He inquirido a veces y he divulgado muchas más las múltiples, complejas, reiteradas y profundas proyecciones de la cultura hispanoarábiga en la España cristiana, e incluso más allá de sus fronteras en el solar europeo de Occidente. Ese maestrazgo se afirma y amplía cada día; la publicación de las versiones latina y francesa del Libro de la Escala de Mahoma halladas en el Museo Británico por Muñoz Sendino ha venido a comprobar definitivamente la escatología musulmana de la Divina Comedia, defendida hace décadas por el maestro Asín.
He debido acometer últimamente una empresa diametralmente opuesta a la que hasta ahora había realizado. En un libro reciente me he visto forzado a consagrar no pocas páginas al estudio de la perduración de lo hispano pre-muslim en la España musulmana. Necesitaba comprobar de modo preciso hasta qué punto, después de la conquista de la Península por unos miles de berberiscos y de orientales en una hora de discordia civil, los millones de peninsulares que, fieles a Cristo o conversos al Islam, siguieron viviendo en Hispania conservaron la herencia temperamental de sus abuelos milenarios. No pudieron dejar de ser lo que eran y como eran en un abrir y cerrar de ojos. Pero nadie había in tentado demostrar esa realidad innegable.
Confío en que mi demostración es irrebatible. Nadie podrá negar desde ahora el inmenso volumen de la herencia recibida por la España islámica de la España pre-muslim. Abarca hasta facetas insospechables de lo que ha sido juzgado como más característico de lo hispano-árabe. Pero las obras ambiciosas y extensas tienen una larga gestación de muchos años: de largos años de investigación, análisis, reflexión y construcción, y de algunos años de copia, de corrección y de impresión. Por ello, apenas aparecidas y entregadas al juicio de los doctos y del público, como la erudición no se detiene en su camino, nuevos hechos vienen a contradecir o a apoyar las conclusiones a que ha llegado el autor de la obra ambiciosa y extensa. Esto ha ocurrido en relación al tema que motiva estas líneas.
En el caso concreto del problema señalado, el avance de la investigación ha venido a reforzar mi tesis.
He apuntado que muchas de las expresiones raheces que solemos emplear los hispanos de allende y de aquende el Atlántico eran de pura estirpe peninsular o de origen mediterráneo. Muy acreditados arabistas: Stern, Levi Della Vida, Canard, se han interesado por el origen de la voz arábiga qarrán, cornudo —los eruditos estudian a veces temas como éste—, que aparece en la España islámica durante el siglo XI. Unos la creen derivada de la lengua romance de los mozárabes y de los muladíes españoles, es de. dr, del habla de los cristianos y de los neo-musulmanes que vivieron durante el señorío de los conquistadores islamitas. Otros la juzgan de origen mediterráneo —se usó ya en griego— y adoptada por los árabes de la tradición helénica. La proclividad de los peninsulares, desde siempre, hacia las expresiones raheces —es decir, su gusto por lo que llamamos malas palabras—, que he comprobado con numerosos testimonios, permite suponer que si el vocablo cornudo en Oriente pasó al árabe desde el griego, con Occidente pudo pasar al andaluz desde el habla mozárabe,
Uno de los más apasionantes descubrimientos de la erudición arábigo-hebraica en los últimos tiempos ho sido el hallazgo de casi un centenar de jarchias.
Llámanse así los estribillos en romance hispano con que los poetas musulmanes y judíos españoles ponían fin a sus muwassahas o poemas estróficos en lengua arábiga o hebraica. Este hallazgo ha permitido comprobar la existencia de una lírica hispanolatina vulgar —sospechada por Menéndez Pidal— y de una lírica mozárabe —atisbada por Ribera—, abuela y madre, respectivamente, de la lírica popular hispanoárabe. En la obra aludida al comienzo de estas líneas me he ocupado de esa herencia pre-muslim de la España musulmana. Pero, después de entregado mi libro a la imprenta, el gran arabista español García Gómez ha traducido otra muwassaha cuya jarchia o estribillo reza así: « ¡Albo día (es) este día / Día de la sanjuanada! / Vestiré mi (jubón) nuevo / E iremos a quebrar lanzas.» Y el arabista francés Lévi Provençal ha alegado un pasaje del gran historiador cordobés del siglo XI Ibn Hayyán y varios otros testimonios que comprueban la celebración por los hispanomusulmanes de la fiesta de San Juan, coincidente con el solsticio de verano. Según Ibn Hayyán, los islamitas españoles se vestían de blanco a partir de esa fecha «que cae seis días antes de acabar el mes de junio, conforme el calendario romano usado en España», escribe el gran historiador citado. Y Lévi-Provençal ha comprobado asimismo que el día de Ansara —así llamaban en Al-Andalus al albo día de la sanjuanada— los islamitas andaluces y marroquíes encendían las clásicas «hogueras de San Juan».
