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Tema: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

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    Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    La Rochelle, donde la picardía dio la victoria a la armada castellana

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    Detalle de una miniatura de la batalla de La Rochelle del siglo XV

    La Rochelle no es más que una pequeña ciudad portuaria en la costa oeste de Francia. Sin embargo, sus aguas se estremecieron en 1.372 cuando las armadas española e inglesa combatieron hasta la muerte en una contienda en la que la estrategia y la picaresca superaron al cañón y el sable. Esa cálida mañana de junio, los castellanos decidieron retirarse del combate hasta que el nivel del mar bajó y las naves británicas, de mayor calado, quedaron atrapadas e inmóviles ante su fuego.
    Concretamente, esta batalla naval se sucedió en plena trifulca territorial entre franceses e ingleses quienes, aunque tenían intención de acabar su enfrentamiento en un par de meses, acabaron combatiendo durante más un siglo en la conocida como «Guerra de los Cien Años».
    En esas estaba el mundo cuando los galos, faltos como estaban de navíos, decidieron cobrarse un antiguo favor realizado al rey de Castilla Enrique II, a quien habían ayudado a sentar sus reales posaderas en el trono en una de las múltiples guerras civiles de su tierra. Así, haciendo válido como nunca el lema de «hoy por ti y mañana por mí» Francia ordenó al monarca atacar con su armada la Rochelle, en ese momento en manos inglesas a pesar de estar en pleno territorio franco.
    Los preparativos

    En virtud de su deuda, Enrique decidió enviar una flota formada casi exclusivamente por galeras: buques a remo de poco calado consistentes en una plataforma sobre la que se ubicaban cientos de soldados. El mando de la misma fue entregado a Ambrosio Bocanegra, un experimentado marino que se había convertido en soldado a base de espada y sangre luchando contra los moros.
    Por su parte, y cuando recibieron las noticias del asalto, los ingleses armaron una flota para interceptar a los castellanos: «A Eduardo de Inglaterra le importaba la conservación de aquella buena fortaleza por mucho que le costara, y así (…) reunió naos, soldados, provisiones y dinero, confiando la expedición a su yerno Juan de Hastings, conde de Pembroke», explica el ya fallecido historiador y militar Cesáreo Fernández Duro en su obra «La marina de Castilla».
    Con todo, y como bien señala el experto en sus escritos, no existe cohesión entre los historiadores a la hora de determinar el número de buques que batallaron aquel día: «Algunos escritores de la época componen a la armada de Castilla de cuarenta naos gruesas y de trece barcos (…) mientras que la Historia belga habla de veintidós navíos españoles». A pesar de ello, la versión más extendida es que la flota Castellana estaba formada por una veintena de galeras mientras que, por parte inglesa, se desconoce la cantidad total de navíos.
    Una idea que valió una batalla

    Según la mayoría de las crónicas, los ingleses fueron los primeros en arribar a la Rochelle, lugar en el que se prepararon para no dar cuartel a la armada castellana. Ambas fuerzas se avistaron por primera vez el 22 de junio. En cambio, y aunque los marinos y oficiales británicos ansiaban cruzar sables y derramar sangre española aquel mismo día, Bocanegra decidió, para burla de sus enemigos y de sus propios soldados, llevar a cabo una curiosa táctica: izar velas y retirarse de la contienda.
    «Siendo en aquel lugar de gran intensidad las mareas vivas, las naos inglesas quedaron varadas en la bajamar, y antes de que flotaran por completo las atacó Bocanegra el día siguiente, utilizando la mayor ligereza y poco calado de las galeras, después de lanzar sobre ellas artificios de fuego que, inmóviles como estaban, no pudieron evitar. La mortandad fue muy grande, por la gente armada que se arrojaba al agua huyendo de las llamas», completa el autor español en su obra.

    Después de que se disipara el humo los castellanos observaron como, sin lugar a dudas, la victoria les pertenecía, pues todos los buques ingleses habían sido quemados o habían sido capturados. A su vez, Bocanegra rompió la tradición de asesinar a los prisioneros o arrojarles vivos al agua tras el combate y perdonó la vida a varios caballeros y al conde de Pembroke.



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  2. #2
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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Advertencia de Hyeronimus: el artículo repite algunos tópicos usuales, además de insistir en el nombre de Invencible que nunca tuvo, sino que se lo pusieron los ingleses en son de burla y ni ellos mismos han vuelto a usar nunca (la llaman por el vago e impreciso nombre de Spanish Armada), pero los españoles somos tan estúpidos y tan masoquistas que la mayoría sigue llamándola así.

    La catástrofe de la Armada Invencible, una flota que no hizo honor a su nombre

    p.-j. loutherbourg


    La derrota de la Armada Invencible



    Catástrofe. Esta palabra es la que mejor define lo que, en 1.588, aconteció a la Armada Invencible, la mayor flota que los ojos de la Historia habían visto hasta ese momento. Formada por la corona española para invadir Inglaterra, esta ingente cantidad de barcos quedó finalmente hecha astillas por las inclemencias del tiempo y los cañones de la Royal Navy.
    Rondaba Felipe II la corona española durante el SXVI con una gran cantidad de territorios bajo su cetro. Y es que, además de las ya consabidas colonias americanas, el imperio de Su Majestad se extendía también por Italia, Flandes y Portugal. No obstante, sus problemas eran tan grandes como la extensión de sus dominios pues, además de los enfrentamientos en los Países Bajos (los cuales tuvo que apaciguar haciendo uso de los temibles Tercios), la pérfida Albión también rondaba las costas hispanas.
    Sin duda, estas islas provocaron más de un dolor de cabeza al monarca, que tuvo que ver como las flotas españolas que cruzaban las aguas cargadas con riquezas de las Américas eran atacadas por piratas (corsarios, que decían finamente los británicos) patrocinados por Isabel I, reina de Inglaterra. Tampoco agradaba demasiado a Felipe, católico hasta la médula, que Su Graciosa Majestad profesara y extendiera el protestantismo entre sus súbditos.

    En estas correrías andaban ambos monarcas cuando Isabel decidió ayudar a los territorios que combatían contra España en los Países Bajos. Esta fue la gota que colmó la paciencia de Felipe A su vez, tampoco ayudó a calmar la situación que Francis Drake, un conocido pirata al servicio de Inglaterra, se hiciera a la mar para repartir cañonazos entre los españoles.
    «Las autoridades inglesas lanzaron al Atlántico una flota de 25 navíos, al mando de Francis Drake, con el propósito de hostigar a los barcos españoles y asaltar sus colonias en las Indias occidentales. Antes de cruzar el océano, la flota saqueó Vigo, continuando viaje hacia el Caribe para capturar Santo Domingo (…) Aquello era más de lo que Felipe II podía tolerar sin emprender represalias. A finales de de 1.585 y por primera vez desde el siglo XIV, Inglaterra y España estaban en guerra abierta», destaca el historiador español Carlos Gómez-Centurión en su libro «La Armada Invencible».
    Un plan para dominar Inglaterra

    Finalmente, parece que el monarca español se cansó de tanta afrenta contra su persona, pues, en 1.586, decidió llevar a cabo una empresa impensable para la época: tomar Inglaterra por la fuerza. Concretamente, inició los preparativos para que una armada partiera de Portugal y viajara hasta Dunquerque (al norte de Flandes) atravesando el Canal de la Mancha. Una vez allí, la flota se reuniría con varios Tercios españoles al mando del Duque de Parma, a los que ofrecería escolta hasta Inglaterra. Ya en tierras británicas, los soldados tenían órdenes de asediar Londres y capturar a tantos miembros de la familia real como pudieran.
    Con el plan de ataque trazado, Felipe quiso asegurarse la victoria y ordenó construir una gigantesca flota que, solo con su presencia, helara los corazones de sus enemigos. Esta, sería la conocida como Armada Invencible.
    La Invencible sale de puerto

    Tres años fueron necesarios para que los astilleros construyeran una flota tan grande como la que había imaginado el insigne Felipe. Tal era su magnitud que fue necesario reacondicionar buques mercantes para el combate. Con todo, el 28 de mayo todo parecía estar listo para que aquella ingente maraña de buques abandonara las costas de Lisboa en pos del inglés.
    «A bordo de 130 navíos –que sumaban casi 60.000 toneladas- viajaban unos 8.000 marineros y 20.000 hombres entre oficiales y soldados de diferentes nacionalidades. Se habían embarcado además 180 sacerdotes y religiosos, 74 médicos, cirujanos y enfermeros y más de medio centenar de funcionarios y escribanos que debían de dirigir y hacerse cargo de las tareas administrativas y de gobierno durante la ocupación de Inglaterra», completa en su obra el experto español. Así, enarbolando la bandera católica, la flota comenzó a formar para iniciar su viaje bajo las órdenes de Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia.
    Comienzan las desgracias de la Invencible

    Una vez fuera de puerto, la primera parada de la también conocida como «Felicísima Armada» fue La Coruña, lugar en el que los españoles esperaban recibir víveres y munición antes de continuar su travesía. Sin embargo, y a pesar de que la flota se había consagrado al Señor antes de partir, pronto quedó claro que Dios no estaba de parte de Felipe II.

    «El día 19 de junio (…) anclaron en la Coruña, pero antes de que la Armada hubiese terminado de entrar en el puerto, se declaró una violenta tormenta que dispersó casi la mitad de la flota. (…) Varios días después seguían sin tener noticias de numerosos navíos, otros estaban averiados y cada día caían más hombres enfermos», determina Gómez-Centurión.
    Aunque tras algunas semanas la flota volvió a estar casi intacta, este contratiempo marcó el inicio de los ataques que la meteorología tenía preparados contra la Invencible. De hecho, el 26 de julio otra terrible tormenta acosó de nuevo a la armada provocando que casi medio centenar de buques perdieran su rumbo y se alejaran del resto del convoy. Con todo, a base de trabajo duro se consiguió reunir de nuevo a los buques y reanudar la marcha hacia Inglaterra tres días después.
    Primer contacto con los ingleses

    Por su parte, los ingleses no tardaron en avistar a la Invencible desde sus posiciones en la isla. No obstante, y según cuenta la tradición, el corsario Francis Drake (también vicealmirante de la Royal Navy) no se alarmó demasiado ante la llegada española. «Según la leyenda, Drake, que estaba jugando a los bolos cuando (se presentaron) con la nueva, exclamó: “Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles”», señala el autor de «La Armada Invencible».
    Esa misma noche, los británicos armaron 54 buques y dirigieron sus velas hacia la Invencible pensando que los españoles tenían intención de desembarcar en sus costas. No suponían, en cambio, que la escuadra de Felipe II no tenía órdenes de combatir, sino que pretendía atravesar el Canal de la Mancha y llegar hasta Flandes para recoger a la infantería que invadiría Inglaterra.
    Ambas escuadras se divisaron cerca del extremo suroeste de las costas inglesas. Aquel fue el primer momento en que los soldados de la pérfida Albión observaron a la Invencible, seguramente la mayor concentración de buques que habían visto a lo largo de toda su existencia.
    Una curiosa batalla

    Una vez frente a frente, los ingleses comprendieron que no podían enfrentarse a aquella mole de navíos sin salir mal parados, por lo que decidieron aprovechar su poderosa artillería –la cual disponía de un gran rango de acción- y, andanada tras andanada, bombardear a la Invencible desde la lejanía sin recibir ningún daño a cambio.
    Mientras, a los españoles no les quedó más remedio que intentar, mediante todo tipo de tretas, que los ingleses se acercaran lo suficiente para bombardearles hasta la muerte. Fue imposible, los enemigos, más livianos y veloces, atacaban y se retiraban a placer para desesperación hispana.

