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Tema: Historia de los tercios españoles

  1. #1
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    Historia de los tercios españoles

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES (I)

    Piqueros de los tercios, en formación de cuadro con la pica en defensa



    HISTORIAS DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES (I)


    A día de hoy es raro que se hable de las gestas heroicas realizadas por los españoles en Europa. Es un tema políticamente incorrecto, y más bien pareciese que se tuviese que hablar de cómo los musulmanes invadieron España y cosas por el estilo. En Cassia no nos resignamos a ello.


    Pero no se pueden olvidar nuestras gestas, nuestras hazañas en el pasado, los hechos de armas..., pues España llegó a ser un imperio gracias al honor y coraje de muchos de nuestros antepasados, que lejos de acobardarse y de rendirse, en el fragor del combate y ante el muy superior enemigo, dieron muestras de mucho valor y coraje. Si en vez de ser españoles hubiésemos sido ingleses, norteamericanos o israelitas, seguro que hechos de armas -como el que paso a contarles-, se estudiarían en las escuelas, en vez de permanecer en el olvido, en viejos libros ubicados en viejas estanterías, para solaz de lectores curiosos.


    Se cuenta, que en la toma de la ciudad francesa de Corbeil, los españoles hubieron de vérselas en duros combates contra sus defensores. Sus murallas eran fuertes y sus fosos y trincheras bien pertrechadas, con artillería y bastimentos suficientes, lo que les daba a los defensores una gran ventaja y fortaleza de ánimo, creyendo que no sería fácil presa de los Tercios españoles. Eso al menos pensaban los aliados franceses que allí estaban, como el duque de Umena, Condestable de Francia, y que junto con sus seguidores y caballeros, vieron lo sucedido, y no se lo creyeron.
    Allí se la hubieron de ver los españoles, y no fue obra fácil, pues muchos no pensaban que se pudiera hacer, que las baterías enemigas apuntaban recio y firme y el camino era estrecho y dificultaba el paso de los soldados. Mas los Tercios Viejos, mandados por capitanes de valía, y con el ánimo firme, emprendieron la tarea hasta entrar en la ciudad. Ésta sería conquistada, a sangre y fuego, claro está. Aunque habremos de decir que muchos fueron los que perdieron la vida en la contienda. Según se pudo escribir luego, unos 1000 muertos por parte de los franceses herejes, y sólo 200 españoles de parte de los Tecios; que eso sí hay que lamentar, pues la vida de cada uno de esos héroes vale por cinco de otros soldados cualesquiera de aquel tiempo.
    En una de las muchas escaramuzas que se dieron en aquel combate se cuenta que:


    En este medio sucedió, que doce españoles, los ocho mosqueteros que sin orden habían ido a correr, se encontraron con cuatrocientas corazas, a cargo de Monsieur de la Jatira, y, creyendo que eran del Beranés, y que los habrían de hacer pedazos si se apeaban , plantaron las horquillas, y poniéndose en un paso les dieron grandísimas cargas; las corazas se apearon y dieron sobre ellos, y no los pudieron rendir, y por temor no les matasen los caballos tuvieron por bien de dejarles y se volvieron al campo, no poco corridos de haber sido acometidos de doce españoles sin poderlos ofender.


    El duque de Umena y los Príncipes y caballeros franceses de su corte quedaron admirados (como era cosa nueva para ellos) ver que por baterías tan fuertes y dificultosas hubiesen los españoles dado aquellos asaltos tan sangrientos y entrado en la villa por la fuerza de las armas, cosa que les maravilló tanto que en mucho tiempo no se trataba de otra cosa”.


    Sólo doce españoles contra cuatrocientos coraceros franceses y éstos los ponen en fuga. Así se defendía un imperio. Así se temía y se respetaba a un pueblo: el Español.


    Otro día se contarán más hazañas de nuestros bravos Tercios, que no es cosa que se nos olvide a los españoles de bien nuestro pasado y nuestros hechos gloriosos por mucho que se empeñen algunos


    Luis Gómez

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  2. #2
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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS (II)


    "Piqueros repelen una carga de caballería"


    HISTORIA DE LOS TERCIOS (II)

    Correría el año de 1583, cuando las tropas españolas de los tercios de Flandes, guerreaban en aquellas pantanosas tierras. Se las estaban viendo, un día sí y otro también, con soldados de media Europa, pues no nos engañemos, se estaba haciendo la guerra en Flandes y sus estados, pero delante de los piqueros y arcabuceros de los tercios, había soldados de diversas nacionalidades. Flamencos, franceses, ingleses, escoceses, alemanes (unos de parte del rey católico, y otros al servicio del mejor postor) valones, suizos, etc. Así las cosas un día:

    Serian las tres de la tarde cuando se comenzó á pelear, y duró la escaramuza hasta las siete. A esta hora habían ya llegado las compañías de arcabuceros de infantería española que iban de vanguardia, cuyos capitanes eran D. Sancho Martínez, D. Carlos y Diego Rodríguez; y en su seguimiento iban con la mosquetería los capitanes Juan de Rivas y Diego de Arango, a los cuales dio orden Alejandro, que estaba sobre el dique, que cerrasen con ellos; y puestos la rodilla en tierra, rezaron el Ave-María, y lo hicieron ferocísimamente y con tanto valor, que sin darles más de la primera carga los rompieron y desbarataron, ganaron las trincheras y degollaron más de seiscientos; los demás se fueron retirando y escaramuzando por un sitio, que aunque era fortísimo, no les estorbó á los españoles á seguir el alcance, y si no fuera porque la noche iba cerrando, no se les escapara ninguno. Al mismo instante que la infantería española cerró con los rebeldes, se vieron dos extremos grandísimos; el uno, el ímpetu con que lo hicieron, no temiendo, siendo tan pocos, á tan gran número de rebeldes; y el otro, ver a la mayor parte de la caballería católica retirarse, y con haber más de media hora que se apellidaba la victoria, no volvían a darla”.

    Se rezaba el Ave maría, y listos para liarla. Como Dios manda. Pero hete tú aquí que si las cosas se torcía, pues en la batalla lo que ahora parece ganado, por debilidad de unos o por falta de previsión de otros, todo puede hacer que se troque y de la vuelta. Eso es lo que casi ocurre ese día en la citada escaramuza, cuando al caballería católica desorganizada, se batía en retirada mientras los arcabuceros seguían luchando. Visto esto por el Capitán General de los Tercios, nos cuenta el relato que:

    Alejandro que vio un desorden tan grande en soldados tan valerosos, y que todo aquel día habían sustentado la escaramuza y peleado con tanto coraje, puso mano a su espada y les comenzó a tirar de cuchilladas, diciéndoles palabras injuriosas, y que mirasen a la infantería que degollaba a tiempo que ellos se retiraban. Estas razones que les dijo -fueron bastantes para que volviesen a cobrar la tierra que habían perdido; y conociendo el marqués de Rubes, General de todos ellos, lo mal que habían hecho, y que a su persona, más que a otra, le tocaba, no supo ninguna satisfacción que dar a Alejandro más de decirle que S. A. mandase cortar las cabezas a los soldados de la caballería y a él el primero , que lo merecía más que todos; Alejandro se aquietó mucho de la cólera que había recibido con ver al Marqués confesar el desorden que él y los demás hicieron, y con el gozo de la victoria no se trató más de esto”.

    Es como deben ser las cosas. Nada de escurrir el bulto o de lanzar estelas de humo para diluir las responsabilidades. Hoy en día, nos pasa lo que nos pasa por tener en vez de hombres de esa talla, a paniaguados que no son capaces de enfrentarse a los errores con la valentía que hace falta.

