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Tema: Filipinas católica y española

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    Filipinas católica y española

    Filipinas católica y española





    Radiomensaje de Su Santidad Pío XII a la clausura del II Congreso Mariano Nacional de las Islas Filipinas (Domingo 5 de diciembre de 1954)*

    Venerables Hermanos y amados hijos que, en la ciudad de Manila, clausuráis el II Congreso Mariano Nacional de las Islas Filipinas:

    Como el ágil viandante que, al remate de una feliz jornada, vuelve a sus espaldas los ojos y se deleita con la contemplación de la magnífica ruta recorrida, mientras que, con el corazón rebosando de gozo, se apresta para el último paso que ha de ponerle en la cercana meta; así Nos, en la inminencia de la clausura del Año Mariano, no podemos menos de manifestar una vez más Nuestro contento por las muchas gracias que él ha procurado a la humanidad, por el honor que de él ha redundado en favor de la Reina de cielos y tierra y, sobre todo, por la gloria que de ello se le ha seguido a su Dulcísimo Hijo, Jesucristo Nuestro Señor: «soli Deo honor et gloria» (1Ti 1, 17).

    Y de la misma manera que las ondas —del éter, del aire o del agua— transmiten la vibración recibida y la llevan en sus alas impalpables hasta los últimos extremos; así también, al anuncio del Año Mariano desde esta Eterna Ciudad, hemos podido ser testigos de una conmoción que, esparciéndose en oleadas de fervor y de entusiasmo, ahora —como eco último proveniente casi de nuestros mismos antípodas— Nos parece que nos retorna de nuevo en ese magnífico Congreso Mariano vuestro, que deseamos hacer notar: primero, por la sentida espiritualidad de que habéis sabido penetrarlo —esos triduos de preparación interior, ese rezo continuo del Rosario, día y noche, durante las 120 horas del Congreso— ; luego, por la fecundidad de los temas estudiados —Maternidad de la Virgen, Inmaculada Concepción, Asunción de María— ; y, finalmente, por su profunda significación.

    Efectivamente, no son tan sólo las Islas Filipinas un país maravilloso, repartido en millares de islas de frondosa vegetación, de volcanes ardientes, de estirpes las más diversas, como si el mar hubiese florecido y se hubiera transformado en encantador vergel; sino que vuestro pueblo, situado —como Nos a su tiempo pusimos de relieve [1], — en un «punto vital del globo terráqueo», representa en el sudeste asiático la única gran nación católica que, por su posición como barrera natural entre dos inmensos mares, zona de fricción de civilizaciones y de gentes, nudo vital de rutas y de corrientes, no puede menos de estar llamado a desempeñar un papel providencial en el teatro de la historia.

    Por eso el ímpetu evangelizador y colonizador de la España misionera, uno de cuyos méritos fue el saber fundir en una ambas finalidades, no pudiéndose contener ni siquiera en las inmensidades del Mundo Nuevo, saltó aquellas cordilleras inaccesibles, se lanzó a las soledades del Pacífico y llegó de arribada a vuestras playas, enarbolando una Cruz sobre el pendón morado de Castilla; la primera misa en Butrian el 30 de Marzo de 1521; los primeros religiosos de la familia agustiniana el 13 de Febrero de 1565 ; y, en esta última expedición, aquel gran Legazpi, «el gobernador más celoso de la honra de Dios [y servicio del Rey de cuantos ha conocido el mundo]», y aquel genial Urdaneta, primera planta de una generación apostólica, a cuya sombra se plasmó el alma nacional de vuestro pueblo.

    Conquista principalmente pacífica, fusión de estirpes, que sólo la fuerza aglutinante de la religión pudo realizar con misión maternal, sólo el aliento unánime de una fe, profundamente arraigada, pudo mantener entre tantas vicisitudes; y muy en el centro de todo, una devoción, un cariño a una Madre amadísima, sin el cual quedaría como vacía esa alma nacional filipina que no ha sabido nunca separar a la Madre del Hijo.

