una serie de tópicos las opiniones sustentadas sobre ellos en distintos escritos por los diversos autores.
    El método es ahí puramente descompositivo o inductivo, en el primer caso, esto es, el del setecientos, porque el estudioso no puede dar por aceptado –pues es lo que busca– la existencia del pensamiento tradicional, y en el segundo, el de comienzos del ochocientos, porque, en cuanto es una época en que van cuajando como ideologías, lo que antes eran actitudes vitales menos racionalizadas o formas de pensamiento no racionalistas, sería imposible hacer otra cosa. Sin embargo, en la segunda mitad de nuestro siglo, por ejemplo, está perfectamente definida la teoría política tradicionalista. Por lo que, sin que se pueda renunciar totalmente a esa metodología inductiva, de modo ejemplar en los casos fronterizos o en otros que requieran precisión –por cuanto hay autores que no nos atreveríamos a llamar sin más tradicionales, aunque se muestran solidarios de ese pensamiento en importantes bloques temáticos– es posible como punto de partida utilizar un camino más deductivo, en cuanto que nos ocupamos de autores a quienes incluimos genéricamente en una categoría, lo que se prueba –salvo matices– de la mera exposición y valoración de su obra, sin necesidad de ulteriores aclaraciones.
    Con todo, ni que decir tiene que, tratándose –en resumidas cuentas– de una antología de autores y obras acogidos unos y otras como tradicionalistas, ha debido preceder la admisión de un contenido doctrinal de tal término, que –sin discusión– nos permita proceder a incluir y excluir. Contenido que por razones obvias no se puede aquí sino abocetar.
    A la hora de hacer un elenco de pensadores que incluir en esta colección han debido pasar por las mientes estas y otras dificultades, algunas relativas al pensamiento –pues colección de pensadores es, y no de simples políticos azacanados en la lucha, por más que munidos de ideas–, otras tocantes al tradicionalismo –que por fuerza ha de señalarse un punto a la cronología y siempre tras éste hay autores fronterizos, o escindidos, o de significación cambiante– y finalmente las relativas al carácter español.
    Si comenzamos a explicar las decisiones que han ido adoptándose, en cuanto a la primera de las dificultades surgidas, los autores elegidos –y algo habrá de añadirse al final sobre lo nutrido de la selección– son escritores, oradores y profesores, pero sólo excepcionalmente políticos. Incluso algunos documentos que tienen indubitadamente tal cariz no escapan en mayor o menor medida a la intención reflexiva que distingue al conjunto de la colección. Como quiera que sea, el conjunto presentado acredita el hilo de un pensamiento compartido, defendido de modos diversos –y la alusión a la defensa es imprescindible, pues su surgimiento estricto, como se dirá, viene acompañado de una defensa del viejo orden político-histórico, aunque también podríamos decir natural, respecto del avasallamiento de la revolución bajo su faz liberal– y expuesto siempre con rigor no exento de pasión.
    No se trata de rechazar por prurito al político comprometido para fijar nuestra atención sólo en el erudito o el filósofo imparciales. Se trata de destacar el empeño cultural, y por lo mismo civil y también político, de los autores que ofrecieron sus reflexiones, muchas veces acompañadas de sus acciones, a partir de un signo de autenticidad inequívoco.
    Pensador no es sólo, pues, el estrictamente original –son tan pocos, y no sólo en el coto a que nos contraemos, sino en un horizonte más vasto–, sino el que prolonga el acervo de una tradición intelectual aplicándola a las cambiantes circunstancias de la vida política. La historia de las ideas precisa tanto de la contemplación de las grandes cimas como de las mesetas y hasta –si se me permite prolongar más atrevidamente aún la ya atrevida metáfora– de las depresiones: respectivamente los grandes genios, los autores que dan el tono de una época y las excepciones. Pensador tampoco es, en exclusiva, el que funda una visión del mundo, que de nuevo lo más frecuente es recibirla de las dominantes en la época o en el ámbito de que se trata, sino que debe incluirse también –y no por engrosar la nómina sino por hacer justicia– al que, a partir de una que acepta, desarrolla sus consecuencias y ejercita su razón de acuerdo con ella.
