El error de Portugal en el Tratado de Tordesillas

Jesús Caraballo 27/05/2022






Tiende a presentarse e imaginarse la negociación que tiene lugar en Tordesillas para repartirse el mundo entre las coronas españolas (Castilla y Aragón) de un lado, y Portugal de otro, como una negociación casi inicua, en la que unos poderosísimos españoles hacen graciosas concesiones a sus humildes compañeros de Península, los cuales tienen que recurrir a mil ardides, y hasta abusar de la generosidad de sus hispánicos vecinos, para conseguir extender su área de influencia planetaria hacia el oeste, consiguiendo así, un pellizco de las nuevas tierras descubiertas por las naves enviadas hacia occidente por los Reyes Católicos.

Este planteamiento de la cuestión está trufado de errores que, sin embargo, como casi todo en la errónea historiografía del Descubrimiento, se han incrustado en ella de manera casi insuperable.



El antecedente de la cuestión es el siguiente: el Papa Alejandro VI – un gran Papa por cierto, aunque de vida «algo» disipada – en las bulas que emite sobre la cuestión, ha establecido una línea divisoria de la Tierra que la divide en dos semiesferas, más acá de la cual su exploración y dominio corresponde a Portugal, más allá de la cual su exploración y dominio corresponde a Castilla. Línea que fija a cien leguas de la isla de Cabo Verde, el punto más occidental conocido hasta la fecha, de propiedad portuguesa. Portugal quiere trasladar la línea hacia occidente tantas leguas como sea posible. Finalmente, mediante el Tratado de Tordesillas de 1474, consigue que quede fijada en una distancia de 370 leguas más allá de Cabo Verde, ganando, por lo tanto, 270 leguas respecto de lo dictado por Alejandro VI.

Establecidas estas premisas de partida cabe hacerse tres preguntas: ¿Es Portugal el patito feo de la negociación?; ¿A qué el empeño portugués en trasladar la línea hacia occidente?, y ¿Acertó Portugal al hacerlo?.

A la primera pregunta se ha de responder que Portugal en modo alguno es un reino desvalido, que acude a la negociación acomplejado ante su gran vecino oriental, muchísimo más poderoso que él.

Bien al contrario, Portugal ha terminado su Reconquista hace ya dos siglos y medio, en 1249, y desde ese momento, se desentiende de la misma y vuelca sus esfuerzos en conquistar los mares y descubrir una nueva ruta hacia el sur, cruzando África, que le conduzca a los riquísimos mercados orientales de la seda, la porcelana y las especias, alternativa a la que pasa por Constantinopla y cruza Asia de norte a sur. Gracias a sus navegantes, entre los cuales Enrique el Navegante y a la famosa Escuela Náutica de Sagres, ha hecho notables avances, está muy cerca, para cuando se firma Tordesillas en 1494, de llegar a la gran isla de las especias que son las Molucas, y desde 1476 tiene el monopolio del negocio más lucrativo que existe en el momento: el tráfico y venta de los esclavos negros africanos. Su marina, en consecuencia, es bastante más poderosa y experimentada que la castellana, que se inicia en estos grandes proyectos marítimos con la expedición colombino-pinzona que descubre América.



Un repaso a los últimos conflictos bélicos entre Portugal y Castilla anteriores a Tordesillas no permite sino abundar en esta idea de superioridad portuguesa. Ahí están para demostrarlo la importante victoria lusa de Aljubarrota en 1385; el Tratado de Alcaçovas de 1475 que, en pago de reconocer como reina de Castilla a Isabel, sella definitivamente la hegemonía portuguesa en el Atlántico, o la gran victoria portuguesa de 1478 en la batalla naval de Guinea, que representará para Portugal, además de la victoria, un fabuloso botín en oro proveniente de África.

Contestada la primera pregunta, pasemos ahora a la segunda: el empeño portugués en trasladar la línea divisoria hacia el oeste. A ella se suele responder que Portugal lo que quería en Tordesillas es su parte en el “negocio americano”. Pero se olvida con ligereza que cuando en 1494 se firma el famoso Tratado, todavía faltan algunos años – entre seis en el mejor de los casos (1500 mapa de Juan de la Cosa) y diez en el peor (1504 la obra “Novus Mundus”, seguida de su plasmación cartográfica en 1507 con el «Universalis Cosmographiae» de Waldsemüller) – para empezar a sospechar que las tierras descubiertas no son las costas orientales de Asia, sino todo un nuevo continente.