    Luis Gómez

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  3. #3
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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIA DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES (III)


    Tercios españoles conversan con lansquenetes alemanes.
    HISTORIAS DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES (III)
    En las guerras de Flandes, no todo son tiros de arcabuz o lances de pica y espada, que también hay momentos -pocos, pero los hay- en los que los soldados alternan con las mujeres. Y vaya si alternan. Sí se trata de españoles, pues la cosa está clara, que en ninguna nación se nos gana en eso de galantear y cortejar a las mujeres, que no le hacemos remilgos a ninguna. Miren ustedes lo que ocurrió en las guerras de Flandes allá por el 1591:
    “…de tanto provecho el anzuelo que les había echado, que procuraron siempre por la conservación del castillo donde iban muchas veces a recibir los favores que sus Metresas o Damas les hacían, que ociosos en tan largo alojamiento como habían tenido en los burgos de Rens, no se entretenían en otra cosa; y habiendo llegado, como he referido, todos los tercios españoles cerca del lugar de Grey les pareció a estos seis amantes ir aquella misma noche a ver sus damas al castillo que había en él, distante de sus alojamientos poco más de una legua. Fueron muy bien recibidos de Monsieur de Longabal, de Monsieur de Crey, su hijo, y de las damas y caballeros. Otro día siguiente, que fué el de San Martin, 11 de Noviembre, se quisieron volver a sus banderas: no los dejaron ir los franceses hasta después de haber comido, no por voluntad que les tuviesen, sino por el interés que les corría de la guardia y defensa de su castillo, y por haber entendido que unas tropas de la caballería del Bearnés habían pasado la vuelta de aquellos alojamientos. Esta nueva fue tan cierta como se vio; porque estando comiendo todos a una mesa, damas y caballeros, que serian todos más de noventa, y con ellos los seis españoles a quien agasajaban y servían , cuyos nombres eran el alférez D. Alonso, natural de Lopera, obispado de Jaén; el alférez Hernán Mesía, natural de Albanchez, del mismo Obispado; el alférez D. Juan Hilarse, natural de Zaragoza; el alférez D. Felipe, natural de Santo Domingo de Silos, del arzobispado de Burgos; Juan González, natural de la ciudad de Toledo, y el alférez Alonso, también natural de la ciudad de Toledo.
    He escrito sus nombres y naturaleza para que sean más bien conocidos soldados que emprendieron una cosa digna de eterna memoria, y si la hicieran a vista de Alejandro o de otro cualquier General, era poco darles a cada uno una compañía, no obstante que por sus servicios las tenían muy bien merecidas. Se llamó al arma en medio de la comida, por haber llegado las tropas de caballería del Bearnés a las mismas puertas y foso del lugar de Crey, que aunque no era muy fuerte, tenía sus murallas y puentes levadizos. Los franceses enemigos comenzaron a retirar el ganado que estaba debajo de las murallas del lugar é intentaron entrar dentro. Los caballeros corazas que había en el castillo se comenzaron a armar para ponerse a caballo, y el villanaje con sus armas guarnecieron las murallas del lugar. Las damas se pusieron en los balcones del castillo a mirar lo que pasaba en el campo, no poco temerosas de algún mal suceso, y el que hubo, aunque parece de libro de caballerías, por ser a la vista de un castillo delante de damas, junto á una floresta y en el reino de Francia, donde tantas aventuras hubo, lo escribiré lo más breve que pudiere.
    Los seis españoles ya nombrados se levantaron de la mesa con una presteza jamás vista, sin tener otras armas que sus espadas en la cinta, ni más ayuda que el mucho valor que tenían, y acompañado de los favores de las damas y del amor que les habían cobrado (que pienso fue de mucha importancia para la victoria que tuvieron), se arrojaron por las murallas del lugar de Crey y dando en el foso cerraron con los franceses enemigos, que eran de más número de cien corazas, y pelearon tan gallardamente que los hicieron huir y desamparar el foso que habían ocupado para asaltar el lugar, y les quitaron todo el ganado que habían recogido; y siguiéndolos por la campaña rasa (cosa increíble seis españoles a pie con solas sus espadas pelear y hacer huir a tanta caballería enemiga), hasta que los encerraron en un bosque, habiendo herido algunos y muerto otros.
    El que más se señaló fue el alférez Hernán Mesía, porque cerró con un enemigo que, al parecer, era el Capitán, y le derribó del caballo, y quitándole una pistola que tenía en las manos le dio con ella y le mató. Con esta victoria se retiraron al lugar de Crey y a su castillo, habiéndola tenido a vista de las damas y caballeros corazas que había en él, que en este medio se comenzaban a poner a caballo para ir á socorrer a los seis españoles, los cuales no les dieron tiempo, porque fue tan de improviso lo que hicieron, que pareció sueño, habiendo sido tan a vista de ojos y en medio del día.
    La causa de haber andado los enemigos tan flojos se entendió que temieron había alguna emboscada, y por no perderse no hicieron su deber; pero a menos hasta verla, pues se hallaban todos a caballo y en una campaña rasa, no cumplieron con su obligación en desampararla sin pelear, siendo tantos, con seis españoles, los cuales se volvieron a sentar a comer con tan buen gusto como si no les hubiera sucedido nada, recibiendo muchos favores de las damas y caballeros que no acababan de darles las gracias por la merced que les habían hecho".


    Y así es como se las gastaban nuestros antepasados de Jaén y resto de España.
    ES PARA SENTIRSE ORGULLOSO DE LO QUE NUESTROS ANTEPASADOS HICIERON.
    ES PARA QUE NO SE NOS OLVIDE NUNCA LO QUE LOS ESPAÑOLES FUIMOS.
    ES PARA QUE NO SE NOS OLVIDE NUNCA LO QUE SOMOS.
    ES PARA RECORDARNOS LO QUE PODEMOS LLEGAR A SER EN EL FUTURO.

    Luis Gómez


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  4. #4
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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIA DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES (IV)


    "Santiago Matamoros, Patrón de España, guíando a los tercios en el combate"

    HISTORIA DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES (IV)

    Los milagros obrados por Santiago Apóstol en los Tercios de Flandes no son cosa nueva, pues no ocurrieron una sola vez, sino que son muchas las ocasiones en las que se ha mencionado su portentosa presencia en el fragor de las batallas al lado de los tercios españoles.

    Y es que claro, son muchos los que desean que Santiago, Patrón de España, se baje de su caballo y envaine la espada por diversos motivos que no vienen al cuento ahora.

    Por nuestra parte no haremos que caiga esa breba madura en manos de la gentuza que así piensa, pues Santiago, ha hecho acto de aparción en diversos combates a lo largo de la Historia de España, tanto, que se podría decir que es un Capitán más de nuestra Infantería.

    Ésto es lo que ocurrió en el año 1585 en Flandes:

    "No menos el glorioso Santiago, patrón nuestro, acudió como valeroso capitán de Dios y de su Iglesia, contra los infieles. Este día, pues, se averiguó por relación que hicieron los rebeldes que se habían escapado en Holanda, que habían visto en el contradique un Capitán valeroso, en un caballo blanco muy resplandeciente, con una cruz roja en los pechos , como la traen los caballeros de su hábito, y que llevaba una espada sangrienta en la mano, delante de los españoles, y que iba atropellando y deshaciendo las fuerzas rebeldes, y abriendo portillos para que pasasen por cima de los inexpugnables trincherones. No es cosa nueva la aparición del glorioso Santiago, que aunque indignos los españoles de verle en tales ocasiones, en otra que se ofreció el año siguiente de 86, que á su tiempo la escribiré, le vieron los rebeldes de la misma manera en medio de la batalla, ayudando á sus españoles y devotos soldados; y los que ahora peleaban en el contradique con una presteza jamás vista, cerraron las cortaduras del y le arrasaron y pusieron toda en tal perfección que quedaron muy reparados y libres del peligro en que se habían visto".

    Lo dicho. Santiago "Matamoros", su caballo blanco y con la espada en la mano..., lo demás, herejías que no se han de tener en cuenta.