    En segundo término, y entramos en el obstáculo siguiente, se ha optado por situar el origen del tradicionalismo –aunque sea en verdad el resultado de una continuidad venerable– en los albores del régimen liberal, como opositor del mismo: así pues, el siglo xix> es el primero en el que hemos efectuado nuestra particular indagación, resultando el tradicionalismo español perfectamente identificable desde los realistas que combatieron la Constitución doceañista hasta la última generación de la estirpe que ha debido enfrentar el derrumbarse del mundo en que crecieron y amaron, y el que combatieron –combaten aún– por no ajustarse al orden eterno, y en el que, pese a todo, aún se reconocerían, por lo menos si lo comparamos con el que despunta. Aunque no es menos cierto que el presente está preñado de encrucijadas que lo mismo podrían resolverse en una vuelta a la tradición que en el exacerbamiento nihilista… Dios dirá –pues es el único dueño del tiempo– si los hijos, en la revuelta frente a sus padres, tornan a la casa de sus abuelos, o se encaminan tras la demolición a la simple intemperie.
    Así pues, nos acercamos hasta el hoy más cercano y desde un ayer que puede señalarse como el inicio en sentido estricto de la contemporaneidad. Lo que está más allá es el canon clásico del orden político cristiano de la Cristiandad de los siglos medios –aquella edad, como escribió el pontífice a quien habitualmente se distingue como el forjador de la doctrina social y política de la Iglesia, en que la filosofía del Evangelio gobernaba las naciones–, prolongada especialmente en el solar hispano hasta el mojón en que iniciamos nuestro elenco, por más que en tal continuidad puedan distinguirse fases e intensidades. Lo que se adivina en lontananza es la cancelación total de tal signo –aunque debamos reiterar el carácter fluido de la situación y la oscilación que permite aventurar– o su marginación todavía más intensa.
    Todavía dentro del segundo signo de contraste está el grado de rigor en la elección. Porque hay autores que han admitido interpretaciones para todos los gustos, desde los que han cantado sus loas por liberal o por tradicional, a los que les han repudiado exactamente por considerarles lo contrario. Y porque hay otros que quizá, aun poniéndose en un surco determinado, no siempre lo han arado con perseverancia o se les ha ido a veces la recta. Si las tareas de desbroce son útiles en ocasiones –y no será el firmante de esta nota quien critique la necesidad de discernir, a veces con cuidado extremo, la pureza de las actitudes y de las doctrinas–, no es menos cierto que en otras una cierta amplitud de miras puede y debe amnistiar algunas tomas de posición que en el mosaico terminan por constituir un matiz más que una fractura. La perspectiva histórica debe, también aquí, poner un punto de equilibrio más allá de las adscripciones arbitrarias pero también de las exclusiones rigoristas. Ya habrá ocasión, cuando falta hiciere, en las respectivas introducciones para situar las cosas en su sitio con los pertinentes afinamientos.
    Y, cerrando el bloque, sería también dado dejar señal de las singulares preferencias o criterios del compilador en la selección o acotamiento del trabajo, que por más que no quisiera ceder a la arbitrariedad, ante horizonte tan vasto no puede sino podar enteras ramas.
    La tercera y, por el momento, última piedra en la que hemos tropezado es en apariencia más fácil de esquivar, aunque también delicada en grado sumo. Pues la hispanidad tiene un horizonte hoy perfectamente definido, por más que a veces cuestionado, aunque en lontananza se dibuje un perfil más rico y abigarrado. Por lo mismo, en una perspectiva tal, la de lo que en otro tiempo se llamaron las Españas, que nadie se sorprenda de encontrar junto a vascos, navarros, catalanes, castellanos o gallegos, a algún chileno o argentino, a algún brasileño que se sentía hispano a fuer de lusitano, o incluso a algún estadounidense, que conoció y amó nuestro modo de ser como pocos, incluso de entre nosotros.
