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Tema: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

  1. #1
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    Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    Queria saber que opinan de esta afirmacion.. que no se quien la dijo o fue algo parecido.. Pero en realidad no importa quien la dijo sino el contenido... Piensan que es asi? Porque si son tan diferentes estas ideologias, cuando tienen que enfrentarse a un enemigo en comun como el fascismo, por ejemplo, o el nacionalsocialismo, se unen? Ya que Marx criticaba al capitalismo porque fue financiado por los Rotschild? Porque ambas ideologias combaten al catolicismo? Gracias

  2. #2
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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    9 de sep de 2018

    Socialismo. El hijastro de la Revolución Francesa


    En plena época del presidente y la presidenta, del estudiante y la estudianta, finalmente, en la época del nosotres, es necesario apuntar ciertas razones por las cuales la cultura occidental se está yendo al traste, al menos para la posteridad. En esta ocasión, quisiera apuntar al socialismo, como una ideología política que la Iglesia en tantas ocasiones de siglos anteriores, no ha dudado en calificar de errada, peligrosa e insuficiente.


    El endiosamiento de la democracia, cosecha de la Revolución Francesa.

    Sé que es muy difícil para esta generación imaginarse un sistema político que no sea democrático o una lectura social de la realidad fuera del concepto de “República”, y esto es así, porque estamos cosechando lo que la Revolución Francesa sembró. Porque la burda obsesión por la igualdad, la libertad y la fraternidad, como slogans formulados por los mal llamados “librepensadores”, terminaron por implantar en las grandes masas, que toda desigualdad es injusticia, toda autoridad un peligro y la libertad un bien supremo.

    Sépanlo, que el que existan desigualdades en todos los ámbitos, es parte del orden y la naturaleza de las cosas, comenzando por la desigualdad metafísica entre el Creador y sus criaturas (que es después de todo, el último igualitarismo al que nos quiso llevar el comunismo ateo del siglo pasado), porque hay desigualdades harmónicas en la sociedad y así debe ser, como es el caso de la relación entre padres e hijos. Porque este espíritu igualitario que venimos arrastrando, es la explicación del triste escenario que vivimos hoy, en donde los padres tienen miedo de corregir a sus hijos, y entonces terminan corrigiendo a los maestros. El intento de ciertos padres de “ser los mejores amigos” de sus hijos, sigue enseñándonos que causa un grave daño en el entendimiento de los padres en cuanto a sus obligaciones, y el de los hijos en cuanto a las suyas. Buscar la igualdad en todo, terminará siempre menoscabando el valor de la autoridad y el sentido de la obligación en cuanto a leyes, normas y disciplina. Conceptos que actualmente se han vuelto vagos, ambiguos y poco claros.

    La libertad como un bien absoluto no es una novedad, es decir, el que las feministas radicales, en una explosión irracional de sus pasiones, salgan con los senos al aire a defecar en la puerta de las catedrales, no es una nueva ideología. Ya Sartre – hombre modelo de su pareja Simone de Beauviour, de la que beberán las feministas de nuestros tiempos – trató de presentarnos la libertad como un bien absoluto, y terminó borrando del mapa la naturaleza del hombre, llevándole a suspirar con frustración existencial su famosa frase: “el hombre es una pasión inútil”. Porque resulta que el hombre no se dio la existencia a sí mismo, ni puede “crearse” ex nihilo (de la nada), sino que construye su personalidad y madura en sus afectos, a partir de una esencia que le ha sido dada, porque es criatura, porque existe un Dios que le ha creado. Esto a la ideología de género le parece muy complicado, así que, a la manera de Hegel, ha preferido sacarse la realidad de la mente, tratando de hacer que el mundo encaje a la fuerza en sus construcciones de género. ¡Todo lo contrario a lo que cualquier filósofo decente podría entender de cómo se aprehende la realidad, comenzando por Aristóteles! “La mente debe adecuarse a la realidad y no la realidad a mi mente” … este principio gnoseológico todavía es vigente, y lo seguirá siendo hasta que el Hijo del Hombre vuelva en toda su gloria.

    Finalmente, la noción de fraternidad es colocada en la base del amor a los intereses comunes, por encima de todas las religiones y filosofías (así como suele gustarle a la masonería), en la simple noción de humanidad, englobando así en un mismo amor y en una igual tolerancia a todos los hombres con todas sus miserias, morales e intelectuales. No existe mejor receta para la mediocridad que ésta. La doctrina cristiana nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean[1], ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral. La fuente del verdadero amor al prójimo se halla en el amor a Dios.


    Sobre el socialismo del s. XXI

    Parecía que sólo América Latina sufría la demagogia de estos sistemas socialistas, sin embargo, como una gangrena, ha sabido extenderse a Europa, sacudiendo así la mismísima identidad cristiana que le caracterizaba. Porque, para no ofender a nadie, los representantes de Podemos prefieren no decir “Feliz Navidad”, pero para el Ramadán ayunarían si sus pasiones se lo permitieran.

    La propuesta ideológica no ha cambiado desde el Manifiesto de Marx y Engels, tan sólo se ha puesto colorete y tacones, para parecer menos indigna. Porque los líderes socialistas, como los comunistas de antes, siguen repitiendo el mismo cliché, que toda autoridad viene del pueblo; por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia, sino como mandato o delegación del pueblo… Muy diferente es lo que propone la doctrina cristiana sobre este punto, que pone en Dios, como en principio natural y necesario, el origen de la autoridad política. Sepan que el vox populi, vox Dei no es de la Iglesia, sino de unos cuantos teólogos liberales que quisieron tener sus cinco minutos de fama.

    Es por esto, y no por otra cosa, que el socialismo tiene tanta acogida en nuestras sociedades, porque imbuidos por este espíritu de igualdad, libertad y fraternidad, creyendo que la democracia es el único régimen justo, y que la verdad es lo que dicta el consenso de las mayorías, hemos acabado por creer que estos sistemas en verdad habrán de cumplir lo que ofrecen, porque la desesperación de muchos por encontrar la salvación en un hombre, ha hecho que caigan en mesianismos políticos, endiosando a personajes como Rafael Correa o Nicolás Maduro, que en referencia a Calígula y Nerón, sólo les separan los siglos. Mientras que en Europa, la manía progresista de querer eliminar la Cruz de Jesucristo, les terminará sometiendo al yugo de la Media Luna, buscando “libertad” han abandonado el Camino, y, las mujeres, escandalizándose porque San Pablo aconseja que se cubran la cabeza dentro de la iglesia, terminarán siendo obligadas a cubrirse de cuerpo entero por la policía de la sharia.

    ¿Cuántos éxodos más se necesitan, para que comprendamos que la tentación del demonio a Adán sigue siendo la nuestra, que seguimos cayendo en el viejo truco de querer ser dioses, instaurando la Ciudad del Hombre, en vez de la Ciudad de Dios?

    [1] Cf. León XIII, Notre charge apostolique, 22.




