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Tema: Asedio de Madrid por carlistas (1837) y nacionales (1937): reflexión patriótica

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    Asedio de Madrid por carlistas (1837) y nacionales (1937): reflexión patriótica

    Evocación, en 1937, ante el Madrid rojo asediado por los nacionales, del asedio carlista de cien años atrás


    EVOCACIONES

    ANTE MADRID, EN 1837 (I)

    En tanto el tiempo marcea cruelmente y se toma el desquite de los tibios y claros días que nos regaló en pleno invierno, remontemos la actualidad para buscar un tema en cierto modo congruente con el momento.

    Pasemos sobre las agitaciones sociales en la Península y los días duros y negros de Marruecos; pasemos por el desastre colonial y por aquellos años de paz para la dolorida España, que comprenden desde el gesto de la brigada Dabán en Sagunto hasta que el pacto Romanones-Marañón se cumple al borde del muelle del Arsenal de Cartagena, y cuando el Rey se aleja se rompen las esclusas y todo lo incluso en revolución sale en tumulto del vaso que era la Constitución política de España (Veamos ya, con perspectiva serena de Historia, aquella Carta, y, por cincuenta años de paz y equilibrio, perdonemos muchos de sus defectos.) Remontemos el episodio saboyano, la demagogia de Paúl y Angulo, Pí y Margall y Cartagena, pasemos del Trocadero al puente de Alcolea, y lleguemos a aquellos años comprendidos entre el séptimo y el octavo lustro de la pasada centuria.

    1837. Madrid. Zariátegui-Espartero. Madrid. Plenitud de la guerra civil.

    De la guerra civil ha tenido el gran público una versión unilateral: la dada por los liberales vencedores. Las interesantes y documentadas monografías de los carlistas no llegaron nunca a vulgarizarse, y la bella versión lírica de Valle Inclán fué no más que una interpretación personal de caracteres y sentimientos, con individualización heroica, sin generalización política. Don Antonio Pirala escribe su Historia para los liberales y Baroja se pierde en el episodio novelesco. Pero ahí está el hecho terriblemente dramático de la guerra civil. Para explicar muchos sucesos actuales hay que llegar a un nuevo entendimiento de la guerra civil de hace cien años.

    De ella dice un historiador: "¿Fué cuestión de Fueros? Así se creyó por muchos, olvidados que en 1814 y 1821 no se enarboló esa bandera, y no por eso fué menor la decisión de aquellas provincias por la causa del absolutismo. ¿Fué cuestión dinástica? Menos todavía. Los pueblos no la conocían, y además el orden de sucesión que llamaba a Isabel al Trono debía parecerles más justo, porque era el mismo que establecía el derecho común. ¿Qué es, pues, lo que agrupó tantos hombres notables y tanta muchedumbre alrededor de la bandera de don Carlos? Lo que había producido la reacción de 1814 y sus persecuciones; lo que llevó al campo a los realistas en 1821; lo que dio lugar a la formación del partido apostólico al calmarse la reacción de 1823; lo que animó las conspiraciones de Aragón y del mismo Bilbao, la tentativa de Bessieres y la insurrección de Cataluña por don Carlos en vida de Fernando. Fué una cuestión de principios la que salió a sostener el partido absolutista, porque había llegado la hora de que se librase en España la gran batalla europea iniciada en la revolución de Francia, que el reinado de Napoleón había suspendido y que no ha disparado todavía el último cañonazo."

    "Que no ha disparado todavía el último cañonazo..." Esto escribía en 1853 un historiador que hoy llamaríamos de izquierda: Eduardo Chao. Han pasado ochenta y cuatro años. Ese cañonazo final aún no ha sonado.

    El entusiasta y valiente Hernningsen, que acompañó al gran general don Tomás de Zumalacárregui, dice en sus Memorias:
    "No se trata de una guerra de sucesión, sino de la lucha entre el principio conservador contra el espíritu destructor de todo el país, y de la gran masa de la nación española contra una fracción pequeña, pero poderosa." Antes, el propio Henningsen, después de una apreciación que ahora no creo oportuno reproducir, había dicho que la guerra civil era "un fuego que inevitablemente arderá de nuevo, y que debe quemarse hasta sus cenizas para llegar a extinguirse totalmente".

    Del español en lucha por los principios tradicionales —fundamentales de la sociedad española— decía: "Acostumbrados por su antigua forma de Gobierno a un alto grado de libertad personal bajo una forma despótica miran con recelo las modernas innovaciones que los liberales en su afán de ideas nuevas desean introducir." El español realista de entonces recordaba "que bajo sus Reyes y las antiguas Leyes de España eran prósperos y felices, que sus flotas surcaban el Océano y que el oro afluía de las Indias sometidas; que Austria, Bélgica e Italia estaban bajo su dominio; que desde la llegada de las ideas liberales España ha estado en bancarrota; en cuanto al Poder, ha sido la burla del extranjero, recorrida por sus Ejércitos, aplastada por su avaricia y profundamente herida en su proverbial orgullo nacional." Lo recordaba y con las armas en la mano mantenía el recuerdo con ansia de poder y dominación.