    Alrededor del mediodía los soldados de Isabel I abandonaron la contienda sin hacer excesivos daños a la Felicísima Armada. De hecho, la Invencible recibió las primeras bajas serias mientras continuaba su viaje, lento pero imparable, hacia Dunkerque. Y es que, Medina Sidonia tenía órdenes de no detener su camino y no combatir contra el inglés a menos que fuera estrictamente necesario.
    «Las primeras pérdidas españolas de importancia se produjeron después de la batalla: fueron dos accidentes al margen del ataque enemigo pero que costaron a la Armada la pérdida de dos naves importantes. Primero, la “San Salvador” (…) fue pasto de las llamas debido al estallido de unos barriles de pólvora. Depués, la “Nuestra Señora del Rosario” (…) chocó al maniobrar con otra embarcación andaluza resultando gravemente dañada. Ambas caerían en pocas horas en manos de los ingleses», determina el experto.
    La ofensiva final de Isabel I

    Finalmente, y ante el continuo acoso al que los ingleses les sometieron en los siguientes días con su constante cañoneo, el 6 de agosto los españoles no tuvieron más remedio que arribar en el puerto francés de Calais, ubicado a unos 46 kilómetros de Dunkerque. Escasos de munición y con unos buques dañados después de varios combates, Medina Sidonia envió una misiva desesperada al Duque de Parma: debía trasladarse lo más rápidamente posible hasta esa posición con sus hombres para poder cumplir la misión.
    Pero el de Parma no se encontraba preparado debido a la falta de materiales y munición. La tarea cada vez se complicaba más. Para más desgracia, en la mañana siguiente los ingleses atacaron lanzando sobre la Invencible, ahora amarrada, varios brulotes. Estas curiosas armas consistían en barcos que, una vez desalojados, eran cargados con munición y pólvora. A continuación, se les prendía fuego y se les lanzaba contra el enemigo.
    «Cuando los brulotes acortaron distancias y se dispararon sus cañones a causa del calor, el pánico desquició una situación ya deteriorada. Cada barco de la flota tenía echadas dos o incluso tres anclas y casi todas se perdieron. La mayoría de los capitanes se limitaron a cortar sus amarras y huyeron. (…) De un solo golpe la Armada se había transformado de una fuerza de combate cohesionada y formidable en un conjunto de barcos dominados por el pánico», determinan, en este caso, el historiador Geoffrey Parker y el profesor emérito de arqueología submarina Colin Martin en su popular obra conjunta «La Gran Armada: La mayor flota jamás vista desde la creación del mundo».
    La meteorología, en contra

    A la mañana siguiente todo era caos. Desde su navío, Medina Sidonia no pudo más que desesperarse y maldecir mientras la Invencible, arrastrada por las corrientes hacia el este de Inglaterra, trataba desesperadamente de reagruparse bajo un constante cañoneo enemigo.
    Pero lo peor estaba todavía por llegar. «A media tarde se desencadenó un violento temporal mientras los españoles estaban cada vez más indefensos, contra los ingleses y contra el viento que les arrastraba», señala por su parte Gómez Centurión en su popular libro.
    Todo parecía haberse puesto en contra de la Felicísima Armada. Finalmente, y después de tratar sin éxito de asaltar a la flota inglesa en un acto desesperado, Medina Sidonia aceptó su derrota y se dispuso a volver a aguas españolas. Este sencillo plan se planteaba difícil, pues sus navíos no podían volver a atravesar el Canal de la Mancha, ahora dominado por los británicos.
    Un duro regreso

    Para regresar, Medina Sidonia ordenó bordear por el norte Inglaterra, una dura travesía que acabó con los restos de la Armada Invencible. «Se inició así un largo y penoso viaje de retorno, a veces convertido en una auténtica pesadilla, durante el cual miles de hombres perdieron la vida y varias decenas de barcos se fueron a pique», explica el experto español. Finalmente, en septiembre de 1.588, menos de una decena de barcos llegaron a las costas españolas. Acabó así el viaje de la Armada Invencible, la cual, en su primer viaje, no pudo hacer honor a su nombre.


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  3. #3
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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Isla Flores, o cómo España ridiculizó a los corsarios ingleses en las Azores

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    Grabado que representa al «Revenge» en las Azores

    La de isla Flores no fue ni mucho menos una lucha épica a sangre y fuego, pero, por el contrario, si fue una batalla difícil de olvidar para la pérfida Albión. Y es que, las Azores vieron aquel día de 1.591 como una flota española ponía en fuga a los infames corsarios de su Graciosísima Majestad que, en este caso, fallaron estrepitosamente en su habitual intento de saquear hasta la última moneda de oro que los navíos hispanos traían de América en sus bodegas.
    No corrían buenos tiempos para la corona hispánica –encabezada por Felipe II- en el ocaso del SXVI. De hecho, nuestro país hacía frente aquellas jornadas a una creciente deuda nacional que, a falta de liquidez, era sufragada con las insuficientes monedas traídas desde América. A su vez, España combatía por entonces contra su Majestad inglesa, la reina Isabel I, quien no dudaba en pagar a piratas – o corsarios, como eran conocidos estos sanguinarios mercenarios- para que saquearan y enviaran al fondo del mar a los navíos peninsulares que atravesaban el Atlántico cargados de joyas.
    Los preparativos

    Así, entre sable y mosquete, fueron pasando los años hasta que, en 1.591, los ingleses se enteraron de una célebre noticia: los españoles pensaban echar sus buques a la mar desde América con una gran partida de oro y joyas en dirección a España. Sin tiempo que derrochar los oficiales se pusieron manos a la obra para, en nombre de la Reina, armar una flota con la que interceptar el preciado cargamento.
    Para ello, dispusieron una veintena de navíos –varios de ellos piratas-, cuyo mando fue otorgado al afamado oficial Thomas Howard, un viejo conocido por su participación en varios asaltos y batallas contra los españoles. Además, entre las filas se destacaba nada menos que el bucanero Richard Grenville, capitán del galeón inglés «Revenge» (el buque que, durante años, había navegado a las órdenes del cruel pirata Francis Drake).
    Hechos los preparativos, la Royal Navy se dispuso a viajar a las Azores, donde darían una sorpresa a los súbditos de Felipe II. Sin embargo, lo que no sabía la cruel Inglaterra era que España, harta como estaba de la piratería, había dispuesto una flota de 55 barcos al mando de Alonso de Bazán para, de una vez por todas, escarmentar a los saqueadores.
    Comienza la batalla

    El 9 de septiembre, las dos flotas se divisaron en la lejanía para incredulidad de los ingleses. Preparado para derramar la sangre de Albión, Bazán ordenó en un principio que los españoles se dividieran en dos columnas que asaltaran al enemigo desde todos los frentes.
    Sin embargo, este plan pronto zozobró debido al mal estado de uno de los buques. «Aviéndose navegado algunas leguas en esta conformidad, el general Sancho Pardo envío a dezir a don Alonso que llevaba rendido el bauprés de su galeón, que es uno de los de Santander, y no podía hazer fuerza de vela; y así conbino templar todas las de la armada, por hazerle buena compañía y no dexarle solo donde andavan cruzando de una parte y otra navíos de enemigos, que fue causa de no poder amanecer sobre las Islas», señala un documento de la época de la colección «González-Aller» ubicado en el archivo del Museo Naval y recogido por la «Revista de Historia Naval».
    A pesar de que el asalto no se produjo con toda la celeridad que Bazán pretendía, los ingleses no tuvieron los arrestos de plantar combate en mar abierto y, para asombro de los españoles, la mayoría de la flota de la Royal Navy inició la huída a toda vela.
    El «Revenge» mantiene la posición

    Pero la retirada fue demasiado deshonrosa para Grenville quien, desoyendo las órdenes, decidió mantener la posición y, junto a otros dos navíos ingleses más, plantar batalla a los españoles. Por su parte, y mientras se sucedía un inmenso fuego de mosquetería y cañón, Bazán ordenó a parte de sus fuerzas acabar con el «Revenge» mientras varios buques seguían en su huída a los ingleses.
    La contienda no fue muy extensa. A las pocas horas, los buques que escoltaban a Grenville habían abandonado sus posiciones y sólo el «Revenge» se enfrentaba valientemente a los navíos españoles, ahora al completo tras haber vuelto de la fallida persecución. No hubo victoria para los ingleses que, asediados como estaban por todos los flancos, cayeron bajo las tropas españolas.
    Acaba el combate

    Al anochecer, el «Revenge», buque insignia de Francis Drake, había caído en manos españolas. «El almirante, de los mayores marineros y corsario de Inglaterra, gran hereje y perseguidor de católicos, hízole traer don Alonso de Bazán a su capitana, donde por venir herido de un arcabuzazo en la cabeza le hizo curar y regalar, haciéndose buen tratamyento y consolándose de su pérdida; mas la herida eran tan peligrosa que murió a otro día. De 250 hombres que traía el navío quedaron 100, los más de ellos heridos», se añade en el antiguo escrito.
    Por parte española fallecieron aproximadamente 100 soldados y marineros debido al hundimiento de varios buques durante la contienda. No obstante, aquel día España demostró a su Majestad Isabel I que no estaba dispuesta a sufrir más el pillaje de sus infames corsarios.



    http://www.abcdesevilla.es/historia-...8301918_3.html

  4. #4
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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Blas de Lezo, el almirante español cojo, manco y tuerto que venció a Inglaterra

    Este marino consiguió resistir el ataque de la segunda flota más grande de la historia (195 buques) con sólo seis navíos en Cartagena de Indias

    JAVIER TORRES


    Blas de Lezo, el héroe español que humilló a la armada inglesa


    Valiente, honorable, buen estratega… muchos son los adjetivos que se pueden aplicar a grandes héroes como el almirante Nelson, cuyo nombre aún resuena en Gran Bretaña. Sin embargo, también son características de las que pudo presumir Blas de Lezo, un oficial tuerto, cojo y manco de la marina española que consiguió resistir el ataque de 195 navíos ingleses con apenas 6 barcos durante el Siglo XVIII.
    Esta historia, digna de salir en cualquier película de la conocida saga «Piratas del Caribe», es una de las muchas en las que se ha demostrado la capacidad estratégica de la marina española de la época. Sin embargo, se suma a las docenas de hazañas que han caído en el olvido.
    Cojo, manco, y tuerto

    Blas de Lezo nació en Pasajes, Guipúzcoa, el 3 de febrero de 1687, aunque aún existe controversia sobre el lugar y el año en que vino al mundo. «Las fuentes son confusas y señalan otro lugar posible de nacimiento y otra fecha dos años posterior, pero en lo que no hay duda es que es un marinero vasco que se convirtió en uno de los más grandes estrategas de la Armada española en toda su historia» determina Jesús María Ruiz Vidondo, doctor en historia militar, colaborador del GEES (Grupo de Estudios Estratégicos) y profesor del instituto de educación secundaria Elortzibar.
    Su carrera militar empezó en 1704, siendo todavía un adolescente. En aquellos años, en España se sucedía una guerra entre la dinastía de los Austrias y Borbones por conseguir la corona tras la muerte del rey Carlos II, sin descendencia. «Blas de Lezo había estudiado en Francia cuando esta era aliada de España en la Guerra de Sucesión. Tenía 17 años cuando se enroló de guardiamarina al servicio de la escuadra francesa al mando del conde de Toulouse», destaca el historiador.
    Ese mismo año se quedaría cojo. «La pierna la perdió en la batalla de Vélez-Málaga, la más importante de la Guerra de Sucesión, en la que se enfrentaron las escuadras anglo-holandesa y la franco-española» afirma Vidondo. «Fue una dura batalla en la que una bala de cañón se llevó la pierna izquierda de Blas de Lezo, pero él continuó en su puesto de combate. Después se le tuvo que amputar, sin anestesia, el miembro por debajo de la rodilla. Cuentan las crónicas que el muchacho no profirió un lamento durante la operación», cuenta Vidondo.

    Aunque el combate finalizó sin un vencedor claro, el marino comenzó a ser conocido por su heroicidad. «Blas de Lezo fue elogiado por el gran almirante francés por su intrepidez y serenidad y por su comportamiento se le ascendió a alférez de navío», explica el experto en historia militar.
    El ojo lo perdió dos años más tarde, en la misma guerra, en la fortaleza de Santa Catalina de Tolón mientras luchaba contra las tropas del príncipe Eugenio de Saboya. «En esta acción y tras el impacto de un cañonazo en la fortificación, una esquirla se le alojó en su ojo izquierdo, que explotó en el acto. Perdió así para siempre la vista del mismo, pero quiso continuar en el servicio y no abandonarlo» determina Vidondo. Sin duda la suerte no estaba de su lado, pero Lezo siguió adelante.
    Finalmente, cuando tenía 26 años, el destino volvió a ser esquivo con este marino. «La Guerra de Sucesión había prácticamente finalizado en julio de 1713 con la firma de la paz con Gran Bretaña, pero Cataluña seguía en armas por los partidarios de la casa de Austria. El marino participó en varios combates y bombardeos a la plaza de Barcelona. En uno de ellos, el 11 de septiembre de 1714, se acercó demasiado a las defensas enemigas y recibió un balazo de mosquete en el antebrazo derecho que le rompió varios tendones y le dejó manco para toda su vida», determina el experto. Así, y tras quedarse cojo, tuerto y sin mano, Blas de Lezo pasó a ser conocido como el «Almirante Patapalo» o el «Mediohombre». Su leyenda había comenzado.
    Hazañas iniciales

    Una vez finalizada la Guerra de Sucesión, Lezo se destacó por su servicio a España. Una de sus misiones más destacadas fue la que realizó en 1720 a bordo del galeón «Lanfranco». «Se le integró en una escuadra hispano-francesa al mando de Bartolomé de Urdazi con el cometido de acabar con los corsarios y piratas de los llamados Mares del Sur (Perú)», sentencia el historiador.
    «Sus primeras operaciones fueron contra el corsario inglés John Clipperton. Éste logró evitarles y huir hacia Asia, donde fue capturado y ejecutado», finaliza el doctor en historia militar. Por esta y otras hazañas, el rey ascendió al «Almirante Patapalo» a teniente general en 1734. Sin embargo, su misión más difícil llegó cuando fue enviado a Cartagena de Indias (Colombia) como comandante general.
    El mayor reto de Lezo

    El mayor desafío de Blas de Lezo se sucedió sin duda en Colombia, donde tuvo que defender Cartagena de Indias (el centro del comercio americano y donde confluían las riquezas de las colonias españolas) de los ingleses, ansiosos de conquistar el territorio. En este caso, los británicos aprovecharon una afrenta a su imperio para intentar tomar la ciudad.
    El pretexto fue el asalto a un buque británico. «En este contexto se produjo en 1738 la comparecencia de Robert Jenkins ante la Cámara de los Comunes, un contrabandista británico cuyo barco, el Rebecca, había sido apresado en abril de 1731 por un guarda costas español, que le confiscó su carga. La oposición parlamentaria y posteriormente la opinión pública sancionaron los incidentes como una ofensa al honor nacional», determina Vidondo. La excusa perfecta había llegado y se declaró la guerra a España.
    Los preparativos se iniciaron, y los ingleses no escatimaron en gastos. «Para vengar la oreja de Jenkins Inglaterra armó toda una formidable flota jamás vista en la historia (a excepción de la utilizada en el desembarco de Normandía), al mando del Almirante inglés Edward Vernon. La armada estaba formada por 195 navíos, 3.000 cañones y unos 25.000 ingleses apoyados por 4.000 milicianos más de los EEUU, mandados éstos por Lawrence, hermanastro del Presidente Washington», afirma el experto en historia militar.