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  5. #5
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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS (IV)




    "profanación de un cementerio de Huesca. Imágen de Rayos y centellas.net"
    HISTORIA DE LOS TERCIOS (IV)
    Para los españoles, las guerras mantenidas en Flandes y otros estados europeos, siempre fueron una guerra de “religión”. España era católica, y los nuevos territorios protestantes, veían en el ataque a los católicos, un ataque directo a los intereses de los españoles. En el siglo XVI, en Flandes y sus provincias, ser católico era poco más o menos que ser judío en la Alemania nazi.
    De las crueldades y las barbaridades hechas por los protestantes contra los católicos que habitaban sus tierras, se ha hablado poco. La propaganda protestante fue así de eficaz a la hora de silenciar este tipo de cuestiones, mientras ponía todo su énfasis al despotricar de la Santa Inquisición.
    Un testigo directo de lo que en aquellas lejanas fechas pasó, cuenta lo que lo que sigue y de cómo los herejes calvinistas se las gastaban con sus vecinos por ser estos católicos:
    Los pobres católicos que perseguidos se pudieron escapar, se fueron á los lugares donde lo eran; y para que más particularmente se entienda el rigor y crueldad destos rebeldes á Dios y á su Príncipe, que con tanto odio menospreciaban las cosas sagradas, no contentándose (como los herejes pasados que destruían las imágenes y templos), pero quemaban los cuerpos de los santos y todas las reliquias; y porque sus padres, abuelos y antepasados habían sido católicos, iban á sus sepulturas y desenterraban sus huesos y los quemaban con extraña y nunca oida impiedad, cosa que no sólo atemorizaba las gentes, pero les ponia tan gran terror que parecía se habia de abrir la tierra y tragárselos á todos”.
    A día de hoy, la persecución del catolicismo en el mundo entero es parecida. En los países musulmanes, (Egipto, Argelia Paquistán, etc) te cuesta la vida el pasear por la calle con un crucifijo en el cuello. En otras zonas más civilizadas, (Suecia, Francia y otros muchos países de Europa incluida España), está prohibido hablar de Jesús en las escuelas, de la tradición católica o de las festividades que en su honor haya. Eso sí. Se puede hablar y hasta se debe promover, las fiestas de otras confesiones no-católicas o religiones que no sean cristianas, dígase por ejemplo las musulmanas, budistas o incluso el ateísmo practicante.


    Hoy no habría en España tantos hombres capaces de luchar por la Fe como antaño.
    Hoy, por el contrario, es mucho más probable que alguien venga a nuestra casa y nos pida que desenterremos a nuestros antepasados para prenderles fuego en la plaza pública por ser católicos….

    Luis Gómez

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  6. #6
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    Re: Historia de los tercios españoles

    miércoles, 26 de diciembre de 2012

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS V




    Asalto de la ciudad de Maastricht por los tercios del "Príncipe de Prama"



    HISTORIAS DE LOS TERCIOS V

    LA TOMA DE "MASTRIQ"

    En el año 1579, tuvo lugar la batalla para la toma de la ciudad de Maastricht, que nuestros gloriosos tercios llamaban “Mastrique”. No fue tarea fácil, pero con hombres como aquellos, lo imposible parece posible, y lo difícil fácil. Cuenta un autor de la época que:

    El Maestre de campo Francisco de Valdés, y satisfecho desta relación y que las baterías estaban abiertas, hizo la oración acostumbrada, que como era tan devoto jamás emprendía cosa que primero no se la ofreciese á Dios, y con su ayuda mandó luego hacer la señal de arremeter y que tocasen los pífanos, trompetas y cajas, y cerrando por entrambas baterías valerosísimamente, apellidando al glorioso Santiago, patrón de España, comenzaron á subir y á pelear todos los Capitanes españoles con sus compañías, y en particular D. Sancho Martinez de Leiva, que el año antes le había dado la de su hermano D. Alonso, peleó animosamente, aportillando con todos sus soldados, que eran particulares y escogidos, los apiñados contrarios, que con gran tesón y ferocidad resistían á los valientes españoles que, aunque no tenian necesidad de ánimo, acudia el príncipe de Parma á dárselo á los unos y á los otros, á entrambas baterías, haciendo pasarla palabra que los españoles de Valdés hablan entrado en esta villa, Y á estos que los de D. Lope de Figueroa, y á los otros que los de D. Hernando de Toledo, y cualquiera dellos pensaba que esta nueva era verdadera, con que les crecía el furioso coraje y peleaban por entrar con grandísimo valor, y los rebeldes se resistían con osadía jamás vista, ya con la espada, ya con la pica, se hacían mil pedazos y cubrían la batería de cuerpos muertos, y al tiempo que los españoles comenzaban á ganar un poco de tierra y á cobrar esperanza de entrar dentro en Mastriq, se descubrieron los traveses de los rebeldes, que con extraño ingenio los tenían cubiertos y muy armados de gente, sin haberlos reconocido, y dellos comenzaron á disparar espesísimas cargas de artillería y mosquetería, barriendo las baterías y haciendo en los españoles el mayor estrago que jamás se había visto”.



    Como se puede ver, la ciudad resistía con valentía a las embestidas de los soldados españoles, que morían al intentar subir por los terraplenes y fosos para alcanzar las posiciones asignadas. Cuenta nuestro cronista que:



    Fué industria de gran soldado no querer gastar la pólvora ni municiones hasta el día de mayor ocasión, y descuidar á los españoles para mejor ceballos en el asalto; pero no por esto desmayaban los nuestros, antes, con más porfía subían de nuevo por las baterías valerosísimamente, ocupando los puestos y lugares de los amigos muertos que habían estado peleando en ellos



    Los habitantes de Maastricht resistían ufanos. Su posición ventajosa y sus ingenios costaban la vida a cientos de soldados españoles. Tan envalentonados estaban que se permitían hacer alardes de valor en las murallas.



    Los rebeldes comenzaron á arrojarles mucha cantidad de guirnaldas de fuego, con que los abrasaban, y por las baterías abajo echaban carros con los ejes llenos de púas de hierro muy largas y agudas para embarazar los españoles que no subiesen, y los que topaban se enclavaban en ellas y sin remedio perdían las vidas; y ufanos destas victorias se ponian sobre las murallas, todos descubiertos, tremolando las banderas y haciendo gallardías, convidando siempre á pelear, y aunque la artillería de los españoles les tiraba y derribaba á muchos, no por eso dejaban de ponerse otros haciendo lo mismo, y peleando con increíble valor y bizarría, arrojando siempre muchos fuegos artificiales y cohetes de hierro con que los enclavaban y destruían, y piedras grandísimas á peso por las baterías abajo, y otras pequeñas despedidas con extraordinario ingenio que hacían notable daño á los españoles, que con irles tan mal, se habían encarnizado y encendido con la sangre, de manera que, como si no pasaranada por ellos, volvían de nuevo á pelear con grandísima ferocidad. El príncipe de Parma, maravillado del mucho tesón y coraje con que los rebeldes se defendían y el notable daño que recibían sus soldados, dio orden á algunos Capitanes entretenidos que fuesen á las baterías á retirarlos, temeroso que no se acabasen todos de perder, porque como la reputación y vergüenza española los tenia empeñados, no obstante que no podían alcanzar victoria, no osaban dejar sus puestos sin orden; y que habiéndolo hecho comenzase de nuevo el artillería á tirar á los rebeldes porque no se descubriesen de la muralla para ofender á los españoles; y habiéndose retirado todos como se les había ordenado y puéstose detras de la artillería y cestones para favorecerse de las cargas que tiraban de la muralla, en tanto que se les decía lo que habían de hacer, sucedió una notable desgracia, que se pegó fuego á los barriles de pólvora que estaban junto á el artillería, de suerte que hizo mucho daño á los españoles; que parece quiso Dios, después de tantos trabajos y muertes, darles otra mayor para probar su paciencia con abrasarlos casi á todos, sin que tuviesen ningún amparo ni remedio, y los pocos que escaparon se les incendiaron los vestidos, y quemándose dentro dellos revolcaban por los suelos; otros se arrojaban dentro del rio

    y en los fosos, huyendo de la muerte, dando terribles gritos que provocaban á compasión. El número de todos los muertos serian setecientos españoles escogidos, que habían peleado valerosísimamente, y entre ellos D. García Hurtado de Mendoza,

    Alférez de la compañía de D." Sancho Martinez de Leiva, que en esta ocasión dio grande muestra de su nombre y valor, y otros muchos caballeros y gentiles-hombres entretenidos desta nación; y de la italiana murieron Fabio Farnese, Marco Antonio, señor de Torrichela, el marqués Conrado, Mala Espina, Cario Benzo, gentil-hombre piamontés, y el conde Guido San Jorge, y con él la envidia de Barlamont; los más destos, con otros muchos también italianos que allí acabaron, eran criados y gentiles-hombres de la Casa del príncipe de Parma, y algunos de su cámara, y todos hablan peleado y señalándose gallardamente



    Muchos fueron los capitanes y valerosos soldados que murieron en esa jornada, y el ejército español quedó maltrecho y en serias dificultades, tantas, que el Príncipe mandó a su consejo que deliberase si convenía sostener el sitio o retirarse y curar a los heridos para regresar en otra ocasión. El consejo deliberó, y ganaron los que pidieron que por honor a los caídos, se les hiciese a los herejes una arremetida que no olvidasen contra quien se las estaban viendo. Después de realizar algunas mejoras en las defensas y otras industrias para facilitar la toma de la ciudad…



    Mandó el príncipe de Parma al capitán Gaspar Ortiz, que era sobrestante de la fábrica, que con toda su compañía se arrimase á un torreón que estaba en la puerta de la villa é hiciesen un agujero y se apoderasen del. Pusiéronlo por obra, pero no lo hallaron tan fácil como entendieron, porque así como se iba agujereando, los rebeldes se hallaban á la defensa y peleaban valentísimamente, y con tanta pérdida de los españoles, que eran más los cuerpos muertos que sacaban que lo que se trabajaba, pero como porfiaban tanto y tenían perdido el miedo á la muerte, se apoderaron del y degollaron á los rebeldes que lo defendían”.