No sólo eso, sino que después de negociar a cara de perro el traslado de la línea hacia occidente, nada menos que doscientas setenta leguas, Portugal se desentiende completamente de la exploración de las aguas cuya jurisdicción ha conseguido. Brasil, de hecho, no lo descubren los portugueses, sino dos expediciones españolas, la de Vicente Yáñez en enero de 1500, y la de Diego de Lepe en febrero del mismo año. El primer barco portugués que llega por fin a las costas brasileñas lo hace un mes después todavía, en marzo de 1500, y lo que es más grande… ¡¡¡lo hace por error!!! Se trata de Pedro Albares Cabral, que se dirigía en realidad, caboteando la costa de África como siempre, hacia las Indias y las islas de las especias, por la ruta bien conocida ya por los portugueses y descubierta por Vasco Da Gama. Sólo que unos vientos le separan de su objetivo y le trasladan inexorablemente hacia América. Una expedición que no va a hacer el menor intento de asentamiento, que va a regresar a Portugal sin más, y que no vendrá continuada por una segunda… ¡hasta treinta años después!

La verdadera pretensión de Portugal, pues, al trasladar la línea hacia occidente tiene más que ver con alejar a la prometedoramente potente marina castellana de lo que son sus feudos marítimos en la costa africana y su ruta hacia las especias, que con un verdadero interés en una América cuya existencia, cuando se negocia Tordesillas, ni siquiera es sospechada.

Y toca ahora responder a la tercera pregunta: ¿de verdad acertó Portugal cuando impuso sus pretensiones en Tordesillas frente a los reinos peninsulares orientales que son sus vecinos españoles? Pues bien, no. Cometió un craso error, porque al trasladar la línea hacia occidente tantas leguas (doscientas setenta como hemos visto), la estaba corriendo también en el antemeridiano del globo terrestre, es decir, en la otra parte de la tierra, un yerro que habrá de girarle una cara factura a no pasar tanto tiempo.

Las Molucas españolas



Y así, cuando culminando la expedición Magallanes-Elcano, el gran marino de Guetaria llega a las Molucas en 1521, los españoles empiezan a percatarse de que las famosas y riquísimas islas de la especiería, las Molucas, son, en realidad, suyas, porque así lo establece Tordesillas. No lo habrían sido con la línea marcada por Alejandro VI, pero sí lo son con la renegociada en Tordesillas.

La conveniencia de alcanzar un acuerdo rápido y pacífico, sin coste militar, y la premura del César Carlos en obtener fondos con los que financiar su carísima política exterior en defensa del catolicismo en Europa, le llevará a aceptar una solución no solo amistosa, sino nada mala para sus intereses, vendiendo “sus» islas, las riquísimas Molucas, a la no menos rica Corona portuguesa por la fabulosa cantidad de 350.000 escudos de oro, solución que es la que se alcanza en 1529 mediante el Acuerdo de Zaragoza en cuyo documento inicial leemos:

“Es acordado y asentado que el dicho Señor Emperador y Rey de Castilla da, en empeño y venta de retrovendendo, al dicho Señor Rey de Portugal, el derecho que tiene a las Islas de Maluco y a la contratación y comercio en las otras islas y tierras comarcanas que están y se incluyen dentro de la línea que se ha de echar por la forma y manera que de yuso será declarado, por precio y cuantía de trescientos y cincuenta mil ducados de oro”.



Por cierto, venta de retrovendendo, que quiere decir que si en algún momento Carlos I deseara recuperar las islas, “sus” islas, podría hacerlo sin más que devolver lo recibido en pago de ellas.

En el documento definitivo la expresión “el derecho que tiene” será sustituida por “el derecho que dice tener”, concesión final al Rey de Portugal que no obsta para que éste pague el precio estipulado, ni para que la venta deje de ser en retrovendendo. Un negocio que, por si todo ello fuera poco, la historia se encargará de hacer aún más suculento cuando con la unión de ambas coronas, la española y la portuguesa, en 1580, sobre la testa de Felipe II, tornen a la soberanía de los Habsburgo españoles las apreciadas islas especieras de las Molucas.

Nada tiene de casual que, percatados los portugueses en Zaragoza del pésimo negocio que habían realizado en Tordesillas trasladando la línea, un verdadero “tiro en el zapato” como acostumbra a decirse, sea entonces cuando “se acuerdan” de sus derechos sobre el ahora sí bien conocido Nuevo Mundo. Como tampoco es casual que, sólo un año después de Zaragoza, en 1530, envíen, por fin, una segunda expedición al Brasil, la primera que va por voluntad propia y no de los caprichosos vientos, ésta sí con una finalidad clara de establecimiento: se trata de la que manda Martín Alonso de Sousa, cuatro barcos y unos cuatrocientos hombres, la cual funda la primera ciudad portuguesa en el Nuevo Mundo, San Vicente, la actual Santos.




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