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Tema: La señorita Prim

  1. #1
    Avatar de Hyeronimus
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    La señorita Prim

    La señorita Prim


    Hace dos meses un amigo nómade me comentó que en España había aparecido una novela, que estaba teniendo bastante éxito, y que una de las fuentes de inspiración de la autora había sido este blog del Wanderer. Yo no le hice mucho caso y me olvidé enseguida del tema.
    Sin embargo, hace algunas semanas, llegó un comentario a uno de los post en el que se citaba una frase de la “Señorita Prim”. Enseguida me di cuenta de que se trataba de la novela que me habían comentado y, picado por la curiosidad, inicié la búsqueda hasta que di con ella. Se trata de la primera obra de Natalia Sanmartín Fenolleras, una gallega de Pontevedra, y el título de la novela es “El despertar de la señorita Prim”. La primera definición que podría dar es que se trata del Wanderer hecho novela, pues aparecen allí tratados, en formato literario y recorriendo una historia entretenida, una buena parte de las entradas que hemos publicado en esta bitácora desde 2007. Aclaro que no me estoy atribuyendo ningún tipo de autoría ya que una segunda definición de la novela sería la exposición novelada del sentido común cristiano, que lo que en este blog tratamos de discutir.
    El libro narra la historia de una mujer, culta y moderna, que responde un aviso de empleo. Se trata de desempeñarse como bibliotecaria en una casa de un pequeño pueblo, San Ireneo de Arnois, en la que viven “el hombre del sillón”, cuatro niños y el personal de servicio. Pronto descubrirá la señorita Prim que se trata de un pueblo muy particular –allí viven los exiliados del mundo moderno-, y con habitantes muy especiales. Por ejemplo, los niños no van a la escuela, sino que se educan en sus casas porque “…antes los colegios eran un lugar donde los niños aprendían cosas. Hoy en día son fábricas de indisciplinada, criaderos de monstruos ignorantes y meleducados.” Y entonces, “si contrataran a una maestra repleta de teorías sobre pedagogía, sociología, psicología infantil y todas esas ciencias modernistas, tendrían el zorro dentro del gallinero”. En las escuelas modernas, lo que los niños reciben es “sofismo, pestilente y podrido sofismo. Los sofistas han tomado las escuelas y trabajan por su causa”, considerar los vecinos del lugar.
    En el pueblo, que rodea a un monasterio benedictino donde se celebra la liturgia romana antigua, viven conversos del mundo moderno a la fe. Pero no ha sido conversión fácil. Explica “el hombre del sillón”: “Ha sido mi piedra de toque, el paralelo que ha partido en dos mi vida y que le ha dado un sentido absoluto. Pero le engañaría si le dijese que ha sido fácil. No resulta fácil, y quien le diga lo contrario se engaña. Supuso un desgarro, una catarsis intelectual, una a cirugía corazón abierto. Como un árbol cuando lo arrancan de la tierra y lo plantan en otro lugar, como lo que uno piensa que debe experimentar una criatura cuando afronta la terrible belleza del nacimiento”.
    Es un pueblo tradicionalista pues sus habitantes están convencidos de que “las tradiciones son un muro de contención frente a la degradación y a la incultura”, y poseen “esa virtud de recordar siempre y en todo momento quién es uno y de dónde viene más que de ocuparse, como hacen los modernos, de adivinar hacia dónde va”.
    Junto a la sorprendida señorita Prim, es también protagonista de la novela el dueño de casa, “el hombre del sillón”, que pertenece al grupo de personas “cuyo objetivo es huir, literalmente, del dragón. Quieren proteger a sus hijos del influjo del mundo, volver a la pureza de costumbres, recuperar el esplendor de la vieja cultura”. Y es por eso que los niños del pueblo leen a los clásicos en latín y griego, y saben que “los iconos no son pinturas sino que son ventanas” y que “la Redención es un cuento de hadas verdadero”. Y una de las vecinas de San Ireno considera que “todos esos niños (modernos) han crecido ignorando los grandes ideales, aquellos que forjaron a las viejas generaciones a través de los siglos y las hicieron fuertes. Se les ha enseñado a mirarlos con desdén o a sustituirlo por algo empalagoso y sentimental que muy pronto les indigesta y desilusiona. Y con ello matan lo más valioso (yo diría lo único verdaderamente valioso) que posee la juventud respecto a la madurez”.
    La redención de la señorita Prim vendrá por su búsqueda y su encuentro con la belleza. Como le aconsejan algunos de sus amigos del pueblo, ella no encontrará la belleza “mientras cuide de sí misma como si todo girara en torno a usted. Es exactamente al revés, justamente al revés. No debe usted ser cuidada, debe ser herida. Lo que trato de explicarle, niña, es que mientras no permita que esa belleza que busca la hiera, mientras no permita que la quiebre y la derribe, no conseguirá usted encontrarla”. Y en la misma línea se sitúa el único sacerdote que aparece en la historia, hacia el final, en la novela. Se trata de un monje nonagenario que dice que “todo sacerdote debe ser un caballero”, y le aconseja a la protagonista: “Busque entonces las belleza, señorita Prim. Búsquela en el silencio, búsquela en la calma, búsquela en medio de la noche y búsquela también en la aurora. … y no se sorprenda si descubre que ella no vive en los museos ni se esconde en los palacios. No se sorprenda si descubre finalmente que la belleza no es un qué, sino un quién”.
    Claro, algunos podrían considerar que se trata de una novela pesimista, tal como consideran al Wanderer. Pero la autora destaca que “en absoluto es pesismista. ¿Pero qué ha de hacer un centinela sino dar aviso de lo que observa? No hay centinelas pesimistas u optimistas. Hay centinelas despiertos y centinelas dormidos”. Y frente a los que la achacan de pesimista, una anciana del pueblo responde: “lo suyo no son más que juicios bienintencionados; y las personas de juicios optimistas, no solo no ayudan a mejorar las cosas, sino que contribuyen a empeorarlas. Transmiten la falsa percepción de que todo va bien, cuando el mundo va rematadamente mal”.

