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Honores2Víctor
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Tema: La nueva “anormalidad”

  1. #1
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    La nueva “anormalidad”

    La nueva “anormalidad”



    Nos han prometido una nueva normalidad. Pero todo lo que estamos viendo se nos antoja “anormal”, muy anormal. Tan anormal que era normal que aconteciera. Y no estamos jugando con las palabras. Hace más de 40 años, con motivo de la preparación del texto de la Constitución del 78, Adolfo Suárez dijo aquello de que: “Vamos a hacer normal en la ley lo que en la calle ya es normal”. Pero todo era falacia. La gente ya era normal y la Constitución española fue el inicio de la imposición de una “anormalidad estructural” que ahora ha eclosionado.

    Se plantó una semilla pequeña, pero con todos los elementos para que la sociedad española cambiara hasta que “no la conociera ni la madre que la parió”, Alfonso Guerra dixit. La Constitución iba -decían- a respetar a la Iglesia católica. Los obispos no tenían de qué preocuparse, sólo de recomendar que se votara SÍ. La Constitución no era divorcista, proclamaba la noche antes del referéndum constitucional el exsecretario general del Movimiento, reciclado el “demócrata de toda la vida”.

    La gente ya era normal y la Constitución española fue el inicio de la imposición de una “anormalidad estructural” que ahora ha eclosionado.

    El Rey no era “responsable de sus actos”, se escribió en el texto,
    para tranquilizar a los inexistentes republicanos del momento. La unidad territorial estaba garantizada por el Ejército y la soberanía era inalienable. Todo ello quedó escrito en el texto constitucional, antes de que la OTAN decidiera que Ceuta y Melilla, inclusive las Canarias, no eran territorio europeo y por tanto no estaba obligada a defenderlas. O que la entrada primero en Europa y luego en la Unión Europea nos cercenara la susodicha soberanía.

    Toda la mentira, toda la maqueta, todo el castillo de naipes se mantuvo hasta que una breve brisa de aire con bichitos malos, decidió devolvernos a la realidad: “La normalidad nunca había existido”. Todo el régimen del 78, cuarenta años de nuestra existencia ha sido una violencia contra el ser y estar de España. Todo era falso y anormal en sí: lo que llamaban democracia era partitocracia; la monarquía era pantomima corrupta hasta los tuétanos; la Europa de las libertades era y es burocracia asfixiante de oligarquías repartiéndose los despojos de una nación.

    Toda la mentira, toda la maqueta, todo el castillo de naipes se mantuvo hasta que una breve brisa de aire con bichitos malos, decidió devolvernos a la realidad


    Ya no hay Ejército que defender una unidad territorial.
    Y, además, da igual. Los países han dejado de medirse por metros cuadrados de superficie, sino por su capacidad de decisión en sus asuntos propios e internacionales. Y en nuestro caso, la capacidad de decisión es nula y dinamitada por el sistema autonómico (por abajo) y la Unión Europea (por arriba). El llamado “rey emérito”, ni siquiera se salvará de la quema, pues tras instrumentalizar sus malas y desordenadas pasiones durante cuarenta años, ahora lo arrojan a los pies de los mismos caballos que patearán a su hijo y su consorte nada real.
    La democracia se ha transformado, como no podía ser de otra forma, en el gobierno de los mediocres. Estamos en manos de medianías que nos dan a elegir entre la ruina a la europea (intervención) o a la ruina a la bolivariana (intervención). Escojan ustedes qué nueva “anormalidad” prefieren. La Iglesia que otrora fuera complaciente con el Régimen, sólo sabe contar las casillas marcadas que cada año pierde en la Declaración de Renta, mientras ve peligrar sus colegios y patrimonio. España hace 40 años era un país austero y de gentes sencillas. Hoy somos soberbios arruinados. Ya queda escaso margen para el disimulo. Todo lo que nos tocará vivir, ya estaba contenido en la Constitución del 78. Nosotros lo avisamos. Nadie nos creyó. Disfruten de la “nueva anormalidad”.




    https://barraycoa.com/2020/06/21/la-nueva-anormalidad/

    Última edición por Hyeronimus; Hace 2 semanas a las 01:41
    Valmadian y ALACRAN dieron el Víctor.