    Por el contrario, Blas de Lezo no disponía de un gran número de soldados ni barcos para defender la ciudad. «Las defensas de Cartagena no pasaban de 3.000 hombres, 600 indios flecheros, más la marinería y tropa de infantería de marina de los seis navíos de guerra de los que disponía la ciudad: el Galicia (que era la nave Capitana), el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador. La proporción entre los españoles y los ingleses era de 1 español por cada 10 ingleses», explica Vidondo.
    Pero, lo que tenía a su favor el «Almirante Patapalo» era un terreno que podía ser utilizado por un gran estratega como él. Y es que la entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos, conocidos como «bocachica» y «bocagrande». El primero, estaba defendido por dos fuertes (el de San Luis y el de San José) y el segundo por cuatro fuertes y un castillo (el de San Sebastián, el de Santa Cruz, el del Manzanillo, el de Santiago -el más alejado- y el castillo de San Felipe).
    Lezo se preparó para la defensa, situó varios de sus buques en las dos entradas a las bahías y dio órdenes de que, en el caso de que se vieran superados, fueran hundidos para que no fueran apresados y para que sus restos impidieran la entrada de los navíos ingleses hasta Cartagena de Indias. La guerra había comenzado y el «Mediohombre» se preparó para la defensa.
    Comienza la batalla

    «El 13 de marzo de 1741 apareció la mayor flota de guerra que jamás surcara los mares hasta el desembarco de Normandía. Para el día 15 toda la armada enemiga se había desplegado en plan de cerco. Al comienzo se notó la superioridad británica y fáciles acciones les permitieron adueñarse de los alrededores de la ciudad fortificada», afirma Vidondo.
    «La batalla comenzó en el mar. Tras comprobar que no podían acceder a la bahía, los ingleses comenzaron un bombardeo incesante contra los fuertes del puerto. Blas de Lezo apoyaba a los defensores con la artillería de sus navíos, que había colocado lo suficientemente cerca. Usaba bolas encadenadas, entre otras artimañas, para inutilizar los barcos ingleses», narra el historiador.

    Tras acabar con varias baterías de cañones, Vernon se dispuso a desembarcar algunos de sus hombres, que lograron tomar posiciones en tierra. «Luego, el inglés se dispuso a cañonear la fortaleza de San Luis de Bocachica día y noche durante dieciséis días, el promedio de fuego era de 62 grandes disparos por cada hora», determina el experto en historia militar. El bombardeo fue masivo y los españoles tuvieron que abandonar en los días sucesivos los fuertes de San José y Santa Cruz.
    El ímpetu del ataque obligó al español a tomar una decisión dura: «Lezo incendió sus buques para obstruir el canal navegable de Bocachica, aunque el Galicia no prendió fuego a tiempo. Sin embargo, logró retrasar el avance inglés de forma considerable. Blas de Lezo decidió dar la orden de replegarse ante la superioridad ofensiva y la cantidad de bajas españolas», afirma Vidondo.
    A su vez, en Bocagrande se siguió la misma táctica y se hundieron los dos únicos navíos que quedaban (el Dragón y el Conquistador) para dificultar la entrada del enemigo. «El sacrificio resultó en vano, pues los ingleses remolcaron el casco de uno de ellos antes de que se hundiera para restablecer el paso y desembarcaron», sentencia el experto. Las posiciones habían sido perdidas y los españoles se defendían en el fuerte de San Sebastián y Manzanillo. Además, como último baluarte, se encontraba el castillo de San Felipe.
    Vernon se cree vencedor

    Los ingleses habían conseguido acabar con varias fortalezas y asentarse en las bahías de Cartagena de Indias tras pasar los obstáculos puestos por los españoles. Sin duda, sentían la victoria cerca. «Vernon entró entonces triunfante en la bahía con su buque Almirante con las banderas desplegadas dando la batalla por ganada», narra el historiador.
    Vernon envió en ese momento una corbeta a Inglaterra con un mensaje en el que anunciaba su gran victoria sobre los españoles. La noticia fue recibida con grandes festejos entre la población y, debido al júbilo, se mandó acuñar una moneda conmemorativa para recordar la gran victoria. En ella, se podía leer «El orgullo español humillado por Vernon» y. además, se apreciaba un grabado de Blas de Lezo arrodillado frente al inglés.
    La victoria del «Mediohombre»

    Vernon estaba decidido, la hora de la victoria había llegado. Por ello, quiso darle el broche final tomando el símbolo de la resistencia española: el castillo de San Felipe, donde resistían únicamente seis centenares de soldados, según cuenta el historiador. Sin embargo, el asalto desde el frente era un suicidio, por lo que el inglés se decidió a dar la vuelta a la fortaleza y asaltar por la espalda a los españoles. «Para ello atravesaron la selva, lo que provocó la muerte por enfermedad de cientos de soldados, pero al fin llegaron y Vernon ordenó el ataque», sentencia Vidondo.
    Según narra el doctor en historia, el primer asalto inglés se hizo contra una entrada de la fortaleza y se saldó con la muerte de aproximadamente 1.500 soldados a manos de los 600 españoles que consiguieron resistir y defender su posición a pesar de la inferioridad numérica. Tras este ataque inicial, Vernon se desesperó ante la posibilidad de perder una batalla que parecía hasta hace pocas horas ganada de antemano. Finalmente, y en términos de Vidondo, el oficial ordenó una nueva embestida, aunque esta vez planeó que sus soldados usarían escalas para poder atacar directamente las murallas.
    En la noche del 19 de abril los ingleses se organizaron en tres grupos para atacar San Felipe. «En frente de la formación iban los esclavos jamaicanos armados con un machete», explica el doctor en historia. Sin embargo, los asaltantes se llevaron una gran sorpresa: las escalas no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de las murallas. «El ‘Almirante Patapalo’ había ordenado cavar un foso cerca de los muros para aumentar su altura y evitar el asalto», determina Vidondo. Los españoles aprovecharon entonces y acabaron con cientos de ingleses. La batalla acababa de dar un giro inesperado debido al ingenio de un solo hombre, o más bien, «Mediohombre».

    El día siguiente, según afirma el historiador, los españoles salieron de la fortaleza dispuestos a aprovechar el duro golpe psicológico que habían sufrido los ingleses. En primera línea corría Lezo, cargando al frente de la formación mientras sujetaba el arma con su único brazo. Finalmente, y tras una cruenta lucha, los menos de 600 defensores lograron que el enemigo se retirara y volviera a sus navíos. Ahora, y de forma definitiva, la victoria pertenecía a los soldados españoles y, por encima de todo, a un solo combatiente: el «Almirante Patapalo».
    Después de esa batalla, se sucedieron una serie de intentos por parte de los ingleses de conquistar la plaza fuerte, pero fueron rechazados. «Vernon se retiró a sus barcos y ordenó un bombardeo masivo sobre la ciudad durante casi un mes, pero no sirvió de nada», determina el experto.
    Finalmente, Vernon abandonó las aguas de Cartagena de Indias con, según los datos oficiales, unos 5.000 ingleses muertos. Sin embargo, según determina Vidondo, es difícil creer que la cifra sea tan baja, ya que el oficial tuvo que hundir varios navíos en su huída debido a que no tenía suficiente tripulación para manejarlos y no quería que cayesen en manos españolas. «Cada barco parecía un hospital», afirma el historiador.
    De hecho, y según cuenta la leyenda, Vernon sentía tanto odio hacia el «Mediohombre» que, mientras se alejaba junto a su flota de vuelta a Inglaterra, gritó a los vientos «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga, Lezo!). Podía maldecir todo lo que quisiera, pero había sido derrotado.
    La mentira del inglés

    Además, según determina Vidondo, a Vernon todavía le quedaba un último mal trago: informar en Inglaterra de que la había perdido la batalla. Al llegar a su tierra, sin embargo, parece que no tuvo valor para dar a conocer la noticia públicamente, por lo que fue pasando el tiempo hasta que, finalmente, sus compatriotas descubrieron el engaño. Cuando salió a la luz, la vergüenza fue tan arrolladora para el país que se tomaron medidas más drásticas para acallar la gran derrota: «El rey Jorge II prohibió todo tipo de publicación sobre la batalla», finaliza Vidondo.
    4 Preguntas a Jesús María Ruiz Vidondo

    M.P.VMADRID
    ¿Cuáles fueron las últimas palabras de Vernon hacia Lezo tras la batalla?
    Vernon optó por una retirada enviando una carta a Blas de Lezo: «Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica». Lezo le contestó: «Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir».
    ¿Qué fue de Vernon una vez acabada la contienda?
    Vernon fue relevado y expulsado de la Marina en 1746, aunque la arrogancia y el orgullo inglés hizo que le enterraran en la Abadía de Westminster, panteón de los héroes, y en su tumba pusieron: «Sometió a Charges, y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria»; lo que era la forma más humillante de ocultar tan vergonzosa derrota.
    ¿Por qué cree que Blas de Lezo ha caído en el olvido en España?
    La historia militar llena las estanterías de las librerías, pero muchas veces se trata de libros que tratan asuntos de fuera de España. Últimamente se han publicado muchos libros sobre Blas de Lezo, pero se lee poco en España y solamente se interesa una limitada cantidad de personas. En los institutos la historia de España se da solamente en 2º de Bachillerato y pensando en la selectividad. Si hoy en día se hiciese una película sobre este personaje pasaría a ser tremendamente conocido. La historia de estos héroes que ha tenido España vende mucho menos que otro tipo de programas o artículos.
    ¿Por qué cree que, mientras que los ingleses estudian por ejemplo a Nelson, en España no se cursa a Blas de Lezo?
    Como he señalado anteriormente se han publicado últimamente algunos libros y artículos sobre este personaje, pero la historia de España no vende ni en los medios de comunicación, ni en la enseñanza en general. Los ingleses están orgullosos de su historia, y a los españoles, que tenemos una historia mucho más rica que la británica, no nos interesa nuestro pasado, solamente lo utilizamos para tergiversarlo o utilizarlo políticamente.