    Los párrafos transcritos son una muestra de lo que se encuentra en la novela. Se trata de un libro que se centra en la fe, aunque nunca se hable de Dios, y de un libro cristiano, aunque nunca se mencione a Cristo. Pero no lo es al modo en que lo son las obras de Tolkien o algunas de las novelas de Evelyn Waugh, donde el tema de la fe o del cristianismo aparecen de un modo mítico o con sutilezas que no siempre, y no todos, pueden apreciar. En este caso, las cosas se dicen claramente, sin sutilezas. Y es por eso que a algunos les podría parecer un libro demasiado ingenuo o demasiado simple. Y ciertamente lo es. Pero es aquí donde aparece algo asombroso. Todos los comentarios que he leído sobre “El despertar de la señorita Prim” aparecidos en diarios, revistas y blogs españoles, todos ellos celebran a la novela por su capacidad de mostrar “el encanto de las cosas y de la gente sencilla”, y es a esta virtud a la que le adjudican el éxito que ha tenido. Esto deja ver la consternante imbecilidad del hombre moderno que es incapaz de darse cuenta de lo que está leyendo. En efecto, se trata de una novela profundamente contrarevolucionaria y políticamente incorrecta, y sin embargo, la celebran. O no se dan cuenta de lo que leen, o el alejamiento que tienen ya del sentido común y de la fe los hace totalmente inmunes a comprender lo más básico de lo que forjó la cultura occidental, y esto dicho en el lenguaje más llano.
    El libro de Sanmartín Fenolleras fue editado en 2013 por Planeta y ha tenido un gran éxito en España. Ha sido ya traducido a varias lenguas y han comprado sus derechos editoriales como Mondadori en Italia y Little Brown en Inglaterra. Si Argentina fuera un país normal, no habría más que ir a la librería de la esquina para comprarlo. Pero no es así. Es imposible comprarlo en nuestro país. No existe en las librerías. Por lo que hay dos opciones para conseguirlo: o bien comprarlo en Amazon.es en formato papel pagando el envío y el 35% de recargo, y esperando que la buena suerte impida que el paquete quede retenido en la aduana, o bien comprarlo en formato electrónico para leerlo en la Tablet, que es el medio que yo elegí. Pueden hacerlo en Librerías Santa Fe (www.lsf.com.ar) por $107, pero hay que tener en cuenta lo siguiente: el libro está en formato ePub, que puede ser leído en la mayoría de las tablets, excepto en Kindle (lo siento por el Procrastinator) y, si tienen Ipad, deberán bajar alguna aplicación como BeyondPrint, que es gratuita y funciona muy bien.