  2. #2
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    Re: La nueva “anormalidad”

    Este tipo de críticas imparciales solo puede hacerlas gente que vivió la transición y sus fechorías, cada vez menos; y no esperemos que de ellas hablen el ABC, el Mundo, el OK diario y similares. La pobre gente joven, en la desinformación más absoluta, no puede ni atisbar semejantes críticas.

    Aunque, frente a lo que se planea y barrunta contra la Constitución por la demencia criminal en el poder y sus cómplices, se puede llegar a tomar como un mal menor. El caos de locura que podría llegar hoy si desapareciera sería apocalíptico.

    Ya lo decía Donoso Cortés: "Después de los sofistas llegan los verdugos"


    .
    Última edición por ALACRAN; Hace 2 semanas a las 00:17
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  3. #3
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    Re: La nueva “anormalidad”


    La «nueva normalidad», dictadura sin lágrimas. «Feliz normalidad», donde los medios de comunicación nos venderán entusiastas los versos de Shakeaspeare de los que Huxley tomó el título para su novela, tejiendo una sociedad perfecta bajo la dictadura




    La «nueva normalidad»: dictadura sin lágrimas
    Laureano Benítez Grande-Caballero
    ALERTA DIGITAL
    26/6/20


    Una de las herramientas básicas de la ingeniería social es el uso del lenguaje de una determinada manera, camuflando acciones malignas bajo un ropaje metafórico pleno de eufemismos, en el cual se refuercen las palabras y se les dan significados diferentes, con el fin de disimular la maldad de las realidades a las que se refieren.

    Esta utilización corrompida del lenguaje fue patentada por Antonio Gramsci, el fundador del Partido Comunista italiano, y asimismo el ideólogo del nefasto marxismo cultural, que comenzó con él.

    A estas tomaduras de pelo lingüísticas hay que añadir un nuevo palabro, otra de esas expresiones codificadas por el NOM para ejecutar su adoctrinamiento lobotomizador, insertando en las mentes de sus borregos sus mentiras siderales: la «nueva normalidad».

    Estas dos palabras juntas forman un absurdo categórico, pues es metafísicamente imposible que una normalidad pueda ser nueva, pues si lo fuese, dejaría de ser normal, pasando a ser una anormalidad manifiesta, pues esas «novedades» se saldrían de las normas, del redil muchas veces milenario que las diseñó y conservó para la posteridad.

    Esta «nueva normalidad» se propone en todo el mundo con esas mismas palabras, que se utilizan para proclamar el estado postpandémico de la sociedad, para nombrar de una manera overtoniana el horror orwelliano que quedará tras el virus, de modo que pueda ser digerible y asumible por los rebaños enmascarillados. Fíjense qué casualidad que esas dos palabrejas se usan por igual en todos los países del mundo: o sea, NOM a tope.

    Sin embargo, la «nueva normalidad» no se ha inventado ahora, ya que llevamos mucho tiempo sufriéndola, hasta el punto de que, siguiendo el típico mecanismo de la «ventana de Overton» que hace aceptable lo inaceptable, que convierte aberrantes proyectos satánicos en realidades asumidas con naturalidad por los borregomatrix, el marxismo cultural del NOM nos ha hecho ver como normales unas realidades que en sí son absolutamente discutibles.

    En efecto, ¿es normal que asesinar a un ser vivo en el vientre de la madre pase a ser un derecho de la mujer? ¿Es normal que se hagan campañas masivas de homosexualización de las poblaciones? ¿Es normal llamar «matrimonios» a grupos humanos que no tienen nada que ver con el matrimonio de toda la vida y la historia, aquilatado por milenios de civilización? ¿Es normal que a la blasfemia se la llame «libertad de expresión»? ¿Es normal que el verano sea un espectáculo demencial de carnestolendas femeninas?… ¿Es normal que muchos borreguitos lleven calaveras en su indumentaria?… ¿Es normal desenterrar cadáveres y profanarlos? ¿Es normal adjudicar el grueso de las ayudas sociales a los inmigrantes, incluidos los ilegales, en detrimento de los compatriotas?… ¿Para qué seguir?

    Abatidas las altas torres de la civilización cristiana, arrasadas sus naves, desvencijadas sus eximias creaciones, asistimos ahora a una nueva vuelta de tuerka en la bota malaya que nos empezaron a poner tras la toma de La Bastilla, a una nueva fase en la escalada hacia el NOM, a la que llaman con el eufemístico «nueva normalidad».