    Pero todo llegará. Las Españas mejor que España, por abrazar comprensivamente la realidad federativa o foral de nuestra tradición, y por expresarla por encima de la estrechez de la mente del Estado-nación, nacionalista y estatista, que ha marcado el avance de la historia moderna y que entre nosotros no ha hallado el acabamiento que entre sus fundadores franceses o sus muñidores alemanes –para nuestra gloria mientras vivimos del genio preestatal, para nuestra desgracia cuando al declinar aquél hemos vivido las convulsiones de una inadaptabilidad al único signo vigente–, constituyen el telón de tal decisión, que sólo frívolamente puede juzgarse imperialista (en el sentido revolucionario de la modernidad), cuando, por contra, cuenta con el peso de los siglos y me parece que también de las tierras y los genes. No resulta fácil explicarlo hoy, porque en buena medida late en todo patriotismo, incluso el que se cree sano, el germen del nacionalismo, que no es piadoso y existencial, sino ideológico, y que no sufriendo el carácter integrador y complejo del alma humana taja con constancia enteros jirones.
    Y porque –más allá de toda retórica, pues la prueba está en los hechos, frente a los que, en buena lógica, deben ceder los argumentos– al reposar el destilado de la comunidad hispánica sobre una catolicidad militante y misionera, el eclipsarse de ésta no puede sino llevar a la decadencia de aquélla. Verdadero lugar común de todo el pensamiento tradicional, por lo mismo con el riesgo de devaluarse en verbal, pero que esconde riquísimos veneros de verdad que el conformismo no puede aprehender, pues escapan por entre los poros de una historia que sus cultores no son capaces de asimilar. La europeización, por lo mismo, no se ha divisado sino como secularización, y no es aprensión reaccionaria, sino de nuevo constatación real. Por eso, y no por otra cosa, hoy, entre el aparente surgir de un llamado hispanismo, con frecuencia ignaro, es la hispanidad la que se despide discretamente. Pues difícilmente hay hueco sino para el pintoresquismo, normalmente manipulador, ayuno de sustancia vital fuera del ambiente que engendró la Hispanidad.
    Sin embargo, la Hispanidad presenta una segunda vertiente de interés desde el foco de este trabajo. Me refiero a la existencia de un tradicionalismo hispánico por contraste, o por especificidad, respecto del tradicionalismo de otros lares, en particular el que podríamos denominar –con intención polémica– europeo. Es cierto, para empezar, que sólo en España la continuidad doctrinal y popular de la tradición católica ha sido, hasta casi nuestros días, preservada.
    Mientras que en los países europeos vino tarada por muy diversas razones, ayuntadas en su dependencia de la filosofía moderna. Y en Alemania fue un tipo de romanticismo, como en Francia una reacción tocada de absolutismo e irracionalismo y como en Inglaterra un conservatismo discretamente ensamblado con el liberalismo. Sólo entre nosotros el catolicismo en lo religioso, el tomismo en lo filosófico y el foralismo monárquico en lo político se fundieron en una misma savia que había de correr por un cuerpo político vivo y dispuesto a combatir aceradamente la heterodoxia religiosa, filosófica y política. Sí, sólo entre nosotros el tradicionalismo fue cerradamente ortodoxo en el dogma, el razonamiento y sostenidamente popular en el encuadramiento. Dios, patria, fueros y rey es así la divisa omnicomprensiva. Y, por cierto, que no es casual que fuera la que portó el carlismo como concreción del tradicionalismo secular.
    Tres últimas observaciones se imponen. La primera, inevitable, toca al puesto del carlismo en el conjunto del cuadro, mientras que la segunda debe mencionar el actual interés, de tenerlo, del pensamiento tradicionalista. Finalmente debe dejarse alguna nota sobre el modo de abordar la empresa de esta Biblioteca Virtual.
    El carlismo se define por tres rasgos, sin cuya convergencia me parece que no resulta en absoluto inteligible, a saber: una bandera dinástica, que es la del legitimismo, una continuidad histórica, la de las Españas, y una doctrina jurídico-política, el tradicionalismo.