    ¿No llevan acaso el nombre de la Virgen muchas de vuestras ciudades: Santa María, la Concepción, Nuestra Señora de los Ángeles? ¿No están a Ella consagradas las cumbres de vuestras montañas: la Sierra Madre, la cima de la Madre de Dios? ¿Y cuántas de vosotras, amadas hijas que Nos escucháis, no os honráis, con su nombre; cuántos de vuestros hogares no tienen su imagen colocada en lugar preferente? ¿Ante quién cantáis en Cuaresma vuestras tonadas de pasión; o a quién vais a acompañar la mañanita de Pascua en el «Santo Encuentro»? Apuntará Mayo; y entonces ¿a quién dedicáis vuestras «flores»? Y al caer de la tarde, en vuestros pueblos y aldeas, resuenan las calles con las dulces melodías de los dolores y gozos de María, acompañados por el «banjo»; mientras que de las persianas entornadas sale de los hogares la suave cadencia del Avemaría repetida y repetida en el rezo del Santísimo Rosario, la devoción nacional filipina, la que a veces ha llegado a ser el último vínculo que ha mantenido la unión, la fe de los cristianos en cualquier islote septentrional, tan lejano que quedaba casi perdido en la bruma, tan remoto que no había visto al misionero hacía años y años!

    ¡Filipinas, Reino de María! ¡Filipinas, Reino del Santísimo Rosario! Acudid, acudid, a este trono de gracia, a esta devoción salvadora, porque la tempestad ruge no lejos de vosotros; teneos firmes en la santa fe de vuestros padres, la que habéis recibido con la primera leche, como firmes se tienen vuestras islas, aunque las sacudan los terremotos y las azoten las olas embravecidas; y no dejéis que se apague jamás en vuestras almas ese santo fuego de amor a vuestra Madre celestial, como no se apagan esos volcanes que de cuando en cuando manifiestan el ardor que vive bajo vuestro suelo.

    Por misión providencial contáis, come base de vuestra estructura nacional, con una variedad de gentes, que parecen tener en común la viveza del ingenio, la bondad del carácter y una inclinación natural a lo honesto y a lo recto; sobre ello quiso el Señor sembrar una excelente semilla, que de alguna manera os entronca con el robusto árbol de las naciones hispánicas; hoy, finalmente, crecéis y prosperáis al calor de corrientes nuevas, de cualidades riquísimas, llamadas a desempeñar una parte importante en la historia contemporánea. Abrid vuestras almas a lo nuevo, pero conservando la vieja fe; organizad vuestra naciente nacionalidad, pero dando el debido puesto a los valores cristianos; reafirmaos en lo vuestro, pero sin desgajaros del tronco que os dio la vida del espíritu. Haciendo así, os apropiaréis, en cada cosa, de lo mejor y estaréis dispuestos a ser, en el Extremo Oriente, faro de vida cristiana, columna y fundamento de un edificio, cuya grandiosidad no es posible prever.

    Para sede de vuestra Asamblea os ha abierto los brazos generosos, apenas cicatrizadas sus recientes heridas, la hermosa Manila, recogida en el centro de su grandiosa bahía, como perla en su concha, coronada de montañas y regada por el caudaloso Pasig y sus muchos afluentes, que dan a la campiña circunstante admirable riqueza y fertilidad ; también Manila tiene su gloria en su Virgen de la Guía, providencialmente encontrada —narran las crónicas— aquel 15 de Mayo de 1571, en que escribió la primera página de su historia. Que Ella escuche vuestras ardientes plegarias; que las oiga igualmente Nuestra Señora de Caysasay, la prodigiosa imagen, para la que vuestra generosidad filial ha preparado esa preciosa corona, que ceñiréis a sus sienes en el mismo día centenario de la Definición dogmática; pero que acoja benigna vuestras lágrimas sobre todo esa «Reina de la paz» que habéis invocado en vuestra Asamblea general, era «Reina de la Paz» a la que Nos también de continuo dirigimos Nuestras súplicas, para que aleje del mundo el espantoso azote, que vosotros no hace mucho habéis, tan dolorosamente, experimentado. Y aunque hayamos de reconocer toda la buena voluntad que sea necesario en los regidores de los pueblos, estamos sin embargo plenamente convencidos de que sólo en la vuelta a Jesucristo, a su Reino y a su doctrina, —sólo en esa vuelta— está la vía segura para conseguir la deseada paz.