    Sangre y can. Diez batallas navales que enfrentaron a espaoles e ingleses - abcdesevilla.es

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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Gálvez: el marino español que se aventuró «solo» contra las defensas inglesas de Florida

    En una batalla clave para la independencia de EE.UU., el malagueño entró con 4 navíos en una bahía repleta de navíos británicos: «El que tenga honor y valor que me siga», dijo

    US ARMY CENTER FOR MILITARY HISTORY


    Tropas españolas cargan contra los ingleses en el fuerte del «Rey Jorge»


    El país que estos días dirime entre Obama o Romney vivió en Pensacola una batalla decisiva para su independencia. Y, fíjense por donde, aquella lid de 1781 fue librada y ganada por la Infantería de Marina de la siempre olvidadiza España. Una vez más las casacas rojas de la Pérfida Albión se cruzaban en el rumbo de nuestra Historia. Esa vez, al inglés le tocó perder.
    El de Pensacola, en tierras de la Florida occidental, fue un desembarco audaz y osado dada la dificultad de acceder a su bahía. Una empresa temeraria que, exitosa finalmente, alumbraría para siempre el arrojo (cojones, que se dice ahora) de uno de los personajes más influyentes y desconocidos de la Historia común de España y de EE.UU: Bernardo de Gálvez Gallardo Madrid, vizconde de Galvestón y conde de Gálvez. Tras aquel fuego de Pensacola su escudo de armas siempre luciría el lema de «Yo Solo», porque así fue cómo entró en el bastión inglés de la Florida: «El que tenga honor y valor que me siga».
    «Para entender el desembarco de Pensacola, antes debemos remontarnos a la Guerra de los Siete Años (1756-1763), ganada por el Reino Unido a una coalición de naciones entre las que se encontraba Francia y España», relata José María Moreno Martín, jefe de la sección de Cartografía del Museo Naval, que este mes exhibe como «pieza destacada» un mapa en ocho viñetas sobre la batalla de Pensacola.
    Tras esa guerra, la España de Carlos III y la Francia de Luis XV, y después Luis XVI, aguardaban avizor una primera oportunidad para devolver el golpe a Inglaterra. Y esa vino con la sublevación de las Trece Colonias (1775) que para sufragar las guerras de la metrópli veían cómo sus cargas impositivas aumentaban sin cesar. La gota que colmó el vaso fue el nuevo impuesto del té, que originó un motín en Boston.



    España desde el primer momento ayudó económicamente a los rebeldes norteamericanos llegando a pertrechar a 30.000 rebeldes con sus uniformes, fusiles y 216 cañones, pero... ¿debía intervenir militarmente como hizo posteriormente la Francia de Luis XVI tras la insistencia de Benjamin Franklin? He ahí el dilema del Rey Carlos III. «España se encontraba en una posición más delicada. Por un lado nos encontramos con las tesis del Conde de Floridablanca, que abogaba por mantenerse neutral so pena de desencadenar un efecto dominó de independencias en las colonias españolas americanas. Por otro lado, el Conde de Aranda, embajador de España en París, veía en el apoyo a las Trece Colonias una oportunidad idónea para recuperar Gibraltar», explica Moreno Martín. Definitivamente se impusieron las tesis del Conde de Aranda y en 1779 España declaró la guerra a Gran Bretaña. Ya nada sería igual en la Guerra de Independencia de las Trece Colonias: Inglaterra se vería obligada a dividir esfuerzos en el Canal de la Mancha (contra Francia), el Mediterráneo (contra España) y el Golfo de México, donde Inglaterra había arrebatado años antes a España algunas plazas marítimas como era el caso de Pensacola, también conocida como San Carlos de Panzacola. Conclusión: las fuerzas de la guerra por la Independencia de las Trece Colonias se niveló. Por un lado, Reino Unido (120 navíos y 100 fragatas) y, por el otro, Francia (60 navíos y 60 fragatas) y España (60 navíos y 30 fragatas).
    Es aquí donde saldrá a relucir el ingenio del entonces gobernador de la Luisiana, el malagueño Bernardo de Gálvez (Macharaviaya, 1746 - Tacubaya, en Ciudad de México,1786) quien comenzó a forjar su leyenda militar como capitán en tierras de Nueva España, llevando a cabo una campaña contra los indios Apaches. Con 24 añitos y heridas a doquier, el futuro «Yo Solo», ameritaba ya el galón de comandante de armas de Nueva Vizcaya y Sonora (aproximadamente el actual estado de Nuevo México). El héroe militar español en tierras del ahora EE.UU. forjaba su leyenda, aunque antes regresaría a España para participar en la fallida expedición de Argel (1775), foco central de la piratería en el Mediterráneo.
    En su vuelta a América en 1776 Bernardo de Gálvez es destinado a la plaza de Luisiana. Y es por eso que cuando España decide librar batalla a Inglaterra en el Golfo de México todas las venturas se dirigen hacia él. Fijó como objetivo recuperar Pensacola; antes caerían las posesiones británicas de Manchac y Baton Rouge -en la desembocadura del río Mississipi- o Mobila (1779). El círculo se estrechaba así en torno a la capital de la Florida. Sin embargo, su disposición geográfica y su estrecho con escasa profundidad impedía acometer la empresa.
    «Se trataba de una operación bastante complicada, por no decir inverosímil», destaca el jefe de cartógrafos. Un 28 de febrero de 1781 partía desde La Habana la expedición española con 36 buques de guerra con José Calvo Irazábal como de jefe de la escuadra. En sus tripas los ansiosos infantes de Marina aguardaban el desembarco. Por tierras otras tropas españolas y después francesas esperaban el desembarco para envolver la plaza de Pensacola.
    En este momento nos dirigimos de nuevo al Museo Naval de Madrid. En el mapa de 8 viñetas que se exhibirá durante dos meses más como «la pieza detallada» (encargado a raíz del informe de la toma de Pensacola «con la clara intención de narrar la historia de una batalla») observamos en su parte central a los navíos españoles frente al escenario de la batalla. La ciudad de Pensacola en su bahía y la isla de Santa Rosa en la bocana de acceso, formando un estrecho con la posición fortificada de Barrancas Coloradas, desde donde provenía el principal riesgo de la empresa.
    ARCHIVO DEL MUSEO NAVAL-MAPA PENSACOLA

    La toma de la isla de Santa Rosa

    El trabajo se auguraba duro, ya que, para llegar hasta su objetivo, la escuadra tenía que pasar a través de un estrecho flanqueado por dos baterías de cañones. Una sentencia de muerte sin duda. Por ello, Bernardo de Gálvez se decidió a tomar el fuerte de la isla de Santa Rosa para así evitar ser aniquilados por un fuego cruzado.
    Con valentía, las tropas del malagueño desembarcan en el terreno dispuestas a derramar sangre inglesa pero, para su sorpresa, la fortaleza estaba desmantelada. «Consiguieron tomar la isla sin ninguna baja y sin ningún disparo», sentencia Moreno Martín. La moral aumentó pues, para entrar hacia la bahía de Pensacola, ya sólo tenían que pasar a través de la batería de las Barrancas Coloradas.
    «Yo solo»

    «Una vez conseguido esto, lo que pretendía Bernardo de Gálvez es pasar con toda la escuadra, eso sí, lo más cerca posible de la isla (ya española) para evitar el fuego de las Barrancas Coloradas», afirma el jefe de la sección de Cartografía. La empresa comenzaba a tomar forma, pero, al aventurarse por el estrecho, el fondo del casco del navío en el que viajaban el malagueño y Calvo (el San Genaro), tocó en el suelo: tenía demasiado calado para pasar. Por ello, fue necesario salir a aguas más profundas para no quedar encallados.
    En ese momento comenzaron las discrepancias pues, mientras Gálvez quería entrar en la bahía y tomar Pensacola, José Calvo (al mando de la escuadra), se negaba en rotundo a atravesar el estrecho. Y es que argumentaban, no sin razón, que no se conocía bien el terreno y que una peligrosa tormenta tropical se aproximaba hacia el lugar. Además, la batería situada en el fuerte de las Barrancas Coloradas seguía activa y, en el caso de que un navío quedara encallado, toda la escuadra podría sufrir su fuego y ser seriamente dañada.

    Para Gálvez, en cambio, no había opción. El marino subió a bordo de un bergantín llamado «Gálveztown» (un barco con menor calado que el «San Genaro») y se dispuso a llevar a cabo una de las mayores heroicidades de la Historia española: entrar sólo en la bahía pasando a través del fuego enemigo. Sus últimas palabras quedarían grabadas en la historia: «Una bala de a treinta y dos recogida en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el Fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galvez-town para quitarle el miedo».
    No había vuelta atrás, Gálvez enarboló la bandera de Comandante y entró en el puerto junto dos pequeñas cañoneras y un buque de transporte. En contra de lo que se puede pensar, no sufrió serios daños por parte de las baterías enemigas y, además, atrajo el fuego sobre sus barcos. «De aquí es donde viene la leyenda que se puede leer en su escudo de armas: ‘Yo Solo’, porque pasó sin que le siguiera en principio ningún comandante», explica Moreno. «Después pasó toda la escuadra, ya que había buques que hacían frente al fuego de las Barrancas Coloradas y podían atravesar la zona con seguridad» determina el experto.
    La marcha de Calvo y la llegada de refuerzos

    Tras la entrada en la bahía de Gálvez, el resto de buques se decidieron a seguirle. ¿Todos? No. Hubo uno que se retiró, y es, según fuentes históricas, el navío en el que se encontraba José Calvo. Al parecer, el oficial decidió volver a La Habana tras ver el éxito del malagueño. Definitivamente, su misión había acabado, como más tarde le haría saber Gálvez mediante una misiva.
    Antes de llegar a su destino, sin embargo, se detuvo en Matanzas (Cuba) donde preparó minuciosamente su defensa ante las posibles acusaciones que sufriera al llegar a territorio español. ¿Se apoderó la vergüenza de él?, probablemente, pero nunca se supo a ciencia cierta. Lo que es cierto es que, al partir, dejó a la flota española sin su navío, un gran activo en la contienda.

    Tras el ataque inicial, y como estaba planeado, una fuerza terrestre española tomó posiciones para ayudar a asediar Pensacola. Pero esos no serían los únicos refuerzos que recibiría Gálvez. «Ese mes llegó una nueva escuadra de navíos, en un principio se pensaban que era enemiga y que venía a ayudar a los sitiados en Pensacola, pero descubrieron que eran españoles comandados por José Solano y Bote que acudían a socorrer a Gálvez», destaca Moreno. Con esta flota eran ya casi 8.000 los hombres preparados para iniciar el asedio en contra de los 3.000 ingleses.
    Además, a los asaltantes también se les unieron cuatro fragatas francesas con casi 800 soldados. Y es que, Francia quería aportar también en esta batalla su pequeño granito de arena (o de pólvora), para favorecer la expulsión de Florida de los ingleses y, por lo tanto, luchar a favor de la independencia de los colonos.
    La caída de Pensacola

    Tras la entrada en la bahía, todo dependía ahora de las fuerzas terrestres, comandadas por José de Ezpeleta. Este, tenía órdenes de tomar los tres fuertes que defendían Pensacola: el de la «Media Luna», el del «Sombrero» y el del «Rey Jorge». «El siguiente episodio se produjo cuando las fuerzas españolas consiguieron tomar la fortaleza de la Media Luna, donde murieron 52 británicos», explica el jefe de Cartografía.
    «A partir de ahí consiguieron pasar a la del Sombrero, luego a la del Rey Jorge y asaltar por detrás la ciudad», finaliza Moreno. La misión tocó a su fin, pues en menos de diez días Pensacola se rindió a los españoles. Las Barrancas Coloradas fueron las siguientes en abandonar la defensa, y es que, tras la caída de la ciudad, poco tenían que hacer ante el arrojo de Gálvez.
    Una tormenta imperfecta

    Una vez finalizada la contienda un nuevo enemigo se asomó entre las nubes: un huracán que causó grandes problemas a los españoles entre el 5 y el 6 de mayo de 1781, como bien puede apreciarse en una de las últimas viñetas del mapa. «Se puede ver como el autor dibuja una mar rizada y los barcos inclinados con sensación de movimiento», sentencia el experto. Sin embargo, no hubo que lamentar grandes daños, ya que los buques se retiraron de la costa y acudieron a proteger la entrada de la bahía frente a posibles refuerzos ingleses.