    _______________________________________

    Fuente:

    https://www.elpatiodelosgentiles.com...3%B3n-francesa

  3. #3
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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    ¿Por qué los PROGRES odian al CRISTIANISMO? - @Pablo Munoz Iturrieta​ lo expone con claridad





    https://www.youtube.com/watch?v=bhfu3IvnUWo

  4. #4
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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    La Verdad Cristiana en un Mundo Democrático

    7/1/2017
    por Alton J. Pelowski

    Una entrevista con el Profesor Ryszard Legutko sobre conciliar la fe y la política en el Oeste secular




    El Padre Jerzy Popieluszko, uno de los líderes del Movimiento Solidaridad, junto a un mapa de Polonia en 1982, dos años antes de ser secuestrado y asesinado por funcionarios de la policía secreta comunista.


    Nacido en 1949, Ryszard Legutko pasó las primeras cuatro décadas de su vida en la Polonia controlada por los comunistas. Como muchos, llegó a idealizar la libertad y la estructura política de las sociedades democráticas liberales, particularmente los Estados Unidos. Después del colapso del comunismo en 1989 y la transición democrática de Polonia, él experimentó desilusión a medida que los problemas políticos persistieron.

    Hoy en día, Legutko es profesor de filosofía en la Universidad Jagiellonian en Cracovia, y ha sido miembro del Parlamento Europeo desde 2014. Es autor de varios libros, incluyendo: The Demon in Democracy: Totalitarian Temptations in Free Societies (El Demonio en la Democracia: Tentaciones Totalitarias en las Sociedades Libres) (Encounter, 2016).

    El editor de Columbia, Alton J. Pelowski, recientemente tuvo la oportunidad de hablar con Legutko sobre su libro y sobre el papel de la fe en la plaza pública actualmente.


    COLUMBIA: Thomas Jefferson habló de “un muro de separación entre la iglesia y el estado”. Muchas personas en los Estados Unidos han tomado esto como que la fe personal de cada uno no pertenece a la plaza pública. ¿Cuál es su opinión sobre el papel adecuado que la religión debe desempeñar en la esfera política?

    PROF. RYSZARD LEGUTKO: El efecto de la Reforma en Europa fue que la religión estaba bajo el control del trono, mientras en los Estados Unidos existe esta separación. Hasta recientemente, se creía que esto significaba solamente que no hay una religión establecida. La idea de que la religión no tiene acceso a la plaza pública es un fenómeno reciente.

    Desde el inicio, se asumió que Estados Unidos fue fundado sobre principios cristianos y que las personas elegidas para las funciones públicas eran personas religiosas, algunas veces con opiniones religiosas muy fuertes, y que estos puntos de vista afectan sus opiniones políticas. No es que la verdad religiosa se traduzca literalmente en política, sino que tiene un papel que desempeñar. Si usted es cristiano, no puede abstraer totalmente sus puntos de vista religiosos de su vida pública. Es por eso que la Biblia se considera un documento sagrado en los tribunales, así como para prestar juramentos. Sólo recientemente esto ha sido seriamente cuestionado, con llamados para la eliminación de cruces y de los 10 Mandamientos, por ejemplo.

    Mi opinión es sencilla: no se puede simplemente destilar o separar la política de los puntos de vista religiosos o filosóficos, en un esfuerzo para crear una política “pura”, privada de contenido metafísico. Es simplemente imposible; tales seres humanos no existen.


    COLUMBIA: ¿Cómo podemos entender la marginación del Cristianismo, cuando la cultura secular defiende la importancia de la tolerancia?

    LEGUTKO: Lo que vemos hoy en día, no solamente en los Estados Unidos sino también aquí en Europa, es que cierto tipo de ideología se considera que no es ideología en absoluto. Se ve como la neutralidad civil, que es una versión de liberalismo. Si usted se identifica como liberal, implica que usted es neutral, que usted está libre de presuposiciones metafísicas o religiosas. Esto es falso, por supuesto. El liberalismo es un punto de vista muy filosóficamente cargado, y hay un paquete completo que usted pone en la plaza pública.

    En relación al aborto, por ejemplo, lo que los liberales de hoy han intentado hacer es hacer que la gente crea que una objeción al aborto es un tema religioso; que la posición civilmente neutral es hacer que el aborto sea legal. Pero no es un tema religioso simplemente; sobre todo es un tema antropológico y filosófico.

    Los cristianos, en particular los católicos, tradicionalmente tienen un concepto no liberal, ni democrático de la naturaleza humana. El ser humano se define metafísicamente, no meramente en términos de utilidad o como una criatura que busca placer y evita el sufrimiento.

    El Cristianismo lo coloca a uno en contacto con la amplitud de las tradiciones culturales y filosóficas del Occidente. Lo que yo llamo “amnesia impuesta políticamente” es la tendencia a deshacerse de la carga percibida de la cultura occidental.

    En todo esto, debemos depender de la cultura de la civilidad. Es decir, yo sé lo que usted es y usted sabe lo que yo soy, y de alguna manera podemos llegar a un compromiso político. Pero no haga la suposición de que puede presentar todo lo que representa, si no me permite hacer lo mismo.


    COLUMBIA: En su libro The Demon in Democracy, usted hace la demanda audaz de que, a pesar de sus grandes diferencias, la democracia liberal y el comunismo comparten semejanzas importantes. ¿Cuáles son estas semejanzas?

    LEGUTKO: Trato de ser más específico en el libro y enumerar varios niveles de similitudes, pero en general diría que lo que hace estos dos sistemas similares es que ambos, tanto los demócratas liberales como los comunistas, politizaron la totalidad de la vida social, individual y comunitaria. Los comunistas creyeron que toda la vida social, incluso las artes y la filosofía, debería ser permeada por el espíritu del comunismo. Los demócratas liberales hacen exactamente lo mismo. Es decir, ellos creen que todo en la sociedad democrática liberal debe ser liberal democrático.

    Esta actitud agresiva pretende imbuir toda la existencia humana con un conjunto de ideas. En ambos casos, esto implica que usted debe cortar la herencia humana y todo lo que llegó antes en el ámbito de las ideas. Olvídese de los filósofos y pensadores de la antigüedad; cuanto menos conozca sobre ellos es mejor, debido a que ellos contaminan su mente con las ideas incorrectas.

    Durante las últimas décadas, políticas deliberadas de gobiernos e instituciones también han desmantelado y redefinido la familia con el fin de crear un nuevo tipo de sociedad. Esto, también, es algo que nos recuerda al régimen comunista. Para establecer una nueva sociedad comunista, la familia fue el primer objeto de ataque.


    COLUMBIA: En La República, Platón advirtió que la democracia puede degenerar en “tiranía”. Mucho más tarde, en Democracia en América, Tocqueville habló sobre el surgimiento del “depotismo democrático”. Más recientemente, en Centesimus Annus, Juan Pablo II argumentó que una democracia sin valores puede convertirse en un tipo de “totalitarismo”. ¿Son estas diferentes maneras de expresar un argumento similar?

    LEGUTKO: Sí y no. Esos son diferentes pensadores, pero para cada uno de ellos la democracia fue problemática. La democracia no era algo definitivo que la plataforma debía proporcionar para evaluar todo lo demás. Más bien, es lo contrario; es decir, usted debe identificar algunos criterios atemporales o más confiables, y entonces tratar de evaluar cada sistema político, incluyendo la democracia. La democracia puede dar a la gente un sentido excesivo de certeza y confianza. Si usted cree que la iluminada mayoría concuerda en algo, entonces debe ser cierto. Si algo es aceptado como obvio por todos alrededor suyo, entonces usted sólo deja de cuestionar las cosas.