    Señores luciferinos del pomponé: lo normal es ir con la boca libre, libre para besar, para hablar, para respirar… y para criticar a los gobiernos malditos, por supuesto, así que no nos vengan a decir que ahora la nueva normalidad será ir con la asquerosa y humillante mordaza; lo normal es el codo con codo, la proximidad casi piel a piel con nuestros semejantes, el abrazo, la cercanía… y no es normal estar con la cinta métrica midiendo pies y centímetros; lo normal es que no te tomen la temperatura por doquier, como si fueras un leproso o llevaras escondida en algún sitio la guadaña de la Parca; lo normal es el fútbol con aficionados, no las gradas atiborradas de trampantojos con gritos enlatados; lo normal es ir al centro de trabajo, no el teletrabajo de las narices, destructor del intercambio de opiniones y de la sana relación, debate y análisis de los graves problemas sociales que nos aquejan, fuente de toda creatividad, de la amistad y sentimientos humanos.

    Asimismo, lo normal es la enseñanza presencial, no la enseñanza online o webvinars, en las que la figura del maestro, del catedrático o profesor universitario se transforma en una especie de robot o en un bufón cibernético incapaz de transmitir auténtica pasión por los conocimientos por el mérito y el esfuerzo.

    Lo normal es lavarse las manos una vez en casa después de un día callejero, no el apocalipsis de desinfección con el que la nueva normalidad pretende machacarnos a cada paso que damos, con unos torrentes de lejías, ozonos y desinfectantes con los que los poderes luciferinos pretenden erradicar cualquier germen con el fin de debilitar nuestro sistema inmunológico.

    Normal es ganarse la vida con el fruto de nuestro trabajo, no con las limosnas públicas con las que se quieren conseguir votos y mantener a la gente en la servil dependencia del Estado.

    En los actos litúrgicos, señores obispos, lo normal es que no sepulten a los feligreses bajo montañas de desinfectante, que los fieles entren en los templos sin mascarilla ―en los lugares sagrados JAMÁS PODRÁ ENTRAR NINGUNA PESTILENCIA, PORQUE DIOS SANA Y PROTEGE― que los sacerdotes no blasfemen llevando mascarillas.

    ¿Y qué decir de nuestras fiestas populares? Se reúnen perroflautas para gritar «¡Policía asesina!», y no se puede procesionar en el Corpus, ni correr los sanfermines… hay fiestas que se celebran en septiembre, y no se podrán realizar: ¿Es esto normal?

    ¿Es acaso normal que nos quieran rastrear a través de los móviles, geolocalizándonos con la excusa de comprobar si hemos estado con gente infectada o en sus cercanías? ¿Es normal que no se pueda poner la palabra «5G» en un vídeo sin que la censura salvaje te lo borre de un plumazo, por «contenido inapropiado»?

    Lo normal es ir al banco cuando me da la gana, sin tener que pedir cita previa, obligada para casi todo; lo normal es estar con nuestros semejantes de manera distendida y relajada, no mirando de soslayo si alguno de esos tipos que están cerca me van a mandar al otro mundo con el virus de marras; lo normal es que un pueblo engañado, arruinado, explotado, humillado, idiotizado, se levante alguna vez contra los opresores, contra los corruptos impregnados de azufre que les imponen sus anormalidades, y no lo que tenemos ahora, un carnaval hediondo donde los ganados transitan de acá para allá con la cabeza baja, la mascarilla tapabocas y el alma por los suelos.

    «Nueva normalidad» que pronto llamarán «mundo feliz», el título de una novela distópica de Aldous Huxley (1894-1963), en la cual la dictadura se justifica porque «el primer objetivo de los gobernantes es evitar a toda costa que sus gobernados creen problemas». En su obra describió lo que probablemente aguardaba en el futuro, «Una sociedad completamente organizada, la abolición del libre albedrío mediante el condicionamiento metódico, esclavitud devenida aceptable, dosis regulares de felicidad químicamente inducida…»

    Huxley habló de un estado policial en el que al pueblo se le arrebatarían sus libertades, cuyos intentos de rebelión serían neutralizados con drogas, propaganda y lavado de cerebro, instrumentos de «la revolución final», que instauraría una «dictadura sin lágrimas», ya que sus víctimas «amarían sus cadenas», totalmente absortos en inútiles trivialidades, con el único interés puesto en mantener su comodidad y el autoengañarse creyendo que todo va bien.