    Bernardo de Gálvez

    A pesar de las pocas bajas que sufrieron los dos bandos durante esta contienda (74 españolas por 145 inglesas), sin duda la de Pensacola fue una de las batallas que favoreció la independencia de los EE.UU. Y es que, gracias a la toma de la ciudad, se abrió otro frente para los ingleses, que se vieron obligados a destinar soldados a las inmediaciones de la zona descuidando en cierta manera la lucha contra los colonos.
    La hazaña le valdría a José Solano y Bote el título de «Marqués del Socorro» por la ayuda prestada. A su vez, Gálvez recibiría gracias a la toma de Pensacola el nombramiento de mariscal de campo, además de un título que no le abandonaría jamás… «Yo solo».
    En la España descafeinada de hoy, apenas nadie recuerda aquellos avatares acaecidos en la Florida a fines del siglo XVIII. Si preguntáramos en un instituto, Universidad o redacción de periódico (sí, también) qué es Pensacola nos sorprenderíamos con la respuesta. Eso será en España, porque en EE.UU. aún tienen claro que sin el arrojo de Bernardo de Gálvez quizás todo habría sido diferente.
    PD- No se pierdan las conferencias sobre el Mapa de la Batalla de Pensacola los próximos 25 de noviembre y 30 de diciembre en el Museo Naval de la Armada, en Madrid.
    4 preguntas al Comandante General de la Infantería de Marina, Pablo Bermudo y de Espinosa (General de División)

    E.V./M.P.VMADRID
    1. ¿Qué importancia tiene la Batalla de Pensacola para la Armada de hoy y la Infantería de Marina en particular?
    Lo más destacable es, sin duda alguna, la trascendencia de haber participado de una manera directa y decisiva en el proceso de independencia de los Estados Unidos de América. Este vínculo histórico continúa presente hoy en día y se pone de manifiesto en las excelentes relaciones existentes entre la Fuerzas Armadas de ambos países, y en particular de la Infantería de Marina y el Cuerpo de Marines estadounidense.
    2.¿Por qué cree que es tan desconocida en España esta batalla, por otra parte vital para la independencia nada menos que de EE.UU.?
    A diferencia de lo que ocurre en EE.UU y en otros países de nuestro entorno, la atención prestada hacia la historia militar en España constituye todavía una asignatura pendiente en todos los ámbitos del sistema educativo. Nuestro pasado está repleto de hechos gloriosos de los que debemos sentirnos orgullosos, ya no solo como militares, sino como españoles y que deben ser rescatados del «baúl de los recuerdos» dado que constituyen un excelente ejemplo de valores tan importantes y necesarios hoy en día como son el honor, el valor, la disciplina y la lealtad.
    3. ¿Cómo eran aquellos infantes de Marina del último tercio de siglo XVIII?
    Me atrevo a decir que el lema actual del Cuerpo de Infantería de Marina define perfectamente cómo eran aquellos infantes de finales del Siglo de las Luces, unos «valientes por tierra y por mar».
    4.¿Cómo definiría la personalidad y visión militar de Bernardo de Gálvez?
    El carácter expedicionario que ha caracterizado a la Armada y, en particular a la Infantería de Marina prácticamente desde su creación en 1537 (recordemos que es la más antigua del mundo) ha marcado la personalidad de todos sus miembros desde siempre. Bernardo de Gálvez fue un militar destacó por su extraordinario valor y honor, virtudes humanas que han movido muchas veces la rueda de nuestra historia.

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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Cuando el pueblo llano de Tenerife «arrancó» el brazo al almirante Nelson

    Para escarnio del inglés, Canarias no es solo un lugar de «sol y playa», allí la Pérfida Albión sufrió una humillante derrota en su intento por someterlas. El héroe de Trafalgar prometió no volverlas a atacar

    NATIONAL MARITIME MUSEUM


    Detalle del cuadro de Richard Westall que recrea el desmayo de Nelson al ser herido en su brazo derecho en Tenerife


    Hubo un tiempo en que los insignies habitantes de la Pérfida Albión llegaban a las costas de España con otro propósito bien distinto al del «sol y playa». Eran ingleses a la caza de nuevos territorios para su Corona y sus intereses estratégicos en los mares y negocios hacia América y costa occidental africana. Tal fue el caso de aquellos días calurosos del 22 al 25 de julio de 1797 cuando el todavía contralmirante Horatio Nelson -aquel que ya Londres exhibe con orgullo en su corazón de Trafalgar Square- se propuso conquistar Santa Cruz de Tenerife y con ello poner en jaque las siempre estratégicas Islas Canarias.
    Pero el héroe británico se topó con el arrojo y determinación de todo un pueblo, el tinerfeño, que comandado por el General Antonio Gutiérrez de Otero (Aranda de Duero, 1729-Tenerife, 1799) puso fin a la osadía del inglés al que la escaramuza le costó la parte inferior del brazo derecho y apunto estuvo de costarle la vida que perdería ocho años más tarde en las aguas de Trafalgar.
    ABC


    Retrato de Horatio Nelson, por Abbot

    «Labriegos, pescadores, artesanos, criados, en suma el pueblo llano de un extremo a otro de la isla defendió la ciudad de Santa Cruz de Tenerife», explica Jesús Villanueva Jiménez, autor de la novela histórica «El fuego de bronce» (Ed. Libros Libres) que recrea con minuciosidad la gran gesta del 25 de julio. Con su autor, nos adentramos en aquel episodio de la Historia de España difuminado y olvidado como tantos otros. Y con una figura que sobresalió sobre todas: el general burgalés Gutiérrez de Otero.
    Razones estratégicas del ataque a Tenerife

    Pero, ¿por qué decidió el Reino Unido lanzarse a la conquista de Tenerife? ¿Qué llevó a Nelson a plantarse frente a sus costas la madrugada del 22 de julio con 2.000 hombres y 393 bocas de fuego? La respuesta la encontramos en la derrota que sufrió la Armada española cinco meses antes en el Cabo de San Vicente.
    «La oportunidad de tomar Santa Cruz, la plaza fuerte más importante y sede de la Capitanía General de Canarias, se presentó a comienzos de la primavera de 1797. Por entonces, la Armada española se encontraba bloqueada por la británica en la bahía de Cádiz, después ser vencida el 14 de febrero frente al cabo de San Vicente. La oportunidad la apreciaron tanto Nelson como su jefe directo, el almirante John Jervis, jefe de la flota del Mediterráneo. A partir de una carta que Nelson dirige a Jervis, fechada el 12 de abril de 1797, se fragua el proyecto de invasión. En ésta y otras misivas, queda rotundamente demostrado que la intención británica era la de invadir Tenerife para por etapas tomar todas la islas».
    La importancia geoestratégica de Tenerife y todo el archipiélago canario era la razón de peso para un Imperio británico con sede de dominios españoles en ultramar: «No sólo Tenerife, todo el Archipiélago Canario era ambicionado por Gran Bretaña, ya que sus islas podían suponer una extraordinaria plataforma atlántica para el refugio y avituallamiento de la Royal Navy, dado los intereses británicos en el Nuevo Continente».
    Madrugada del 22 de julio

    Y así fue como la madrugada del 22 de julio las huestes británicas y sus ocho buques, aprovechando la absoluta oscuridad, se situaron frente a la costa tinerfeña para iniciar el desembarco. La escuadra inglesa la formaban los navíos de línea «Theseus» (donde enarboló su insignia el contralmirante), el «Culloden», el «Zealous», las fragatas «Seahorse», «Emerald» y «Terpsichore», el cúter «Fox» y la bombarda «Rayo» (el navío «Leander», procedente de Lisboa, se unió a la expedición la mañana del 24). Un total de 393 bocas de fuego y 2.000 hombres, instruidos, experimentados y bien armados. El plan parecía llegar a buen puerto.
    Por su parte, las defensas de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife la componían tan solo unos 60 artilleros veteranos y 320 de milicias (para servir 89 cañones en 16 baterías), 247 soldados del Batallón de Infantería de Canarias, 60 de las banderas de La Habana y Cuba, 110 de «La Mutine» (una corbeta francesa que fue capturada en la rada santacrucera dos meses antes por los británicos) y los regimientos de milicias de La Laguna, La Orotava, Garachico, Güímar y Abona, unos 900 campesinos (incluidos los agregados a las baterías) con escasísima formación militar y armados con aperos en su mayoría. Al frente de la defensa estaba el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero, ya un hombre de 68 años.
    ABC


    Gutiérrez de Otero

    «Aquella madrugada del 22 de julio los ocho buques ingleses se situaron frente a la costa de Santa Cruz; se botaron 30 lanchas con 900 hombres, al mando del capitán Trowbridge, comandante del Culloden. La marea contraria retrasó el avance y fueron descubiertos al amanecer. Desde el castillo de Paso Alto, el fuego de los cañones les hizo retroceder a los buques; la sorpresa se había frustrado».
    A las 9 de la mañana, Nelson ordenó otro desembarco, costase lo que costase. El plan consistía en asaltar el castillo de Paso Alto y desde este cañonear al principal, el de San Cristóbal (donde se hallaba Gutiérrez y su plana mayor), mientras la infantería atacaba desde tierra. Esta vez los 900 hombres lograron desembarcar en la playa del Bufadero (al noreste de Santa Cruz), pero 200 españoles les cortaban el paso desde la vecina cumbre de Paso Alto, lo que obligó a los invasores a resguardarse en el alto del Ramonal. Entre ambas fuerzas el amplio Valleseco.
    «Bajo un sol de justicia, se cruzaron disparos de mosquete y de algún cañón de campaña (llamados violentos). Sin agua ni alimentos, y ninguna posibilidad de avanzar, Trowbridge ordenó la retirada al atardecer. Nelson debía estar exasperado; sus planes no marchaban, así que decidió ordenar un ataque masivo», explica el autor de «El fuego de bronce».

    El ataque británico, por Francisco Aguilar (Museo Naval)

    La noche del 24 de julio 1.300 hombres embarcaron en 30 lanchas, el cúter «Fox» y un pesquero isleño apresado días antes. «El objetivo era desembarcar en tromba por la playa a la derecha del castillo Principal y por las desembocaduras de los barrancos a la izquierda del mismo, para inmediatamente asaltar y rendir el castillo de San Cristóbal», explica Jesús Villanueva. A la 1.30h. del 25 de julio, fueron descubiertos los botes desde la batería de la cabeza del muelle. Bajo el fuego incesante de los cañones del muelle y de las baterías de San Cristóbal, Santo Domingo, San Pedro, Paso Alto, San Telmo y La Concepción, en torno a 700 hombres consiguieron desembarcar, la mayoría por la desembocadura del barranquillo del Aceite y por la caleta de Blas Díaz.
    «Apenas un puñado de ingleses lograron hacerlo por la playa a la izquierda del castillo Principal, convertida en un infierno por la metralla del cañón “El Tigre”, cuya tronera, enfilando la playa, se había abierto el día anterior por iniciativa providencial del teniente Francisco Grandi Giraud. Nelson, gravemente herido, fue reembarcado al Theseus; a vida o muerte, el cirujano tuvo que amputarle el brazo derecho por encima del codo. Para colmo de males para los británicos, el cuter "Fox" fue hundido por la artillería española, yéndose a pique en pocos minutos con 150 hombres, más munición, armas y pertrechos para la toma del castillo de San Cristóbal».
    La capitulación inglesa: palabra de Nelson

    Durante la madrugada del 25 de julio, los enfrentamientos en las playas, las calles y plazas de Santa Cruz, fueron continuos y sangrientos. Desde las esquinas de las casas, en la penumbra, los del Batallón de Infantería de Canarias disparaban a los británicos que trataban de reorganizarse para asaltar el castillo. Éstos, desorientados, se dispersaron por el pueblo. El general Gutiérrez dividió en cuatro el Batallón de Infantería, a cuya sección agregó contingentes de milicianos, y los posicionó de forma que barrieran los británicos desperdigados por el pueblo.

    «La capitulación inglesa», un óleo de Nicolás Alfaro (Museo Naval)

    «Al amanecer, los españoles lograron acorralar a todas las tropas desembarcadas, en torno al convento de Santo Domingo, donde se refugiaron los invasores. Nelson, recién operado, ordenó un último intento de desembarco de 200 hombres de refuerzo en quince lanchas, pero a la luz del alba fueron masacrados por la artillería de costa. Los sitiados en el convento (ignorantes de la situación de Nelson) decidieron capitular, bajo determinadas estipulaciones». La capitulación se firmó en el castillo de San Cristóbal esa mañana del 25 de julio de 1797. El general Gutiérrez por parte española, y el comandante del Zealous, Samuel Hood, por la británica. Gutiérrez aceptó un reembarque con armas, al toque de las cajas de guerra, con la condición, bajo la palabra de honor del propio Nelson, de que ninguna otra escuadra inglesa atacase Canarias, además de que los propios vencidos llevaran a Cádiz una misiva con destino Madrid, con la noticia de la victoria española. Palabra que cumplieron los ingleses.Los heridos fueron atendidos con total humanidad, hecho que el propio Nelson agradeció a Gutiérrez en la primera misiva que firmaba el inglés con su mano izquierda. Carta que se conserva.
    ¿Cuál fue el desenlace de la batalla que perdió Nelson? De los 1.300 británicos que desembarcaron, casi 700 resultaron muertos o heridos, por 24 españoles caídos. En Santa Cruz quedaron armas, pertrechos y, especialmente, dos banderas británicas (que hoy se exhiben en el museo del Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias, en el establecimiento de Almeyda, en Santa Cruz de Tenerife) capturadas en combate aquella jornada del 25 de julio de 1797.
    La importancia de Gutiérrez de Otero