    Alexis de Tocqueville observó que en la sociedad estadounidense a la gente le gustan los conceptos generales como son “libertad”, “igualdad” y “justicia”, pero estos pierden su fuerza cuando no están basados en la tradición. Así que, usamos estos conceptos con mucha frecuencia, pero ya no preguntamos lo que queremos decir con ellos, ya que los adaptamos a las necesidades y circunstancias cambiantes.

    En los Diálogos de Platón, el impulso inicial de Sócrates fue elucidar el significado de los conceptos generales que son ampliamente usados en la democracia. Él analizó estos conceptos y trató de encontrar una definición.

    Por ejemplo, todo mundo habla de libertad. “Yo defiendo la libertad, y tú eres el enemigo de la libertad”. La palabra “libertad” tiene una connotación positiva, pero ya no entendemos de lo que estamos hablando. Solamente cuando descubramos lo que las palabras significan, nuestros debates tendrán algún sentido.

    En este contexto, podemos observar cómo el idioma se ha deteriorado en las décadas recientes. Ya no es una herramienta de comunicación, sino más bien un arma con la cual usted hace la guerra en contra de sus adversarios.


    COLUMBIA: Tanto Juan Pablo II como el Papa Benedicto hablaron sobre el papel de Polonia en la preservación de la identidad cristiana de Europa y la re-evangelización de Occidente. ¿Es cierto que la identidad cristiana se ha preservado aquí de una forma particular?

    LEGUTKO: Cuanto más tiempo permanezco en la Unión Europea, mayor verdad veo en estas declaraciones. Polonia es prácticamente el único país cristiano que queda en Europa. En lugares como España, por ejemplo, casi no hay vocaciones nuevas pero nay sentimientos anti-cristianos muy fuertes.

    No sé cuántos polacos están conscientes de esto, pero somos casi el último vestigio del Cristianismo de Europa. En Polonia, cerca de la mitad de los cristianos, en su mayoría católicos, todavía son practicantes regulares, y somos el principal exportador de sacerdotes católicos de Europa.

    Pero está en la naturaleza de la democracia el llegar a ser como todos los demás; si usted es una excepción, debe haber algo mal con usted. Algunos piensan que debe haber algo mal con la sociedad polaca, si hay tantos católicos polacos y las iglesias están llenas. No, algo malo hay con los países en los que las iglesias están vacías.


    COLUMBIA: Usted ha hablado en nombre de las comunidades cristianas perseguidas en Medio Oriente. En su opinión, ¿Qué se debe hacer en Occidente para ayudar a los cristianos y otros grupos minoritarios que son blanco de genocidio?

    LEGUTKO: Los cristianos están sufriendo persecución en Medio Oriente y en otros lugares, como Corea del Norte y sitios de África; pero también hay discriminación de cristianos en Europa, y estas dos cosas están de alguna manera correlacionadas. Los políticos europeos son muy reacios a hablar sobre la persecución de los cristianos. Cuando lo hacen, usan términos abstractos como “libertad de religión”. Ellos evaden el tema cuando usan este débil lenguaje. Deben defender a los cristianos como cristianos, de la misma forma en que los israelíes defienden a los judíos como judíos, no porque se contradice la idea abstracta de la no discriminación.

    Estos mismos políticos no escapan a este lenguaje neutral y abstracto, cuando defienden a los homosexuales, por ejemplo. Casi cada documento que sale del Parlamento Europeo contiene cláusulas donde se expresan explícitamente los derechos de las personas LGBT. Usted nunca encuentra tal lenguaje en la defensa de los cristianos. Si nosotros, los occidentales, no defendemos el Cristianismo, nadie lo hará, pero de alguna manera somos reacios o incapaces de hacerlo.

    Hay muchas cosas que se pueden hacer para ayudar a asegurar que el Medio Oriente no sea más descristianizado. Había 1.5 millones de cristianos en Irak en 2003, y ahora son alrededor de 200,000. No se trata solamente sobre Cristianismo, sino de la presencia de la civilización occidental en el Medio Oriente. Esto también trata de la paz. Los cristianos eran la gente que defendía la paz allí. Ahora, con ellos casi desaparecidos, ahí tiene usted lo que está ocurriendo actualmente.




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    Fuente:

    La Verdad Cristiana en un Mundo Democrático

  5. #5
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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    ¿Vivimos ya bajo un régimen totalitario?

    Jorge Soley | 29 de enero de 2020

    Ryszard Legutko advierte de que el moderno mundo liberal-democrático no se desvía mucho, en aspectos importantes, de lo soñado por el hombre comunista.






    Ryszard Legutko pasó más de la mitad de su vida viviendo bajo el régimen comunista de su Polonia natal. Nacido en 1949, formó parte de un grupo disidente que publicaba un samizdat. Tras la caída del comunismo, se centró en su tarea intelectual: Legutko es profesor de Filosofía en la Universidad Jaguelónica de Cracovia. Pero seguía vivo en Legutko el gusanillo de la política y en 2005 fue elegido senador en Polonia, llegó a ser ministro de Educación en 2007 y desde 2009 ha sido diputado del Parlamento Europeo. Una trayectoria singular que le aporta una visión en profundidad tanto de la vida bajo un régimen comunista como de las instituciones europeas.

    Leyendo a Legutko, uno esperaría encontrar un decidido defensor de la construcción europea, en oposición al comunismo, que hubo de sufrir y que combatió asumiendo un importante coste personal. Pero no es así. En su libro The Demon in Democracy, Legutko sostiene algo francamente atrevido: en realidad, la Europa que se está construyendo ante nuestros ojos se parece cada vez más al comunismo que dominó la Europa del Este durante la Guerra Fría.




    The Demon in Democracy
    Ryszard Legutko
    Encounter Books
    200 págs.
    22.24€


    Una afirmación polémica que Legutko razona con argumentos que no se pueden despreciar sin más.

    En síntesis, argumenta, tanto nuestras activistas y justicieras democracias (lo que en Estados Unidos califican como woke democracy) como los sistemas comunistas son “entidades unificadoras que dictaminan cómo pensar, qué hacer, cómo valorar los sucesos, a qué aspirar y qué lenguaje se puede usar. Ambas tienen sus propias ortodoxias y sus modelos de ciudadano ideal”. Se trata de algo muy similar a lo que ya vivió en el bloque comunista, donde “se esperaba de uno que fuera indistinguible en palabras, pensamientos y obras de los millones de otros ciudadanos de los regímenes comunistas”, imponiendo una uniformidad “comunistamente correcta”.

    Tras echar las campanas al vuelo a finales de los 80 del siglo pasado, Legutko fue descubriendo durante la siguiente década que en la recién disfrutada nueva democracia liberal “se iba estrechando significativamente el área de lo que era permisible”. ¿Cómo era esto posible?