    Prosit!

    The Wanderer

  2. #2
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    Re: La señorita Prim

    Literatura y cultura contra el Mundo Moderno


    "Creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro"
    (John Henry Newman)

    El Matiner Carlí recomienda vivamente esta preciosa novela que es todo un inteligente alegato contra la modernidad y sus mitos. Novela fluida, amena y divertida pero con una gran carga de profundidad contra el llamado "Mundo Moderno".


    Narra la historia de la llegada de Prudencia Prim a un pequeño pueblo llamado San Ireneo de Arnois, una pequeña "colonia de exiliados del mundo moderno" al abrigo de un monasterio benedictino tradicionalista y su tradicional liturgia romana; el enclave no deja de recordar al distributismo donde se dislumbra la suave sombra de G.K Chesterton y H. Belloc, y su amor "a las cosas sencillas y pequeñas" Un lugar donde pervive la vieja Civilización y los perennes principios que la vitalizaron. La cultura clásica, el amor al arte, la recia espiritualidad, junto a la sencillez y armonía social y económica...la Tradición.


    Novela bañada de una fuerte espiritualidad católica, donde van apareciendo temas como el pensamiento tomista, que busca y se adhiere a la Verdad, frente al vago sentimentalismo del pensar moderno, la condición y naturaleza humana frente a todos los idealismos ideológicos, la educación clásica frente a la moderna, el matrimonio... Giños a ideas tolkinianas etc. Todo ello de forma exquisita.

    Una bella trama de amor y sentimientos, donde aflora un bello Despertar.
    Natalia Sanmartin Fenollera, autora de esta sorprendente novela:"El despertar de la señorita Prim" editorial Planeta





    El Matiner

  3. #3
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    Re: La señorita Prim

    Primera novela de Natalia Sanmartín Fenollera
    «El despertar de la señorita Prim»

    Natalia Sanmartín Fenollera, periodista gallega y jefa de opinión del diario económico Cinco Días, publicó el año pasado su primera novela, con gran éxito. «El despertar de la señorita Prim» (Ed. Planeta) relata la llegada de Prudencia Prim al pequeño pueblo de San Ireneo de Arnois, como bibliotecaria. De desconcierto en desconcierto, la señorita Prim descubre que lo tradicional puede ser profundamente revolucionario. En esta entrevista para InfoCatólica, la autora nos habla de varios temas presentes en el libro, como la caballerosidad, los libros, Europa, lo pequeño, la educación de los niños o un feminismo muy especial.

    29/04/14 8:24 AM | Imprimir | Enviar




    (Bruno Moreno/InfoCatólica) –Creo que El despertar de la señorita Prim se ha traducido ya al alemán, al inglés, al francés, al italiano e incluso al polaco. ¿Le ha sorprendido este éxito para una primera novela?

    Mucho, absolutamente. Para mí que el libro se hubiese publicado en España con Planeta habría sido ya una oportunidad maravillosa, pero todo lo que ocurrió fuera –la pequeña revolución que se generó en la feria de Frankfurt y el hecho de que el libro salga a la venta en más de 70 países era imposible de imaginar, por supuesto. Lo que ha pasado es una enorme sorpresa y una gran satisfacción.

    En una entrevista en La Vanguardia, señaló que «hay demasiada literatura femenina encerrada en sí misma». ¿Qué quiso decir con eso?