Estas noticias ofrecen dos nuevos testimonios de la perduración de lo pre-muslim en la España musulmana hasta fecha muy avanzada en su historia. El uso del calendario romano en Al-Andalus —es decir, en la España mora— en los días de Ibn Hayyán (994-1063), constituye una prueba decisiva a favor de la prolongación de las formas hispánicas de vida entre los españoles. Y otro tanto puede decirse de la pervivencia de la sanjuanada, práctica de seguro origen pagano. Esa herencia recibida por los islamitas peninsulares de sus milenarios abuelos hispanos siguió, además, practicándose hasta el fin de su estadía en España. Lope de Vega recogió una curiosísima canción que lo acredita.
A la señalada expresión rahez, al calendario romano y a las hogueras de San Juan, que han venido a acrecentar el caudal de la herencia psíquica, cultural y vital recibida de lo pre-muslim por la España musulmana, herencia cuyo enorme volumen he destacado en mi España incógnita, puede agregarse un nuevo legado todavía más importante y sorprendente. Las yeserías coloreadas que cubren las paredes de los edificios musulmanes habrían sido también de origen hispano preislámico.
Sabíamos ya que la arquitectura hispanoárabe debía mucho a la arquitectura española anterior a la invasión: el arco de herradura, el sistema de construcción de las arcadas que embellecen la mezquita cordobesa, etc. El arquitecto Leopoldo Torres Balbás, el mejor conocedor del arte islámico peninsular, celosísimo investigador de sus proyecciones en la España cristiana y gran devoto de lo arábigo, ha examinado los Precedentes de la decoración mural hispanomusulmana en un estudio aparecido en el pasa’ do año. De él resulta que en Villajoyosa (Alicante) y en La Cocosa (Cáceres) se han encontrado muy abundantes restos de yeserías murales en edificios hispanorromanos de los siglos III y IV de nuestra Era. En las de Villajoyosa, descubiertas y estudiadas por Belda, predomina la decoración geométrica. Ora aparecen circunferencias tangentes e intersecadas enlazadas las cintas que las dibujan; ora cuadrados, rombos, octógonos; ora combinaciones de octógonos, cuadrados y triángulos, y de los tres con hexágonos; ora esvásticas entrelazadas. «En el interior de las circunferencias y los polígonos y entre las esvásticas hay rosas y florones. No faltan los tallos ondulados, serpeteantes, en zig-zag, en espiral... La talla es torpe, pero con riqueza de planos y modelados.» En las de La Cocosa, descritas por Serra Rafols, triunfan también las decoraciones geométricas. Y unas y otras estuvieron pintadas.
Esas yeserías preislámicas españolas, hace poco descubiertas, no debieron ser las únicas que adornaron los muros de los edificios hispano romanos. San Isidoro alude a tal técnica en sus Etimologías, en pasaje hasta ahora olvidado. Se asemejan, además, a las que aparecen en Persia durante los siglos VI y VII, en Siria y en Brescia (Italia) durante el Vm y en la Mezquita de Córdoba y en Sedrata (Argelia) durante el x. Nos hallamos, por tanto, en presencia de un arte decorativo imperial romano tardío, recibido acaso de Oriente, pero muy difundido también por Hispania siglos antes de la invasión islámica. Los musulmanes invasores lo habrían encontrado en uso en Al-Andalus, y como lo habían empleado los hispanos, entre quienes ellos constituían una reducida minoría señorial, lo utilizaron ellos también para decorar los muros de sus construcciones religiosas y civiles. De la misma manera que los Omeyas, después del 723, y los Abbasíes, después del 850 —no aparecen yeserías en los primeros palacios califales del siglo VII—, imitaron en Oriente las decoraciones murales en yeso persas y helenísticas.
Uno de los elementos más característicos del arte árabe español tendría, por tanto, clara raíz hispana pre-muslim, como Ja tuvieron otras muchas prácticas, instituciones y formas de vida, de pensamiento y de expresión que he recogido en mi obra España, un enigma histórico. Sólo ignorando la subestructura histórica de la España remota puede nadie asombrarse de la perduración en Al-Andalus de esa compleja, multiforme y profunda herencia preislámica.
El Islam no tenía un siglo cuando llegó a España y
aún no estaba aún maduro espiritual ni institucionalmente. Y los pocos millares de islamitas que se establecieron en la Península —muchos berberiscos y muy pocos orientales— fueron anegados por los siete u ocho millones de españoles que en parte permanecieron fieles a Cristo y en parte se convirtieron al Islam, pero que siguieron, claro está, siendo como eran. Sólo al cabo de cuatro o cinco siglos se arabizaron culturalmente más o menos; nunca dilapidaron, sin embargo, por entero su herencia temperamental milenaria.
Claudio Sánchez Albornoz, Ensayos sobre historia de España, edit. Siglo XXI De España Editores, Madrid, 1973, págs.20 a 25
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