    Una bandera dinástica, porque el legitimismo, a la muerte de Fernando VII, vino a ser un banderín de enganche del tradicionalismo hispano en la concreta coyuntura que permitió aflorar los sentires y pensares de muchos españoles descontentos con el abandono de la gobernación tradicional de los Reinos de España, a causa de los embates de la Ilustración dieciochesca y –al alborear del siglo siguiente– de una invasión, como la napoleónica, seguida de diversos conatos de introducción artera o descarada de la revolución liberal, lo que dio lugar, entre otros conflictos, a la guerra realista (1820-1823), hito de extraordinario interés –pues el móvil religioso y comunitario aparece en estado puro– entre las apariencias engañosas de una simple reacción de independencia frente a la invasión y de pura defensa de un principio dinástico en los conflictos que llevan el nombre del rey legítimo preterido.
    En puridad, la historia contemporánea de España es la de la resistencia del pueblo católico español, fiel a la inspiración religiosa de nuestros siglos anteriores, a la regeneración que el liberalismo prometía, consistente en cerrar con doble llave ese pasado y secularizar la convivencia. Los ecos llegan hasta el último conflicto, en el primer tercio del siglo XX, guerra en que lo que se dilucidó no fue una mera cuestión de poderío, dominio o explotación colonial; como no lo fue de lucha de clases: las implicaciones religiosas son de tal calibre que hay quien ha podido decir que la guerra de 1936-1939 fue sólo una cruzada y no una verdadera guerra civil, al ligar aquélla a la motivación religiosa bien patente en buena parte de los combatientes nacionales, y al considerar ésta como la que determina una configuración política sin fisuras ni ambigüedades.
    Por eso, el tradicionalismo, que tuvo parte tan destacada en el alzamiento y hasta en la guerra en que desembocó su fracaso, se desligó en general de la institucionalización política del régimen surgido de la misma, tornando si acaso post>mortem y per relationem. Alzamiento, guerra y régimen de Franco son hechos distintos y susceptibles por ello de valoración diferenciada, como el ejemplo del pensamiento tradicional exhibe bien claramente.
    También una continuidad histórica, porque el carlismo viene a constituir una continuidad de las viejas Españas. Al igual como las Españas –tras la crisis de la cristiandad medieval– quedaron en una suerte de christianitas minor, de cristiandad menor llamada a recoger en un ámbito geográfico más restringido el espíritu de la vieja christianitas maior, de igual manera el carlismo habría portado la antorcha de esa vieja España, reducida a un grupo de familias, a un resto, pusillus grex donde encarnó la continuidad histórica de la cristiandad en general y de las Españas en particular pese a las sucesivas avalanchas de la europeización absolutista, liberal y totalitaria.
    Y una doctrina jurídico-política y hasta una cosmovisión entera, porque merced a ese banderín de enganche dinástico y a esa continuidad histórica recibió continuidad vital primero y fragua teórica después del pensamiento que podríamos llamar católico tradicional, que con el declinar de su vivencia sería conocido más tarde como tradicionalista. Pilar doctrinal que, en forma más o menos consciente, en función también de los cambios de los tiempos, y por lo mismo más o menos depuradamente expuesto, permanece como un elemento nuclear de lo que queda del carlismo –que desde luego no está en exóticos precipitados de socialismo gestionario-, alimentando la continuidad histórica y dotando de sentido universal a la bandera dinástica.
    Una versión autorizada, dentro de su simplicidad y la ausencia de pretensiones, es la contenida en el artículo 3 del Real Decreto de S. M. Don Alfonso Carlos I de 23 de enero de 1936, en el que se codifican los fundamentos de la legitimidad española:
    • “1º Su religión católica, apostólica, romana, con la unidad y consecuencias jurídicas con que fue amada y servida tradicionalmente en nuestros reinos”.
    • “2º La constitución natural y orgánica de los estados y cuerpos de la sociedad tradicional”.
    • “3º La federación histórica de las distintas regiones y sus fueros y libertades, integrante de la unidad de la patria española”.
    • “4º La auténtica monarquía tradicional, legítima de origen y de ejercicio”.