    En la defensa de Santa Cruz de Tenerife jugó un papel absolutamente fundamental el general Gutiérrez de Otero, quien conocía a la perfección las tretas y tácticas inglesas en la mar y frente a las costas españolas y a los que había vencido en dos ocasiones: «Al mando de las tropas de desembarco los expulsó de Puerto Egmont, en la Gran Malvina, en 1770, y en la recuperación de Menorca en 1782. Así que supo anticiparse, tanto en la estrategia como en la táctica. Los términos de la capitulación son una muestra de su sensatez y sangre fría».
    Otro de los personajes fundamentales de esta batalla fue una campesina del de San Andrés, cuya indentidad es desconocida, y que dio la voz de alarma al amencer del 22 de julio a los centinelas del castillo de Paso Alto cuando se dirigía a vender sus productos.
    ABC


    El escritor Jesús Villanueva

    Pero sin duda si hubo un héroe gigante en esa contienda que reafirmaría más si cabe la españolidad de la isla de Tenerife fue su pueblo unido a su Ejército regular, que como nueve años más tarde en la Península -esta vez contra la locura de Napoleón en España- luchó con bravía y con un todos a una contra el invasor: «Mención especial quiero hacer de las valientes aguadoras de Santa Cruz, que la mañana del 22 de julio, jugándose literalmente la vida, subieron por tres veces agua, alimentos y pertrechos a los defensores españoles que cortaban el paso a los invasores en la escarpadísima cumbre de Paso Alto», puntualiza Jesús Villanueva Jiménez.
    Ya sabe el lector... si acude a la siempre bendecida tierra canaria de Tenerife... recuerde que allí se defendió su pertenencia a España a sangre y fuego un caluroso julio de 1797, que allí el almirante venerado por el Reino Unido salidó derrotado y tullido, que el pueblo llano se aupó en la victoria junto a su Ejército en una de las grandes gestas de nuestra Historia.
    Cuatro preguntas para el escritor Jesús Villanueva: «Nuestra Señora de la Candelaria no quiso ser inglesa»

    e. villarejo
    - ¿Por qué falló el plan de Nelson?
    - Falló por varios motivos. Primero por el acierto del plan de defensa elaborado con anticipación por el general Gutiérrez, quien sospechó que los británicos aprovecharían la oportunidad que ofrecía tener a la flota española bloqueada en Cádiz, con el consiguiente desamparo de las Canarias. El que durante meses antes de aquel julio buques británicos estudiaran la costa con descaro (fuera del alcance de los cañones españoles), e incluso robaran una fragata española y una corbeta francesa de la misma rada santacrucera, en dos noches muy oscuras, delataba sus intenciones. Ya en la madrugada del 19 de julio, el vigía Domingo Palmas, desde la atalaya de la punta de Anaga, avistó la flota enemiga y avisó a Santa Cruz. Esa atalaya, junto a otras que rodeaban la isla, era parte del plan de defensa. Cuando llegó la escuadra de Nelson, Santa Cruz los esperaba.
    Por su parte, Nelson menospreció las fuerzas defensoras; no conocía las mareas extrañas de las costas Canarias; y, por supuesto, cometió una temeridad al tratar de desembarcar al frente de sus hombres la madrugada del 25. Le costó un brazo, casi la vida, y la incertidumbre y abatimiento de los ingleses que tomaron tierra.
    Y además, de la misma manera que la Virgen del Pilar no quiso ser francesa, Nuestra Señora de la Candelaria, patrona de Canarias, cuya imagen ya se alzaba frente en Santa Cruz mirando al mar, no quiso ser inglesa sino capitana de las tropas chicharreras.
    - Si Nelson hubiera muerto… ¡cómo hubiera cambiado la Historia! ¿Cómo se salvó?
    - Se salvó porque junto a él iba su hijastro, el teniente Nesbitt, que le hizo un torniquete con su cinturón y ordenó a los marineros a dar la vuelta al bote y dirigirlo al «Theseus». De no ser así, se hubiese desangrado. Si Nelson hubiese muerto en la playa de Santa Cruz, no hubiese actuado de manera decisiva en las victorias británicas de Copenhage, Abukir y Trafalgar, por lo que el curso de la Historia podía haber cambiado y las pretensiones de Napoleón se podían haber visto favorecidas. Nada más y nada menos.
    - ¿Por qué es tan desconocida esta historia en España?
    - Porque, desgraciadamente, los historiadores españoles no se han ocupado de ella. De hecho, de no ser por la labor de investigación y divulgación que durante los últimos 17 años lleva realizando la Tertulia de Amigos del 25 de Julio, a la que tengo el honor de pertenecer desde hace dos, la Gesta, como en Canarias la llamamos, se hubiese perdido en el olvido y el desconocimiento más absoluto. En general, penosamente, los españoles desconocemos nuestra grandiosa Historia, cuando no la denostamos y menospreciamos, todo lo contrario de lo que sucede, por ejemplo, en el Reino Unido.
    - Sin embargo, en Londres se venera aún a Nelson. Con una estatua en el corazón de la ciudad. ¿Cómo se valoran los hechos del 25 de julio de 1797 en la historia sajona?
    - Los historiadores británicos han defendido, y siguen haciéndolo, la teoría de que a Santa Cruz de Tenerife se vino a apresar un valioso cargamento, poco menos que a saquear el puerto y a nada más. Semejante argumento no es más que una argucia (que ni ellos mismos se creen) para mitigar en lo posible el valor de la derrota sufrida, no sólo por la Royal Navy, sino por su idolatrado Lord Nelson.
    Desde el día siguiente de su estrepitosa derrota, las publicaciones británicas multiplicaron hasta por cinco el número de los defensores españoles en Santa Cruz, valga como ejemplo del mal perder inglés. Hoy por hoy, siguen ocultando en las biografías de Nelson su única derrota, la sufrida en Santa Cruz. Y en el mejor de los casos se menciona como una refriega menor. De hecho, se ignora por la inmensa mayoría de británicos dónde perdió el brazo el más ilustre de sus marinos.






    Sangre y can. Diez batallas navales que enfrentaron a espaoles e ingleses - abcdesevilla.es

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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Brión, el día que 2.000 españoles resistieron el ataque de 10.000 casacas rojas

    wikimedia


    Fuerte de La Palma

    Han sido muchas las ocasiones en las que la Royal Navy ha caído presa del ardor y valentía de los buques de guerra hispanos. No obstante, pocas han marcado tanto la Historia como la batalla de Brión, una contienda en la que, poco más de 2.000 españoles, resistieron el envite de una flota formada por un centenar de buques ingleses y más de 10.000 casacas rojas.
    El año de este enfrentamiento fue el 1.800, apenas cuatro veranos después de que España hubiera firmado un tratado militar con Francia mediante el cual ambas potencias se comprometían a unir sus flotas contra Gran Bretaña. Sin embargo, parece que este acuerdo no gustó demasiado en Albión, donde, en un intento de contrarrestar a la armada combinada, se intensificaron los ataques contra los buques hispanos que –desde hacía 300 años- llegaban de las Indias cargados de riquezas.
    En esos menesteres andaban las relaciones entre ambas potencias cuando el inglés, siempre deseoso en aquellos tiempos de buscar la desgracia española, elaboró un cruel plan con el que dar un golpe sobre la mesa ante la creciente potencia naval española. Concretamente, desde Londres se planeó iniciar un gran ataque sobre uno de los principales puertos de nuestra tierra, el de la Ría de Ferrol, el cual carecía, además, de defensas suficientes para resistir un asalto lo0 suficientemente coordinado.
    «El pueblo se hallaba abandonado y entregado a su triste muerte. Su posición era, pues, muy propia para que cualquier enemigo, menos poderoso aún que la Inglaterra, lo atacase y aniquilase, destruyendo de un solo golpe de mano los notables establecimientos navales», señala el experto en historia ferrolana José Montero Aróstegui (1.817-1.882) en su popular obra «Historia y descripción de la ciudad y departamento naval de Ferrol».
    Camino hacia España

    Como era usual cuando se hablaba de derramar sangre española, Inglaterra no escatimó en gastos. «Corría el día 25 de agosto cuando la expedición inglesa, mandada por el almirante Warren, se presentó al frente de las costas de Ferrol. Componíase de 7 navíos de guerra, dos de ellos de tres puentes; 6 fragatas, 5 bergantines, 2 balandras, una goleta y 87 buques de transporte, que conducían tropas de desembarco al mando del teniente general Pultney. Según los papeles de Inglaterra, ascendía este ejército a 13.000 hombres», añade el experto en su obra.

    No falló en sus conjeturas el inglés pues, cuando los navíos llegaron a las cercanías de Ferrol, ningún barco de guerra español salió a darles la bienvenida a base de cañón. Casi con las puertas abiertas, nuestros enemigos desembarcaron cerca de la playa de Doniños, ubicada al norte de la Ría, unos 10.000 infantes. La noticia fue una increíble sorpresa para los oficiales encargados de la defensa, los cuales se encontraban de celebración y reaccionaron tarde al ataque.
    Con todo, y cuando el peligro se hizo evidente, todas las alarmas saltaron en el puerto y se iniciaron los preparativos para tratar de resistir el inmenso asedio. «La defensa del puerto se encontraba tan mal preparada, que la plaza y los fuertes de la ría carecían de tropas (y) ni un solo cañón estaba montado, (incluso) el depósito de armas de chispa carecía de lo preciso para su manejo», destaca Montero.
    Primeros enfrentamientos

    A pesar de ello, una flota española que había amarrada en el puerto tomó posiciones para bloquear la entrada a la Ría (lugar al que no habían llegado los buques enemigos). A su vez, se armó a 500 infantes, los cuales recibieron órdenes de dirigirse a marchas forzadas hacia las afueras de Brión -un pueblo ubicado a 8 Km de la playa de Doniños- para interceptar el avance de los casacas rojas.

    Estos hombres tenían sobre sus fusiles una gran responsabilidad: ganar tiempo hasta que las principales fuerzas españolas estuvieran preparadas. Y es que, si los enemigos rebasaban Brión, tendrían el camino libre hasta el castillo de San Felipe, una de las pocas defensas con las que resistir un ataque frontal de la armada británica.
    Bien sabían esto los soldados hispanos pues, aquella noche, detuvieron a base de plomo y espada a nada menos que 4.000 ingleses hasta que, extenuados, se vieron obligados a retirarse y cobijarse en el Brión. A pesar de la derrota, esto detuvo la acelerada marcha de los casacas rojas, que prefirieron no asaltar el pueblo con la llegada de la oscuridad.
    Asalto en Brión

    Por suerte, durante la noche los oficiales tuvieron tiempo para armar las defensas del castillo de San Felipe y posicionar varios navíos con los que detener un posible avance de la armada enemiga. Pero, a pesar de ello, todos sabían que la victoria se dirimía realmente en las afueras de Brión, donde los españoles enviaron toda la infantería que pudieron reunir: 2.000 hombres al mando del mariscal Conde de Donadio. Estas fuerzas se enfrentarían a más de 9.000 ingleses que, aprovechando también la marcha del sol, habían reforzado su línea.
    Con las piezas colocadas, únicamente quedaba esperar a que rompiera el alba en la jornada del 26 de agosto para jugar esta macabra partida de ajedrez. «Apenas los primeros albores de la aurora pudieron hacer ver a los combatientes sus respectivas posiciones rompieron un vivo fuego. Las tropas de primera línea atacaron al enemigo con admirable serenidad, unión y valor, obligándole a abandonar con grandes pérdidas la ventajosa posición que tenía», determina el experto.
    Pero ni siquiera la tenacidad española bastó para resistir al inglés y, aunque los defensores lograron incluso tomar algunas posiciones enemigas en los comienzos de la contienda, finalmente el ingente número de soldados británicos acabó por rebasar las líneas hispanas. Superados, ahora solo quedaba a los nuestros retirarse hasta la plaza de Ferrol, precariamente defendida, y acabar con el mayor número posible de casacas rojas antes de morir.
    Los ingleses, por su parte, iniciaron los preparativos para atacar el castillo de San Felipe para avanzar después sobre la ciudad. No obstante, las defensas del enclave resistieron gracias a varias piezas de artillería que, a base de esfuerzo y fe, habían sido colocadas en un breve período de tiempo por los españoles.
    Una incomprensible retirada

    Sin embargo, aquel mismo día, y después de que la pérfida Albión tratara sin éxito de tomar San Felipe, un milagro quiso que los ingleses, por alguna razón, reembarcaran en sus buques e iniciaran una retirada a toda prisa hacia su tierra. Aún hoy, únicamente existen conjeturas –más o menos creíbles- sobre lo que pudo acabar con la moral de los británicos e impidió que tomaran la Ría.
    «El enemigo, viendo el resultado de sus infructuosos ataques, la actitud guerrera de los buques y baterías, el considerable número de gente que cubría el recinto de los arsenales y de la plaza, las columnas volantes distribuidas por aquel quebrado territorio, y el aparato y decisión de un pueblo dispuesto a resistir vigorosamente su entrada; unido todo a la feliz circunstancia del amago de mudanza de tiempo, que sin duda hubiera hecho perecer en estas costas tan formidable convoy, había (…) reembarcado a las cuatro de la tarde del día 26 (…) con tal precipitación que dejó abandonados en las playas (…) caballos, tablonería, picas, sacos, tres lanchas y un bote que zozobraron», sentencia el autor español.