    Las cosas se torcían or momentos, pero llegado el día de San Pedro, el Príncipe de Parma ordenó un asalto general. Se prepararon los españoles y alemanes para la faena, de tal suerte que fue un conquense uno de los primeros en dar al asalto. Lo cuenta el coronista de esta guisa:



    Cúpole estar en un reducto á un soldado español que se llamaba Alonso García Ramón, natural de Cuenca, de la compañía del capitán Alonso de Perea, ejecutando este orden; hízolo con mucha puntualidad y vigilancia , pasando la palabra hasta que volvió desde lo último y á tiempo que pudiese hacer el efecto que se deseaba, que era tener á los rebeldes necesitados de sueño y en arma, para que cogiéndolos á la mañana fatigados, al tiempo de gozar el sabroso sueño del alba, dar sobre ellos; y en siendo de dia tuvo tan buen conocimiento este Alonso García, que sin aguardar orden ninguna, no quiso perder la ocasión y suerte que Dios le habia ofrecido , y tendiendo la vista por toda la muralla vio á los demás españoles alertados y puestos á punto, y comenzó á grandes voces á tocar arma, y á decir: «cierra España, Santiago, » y á un mismo tiempo se arrojó del reducto al foso, libre de todo temor, y dio sobre los enemigos valerosísimamente, todos los demás españoles le fueron siguiendo; lo mismo hicieron los alemanes y valones, y cada uno por su parte comenzaron á pelear ferocísimamente, y los rebeldes á resistirse; pero viéndose asaltados por todas partes y que no les era posible contrastar el ímpetu con que los católicos habían cerrado y el valor con que peleaban, comenzaron á perder el ánimo y á desamparar sus puestos , y los españoles y demás naciones á degollarlos y á hacer una riza en ellos extraordinaria; y con la memoria de los trabajos que hablan pasado en el largo y prolijo sitio con muerte de tantos amigos, se les encendió el furor, y mezclado con alguna crueldad no perdonaban á niños ni á mujeres, que por escapar las vidas iban huyendo y se arrojaban por las ventanas, y daban en manos de otros que se las quitaban, y algunos echaron del puente, que es muy alto, en el rio Mosa, y se ahogaban”.



    Sigue el relato de lo que nuestro coronista vio durante esa jornada, y comenta la mortandad de herejes apilados en las calles, así como algunos milagros que observó durante el mismo asedio. Las mujeres que defendían la ciudad, estaban armadas con picas y arcabuces, y según Tarpino, oficial que guiaba la defensa de la ciudad, en orden de tres compañías las tenía dispuestas, que arrimaban el hombro como los soldados herejes, hora disparando, hora acarreando espuertas de arena para la defensa de la ciudad. Es por ello, que los soldados las trataron como si hombres fuesen, no perdonando la vida de las que, amparadas por su condición, habían matado a tantos y tantos españoles.



    Luis Gómez
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    Conócete, acéptate, supérate.
    (San Agustín)

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    Re: Historia de los tercios españoles

    domingo, 30 de diciembre de 2012

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS VI




    Tercios españoles en combate


    HISTORIAS DE LOS TERCIOS VI



    De cómo los españoles enseñamos a pelear a los franceses


    Como se ha dicho en otras ocasiones, en “Las Guerras de Flandes” participaron soldados de diversa nacionalidad y valía. Los españoles, qué duda cabe, eran los más experimentados y de ello dieron buena muestra en todos y cada uno de los cambates que libraron en aquellos años. Más no lo hicieron siempre solos, pues al estar en territorio enemigo, hubieron de contar con apoyo de otros príncipes y nobles católicos, pues aquello era una guerra, pero una guerra de religión al fin y al cabo. Un testigo presencial de aquellos hechos cuenta lo que sigue:



    Y porque en la nación francesa hubo caballeros valientes y animosos que no eran muy soldados ni sabían hacer la guerra á la española, que después que Alexandro entró en Francia fueron muy expertos y valerosos, porque aprendieron en su escuela y les enseñó las armas y modo de ofender y defenderse como es notorio, escribiré los nombres de los que me acordare y fueron en mi tiempo; y porque soy testigo de vista y que fui de los primeros españoles que entraron en aquel reino, y que vi toda la infantería francesa que, no tan solamente no sabían tomar las armas en las manos ni ponerse en orden, pero ni defenderse en un asalto, ni en saberlo dar, como se vio en Jateo de Aumont y en otras partes y ocasiones que se les ofrecia, lo he apuntado para que se advierta que, si después que Alexandro murió han alcanzado los franceses algunas victorias, fué por lo que les enseñó, no obstante que con la caballería, por haber en ella muy gran parte de la nobleza de Francia y haber sido mucho número han tenido con ella algunos buenos sucesos, pero no con la infantería; y de los soldados de más importancia que tuvieron y que aprendieron de la soldadesca española, será el primero…”



    Y acto seguido pasa a citar a los más destacados generales y nobles franceses que sirvieron en aquella época al servicio del Rey Católico de España, tal es caso de Monsieur de Ron, el Duque de Guisa, el Duque de Umala, Monsieur de Vademonte etc.



    El hecho es el que sigue. En el siglo XVI y principios del XVII, los ejércitos de los reinos de Europa no eran nada comparados con los tercios españoles. Todos éstos aprendieron las tácticas y estrategias de la guerra bajo las órdenes de nuestros valerosos sargentos y capitanes. Aprendieron a encastillarse, a defender una plaza, a sitiarla, a utilizar la artillería, a manejar los cuadros y la caballería a sacar provecho de la infantería…, etc. Después de aprender todo esto de los españoles, nos lo pagarían usándolo contra nosotros, atacándonos y haciéndonos perder lo ganado con tanta sangre.



    Pero no duelen tanto las derrotas del“campo del honor”, donde al menos uno tiene la posibilidad de demostrar su valor, arrojo y al menos puede vender caro su pellejo.



    Lo que más duele son las derrotas en el campo de la propaganda. Miles de novelas, panfletos o libelos se han hecho circular para desacreditar el valor de los nuestros y su honor. Y donde más éxito ha tenido ese tipo de literatura calumniosa ha sido entre los propios españoles, que nos creemos como tontos crédulos todo cuanto dicen de malo de los españoles los forasteros, antes que lo que nosotros mismos sabemos de glorioso o heroico de nuestros antepasados.



    Luis Gómez
    El Tercio de Lima dio el Víctor.
    Conócete, acéptate, supérate.
    (San Agustín)

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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS VII





    "Fotografía de la exposición "Brueghel. Maravillas del arte flamenco", que muestra la obra "Baile nupcial al aire libre" (1610) de Pieter Brueghel el Joven. EFE"


    Las prostitutas de Flandes y los tercios

    Cuando en pleno s.XXI a uno le hablan de cómo es Holanda, lo primero que le cuentan es que allí hay mucha facilidad para conseguir droga, y sobre todo, lo que le relatan con pelos y señales es el aspecto de su famoso barrio-burdel, el llamado “Bario Rojo” que existe en dicha ciudad, donde las prostitutas, como si de maniquíes se tratasen, se dejan ver en los escaparates, vendiendo su mercancía al mejor postor. Eso, queridos lectores, siempre ha sido así. Un soldado y testigo presencial de los Tercios de Flandes, habla esto que sigue de la mujer de aquellos estados de finales del s. XVI.