    Empieza nuestro autor por la visión de la historia. La comunista nos ofrece una larga lucha en la que se suceden etapas que llevan a la humanidad hacia el comunismo, constituido en culminación de la historia. Cualquier oposición a este proceso es estúpida, pues este progreso hacia la sociedad comunista es inevitable, y dañino para la humanidad. Para avanzar hasta la sociedad ideal comunista, esta ideología debía penetrar en todas las áreas de la vida: todos debían implicarse en la “construcción del socialismo”.

    Ahora cambiemos “comunismo” por avance de la libertad y de la igualdad y veremos que los mecanismos de esta visión progresista de la historia son equivalentes. También quien se opone a la misma es malvado o estúpido, o ambas cosas a la vez, también la victoria es inevitable, también todos los aspectos de la vida deben ser penetrados por esta ideología. Del mismo modo que en el comunismo, señala Legutko, “todo aquello que existe en una sociedad debe convertirse con el tiempo en liberal-democrático y ser imbuido del espíritu del sistema”. Si en el bloque del Este las familias, las iglesias, las escuelas, las comunidades, las asociaciones culturales e incluso los sentimientos y aspiraciones humanos debían ser “comunistas”, ahora deben ser “democráticos”.

    Con el corolario obvio y compartido: “Una vez se lanza al basurero de la historia a tus oponentes, cualquier debate con ellos es absurdo y superfluo”. Al fascismo no se le discute, se le combate, escuchamos cada vez con mayor frecuencia.

    No estamos ante un vago problema teórico, sino ante algo que incide en nuestras vidas cotidianas. Lo que descubre Legutko con horror es que, en Occidente, estamos cada vez más expuestos a una omnipresencia de la ideología dominante que “permea las vidas públicas y privadas, emana desde los medios, los anuncios, las películas, el teatro y las artes visuales, se expresa a través de lo que se nos presenta como el ‘sentir común’ y de unos descarados estereotipos, y mediante los currículos educativos, desde el parvulario a las universidades”. Vamos, de modo muy parecido a lo que vivió en la Polonia comunista.

    Además, su experiencia en el Parlamento Europeo acaba de confirmarlo en sus sospechas. Allí, Legutko puede contemplar en directo una élite que se considera agraciada con una especial iluminación y que no solo se considera, sino que de hecho se coloca en muchas ocasiones por encima de lo que expresan los electores: “Aquí encontramos una réplica del conocido patrón de conducta que encontramos en la teoría y la práctica del comunismo. Por un lado está el partido, que sabe cuál es el objetivo final del socialismo, se identifica con él completamente y entiende la necesidad de su existencia; por el otro está la gente real que no comprenden plenamente lo que es mejor para ellos y que deben ser guiados con firmeza hacia el objetivo final a pesar de sus resistencias”.

    Más pruebas: la politización de la vida en una escala desconocida previamente, común al comunismo y a nuestras actuales democracias liberales, la “creciente intrusión de la política en los más pequeños espacios de nuestra vida”. Todo tiene significación política: un inocente chiste bajo un régimen comunista, el modo en que tiramos la basura o las palabrotas que usamos en momentos de cólera en nuestras activistas democracias. O unas leyes que ya no son “ciegas”, sino que modulan las penas en función del grupo al que pertenece el criminal: si bajo el régimen comunista ser burgués era ya una suposición de crimen, en nuestras feministas democracias ser varón supone enfrentarse a una especie de presunción de culpabilidad y a penas agravadas.


    El surgimiento del predicador laico

    Todo ello va creando un tipo de personaje con el que estaban acostumbrados a convivir en la Polonia comunista y que Legutko ve aparecer ahora también entre nosotros: “La atmósfera que el sistema produce es particularmente eficaz para crear un cierto tipo de mentalidad: la del moralista, el comisario y el informador, todo en uno. En el primer sentido, este tipo de persona puede creer que realiza algo particularmente valioso para la humanidad; en el segundo, la situación le ayuda a desarrollar un sentido de poder de otro modo inalcanzable para ella, por último, a menudo no puede resistir la tentación de abandonarse a un bajo deseo de hacer daño a los otros son impunidad”. Retrato psicológico de cierto tipo de personaje que prosperaba bajo los regímenes comunistas y que vemos florecer en feministas, ecologistas y otros predicadores laicos de nuestros días.

    Por último, se detiene Legutko en la actitud ante la religión. Refiriéndose a los comunistas, escribe que su actitud refleja “por una parte, una profunda hostilidad, a menudo acompañada por un intenso deseo de un mundo en el que la religión sería borrada de un plumazo: por la otra, el deseo de que el socialismo se convierta en la forma genuina de religión en el sentido de que satisfaga las necesidades, sueños y deseos de modo similar al que la religión realizaba”. ¿No encontramos una actitud análoga en las ideologías que hoy se nos presentan como vitales para el “avance” de la democracia?

    Concluye Legutko con una apreciación que merece ser tenida en cuenta: “Contrariamente a lo que mucha gente pueda pensar, el moderno mundo liberal-democrático no se desvía mucho, en muchos aspectos importantes, del mundo soñado por el hombre comunista y que, a pesar de enormes esfuerzos colectivos, no consiguió construir desde las instituciones comunistas. Existen diferencias, por supuesto, pero no son tan grandes como para que las acepte agradecido e incondicionalmente alguien que ha tenido experiencia de primera mano de ambos sistemas y que ha pasado del uno al otro”.

    Toda una provocación y una llamada a mirar sin miedo la realidad.

    Imagen destacada: Detalle de la portada de una de las ediciones de The Demon in Democracy. | Encounter Books




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    https://eldebatedehoy.es/noticia/pol...n-totalitario/

  6. #6
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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    EL LIBERALISMO, ALIADO DEL MARXISMO CULTURAL

    Jorge Martínez

    01 de marzo de 2019 - En la contienda actual, el tradicionalismo católico se enfrenta a una izquierda revolucionaria de inspiración marxista y la derecha del liberalismo monetarista, en todas sus variantes.










    La revolución cultural que hoy se quiere imponer al mismo tiempo en todo el mundo corre con una ventaja que no suele percibirse. Ha logrado disimular, en gran medida, sus intenciones últimas y a sus verdaderos promotores.

    Esto ocurre porque quienes con sano empeño se resisten a ella, tienden a operar siguiendo las divisiones heredadas de la guerra fría y del siglo comunista. En la contienda actual habría así una izquierda revolucionaria de inspiración marxista y la derecha del liberalismo monetarista, en todas sus variantes, a las que se enfrenta al tradicionalismo católico. Esos serían los dos bandos en un campo de batalla que parecería bien definido.

    Pero el proceso en marcha, que en nuestro país se intensificó en el último año a niveles insospechados, exige lecturas diferentes. Sostener que los principales impulsores de la ideología de género, del feminismo extremo, del aborto, del laicismo intolerante, del abolicionismo penal, de la inmigración irrestricta, de la futura eutanasia o de la legalización de la droga son la izquierda y los "marxistas" es decir una verdad a medias. Es cierto, son ellos pero no sólo ellos.


    ARBOL Y BOSQUE

    Al concentrar toda la atención en el llamado "marxismo cultural" existe el peligro de ver el árbol y perderse el bosque. Porque el dato central de esta nueva revolución no es que sus militantes sean marxistas, algo previsible, sino que esté financiada y sostenida de manera abierta por los mayores capitalistas del mundo, por los principales gobiernos sean de izquierda o de derecha, por la casi totalidad de los medios de comunicación, por la publicidad de las grandes empresas multinacionales y por el establishment cultural y de entretenimientos del planeta entero.

