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Tema: Orígenes subversivos de la llamada Nueva Izquierda en los años 60

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    Orígenes subversivos de la llamada Nueva Izquierda en los años 60

    Revolución comunista, subversión y Nueva Izquierda


    (Omitimos las abundantes citas bibliográficas esparcidas por el texto original)


    Revista FUERZA NUEVA, nº 145, 18-Oct-1969

    REVOLUCIÓN Y SUBVERSIÓN

    Por José Maluquer Cueto


    Estamos asistiendo (1969) al proceso de destrucción de la sociedad de Occidente, sociedad industrial, sociedad de consumo o como quiera llamársela. Nuestro mundo está sometido a un doble ataque, desde el exterior por la fuerzas de subversión mundial, interior por descomposición espontánea, que hay que achacar a la falta de fe religiosa, de ideales comunes, como ha señalado R. Aron, agravada por la desintegración de las Iglesias, o a la incompatibilidad del hombre con el aparato inhumano de la sociedad tecnológica (…).

    Un aspecto de esta incompatibilidad sería la rebeldía de la juventud actual y la crítica, que hace su teórico Marcuse, de la sociedad industrial y del “hombre unidimensional”, rebeldía y crítica que no han desembocado más que en el nihilismo, en una impotencia destructiva. Hay que volver al humanismo español, al hombre total joseantoniano, que ha “redescubierto” Pablo VI, cuarenta años después, ante la OIT de Ginebra. Cabe aquí también recordar que Ortega sostuvo ya, en “El Ocaso de las Revoluciones”, la tesis de la incompatibilidad de los latinos con esa técnica inhumana.

    El “agitprop” comunista, siempre vigilante, se ha dado cuenta de donde soplaba el viento y nos está inundando de conferencias y ensayos acerca de un humanismo marxista. Pretende evidentemente reconquistar la juventud y neutralizar la ofensiva de la nueva izquierda, que le reprocha el haberse adscrito a las sociedades tecnológicas y autoritarias.

    Es importantísimo el conocer los motivos y fines de la subversión, su mecanismo y “aparato”, las fuerzas y las ideologías que la mueven. (…)

    Primero, habría que ponerse de acuerdo sobre lo que entendemos por revolución; pero esta disquisición, importante, sin embargo nos tomaría demasiado espacio, de estudiarla a fondo. La trataremos rápidamente, remitiendo para ahondar en el tema, a la interesantísima obra del profesor R. Aron “L’Opium des Intellectuels” (Gallimard, 1968) y el ensayo orteguiano ya citado.

    En “Temps Modernes”, en agosto de 1952, trató Sartre, siempre extremista de izquierda, del tema “revolución”, a la que negó categoría ontológica. Como existencialista negó también significado y finalismo a la historia, herejía política en el marxismo, ya que Marx, desde su hegelianismo sui generis, sostenía la influencia del hombre en el devenir histórico.

    De todos modos, parece ser que se debe entender por revolución, la subversión violenta del orden político o social que esté respaldada por una ideología o filosofía propia. Por esto último, los pronunciamientos iberoamericanos no llegan a revolución, ni, según Ortega los levantamientos de siervos en la Edad Media. No lo serían tampoco los socialismos reformistas, como el sueco, el laborismo o el fabianismo. En este caso lo que falta es la violencia renovadora.

    La subversión mundial de nuestro tiempo ha estado determinada por el marxismo, que apadrina revoluciones tan dispares como la soviética, la yugoslava, la cubana o la china, aunque el mecanismo de la subversión correspondiente no ha respondido nunca al esquema teórico previsto por Marx y Engels, como probamos hace poco en esta revista.

    Ortega hace observar que la sociedad francesa de 1780 no fue una época de miseria y tiranía que justificara la revolución. La revolución estaba ya hecha en las cabezas antes de que comenzara en las calles y esto, afirma, se da en todos los tiempos prerrevolucionarios. Las revoluciones, dice, no son exigidas por el pueblo, son elucubraciones de intelectuales, creación de la “intelligentsia” y están en el ambiente cuando estalla la insurrección. El “intelectual” anda siempre en los bastidores revolucionarios. Trotsky dijo, poco antes de ser asesinado, que el que nada contra la corriente no puede estar ligado a las masas. Así, la composición de un movimiento revolucionario que comienza a construirse no es predominantemente obrera. Son intelectuales los primeros enemigos de la “sociedad existente” y Marcuse, después de los sucesos de Mayo del 68 en París, declaró en una entrevista en “Le Monde”: “Es ya inútil esperar que las masas se unan al movimiento subversivo. Siempre empezó todo por el levantamiento de un puñado de intelectuales”.