    La policía de las casas públicas, donde la gente libre y forasteros van á divertirse es extraordinaria. Lo mismo hay en algunas villas destos países. Solian tener retratadas todas las mujeres que habia en la ciudad, de quien se tenia sospecha cierta y evidencia de sus flaquezas, y en llegando la persona que habia menester alguna, le mostraban todos los retratos, que hoy los tienen y ven colgados en salas y cuadras bien aderezadas,y escogian los que les parecia, y luego iba el señor de la casa y le traia el original, y habiéndolo gozado se enviaba por vino y cerveza, y con un par de brindis se confirmaba el haberse conocido; pero es de notar que si en alguna plaza, templo o calle se encontraba con la dama con quien alguna vez trató, no le admitia ella razón ni respondia, haciendo demostración de no haberle visto ni conocido en su vida, y esto con gran desenfado y honestidad; y si porfía, muestran ceño, persistiendo en su opinión como si no lo conocieran. Es costumbre y naturaleza de los flamencos, ó hábito que han hecho en esto, que en cualquiera destas casas de alcahuetes, que ellas llaman macarelajes, donde se entretienen y van por su interés, les parece no pierden punto de reputación, como si verdaderamente no hubiesen hecho ofensa á Dios, ni á sus maridos y deudos, y si, como ya he escrito, les encuentran en cualquiera

    parte y las hablan los que antes las conocieron, se desdeñan y enojan, pareciéndoles que sólo en los macarelajes se tiene aquella licencia. Y porque algunos flamencos no hacen caso destas cosas, ni es gente celosa, jamás reparan en que puedan perder su reputación con las flaquezas de sus mujeres; si bien muchas son honradas, pero otras las lleva la fuerza del interés á casa de los macarelos, á los cuales tienen granjeados para cuando hay ocasión de forasteros ó otras que pueden ofrecerse, para ser antepuestas unas de otras. En estas casas de alcahuetes hay diferencia, unas más honestas que otras, donde acuden gentes de varios estados y diversas naciones, y las muy públicas son como las que llamamos en España del partido. Estos macarelos son puestos por la república, y los que salen del límite de sus ordenanzas son castigados. También mujeres de tierna edad van de Holanda y de otras partes á la corte de Flandes, y se entran en los macarelajes á ganar su dote á costa de su salud y vergüenza, hasta que le tienen ganado, y con él se casan conforme su estado, y hallan maridos oficiales, más á fuerza de interés que de amor por el poco que tienen, y si alguna flamenca ha perdido la virginidad por la fuerza del interés, guarda el dinero que le dieran por ella hasta el dia que se casa, y se lo da á su marido, y él lo recibe con mucho gusto, y hace cuenta que ya que no la gozó entera en el matrimonio, es lo mismo, pues le dan el valor de la virginidad en dinero, el cual no entra en el dote, que este se restituye si muere sin hijos su mujer, pero lo demás no, porque lo tiene por hacienda propia, como verdaderamente lo es, según la costumbre que tienen, y si alguna (que no todas) se inclina á querer bien, es tan firme y desinteresada, habiendo dilatado mucho tiempo el determinarse, que no hay ninguna que se le iguale en observar las leyes de amor. Son tan amigas de saber, que todas ó las más destos Estados, particularmente monjas y beguinas y otras religiosas, están tocadas de la herejía, porque siendo inclinadas (como son) á leer, no habiendo quien les impida y vaya á la mano, tienen libros heréticos y prohibidos, y como estos no cuestan dineros, van por ellos á las librerías y se los dan de balde, porque de Ginebra, Inglaterra y de otras provincias los envian y derraman los herejes por todas las de Flandes para ceballas y sembrar su secta, y sin tener autor ni saber la persona que los ha compuesto, es tanta su ceguera y deseo de saber, que sin reparar en el error que hacen, se ejercitan en ellos y aprenden varias sectas de que están tocadas, y ni más ni menos todos los hombres, pues son muy pocos ó ninguno que se escape dellas. Y aunque pudiera alargarme en escribir los muchos errores que tienen algunos herejes, mezclados con católicos en estos Países…”


    Así es. Los “herejes” inundaban los templos y cenobios católicos de los estados de Flandes con sus proclamas y sus doctrinas. No había nadie que explicase a la gente sencilla cual era el error de dichas herejías, pues los primeros en ser expulsados o asesinados eran los sacerdotes católicos. Por otra parte, ofrecían a sus convecinos una imagen de la Iglesia católica “represora” y “feroz”, una religión que siempre prohíbe, y no deja al ser humano hacer lo que quiere, mientras que el calvinismo y el protestantismo se presentan como religiones que si permiten al hombre enriquecerse o lucrarse bajo cualquier práctica. La prostitución, por ejemplo. La elección era clara para esas gentes tan "flamencas".

    Luis Gómez

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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS VIII




    "Victoria de los Tercios Españoles en 1635"
    En el siglo XVII España seguía manteniendo la guerra contra los herejes en Flandes y resto de sus dominios. El conflicto se internacionalizaba cada vez más, y los motivos bélicos, si antes eran más de religión, ahora se veían entremezclados con las pretensiones de los comerciantes y los nuevos hombres de negocios, los cuales querían poner sus manos codiciosas en las provincias españolas de ultramar. España tenía una hegemonía en ese sentido, y el resto de países querían limitar y desbancar a España de esa hegemonía. Mientras eso ocurría en lo político, en lo militar, grandes maestros de campo, y grandes soldados, se batían con el acero y el plomo en los campos del Honor.

    La Guerra de Flandes. Año de 1637. La toma del fuerte de “Nui”, luego de San Juan, narrada por por D. Carlos Coloma

    En esta orden que tanto deseaba D. José (de Saavedra), ejecutó luego el asalto en esta forma: Del fuerte de Nui habia hecho traer D. José tres escalas, por haberse olvidado el Teniente de la artillería de traerlas, y mandó al Capitán de los irlandeses que se hiciese tomar á cada soldado de los 200 que tenia consigo tres faginas, y al Sargento mayor Porcel mandó que los 200 españoles que estaban con él hiciesen lo mismo, y que los Sargentos de D. Diego de Boorques y de Mateo de Torres embistiesen con 100 hombres, y que sus Capitanes les siguiesen con otros 100, y al Sargento mayor de Rubere, que tomase otras tantas faginas con sus 200 hombres, y que embistiesen cada cual desde el puesto en que estaban, y á cada uno de los que mandaban los 200 hombres les entregó una escala, y les dio orden que en oyendo disparar dos piezas de artillería juntas, arremetiesen al fuerte á un mismo tiempo por las tres partes; y que en llegando al foso, echasen las faginas en él para poderlo pasar mejor, y que no diesen cuartel á nadie: al punto que dispararon las dichas dos piezas, fué ejecutada esta orden con tal bizarría, que subiendo el primero el Sargento del Capitán D. Diego, fué herido de un mosquetazo, y el primer Oficial que entró fué el Sargento de Torres, llamado Manuel Mudarra, al cual siguió el capitán D. Diego, y luego Mateo de Torres, con el cual quiso ir el Maestro de campo D. José, por dar mayor coraje á los soldados, y le dieron dos mosquetazos, el uno en el calzón y el otro en la manga de la ropilla; y el Capitán irlandés quedó herido de un mosquetazo, y dos soldados españoles muertos, y un alemán, y seis heridos. Con la fuerza, valor y presteza que se ejecutó este asalto, no tuvo lugar el enemigo de disparar más que la primera carga, y aun no tuvieron tiempo para pedir cuartel sino solos cuatro, á quien se lo dio el Maestro de campo, y un Capitán que fué prisionero de el alférez José Rico, del tercio de Velada, al cual su Maestro de campo hizo su Alférez, en consideracion de lo que se señaló este dia. Eran dos compañías las que estaban dentro del fuerte muy escogida, y quedó muerto dellos un Capitán y 135 soldados, y pocos fueron los que huyeron del rigor del asalto, los cuales encontraron con el socorro que les venia, que estaba ya á tiro de mosquete del fuerte; con que oyendo la nueva hicieron alto, y D. José invió luego á dar la buena nueva y relación del suceso al Señor Príncipe Tomás con el Teniente de Maestro de campo general Orozco; y en el ínterin metió en el fuerte
    al capitán D. Pedro de Sotomayor con 100 hombres de los 400 que habia dejado de reten, y la demás gente la puso en escuadrón delante del fuerte. El Señor Príncipe Tomás, sabiendo que el enemigo no se habia retirado, envió á Paulo Fanfeneli, Sargento mayor del Guaseo, con todo su tercio, á orden del Maestro de campo Don José, y luego que llegó, le mandó hacer escuadrón con la gente que traia, y á las diez de la noche el Señor Príncipe Tomás invió á mandar al dicho D. José que se volviese á la frente de banderas de Romenguien á descansar, y que dejase dentro del fuerte al Sargento mayor de Roberoy con sus 200 alemanes, al cual le dejó todas las municiones necesarias para defenderse. Infinito fué el gusto que todos recibieron con este suceso, que fué el principio de todos los buenos que después hubo, y para D. José de Saavedra fué de grandísima opinión y honra, pues lo ejecutó con tanta prudencia y bizarría, y siendo de tan pocos años, lo que otros dos Maestros de campo de más edad habían rehusado hacer; y esto á la vista del enemigo y sin haber abierto brecha ni reconocido el foso, el cual, pasado hasta los pechos el agua por algunas partes, fué menester nadar, sin embargo de las faginas que habian echado en él; el Príncipe y todo el ejército le dieron mil norabuenas y muchas gracias por tan osada y acertada facción”.

