SIGNIFICADOS DE LAS PALABRAS: “LIBERAL” Y “LIBERALISMO” (ABC, 24 de Abril de 1976)
Por Juan Vallet de Goytisolo
Giambattista Vico, en los comienzos de los años mil setecientos, señalaba en su Scienza nuova que, para el progreso del mundo civil, el hombre debía avanzar en el conocimiento del «verum» y del «certum»; y para ello, respectivamente, profundizar en la filosofía y depurar con la filología el significado de las palabras.
Pensábamos en esto al comprobar cuán necesaria es la precisión en el uso de las palabras para poder razonar correctamente, y en la imposibilidad de entendernos si las empleamos en diverso sentido. De ahí viene en gran parte la actual confusión que sufrimos y que hoy el marxismo tácticamente acentúa, dotando algunos términos de un significado peyorativo que sólo n parte corresponde a su contenido, pero que es generalizado no sólo hasta abarcarlo totalmente, sino incluso extendiéndolo más al ampliar, a su vez, el ámbito de la palabra así implicada. Recordemos algunas: capitalismo, colonialismo, imperialismo…
Pero no todas las deformaciones son obra del marxismo, ni todas las imprecisiones se han producido conscientemente. Las hay producidas únicamente por falta de un debida depuración de los vocablos.
No hace mucho concluíamos un estudio, aún inédito, en torno de un jurista gerundense de la primera mitad del siglo XV, Tomás Mieres, calificado por algún historiador moderno como jurista liberal. Al finalizar nuestro análisis pudimos concluir que ciertamente Mieres fue liberal en el sentido de defensor de las justas libertades, tanto individuales, así en el caso de los remensas, como de los órganos sociales del país. Decimos de las justas libertades para advertir que nunca lo fue de sus abusos y corruptelas que fustigó severamente.
Pero no fue liberal en el sentido más moderno de aceptar toda clase de opiniones. Muy al contrario, siempre trató de distinguir la verdad y el error, «iustitia est veritatis», pues, para él, el derecho no es un producto de la voluntad, sino que la «bona rahó» debía hallarlo allí donde está insito, en el orden de la naturaleza y dimanante por juicio prudencial de la publicam utilitatem. Tal como dos siglos antes habían mostrado Santo Tomás de Aquino y San Raimundo de Peñafort.
Evidentemente hoy la esencia del liberalismo consiste en rechazar la lógica de los dos valores -verdad y error- y aceptar la de tres -tesis, antítesis, síntesis-; y en ese sentido, Mieres no fue liberal, pues no buscó soluciones de compromiso, sino de justicia, tomando como criterios básicos para hallarlas el derecho divino y el natural.
E igualmente Mieres fue antiliberal si la esencia del liberalismo radica en no admitir la sumisión de nuestras opiniones subjetivas a criterios trascendentes y permanentes, y, en cambio, en estimar como solución de compromiso el recurso a la opinión expresada de modo mayoritario, elevada a ley por los parlamentos cuando se trata de una cuestión jurídica; y en considerarla inapelable cuando representa la voluntad de la nación, del príncipe o del pueblo. Con ello circunscribe el concepto de derecho al positivamente impuesto por tal voluntad. Para Mieres, por el contrario, la verdad y la justicia se basan en unos criterios objetivos y trascendentes, superiores a la voluntad del príncipe, de las Cortes en pleno e incluso a la de todo el pueblo; y así negaba la categoría de derecho a las normas positivas que resultaban irracionales, es decir, que fuesen contrarias al derecho divino y al natural.
Esto nos invita a recurrir al Diccionario de la Real Academia Española para ver si en él resulta recogida esa diversidad de significados.
La palabra liberal se emplea como adjetivo que califica a quien «obra con liberalidad»; a «la cosa hecha con ella»; a quien está «expedito, pronto para ejecutar cualquier cosa»; a quien «profesa doctrinas favorables a la libertad política de los Estados».