    Lo que quise decir es que en el siglo XX, yo diría que especialmente a partir de la primera guerra mundial, la literatura femenina ha dejado de mirar el mundo para centrarse en sí misma, para girar la mirada en torno a la exploración de lo femenino. Las editoriales aseguran que la novela hoy en día es leída mayoritariamente por mujeres, y si se trata de literatura escrita por mujeres, ese fenómeno se intensifica. Eso en parte tiene que ver con esa especie de endogamia, de girar la mirada hacia la psique femenina, en lugar de emplear la inteligencia femenina para narrar lo universal. En el siglo XIX, por ejemplo, la literatura escrita por mujeres era leída por hombres con la misma pasión e interés que por mujeres. Creo que ese cambio de enfoque ha supuesto un empobrecimiento. El mundo exterior es muy amplio y necesita ser narrado por hombres y mujeres, que aportan visiones distintas, pero complementarias.

    Uno de los personajes principales del libro es descrito varias veces como un auténtico «caballero». ¿No le da vergüenza usar esos términos anacrónico-cavernarios?

    Jajaja… No sólo no me da vergüenza, sino que disfruto enormemente de los destellos de caballerosidad que todavía existen en este mundo ferozmente anticortés. Por supuesto, el concepto de caballero va mucho más allá de la clase social o incluso de los modales. Yo creo que la mejor definición de caballero que conozco la dio Newman en un texto memorable, que comienza más o menos así: un caballero es aquel que nunca hace daño al otro de forma deliberada. Esa delicadeza, que diría la señorita Prim, delicadeza y nobleza de alma, no necesariamente de sangre, es lo que yo entiendo por caballerosidad.

    Ha compaginado escribir esta novela con su trabajo de periodista de temas económicos. Evidentemente, son dos registros muy diferentes. ¿Ha sido difícil pasar de uno a otro?

    Jajaja…bueno, podríamos decirlo al revés. ¿Ha sido muy difícil volver del otro al primero? Creo que nos hemos acostumbrado a definir a las personas por su actividad profesional, por sus títulos académicos, y eso en el fondo es tremendamente reduccionista. A mí me gusta mucho mi trabajo, creo que es apasionante, pero es un trabajo, no una vida. La señorita Prim sale de la parte de mí, de mis intereses y de mi personalidad, que seguirá existiendo el día en que mi trabajo se acabe. Y en ese sentido, no ha sido difícil, incluso puede que haya sido un bálsamo frente a estos dos últimos años de periodismo económico tan áspero y difícil.

    La acción transcurre en un pueblo imaginario, San Ireneo de Arnois. ¿Hay lugares así en la realidad o los ha habido en algún momento?

    Un pequeño pueblo en el que todo el mundo sea brillante, culto e ingenioso y en el que los niños reciten las églogas de Virgilio es difícil que exista. Por eso suelo decir que el despertar de la señorita Prim es un cuento, un cuento que habla de cosas reales, pero no un cuento realista. El pueblecito ha salido de mi imaginación, pero no significa que sea una utopía. San Ireneo de Arnois ya está inventado, es Europa, está en el ADN de Europa, una Europa que se construyó a partir de pequeñas comunidades con una economía a pequeña escala, articuladas en torno a un pulmón espiritual –que en el libro es un monasterio benedictino tradicionalista, con familias sólidas, viejas tradiciones y una vida articulada en torno a un orden, con un tiempo para cada cosa. Está en nuestras raíces, no hace falta inventarlo.

    Se resalta a menudo que San Ireneo es un lugar pequeño, en el que los habitantes se refugian del ruido de la vida moderna y de la gran ciudad. ¿Cree que lo pequeño es hermoso, como pensaban el economista Schumacher o el staretz Ambrosio?

    Sí, lo creo, absolutamente. Creo que lo pequeño es la escala natural de la vida humana, es la escala real de lo humano. Y me parece que haber perdido de vista eso, haber perdido esa escala, explica muchos de los problemas y disfunciones que padece el hombre moderno. La obra de Schumacher, que es un libro de economía con un título absolutamente poético, bebe entre otras fuentes del distributismo que defendieron Chesterton y Belloc, que impregna toda la novela. San Ireneo de Arnois es un pueblecito distributista, con una economía familiar y artesanal, de intercambio de bienes y servicios. La anécdota del Ambrosio de Optina que narro en el libro es real; Dostoievsky se inspiró en él para crear al staretz Zosimo de Los Hermanos Karamazov. Yo creo en esa vieja idea; creo que la vida real transcurre a pequeña escala. Lo verdaderamente importante no ocurre bajo los focos ni con fuegos artificiales, ni siquiera sale en las primeras páginas de los periódicos. El acontecimiento más grande de la historia humana sucedió en una pequeña cueva y solo un puñado de seres humanos tuvieron el privilegio de contemplarlo.