    Está muy bien señalar la influencia venenosa que tuvieron la Escuela de Frankfurt, con su yunta nefasta entre Marx y Freud, o los escritos heterodoxos de Antonio Gramsci, decisivos para convencer a los marxistas de que la revolución también se puede hacer conquistando la superestructura cultural de un pueblo. Pero el elefante en la habitación no es Gramsci, autor aburrido al que sólo leen los ideólogos, sino George Soros. Que un militante de izquierda se fanatice pensando que al destruir a la familia destruirá la sociedad que aspira a transformar de raíz, tiene cierta lógica. Menos evidente es el hecho de que ese mismo esfuerzo esté financiado con abundancia de fondos por quienes, en teoría, deberían ser sus principales adversarios, los capitalistas del libre mercado, y tenga la adhesión obediente de intelectuales, políticos y gobernantes de una supuesta "derecha" liberal o conservadora.

    Aunque dista de ser el único, el caso de Soros es significativo. Sabido es que acumuló su fortuna como especulador, aunque ahora prefiera la denominación de "filántropo", que la prensa le concede generosamente. Su buque insignia, la Fundación Sociedad Abierta, apoya cuanta iniciativa circule por el mundo que apunte a dinamitar la santidad de la vida, la familia tradicional, la diferenciación entre los sexos, o la soberanía y la historia de los países, en especial los más débiles. Pero Soros no es marxista. Más bien es un liberal a la europea.

    Su fundación toma el nombre de La sociedad abierta y sus enemigos (1945), el libro cumbre del filósofo austríaco Karl Popper (1902-1994) y acaso la mejor crítica del marxismo producida por un pensador liberal en el siglo XX. Ese ensayo y el resto de la obra de Popper han sido cruciales en la conversión del socialismo al liberalismo de una larga lista de políticos o intelectuales que bien podría estar encabezada por Mario Vargas Llosa, de quien no sabemos si apoyaba el aborto o el matrimonio homosexual en su tiempo de militante comunista en el Perú, pero sí lo hace ahora, que es un liberal convencido y convincente.

    Si lo que está en marcha es un nuevo intento de revolución comunista, hay demasiados capitalistas financiándola (pensemos también en Bill Gates, en Warren Buffett, en Michael Bloomberg, en el californiano Tom Steyer, otro "filántropo") y un exceso de liberales promoviéndola (ahí están los gobiernos de Macron, de Trudeau, de Merkel, de Mauricio Macri). ¿Lo hacen acaso por torpeza? ¿Son ellos apenas los idiotas útiles de los cerebros marxistas detrás de la conjura? Cuesta creerlo, sobre todo cuando hay tanto dinero en juego. Quien eso piensa repite el error común de los intelectuales que consiste en sobreestimar el poder de las ideas y menospreciar la influencia, más prosaica y mucho más eficaz, del dinero. Es un error que de tan común se ha vuelto ya bastante sospechoso.

    "Follow the money", sugería el informante secreto que, según la leyenda, orientaba de manera sigilosa a los periodistas que investigaban el caso Watergate. Es un consejo que pocas veces falla. "Seguir el dinero" contribuye a deslindar responsabilidades y a rastrear el origen de un delito. También sirve para no caer en engaños y llegar hasta los culpables últimos, los culpables verdaderos.


    Fuente: Diario La Prensa




    _______________________________________

    Fuente:

    ELLIBERALISMO, ALIADO DEL MARXISMO CULTURAL - Jorge MartÃ*nez

  7. #7
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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    La «diosa razón» no triunfará

    por Germán Mazuelo-Leytón

    23/04/2019



    El triste incendio de la Basílica de Notre Dame, no puede dejar indiferente a ninguno que se precie de ser católico de verdad, y por lo tanto hijo de Nuestra Señora.

    Aún no se ha determinado la causa del siniestro, sin descartar los incontables ataques a templos y profanaciones a templos católicos a lo largo y ancho de Francia en las últimas semanas.

    Notre Dame simboliza la alianza especial del pueblo francés con Dios, un templo cristiano para dar culto al Dios Verdadero. Después de su incendio, las fuerzas anti católicas buscan una vez más su desnaturalización.

    A pocas horas del incendio, el Primer Ministro francés Edouard Philippe, abrió un concurso público -sin contar con la Iglesia- para reconstruir Notre Dame adaptada a lo que está en juego a nuestro tiempo una reconstrucción laica, transparente, ecológica e inclusiva.[1]


    I. Notre Dame y los herejes cátaro-albigenses

    Los dos grandes estilos que gestó la Cristiandad en la edificación de sus catedrales -ha escrito Daniel-Rops- fueron el romántico y el gótico. La catedral gótica se diferenciaba de la romántica por dos características notables. La primera es su verticalidad. Nadie que entre en una iglesia gótica dejará de experimentar una suerte de vértigo invertido, o lo que llama Rops, «la poderosa sugestión del auge vertical de sus líneas». La segunda característica es la iluminación. Dos rasgos distintivos que tanto nos impresionan cuando penetramos en el interior de una catedral gótica, influyen de manera determinante en el alma. «Pues en ella se exalta algo sobrenaturalmente unido a ese ímpetu y a esa llamada a las alturas, y la instintiva dicha que derrama la luz a torrentes parece la promesa de los esclarecimientos definitivos, y el reflejo terrestre de la luz increada» (La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada).[2]

    «La Edad Media concibió el arte como la expresión de la doctrina al tiempo que como cátedra de la misma. Todo lo que el hombre necesita conocer: la historia del mundo desde su creación, los misterios del cristianismo, la vida y los ejemplos de los santos, la diversidad de las virtudes, la variedad de las ciencias, artes y oficios, se transparentaba en los vitrales de las iglesias, a través de la luz transfigurada, y se materializaba en las estatuas de los pórticos, cuyo ordenamiento jerarquizado no era sino el reflejo del orden admirable que reinaba en el mundo de las ideas, según lo había expuesto Sto. Tomás. Por la intermediación del arte, las lucubraciones más elevadas de la teología y de la ciencia llegaban confusamente hasta las inteligencias más humildes».

    El hombre medieval diseñó sus iglesias como verdaderos catecismos tallados en piedra, que enseñaron a la gente su fe. Notre Dame reforzó la enseñanza de la Iglesia que estaba siendo atacada por las herejías albigenses y cátaras en el momento de su construcción.

    Los albigenses se difundieron ampliamente a fines del s. XII en el mediodía de Francia. En realidad ellos se llamaban cátaros (=puro). Los cátaros albigenses consiguieron organizarse de un modo amenazador para la Iglesia y para la civilización católica. Profesaban el dualismo maniqueo para explicar el mal; existen dos principios, uno, bueno, creador del espíritu y de la luz; el otro, malo, creador de la materia y de las tinieblas. El principio malo es el Dios del A. T., y el principio bueno es el Dios del N. T.; el Dios bueno había creado los Ángeles, muchos de los cuales pecaron y fueron obligados a tomar cuerpos haciéndose hombres. Dios (Uno, no, Trino) envía a Jesús, uno de sus Ángeles, a liberar el espíritu de la materia (redención de los hombres). Jesús tuvo un cuerpo aparente (docetismo), y no sufrió, ni murió, ni resucitó, sino simplemente enseñó. La Iglesia primitiva ha venido degenerando desde los tiempos de Constantino. Dios más que en la Iglesia habita en el corazón de los fieles. Los espíritus pasan de un cuerpo a otro (metempsicosis), para purificarse hasta la expiación completa… y un largo etcétera de doctrinas heréticas.