    Que las mejores Bendiciones del cielo, de las que quiere ser prenda y anticipo la Bendición Nuestra, pongan el sello a vuestro Congreso; Bendición para Nuestro dignísimo Cardenal Legado, que os ha traído el aroma del incienso de fe, que arde en el «botafumeiro» santiagués, aroma de familia, bien conocido por vuestras almas; para Nuestro Venerable Hermano el Señor Arzobispo de Manila; para todos los Prelados, sacerdotes y religiosos presentes; para todas las Autoridades y pueblo, aquí reunidos; y para todas esas amadísimas Islas Filipinas, avanzada de la Iglesia en dos océanos. Sean las ondas del éter portadoras de esta Bendición, que quiere llegar hasta el último arrecife donde alguien escuche Nuestra voz, donde un hijo conmovido oiga acaso el acento de su conmovido Padre.

    http://nucleodelalealtad.blogspot.co...s-hispana.html

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    Re: Filipinas católica y española

    DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
    AL SEÑOR MANUEL V. MORÁN,
    PRIMER EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE FILIPINAS
    ANTE LA SANTA SEDE
    *

    Lunes 4 de junio de 1951

    Señor Embajador:
    El comienzo de la misión del primer Embajador que la República de Filipinas, próxima ya al primer lustro de su existencia, ha enviado a esta Santa Sede, para que represente, digna y eficazmente, en el centro del mundo católico, los intereses y las aspiraciones de aquella noble nación, es un fruto característico de la postrer evolución de los tiempos, igualmente claro tanta si se le considera como lógica conclusión de las agitaciones pasadas, cuanto si se le quiere ver cual inicio prometedor de un porvenir lleno de promesas para los más elevados fines de la cristiandad y de la humanidad.
    Una mirada al mapa de las regiones sudasiáticas y oceánicas hace que salte enseguida a la vista el punto vital del globo terráqueo donde la Providencia ha colocado a su pueblo, católico en su mayoría, el campo de vida y de acción que le ha asignado en medio de la comunidad de los pueblos, salpicándolo todo con los mil encantos y mil riquezas que vienen a ser como la característica de esta nación, esparcida en millares de islas a cual más primorosa.
    El nacimiento y el primer desarrollo de la joven independencia filipina se lleva, pues, a cabo en una zona y en una época llena de agitaciones y de peligros, capaces de perturbar hasta las instituciones estatales más viejas y mejor consolidadas.
    Por eso los gobernantes de esta República, con prudente resolución, quieren reforzar los contactos con esta Sede de Pedro y, por el hecho mismo, con aquellas energías espirituales que continuamente se esfuerzan por hallar el camino que conduzca desde los choques destructores de las fuerzas exteriores hasta la colaboración fraternal en el sincero espíritu de mutua comprensión y de estricta justicia.
    Hace tiempo que Nos seguimos con verdadero interés y con participación paternal el desarrollo interior de aquellas lejanas islas y los acontecimientos exteriores de aquellos territorios, cuyos efectos económicos, sociales y espirituales no pueden menos de dejarse sentir, positiva o negativamente, en el incremento y en la prosperidad del Estado.