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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    La sangrienta defensa contra el inglés en la Bahía de Algeciras

    a. l. morel-fatio


    La batalla de la Bahía de Algeciras

    Con sable, cañón, y una férrea decisión de derramar sangre británica. Así combatieron el 6 de julio de 1.801 los artilleros españoles que, desde la Bahía de Algeciras, apoyaron con su fuego a una flota francesa cercada por la Royal Navy. Aquella jornada, los altivos ingleses, que contaban con una mayor potencia naval, clavaron la tapa de su propio ataúd al menospreciar la capacidad de las baterías de costa hispanas, las cuales, a base de una incansable lluvia de muerte, obligaron a los oficiales enemigos a correr –o navegar- por sus vidas.
    Para comprender los sucesos acaecidos en la batalla de Algeciras es necesario retroceder en el tiempo hasta 1.801, año en que Napoleón Bonaparte, ansioso como estaba de desbaratar a la pérfida Albión, firmó un tratado con España mediante el que ambos territorios formarían una armada con la que reducir el poderío naval inglés en el Mediterráneo. Mediante este acuerdo, los galos pretendían a su vez reforzar lo poco que quedaba de su escuálida flota y acudir en rescate de los soldados franceses que seguían combatiendo desesperadamente en Egipto.
    Una vez suscrito el tratado, las armadas de ambos países determinaron que se reunirían en aguas españolas para plantar cara de una vez por todas al inglés. «En las clausulas adicionales al tratado se dictaron las disposiciones militares, de tal forma que dos contingentes navales galos, al mando de los contralmirantes Linois y Dumanoir, saldrían de los puertos de Tolón y Cherburgo para unirse en Cádiz a la escuadra del Almirante Moreno» determina el Coronel Jefe del Regimiento de Artillería de Costa nº 5 Rafael Vidal Delgado en su obra «El fuerte de Santiago y la batalla de Algeciras».
    Un fatídico encuentro

    En virtud de estos términos, y a principios del verano de 1.801, el conde de Linois dirigió una parte de las fuerzas galas hacia aguas españolas para reunirse con la armada hispana. Bajo sus órdenes, el franco contaba con dos navíos de 80 cañones (el «Indomptable» y «Formidable»), otro de 74 (el «Desaix») y la fragata «Muiron». En principio, el viaje pareció plácido y fructífero para esta pequeña armée, pues en el trayecto llegaron incluso a capturar el navío de un conocido corsario inglés.
    Sin embargo, la alegría de Linois pronto se diluyó en el mar cuando supo que los ingleses se habían enterado de sus planes y habían armado una flota para interceptar en Cádiz a los cuatro buques galos. La situación se puso difícil para los franceses que, ante la imposibilidad de dirigirse hacia el Atlántico debido al mal tiempo, decidieron fondear y plantar batalla a la Royal Navy en la pequeña Bahía de Algeciras.

    En este lugar, a su vez, los franceses esperaban poder resistir los envites de los infames ingleses con ayuda de varias piezas de artillería que los españoles tenían situadas en las inmediaciones, además de una docena de pequeñas lanchas cañoneras (navíos pequeños y veloces de un único cañón).
    Los ingleses –al mando del almirante Saumarez- no tardaron en iniciar la marcha hasta Algeciras en cuanto conocieron los planes galos. De hecho, los defensores pudieron ver a las pocas horas como una imponente flota de 6 navíos (uno de 80 cañones y el resto de 74) y una fragata hacían su entrada en la bahía con la artillería preparada. Acababa de iniciarse el combate.
    La tranquilidad antes de la lucha

    Con casi 400 cañones, por los apenas 300 de la alianza franco-española, los ingleses sabían que contaban con una gran ventaja. Sin embargo, la armada combinada se aprestó a la defensa poniéndose en manos de las baterías costeras, las cuales estaban formadas por unos cañones temibles que, para su desgracia, la pérfida Albión infravaloró.

    «En la mañana del día 6 (de julio) aparecieron las velas inglesas por Punta Carnero, extremo suroeste de la bahía. (…) La flota enemiga entró confiada en su aplastante superioridad pretendiendo (…) remontar la línea franco-española en toda su longitud, por el lado de la costa, en tanto que los restantes atacaban por el lado de mar abierto», añade Vidal en su obra. Concretamente, Saumarez buscaba atravesar la línea francesa con la mitad de sus navíos para atrapar a los galos entre dos fuegos. No obstante, parece que no contó con la efectividad de los cañones hispanos.
    Por su parte, Linois decidió no arriesgar haciendo uso de extravagantes estrategias y apostó por la clásica inmovilidad defensiva francesa. Para ello, desplegó sus buques en línea y con las velas recogidas. A su vez, e intuyendo la maniobra inglesa, ordenó anclar sus navíos lo más cerca posible de la costa para aprovechar al máximo el fuego de las baterías españolas e impedir que Saumarez le envolviera.
    Comienza la batalla

    Tuvo que pasar casi media hora hasta que los ingleses abrieran fuego. Así, aproximadamente a las 8:35 de la mañana, la armada británica inició sobre los buques galos un fuego ensordecedor que, sin duda, provocó que se encogiera el corazón de los defensores.
    Al poco, Saumarez comprendió que no debía haber subestimado los baterías de los defensores. Y es que, tras poco más de una hora de contienda, el fuego hispano que se escupía desde tierra había provocado un daño irreparable en los altivos barcos ingleses. El primer buque que sufrió las consecuencias del error garrafal del oficial fue el «Pompee», el cual, a base de bola de cañón española, quedó inmovilizado y tuvo que ser remolcado.
    El «Hannibal» en problemas

    Tampoco marchaban bien las cosas para otro de los navíos ingleses, el «Hannibal». Este, tras haber sido cañoneado por los españoles, había encallado mientras intentaba rodear a los buques franceses. Con el buque detenido, los artilleros hispanos no pudieron más que esbozar una sonrisa mientras apuntaban cuidadosamente su artillería hacia esta improvisada diana.
    Ni siquiera los hombres enviados por Saumarez en su ayuda pudieron salvar al buque de su aciago destino. «Poco antes de la una de la tarde, el capitán Ferris del “Hannibal” ordenó arriar el pabellón, rindiéndose e incluyendo en la misma a las tripulaciones de los botes que le había enviado su almirante para desencallarlo», completa el militar español.
    La marcha del inglés

    Sobre la una de la tarde, tras casi cinco horas de combate, el panorama era dantesco para los ingleses: ninguno de los buques había logrado romper la línea francesa y los daños eran innumerables. A su vez, los defensores habían impedido a los ingleses desembarcar infantería con la que asaltar las posiciones españolas en la costa. Así, con la sangre tiñendo la madera de los navíos de Albión y los cañones transformando en astillas la, hasta entonces, indomable flota británica, Saumarez tocó a retirada.
    «La batalla estaba perdida para los británicos. Saumarez pensó que era probable que hundiera a todos los buques franceses, pero le era imposible destruir a las baterías de costa españolas, que, incansables, lanzaban sus bolas de muerte sobre sus barcos. (…) (Finalmente) Saumarez dio la batalla por perdida y ordenó la retirada hacia Gibraltar», sentencia el autor.

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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Finisterre, la cruel e incomprensible derrota de la armada española

    William Anderson


    Acción del Almirante Sir Robert Calder en Cabo Finisterre

    El mar gallego ha sido testigo mudo durante años de multitud de victorias protagonizadas por nuestros navíos, sin embargo, también lo ha sido de dolorosas e imborrables derrotas. Precisamente una de ellas es la que se produjo el 22 de julio de 1.805 cuando una expedición formada por buques hispanos y franceses se enfrentó a una flota inglesa de menor número. Ese día, y de forma incomprensible, el mando conjunto francés provocó una derrota que ni el arrojo español pudo salvar.
    Vientos de guerra se cernían sobre los mares y océanos en 1.805. Y es que, como venía siendo tradición, Francia -ahora comandada por Napoleón Bonaparte- se encontraba por aquellos años en guerra contra Gran Bretaña. Sin embargo, parece que las incontables jornadas de contienda ya habían cansado al «pequeño corso» que, al fin, decidió que era hora de acabar con aquellas molestas islas haciendo uso de la fuerza.
    Para ello, Napoleón planeó una ambiciosa operación que consistía en atravesar con sus tropas el Canal de la Mancha y plantar batalla al inglés en su propia tierra. Con todo, y si quería llevar a cabo su plan, el galo necesitaba que la flota británica que defendía la zona dejara aquellas aguas libres para sus buques de transporte.
    Dicho y hecho. Conocidas sus necesidades, la maquiavélica mente de Napoleón empezó a cavilar un plan en el que incluyó a la que, por entonces, era su aliada: España. Según sus órdenes, una flota franco-hispana partiría hacia el sur de América para, a base de cañón y mosquete, dar toda la batalla posible a los buques de Albión que había en la zona. Después, y una vez que parte de la Royal Navy hubiera izado velas para interceptar a los barcos del «pequeño corso», estos volverían rápidamente a Francia para transportar a la «Grande Armée».
    Se inician los preparativos

    Complicado sí, pero no imposible. Bajo esta premisa partió de las aguas europeas a mediados de abril una flota al mando del almirante galo Villeneuve, el cual tenía bajo sus órdenes una veintena de navíos de línea (seis de ellos españoles dirigidos por el general Gravina).y siete fragatas.
    «El 10 de abril, sin haber perdido día, hacían camino hacia las Antillas juntos los 17 navíos y sus respectivas fragatas», explica el historiador y militar Cesáreo Fernández Duro (1.830-1.908) en su obra «Historia de la Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón». Finalmente, y tras un viaje tranquilo, el 13 de mayo la armada combinada llegó a su destino.
    Vuelta a Francia

    Unas semanas después, tras capturar y llevarse al fondo a más de un buque inglés, la armada recibió al fin la orden que esperaban: debían volver a Europa y transportar a las tropas de Napoleón que esperaban en Boulogne (ubicada en el norte de Francia). Sin más dilación, los buques levaron anclas hacia el Canal de la Mancha mientras parte de la flota británica llegaba a las Antillas para plantarles cara.
    A su vez, a Villeneuve se le disiparon todas las dudas sobre la importancia de la misión cuando recibió de su país una carta en la que, según recoge en su obra Duro, se podía leer lo siguiente: «Del éxito de la llegada ante Boulogne dependen los destinos del mundo. Dichoso el Almirante que asocie su nombre a la gloria de tal acontecimiento».
    Por su parte, Inglaterra no se mantuvo cruzada de brazos, sino que, en cuanto tuvo constancia de la vuelta a Europa de los buques españoles y franceses, envió para interceptarlos una flota comandada por el vicealmirante Robert Calder. «El 15 de julio cruzaba el lugar recomendado el almirante Robert Calder con 15 navíos, cuatro de ellos de tres puentes, dos fragatas y dos avisos. Por noticias expedidas (…) se suponía que la armada franco-española no pasaba de 16 navíos medianamente armados y que podrían batirlos con superioridad los 15 ingleses», determina el experto español.
    Tras sufrir varios días de mal tiempo, las dos armadas se encontraron en la mañana el día 22 en aguas del Cabo de Finisterre (ubicado en Galicia). Así, sin más posibilidad que la de derramar sangre para honrar y tratar de poner en práctica el plan de Bonaparte, las inmensas embarcaciones españolas y francesas prepararon pólvora y estoques para mandar al fondo del océano a los casacas rojas.
    Comienza la batalla