    • “5º Los principios y espíritu y –en cuanto sea prácticamente posible– el mismo estado de derecho y legislativo anterior al mal llamado derecho nuevo”.
    Unidad católica como concreción jurídica de la realeza social de Cristo. Constitución natural e histórica de la sociedad tradicional, como auténtica autonomía social, y cabal reducción del poder político a suplir y fomentar aquélla en los términos de lo que se ha denominado a partir de los años treinta del siglo XX por la doctrina pontificia como el principio de subsidiariedad. Foralismo como concreción del mismo principio en el cuadro de la variedad regional y –si fuéramos capaces de desprender el término de las connotaciones jacobinas– nacionales del racimo de pueblos que fueron las Españas. Y la monarquía como su instrumento de conducción, calificada de legítima, sí, pero tanto de origen como de ejercicio, esto es, católica, social, foral, tradicional y representativa.
    ¿Pero qué queda del carlismo y del tradicionalismo? Andando el tiempo, y van para dos siglos, el legitimismo no puede sino declinar levemente, perdiendo algo de su prestancia y vigor. Y no sólo porque pueda extinguirse –pienso en lo ocurrido en el carlismo, pero que puede extenderse al legitimismo francés o al jacobitismo anglosajón– la dinastía que custodia la legitimidad; y porque en las siguientes sucesiones, discutidas además, se produzcan defecciones; y porque se dificulte en grado sumo el hallazgo de un abanderado.
    Sino también porque una monarquía exiliada espacial y realmente de la concreta gobernación tiende inevitablemente al folclorismo. Antes o después. Los tres ejemplos que acaban de referirse lo prueban, aunque el grado en que lo padecen no sea idéntico: si en los jacobitas es evidente y en el legitimismo francés bastante intenso, en nuestro carlismo es sólo creciente.
    También la continuidad histórica sufre en su significado transformaciones con el paso de los años, los decenios y los siglos. El carlismo, con su arraigo popular, era una auténtica representación de España. Se podía hablar así –con intenciones variopintas, lo sabemos, y no todas buenas– de las honradas masas carlistas. En cambio, cuando el pueblo carlista va desapareciendo, cuando las propias familias carlistas, y de las más encumbradas a las más sencillas, tienen dificultad en transmitir –tradición es entrega, pero sobre todo aceptación– esa adhesión a la causa, la continuidad histórica, que requiere un amplio cuerpo social, también empieza a resquebrajarse.
    Queda entonces sólo el acervo doctrinal, la doctrina jurídico-política y la cosmovisión entera del tradicionalismo, que también ha sufrido últimamente embates diversos –el más grave es sin duda el giro dado por la Iglesia tras el II Concilio Vaticano–, si bien en su conjunto se ha desarrollado hasta niveles que el siglo anterior no conoció. Y es que la teoría política alcanza sus cotas más elevadas en los períodos de crisis, pues es saber azuzado por la derrota. Como también la teorización se va depurando conforme se aleja de la vivencia. Hay momentos fulgurantes de Donoso Cortés, que por cierto nunca fue legitimista, hay páginas espléndidas de Aparisi o Nocedal y párrafos encendidos de Vázquez de Mella, pero no una teorización tan rica, variada y acabada como la que nos ha dado la última generación del tradicionalismo: Elías de Tejada, Rafael Gambra, Francisco Canals, Juan Vallet de Goytisolo y Álvaro d’Ors, entre otros. Entre otras razones hay que buscar en tal hecho el peso muy singular que tiene el tradicionalismo más contemporáneo en esta colección.
    Por lo mismo, antes de cerrar esta presentación con concretas observaciones sobre el plan de la Biblioteca Virtual de Pensadores Tradicionalistas, quisiera abundar algo más sobre la trascendencia del tradicionalismo más radicalmente coetáneo, es decir, al que se ha desenvuelto, y sigue haciéndolo, desde nuestra guerra. Ciertamente, este hecho bélico, con todos sus antecedentes y consecuentes, puede fijarse como frontera separadora de los afanes de dos distintos grupos de hombres –dos generaciones si no se toma con demasiado rigor el término–, hasta el punto de justificar un estudio separado de ambos.