    1837. Madrid. Zariátegui va a cumplir aquel ardiente deseo de D. Tomás de Zumalacárregui. Murió el caudillo herido ante Bilbao. Duerme cerca de la tierra natal, en Cegama, el último sueño. Su último sueño—su aspiración que truncó la muerte ante Bilbao, de mala gana asediado—era Madrid. Después de sus victorias de Vergara y Ochandiano, Zumalacárregui pensaba en Madrid antes que en Bilbao. "Por Madrid daré Bilbao", este era el pensamento del general. Triunfó la camarilla de don Carlos, y Zumalacárregui fué a Bilbao. AllÍ dio su vida sin conseguir la plaza. Pasó el tiempo. Muerto el caudillo, los carlistas iban a cumplir su voluntad.

    1837. Zariátegui ante Madrid. Pleno verano. Victoria en Segovia. Combate en Las Rozas con Méndez Vigo. Espartero, por segunda vez en auxilio de Madrid, abandona la persecución de D. Carlos. Hace cien años. Para explicar aquello hace falta un nuevo entendimiento de la vieja guerra civil. Cuestión de principios aquella guerra. Sí. En eso hemos quedado. Chao y Henningsen—los dos polos — lo dicen. Admitámoslo nosotros. Cuestión de principios. Principios sustentados por núcleos españoles. Madrid en litigio hace cien años, como ahora. Pero hace cien años era un litigio entre españoles. Ahora, no. Ha pasado un siglo. Fanelli y Bakunin no han estado en España. Internacionales de trabajadores, guerra europea, guerra social.

    En 1937, Madrid se defiende negando a España. El miliciano rojo es siervo del imperialismo soviético. Hoy no hay más que un núcleo español: el que va a la conquista de Madrid. Ahora, nada más que España. El miliciano de antes, bajo su pesado morrión heroico, se llamaba "Miliciano nacional”. El de hoy, lleva las armas extranjeras en sus emblemas: estrella de cinco puntas, hoz y martillo, y su bandera es la roja del imperialismo ruso, que cabalga sobre el dramático corcel del hambre y el dolor universales. A los cien años, nuevamente la guerra ante Madrid. Ahora no es entre dos Españas divididas por una cuestión de principios. Ahora no hay más España que esta nuestra, baluarte providencial de Europa, cuyo dolor presente está redimiendo al mundo. Y es así, -ciertamente.

    —M. SÁNCHEZ DEL ARCO.

    ABC, 18 Marzo 1937


    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    EVOCACIONES

    ANTE MADRID EN 1837 (II)

    En 1837 aún no se había publicado el "Manifiesto comunista". Ni Marx ni Engels eran conocidos en España. Pero ya la demagogia anticlerical había deshonrado los principios liberales. Mendizábal. La madre de Cabrera ya había sido fusilada.

    Alemania aún no había sufrido la primera embestida revolucionaria. Aún no había sido exiliado Carlos Marx.

    En cuanto a Italia, aún no había cuajado su unidad política. Pero ya "había llegado la hora de que se librase en España la gran batalla europea iniciada en la revolución de Francia", como decía un historiador en 1853.

    La verdad habla a veces por las bocas más humildes. Ya el rabí Don Sen Tob dijo hace siglos:

    "Por nascer en espino
    la rosa, ya no siento
    que pierde; ni el buen vino
    por venir del sarmiento.
    Nin vale el azor menos
    porque en vil nido liga,
    nin los exemplos buenos
    porque judío los diga."

    En plática de menestrales humildes escuché en Toledo el más acertado juicio de la vieja guerra civil. "Aquello, a pesar de todo, era una guerra entre españoles." "Unos y otros creyeron defender a España."

    No se olvide que los liberales se llamaban “patriotas". En cuanto a los carlistas, la españolidad era su esencia y la tradición su razón de ser.
    ¿ No es astronómica la distancia que existe entre Miaja y el duque de la Victoria? Madrid en 1837. Toda la nación en guerra civil. Se escribe: Córdoba, Espartero, Villarrea!, Cabrera; pero también se escribe : Ewans, Casandolet, Borsodi Carminati... Es la batalla de Europa sobre la tundida piel de toro.