    La revolución no ha sido nunca obra de un proletariado industrial, movido por un mecanismo económico, una evolución ineluctable, tal como habían previsto Marx y Engels, sino que suele ser el resultado de levantamientos parecidos a las “jaqueries” o germanías, provocadas por el hambre y la miseria, a menudo debidos a la guerra, a las crisis y desempleo, a la explotación de los campesinos, a la opresión de minorías raciales o la derrota nacional, manipulados por profesionales de la revolución y coincidiendo con una desintegración del Estado, como consecuencia a menudo de derrotas militares y con la desmoralización y desmitificación de los dirigentes. Si la insurrección encaja entonces dentro de un esquema intelectual revolucionario pre-existente, si cae en un terreno abonado por “intelligentsia”, tenemos una Revolución auténtica y profunda. Es el caso de Rusia y de China, el de la Revolución Francesa.

    ***

    Hemos visto el lugar capital que ocupa la “intelligentsia” en la génesis de los movimientos revolucionarios; vamos ahora a ver el papel que, según el marxismo, corresponde al proletariado.

    Marx, judío, veía en el proletariado industrial al “pueblo elegido”, al que correspondía la misión de impulsar a la humanidad por la revolución. “Marx y Engels no reconocieron ningún otro agente de revolución, ni sustituto alguno del mismo, ya que la sustitución significaría la inmadurez de la clase como tal”. La circular inaugural de la Iª Internacional, ya en 1864, comenzaba con estas palabras: “La emancipación de los trabajadores será la obra de los trabajadores mismos”. De ellos solos.

    Recordemos las ideas de Marx: según un proceso evolutivo inexorable, las contradicciones internas del capitalismo deberían sumir al proletariado en la miseria, la pauperización, creando una “situación explosiva” que llevara, sin intermediarios, a la revolución y a la dictadura del proletariado. Revolución y dictadura que constituyen la tarea mesiánica del proletariado; mitificación clara.

    “El marxismo entiende que tan sólo el proletariado y la conciencia que ha cobrado de su misión en la Historia, son los depositarios de la verdad. El mito marxista del proletariado es la vía de una mitologización general de la existencia, en beneficio exclusivo de los profesionales de la revolución”.

    El caso es que aunque el marxismo, a finales del siglo XIX, estimaba la revolución inminente, ésta no llegaba. La evolución del capitalismo, la legislación social, la presión sindical y del socialismo reformista, habían logrado una considerable mejora del nivel de vida obrero. Iba desapareciendo la alineación proletaria, el obrero se iba integrando en la sociedad de consumo y su capacidad revolucionaria menguaba.

    Pero por otra parte, como señala el profesor Fueyo, para poder realizar su misión revolucionaria “el proletariado tenía que organizar su estructura de acción política, tenía que construir su “aparato”; aunque los hombres del aparato, en cuanto se desligan de la existencia trabajadora, pierden la intuición de los valores del trabajo y a lo sumo conservan una conciencia puramente idealista de los intereses del proletariado”.

    La Internacional de Londres, en 1871, ya había aprobado una resolución que sentaba que “la constitución del proletariado en partido político disciplinado es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social”, declaración en contradicción evidente con el concepto de revolución libertaria.

    Lenin, realista e inteligente, en uno de sus numerosos y capitales “retoques” al marxismo, negó en 1902 la espontaneidad de la revolución, el que tuviera que llegar automáticamente a su hora. Se precisa de un partido “vanguardia del proletariado”, compuesto por hombres que tengan como profesión la actividad revolucionaria, que desencadenen la subversión.

    Lenin tenía razón bajo el punto de vista de la estrategia revolucionaria, pero, en realidad, coartaba la iniciativa, la libertad revolucionaria de la clase elegida, que quedaba reducida el papel de comparsa. Su propuesta provocó no sólo la oposición de los anarquistas e izquierdistas revolucionarios, sino la de muchos marxistas, como el ala espartaquista del comunismo alemán, capitaneada por Rosa Luxemburgo y Liebknecht, que argüían que el proletariado militante alemán, con su elevada preparación, no necesitaba de tutores. Pero finalmente se impuso la tesis leninista.

    Esta discrepancia ha dejado una profunda huella: la izquierda no perdona la imposición de una revolución disciplinada, planificada, burocratizada. Los estudiantes amotinados en mayo del 68, en París, los de Berlín y Berkeley, nueva Izquierda pura, insisten en que no tienen jefes, ni organización y ni siquiera doctrina política cristalizada. El ideario se elabora cada día en interminables bla-bla-bla multitudinarios. El ideal sería la Comuna parisina de 1871, pese a sus crímenes y fracasos, a su evidente anacronismo.

    En la cúspide del aparato revolucionario proletario está la Internacional. En nuestros tiempos han llegado a coexistir tres, enemistadas entre sí: la II Internacional Socialista, occidental, reformista, que rechaza la revolución y la lucha de clases; la III, comunista de estricta obediencia moscovita; la IV, trotskista, hasta ahora (1969) poco importante, pero que tal vez llega a serlo a través de la Nueva Izquierda. Recientemente han surgido otras organizaciones políticas internacionales de izquierda revolucionaria, como la Conferencia Tricontinental de La Habana o la Oficina de Información de los Partidos Comunistas, verdaderos estados mayores de la revolución.