    Los albigenses fueron condenados en sus falsas doctrinas, por el IV Concilio Lateranense (1215).[3]


    II. 1789, el reino del terror

    El diabólico evento histórico de la Revolución Francesa, que buscó rechazar a Dios y su autoridad. En el punto más alto de su depravación y matanza, los revolucionarios entronizaron a la «diosa razón» en la sacral basílica de Nuestra Señora de París: la Razón es nuestro dios. La idolatría en su forma más beligerante, en la que podemos ver prefigurado el materialismo, el comunismo ateo.

    Lucifer quiso destronar a Dios después de haber sido creado para ser uno de los más perfectos ángeles. Fue separado de Su presencia, y desde entonces sigue su frenética acción para convertirse en el dios de la tierra. Ha estado buscando esta gloria desde la creación del hombre, lo sigue intentando con más intensidad en nuestra época.

    La rebelión contra Dios se manifestó durante la era apostólica bajo la forma de gnosticismo, reapareciendo durante la Edad Media como la herejía del dualismo gnóstico de los albigenses y por último irrumpiendo a principios de la Edad Moderna como la filosofía atea de la iluminación del siglo XVI.

    Aquel Viernes Santo, mucho antes de que Nietzsche escribiera su primer renglón blasfemo -dice el arzobispo Fulton J. Sheen- ya los enemigos de Jesucristo habían celebrado su aparente victoria: Dios había muerto.

    La Revolución en las ideas no habría sido capaz de inspirar la Revolución en los hechos, si no se hubiera presentado como la nueva religión, la que vía a suplir al cristianismo exigiendo de sus seguidores un acto de fe en la bondad de la naturaleza humana, en la infalibilidad de la razón y en el progreso indefinido. Dos fueron los «ideólogos» principales que prepararon la Revolución, ante todo Voltaire, pero el maestro principal del siglo XVIII fue Rousseau, como bien señala Díaz Araujo todos los revolucionarios prácticos, desde Marat y Saint-Just, pasando por Babeuf, Marx, Lenin, Bakunin, Trotsky, hasta llegar al Che Guevara y Mao Tse Tung, son tributarios suyos y discípulos confesos o vergonzantes.[4]

    Tres son los fundamentos principales del espíritu revolucionario: el naturalismo, el racionalismo y el liberalismo.

    Como señala Daniel-Rops, hasta 1748 aproximadamente, los que llevaban adelante aquel juego procedieron con cautela, limitándose a la alusión, las insinuaciones al sarcasmo o una sutil ironía. Entonces se habló de «un posible triunfo de las luces». Así, con el paso de los años, caería un baluarte tras otro, alcanzando los ataques tal virulencia, que los mismos pensadores que habían iniciado aquel camino, los Voltaire, Diderot y Rousseau, parecían tibios objetores. La historia hallaría el pensamiento en el paroxismo de la crisis, cuando sonase la hora de la Revolución.

    Voltaire viajó a Inglaterra durante el apogeo de los deístas y llevó a Francia muchas de las nuevas ideas de los libre pensadores que conoció. Aunque muchos ingleses adoptaron ciertas ideas deístas que eran compatibles con un cristianismo libre, en Francia se aceptaron como refuerzo del anticlericalismo de la época. La Compañía de Jesús que llevó el peso intelectual de la Iglesia había sido reprimida por Luis XV, por lo que las ideas deístas radicales encontraron poca oposición. Voltaire difundió estas ideas para convertirse en el principal satírico de la Iglesia Católica burlándose de ella continuamente. Sus opiniones fueron ampliamente aceptadas entre los intelectuales y los valores y virtudes cristianas tradicionales fueron rechazados a favor de la supremacía de la razón humana.

    El filósofo francés Descartes, exaltó la razón como el criterio de la verdad y la racionalidad, el estándar por el cual todo debía ser juzgado.

    De los dos enemigos de la Revolución el más importante era la Iglesia. Lo primero que hicieron en este campo fue lograr la expulsión de los jesuitas. Pero enseguida advirtieron que eso no bastaba. Aun sin ellos el cristianismo subsistía. Había que apuntar, pues, contra la Iglesia en su conjunto y en última instancia contra Cristo mismo y contra Dios. Esta cruzada invertida llenaba de gozo a los combatientes de la razón.

    Fueron los patriarcas de la masonería, quienes encomendaron a Adam Weishaupt, la erección de la logia masónica llamada Orden Illuminati en 1776 cuyo slogan era: ningún Dios, ninguna propiedad ningún gobierno. Weishaupt planeó y organizó la Revolución Francesa, absorbiendo en su orden, las logias masónicas de Francia.

    Los deístas y ateos -afirma Daniel Rops- estaban completamente de acuerdo en un punto: el odio al catolicismo, a sus dogmas, a su culto y a su jerarquía.[5] Voltaire lanzó la consigna: «aplasten a la infame» en clara alusión de la Iglesia Católica.

    La destrucción de la «infame» alcanzó su clímax con la sustitución la imagen de la Virgen María por la de la diosa razón en la catedral de Notre Dame el 10 de noviembre de 1793. En mayo de 1794, Robespierre y Danton masones iluminados, proclamaron el culto al «ser supremo», es decir, al diablo.

    El comunismo no desarrolla su diabólica guerra contra la Religión, ni intenta exterminar el nombre de Dios de la memoria colectiva de la humanidad por razones políticas, económicas o sociales, dice Richard Wurmbrandt, que la meta última del comunismo es burlarse de Dios y ensalzar a Satanás, el comunismo fue implementado por sectarios masónicos con el propósito de exterminar la Religión Cristiana derrumbando las monarquías cristianas, aboliendo las fronteras internacionales y erigiendo un solo gobierno mundial ateo.

    En 1858 un tal John Stuart Mill escribió su «Ensayo sobre la libertad», en el que se identifica la libertad con el abuso y ausencia de responsabilidades sociales; en el mismo año, Darwin publicó su «Origen de las especies», en el que, apartando la atención humana de los fines eternos, hizo fijar la vista de los hombres en un pasado animal. También fue en 1858 cuando compuso sus óperas Ricardo Wagner, en las que hizo revivir el mito de la superioridad de la raza teutónica. Carlos Marx, fundador del comunismo, escribió en el mismo 1858 su «Introducción a la crítica de la economía política», en cuya obra se corona a la economía como reina y base de toda la vida y de la cultura.

    De esos cuatro hombres nacieron las ideas madres que han regido y dominado al mundo por espacio de casi dos siglos, sosteniéndose que el hombre no es de origen divino, sino animal; que su libertad es abuso y ausencia de autoridad y de ley, y que, privado de espíritu, forma parte integrante de la materia cósmica sin tener necesidad, por consiguiente, de religión alguna.

