¡ Alégrate juventud !
La primavera de las almas
Ha engarzado en tus sombras una chispa de luz,
Que es como aquel lucero
Que señaló el sendero del establo a la cruz,
Júntense todas tus miradas
En el divino centro de esa ígnea virtud;
Y váyanse tus pasos por el nuevo camino que esa
luz te señala
¡ Alégrate, juventud !
Es la gran hora de la vida.
La mañana ha limpiado los pinceles del Sol
En sus doradas nubes.
Y las cumbres se amotinan hambrientas de arrebol.
Y las campiñas enfloradas;
Se abren las venas llenas de aguas de salud.
Naturaleza madre te dice que es la hora de las resurrecciones.
¡ Alégrate, juventud !
¿ No has escogido los laureles
que tus antepasados tuvieron en la lid ?
¿ Y no está orgullosa
de tu padre el Quijote, ni de tu abuelo el Cid ?
¿ Será preciso que de lo alto
de los siglos, la estirpe venga como un alud
y arrastre, al fin, el peso de tus preocupaciones y tus melancolías ?
¡ Alégrate, juventud !
¡ Oh juventud ! Una paloma
para su vuelo sobre la testa del león.
¿ No oyes ? Del otro lado
del mar y el tiempo, un mundo te envía una canción.
¡ Oh primavera de las almas !
Hay gritos de trompeta y arrullos de laúd;
Y cálices de flores y bocas de mujeres, unánimes, te dicen :
¡ Alégrate, juventud !
EL CHARRO
Viste de seda: alhajas de gran tono;
pechera en que el encaje hace una ola,
y bajo el cinto, un mango de pistola,
que él aprieta entre el puño de su encono.
Piramidal sombrero, esbelto cono,
es distintivo en su figura sola,
que en el bridón de enjaezada cola
no cambiará su silla por un trono.
Siéntase a firme, el látigo chasquea;
restriega el bruto su chispeante callo,
y vigorosamente se pasea...
Dúdase al ver la olímpica figura
si es el triunfo de un hombre y su caballo
o si es la animación de una escultura.
Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos dedos invisibles de la altura.
La cresta es blanca y como blanca pura:
la entraña hierve en inflamado anhelo;
y sobre el horno aquél contrasta el hielo,
cual sobre una pasión un alma dura.
Los volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombra de irisada yedra;
y por eso, entre campos de colores,
al destacarse en el azúl, aparecen
cestas volcadas derramando flores.
¡ HE VIVIDO POCO ! ¡ ME HE CANSADO MUCHO !
Hace ya diez años
que recorro el mundo.
¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!
Quién vive de prisa no vive de veras,
quién no echa raíces no puede dar frutos.
Ser río que recorre, ser nube que pasa,
sin dejar recuerdo, ni rastro ninguno,
es triste, y más triste para quién se siente
nube en lo elevado, río en lo profundo.
Quisiera ser árbol mejor que ser ave,
quisiera ser leño mejor que ser humo;
y al viaje que cansa
prefiero terruño;
la ciudad nativa con sus campanarios
arcaicos balcones, portales vetustos
y calles estrechas, como si las casas
tampoco quisieran separarse mucho...
Estoy en la orilla
de un sendero abrupto.
Miro la serpiente de la carretera
que en cada montaña da vueltas a un nudo;
y entonces comprendo que el camino es largo,
que el terreno es brusco,
que la cuesta es ardua,
que el paisaje es mustio...
¡Señor! ¡ya me canso de viajar! ¡Ya siento
nostalgia, ya ansío descansar muy junto
de los míos!... Todos rodearán mi asiento
para que les diga mis penas y mis triunfos;
y yo, a la manera del que recorriera
un álbum de cromos, contaré con gusto
las mil y una noches de mis aventuras
y acabaré en ésta frase de infortunio:
-¡He vivido poco!
-¡Me he cansado mucho