    «Nueva normalidad» «Feliz normalidad», donde los medios de comunicación nos venderán entusiastas los versos de Shakeaspeare de los que Huxley tomó el título para su novela, tejiendo una sociedad perfecta bajo la dictadura:


    Oh qué maravilla!
    ¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!
    ¡Cuán bella es la humanidad!
    ¡Oh, mundo feliz,
    ¡En el que vive gente así!


    Pero, dictadores luciferinos, pueden meterse sus normalidades donde les quepan, porque nosotros queremos vivir, volver a sentir que somos seres humanos, únicos e irrepetibles, hijos de Dios, hechos por Él para la libertad, para la felicidad.

    Y, si algo de nuevo queremos en esa normalidad, es que los gobernantes corruptos entregados al NOM se vayan de una vez, al inframundo de donde muchos han salido, a las mazmorras de la cárcel que se merecen… «Nueva normalidad» de un mundo sin psicópatas, sin dictadores, sin corruptos, sin masones, sin comunistas, sin globalistas, sin pederastas, sin narcoterroristas, sin milicianos ni chequistas, sin correveidiles de Lucifer, sin megamillonarios que camuflan sus fechorías con «filantropías»… Una «nueva normalidad» en la que Satanás vuelva al inframundo… o, mejor, que sea exterminado de una vez…

    Que así sea, y así se cumpla.



    Píldoras Anti-Masonería: La «nueva normalidad», dictadura sin lágrimas. «Feliz normalidad», donde los medios de comunicación nos venderán entusiastas los versos de Shakeaspeare de los que Huxley tomó el título para su novela, teji



  4. #4
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    Re: La nueva “anormalidad”

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    "Covid 19-84"


    A la hora de reseñar, siempre es convenido que se opte por contextualizar la obra en cuestión para poder así dotarla de significado y sobre todo hacerla inteligible, de manera que no sea un fogonazo abstracto que induzca a la confusión, sino que nos permita ante todo alcanzar el pensamiento que el autor quiso compartir. Por ello, es un ejercicio más que necesario saber quién fue Eric Arthur Blair, más conocido como George Orwell.


    Eric Arthur Blair, “George Orwell” (1903-1950).

    El escritor inglés nació hace 117 años, el 25 de junio de 1903, en Motihari, ciudad perteneciente a Gran Bretaña cuando ésta dominaba colonialmente la India. Tras dar varios bandazos en el país asiático, decidió volver a Inglaterra para experimentar la indigencia antes de poder volver a una vida fuera de las calles.

    Eric, pasando por París y adoptando el seudónimo de George Orwell, empieza a realizar estudios y análisis sociológicos que le empujan a denunciar la miseria y pobreza de miles de familias de la época; pero siempre marcando distancias con las ideas izquierdistas británicas en las cuales encuentra elementos denunciables e hipocresía. Por ello, empujado por un sentido de justicia y una inquietud innata, decide ir a España a combatir contra el bando nacional argumentando que alguien debía hacerles frente. Sumido en las filas del POUM y convaleciente tras recibir un disparo en el cuello, empieza a observar y denunciar las prácticas estalinistas del PCE y sus mentiras, las cuales eran usadas como propaganda para la manipulación informativa. Como consecuencia, estuvo cerca de ser asesinado en Barcelona en 1937, descubriendo cómo su ensoñación anarquista era incompatible con la filosofía soviética.

    Tras escribir Revolución en la granja, genial cuento en el que se detiene a explicar la disputa entre Trotski y Stalin para finalmente reflejar la realidad del comunismo y su falsa lucha de clases, decide acometer la obra por la que se haría famoso: la distopía 1984.



    En 1984, George Orwell nos trae una historia que se va a enmarcar en una hipotética Londres dentro de un tiempo futuro e indeterminado. En la época que vive Winston, protagonista, el mundo está dividido en tres superpotencias: Oceanía, que engloba casi todo el mundo anglófono; Eurasia, agrupando Europa y lo que era la antigua URSS; y Asia Oriental, donde China, las Coreas y Japón conforman una superpotencia. Además, África, la India e Indochina resultan ser territorio en disputa permanente.