    Vuestro catolicismo, Señor Embajador, no es precisamente de ayer,. puesto que, sin contar la visita a alguna de vuestras islas del gran apóstol del Oriente, San Francisco Javier, bastaría recordar el 1521 como fecha de la primera Misa celebrada en vuestro territorio y el 1565 como data de la llegada de los primeros misioneros estables capitaneados por el gran Fray Andrés de Urdaneta. A sus esfuerzos apostólicos en un territorio donde el ímpetu misional de las dos naciones ibéricas parecía unirse de nuevo para abrazar la tierra, los hijos de vuestro suelo supieron corresponder de modo admirable y sois hoy en el Extremo Oriente una nación predominantemente católica. Por eso estamos bien seguros de que Nuestros amados hijos e hijas de Filipinas —especialmente los que han sido profundamente educados y formados en el espíritu de la fe católica y por eso mismo más obligados a la plena conciencia de sus deberes cívicos— harán cuanto en su mano esté para incluir en los fundamentos de un Estado, que se halla en fase tan importante de su desarrollo, las necesarias garantías que han de asegurar a la maternal actividad de la Iglesia la indispensable libertad de movimientos en el campo de la educación, de la cura de almas, del cultivo del progreso social y de la conservación del ideal de la familia cristiana en toda su esplendorosa pureza.
    Las expresiones que Vuestra Excelencia, Señor Embajador, Nos acaba de dirigir confirman Nuestra confianza de tener a Nuestro lado, en Vuestra Excelencia, un representante de su nación bien penetrado de la grandeza de su cargo, realmente inspirado en elevados sentimientos, lleno de conocimientos y de amplitud de miras; un representante que, en todas las manifestaciones de su alto oficio, se dejará guiar por la convicción de que, entre los más preciados valores espirituales de su pueblo —por él y por Nos tan amado— ocupa el primer lugar la conservación y el aumento de su fe.
    Si esta base cristiana, defendida de los peligros y libre de movimientos en su ilimitada potencialidad, se mantiene como se debe mantener, nunca le faltarán a su pueblo —rodeado, sí, de peligros, pero colocado también en una posición providencial— aquellas personas que sabrán resolver con energía, valor, decisión y espíritu de sacrificio todos los problemas humanos de su patria, relacionándolos, de modo cada vez más íntimo, con los más altos y más nobles intereses de la humanidad.
    Largo y trabajoso es el camino desde la obtención formal de la independencia hasta su plena actuación y su desarrollo creativo en todos los campos de la vida de una comunidad libre —en el espíritu del Cristianismo— de todas las impurezas que traen consigo los egoísmos individual y colectivo.
    Que el Señor dé a todos los que tienen en sus manos el poder y sobre cuyas espaldas pesa la responsabilidad, la claridad de miras, la aspiración sincera, la enérgica voluntad y el espíritu de iniciativa, valerosa y bien intencionada, que la seriedad de su cargo y la gravedad de la hora perentoriamente exigen.
    Con este deseo en el corazón y esta plegaria en los labios enviamos al Excelentísimo Señor Presidente de la República —cuya visita a Roma tan gratamente recordamos— Nuestro cordial saludo. Y mientras invocamos sobre sus funciones y las de su Gobierno, y sobre todo el querido pueblo filipino, la protección del cielo, damos igualmente a Vuestra Excelencia la más afectuosa bienvenida.
    Nos queremos terminar expresando Nuestra esperanza más ferviente de que esta misión suya, Señor Embajador, que ahora tan felizmente comienza, pueda contribuir a que su patria, tan probada entre los amargos sufrimientos de la guerra, vea pronto el día en que la «Cruz del Sur » resplandezca en el límpido cielo filipino, alegrando a un pueblo que, en la consciente serenidad de su propio valer y de sus propias fuerzas, confiando en la fraternal colaboración de todos los buenos —más acá y más allá de sus fronteras— camina confiando hacia una nueva felicidad, un progreso pacífico y una auténtica prosperidad, cada vez mayores.

    http://www.vatican.va/holy_father/pi...lipino_sp.html

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    RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
    A LA CLAUSURA DEL II CONGRESO MARIANO NACIONAL DE LAS ISLAS FILIPINAS
    *