    Luis Gómez

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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS IX



    " La caballería sueca carga contra los tercios de Idiáquez. pero éstos no ceden ni un palmo de terreno de la colina de Albuch"


    La Batalla de Nördlingen en 1634
    Si hay una batalla épica donde las haya de los tercios del siglo XVII, esa es sin lugar a dudas la Batalla de Nördlingen. Francia rompe las paces y acuerdos, y Richelieu toma las riendas de la política efectiva de Francia para acosar a España. Por su parte, los suecos toman el sur de Alemania. Sus veteranas tropas, mandadas por generales experimentados, son temibles. Unidas junto a los príncipes protestantes alemanes, amenazan el poderío de los imperiales.
    Tras la pérdida de diversos fuertes y plazas, los imperiales retroceden. Todo parece ser un paseo triunfal para los suecos y sus regimientos de “negros y amarillos”. En España se toma la decisión de reforzar aquella zona con lo mejor de los tercios viejos españoles e italianos –que era tanto como decir españoles- y repartir “estopa”. Todo se decidirá en una pequeña colina de las inmediaciones, Albuch, donde los tercios viejos españoles del capitán Idiáquez, junto con los italianos, resistirán hasta quince caargas consecutivas de la caballería y arcabucería protestante.
    Así lo cuenta este autor en la magnífica página de “EL GRAN CAPITÁN” http://www.elgrancapitan.org/portal/...alla-de-ningen

    “El Sargento Mayor Escobar había sido hecho prisionero e interrogado por Weimar notifica a este las tropas con las que cuenta el Cardenal Infante, pero el alemán, ensoberbecido por las victorias pasadas no da crédito a los informes, piensa que las tropas imperiales son muy inferiores a las que le dice el de Fuenclara y sobre todo, desprecia profundamente a los “desarrapados soldados españoles”.
    En el bando católico, se despliega la caballería en los flancos de Albuch mientras que la cima se fortifica en lo posible. El Marques de Grana, tiene claro cual será el nudo gordiano de la batalla que se espera para el día siguiente: “Señores, en esta batalla nos van mucho Reinos y Provincias, y así, con licencia de SM y de SAR diré lo que siento: El peso de la batalla ha de ser en lo alto de aquella colina y de los tercios que están en ella, uno es nuevo y en su vida ha visto al enemigo, será necesario enviar allí un Tercio de Españoles e irle socorriendo con más gente según vaya siendo preciso”.
    Es el Tercio de Martín de Idiáquez el escogido para colocarse en posición.
    El despliegue se realizó de la siguiente forma: En primera línea los dos regimientos alemanes y el Tercio de Torralto. En segunda línea el Tercio de Idiáquez, la caballería imperial y algunas piezas de artillería, el resto de las unidades a la derecha de la colina.
    En frente, los protestantes sitúan a los suecos de Horn con los alemanes de Weimar a la izquierda y la caballería a la derecha.

    Al primer encontronazo los regimientos alemanes que defienden el bastión del centro ceden ante el empuje de la caballería enemiga y se produce la desbandada, pero el tercio de Torralto aguanta el tirón en el bastión norte y da tiempo a los jinetes napolitanos de Gambacorta para que presionando por el flanco a los suecos los hagan retroceder.
    Se consigue restablecer el orden entre los alemanes y se consigue recuperar el bastión central. Los suecos se preparan para realizar el nuevo asalto y esta vez en vanguardia irá el Regimiento Amarillo, pero enfrente están los hombres del Torralto, y no es cosa de que se vayan a amilanar por un ataque más o menos, así que no les quedaba más remedio que rechazar el ataque, y eso hicieron. Pero no todos resisten igual que los bravos italianos, los dos Regimientos alemanes, que habían visto muy menguadas sus ganas de pelea en el anterior ataque, se desmoronan irremediablemente y huyen sin control, dejando muerto sobre el campo a su coronel, el bravo Wurmser, quien con humildad y valor había pedido el puesto de más peligro para sus hombres.

    Quedan pues sobre la cima del cerro los dos tercios mano a mano, el de Torralto, muy baqueteado por los ataques rechazados y el de Idiáquez, aún fresco y preparado para lo que se avecinaba. Los italianos, más adelantados, pues no han cedido ni un metro, están aguantando toda la presión de los suecos. En ese momento, el tercio español entra en fuego. En perfecta formación comienzan a avanzar contra los suecos, las mangas de arcabuceros se adelantan a las picas, vomitan su carga de fuego y muerte y vuelven a la formación ordenadamente. Lenta pero concienzudamente los españoles desalojan a los suecos y ocupan las posiciones perdidas por los alemanes.

    Ahora los dos tercios forman en línea, si entre ellos hubo alguna mirada tuvo que ser de confianza, no se harían ilusiones sobre lo que se les venía encima, pero esta vez, su flanco lo cubrían hombres tan duros como ellos mismos. Si había un buen día para morir, ese era de los mejores. Y así comienzan a repeler los asaltos de la caballería luterana.
    El centro de la acción empieza a centrarse en la cima del Albuch, si no lo estaba ya, y los generales católicos comienzan a enviar mangas de arcabuceros a reforzar a las tropas que combaten en lo alto mientras se produce la tercera carga contra los defensores. Los tercios españoles, ya hemos dicho que a los italianos se les puede considerar españoles, aguantan sin ceder ni un paso, pero en el lado derecho, las fuerzas de la Liga Católica están cediendo terreno y es necesaria una carga de la caballería para permitirles que recuperen el terreno perdido.

    A estas alturas la batalla se ha convertido ya en una pelea de taberna, todas las fuerzas confluyen hacia la colina donde los tercios aún flamean el estandarte, ya no se trata de una posición táctica desde la que dominar el campamento católico. La batalla, y con ella quizá la guerra toda, se decidirá en esos cuatro palmos de terreno que los meridionales se han negado a ceder al enemigo. Horn lo sabe y apura a sus mejores tropas, los regimientos negro y azul, para que tomen de una vez por todas la maldita colina que la mala suerte y la improvisación le han neHasta catorce ataques llevan ya rechazados los de Idiáquez y el de Torralto cuando entran en juego las mejores tropas protestantes, mezclados con los negros y los azules van los pistoleros, tropas especializadas en el combate con armas de fuego que tan buen resultado han dado al rey Gustavo.

    En este momento es cuando la improvisación latina, fruto de muchas batallas y mucha sangre derramada, entra en juego. El maestre de campo Martín de Idiáquez sabe lo que tiene en frente, sabe que las tropas suecas no son unos cualquiera y que habrá de hacer acopio de todo el valor del mundo para aventajarlos en coraje y bravura y da una orden sorprendente a sus hombres.

    Ea señores, parece que estos demonios sin Dios nos quieren dar la puntilla y contra nosotros viene lo mejor que pueden poner en el campo, será cuestión de echarle redaños y aguantar firme. Cuando esos demonios amarillos se dejen ver, no quiero que ninguno desfallezca, aguantad firmes ante ellos y esperar a oír la detonación de sus mosquetes, en ese momento todo el mundo a tierra

    Con esta estrategia, tan ingeniosa como suicida, los españoles consiguieron que los disparos protestantes se pierdan por encima de sus cabezas. Inmediatamente se pusieron en pie y mientras los piqueros adoptaban posiciones de defensa los arcabuceros hicieron fuego, ahora si, a bocajarro contra los asaltantes. La descarga fue devastadora y las primeras filas cayeron abatidas por el certero fuego de los tercios. Esto ya fue demasiado para los suecos que después de catorce infructuosas cargas se ven sometidos a un castigo mayúsculo en la que había de ser la definitiva y dudan en su avance. Ante la duda los españoles ya no pueden contenerse y rompiendo la formación cargan contra los suecos. Un grito rompe el quejumbroso silencio del campo de batalla ¡¡¡Santiago y cierra España!!! Y con picas, espadas y arcabuces se lanzan contra el enemigo.