    Uno de los puntos fundamentales que se tratan en El despertar de la señorita Prim es la educación que reciben los niños del pueblecito y que ya querrían para sí la mayoría de nuestros universitarios. ¿Diría que la educación actual es uno de los grandes fracasos de nuestra época?

    Me parece que es algo evidente, hasta el punto de que es muy difícil encontrar a una familia que esté verdaderamente satisfecha de la educación que reciben sus hijos. Pero no es un problema de hoy o de ayer o de los últimos 30 años; ni siquiera es un problema de España en particular. Creo que haber cedido la tutela de la educación, el marco educativo, a los poderes públicos para que estos definan los programas de las escuelas ha encorsetado, estandarizado y empobrecido profundamente la transmisión del saber. Muchos lectores se asombran de que los niños de la novela sepan recitar unos versos en latín, pero si uno repasa la historia contemporánea descubre que no hace tanto tiempo los niños aprendían lenguas muertas y componían y recitaban con métrica clásica.

    Bernard Shaw solía decir con mucho humor que su educación terminó a los siete años, cuando sus padres decidieron enviarle a la escuela. Creo que es un tema muy complejo, pero lo cierto es que los sistemas educativos actuales son tremendamente inflexibles y están fundamentalmente orientados a la tecnología. Nos hemos olvidado de que la educación es una de las tareas más nobles e importantes que existen y que es el hogar el lugar natural para empezar a cultivar y transmitir la cultura entendida en sentido amplio. Una cultura que incluye los juegos infantiles, los cuentos de hadas y las leyendas, no únicamente las grandes obras.

    En San Ireneo, hay un grupo de feministas bastante peculiar. ¿Cree que el feminismo actual ha perdido el rumbo?

    Creo que el feminismo es una ideología y como todas las ideologías tiene un talón de Aquiles que consiste en que prescinde de lo real, es una construcción intelectual sobre cómo deberían ser las cosas. Pero las cosas son como son y las personas tienen unas necesidades y problemas reales que raramente encajan en las construcciones intelectuales. Por eso el feminismo, como muchas otras ideologías, falla sobre el terreno. Se puede teorizar sobre muchas cosas, pero el ser humano, la vida humana, las necesidades humanas, no es una de ellas

    En el libro se hace referencia al distributismo, la escolástica, la patrística, Fra Angelico, Rublev, las novelas decimonónicas inglesas, Newman, Palestrina, los clásicos latinos y griegos, el monacato occidental y oriental y un largo etcétera. ¿Custodia de alguna forma el pueblo de San Ireneo el alma de Europa?

    San Ireneo de Arnois ha declarado la guerra al mundo moderno y busca recuperar no solo lo esencial, entendido como lo simple, sino también la tradición, concretamente la tradición europea y occidental. Hoy en día, en la era del conocimiento y la información, hay muchísima gente que desconoce absolutamente el inmenso caudal de sabiduría, de pensamiento, de arte y de espiritualidad sobre el que está construida Europa. Y eso es una tragedia, porque ese arsenal está aquí, al alcance de cualquiera, y no es un saber muerto o inútil, sino una especie de mapa para interpretar y entender la realidad.

    Uno de los personajes de El despertar de la señorita Prim afirma que «la mayoría de las mujeres no tienen conversación», pero usted ha llenado su libro de conversaciones interesantes y también de mujeres. ¿En la época de la telebasura puede tener éxito un libro así?