    Domingo 5 de diciembre de 1954
    Venerables Hermanos y amados hijos que, en la ciudad de Manila, clausuráis el II Congreso Mariano Nacional de las Islas Filipinas:
    Como el ágil viandante que, al remate de una feliz jornada, vuelve a sus espaldas los ojos y se deleita con la contemplación de la magnífica ruta recorrida, mientras que, con el corazón rebosando de gozo, se apresta para el último paso que ha de ponerle en la cercana meta; así Nos, en la inminencia de la clausura del Año Mariano, no podemos menos de manifestar una vez más Nuestro contento por las muchas gracias que él ha procurado a la humanidad, por el honor que de él ha redundado en favor de la Reina de cielos y tierra y, sobre todo, por la gloria que de ello se le ha seguido a su Dulcísimo Hijo, Jesucristo Nuestro Señor: «soli Deo honor et gloria» (1Ti 1, 17).
    Y de la misma manera que las ondas —del éter, del aire o del agua— transmiten la vibración recibida y la llevan en sus alas impalpables hasta los últimos extremos; así también, al anuncio del Año Mariano desde esta Eterna Ciudad, hemos podido ser testigos de una conmoción que, esparciéndose en oleadas de fervor y de entusiasmo, ahora —como eco último proveniente casi de nuestros mismos antípodas— Nos parece que nos retorna de nuevo en ese magnífico Congreso Mariano vuestro, que deseamos hacer notar: primero, por la sentida espiritualidad de que habéis sabido penetrarlo —esos triduos de preparación interior, ese rezo continuo del Rosario, día y noche, durante las 120 horas del Congreso— ; luego, por la fecundidad de los temas estudiados —Maternidad de la Virgen, Inmaculada Concepción, Asunción de María— ; y, finalmente, por su profunda significación.
    Efectivamente, no son tan sólo las Islas Filipinas un país maravilloso, repartido en millares de islas de frondosa vegetación, de volcanes ardientes, de estirpes las más diversas, como si el mar hubiese florecido y se hubiera transformado en encantador vergel; sino que vuestro pueblo, situado —como Nos a su tiempo pusimos de relieve [1], — en un «punto vital del globo terráqueo», representa en el sudeste asiático la única gran nación católica que, por su posición como barrera natural entre dos inmensos mares, zona de fricción de civilizaciones y de gentes, nudo vital de rutas y de corrientes, no puede menos de estar llamado a desempeñar un papel providencial en el teatro de la historia.
    Por eso el ímpetu evangelizador y colonizador de la España misionera, uno de cuyos méritos fue el saber fundir en una ambas finalidades, no pudiéndose contener ni siquiera en las inmensidades del Mundo Nuevo, saltó aquellas cordilleras inaccesibles, se lanzó a las soledades del Pacífico y llegó de arribada a vuestras playas, enarbolando una Cruz sobre el pendón morado de Castilla; la primera misa en Butrian el 30 de Marzo de 1521; los primeros religiosos de la familia agustiniana el 13 de Febrero de 1565 ; y, en esta última expedición, aquel gran Legazpi, «el gobernador más celoso de la honra de Dios», y aquel genial Urdaneta, primera planta de una generación apostólica, a cuya sombra se plasmó el alma nacional de vuestro pueblo.
    Conquista principalmente pacífica, fusión de estirpes, que sólo la fuerza aglutinante de la religión pudo realizar con misión maternal, sólo el aliento unánime de una fe, profundamente arraigada, pudo mantener entre tantas vicisitudes; y muy en el centro de todo, una devoción, un cariño a una Madre amadísima, sin el cual quedaría como vacía esa alma nacional filipina que no ha sabido nunca separar a la Madre del Hijo.
    ¿No llevan acaso el nombre de la Virgen muchas de vuestras ciudades: Santa María, la Concepción, Nuestra Señora de los Ángeles? ¿No están a Ella consagradas las cumbres de vuestras montañas: la Sierra Madre, la cima de la Madre de Dios? ¿Y cuántas de vosotras, amadas hijas que Nos escucháis, no os honráis, con su nombre; cuántos de vuestros hogares no tienen su imagen colocada en lugar preferente? ¿Ante quién cantáis en Cuaresma vuestras tonadas de pasión; o a quién vais a acompañar la mañanita de Pascua en el «Santo Encuentro»? Apuntará Mayo; y entonces ¿a quién dedicáis vuestras «flores»? Y al caer de la tarde, en vuestros pueblos y aldeas, resuenan las calles con las dulces melodías de los dolores y gozos de María, acompañados por el «banjo»; mientras que de las persianas entornadas sale de los hogares la suave cadencia del Avemaría repetida y repetida en el rezo del Santísimo Rosario, la devoción nacional filipina, la que a veces ha llegado a ser el último vínculo que ha mantenido la unión, la fe de los cristianos en cualquier islote septentrional, tan lejano que quedaba casi perdido en la bruma, tan remoto que no había visto al misionero hacía años y años!