    Gloriosa jornada para las armas españolas.
    ¡Qué no se olvide nunca! ¡Santiago y cierra España!

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  11. #11
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    Re: Historia de los tercios españoles

    HISTORIAS DE LOS TERCIOS X



    "Tercios en combate"

    Gracias a mi amigo Antonio Moreno Ruíz, me encuentro con este texto, el cual reproduzco íntegro tal cual, pues sirve muy a propósito con las características de HISTORIAS DE LOS TERCIOS DE FLANDES, que ya se llevan publicados en la bitácora de Cassia.

    La Batalla de Waalwijk.
    "Cuentan las crónicas que a las primeras luces del alba del 20 de enero de 1580, en las colinas que rodean Waalwijk, el Tercio Viejo de Cantabria, a las ordenes de su Maestre de Campo, D. Diego de Alcuneza y Briones, se aprestó para combatir a fuerzas enemigas muy superiores en número. Como ya era tradicional por esos lares, compuestas por holandeses, tropas inglesas y mercenarios franceses, que se decían pagados por las provincias rebeldes, pero que a lo que se sospechaba, y no sin fundamento, más pudiera asegurarse que la soldada que percibían provenía, como era habitual, de las arcas del monarca francés.
    Habían desembarcado 10 días antes en el puerto de Dunquerque, donde atracaron los galeones de la flotilla española que les transportaba y que había desafiado, con pericia, los adversos elementos naturales, que nunca parecían estar del lado de su majestad católica, y a los corsarios ingleses que trataban de hacer rapiña de toda vela que navegara por esos mares, pretendidos como de su propiedad.
    Venia el Tercio con tres compañías de coraceros, dos de arcabuceros y dos de picas secas, a las que se les había unido, a última hora, una compañía de arcabuceros del Tercio de Armada de la Mar Océana, una sección de gastadores de los que minaron y abrieron un boquete en las murallas de Amberes y un tren de artillería de seis baterías de cañones de a cuarenta libras.
    Eran, los más, soldados viejos, de esos que ya no van ni vienen, curtidos en las guerras de Nápoles y que habían visto amanecer a las orillas de Túnez, rodeados de turcos con intenciones de rebanarles el pescuezo al menor descuido. Castellanos, andaluces, vascos, extremeños, aragoneses, catalanes, unos cuantos walones y germanos y algún que otro italiano de los reclutados en Sicilia. Componían un variopinto grupo aglutinado por una particular concepción de la vida, en la que el honor y lealtad al camarada eran patrimonio perenne forjado en años de combates, y en la que el servicio bajo las banderas de la vieja, cansada y altanera España, constituía casi una religión. Para ser honesto hay que decir que no se esperaba mucho de ellos, dadas las desiguales circunstancias, tan solo que se retrasaran el avance de los rebeldes, hasta que el Farnesio llegara con los Tercios que venían de Italia, en marcha forzada, y cuyas picas ya negreaban los caminos que conducen a Flandes.
    Quizás por ello, por despecho o por soberbia de viejo soldado que siente que se le envía al matadero en un papel secundario, se conjuraron para vencer. Como tantas otras veces, contra todo y contra todos. Era el “con nosotros quien quiera, enfrente quien pueda” en el que les habían educado. Y que les había llevado a dejar, a la sombra de sus estandartes, tumbas en cada pedazo de tierra de las entonces conocidas.
    Lucharon metro a metro, hombro con hombro, como leones heridos, como hijos de una tierra que había hecho del ''todo lo sufren en cualquier asalto, solo no aguantan que les hablen alto" una ley no escrita, y murieron, por decenas, por cientos... pero vencieron.
    Cuando las vanguardias de Farnesio, que venía en su socorro los avistaron, solo algunos orgullosos se mantenían en pie, pero el estandarte del Tercio, el que el mismo rey les dio a su regreso de Túnez, presidía la colina rodeado de rebeldes muertos, como si de un altar de sacrificios pagano se tratara. D. Diego recibió al capitán general del Ejército de Flandes que se había adelantado con su escolta de piqueros españoles a rendirles homenaje y le saludó con estas palabras:
    "Señor: estos señores soldados, mis hijos, os saludan. Algunos, los más, no pueden alzarse porque están muertos, pero todos os presentan sus respetos y os encarecen que digáis al Rey, nuestro señor, que cumplieron lo jurado e hicieron honor al título que heredaron de sus mayores: soldados de los Tercios de España"
    "Extraído del tomo 11 de la Historia de los Tercios Españoles en las campañas de Flandes de D. Pedro de Figueroa. Publicación cuyo último ejemplar desapareció en el Incendio del Alcázar de Segovia y del que sólo se conserva la página manuscrita copiada por el archivero Jaime Peñalara”.

    L. Gómez

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  12. #12
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    Re: Historia de los tercios españoles

    buenas de casualidad tienen referencia del historiador americano George parker especialista en historia de los ejércitos españoles o lugar donde pueda recabar información

  13. #13
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    Re: Historia de los tercios españoles

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Los secretos que convirtieron a los letales Tercios en las «legiones romanas» españolas

    Considerados como las legiones romanas de la época, estos soldados portaban una amplia gama de armas y armaduras atendiendo a cuál fuera su labor

    Manuel P. Villatoro

    @ABC_Historia

    Actualizado:17/01/2019 08:44h



    «¡Santiago y cierra España!». Estas fueron sin duda las últimas palabras que miles de enemigos de nuestro país escucharon antes de ser vencidos por la que fue la mejor infantería europea durante casi 150 años: los temibles Tercios. Armadas con un arrojo incuestionable y una lealtad absoluta hacia su rey, estas unidades -consideradas por algunos como las herederas de las legiones romanas- acababan con sus adversarios lanzando sobre ellos un vendaval de plomo y un mar de picas.

    En un tiempo en que España necesitaba defender sus territorios europeos con soldados fiables, los soldados de los Tercios demostraron de lo que era capaz un militar resuelto y experimentado. Así, con la Cruz de Borgoña a sus espaldas y una daga en su cinto, estas unidades se labraron una reputación que, todavía hoy, les hace contar con un lugar privilegiado en la Historia.

    «Los Tercios Españoles eran una perfecta combinación de las distintas unidades militares de la época, formadas por veteranos soldados y mandados, la mayoría de las veces, por buenos oficiales. Además, no se trataba de simples mercenarios a sueldo, eran hombres de honor, leales a su rey y unidos por una fervorosa fe católica. Todo esto motivaba a las tropas en el campo de batalla, lo que unido a sus victorias les creó una gran reputación en toda Europa», señala en declaraciones a ABC Joaquín Blasco Nácher, presidente de la Asociación Napoleónica Valenciana y coordinador de recreación histórica de «La fragua de Vulcano».


    La táctica perfecta

    Según este recreador, aunque a lo largo de las décadas la forma de combatir evolucionó, las técnicas de combate iniciales se tomaron, en parte, del ejército suizo. «Luchaban combinando de forma muy eficaz las armas blancas (picas, espadas) y las de fuego (arcabuces, mosquetes), llegando al punto de crear toda una leyenda entre los enemigos de las Españas como tropas invencibles desde comienzos del siglo XVI hasta mediados del XVII. Los Tercios utilizaban tácticas muy innovadoras para la época, heredadas de las que emplearan las tropas de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Su movilidad en el campo de batalla y su capacidad para adaptarse a cualquier situación no tenía parangón entre sus rivales y todavía se les considera como uno de los mejores ejércitos de todos los tiempos», finaliza Blasco.