    La ideología atea y violentamente antirreligiosa de la Iluminación fue la base del ataque moderno contra la Civilización Cristiana y es la base ideológica sobre la cual Marx modeló su doctrina corrupta del comunismo ateo, el mismo Marx ha trazado la genealogía de la Revolución, en completo acuerdo –o coincidencia– con los textos de los Papas: «…El pasado revolucionario de Alemania es teórico; es la Reforma. En esa época, la revolución comenzó en la cabeza de un monje; hoy, ella comienza en la cabeza de un filósofo [Hegel o Feuerbach]. Si el protestantismo no fue la verdadera solución, fue por lo menos la verdadera posición del problema… Cuando rechazo la situación alemana de 1843, estoy, según la cronología francesa, apenas en el año 1789».

    El Papa Pío XII señaló como raíces de la apostasía moderna, el ateísmo científico, el materialismo dialéctico, el racionalismo, el laicismo, y la masonería, madre común de todas ellas.[6]


    III. La idolatría (inter religiosidad) signo de nuestro tiempo

    Dice San Pablo en su Carta a los Romanos: «Ellos trocaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y dieron culto a la creatura antes que al Creador» (Romanos 1, 25).

    Una de las trampas del demonio consiste en hacernos creer que «todas las religiones son buenas». La promesa del Tentador de ser como dioses (Génesis 3, 5), se reinventa una y otra vez, en una metamorfosis de múltiples cabezas de cultos a los modernos Baal y Astarté. La Sagrada Escritura nos pone de aviso que esa forma pagana de vivir es incompatible con el Dios Verdadero (cf. Éxodo 34,13; Sirácides 48,1; 1 Reyes 18, 21), y la Carta a los Hebreos nos advierte que habrán tiempos en los que la verdadera doctrina será rechazada, despreciada, y los que la sigan perseguidos (cf. Heb 13, 9).

    Es doctrina de fe católica que hay un solo Dios verdadero y una sola religión verdadera. La Iglesia enseña que «todas las religiones no católicas son falsas y son del diablo».

    «En estos últimos siglos (el enemigo) trató de realizar la disgregación intelectual, moral y social de la unidad del organismo misterioso de Cristo. Quiso la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” que se volvió cada vez más concreto, con una ausencia de escrúpulos que todavía sorprende».[7]

    El Papa Pío XI en su extraordinaria carta encíclica «Quas Primas» de diciembre de 1925, llamando «peste» a la ideología del laicismo, denunció con claridad que ésta comienza «por negar la soberanía de Cristo sobre todas las gentes», y que consecuentemente con sus «malvados intentos» se niega «a la Iglesia, el derecho, que es consecuencia del derecho de Cristo, de enseñar al linaje humano, de dar leyes, de regir a los pueblos, en orden -claro es- a la bienaventuranza eterna» y «equiparando ignominiosamente» a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, «con las falsas» religiones. Aún más, el Pontífice alertaba ya de los intentos de «sustituir la religión divina por una cierta religión natural, por un cierto sentimiento natural. Ni tampoco faltaron naciones que juzgaron poderse pasar sin Dios y hacer religión de la impiedad y del menosprecio de Dios». Luminosas y proféticas expresiones.

    John Horvat II, afirma que el reciente incendio «es un castigo para la humanidad que le ha dado la espalda a Dios. Su mensaje providencial habla no solo a Francia sino al mundo».

    El gran santo francés San Luis María Grignión de Montfort en su Súplica Ardiente, lee los signos de los tiempos: «¡Es hora de realizar tus promesas!… ¡Torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran hasta a tus mismos servidores!… Todas las criaturas, aun las más insensibles, gimen bajo el peso de los innumerables pecados de Babilonia y piden tu venida para restaurarlo todo…».[8]

    Sí hijo mío, al final mi Corazón Inmaculado triunfará.



    [1] http://www.lefigaro.fr/vox/culture/o...usive-20190418

    [2] Cf.: SÁENZ S.J., P. ALFREDO, La Cristiandad una realidad histórica.

    [3] PARENTE, PIETRO, Diccionario de teología dogmática.

    [4] Cf.: SÁENZ S.J., P. ALFREDO, La Cristiandad una realidad histórica.

    [5] Cf.: SÁENZ S.J., P. ALFREDO, La nave y las tempestades. La Revolución Francesa. Primera parte. La revolución cultural.

    [6] El 24 de julio de 1958, en la Octava Semana de Formación Pastoral.

    [7] PAPA PÍO XII, 12-10-1952.

    [8] Súplica ardiente, 5.




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    Fuente:

    https://adelantelafe.com/la-diosa-razon-no-triunfara/

  8. #8
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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

    lunes, 1 de octubre de 2012

    El capitalismo y el socialismo contra la propiedad. Rafael Gambra y las bases antropológicas de la propiedad humana





    La propiedad capitalista comenzó con el liberalismo económico, con el código napoleónico y la división forzosa de patrimonios, con las leyes desvinculadoras, antigremiales y desamortizadoras. Hoy está escrito en las almas, en las costumbres y en las leyes.

    Los males y abusos del capitalismo no se eliminan con la socialización de los bienes. Eliminar la propiedad privada es cortar definitivamente las bases económicas de la familia y también de otras muchas instituciones que sirven de contrapoderes al Estado y hacen posible la libertad política. En frase de Hilaire Belloc "tal solución sería como, pretender cortar los horrores de una religión falsa con el ateísmo, o los males de un matrimonio desdichado con el divorcio, o las tristezas de la vida con el suicidio (La Iglesia y la propiedad privada). Entregar toda la riqueza posible a un solo administrador universal supone el definitivo desarraigo del hombre, reduciéndolo a su condición, meramente individual. Supone también romper todo vínculo espiritual con las cosas, que dejarán así de ser horizonte o entorno humano para convertirse sólo en fuente indiferenciada de subsistencia. Paradójicamente el colectivismo potencia hasta su máximo el individualismo, y, a través de un proceso minucioso de masificación, elimina del corazón humano toda relación con el mundo circundante que no sea la codicia, la disconformidad y la envidia.

    Era una sentencia corriente entre los liberales del siglo pasado que "los males de la libertad con más libertad se curan". Yo he pensado siempre que son "los males de la propiedad los que con más propiedad se curan". Es decir, restituyendo al ejercicio de la propiedad toda su profundidad y sus implicaciones, el marco de significación y de vinculaciones de que fue privada. Cuando la sociedad no era gobernada por ideólogos y políticos de profesión —antes de la revolución política e industrial—, tanto nuestra civilización como toda otra tendieron a dotar a la propiedad de un cierto carácter sacral y patrimonial que hacían posible esa correlación de deberes y derechos en que consiste la justicia. Cuando a mayores derechos corresponden mayores deberes (y a la inversa), las diferencias inevitables de fortuna o posición social se hacen tolerables y aun respetables, precisamente porque no son puramente diferencias económicas sino estatus, que asocian al disfrute de los bienes implicaciones espirituales de lealtades y de deberes.

