Cita:
«Mi General, señores Ministros, señores Procuradores: Plenamente consciente de la responsabilidad que asumo, acabo de jurar, como Sucesor a título de Rey, lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino.Quiero expresar en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino.
España, en estos últimos años, ha recorrido un importantísimo camino bajo la dirección de Vuestra Excelencia. La paz que hemos vivido, los grandes progresos que en todos los órdenes se han realizado, el establecimiento de los fundamentos de una política social son cimientos para nuestro futuro. El haber encontrado el camino auténtico y el marcar la clara dirección de nuestro porvenir son la obra del hombre excepcional que España ha tenido la inmensa fortuna de que haya sido, y siga siendo por muchos años, el rector de nuestra política.
Pertenezco por línea directa a la Casa Real española y, en mi familia, por designios de la Providencia, se han unido las dos ramas. Confío en ser digno continuador de quienes me precedieron.
Deseo servir a mi país en cauce normal de la función pública, y quiero para nuestro pueblo: progreso, desarrollo, unidad, justicia, libertad y grandeza, y esto sólo será posible, si se mantiene la paz interior. He de ser el primer servidor de la Patria en la tarea de que nuestra España sea un Reino de justicia y de paz. El concepto de justicia es imprescindible para una convivencia humana, cuyas tensiones sean solubles en la Ley y se logren dentro de una coexistencia cívica en libertad y orden. Ha sido preocupación fundamental de la política española en estos años la promoción del bienestar en el trabajo, pues no puede haber un pueblo grande y unido sin solidaridad nacida de la Justicia Social. En este campo nunca nos sentiremos satisfechos.
Las más puras esencias de nuestra gloriosa tradición deberán ser siempre mantenidas, pero sin que el culto al pasado nos frene en la evolución de una sociedad que se transforma con ritmo vertiginoso en esta era apasionante en que vivimos. La tradición no puede ni debe ser estática: hay que mejorar cada día.
Nuestra concepción cristiana de la vida, la dignidad de la persona humana como portadora de valores eternos, son base y, a la vez, fines de la responsabilidad del gobernante en los distintos niveles del mando.
Estoy muy cerca de la juventud. Admiro en ella, y comparto, su deseo de buscar un mundo más auténtico y mejor. Sé que en la rebeldía que a tantos preocupa está viva la mejor generosidad de los que quieren un futuro abierto, muchas veces con sueños irrealizables, pero siempre con la noble aspiración de lo mejor para el pueblo.
Tengo gran fe en los destinos de nuestra Patria. España será lo que todos y cada uno de los españoles queramos que sea, y estoy seguro de que alcanzará cuantas metas se proponga, por altas que éstas sean.
La Monarquía puede y debe ser un instrumento eficaz como sistema político si se sabe mantener un justo y verdadero equilibrio de poderes y se arraiga en la vida auténtica del pueblo español.
A las Cortes Españolas, representación de nuestro pueblo y herederas del mejor espíritu de participación popular en el Gobierno, les expreso mi gratitud. El juramento solemne ante vosotros de cumplir fielmente con mis deberes constitucionales es cuanto puedo hacer en esta hora de la historia de España.
Mi General: Desde que comencé mi aprendizaje de servicio a la Patria me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia. A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que “mi pulso no temblará” para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar.
En esta hora pido a Dios su ayuda y no dudo que Él nos la concederá si, como estoy seguro, con nuestra conducta y nuestro trabajo nos hacemos merecedores de ella.»
Cita:
...llegaba un rey menospreciado por el franquismo, desconocido por gran parte de la sociedad y odiado, creo que ésa es la palabra, odiado por la izquierda.
Pese a todo, don Juan Carlos lo tenía claro. No disponía de una “hoja de ruta”. Pero orientó su acción y su pensamiento a la construcción de una democracia de corte occidental, con todos los partidos. Años después le confesaría a este cronista que nunca hubo un plan concreto, ni la famosa servilleta de Suárez en un restaurante de Segovia, ni los “papeles de Suresnes” de los que tanto habló Alfonso Guerra. Hubo un objetivo y “bastante improvisación”, según se presentaban los acontecimientos, algunos tan luctuosos como la coincidencia de todos los terrorismos.