    Aunque se trate de una minoría respecto al total, hay bastante gente, cada vez más gente, que está comenzando a cerrar la puerta de su casa no sólo a la telebasura, sino en general a la presencia constante de la televisión. Es un fenómeno interesante, que exige mucho esfuerzo, pero que tiene resultados sorprendentes. No se trata de demonizar la tecnología, pero sí de dosificarla y de descubrir lo rico que resulta recuperar el silencio y la posibilidad de focalizar la atención en lo que uno hace. Leer o escribir en silencio; escuchar música sin consultar al mismo tiempo el ordenador; hablar sin el sonido de fondo de la televisión. No son grandes guerras, son pequeñas batallas. Pero ya hemos dicho que importante ocurre siempre en lo pequeño.

    En una ocasión, describió su libro como una «novela luminosa». ¿Se vende con algún tipo de bombilla incorporada?
    Jajaja…. No se me ocurriría hacer eso a los lectores, no mientras la energía siga siendo un bien tan caro. La luminosidad de la que habla la señorita Prim está fuera de tarifas y de mercado.

    Fuente: INFOCATÓLICA

  4. #4
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    Re: La señorita Prim

    San Ireneo de Arnois




    El libro de Natalia Sanmartín Fenollera El despertar de la señorita Prim es un best seller mundial, traducido a múltiples lenguas, y que permaneció en el sector de los libros más vendidos durante varios meses y en varios países. Como ya comentamos en este blog, es una novela que admite diferentes niveles de lectura pero me interesa hacer una reflexión sobre el registro en el cual lo leímos nosotros, y en el cual lo concibió su autora.


    En pocas palabras, ella plantea la vida de los habitantes de un pequeño pueblo a partir de los acontecimientos que vive la protagonista. Este historia sencilla ha disparado en mucha gente que yo conozco y en muchísimos más que no conozco el deseo y el anhelo de recrear un San Ireneo de Arnois o, desde otra perspectiva, una cierta nostalgia por lo que no tenemos pero que alguna vez tuvimos, al menos como miembros del género humano e hijos de la Iglesia. Lo que me llama la atención -aunque admito que no es fácil caer en la cuenta de ello-, es que el objeto de ese profundo deseo es algo muy sencillo, natural y humano: vivir, es decir, desarrollar lo más básico, elemental e importante que hace el hombre, en un poblado pequeño, en el que sus habitantes se conozcan, en el que se trabaje pero que también haya tiempo suficiente para la amistad, en el que las mujeres se junten por la tarde a tomar el té con tortas y pasteles, y los hombre lo hagan a la noche a tomar cerveza y fumar; en el que haya una verdulería y una carnicería a cuyos dueños conozcamos y confiemos, una papelería y una florería.

    Debemos reconocer que la propuesta de vida en San Ireneo es bastante básica. No existen allí edificios sofisticados como una piscina en el décimo piso y una cancha de golf en el vigésimo; autos inteligentes con GPS y que obedecen órdenes orales; aerolíneas low cost que nos pueden transportar a cualquier lugar paradisíaco del mundo en poco tiempo y por poco dinero; restaurantes de cocina molecular en que nos sirvan helado de aire de zanahoria a la parrilla y gel de spaghetti y caviar. Nada de eso. Lo que nos presenta la novela es una vida simple, sencilla y humana.

    Por supuesto, han saltado y siguen saltado los hombres poseedores de sentido común. “Es una utopía” o “Es puro escapismo”, es lo que dicen. “Nada más que inútil ciencia ficción”, opinan otros. Lo más curioso de todo es que, si bien vemos, utópica sería si la novela hablara de edificios de categorías, autos inteligentes y comida molecular. ¿O es que, acaso, todo eso no es más que ensueño, o más bien una terrible pesadilla hecha realidad? ¿Cómo es posible pensar, en nombre del sentido común, que vivir humanamente es utópico? ¿Y cómo es posible pensar, en cambio, que la vida artificial del mundo contemporáneo es humana y normal? La inversión de la visión del mundo es pavorosa, sobre todo porque no caemos en la cuenta que estamos viendo al mundo completamente invertido, y creemos que es una utopía verlo en su posición normal.