    Va pasando el tiempo, y desembocamos en esto. ¿Podían presumir los liberales de hace cien años que la libertad que ellos defendían parase en esto ? No. ¿Era lógico suponer que la fraternidad predicada sinceramente concluyese en fratricidio? Y, sin embargo, así ha sido. Cuando recién libertado Badajoz entré en aquella plaza, contemplé la estatua de Moreno Nieto, testigo de horrores, en actitud de andar, bajo el brazo un pesado libro de bronce. Yo evoqué al filósofo entonces. Parecía que iba a emprender presuroso el camino de Madrid, saliendo del pedestal que le levantó la admiración de sus paisanos y que no pararía hasta llegar a aquel su Ateneo para pedir su baja. Y en Navalmoral, patria de don Urbano González Serrano, pensé lo mismo. No; ellos ni quisieron esto ni hubieran permitido esto de ahora. Ni de sus principios—sin retorcerlos interesadamente—puede estimarse nacido el crimen contra Dios, la Humanidad y la Patria, que es la revolución que comienza con el asesinato de Calvo Sotelo.

    Cuando estudiamos la revolución rusa, advertimos cómo frente a la figura diabólica y cruel de Lenin resalta la humana y noble del camarada Proschian. Entre uno y otro—revolucionarios los dos, rusos, los dos—hay una distancia sideral. Proschian riñe con Lenin por salvar a unos ingenieros burgueses tratados inhumanamente en Kharcow y se revuelve contra el terror maximalista. Es el primero en levantarse contra el crimen en que los Soviets basan su sistema. Y Proschian era un revolucionario. Y si esta distancia moral puede darse entre dos revolucionarios, ¿no quiere decir, en definitiva, que lo que califica a los hombres, más que la ideología es la conducta?

    ¿ Cómo se conducían, con relación a la Patria, los españoles que hace un siglo se hallaban en guerra ante Madrid?

    Hay que dar una versión más justa de lo que fué aquella guerra civil. Hay que reivindicar el credo y las figuras excelsas del carlismo. La versión unilateral que los vencedores dieron al gran público, no nos vale. Los liberales acumularon sobre los vencidos todas las faltas y les achacaron todos los horrores en que tan pródigas fueron las dos grandes guerras civiles. No fué así. Y tampoco aliara podemos cargar al espíritu liberal—innegablemente profesado por millones de españoles—el horror del comunismo, de quien los liberales han sido las primeras víctimas.

    Guerra de principios, la vieja guerra civil española—, que inicia en Talavera de la Reina el 2 de octubre de 1833 la voz de su administrador de Correos, González, apenas muerto Fernando VII—se mantiene entre dos grandes núcleos españoles que interpretaban el servicio de la Patria y su grandeza de distinta manera. Pero ahora, no; ahora, frente a nosotros, no se levanta ningún principio español. Hay que dar una versión más justa de aquellos sucesos que evocamos: de lo que fué el carlismo y de lo que fué el liberalismo. Una serena contemplación de la Historia es conveniente. Esa serena contemplación nos lleva a conclusiones consoladoras y nos da fuerza para persistir en la guerra sin cuartel que estrictamente por la salvación de los principios fundamentales de España—de todos los principios, de todas aquellas formas en que puede cristalizar la materia pura—emprendió el Ejército en la tarde del 17 de julio, allá en Melilla, suceso que acaba de refrescar en la memoria de todos el general Mola.

    1937. En Madrid no está el duque de la Victoria, conde de Luchana. Los milicianos no tienen, en los labios el nombre de España. Una aberración ha hecho que en el campo rojo sea el viva a Rusia el único grito grato. Nosotros, los sitiadores de Madrid, representamos la única España.

    Zumalacárregui hubiera querido en 1834 mostrar Madrid a sus soldados como Aníbal mostró Italia a los suyos desde los Alpes y Pedro el Ermitaño señaló a los Cruzados las murallas de Jerusalén. Tres años después, Zaratiegui, en 1837 iba a cumplir el deseo del caudillo, muerto ya. Madrid como París para los vendeanos. Así para los carlistas de hace cien años; cómo la bandera sagrada que Cortés tomó a los mejicanos, que una vez perdida por los indígenas, era la pérdida de todo... De Hennigsen tomó estas ideas.

    Madrid, 1937. Todo ha cambiado en la faz del mundo, en el rostro y en el espíritu de España. ¡ Ahora sí que tiene sentido profundo y aplicación exacta la definición de guerra de principios! De principios y de fines. Revisemos todo: absolutismo y liberalismo histórico. El paso de cien años sobre Madrid nos puede llevar a sorprendentes síntesis de españolidad, a afirmaciones fundamentales y fundentes, por encima de regímenes y expresiones transitorias de una permanente verdad: la Patria española.

    —M. SÁNCHEZ DEL ARCO.


    (ABC, 23-marzo-1937)



    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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