    Como por sarcasmo, fue en nombre de la libertad como se realizó esa limitación de la propiedad a su aspecto más material y menos humano, es decir, como se la transformó en ese capitalismo contra el que más tarde se rebelaría el socialismo. Se trataba de desvincular al hombre de los lazos históricos que lo ligaban a su pasado, de los mitos y supersticiones ancestrales que condicionaban su comportamiento, de buscar la libre expansión del individuo y la libre expresión de su voluntad. La casa y los campos "que por ningún precio se venderían", las tierras amortizadas por la piadosa donación, los bosques comunales inajenables por considerarse propiedad de generaciones pasadas, presentes y futuras, era cuanto tenía que ser desvinculado o desamortizado para la mejor explotación y para "la riqueza de las naciones".

    Este designio de la revolución económica radica en un tremendo error sobre la naturaleza del hombre y de la condición humana. Estriba en concebir al hombre —a cada hombre— como una especie de encapsulamiento que encierra al verdadero individuó, a modo de un núcleo —bueno, racional y feliz por naturaleza— al que hay que liberar de esa cápsula, hecha de tabús y de opresión que lo deforman y esclavizan. Esta idea está escrita a fuego en el espíritu de la Modernidad. Destruir los prejuicios, desenmascarar los tabús, ha sido el imperativo de casi dos siglos de pedagogía y de política.

    El primitivo buscó cuevas donde guarecerse: el hombre moderno se empleó en demoler las mansiones que durante milenios albergaron a su civilización sin pensar que en el término del proceso hallaría la intemperie: aquello precisamente que impulsó a sus antepasados a buscar el refugio, con su angosta entrada, con sus paredes y su bóveda, es decir, un ámbito protector habitable, defendible, decorable (...)

    El hombre —cada hombre-—no es un núcleo escondido que haya de "liberarse" o ser despertado rompiendo el cerco de maleza que lo rodea, como a la hermosa durmiente del bosque. Si alcanzáramos a aniquilar cuanto un hombre ha creído y ha amado y realizado a lo largo de su vida daríamos, no con el primitivo sano y feliz o con el hombre al fin liberado y "él mismo", sino con el yermo desertizado o con la inmensa ausencia de una decepción sin límites, tal vez con el desaliento de una incapacidad ya de rehacer.
    Porque el hombre —cada hombre— consiste en esa serie de lazos que él mismo —-en buena parte-— ha ido creando con las cosas: todo aquello que considera como suyo, sin lo cual su vicia carecería para él mismo de sentido y aparecería a sus ojos como impensable. El hombre no es su pura naturaleza potencial, ni sus disposiciones natales o heredadas, aunque sea también esto. En tanto que hombre individualizado, actual, irrepetible, se forja en una misteriosa relación de sí mismo con cuanto le rodea, dentro de la cual ejerce su capacidad de entrega (o donación) y de apropiación, edificando así su mundo diferenciado y, con él, su personalidad íntima. Hacer libre a un hombre no consiste en desasirle de su propia labor —de su trabajo— sino conseguir que trabaje en lo que ama o que pueda amar aquello que realiza. Hombres libres no son aquellos que flotan indiferentes o desasidos de cuanto les rodea, sino los que alcanzan a vivir un mundo suyo, aunque no trascienda de su vida interior, aunque haya sido logrado en la ascesis y el esfuerzo.

    Es de Saint-Exupéry la frase: "no amo al hombre” amo la sed que lo devora". El hombre más dueño de sí y de su mundo, y con mayor personalidad, suele ser también el más ligado y entrañado en ese mundo propio, porque las raíces son en él las más firmes y exigentes; diríamos, en términos hoy habituales, el menos libre. Al paso que el hombre más libre en este último sentido es el más disponible al viento de la vida y de sus propias pasiones; es decir, el menos capaz de vida interior y de creación, el menos libre en la realidad.

    Basta, por lo tanto, con conocer al hombre mismo y a su relación con el mundo circundante para incluir la propiedad privada entre sus más radicales derechos; es decir, para reconocerla como el ámbito de su vivir auto constitutivo. Sin la posibilidad de extender el Yo —y el Super-yo— a las cosas, sin poder hacerlas nuestras y dotarles de un sentido, nunca adquirirá la vida humana su dimensión profunda, ni madurará en sus frutos* ni existirá un motivo para vivirla por muchos medios que se arbitren para facilitarla.

    La técnica del "nivel de vida", convertida en soberana y erigida en fin último "social" e individual de una "sociedad de masas", ha dotado al hombre de medios de subsistencia y confort desconocidos por los más afortunados de otras épocas. Pero a la vez, y a un ritmo visiblemente acelerado, le privan de los lazos de compromiso y de apropiación (incorporación a sí mismo) que engendraban para él un mundo propio, diferenciado, y ello hasta desarraigarlo de todo ambiente personalizado y estable, vaciando su vida de sentido humano, de objetivos y de esperanza. M derecho a poseer algo y a serle fiel no figura entre esos "Derechos Humanos" que abren camino al universo socialista.

    En rigor, es la Ciudad creada por el fervor a sus símbolos y a sus dioses lo que sostiene al hombre que vive en su seno, y lo preserva del hastío y de la corrupción; porque entre hombre y Ciudad se establece una misteriosa tensión por cuya virtud la corrupción, cuando sobreviene, no está tanto en los individuos como en el imperio que los alberga. Cuando viven en la lealtad y el fervor, hasta sus mismas pasiones los engrandecen; cuando, en cambio, viven juntos para sólo servirse a sí mismos, sus propias virtudes aprovechan a la pereza y al odio mutuo.

    Porque la Ciudad sostenida por el fervor engendra para el hombre dos elementos necesarios a su sano vivir: de una parte, el sentido de las cosas, que libra al hombre de caer en la incoherencia de un mundo sin límites ni estructuras; de otra, la maduración del vivir, por cuya virtud la obra que el hombre realiza paga por la vida que le ha quitado, y el mismo conjunto de la vida, por ser constructivo, paga ante su eternidad. Ello libra al hombre del hastío de un correr infecundo de sus años y le concilia con su propio morir.

    Como ha escrito Salvador Minguijón, "el localismo cultural, impregnado de tradición y fundado sobre la difusión de la pequeña propiedad, sostiene una permanencia vigorosa frente a la anarquía mental que dispersa a las almas. Los hombres pegados al terruño, aunque no sepan leer, disponen de una cultura que es como una condensación del buen sentido elaborada por siglos, cultura muy superior a la semicultura que destruye él instinto sin sustituirlo por una conciencia (...). La estabilidad de las vidas humanas crea el arraigo, que engendrará nobles y dulces sentimientos y sanas costumbres. Estas cristalizan en saludables instituciones que, a su vez, conservan y afianzan las buenas costumbres. No es otra la esencia doctrinal del tradicionalismo".



    _______________________________________

    Fuente:

    El Matiner Carli: El capitalismo y el socialismo contra la propiedad. Rafael Gambra y las bases antropológicas de la propiedad humana
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

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    Re: Liberalismo y socialismo: dos caras de la misma moneda?

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    El mayor error del liberalismo y comunismo

    Video completo: https://www.youtube.com/watch?v=vBWi4...

    Diálogo de Dante A. Urbina con Santiago Giraldo el 8 de mayo de 2021.





    https://www.youtube.com/watch?v=JkBMbQCLcDI

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