    Aquella jornada las pésimas condiciones meteorológicas parecían aventurar la matanza que se iba a producir. Y es que, entre los navíos se levantó una espesa niebla que redujo notablemente la visibilidad de los marineros. Fuera como fuese, sin casi discernir al enemigo o incluso a ciegas, los buques comenzaron a formar para caer sobre el enemigo sin piedad.
    Al momento de avistar a los ingleses, la armada franco-española se desplegó formando una extensa línea a la cabeza de la cual se destacaron los navíos españoles. «Mandó el jefe inmediatamente formar línea de combate (…) tomando la vanguardia los seis navíos españoles, con el general Gravina en cabeza, siguiendo todos los otros hasta el completo de 20», añade Duro.
    Los británicos hicieron uso de una táctica que, en un futuro, les daría la victoria en multitud de contiendas: formando en hilera, se dirigieron perpendicularmente hacia la fila de buques hispanos con intención de cortar y atravesar su formación. Por suerte, Gravina predijo este movimiento y, haciendo uso de una iniciativa de la carecía Villeneuve, ordenó a sus barcos virar en redondo. De esta forma, el español consiguió que la flota combinada se pusiera de cara a la de Albión y, así, evitar que los ingleses acabaran con ellos.
    «Del movimiento resultó que Gravina se encontrara a la cabeza de la línea y rompiera el fuego iniciando el combate a las cinco de la tarde», señala el español en su obra. Una vez lanzada la primera andanada de cañón, las naves de guerra españolas entablaron combate con el inglés sabiendo que su vida dependía de la victoria. Villeneuve sin embargo, aunque sabía que el destino de Francia estaba en sus manos, prefirió mantener a casi la mitad de sus barcos en segunda línea sin ningún enemigo al que atacar.
    Con todo, y a pesar de la ineficacia del francés, los españoles siguieron plantando cara a base de cañón a la armada inglesa. Fueron duros momentos para nuestros buques que, en aquel aciago día cubierto de niebla y humo, sufrieron la mayor parte del fuego de Calder por encontrarse en vanguardia. Cuando llegó la noche la estampa era dantesca, pues los casacas rojas, ante la inoperancia de Villeneuve, habían destrozado y capturado dos de los navíos hispanos, el «Firme» y el «San Rafael».
    Aproximadamente a las nueve de la noche, y ante la incipiente oscuridad, los contrincantes detuvieron la batalla hasta el día siguiente. Sin embargo, parece que Calder tuvo suficiente pues, al observar que había capturado dos buques y que había impedido que la armada combinada transportara a la «Grade Armée» hasta Inglaterra, decidió abandonar la lucha y huir como vencedor. La batalla había acabado y, para desgracia francesa y española, lo había hecho en derrota.
    Contando los muertos

    Una vez terminada la lucha solo quedaba contar las bajas. «Relativamente a las bajas personales, se informó al público haber tenido la escuadra inglesa 39 muertos y 159 heridos, mientras que las de los aliados sumaban 149 de los primeros y 329 de los otros, correspondiendo a los dos navíos españoles rendidos las considerables cifras», finaliza Duro.



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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Trafalgar, el fracaso que inició el declive de la armada española

    juan vallejo


    La batalla de Trafalgar

    De entre todas las derrotas que la Royal Navy perpetró contra los buques españoles, hay una que, desgraciadamente, resuena en los albores del tiempo como la más humillante y dolorosa: la de Trafalgar. Esta contienda, librada en aguas gaditanas, marcó no sólo la destrucción de una buena parte de los navíos de su Católica Majestad Carlos IV, sino también el declive militar de nuestro país, que abandonó su papel de potencia mundial.
    Malos tiempos corrían para la corona en los inicios del SXIX. Y es que, en 1.805 España se encontraba plegada a los intereses del Primer Cónsul Napoleón Bonaparte quien, a base de tratado, había conseguido aliarse con nuestro país y disponer a nivel naval de la flota hispana, una de las más reseñables de la época.
    La finalidad del «pequeño corso» no era otra que conquistar Inglaterra. Sin embargo, sabía que para poder llevar a cabo su plan necesitaba una gran cantidad de barcos que pudieran plantar cara a la armada británica y, así, disponer de vía libre en el Canal de la Mancha para transportar a su ejército.
    La derrota de Finisterre

    Tales eran los intereses de Francia -o, más bien, de Napoleón-, que, antes del verano de 1805, se ordenó a una flota combinada franco-española tratar de aniquilar a la Royal Navy que cercaba los alrededores del Canal de la Mancha. Concretamente, el galo pretendía destrozar las posiciones británicas a sangre y fuego buscando, de una vez por todas, tener vía libre para poder transportar a sus tropas por mar.
    Pero dicha flota –comandada por el almirante Villeneuve- fue estrepitosamente derrotada en la batalla del Cabo Finisterre ante un número inferior de buques británicos. Esta capitulación ponía en serios problemas el plan del «pequeño corso» quien, poco a poco, veía como su sueño de convertirse en señor de Inglaterra se hacía añicos.
    Villeneuve, en Cádiz

    Por su parte, Villeneuve, vencido como estaba, desoyó las órdenes de Napoleón y se refugió en Cádiz. No pudo equivocarse más este marino, pues el «pequeño corso», al enterarse de que el almirante no había llevado a cabo su cometido, ordenó su destitución y envió inmediatamente a un sustituto a tierras gaditanas para tomar posesión de la armada combinada.
    El calendario marcaba entonces el 14 de octubre, una fecha que sería muy dura para el almirante francés, pues fue el día en que recibió las primeras noticias que le informaban de que debía abandonar su puesto. No obstante, fue curiosamente cinco jornadas después cuando, casualidad o no, Villeneuve ordenó izar velas y, en contra de lo que opinaban muchos oficiales españoles, hacerse a la mar para combatir en aguas de Cádiz, bloqueadas por el inglés.
    Las flotas se arman

    Para tratar de romper el frente inglés, Villeneuve y su segundo Dumanoir contaban con 18 navíos franceses y 15 españoles, además de varios buques menores. Entre ellos, se destacaban el «San Juan Nepomuceno» (un buque de 74 cañones al mando del conocido Cosme Damián Churruca); el «Príncipe de Asturias» (comandado por el popular Federico Gravina) y el impresionante «Santísima Trinidad», un inmenso e impresionante castillo de los mares que sumaba 140 cañones –algo poco usual en aquella época-,
    Mientras, los británicos sumaban, además de algunos buques de acompañamiento, 18 navíos al mando de los almirantes Horatio Nelson y Cuthbert Collingwood. Entre la flor y nata de la flota británica destacaba el «HMS Victory», un buque de 100 cañones dirigido por el propio Nelson.
    Comienza la batalla

    Apenas tres jornadas después de salir de puerto, el día 21 de octubre, ambas armadas se divisaron en aguas cercanas al cabo de Trafalgar. Según órdenes de Villeneuve, la flota española formó una inmensa hilera mediante la cual pretendía cañonear a los buques enemigos. «A las ocho de la mañana mandó Villeneuve virar por redondo todos los navíos a un tiempo (…) para quedar alineados. (Pero) mientras procuraban alinearse, quedaron formando línea curva irregular de cinco millas de extensión», determina el militar e historiador Cesáreo Fernández Duro (1.830-1.908) en su obra «Historia de la Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón».
    Por su parte, Nelson no lo dudó y, ante la falta de creatividad de su enemigo francés, llevó a cabo una táctica que resultó demoledora: organizó dos hileras de buques y se dirigió perpendicularmente y formando una punta de flecha hacia el centro de la flota combinada.

    «Los ingleses formaron dos gruesas columnas, de 15 navíos la situada más al Norte, o izquierda, que guiaba Nelson con su navío “Victory”; de 12 la otra, marchando a la cabeza el almirante Collingwood en el “Royal Souvereign”. (…) Se dirigieron, en líneas algo oblicuas, a la armada aliada: la primera, a cortarla por el centro; la de Collingwood, a envolver la retaguardia», añade el experto español.
    A pesar de la pasividad de Villeneuve, a Gravina le asaltó el terror cuando observó la estrategia británica. De hecho, el oficial español pidió permiso al galo para poder maniobrar libremente con los buques que tenía bajo su mando. Al poco, el francés le hizo señas indicando que se mantuviera en su posición. Antes de comenzar el destino de la batalla ya había quedado sellado por la voluntad de un único hombre que no había aprendido de sus errores anteriores y que debería haber sido sustituido.
    Primeros combates

    Durante la mañana, la buques de la flota combinada izaron sus banderas ansiosos de derramar sangre inglesa. Mientras, los británicos no se quedaron atrás, como bien demostró uno de sus almirantes. «Nelson (…) por medio del telégrafo marino (transmitió) una sobria alocución que produjo delirante entusiasmo. “Inglaterra espera que todos cumplirán su deber”», determina Duro en su obra.
    Aproximadamente al medio día se disparó el primer cañonazo por parte de la flota combinada. Concretamente, el encargado de ello fue el navío español «Santa Ana». Tras él, comenzó una ensordecedora andanada tras otra. «Los aliados (…) rompieron el fuego que de enfilada tuvieron que sufrir las columnas (británicas) cerca de media hora, sin poder devolverlo. Collingwood mandó acostar a la gente en cubiertas, preservándola del estrago que, a ser mas diestros los artilleros y menores los balances, hubiera podido hacer arrepentir al Almirante británico de su arriesgada manera de atacar. Nelson, por no adoptar en el Victory igual precaución, tuvo 20 muertos, 30 heridos, despedazada la rueda del timón y no escaso daño en la arboladura», añade el experto.
    Choque de las columnas inglesas

    En la columna sur, el «Royal Souvereign» de Collingwood fue el primero en plantar cara a la línea defensiva combinada al penetrar en el hueco que había entre los buques «Santa Ana» y «Fougueux» (francés). Este enfrentamiento fue uno de los más cruentos, pues el navío inglés soltó una fuerte andanada sobre el barco hispano provocando severos daños y la muerte de multitud de fieros combatientes.
    Con todo, los soldados del «Santa Ana» no estaban dispuestos a caer sin llevarse al fondo del mar a su enemigo y, después de recibir estos impactos, bombardearon hasta la saciedad al «Royal Souvereign». Al despejarse el humo de los disparos no había duda: ambos navíos habían quedado totalmente destrozados. De hecho, los daños fueron tan severos que Collingwood tuvo que abandonar el buque.
    Mientras, en la otra columna inglesa, Nelson cargó a bordo del «Victory» contra la línea aliada. Haciendo honor a su reputación, el almirante soltó varias andanadas de cañón sobre todo aquel que trataba de detenerle. Sin embargo, no le quedó más remedio que detener el avance en seco cuando su buque pasó tan cerca del navío francés «Redoutable» que sus costados chocaron.

    Con los dos buques detenidos, los soldados franceses cambiaron el cañón por el mosquete e iniciaron una constante lluvia de fuego que provocó la muerte de decenas de casacas rojas. De hecho, un disparo certero de una de estas armas fue el que costó la existencia al almirante británico.
    «Nelson (…) era opuesto a poner mosquetería en los (palos) altos, opinando no servir para otra cosa que poner en riesgo de incendio el velamen; idea cuyo error demostró a sus expensas la bala que, partiendo de la cofa de mesana del “Redoutable”, le privó de la vida, entrando por el hombro izquierdo y alojándose en la espina dorsal», señala Duro. No obstante, esto no sirvió de mucho, pues, al poco, varios navíos acudieron a ayudar a su almirante acabando con el buque francés.
    Los casacas rojas destrozan la línea

    Para desgracia de la armada combinada, decenas de buques llegaron detrás del «Royal Souvereign» y el «Victory». El plan del inglés funcionó a la perfección, pues la gran línea de buques franco-españoles quedó dividida por el centro. Esta ingeniosa estrategia obligó a los aliados a combatir en clara inferioridad numérica contra los navíos de la Royal Navy mientras que, por el contrario, los extremos de la formación de Villeneuve no tenían enemigo al que cañonear.
    «Toda la escuadra (inglesa) atacó con superioridad a los navíos del centro (…): los 27 navíos que las dos sumaban hicieron blanco en los 19 últimos de la línea aliada, y no de una vez; destrozaron primeramente los de más arriba y fueron corriéndose a la retaguardia con irresistible empuje, envueltos en una nube de humo que el viento calmoso no disipaba», completa el experto.
    De nada valió que, con gran valentía, oficiales como Churruca combatieran a la vez contra seis navíos ingleses poniéndoles en serios aprietos, pues la estrategia de Villeneuve había condenado a la armada combinada. Ni siquiera el gigantesco «Santísima Trinidad» logró dar la ventaja a los aliados, pues cayó finalmente al enfrentarse contra tres navíos enemigos.
    Huída por la vida

    Aproximadamente a las cuatro de la tarde la batalla se había decantado casi en la totalidad a favor de los ingleses, los cuales incluso consiguieron tomar el navío de Villeneuve. Sin esperanza, Dumanoir, que aún aguardaba con una escuadra de reserva, sorprendió a todos los marinos tocando a retirada y abandonando a su suerte a los supervivientes. Sin lugar a dudas todo había acabado.
    El recuento de bajas fue descorazonador. Y es que, los aliados sumaron más 2.500 heridos (1.383 hispanos) y tuvieron que llenar 4.500 ataúdes (1.022 españoles). A su vez, la armada combinada perdió 10 buques españoles y 11 franceses. Mientras, los británicos únicamente tuvieron 1.250 heridos, 450 muertos, y no perdieron ningún navío.

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  11. #11
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    Re: Sangre y cañón. Diez batallas navales que enfrentaron a españoles e ingleses

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Es posible que alguno de estos artículos ya se haya publicado en Hispanismo. Pero me ha parecido buena la idea del ABC de reunirlos todos, porque así se puede estudiar mejor el tema.

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