    ¡Filipinas, reino de Maria! ¡Filipinas, reino del Santísimo Rosario! Acudid, acudid, a este trono de gracia, a esta devoción salvadora, porque la tempestad ruge no lejos de vosotros; teneos firmes en la santa fe de vuestros padres, la que habéis recibido con la primera leche, como firmes se tienen vuestras islas, aunque las sacudan los terremotos y las azoten las olas embravecidas; y no dejéis que se apague jamás en vuestras almas ese santo fuego de amor a vuestra Madre celestial, como no se apagan esos volcanes que de cuando en cuando manifiestan el ardor que vive bajo vuestro suelo.
    Por misión providencial contáis, come base de vuestra estructura nacional, con una variedad de gentes, que parecen tener en común la viveza del ingenio, la bondad del carácter y una inclinación natural a lo honesto y a lo recto; sobre ello quiso el Señor sembrar una excelente semilla, que de alguna manera os entronca con el robusto árbol de las naciones hispánicas; hoy, finalmente, crecéis y prosperáis al calor de corrientes nuevas, de cualidades riquísimas, llamadas a desempeñar una parte importante en la historia contemporánea. Abrid vuestras almas a lo nuevo, pero conservando la vieja fe; organizad vuestra naciente nacionalidad, pero dando el debido puesto a los valores cristianos; reafirmaos en lo vuestro, pero sin desgajaros del tronco que os dio la vida del espíritu. Haciendo así, os apropiaréis, en cada cosa, de lo mejor y estaréis dispuestos a ser, en el Extremo Oriente, faro de vida cristiana, columna y fundamento de un edificio, cuya grandiosidad no es posible prever.
    Para sede de vuestra Asamblea os ha abierto los brazos generosos, apenas cicatrizadas sus recientes heridas, la hermosa Manila, recogida en el centro de su grandiosa bahía, como perla en su concha, coronada de montañas y regada por el caudaloso Pasig y sus muchos afluentes, que dan a la campiña circunstante admirable riqueza y fertilidad ; también Manila tiene su gloria en su Virgen de la Guía, providencialmente encontrada —narran las crónicas— aquel 15 de Mayo de 1571, en que escribió la primera página de su historia. Que Ella escuche vuestras ardientes plegarias; que las oiga igualmente Nuestra Señora de Caysasay, la prodigiosa imagen, para la que vuestra generosidad filial ha preparado esa preciosa corona, que ceñiréis a sus sienes en el mismo día centenario de la Definición dogmática; pero que acoja benigna vuestras lágrimas sobre todo esa «Reina de la paz» que habéis invocado en vuestra Asamblea general, era «Reina de la Paz» a la que Nos también de continuo dirigimos Nuestras súplicas, para que aleje del mundo el espantoso azote, que vosotros no hace mucho habéis, tan dolorosamente, experimentado. Y aunque hayamos de reconocer toda la buena voluntad que sea necesario en los regidores de los pueblos, estamos sin embargo plenamente convencidos de que sólo en la vuelta a Jesucristo, a su Reino y a su doctrina, —sólo en esa vuelta— está la vía segura para conseguir la deseada paz.
    Que las mejores Bendiciones del cielo, de las que quiere ser prenda y anticipo la Bendición Nuestra, pongan el sello a vuestro Congreso; Bendición para Nuestro dignísimo Cardenal Legado, que os ha traído el aroma del incienso de fe, que arde en el «botafumeiro» santiagués, aroma de familia, bien conocido por vuestras almas; para Nuestro Venerable Hermano el Señor Arzobispo de Manila; para todos los Prelados, sacerdotes y religiosos presentes; para todas las Autoridades y pueblo, aquí reunidos; y para todas esas amadísimas Islas Filipinas, avanzada de la Iglesia en dos océanos. Sean las ondas del éter portadoras de esta Bendición, que quiere llegar hasta el último arrecife donde alguien escuche Nuestra voz, donde un hijo conmovido oiga acaso el acento de su conmovido Padre.
    * AAS 46 (1954) 718-721.
    [1] Discurso al primer Embajador de la República de Filipinas, en Disc. y Radiom., 4 de junio de 1951 y AAS 43, 440-442.

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