Y el término liberalismo significa: «el orden de ideas que profesan los partidarios del sistema liberal»; el «partido o comunión política que entre sí forman», y el «sistema político-religioso que proclama la absoluta independencia del Estado en sus organizaciones y funciones de todas la religiones positivas».
Notemos que el último significado expuesto de la palabra «liberal» puede concordar con cualquiera de los sentidos que hemos contrapuesto al comentar la posición de Tomás Mieres:
«La libertad política consistente en el respeto de las respectivas esferas de competencia del individuo, la familia, el gremio, el municipio, el alodio, y de sus representaciones en las Cortes; todo dentro de un orden justo, concorde con el derecho divino y el natural.»
«O bien, libertad política implicante de la exclusión de todo orden trascendente y en el cual la idéntica respetabilidad de todas las ideas, por absurdas que parezcan y por disolventes que resulten, sólo puede resolverse por convenio o por determinación mayoritaria.»
Este segundo criterio es el del liberalismo, caracterizado por estimar -según precisó la E. Libertas praestantissimum- que «la voluntad puede separarse de la obediencia debida a Dios o de la obediencia debida a los que participan de la autoridad divina». Como León XIII expuso, puede presentar gran diversidad de formas y grados, de los cuales los dos grados más elevados son:
1.º El que rechaza por completo la suprema autoridad de Dios, tanto en la vida pública como en la privada, tanto en el orden natural como en el revelado.
2.º El que, aun reconociendo «la necesidad de someterse a Dios creador y señor del mundo y gobernador providente de la Naturaleza» (orden natural), en cambio rechaza «las normas del dogma y de moral que superando la Naturaleza son comunicadas por el mismo Dios» (orden revelado).
Estimando, pues, como negación ya sea del orden revelado o bien del natural ínsito por Dios en su obra creadora, ¿se comprende que el canónigo de Vic, Sardá y Salvany, afirmara, ya desde el título de su obra, que «El liberalismo es pecado»?
Filosóficamente el quid del liberalismo radica en la negación del orden natural o de su inteligibilidad y, consecuentemente, presupone un idealismo subjetivista que con Kant impuso el giro copernicano en virtud del cual nuestras ideas, en lugar de adecuarse al orden de las cosas, pretenden establecerlo a su guisa. Fichte fue más allá: haciendo del «yo» una voluntad que crea el mundo del sentido y del entendimiento, como sustitutivo de una realidad que de otra manera estimó que resultaría ininteligible y que, por ello, remodela dotándola de más y más inteligibilidad; constituyendo así, como resultado del acuerdo entre los productores de las voluntades individuales: la Una Eterna Voluntad Infinita que crea el mundo en nuestras mentes y por nuestras mentes.
Ya no es el conocimiento del mundo, sino acción de la voluntad de adecuarlo a nuestras ideas lo que se pretende. Y en el forcejeo de las ideas de cada cual y de la voluntad de cada uno por imponer la suya no cabe, en los cánones del liberalismo, otro recurso que la voluntad de la mayoría.
Así, en lugar del orden de la naturaleza, lo que delimita nuestra libertad es la voluntad mayoritariamente aceptada.
Las libertades políticas clásicas o tradicionales defendían la persona y los cuerpos sociales de las intromisiones del poder soberano en su orden privativo.
El liberalismo, que libera al individuo de todo orden trascendente y que concede a sus opiniones, por aberrantes que sean, igual valor que las mejor fundadas, en cambio le somete totalmente, a él y a los cuerpos sociales, al poder soberano de la mayoría. Sin más salvedad que los denominados derechos del hombre, que tan pronto se invocan a favor de los oprimidos como de los terroristas, según soplen los vientos de la opinión pública.
Vemos, pues, dos conceptos contrapuestos de la libertad política, calificada como liberal, y que son esencialmente incompatibles entre sí.
Sin embargo, posiblemente podríamos distinguirlos semánticamente si calificáramos de liberal el expresivo de las libertades políticas clásicas y de liberalista el dimanante del liberalismo ideológico.
La comparación de ambos creemos que merece otro artículo.
Fuente: HEMEROTECA ABC
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