    El hombre del sentido común exigirá, con toda razón, que yo pruebe que esa vida sencilla y humana que presenta la novela realmente existió en algún momento y en algún lugar, y que no se trata de la pura imaginación de la escritora. Y la respuesta es que ciertamente existió y que tenemos abundantes testimonios al respecto, y no debemos irnos tan lejos en el tiempo para encontrarlos. Ya hablamos en esta página de José María de Pereda, a mi entender una las mejores plumas de la literatura española, completamente olvidado y desconocido para muchos por ser, justamente, conservador, carlista y católico. En una de sus novelas, Peñas arriba, escrita en 1895, narra la vida en un pequeñísimo poblado, o caserío más bien, perdido en las montañas de Cantabria. Bien podría ser San Ireneo de Arnois, aunque en Tablanca no habrían seguramente papelerías o florerías y, en vez de tomar cerveza o whisky, tomarían vino.

    Y me objetarán aún: “Usted está probando la veracidad del estilo de vida narrado en una novela con otra novela. La prueba es inválida”. Pues bien, aquí va otra prueba.

    Maurice Baring fue un diplomático y hombre de letras inglés que se convirtió al catolicismo y tuvo el enorme privilegio de ser amigo de G. K. Chesterton, Hilaire Belloc, Ronald Knox y Evelyn Waugh. En sus memorias (The Puppet Show of Memory), narra que cuando terminó su colegio secundario, su padre lo envió una larga temporada a Alemania a fin de que aprendiera la lengua. Se radicó en Hildesheim, que en esos momentos -fines del siglo XIX-, eran un pequeño poblado. Allí vivía en una casa de familia, compartiendo justamente la vida de familia tal como se vivía en ese momento. Y relata:

    “La simplicidad y el encanto se encontraban en la casa de los Timme en Hildesheim. En las acogedoras noches de invierno, en la pequeña sala con una estufa que calefaccionaba el ambiente, la lámpara se ubicaba sobre la mesa frente al lugar de honor, que era el sofá, contra la pared y al fondo de la habitación, se traía una botella de cerveza y vasos, y el Dr. Timme encendía un cigarro y proponía algún juego de naipes. El tío Adolfo me decía al oído: “Nein, Herr Baring, das dürfen Sie nicht spielen”. En ese momento, quizás la madre de la señora Timme entraría y ocuparía el sofá, o quizás lo hiciera la tía Inés, o la tía Emilia, o una vecina como la señora Schultzen o la señora Ober-Förster. Y entonces, la madre del Dr. Timme sacaría su tejido y comenzarían a hablar sobre los niños. El tío Adolfo y el Dr. Timme hablarían de política y, seguramente, se lamentaría por el actual estado de la situación; quizás estaría allí Herr Wunibald Nick y cantaría alguna canción y deploraría la cantidad de operas de compositores conocidos que nunca fueron estrenadas. Y mientras él seguía hablando sobre estos temas musicales, la señora Timme y la señora Ober-Förster comentaría en voz baja las últimas novedades sobre las enfermedades de los vecinos, y la conversación llegaría a su climax cuando alguna dijera: “Y entonces pidió que llamaran al médico”. Entonces se produciría una pausa y alguien inevitablemente preguntaría: “¿Qué doctor”?, porque habían varios doctores en Hildesheim. Y cuando la respuesta fuera dada, se dividirían las opiniones y, finalmente, algunos se sentirían aliviados, mientras que otros dirían: “Pobre mujer. Se equivocó”. Y la conversación seguiría, y las personas mayores dirían que las grandes ciudades habían arruinado todo y que la vida allí no era más que prisas y apuros.

    Toda esta escena, que era diaria, me envolvía por su calidez y afecto (cosiness) y Gemüthlichkeit, y se tenía la sensación de la total simplicidad y bienestar profundo que me daban los cuentos de Grimm”.

    San Ireneo de Arnois, alguna vez, existió.



    Nota: La fotografía que ilustra esta entrada es de un pequeño pueblito de Oxfordshire, llamado Great Tew, que bien podría ser San Ireneo de Arnois. Casas pintorescas -y que no son los simples cubos que gustan diseñar los arquitectos actuales-, un pub, una iglesia, y un par de negocios que venden lo básico. Esos lugares aún existen.


    The Wanderer


  5. #5
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