    El organigrama se completa con una infinidad de instituciones revolucionarias, subordinadas a la Internacional Comunista (I.C.) o colaboradores de la misma, perfectamente engranadas, que cubren todo el campo de posibilidades, tales como la Internacional Juvenil Comunista, creada ya en 1919, el Secretariado Femenino Internacional en 1920, el Socorro Rojo Internacional, de 1922, la Internacional sindical roja o Profintern de 1921, el Krestintern para los campesinos, la OMS u Organización de las relaciones internacionales, el Agitprop, el Comité de Intelectuales Antifascistas, la AEAR o Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, la Unión Internacional de Estudiantes (Praga), la de maestros y educadores y hasta los Killer o matadores, como la Smersh de Ian Fleming.

    El estudio del “aparat” nos llevaría ahora demasiado lejos; nos referiremos solamente a la cumbre, el Komintern, interno por cuanta aclara la situación actual del ecumenismo subversivo.

    La I.C., Partido Mundial Único, fue fundada en 1919, con condiciones de extrema dureza y radicalismo, sin concesión alguna a la socialdemocracia. Se organiza sobre la base de una “centralización democrática”, con una “disciplina férrea rayana en la disciplina militar” y con depuraciones periódicas en los P. C. (V. Kriegel, l. c.). Declara la guerra al reformismo socialista, al parlamentarismo, preconiza la emancipación colonial violenta, el levantamiento de los pueblos de color (Lenin), rechaza el pacifismo, el arbitraje, el desarme. La I.C, ha intervenido decisivamente, durante años, en la revolución mundial, en España, en China, en Alemania en África, en Iberoamérica, en todos los focos de subversión.

    La I.C. fue oficialmente disuelta, en 1943, por el Presidium del C. E. en tiempos de Stalin. En realidad, llevaba una vida irregular desde hacía tiempo. Se había reducido a ser un mero instrumento del Buró Político del Partido ruso, del imperialismo de la URSS. Al principio, en seis años se reunió cinco veces el órgano supremo, Congreso Mundial Comunista; en cambio, desde 1925, sólo se reunió dos veces. Había desaparecido Lenin y la doctrina trotskysta de la revolución permanente, de la necesidad de la revolución mundial, que exigía la ortodoxia marxista, había tenido que ser sustituida por la del “socialismo en un solo país”. Veamos este punto, de importancia capital.

    Según la doctrina marxista, la revolución debía desencadenarse necesariamente en países capitalistas e industrializados y ser obra del proletariado industrial y urbano, que instauraría la dictadura del proletariado, como paso al comunismo total. En Rusia, país en régimen aún “feudal”, agrícola, sin industria importante, con reducido proletariado urbano, el éxito de la revolución marxista era teóricamente imposible. No podía mantenerse en un mundo hostil, aislado. Por ello, Lenin intentó detenerla y pasar por la etapa intermedia burguesa de Kerensky, que era lo correcto según la teoría, pero fue rebasado por las masas hambrientas de paz y de tierra. La revolución rusa fue prematura y, bajo el punto de vista marxista, un error. La desviación política de la URSS hacia el nacionalismo, impuesta por Stalin, fue una necesidad en el ineluctable. Prueba de ello es que sus sucesores y detractores no han hecho nada por cambiar el rumbo. Los sucesos de Budapest, Berlín y Praga han venido después de Stalin.

    “La revolución alemana de 1918 pareció desatar la cadena previsible de revoluciones en los países maduros, que debía restablecer la vía “ortodoxa” de la revolución internacional indispensable para el triunfo del comunismo. Si la revolución triunfaba en Alemania, el Estado soviético se vería protegido por el Estado proletario de un país industrial altamente desarrollado. De esa orientación desesperada hacia Alemania queda constancia en las actas del Komintern y en los discursos de Lenin de los primeros años de la revolución. Pero, a partir de 1921, la política soviética empezó a extraer las consecuencias de la derrota de la revolución alemana.”

    Hubo que levantar, a posteriori, el “retoque” de la teoría que se bautizó “socialismo en un solo país”. Había que coexistir con los Estados capitalistas, renunciar a provocarlos con la revolución, frenar los P.C. respectivos, crear un Estado soviético poderoso, forzando a la industrialización, insistiendo en la industria pesada, dar tiempo al tiempo. Y para ello, montar un Estado dictatorial y burocratizado, liquidar a la oposición, a la vieja guardia comunista, al trotskysmo de la revolución permanente, al anarquismo, en las sangrientas purgas. Era el stalinismo, que aún dura y no puede cambiar. Pero era también al fin del ecumenismo revolucionario.

    A partir de entonces, todo se subordinó al triunfo del Estado socialista solitario. La revolución fue ya un instrumento del imperialismo soviético. Se sacrificaron los P.C. alemán, chino; se obligó al francés y al italiano a los más absurdos avatares políticos, sirviendo a la diplomacia rusa, a frenar la revolución en sus países respectivos; los P.C. iberoamericanos traicionan a los guerrilleros “guevaristas”. Se apoyó blandamente a Cuba, a Hanoi, a Corea.

    La URSS no es ya (1969) la promotora de la revolución mundial. El comunismo revolucionario está en la Nueva Izquierda, tal vez en China.


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    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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