    Concretamente, la estrategia que hizo a los tercios ganarse un hueco en el tiempo era sencilla pero efectiva. «Primero solían abrir fuego los pesados mosquetes, normalmente a más de 100 metros del enemigo. Posteriormente disparaban los arcabuces a menor distancia y, a continuación, la gran masa de piqueros que avanzaban ordenadamente en cuadro formaban una barrera de hierro bajando sus largas picas apuntando a las tropas atacantes. Eran como gigantescos erizos de acero, madera y cuero que maniobraban en el campo de batalla de forma aterradora. Junto a estos escuadrones de piqueros avanzaban por los flancos las “mangas” de arcabuceros, grupos más reducidos de soldados con armas de fuego que se disponían dependiendo de la situación y los movimientos de las tropas», añade el experto.




    Augusto Ferrer-Dalmau


    Esta sencilla táctica acabó con las pretensiones de la esquiva caballería pesada, la cual, a base de armadura y lanza, solía aplastar sin dificultad a la infantería. La llegada de la pica terminó con su dominio pues, si los jinetes trataban de asaltar la formación enemiga, se encontraban con un muro infranqueable de picas que derribaba sin esfuerzo a sus monturas.

    A su vez, los Tercios solían hacer uso de una curiosa táctica con la que coger al enemigo desprevenido. «Lo más peligroso era una práctica muy española, “la encamisada”, en la que un reducido grupo de los mejores hombres perpetraban incursiones por la noche en campo enemigo, armados tan solo con espada y daga, sin ninguna protección, ataviados con una simple camisa blanca (de ahí el nombre) para distinguirse de los contrarios. Estos ataques puntuales eran muy efectivos, se trataba de sabotear los campamentos del enemigo,“clavar” los cañones y causar las mayores bajas posibles», completa el presidente del grupo valenciano.

    No obstante, no todo era combatir cuerpo a cuerpo contra el enemigo, sino que, según Sánchez de Toca, donde también destacaba el Tercio era en su disciplina a la hora de llevar a cabo las acciones cotidianas: «Lo que hay que tener claro es que no todo era batalla; más bien casi nunca era batalla. Lo normal, lo de todos los días, eran las marchas y las guardias en la muralla o la estacada. Las operaciones más comunes eran la exploración, las emboscadas y las sorpresas. Las batallas, que hoy nos parecen abundantes, es que se produjeron y salpicaron la Historia a lo largo de 170 años, pero eran cosa excepcional. El Duque de Alba dejó claro que no debía aceptarse batalla que no se estuviera cierto de ganar, una enseñanza que nos hubiera venido bien en la Guerra de la Independencia».


    Pica, arma básica

    Con todo, si por algo se hicieron famosos los Tercios fue por su arma básica, la pica, una extensa lanza de entre cuatro y seis metros con la que se detenía el avance de la caballería y se atacaba a los soldados enemigos que combatían a pie. «Los piqueros se distribuían en picas “armadas”, que ocupaban las primeras filas y llevaban más protección (casco, peto y falderas de metal) -generalmente veteranos-, y las picas “secas”, los de las filas del fondo, peor ataviados, con poca protección y menor experiencia en combate», añade el presidente de la Asociación Napoleónica Valenciana.

    Como no podía ser de otra forma, la vida del piquero era de las más sufridas de la compañía, sobre todo si era un «soldado bisoño» (un nuevo recluta). Y es que, cuando un «afortunado» entraba a formar parte de un Tercio, y a menos que tuviera experiencia con armas de fuego, recibía un escaso adelanto de su sueldo para comprar la pica. A continuación, y si no contaba con dinero para adquirir la media armadura y el morrión –el casco característico de estas unidades-, era nombrado «pica seca».




    Augusto Ferrer-Dalmau

    Pero, independientemente del grado que tuviera cada integrante de la compañía, todos los soldados estaban orgullosos de pertenecer al Tercio y poder combatir y sangrar por su rey. «El soldado de los Tercios era admirado y temido. Y lo sabía. También eran engreídos y pendencieros y a la menor ocasión solían echar mano del acero para “aclarar” sus diferencias. En esto también eran muy respetados en toda Europa, la “destreza española” con la espada ropera y la daga de mano izquierda era bien conocida», añade Blasco.


    Última defensa

    Los combatientes también contaban con una amplia selección de armas blancas con las que, llegado el momento, defenderse en un combate a corta distancia si la formación de picas flaqueaba. «Todo soldado dominaba el combate individual con espada y daga. Querría llamar la atención sobre la daga, la segunda arma blanca que portaban los españoles y que era muy resolutiva. Esta palabra, "resolutiva", es la que usó un coronel finlandés para hablarme del puuko, su cuchillo nacional equivalente a la daga», completa, por su parte, Sánchez de Toca.

    La daga era una de las armas que, a pesar de su tamaño, daban ventaja a los españoles durante el combate. Concretamente, y como bien se explica en la sección dedicada a los Tercios del Museo del Ejército –ubicado en el Alcázar de Toledo-, este pequeño cuchillo solía usarse en combinación con la espada, buscando, en primer lugar, detener las acometidas del enemigo y, en segundo término, atacar el costado del contrario.


    Armas desechadas

    A su vez, y durante algunos periodos de la historia, los Tercios hicieron uso de todo tipo de armas para el combate cuerpo a cuerpo. «Dependiendo de la época, sobre todo en el siglo XVI había unidades de rodeleros, armados con espada de punta y corte y rodela (escudo pequeño de metal), protegidos por medio arnés (armadura completa de la parte superior del cuerpo). Los rodeleros españoles eran temibles en los choques y podían combatir entre las filas de piqueros, así como los “doblesueldos”, que usaban el “montante”, una gran espada con la que abrían brechas en las líneas enemigas, pero esta arma solo se usó a comienzos del XVI y posteriormente parece que su uso era ornamental y en desfiles», añade Blasco.

    Al final, el paso del tiempo acabó con estas unidades. «Hay que tener en cuenta que los Tercios ocupan casi dos siglos de la historia de España por lo que su estructura y armamento varió notablemente desde su creación en 1534 hasta su conversión en regimientos en 1704. En sus primeros tiempos todavía se usaban ballestas, espadas y rodelas, pero poco a poco fue evolucionando su estructura debido a las mejoras de las armas de fuego», sentencia el experto.


    Vendaval de plomo

    En último lugar, para atacar a los enemigos a distancia y cubrir los flancos de los piqueros se encontraban dos tipos de soldados. «Los que portaban armas de fuego se dividían en mosqueteros -con armas de 7 a 12 kilos tan pesadas que necesitaban una horquilla en la que apoyarse- y arcabuceros, con arma más ligera, de unos 5 kilos, que se podía disparar desde el hombro sin horquilla. Para las armas de fuego se usaban 12 cargas de pólvora en tubos de madera unidos a un correaje, que popularmente se denominaban “los doce apóstoles”», destaca el presidente de la Asociación Napoleónica Valenciana.





    No obstante, la diferencia, como apunta por su parte Sánchez de Toca, se fue desvaneciendo con el paso del tiempo: «Entre arcabuceros y mosqueteros hubo diferencia sobre todo al principio, cuando hacia 1567 el Duque de Alba bajó a las compañías los mosquetes, un arma grande y pesada que hasta entonces solo se había usado en defensiva y desde las murallas. Pero al correr del tiempo esta diferencia se desdibujó: los arcabuceros, que eran la infantería ligera y a pie, se montaron a caballo, y los mosqueteros (a los que Alba llamaba "guarnición") bajaron de la muralla para luchar a pie con las compañías».


    Sin uniforme

    En cuanto a la vestimenta, los Tercios no se caracterizaron en su primera etapa por contar con un uniforme concreto. En la práctica, cada soldado hacía gala de los ropajes que buenamente podía conseguir y, únicamente después de saquear una ciudad o recibir la paga, adquirían algún elemento para adornar su indumentaria.

    Así, la única similitud al vestir era que los piqueros no solían hacer uso de la casaca mientras que, por su parte, los mosqueteros sustituían los pesados morriones y cascos por sombreros de ala ancha. Sin duda, no hacían gala de un fino gusto al vestir, pero no necesitaban caros ropajes para acabar con los enemigos de España.

    A su vez, y según se explica en el Museo del Ejército, una de las pocas distinciones que llevaban los soldados para diferenciarse del enemigo era una pequeña banda roja en el brazo, color que también solían utilizar los piqueros para forrar el asta de sus armas. Este atuendo se mantuvo aproximadamente hasta el SXVII, momento en el que se reglamentó un color para las casacas de algunos Tercios.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.abc.es/historia/abci-sec...5_noticia.html

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