    De entrada, resulta llamativo observar un mundo tan polarizado y la semejanza con el de hoy, en el que EE. UU. y China pelean entre sí por ser quien domine mientras la Unión Europea trata de convertirse desesperadamente en una superpotencia, temerosa de quedar a merced (más, si cabe) de los gigantes norteamericanos y asiáticos. En la distopía del autor inglés, un elemento clave era la guerra permanente mediante la cual las tres potencias cambiaban de bando para perjudicar la una a la otra, lo cual me hace pensar en cómo la UE se acerca o aleja de las potencias anteriormente mencionadas en lo que quién sabe si en un ejercicio de puro interés o bien de contrapoder. La guerra comercial desatada hace dos años y las consecuencias que se derivan de la crisis del COVID-19 son meros ejemplos de cómo las potencias reaccionan entre sí quién sabe si para hundir al rival. Si no, ¿qué lógica tiene el oscurantismo chino con la información de la pandemia durante los primeros meses? Las reuniones y sonrisas de los líderes internacionales en las cumbres la ONU y demás contubernios de asociaciones internacionales carecen de sentido ante el comportamiento que el Partido Comunista Chino ha tenido desde el primer minuto de la pandemia. El discurso de un mundo pacífico y amigable se viene abajo con los hechos que podemos observar. Y, sin embargo, seguirán reafirmando que estamos en paz, ensalzando uno de los eslóganes repetidos en 1984: “La Guerra es Paz”, uno de los lemas del Ingsoc, partido que domina la sociedad orwelliana. La puntería de Eric resulta ser asombrosa.

    Más allá de los paralelismos geopolíticos que encontramos con la novela orwelliana, además hay elementos en 1984 que merecen ser analizados y reflexionados en el contexto que comprende nuestros días. Entre ellos, un concepto que tiene gran vigencia en la actualidad: el doblepensar, el cual es un proceso de adoctrinamiento mediante el cual los sujetos aceptaban como verdadero algo que claramente era falso o incluso la aceptación de ideas contradictorias al mismo tiempo, conviviendo en la mente del individuo. El famoso 2+2=5 tiene hoy día más validez que nunca, véase rápidamente cualquier hemeroteca de contradicciones gubernamentales de los últimos noventa días, por ejemplo.

    La sociedad de hoy día, lejos de rechazar las contradicciones del sistema, prefiere aceptarlas y repetir lo que se diga desde los medios. Mejor repetir que cuestionar, hay que recordar que el Ingsoc disponía de un sistema tan totalitario que incluso forzaba al individuo a rechazar su intimidad a cambio del control partidista. Siempre observados, siempre controlados. Ello bien merece una reflexión sobre el papel de los celulares en nuestras vidas. Hoy día, el Gran Hermano de Orwell se extiende a una digitalización en la que el individuo decide entregar su intimidad a cambio de una pantalla mediante la cual estar permanentemente localizado, pero socialmente integrado. Una de las consecuencias de la pandemia será un mayor control en aras de la seguridad. Y como si de una ecuación simple se tratará, si aumentas la seguridad el resultado inmediato es la reducción de la libertad.



    Así, llegamos a otro lema del Ingsoc: “La Libertad es Esclavitud”. Merece la pena reflexionar hasta qué punto lo que hoy se defiende como libertad no es más que una maraña de ataduras y engaños mediante los cuales nos creemos más libres. ¿Es acaso la libertad decir que sí a nuestras pasiones? ¿O reside en la capacidad de rechazarlas? En nuestros días, mediante el bombardeo publicitario tendemos a pensar que toda moda, gusto o apetencia que socialmente esté aceptado lleva aparejado el ejercicio de la libertad. ¿Acaso es realmente así? La sobreestimulación de nuestros días nos empuja a aceptar vehementemente toda pasión, y darles pie desmedido a las pasiones nos empuja a la esclavitud respecto a ellas. Pero jamás lo olvidemos, “La Libertad es Esclavitud”. Esta encrucijada resulta ser casi irresoluble si se le añade el profundo autoconvencimiento de que se es libre, lo cual se nos lleva enseñando y promocionando desde nuestro nacimiento. Toda afirmación que sea contraria va a ser perseguida y lapidada, lo cual enlaza con otro elemento fundamental en la distopía orwelliana: la policía del pensamiento.