Don Juan Carlos leyó un discurso hecho de encaje de bolillos, con un recuerdo a Franco, un guiño a las diversidades territoriales, la expresión de la voluntad de ser el rey de todos los españoles y el propósito de “integrar en objetivos comunes las distintas y deseables opiniones”. ¡Qué forma de hablar de cambio, incluso de anunciar la legalización de los partidos políticos! Pero era el lenguaje posible en ese momento. Era la forma calculada de empezar a andar por un territorio minado, lleno de recelos, de desconfianzas y de miedos. Y allí quedó dicho lo que sería después el espíritu de la transición: la búsqueda de un efectivo compromiso de concordia nacional.
La otra verdad es que el ya rey se lo había trabajado. En su residencia de la Zarzuela recibió a políticos no integrados en el sistema franquista, que llegaban a palacio con nombres falsos o con cascos de motoristas para engañar a los servicios de seguridad. Envió emisarios personales, alguno tan sorprendente como Nicolás Franco y Pascual del Pobil, a hablar con exiliados. Tuvo la fortuna de tener cerca a José Mario Armero, un auténtico confidente con gran capacidad de interlocución con la oposición interior y exterior y mágico para la difusión de confidencias. Digamos, que el Rey, en sus primeros tiempos, dedicó personalmente horas infinitas a tranquilizar a las Fuerzas Armadas, mientras sus personas de confianza se dedicaban a tranquilizar e ilusionar a la oposición. Otro encaje de bolillos.
¿Por qué salió bien la proclamación como Rey, a pesar de la aparente fortaleza del Partido Comunista? Por la sagacidad del monarca, que envió a Manuel de Prado y Colón de Carvajal a utilizar a Ceausescu como intermediario ante su amigo Carrillo. Este fue el pacto: el Rey se comprometía a legalizar al PCE en el momento oportuno. A cambio, necesitaba un acceso a la Corona sin protestas populares. Ese fue el primer compromiso del monarca con una democracia plena y con todos los partidos integrados en el sistema.
Lo demás se produjo escalonadamente. Don Juan Carlos va expresando sus propósitos democratizadores a otros jefes de Estado. Viaja a EE. UU. y pronuncia un discurso en el Congreso que es todo un programa de reinado. En España navega entre la presión de los aperturistas –a su vez divididos entre partidarios de la reforma y de la ruptura con todo lo anterior– y el intento de ahogo del búnker. Se oye un permanente ruido de sables. Y el presidente del gobierno, Arias Navarro, juega a la contra, como si fuese un agente de la involución política. Hasta que el Rey se harta, habla con Arnaud de Borchgrave, de Newsweek, y califica a Arias como “un desastre total”. Ya no le queda más remedio que pedirle su dimisión. Era la primavera de 1976, cuando Suárez dijo en las Cortes aquello de hacer normal en la ley lo que a nivel de calle es simplemente normal. Se empezaba a acelerar la vía a la democracia.
Mientras eso se preparaba, el Rey tenía un precepto y consejero a quien con justicia se le llamó “el guionista de la transición: Torcuato Fernández Miranda. Torcuato fue quien convenció al Rey de que no era perjurio jurar los Principios Fundamentales del Movimiento, porque los iba a reformar. Torcuato hizo juegos malabares para que en la terna de nombres propuestos por el Consejo del Reino figurase el de un tipo entonces tan sorprendente como Adolfo Suárez. Torcuato fue el redactor del primer borrador de la ley de Reforma Política, una brevísima norma de cinco artículos que enterraba el sistema franquista. Y fue quien dio con la fórmula casi mágica para pasar de una dictadura a una monarquía democrática con sólo diez palabras: “De la ley a la ley pasando por la ley”. De las leyes del franquismo a las democráticas pasando por los mecanismos previstos en la legislación. Así de sencillo. Así de genial. Así de imaginativo para que nadie pudiese decir aquello tan temido entonces: que quienes habían perdido la guerra la querían ganar cuarenta años después....