    El agotamiento del viejo carlismo decimonónico y el surgimiento de uno nuevo y vigoroso en la República y ulteriormente en la guerra; el injerto maurrasiano sobre el tronco secular del integrismo que significó la aportación capital de Acción Española, a cuya bandera se acogieron luego, nominalmente al menos, variadas iniciativas; el renacer católico como signo de toda la época de la posguerra –en lucha apenas con ciertos y muy localizados mimetismos totalitarios enseguida devenidos en un izquierdismo falangista de corte laico–; el especial acento que el eterno retorno del Derecho Natural, a la sazón triunfante en toda Europa, tuvo en nuestras fronteras, potenciado por el factor inmediatamente mencionado, de modo que se constituyó en nervio y eje inexcusable del pensamiento español; la reivindicación tradicional como una de las componentes de la retórica del régimen, con reflejo inevitable en su política, y cualquiera que sea su verdadera y mucho más cuestionable virtualidad; la evolución política española –al compás de un horizonte universal que no podía sino condicionarla, del mismo modo que el giro indubitadamente perceptible en la Iglesia–, alejándose progresivamente de su inspiración originaria católica y tradicional, con la reacción lógica de quienes deseaban preservarla a toda costa, son todos hechos –con implicaciones intelectuales o con resonancia política– que tipifican un período en el que el pensamiento tradicional reviste caracteres bien diferenciados. Como antes ya quedó afirmada su relevancia no es preciso insistir ahora más.
    Y, por fin, el plan. Cualquiera que observe el que sigue podrá calibrar la ambición que esconde. Pues pretende presentar un panorama completo del tradicionalismo. A comenzar por el germinal de las Cartas del Filósofo Rancio sobre la Constitución gaditana, el Manifiesto de los Persas y la obra de los escritores de la primera guerra carlista como Magín Ferrer y Vicente Pou. Siguiendo por los grandes polígrafos de mediados del siglo XIX como Donoso Cortés y Balmes. Ocupándose también de los autores que permitieron la transición hasta la transfusión de los neocatólicos. Sin olvidar los grandes del último tercio del siglo pasado y primeros decenios de éste: Aparisi, Nocedal, Gil y Robles y Vázquez de Mella. Con capítulo propio para quienes en el combate contra la II República están en la génesis del alzamiento de 1936: Maeztu, Pradera, Hernando de Larramendi y Vegas Latapie. Finalmente los antes enumerados del tradicionalismo último, con apertura a las Españas y hasta –excepcionalmente– el hispanismo. Completado el cuadro con las revistas señeras Criterio, Acción Española, Cristiandad y Verbo.
    Unas indicaciones prácticas antes del elenco. En primer lugar, se ha de combinar, en función de los casos, la obra completa de algunos autores y la escogida de otros, con la selección de textos correspondientes a un período e incluso con colecciones de revistas. Teniendo en cuenta la capacidad de los cederrón se podrán agrupar, además, en segundo término, autores diversos, buscando la mayor homogeneidad posible. En los casos en que estemos ante unas obras completas, además, la referencia será a ediciones ya existentes o, de no haberlas, se buscará hacer una auténtica recopilación de la obra completa del autor de que se trate, por lo menos en lo que toca a libros y a artículos de revista, y menos rigurosamente –en función de la mayor o menor dificultad de acceso y obtención– a artículos periodísticos. Por último, en la medida en que se considere de interés, se incluirán también como presentación de los autores, períodos o revistas, textos de mayor o menor extensión ya publicados. En otro caso se acompañará siempre una presentación o introducción redactada para el caso.