    Esta organización que Orwell desarrolla en su obra se caracterizaba por arrestar a todo ciudadano que pensase ideas o cosas contrarias a los dogmas del partido. Así, conformaba una masa deshumanizada que mediante pantallas controlaban a los integrantes del partido. Además, el papel policial se extendía también a los mismos miembros del partido, quienes se encargaban de denunciar incluso a sus propios padres si cometían algún crimental, como eran llamados los crímenes mentales.

    Relacionado con el crimental, destacar cómo en la obra orwelliana se pone énfasis a los esfuerzos que el partido realizaba de cara a crear nuevos términos, cómo el Ingsoc jugaba a vaciar de contenido unas palabras para rellenar otras. Al lector le dejaré pendiente la tarea de reflexionar sobre lo que ahora quieren llamar “nueva normalidad”.

    El tercer eslogan del partido era “La Ignorancia es Fuerza”. Ello se debe a que mantener a las proles sumidas en la ignorancia, controlándolas desde la educación, se evita toda posible rebelión que pudiera darse. Quién sabe si los ciudadanos de a pie somos una masa de ignorantes y gracias a ello se nos mantiene a ralla y desmoralizados. Ello explicaría bien la volatilidad de la legislación educativa que tenemos en España, con materias cada vez más alejadas de la filosofía, la religión, la música y demás humanidades a la par que se redoblan esfuerzos en los perfiles más productivistas. Por algo será.

    Otro elemento que hace de total actualidad la novela de Eric A. Blair es la liga femenina que existía dentro del Ingsoc, conformada por mujeres que se creían libres por no necesitar del varón, por rechazar el amor y el sexo. En este punto volveré a delegar en el lector la reflexión relacionada con las oleadas feministas que al leer estas líneas le han venido a la cabeza.

    Ilustración de Max.

    Por último, hay una idea orwelliana que a raíz de las manifestaciones del movimiento Black Lives Matter y su guerra a las estatuas se me viene a la cabeza: “Quien controla el presente, controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro”. El escritor inglés agudamente señala la importancia de dominar la narrativa histórica debido a que sobre ella se van a educar a las generaciones venideras. Hay una guerra declarada a la Historia, la cual debe ser derribada para poder levantar una nueva narrativa. Hay dogmas de fe que son inviolables porque se edifican sobre un relato que ambienta un pasado de sufrimiento y la venida de una liberación. En Occidente, la partitocracia se nos vende como un bien supremo y cuestionar su caciquismo conlleva el señalamiento. La narrativa de nuestros días se centra en calificar como civilización la democracia de partidos (y sus privilegios) mientras trata de bárbaros a todo lo que lo cuestione. Ahora, está dando un paso más allá y vemos cómo se arremete contra personalidades históricas hispanas y católicas acusándolas de crímenes propios del anglosajonismo. Por algo será por lo que pretenden reescribir la historia.

    De manera global, podemos decir que George Orwell nos ofrece una novela en la que refleja sus temores: una sociedad distópica en la que cuestionar los dogmas de fe edificados por el partido te arrastre a la muerte. Bajándola a la realidad, podemos ver cómo en nuestros días alzar la voz contra lo que se estipula como correcto conlleva el rechazo y repulsa sociales. Tal vez Orwell no viera que en el siglo XXI sería más letal ocupar una portada de un telediario que un tiro en las sienes. Muriendo tan joven, con 46 años, en 1950, no pudo hacerse la idea de que su distopía pudiera quedarse incluso corta. Eric no concebía que en el futuro sus mecanismos distópicos los adoptaran los autodenominados liberales y progresistas, los teóricos abanderados de la libertad y del progreso. Sin embargo, son ellos mismos los que llevan a cabo un perfecto ejercicio de doblepensar al acabar con la libertad en nombre la libertad, al matar el progreso en nombre del progreso.




    Nunca tus palabras fueron de tanta actualidad. Gracias por tu obra, Eric.


    RICARDO MARTÍN DE ALMAGRO



    https://pasoalfrente.wordpress.com/2...in-de-almagro/







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