    No quiere decirse, sin embargo, que el proyecto vaya a completarse. De nuevo, sólo Dios tiene en sus manos la respuesta. Dependerá igualmente de las disponibilidades de medios y de trabajo para afrontar la hercúlea tarea. Por lo mismo, el orden que figura es el cronológico, pero no el de aparición. Valga como prueba que el primer cederrón, ya aparecido y pendiente de presentación, es el de un contemporáneo como Rafael Gambra, como lo es el del recientemente fallecido Vicente Marrero, en que en este momento de trabaja. Aunque se divisa para el futuro inmediato otro de los primeros en el tiempo, el de fray Fernando de Zevallos, al tiempo que se incide nuevamente en la contemporaneidad con el de Francisco Elías de Tejada.
    Autores Tradicionalistas (Temario)
    1. Los enemigos de la Ilustración: con textos de Juan Pablo Forner, Narciso Feliú de la Peña y fray Fernando de Zevallos.
    2. La crisis del antiguo régimen en España (1800-1840): del realismo al carlismo: con el Manifiesto de los Persas y textos de fray Rafael Vélez, el Filósofo Rancio, fray Magín Ferrer, el doctor Vicente Pou y Mariano Roquer.
    3. Los grandes polígrafos tradicionalistas de mitad del siglo XIX: Juan Donoso Cortés y Jaime Balmes.
    4. El discurrir del tradicionalismo por la segunda mitad del siglo XIX: con textos de Pedro de la Hoz, Gabino Tejado, A. J. de Vildósola, Antonio Aparisi y Guijarro, Vicente Manterola, Ramón Nocedal y Romea y Enrique Gil y Robles.
    5. Los regionalistas: con textos de José Torras y Bages y Alfredo Brañas.
    6. La teorización mellista: Juan Vázquez de Mella.
    7. El catolicismo social: con textos de Salvador Minguijón y Severino Aznar.
    8. Hacia el redescubrimiento de la tradición: Ramiro de Maeztu.
    9. La renovación del tradicionalismo en el primer tercio del siglo XX: Acción Española y Eugenio Vegas Latapie.
    10. La pervivencia del carlismo y sus escuelas: con textos de José Roca y Ponsa, Víctor Pradera, Manuel Senante y Fabio.
    11. El tradicionalismo contemporáneo (I): Tradición humana y comunidad política en Rafael Gambra.
    12. El tradicionalismo contemporáneo (II): Los trascendentales del ser en Vicente Marrero.
    13. El tradicionalismo contemporáneo (III): Hacia una historia de la literatura política en las Españas y Francisco Elías de Tejada.
    14. El tradicionalismo contemporáneo (IV): La teología de la historia en Francisco Canals y Cristiandad.
    15. El tradicionalismo contemporáneo (V): El derecho público cristiano en Juan Vallet de Goytisolo y Verbo.
    16. El tradicionalismo contemporáneo (VI): Un tradicionalismo original: Luis Hernando de Larramendi Ruiz e Ignacio Hernando de Larramendi Montiano.
    17. El tradicionalismo contemporáneo (y VII): Una constelación variadísima: con textos de Alvaro d’Ors, Leopoldo Eulogio Palacios, Gonzalo Fernández de la Mora et al.
    18. Lusitanidad y tradición hispánica en el siglo XX: con textos de Antonio Sardinha, Hipólito Raposo, José Pequito Rebelo, Arlindo Veiga dos Santos, Alexandre Correia, José Pedro Galvâo de Sousa y Gustavo Corçao.
    19. El tradicionalismo chileno en el siglo XX: con textos de Osvaldo Lira, Jaime Eyzaguirre, Mario Góngora, Juan Antonio Widow y Gonzalo Ibáñez.
    20. El tradicionalismo argentino en el siglo XX: con textos de Leonardo Castellani, Julio Meinvielle, Rubén Calderón Bouchet, Carlos Sacheri, et al.
    21. Un reaccionario colombiano: Nicolás Gómez Dávila.
    22. La sombra de los cristeros mejicanos.
    23. El carlismo estadounidense: Frederick D. Wilhelmsen.
    ¡Por España!, y el que quiera
    defenderla honrado muera;
    y el que, traidor, la abandone,
    no tenga quien le perdone,
    ni en tierra santo cobijo,
    ni una cruz en sus despojos,
    ni las manos de un buen hijo
    para cerrarle los ojos.

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